"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

13 de mayo de 2026

Virgen de FATIMA

 


Evangelio (Lc 11, 27-28)

Mientras Él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:

–Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Pero él replicó:

–Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SIGLO XX ha quedado grabado en la historia de la piedad mariana por las apariciones de Nuestra Señora en Fátima. Corría el año 1917 y el dolor de la guerra cubría buena parte del mundo. Mientras varios países se enfrentaban con obstinación, mientras se intentaba arreglar los problemas con la fuerza de la violencia, en Portugal la Virgen revelaba a unos niños el camino para la paz verdadera. La oración que la Iglesia nos propone para la Misa de hoy resume el mensaje de Fátima: «Oh Dios, que a la Madre de tu Hijo la hiciste también Madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y la plegaria por la salvación del mundo, podamos promover cada día con mayor eficacia el reino de Cristo»[1]. Nuestra Señora transmitió a los tres pastorcillos la necesidad que tenemos los cristianos de tener una vida de oración y de penitencia para acoger la paz de su hijo. El mensaje de Fátima es como un eco de aquellas palabras de Jesús al inicio de su predicación: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Jacinta, Francisco y Lucia, desde que encontraron a la Virgen, comenzaron a rezar el rosario diariamente y a ofrecer sacrificios a Dios. La fidelidad de estos tres pequeños a la petición materna de María ha abierto un camino de esperanza para muchas personas en todo el mundo. Desde Fátima, la devoción al santo rosario ha ganado un nuevo impulso. Hoy son muchas las personas que acuden a esta oración añadiendo la plegaria que la madre de Cristo enseñó a los pastorcillos: «Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia». ¡Cuánto consuelo encontramos los cristianos en el rezo del santo rosario! A él acuden madres y padres de familia que piden insistentemente por la conversión de sus hijos, trabajadores que enfrentan un panorama económico incierto, jóvenes que quieren dedicar sus energías a vivir y compartir la alegría del Evangelio… Es una oración que cambia la historia de muchas personas y puede cambiar también la nuestra.


SIGUIENDO LAS palabras de la Virgen de Fátima, queremos aprender a perseverar en la oración y en la reparación por los pecados. El evangelio nos recuerda cómo Jesús insistía en «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1) y san Pablo, por su parte, pide a los cristianos que sean «alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración» (Rm 12,12). La paz surge en un corazón que tiene la audacia de creer en la fuerza de la oración y se apoya confiadamente en los brazos de Dios.

El Señor mira complacido nuestra oración. Sus manos sostienen la historia de la humanidad, en la que se encuentran también nuestra historia personal y la de quienes nos rodean. El libro del Apocalipsis usa la imagen del perfume del incienso para hablar de la oración de los cristianos: «Y ascendió el humo de los perfumes, con las oraciones de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios» (Ap 8,4). Atendiendo a nuestro clamor constante, el Señor actúa en la historia para llevarla a su plenitud. Por eso queremos aprender a ser perseverantes en la oración. María quiere enseñar a los hombres a confiar en su hijo, incluso cuando a veces pueda parecer que no nos escucha. En las bodas de Caná, da la impresión de que Jesús no estaba pensando en realizar el milagro, pero la Virgen insiste: nuestra Madre, no ve en las palabras de su hijo una llamada a la inacción, sino una invitación a ser audaz. Por eso se lanza a decir a los sirvientes: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Y consigue el milagro.

«María, Maestra de oración. –Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra. –Aprende»[2]. Este consejo de san Josemaría nos puede ayudar a alcanzar muchos dones de parte del Señor con nuestra oración.


LA ADVOCACIÓN de la Virgen de Fátima está unida a la devoción al Corazón Inmaculado de María. «“Mi Corazón Inmaculado triunfará”. ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este “sí” Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre»[3].

Las apariciones de la Virgen en Fátima hablan del peligro que corre la humanidad si abandona la oración. Nuestra Señora, sin embargo, no quiere que caigamos en una visión pesimista de la historia. Su corazón triunfa: imitando la constancia de su diálogo con Dios podemos evitar el pecado, que es el peor de los males. Ahí encontramos «la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad solo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva»[4].

Nuestra oración, sencilla y confiada, nos compromete con la historia; no es la ingenuidad de quien no se da cuenta de los problemas, ni la indiferencia de quien solo piensa en tranquilizar su conciencia. Las letanías del rosario, por ejemplo, nos unen con las personas que sufren: los enfermos, los pecadores, los migrantes, etc. Al rezar por ellos nos sentimos, con la ayuda de Dios, responsables de llevarles consuelo. Podemos dirigirnos a la Virgen de Fátima como lo hacía el beato Álvaro del Portillo: «Queremos meternos en tu Corazón Inmaculado. Así viviremos la alegría y la paz de los hijos de Dios. Que todo lo que te dé pena, nos duela a nosotros. Y, bien metidos en tu corazón amabilísimo, tú nos meterás en el de tu hijo»[5].

12 de mayo de 2026

ALVARO DEL PORTILLO Beato

 


Evangelio (Jn 16,5-11)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado»


PARA TU RATO DE ORACION 


CELEBRAMOS HOY la memoria litúrgica del beato Álvaro del Portillo, que coincide con el aniversario de su primera comunión, junto a más de un centenar de compañeros del colegio donde estudiaba. Tiempo después de aquel evento, don Álvaro rememoraba que para prepararse adecuadamente había ido a confesarse y que «salió del confesionario con una paz y una alegría muy grandes»[1]. Desde aquel día, se acercó periódicamente al sacramento del perdón. Asimismo, después de recibir al Señor en la Eucaristía por primera vez, siguió acudiendo varios días de la semana a la Misa que se celebraba en el colegio del Pilar.

La piedad sencilla de aquel niño no llamaba la atención en el ambiente de entonces, pero impresiona más comprobar que el beato Álvaro mantuvo siempre en su corazón un amor vibrante, agradecido y creciente a los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. En 1983, por ejemplo, confiaba a un grupo de personas: «Sesenta y dos o sesenta y tres años que llevo comulgando a diario y es como una caricia de Dios»[2]. Y, en septiembre de 1993, durante una reunión familiar, respondió así a una pregunta sobre cuáles habían sido sus mayores alegrías hasta ese momento: «Mi mayor alegría, hijo mío, es recibir la gracia de Dios: cada vez que el Señor me perdona en la Confesión, cada vez que viene a mí en la Comunión»[3].

Aunque era un hombre de grandes cualidades humanas, el beato Álvaro «sabía que la gracia de Dios podía hacer en su vida mucho más de lo que él era capaz de imaginar»[4]. Por eso, repetía con frecuencia una jaculatoria que trasluce su confianza en el poder de Dios: “Gracias, perdón, ayúdame más”. «Son palabras que manifiestan gratitud frente a lo que no merecemos, reconocimiento de la propia debilidad, y petición de la fuerza necesaria para alcanzar la felicidad más grande, que es la unión con Dios. Son palabras que están entre las primeras que enseñan las madres a sus hijos pequeños. Pidamos a Dios ese corazón de niños que se saben realmente incapacitados sin la ayuda de su padre»[5].


EL 7 DE JULIO de 1935 fue un día decisivo en la vida de don Álvaro. En esa fecha, después de unas horas de retiro espiritual, decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. Entonces comenzó un camino de fidelidad: una «fidelidad indiscutible, sobre todo, a Dios en el cumplimiento pronto y generoso de su voluntad; fidelidad a la Iglesia y al Papa; fidelidad al sacerdocio; fidelidad a la vocación cristiana en cada momento y en cada circunstancia de la vida»[6]. Al principio, el Señor premió la prontitud de su respuesta a la vocación haciéndole sentir un desbordante gozo y entusiasmo interior. Rápidamente, junto al crecimiento espiritual, esa alegría se hizo más reflexiva y honda: el entusiasmo sensible dejó paso a la madurez y a una firme seguridad, fundamentada en la confianza en Dios. En pocos años, adquirió el temple adecuado para ser un apoyo imprescindible del fundador de la Obra y, luego, su primer sucesor.

«Si me preguntáis: ¿ha sido heroico alguna vez? –decía san Josemaría refiriéndose al beato Álvaro–, os responderé: sí, muchas veces ha sido heroico, muchas; con un heroísmo que parece cosa ordinaria. Querría que le imitaseis en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones, humanamente hablando, de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables»[7].

De cada uno de nosotros espera el Señor que seamos fieles al Evangelio, mujeres y hombres de fe, que aporten una visión sobrenatural a todos los ámbitos de la existencia humana: en la familia, amistad, trabajo, o en la colaboración con otros para sacar adelante una iniciativa apostólica. Estamos llamados a cultivar una fidelidad sonriente, fruto de una humildad, sencillez, serenidad y paz como las que llenaban el corazón del beato Álvaro y que él, incluso sin proponérselo, transmitía a su alrededor.

En este día de fiesta, podemos pedir a Dios, por intercesión de don Álvaro, que infunda en nuestros corazones «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Así, nuestra fidelidad se reflejará en una actitud siempre acogedora y comprensiva, en un servicio a los demás que, entre otras cosas, nos llevará a compartir con muchas personas los dones que hemos recibido del Señor.


EL 15 DE SEPTIEMBRE de 1975, don Álvaro fue designado como sucesor de san Josemaría. El 28 de noviembre de 1982, el Papa Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal y le nombró prelado. En 1991, le confirió la ordenación episcopal. En los casi veinte años que pasó al frente de la Obra, el beato Álvaro fue un «siervo fiel y prudente» (Lc 12,42) que se entregó completamente a la misión que Dios le había confiado, viviendo las virtudes del buen pastor. «Buscó siempre guiar a las almas a la vida eterna, mostrando –también con su lucha espiritual y humana para caminar con el Maestro– la senda que lleva a la santidad; pensando no solamente en los fieles de la Prelatura, sino también en tantas personas que le pedían un consejo o unas palabras de ánimo para su vida espiritual o para la comunidad a la que pertenecían. A todos ofrecía don Álvaro su oración y su sabiduría humana y espiritual, pensando en el bien de las almas y de la Iglesia (…). ¡Cuánto rezó, pidiendo luces al Señor para saber guiar al propio rebaño y a las personas que acudían a él!»[8].

Como se subrayó con ocasión de su beatificación: «Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera»[9].

Podemos pedir a nuestra Madre del cielo que nos consiga del Señor un amor cada día más intenso a las almas, a la Iglesia y al Papa. El deseo de crecer siempre en ese amor estuvo muy radicado en el corazón del beato Álvaro, quien con sencillez y devoción le rogaba así durante una peregrinación al santuario de Fátima: «Sé que nos oyes siempre, pero aun así hemos venido desde Roma para decirte lo que ya sabes: que te amamos, pero queremos amarte más. Ayúdanos a servir a la Iglesia como ella quiere ser servida: con todo el corazón, con entrega absoluta, con lealtad y fidelidad»[10].

11 de mayo de 2026

RECOMENZAR

 



EVANGELIO 

Juan 15, 26–16, 4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo''.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EN VERDAD os digo que todo se les perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno» (Mc 3,28-29). Son palabras fuertes de Jesús, que siempre impresionan. Algunos escribas lo habían acusado de obrar por el poder de Satanás. Y el Señor, tras hacer ver lo absurdo de esa calumnia, pronuncia aquellas palabras: unas palabras «impresionantes y desconcertantes» sobre el «no-perdón»[1] que merecerá quien peque contra el Espíritu Santo.

Para santo Tomás de Aquino, el pecado contra el Espíritu Santo no se puede perdonar porque «excluye aquellos elementos gracias a los cuales se da la remisión de los pecados»[2]; no es Dios quien se niega a perdonar, sino que el hombre da la espalda a su poder misericordioso. Este pecado consiste en «el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz»[3]. Dios, como buen Padre, no se cansa de ofrecer su salvación. Y el Espíritu Santo siempre busca limpiarnos la mirada sobre nuestras faltas, para llevarnos a la penitencia y distribuir los frutos de la Redención. Pero el hombre puede cerrarse a esa oferta, puede negarse a la conversión, puede hacer su conciencia impermeable y reivindicar un pretendido derecho a perseverar en el mal. Es lo que la Sagrada Escritura suele llamar “dureza de corazón” (cf. Sal 81,13; Jer 7,24; Mc 3,5).

Podemos pedir al Señor un corazón sensible ante el bien y el mal, con el convencimiento de que el pecado está presente en nuestra vida. El Espíritu Santo, si somos dóciles a los toques de su gracia, nos ayudará a reconocernos siempre necesitados del perdón de Dios, a asombrarnos de su poder, suscitando en nosotros una continua conversión.


«SE OPONDRÁN a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo, un afán loco, no de libertad santa, sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento –más solapadamente, conforme pasan los años–, la soberbia; y después toda una reata de malas inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas. No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad. Es una lucha constante»[4].

Siempre tendremos cierta inclinación al mal, fruto del pecado. Su aspecto y el relieve posiblemente irá mutando con el tiempo, pero siempre estará ahí, poniendo a prueba nuestra salud espiritual. Por eso, necesitamos estar vigilantes, fomentando el espíritu de examen y dispuestos a luchar animosamente para ser buenos hijos de nuestro Padre Dios. «Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante»[5]. Así hablaba san Josemaría el primer día del año 1972, como señalando las coordenadas en que se desenvolvería su vida interior durante ese año: luchar, porque es lo que nos corresponde en la tierra hasta el final, hasta nuestro premio y descanso en el cielo. Pero luchar siempre por amor: «Lucha es sinónimo de Amor»[6]. La lucha es una afirmación alegre que se desarrolla en un clima optimista, confiado y sereno, sin sombra de crispación o tristeza. La lucha, enfocada como hijos de Dios, trae siempre paz, ya que no es otra cosa que la respuesta libre del hombre a un Dios que lo quiere con locura.


SI EL PECADO contra el Espíritu Santo consiste en una cerrazón radical del alma a la acción salvadora de Dios, la santidad, al contrario, es una «permanente apertura a Dios y una lucha por hacer crecer el don que nos ofrece en beneficio nuestro y de los demás»[7]. Cuando entendemos que la santidad es una «relación de amor con Dios que se hace vida, pero que está siempre en crecimiento, siempre amenazada, siempre empezando»[8], entonces podremos buscarla realmente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en la familia, en las relaciones de amistad, etc.

El clima de nuestra santidad es el de la misericordia de Dios. Queremos ser buenos hijos y comportarnos como tales. La perfección que nos interesa no es la de quien pretende imaginariamente lograr hacer todo bien y no tener defectos, sino la de quien desea vivir más metido en la lógica del amor de Dios. «La misericordia es el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada día para llevar al mundo la buena nueva»[9].

Nuestra Madre nos guía en este camino. Ella «es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: Dios te salve, María…»[10].

10 de mayo de 2026

¡Enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

 


Evangelio (Jn 14,15-21)


Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. 

Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL TIEMPO de Pascua llega poco a poco a su fin. A lo largo de estas semanas hemos recordado algunos encuentros de Cristo resucitado con los apóstoles y las santas mujeres. Se acercan ya la Ascensión y Pentecostés, y la Iglesia nos invita a prepararnos interiormente para estas dos solemnidades. En el Evangelio leemos las palabras que, a modo de despedida, Jesús pronunció durante la última cena: «Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,19-20).

Jesús manifiesta la inmensidad del amor de Dios por nosotros, revelando el misterio de la inhabitación divina en el alma: estamos llamados a ser templo y morada de la Santísima Trinidad. «¿A qué grado mayor de comunión con Dios podría aspirar el hombre? ¿Qué prueba mayor que esta podría dar Dios de querer entrar en comunión con el hombre? Toda la historia milenaria de la mística cristiana, aun teniendo sublimes expresiones, solo puede hablarnos imperfectamente de esta inefable presencia de Dios en lo más íntimo del alma»[1].

Dios nos manifiesta su cercanía. No se conforma con estar junto a nosotros: quiere estar dentro, llenando con su presencia nuestro corazón. «Dios está aquí con nosotros, presente, vivo –escribió san Josemaría–: nos ve, nos oye, nos dirige, y contempla nuestras menores acciones, nuestras intenciones más escondidas»[2]. Recordarlo con frecuencia nos ayudará a experimentar su presencia, a ser fieles en las pequeñas y grandes cosas que componen nuestra existencia: «Tratándole de esta manera, con esa intimidad, llegarás a ser un buen hijo de Dios y un gran amigo suyo: en la calle, en la plaza, en tus negocios, en tu profesión, en tu vida ordinaria»[3].


«SI ME AMÁIS, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad» (Jn 14,15-17). La Iglesia nace del misterio pascual de Cristo, y es guiada y vivificada continuamente por el Espíritu Santo. En su caminar histórico, a pesar de las fragilidades de los hombres, nunca cesa la asistencia de la tercera persona de la Trinidad.

Posiblemente, ante la inminente partida de Jesús, los apóstoles estarían preocupados. El contraste entre la magnitud de la empresa confiada y sus capacidades era grande. ¿Cómo iban a cumplir la misión de llevar su palabra por todo el mundo? Por eso Jesús, tras haber anunciado el envío del Espíritu Santo, procura infundir serenidad en sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

Con el Espíritu Santo, Jesús les dona la paz. Una paz que es don de Dios y que por eso va más allá de lo que podemos conseguir con las solas fuerzas humanas. Muchas veces en la tierra «hay solo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios»[4]. En cambio, la paz que el Señor nos regala es ante todo consecuencia de la caridad que el Paráclito derrama en nuestros corazones (cfr. Rm 5,5). «La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí»[5].


CUANDO los apóstoles se enteraron de que los samaritanos habían escuchado la palabra de Dios, pero todavía no habían recibido el Paráclito, mandaron a Pedro y Juan. «Estos, nada más llegar, rezaron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hch 8,15-17).

Ese impulso misionero, continuamente renovado, aparece a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Y es un motivo de esperanza en la tarea de evangelización en la que nosotros también estamos inmersos. «El Espíritu acompaña a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14,28), dijo Jesús a los apóstoles. Entre la “ida” y la“vuelta” de Cristo está el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; están los dos mil años transcurridos hasta ahora. Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo: él es el Maestro que forma a los discípulos y los hace enamorarse de Jesús, los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro»[6].

Durante sus primeros años de sacerdocio, san Josemaría tenía en su breviario unas estampas que usaba para señalar las páginas. Un día le pareció que se estaba apegando a ellas y las sustituyó por unos papeles, en los que más tarde escribió: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! «Los he usado durante muchos años –recordaba–, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!»[7]. Con esos mismos deseos nos podemos preparar, perseverando en oración junto a María (cfr. Hch 1,14), para recibir al Espíritu Santo en nuestros corazones. Así, encendidos en nuestro amor a Dios y a los demás, sabremos el calor divino a todas las personas, como hicieron los apóstoles

9 de mayo de 2026

Abandono esperanzado,

 


Evangelio (Jn 15,18-21)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Pero os harán todas estas cosas a causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.


PARA TU RATO DE ORACION 


HEMOS MIRADO con detenimiento al Señor, especialmente en los días de su pasión y muerte. Observamos a Cristo paciente: en el silencio ante los acusadores, en la serenidad en las respuestas al juez romano, al dejar la espalda dispuesta a los azotes, con las manos clavadas al madero… Y lo admiramos también en la majestad de sus gestos en lo alto del Calvario. «Si el mundo os odia –nos dice en el evangelio de hoy–, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn 15,18). Sabemos que se refiere al pecado, a lo que en este mundo se opone al Reino de Dios. Deseamos esa fortaleza con la que el Señor afrontó las adversidades y que tiene mucho que ver con la paciencia.

«El que sabe ser fuerte –dice san Josemaría– no se mueve por la prisa de cobrar el fruto de su virtud; es paciente. La fortaleza nos conduce a saborear esa virtud humana y divina de la paciencia. “Mediante la paciencia vuestra, poseeréis vuestras almas” (Lc 21,19). (...) Nosotros poseemos el alma con la paciencia porque, aprendiendo a dominarnos a nosotros mismos, comenzamos a poseer aquello que somos»[1]. Al cultivar la virtud humana de la paciencia ganamos en serenidad y mesura, en visión sobrenatural, porque Dios es paciente.

Además, quien la posee es capaz luego de dar paz y de apacentar a los demás; es dueño de sí mismo, no lucha contra el tiempo y puede dedicarlo a quien lo necesita. Todavía más: no devuelve odio ni se molesta por quienes puedan despreciarle o tratarle sin consideración. Su paciencia le lleva a estar por encima, con una dignidad repleta de cariño por cada persona, como Cristo en la cruz: mirando siempre más allá, con los ojos fijos en la historia de la redención a lo largo de los siglos.


A MENUDO hemos escuchado la conocida expresión de san Pablo que tanto gustaba a san Josemaría: «Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). No son simplemente unas palabras para repetir en los momentos duros, de modo que se tranquilice la conciencia o se acalle la inteligencia, volviendo la espalda a la realidad. Es al revés. Dios es infinitamente bueno: lo hemos aprendido en la catequesis y lo hemos experimentado desde los primeros momentos de nuestro encuentro con Cristo. Por eso, para quienes desean amarle, para quienes son y se saben hijos de un Dios que todo lo puede, ¿cómo no va a colaborar cualquier cosa a su bien?

Aunque algunas circunstancias del mundo se nos muestren en ocasiones hostiles, nunca podrán vencer al amor inagotable del Señor. Por eso podemos «alimentar la confianza en la gracia de Dios (...), asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina»[2]. Ese abandono paciente en Dios es el mejor escenario en el que se desenvuelve nuestra lucha. Si sabemos que todo puede cooperar con nuestro bien, sabremos comenzar y recomenzar sin poner nuestras fuerzas en otro lugar que no sea Dios mismo.

De ahí que «paciente es no el que huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza»[3]. Entonces no habrá sucesos que nos puedan robar la esperanza ni amarguras que arruinen nuestra alegría. «Un remedio contra esas inquietudes tuyas: tener paciencia, rectitud de intención, y mirar las cosas con perspectiva sobrenatural»[4].


«YA QUE has querido hacernos capaces de la vida inmortal, no nos niegues ahora tu ayuda para conseguir los bienes eternos», decimos en la oración colecta de hoy. Qué importante es acudir al Señor, confiar en su ayuda sabiendo que no nos va a dejar nunca. Y, especialmente, para lo más importante: crecer en amor de Dios, ampliar el corazón por la caridad y llenarlo de él y de los demás, porque queremos ir al cielo a través de este mundo nuestro al que amamos.

La oración es un momento ideal donde pedir la paciencia necesaria para seguir siempre hacia adelante, cada vez más confiados, cada día más enamorados de ese Dios que vive en nosotros. «No existe otro maravilloso día sino el que hoy estamos viviendo. La gente que vive siempre pensando en el futuro y no toma el hoy como viene es gente que vive en la fantasía, no sabe tomar lo concreto de la realidad. Y el hoy es real, el hoy es concreto. La oración sucede en el hoy. Jesús nos viene al encuentro hoy. Es la oración que transforma este hoy en gracia, nos transforma: apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar»[5].

La ayuda del Señor no nos va a faltar: nuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas si se las pedimos (cfr. Mt 7,9-11), especialmente el auxilio para no desanimarnos ni perder la paciencia en las dificultades; aunque contrariedades siempre existirán, como decía san Josemaría, «si somos fieles, tendremos la fortaleza del que es humilde, porque vive identificado con Cristo. Hijos, somos lo permanente; lo demás es transeúnte. ¡No pasa nada!»[6]. Podemos pedir a María, que es madre paciente, capaz de padecer con Cristo, de aguardar que llegue su hora, que nos dé esa confianza en su Hijo.

8 de mayo de 2026

Daréis fruto duradero

 



Evangelio (Jn 15,12-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.



PARA TU RATO DE ORACION 


A LO LARGO de los años, al echar la mirada atrás, los apóstoles recordarían las palabras de Jesús en la Última Cena. En el Cenáculo, tantas aventuras de los últimos tres años parecerían lejanas, incluso de poca importancia, porque ahora vislumbraban que el Señor los quería para algo mayor. Sus vidas tendrán un sentido más profundo, un alcance más largo: el mundo entero. Las palabras del Señor se quedarían para siempre en sus almas: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Amigos del mismo Hijo de Dios. Quizá costaba creerlo, pero era cierto. El Señor afirmaría enseguida que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y es precisamente lo que Jesús ha hecho por nosotros: nos reconoce amigos y nos da su propia vida, especialmente en el tesoro de los sacramentos. Por eso hablamos de “gracia”, porque se trata de un don inmerecido. Brota en nosotros una respuesta de confianza total cuando vislumbramos el «amor gratuito y “apasionado” que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo»[1].

Tenemos fe en el amor del Señor por cada una y por cada uno. Ese hecho embellece la vida, le da un sentido, una dirección y un fundamento. Nos permite teñir nuestra existencia de felicidad y de santidad. Se va expandiendo a lo largo de los años. El eco de la voz de Cristo en el Cenáculo nos devuelve, una y otra vez, también hoy, a la seguridad de ese amor. «No es difícil imaginar en parte los sentimientos del corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario. Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber –el que sea– les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda él mismo»[2].


CADA UNO puede hacer memoria del momento en que Cristo se metió más de lleno en su vida, cuando ya no se podía estar sin él. Para todo cristiano, esa compañía del Señor que no nos faltará supone el punto de partida de la misión apostólica. Pedro, Juan, Judas Tadeo, Santiago, Felipe… Todos los apóstoles entienden que esa misión de horizonte amplio constituye la razón de su vivir. No pueden ocultar la alegría de la amistad y de la elección de Cristo. Se adentrarán por caminos polvorientos y surcarán mares en tormenta y en bonanza, serán perseguidos y serán testigos de conversiones… Todo valdrá la pena porque nada les aparta del amor de Dios.

«Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición (...). La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, Jesús está delante de nosotros y no cesa de acompañar a sus discípulos (...). En medio del torbellino, el cristiano no pierde la esperanza pensando en que ha sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). Ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, protege y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal»[3].

Daréis fruto duradero, nos viene a decir el Señor; porque os he destinado a algo grande, hermoso, a compartir lo que habéis visto y oído, a llevarlo hasta el último rincón de esta tierra. Y como es misión que Dios mismo nos encomienda, su eficacia permanece firme, aunque los resultados no siempre podamos medirlos con nuestros propios parámetros. Decía san Josemaría que «Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra»[4]. Así atravesaremos las incidencias de la historia con esperanza firme y renovada.


TODA MISIÓN confiada por Cristo es una misión de amor y servicio. Cualquier cristiano, desde el último bautizado hasta los sucesores de los apóstoles, viven su llamada como verdadera entrega a los demás. «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz»[5]. Servir es una palabra hermosa: Cristo es siervo doliente, María es sierva del Señor. Solo sirve quien sabe querer y, a la vez, solo quiere quien ha aprendido a servir. Ponerse en el lugar del otro, pensar en los demás, no imponerse, abrirse a puntos de vista diferentes, a gustos distintos, advertir el cariño del Señor por cada alma, cuidar a los demás a través de nuestro trabajo… Todo eso es aprender a querer.

«Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), nos dice Jesús. Por eso, estamos llamados también a un servicio que es vibración apostólica, la misma que nos transmite el Señor; compartir lo que vivimos y lo que nos llena de entusiasmo y de paz. «Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros los sentimientos de su corazón: si ha recibido una alegría, nota en él una fuerza que le lleva a cantar y a sonreír, a hacer –del modo que sea– que otros participen de su felicidad»[6].

«Con obras de servicio –escribía san Josemaría–, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!...»[7]. Como en la Santísima Virgen, se enciende en nosotros, a pesar de las normales dificultades, el afán de servir a cada persona. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con él y de tenerlo»[8].

7 de mayo de 2026

AMAR EN EL PRESENTE



Evangelio (Jn 15,9-11)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.


PARA TU RATO DE ORACION 


DURANTE la Última Cena, Jesús confiesa: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Posiblemente los apóstoles no acababan de comprender aquellas palabras, ya que todavía no habían vivido la Pasión del Señor. Les sorprenderá, después, esa donación de Dios hasta la muerte, ese misterio enorme que sobrepasa nuestra capacidad. «Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la cruz, Jesús “me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó por mí. ¿Qué significa todo esto para nosotros? Significa que este es también mi camino»[1].

Como fuimos testigos hace algunas semanas, en el Triduo Pascual «Jesús no solo habló; no solo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega “hasta el extremo”, hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre “para la vida del mundo”. En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más»[2].

La vida cristiana nos lleva a procurar querer y servir a los demás como Cristo lo ha hecho. Entregarse del todo, con decisión y generosidad. Al final, lo único importante será cuánto y cómo hemos amado en el tiempo del que disponemos en este mundo. A la vez, no desconocemos nuestra limitación: sin la ayuda de Dios, no somos capaces de un amor así. Esta tarea de amar como Cristo siempre es nueva «en el sentido de que no lo alcanzamos plenamente; nunca llegamos a amar “como yo os he amado”, cuando quien lo dice es la caridad infinita, el amor mismo»[3]. Necesitamos que Cristo nos encienda y nos dé su propia vida, su capacidad de amar hasta el fin.


EN LA ESCENA que leemos en el evangelio de hoy, sigue el Señor hablando de su llamada, de su predilección por nosotros, nos quiere siempre junto a sí: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor que Dios ha tenido por nosotros es el que fundamenta nuestra vida y nuestra capacidad de amar. Él ha querido nuestro concreto temperamento, nuestro entorno, nuestra libertad, nuestras capacidades y también cuenta con nuestros límites y defectos. Permanecer en ese primer amor es alargar durante toda la vida aquella inquietud de corazón tan propia de los jóvenes, aunque pase el tiempo.

En el caminar de la vida, podemos sentir que el corazón anhela expandir el amor que recibimos y que damos. Quizá lo encontramos en tantas cosas buenas del mundo: la naturaleza, los amigos, la belleza de lo verdadero, etc. El deseo que en esos momentos se abre paso apunta a algo más grande, pues comprobamos que, aunque sean realidades nobles, no son suficientes para colmar nuestros anhelos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es él la belleza que tanto os atrae; es él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»[4].

Decía san Josemaría que «la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud, me siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si permanezco fiel a mi Dios, el amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud»[5].


DESDE QUE EL Señor entró con mayor intensidad en nuestra vida, procuramos seguirlo con el entusiasmo de los apóstoles; ellos, al descubrir el auténtico sentido de sus vidas, se pusieron inmediatamente en camino. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Sólo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida. Como lo hizo con aquellos discípulos que lo escucharon. Por eso necesitamos su Palabra: en medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida»[6].

En cada etapa de la vida, en las nuevas circunstancias en que nos movemos, podemos descubrir manifestaciones distintas de ese mismo amor que dio inicio a nuestra entrega. Es cada vez más maduro, pues sabe con quién camina y por quién se entrega; sabe que vale la pena; en cierto sentido, lleva adelante su misión con una mayor conciencia y libertad. San Josemaría nos recuerda que «la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[7]. Amamos al Señor en el presente, con la juventud del amor primero y fundamental que no pasa, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y aunque pasen los años y cambien nuestras circunstancias, ese amor que contiene nuestro corazón sigue siendo fuente de vida, porque Jesús nos ama de manera nueva cada día.

En ese recorrido, «la experiencia de la debilidad personal propia y ajena, en comparación con la estupenda propuesta que la fe cristiana y el espíritu de la Obra nos presentan, no nos debe producir desánimo. Ante el desencanto que pueda producirnos la desproporción entre el ideal y la pobre realidad de nuestra vida, tengamos la seguridad de que podemos recomenzar cada día con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo»[8] y con la ayuda de nuestra Madre, María.