"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

28 de febrero de 2026

Olvidarse de los agravios

 



Evangelio (Mateo 5, 43-48)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


“Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo.


Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.


Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos?


Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?


Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.


PARA TU RATO DE ORACION 



«AMAD a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan» (Mt 5,44); estas indicaciones de Cristo se cuentan entre las más sorprendentes de su predicación. Quizás muchas veces contrastan con nuestras reacciones más inmediatas. Nos damos cuenta de que no son palabras que solicitan una reacción superficial, como si se nos pidiera simplemente ceder ante quien nos hace mal; es mucho más: debemos amar y rezar.


«Las palabras de Jesús son claras (...). Y esto no es una opción, es un mandato (...). Él sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos así como somos, sino para transformarnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro (...). Este mandato, de responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una nueva cultura en el mundo: la cultura de la misericordia (...). Es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos»[1].


Para lograrlo, pondremos toda nuestra esperanza en la gracia. «Quiero observar tus decretos, nunca me abandones» (Sal 119,8), pedimos con el salmo. Esa ayuda de Dios no solo actúa en nuestra voluntad, sino también en la inteligencia y en el corazón. «Creo que no tengo enemigos –escribía san Josemaría, en una época de persecuciones–. Me he encontrado, en mi vida, con personas que me han hecho daño, positivo daño. No creo que sean enemigos: soy muy poco para tenerlos. Sin embargo, desde ahora, ellos y ellas quedan incluidos en la categoría de mis bienhechores, para encomendarles a diario al Señor»[2].


«¿QUÉ RAZÓN TIENES para no amar? –se pregunta san Juan Crisóstomo–. ¿Que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿Que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero, si amas por Cristo, esas son razones que te han de mover a amar más aún. Porque lo que destruye las amistades del mundo, eso es lo que afianza la caridad de Cristo. ¿Cómo? Primero, porque ese ingrato es para ti causa de un premio mayor. Segundo, porque ese precisamente necesita de más ayuda y de más intenso cuidado»[3]. Qué gris sería el mundo si todas las personas fuesen iguales, y si todos nos resultasen igual de agradables. La realidad no es esa, y Jesús nos pide que amemos, recemos y sirvamos a todos. Pensar lo contrario, nos trae a la mente las palabras de Caín, encendidas de envidia y odio: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).


Si volvemos la mirada a Cristo, resuena en nuestra alma su amor hacia todos los hombres: «Que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,45). «Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo –creo que todos nosotros tenemos alguno– uno que nos ha hecho mal o que nos quiere hacer mal o que intenta hacer el mal. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo»[4]. Sin embargo, no hace falta pensar en lugares lejanos, en campos de batalla o enemigos poderosos. Quizá en nuestro mismo hogar tenemos que luchar por comprender, perdonar y no guardar rencor a un hermano, una hija o nuestro cónyuge. Cuántas veces hemos comprobado cómo la gracia hace posible lo que antes no habíamos ni siquiera imaginado.


«LOS HOMBRES sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás –escribe san Agustín–. No buscan lo que hay que corregir, sino en que pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás»[5]. Emprender la tarea de amar a los enemigos trae como consecuencia que, al mismo tiempo, aprendemos a poner el foco en nuestra debilidad, en nuestras faltas, en todo aquello de nuestra vida que todavía debe identificarse con Cristo. Esta actitud está impregnada de un realismo mucho más práctico, porque lo que sí podemos cambiar, ayudados por Dios, es lo que tenemos en nuestro corazón. Abandonamos un campo de batalla de fantasía –la vida de los demás– para llenar de bien el mundo a partir de una lucha mucho más cercana. Dejamos a Dios que cambie el curso de la historia, mientras nosotros rectificamos el rumbo que tenemos entre manos.


«Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21)[6]». No se trata de no corregir cuando la circunstancia lo amerite. Tampoco se trata de ser ingenuos, sino todo lo contrario: se trata de adquirir la sabiduría de Dios. El amor maduro, generoso y discreto, es capaz de olvidarse de los agravios, no tiene en cuenta las faltas de aprecio, se arma de valor e imita a Cristo al pie de la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). A la Virgen María, reina de la paz, le podemos pedir que nos enseñe a amar a todos sus hijos, a rezar por los que quizá nos han hecho daño, y que nos ayude a traer el campo de batalla hacia nuestra propia alma.



27 de febrero de 2026

NO JUZGAR A LOS DEMAS

 





Evangelio (Mt 5, 20-26)

Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás , y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda. (Mt 5, 20-26)


Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.


Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás , y el que mate será reo de juicio.


Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.



PARA TU RATO DE ORACION 



«LOS CENTINELAS esperan a la aurora, pero tú Israel, espera en el Señor; pues en el Señor está la misericordia, en él la Redención abundante» (Sal 131,7-8). Los cristianos esperamos en un Dios que es perdón y misericordia, queremos mirar el mundo junto a él. Así también se podría definir la lucha por la santidad: esa progresiva identificación de nuestra mirada con la suya. Esa tarea parte de la purificación de nuestro corazón, a lo que la Cuaresma nos invita incesantemente. Pero sabemos que no se trata de un proceso automático. A veces nos puede parecer que estamos demasiado inclinados al juicio temerario, a mirar las cosas solo desde nuestro punto de vista, sin ser conscientes del daño que hacemos a los demás y que nos hace a nosotros mismos. Jesús relaciona estas rencillas y enemistades con el quinto mandamiento, aquel que manda no matar (cfr. Mt 5,21-24).


«¿Quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente»[1]. El Reino de Dios está entre nosotros, y solo el Señor ocupará el lugar de juez. ¿Por qué caemos con tanta frecuencia en los juicios críticos? «¡Qué fácil es criticar a los otros! (...). El Espíritu Santo, además de donarnos la mansedumbre, nos invita a la solidaridad, a llevar los pesos de los otros. ¡Cuántos pesos están presentes en la vida de una persona: la enfermedad, la falta de trabajo, la soledad, el dolor…! ¡Y cuántas otras pruebas que requieren la cercanía y el amor de los hermanos!»[2].


NO ES FÁCIL desactivar el mecanismo interior que nos lleva a la crítica; pero el Espíritu Santo puede darnos luz para descubrir lo que sucede en nuestro corazón cuando surgen esas emociones negativas. «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura»[3]. Una conciencia profunda del perdón, de no haber hecho méritos para merecer tanta bondad de Dios, nos llevará a considerar de la misma manera a los demás, con una mirada benevolente. Algunas veces, juzgar a los otros puede ser síntoma de creernos merecedores de la gracia, consecuencia de creer en un Dios que no ama, sino que paga.


Un camino para no caer en el juicio crítico es pensar siempre lo mejor posible de los demás. Santo Tomás de Aquino señalaba que «puede suceder que quien interpreta en el mejor sentido se engañe más frecuentemente; pero es mejor que alguien se engañe muchas veces teniendo buen concepto de un hombre malo que el que se engaña raras veces pensando mal de un hombre bueno, pues en este caso se hace injuria a otro, lo que no ocurre en el primero»[4]. Es mejor equivocarse, pensando bien, que injuriar por pensar mal. «Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[5]. «Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos –recomendaba san Josemaría–; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios. Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación»[6].


«SI LLEVAS cuenta de las culpas, Señor, Señor mío, ¿quién podrá quedar en pie?» (Sal 130, 3), nos preguntamos con el salmista. Por eso, nos consuela pensar cuánto nos ha perdonado Dios a cada uno, considerar su amor totalmente gratuito para nosotros, a pesar de nuestras traiciones. Sin embargo, paradójicamente a veces la envidia nos lleva a entristecernos por los bienes ajenos, fundamentalmente por el amor o la honra que reciben. Si fuéramos plenamente conscientes de cómo es la estima de Dios por cada uno de nosotros, no cabría en nuestro corazón esta desviación.


El santo cura de Ars decía que «si tuviésemos la dicha de estar libres del orgullo y de la envidia, nunca juzgaríamos a nadie, sino que nos contentaríamos con llorar nuestras miserias espirituales, orar por los pobres pecadores, y nada más, bien persuadidos de que Dios no nos pedirá cuenta de los actos de los demás, sino sólo de los nuestros»[7]. Sin embargo, mientras no aprendamos a alegrarnos con los bienes de los demás, con su brillo por encima del nuestro, la envidia nos acompañará a lo largo de nuestra carrera en la tierra. Para nuestra fortuna, Jesús aceptará un juicio injusto que herirá su honra para que nosotros seamos librados de cualquier condena; para vernos librados de la misma necesidad de juzgar y de juzgarnos.


«La Trinidad Beatísima ha coronado a nuestra Madre. —Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Otro motivo para que digamos a Santa María que nos enseñe a hablar siempre en la presencia del Señor»[8].



26 de febrero de 2026

ORACION DE PETICION


Evangelio (Mt 7, 7-12)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá.

Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra?

¿O si le pide un pez le da una serpiente?

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?

Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«AYÚDAME, que soy huérfana, y pon en mi boca una palabra apropiada» (Est 4,17). Con estas palabras, la reina Ester suplicaba al Señor que protegiera al pueblo judío de la destrucción. Había leído muchas veces lo que Dios había hecho en los tiempos antiguos con sus antepasados, y estaba convencida de que el poder de su brazo no se había hecho más pequeño. Con esa misma fe clama el salmista: «Daré gracias a tu Nombre por tu misericordia y tu fidelidad, porque has engrandecido tu promesa» (Sal 138,2). Generación tras generación, hemos aprendido que la oración lo puede todo, porque nos conforma interiormente al querer de Dios, y para él nada es imposible.

San Josemaría planteó un día, a varias de sus primeras hijas en el Opus Dei, un panorama apostólico muy extenso. «Ante esto –les dijo– se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante»[1]. No es fácil ver las cosas como las ve Dios. Sin embargo, este es uno de los principales frutos del Espíritu Santo, el don de sabiduría, que se cultiva especialmente en la oración: «Debemos despertar a Cristo en nuestro corazón y solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque Él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»[2]. La sabiduría que nos da la oración nos ayuda a confiar en el Señor. Incluso para rezar podemos pedir ayuda, como la reina Ester, para que Dios ponga en nuestra boca la palabra apropiada.


¿DE DÓNDE se pueden sacar las fuerzas necesarias para llevar a cabo una misión que excede nuestra imaginación y nuestras capacidades? El impulso solo podemos encontrarlo en la oración. A una hija suya que se marchaba a Irlanda para desarrollar allí la labor apostólica del Opus Dei, san Josemaría le decía: «Cuando te pido una cosa, hija mía, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles... ¡y han ido saliendo!»[3].

Ante la envergadura de lo que Dios pide, cabe desanimarse y no hacerlo, o, al contrario, responder con una petición todavía más audaz: «¿Qué pide un niño a su padre? Papá..., ¡la luna!: cosas absurdas. Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7). ¿Qué no podemos pedir a Dios? A nuestros padres les hemos pedido todo. Pedid la luna y os la dará; pedidle sin miedo todo lo que queráis. Él siempre os lo dará, de una manera o de otra. Pedid con confianza»[4]. La única exigencia divina, tal como nos lo muestra el Evangelio, es que pidamos: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Y, por si fueran a pasar desapercibidas las intenciones que tiene Dios de concedernos tantos dones, Jesús pone dos ejemplos cercanos: «¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente?» (Mt 7,9-10).

Una de las prácticas que la Iglesia recomienda en Cuaresma es, precisamente, la oración. Podemos preguntarnos si nuestra oración está llena de tanta confianza, que incluso pedimos cosas que parecen imposibles. Sin embargo, trataremos de que nuestra oración siempre incluya la aceptación de la voluntad divina, porque nadie como Dios sabe lo que nos conviene.


«NECESITAMOS —¡todos!— rezar, cumplir piadosamente las normas de nuestro plan de vida, para que haya una continua oración, un conjunto de corazones que se elevan al Cielo, ofreciendo también nuestras miserias personales, y dejando al Señor que actúe sin que se interpongan como obstáculos esas miserias»[5]. Jesús, en el Evangelio, no deja de insistir en que confiemos en su generosidad, como quien siente que pedimos poco: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?» (Mt 7,11).

«Nuestra oración con mucha frecuencia es petición de ayuda en las necesidades. Y es incluso normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, tenemos necesidad de los demás, tenemos necesidad de Dios. De este modo, es normal para nosotros pedir algo a Dios, buscar su ayuda. Debemos tener presente que la oración que el Señor nos enseñó, el “Padrenuestro”, es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestro corazón»[6].

La Virgen es la omnipotencia suplicante. En Caná, como en muchas otras ocasiones, María alcanzó de su Hijo lo que consideraba que era bueno para sus discípulos. Tenemos una madre que pedirá lo mejor para nosotros y, si le dejamos, logrará de su hijo las gracias que necesitamos para llenar el mundo de su alegría.



25 de febrero de 2026

PASE LO QUE PASE DIOS NOS AMA



Evangelio (Lc 11, 29-32)


Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: -Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás.


Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación.


La reina del Sur se levantará en el Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.


Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.



PARA TU RATO DE ORACION 



«TEN MISERICORDIA de mí, Dios mío, según tu bondad –exclama el salmista, dirigiéndose al cielo–; según tu inmensa compasión borra mi delito» (Sal 51,3). Se cumple una semana desde que comenzamos la Cuaresma, que Dios nos regala para convertirnos y gozar nuevamente de su amor. San Juan Crisóstomo, tratando de explicar el motivo que impulsaba a san Pablo a vivir su entrega a Jesucristo, decía: «Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien»[1]. Uno de los mayores bienes que podemos experimentar especialmente en este tiempo es el perdón de Dios, su misericordia, la libertad con la que nos ama. «¿Quién podrá explicar debidamente la bondad de Dios? En vez de recibir la pena debida por nuestros crímenes, recibimos los premios prometidos a la virtud»[2].


«Dios sigue amando a cada hombre (…). Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente»[3]. Ante esta realidad tan sorprendente y, por otro lado, tan diversa a nuestro corazón, nos llenamos de agradecimiento. Para que no nos quede duda alguna acerca de su perdón, lo hace audible mediante la voz de un sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados». No podemos arrastrar la culpa, porque Jesucristo la ha borrado.


«EL SACRIFICIO grato a Dios es un espíritu contrito: un corazón contrito y humillado, Dios mío, no lo desprecias» (Sal 51,19). Nuestro arrepentimiento abre las puertas de par en par a Dios. Nosotros no le decimos cómo tiene que amarnos ni nos atrevemos a poner condiciones. «Somos libres porque hemos sido liberados, liberados por gracia —no por pagar— liberados por el amor, que se convierte en la ley suprema y nueva de la vida cristiana»[4]. Descubrimos que para Dios es fácil perdonar porque ha amado «hasta el extremo» (Jn 13,1). El amor de Dios por nosotros no depende de nuestros méritos o de nuestra conducta. Solo existe una forma de frenarlo: cuando no nos dejamos perdonar. Esa, de alguna manera, es la única barrera insuperable para el Dios todopoderoso, que nos ha dado el gran poder de la libertad.


En ese sentido, se podría decir que necesitamos conocernos bien y, conociendo también a Dios, arrepentirnos de nuestros pecados, darnos cuenta de que lo mejor para nosotros hubiera sido obrar de manera diferente. Sabemos que la santidad no consiste en un mero cumplimiento de obligaciones, sino que es la vida del Espíritu Santo en nuestra alma. Buscar dentro de nosotros lo que obstaculiza su tarea puede parecer sencillo, pero no siempre lo conseguimos hacer, no siempre somos lo suficientemente valientes y honestos para mirar. A veces encontramos excusas para no examinar nuestra vida. San Josemaría aseguraba que «el examen de conciencia diario nos dará el propio conocimiento, la verdadera humildad y, como consecuencia, nos obtendrá del cielo la perseverancia»[5]. Al mismo tiempo, san Agustín era realista y, por eso, sabía que se trata de una tarea de toda la vida: «Nunca falta qué perdonar; somos hombres»[6].


«NO TE ASUSTES, nunca más, de topar dentro de ti con abismos de vileza –aconsejaba san Josemaría–. Clama, ruega, recorre las etapas del hijo pródigo. Tu Padre Dios sale a tu encuentro apenas te confiesas pecador, en aquello que la soberbia te ocultaba como pecado. Comienza para ti una gran fiesta –la profunda alegría del arrepentimiento– y estrenas un traje limpio: una caridad más honda, más divina y más humana»[7].


¿Qué extraño mecanismo nos impulsa a no reconocer nuestros pecados? Quizá sea el miedo a no ser queridos, la vergüenza de reconocernos débiles, o la frivolidad de no querer abandonar esos refugios aparentes. De cualquier manera, Jesús nos ofrece una y otra vez un remedio formidable: la confesión sincera de nuestros pecados ante el sacerdote, que hace presente a Cristo. «No hay mejor acto de arrepentimiento y de desagravio que una buena confesión. Allí recibimos la fortaleza que necesitamos para luchar»[8]. Jesús nos espera pacientemente. Sabe que añoramos el hogar paterno, sabe que tenemos nostalgia de su calor.


Decía san Pablo VI que «quizá los momentos de una confesión sincera figuran entre los más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida»[9]. Por eso, contagiar nuestro amor por la confesión es «el mejor favor que podéis hacer a un amigo vuestro, la mejor manifestación de cariño»[10]. Al Espíritu Santo le podemos pedir que nos ayude a vivirla mejor para, así, ser testimonios de aquel camino de felicidad. Y a María, refugio de los pecadores, le podemos pedir que lleve esta alegría también a nuestros amigos y familiares.



24 de febrero de 2026

Hágase

 



Evangelio (Mt 6, 7-15)

Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal. Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados


PARA TU RATO DE ORACION 



«PADRE NUESTRO, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre» (Mt 6,9). Esta súplica es lo primero que Jesús nos enseña a pedir. Solicitamos poder «santificar su nombre» no porque Dios lo necesite, sino porque es lo que más nos conviene a nosotros; el Señor nos enseña a rezar de la manera adecuada para que nosotros podamos ser felices con él. La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar nuestra oración, para escuchar mejor al Espíritu Santo en nosotros; y por eso pone nuevamente el Padrenuestro en nuestros labios.


¿Qué significa que el nombre de Dios sea santificado? ¿Cómo podemos añadir algo a Dios? Nosotros podemos, en el mejor de los casos, reconocer la santidad de Dios, comprender de alguna manera su bondad infinita. «La gloria de Dios consiste en que el hombre viva»[1], dice san Ireneo. Qué gozo saberse objeto de una predilección tan entrañable. «Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y que todo lo puede»[2].


Las peticiones se suceden en el Padrenuestro que Jesús enseña a sus discípulos. Van precedidas de una advertencia que nos introduce en un clima de intimidad y confianza con Dios, antes impensables para el hombre: «Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis» (Mt 6,8). Nuestra oración no tiene como objetivo alterar los designios divinos, sabios desde toda la eternidad; aunque, de manera real pero misteriosa, Dios cuenta con ella para llevarlos a cabo. Al rezar, Dios nos introduce en la comprensión de su bondad infinita. Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos»[3].


A LO LARGO de la oración del Padrenuestro, se podría decir que hay una sola acción que nos corresponde a los hombres. Cuando pedimos a Dios que nos perdone, aseguramos que también «nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Podría parecer que se trata solamente de una condición, pero es mucho más que eso. En realidad, el perdón de Dios nos precede. De algún modo, nosotros somos capaces de perdonar, de amar hasta ese extremo, solo porque antes hemos sido perdonados. «La caridad no la construimos nosotros; nos invade con la gracia de Dios: porque Él nos amó primero. Conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios, es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre»[4].


Perdonar es un acto divino por excelencia. Supone restablecer a su anterior condición al que ha ofendido. «¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar (...) Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio!»[5]. Cuando conocemos la alegría de Dios al perdonarnos, cuando experimentamos su disponibilidad infinita, es lógico que nos sintamos impulsados a hacer lo mismo con los demás; queremos ser parte de esa alegría. «Para aprender a perdonar –aconsejaba san Josemaría–, acudid a la Confesión, con cariño, con devoción, y allí encontrareis la paz, la fuerza para vencer y para amar»[6].


«HÁGASE tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra» (Mt 6,10). Tal vez pensamos en la voluntad de Dios solo como algo que él quiere de nosotros. Olvidamos, sin embargo, que el acto principal de su designio con respecto a nosotros es amarnos, y que una consecuencia de ese amor es ofrecernos mil maneras de llenarnos de su vida: los sacramentos, las relaciones con quienes nos rodean, la oración, los mandamientos, etc. Al pedirle «que se haga su voluntad» le estamos pidiendo, al menos en parte, que nos dé la gracia de dejarnos alcanzar por ese amor. Y para ello, Jesús nos invita también a pedir el pan de cada día, su cuerpo y su sangre. Esa es la voluntad del Padre: que sus hijos estén lo más unidos posible.


«Pase lo que pase en vuestras vidas –predicaba san Josemaría–, por triste y oscuro y aún abominable que sea, haced rápidamente este proceso mental: Dios es mi Padre; Dios me quiere más que todas las madres del mundo juntas pueden querer a sus hijos. Mi Padre Dios es, además, omnisciente y omnipotente. Luego, todo lo que ocurre es para bien. Veréis qué paz, hijos míos, qué sonrisa iluminará vuestra boca, aunque tengáis el rostro bañado en lágrimas»[7].


El hecho de que pidamos que se haga la voluntad de Dios, no anula la nuestra. «La fuerza de la gracia tiene que combinarse con nuestras obras de misericordia, que somos llamados a vivir para testimoniar qué grande es el amor de Dios»[8], especialmente durante la Cuaresma. La Virgen María, hija de Dios Padre, seguramente rezó el Padrenuestro muchas veces. Ella ya había pronunciado su «hágase» personal, y le sorprendería ver cómo la realidad había superado sus expectativas más audaces. Nuestra Madre fue testigo de la entrega de su hijo y, quizás, se sintió confortada recibiéndolo en la Eucaristía. A ella le podemos pedir que nos haga comprender y saborear las palabras de Jesús.




23 de febrero de 2026

VER A CRISTO EN LOS DEMÁS

 


EVANGELIO  San Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.


Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.


Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.


Entonces dirá el rey a los de su derecha:

“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.


Entonces los justos le contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.


Y el rey les dirá:

“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.


Entonces dirá a los de su izquierda:

“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.


Entonces también estos contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.


Él les replicará:

“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.


Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».


PARA TU RATO ORACION


«LOS PRECEPTOS del Señor son rectos, alegran el corazón –canta el salmista­­–; los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos» (Sal 19,9). Alegría para el corazón y luz para nuestros ojos: esos son los frutos que el Señor nos tiene preparados si nos abrimos, durante esta Cuaresma, a su conversión. Dios nos quiere felices y nos lo recuerda el primer punto del Catecismo de la Iglesia Católica: «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada»[1].


Queremos pedirle luz para no quedarnos simplemente en la superficie de las cosas, de las personas, de nuestras tareas. Convertirnos significa mirar de una forma nueva lo que ya hemos visto muchas veces. El Espíritu Santo es quien puede limpiar nuestros ojos y purificar nuestro corazón para querer mejor a Dios y a los demás. La mentira del enemigo consiste en hacernos sospechar que Dios nos pide solo renuncia. Sin embargo, renunciar al pecado es siempre una ganancia, un beneficio sin cuento. «El sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así (...) se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»[2].


«La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor (...). La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu»[3].


«TUVE HAMBRE y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis» (Mt 25,35). Jesús dice a los discípulos que aquella es la conducta de quien, al final, será contado entre los bienaventurados. San Pablo, a su vez, escribe a los efesios: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). Dios ha dicho claramente que nos espera en cada persona con la que nos encontramos; saberlo es ya suficiente motivo de agradecimiento. Si nos abrimos a su gracia, aprenderemos a descubrir el rastro de la imagen divina en cada alma, especialmente en quienes tienen alguna necesidad. Saber que a ese compañero, a esa amiga o a ese familiar, el Señor no solamente lo ama, sino que incluso está presente en ellos, es un estímulo para buscar allí el rostro de Jesucristo. Quienes nos rodean son para nosotros un don de Dios.


Por si fuera poco, Jesucristo nos ha asegurado que cualquier gesto de amor a los hombres es como si se lo dirigiéramos a él: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios nos impulsa a llevar cariño, comprensión y paz allá donde nos encontremos. En este empeño, una sonrisa puede ser ya un buen inicio; muchas veces aquel gesto cambia el día a quien lo recibe. «No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes»[4], escribe san Josemaría. Para ser difusores de paz y de alegría a nuestro alrededor, deberemos primero llevarlas dentro de nosotros. En ese sentido, es importante ser muy sinceros con Dios, con nosotros mismos, y con quienes nos ayudan. «No tengamos miedo de ser sinceros, de decir la verdad, de escuchar la verdad, de conformarnos con la verdad. Así podremos amar (...). La hipocresía tiene miedo de la verdad. Se prefiere fingir en vez de ser uno mismo»[5]. Para alimentar al hambriento, dar de beber al sediento y acoger al peregrino, es importante, antes, pacificar nuestro interior; vivir con una serenidad que nos permita ver a Cristo en los demás.


«VENID, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). En cierto sentido, «el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón»[6]. Cabe el riesgo de plantearnos este camino como una lucha esforzada por lograr que Dios nos ame; sin darnos cuenta de que, en realidad, su amor es eterno y anterior a nosotros mismos. De este modo, se comprende mejor que «el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo (...). Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, (...) es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo»[7].


En las antípodas de esta actitud, están las reclamaciones de los dos hijos de la parábola del padre misericordioso. El pequeño exige: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, reprocha: «Nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29). Ambos calculan lo que creen merecer, pero se equivocan. El pequeño, al volver arrepentido, ni siquiera termina su frase cuando dice su padre: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,21-22). Al mayor se le promete todavía más: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Entonces, aprenden a recibir, y pueden ir al cielo para recibir por toda la eternidad el amor infinito de Dios. En el anhelo por dejar obrar a Dios en nuestra alma, podemos unirnos a la oración de san Josemaría: «Señor, sí, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, seremos fieles, seremos humildes, y no nos olvidaremos nunca de que tenemos los pies de barro, y de que todo lo que en nosotros brilla es tuyo, es gracia, es esa divinización que nos das porque quieres, porque eres bueno»[8].

22 de febrero de 2026

NUESTRAS TENTACIONES

 


Evangelio (Mt 4,1-11)


Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo:


—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.


Él respondió:


—Escrito está:


No sólo de pan vivirá el hombre,


sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.


Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo:


—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:


Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,


para que te lleven en sus manos,


no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.


Y le respondió Jesús:


—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.


De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:


—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.


Entonces le respondió Jesús:


—Apártate, Satanás, pues escrito está:


Al Señor tu Dios adorarás


y solamente a Él darás culto.


Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.



Si hoy día 22 de febrero no fuera domingo de Cuaresma celebrariamos 

la CATEDRA DE SAN PEDRO 

https://opusdei.org/es-es/article/catedra-de-san-pedro-rezar-con-san-josemaria/?utm_source=WebShareIcon


PARA TU RATO DE ORACION 



CADA AÑO, en el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone meditar las tentaciones que padeció Jesús. Quizás la primera vez que escuchamos este relato nos sorprendió que el mismo Dios hecho hombre fuera probado de esa forma. Jesús lo acepta, entre otras razones, para que también cuando nosotros sentimos la tentación podamos estar seguros de su compañía y comprensión. Así le ocurrió, por ejemplo, a santa Catalina de Siena. Después de una noche en que había sufrido mucho, preguntó: «Señor mío, ¿en dónde estabas cuando mi corazón se veía atribulado con tantas tentaciones?». Y escuchó: «Estaba en tu corazón mismo»[1].


Jesús lucha dentro de nosotros, con nosotros y por nosotros. ¡Qué paz nos da saber que podemos vivir nuestras dificultades junto a él! «Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso», exclama el salmista. «Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú –escribe san Agustín–, porque Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria»[2].


A veces, al pensar en nuestra debilidad, nos podemos llenar de tristeza. Sin embargo, Cristo, que era perfecto Dios y perfecto hombre, también quiso padecer tentaciones; quiso atravesar ese umbral para acompañarnos. «El Señor es nuestro modelo; y que por eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros –con Él– de la victoria. Si sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada (Sal 6,3 y 4). Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío (Is 43,1)»[3].


«SI ERES Hijo de Dios» (Mt 4,3): así tienta el diablo a Jesús, en dos ocasiones. Con las mismas palabras le insultaron quienes lo llevaron a la cruz. Esas tentaciones tienen que ver con la filiación divina, quieren hacerla tambalear, ponerla en duda. El demonio ataca donde más daño puede hacer, cuestiona lo más profundo. Obviamente, algunas tentaciones nos invitan a la pereza, a la ira, a la comodidad… Pero detrás de esos enredos es cuestionada nuestra condición de hijos de Dios. «Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso»[4].


«O el infierno o la huida, no hay término medio»[5], decía también el santo cura de Ars. El remedio, por lo tanto, es volver una y otra vez a nuestra condición de hijos. Nuestro consuelo es la confianza en lo que puede hacer Dios que, como buen Padre, quiere lo mejor para nosotros. A los ojos de un hijo, las dificultades no son más que momentos en los que queda claro quién es su padre. Ciertamente, podrán ser momentos menos agradables, pero el hijo sabe que se trata de algo pasajero, está seguro de que llegará la paz. En efecto, las tentaciones pueden ayudarnos a recordar que necesitamos a Dios, que no somos autosuficientes, y que necesitamos clamar para que el Señor nos libere del mal. De este modo, para quien acude a la ayuda de Dios, «las tentaciones y estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su Majestad el que pelea por ella»[6].


«COMO GENERAL competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar»[7]. Sin embargo, seguros de que Dios es más fuerte, en este tiempo de Cuaresma podemos fijarnos en sus manifestaciones de amor por nosotros, que nos ha dejado en la persona de su Hijo. Nos gustaría percibir hasta el gesto más insignificante de Cristo que camina hacia Jerusalén para dar su vida por los hombres. El tentador, por su parte, intenta mentirnos y hacernos sospechar de su bondad. Así lo hizo con nuestros primeros padres y así lo hizo con el nuevo Adán. «Desconfía de Dios» –nos susurra–. «Si fuera de verdad tu Padre no pasarías hambre, no tendrías problemas, no estarías en la cruz».


El demonio tentó al Señor diciendo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Y precisamente Jesús se ha convertido en pan para que nunca nos falte el alimento que da vida. El demonio también le provocó diciendo: «Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo» (Lc 4,5). Y Dios no ha querido evitar la muerte de su Hijo para salvarnos a nosotros. En realidad, en cada tentación el demonio busca persuadirnos con la estafa más grande de la historia: convencernos de que Dios no nos quiere, de que Dios nos está engañando.


A María podemos pedir, con palabras de san Josemaría, la valentía de sabernos hijos en medio de la debilidad, porque queremos disfrutar del amor de Dios. «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[8].