"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

20 de agosto de 2026

REVESTIRSE DE CRISTO

 


Evangelio (Mt 22, 1-14)


En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:


El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas». Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.


Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.


Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EL REINO de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas, pero estos no querían acudir» (Mt 22,2-3). Con esta parábola, Jesús evoca la historia de la salvación: Dios había preparado su alianza en primer lugar para Israel y le había enviado repetidamente a los profetas, pero esa invitación encontró muchas veces indiferencia o rechazo. Sin embargo, el banquete no queda vacío: el Señor abre sus puertas a todos los pueblos. Y también hoy, al cabo de veinte siglos, Dios sigue llamándonos para que participemos en las bodas de su Hijo con la humanidad entera.


El Señor nos busca para hacernos partícipes de la alegría de vivir en comunión con él. No obstante, como les sucede a los invitados de la parábola, también nosotros podemos quedar absorbidos por nuestras ocupaciones, preocupaciones o proyectos. No necesariamente porque queramos rechazar a Dios, sino porque a veces vivimos tan inmersos en nuestras obligaciones que no contemplamos que nada interrumpa lo que teníamos previsto. Y quizá pensamos que más adelante ya llegarán momentos más tranquilos. Como consecuencia, «a menudo percibimos que el hecho de hacer demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia»[1].


Esa inquietud revela que nuestro corazón no se conforma con cualquier cosa. Su destino más profundo no está en la acumulación de bienes, tareas o actividades más o menos relevantes, sino en el amor de Dios. Y ese amor no nos aparta de la vida concreta: nos enseña a reconocer al Señor en las personas que pone a nuestro lado. «Este tesoro –comenta León XIV– solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección»[2]. Cuando en el día a día nos detenemos y servimos a las personas que están a nuestro alrededor, estamos aceptando la invitación del Señor a participar de su banquete.


«LA SALA del banquete se llenó de comensales» (Mt 22,10). Con frecuencia, en la Sagrada Escritura, el don de la vida eterna se expresa con la imagen de un banquete. No es una comparación casual: parte de una experiencia profundamente humana, la alegría de sentarse a la mesa con otros, para hablar de la comunión con Dios y con nuestros hermanos en el cielo. Comer no es solo satisfacer una necesidad biológica. En todas las culturas, compartir los alimentos posee una riqueza que va mucho más allá de la simple subsistencia: los alimentos son dones de Dios, reflejo de su sabiduría y de su bondad; preparar una mesa con cuidado manifiesta un cariño lleno de delicadeza hacia los demás; y compartir la comida y la conversación es signo de acogida y de comunión.


Los tiempos que pasamos con otras personas pueden convertirse en algo más que momentos transcurridos en común: pueden ser ocasiones reales de comunión. A veces bastará con estar atentos a lo que los demás puedan necesitar, escuchar sin prisa, sacar un tema que ayude a todos a participar o incorporar con naturalidad a quien ha quedado más al margen. Son gestos sencillos, casi imperceptibles, que permiten que una comida o un rato entre amigos se conviertan en un espacio donde cada uno se siente acogido, como un pequeño anticipo de la felicidad que nos espera en el cielo.


«La fraternidad no es un hermoso sueño imposible, no es un deseo de unos pocos ilusos (…). La palabra ‘hermano’ deriva de una raíz muy antigua, que significa cuidar, preocuparse, apoyar y sustentar. Aplicada a cada persona humana se convierte en un llamamiento, una invitación»[3]. La comunión con el Señor y con los demás será perfecta en el cielo. Hasta entonces, es un don que ya podemos pregustar y, al mismo tiempo, una tarea confiada a cada uno de nosotros: con su luz y su fuerza, Jesús nos ayuda a ser cada vez más capaces de construir vínculos auténticos con las personas que nos rodean.


«CUANDO el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”» (Mt 26,11-12). Junto al del banquete, el Señor usa en esta parábola el símbolo del vestido. En las grandes fiestas, ayer como hoy, los invitados se presentaban con un traje de gala. En el Israel de los tiempos de Jesús, además, cuando llegaban a casa del anfitrión, les lavaban los pies, les perfumaban la cabeza con bálsamo y eran recibidos con un beso como saludo de bienvenida.


El rey había hecho convocar a todos, «malos y buenos» (Mt 26,10). La salvación no es elitista, no está reservada a unos pocos: «A todos llama el Señor, de todos espera amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión u oficio»[4]. Pero responder a la llamada de Dios significa dejarse transformar por la gracia. El Evangelio no es un parche cosido superficialmente sobre el traje de nuestro viejo vestido, sino que es una renovación profunda de todo nuestro ser. «No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría»[5].


El traje de fiesta, por tanto, expresa el deseo de entrar en el banquete de Dios con una vida renovada, dejando que su gracia transforme nuestros afectos y nuestras obras. Quien se viste para una boda reconoce la grandeza de lo que celebra; del mismo modo, quien entra en el banquete de Dios está llamado a revestirse de Cristo y de su modo de amar. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a acoger las invitaciones de su Hijo y a dejarnos transformar por él.



19 de agosto de 2026

UNA NUEVA DIMENSION

 


Evangelio (Mt 20, 1-16)


El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?». Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña».


A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?». Así los últimos serán primeros y los primeros últimos


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de la Misa nos presenta una parábola a primera vista desconcertante: la del dueño de la viña que va contratando jornaleros a lo largo del día y que, cuando llega el momento de retribuirles, sorprende pagando lo mismo a los que han trabajado desde primera hora de la mañana que a los que se han incorporado mucho más tarde (cfr. Mt 20,1-16). Este pasaje ha dado lugar a variadas interpretaciones, que ponen el acento en diferentes aspectos del texto. En el contexto actual, un tema que quizá resuena con especial fuerza es el drama del desempleo: la situación de muchas personas que, como esos jornaleros, están esperando conseguir un trabajo. La tragedia para estas personas es doble: por un lado, encuentran dificultades para el sustento personal o familiar; por otro, se encuentran heridos en su dignidad humana, ya que «el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra»[1]; se trata de un bien necesario no solo para la subsistencia, sino sobre todo para que la mujer y el hombre se realicen como personas y, con su actividad, sirvan a los demás y perfeccionen el mundo llevándolo así a Dios.


«El trabajo es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo»[2], enseñó san Josemaría. Para una inmensa mayoría de cristianos, ser santos significa «santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»[3]. Quizá en este rato de oración podemos preguntarnos cómo estamos santificando nuestro trabajo, con el deseo y el empeño de hacerlo lo mejor posible tras haberlo ofrecido al Señor en la Misa; cómo nos estamos santificando en el trabajo, ejercitando las virtudes con docilidad al Espíritu Santo, para que nos vaya transformando en otro Cristo a través de la actividad que realizamos; cómo santificamos a los demás con el trabajo, transmitiendo luz y calor a las personas que están a nuestro alrededor, con un ánimo apostólico manifestado en la amistad sincera que ofrecemos a cada uno.


DESDE una perspectiva humana, tendemos a dar más valor a aquellos trabajos que reciben mayor remuneración, gozan de prestigio social o destacan por su eficacia. A veces también sucede que las personas, quizá no en la teoría pero sí en la práctica, van concediendo al trabajo un lugar demasiado central en sus vidas, de manera que la actividad laboral invade los espacios que deberían corresponder al trato con Dios, a la vida familiar o a las relaciones de amistad. Ante estas situaciones, puede ser oportuno detenernos y reflexionar: ¿Cuál es el sentido último de mi trabajo? ¿Estoy trabajando como Dios quiere? ¿Qué es lo que el Señor realmente aprecia en mi trabajo?


«El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor»[4]. Es el amor lo que el Señor aprecia de nuestro trabajo, y lo que convierte una tarea en apariencia insignificante en algo grandioso y heroico. San Josemaría, en una ocasión, comentó a dos personas que se ocupaban del jardín de una casa: «Qué estupendas tenéis todas estas plantas, todas estas flores... Vosotros, ¿qué pensáis: que vale más vuestro trabajo o el de un ministro?». Ellos se quedaron callados, pero enseguida el fundador del Opus Dei continuó: «Depende del amor de Dios que pongáis: si ponéis más Amor que un ministro, vale más vuestro trabajo»[5].


El cristiano, al sentir la caridad que ha sido derramada en su corazón por el Espíritu Santo (cfr. Rm 5,5), vive lleno de gratitud a Dios y busca difundir a su alrededor ese amor que ha recibido. Trabajar por amor no excluye otros motivos legítimos –como ganar un salario, obtener reconocimiento o sentir la satisfacción del deber cumplido–, pero los trasciende y los ordena. En este sentido, resultan iluminadoras las palabras de san Pablo: «Aunque conociera todos los misterios y toda la ciencia (...), si no tengo caridad, nada soy» (1Cor 13,2). Lo mismo puede decirse del trabajo: cuando el motor que lo impulsa es la búsqueda de la gloria de Dios, esa tarea –por sencilla o compleja que sea– adquiere una grandeza sobrenatural. Lo decisivo, como enseñaba san Josemaría, es «el empeño para hacer a lo divino las cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren una nueva dimensión»[6].


LA PARÁBOLA del dueño de la viña pone también de relieve el problema de la envidia: los jornaleros de la primera hora protestan por la generosidad del propietario hacia quienes han trabajado menos. Jesús hablaba a ciertos fariseos que pensaban estar en situación privilegiada ante Dios, querían ser distinguidos por sus obras y no aceptaban que el Señor pudiera abrazar a los pecadores. En lugar de alegrarse por la misericordia divina, la percibían como una injusticia. Ellos, al igual que los trabajadores de la parábola, «no logran ver la belleza del gesto del amo, que no ha sido injusto, sino simplemente generoso –enseña León XIV–; que no ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad. Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón»[7].


La envidia es uno de los vicios más antiguos que nos presenta la Escritura, y produce en quien lo alimenta una tristeza amarga que puede llegar al odio. Caín, al ver que el Señor acogía con agrado la ofrenda de Abel y no la suya, «se irritó en gran manera y andaba cabizbajo» (Gn 4,5). En vez de dirigir su mirada hacia todos los dones que tenía –era el primogénito de Adán y Eva–, no soportaba que su hermano fuera feliz y se ganara el favor de Dios. Consumido por esa tristeza envidiosa, se rebeló y acabó con la vida de Abel.


«En la raíz de este vicio está una falsa idea de Dios: no se acepta que Dios tenga sus propias “matemáticas”, distintas de las nuestras. (...) Quisiéramos imponer a Dios nuestra lógica egoísta, pero la lógica de Dios es el amor. Los bienes que él nos da están destinados a ser compartidos. Por eso san Pablo exhorta a los cristianos: “Ámense cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo” (Rm 12,10). ¡He aquí el remedio contra la envidia!»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que nos enseñe a alegrarnos sinceramente por los dones que su Hijo concede a los demás, y a contemplar con gozo la misericordia con que trata a todos sus hijos.


18 de agosto de 2026

UN CAMINO HACIA LA ESPERANZA

 



 

Evangelio (Mt 19, 23-30)


Jesús les dijo entonces a sus discípulos: —En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.


Cuando oyeron esto sus discípulos, se quedaron muy asombrados y decían: —Entonces, ¿quién puede salvarse?


Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo: —Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible.


Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?


Jesús les respondió: —En verdad os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.



PARA TU RATO DE ORACION 



LA DESPEDIDA tan repentina del joven rico habrá sorprendido a los apóstoles. Tal vez pensaron en los momentos en que ellos mismos fueron llamados y, al ver a ese joven, quizá alguno de ellos pensó que el muchacho tenía más cualidades humanas que ellos. Probablemente era de buena familia, tenía dinero y, lo que era aún más importante, parecía vivir todos los mandamientos y sentir en su corazón el deseo sincero de vivir más cerca de Dios. Por eso se había aproximado a Jesús de propia iniciativa. Sin embargo, ante la invitación del Señor de vender todo lo que tenía para poder seguirlo libremente, había decidido seguir otro camino. Mientras todavía flotaba en el aire el polvo de sus zapatos, los apóstoles se mirarían incrédulos y con cierta vergüenza por sus propias limitaciones, sin poder descifrar el misterio de por qué ellos le habían dicho que sí a Jesús y, en cambio, alguien humanamente tan sobresaliente lo había rechazado.


«Entonces, ¿quién puede salvarse?» (Mt 19,25). Quizá de vez en cuando nos hacemos esta pregunta en el fondo del corazón, como los apóstoles al ver que incluso alguien de la talla humana del joven rico se alejaba de Jesús. A veces nos puede quitar la paz el hecho de que, a pesar de que intentamos llevar una vida cristiana, y a pesar de que luchamos por seguir a Cristo y que hemos recibido una vocación divina, somos débiles, y una y otra vez nos distanciamos de él. Si a mí me cuesta tanto, si yo –aunque sea consciente del amor que Dios me tiene– me siento tan débil, cuánto más la gente que ni siquiera conoce a Dios. ¿Tiene sentido esforzarse por seguir al Señor en medio de las vicisitudes de este mundo?


La respuesta del Maestro contiene una enseñanza fundamental para nuestra vida: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,25). Esta frase condensa los motivos de muchos de nuestros desánimos y, al mismo tiempo, nos dibuja un camino hacia la esperanza. Tal vez en muchas ocasiones perdemos la alegría vital, porque queremos conseguir solo con nuestro empeño personal lo imposible: la propia salvación. En cambio, la frustración se convierte en un sano abandono cuando nos damos cuenta de que es Dios el que puede ir más allá de nuestras fuerzas. «Recuerdas y reconoces lealmente que todo lo haces mal: eso, Jesús mío –añades–, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale»[1].


«ENTONCES, ¿quién puede salvarse?» (Mt 19,25). Esta pregunta se la hicieron los apóstoles no solo al contemplar cómo un joven talentoso prefería quedarse con sus riquezas a seguir a Jesús, sino precisamente ante las exigentes palabras de su Maestro después de haber vivido esa escena: «En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos» (Mt 19,23). Aunque el Señor quiere hacerles comprender que la propia salvación es siempre una obra de Dios y de su misericordia, no les esconde tampoco la exigencia del camino. Seguirle de cerca –como un apóstol más– implica una radicalidad que impregna toda nuestra vida y que debe estar abierta a lo que el Señor pida a cada uno.


El camino de pobreza interior para llegar al cielo es al mismo tiempo un don divino y una decisión libre. Dios nos regala inmerecidamente su amor: esta es la verdad central de nuestra vida. No es un amor que «proceda esencialmente de nuestro cumplimiento, de nuestro talento, de nuestra religiosidad», sino que es un regalo del Espíritu Santo: «Él nos enseña a amar y tenemos que pedir este don. El Espíritu de amor es el que nos infunde el amor, él es quien nos hace sentir amados y nos enseña a amar. Él es el “motor” –por así decirlo– de nuestra vida espiritual. Él es quien mueve todo en nuestro interior»[2].


A través de las acciones concretas de nuestro día a día podemos acoger o rechazar ese amor que nos dirige el Señor. La lucha interior tiene sentido, de hecho, cuando se entiende desde este punto de vista. No tanto como una manera de ganarme la salvación, sino como el modo de mostrar el amor que tenemos a Dios y que queremos que inspire todas nuestras obras. Al fin y al cabo, es él quien nos sostiene, especialmente en los momentos en los que el camino a la santidad se hace más difícil. «Algunos se comportan, a lo largo de su vida, como si el Señor hubiera hablado de entregamiento y de conducta recta solo a los que no les costase –¡no existen!–, o a quienes no necesitaran luchar. Se olvidan de que, para todos, Jesús ha dicho: el Reino de los Cielos se arrebata con violencia, con la pelea santa de cada instante»[3].


PUEDE SER que, en algunos momentos de nuestra vida, seguir a Jesús nos resulte particularmente difícil. Quizá cargamos con una cruz que no comprendemos del todo, sufrimos algún tipo de incomprensión a causa de nuestra fe o sencillamente nos sentimos fríos en nuestro trato con Dios. Tenemos la impresión, entonces, de que la lucha no vale la pena. A todos nos puede invadir el cansancio del día a día en el seguimiento de Cristo. En esas circunstancias, nos puede servir de ejemplo la sinceridad de san Pedro después de haber visto cómo el joven rico había rechazado la llamada de Jesús. Como él, podemos atrevernos a preguntar al Señor en nuestra oración: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?» (Mt 19,27). No se trata de supeditar nuestra lucha a una recompensa, sino más bien de poner todas nuestras expectativas interiores en el amor de Dios, confiando en que siempre quiere lo mejor para cada uno de nosotros y que, como un buen Padre, quiere colmarnos de bienes.


Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» (Mt 19,28-29). El «cien veces más» consiste en ese amor incondicional de Dios, en su presencia cercana, que nos acompaña en los días buenos y malos, y que vuelve nuestra lucha llevadera; pero también se refiere a la felicidad eterna que nos espera en el cielo. Por eso san Josemaría recomendaba, especialmente cuando nos rodean las dificultades, pensar en el momento en que contemplaremos a Dios cara a cara: «A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad»[4]. No es egoísmo poner el corazón y nuestras esperanzas en el cielo, donde nos espera la Santísima Trinidad para darnos el abrazo definitivo. Por el contrario, significa que realmente es tal nuestro amor a Dios que se ha convertido en el motor de todas nuestras decisiones, sean grandes y pequeñas: es a él a quien buscamos, el único que puede saciar nuestra sed de felicidad. En el paraíso también nos encontraremos con nuestra Madre, la Virgen María, cuya ternura materna podremos disfrutar toda una eternidad.




17 de agosto de 2026

NO SE PIERDE NADA

 



Evangelio (Mt 19, 16-22)


Y se le acercó uno, y le dijo: —Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?


Él le respondió: —¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno sólo es el bueno. Pero si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos.


—¿Cuáles? —le preguntó.


Jesús le respondió: —No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.


—Todo esto lo he guardado —le dijo el joven—. ¿Qué me falta aún?


Jesús le respondió: —Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.


Al oír el joven estas palabras se marchó triste, porque tenía muchas posesiones


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS de que Jesús bendijera a unos niños que le habían presentado, se acercó a él corriendo un «personaje distinguido» (Lc 18,18). Quizá llevaba varios días observando al Maestro. Tras haber contemplado aquel gesto de cariño con los más pequeños, sintió la necesidad de abrir su corazón al Señor. Por eso se arrodilló y le planteó una cuestión que le llevaría inquietando desde hacía tiempo: «¿Qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16).


Por lo general, la mayoría de los hombres necesitamos claridad cuando nos proponemos hacer algo. Queremos saber los pasos precisos que hay que seguir para cumplir un objetivo determinado. Dios sabe que somos así. Por eso le dio a Moisés unos mandamientos, para que los israelitas supieran con mayor luminosidad qué obras agradaban al Señor y cuáles no. De hecho, Jesús responde a la pregunta del joven remitiéndose al Decálogo: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos. No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,17.18-19). Pero en cuanto el muchacho le dice que eso ya lo lleva guardando desde su adolescencia, el Señor contesta: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme» (Mt 19,21).


Jesús pide a aquel joven que dé un paso más en su relación con Dios. Cumplir los mandamientos, por supuesto, es algo bueno y necesario; pero le invita a abandonarse en las manos del Señor y superar la seguridad que puede dar el hacer cosas buenas. Al fin y al cabo, la vida eterna no es alcanzar una meta debido a los propios méritos, sino que consiste en escuchar a Dios, seguirle de cerca y, en esa relación, comprender que servirle y gozar de su compañía es un regalo divino. Solo compartiendo la vida con él nos damos cuenta de la magnitud de su amor, que va más allá de unas leyes. Cristo, con su misma muerte y su resurrección, nos abre las puertas del cielo. Y es él quien, con su gracia, sostiene nuestras buenas obras y nos impulsa a tomar caminos nuevos. Por eso Jesús llama a esa persona a una total comunión con él. «Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él»[1]. El Señor quiere ayudar a ese joven a que su trato con Dios no se reduzca solamente a unas normas que cumplir, sino que sea el centro de su propia existencia. Y esto es lo que le llenará de una felicidad que ninguna realidad terrena le podrá proporcionar. «¡Esa es toda la grandeza de la vida que Dios nos pide: no podemos llevar una vida chata! (...) Quiere que conozcamos aquel amor de Cristo hacia nosotros, que sobrepuja a todo conocimiento, para que seamos plenamente colmados de todos los bienes de Dios»[2].


AL OÍR la propuesta de Jesús de dejarlo todo y seguirlo, san Mateo señala que el joven «se marchó triste, porque tenía muchas posesiones» (Mt 19,22). El entusiasmo inicial dio paso a la amargura. Aquella persona se había ilusionado porque pensaba que por fin había dado con la respuesta que saciaría su sed de felicidad. Pero en cuanto Dios le pidió el corazón y, con él, todo lo que llevaba dentro, no supo qué decir. Estaba dispuesto a hacer cualquier obra buena para entrar en la vida eterna. Pero entregarse él mismo, volar en compañía del Señor, le suponía un vértigo que no era capaz de afrontar.


Las riquezas impidieron que el joven se atreviera a seguir a Jesús. Además, al observar su comportamiento, podemos intuir también otro motivo: un modo equivocado de concebir la relación con Dios. Quizá pensó que, para llegar a la vida eterna, era necesario sacrificar su felicidad en la tierra; es decir, no percibió que lo que el Señor le estaba pidiendo no era simplemente renunciar a sus posesiones: era una llamada a fundamentar su felicidad sobre la presencia constante y segura de Dios, y no tanto sobre la arena de las realidades terrenas. «Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo»[3].


La petición de Jesús al joven rico no fue algo arbitrario. Probablemente Cristo reconoció en su corazón la causa de que se arrodillara ahí delante de todos. Aunque el muchacho cumplía los mandamientos –y eso ya de por sí era motivo de gozo–, se sentía insatisfecho porque confiaba su felicidad terrena a las riquezas y la eterna a las obras buenas que realizaba. De ahí que el Señor le dirija una «llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Jesús le pide que deje todo lo que lastra el corazón y obstaculiza el amor. Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo sino un hombre libre y rico en relaciones. Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten solo en una cosa entre otras. Nuestro tener demasiado y querer demasiado sofocan nuestro corazón y nos hacen infelices e incapaces de amar»[4].


A VECES se puede tener la impresión, como el joven rico, de que seguir a Jesús supone renunciar a cosas buenas para poder llegar a la felicidad eterna. Se percibe entonces el camino a la santidad como un continuo vencerse y perderse hasta llegar al cielo. Esta síntesis es una caricatura de una realidad muy diferente. Ciertamente, la vida cristiana supone lucha, combatir la propia inclinación cuando esta nos lleva a realizar actos malos; pero el objetivo no es simplemente tener una mayor capacidad de resistencia, sino formar una sensibilidad que nos permita gozar en el bien que realizamos. Cuando experimentamos cierta oposición a obrar virtuosamente, luchamos de otra manera cuando lo que estamos buscando es aprender a disfrutar del bien, aunque ahora suponga ir contra corriente, y no tanto acostumbrarnos a fastidiarnos. De este modo, la formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos se centren en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios –siempre subordinados a los principales– a lo que simplemente está en el orden de los medios.


«Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. (...) Abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[5]. En los santos vemos personas que han hecho del Señor el centro de su vida y han encontrado una felicidad que el mundo no puede dar. El cristiano, caminando como uno más en la sociedad, muestra que «el que sigue a Cristo es capaz –no por mérito propio, sino por gracia del Señor– de comunicar a los que le rodean lo que a veces barruntan, pero no logran entender: que la verdadera felicidad, el auténtico servicio al prójimo pasa solo por el corazón de nuestro Redentor»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a abrir las puertas de nuestra alma a su Hijo, para que él nos lleve a la felicidad en la tierra y en el cielo.



15 de agosto de 2026

ASUNCIÓN Virgen MARIA

 


Evangelio (Lc 1,39-56)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:


—Proclama mi alma las grandezas del Señor,


y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:


porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;


por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las


generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,


cuyo nombre es Santo;


su misericordia se derrama de generación en generación


sobre los que le temen.


Manifestó el poder de su brazo,


dispersó a los soberbios de corazón.


Derribó de su trono a los poderosos


y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos


y a los ricos los despidió vacíos.


Protegió a Israel su siervo,


recordando su misericordia,


como había prometido a nuestros padres,


Abrahán y su descendencia para siempre.


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


PARA TU RATO DE ORACION 


«UN GRAN signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Estas palabras del Apocalipsis, referidas por la Tradición a la Virgen, abren la liturgia de este día. Con la Iglesia todos los cristianos nos alegramos por esta fiesta, en la que celebramos que Dios ha elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la madre de su Hijo. Aunque no conocemos los detalles de su marcha al cielo ni existe certeza sobre su muerte, al hilo de las palabras de san Josemaría podemos imaginar que todos los apóstoles rodeaban a María, que se había dormido. El cielo expectante tiene las puertas abiertas de par en par. Los ángeles han preparado un recibimiento entusiasta para agasajar a la señora. «Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. (...) La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, madre y esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la señora, que hace preguntar a los ángeles: ¿Quién es esta?»[1].


La Asunción de María levanta nuestra mirada hasta el cielo, verdadero destino de nuestro caminar terreno. Todos los acontecimientos de nuestra vida adquieren otra dimensión cuando los contemplamos bajo esta perspectiva de eternidad. Con el paso de los años, quizá nos hemos dado cuenta de que aquello a lo que tiempo atrás dábamos tanta importancia –una preocupación familiar, una alegría que buscábamos con determinación en el trabajo o en la universidad, una inquietud sobre el futuro–, en realidad no siempre era tan relevante como pensábamos. La fiesta de hoy nos recuerda que, a fin de cuentas, lo verdaderamente decisivo es saber que estamos camino hacia el cielo y llegar. Todo lo demás será más o menos importante en función de cuánto nos ayude a dirigirnos a esa meta. «Ponte en coloquio con santa María, y confíale: ¡oh, señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar… muy alto, ¡muy alto! No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del cielo…, ¡no basta! Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. –Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo… Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! –Señora, tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el corazón de Dios. –Confía, que ella te escucha»[2].


NO HAY ningún testimonio bíblico explícito sobre la Asunción. Por ello, el Evangelio que se proclama en la Misa de hoy no hace referencia a este misterio, sino que recoge el relato de la Visitación (cfr. Lc 1,39-56). Podría parecer, sin embargo, un pasaje poco apropiado. Si lo que se pretende es ensalzar a la madre de Dios, que sube a la gloria del cielo, humanamente parecería que no tiene mucho sentido que la lectura escogida nos muestre a María sirviendo a su pariente Isabel. Pero ese fue precisamente el camino que ella recorrió para llegar a la vida eterna. «Es el amor lo que eleva la vida. Nosotros vamos a servir a nuestros hermanos y hermanas y por este servicio vamos “subiendo”. (...) Es fatigoso, pero es subir hacia lo alto, ¡es ganar el cielo!»[3].


Este Evangelio, además de reflejar el deseo de servir de María, muestra otra actitud que le llevó también a subir al cielo: la alabanza. En cuanto llega a casa de Isabel, entona un canto de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en su vida: «Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. (...) Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lc 1,46-47.49). En el Magnificat encontramos un retrato del corazón de María, y nos revela otro tramo del camino que ella recorrió hasta el cielo. «La alabanza es como una escalera: eleva los corazones. La alabanza levanta el ánimo y vence la tentación de caer. ¿Han visto que las personas aburridas, las que viven de la charlatanería, son incapaces de alabar? Pregúntense: ¿soy capaz de alabar? ¡Qué bueno es alabar a Dios cada día, y también a los demás! ¡Qué bueno es vivir de gratitud y bendición en lugar de lamentaciones y quejas, mirar hacia lo alto en lugar de enfadarse!»[4].


María solo desea hacer grande a Dios. Nos muestra así que el Señor no es un competidor en nuestra vida que quizá «pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios»[5]. La fiesta de la Asunción nos recuerda que el camino para llegar al cielo está a nuestro alcance. Con la gracia de Dios, podemos hacer el mismo recorrido de su madre, pues Dios mismo nos acompaña y vive en nosotros, y nos ayuda a servir a las personas que nos rodean y reconocer las maravillas que obra en nuestra vida.


LLAMAMOS a María reina del cielo. Al mismo tiempo, ella también es reina de la tierra. El hecho de que esté en el cielo en cuerpo y alma no significa que esté lejos de nosotros. Precisamente por vivir con Dios, está más cerca de lo que podríamos soñar. Ella escucha siempre nuestras oraciones como madre buena de cada uno de sus hijos, y desea como nadie que la acompañemos en el cielo. Al fin y al cabo, pocas cosas alegran más a una madre que estar con sus hijos. «La fiesta de la Asunción de nuestra señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero nuestra madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la santísima Virgen no solo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición –“Monstra te esse Matrem”–, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal»[6].


María nos hace llegar su cercanía en la normalidad de la vida cotidiana. Ella nos ayuda «a levantar siempre la mirada del corazón a Dios a través de lo que tenemos entre manos»[7]. Salvo algunas situaciones concretas, la mayoría de sus días fueron sencillos, como los de cualquier mujer de la época: momentos de trabajo, de familia, de oración en la sinagoga, fiestas con sus paisanos... La Virgen fue subiendo poco a poco al cielo porque fue capaz de ver al Señor en las ocupaciones de cada día. «Este es un gran mensaje de esperanza para nosotros; para ti, para cada uno de nosotros, para ti que vives las mismas jornadas, agotadoras y a menudo difíciles. María te recuerda hoy que Dios también te llama a este destino de gloria. No son palabras bonitas, es la verdad. No es un final feliz artificioso, una ilusión piadosa o un falso consuelo. No, es la pura realidad, viva y verdadera como la Virgen asunta al cielo. Celebrémosla hoy con amor de hijos, celebrémosla gozosos pero humildes, animados por la esperanza de estar un día con ella en el cielo»[8].

14 de agosto de 2026

ÉL Y ELLA

 



Evangelio (Mt 19,3-12)


En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:


—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?


Él respondió:


—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Ellos le replicaron:


—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?


Él les respondió:


—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.


Le dicen los discípulos:


—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.


—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.


En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


PARA TU RATO DE ORACION 

UNOS fariseos, queriendo tentar a Jesús, se acercaron a él y le preguntaron: «¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» (Mt 19,3). A raíz de esta cuestión, Cristo recordó que Dios mismo es el autor del matrimonio y expuso su indisolubilidad: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,4-6).


El matrimonio no es simplemente un acontecimiento social o una formalidad. El amor mutuo entre el hombre y la mujer es imagen del amor absoluto con que Dios nos ama. «Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación»[1]. Por eso el matrimonio es un bien «de extraordinario valor para todos: para los propios esposos, para sus hijos, para todas las familias con las que se relacionan, para toda la Iglesia, para toda la humanidad. Es un bien difusivo, que atrae a los jóvenes a responder con alegría a la vocación matrimonial, que conforta y reanima continuamente a los esposos, que da muchos y diversos frutos en la comunión eclesial y en la sociedad civil»[2]. Uno de esos frutos es precisamente la formación de la Iglesia doméstica: el hogar es la primera escuela de la vida cristiana, donde «se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida»[3].


El hombre y la mujer encuentran en el matrimonio, con la gracia divina, todo lo que necesitan para ser santos, para identificarse con Cristo y acercar a Dios a las personas que les rodean. Por tanto, se trata de un camino que, si es recorrido con fidelidad, permite anticipar la gloria del cielo y encontrar ya la felicidad que el Señor concede en esta tierra. Un gozo compatible con momentos de sacrificio que pueden fortalecer el amor entre los esposos, y que normalmente se saborea en las cosas pequeñas de cada día. Como señalaba san Josemaría: «El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad»[4]. En este rato de oración podemos pedir por la fidelidad de todos los matrimonios y dar las gracias a Dios por los dones que nos ha dado a través del amor de nuestros padres.


DESPUÉS de haber subrayado la grandeza del matrimonio, Jesús expresa el valor del celibato. El ejemplo atractivo de la vida misma del Señor muestra que no se trata de una actitud escéptica o incluso cómoda, como tal vez habían insinuado algunos de los que le escuchaban (cfr. Mt 19,10), sino de un don divino (cfr. Mt 19,11): una llamada a recibir y a transmitir a los demás la vida sobrenatural sin mediar un amor terreno. Quien recibe esta vocación se parece a Cristo que, sin duda, no renunció al amor. El célibe recibe una gracia específica que transforma poco a poco su sensibilidad, para poner todo lo que supone una vida de enamorado –afectos, deseos, ilusiones, creatividad, pasión– al servicio de Dios y de las personas que le rodean. Acoger este don «no puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que solo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres»[5].


Una de las características de la vocación al celibato es la disponibilidad de corazón para vivir enteramente para Dios y, por él, para los demás. El célibe experimenta así aquella amplitud del corazón que señalaba san Josemaría: «Por mucho que ames, nunca querrás bastante. El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»[6]. De este modo, el célibe puede querer a alguien incluso cuando el otro no le corresponde: le basta ver crecer espiritualmente a una persona para ilusionarse con seguir ayudando a los demás. Imita así el modo de amar de Jesús. Durante su paso por la tierra no puso ninguna barrera a su cariño, sino que ofrecía su cercanía a todos, en particular a aquellos que eran rechazados por la sociedad. Por eso, quien recibe el don de celibato también está llamado a querer y a servir a todas las personas, especialmente a quienes en su entorno están más necesitadas. Ciertamente, esto no significa que, a veces, al célibe no le cueste renunciar a formar una familia o recibir un retorno afectivo por su dedicación; sin embargo, puede encontrar en esa experiencia de vacío, aceptada con serenidad y realismo, una oportunidad y una llamada a seguir alimentando el Amor que da sentido a su entrega. Al fin y al cabo, en esa soledad también se puede aprender a percibir la cercanía de Dios.


TODOS los hombres están llamados a vivir la castidad. Esta virtud se concreta de diferentes maneras en función de la vocación que cada uno haya recibido. En cualquier caso, ya se trate de una persona casada, soltera, célibe o viuda, la castidad no «es un ‘no’ a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran ‘sí’ al amor como comunicación profunda entre las personas, que requiere tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se hace capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace»[7]. Esa nueva vida, para quien tiene vocación al matrimonio, son los hijos que son fruto del amor de los esposos; para el célibe, son las personas a las que ayuda a crecer en su relación con Dios y con las que ejerce una paternidad o maternidad espiritual.


La castidad permite amar sin afán de dominar. De hecho, se dice que lo contrario de amar no es tanto odiar, sino poseer: pretender usar a otra persona para satisfacer una necesidad y llenar el propio vacío. Esto es lo que pretende la lujuria, el vicio que «juzga aburrido todo cortejo, no busca esa síntesis entre razón, pulsión y sentimiento que nos ayudaría a conducir sabiamente la existencia. El lujurioso solo busca atajos: no comprende que el camino del amor debe recorrerse lentamente, y esta paciencia, lejos de ser sinónimo de aburrimiento, nos permite hacer felices nuestras relaciones»[8].


El amor que nos dirige el Señor es libre: nos da la posibilidad incluso de equivocarnos y rechazarlo, pues no quiere esclavos, sino hijos que acogen su amor porque les da la gana. La castidad nos permite conocer auténticamente a los demás, respetarles y buscar su felicidad; en una palabra, genera una relación de comunión en la que se goza procurando el bien de la otra persona. Y aunque amar de esta manera a veces puede resultar costoso, quien se esfuerza por vivir esta virtud «se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»[9]. Podemos acudir a la Virgen María, como recomendaba el fundador del Opus Dei, cuando notemos el peso de la tentación: «¡Madre! –Llámala fuerte, fuerte. –Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[10].

13 de agosto de 2026

LA GRATITUD DEL AMOR

 


Evangelio (Mt 18,21-19,1)


Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:


-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?


Jesús le respondió:


— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré todo’. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?’ Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.


Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Pedro preguntó a Jesús cuántas veces es necesario perdonar las ofensas de un hermano. El Señor entonces respondió con la parábola de un siervo que tenía una deuda de diez mil talentos con su rey. Se trata de una cantidad desorbitada, imposible de restituir: equivale a lo que un empleado ganaría después de trabajar sesenta millones de días, es decir, más de ciento sesenta mil años. «Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda» (Mt 18,27).


El comienzo de esta parábola refleja, en cierto modo, la relación de Dios con los hombres. Como decía san Josemaría: «Tampoco nosotros contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado al son de nuestros personales pecados. Aunque luchemos denodadamente, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado»[1]. El rey perdonó aquella deuda para que su siervo dejase atrás la lógica comercial y abrazase la de la misericordia; así podrá trabajar no como quien tiene que pagar una deuda, sino para manifestar el amor que mueve su vida. Porque esto es, a fin de cuentas, a lo que Dios nos invita: a que sea el amor y la misericordia lo que marque nuestra relación con él y con los demás, y no el miedo o la justicia a secas.


La misericordia de Dios no tiene límites. «Él nos perdona todos los pecados en cuanto mostramos incluso solo una pequeña señal de arrepentimiento»[2]. No le interesa ninguna contraprestación por su perdón. Desea, eso sí, que su misericordia nos lleve a vivir centrados en lo que es importante para el Señor y a vivir como enamorados, no como siervos. «No le importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón. ¿Veis? No se satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras, repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y solo de ahí, arrancan todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor»[3].


AL SALIR aquel siervo de la presencia del rey, se encontró con un hombre que le debía cien denarios. Era una cantidad no pequeña –el salario de tres meses de trabajo–, pero insignificante con la deuda que le había sido perdonada. «Su compañero se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda». Los presentes, testigos de lo ocurrido, se lo contaron al rey, quien hizo llamar nuevamente a su súbdito: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?». Entonces el señor «lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda» (Mt 18,28-34).


A primera vista, la reacción del rey puede interpretarse como un castigo. Sin embargo, lo que está haciendo es actuar según la manera de funcionar del siervo. Como no quiso salir de la lógica comercial para abrazar la de la misericordia, el rey aplicó los mismos esquemas con los que funcionaba el siervo. De hecho, podría decirse que aquel hombre rechazó la salvación que le ofreció el rey: prefería que sus relaciones estuvieran marcadas por las deudas y las obligaciones, y no por la gratuidad. «No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios, y deja ya de odiar; echa el rencor, esa molesta mosca que vuelve y regresa. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados»[4].


Probablemente en nuestro día a día nos encontremos con personas que nos deben algo: alguien que nos hizo un comentario o una broma que nos ofendió, un amigo que nos dio plantón en el último momento, un compañero que nos interrumpe constantemente en el trabajo… Además de estas situaciones cotidianas, quizá también por nuestra vida hayan pasado personas que tienen una deuda mayor por un sufrimiento casi irreparable que nos hayan causado. En uno y otro caso, el Evangelio nos invita a pensar que, «por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti»[5]. Es más, cada vez que perdonamos a alguien, nos estamos identificando con el Señor. Por eso san Josemaría decía que lo más divino en nuestra vida de cristianos «es perdonar a quienes nos hayan hecho daño»[6], pues Dios se hizo hombre precisamente para perdonarnos.


HOY en día puede resultar difícil dejar atrás la lógica comercial que adoptó el siervo injusto de la parábola. Quizá preferimos estar a iguales con los demás: no deber nada a nadie, que nadie me deba nada. Por eso, tal vez desconfiamos cuando alguien hace algo por nosotros y nos preguntamos qué es lo que espera como contraprestación. No estamos acostumbrados a los regalos. Preferimos muchas veces saber que hemos conseguido algo con nuestras propias fuerzas, porque eso nos hace autónomos, nos permite experimentar cierto poder; no queremos depender de otros.


Sin embargo, quien ha aprendido a dejarse amar está convencido de que «no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don»[7]. Lo más grande que podemos llegar a ser siempre es fruto de un don previo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Quien acoge el amor gratuito de Dios se libera de una vida cristiana reducida a cosas que tengo que hacer y cosas que me están prohibidas. Su vida entonces pasa a estar guiada por el deseo de agradar al Señor en todas sus acciones, como procura hacer un hijo con su padre o un marido con su esposa, y viceversa.


Asomarse a la inmensidad del amor de Dios, que nos quiere con locura, puede ayudarnos a comprender el valor que tiene para Dios lo pequeño, precisamente porque es nuestro. Somos conscientes de que nunca saldaremos la deuda, pero nos entusiasma soñar con contribuir a sostener las cargas familiares. Es su amor el que transforma nuestras baratijas en joyas preciosas. Todo sirve para hacer feliz a Dios. Estas cosas pequeñas liberan al alma porque le ayudan a dejarse amar a cambio de nada. Vividas así, no encorsetan. Por el contrario, no se pueden cuidar con perseverancia si son fruto del afán de controlar, de cancelar la deuda. Se trata, en realidad, de detalles espontáneos y sencillos de quien se sabe mirado con cariño por un Dios todopoderoso y eterno pero, a la vez, un Dios muy casero. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude «a ser cada vez más conscientes de la gratuidad y de la grandeza del perdón recibido de Dios, para convertirnos en misericordiosos como él, Padre bueno, pausado en la ira y grande en el amor»[8].