"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

18 de junio de 2026

SANTOS DE ALTAR

 



Evangelio (Mt 6,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:


Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.


Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«¡QUÉ GLORIOSO fuiste, Elías, con tus prodigios! ¿Quién puede jactarse de ser como tú? ¡Dichosos los que te vieron y los que han muerto en tu amistad» (Sir 48,4.11). El libro del Sirácide canta las alabanzas del «profeta Elías, semejante al fuego, cuya palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1); y también las del profeta Eliseo, pues «apenas fue envuelto Elías en el torbellino, Eliseo fue llenado de su espíritu. En su vida no tembló ante príncipes, y nadie pudo dominarle. No hubo nada que le superase. En vida realizó prodigios, y tras su muerte sus obras fueron maravillosas» (Sir 48,13-15).


Ante ejemplos tan deslumbrantes, podríamos pensar que la verdadera santidad es un ideal lejano, improponible para personas corrientes. Sin embargo, el mismo libro de la Escritura afirma con claridad que «también nosotros alcanzaremos sin duda la vida» (Sir 48,12): albergaremos esa vida sobrenatural, esa vida de Dios que es la santidad. De san Josemaría aprendemos precisamente que «la santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos –comentaba el entonces cardenal Ratzinger–, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas»[1].


Por la misericordia de Dios, cada uno de nosotros formamos parte de esa «gran renovación», de esa «fuerza de bien en el mundo»: hemos sido llamados a ser santos en lo ordinario, pero santos de altar.


DIOS QUIERE hacer cosas grandes a través de nosotros. Para eso solamente nos pide que, «con delicadeza de enamorados»[2], cuidemos nuestra unión con él . Y el secreto para mantener viva esa relación en la que se fragua nuestra santidad es la oración. «El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios (...). No creo en la santidad sin oración (...). Esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada. La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio. En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone»[3].


Jesús nos enseña precisamente cómo es la oración que agrada a Dios: «Al orar, no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así…» (Mt 6,7-9); y nos enseña Jesús las palabras del Padrenuestro, «resumen de todo el Evangelio»[4] y «corazón de las Sagradas Escrituras»[5]. «La oración dominical es la más perfecta de las oraciones –enseña santo Tomás de Aquino. (...) En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad»[6].


Jesús quiere que sintamos muy viva la fuerza de nuestra filiación, lo grande que es el amor de Dios Padre por cada uno de nosotros. Por eso, nos anima a dirigirnos a Dios con confianza de hijos: la conciencia viva de nuestra filiación nos hace estar seguros ante cualquier circunstancia, y nos permite lanzarnos a la aventura.


«TU VIDA –decía san Josemaría– ha de ser oración constante, diálogo continuo con el Señor: ante lo agradable y lo desagradable, ante lo fácil y lo difícil, ante lo ordinario y lo extraordinario... En todas las ocasiones, ha de venir a tu cabeza, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscándole en el centro de tu alma»[7].


Si a veces no sabemos por dónde empezar, nos puede ayudar pensar que a Dios Padre llegamos siempre en unión con Jesucristo, por él y en él. Por eso, nuestra oración puede consistir sencillamente en repetir el nombre de Jesús: «La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua –nos dice el Catecismo–. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en “palabrerías” (Mt 6,7), sino que “conserva la Palabra y fructifica con perseverancia” (cfr. Lc 8,15). Es posible “en todo tiempo” porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús»[8].


Invocar el nombre de Jesús, repetirlo, saborearlo, es una oración bonita y sencilla, que guarda una fuerza insospechada. Por eso, san Josemaría nos animaba: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres»[9]. Santa María fue la primera a la que se anunció el nombre de Jesús, y desde ese mismo momento en que comenzó a llevar a su hijo en su seno, lo repetiría con infinito afecto, como consideraba en su corazón todas las cosas (cfr. Lc 2,19).

17 de junio de 2026

DESCUBRE TU CAMINO DE SANTIDAD

 


Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)


»Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.


»Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.


»Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto.


»Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EL SEÑOR iba a arrebatar a Elías a los cielos en un torbellino» (2 Re 2,1). Era cosa sabida, y allá donde iban, todos decían a Eliseo, que acompañaba al profeta: «¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?» (2 Re 2,3.5). «También yo lo sé. Guardad silencio» (ibid), respondía Eliseo, que no se separaba de su maestro. Un día que marcharon ellos dos solos, «se detuvieron junto al Jordán. Elías se quitó el manto, lo dobló y golpeó las aguas, que se separaron a un lado y a otro; y los dos pasaron por tierra seca. Cuando hubieron pasado dijo Elías a Eliseo: “Pide qué he de hacer por ti antes de que sea arrebatado de tu lado”» (2 Re 7-9).


La separación es inminente. Ahora que Eliseo sabe que el profeta está para marcharse, expresa humildemente el deseo de que aquella presencia no lo abandone completamente: «Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu» (2 Re 2,9). No se atreve a pedirlo todo. Eliseo no pretende ser como su maestro, pero no quiere dejar de contar con aquella fuerza de Dios. Se está bien al lado de los santos, porque de alguna manera nos hacen al Señor más cercano. «Toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida han sido faros para muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado»[1].


«No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios (...). Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante (...). La santidad es el rostro más bello de la Iglesia»[2].


«HAS PEDIDO algo muy difícil –respondió Elías a la petición de Eliseo–. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá» (2 Re 2,10). Continuaron «andando y hablando y, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ambos, y Elías fue arrebatado a los cielos en un torbellino. Eliseo lo veía y gritaba: “¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!”. Y ya no lo vio más. Entonces agarró sus propias vestiduras y las rasgó en dos pedazos» (2 Re 2,11).


La sensación que experimentó Eliseo quizás fue similar a la que experimentaron los discípulos cuando Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, y, salvando las distancias, a la de quienes han vivido junto a personas santas y las han visto partir. Conmueve ver cómo, por ejemplo, quienes conocieron a san Josemaría, han mantenido siempre vivo el dolor de la separación y el recuerdo agradecido de los momentos compartidos. El beato Álvaro, que convivió estrechamente con él tanto años, lo explicaba así: «Nuestro Padre nos había engendrado a la vida sobrenatural de la vocación divina, nos había alimentado con su espíritu, nos formó y nos confirmó en la fe, nos sostuvo con seguridad cuando todo se volvía duda en torno de nosotros, dirigió nuestros pasos, nos dio el calor de su corazón enamorado de Dios, nos consoló en las penas y llenó de alegría nuestro caminar, nos enseñó a querer, injertó nuestra debilidad en su fortaleza haciendo así posible nuestra lealtad. Por eso, porque de tal manera vivíamos de su misma vida y como a sus expensas, cuando el Señor le llamó a su definitiva presencia aquel 26 de junio, por un breve instante a más de uno pudo parecer que todo moría para nosotros»[3]. Solo un breve instante, lo que basta para darse cuenta de que Dios no abandona a los suyos.


Eliseo «recogió el manto de Elías, que se le había caído a este de encima. Volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. Tomó el manto de Elías y golpeó las aguas diciendo: “¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?” Entonces golpeó las aguas, que se retiraron a un lado y a otro, y Eliseo pasó. Cuando los discípulos de los profetas que estaban en frente, en Jericó, lo vieron, exclamaron: “El Espíritu de Elías reposa sobre Eliseo”» (2 Re 2, 13-15). Y Eliseo comenzó su actividad, en continuidad con aquella de su maestro.


LA ACTIVIDAD de Eliseo, aunque no fue tan espectacular como la de Elías, supuso igualmente la manifestación de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Se caracterizó por sus tonos peculiares, como una particular cercanía, especialmente hacia los más necesitados. Aunque Eliseo había pedido dos partes del espíritu de Elías, en realidad sencillamente sucede que el espíritu se manifiesta de manera diferente en cada persona. Como dijo Juan Bautista: Dios «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). «Hay, sí, diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo (...), que distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,4.11).


«Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar»[4]. El Señor nos empuja a asumir sin miedo nuestra personalísima misión en el mundo, impulsándonos en las vidas de los santos. «Se trata de una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»[5].


Nosotros nos insertamos, por la misericordia de Dios, en esta cadena de gracia y generosidad que recorre la historia de la salvación. Podemos pedir, con san Josemaría, «que en cada uno esté el espíritu de María»[6]. Así iremos por el mundo sin miedo, viviendo nuestra personal aventura divina.




16 de junio de 2026

LA ALEGRIA DE TODA CONVERSION


 Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


PARA TU RATO DE ORACION 


«APENAS SUPO Ajab de la muerte de Nabot, se levantó para bajar a la viña y apropiarse de ella» (1 Re 21,16). Entonces Dios envió al profeta Elías, para que hiciese ver al rey la gravedad de su delito: «¡Has asesinado y además has robado! Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también la tuya”. Ajab respondió a Elías: “Enemigo mío, me has descubierto”» (1 Re 21,19-20). En un primer momento, Ajab apenas reacciona, y considera la denuncia de aquel profeta como una cuestión personal. Pero Elías pone enseguida las cosas en su verdadero plano: «Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor». Y ese mal que tú y tu mujer habéis cometido, traerá la desgracia sobre vosotros y sobre todos los de vuestra casa (cf. 1 Re 21, 21-24).


Ajab reconoció la voz del Señor en estas palabras del profeta, así que «rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido» (1 Re 21,27). ¡Qué distinta esta tristeza, de aquella que, antes, le había llevado a hacer el mal! Es el suyo un dolor bueno, que manifiesta arrepentimiento, buena voluntad, que agrada a Dios y le permite volcar su misericordia: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días» (1 Re 21,29).


Conmueve ver la paciencia con la que Dios interviene en la vida de este rey, llena de encuentros y desencuentros. Vemos cómo Dios respeta la libertad de los hombres, y cómo nuestras acciones repercuten, para bien o para mal, en la manera en la cual moldeamos nuestra vida, en las personas que nos rodean y en el mundo. «El juicio de la conciencia lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios»[1].


«HABÉIS OÍDO que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,43-45). Jesús nos anima a aprender de la misericordia de Dios, que descubrimos en el episodio de la viña de Nabot y en tantos otros pasajes de la Escritura. Dios nunca se olvida del hombre, por grande que sea su culpa; busca siempre la conversión de quien yerra, que es la mejor manera de restablecer una justicia más alta. Además, nos anima a cooperar con él en esta tarea que, muchas veces, requiere un cambio de mentalidad por nuestra parte.


«Pienso en quienes están encerrados en la cárcel. Jesús no se ha olvidado de ellos. Poniendo la visita a los encarcelados entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, ante todo, a no erigirnos jueces de nadie. Un cristiano está llamado a hacerse cargo de la otra persona, para que quien se haya equivocado comprenda el mal hecho y vuelva en sí mismo (...). Todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto caer por las mejillas de reclusos que quizás jamás habían llorado en su vida; y esto solo porque se sintieron acogidos y amados»[2].


Estamos llamados a ver a Cristo también en quienes han sido considerados deudores según la justicia humana. San Josemaría, al considerar ese mandato del Señor de encontrarlo en los hambrientos, en los sedientos y en los encarcelados, comentaba que mientras eso no suceda «vives muy lejos de Dios con tu falsa piedad, aunque mucho reces»[3]. Alcanzar esa justicia más alta de Dios, que ansía la conversión de todos porque ama a todos, tiene su inicio en nuestra propia conversión. Es en nuestro interior en donde, empujados por la gracia, podemos dar inicio a esa gran reconciliación.


ESTE DESEAR, con nuestro Padre Dios, la conversión de quien yerra, no se opone al deseo de que se haga justicia. Queremos que desaparezca el mal, y que se anulen sus consecuencias, para que sea restablecida la justicia, pero sin destruir a la persona que lo ha cometido. Seguimos la lógica de Dios, que no quiere «la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11). Movidos por este ejemplo, «hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien»[4].


No es contrario a la misericordia el castigo del mal cometido, que favorece la conversión del que se equivoca. Lo que se opone propiamente a la misericordia es la envidia, esa tristeza por el bien ajeno que revela la mezquindad del corazón[5]. Dios quiere que nos alegremos por la conversión del pecador, como se alegra el pastor que encuentra la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7), o el padre por el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31). ¡Qué maravilla compartir la alegría de Dios por cada pequeño gesto de conversión nuestro o de quienes nos rodean! «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse» (Lc 15, 31).


«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice Jesús hoy en el evangelio. María, que es Espejo de justicia y Madre de misericordia, nos ayudará a tener siempre un corazón grande, capaz de compadecer y de curar, para que se asemeje cada vez más a la perfección del corazón de Dios.

15 de junio de 2026

VERDADERA Y FALSA PRUDENCIS




EVANGELIO  M t 5,38-42


»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.


PARA TU RATO DE ORACION 


POR AQUEL TIEMPO, Ajab, rey de Israel, había salido victorioso de una campaña militar difícil, frente al rey de Siria. Dios, después de guiarlo a través de un profeta, le dio la victoria. Pero una vez obtenida, Ajab decidió actuar por su cuenta, sin contar con Dios. Después de ser recriminado por esta conducta, «el rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado» (1 Re 20,43). No entiende que su desazón se debe a su vivir lejos de Dios, e intenta remediar su tristeza satisfaciendo sus antojos. Después de este episodio, la Sagrada Escritura nos cuenta también que «Nabot tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21, 1-2). Nabot se negó a entregar la heredad de sus padres, como exigía la Ley de Moisés, y, otra vez, «Ajab volvió a su casa triste y enfadado. Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento» (1 Re 21,4). Nuevamente, Ajab no entiende. Le parece incomprensible la conducta de Nabot, hombre recto, que se rige por unas convicciones más profundas, que no están a merced del vaivén de la utilidad o del placer superficiales.


«Nabot era feliz –dice san Ambrosio– porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio»[1]. Nabot aparece como un hombre libre, entero; mientras Ajab, con todo su poder, nos pone delante de los ojos la imagen, que a veces puede ser la nuestra, del hombre que se deja llevar por las circunstancias, sin otro norte que el estado de ánimo o el capricho del momento. «La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por una convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa»[2]. Si era preciosa la viña de Nabot, más lo era su alma. Había cultivado bien su libertad, procurando unirse a Dios con todo su corazón y produciendo como frutos sabrosos las virtudes que hacen feliz al hombre.


¡QUÉ DISTINTAS aparecen las virtudes del hombre justo, especialmente la prudencia, cuando las comparamos con la determinación y la astucia de Jezabel, mujer de Ajab! También ella se avergüenza de la falta de carácter de su marido, así que despliega sus talentos para hacerle alcanzar la viña de Nabot. «Escribió las cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced sentar contra él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: ‘Has maldecido a Dios y al rey’. Entonces sacadlo, apedreadlo y que muera”» (1 Re 21, 8-10). Cuando hubieron cumplido sus órdenes, Jezabel «dijo a Ajab: “Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto”» (1 Re 21, 15).


Llama la atención el carácter de esta mujer que mandó eliminar a los profetas de Israel, hizo temer y puso en fuga al mismo Elías, arrastró a su marido y a todo el pueblo al culto de Baal. Jezabel se mueve con precisión y sangre fría entre los entresijos de la ley, teje una limpia estratagema que le permite perpetrar aquel crimen sin manchar sus manos ni las de su marido. Pero esta injusticia nos enseña que ni su astucia es prudencia, ni su determinación es fortaleza, ni su autodominio es templanza. Cerrada a la verdad de Dios, Jezabel se desentiende de la justicia, y pone sus cualidades al servicio de sus propios caprichos, causando la infelicidad propia y la de quienes la rodean.


Esta prudencia que se desentiende de Dios suele ser conocida como la «prudencia de la carne». Al contrario, «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios. La templanza del prudente no es insensibilidad ni misantropía; su justicia no es dureza; su paciencia no es servilismo»[3].


ANTE UNA conducta como la de Ajab y Jezabel con Nabot, podemos experimentar indignación y desear que se haga justicia. Por eso, nos pueden sorprender las palabras de Jesús en el Evangelio: «No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado» (Mt 5, 39-40.42).


No es necesario suavizar las palabras del Señor. En efecto, Jesús nos anima a vivir con una libertad inmensa, propia de quien tiene en Dios su tesoro, y con él, posee todo. Una persona así está dispuesta a ceder cualquier cosa por el bien de los demás. Y esto no es incompatible con la justicia, esa virtud que se caracteriza, precisamente, por procurar el bien del otro. Nada más lejos de la justicia que esa caricatura que la pinta como una virtud egoísta, preocupada solo por proteger y reivindicar lo propio. La primera palabra de la justicia no es mío, sino tuyo. Santo Tomás de Aquino asegura que es la virtud que nos abre al prójimo y nos hace descubrir en él a una persona, empujándonos a procurar su bien activamente[4].


Nabot era justo porque amaba la ley de Dios, fuente de la más elevada justicia, y la heredad de sus padres, que debía conservar para sus hijos; y las defendió del capricho ilegítimo de un rey. Al final, aunque no parezca a primera vista, salió ganando, «porque es mejor padecer por hacer el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3,13-17). Así exhortaba repetidas veces el apóstol Pedro a los primeros cristianos, poniéndoles siempre como modelo a Jesús, que dio su vida por nosotros. En la muerte de Cristo cobran su pleno sentido la muerte de Nabot y toda injusticia. Santa María, que se formó en la mejor tradición del pueblo de Israel, nos ayudará a tener un corazón sabio, que encuentre en la adhesión a Dios su delicia, y se desborde con los demás en obras de justicia llenas de caridad

14 de junio de 2026

SALVAR TODOS LOS HOMBRES


 Evangelio (Mt 9, 36 - 10,8)


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:


—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.



PARA TU RATO DE ORACION 



CUANDO los israelitas acamparon frente al Sinaí, Moisés comenzó a subir el monte para hablar con Dios. El Señor, que había sido testigo de las dudas y de las dificultades que atravesó Israel tras huir de Egipto, le confirmó la alianza que había establecido con su gente: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Y como muestra de la predilección que sentía por ellos, recordó lo que habían vivido recientemente: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19, 2-6a).


Echando una mirada atrás en nuestra vida, podemos recordar algunos momentos en los que hemos notado especialmente la presencia de Dios; circunstancias en las que su cercanía se nos ha hecho más patente y que quizá nos han llenado de una felicidad inigualable. Esos recuerdos tal vez contrastan con situaciones recientes o actuales. Como el pueblo de Israel, también atravesamos temporadas de desiertos: acontecimientos que nos han cansado o contrariedades que nos han robado la esperanza.


Dios, que conoce esas dificultades, nos invita a dirigir nuestra mirada a su acción salvadora, para confiar en los muchos milagros que ya ha hecho en favor de nosotros, así como en las veces que nos ha liberado, como a Israel, de la esclavitud. «Nos pide que revivamos ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida»[1] . Como el pueblo elegido, necesitamos alimentar nuestra esperanza con la memoria y el recuerdo de la acción de Jesús en nuestra alma. «Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante»[2].


JESÚS vino a la tierra para salvar a todos los hombres. Por eso, no puede evitar compadecerse cuando ve que la gente se encuentra extenuada o abandonada, pues no tiene a nadie a quien acudir. Al Señor le gustaría llegar a cada una de las personas que lo buscan. Con este fin, quiere contar con la mediación de otros pastores que, como él, tengan el deseo de cuidar de las ovejas que se hallan dispersas por todo el mundo. De ahí que se dirija a sus discípulos y les diga: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).


El Señor cuenta con cada uno de nosotros para saciar la sed de Dios de las almas, para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Y es esta una misión que requiere una mirada de compasión, como la que tuvo Jesús: una mirada que no excluye a nadie y que lleva a entregarse con valentía y sin reservas. Cada día podemos transmitir el Evangelio a los demás, principalmente a través de nuestra vida auténtica llena de alegría, de interés, de caridad que acoge la realidad del prójimo. «Desgarra el corazón aquel clamor –¡siempre actual!– del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. –Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?»[3].


CUANDO Cristo envió a los apóstoles para proclamar la llegada del reino de los cielos y realizar curaciones, les dijo: «No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-6). Ciertamente, esto no significaba que solo los judíos pudiesen acoger la Buena Nueva. Más adelante Jesús predicará en Samaría y los gentiles recibirán la fe. Pero el Señor quiso que, en primer lugar, el anuncio de salvación llegara a su pueblo en virtud de la alianza que estableció con él. De este modo, el Israel renovado sería el germen del nuevo pueblo de Dios.


Cristo también nos llama a anunciar el Evangelio en primer lugar a las personas que nos están más cerca: nuestra familia, nuestros amigos y compañeros de trabajo... Dios ha querido que nos santifiquemos y nos salvemos «no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»[4]. Por eso vivimos según el Evangelio cuando procuramos que las personas que nos acompañan en nuestra vida puedan conocer la alegría del mensaje cristiano. «Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana»[5].


Las madres ocupan un lugar especial en toda familia. Ellas no dudan en hacer lo que sea necesario por el bien de sus hijos. La Iglesia es un pueblo que también cuenta con una madre: María. Ella nos ayudará a vivir sin cálculos nuestra misión de apóstoles, sabiendo testimoniar con nuestra propia vida la alegría del Evangelio.

13 de junio de 2026

INMACULADO CORAZÓN DE MARIA

 



Evangelio (Lc 2, 41-51)

Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:

—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.

Y él les dijo:

—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.


PARA TU RATO DE ORACION 


REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación» (Is 61,10). La Iglesia proyecta estas palabras de la Escritura sobre la figura de María. Después de haber considerado la anchura y profundidad del corazón de Jesús, dirigimos la mirada hacia el corazón de su Madre. Con el objetivo de preparar «una digna morada del Espíritu Santo»[1], el Señor colmó el corazón de santa María con gracias innumerables y lo revistió de pureza.


San Efrén comenta que «María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno, para conducir a los hombres a una dignidad mayor»[2]. Al dejarse inundar por la gracia, María, en cierto modo, se convierte en cielo, en luz y gloria de Dios. Por eso nuestra Madre es alegre y serena, pues el amor divino lo abraza todo. Santa María contiene una grandeza que la hace estallar de gozo: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador (…); desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,46-48).


Nos podemos unir a ese coro de generaciones que se alegran al ver lo que la gracia ha obrado en el corazón de María. Al mismo tiempo, puede surgir en nosotros el deseo de compartir esa felicidad de nuestra Madre. Nos gustaría cantar también nuestro Magníficat al recordar cómo Dios ha obrado en nuestra vida, porque Dios quiere entrar también en nuestro corazón con su gloria. Nos podemos unir a la oración que la Iglesia, en la Oración colecta, dirige al Padre: «Haz que nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria»[3].


«BIENAVENTURADOS los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8), dirá el hijo de María durante su predicación. La Virgen recibió el don de ver a Dios hecho hombre desde su más tierna infancia. Su mirada limpia era capaz de comprender la mirada de Jesús, incluso para adivinar muchos de sus sentimientos e intenciones. En Caná, por ejemplo, detrás de una respuesta negativa, María sabe percibir la disponibilidad de su hijo para adelantar su manifestación como Mesías; también en la cruz, descubre en la mirada de su Hijo la dulce petición de que no se apartara en aquellos momentos.


La mirada sencilla de santa María le lleva a descubrir la mano de Dios detrás de todos los grandes o pequeños acontecimientos de su existencia; esa era la fuente de su alegría constante. La pureza de corazón nos permite tener una mirada transparente, capaz de penetrar la realidad íntima de las cosas, porque entiende que todo tiene su origen y su fin en Dios. En cambio, cuando falta inocencia en la mirada, cuando no nos abrimos a ese don de Dios, nos podemos quedar atrapados en las apariencias y en lo superficial.


Un corazón puro comprende a las personas, procura no clasificar ni poner etiquetas, tiene facilidad para amarlas con sinceridad. La pureza no aleja a las personas; todo lo contrario: mira a todos como hijas e hijos de Dios que merecen un trato acorde a aquella tan grande dignidad. Nos lleva a amar mucho más y mejor a quienes tenemos a nuestro lado. Un amor como el de la Madre de Jesús descubre maneras de demostrar cariño incluso en las situaciones más precarias: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura»[4].


«PERO, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe»[5]. En el episodio de Jesús niño perdido en el Templo hallamos uno de esos momentos de claroscuro. A la angustia por no saber dónde se encontraba se le unió después el desconcierto ante las palabras de su hijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).


No podemos pretender abarcar todos los designios del corazón de Jesús. En la vida de quienes le seguimos, incluso en la de su propia Madre, hay momentos en los que Dios nos sorprende, como si quisiera recordarnos que siempre tiene algo que es más amplio que nuestros planes. Es consolador pensar que santa María también pasó por ese tipo de experiencias. La Sagrada Escritura no tiene reparos en decir que María y José no entendieron la respuesta de Jesús. Sin embargo, añade: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).


Saber que la mano de Dios está detrás de todo, no implica que comprendamos inmediatamente y en toda su extensión cada uno de sus planes. En la vida de oración también hay momentos de oscuridad en los que el Señor nos pide confianza, aquella fe madura que ilumina los momentos de la prueba. María sabía que el Espíritu Santo habitaba en su corazón: ese era el lugar indicado para amar, junto a Dios y a veces con dolor, también aquellas circunstancias que con el tiempo iría comprendiendo mejor. Y nosotros, a ejemplo y con ayuda de nuestra Madre, podemos hacer lo mismo.



12 de junio de 2026

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Evangelio (Mt 11, 25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

—Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

»Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LOS PROYECTOS de su corazón subsisten de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre»[1]. La Iglesia nos propone estas palabras del salmista para adentrarnos en el misterio del Sagrado Corazón de Jesús y su amor por nosotros. Nos recuerdan que el corazón de Dios alberga proyectos que abrazan la historia personal de cada ser humano; que son proyectos de libertad y de vida. «No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[2].


Podemos contemplar a Jesús en la cruz, que se dejó traspasar el corazón para ofrecernos una prueba más de que nos quiere incondicionalmente. San Ambrosio señala que «del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz»[3]. Podemos decir, en cierto modo, que nuestro origen está en el corazón llagado de Jesús. Nuestra vida de cristianos surge de ese costado, que es como una fuente a la que podemos volver una y otra vez, para retomar fuerzas en nuestro camino.


«Jesús en la cruz, con el corazón traspasado de amor por los hombres, es una respuesta elocuente –sobran las palabras– a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos»[4]. Al celebrar el Sagrado Corazón del Señor nos damos cuenta de que, por encima de los sufrimientos y de las derrotas, hay alguien para quien somos insustituibles. Por eso en la oración, ese diálogo de corazón a corazón con Cristo, es donde podemos siempre recuperar la alegría y la confianza.


ALGUNA VEZ nuestra paz se puede ver amenazada al descubrir la presencia del pecado en nuestra vida; quizás sucede en aquellos momentos en los que caemos en la tentación y nos enredamos con nuestros propios vicios. En realidad odiamos el pecado que nos aleja de Dios, que nos hace daño a nosotros mismos y a los demás, pero parece que no encontramos el camino para salir de ahí. En esos momentos, nuestra voluntad parece aletargada y tal vez tenemos la impresión de estar paralizados en la vida espiritual. Si sentimos que de algún modo nuestro corazón no reacciona, podemos recordar que el corazón de Jesús es manso y humilde, descanso para los que se refugian en él: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28) Cristo es, además, el buen pastor que nos busca continuamente, que se abre paso para encontrarnos y cargarnos otra vez sobre sus hombros. Saber que su corazón no duerme, incluso cuando parece que el nuestro está muy lejos, nos llena de confianza para volver a comenzar nuestras luchas diarias.


«El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. (…) Está inclinado hacia nosotros, polarizado especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie»[5]. Nuestros pecados ya no son un motivo para desalentarnos en nuestro anhelo de estar con Dios. El Señor permite que experimentemos la debilidad y esto nos abre a la posibilidad de ser humildes; él cuenta con nuestro esfuerzo para que, impulsados por su gracia, nos levantemos. En ocasiones, «la historia de la salvación se cumple creyendo “contra toda esperanza” (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa solo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad»[6].


EN LA CRUZ, Jesús deja que la lanza traspase su costado «para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo»[7]. Contemplar de esta manera a Cristo nos ayudará a despertar nuestro ánimo y a realizar el camino de vuelta hacia la amistad con Dios. «Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado –aconseja san Josemaría–. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia»[8]. Si queremos salir de la trampa del desánimo, el mejor remedio es pensar menos en nuestras limitaciones, y mirar con calma ese corazón que se ha dejado traspasar por los pecados de todos.


«Sigues teniendo despistes y faltas –decía también el fundador del Opus Dei–, ¡y te duelen! A la vez, caminas con una alegría que parece que te va a hacer estallar. Por eso, porque te duelen –dolor de amor–, tus fracasos ya no te quitan la paz»[9]. Dios no quiere que nuestros pecados nos llenen de tristeza ni que sean un peso que arrastramos con fatiga. Por eso nos ha dejado la confesión, para que podamos recuperar la alegría cuantas veces lo necesitemos. La contrición, el dolor por nuestras propias faltas, es propio de un corazón enamorado; no es un sentimiento que esconde cierto desánimo por no haber estado a la altura de lo que los demás –o nosotros mismos– esperaban: es un dolor fruto del amor a un Dios que hace todo lo necesario por nosotros.


En el corazón de Cristo siempre tendremos un lugar para volver. Basta hacerse pequeño y entrar ahí a través de la humildad. Y si alguna vez nos cuesta emprender el camino de vuelta, contamos con la ayuda de María: ella nos muestra, con su mirada materna, cuál es la ruta para entrar en el costado abierto de su hijo.