"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

11 de julio de 2026

LLAMAR LAS COSAS POR SU NOMBRE

 


Evangelio (Mt 10, 24-33)


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus criados! «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde la azotea.


«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un céntimo? Pues bien, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.


En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


DURANTE su paso por la tierra, Jesús conoció a mucha gente sencilla que le decía con sinceridad lo que llevaba en su corazón. Sin embargo, también se encontró con otros que no manifestaban el mismo amor por la verdad; quizá realizaban obras buenas, pero sus intenciones no siempre eran las más rectas. Por eso, en una ocasión el Señor exclamó: «Nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse» (Mt 10,26).


Cristo sabe perfectamente cómo somos. Para él no hay un maquillaje que disimule nuestros defectos o ensalce nuestras virtudes: él quiere que nuestro trato con él esté marcado por la sinceridad. Así es como el salmista, modelo de oración para nosotros los cristianos, se dirige a Dios: «Tú me examinas y me conoces. Tú sabes cuándo me siento y me levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, tú lo adviertes; todas mis sendas te son familiares» (Sal 139,1-4).


Todas nuestras luchas y nuestros esfuerzos le resultan familiares al Señor. Incluso en nuestros tropiezos podemos conservar la paz, porque el Señor conoce las intenciones más profundas de nuestro corazón. Por eso, san Josemaría procuraba ponernos en guardia frente a la posibilidad de tener miedo de mirarnos tal como somos delante de Dios: «¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!»[1]. Nada nos da más paz que esta cercanía de Dios, a quien no se le escapa ni nuestra más pequeña intención de amor.


La SINCERIDAD en el trato con Dios nos lleva a conocernos en profundidad, a saber cómo es nuestra personalidad y nuestro modo de ser, con sus posibilidades para servir a los demás y sus limitaciones. «Has entendido en qué consiste la sinceridad –apuntaba san Josemaría– cuando me escribes: “estoy tratando de acostumbrarme a llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, a no buscar apelativos para lo que no existe”»[2].


Escribe el apóstol san Juan que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). En efecto, es difícil encontrar a alguien que afirme no tener defectos y que asegure que no se equivoca nunca. «Pero aquí hay una cosa que nos puede engañar: diciendo “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, como algo habitual o social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado»[3]. Cuando se nos mete esta velada rutina, puede resultar más complicado admitir las faltas puntuales y mostrarnos necesitados. Pero san Juan añade que precisamente en ese reconocimiento sincero encontramos el perdón y la ayuda de Dios para purificarnos (cfr. 1 Jn 1,9).


La sinceridad lleva a la concreción. El pecado no es algo abstracto, sino una realidad que tiene manifestaciones específicas en el día a día. En nuestro diálogo con Dios podemos dar nombre a las actitudes que nos alejan de él y de los demás, y en muchas ocasiones esto se podrá traducir en propósitos que alimentarán nuestra lucha por la santidad. Podemos pedir al Señor la sabiduría de lo concreto, para que sepamos ser sinceros con nosotros mismos y así amar cada día mejor a Dios y a quienes nos rodean.


A LA HORA de conocernos a nosotros mismos, podemos encontrar cierta dificultad por la falta de perspectiva. La sabiduría popular expresa esta realidad con un refrán: «El médico mal se cura a sí mismo». Por el pecado, o simplemente por falta de distancia suficiente, a veces los juicios sobre nosotros mismos no son del todo certeros: nos falta el espacio para valorar con calma y serenidad cómo recorrer determinadas etapas de la vida. Por eso, Dios pone a nuestro lado personas que pueden iluminar ciertas partes del camino. Cuando hablamos de nuestra vida con alguien que se ha ganado nuestra confianza, se establece «una de las formas de comunicación más hermosas e íntimas. (...) Esto permite descubrir cosas desconocidas hasta ese momento, pequeñas y sencillas, pero, como dice el Evangelio, es precisamente de las cosas pequeñas que nacen las cosas grandes»[4].


En la dirección espiritual encontramos el acompañamiento de una persona que, a veces con su sola presencia, y otras con la sabiduría de su experiencia, nos puede ayudar a conocer mejor a Dios y a nosotros mismos. San Josemaría daba un pequeño consejo para esas conversaciones: «Al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. ¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[5].


La ayuda de la dirección espiritual no siempre se traducirá en sugerencias concretas para abordar un problema. En ocasiones encontraremos luz con el mero hecho de ser sinceros, de poner palabras a una preocupación y de reconocer con humildad que necesitamos ayuda. Anotaba también san Josemaría, tras la experiencia de varios años de acompañar y de ser acompañado espiritualmente: «Abriste sinceramente el corazón a tu Director, hablando en la presencia de Dios..., y fue estupendo comprobar cómo tú solo ibas encontrando respuesta adecuada a tus intentos de evasión»[6]. Podemos pedir a María que nos alcance de Dios esa sinceridad con Dios, con nosotros mismos y con los demás, que nos haga almas cada vez más sencillas

10 de julio de 2026

Conocerle, conocerte

 


Evangelio (Mt 10,16-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!


Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.


Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS CONOCÍA profundamente a los apóstoles. Había pasado con ellos largas horas hablando, caminando y rezando. Era consciente de las ilusiones y de los miedos que ocupaban sus corazones. Aunque alguno quisiera aparentar ante él un modo de ser que no correspondía con su personalidad, Jesús sabía cuáles eran las virtudes y los defectos de cada uno. Quizá por eso, cuando les envió a predicar, les animó a llevar a cabo su misión huyendo de estrategias complejas y de deseos de figurar. Para llevar a Jesús a los corazones de los demás, debían ser «sencillos como las palomas» (Mt 10,16).


Sin embargo, a veces puede suceder que nuestra misma relación con Dios sea un poco compleja. Creemos que no terminamos de descubrir lo que él quiere de nosotros, o bien nos sentimos un poco apagados cuando tratamos de hablar con él. A pesar de que intentamos pensar en los sucesos de la jornada o discernir los sentimientos que invaden nuestro corazón, parece que no logramos sintonizar con el Señor. Desearíamos entonces que la oración fuese más simple, y nuestros razonamientos más directos. Anhelamos poseer esa sencillez que es capaz de iluminar la mente y de aligerar el alma.


En todos los casos, conviene recordar que la complicación no viene de Dios. Desde que el diablo tentó a Adan y Eva, sigue tratando de hacernos tener una lectura desfigurada de la realidad: juega con nuestros miedos para angustiarnos con el futuro, o para que imaginemos intenciones rebuscadas en las palabras y en las acciones de los demás. Esta es su trampa, y nos hace más difícil percibir dónde está el bien. Pero Jesús nos ha mostrado que la vida cristiana es mucho más sencilla de lo que a veces nos imaginamos. Pensamos que es necesario hacer razonamientos complicados para descubrir su voluntad, cuando en realidad se presenta en las cosas ordinarias de la vida. «Él actúa siempre en la sencillez: en la sencillez de la casa de Nazaret, en la sencillez del trabajo cotidiano, en la sencillez de la oración»[1].


TRATAR DE entrar en la mirada de Dios a través de la oración, nos ayudará a ver el mundo, y a nosotros mismos, con ojos cada vez más sencillos. Sabernos mirados por él nos da seguridad: entendemos que Dios nos quiere en nuestra verdad, en el bien del que somos capaces aquí y ahora, y que todo lo demás tiene una importancia relativa. Al margen de esa mirada, en cambio, sentimos la necesidad de esconder nuestra fragilidad o de aparentar algo que no somos. Quien se refugia en esa mirada de amor, quien encuentra en Dios su fundamento, goza de la serenidad de los sencillos, porque no depende de las muchas circunstancias que, a fin de cuentas, escapan a su control, o que ya no podemos cambiar. «Somos de la verdad –dice san Juan– y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón» (1 Jn 3,19).


San Josemaría resumía en dos palabras los motivos que tiene un cristiano para hacer oración: «conocerle y conocerte»[2]. En efecto, nuestros ratos de conversación con Dios son el momento adecuado para ganar esa visión serena de los problemas y de nosotros mismos, para que el ovillo de nuestros pensamientos se pueda deshacer con la gracia divina. En este camino, también nos ayudarán las orientaciones que podamos recibir en el acompañamiento espiritual o en los medios de formación. Confiar en alguien que nos conoce puede servirnos para descomplicar la realidad y para restar importancia a esa voz interior que muchas veces se empeña en retorcer nuestros pensamientos.


San Josemaría señalaba que un rasgo de la formación cristiana que se ofrece en el Opus Dei es precisamente la sencillez: «Nuestra ascética tiene la sencillez del evangelio. La complicaríamos si fuéramos complicados, si dejáramos el corazón oscuro»[3]. Toda la ayuda externa que recibimos nos lleva, generalmente, a aceptarnos tal como nos ha hecho Dios. Así comprendemos el bien concreto que podemos hacer hoy y ahora, sin pensar que necesitamos una realidad diferente para ser santos.


LA DIFICULTAD para ser sencillo y abandonarse en las manos de Dios puede tener varias causas relacionadas con nuestro modo de ser: el perfeccionismo, que lleva a la frustración por no lograr los objetivos propuestos y a la parálisis por el miedo a equivocarse; el sentimentalismo, que se guía principalmente por la primera y superficial resonancia que algo genera en nuestro interior; el voluntarismo, que reflexiona poco y encuentra satisfacción en un simple cumplimiento… Además, el ritmo de trabajo no siempre facilita la situación: al poder hacer más cosas cada día, las decisiones que tenemos que tomar aumentan; las prioridades no siempre se presentan con una claridad neta; la competitividad social a veces introduce ambiciones que acaban pesando en el alma… Desearíamos vivir una vida sencilla, pero parece que la realidad es demasiado complicada para permitírnoslo.


Ante este panorama, san Josemaría nos invita a ocuparnos del presente, que es el tiempo oportuno de nuestra santidad. Al fin y al cabo, el ahora es el único tiempo en el que podemos recibir la gracia de Dios: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[4]. En efecto, el pasado o el futuro pueden acabar convirtiéndose en pesos que nos impiden discernir claramente la voluntad del Señor. Él mismo nos dice: «No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,33).


Concentrarnos en una tarea, sin detenernos excesivamente a valorar qué pensarán los demás o qué efectos tendrá en nuestra vida, nos ayudará a enfocar la voluntad y a sacar mayor partido de los propios talentos. Sin duda, es también necesario sopesar los acontecimientos vividos y planificar el futuro, pero eso no debe impedir que, de la mano de Dios, nos concentremos en amar aquí y ahora, porque el amor solo lo podemos dar y recibir en este instante. La Virgen María, que se abandonó con sencillez a los planes de Dios, nos podrá ayudar a vivir cada momento como el instante preciso para amar a Dios y a los demás.




9 de julio de 2026

LA LOGICA DE LA AMISTAD

 



Evangelio (Mt 10,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.


Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo



PARA TU RATO DE ORACION 


UNA de las características que marcó la vida de los apóstoles fue experimentar la entrega generosa de Jesús a cada persona, sin exigir nada a cambio. «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8), les había dicho. Se sentían afortunados por haber compartido tanto tiempo con Jesús y por haber acogido la llamada a difundir su Evangelio por todo el mundo. No era algo merecido, ni algo que se hubiesen ganado a base de esfuerzo: fue, sencillamente, un don gratuito que Dios les había regalado.


También la vida de los primeros cristianos estuvo caracterizada por esa gratuidad. Tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) que les llevaba a estar pendientes los unos de los otros. No dudaban en poner a disposición sus propias posesiones para velar por las necesidades de la Iglesia y de los más pobres. Todos deseaban colaborar con quien lo necesitase, porque ahora todos eran apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose al servicio de quienes organizaban esa primera evangelización, como los compañeros de viaje de san Pablo.


Esta misma imagen se dibuja también en la Iglesia de hoy. Laicos, sacerdotes y religiosos que viven para recordarnos, con su testimonio o con los sacramentos, que Dios vive entre los hombres. Enfermos y ancianos que, en nombre de todos, unen sus molestias y limitaciones al sufrimiento del Señor. Hombres y mujeres que, con su generosidad, contribuyen a cuidar de los más necesitados. Padres y madres de familia que hacen de su hogar una escuela de amor, como el de la Sagrada Familia, para mejorar a toda la sociedad. Cada uno, desde su sitio, trata de encarnar la misión para la que Dios le ha llamado, y desea comunicar gratuitamente el don que ha recibido sin merecerlo.


LA LÓGICA DE la gratuidad que vivió Cristo se encuentra presente en cualquier relación de amistad. Difícilmente podría ser considerada amiga una persona que lleva cuenta de todo lo que ha hecho por alguien, para poder exigir a cambio una contraprestación. Forjar una buena amistad conlleva «mucho tiempo de hablar, de estar juntos, de conocerse»[1], sin preocuparse demasiado por lo que uno da o recibe. Por eso es todo lo contrario al egoísmo, busca siempre en primer lugar el bien del otro, es sensible a sus necesidades. «Un propósito firme en la amistad –apuntaba san Josemaría–: que en mi pensamiento, en mi palabra, en mis obras respecto a mi prójimo –sea quien sea–, no me conduzca como hasta ahora: es decir, que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia»[2].


Es propio de la amistad dar al otro lo mejor que tenemos, eso es lo que a un buen amigo o a una buena amiga le ilusiona naturalmente. Alguien que ha experimentado el contacto auténtico con Cristo sabe que el don más precioso que tiene es precisamente ese, el de haber conocido a Jesús. Por eso, el apostolado no es algo forzado, sino natural, manifestación del afecto que tenemos hacia la otra persona, siendo conscientes de su situación concreta. Por eso «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[3]. Podemos preguntarnos: ¿cómo cuido a mis amigos? ¿Son mis amistades verdaderos espacios en los que doy y recibo el amor de Cristo a través de los demás? ¿Es mi experiencia de Dios lo más valioso que puedo compartir con las personas que más quiero?


LOS APÓSTOLES no se conformaron con anunciar el Evangelio a los más cercanos. Habían recibido de Jesús el mandato de difundirlo por todo el mundo, pero podemos suponer que incluso antes ya sentían esta necesidad. Un mensaje tan crucial para la propia vida, un evento que cambiaba el sentido de la existencia, no podía limitarse a los territorios próximos a Israel.


San Pablo, durante sus viajes, experimentaba cómo su corazón se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la sinagoga. Pero no era suficiente, y en cuanto pudo fue también al ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19).


También alrededor de nosotros encontramos a muchas personas que tienen sed de un Dios a quien no conocen. Todos, de una manera más o menos velada, buscamos a Dios, llevamos dentro esa nostalgia de nuestro Padre del cielo. Con el testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio podemos manifestar a Cristo a través del ejercicio de nuestras propias tareas[4]. En este sentido, san Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[5]: en la fábrica, en el laboratorio, en el taller, en la propia casa, en las pequeñas y grandes ciudades… En todos esos lugares podemos mostrar el rostro del Señor mediante la amistad sincera. La Virgen María nos ayudará a tener el mismo deseo de los apóstoles por hacer llegar el Evangelio a todas las personas que nos rodean.

8 de julio de 2026

ES SEGURO

 



Evangelio (Mt 10, 1-7)


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los Doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.


A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:


—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE los doce apóstoles elegidos por Jesús encontramos personas con todo tipo de historias. Cada uno tenía su pasado, su entorno particular y su propia manera de ser. Algunos eran más impulsivos o entusiastas; otros, en cambio, eran más introvertidos o reflexivos. Unos provenían de entornos que interpretaban la Ley de un modo más estricto, mientras otros quizá no la conocían con mucha profundidad antes de encontrarse con Jesús. En cualquier caso, todos recibieron la misma misión: anunciar la llegada del Reino de Dios. Y para ello, el Señor les dio potestad para expulsar demonios y curar enfermedades (cfr. Mt 10,1-7) y les fue formando progresivamente.


La mayoría de los apóstoles no tenían una especial preparación intelectual para llevar a cabo esta misión. Por lo general, los evangelios nos muestran que eran hombres sencillos. A veces no entendían los ejemplos y las parábolas más simples que ponía el Señor; otras veces se enzarzaban en discusiones superficiales. No obstante, tenían clara una cosa: habían sido elegidos por Cristo. Ser apóstol no es cuestión de tener unas condiciones excepcionales, sino de acoger la llamada de Jesús, de abrirse a su don y contribuir a hacerlo fructificar en la propia vida.


Los Doce habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera. Por eso, sentían la necesidad de extender ese fuego a todos sus contemporáneos. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[1]. Y esto sucede porque tiene una característica natural que atrae al ser humano de cualquier época: la santidad se expande por atracción. Conscientes de la belleza del don recibido, podemos exclamar con el salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9).


SAN JOSEMARÍA, a la hora de considerar la misión de un apóstol, solía destacar la importancia de no perder de vista el sentido final por el que trabaja: «No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[2]. Esa seguridad de que se trabaja por algo mucho más grande de lo que podemos percibir a simple vista ilumina las posibles dificultades que podemos encontrar. Dios no va a mandar nunca algo que no redunde en nuestro bien; algo que, aunque pueda estar compuesto por luces y sombras a lo largo del camino, no redunde al final en nuestra felicidad.


Cualquier proyecto humano grande está compuesto de pequeñas tareas que, en muchas ocasiones, conllevan sacrificios. Ante una dificultad, podemos tener la impresión de que el esfuerzo no vale la pena y, entonces, perdemos la ilusión. Si levantamos la mirada, nos daremos cuenta de que nuestra misión es mucho más grande y esperanzadora que aquel trabajo concreto que nos cuesta. Porque ser apóstol no es cuestión de realizar con mayor o menor perfección un encargo concreto, sino una realidad que constituye nuestra más profunda identidad. Habrá momentos de oscuridad, pero la estrella que marca el norte seguirá brillando siempre: la vida del apóstol tiene en todo momento un porqué, una luz que le orienta. Allá donde se encuentre, no solo realizará «cosas buenas», sino que, con su propio testimonio, estará difundiendo el Evangelio de Cristo.


DURANTE sus años junto a Jesús, los apóstoles se habían ilusionado al ver los milagros que realizaban y las conversiones que habían propiciado. Sin embargo, el entusiasmo inicial daría paso más tarde a la duda, cuando vieron que el Señor iba a ser condenado a muerte. Incluso después, cuando ya sabían que Cristo había resucitado, seguían sin salir de casa por miedo a los judíos. No sería hasta la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés cuando recibieron un nuevo don que daría fuerza a su misión.


El impulso del Paráclito fue lo que les llevó a superar sus miedos para lanzarse a servir a los demás. Esa primera evangelización no consistió en una estrategia humana infalible, sino en «la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[3]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu»; de ahí que «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[4].


También nosotros, en nuestra misión apostólica, quizás podemos notar cómo el entusiasmo sensible inicial va desapareciendo poco a poco. Esto no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido. Atravesaremos momentos en los que tenemos el deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a los demás, y también experimentaremos otros en los que estamos un poco más fríos. En cualquier caso, si estamos dispuestos a que el Espíritu Santo nos transforme, poco a poco nos dará un corazón como el de Cristo, y la misión apostólica se convertirá en el centro de nuestra existencia. Podemos pedir a María que, como ella, sepamos escuchar las inspiraciones que el Paráclito nos dirige cada día.

7 de julio de 2026

REZAR UNIDOS

 



Evangelio (Mt 9, 32-38)


Nada más irse, le trajeron un endemoniado mudo. Después de expulsar al demonio habló el mudo. Y la multitud se quedó admirada diciendo:


—Jamás se ha visto cosa igual en Israel.

6

Pero los fariseos decían:


—Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.


Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como un rebaño que no tiene pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA MUCHEDUMBRE es una protagonista más en la vida de Jesús. En varias ocasiones leemos que esas multitudes le escuchan junto a la orilla del lago de Tiberíades o en la ladera de un monte próximo, le presentan enfermos, se benefician de sus milagros o lo aclaman cuando se acerca a Jerusalén. En esas concentraciones, que a veces reúnen a miles de personas, el Señor ve a cada alma de un modo único. El gentío no impide que siga compartiendo su amor a cada hombre y a cada mujer. Los evangelistas hacen notar incluso cómo se compadecía al dirigir su mirada a todas aquellas personas «maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).


«El amor de Cristo nos urge –escribió san Pablo–, persuadidos de que si uno murió por todos, en consecuencia todos murieron» (2 Cor 5,14). Saber que Jesús ha ofrecido la salvación a cada uno de los hombres nos impulsa a adentrarnos en medio de la muchedumbre para anunciar esta buena nueva. «Nos urge la caridad de Cristo –comentaba, por su parte, san Josemaría– para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas (…). De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con él a todas las almas»[1], con el firme convencimiento de que el mejor apostolado es nuestro propio testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio.


Diariamente nos cruzamos con un gran número de gente, además de los más cercanos de nuestra familia, ya sea por la calle, en el transporte público o en nuestro propio trabajo. También a través de internet y de otros medios de comunicación nos llegan noticias de otras personas. Todas ellas forman parte de nuestro mismo hogar: somos hijos de un mismo Padre, habitantes de un mismo mundo, igualmente llamados a alcanzar la verdadera Patria. Cada encuentro es ocasión para dirigirles esa misma mirada de Jesús, rezar por ellas, compadecernos de sus necesidades y ofrecer nuestra alegría y nuestra paz.


SAN JOSEMARÍA destacó en una ocasión cómo el Señor tiene puestos los ojos y el corazón en la gente, en todos los hombres, sin excluir a nadie. Y añadía: «No se nos escapa la lección de que no podemos ser intransigentes con las personas. Con la doctrina, sí. Con las personas nunca, ¡nunca! Actuando de este modo necesariamente seremos –esa es nuestra vocación– sal y luz, pero entre la muchedumbre. De cuando en cuando nos retiraremos a la barca o nos apartaremos a un monte, con Jesús; pero lo ordinario será vivir y trabajar entre la gente, como uno más»[2].


El hecho de que muchas oraciones que rezamos estén compuestas en primera persona del plural –nosotros– está relacionado con ese vínculo que nos une a todos los hombres. Es significativo que las dos primeras palabras de la oración que nos enseñó Jesús, cuando los apóstoles le preguntaron cómo podían rezar, sean «Padre» y «nuestro». Nos dirigimos a Dios, que es Padre de todos los hombres, y lo hacemos junto al propio Jesús, que es Hijo y hombre como nosotros, unidos a todos los hombres y mujeres de la humanidad. Y lo que le pedimos en esa oración no es solo una súplica aislada, sino algo que también presentamos en nombre de nuestros hermanos: danos hoy nuestro pan, perdona nuestras ofensas, no nos dejes caer, líbranos del mal…


Ser conscientes de esa dimensión del «nosotros» en tantas oraciones puede ser un modo de reforzar los lazos que nos unen a los demás, de sumar a todos a nuestra plegaria. De este modo, desarrollaremos un amor apasionado por el mundo, pues es el ámbito de nuestro encuentro con Dios y es nuestro camino hacia la santidad. «Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22-23), escribía san Pablo. Ante esta realidad «nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo»[3].


PODEMOS imaginar que Jesús, cuando se retiraba a un lugar apartado para rezar, hablaría con su Padre de los rostros que habrían llenado su día: los enfermos y necesitados que se habrían acercado a él, los apóstoles que le habrían manifestado sus ilusiones y sus miedos, los fariseos que le habrían dirigido preguntas sinceras o menos sinceras… De la misma manera, en nuestra oración podemos compartir con Dios los afanes e inquietudes de las personas que conocemos: familiares, amigos, compañeros de trabajo… También, incluso, de aquellos con los que quizá solo hemos coincidido fugazmente, de quienes nos han causado alguna contrariedad o tenemos noticia de que están sufriendo. Porque cuando oramos, aunque se trate de un diálogo íntimo con Dios, no nos quedamos solamente en nuestros problemas personales; no podemos dejar de lado el mundo en el que vivimos, los problemas de los demás ocupan también el propio corazón, porque ocupan el de Cristo y el de la Iglesia. Esta dimensión de la oración forma parte de nuestra alma sacerdotal.


«Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre»[4]. Por ejemplo, cuando en Naín una muchedumbre lo rodeaba, supo fijarse en el dolor de una viuda que acababa de perder a su único hijo (cfr. Lc 7,11-12). Probablemente en el hogar de Nazaret Jesús habría sido testigo de miradas llenas de compasión de María y de José. No en vano, su Madre fue la única que, en medio del ajetreo de una boda multitudinaria, se dio cuenta de que faltaba el vino. Seguramente se compadeció al imaginar el disgusto que esto causaría a los recién casados, por eso no dudó en adelantarse y acudir a su Hijo para que actuase. Podemos pedir a María esa misma mirada, ese corazón atento a los dolores de los demás, atento a detectar las necesidades de las personas que nos rodean, para presentarlas con confianza a Jesús.



6 de julio de 2026

ORACION PERSEVERANTE

 


EVANGELIO Mateo 9, 18-26


En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir".


Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su manto, me curaré". Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: "Hija, ten confianza; tu fe te ha curado". Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.


Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: "Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida". Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.


PARA TU RATO DE ORACION 


JAIRO es un hombre importante en la ciudad. La gente le tiene respeto y cariño. Hoy, sin embargo, es quizá el día más triste de su vida: acaba de ver morir a su hija. Ella padecía desde hace algún tiempo una enfermedad que, pese a todos los tratamientos aplicados, no había podido sanar. El desenlace, para muchos, era más que previsible. Mientras llega la gente a su casa para dar el último adiós a la pequeña, Jairo se da cuenta de que todavía no está todo perdido. Ha oído hablar de un hombre que realiza milagros: seguramente él puede hacer algo. Así pues, con decisión, sale en su busca. Al dar con él, se postra y, con tono suplicante, le dice: «Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18).


Hay un abismo de pena y otro de esperanza en la frase breve y contundente de aquel magistrado. La tremenda noticia inicial –«mi hija acaba de morir»– va seguida de un ruego que, en realidad, parece casi un mandato: «Ven, pon la mano sobre ella». Se trata de una súplica apremiante que nace de la fe, de la confianza en la omnipotencia de Jesús. Por eso cierra su petición con una certeza: «Y vivirá». Estos tres acordes de la oración de Jairo pueden ser también un modelo para la nuestra. Aquel hombre desafió el sentido común cuando interpeló al Señor, y lo hizo porque estaba convencido de que el milagro era posible.


«Todas las cosas tienen su tiempo –comentaba en una ocasión san Josemaría–. El Señor conoce perfectamente nuestras necesidades, pero quiere que le pidamos con aquella insistencia de los personajes del Evangelio»[1]. Jesús se debió de emocionar al oír esa súplica llena de fe de Jairo. Por eso se levantó y, junto a sus discípulos, se dirigió a la casa de aquel hombre. No sabemos bien hasta qué punto el Señor es sensible ante nuestros problemas y ante las peticiones que le presentamos; sí podemos tener la certeza de que los conoce mejor que nosotros mismos. Sin embargo, ha querido dejarnos participar de sus obras mediante nuestra oración de petición, además de que pedir a Dios aumenta nuestra fe, nos introduce poco a poco en el misterio de la voluntad divina.


MIENTRAS Jesús se dirigía a la casa de Jairo, se acercó discretamente una mujer enferma. San Mateo precisa que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. En ese tiempo, ella también ha empleado todo su dinero para encontrar una cura, sin resultado alguno. Al contemplar la escena, parece razonable pensar que haya acudido muchas veces a Dios, pidiendo una solución. En esta ocasión, intuyó que Jesús podía concederle aquello que tanto deseaba y, «acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto me curaré”» (Mt 9,20-21).


El Señor, al notar la fuerza que había salido de él, «se volvió y mirándola le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”» (Mt 9,22). Aquella mujer, al contrario de Jairo, no se había atrevido a presentar su petición. Quizá la enfermedad que sufría le provocaba vergüenza, y no se sentía con fuerzas para explicar ante todos los allí presentes el mal que padecía. En cambio, realizó un gesto que, humanamente, no parecía tener mucho sentido, pero que manifestaba una fe audaz: tocar el manto de Jesús. Y lo que todos los tratamientos de la época no habían podido resolver, lo hizo un atrevido y discreto acto de fe.


«De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a él»[2]. ¿Cuáles son mis enfermedades interiores, aquellas que, como la hemorroísa, quizá no me atrevo siquiera a pensar o a exteriorizar? ¿Creo que Dios tiene la fuerza suficiente para curarme, si es que eso es lo mejor para mí? La hija de Jairo y esta mujer son una muestra más de que el Señor no ha venido para los justos, sino para los pecadores (cfr. Lc 5,32).


CUANDO Jesús llegó a la casa de Jairo, «vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada». Dirigiéndose a todos los presentes, les dijo: «Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme». El evangelista recoge cuál fue la reacción de la muchedumbre: «Se reían de él» (Mt 9,23-24). Probablemente Jairo se habrá sentido desanimado al escuchar aquellas carcajadas. En su interior quizá en un primer momento pensaría que, efectivamente, la situación no tenía mucho sentido: su hija había muerto y no había nada que hacer. Pero rápidamente volvería a renovar su fe y a perseverar en su petición. Decidió secundar las palabras del Maestro: echó de allí a todos los invitados, hizo entrar a Jesús en la habitación de su hija y él, tomándola de la mano, obró el milagro: «La niña se levantó» (Mt 9,25).


En ocasiones, cuando hacemos una petición al Señor, podemos experimentar, como Jairo, momentos de desesperanza. Vemos que nuestra súplica no tiene frutos inmediatos y que, incluso, otras personas no se toman en serio nuestra fe. Pero Dios cuenta muchas veces con la perseverante confianza en nuestros ruegos porque sabe mejor que nosotros cuánto nos fortalece ese empeño, cómo se purifica nuestro corazón en esa esperanza. De hecho, muchas veces ese será el verdadero milagro, quizá menos vistoso pero más profundo. De ahí que una característica de la oración sea la tenacidad. «Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera»[3].


Tanto Jairo como la mujer enferma nos muestran el camino hacia el corazón del Señor: una insistente y humilde oración de petición. El hombre lo hace de forma explícita y clara; la mujer, de un modo discreto pero atrevido. Los dos conquistan a Jesús con el reconocimiento de su necesidad, su audacia y su fe. La Virgen María nos podrá ayudar a presentar así nuestras súplicas a su Hijo.

5 de julio de 2026

La debilidad, se convierte en fortaleza

 


Evangelio (Mt 11,25-30)


En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.



PARA TU RATO DE ORACION 

EN UNA OCASIÓN, Jesús dirigió estas palabras a sus discípulos mientras oraba: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Es normal que con frecuencia busquemos modos de reparar el cansancio de la vida cotidiana. En estos momentos, el Señor se presenta como garantía para recuperar las fuerzas y serenar el espíritu. Un rato de oración silenciosa con él nos puede ayudar a apreciar con una perspectiva distinta lo que hemos vivido en la jornada: a la luz de los ojos de Dios, que es un Padre misericordioso, podemos ver de una manera diferente cada uno de esos sucesos. Por eso la oración tiene algo de refugio: junto al sagrario muchas veces se reducen las tensiones, se desvanecen los enfados, reconquistamos la calma y alejamos las nubes que quizá empañan nuestra alegría.


«Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31), les dijo el Señor a los apóstoles en otro momento, y lo mismo nos dice a nosotros. Hoy, con el ritmo agitado de cada jornada llena de trabajo, con un entorno muchas veces lleno de ruido, esa desconexión quizá se plantea como un ideal bonito, pero prácticamente irrealizable. Quisiéramos sustraernos de tantos estímulos que reclaman nuestra atención para centrarnos en lo esencial, pero nos damos cuenta de que no es tan sencillo.


El Papa ha dado algunos consejos muy concretos para facilitar ese clima de recogimiento: «Aprendamos a detenernos, a apagar el teléfono móvil, a contemplar la naturaleza, a regenerarnos en el diálogo con Dios»[1]. Del mismo modo que el descanso físico ayuda al cuerpo a recuperarse, un fenómeno análogo se produce en nuestro corazón y en nuestra alma cuando reservamos un tiempo tranquilo para Dios, sin prisas. Él nos ayudará a recuperar la alegría y la serenidad –si las hubiésemos perdido– y nos dará las fuerzas para luchar en las pequeñas o grandes batallas de cada día.


SAN JOSEMARÍA, en una meditación que dirigió a unos hijos suyos en Roma, hablaba de la fuente de nuestra fortaleza. Conforme pasan los años, es normal que sintamos más el cansancio después de una jornada de trabajo, o bien nos pesa con mayor intensidad algún defecto recurrente, propio o ajeno. Además, la aparición de una enfermedad puede quitarnos las fuerzas físicas e, incluso, debilitarnos interiormente. En esos momentos, el fundador del Opus Dei animaba a buscar refugio en el trato constante con Cristo. «Descubriréis qué fácil resulta entonces la lucha –decía–, veréis cómo todo, todo, todo, hasta aquello que parecía debilidad, se convierte en fortaleza»[2].


Esta actitud nos permite vivir esas contrariedades de un modo distinto. Jesús, por lo general, no hace desaparecer los problemas por arte de magia, como si bastase acudir a él para tener una vida sin sobresaltos. Al buscar cobijo en su corazón, no necesariamente cambian los sucesos externos, pero aprendemos a tener una perspectiva divina de todo lo que nos sucede. Incluso aquello que nos contraría y que no terminamos de entender tiene un sentido que solo podemos descubrir si confiamos en Dios. «Solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»[3].


EL SEÑOR cuenta con nosotros para ayudar a descansar a las personas que nos rodean. Más aún, será él mismo quien ofrezca consuelo y aliento a través de nuestra humanidad, unida a la suya. Probablemente también nosotros hayamos encontrado ese descanso en la presencia de un amigo que, como Jesús, ha sabido escucharnos y nos ha reconfortado con sus palabras y con sus gestos. Es una manifestación de ese deseo de ser ipse Christus –el mismo Cristo– que late en la vida interior del cristiano.


En ocasiones, hacer descansar a otros puede suponer compartir el peso de sus preocupaciones e inquietudes, hacer propia la carga que les cansa o les agobia. Esto implica, a veces, ir un poco más allá de nuestros esquemas y ajustar de modo distinto los planes que teníamos pensado hacer. Una actividad pasa entonces a un segundo plano para ayudar a esa persona que nos busca. De este modo, nuestro corazón se va asemejando más al de Jesús, que «tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Is 53,4), que estuvo dispuesto a sufrir serenamente por nosotros hasta límites insospechados.


Cuando hemos recibido el consuelo de Cristo, sentimos el impulso de convertirnos en descanso para nuestros hermanos. Ver que Jesús ha cargado con nuestro peso nos alienta a hacer lo mismo con los demás. La Virgen María nos ayudará a encontrar el descanso en su Hijo y a darlo a quienes nos rodean. Ella, como madre, reconoce enseguida cuándo estamos cansados o agobiados y nos dice: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»[4].