"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

9 de enero de 2026

ÉL TRANSFORMA NUESTRA VIDA

 



Evangelio 

Marcos 6,45-52)


Y enseguida mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla junto a Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Y después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Cuando se hizo de noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Y viéndolos remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, cuando lo vieron andando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y empezaron a gritar. Pues todos le habían visto y se habían asustado. Pero al instante él habló con ellos, y les dijo:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Y subió con ellos a la barca y se calmó el viento. Entonces se quedaron mucho más asombrados; porque no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido.



PARA TU RATO DE ORACION 



LA LITURGIA ahora que comienza el año nos ayuda a considerar las principales manifestaciones del Señor. Después de haber meditado sobre los inicios de la vida pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret, hoy leemos el relato de un milagro cargado de significación teológica. «Sucedió que, estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra» (Lc 5,12). Padecer esta enfermedad en aquel tiempo era una verdadera calamidad: las personas que la sufrían estaban obligadas a apartarse de la ciudad y a portar campanas que anunciaban su cercanía; de esa manera, los sanos, al oírlas, se podían alejar del peligro de contagio.


Sin embargo, en este caso, un leproso se presenta con audacia ante el Señor y le dirige una petición llena de fe: «Al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó, diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”» (Lc 5,12). Con sus gestos corporales y con la convicción de su ruego confiesa la divinidad y omnipotencia de Jesús. Los Padres de la Iglesia ven la lepra como una representación del pecado y, así, la actitud del leproso se convierte para nosotros en un modelo de actuación. En nuestro examen personal nos damos cuenta de que permanentemente estamos necesitados de la curación del Médico divino. «La súplica del leproso muestra que, cuando nos presentamos ante Jesús, no es necesario hacer largos discursos. Son suficientes pocas palabras, siempre que vayan acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Confiar en la voluntad de Dios significa, en efecto, situarnos ante su infinita misericordia»[1].


«Señor, si quieres, puedes limpiarme». Podemos repetir esta jaculatoria con la fe del leproso, conscientes de que el Señor nos ha redimido y está dispuesto a darnos su fuerza para ayudarnos a ser buenos hijos suyos.


LA LITURGIA de los últimos días de Navidad enlaza los relatos de los primeros días de Jesús con el misterio pascual, que es el desenlace hacia el que se dirige la Encarnación. Por ese motivo, consideramos ahora el poder con el que Jesús curaba las enfermedades, manifestación anticipada de la redención de nuestros pecados. «Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”. Y enseguida la lepra se le quitó» (Lc 5,13). Jesucristo no solo no rehúye el diálogo con el leproso, sino que lo toca. No teme contagiarse, no rechaza el contacto con nuestras miserias. El enfermo experimenta la misericordia y la eficacia divina del Maestro cuando escucha aquellas palabras que resuenan siempre detrás del sacramento de la Penitencia: «Quiero, queda limpio».


«Es Médico y cura nuestro egoísmo si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»[2].


Continúa el evangelio de san Lucas: «Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio”» (Lc 5,14). A lo largo de los tres años que los discípulos convivieron con Jesús pudieron observar –siguiendo unas palabras de san Josemaría– que «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres (...). Este fuego, este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén»[3]. También nosotros podemos ser testimonios de cómo el Señor nos ha curado con su caridad infinita.


DESPUÉS de ese milagro tan palmario, el prestigio de Jesús se difundió por toda la región: «Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades» (Lc 5,15). Sin embargo, Jesús no se entregó a la popularidad ni a dirigir hacia sí mismo el fruto de aquellas acciones milagrosas. «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lc 5,16). Retirarse y orar. Tras una jornada apostólica, en medio del fragor del cansancio por el trabajo, Jesús nos enseña que la oración es el alma de nuestro obrar. «Hemos de ser almas contemplativas, y para eso no podemos dejar la meditación –decía san Josemaría– (...). Ahora parece que tenemos más obligación de ser verdaderamente almas de oración, ofreciendo al Señor con generosidad todo lo que nos ocupa y no abandonando jamás nuestra conversación con Él, pase lo que pase. Si os comportáis de esta manera, viviréis pendientes de Dios durante todo el día»[4].


Consolados por la misericordia con que Jesús cura al leproso, podemos acercarnos a los sacramentos y a nuestros ratos de oración mental con mucha confianza.«Gracias a esos ratos de meditación, a las oraciones vocales, a las jaculatorias, sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones –aun las más pequeñas– se llenarán de eficacia espiritual»[5].


Podemos aprovechar este rato de diálogo con el Señor para pedirle que nos dé una oración que transforme nuestra vida, de la misma manera en que Jesús transformó la del leproso del relato evangélico. La santísima Virgen nos abrirá la puerta del diálogo contemplativo con la Trinidad mientras pedimos: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

8 de enero de 2026

AMOR A DIOS Y AL PROJIMO

 



Evangelio (Mc 6,34-44)


Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Y cuando ya se hizo muy tarde, se acercaron sus discípulos y le dijeron:


—Éste es un lugar apartado y ya es muy tarde; despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos de alrededor, y compren algo de comer.


Y les respondió:


—Dadles vosotros de comer.


Y le dicen:


—¿Es que vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?


Él les dijo:


—¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.


Y después de averiguarlo dijeron:


—Cinco, y dos peces.


Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y empezó a dárselos a sus discípulos para que los distribuyesen; también repartió los dos peces para todos. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestos llenos de los trozos de pan y de los peces. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres.



PARA TU RATO DE ORACION 



CONTEMPLAMOS en estos días los comienzos del ministerio público del Señor. Después de superar las tentaciones en el desierto, regresó al lugar donde había crecido: «Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu. Y su fama se extendió por toda la comarca» (Lc 4,14). El Evangelio resalta que lo hizo llevado por el Espíritu Santo ya que el Paráclito juega un papel insustituible en la obra de nuestra redención y santificación. Así nos lo enseña también san Cirilo en la liturgia de las horas de hoy: «Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo. Determinó, por tanto, el tiempo en que habría de descender hasta nosotros y lo prometió al decir: En aquellos días –se refiere a los del Salvador– derramaré mi Espíritu sobre toda carne»[1].


Nos llama la atención que, explícitamente, la Escritura diga que Jesús fue al desierto llevado por el Espíritu Santo (cfr. Lc 4,1) y, al mismo tiempo, que «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu» (Lc 4,14). Si seguimos su ejemplo, nuestra fidelidad a Dios será más libre en cuanto más conscientes seamos de que se mueve al ritmo del Paráclito. «El discípulo se deja guiar por el Espíritu, por eso el discípulo es siempre un hombre de tradición y novedad, es un hombre libre. Libre. Nunca sujeto a ideologías, a doctrinas dentro de la vida cristiana, doctrinas que pueden discutirse... permanece en el Señor, es el Espíritu el que inspira»[2].


Una profunda libertad es el fruto de llenarnos del Espíritu Santo, que nos permite movernos en esta tierra como lo hizo Jesús. Por eso experimentamos «la necesidad de que Jesucristo se encuentre en el centro de nuestra vida. Para descubrir el sentido más profundo de la libertad, hemos de contemplarle a Él. Nos pasmamos ante la libertad de un Dios que, por puro amor, decide anonadarse tomando carne como la nuestra. Una libertad que se despliega ante nosotros, en su paso por la tierra hasta el sacrificio de la Cruz (…). Nuestra filiación divina hace que nuestra libertad pueda expandirse con toda la fuerza que Dios le ha conferido. No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos»[3].


SAN LUCAS nos dice que Jesús «enseñaba en las sinagogas» (Lc 4,15). El Señor continúa su magisterio en la línea de lo que había revelado el Antiguo Testamento. Él es, al mismo tiempo, «mediador y plenitud de toda la revelación»[4], como declaró el Concilio Vaticano II. Por esa razón, sus enseñanzas llenaban de esperanza a las personas que le escuchaban «y todos lo alababan» (Lc 4,15).


Con ese telón de fondo, Jesucristo «fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura» (Lc 4,16). Jesús cumplía así el precepto sabático y se disponía a hacer la lectura de acuerdo con el ritmo litúrgico semanal, que incluía la lectura de un texto de la Torah o de los Profetas, seguida de un comentario. «Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”» (Lc 4,17-19).


Orígenes comenta que «no es casualidad que Él abriera el rollo y encontrara el capítulo de la lectura que profetiza sobre Él, sino que también esto fue obra de la providencia de Dios»[5]. Jesús comienza su predicación pública haciendo suya la voluntad del Padre expresada en el Antiguo Testamento, llevando adelante la misión de evangelizar, de anunciar la buena nueva del Reino. De la misma manera, nosotros también queremos ser fieles a las inspiraciones que Dios nos regala en la oración, en la lectura del evangelio, o en tantos momentos a lo largo de nuestra jornada.


«Y, ENROLLANDO el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca» (Lc 4,20-22). «Jesús mismo es “el hoy” de la salvación en la historia, porque cumple la plenitud de la redención. (...) Este pasaje “hoy” nos interpela también a nosotros. En nuestro tiempo dispersivo y distraído, este Evangelio nos invita a interrogarnos sobre nuestra capacidad de escucha. Antes de poder hablar de Dios y con Dios, es necesario escucharle»[6].


Durante nuestros momentos de diálogo con el Señor queremos seguir su ejemplo de atención a la Palabra divina revelada en la Sagrada Escritura. Por ejemplo, podemos detener nuestra atención en el consejo del apóstol san Juan que recuerda la liturgia de hoy: «Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4, 19-20).


Ese amor al prójimo debe notarse en manifestaciones concretas, como el mismo Jesús indicó en la última cena. «Lavar los pies los unos a los otros lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla»[7]. A santa María le pedimos que nos ayude a acoger las inspiraciones divinas como llamadas de un Padre que solo quiere nuestra felicidad; y también que nos alcance del Señor la gracia de amar a nuestros hermanos como Jesús, movido por el Espíritu Santo, nos amó.





7 de enero de 2026

VALOR DEL TRABAJO ORDINARIO

 



Evangelio 

Mateo 4,12-17.23-25


Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:


Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí

en el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles,

el pueblo que yacía en tinieblas

ha visto una gran luz;

para los que yacían en región

y sombra de muerte

una luz ha amanecido.


Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:


—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.


Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.


Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.



PARA TU RATO DE ORACION 



DURANTE treinta años estuvo escondida aquella luz grande que había venido a iluminar a todo el mundo (cfr. Is 9,2). El gran misterio de la Encarnación pasó oculto durante un largo tiempo a los ojos de los hombres. El Hijo de Dios vivió año tras año sujeto a sus padres, en un pequeño pueblo de Galilea, dedicado a un trabajo normal. Nuestro Señor es «el Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador» (Is 45,15).


«Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[1].


Jesucristo quiso pasar la mayor parte de su vida en la tierra oculto en el silencio de Nazaret. «Y si el Señor así quiso esconderse, ¿qué deberemos hacer nosotros que vivimos por Él bajo el yugo suave de la gracia?»[2]. Consideremos ahora una vez más esa vida oculta de Jesús, que queremos imitar. Como él, queremos ser levadura en medio de la masa, fermentar nuestro entorno pasando desapercibidos. «Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13,55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc 6,3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12,32)»[3].


«COMO cualquier otro suceso de su vida, no deberíamos jamás contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados, sin reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad»[4]. Como Jesús, queremos también crecer en edad, en gracia y en sabiduría (cfr. Lc 2,52). La contemplación de la vida oculta del Señor trae luces concretas a nuestra vida diaria: nos habla de esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que hemos de cultivar todos los días.


Toda nuestra vida tiene valor de corredención; el alma crece, madura sobrenaturalmente «en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. –Ese trabajo –humilde, monótono, pequeño– es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor –grande, ancha y honda– con que sueñas»[5]. Cuando procuramos trabajar con esa perspectiva divina, nuestro trabajo adquiere un sentido completamente nuevo; puede ser camino para traer a Dios hacia nuestro entorno. Con nuestro trabajo y nuestro servicio podemos hacer presente el cuidado de Dios hacia cada persona. Cada proyecto, cada tarea y cada gesto puede contener de algún modo el amor, nuestro y de Dios, hacia las personas a las que se dirigen.


Contemplemos a Jesús, el Verbo de Dios, oculto en el taller de Nazaret tantos años, contemplado solo por el Padre y el Espíritu Santo, por María y José. Tendremos un renovado deseo de conocerle, de imitar su vida escondida en Nazaret, tan fecunda naturalmente y sobrenaturalmente.


«PERMITIDME –nos dice san Josemaría– que vuelva de nuevo a la ingenuidad, a la sencillez de la vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas veces. Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo: pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad.


»Sueño –y el sueño se ha hecho realidad– con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que Él las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre»[6].


Dios no se olvida de ninguno de sus hijos y el tiempo transcurrido en Nazaret nos muestra cómo llenar de amor de Dios las realidades ordinarias. Su ejemplo nos permite atisbar el gran sentido que tiene cada uno de nuestros gestos e ilusiones. «El trabajo –continúa san Josemaría–, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»[7]. Al contemplar la vida oculta de Jesús, esos largos años de trabajo en Nazaret, descubrimos un maravilloso modelo a imitar. Pidamos a santa María y a san José que nos ayuden a realizar en nosotros esa vida que ellos compartieron con el Señor.

6 de enero de 2026

EPIFANIA Fiesta de los Reyes Magos



Evangelio 

Mateo 2,1-12


Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:


— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.


Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.


— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:


Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.


Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:


— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.


Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.



PARA TU RATO DE ORACION 



«NO HACE mucho –decía san Josemaría–, he admirado un relieve en mármol, que representa la escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese relieve, había otros cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios –la tradición dice que eran reyes– se postran ante un Niño, después de preguntar en Jerusalén: “¿dónde está el nacido rey de los judíos?” (Mt 2, 2)»[1].


Epifanía quiere decir aparición o manifestación. Celebramos llenos de alegría la manifestación del Señor a todas las naciones, representadas en estos Magos que llegan de Oriente. Después de los pastores, el Señor se da a conocer a estos misteriosos personajes. En la Epifanía, Dios presenta a su Hijo «a los pueblos gentiles por medio de una estrella»[2]. Se descubre «la hermosa realidad de la venida de Dios para todos: cada nación, lengua y población es acogida y amada por Él. El símbolo de esto es la luz, que alcanza e ilumina todo»[3]. El Niño recién nacido es el Mesías prometido a los israelitas pero su misión redentora se extiende a todos los pueblos de la tierra. «Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación»[4].


El evangelio nos cuenta que los Magos «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). En su adoración vemos representadas a millones de personas de todos los rincones de la tierra que se ponen en camino, llamadas por Dios, para adorar a Jesucristo. Este es el sentido pleno de la profecía de Isaías: «¡Levántate, Jerusalén, resplandece!, que ya se alza tu luz y se levanta sobre ti la gloria del Señor» (Is 60,1). El profeta dirige su voz a la ciudad santa, figura de la Iglesia, la nueva Jerusalén, luz de las naciones. De todas partes vendrán reyes y pueblos, atraídos por los destellos de su gloria. Madre y maestra de todos los pueblos, la Iglesia los acoge en su seno y los presenta como preciada dote a Cristo.


HAN PASADO más de veinte siglos desde la adoración de los Magos y ese largo desfile de personas de todo el mundo no ha hecho más que comenzar. «Se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra, se postrarán en su presencia todas las familias de las naciones» (Sal 21,28). La labor evangelizadora de los primeros cristianos fue muy honda, llegaron a extender la fe por todo el mundo conocido, sembraron a voleo y los frutos no se hicieron esperar. Desde entonces, nuevas gentes se acercaron –y continúan haciéndolo– hasta Jesús y María. Del mismo modo, llegamos también nosotros, de todas las latitudes, de todas las razas y lenguas. «Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos» (Is 60,4).


«Es necesario repetir una y otra vez –utilizando unas palabras de san Josemaría– que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estamos– su misión divina. Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad»[5].


Nuestra misión es la misma que la de aquellos primeros cristianos: «Somos para la masa, hijos míos, para la multitud. No hay alma a la que no queramos amar y ayudar, haciéndonos todo para todos: “omnibus omnia factus sum” (1Cor 9,22). No podemos vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres»[6]. Nosotros también hemos visto la estrella y el Señor desea llegar a todas las almas, a través de cada uno, para ofrecer su consuelo y su salvación.


EN EL PREFACIO de la Misa de hoy, rezaremos: «En Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación». Nosotros deseamos colaborar en la tarea de la Redención; san Juan Pablo II nos hacía notar que «una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos»[7]. Vivimos seguros en la esperanza de que ese Niño es la verdadera luz del mundo, una luz que brilla en la humildad. Y, de cierta manera, queremos parecernos a la estrella de los Magos para así mostrar el camino que conduce hasta Dios.


«¿Dónde está el Rey? –se preguntaba san Josemaría en la Epifanía de 1956–. ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo»[8].


En este día grande miramos con cariño a Belén, para aprender de aquellos hombres de Oriente postrados ante el Niño. Tomando por modelo a los Magos, le decimos a Jesús que, con su ayuda, no pondremos obstáculos a su querer redentor. Le suplicamos a María que nos enseñe a ser luz para nuestros familiares y amigos. También le pedimos humildad para que Cristo viva en nuestros corazones e, identificados con Él, atraer a muchos hacia su amor redentor.





5 de enero de 2026

...CON OBRAS

 



Evangelio (Jn 1,43-51)


En aquel tiempo, determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús:


— Sígueme.


Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo:


— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.


Entonces le dijo Natanael: — ¿De Nazaret puede salir algo bueno?


— Ven y verás — le respondió Felipe.


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.


Le contestó Natanael: — ¿De qué me conoces?


Respondió Jesús y le dijo: — Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael: — Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


— ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.


Y añadió:


— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


PARA TU RATO DE ORACION 



MAÑANA celebraremos la Epifanía. Los Magos de Oriente hacen un largo viaje buscando al Niño. Al encontrarle en Belén «le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes» (Mt 2,11). Los Magos entregan a María y José unos regalos que están cargados de significado. La Tradición ha interpretado que el oro simboliza la realeza del recién nacido, el incienso su divinidad y la mirra su muerte redentora: Rey, Dios y Salvador. Este Niño, encarnación del Creador, viene a morir por nosotros.

Desde la cuna está ya incoada la cruz. En cierto sentido se puede atisbar esa relación comparando unas palabras de san Lucas al inicio y al final de su evangelio. Ante el nacimiento, señala: «Y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» (Lc 2,7); y, en el momento de la muerte, escribe: «Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía» (Lc 23,53). El cuerpo de Jesús es recostado dos veces: en el pesebre y en el sepulcro. También en la primera carta de san Juan que estamos leyendo estos días en la Misa se expresa, de manera distinta, el mismo misterio: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). Esta afirmación tiene la fuerza del testigo directo: Juan estuvo en el Gólgota, vio cómo el Maestro se abrazaba a la cruz, palpó de primera mano su amor hasta el último suspiro. Juan sabe que el amor de Cristo no son solo palabras.

«También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos», añade, a continuación (1Jn, 3,16). Estas palabras de la liturgia de hoy señalan el camino que los discípulos de Jesús hemos de seguir. Nos confiaba san Josemaría: «¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el mandatum novum! –“¡Que os améis los unos a los otros!”–. Me pondría de rodillas, sin hacer comedia –me lo grita el corazón–, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. –Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera»[1].


«HIJOS MÍOS, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad» (1 Jn 3,18), dice san Juan en su carta. «El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo (...). El modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cfr. 1Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cfr. 1Jn 3,16). Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados»[2].

Movidos por la fuerza del amor de Jesús, los primeros discípulos salen inmediatamente a contar a sus amigos y familiares el encuentro que han tenido. Así vemos a Andrés que, después de pasar un día en el Jordán en su compañía, llevó a su hermano Simón hasta donde estaba Cristo (cfr. Jn 1,42). El evangelio de hoy, por su parte, nos narra el encuentro de Felipe con Jesús y su reacción inmediata al tropezarse con su amigo Natanael. Felipe «le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45). Ante la indiferencia de Natanael, que considera Nazaret un pueblo insignificante, que no estaba ni siquiera citado en la Escritura, «Felipe le contestó: ven y verás» (Jn 1,43-51).

Llevar a las personas hacia su encuentro personal con Jesús es quizá la manifestación más grande de amor. Felipe no se puede contener después de haber escuchado de labios del Maestro la llamada: «Sígueme» (Jn 1,43). El fuego de su corazón le pide que hable, que anime, que comparta esa alegría que le llena. Necesita contarle a Natanael que –sin saber muy bien cómo, ni por qué motivo– le ha tocado inesperadamente el mayor de los regalos.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba recordar que el Señor hace las cosas «antes, más y mejor» de lo que nosotros pensamos. Su bondad infinita supera nuestras expectativas y nuestros sueños. Sus discípulos partimos de esta seguridad a la hora de dar testimonio de nuestra fe. No hacemos una labor nuestra: las almas son suyas, nosotros sencillamente trabajamos para su viña. Felipe habla con su amigo porque está convencido de que Jesús no defrauda a nadie y esta es también nuestra certeza. Sabemos bien que es Jesús quien atrae a las almas, es la experiencia de la vida con el Señor la que transforma la vida. Del mismo modo que nos ha sucedido a nosotros, confiamos en que las personas que amamos también serán ganadas por Él. Esa es la esperanza que nos impulsa al apostolado.

Los discípulos «desde aquel día se transformaron en “testimonios” tan apresados por el amor (cf. Flp 3,12) hacia su Maestro y por la belleza seductora de su mensaje que se hallaron dispuestos a afrontar incluso la muerte, con tal de no traicionar el compromiso con Él (...). Cristo no sólo continúa dirigiendo a algunos la invitación al don total de sí con una palabra personal y secreta, que despierta ecos profundos en el corazón, sino que sale también al encuentro de todos los hombres, de cada uno de vosotros, para plantearle personalmente la pregunta que dirigió al joven ciego: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” (Jn 9,35). A quien responde afirmativamente, Él da el encargo de hacerse testigo en el mundo de esta elección»[3].

Desde su cátedra de Belén, Dios Niño nos abre los ojos con una lección de entrega completa a los demás, haciéndose así de pequeño para atraer a todos. María es testigo de ese amor divino; lo tiene, de hecho, en sus manos.



4 de enero de 2026

TODO ESTÁ EN EL EVANGELIO

 


Evangelio 

Juan 1,1-18


En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.


Él estaba en el principio junto a Dios.


Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.


En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.


Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.


Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.


Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.


No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.


El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.


En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.


Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.


Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.


Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,


gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.


Juan da testimonio de él y clama:


“Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.


Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.


Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.


A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.



PARA TU RATO DE ORACION



«EN EL PRINCIPIO existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Hoy la liturgia proclama nuevamente, durante la Misa, el prólogo del evangelio de san Juan: un texto tan rico que vale la pena meditar varias veces para ahondar en su significado.


«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Toda la grandeza de Dios se ha concentrado en un niño recién nacido. Dios nos ha hablado, nos ha mandado su Palabra, se ha dirigido a cada uno. Pero su gloria no nos deslumbra; es sencilla, humilde, discreta. Quien no quiera escucharla no necesita taparse los oídos porque el Niño apenas emite algún sonido. Nace en un establo escondido para que nadie se sienta obligado a acompañarlo. Lo hallarán solo quienes desean libremente acogerlo.


Nosotros podemos pedir a la Virgen María, a san José y a nuestro ángel de la guarda que aumente nuestro deseo de tratar a este Niño, de dejarnos querer por él y de escuchar su frágil voz. Queremos llenarnos de la gracia y la verdad que contiene esta Palabra. Se nos ha dirigido un mensaje que deseamos custodiar: Dios nos ama, nos salva y quiere contar con nosotros para que su amor llegue hasta el último rincón de la tierra. «Emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí»[1].


«LA GRACIA y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo –continúa diciendo el evangelio de san Juan–. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,17). En Cristo podemos conocer la verdad y la bondad de Dios. Y para acercarnos a Jesucristo, para contemplar su Humanidad santísima, tratarlo como a un amigo y seguir sus huellas, necesitamos leer y meditar el evangelio.


San Josemaría tuvo una experiencia sorprendente por las calles de Madrid; escribe, un día de 1931: «Ayer por la mañana, en la calle de Santa Engracia, cuando iba yo a casa de Romeo, leyendo el cap. segundo de San Lucas, que era el que me correspondía leer, encontré a un grupo de obreros. Aunque yo iba bastante metido en mi lectura, oí que se decían en voz alta algo, sin duda preguntando qué leería el cura. Y uno de aquellos hombres contestó también en voz alta: “la vida de Jesucristo”. Como mis evangelios están en un libro pequeño, que llevo siempre en el bolsillo, y las cubiertas forradas con tela, no pudo aquel obrero acertar en su respuesta, más que por casualidad, por providencia. Y pensé y pienso que ojalá fuera tal mi compostura y mi conversación que todos pudieran decir al verme o al oírme hablar: éste lee la vida de Jesucristo»[2].


Leer la vida de Jesucristo nos ayuda a entrar en sintonía con el querer de Dios. Es una Palabra que no deja indiferente; tiene un poder transformador infinito porque está viva. Si la recibimos, nos cambia. Si la acogemos, nos vivifica. San Josemaría aconsejaba leer el evangelio con una actitud activa, para facilitar que la Palabra de Dios vaya configurando cada vez más nuestra realidad cotidiana: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida»[3].


«EL VERBO era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Impulsados por estas palabras de san Juan, hoy pedimos al Señor que el brillo de la verdad guíe nuestras vidas; que nos haga cada vez más capaces de reconocer, como dirigidas a cada uno, las palabras, gestos y acciones del Maestro; que aprendamos a meternos en las escenas de los evangelios para pasar el día con Jesús en su recorrido por Galilea y Judea. Queremos, así, ser testigos de sus milagros y curaciones; queremos escucharle hablar del amor incondicional e infinito de su Padre por nosotros.


Para entrar en la vida del Señor necesitamos dedicar un momento de nuestro día a leer el evangelio. Precisamente el Domingo de la Palabra de Dios ha sido instituido para que los cristianos recordemos, una vez más, el gran valor que esta Palabra ocupa en nuestra existencia cotidiana. «Hagamos espacio dentro de nosotros a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo o en el bolso, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad y que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida»[4]. Tal vez un buen propósito para este año que acaba de comenzar puede ser el de gustar y ver qué bueno es el Señor a través de las páginas del evangelio. Le pedimos al Espíritu Santo que aprendamos a escuchar allí el susurro divino que nos hace sentir acompañados, inspirados, comprendidos.


La Virgen María es la que mejor recibió esa Palabra y la hizo carne de su carne. En ella se cumplen a la perfección las palabras de san Juan: «A cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). María ha entendido que esa Palabra era para ella: aquel día en que vino a verla el arcángel san Gabriel y cada día de su vida.





3 de enero de 2026

Fiesta del Nombre de Jesús



Evangelio 

Lucas 2, 21-24


“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor <<todo varón primogénito será consagrado al Señor>> y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor <<un par de tórtolas o dos pichones>>”


PARA TU RATO DE ORACION 


LA IMPOSICIÓN del nombre tenía mucha importancia en las culturas semitas ya que subrayaba la misión para la que una persona era llamada. En Israel se imponía el nombre durante la circuncisión, el momento en que el niño era incorporado a la descendencia de Abrahán. Así sucedió con Jesús, a los ocho días de su nacimiento (cfr. Lc 2,21). Dios le comunica a José, por medio del ángel, el nombre que debía poner al hijo de María: «Dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Hoy celebramos precisamente la fiesta dedicada al Santísimo Nombre del Señor. La antífona de la Misa resume bien el sentido de la celebración, cuando nos invita a adorar con reverencia al Niño que en estos días contemplamos recostado en un pesebre: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”»[1].

A algunas personas especialmente destacadas en la historia de la salvación Dios les cambia el nombre como símbolo del cometido que les confía. Así sucedió, por ejemplo, con Abram, que pasó a ser llamado Abraham, porque sería padre de una multitud de pueblos; Jacob recibió el nombre de Israel, porque había luchado con Dios y había vencido; y a Simón, Jesucristo mismo le llamará Cefas –Pedro–, porque será la roca sobre la que se edificará la Iglesia. En el caso de Jesús, Dios mismo interviene para que el nombre del Verbo Encarnado significase exactamente la misión redentora que venía a realizar: «Yahvé salva».

San Bernardino de Siena impulsó en su época la devoción al nombre de Jesús y, como fruto de su empeño, se lo añadió a las palabras de santa Isabel que repetimos en el avemaría. «El gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios», afirmaba el santo italiano. La fe «consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna»[2]. De ahí que recemos en la Oración colecta de la Misa de hoy: «Oh, Dios, que cimentaste en la encarnación de tu Verbo la salvación del género humano, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro nombre que el de tu Unigénito».


«TU NOMBRE es como óleo derramado» (Ct 1,3), dice el Cantar de los Cantares refiriéndose al Esposo. El nombre de Jesús es, efectivamente, como un aroma que esparce su perfume por toda la casa. Continuando con esta comparación, san Bernardo de Claraval observa que el óleo posee tres cualidades que se pueden aplicar al nombre de Jesús: así como el aceite «es luz, comida y medicina», también el dulcísimo nombre de Jesús «brilla cuando es predicado, alimenta cuando es comido, unge y mitiga los males cuando es invocado»[3].

En primer lugar, Jesús es luz que resplandece en medio de las tinieblas, brillo que deseamos que reluzca en nuestro comportamiento. Para recibir esa luz de Cristo, hemos de abrir los ojos del alma y limpiarlos con el colirio de los sacramentos. «Ut videam, ut videamus, ut videant!», nos invitaba a repetir san Josemaría: que con nuestra mirada limpia hagamos limpias las vidas de muchos otros. En segundo lugar, Jesús es también alimento del alma. Al pronunciar su nombre, nuestro corazón se llena de gozo. «El leer me fastidia, si no leo el nombre de Jesús –continúa san Bernardo–. El hablar me disgusta, si no habla de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón»[4].

En último lugar, su precioso nombre es medicina para nuestra debilidad. «Nada hay más propio para detener el ímpetu de la ira, abatir la hinchazón del orgullo, curar las llagas de la envidia, contener los ataques de la lujuria, apagar el fuego de la concupiscencia, calmar la sed de la avaricia y desterrar todos los apetitos desordenados»[5]. Con ocasión de esta fiesta, podemos pedir al Espíritu Santo que derrame este óleo santo en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras obras. Así, nos uniremos al salmista que en la liturgia de hoy aclama: «Señor, Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,1).


«EN VERDAD, en verdad os digo: si pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). De esta manera alentaba el Señor a sus apóstoles en la víspera de su pasión. Fiados en la palabra misma del Señor, podemos invocar frecuentemente su santo nombre. Como decía santa Teresa: «Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón»[6].

San Josemaría, a su vez, nos enseñó una jaculatoria estupenda: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus!»: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús. Si la repetimos con frecuencia nos pasmaremos de sus efectos, sobre todo cuando nos sintamos tristes, preocupados o cansados. «Yo le llamo Jesús, sin miedo, a solas», nos decía. «Aquí, junto al Sagrario, no me da vergüenza invocarle por su nombre. Hijo mío, dile tú también que le amas, que le amarás siempre. ¡Cada vez más!»[7]. Es misión nuestra –misión de cristianos corrientes– difundir la fragancia de este nombre a nuestro alrededor.

«Este nombre ha de ser publicado para que brille, no debe quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido»[8], continuaba san Bernardino. El sacerdocio real –sello divino del Bautismo y la Confirmación– «nos capacita para llevar el nombre de Cristo a todos los ambientes donde trabajan y viven los hombres. Pero no me olvidéis que el apostolado, para que sea verdaderamente eficaz, ha de fundamentarse en una unión profunda, habitual, diaria, con Jesucristo Señor Nuestro»[9]. ¡Con qué acento y ternura resonaría el nombre de Jesús en labios de su Madre y de san José! Les suplicamos con confianza que nos recuerden su nombre bendito para tenerlo permanentemente en nuestro corazón.