"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

28 de agosto de 2026

MARTIRIO de san Juan el Bautista



Evangelio (Mc 6,17-29)


En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.


Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:


—Pídeme lo que quieras y te lo daré.


Y le juró varias veces:


—Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.


Y, saliendo, le dijo a su madre:


—¿Qué le pido?


—La cabeza de Juan el Bautista —contestó ella.


Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:


—Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.




PARA TU RATO DE ORACION 


EL MARTIRIO de san Juan el Bautista, que celebramos hoy, tuvo lugar mientras Jesús estaba predicando en Galilea. Juan había tratado de que Herodes cayera en la cuenta de su corrupción y del desorden que suponía vivir con Herodías, la mujer de su hermano. Aunque Juan le advertía de su conducta pública y repetidamente, quién sabe el modo en que se expresaría; lo que sabemos es que el mismo Herodes le tenía por un «hombre justo y santo» y que «le escuchaba con gusto» (Mc 6,20). En cualquier caso, era el rey y había decidido encarcelarlo. Tiempo después, con ocasión del cumpleaños del monarca, la hija de Herodías bailó delante de los invitados. Herodes, entusiasmado, le prometió concederle todo lo que pidiera. La chica, empujada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. Bien a su pesar, porque le resultaba un hombre interesante, Herodes le hizo decapitar. Según la tradición, Juan estaba preso en la fortaleza Maqueronte, junto al mar Muerto, y es allí donde fue degollado. Posteriormente, sus discípulos le sepultaron en Sebaste, en Samaría.


Comenta un Padre de la Iglesia refiriéndose al Bautista: «Está encerrado, en la tiniebla de una mazmorra, aquel que había venido a dar testimonio de la Luz, y había merecido de la boca del mismo Cristo (…) ser denominado “antorcha ardiente y luminosa”. Fue bautizado con su propia sangre aquel a quien antes le fue concedido bautizar al Redentor del mundo». Y añade: así «precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor»[1].


Juan es conocido como el Precursor porque su testimonio fiel a la verdad (cfr. Jn 5,33) le lleva a anticipar a Jesús tanto en la vida como en la muerte. La misión de Juan está tan unida a la de Cristo que en el calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte. De esta manera, incluso gráficamente se resalta, como dijo el Señor, que «no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). En el día de su martirio podemos pedirle que nos ayude a ser también precursores de Jesús, anunciando a los demás que no hay mayor alegría que vivir y dar la misma vida por él.


UNOS MESES antes de su martirio, poco después del Bautismo del Señor, Juan les dijo a sus discípulos que su misión había concluido: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Había llegado el momento de hacerse a un lado para que todo el protagonismo lo tuviera Jesús. El tono de este discurso de Juan está empapado de paz; incluso llega a afirmar sin titubeos: «Mi alegría es completa» (Jn 3,29). Su gozo era escuchar la voz del esposo (cfr. Jn 3,29), ver al Señor predicando el Reino y a los hombres arrodillándose delante del Hijo de Dios.


Como al Bautista, también nos puede ocurrir que, en algunos momentos de nuestra vida, las personas sientan admiración por nosotros cuando les abrimos horizontes en el trato con Dios. En realidad se trata de algo lógico: si les estamos transmitiendo algo que les ayuda a encontrar el camino a la felicidad, es normal que nos miren con aprecio. De hecho, es bueno también recordar con agradecimiento a todos aquellos que nos han ayudado a dar nuestros primeros pasos en la fe: padres, hermanos, sacerdotes, amigos, profesores…


Sin embargo, no somos nosotros los protagonistas de ese tesoro que compartimos. «Que solo Jesús se luzca»[2], solía repetir san Josemaría. El fundamento del afán evangelizador es siempre dar a conocer el nombre del Señor. El apóstol no se coloca a sí mismo en el centro, sus obras son tan valiosas como secundarias. Todo persigue un único objetivo: que los demás «busquen a Cristo, que encuentren a Cristo, que traten a Cristo, que sigan a Cristo, que amen a Cristo, que permanezcan con Cristo»[3]. Esto fue lo que hizo el Bautista. Poco a poco él fue disminuyendo, a medida que sus seguidores iban descubriendo a Jesús. Y aunque humanamente quizá su obra se podría percibir como un fracaso –de suscitar el asombro de la muchedumbre pasó a morir solo en una cárcel–, en realidad había triunfado, pues había facilitado que muchos hombres y mujeres vieran en Jesús al Mesías.


«CELEBRAR el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad»[4]. El Evangelio de hoy nos presenta, por un lado, a Herodes, incapaz de defender sus creencias; a pesar de que estaba seguro de que Juan era un hombre justo, por temor a quedar mal ante los invitados y ante la hija de Herodías, se traicionó a sí mismo y acabó realizando algo que en realidad no deseaba: dar muerte al Bautista. Quien no supo cambiar su corazón cuando le escuchaba con gusto, tampoco supo cambiar el curso de los acontecimientos cuando le pideron la cabeza del Bautista. En cambio, Juan se nos presenta como alguien que está dispuesto a morir por lo que realmente vale la pena. Al contemplar la vida del Bautista, y en especial la del Señor, descubrimos que la verdad está vinculada a la cruz. La verdad muchas veces nos provoca y «no es en absoluto barata. Es exigente, y quema. El mensaje de Jesús también incluye el desafío que encontramos en esa pugna con sus contemporáneos (…). Quien no quiera dejarse quemar, quien no esté dispuesto a ello, tampoco se acercará a él»[5].


Verdad, bien y belleza están unidas, y van de la mano del amor. Los cristianos estamos llamados a hacer amable la verdad, dando testimonio valiente de nuestra fe, mostrando que se es más feliz viviendo en la verdad que tratando de esquivarla. «Cuando te lances al apostolado, convéncete de que se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente: la verdad es inseparable de la auténtica alegría»[6]. Mostrar la amabilidad de la verdad es una buena definición del apostolado, porque en él se unen amor, verdad y bien. Una verdad desnuda y sin amor es desagradable, y muchos podrían llegar a considerarla inalcanzable. Por eso san Josemaría decía que el ejemplo y el celo de un cristiano «nunca debe ser una bofetada moral, arrogante, en la cara del prójimo», sino «brasa encendida, que pega fuego donde quiera que esté»[7], sembrando al mismo tiempo paz y alegría. Podemos pedir a la Virgen María que meta en nuestros corazones la misma pasión por la verdad que le llevó a Juan a entregar su vida con alegría.



SIN LA MISA NO SOY NADA




 Evangelio (Mt 25,1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.



PARA TU RATO DE ORACION 


EN MUCHAS actividades humanas, la preparación es un aspecto fundamental. Por ejemplo, en el deporte, el desempeño en un partido depende en gran parte del entrenamiento y de las horas dedicadas a dominar la técnica. Pero también el éxito de determinados encuentros sociales, como la invitación de unos amigos a comer a la propia casa, dependen en buena medida de cómo nos preparamos. En general, se puede decir que el tiempo y, sobre todo, el interés que ponemos en la organización de ciertos eventos ponen de manifiesto el valor que le damos a esa actividad. Mientras más importante es el encuentro, más nos disponemos para ese momento, aunque sea solamente con nuestros pensamientos y atención. A la vez, tenemos la experiencia de que una buena preparación siempre es satisfactoria: cuando estemos jugando el partido o disfrutando de un momento con ese ser querido que no veíamos desde hace tiempo, si nos hemos preparado bien, lo disfrutaremos al máximo.


No hay ninguna actividad ni ningún encuentro más importante que la santa Misa, ya que en ella vivimos realmente la muerte y la resurrección de Cristo y recibimos su cuerpo como alimento. Por eso, podríamos deducir que ninguna preparación vale tanto la pena como la destinada para participar en el sacrificio del altar. Todo lo que podamos hacer para disponernos a celebrar lo mejor posible la obra de la redención se queda corto ante el gran misterio del amor de Dios por nosotros, esa boda en la que, como las doncellas de la parábola, estamos invitados a participar y disfrutar: «Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo»(Mt 25,1).


San Josemaría, quien veía en la santa Misa el centro y la raíz de su vida, nos invitaba a una profunda preparación con palabras llenas de poesía: «La Eucaristía fue instituida durante la noche, preparando de antemano la mañana de la resurrección. También en nuestras vidas hemos de preparar esa alborada. Todo lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve –el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía– todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus, con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor. No podemos volver a la antigua levadura, nosotros que tenemos el Pan de ahora y de siempre»[1].


CUENTA la parábola que cinco de las vírgenes «eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!”» (Mt 25,2-6). Aunque esta parábola se refiere especialmente a nuestro abrazo definitivo con el Señor después de la muerte, también podemos aplicarla a nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía. Probablemente nos haya ocurrido que, durante la santa Misa, nos hayamos sentido distraídos o sin fuerza; aunque sabemos que nos encontramos en un lugar sagrado en el que podemos entrar en un diálogo de amor con la Santísima Trinidad, nuestra imaginación está desatada. Quizá pensamos en esos momentos que somos como esas vírgenes que, mientras esperaban la llegada del esposo, se durmieron.


La participación en la santa Misa no se trata de un ejercicio intelectual, en el que lo único que interesa sea la concentración ante cada gesto y palabra del sacerdote. Más bien, la atención a la riqueza de las oraciones y los distintos gestos litúrgicos son como una puerta que debería trasladarnos al misterio divino que se esconde detrás de ellos. Por eso, la pregunta fundamental para poder «vivir la santa Misa»[2], como decía san Josemaría, es si llevamos con nosotros el aceite que, incluso en momentos de más cansancio o de dispersión, nos permite reconocer en la noche de nuestro corazón el rostro de Cristo, que en la santa Misa está entregando su vida para salvarme. De hecho, el fundador del Opus Dei comentaba que también podemos abandonar el objeto de nuestras distracciones –personas, preocupaciones, etc– en las manos de Dios[3].


«La condición para estar listos para el encuentro con el Señor no es solo la fe, sino una vida cristiana rica en amor y caridad hacia el prójimo. Si nos dejamos guiar por aquello que nos parece más cómodo, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de dar vida a los otros y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la lámpara de nuestra fe; y esta – la fe– se apagará en el momento de la venida del Señor o incluso antes»[4]. La mejor preparación interior para comprender en profundidad la santa Misa es una vida de caridad, porque eso es precisamente lo que celebramos en la Eucaristía: el infinito amor de Jesús, que estuvo dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros.


A MEDIANOCHE las vírgenes escucharon una voz que las despertó del profundo sueño: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!» (Mt 25,6). Entonces todas se pusieron a preparar sus lámparas. Pero como las necias no habían llevado suficiente aceite, y tampoco había para todas, tuvieron que ponerse en camino para ir a comprarlo. Mientras estaban fuera, «llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta»(Mt 25,10). Cuando después de algunos minutos llegaron las muchachas agitadas y con retraso, se encontraron con un no rotundo del esposo: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12).


Para participar en la santa Misa dándonos cuenta de la grandeza del misterio que celebramos, necesitamos primero conocer profundamente al Señor. No vaya a ser que Jesús pueda decirnos algo similar a lo que el esposo le contestó a las vírgenes necias: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12). El conocimiento entre dos personas que se quieren no se reduce a la mera acumulación de datos biográficos, ni tampoco a encuentros más o menos esporádicos. Es una actitud del corazón, que nos lleva poco a poco a entrar en los sentimientos y pensamientos del otro. Precisamente por eso es tan importante la adoración eucarística, a través de la cual preparamos nuestro corazón para reconocer al Señor que nos visita en cada santa Misa. Para vivir la celebración eucarística «nos ayuda, nos introduce, estar en adoración delante del Señor eucarístico en el sagrario»[5].


Como el esposo de la parábola, «en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia»[6]. El culto eucarístico fuera de la Misa nos enseña, por tanto, a adorar al Señor en la Misa, es decir, a desear unirnos a él por la Comunión, a acrecentar nuestra hambre de él. De hecho, «recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos»[7]. Podemos pedir a María, Virgen prudente y Mujer eucarística, que nos ayude a prepararnos a cada santa Misa como ella se dispuso a recibir a su Hijo. Y si alguna vez el aceite de nuestra lámpara parece acabarse y la pequeña llama amenaza con apagarse, que ella nos regale del suyo, que nunca se agota y que regala con su generosidad maternal.


27 de agosto de 2026

EL PRESENTE

 



Evangelio (Mt 24,42-51)


Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.


¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y dijera en sus adentros: «Mi amo tarda», y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.


PARA TU RATO DE ORACION 


VELAD, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 24,42). Estas palabras de Jesús parecen generar suspense y tensión. ¿Quiere el Señor meternos ansiedad ante su segunda venida? Cristo insiste de manera gráfica: «Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa» (Mt 24,43). ¿Busca Jesucristo provocar nerviosismo entre sus oyentes?


Es una experiencia común estar contento cuando se acerca algo que nos procura cierta felicidad: un plan familiar, un evento importante, un rato de descanso… Aunque todavía no haya tenido lugar, la expectativa de que ese momento llegará nos alegra el presente. Esta es una de las dimensiones de la esperanza cristiana: vivir con la ilusión de que Cristo vendrá y que viviremos con él para siempre, aunque esa venida aún no se haya realizado. Este anhelo nos impulsa hacia adelante, nos anima a estar preparados y da un sentido de eternidad a lo que tenemos entre manos.


Con esta enseñanza sobre la vigilancia, el Señor quiere fortalecer nuestra confianza en que él vendrá. Nos invita a estar atentos contra algunos ladrones: el pecado y la tibieza. El primero nos roba la ilusión, y el segundo la adormece, haciéndonos pensar que la espera se retrasará y que podemos relajar nuestra lucha. San Josemaría resalta la alegría del combate cristiano por ese fin que anhelamos alcanzar: «En algunos momentos te agobia un principio de desánimo, que mata toda tu ilusión, y que apenas alcanzas a vencer a fuerza de actos de esperanza. –No importa: es la hora buena para pedir más gracia a Dios, y ¡adelante! Renueva la alegría de luchar, aunque pierdas una escaramuza»[1]. Jesús no desea que vivamos tensionados, sino preparados para su venida, e incluso ilusionados con ella. Se trata de hacer crecer nuestra esperanza, esa esperanza que no defrauda (cfr. Rm 5,5), que nos permite combatir con alegría.


LA MEJOR espera no es la que se preocupa del futuro con agobio, o la que se siente culpable por lo que ha dejado sin hacer, sino la que vive el presente con ilusión. Es normal que en ocasiones experimentemos miedo por el futuro o pena debido al pasado. Con todo, el Señor nos anima a concentrarnos en el hoy. «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelve encuentre obrando así» (Mt 24,45-46). El Señor ilustra la mejor manera de esperarle: siendo fieles trabajadores en la realidad más inmediata y presente que tenemos delante, que es donde él nos ha puesto y la materia de nuestra santidad. Así lo resumía san Josemaría: «¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces»[2].


El siervo fiel se despreocupa en cierto sentido de sus resultados o de lo que los demás piensen de él. Su principal ocupación es trabajar bien y con amor, motivado por un afán de cuidar al Señor con su trabajo. Con esta actitud el siervo fiel busca cuidar los pequeños detalles, servir el alimento a la hora debida, estar disponible... En buena medida, le es suficiente el presente: no necesita más. De ahí que procure actualizar su fidelidad en cada instante. Si ha tenido errores en el pasado, ha procurado aprender de ellos y no darles demasiadas vueltas. Las incertidumbres futuras no le pesan hasta el punto de paralizarle, porque cuando lleguen ya las acometerá con la ayuda de Dios. Ha descubierto el secreto para ser feliz, que es el mejor modo de preparar la venida del Señor: estar en lo que hace.


«Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[3]. En cierto modo, esto es lo que le pedimos a Dios cada vez que rezamos el padrenuestro. No le recriminamos si tuvimos pan en el pasado, o no le agobiamos suplicando reservas de pan: sencillamente le pedimos el pan de cada día, el necesario para hoy. Queremos recibir cada día lo que el Señor nos envía, aceptando el pan del “ahora”, acometiendo lo que debemos hacer, acogiendo a las personas que él nos envía. El presente es el tiempo de Dios, y si lo vivimos como tal, el Señor nos premiará como al siervo fiel: «En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda» (Mt 24,47).


CUANDO uno espera algo con ganas, puede ocurrir que se acabe desilusionando porque no sabe si al final llegará. Lo que preparábamos con interés el primer día, más tarde ya no lo vemos tan importante o necesario. Se va apagando así el deseo inicial, y se van descuidando detalles, gestos, costumbres. En este sentido, la esperanza cristiana por llegar al cielo y encontrarse con el Señor puede convertirse, al no tener claro el día ni la hora, en una realidad tan lejana que quizá se va desvaneciendo. Es lo que muestra Jesús en el Evangelio: «Pero si ese siervo fuese malo y dijera en sus adentros: “mi amo tarda”, y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los hipócritas» (Mt 24,48-51).


En esta espera, Dios nos ha dado un gran aliado para no rebajar nuestros propósitos iniciales: el espíritu de examen. Al final de cada jornada, o en los ratos de oración, podemos alimentar nuestro diálogo con el Señor preguntándonos: «¿Qué ha sucedido en mi corazón en este día? “Han pasado muchas cosas…”. ¿Cuáles? ¿Por qué? ¿Qué huellas dejaron en el corazón? Hacer el examen de conciencia, es decir, la buena costumbre de releer con calma lo que sucede en nuestra jornada, aprendiendo a notar en las valoraciones y en las decisiones aquello a lo que damos más importancia, qué buscamos y por qué, y qué hemos encontrado al final. Sobre todo aprendiendo a reconocer qué sacia mi corazón. Porque solo el Señor puede darnos confirmación de lo que valemos»[4].


En el examen de conciencia podemos hablar con Dios sobre nuestras alegrías, tristezas, ilusiones, inquietudes… De este modo, confrontamos con él si todos esos sentimientos son coherentes con nuestra identidad, con los ideales que queremos que guíen nuestra vida. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante…, en una palabra, si te falta Amor. Si es así, no puede extrañarte tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!»[5].





26 de agosto de 2026

Sencillez

 


Evangelio (Mt 23, 27-32)

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis las tumbas de los profetas y adornáis los sepulcros de los justos, y decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas!». Así pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS debió de tener un carácter muy pacífico, pues los niños se acercaban a él con naturalidad. Además, no se cansó de predicar que el Reino de Dios es de los que buscan la paz. Por eso, la dureza con que a veces habla puede llamar nuestra atención y causar cierta perplejidad. No solo por el contenido de lo que dice, sino también por el tono que se desprende de sus imprecaciones contra unos líderes religiosos que, llevados por su vanidad, se ponían como ejemplo de unas virtudes que, en realidad, no vivían desde su corazón. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre» (Mt 23,27-32).


Al meditar sobre los evangelios, uno rápidamente se da cuenta de la gran paciencia que vive Jesús ante las más diversas personas: atiende con cariño a los enfermos, desea abrazar con su misericordia a los pecadores, y tanto los pobres como los ricos encuentran en el Maestro de Nazaret un corazón tierno y atento. Solo la hipocresía, es decir, el afán por aparentar lo que no se es o el esfuerzo desmesurado por acomodarse al qué dirán parece chocar con su corazón sencillo y humilde. De hecho, una de las pocas alabanzas que le escuchamos a Jesús va dirigida a Natanael, en su primer encuentro. A pesar de que el futuro apóstol se acababa de referir a él con unas palabras llenas de escepticismo y de crítica a su lugar de origen –«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46)–, Jesús valora su sinceridad delante de los demás apóstoles: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47).


Es interesante que esta haya sido una de las primeras frases que pronunció el Señor a sus nuevos seguidores, quizá para hacerles comprender que no son las flaquezas humanas ni tampoco las limitaciones las que pueden alejarnos de Dios, sino el no querer reconocerlas o consentir algún tipo de doblez en nuestro obrar. Por eso, como enseñaba san Josemaría, los cristianos estamos llamados a dar testimonio de vida sencilla: «Con tu conducta de ciudadano cristiano, muestra a la gente la diferencia que hay entre vivir tristes y vivir alegres; entre sentirse tímidos y sentirse audaces; entre actuar con cautela, con doblez… ¡con hipocresía!, y actuar como hombres sencillos y de una pieza. –En una palabra, entre ser mundanos y ser hijos de Dios»[1].


¿CUÁL es el motivo central que me lleva a obrar? Esta es una pregunta que nos permite dar unidad a nuestra vida. Todo lo que realizamos en nuestro día a día –acciones, palabras, omisiones– apunta hacia una identidad que queremos construir. En el examen de conciencia intentamos comprobar hasta qué punto todas nuestras expresiones externas están guiadas por la intención última de amar cada vez más a Dios y a los demás. Porque puede ocurrir que se genere un desfase entre lo que aparentamos hacia fuera y lo que llevamos en nuestro corazón: «Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad» (Mt 23,28).


«Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria»[2]. Para conseguir que la hipocresía no se vaya introduciendo en nuestra alma, nos puede ayudar tomar todas nuestras decisiones desde la presencia de Dios. Cuando nos sentimos mirados por un Padre que nos quiere, acompañados por Jesús, nuestro mejor Amigo, y portadores del Espíritu Santo, entonces resulta casi natural que nuestro porte exterior sea expresión del amor que llevamos dentro. Porque la coherencia que surge de la unidad de vida no se improvisa, sino que nace de las convicciones profundas que anidan en nuestro corazón y que no queremos negociar.


La autoridad que caracteriza a todo cristiano «no consiste en mandar y hacerse oír, sino en ser coherente, en ser testigo y, por ello, ser compañeros de camino del Señor»[3]. Sin coherencia, no hay verdadero apostolado, porque todo lo que nos gustaría transmitir hacia afuera nacería de un corazón apagado. Por eso, nos podemos preguntar en este rato de oración si el amor de Dios y el deseo de darle gloria es el principal motor que mueve nuestros pensamientos y nuestros afectos.


EL AMOR a Cristo es lo que da una armonía sólida a nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Si el Señor ocupa el centro de nuestra vida, será más fácil reflejar la coherencia exterior en el trato con los demás. Lógicamente, es necesaria una cierta adaptación de nuestro comportamiento en función de las personas con las que estamos. No es lo mismo pasar un día de descanso con la propia familia que una reunión de trabajo que resulta decisiva para orientar un proyecto; nuestra confianza hacia los amigos, como es lógico, es mayor que la que sentimos hacia desconocidos. Pero esa adaptación natural al ambiente en que nos encontramos no debería llevarnos a perder la propia identidad o a esconder aquello que le da sentido a toda nuestra vida: el amor a Jesús.


El afán por querer ser siempre la misma persona nos llevará a vivir una virtud humana muy querida por san Josemaría: la naturalidad. En una ocasión, escribía: «Cuando se trabaja única y exclusivamente por la gloria de Dios, todo se hace con naturalidad, sencillamente, como quien tiene prisa y no puede detenerse en “mayores manifestaciones”, para no perder ese trato –irrepetible e incomparable– con el Señor»[4]. No buscamos hacer el bien para que nos alaben o para que los que nos rodean se formen una buena opinión de nosotros. Por el contrario, lo que nos interesa es que todas nuestras obras sean un reflejo de la gloria de Dios y lleven a que muchos lo conozcan, mientras nosotros pasamos casi desapercibidos. Es la exigente recomendación del Maestro: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).


Para que nuestra naturalidad y coherencia sean verdaderas, no hemos de tener miedo a admitir nuestros errores y flaquezas. De lo contrario, podríamos caer en la tentación de algunos fariseos y escribas, que vivían en un mundo de buenos deseos, pero sin admitir sus propias limitaciones: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”!» (Mt 23,29-30). El deseo de mostrarse muy seguros delante de los demás los llevaba a defender una falsa concepción de sí mismos y a ocultar sus limitaciones. Nosotros sabemos, en cambio, que incluso a través de nuestras flaquezas podemos reflejar la gloria de Cristo, porque él es nuestro Salvador. Como nuestra Madre, nos atreveremos a decir: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38), sabiendo que en esa verdad, quizá a los ojos del mundo bastante poco atractiva, se esconde toda nuestra riqueza.

25 de agosto de 2026

ENYENDER LO QUE NOS DICEN

 



Evangelio (Mt 23, 23-26)


»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que hacer esto sin abandonar lo otro. ¡Guías ciegos, que coláis un mosquito y os tragáis un camello!


»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro quedan llenos de rapiña y de inmundicia! Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro de la copa, para que llegue a estar limpio también lo de fuera.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL EVANGELIO nos presenta muchos encuentros de Jesús con los escribas y fariseos. Frecuentemente lo vemos dialogando con ellos, buscando incansablemente su conversión; lo cual no es de extrañar, pues «el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10), y Cristo veía a esas personas más lejos del Reino de Dios que los publicanos y las prostitutas (cfr. Mt 21,31). Sabemos que, ante quien lo necesita, el Señor no niega su ayuda y hace todo lo que está en su mano para recuperar la oveja perdida. Y esas ovejas extraviadas que eran algunos de los escribas y fariseos le costaron grandes esfuerzos. En su vida terrena –y por lo poco que podemos saber– solo pudo contar unas pocas victorias. Ya antes de su pasión y muerte encontramos algún doctor de la ley que se cuenta entre sus discípulos, aunque lo haga a escondidas (cfr. Jn 7,50; Jn 19,38). Después de su resurrección abrazarán la fe unos fariseos (cfr. Hch 15,5). Entre ellos, algunos continuarán con los mismos esquemas de la antigua ley, lo que crearía algunas dificultades en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 15,5); otros, como Pablo (cfr. Hch 23,6), tendrán una eficacia maravillosa.


Es de suponer que Jesús no se sentiría muy cómodo en algunos de esos encuentros con los miembros de la autoridad judía. Muchas veces sabía que lo único que buscaban de él era una declaración para acusarle. Le dolía, además, la ceguera de sus corazones, que les impedía acoger la buena nueva que anunciaba. Pese a todo, Cristo no se alejó de ellos. Según nuestros esquemas, quizá hubiese sido mejor rodearse únicamente de aquellos que entendían su mensaje y lo escuchaban con cariño, pero el Señor no rechazó el diálogo con quienes no lo amaban. Al fin y al cabo, Dios no quiere «la muerte del impío, sino que se convierta de su camino» (Ez 33,11). Cuando se dirigía a ellos lo hacía con el deseo de que rectificaran y cambiaran de vida, también cuando lo hacía con más dureza: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!» (Mt 23,23).


Podemos pedir al Señor que nos ayude a tener esa sed de almas que nos lleve a buscar la salvación de los hombres, también de aquellos que tal vez no nos comprenden. «Queremos hacer el bien a todos –escribía san Josemaría–: a los que aman a Jesucristo y a los que quizá le odian. Pero estos nos dan además mucha pena: por eso hemos de procurar tratarles con afecto, ayudarles a encontrar la fe, ahogar el mal −repito− en abundancia de bien. No hemos de ver a nadie como enemigo: si combaten a la Iglesia por mala fe, nuestra recta conducta humana, firme y amable, será el único medio para que, con la gracia de Dios, descubran la verdad o al menos la respeten»[1].


CRISTO reprocha a los fariseos y a los escribas que cumplan las reglas humanas con rigurosidad mientras descuidan los preceptos básicos divinos. Sin embargo, no critica el hecho de que existan esas normas. Jesús afirma que es necesario cumplirlas, pero sin olvidarse de lo esencial, que es la ley dada por Dios. Y esto es posible si tratamos de ver el bien que hay detrás de todo lo que realizamos: la justicia, la misericordia, la fidelidad… en una palabra, el amor, «pues toda la Ley se resume en este único precepto» (Ga 5,14). El problema de algunos escribas y fariseos es que habían perdido la auténtica perspectiva de todas esas normas y se habían vuelto guías ciegos, capaces de colar un mosquito y tragar un camello (cfr. Mt 23,24).


Desarrollar esta actitud de querer entender para vivir la relación con Dios con «voluntariedad actual»[2], por amor, no es ni automático ni sencillo. Por eso, san Josemaría hablaba de la formación como de una batalla que, además de ser ardua, «no termina nunca»[3]. La Ley pide ser entendida, porque ha sido dada para seres inteligentes, que son invitados a dejarse guiar por ella en un modo profundo, no superficial. «Ser santos –comenta el prelado del Opus Dei– no es hacer cada vez más cosas o cumplir ciertos estándares que nos hayamos impuesto como tarea. El camino a la santidad, como nos explica san Pablo, consiste en corresponder a la acción del Espíritu Santo, hasta que Cristo esté formado en nosotros (cfr. Ga 4,19)»[4].


De este modo, podemos ver todo lo que supone la vida cristiana –mandamientos, normas de piedad, obras de misericordia…– como medios que nos llevan a identificarnos con el Señor. Estas prácticas forman «parte de un diálogo de amor que abarca toda nuestra vida y que nos llevan a un encuentro personal con Jesucristo. Son momentos en los que Dios nos espera para compartir su vida con la nuestra»[5].


«¡AY DE VOSOTROS, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro quedan llenos de rapiña y de inmundicia!» (Mt 23,25). Jesús llega a la raíz del problema. Pone de manifiesto el contraste entre lo que esas personas manifiestan por fuera –oraciones en voz alta, ayunos llamativos…– y lo que llevan dentro –deseos de aparentar, búsqueda de reconocimiento…–. «Es necesario decir no a la “cultura del maquillaje”, que enseña a cuidar las formas externas. Sin embargo, debe purificarse y custodiarse el corazón, el interior del hombre, precioso a los ojos de Dios; no lo externo, que desaparece»[6].


El camino indicado por Jesús es el de purificar desde dentro hacia afuera. «Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro de la copa, para que llegue a estar limpio también lo de fuera» (Mt 23,26). Entendemos así que la formación que el Señor quiere para nosotros no consiste en acumular una gran cantidad de información, sino que exige un desarrollo de la interioridad de la persona. No es cuestión de acoger muchas semillas que crezcan rápidamente en la superficie para dar la impresión de fecundidad. Se trata más bien de trabajar un terreno profundo y rico, capaz de dejar germinar la semilla plantada por Jesucristo en nuestra alma.


Esta es una tarea que compete exclusivamente a cada uno, con la ayuda de la gracia. Mientras las buenas obras externas quizá se pueden realizar en parte por la influencia de los demás –ya sea porque nos animan o porque el ambiente nos empuja a ello–, nosotros somos los responsables de desarrollar nuestra interioridad; es decir, de construir un mundo interior que disfrute del bien que hacemos y rechaza el mal no porque es una prohibición, sino porque nos aleja de la felicidad que queremos. Y esto «requiere la capacidad de detenerse, de “apagar el piloto automático”, para adquirir conciencia sobre nuestra forma de hacer, sobre los sentimientos que nos habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin darnos cuenta»[7]. La Virgen María es modelo de interioridad cuidada que acoge la palabra y la deja fructificar (cfr. Lc 11,28). Ella nos podrá ayudar a caminar fielmente, sin dobleces, tras los pasos de su Hijo.

24 de agosto de 2026

APOSTOL S BARTOLOME

 


Evangelio (Jn 1,45-51)


En aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:


— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael:


— ¿De Nazaret puede salir algo bueno?


—Ven y verás, le respondió Felipe.


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael:


— ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo:


— Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael:


—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió:


— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


PARA TU RATO DE ORACION 



TRADICIONALMENTE se identifica al apóstol san Bartolomé con Natanael, natural de Caná de Galilea (cfr. Jn 21,2). Era amigo de Felipe, quien le habló con entusiasmo de aquel maestro de Nazaret que acababa de conocer, pues estaba convencido de que era el Mesías. La respuesta de Natanael, sin embargo, fue como un jarro de agua fría a estas esperanzas: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).


Es fascinante ver, en el primer capítulo del Evangelio de san Juan, cómo los primeros discípulos de Jesús hablan con toda naturalidad del Maestro a sus amigos y parientes. Les mueve la alegría que experimentan y un gran sentido de novedad: han encontrado un tesoro y quieren compartirlo con quienes tienen más cerca. Quizá no saben describir con palabras qué es lo que les atrae tanto de Jesús, y por eso recurren a una invitación muy directa: «Ven y verás» (Jn 1,46). No será Felipe quien cambiará directamente la vida de Natanael, sino el encuentro cara a cara con el Señor. «La fe nace por atracción, uno no se vuelve cristiano porque sea forzado por alguien, no, sino porque es tocado por el amor»[1].


El diálogo entre Felipe y Natanael manifiesta una gran amistad, llena de confianza. Cada uno comparte con el amigo lo que lleva en el corazón, mostrándose como es y exteriorizando con sencillez sus opiniones. Así lo hace Natanael, expresando inicialmente su escepticismo en que un profeta, y menos aún el Mesías, pueda salir de un sitio como Nazaret. No obstante, la confianza que tiene en Felipe es más fuerte que ese recelo, de ahí que decida aceptar la invitación a conocer al Señor. «Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús»[2].


NATANAEL se queda muy sorprendido cuando el Señor, al verlo llegar, dice directamente sobre él: «Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez» (Jn 1,47). Ante este elogio, responde un tanto confundido: «¿De qué me conoces?» (Jn 1,48). La respuesta de Jesús es, a primera vista, extraña: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). Esta frase es todo un misterio para nosotros, pero evidentemente Natanael sabía muy bien a qué se estaba refiriendo el Señor: a algo que tenía que ver de manera profunda e importante con su vida. Por eso, «se siente tocado en el corazón por estas palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1,49). En ella se da un primer e importante paso en el itinerario de adhesión a Jesús»[3].


En el elogio de Jesús a Natanael se descubre el agrado que una persona sencilla y sincera despierta en el corazón de Cristo. En cierto modo, es algo que también nosotros sabemos apreciar: que una persona se presente ante nosotros tal como es, sin máscaras ni segundas intenciones. La sencillez y la sinceridad son dos virtudes íntimamente unidas, que nos ayudan a ser coherentes y auténticos: personas que se muestran como son en las palabras y en las obras, con claridad y verdad. «Meditad, hijos –escribió san Josemaría–, estas claras y estupendas palabras de san Pablo: “Toda nuestra gloria consiste en el testimonio, que nos da la conciencia, de haber procedido en este mundo con sinceridad de corazón y sinceridad delante de Dios” (2Cor 1,12). Esta es la gloria de la Obra, y esto es lo que cada uno de nosotros ha de procurar vivir en cualquier situación y circunstancia en que se encuentre. La sencillez y la sincera naturalidad de nuestro espíritu brillarán bien en el mundo, ante los hombres, si os esmeráis en ser filialmente sencillos y sinceros en el trato con Dios, si continuamente procuráis poner de acuerdo con la Verdad vuestros pensamientos, vuestras palabras y vuestras obras»[4].


LA RAÍZ de la sencillez que marcó la vida de san Bartolomé se halla en la humildad, virtud que nos permite reconocer en la presencia de Dios quiénes somos realmente y cuál es la situación de nuestra alma. Este conocimiento propio nos lleva a ponernos plenamente en manos del Señor, a confiar en él más que en nosotros mismos y a abrazar de corazón los designios de Dios sobre nuestra vida. Para vivir esta humildad, y con ella una gran sencillez y descomplicación interior, nos conviene ser como niños en la vida espiritual, como aconsejaba san Josemaría: «Haceos niños delante de Dios. Solo así sabremos ser hombres muy maduros en la tierra, porque a través de nuestra sencillez obrará la mano de Dios con su fortaleza y seguridad. Niños delante de Dios, con entera confianza, como el pequeño confía en su madre; no se preocupa del mañana ni de otra cosa: su madre vela por él. Dios vela por nosotros si somos sencillos»[5].


Uno de los aspectos que caracteriza a un niño es que no tiene problemas en reconocer su debilidad. Ante algo que le ha hecho daño o que le causa miedo, no duda en acudir inmediatamente a sus padres. Por eso san Josemaría animaba a imitar esa actitud en la vida espiritual. «Ese desaliento, ¿por qué? ¿Por tus miserias? ¿Por tus derrotas, a veces continuas? ¿Por un bache grande, grande, que no esperabas? Sé sencillo. Abre el corazón. Mira que todavía nada se ha perdido. Aún puedes seguir adelante, y con más amor, con más cariño, con más fortaleza. Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»[6]. Si sabemos hacernos niños delante de Dios, también la Virgen María nos protegerá tomándonos en sus brazos. Podemos pedir a san Bartolomé que nos ayude a vivir esa sencillez que conquistó el corazón de Jesús.

23 de agosto de 2026

LA FE UN DON DIVINO



Evangelio (Mt 16,13-20)


Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:


—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?


Ellos respondieron:


—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.


Él les dijo:


—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?


Respondió Simón Pedro:


—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.


Jesús le respondió:


—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.


Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo


PARA TU RATO DE ORACION 


CESAREA de Filipo está situada al norte de Israel, cerca del nacimiento del río Jordán. En uno de sus viajes, Jesús se acercó con los apóstoles hasta esta región. El Señor aprovechaba los trayectos, donde había momentos de más tranquilidad, para moldear con su palabra el corazón de los discípulos. En diversas ocasiones se ve cómo les explica las parábolas que no habían sabido descifrar, o responde a sus preguntas e inquietudes. Es fácil imaginar que entre ellos hablarían de los sucesos que habían vivido a su lado, de los milagros y signos extraordinarios de los que habían sido testigos. Después de tantos meses juntos, los apóstoles se iban formando una idea cada vez más precisa del Maestro. En la cercanía del Señor, sus corazones buscaban certezas, respuestas definitivas.


En este clima, al llegar a Cesarea, Jesús dirigió la conversación hacia esa cuestión. Primero les preguntó: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Ellos le respondieron lo que se comentaba en los corrillos que se formaban después de las predicaciones: que era un antiguo profeta o el mismo Juan Bautista, que había resucitado. Es decir, el pueblo lo consideraba un personaje religioso, uno más dentro de la larga lista de hombres de Dios. Pero, en realidad, al Señor no le interesaba tanto lo que se decía de él como lo que ellos, sus amigos, creían en su corazón. Por eso, a renglón seguido, dirigiéndose personalmente a los doce, les preguntó: «¿Y vosotros quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).


Esta es la pregunta decisiva que hoy podemos volver a escuchar en nuestro corazón. Han pasado más de dos mil años y Jesús sigue planteándola a cada uno de los que somos sus discípulos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?». Es una pregunta que no pide una respuesta aprendida en los libros, sino que debe ser personal, nacida de la experiencia de quien sigue de cerca al Señor. León XIV, en su primera homilía tras ser elegido Papa, comentaba que hoy no faltan contextos «en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no solo entre los no creyentes, sino incluso entre muchos bautizados»[1]. También por eso, cada encuentro con Cristo nos invita a purificar un poco más nuestra mirada y a renovar, desde dentro, la fe en quién es verdaderamente Jesús para nosotros.


EN NOMBRE de todos, después de escuchar la pregunta de Jesús, Pedro tomó la palabra y respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Es una confesión de fe que, desde aquel día, la Iglesia sigue repitiendo siglo tras siglo. «También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí, Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Lo hacemos con la conciencia de que Cristo es el verdadero “tesoro” por el que vale la pena sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las expectativas más íntimas de nuestro corazón. Jesús es el “Hijo del Dios vivo”, el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo ser humano»[2].


La respuesta de Pedro no nace solo de su inteligencia ni de la convivencia prolongada con el Maestro. El mismo Jesús le hace ver que aquella profesión de fe, en la que confiesa su divinidad, tiene un origen más alto: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Y el Señor aprovecha esta manifestación de fe para confirmar a Pedro en su misión: «Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16,18).


La fe de Pedro es, como la nuestra, un don divino. No es el resultado de un simple esfuerzo intelectual, aunque compromete también nuestra razón. Dios es quien toma la iniciativa: abre las puertas de su intimidad y nos invita a participar de su vida. Por eso, la fe no consiste solo en aceptar una información valiosa sobre Jesús, sino en entrar en una relación personal con él, en adherirnos a su persona con toda nuestra vida. «Así, la pregunta de Jesús (…) en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la intimidad con Jesús. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena»[3].


EN EL MARCO de esta conversación, Jesús habla de la Iglesia. La compara con un edificio en el que Pedro –y, con él, los demás apóstoles– tiene un papel insustituible como cimiento visible, porque recibe de Dios el poder de atar y desatar en la tierra y en el cielo. El Señor desea construir su Iglesia sobre la roca de la fe de estos hombres. A simple vista, no parece un fundamento suficientemente sólido; pero Dios ha querido hacerlo así. Sin embargo, la Iglesia no es una simple institución humana, como tantas otras: es y sigue siendo de Cristo. Asistida desde sus inicios por la ayuda de Dios, Uno y Trino, no vive de sí misma ni para sí misma. Como no se puede separar la cabeza del cuerpo, tampoco se puede separar a Cristo de la Iglesia.


Jesús se refiere a ella como «mi Iglesia». La Iglesia es de Jesús, no es nuestra. Su origen no está en una decisión de Pedro o de sus compañeros. Aunque ellos sean pilares indispensables, es Dios quien la ha fundado y quien la sostiene en el tiempo. De Cristo recibe la vida; él la alimenta y fortalece. No es la Iglesia de un Papa concreto ni de un grupo de personas; tampoco pertenece a una determinada corriente ideológica o a un territorio particular. Es la Iglesia de todos los pueblos, una Iglesia que no se identifica en exclusiva con ninguna nación ni cultura.


«La Iglesia eres tú –explicaba san Josemaría–, y soy yo, y es aquel que está a mi lado... Todos somos Iglesia»[4]. Los discípulos de Jesús caminamos juntos, en la comunión de su Iglesia, tras los pasos de Cristo. «La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria»[5]. A la Virgen María le podemos pedir una fe como la de Pedro, para que todos en la Iglesia demos testimonio de que Jesucristo es el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de nuestra esperanza.