"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

9 de agosto de 2026

SALIR DE LA CUEVA

 


Evangelio (Mt 14,22-33)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres 



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE los personajes del Antiguo Testamento, Elías ocupa un lugar especial. De él dice la Escritura que era «semejante al fuego» y que su «palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1). La primera lectura de este domingo nos revela, sin embargo, que el secreto de este profeta no estaba en una fuerza propia e inagotable, sino en haber aprendido a buscar en Dios toda su fortaleza. Tras las amenazas recibidas después de su victoria ante los sacerdotes de Baal, Elías huye hasta el Horeb y se refugia en una cueva. Allí el Señor sale a su encuentro con una pregunta que lo invita a abrir el corazón: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,9). El profeta responde con el alma encendida y agitada. Entonces, a través de un ángel, Dios lo llama a salir: «Sal y quédate en la montaña, delante del Señor» (1Re 19,11). Pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego, pero el Señor no estaba en aquellas fuerzas desatadas. Solo cuando llega «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12), Elías reconoce la presencia de Dios, se cubre el rostro con el manto, sale de la cueva y se detiene ante el Señor. Entonces escucha de nuevo la misma pregunta: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,13). Y, en esa oración serena, el profeta puede abrir otra vez su corazón. Después de esa experiencia, Elías ya no permanece encerrado en su cueva. Fortalecido en su misión, regresará sin miedo entre su gente para ungir a reyes y profetas.


En cierto sentido, nuestra oración se parece a la de Elías. Acudimos a rezar porque el Señor nos llama. Dios quiere que nos demos cuenta de ello, y por eso nos pide que empecemos con un examen sincero: «¿Qué te trae aquí?». A veces, él insiste, porque el miedo nos lleva a quedarnos encerrados en nuestra cueva, en nuestras seguridades; o porque las fuerzas que agitan nuestro mundo interior nos impiden oír su voz. En otras ocasiones, con la ayuda de alguien que nos orienta –los consejos de un amigo o de un sacerdote que predica una meditación, las palabras del Papa o de un santo, una sugerencia en la dirección espiritual–, el Señor nos enseña a salir de nuestra cueva y a ponernos de verdad en su presencia. Así aprendemos a discernir esos impulsos interiores y a entrar en su descanso, dejando que su cercanía nos llene de paz. Es entonces cuando escuchamos su voz y podemos descubrir y hacer nuestra su voluntad, dejando que encienda en nosotros, de nuevo, el sentido de misión.


LA SEGUNDA lectura de este domingo nos presenta a otro hombre de oración: san Pablo. Sus cartas son un tesoro donde aquel enamorado de Cristo vuelca la riqueza de su vida interior. Como Elías, también el apóstol deja ver, al abrir su corazón, un mundo interior lleno de turbulencias y sentimientos vehementes. En su carta a los Romanos, Pablo nos revela su sufrimiento por quienes se cierran al Evangelio: «Siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne» (Rm 9,2-3).


Este sentimiento expresado por Pablo nos ayuda a evitar un equívoco: pensar que la vida de oración pueda disminuir en nosotros la preocupación por los demás. La paz de la que Dios nos llena en la oración no tiene nada que ver con la indiferencia; no nos aísla de los demás ni nos encierra en una satisfacción espiritual individualista. Al contrario, en la oración Dios nos hace partícipes de sus ardientes deseos de redención. De hecho, la oración nos ayuda a forjar un corazón como el del Señor, «que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados»[1].


Elías debe salir de la cueva y regresar en medio de su gente; Pablo no pierde el afecto por sus hermanos, a pesar de los obstáculos, del odio y de la persecución que sufre. Y es precisamente a través de la oración como el Señor mantiene encendido en los dos ese fuego del celo apostólico, compatible con la inmensa paz que Dios comunica con su presencia. La preocupación constante por los demás se manifiesta así en la intercesión, una forma de oración propia «de un corazón conforme a la misericordia de Dios»[2]. Por eso, es lógico que la oración esté «llena de rostros y de nombres»[3]: allí presentamos al Señor las necesidades de quienes él mismo ha puesto en nuestro camino.


EN EL EVANGELIO de este domingo vemos cómo Jesús armoniza la búsqueda de la soledad para hacer oración con el cuidado de los demás. Después de haber saciado a las multitudes con su palabra y con el pan que ha multiplicado, se retira al monte para orar. El Señor siente la necesidad de quedarse a solas con su Padre y busca activamente esa soledad. Pero la oración no le lleva a olvidarse de sus discípulos. Desde el monte los contempla luchar contra el viento y las olas, hasta que se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas, en medio de la tormenta. Se acerca para darles ánimo y llenarlos de paz: «Tened confianza –les dice–, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27). Pedro, confiando en su palabra, comienza también a caminar sobre el agua; pero, al sentir la fuerza del viento, se llena de miedo y empieza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús, al instante, alarga la mano, lo sujeta y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,30-31).


Pedro se hunde cuando no mira al Señor y se deja dominar por la fuerza del viento. Algo parecido puede sucedernos a nosotros cuando intentamos caminar hacia Jesús en medio de las borrascas del día a día apoyados solo en una vida interior superficial. A veces nos cuesta armonizar la oración con nuestras actividades, y podemos pensar que basta lanzarse a caminar sobre las aguas sin cuidar antes esos tiempos de soledad con Dios. Pero Jesús camina sobre las aguas en medio de la tormenta después de haber rezado. Para no hundirnos en nuestro camino hacia el Señor, necesitamos una vida de oración que mantenga encendida nuestra fe. Como recomendaba san Josemaría: «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»[4].


Ese es el camino que nos enseña Jesús y que aprendemos también de Elías, de Pablo y de todos los santos: buscar la soledad y el silencio para orar; y, desde allí, dejar que el Señor nos lance a la misión y al servicio. Santa Teresa de Calcuta resumía muy bien este itinerario en una escalera cuyo primer peldaño es ese silencio que hace posible escuchar la voz de Dios: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz»[5]. El Evangelio nos muestra que esa fue también la actitud de la Virgen María, que dedicaba tiempo a considerar las cosas meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,19.51). Ella puede ayudarnos a construir toda nuestra vida sobre ese fundamento sólido que es la vida de oración.

8 de agosto de 2026

Si puedes…!

 


Evangelio (Mt 17,14-20)


Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas y le suplicó:


—Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar.


Jesús contestó:


—¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.


Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento.


Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron:


—¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?


—Por vuestra poca fe —les dijo—. Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN HOMBRE tenía un hijo que llevaba tiempo poseído por un demonio. En cualquier sitio se apoderaba de él y le arrojaba al suelo, le hacía echar espumarajos y lo dejaba rígido. Otras veces, incluso, le hacía tirarse al fuego o al agua. Como es lógico, esta situación hacía sufrir mucho a los dos. Probablemente habían hecho todo lo posible para lograr la curación, pero no habían logrado ningún resultado. Un día, sin embargo, el padre oyó hablar de los discípulos de un Maestro que, al parecer, obraban grandes milagros. Presentó a su hijo ante ellos pero, para sorpresa de todos, los apóstoles no consiguieron hacer nada: lo intentaron, pero les resultó imposible expulsar aquel espíritu (cfr. Mt 17,14-16).


Podemos imaginar la tristeza del padre. Aquellos hombres habían realizado toda clase de prodigios, pero justo fracasan cuando llega la hora de curar al muchacho. «¿Por qué me sucede esto? –se preguntaría– ¿Por qué son capaces de sanar a los demás y no a mi único hijo?». Quizá nos hemos encontrado alguna vez en una situación similar. Oímos que personas conocidas han recibido algún favor de Dios –un trabajo, la resolución de un problema, una alegría familiar–, mientras nuestra súplica parece no dar fruto. «¿Por qué Dios ayuda a los demás y no a mí?», podemos preguntarnos, como el padre del niño.


No hay una respuesta que pueda resolver completamente esta pregunta. Sin embargo, a veces Dios puede permitir ese aparente silencio para hacer más grande nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. En la Sagrada Escritura podemos ver también a muchos otros personajes a los que Dios no parecía escuchar su petición. Ellos supieron perseverar y se dejaron transformar cada día, aceptando la voluntad del Señor, sea cual sea. Y este fue, en muchos casos, el principal fruto que obtuvieron: el de saber amar con todo el corazón lo que Dios quería para ellos. Cuando, como el padre del muchacho, quizá se avecine la desesperación, «en ese momento Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por él. (...) Él sabe cómo hacerlo, porque conoce a cada uno de nosotros»[1].


EL PADRE, al ver que ni siquiera los apóstoles lograban curar a su hijo, probó un último recurso: acercarse a Jesús. Lo hizo sin mucha esperanza, pues no quería volver a ilusionarse con una curación que parecía ya imposible. Por eso manifestó así su necesidad al Maestro. «Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos». Cristo, conociendo sus dudas, respondió: «¡Si puedes…! ¡Todo es posible para el que cree!» (Mc 9,22-23). «Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad»[2]. Este fue el primer milagro que obró el Señor: ayudar a ese padre a ser un testimonio de humildad y a recuperar la confianza en Dios.


Jesús, después de escuchar la súplica del hombre, «increpó al espíritu impuro diciéndole: “¡Espíritu mudo y sordo: yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él!”. Y gritando, y agitándole violentamente, salió» (Mc 9,25-26). Los apóstoles entonces le preguntaron por qué ellos no habían podido expulsarlo, y el Señor les dio una respuesta precisa: «Por vuestra poca fe» (Mt 17,20). Quizá los discípulos, al ver la violencia con que el espíritu atormentaba al niño, se habían llenado de temor o se habían sentido incapaces de un milagro tan grande. Vivir de fe no consiste tanto en ignorar el miedo o en tener una seguridad inquebrantable en uno mismo, sino en reconocer humildemente la necesidad de Dios y la grandeza de sus designios. «Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, la que nos ayuda a aceptar incluso las derrotas y los sufrimientos, sabiendo que el mal no tiene nunca, no tendrá nunca la última palabra»[3]. Jesús tiene poder ante todo mal: solo espera un alma paciente y humilde, como aquel padre, para derrochar su fuerza sobre nosotros, de maneras que quizás no imaginamos.


SAN JOSEMARÍA solía decir que encomendar con fe una petición a Dios no exime al hombre de hacer cuanto esté en su mano para lograr lo que busca. La confianza en el Señor «no supone prescindir de los medios naturales convenientes para conseguir el fin propuesto. No; en cualquier empresa, junto a los medios sobrenaturales, resulta imprescindible poner siempre todos los medios humanos honrados que estén a nuestro alcance. Si esos fallan, se buscan otros y se aplican con la misma fe»[4].


Al mismo tiempo, en la vida del fundador del Opus Dei se puede ver la prioridad que daba a la oración, pues la consideraba «el cimiento de la vida espiritual»[5]. Cuando tenía un asunto que sacar adelante o que le preocupaba, pedía a sus hijos e hijas que rezaran con mayor intensidad. Tenía la seguridad de que la oración era siempre fecunda. Aunque no siempre percibiera directamente los resultados, sabía que en cualquier caso habría producido frutos en uno mismo, pues esa oración nos había acercado a Dios. Además, podía haber fructificado externamente también de un modo inesperado, en un lugar o en una persona no conocida.


Jesús pone una condición para que la oración sea eficaz: tener fe. Así es como los apóstoles podrán lograr lo imposible: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría» (Mt 17,20). La Virgen María acogió con fe la palabra del ángel y permitió que Dios creciese en su seno. A ella le podemos pedir que interceda por nosotros para que sepamos presentar nuestras necesidades a su Hijo con la seguridad de que, sea cual sea el resultado, siempre habrá fruto.

7 de agosto de 2026

UN CAMINO DE ESPERANZA

 


Evangelio (Mt 16, 24-28)


Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:


— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.


Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR muestra su divinidad de diferentes maneras. Ha curado a numerosos enfermos, ha dado de comer a una muchedumbre hambrienta, y se ha mostrado a los Doce como el Mesías que había de venir. En ese clima de exaltación, Jesús dice a sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24). El Señor habla con claridad porque no quiere que los apóstoles se engañen pensando que el Reino de Dios está hecho de éxito terreno. En el camino junto a él han visto muchos milagros y prodigios, pero llegará también el momento de la cruz.


La fortaleza es la virtud que nos ayuda a tener el deseo de seguir a Jesús en toda circunstancia, tanto en los milagros como en las dificultades. En nuestro día a día hay muchas cosas que nos llenan de alegría, pero también se presentan inevitablemente obstáculos que nos ponen a prueba. La felicidad en la tierra, por tanto, no depende tanto de prolongar al máximo aquellos tiempos de bonanza, sino de la capacidad de dar sentido a los momentos buenos y también a los más complicados, cuando nada sale como habíamos pensado. La fortaleza nos ayuda a transformar las contrariedades en ocasiones para hacer aun más profundo y activo nuestro deseo de Dios. De este modo, modela paso a paso nuestra afectividad para gustar de Dios también cuando las circunstancias personales o externas aparentemente no lo favorezcan.


Cuando las multitudes querían proclamar rey a Jesús por los milagros realizados, él «no se dejó engañar por el triunfalismo: era libre. Como en el desierto, cuando rechaza las tentaciones de Satanás porque era libre, y su libertad era seguir la voluntad del Padre (…). Pensemos hoy en nuestra libertad (…). ¿Soy libre? ¿O, por el contrario, soy esclavo de mis pasiones, de mis ambiciones, de las riquezas, de la moda?»[1]. Para Jesús nada era un obstáculo en su camino hacia lo que verdaderamente quería: liberarnos del pecado. La virtud de la fortaleza nos puede ayudar a vivir como él: sin que las circunstancias externas nos atrapen e inmovilicen, y siempre con el deseo de llevar a cabo la voluntad de Dios.


A VECES podemos reducir la fortaleza a un esfuerzo por ir a contrapelo, a un ejercicio constante de la voluntad por superarse. Entonces creemos que, para conseguir algo que es muy valioso –vencer un defecto, crecer en amistad con otras personas o con Dios, cumplir una tarea–, basta resistir las contrariedades que se nos presentan por el camino hasta que, finalmente, llegamos al final de nuestra meta. Sin embargo, esta concepción sin más matices, puede terminar en el agotamiento o en la insensibilidad con la variedad de regalos que el Señor nos pone en el camino. Ser fuertes consiste, en primer lugar, en robustecer nuestras convicciones, en renovar siempre el amor que nos mueve, en hacer brillar con mayor fuerza en nosotros los bienes más auténticos; en otras palabras, en fundamentar la fortaleza en la fe en el amor de Dios. Entonces elegiremos con más facilidad, incluso con gusto, lo que verdaderamente queremos, esa «mejor parte» de la que habla Jesús (cfr. Lc 10,42).


Por ejemplo, quien carece de fortaleza quizá no sea capaz de evitar un comentario brusco o de sonreír cuando se encuentra cansado. En ese tipo de situaciones, la fatiga es el motivo que pesa más en sus reacciones, y pierde de vista otros motivos por los que valdría la pena esforzarse. En cambio, quien ha hecho crecer en sí la fortaleza basada en la fe, no solo puede sobreponerse al cansancio, sino que lo hace porque percibe el bien que eso le reporta, tanto a él como a los demás, e incluso descubre ahí un camino para amar a Dios. Solo de este modo, acciones como privarse de un pequeño gusto, levantarse a una hora fija, evitar una queja o hacer un favor que espontáneamente no realizaríamos, se transforman en un modo de educarnos en la percepción de un bien que está al alcance de nuestra mano, pero que -al menos al principio- quizá resulta poco evidente al presentarse una contrariedad.


Este proceso, que inicialmente parecía reducirse solo al desafío de sobreponerse a uno mismo, termina de hecho haciéndonos más libres, ya que nuestra alegría y nuestra paz dependerá más de lo que verdaderamente queremos, y menos de pequeñas tiranías del momento. En la lucha por ser más fuertes se trata precisamente de explorar esos ángulos muertos que nos impiden ver algunos aspectos del bien, simplemente porque suponen esfuerzo. Quien aprende a vivir con fortaleza podrá perseverar en el bien también cuando las buenas decisiones no sean las más atractivas. Ser fuerte es la actitud propia de quien percibe el valor real de las cosas.


«LO QUE se necesita para conseguir la felicidad –escribía san Josemaría–, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[2]. El camino del cristiano es exigente porque requiere un amor cada vez más hondo; y, como dice aquella vieja canción, «corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores»[3]. La vida de Jesús nos muestra cómo debemos relacionarnos con la adversidad. Él no huyó de la cruz. Ni siquiera se limitó a aceptarla: quiso abrazarla. Y cuando sintió el peso del cansancio prefirió venirse abajo antes que soltarla[4]. Aquel madero era sinónimo de muerte para la gente, pero para Jesús era el instrumento de su amor: el trono desde el cual nos salvaría de nuestros pecados.


La fortaleza nos ayuda a aceptar el dolor. Al mismo tiempo, también nos impulsa a ver los motivos que dan sentido a nuestras luchas cuando se presentan las dificultades. Cada sacrificio libremente asumido, cada contradicción acogida con paciencia, cada vencimiento hecho por amor, reafirma en nosotros la convicción de que nuestra felicidad está en Dios, más que en cualquier otra realidad. La lucha cotidiana se convierte, entonces, en una conquista progresiva del bien más grande, que nos concede algo de la gloria futura a la que aspiramos: la lucha se convierte en un camino de esperanza.


Por eso, el fuerte no desespera, no pierde la serenidad ante un fracaso o cuando los frutos del trabajo tardan en verse. La fortaleza nos permite «luchar, por Amor, hasta el último instante»[5], con los ojos puestos en el fin al que aspiramos. La Virgen María supo sostener a los apóstoles en los momentos difíciles de la Pasión, cuando Jesús había muerto. Ella tampoco nos abandona cuando parece que su Hijo no está: nos llena de su fortaleza y nos invita a poner nuestra mirada en la resurrección de Jesús.

6 de agosto de 2026

LA TRANSFIGURACIÓN

 


Evangelio (Mt 17,1-9)


Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:


— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.


Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:


— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.


Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:


— Levantaos y no tengáis miedo.


Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:


— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.



PARA TU RATO DE ORACION 



SEIS días después de anunciar a los discípulos su muerte y su resurrección, el Señor tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, «y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17,1-2). Antes de la Pasión, «Jesús manifiesta su gloria a los apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios»[1]. El evento de la Transfiguración es, por tanto, un mensaje de esperanza para los momentos de la cruz. Los sufrimientos, las pequeñas y grandes contrariedades del día a día, son la puerta que nos llevan a acompañar al Señor en su gloria: «¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación!»[2].


La vida es un camino hacia el cielo. Y el Señor enseñó a los apóstoles que, en ese camino, el sufrimiento no es solo una parada inevitable, un peaje amargo que es necesario pagar contra la propia voluntad, sino que Jesús mismo cargó con la cruz, la llevó por amor sobre sus hombros. Él se entregó porque quiso. Nos muestra así que el auténtico mal no es tanto experimentar una contrariedad, sino pensar que tenemos que atravesarlo solos, o pretender vivir como si la cruz no existiera. «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?»[3]. La esperanza de contemplar a Jesús en su gloria, como a los apóstoles en la Transfiguración, nos llenará de fortaleza para poder ver el reflejo de su rostro en las dificultades de cada día.


PEDRO, al contemplar la gloria de la Transfiguración, dirigió a Jesús unas emocionadas palabras: «Qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). El apóstol había experimentado un anticipo del paraíso, una felicidad que iba mucho más allá de sus propias expectativas y vivencias. Por eso, quizás como habría hecho cualquiera de nosotros, quiso que ese momento durase para siempre, que no se esfumara con la misma velocidad con que había venido, o con la rapidez con que desaparecían tantas otras alegrías. Pero Cristo no lo permitió. Él no le había hecho partícipe de la gloria del cielo para que escapara de la realidad, sino para que tuviera una guía ante los días oscuros de la Pasión. «La belleza de Jesús no aparta a los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas»[4].


También nosotros podemos experimentar en la tierra algunos anticipos del paraíso, momentos en los que sentimos con especial fuerza la presencia de Jesús, sobre todo en personas que amamos. En nuestra vida de piedad podemos también atravesar etapas de mayor disfrute afectivo. En el amor matrimonial, en la familia, en la amistad sincera o en la ilusión por mejorar nuestro mundo, podemos empezar a degustar parte del ciento por uno que Dios nos ha prometido. Y es normal que, como Pedro, queramos que esas circunstancias se mantengan así siempre o duren lo máximo posible. Sin embargo, el Señor permite estos anticipos del cielo no para retenerlos cueste lo que cueste, sino para impulsarnos. El recuerdo de esos momentos nos dará luz para los días de oscuridad y nos guiará a una felicidad mucho más duradera que la de la Transfiguración: la gloria de la vida eterna. «Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar»[5].


ALGUNAS de las manifestaciones más importantes de Dios han tenido lugar en lo alto del monte. Así se puede observar en episodios como la alianza que estableció con Abraham en el monte Moria o la entrega a Moises de las tablas de la Ley en el Sinaí. La misma muerte de Jesús ocurrió también en otro monte, el Calvario. Y en la Transfiguración, el evangelista hace notar que los apóstoles tuvieron que subir a lo alto del Tabor (cfr. Mt 17,1). Esta ascensión nos invita a «reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios»[6].


En los tiempos de descanso tenemos una ocasión para desconectar del ritmo del día a día y escuchar la voz de Jesús. Con el cuerpo y el espíritu renovados, podemos profundizar en nuestra relación con Dios y los demás: hacer la oración con más calma y serenidad, leer el Evangelio, pasar más tiempo con nuestra familia y nuestros amigos… Después podremos bajar del monte «cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos»[7].


San Josemaría consideraba que el verdadero descanso no es evasión, ni tiempo dedicado exclusivamente al ocio, sino separación de la realidad cotidiana para «acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir esos momentos de descanso –ya sean prolongados durante un periodo o bien breves en el día a día– con el deseo de contemplar a Jesús como hicieron los apóstoles en la Transfiguración.


5 de agosto de 2026

NOS ESCUCHA

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


—¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante



PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS Jesús se dirigía a la región de Tiro y Sidón, se acercó una mujer cananea que «se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”» (Mt 15,22). Puede llamar la atención la primera reacción del Maestro: «Él no le respondió palabra» (Mt 15,23). Los apóstoles, extrañados, le insistieron para que atendiera a la mujer, principalmente para que dejara de seguirles a gritos, pero la réplica de Cristo fue similar a la anterior: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24).


El asunto parecía cerrado, pero la determinación de la mujer la llevó a colocarse ante Jesús, casi impidiéndole el paso; se postró delante de él y exclamó: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Cabría esperar que un gesto así, lleno de ternura e insistencia, cambiaría la actitud de Jesús. En cambio, el Señor respondió con una imagen, una vez más, desconcertante: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). La cananea no se dejó vencer por esta nueva negativa, y respondió con la misma moneda, jugando con esa imagen que había empleado: «Es verdad, Señor, y sin embargo los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,27).


Admirado por este acto de fe, amor y audacia, Jesús finalmente concedió a la cananea lo que le pedía: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Su silencio, su aparente frialdad, hicieron que aquella mujer reafirmara su convencimiento de que sin el Señor no podía hacer nada. Jesús a veces calla, permite que nos sintamos extraños, que imaginemos que «no nos escucha, que andamos engañados, que solo se oye el monólogo de nuestra voz»[1]. Y lo hace para que, como la cananea, acudamos a él con más insistencia, y para que purifiquemos poco a poco nuestra fe.


¿POR QUÉ Jesús actuó así con la cananea? ¿Por qué le trató -a ojos humanos- con aquella frialdad inicial? San Agustín, respondiendo a esta pregunta, comentaba: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo»[2]. En el fondo, se trata de una actitud que quizá también nosotros adoptamos cuando alguien nos pide un favor importante. «Lo bueno se hace esperar», dice la sabiduría popular. Creemos que si realmente es relevante, la otra persona nos insistirá un poco más, hasta conseguir lo que se propone. Si no es así, aquella petición quizá quede en el olvido.


Jesús quiso mostrarnos que la mujer anhelaba realmente la curación de su hija. Esa aparente indiferencia buscaba que la cananea mostrase su fe de una manera concreta y audaz. En efecto, ella pide aunque su insistencia parezca inoportuna, persiste aunque se tenga por indigna y persevera ante las dificultades hasta que al fin logra lo que quiere. «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos –decía el santo Cura de Ars–; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos»[3].


Jesús, al ver la tenacidad de aquella mujer, exclamó: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Se podría decir que el Señor buscaba que acrecentase su deseo porque, al final, el milagro se iba a realizar conforme a lo que ella quería. Si su deseo hubiese sido pequeño, quizás el prodigio habría sido menor. Pero, como fue grande, el milagro será completo. «Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe»[4].


LA CANANEA aparentemente consiguió cambiar los planes previstos por Jesús. Podemos decir que el Señor no pensaba realizar ningún milagro mientras se dirigía a Tiro y Sidón, y menos a alguien que no era de Israel, pues él había sido enviado para anunciar la salvación en primer lugar al pueblo de su Padre Dios. Sin embargo, la insistencia de la mujer logró conmover a Cristo y cambió su opinión. Esta dinámica sorprendente es, en realidad, algo que también sucede en otras partes de la Escritura. Ocurre, por ejemplo, cuando Abraham intercede por Sodoma (cfr. Gn 18,22-33), o cuando Moisés pide clemencia para los israelitas que habían cometido idolatría (cfr. Ex 32,11-14). También sucede cuando María, en las bodas de Caná, consigue que Jesús anticipe su hora y convierta el agua en vino para alegría de la fiesta (cfr. Jn 2, 1-11). Todos esos cambios de actitud del Señor están motivados, principalmente, por las necesidades de los hombres. Además, nos muestran que los planes de la divina providencia cuentan con nuestra libertad y nuestras acciones. Jesús es sensible a lo que le pedimos y nos escucha con mayor comprensión de la que incluso podríamos desear.


Volviendo al cambio de actitud del Señor, en ocasiones a nosotros también nos puede ocurrir algo parecido. Tenemos en mente un plan y, de forma imprevista, a una persona a quien queremos le surge una necesidad. O también puede suceder que tengamos una opinión muy clara sobre un tema, y un familiar o un compañero piense todo lo contrario. En uno y otro caso, quizá podemos tener la tendencia de proteger a toda costa nuestros espacios y nuestros tiempos, o de imponer nuestros planteamientos. La conducta del Señor nos sugiere la prioridad que tienen las personas, especialmente cuando se encuentran necesitadas, por encima de nuestros esquemas. Y «esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad»[5]. Podemos pedir a María que interceda por nosotros para que sepamos mirar con la ternura de su hijo a todas las personas que pasan por nuestra vida.

4 de agosto de 2026

Calma y serenidad

 



Evangelio (Mt 14,22-36)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—¡Es un fantasma! —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres Hijo de Dios.


Acabaron la travesía y llegaron a tierra a la altura de Genesaret. Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, y le suplicaban poder tocar, aunque sólo fuera el borde su manto. Y todos los que lo tocaron quedaron sanos



PARA TU RATO DE ORACION 



DESPUÉS de dar de comer a la multitud, Jesús se retiró al monte para orar, pero antes pidió a los discípulos que cruzaran el lago y que le esperasen en la otra orilla (cfr. Mt 14,22-25). Pedro y los demás apóstoles navegan en la oscuridad. Ya se han alejado de tierra, cuando la barca comienza a agitarse por las olas, y el viento sopla en contra. Como es lógico, comienza a correr una cierta inquietud entre los presentes. A pesar de la veteranía de muchos, esta repentina sacudida les ha tomado desprevenidos.


El Evangelio nos presenta la barca de los discípulos en el mar tempestuoso como una figura de la vida de la Iglesia que surca el mar de la historia, aparentemente indefensa ante los peligros. «El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. Jesús quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios»[1].


San Josemaría también consideraba que, en muchas ocasiones, los cristianos encontraremos tormentas similares a la hora de difundir el Evangelio. A veces serán las circunstancias externas las que ponen obstáculos; otras, el peso de nuestra debilidad y de nuestro pecado. «Cumplimos también nosotros un mandato imperativo de Cristo, navegando en un mar revuelto por las pasiones y los errores humanos, y sintiendo a veces dentro de nosotros toda nuestra flaqueza, pero decididos firmemente a conducir a término esta barca de salvación que el Señor nos ha confiado. Se levanta quizá en ocasiones, de lo profundo del corazón, ante la fuerza del viento contrario, la voz de nuestra impotencia humana: “Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me persiguen, me combaten y me hacen sufrir constantemente. Sin cesar me persiguen mis enemigos; y son muchos, en verdad, los que me combaten” (Ps. LV, 2-3). Él no nos deja, y siempre que ha sido necesario se ha hecho presente, con su omnipotencia amorosa, para llenar de paz y de seguridad el corazón de los suyos»[2].


LA LLEGADA de Jesús que camina sobre las aguas, lejos de ser tranquilizadora, en un primer momento añadió más miedo a la situación. Los discípulos, asustados, dijeron: «¡Es un fantasma», y llenos de miedo se pusieron a gritar. Pero enseguida Jesús les aseguró: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo». Es entonces cuando Pedro se expresó con audacia: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». Y Jesús le respondió: «¡Ven!». Pedro bajó de la barca, caminó sobre las aguas y se dirigió hacia Cristo (cfr. Mt 14,25-29). El gesto de Pedro y la respuesta de Jesús nos recuerdan que Dios ama nuestras ideas valientes, sobre todo cuando tienen que ver con la confianza en él. Quizá resuene en este episodio el tono decidido con que los hijos del Zebedeo respondieron «¡Podemos!» a la pregunta de Jesús sobre su disposición a seguirle en la Pasión, o tantas manifestaciones magnánimas en la vida de los santos. Dios aprecia esos saltos de fe, esa audacia a la hora de seguir a Cristo, que nos hacen capaces de caminar sobre las aguas de un temporal.


«El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar»[3]. Pedro hizo algo que, a simple vista, no tenía lógica humana. Abandonó la relativa estabilidad de la barca para lanzarse a un mar revuelto. Y en ese gesto halló la verdadera seguridad. Jesús también nos anima a no refugiarnos en nuestras certezas, a no aislarnos del mundo y de los demás cuando sintamos que el mar está agitado. El Señor espera un acto de fe audaz como el de Pedro, que lleva a no huir de los problemas, sino a abrazarlos, confiados en la cercanía de Cristo. «En su cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza»[4].


A PESAR de la seguridad con que Pedro estaba caminando, en cuanto vio que «el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: “¡Señor, sálvame!”». Jesús entonces «alargó la mano lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”» (Mt 14,30-31). Pedro había sido capaz de caminar sobre el agua no por sus propias fuerzas, sino por las palabras de Jesús. Y comenzó a hundirse no porque el viento era ya demasiado fuerte, sino porque había dejado de confiar en el Señor. «Lo mismo nos sucede a nosotros: si solo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos y no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida»[5]. Pedro quizá creía que se bastaba él solo para mantenerse en pie, pero era evidente que solamente podía hacerlo porque Cristo lo sostenía.


Habrá momentos en los que, como Pedro, caminaremos sobre las aguas y afrontaremos con calma y serenidad las diversas tempestades. También se presentarán otros momentos en los que creeremos que nos hundimos. En una y otra situación, el Señor siempre está cerca, pues se encuentra en lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, debemos experimentar nuestra relación con Dios tanto en la aparente lejanía como en la cercanía. Al igual que a Pedro, Cristo nos tenderá su mano cuando sintamos que nos ahogamos y nos dirigimos a él: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). La experiencia de los apóstoles nos muestra que, si dejamos que Jesús se meta en nuestra barca, el viento se calmará (cfr. Mt 14,32). Podemos pedir a María que, en medio de las tormentas que agitan nuestro día a día, resuenen en nuestros corazones las palabras de su Hijo: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27).




3 de agosto de 2026

RECUPERAR LA CALMA

  



Evangelio  san Mateo  14, 22-36


En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.


Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.


Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”


En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.


Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados


PARA TU RATO DE ORACION 



“Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[1].


Vamos a comentar, con la ayuda de Dios, la lectura que hoy nos propone el Santo Evangelio, no vaya a ser que tengáis la fe dormida en vuestros corazones, en medio de las borrascas y oleaje de este siglo.


¿Acaso Cristo no tuvo poder sobre la muerte o sobre el sueño?, ¿o quizá el sueño pudo dominar la voluntad del Omnipotente Navegante? Si así pensáis, sin duda Cristo y la fe están dormidos en vuestro corazón. Pero si Cristo vela en vosotros, también vuestra fe está despierta. “Por la fe, Cristo habita en vuestros corazones”[2], dijo el Apóstol.


¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti.

El sueño de Cristo es símbolo de un misterio. Los marineros son aquellas almas que atraviesan el siglo sujetos a un madero. La barca era figura de la Iglesia. Y ciertamente cada alma es templo de Dios, navega en su corazón y no naufraga, si piensa rectamente.


Te injuriaron: es la borrasca; te enfadaste: es el oleaje. Sopla el viento, se levantan las olas, y tu nave y tu corazón naufragan, se hunden. Te injuriaron y deseas vengarte; castigaste de un modo intempestivo y te hundiste. ¿Y por qué? Porque Cristo duerme en tu corazón. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti. ¡Piensa en El!


¿Qué querías? Vengarte. ¿No te acuerdas que cuando le crucificaban dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[3]? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. ¡Despiértale, contémplalo! Su memoria son sus palabras; su memoria es su Ley. Y, si Cristo vela en ti, te dirás: ¿quién soy yo, para querer castigar?, ¿quién, para amenazar a nadie? Quizás moriré antes de vengarme. Y si muero inflamado por la ira, con anhelo y sed de venganza, ¿me recibirá aquél que no quiso castigar, aquél que dijo: “Dad, y se os dará; perdonad, y se os perdonará?”[4]. Reprimiré, pues, mi ira y apaciguaré mi corazón. Mandó Cristo al mar, y se hizo la calma[5].


Esto que más arriba he dicho sobre la ira, aplicadlo para toda clase de tentaciones. Eres tentado y te turbas: son el viento y las olas que se levantan. Despierta a Cristo y habla con El. “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[6]. “¿Quién es este a quien las aguas escuchan? Suyo es el mar, y El lo creó”[7]. “Todo fue hecho por él”[8]. Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo y ¿tú estás sordo? El viento amaina, y ¿tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón. De todos modos, aunque seamos hombres, no desesperemos si el viento arrastra los afectos de nuestra alma. Despertemos a Cristo: nuestra singladura será tranquila y arribaremos a buen puerto.


* * *


Los Sermones de san Agustín están divididos en cuatro clases: De Scripturis (1-133), comentarios a los textos del Antiguo y Nuevo Testamento leídos en la Misa; De tempore (134-272), glosas a las diferentes solemnidades del año litúrgico; De Sanctis (273-340), panegíricos de los mártires; y De diversis, sermones dogmáticos, morales o de circunstancias.


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8, 23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»[1]. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»[2]. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»[3]. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[4].