"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

1 de agosto de 2026

AFIRMACION GOZOSA

 


Evangelio (Mt 14, 1-12)


En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.


Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.


El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


PARA TU RATO DE ORACION 



HERODES había encarcelado a Juan el Bautista y se había casado con Herodías, la mujer de su hermano. Como el profeta no aceptaba esa unión, el rey lo había metido en la cárcel. Aunque Herodías deseaba matar al Bautista, Herodes reconocía que se trataba de un hombre justo y santo, y quería protegerlo. Además de que le escuchaba con gusto, tenía miedo de que una condena así agitara al pueblo. Sin embargo, el día de su cumpleaños vio danzar a «la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese» (Mt 14,6-7). Ella, instigada por su madre, pidió la muerte del Bautista. Herodes, como no quería incumplir su juramento ni quedar mal frente a los invitados, mandó decapitar a Juan.


Todo parece indicar que Herodes carecía de convicciones buenas y firmes que pudiesen orientar sus inclinaciones más inmediatas. Podríamos decir que, según lo que conocemos de su figura, se guiaba por lo que sentía superficialmente en cada momento. Quizás así llegó a unirse a la mujer de su hermano, por eso mantuvo con vida a Juan, y por eso ofreció a la hija de Herodías lo que quisiese, aunque fuera la mitad de su reino. Afianzar la propia vida sobre algo tan inestable y peligroso como las inclinaciones más inmediatas y superficiales nos lleva, finalmente, a no saber dónde buscar la verdadera felicidad. En estas situaciones, la meta, el fin de las acciones, el porqué hacemos las cosas, cambia con tanta frecuencia que uno no sabe hacia dónde se dirige. Esto, además de producir insatisfacción, puede dar lugar a terribles injusticias como las que comete Herodes con quienes le rodean y consigo mismo.


«Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo (...). De aquí surge el riesgo de transcurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas»[1]. Podemos pedir a Dios que nos ayude a identificar los deseos más profundos que él mismo ha puesto en nuestro corazón para que, trabajando por purificarlos en el camino de la vida, sean la guía que nos oriente hacia la felicidad con él, en la tierra y en el cielo.


HERODES, al escuchar la petición de la hija de Herodías, «se entristeció» (Mt 14,9). Intuía que iba a realizar algo que, en realidad, no deseaba. Por la pasión que le había provocado aquella mujer, por no haber educado a su corazón para gustar ordenadamente del bien y de la belleza, iba a mandar matar a una persona que consideraba respetable. Y esa decisión le llenaba de tristeza, pues iba a sacrificar a alguien a quien estimaba.


Aprender a educar el corazón para lo valioso, en cambio, nos llena de alegría, porque nos permite ser quienes de verdad queremos ser. Aprendemos a gozar con lo verdaderamente bueno, porque crece en nosotros una complicidad con la presencia de Dios en las personas y en todo lo creado. Educar nuestros deseos refuerza nuestra identidad, nos protege ante tantos peligros del camino. Un corazón como el de Herodes sacrifica lo que realmente vale la pena –su matrimonio o la vida de Juan– por un destello de placer; un corazón puro, en cambio, vibra con lo valioso, lo disfruta, no se deja dominar por lo efímero o superficial.


En este sentido, san Josemaría decía que la castidad «es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»[2]. La castidad no consiste en ignorar nuestra afectividad ni en oponerse a lo que sentimos. Aunque es cierto que en algunos momentos implica actuar contra alguna inclinación inmediata, este no es el objetivo de la virtud sino, más bien, el de educar nuestro corazón para disfrutar con bienes más grandes, con lo que de verdad llena nuestra alma.


QUIZÁ todos tenemos la experiencia de estar siguiendo una película, una serie o un libro con especial interés. Nuestros sentidos se encuentran centrados en aquello que ha atraído nuestra atención. La trama nos tiene tan atrapados que no damos importancia a lo que nos sucede alrededor o a las preocupaciones que antes llenaban nuestra cabeza. Sin desmerecer el valor de los formatos que contribuyen al entretenimiento, la imagen de los sentidos sometidos a una fuerza externa quizá puede ayudar a ilustrar aquella sugerencia de san Josemaría para vivir el cuidado del corazón: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[3]. Si uno lleva un mundo dentro de sí –hecho de cosas grandes, humanas y divinas, hacia las que dirigimos nuestra ilusión y nuestro tiempo–, las tentaciones contra la castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir: serán percibidas como una amenaza a la armonía del propio mundo interior, nos complican seguir con atención aquello que realmente nos interesa.


La castidad nos permite conectar afectivamente con las demás personas, y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo genuinamente divertido. En cambio, la falta de esta virtud impide muchas veces gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones personales, pues se perciben como poco relevantes o insípidas. Por eso, decía también san Josemaría: «No me ha gustado nunca hablar de impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así –con sacrificio– [el hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[4]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a hacer crecer en nuestra alma la virtud de la castidad, para poder apreciar así el genuino sabor de una vida junto a su Hijo.

31 de julio de 2026

FE EN LO ORDINARIO

 


Evangelio (Mt 13, 54-58)


Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?


Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.


Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUENTA san Lucas que Jesús, cuando comenzó su vida pública, rondaba los treinta años (cfr. Lc 3,23). Hasta entonces, el Señor había vivido con su familia, primero en Belén y después, tras un breve período en Egipto, en una aldea llamada Nazaret. Un día, Jesús dejó su hogar y se marchó rumbo al desierto de Judea para ser bautizado por Juan. Más tarde, se instaló en Cafarnaún, donde volvía a descansar con sus discípulos después de sus correrías apostólicas.


En una ocasión el Señor regresó a Nazaret, como escala en su recorrido por los pueblos y aldeas de Galilea. Volvía al que fuera su hogar durante tantos años, pero lo hacía como el maestro del que todo el mundo hablaba. La fama de su enseñanza y de sus milagros lo precedían. Y tan era así que sus paisanos, admirados, decían: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,54-56).


Trabajo, familia, amistad, relaciones sociales… Los vecinos de Jesús nos indican las coordenadas en las que se había desarrollado la vida del Señor durante aquellos primeros treinta años. Y se sorprenden. Pero todas esas actividades, tan normales a los ojos de cualquiera, tuvieron un sentido redentor. Las horas pasadas en el taller, las conversaciones con sus amigos, las reuniones de familia… Todo eso contribuyó a la salvación de los hombres y a restaurar nuestra comunión con Dios[1]. Cristo nos muestra así que nuestro día a día también puede tener una dimensión más profunda que la que se puede apreciar a simple vista. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[2].


LOS PAISANOS de Jesús no habían sido capaces de reconocer la santidad escondida en aquella vida corriente, igual a la que ellos llevaban, que había transcurrido durante años delante de sus ojos. Y ahora que veían un poco de los frutos maduros de aquella vida santa de Jesús, «se escandalizaban de él» (Mt 13,57). Para explicarles que su reacción es en cierto modo natural, el Señor recurre a un refrán popular: «No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa» (Mt 13,57).


Como a los vecinos de Jesús, la posibilidad de una santidad tan normal a veces puede resultar sorprendente. Quizá pensamos que, para ser santos, es necesario realizar una hazaña importante o bien llevar una existencia perfecta, sin tacha. En realidad, gracias a Dios podemos contemplar en nuestro día a día a muchas personas que, a través de sus ocupaciones realizadas con amor, nos muestran la normalidad de la vida cristiana. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (...). Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo»[3].


En muchos casos, esos signos de santidad los hemos contemplado por primera vez en nuestros padres. Ellos fueron quienes sembraron en nosotros la semilla de la fe y nos sacaron adelante sin ahorrarse ningún sacrificio. Así le ocurrió, por ejemplo, a san Josemaría. En su adolescencia, había cosas en la conducta de sus padres que no entendía, y se rebelaba interiormente. Con el paso de los años, fue creciendo en la conciencia de aquella santidad que le había pasado oculta. «Lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen… Yo he encontrado bien cerca de mi corazón buenos modelos, que se limitaban a encajar con noble alegría las desdichas, a no exagerar el peso de la santa cruz y a no descuidar sus obligaciones de estado. Mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo»[4].


SAN MATEO cierra la narración señalando que Jesús «no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe» (Mt 13,58). San Marcos, en el pasaje paralelo, añade que es el Señor quien se escandaliza por la incredulidad de sus paisanos (cfr. Mc 6,6). A lo largo del Evangelio vemos que Cristo se sorprende en varias ocasiones por la falta de fe. Repetidas veces dirige a la gente o a los discípulos una queja llena de asombro: «¡Hombres de poca fe!» (Mt 14,31; Mt 16,8; Mt 17,20; Lc 12,28); «si no veis signos y prodigios, ¡no creéis!» (Jn 4,48).


Jesús nos enseña que la fe es una virtud para ejercitar en la vida cotidiana. Desde un punto de vista humano, quizá nos parece que necesitamos cosas extraordinarias y aparatosas para encender nuestra fe. Pero el Señor tiene una lógica diversa. Él ama lo ordinario porque ve constantemente en ello la maravillosa acción de su Padre y la invitación a colaborar con él: «Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6, 26); «mirad los lirios del campo… Dios los viste así» (Mt 6, 28.30); «mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo» (Jn 5, 17).


En unión con Jesús, estamos llamados a dejar que en nuestras circunstancias ordinarias se despliegue su vida divina, en un constante ejercicio de la fe y, con ella, de la esperanza y de la caridad. «Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo»[5]. Nuestro Padre Dios conserva como un tesoro cada instante de nuestra existencia cotidiana, como hizo la Virgen María con aquellos años ocultos de su hijo. Mientras «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52), a su madre no se le escapaba esa santidad cotidiana, y la fue atesorando en su corazón (cfr. Lc 2,51). Ella nos ayudará a descubrir la santidad de la normalidad, y a revivir en cada una de nuestras jornadas la vida oculta de Jesús.

30 de julio de 2026

LA IGLESIA ES SANTA

 


Evangelio (Mt 13,47-53)


Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?


– Sí -le respondieron.


Él les dijo:


– Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.


Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNOS APÓSTOLES eran pescadores del mar de Galilea. Al convivir con ellos, Jesús se familiarizó con las faenas de su oficio; o bien las conocía de antes por desplazamientos a otras poblaciones costeras. Sea de un modo o de otro, muchos de los que acudían a escuchar su predicación vivían en los pueblos situados en los alrededores del lago. Por eso, no es extraño que el Maestro ilustre sus enseñanzas con ejemplos de barcas, redes y peces: «El Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera» (Mt 13, 47-48).


Jesús compara su Reino con una red que recoge peces de todo tipo. Los apóstoles sabían bien que en el lago había muchas especies, pero no todas tenían la misma calidad. Cuando echaban la red barredera, no se detenían a clasificar lo que iban capturando: ya lo harían después, en la orilla, cuando llegue la hora de la selección. Entonces dejarán las redes en la arena y comenzarán la división: los aprovechables se recogerán en cestas, y los malos se tirarán fuera.


La red barredera es, en cierto sentido, una imagen de la Iglesia, que tiene gran parte en traer el Reino de Dios a la tierra. También en la Iglesia coexisten todo tipo de peces, y así sucederá hasta el final de los tiempos. Nosotros mismos luchamos para, a través del camino de la humildad, no ser esa parte que se tira fuera. La Iglesia es «un pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia –señalaba san Josemaría–. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: todos somos polvo y ceniza»[1]. Al mismo tiempo, sabemos que estas debilidades no conforman el panorama definitivo del pueblo de Dios. Por su gracia, siempre podemos percibir signos de santidad en las personas que nos rodean y en quienes nos apoyamos; ellas nos muestran «el rostro más bello de la Iglesia»[2].


LA IGLESIA es santa porque su fundador, Cristo, es santo. «Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»[3]. Sus hijos la amamos porque en ella está Jesús y en ella encontramos los medios de santificación, la doctrina y los sacramentos.


Los cristianos también estamos llamados a esa santidad. En efecto, no se trata de llevar una existencia perfecta, sin defectos; de hecho la Iglesia es santa aunque en su seno se encuentren personas con debilidades. Por eso lo decisivo en la santidad no es tanto la ausencia de errores –algo imposible, por otra parte–, sino el deseo vivo de permanecer en unión con Cristo, que sea él quien tome las riendas de nuestra vida del mismo modo en que él guía a la Iglesia.


«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[4]. Cada santo refleja el rostro de Jesús. De ahí que, en el fondo, la santidad sea «vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús»[5]. Contemplar estos misterios nos ayudará a manifestarlos en el día a día, adecuados perfectamente a nuestro temperamento y a nuestra manera de ser, purificándolos. Con la lectura frecuente del Evangelio podemos empaparnos de ese modo de ser de Cristo y forjar en nosotros su imagen para reflejarla en el mundo.


EN LA IGLESIA conviven la belleza de la santidad, con la fealdad del pecado; la grandeza de corazones generosos, con la mezquindad de otros; la fortaleza que llega hasta el heroísmo, con la debilidad que puede acabar en traición. Por eso, nuestra Madre es santa y, a la vez, en sus fieles, siempre necesitada de purificación y conversión. En cualquier caso, además de empeñarnos humildemente en nuestra propia santidad, «cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño. Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos»[6].


En numerosas ocasiones, Jesucristo predicó que no había venido a curar a los que estaban sanos, sino a los enfermos. Con sus palabras y sus gestos manifestaba que estaba más interesado en los pecadores que en los que se creían ya justificados. Por eso, en su día a día el Maestro no dudaba en acercarse a aquellos que, exteriormente, podía parecer que estaban lejos de Dios: les dirigía su palabra, les invitaba a vivir con él y a seguirle.


La familia que Jesús formó con sus seguidores no era una comunidad de hombres y mujeres perfectos, cerrada en sí misma. Por eso, la Iglesia está llamada a ser también una casa con las puertas abiertas para que todos los que quieran puedan entrar, sin distinción alguna, pues la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4). Las puertas de nuestro corazón estarán siempre abiertas para que cualquiera pueda saciar su sed de Dios. Podemos pedir a María, Madre de la Iglesia, que sepamos reflejar en nuestra vida el rostro del santo pueblo de Dios.

29 de julio de 2026

LOS AMIGOS DE JESUS MARTA MARIA Y LÁZARO

 



.Evangelio San Juan 11,19-27.


Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.

Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.

Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".

Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".

Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".

Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".

Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS no puede caminar cerca de la aldea donde viven sus amigos sin pasar a visitarlos. La espontaneidad con la que el evangelista Lucas nos narra la escena subraya esa profunda confianza que existía entre el Señor y los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro. No hacía falta que anunciara su llegada; ni siquiera era necesario que se preocupara de llevar algún regalo. Sabía que siempre era bienvenido y que sus amigos se alegraban con su presencia y con la posibilidad de manifestarle su cariño. El evangelio nos dice que Marta recibió a Jesús al llegar a la casa. Es fácil imaginarse la emoción que le debió de invadir cuando vio llegar al Maestro. Pero a esa alegría le acompañaría también cierto nerviosismo. Como buena dueña del hogar, quiere que la estancia de su amigo sea lo más agradable posible, así que rápidamente se pone manos a la obra. Mientras él habla, Marta sigue las costumbres de toda anfitriona: facilita el agua para purificar las manos, dispone un poco de aceite para ungir la cabeza… Al mismo tiempo, se esmera para que los platos lleguen en el momento justo y en que no falte nada. Este es el modo que tiene para expresar su amor al Señor.


Pero la agitación del trabajo quizá empieza a ser más de la esperada. Su estado de ánimo se angustia poco a poco. Mientras sigue realizando los servicios, continúa razonando para sus adentros. Se agobia por no llegar y, en un fácil cálculo, llega a la conclusión de que, si su hermana María la ayudase, todo cambiaría. Esta última, por su parte, está sentada a los pies del Señor. Por eso, ante su aparente pasividad, Marta se planta delante de Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude» (Lc 10,40). Marta podría haber disimulado su apuro, su desasosiego; podría haberse acercado discretamente a su hermana, procurando que nadie lo notase, y requerir su ayuda. En cambio, ha optado por dirigirse abiertamente al Maestro y se siente «incluso con el derecho de criticar a Jesús»[1]. Pero, a fin de cuentas, esta es también una manifestación más de cercanía con el Señor, pues ante un buen amigo no hay necesidad de camuflar lo que uno piensa. Podemos pedir a santa Marta que nos ayude a tener esa misma familiaridad con Jesús, a mostrarnos tal como somos cuando hablamos con él, aunque a veces esa sea la oportunidad para que el Maestro nos muestre una mejor manera de ordenar nuestra vida.


JESÚS no responde a la frustración de Marta con palabras duras. Conoce su buena intención. Por eso, en señal de especial cariño, se dirige a ella con la repetición de su nombre: «Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10,41). En ningún momento el Señor le reprocha a Marta no hacer lo que corresponde. Tampoco la invita a sentarse a sus pies, como María, y a olvidarse de los deberes del hogar. ¿Cómo habrían podido comer y descansar del viaje el resto de acompañantes? El cambio que le pidió era, principalmente, interno: le invitaba a vivir sus quehaceres con otra actitud. Marta estaba haciendo muchas cosas, pero se había olvidado de lo más importante: Jesús estaba en su casa y ella quizás no escuchaba sus palabras.


Muchas veces, durante el día, podemos sentirnos desbordados como Marta. Tal vez pensamos que nuestras obligaciones laborales o familiares hacen imposible encontrar el tiempo que nos gustaría para el trato con Dios. Sin embargo, Jesús no nos propone que dejemos de lado nuestros deberes. Como a Marta, nos invita precisamente a encontrar al Señor en esas ocupaciones, a realizar cada tarea sabiendo que el Señor se encuentra siempre en la casa de nuestra alma. De este modo, el trabajo se convierte en un acto de amor constante, un «te quiero» continuo que va más allá de lo que podamos repetir con nuestros labios o con nuestros pensamientos. «Sobran las palabras –señala san Josemaría–, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»[2].


NO FUERON las obras en sí las que distrajeron a Marta de Jesús. La ilusión santa por ofrecerle una buena y reparadora acogida acabó derivando en la tensión y en la angustia porque no llegaba a todo lo que se había propuesto. Había perdido de vista la finalidad de todas sus acciones. Quizá estaba realizando todos esos detalles de servicio por inercia, como lo haría con cualquier otro invitado. Pero Jesús le anima a no olvidar lo verdaderamente importante: Dios estaba en su casa. No estaba simplemente cumpliendo con su cometido de anfitriona: estaba haciendo descansar al Señor. «El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado»[3].


A todos los que deseamos encontrar a Dios en medio del mundo nos puede ocurrir como a Marta. Tenemos muchas cosas entre manos que requieren nuestra atención y nuestro esfuerzo constante. Esto, como es lógico, produce cansancio. Sin embargo, cuando sabemos que todo ese trabajo tiene un sentido más grande del que podemos intuir en un primer momento, es más difícil que esa fatiga pueda quitarnos la paz, porque sabemos que nuestro éxito no es medible con cálculos humanos. En el diálogo personal con Dios podemos redescubrir que todo lo que hacemos está dirigido a amarle; que nos hacemos cargo de este mundo porque es el suyo. De este modo, no nos moveremos simplemente por inercia o por lo que marquen las circunstancias, sino por el deseo de encontrar al Dios escondido en cada cosa que hacemos. «Sin amor, hasta las actividades más importantes pierden valor y no dan alegría. Sin un significado profundo, toda nuestra acción se reduce a activismo estéril y desordenado. Y ¿quién nos da el amor y la verdad sino Jesucristo?»[4]. ¿Y a quién podemos pedir que interceda por nosotros en esta misión de amar a Dios en nuestro trabajo cotidiano si no es a santa María?


28 de julio de 2026

SEBRAR PAZ Y ALEGRIA

 


Evangelio (Mt 13, 36-43)


Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:


—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.


Él les respondió:


—El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA VEZ QUE se han marchado las multitudes que le escuchaban, los discípulos piden a Jesús que les explique a ellos solos la parábola del trigo y la cizaña. Cuando el Señor contó ese relato, ponía el acento en el hecho de que el bien y el mal coexistirán en la tierra hasta el fin de los tiempos. Pero ahora desgrana también otros aspectos, mostrando que sus palabras contenían una dimensión alegórica: el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino, mientras que la cizaña son los hijos del Maligno. Esa cizaña también ha tenido un sembrador, que no es otro que el diablo, al que Cristo llama «el enemigo» (Mt 13,39).


El mal presente en el mundo, y en nuestra propia vida, no es obra de Dios, sino del diablo. Su mayor astucia es hacernos creer que no existe. Como el enemigo de la parábola, siembra cuando los demás duermen, sin llamar la atención, «como la serpiente que lleva el veneno silenciosamente»[1]. Por eso hacemos bien en vigilar nuestro corazón y nuestras acciones, pues en la mayoría de las ocasiones nos tienta en las pequeñas cosas de cada día para alejarnos del Señor.


El diablo pone un empeño particular en sembrar cizaña en los campos del mundo; es decir, en destruir la caridad y la comunión en las personas para que brote la desconfianza y la división. En este sentido, se conservan unos apuntes personales de san Josemaría en los que se refleja su lucha por evitar que el maligno sembrara la cizaña en su corazón: «Tendré muchísimo cuidado en todo lo que suponga formar juicio de las personas, no admitiendo un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2]. Y a continuación, anotaba una serie de propósitos prácticos: «1/ Antes de comenzar una conversación o de hacer una visita, elevaré el corazón a Dios. 2/ No porfiaré, aunque esté cargado de razón. Solamente, si es de gloria de Dios, diré mi opinión, pero sin porfiar. 3/ No haré crítica negativa: cuando no pueda alabar, me callaré»[3]. Podemos, nosotros también, pensar cómo cultivamos en nuestro mundo interior y a nuestro alrededor la caridad y la comunión con los demás, para hacer infecunda la siembra del maligno.


TODOS tenemos experiencia de las insinuaciones que el demonio nos provoca en el corazón. El mismo Jesús también vivió en su propia carne las tentaciones cuando se retiró al desierto. Al mismo tiempo, sabemos que el poder y la influencia del maligno son limitados, porque Dios vino a la tierra «para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con el miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a esclavitud» (Heb 2,14-15). Cristo es el único Señor. Satanás, al fin y al cabo, no es más que una criatura. Es cierto que se le permite hacer el mal –por motivos que quizá no acabamos de entender del todo y que en el fondo están ligados al misterio de la libertad–, pero también es verdad que Dios nos concede la fuerza suficiente para superar cualquier tentación y que, incluso si sucumbiéramos, su misericordia es mayor que cualquier pecado.


Las tentaciones, en sí mismas, no son malas: son pruebas en las que podemos crecer en amor a Dios o en una determinada virtud. Por eso, cuando las afrontamos como lo que son –oportunidades para unirnos más a Dios–, no dejaremos que nos invada el miedo o la sorpresa. La victoria del demonio no siempre consiste en hacernos caer, sino en hacernos vivir con inquietud, en hacernos pensar que no es posible vivir cerca del Señor con esas inclinaciones. San Josemaría decía que él se sentía «capaz de todos los errores y de todos los horrores, en los que puedan caer las personas más desgraciadas»[4]. Y añadía que precisamente en el reconocimiento de nuestra debilidad hallamos nuestra fortaleza: nos lleva a ser sinceros y a pedir ayuda al Señor y a los demás, a ser más comprensivo con los defectos y las luchas de otras personas, y a confiar en el amor misericordioso de Dios.


LA VIDA cristiana no se reduce a luchar contra el mal. A san Josemaría le gustaba considerar que los primeros cristianos eran sembradores de paz y de alegría: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían»[5]. Efectivamente, serían conscientes de la acción del maligno en el mundo, e incluso la experimentarían en sus propia vidas, pero esta realidad no les llevó al pesimismo o al miedo. En los Hechos de los Apóstoles vemos incluso cómo los ataques que sufrían por parte de la autoridad de una ciudad les llevaban a predicar el Evangelio en otros lugares (cfr. Hch 8,1-4).


Los primeros cristianos sabían que no estaban luchando aisladamente. Formaban parte de una comunidad que les impulsaba a sembrar paz y alegría. Compartiendo el Pan y en la Palabra encontraban la fuerza que les ayudaba a permanecer unidos. Sabían que podían recibir aliento de otro hermano y, al mismo tiempo, sentían la responsabilidad de cuidar los gestos cotidianos que reforzaban la pertenencia a una familia. «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios»[6]. María nos puede ayudar a tener un corazón atento a esos gestos, para que podamos sembrar paz y alegría en las almas de quienes nos rodean.




27 de julio de 2026

NO CANSARSE

 


 Evangelio Mateo 13, 31-35

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.

Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.


PARA TU RATO DE ORACION 


PARA DESCRIBIR la lógica con la que funciona su reino, el Señor usa la parábola del grano de mostaza. «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32). En Oriente se cultivaba esta planta cuya semilla era proverbialmente pequeña: en efecto, en el lenguaje ordinario se decía «pequeño como un grano de mostaza». Sin embargo, la planta que de ella crecía llegaba a ser llamativamente grande: alcanzaba tres o cuatro metros, con una base leñosa, y en sus ramas podían refugiarse los pájaros.

El grano de mostaza, diminuto como la cabeza de un alfiler, posee en sí una enorme vitalidad: está llamado a expandirse y a acoger en su vida las de otros muchos vivientes. Por eso sirve como símbolo del Reino de Dios. Para hacerlo crecer en la tierra, Jesús no puso en práctica un programa de predominio político, ni eligió realizar una potente campaña mediática, ni optó por manifestarse de manera clamorosa al mundo entero, como podría haber hecho. Al contrario, su plan fue comenzar con la pequeña semilla de doce pescadores, unas cuantas mujeres -algunas de ellas anónimas, al menos para nosotros- y otros muchos discípulos sin especial relieve social ni cultural. Todos ellos fueron sus testigos. La fuerza que tuvieron radicó en la autenticidad de sus vidas, en cómo llevaron hasta las últimas consecuencias, por amor, lo que Cristo les había revelado con sus obras y sus palabras.

Hoy como ayer, el árbol de mostaza sigue creciendo en los campos de Medio Oriente y, hoy como ayer, el Reino de Dios tiene en sí la fuerza para seguir expandiéndose por todo el orbe de la tierra: «El Reino es gracia, amor de Dios al mundo, fuente de serenidad y confianza para nosotros»[1]; pero al mismo tiempo es algo que Jesús nos invita a buscar activamente, es más, a hacerlo la ocupación principal de nuestra vida: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Si de verdad lo estamos buscando, librando con amor las pequeñas batallas cotidianas por la santidad, entonces a nuestro alrededor, incluso sin que nos demos cuenta, irán creciendo frutos abundantes de bondad y de vida cristiana.


«LES DIJO otra parábola: “El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”» (Mt 13,33). Esta brevísima enseñanza del Señor es similar a la de la parábola del grano de mostaza que le precede en el Evangelio de san Mateo. Se repite la idea de que de lo pequeño surgirá lo grande. Pero esta vez con el matiz de que no solo habrá un crecimiento, sino también una profunda transformación.

La gracia de Dios, la fe, la caridad nos transforman personalmente, en la medida en que las acogemos y dejamos que crezcan en nuestro corazón. Y vivir así, cada vez más identificados con el Evangelio, produce necesariamente cambios profundos también en el mundo que nos rodea. Es lo que ha sucedido desde los primeros tiempos de la Iglesia: los primeros cristianos –explicaba san Josemaría– «no tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían»[2]. Fueron ciudadanos corrientes y no dejaron de serlo al recibir la fe, sino que toda su existencia cobró un nuevo sentido y eso renovó también el mundo en que vivían, persona a persona.

Es significativo que en esta parábola Jesús nos presente a una mujer que está haciendo pan, posiblemente parte para su familia y lo restante para venderlo, pues las tres medidas de harina que mezcla con la levadura equivalen a decenas de kilos de masa. Esto nos recuerda también que los cristianos corrientes transforman el mundo a través del trabajo cotidiano hecho por amor a Dios y a los demás: así es cómo podemos llevar el Evangelio a muchas personas. «Que se llene de alegría nuestro corazón pensando en ser eso: levadura que hace fermentar la masa. Nuestra vida no es egoísta: es un luchar en primera línea, es meternos en el torrente de la sociedad, pasando inadvertidos; y llegar a todos los corazones, haciendo en todos ellos la gran labor de transformarlos en buen pan, que sea la paz –la alegría y la paz– de todas las familias, de todos los pueblos»[3].


«TODAS ESTAS cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas –dice san Mateo– y no les solía hablar nada sin parábolas» (Mt 13,34). También nosotros escuchamos hoy nuevamente las parábolas del Señor, para que den un fruto de esperanza en nuestras almas. Han pasado dos milenios de cristianismo, la pequeña semilla ha crecido por los cinco continentes, la levadura ha hecho fermentar la masa de innumerables pueblos y culturas. Sin embargo, esto ha sido posible porque el Reino crecía de corazón en corazón, en la vida de cada persona, primero en aquella que quiere llevar la alegría del Evangelio por todos los rincones.

Aún queda mucho por hacer y, al mismo tiempo, por rehacer, primero en nuestra propia vida. Además, no siempre lo que parecía logrado subsiste. Igual que no es fácil encarnar plenamente el Evangelio en la propia vida, tampoco está libre de contrariedades la misión apostólica que Dios ha confiado a cada cristiano: «Aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse»[4].

En esos momentos, en los que quizá experimentamos el desaliento, la fe nos impulsa a confiar en la vitalidad de la pequeña semilla en nuestro corazón, en la eficacia del puñado de harina que fermenta una gran cantidad de masa. Aunque parezca que el trabajo es estéril, que es mucho lo que hay que hacer y poco lo que uno puede afrontar, tenemos la seguridad «de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque “llevamos este tesoro en recipientes de barro” (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama “sentido de misterio”. Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cfr. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada»[5]. Ningún acto realizado por amor a Dios y a los demás es inútil. A veces no veremos directamente los frutos, otras llegarán de forma insospechada y siempre producirán en uno mismo un crecimiento del corazón. Podemos acudir a María para que nos ayude a confiar en los frutos que crecerán en nuestra vida si estamos cerca de su Hijo.



26 de julio de 2026

Saborear las cosas grandes

 


Evangelio (Mt 13,44-52)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?

—Sí —le respondieron.

Él les dijo:

—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Jesús comparó el Reino de Dios como un tesoro escondido en el campo. Un hombre, al encontrarlo, no duda en vender todo cuanto tiene para conseguir ese terreno. Con frecuencia esta imagen ha servido para ilustrar, además de la llamada a seguir a Cristo, la experiencia de una llamada más específica que Dios a veces dirige a las personas. El Señor a todos nos tiene reservado un tesoro que, para hallarlo, es necesario vender todo cuanto tenemos. Sin embargo, surge de manera natural una pregunta: ¿cómo empiezo a buscar ese terreno en el que pueda haber un tesoro esperándome?, ¿cómo elijo el terreno que hay que comprar? O más directamente: ¿cómo puedo descubrir mi propia vocación?


Para dar respuesta a este interrogante, san Josemaría solía decir que no es posible «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos». Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[1], que sopla donde quiere. Los caminos para llegar a Dios son tan variados como el número de personas. El Evangelio, sin embargo, nos muestra un rasgo común en todos aquellos interesados en descubrir el terreno donde se halla el tesoro: la inquietud de corazón. Nicodemo, al oír las enseñanzas de Jesús, deseaba saber si aquel hombre era el Mesías; como estaba lleno de dudas e incertidumbres, solo se atrevió a acercarse a él de noche en busca de respuestas. El joven rico, por su parte, se sentía insatisfecho con la existencia correcta que llevaba, y por eso se acercó corriendo a Cristo para preguntarle qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna.


Ellos, como tantos otros, eran buscadores: estaban a la espera de un acontecimiento que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Los santos, cuando descubrieron algo específico de su vocación, tenían el alma abierta y hambrienta. Soñaban con una mayor intimidad con Dios, se ilusionaban con hacer crecer la Iglesia, añoraban una existencia en la que pudieran rendir los talentos recibidos, deseaban aliviar el sufrimiento del mundo… Ellos supieron dar rienda suelta a esa inquietud de corazón en el diálogo con Dios: «¿Qué me quieres decir? ¿Qué significan estos deseos e inclinaciones en mi corazón?». Dios, a lo largo del camino, nos va dejando señales que, al unirlas en la oración, forman un dibujo reconocible que nos puede indicar dónde está el terreno con el tesoro escondido.


UNA VEZ que se ha comprado el terreno, puede surgir otra inquietud: ¿cómo sé si el tesoro que he encontrado es el mío? Es decir, ¿es este el camino correcto para mí? El inicio de una vocación, como el comienzo de cualquier proyecto, suele llevar consigo una dosis de incertidumbre. Detrás de esa duda se encuentra un temor bastante normal: no sabemos con certeza qué va a pasar en el futuro, adónde nos dirigirá ese camino, pues no lo hemos recorrido antes. Además, la conciencia de nuestra propia fragilidad también nos puede hacer pensar que quizás no estaremos a la altura de lo que Dios nos pide.


Con todo, no se trata de esperar un plan trazado hasta el último detalle. Dios nos ha entregado un terreno, pero cuenta también con nuestra iniciativa, cuenta con lo que nosotros pensamos, queremos y hacemos. Vivir significa aventura, riesgo, limitaciones; significa salir del pequeño mundo que controlamos, para encontrar la belleza de dedicar nuestra vida a algo que es más grande que nosotros, y que llena con creces nuestra sed de felicidad. Desde luego, es necesario pensar las cosas. Es lo que la Iglesia llama tiempo de discernimiento. Sin embargo, conviene tener en cuenta que «el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos»[2]. La vocación implica ampliar nuestro horizonte más allá del terreno conocido, esa zona llamada también de confort, de seguridad individual, para lanzarse a un proyecto que nos lleve por caminos de dar y recibir aún más amor.


«Sabes que tu camino no es claro –escribía san Josemaría–. –Y que no lo es porque al no seguir de cerca a Jesús te quedas en tinieblas. –¿A qué esperas para decidirte?»[3]. Solo si elijo el camino puedo recorrerlo, viviendo lo que he elegido. Toda vocación tiene una dosis de incertidumbre que Dios ha querido para salvaguardar nuestra libertad, para que nosotros demos el primer paso. Para ver la estrella, como los Reyes Magos, es necesario ponerse a caminar, porque los planes de Dios siempre nos superan, van más allá de nosotros mismos. Solo confiando en él nos hacemos capaces. Al principio uno no puede: necesita crecer. Pero para crecer hay que creer: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5), conmigo lo podéis todo.


HAY una tercera pregunta que se puede plantear al tener ya posesión del tesoro de aquella imagen que utiliza Jesús: ¿qué puedo hacer con él? Las riquezas encontradas ofrecen una gran cantidad de posibilidades para mejorar la vida de uno mismo y de los demás. Del mismo modo, el descubrimiento de una vocación enriquece nuestra propia existencia, nos abre a una felicidad que supera nuestras expectativas, e ilumina también a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.


A quienes hacen crecer ese tesoro, Dios les ha prometido que les recibirá en su Reino: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, el Señor no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos. Pero el principal don que nos ofrece es él mismo, su amistad y su presencia en nosotros: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo –comentaba san Josemaría–. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[4].


Podemos llevar a todas partes ese Cielo que llevamos dentro de nosotros. «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[5]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Santa María, que supo fructificar el tesoro de su vocación, nos ayudará a saborear las cosas grandes que Dios obrará en nuestra vida y en la de los demás con nuestra fidelidad en la búsqueda de ese mismo tesoro.