"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

12 de agosto de 2026

La corrección fraterna

 




Evangelio (Mt 18,15-20)


Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que ‘cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos’. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos


PARA TU RATO DE ORACION 


LAS OBRAS de misericordia nos invitan a salir de nosotros mismos para ir con los brazos abiertos al encuentro de nuestros hermanos. En el Catecismo se recuerda que «son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestros prójimos en sus necesidades corporales y espirituales (Is 58,6-8 y Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar son obras de misericordia espiritual, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia»[1]. De esta manera, nos enseñan a mirar a los demás con los ojos de Dios, buscando únicamente su bien. Una de estas obras de misericordia espirituales es corregir al que se equivoca. Precisamente porque solo queremos el bien de nuestros hermanos, además de sostenerles, servirles, rezar por ellos, etc., también procuramos ayudarles en la medida de lo posible a apartarse del pecado, o animarles con delicadeza a desarraigar un defecto.


Como se lee en el Antiguo Testamento, el mismo Dios puso en práctica esta costumbre «cada vez que los hombres se empeñaban –y podemos decir, nos empeñamos– en emprender el camino del mal. La historia del Pueblo elegido es una clara manifestación de este cuidado divino. En muchas situaciones, Yavhé podría haberlos soltado de su mano, pero siempre –también a veces con castigos y otras con advertencias de los profetas–, volvía a atraerlos hacia sí, reencaminándolos por las vías de la salvación (...). En el Evangelio, vemos que Jesucristo no se abstiene de reprender, de corregir, a quienes desea llevar por la senda recta; no solo a los fariseos que rechazaban su mensaje, sino también a sus amigos: a Pedro, incluso con dureza, cuando el apóstol le insinúa que debe evitar la Pasión; o a Marta en Betania, con dulzura, por preocuparse en exceso de las tareas de la casa. El Señor sabía utilizar el tono y el lenguaje que más convenía a cada persona»[2]. Podemos pedir a Dios que nos dé una mirada «que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[3].


EN EL MARCO de esta misericordia divina está la costumbre evangélica de la corrección fraterna, que nace de un verdadero interés por la salvación y la santidad de los demás. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos referencias: «Interroga al amigo: quizá no haya hecho nada y si algo ha hecho, para que no lo haga más. Interpela al prójimo: quizás no haya dicho nada, y si algo ha dicho, para que no lo repita. (...) Interpela a tu prójimo antes de reñirle» (Ecl 19,13-4.17). En el contexto de un discurso sobre el servicio a los más pequeños y el perdón sin límites, Jesús establece el cauce por el que discurre esta obra de misericordia: «Si tu hermano peca, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).


A partir de la enseñanza y el ejemplo del Señor, la corrección fraterna es una tradición de la familia cristiana, que brota como una verdadera necesidad, una obligación de amor y de justicia al mismo tiempo. San Ambrosio escribe en el siglo IV: «Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto (...). Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios que las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Pr 27,6)»[4]. La corrección fraterna es también una expresión concreta de la comunión de los santos: porque formamos un solo cuerpo y no somos indiferentes a lo que les sucede a los demás, siempre que sea posible y prudente ayudamos con nuestros consejos a superar las dificultades o peligros con los que se puedan encontrar. Queremos cuidar a nuestros hermanos como lo hizo Cristo, cooperando a su salvación para que ninguno se pierda (cfr Jn 17,12). San Agustín advierte sobre la grave responsabilidad que supondría omitir esta ayuda: «Peor eres tú callando que él faltando»[5].


La actitud con la que se hace la corrección fraterna es siempre delicada y prudente, utilizando palabras empapadas de verdadero afecto y comprensión, que evitan humillar al que es corregido. Hecha de esta manera, no se verá como un juicio sino como un servicio, «una prueba de sobrenatural cariño y de confianza»[6]. Por este motivo, antes de hacerla es muy conveniente hablar con el Señor en la oración, examinando nuestro propio corazón para caer en la cuenta de que nosotros somos los primeros que necesitamos corrección y, al mismo tiempo, para descubrir si hay junto al deseo de ayudar otras intenciones que no sean tan santas. «La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos de los demás en silencio, en la oración para después encontrar el camino correcto para corregirle»[7].


A LA HORA de ejercitar la corrección fraterna, san Josemaría aconsejaba: «Obrad siempre con sencillez, virtud tan propia del buen hijo de Dios. Mostraos naturales en vuestro lenguaje y en vuestra actuación. Llegad al fondo de los problemas; no os quedéis en la superficie. Mirad que hay que contar por anticipado con el disgusto ajeno y con el propio, si deseamos de veras cumplir santamente y con hombría de bien nuestras obligaciones de cristianos»[8].


La corrección fraterna es un gesto de honestidad hacia la otra persona, pues en lugar de criticarla a sus espaldas le decimos cara a cara, con amabilidad, aquello que consideramos que podría cambiar. «Pero, por desgracia, lo primero que se suele crear en torno a quien se equivoca son las habladurías, mediante las que todo el mundo se entera del error, con todos los detalles, ¡menos el interesado! Esto no es justo, hermanos y hermanas, esto no agrada a Dios. No me canso de repetir que los chismes son una plaga en la vida de las personas y de las comunidades, porque traen división, traen sufrimiento, traen escándalo, y nunca ayudan a mejorar, a crecer»[9]. Aunque hacer y recibir la corrección fraterna cuesta, pues implica entrar en la vida de otra persona, puede dar vergüenza e incluso parecer que que el otro en el fondo tendrá sus razones para actuar de un modo determinado, también es cierto que Dios bendice esa ayuda de hermano a hermano, y deja en el corazón un fruto de paz. El que la hace se llena de paz porque en lugar de murmurar ha intentado ayudar a un hermano; y el que recibe sabe que cuenta con la oración y el cariño de alguien a quien le importa su propio bien.


La virtud de la prudencia desempeña un papel importante para discernir el momento adecuado y la forma de hacer y recibir la corrección. Generalmente, la prudencia nos llevará a pedir consejo a alguna persona sensata sobre su oportunidad, y a entender que la corrección debe versar sobre aspectos realmente necesarios e importantes, no sobre pequeñeces o errores ocasionales. Asimismo, movidos por la prudencia no corregiremos con demasiada frecuencia sobre los mismos defectos, porque todos necesitamos tiempo y gracia de Dios para mejorar. Le podemos pedir a María, a quien veneramos como Virgen prudentísima, que sepamos apoyarnos unos a otros en nuestro caminar cristiano, conscientes de que «el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada» (Pr 18,19).



11 de agosto de 2026

TRATAR A DIOS



Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14)

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:


—¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?


Entonces, llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:


—En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe.


»Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


»¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN MATEO recopila cinco grandes discursos de Jesús en su Evangelio. Uno de ellos comienza con una pregunta que le hacen sus discípulos: «¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?» (Mt 18,1). El Señor responde con un ejemplo vivo: «Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”» (Mt 18,2-3). Ante un público que quizá estaba procurando ganarse méritos para tener una posición privilegiada junto al Maestro, Cristo desmonta toda lógica humana. No son nuestros logros los que nos aseguran un puesto de honor en el Reino, sino la lucha por hacerse como niños y aceptar con humildad nuestros límites. Los niños viven abandonados, con confianza en que los adultos arreglarán los problemas que se presenten y despreocupados de su reputación. Los pequeños entienden que su verdadera riqueza es la que reciben de Dios y de los demás.


Si observamos cómo se comportan los niños, podemos ver que buscan en primer lugar la atención de los mayores. «Ellos tienen que estar en el centro, ¿por qué? ¿Porque son orgullosos? ¡No! Porque necesitan sentirse protegidos. Es necesario también que nosotros pongamos en el centro de nuestra vida a Jesús»[1]. Un pequeño sabe que, por sí solo, no puede hacer nada. Conforme crece, va obteniendo una mayor independencia, y muchos, cuando llegan a la adolescencia, pasan al extremo opuesto: creen que son autosuficientes y que no necesitan nada de los otros. El siguiente paso de madurez consiste en reconocer que quienes están a nuestro alrededor tienen mucho que aportarnos: sin ellos no seríamos la misma persona.


En nuestra vida interior puede suceder algo parecido. Aprendemos a tratar a Dios gracias a nuestros padres, a un catequista o a un sacerdote. Quizá pensamos que llegará un momento en que no nos hará falta la ayuda que nos brindan los demás. En este sentido, san Josemaría comentaba que los grandes errores que cometen los hombres «proceden siempre de la soberbia de creerse mayores, autosuficientes. En esos casos, predomina en la persona como una incapacidad de pedir asistencia al que la puede facilitar: no solo a Dios; al amigo, al sacerdote. Y aquella pobre alma, aislada en su desgracia, se hunde en la desorientación»[2]. Por eso el fundador del Opus Dei recomendaba fomentar el deseo de ser como los pequeños para que la propia vida sea grande: «¡Que seáis muy niños! Y cuanto más, mejor. Os lo dice la experiencia de este sacerdote, que se ha tenido que levantar muchas veces a lo largo de estos treinta y seis años –¡qué largos y qué cortos se me han hecho!–, que lleva tratando de cumplir una Voluntad precisa de Dios. Una cosa me ha ayudado siempre: que sigo siendo niño, y me meto continuamente en el regazo de mi Madre y en el Corazón de Cristo, mi Señor»[3].


SI OBSERVAMOS de nuevo cómo son los niños, podemos descubrir otro aspecto de su manera de ver la vida: les encanta jugar. Y muchas veces no se conforman con pasarlo bien con los de su edad, sino que quieren que sus padres participen del juego. Esto, para un adulto, supone abandonar la propia lógica y volver a ser pequeño. «Si queremos que se divierta es necesario entender lo que a él le gusta y no ser egoístas»[4]. En cierto modo, implica dejar a un lado las preocupaciones personales –probablemente mucho más urgentes que ese juego– y pensar en lo que el hijo espera en ese momento de su padre o de su madre. Esta actitud también la podemos desarrollar con las personas que están a nuestro alrededor. Cuando tenemos un detalle de servicio o de afecto con alguien estamos siguiendo la lógica del juego: identificamos lo que el otro puede necesitar y tratamos de satisfacerlo.


A veces, efectivamente, puede no resultar sencillo encontrar tiempo para jugar, es decir, para tener esas atenciones con los demás. Sin embargo, san Josemaría consideraba que esas manifestaciones de aprecio tienen una importancia decisiva para lograr la propia felicidad y la de los otros. Por eso animaba a sus hijos: «No me importa repetirlo muchas veces. Cariño, lo necesitan todas las personas, y lo necesitamos también en la Obra. Esforzaos para que, sin sensiblerías, aumente siempre el afecto hacia vuestros hermanos. Cualquier cosa de otro hijo mío debe ser –¡de verdad!– muy nuestra: el día que vivamos como extraños o como indiferentes, hemos matado el Opus Dei»[5]. El esfuerzo de pensar en quienes nos rodean, además de llenarnos de alegría, nos facilita reconocer que el Señor es el primero que juega con nosotros. «Solo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama»[6].


EN BUENA medida, podemos conocer a Dios en aquellos que, desde un punto de vista meramente material, parece que tienen poco que aportarnos: los niños, los enfermos, los ancianos… En este sentido, san Josemaría comentaba: los pobres «son mi mejor libro espiritual y el motivo principal para mis oraciones. Me duelen ellos, y Cristo me duele con ellos. Y, porque me duele, comprendo que le amo y que les amo»[7]. Desde el comienzo de su trabajo pastoral, el fundador del Opus Dei tenía clara esta jerarquía proclamada por Jesús. «–Niño. –Enfermo. –Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son él»[8]. Son palabras que emergen después de su experiencia atendiendo a personas necesitadas en el patronato de Santa Isabel, en los años treinta en Madrid.


El cuidado de los más débiles nos acerca al Señor. En primer lugar, porque todo lo que hacemos por ellos es como si se lo hiciéramos al mismo Dios: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). En cierto modo también nos divinizamos, pues seguimos el mismo estilo de vida de Jesús –«no vino para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28)–, y nos convertimos en sus embajadores,pues hacemos llegar a la otra persona el consuelo que le brinda Dios. Además, nos hace tener un corazón similar al del Señor, que ama sin esperar nada a cambio. Es cierto que quizá materialmente esas personas pueden darnos poco, pero en realidad nos dan lo más grande: nos muestran al mismo Dios.


«Darle a alguien todo tu amor nunca es seguro de que te amarán de regreso –comentaba santa Teresa de Calcuta–, pero no esperes que te amen de regreso; solo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te encantaría oír, que nunca escucharás de la persona que te gustaría que te las dijera, pero no seas tan sordo para no oírlas de aquel que las dice desde su corazón»[9]. En muchas ocasiones, el niño, el enfermo o el anciano al que cuidamos no nos manifestará explícitamente su agradecimiento. Nuevamente nos ofrecen otra posibilidad para asemejarnos a Dios, pues él también nos dispensa su cariño constante, aunque no nos demos cuenta. La Virgen María nos podrá ayudar a tener un corazón de madre, que no tiene miedo en darse a las personas a las que ama.








10 de agosto de 2026

SAN LORENZO PATRON DE SANTA CRUZ

 



Evangelio san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.


El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».


PARA TU RATO DE ORACION 

Patrón de Santa Cruz.

El Papa Sixto II fue decapitado en el año 258 durante la persecución de Valeriano. Uno de sus diáconos, Lorenzo, se salvó temporalmente porque estaba a cargo de los bienes de la Iglesia: le dieron cuatro días para traerlos. Lorenzo distribuyó entonces esos bienes a los pobres. Una vez transcurrido el plazo, se presentó ante el magistrado acompañado de pobres y enfermos. “Estas son las riquezas de la Iglesia”, habría dicho. Los pobres y los enfermos son un tesoro. Hay una misteriosa presencia de Dios en sus sufrimientos. Se asocian especialmente a la cruz de Jesús.

Lorenzo fue sometido al tormento del fuego en una parrilla. El cristiano no busca su propio martirio: no hay necesidad de precipitar los acontecimientos; pero es coherente con su fe y está dispuesto a dar su vida por Cristo. El grano de trigo debe morir para dar fruto (cf. Jn 12,24). Cuando san Agustín recuerda el martirio de san Lorenzo, compara la Iglesia con un jardín del Señor, con las rosas de los mártires; pero en este jardín hay toda clase de flores, añade. Depende de cada uno de nosotros saber dar nuestra vida como Dios se lo pide: eso es amar. A menudo, será de forma discreta y oculta, en el desempeño diario del trabajo bien hecho, en la atención a la familia, en la fidelidad a los amigos, en la cercanía con pobres y enfermos. Sería imprudente acelerar la llegada de un martirio sangriento, cuando es posible transformar el mundo desde dentro con una vida anclada en Dios y volcada al servicio de los demás.

El testimonio de san Lorenzo no carece de sentido del humor. "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9,7). El sentido del humor muestra la humildad y una cierta distancia con un mundo que pasa, pero que nos gusta amar y reconducir a Dios. A través de su trabajo diario hecho santo, el bautizado une la creación con la redención. Al acercarse la solemnidad del 15 de agosto, que la Virgen María, Madre de la esperanza, nos ayude a realizar esta tarea con buen humor, con un corazón firme y confiado (cf. Sal 112 [111],7-8).

Martirio y Amor


“Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.” (Jn 15,13)


La constitución dogmática Lumen Gentium, tomando estas palabras del Evangelio, reafirma que el martirio es supremo testimonio de amor ante todos, ya que Cristo mismo, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida en la Cruz por nosotros. Los mártires, al dar su vida, se asemejan al Maestro, “que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo”. 


Si bien, el martirio es un don que Dios concede a algunas personas, todos los cristianos estamos llamados a confesar a Cristo ante el mundo “y a seguirle, por el camino de la Cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”. (cfr. LG 42)


Los mártires, que han sido llamados a tal acto supremo, han transitado el camino de seguimiento de Cristo por medio de la práctica de las virtudes. Y es por eso que han sido capaces de llegar al punto de dar su vida por Cristo como Él lo hizo: “quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho” (Lc 16,10). 


Son numerosas las virtudes que destacan en ellos, principalmentelas virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- , que son don de Dios y fundamento de los actos heroicos. Luego otras virtudes que distinguen a los mártires son la justicia, porque no están dispuestos a renunciar a la verdad; la fortaleza, que les permite resistir en defensa de la misma; y la magnanimidad, porque elevan su mirada valientemente por encima de los obstáculos. 


En definitiva, vivieron y murieron con “la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo”. (Papa Francisco, Audiencia 28-VI-2017)


Meditar con san Josemaría


Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: “Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados - ¡cuánta generosidad!-, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!” ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré. Forja 210


¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! —Piensa, entonces, qué es lo más heroico. Camino 204


 ¿De dónde nace la fuerza para afrontar el martirio?


El Papa Benedicto XVI responde diciendo: “De la profunda e íntima unión con Cristo, porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo. Si leemos la vida de los mártires quedamos sorprendidos por la serenidad y la valentía a la hora de afrontar el sufrimiento y la muerte: el poder de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad, en la pobreza de quien se encomienda a él y sólo en él pone su esperanza (cfr. 2 Co 12, 9). Pero es importante subrayar que la gracia de Dios no suprime o sofoca la libertad de quien afronta el martirio, sino, al contrario, la enriquece y la exalta: el mártir es una persona sumamente libre, libre respecto del poder, del mundo: una persona libre, que en un único acto definitivo entrega toda su vida a Dios, y en un acto supremo de fe, de esperanza y de caridad se abandona en las manos de su Creador y Redentor; sacrifica su vida para ser asociado de modo total al sacrificio de Cristo en la cruz. En una palabra, el martirio es un gran acto de amor en respuesta al inmenso amor de Dios”. [2]


Meditar con san Josemaría


En alguna ocasión me he preguntado qué martirio es mayor: el del que recibe la muerte por la fe, de manos de los enemigos de Dios; o el del que gasta sus años trabajando sin otra mira que servir a la Iglesia y a las almas, y envejece sonriendo, y pasa inadvertido…


Para mí, el martirio sin espectáculo es más heroico... Ese es el camino tuyo. Via Crucis VII estación, punto IV


Me comentabas, todavía indeciso: ¡cómo se notan esos tiempos en los que el Señor me pide más!


- Sólo se me ocurrió recordarte: me asegurabas que únicamente querías identificarte con Él, ¿por qué te resistes? Forja 288


Existen mártires hoy?

Hoy en día, en muchos lugares, hay cristianos perseguidos que sufren el martirio por causa de la fe. Siempre los habrá y la Iglesia los necesita.

En los primeros tiempos, las persecuciones a los cristianos eran más explícitas, pero con el paso del tiempo cesaron; sin embargo, como el mismo Jesús anunció, el martirio no es algo del pasado: “si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15, 18-19). 

Una vez más, el Papa nos recuerda: “Cuántas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: “Hoy la patria necesita héroes”. El mártir puede ser pensado como un héroe, pero lo fundamental del mártir es que ha sido un “salvado”: es la gracia de Dios, no la valentía, lo que nos hace mártires. Hoy, de la misma manera se nos puede preguntar: “¿Qué necesita la Iglesia hoy?”. Mártires, testigos, es decir santos de todos los días. Porque la Iglesia la llevan adelante los santos. Los santos: sin ellos, la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita santos de todos los días, los de la vida ordinaria, llevada adelante con coherencia; pero también aquellos que tienen el valor de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos aquellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testigos que llevan adelante la Iglesia; aquellos que demuestran que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo demuestran con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don”. [4]

“Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día”. [5]

Meditar con san Josemaría

Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto! Camino 848

“La alegría, el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas - porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica. Él, ¨perfectus Deus, perfectus Homo¨- perfecto Dios y perfecto Hombre-, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor…, para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos”. Forja 290

Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que Él sea el amo, ¡qué seguridad!..., también cuando parece que se ausenta, que se queda adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las tinieblas más oscuras. Relata San Marcos que en esas circunstancias se encontraban los Apóstoles; y Jesús, al verles remar con gran fatiga —por cuanto el viento les era contrario—, a eso de la cuarta hora nocturna, vino hacia ellos caminando sobre el mar... Cobrad ánimo, soy yo, no tenéis nada que temer. Y se metió con ellos en la barca, y cesó el viento. (cfr. Mc 4, 39)

Hijos míos, ¡ocurren tantas cosas en la tierra...! Os podría contar de penas, de sufrimientos, de malos tratos, de martirios —no le quito ni una letra—, del heroísmo de muchas almas. Ante nuestros ojos, en nuestra inteligencia brota a veces la impresión de que Jesús duerme, de que no nos oye; pero San Lucas narra cómo se comporta el Señor con los suyos: mientras ellos —los discípulos— iban navegando, se durmió Jesús, al tiempo que un viento recio alborotó las olas, de manera que, llenándose de agua la barca, corrían riesgo. Con esto, se acercaron a Él, y le despertaron, gritando: ¡Maestro, que perecemos! Puesto Jesús en pie, mandó al viento y a la tormenta que se calmasen, e inmediatamente cesaron, y siguió una gran bonanza. Entonces les preguntó: ¿dónde está vuestra fe? (cfr. Lc 8, 24)

Si nos damos, Él se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su antojo de todo lo que nos pertenece.




9 de agosto de 2026

SALIR DE LA CUEVA

 


Evangelio (Mt 14,22-33)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres 



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE los personajes del Antiguo Testamento, Elías ocupa un lugar especial. De él dice la Escritura que era «semejante al fuego» y que su «palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1). La primera lectura de este domingo nos revela, sin embargo, que el secreto de este profeta no estaba en una fuerza propia e inagotable, sino en haber aprendido a buscar en Dios toda su fortaleza. Tras las amenazas recibidas después de su victoria ante los sacerdotes de Baal, Elías huye hasta el Horeb y se refugia en una cueva. Allí el Señor sale a su encuentro con una pregunta que lo invita a abrir el corazón: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,9). El profeta responde con el alma encendida y agitada. Entonces, a través de un ángel, Dios lo llama a salir: «Sal y quédate en la montaña, delante del Señor» (1Re 19,11). Pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego, pero el Señor no estaba en aquellas fuerzas desatadas. Solo cuando llega «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12), Elías reconoce la presencia de Dios, se cubre el rostro con el manto, sale de la cueva y se detiene ante el Señor. Entonces escucha de nuevo la misma pregunta: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,13). Y, en esa oración serena, el profeta puede abrir otra vez su corazón. Después de esa experiencia, Elías ya no permanece encerrado en su cueva. Fortalecido en su misión, regresará sin miedo entre su gente para ungir a reyes y profetas.


En cierto sentido, nuestra oración se parece a la de Elías. Acudimos a rezar porque el Señor nos llama. Dios quiere que nos demos cuenta de ello, y por eso nos pide que empecemos con un examen sincero: «¿Qué te trae aquí?». A veces, él insiste, porque el miedo nos lleva a quedarnos encerrados en nuestra cueva, en nuestras seguridades; o porque las fuerzas que agitan nuestro mundo interior nos impiden oír su voz. En otras ocasiones, con la ayuda de alguien que nos orienta –los consejos de un amigo o de un sacerdote que predica una meditación, las palabras del Papa o de un santo, una sugerencia en la dirección espiritual–, el Señor nos enseña a salir de nuestra cueva y a ponernos de verdad en su presencia. Así aprendemos a discernir esos impulsos interiores y a entrar en su descanso, dejando que su cercanía nos llene de paz. Es entonces cuando escuchamos su voz y podemos descubrir y hacer nuestra su voluntad, dejando que encienda en nosotros, de nuevo, el sentido de misión.


LA SEGUNDA lectura de este domingo nos presenta a otro hombre de oración: san Pablo. Sus cartas son un tesoro donde aquel enamorado de Cristo vuelca la riqueza de su vida interior. Como Elías, también el apóstol deja ver, al abrir su corazón, un mundo interior lleno de turbulencias y sentimientos vehementes. En su carta a los Romanos, Pablo nos revela su sufrimiento por quienes se cierran al Evangelio: «Siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne» (Rm 9,2-3).


Este sentimiento expresado por Pablo nos ayuda a evitar un equívoco: pensar que la vida de oración pueda disminuir en nosotros la preocupación por los demás. La paz de la que Dios nos llena en la oración no tiene nada que ver con la indiferencia; no nos aísla de los demás ni nos encierra en una satisfacción espiritual individualista. Al contrario, en la oración Dios nos hace partícipes de sus ardientes deseos de redención. De hecho, la oración nos ayuda a forjar un corazón como el del Señor, «que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados»[1].


Elías debe salir de la cueva y regresar en medio de su gente; Pablo no pierde el afecto por sus hermanos, a pesar de los obstáculos, del odio y de la persecución que sufre. Y es precisamente a través de la oración como el Señor mantiene encendido en los dos ese fuego del celo apostólico, compatible con la inmensa paz que Dios comunica con su presencia. La preocupación constante por los demás se manifiesta así en la intercesión, una forma de oración propia «de un corazón conforme a la misericordia de Dios»[2]. Por eso, es lógico que la oración esté «llena de rostros y de nombres»[3]: allí presentamos al Señor las necesidades de quienes él mismo ha puesto en nuestro camino.


EN EL EVANGELIO de este domingo vemos cómo Jesús armoniza la búsqueda de la soledad para hacer oración con el cuidado de los demás. Después de haber saciado a las multitudes con su palabra y con el pan que ha multiplicado, se retira al monte para orar. El Señor siente la necesidad de quedarse a solas con su Padre y busca activamente esa soledad. Pero la oración no le lleva a olvidarse de sus discípulos. Desde el monte los contempla luchar contra el viento y las olas, hasta que se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas, en medio de la tormenta. Se acerca para darles ánimo y llenarlos de paz: «Tened confianza –les dice–, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27). Pedro, confiando en su palabra, comienza también a caminar sobre el agua; pero, al sentir la fuerza del viento, se llena de miedo y empieza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús, al instante, alarga la mano, lo sujeta y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,30-31).


Pedro se hunde cuando no mira al Señor y se deja dominar por la fuerza del viento. Algo parecido puede sucedernos a nosotros cuando intentamos caminar hacia Jesús en medio de las borrascas del día a día apoyados solo en una vida interior superficial. A veces nos cuesta armonizar la oración con nuestras actividades, y podemos pensar que basta lanzarse a caminar sobre las aguas sin cuidar antes esos tiempos de soledad con Dios. Pero Jesús camina sobre las aguas en medio de la tormenta después de haber rezado. Para no hundirnos en nuestro camino hacia el Señor, necesitamos una vida de oración que mantenga encendida nuestra fe. Como recomendaba san Josemaría: «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»[4].


Ese es el camino que nos enseña Jesús y que aprendemos también de Elías, de Pablo y de todos los santos: buscar la soledad y el silencio para orar; y, desde allí, dejar que el Señor nos lance a la misión y al servicio. Santa Teresa de Calcuta resumía muy bien este itinerario en una escalera cuyo primer peldaño es ese silencio que hace posible escuchar la voz de Dios: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz»[5]. El Evangelio nos muestra que esa fue también la actitud de la Virgen María, que dedicaba tiempo a considerar las cosas meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,19.51). Ella puede ayudarnos a construir toda nuestra vida sobre ese fundamento sólido que es la vida de oración.

8 de agosto de 2026

Si puedes…!

 


Evangelio (Mt 17,14-20)


Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas y le suplicó:


—Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar.


Jesús contestó:


—¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.


Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento.


Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron:


—¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?


—Por vuestra poca fe —les dijo—. Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN HOMBRE tenía un hijo que llevaba tiempo poseído por un demonio. En cualquier sitio se apoderaba de él y le arrojaba al suelo, le hacía echar espumarajos y lo dejaba rígido. Otras veces, incluso, le hacía tirarse al fuego o al agua. Como es lógico, esta situación hacía sufrir mucho a los dos. Probablemente habían hecho todo lo posible para lograr la curación, pero no habían logrado ningún resultado. Un día, sin embargo, el padre oyó hablar de los discípulos de un Maestro que, al parecer, obraban grandes milagros. Presentó a su hijo ante ellos pero, para sorpresa de todos, los apóstoles no consiguieron hacer nada: lo intentaron, pero les resultó imposible expulsar aquel espíritu (cfr. Mt 17,14-16).


Podemos imaginar la tristeza del padre. Aquellos hombres habían realizado toda clase de prodigios, pero justo fracasan cuando llega la hora de curar al muchacho. «¿Por qué me sucede esto? –se preguntaría– ¿Por qué son capaces de sanar a los demás y no a mi único hijo?». Quizá nos hemos encontrado alguna vez en una situación similar. Oímos que personas conocidas han recibido algún favor de Dios –un trabajo, la resolución de un problema, una alegría familiar–, mientras nuestra súplica parece no dar fruto. «¿Por qué Dios ayuda a los demás y no a mí?», podemos preguntarnos, como el padre del niño.


No hay una respuesta que pueda resolver completamente esta pregunta. Sin embargo, a veces Dios puede permitir ese aparente silencio para hacer más grande nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. En la Sagrada Escritura podemos ver también a muchos otros personajes a los que Dios no parecía escuchar su petición. Ellos supieron perseverar y se dejaron transformar cada día, aceptando la voluntad del Señor, sea cual sea. Y este fue, en muchos casos, el principal fruto que obtuvieron: el de saber amar con todo el corazón lo que Dios quería para ellos. Cuando, como el padre del muchacho, quizá se avecine la desesperación, «en ese momento Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por él. (...) Él sabe cómo hacerlo, porque conoce a cada uno de nosotros»[1].


EL PADRE, al ver que ni siquiera los apóstoles lograban curar a su hijo, probó un último recurso: acercarse a Jesús. Lo hizo sin mucha esperanza, pues no quería volver a ilusionarse con una curación que parecía ya imposible. Por eso manifestó así su necesidad al Maestro. «Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos». Cristo, conociendo sus dudas, respondió: «¡Si puedes…! ¡Todo es posible para el que cree!» (Mc 9,22-23). «Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad»[2]. Este fue el primer milagro que obró el Señor: ayudar a ese padre a ser un testimonio de humildad y a recuperar la confianza en Dios.


Jesús, después de escuchar la súplica del hombre, «increpó al espíritu impuro diciéndole: “¡Espíritu mudo y sordo: yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él!”. Y gritando, y agitándole violentamente, salió» (Mc 9,25-26). Los apóstoles entonces le preguntaron por qué ellos no habían podido expulsarlo, y el Señor les dio una respuesta precisa: «Por vuestra poca fe» (Mt 17,20). Quizá los discípulos, al ver la violencia con que el espíritu atormentaba al niño, se habían llenado de temor o se habían sentido incapaces de un milagro tan grande. Vivir de fe no consiste tanto en ignorar el miedo o en tener una seguridad inquebrantable en uno mismo, sino en reconocer humildemente la necesidad de Dios y la grandeza de sus designios. «Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, la que nos ayuda a aceptar incluso las derrotas y los sufrimientos, sabiendo que el mal no tiene nunca, no tendrá nunca la última palabra»[3]. Jesús tiene poder ante todo mal: solo espera un alma paciente y humilde, como aquel padre, para derrochar su fuerza sobre nosotros, de maneras que quizás no imaginamos.


SAN JOSEMARÍA solía decir que encomendar con fe una petición a Dios no exime al hombre de hacer cuanto esté en su mano para lograr lo que busca. La confianza en el Señor «no supone prescindir de los medios naturales convenientes para conseguir el fin propuesto. No; en cualquier empresa, junto a los medios sobrenaturales, resulta imprescindible poner siempre todos los medios humanos honrados que estén a nuestro alcance. Si esos fallan, se buscan otros y se aplican con la misma fe»[4].


Al mismo tiempo, en la vida del fundador del Opus Dei se puede ver la prioridad que daba a la oración, pues la consideraba «el cimiento de la vida espiritual»[5]. Cuando tenía un asunto que sacar adelante o que le preocupaba, pedía a sus hijos e hijas que rezaran con mayor intensidad. Tenía la seguridad de que la oración era siempre fecunda. Aunque no siempre percibiera directamente los resultados, sabía que en cualquier caso habría producido frutos en uno mismo, pues esa oración nos había acercado a Dios. Además, podía haber fructificado externamente también de un modo inesperado, en un lugar o en una persona no conocida.


Jesús pone una condición para que la oración sea eficaz: tener fe. Así es como los apóstoles podrán lograr lo imposible: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría» (Mt 17,20). La Virgen María acogió con fe la palabra del ángel y permitió que Dios creciese en su seno. A ella le podemos pedir que interceda por nosotros para que sepamos presentar nuestras necesidades a su Hijo con la seguridad de que, sea cual sea el resultado, siempre habrá fruto.

7 de agosto de 2026

UN CAMINO DE ESPERANZA

 


Evangelio (Mt 16, 24-28)


Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:


— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.


Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR muestra su divinidad de diferentes maneras. Ha curado a numerosos enfermos, ha dado de comer a una muchedumbre hambrienta, y se ha mostrado a los Doce como el Mesías que había de venir. En ese clima de exaltación, Jesús dice a sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24). El Señor habla con claridad porque no quiere que los apóstoles se engañen pensando que el Reino de Dios está hecho de éxito terreno. En el camino junto a él han visto muchos milagros y prodigios, pero llegará también el momento de la cruz.


La fortaleza es la virtud que nos ayuda a tener el deseo de seguir a Jesús en toda circunstancia, tanto en los milagros como en las dificultades. En nuestro día a día hay muchas cosas que nos llenan de alegría, pero también se presentan inevitablemente obstáculos que nos ponen a prueba. La felicidad en la tierra, por tanto, no depende tanto de prolongar al máximo aquellos tiempos de bonanza, sino de la capacidad de dar sentido a los momentos buenos y también a los más complicados, cuando nada sale como habíamos pensado. La fortaleza nos ayuda a transformar las contrariedades en ocasiones para hacer aun más profundo y activo nuestro deseo de Dios. De este modo, modela paso a paso nuestra afectividad para gustar de Dios también cuando las circunstancias personales o externas aparentemente no lo favorezcan.


Cuando las multitudes querían proclamar rey a Jesús por los milagros realizados, él «no se dejó engañar por el triunfalismo: era libre. Como en el desierto, cuando rechaza las tentaciones de Satanás porque era libre, y su libertad era seguir la voluntad del Padre (…). Pensemos hoy en nuestra libertad (…). ¿Soy libre? ¿O, por el contrario, soy esclavo de mis pasiones, de mis ambiciones, de las riquezas, de la moda?»[1]. Para Jesús nada era un obstáculo en su camino hacia lo que verdaderamente quería: liberarnos del pecado. La virtud de la fortaleza nos puede ayudar a vivir como él: sin que las circunstancias externas nos atrapen e inmovilicen, y siempre con el deseo de llevar a cabo la voluntad de Dios.


A VECES podemos reducir la fortaleza a un esfuerzo por ir a contrapelo, a un ejercicio constante de la voluntad por superarse. Entonces creemos que, para conseguir algo que es muy valioso –vencer un defecto, crecer en amistad con otras personas o con Dios, cumplir una tarea–, basta resistir las contrariedades que se nos presentan por el camino hasta que, finalmente, llegamos al final de nuestra meta. Sin embargo, esta concepción sin más matices, puede terminar en el agotamiento o en la insensibilidad con la variedad de regalos que el Señor nos pone en el camino. Ser fuertes consiste, en primer lugar, en robustecer nuestras convicciones, en renovar siempre el amor que nos mueve, en hacer brillar con mayor fuerza en nosotros los bienes más auténticos; en otras palabras, en fundamentar la fortaleza en la fe en el amor de Dios. Entonces elegiremos con más facilidad, incluso con gusto, lo que verdaderamente queremos, esa «mejor parte» de la que habla Jesús (cfr. Lc 10,42).


Por ejemplo, quien carece de fortaleza quizá no sea capaz de evitar un comentario brusco o de sonreír cuando se encuentra cansado. En ese tipo de situaciones, la fatiga es el motivo que pesa más en sus reacciones, y pierde de vista otros motivos por los que valdría la pena esforzarse. En cambio, quien ha hecho crecer en sí la fortaleza basada en la fe, no solo puede sobreponerse al cansancio, sino que lo hace porque percibe el bien que eso le reporta, tanto a él como a los demás, e incluso descubre ahí un camino para amar a Dios. Solo de este modo, acciones como privarse de un pequeño gusto, levantarse a una hora fija, evitar una queja o hacer un favor que espontáneamente no realizaríamos, se transforman en un modo de educarnos en la percepción de un bien que está al alcance de nuestra mano, pero que -al menos al principio- quizá resulta poco evidente al presentarse una contrariedad.


Este proceso, que inicialmente parecía reducirse solo al desafío de sobreponerse a uno mismo, termina de hecho haciéndonos más libres, ya que nuestra alegría y nuestra paz dependerá más de lo que verdaderamente queremos, y menos de pequeñas tiranías del momento. En la lucha por ser más fuertes se trata precisamente de explorar esos ángulos muertos que nos impiden ver algunos aspectos del bien, simplemente porque suponen esfuerzo. Quien aprende a vivir con fortaleza podrá perseverar en el bien también cuando las buenas decisiones no sean las más atractivas. Ser fuerte es la actitud propia de quien percibe el valor real de las cosas.


«LO QUE se necesita para conseguir la felicidad –escribía san Josemaría–, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[2]. El camino del cristiano es exigente porque requiere un amor cada vez más hondo; y, como dice aquella vieja canción, «corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores»[3]. La vida de Jesús nos muestra cómo debemos relacionarnos con la adversidad. Él no huyó de la cruz. Ni siquiera se limitó a aceptarla: quiso abrazarla. Y cuando sintió el peso del cansancio prefirió venirse abajo antes que soltarla[4]. Aquel madero era sinónimo de muerte para la gente, pero para Jesús era el instrumento de su amor: el trono desde el cual nos salvaría de nuestros pecados.


La fortaleza nos ayuda a aceptar el dolor. Al mismo tiempo, también nos impulsa a ver los motivos que dan sentido a nuestras luchas cuando se presentan las dificultades. Cada sacrificio libremente asumido, cada contradicción acogida con paciencia, cada vencimiento hecho por amor, reafirma en nosotros la convicción de que nuestra felicidad está en Dios, más que en cualquier otra realidad. La lucha cotidiana se convierte, entonces, en una conquista progresiva del bien más grande, que nos concede algo de la gloria futura a la que aspiramos: la lucha se convierte en un camino de esperanza.


Por eso, el fuerte no desespera, no pierde la serenidad ante un fracaso o cuando los frutos del trabajo tardan en verse. La fortaleza nos permite «luchar, por Amor, hasta el último instante»[5], con los ojos puestos en el fin al que aspiramos. La Virgen María supo sostener a los apóstoles en los momentos difíciles de la Pasión, cuando Jesús había muerto. Ella tampoco nos abandona cuando parece que su Hijo no está: nos llena de su fortaleza y nos invita a poner nuestra mirada en la resurrección de Jesús.

6 de agosto de 2026

LA TRANSFIGURACIÓN

 


Evangelio (Mt 17,1-9)


Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:


— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.


Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:


— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.


Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:


— Levantaos y no tengáis miedo.


Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:


— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.



PARA TU RATO DE ORACION 



SEIS días después de anunciar a los discípulos su muerte y su resurrección, el Señor tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, «y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17,1-2). Antes de la Pasión, «Jesús manifiesta su gloria a los apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios»[1]. El evento de la Transfiguración es, por tanto, un mensaje de esperanza para los momentos de la cruz. Los sufrimientos, las pequeñas y grandes contrariedades del día a día, son la puerta que nos llevan a acompañar al Señor en su gloria: «¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación!»[2].


La vida es un camino hacia el cielo. Y el Señor enseñó a los apóstoles que, en ese camino, el sufrimiento no es solo una parada inevitable, un peaje amargo que es necesario pagar contra la propia voluntad, sino que Jesús mismo cargó con la cruz, la llevó por amor sobre sus hombros. Él se entregó porque quiso. Nos muestra así que el auténtico mal no es tanto experimentar una contrariedad, sino pensar que tenemos que atravesarlo solos, o pretender vivir como si la cruz no existiera. «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?»[3]. La esperanza de contemplar a Jesús en su gloria, como a los apóstoles en la Transfiguración, nos llenará de fortaleza para poder ver el reflejo de su rostro en las dificultades de cada día.


PEDRO, al contemplar la gloria de la Transfiguración, dirigió a Jesús unas emocionadas palabras: «Qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). El apóstol había experimentado un anticipo del paraíso, una felicidad que iba mucho más allá de sus propias expectativas y vivencias. Por eso, quizás como habría hecho cualquiera de nosotros, quiso que ese momento durase para siempre, que no se esfumara con la misma velocidad con que había venido, o con la rapidez con que desaparecían tantas otras alegrías. Pero Cristo no lo permitió. Él no le había hecho partícipe de la gloria del cielo para que escapara de la realidad, sino para que tuviera una guía ante los días oscuros de la Pasión. «La belleza de Jesús no aparta a los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas»[4].


También nosotros podemos experimentar en la tierra algunos anticipos del paraíso, momentos en los que sentimos con especial fuerza la presencia de Jesús, sobre todo en personas que amamos. En nuestra vida de piedad podemos también atravesar etapas de mayor disfrute afectivo. En el amor matrimonial, en la familia, en la amistad sincera o en la ilusión por mejorar nuestro mundo, podemos empezar a degustar parte del ciento por uno que Dios nos ha prometido. Y es normal que, como Pedro, queramos que esas circunstancias se mantengan así siempre o duren lo máximo posible. Sin embargo, el Señor permite estos anticipos del cielo no para retenerlos cueste lo que cueste, sino para impulsarnos. El recuerdo de esos momentos nos dará luz para los días de oscuridad y nos guiará a una felicidad mucho más duradera que la de la Transfiguración: la gloria de la vida eterna. «Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar»[5].


ALGUNAS de las manifestaciones más importantes de Dios han tenido lugar en lo alto del monte. Así se puede observar en episodios como la alianza que estableció con Abraham en el monte Moria o la entrega a Moises de las tablas de la Ley en el Sinaí. La misma muerte de Jesús ocurrió también en otro monte, el Calvario. Y en la Transfiguración, el evangelista hace notar que los apóstoles tuvieron que subir a lo alto del Tabor (cfr. Mt 17,1). Esta ascensión nos invita a «reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios»[6].


En los tiempos de descanso tenemos una ocasión para desconectar del ritmo del día a día y escuchar la voz de Jesús. Con el cuerpo y el espíritu renovados, podemos profundizar en nuestra relación con Dios y los demás: hacer la oración con más calma y serenidad, leer el Evangelio, pasar más tiempo con nuestra familia y nuestros amigos… Después podremos bajar del monte «cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos»[7].


San Josemaría consideraba que el verdadero descanso no es evasión, ni tiempo dedicado exclusivamente al ocio, sino separación de la realidad cotidiana para «acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir esos momentos de descanso –ya sean prolongados durante un periodo o bien breves en el día a día– con el deseo de contemplar a Jesús como hicieron los apóstoles en la Transfiguración.