"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

23 de julio de 2026

 



Evangelio (Mt 13, 10-17)

Los discípulos se acercaron a decirle:

—¿Por qué les hablas con parábolas?

Él les respondió:

—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron


PARA TU RATO DE ORACION 


EN LA ORACIÓN podemos hablar con Jesús de nuestras vidas. Es natural sentir la necesidad de conversar con nuestro mejor amigo sobre los temas que nos importan, sobre las personas que dan sentido a nuestra vida, o sobre las tristezas y alegrías que, en un tejido a veces difícil de comprender, conforman nuestra existencia. Pero, al mismo tiempo, al contemplar la vida de Jesús, intentamos también ponernos de su lado para intuir sus preocupaciones, comprender cómo piensa, empaparnos de su lógica divina, y descubrir las intenciones que quiere transmitirnos con cada uno de sus gestos. La lectura meditada del Evangelio nos ayuda precisamente a comprender, poco a poco, los sentimientos de Cristo.


En varias ocasiones los apóstoles trataban de descubrir los motivos que movían sus enseñanzas. «¿Por qué les hablas con parábolas?» (Mt 13,10), le preguntan. Se dan cuenta de que las parábolas esconden cierta ambigüedad: por una parte, Jesús adapta su lenguaje a los intereses y conceptos de los oyentes; pero, por otra, con esas historias parece que el Señor quiere esconder unas verdades más profundas. Se trata de un lenguaje misterioso e indirecto que deja insatisfechas las ansias de sus apóstoles de que se revelara de una manera más clara al mundo. Seguramente era el cariño y la admiración los que movían a los apóstoles a pedir a Jesús que fuera más explícito en sus palabras. Pero la respuesta del Señor probablemente no se ajustó a lo que ellos esperaban: «Les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 10,13).


Quizá algunos de los que escuchaban a Jesús lo hacían de una manera superficial. Tal vez lo hacían para confirmar su manera de pensar o para detectar posibles incoherencias en sus palabras. Todas esas actitudes, en el fondo, impedían que la palabra de Cristo llegara a sus corazones. Y esas son maneras de escuchar de las que nadie está completamente a salvo. La palabra de Dios está siempre viva, nos impulsa a llenar de Evangelio primero nuestra vida y, así, también nuestro entorno. «Querer domesticar la Palabra de Dios es tentación de todos los días»[1], escuchar lo que queremos escuchar, y no lo que Dios quiere decirnos. Si nos acercamos a Jesús con la apertura de corazón de los apóstoles, también el Señor nos podrá dar a conocer sus sentimientos, que llegan a renovar constantemente la tierra.


EN MUCHOS deportes de alta exigencia, se suele afirmar que, además del estado físico, es fundamental la carrera interior, aquella que se recorre con la cabeza y el corazón. De forma análoga, para nuestra vida de oración, no basta con proponernos dedicarle un tiempo determinado a Jesús. Naturalmente, ese es un paso imprescindible para abrirnos a su voz. Pero, tal como el Señor les insinuó a sus apóstoles, también es necesario el cuidado de los sentidos internos, es decir, abrir los oídos del alma e intentar calibrar los ojos del corazón para poder percibir la cercanía de Cristo. La mortificación interior nos pone en sintonía con la presencia de Dios en nuestras almas. No se trata simplemente de una lucha negativa que tiene como fin rechazar imaginaciones o recuerdos, no dejarse llevar por la curiosidad, o frenar el impulso de los ojos o de los oídos. Todos esos esfuerzos van encaminados hacia un fin, que es el de centrarnos en lo realmente importante, aquello que nos da la felicidad: saborear la presencia de Cristo en nuestra vida; escuchar, mirar, imaginar y recordar lo que nos llena de Dios.


Por todo esto, san Josemaría escribió: «Si no eres mortificado nunca serás alma de oración»[2]. Algunos de los que seguían a Jesús eran incapaces de profundizar en sus palabras porque sus oídos y sus ojos estaban llenos de distracciones, estaban cansados de no percibir a Dios. También a nosotros nos puede ocurrir que, a pesar del deseo sincero por sintonizar con el Señor, las imágenes del día y los ruidos que resuenan en nuestra cabeza nos dificulten contemplar a Cristo. Del mismo modo que para adquirir una buena forma física es necesario hacer frecuentemente unos ejercicios, también la atención se puede entrenar de una manera similar. Así, con cada pequeño esfuerzo por rechazar o reconducir las distracciones –en el trabajo, en la vida social, en un rato de oración– ejercitamos esa fuerza que nos ayudará a conectar con la realidad que tenemos entre manos, ya que allí está Dios. De este modo podremos contemplar con mayor facilidad el rostro de Cristo en todas las circunstancias del día a día.


«EN VERDAD os digo –señala Jesús– que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). El Señor podría dirigir estas mismas palabras a la gente de cualquier momento y lugar. De hecho, aquellos profetas y justos no pudieron contemplar a Dios como nosotros podemos hacerlo en el sagrario ni recibirle sacramentalmente en su alma. La oración cristiana, al tener a la Eucaristía como centro, nos introduce en una relación con el Señor mucho más cercana, familiar. «Si los hombres estaban acostumbrados desde siempre a acercarse a Dios un poco intimidados, un poco asustados por este misterio, fascinante y terrible (...), los cristianos se dirigen en cambio a él atreviéndose a llamarlo con confianza con el nombre de “Padre”»[3].


Por eso, la oración, más que un esfuerzo humano, es un don que el Señor nos ha regalado. Cada instante que compartimos con él es un privilegio inmerecido. No somos nosotros los que le hacemos un favor a Dios dedicándole unos cuantos minutos de nuestro día; es él quien, movido por su misericordia infinita, nos invita a disfrutar de su presencia, nos ofrece el regalo gratuito de su amistad.


Y mientras más nos percatemos de nuestra fragilidad, más sentiremos la necesidad de refugiarnos en este don. «En la oración, más que en otras dimensiones de la existencia, experimentamos nuestra debilidad, nuestra pobreza, nuestro ser criaturas, pues nos encontramos ante la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Y cuanto más progresamos en la escucha y en el diálogo con Dios, para que la oración se convierta en la respiración diaria de nuestra alma, tanto más percibimos incluso el sentido de nuestra limitación, no solo ante las situaciones concretas de cada día, sino también en la misma relación con el Señor. Entonces aumenta en nosotros la necesidad de fiarnos, de abandonarnos cada vez más a él; comprendemos que “no sabemos orar como conviene” (Rm 8, 26)».[4] La Virgen María, maestra de oración, nos podrá ayudar a recibir con apertura de corazón el don que su Hijo nos ha regalado

22 de julio de 2026

Santa María Magdalena



 Evangelio (Jn 20, 1-2; 11-18)


El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: -Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.


María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:


-Mujer, ¿por qué lloras?


-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto -les respondió.


Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús:


-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?


Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:


-Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Jesús le dijo:


-¡María!


Ella, volviéndose, exclamó en hebreo:


-¡”Rabbuni”! -que quiere decir: «Maestro».


Jesús le dijo:


-Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».


Fue María Magdalena y anunció a los discípulos:


-¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.



PARA TU RATO DE ORACION 



UN NUMEROSO grupo de mujeres acompañaba al Señor y a los apóstoles (cfr. Lc 8,3). Con su servicio, cooperaban en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios (Lc 8,1). Sin embargo, las mujeres, a diferencia de la mayoría de los discípulos, no abandonaron a Jesús en la Pasión: fueron su consuelo permaneciendo junto a él al pie de la cruz. Son también «las primeras en estar junto al sepulcro. Son las primeras que lo encuentran vacío. Son las primeras en oír: “No está aquí: ha resucitado, como había dicho”. Son las primeras en abrazar sus pies. También son las primeras llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles»[1]. Al contemplar el comportamiento de estas santas mujeres, san Josemaría exclamaba: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. –¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como esas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!»[2].


Esta misma fidelidad y fortaleza se renuevan con el pasar de los siglos, de generación en generación, como lo manifiesta la historia de la Iglesia. La mujer ha tenido «un papel activo e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la construcción, desde sus fundamentos, de la primera comunidad cristiana y de las comunidades posteriores, gracias a sus carismas y a sus múltiples maneras de servir»[3]. Sin duda, «la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera contado con la aportación generosa de muchas mujeres»[4]. También hoy, en nuestros días, «la mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad»[5].


ENTRE aquellas mujeres que seguían a Cristo destaca, de manera particular, «María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc 8,2). Ella acompañó a la Virgen en el camino de la cruz. Junto con la Madre de Dios y el discípulo amado, recogió el último suspiro del Señor y contempló su costado traspasado. En la madrugada del día de Pascua fue la primera que se encontró con el Señor (cfr. Mc 16,9). Posteriormente, fue ante los apóstoles testigo ocular de Cristo resucitado.


Jesús le encargó de manera especial a María Magdalena la tarea de anunciarles su gloriosa Resurrección: «Ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”. Ella fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor y ha dicho esto”» (Jn 20,17). Por este motivo, santo Tomás de Aquino reserva para ella el calificativo único de «apóstol de los apóstoles», y añade: «Así como una mujer anunció al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer anunció a los apóstoles palabras de vida»[6].


Siguiendo el ejemplo de María Magdalena, los cristianos tenemos la misión de «proclamar a Cristo vivo»[7], dando con ilusión testimonio de su reinado por toda la tierra. Ella se llenó de alegría cuando descubrió, en la puerta del sepulcro, que aquel a quien buscaba muerto estaba vivo, y de nuevo la llamaba por su nombre. «¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado (...) sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. (...) Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra»[8]. Por medio de nuestro testimonio y de nuestras palabras, podemos anunciar que el Señor ha resucitado: él vive entre nosotros, nos llama por nuestro nombre y nos trae la salvación.


ANTES de encontrarse con Cristo, la Magdalena había tenido una vida llena de problemas: el Señor había expulsado siete demonios de ella. A partir de su curación, comenzó a seguir al Maestro, movida sin duda por amor y agradecimiento. En la Pasión no se separó de su lado, y acompañó a los discípulos que llevaban su cuerpo hasta el sepulcro. El domingo, antes de que amaneciera, corrió para terminar de embalsamar a su Maestro. Aún creyendo que estaba muerto, ardía en deseos de Cristo.


Desde aquel milagro, el más grande de todos, el corazón de la Magdalena latía de una manera especial. Sus debilidades habían sido muchas, pero no dejó que el pecado guiase más su vida: había descubierto un amor que daba sentido a su existencia. Por eso fue la primera en ir al sepulcro. Y aunque en un primer momento no dio con Jesús, «perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba»[9].


María Magdalena nos muestra que la vida cristiana se arraiga en nuestra experiencia personal con Cristo. A partir de nuestro encuentro con Jesús, nace el deseo de llevar una nueva vida, centrada en el Señor. En compañía de las santas mujeres, seguramente la Magdalena forjó una estrecha amistad con la Madre de Jesús. Podemos pedirles a ambas que nos den aquel amor perseverante con el que se mantuvieron unidas al Señor al pie de la cruz.

21 de julio de 2026

CÓMO Y CUÁNDO ME HABLA DIOS

 



Evangelio (Mt 12, 46-50)


Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: -Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: -¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS se encontraba rodeado por la multitud cuando, de repente, alguien se acercó a él y le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo». El Señor entonces respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y señalando a aquellas personas que lo buscaban, añadió: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,46-50).


En un primer momento, la reacción de Cristo puede parecer fría. Da la impresión de que no hace demasiado caso a su madre. Sin embargo, después le dirige el mayor de los elogios porque María, como nadie, ha cumplido la voluntad de Dios. San Agustín dice que ella concibió a Jesús primero por la fe, y que es bienaventurada porque guardó la verdad antes en su mente que en su seno[1]. La afirmación es atrevida: María es más madre de Cristo por la fe que por la naturaleza. Ella cumplió la voluntad de Dios cuando aceptó la propuesta del ángel de ser la madre del Mesías. Pero no solo. Más adelante se presentaron otras ocasiones para volver a acoger los planes divinos.


«La Virgen no solo dijo fiat –comentaba san Josemaría–, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que él quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente»[2]. A lo largo de nuestra vida tendremos muchas oportunidades para abrazar la voluntad de Dios en lo grande y en lo pequeño. La actitud de María nos muestra que no hay nada que nos haga más felices que seguir con amor y libertad los planes que el Señor tiene pensado para nosotros. «Acepta sin miedo la Voluntad de Dios; formula sin vacilaciones el propósito de edificar, toda tu vida, con lo que nos enseña y exige nuestra fe. –De este modo, ten por cierto que, también con penas e incluso con calumnias, serás feliz, con una felicidad que te impulsará a amar a los demás, y a hacerles participar de tu alegría sobrenatural»[3].


MARÍA, con su obediencia a la voluntad divina, desató los nudos que había provocado la desobediencia de Eva[4]. El deseo de ser como Dios de la primera mujer había herido profundamente la naturaleza humana. María, al confesarse como esclava del Señor, permitió que Dios se hiciera hombre para liberarnos de la esclavitud del pecado. El sí de la Virgen, por tanto, contribuyó a darnos una nueva libertad.


A veces se puede pensar que la obediencia y la libertad son dos realidades contrapuestas. Se cree entonces que optar por una irá siempre en detrimento de la otra. Este planteamiento sería cierto en una relación marcada por el pecado. En ese caso, obedecer a los dictados del mal efectivamente contribuye a reducir la propia libertad. Poco a poco uno va perdiendo la autonomía para elegir el bien y se siente incapaz de obrar por amor. Se actúa no tanto por un ideal que inspira la propia existencia y que llena de alegría, sino por la fuerza irresistible con que el pecado se manifiesta.


María, en cambio, nos enseña que es posible obedecer a Dios y ser auténticamente libres. «La libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad solo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios»[5]. Por este motivo, como recuerda el prelado del Opus Dei, la obediencia a Dios, cuando se realiza por amor, «no solo es acto libre, sino además acto liberador»[6]: nos desata de los lazos del pecado y nos permite descubrir el bien que supone para la propia vida cumplir la voluntad divina. Esta es la felicidad que canta el salmista: «Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón. Los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos» (Sal 19,9).


A LO LARGO de la historia de la salvación, el Señor comunicó su voluntad a través de personas bien concretas. Algunos profetas, por ejemplo, exhortaron a sus contemporáneos judíos a abandonar los cultos extranjeros para adorar solamente al Dios de Israel. David fue elegido para ser rey de Israel a través de Samuel, quien recibió del Señor la indicación de ungirlo. También hoy Dios «puede hacernos ver su voluntad a través de las personas que nos rodean, revestidas de mayor o menor autoridad, dependiendo de la instancia y del contexto. Saber que Dios nos puede hablar a través de otras personas o de sucesos más o menos corrientes, la convicción de que ahí podemos escucharle, genera en nosotros una actitud dócil frente a sus designios, escondidos también en las palabras de quienes nos acompañan en el camino»[7].


Ciertamente, esto no quiere decir que todo consejo que recibamos sea infalible. «Dios no nos impone una obediencia ciega, sino una obediencia inteligente»[8]. Y esto supone confrontar lo que nos dicen con lo que pensamos, en un diálogo abierto con la otra persona, a quien manifestamos con humildad y confianza nuestro punto de vista. En este sentido, el prelado del Opus Dei recuerda que «quienes tienen autoridad deben extremar la delicadeza para no imponer innecesariamente sus criterios, y para evitar que sus indicaciones o consejos puedan interpretarse en sí mismos como una expresión diáfana de la voluntad de Dios»[9].


Habrá ocasiones en las que una persona nos pueda transmitir la voluntad divina porque nos recuerda un precepto de las enseñanzas de la fe católica cuando, por ejemplo, tenemos la disyuntiva entre un acto pecaminoso y otro que no lo es. Pero la mayoría de las veces será más difícil discernir, pues varias de las opciones pueden ser buenas y no sabemos cuál es la preferible en ese caso concreto: aceptar o rechazar un empleo, comprar o prescindir de algo, realizar o no un determinado plan… El consejo de una persona que nos quiere, y que tiene la gracia del Señor para ayudarnos, puede darnos un poco de luz, pues advertimos la propia insuficiencia y nos damos cuenta de que nuestros sentimientos pueden restar objetividad a nuestro juicio. Sin embargo, esos consejos son una ayuda para que cada uno tome con total libertad una decisión prudente. La Virgen María nos podrá ayudar a cumplir y amar la voluntad divina en todo momento, sabiendo que el Señor es el primer interesado en nuestra propia felicidad y es quien hace cada vez más ancha y valiosa la propia libertad.

20 de julio de 2026

LA PALABRA DE DIOS

 


Evangelio  San Mateo 12, 38-42

En aquel tiempo, le dijeron a Jesús algunos escribas y fariseos: “Maestro, queremos verte hacer una señal prodigiosa”. El les respondió: “Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal, pero la única señal que se le dará, será la del profeta Jonás. Pues de la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.

Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta gente y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien más grande que Jonás.

La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta gente y la condenará, porque ella vino de los últimos rincones de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien más grande que Salomón’’.


PARA TU RATO DE ORACION 


“Esta generación es una generación perversa, buscan una señal”. Lo que les reprocha el Señor no es que pidan un signo. El Antiguo Testamento está llenos de signos que muestran el cuidado de Dios por su pueblo: el paso del mar rojo, las tablas de la ley, el arca de la alianza, etc. Los signos son buenos. Jesús les llama generación perversa porque tienen el corazón endurecido, porque no están dispuestos a escuchar. Porque la soberbia les ciega. Porque no son capaces de reconocerle por medio de los signos que realiza. En concreto del último que ha realizado que es la curación de un endemoniado (cfr. Lucas 11, 14-23).

Por eso les dice que la única señal que se les dará es la señal de Jonás. Jonás fue enviado a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, la ciudad más importante del imperio Asirio. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando:Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3, 4). Y los habitantes de Nínive hicieron caso al profeta Jonás: “Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño” (Jonás 3, 5). Tenían un corazón sensible dispuesto a abrirse a Dios, aunque estaban lejos de Él.

Jesús les pide ser escuchado por la autoridad con la que les habla y por los signos que va haciendo cuando va recorriendo las distintas ciudades.

Jesús nos pide que sepamos escuchar, que tengamos un corazón abierto a todo lo que nos viene de Dios. Que sepamos escucharle cuando nos habla a través de su palabra o a través de una lectura o a través de otra persona o a través de una situación por la que atravesemos, etc. En definitiva, que sepamos descubrir cuando se dirige a nosotros para guiarnos en el camino de la vida hacia la santidad.

Contamos con la fuerza poderosa del Espíritu Santo que cuando encuentra un corazón dispuesto se vuelca con sus dones y le conduce por los caminos de Dios.

Nos pide Jesús que nos fiemos y vivamos de su palabra, como hizo la Virgen. Justo antes de este episodio se lee aquella alabanza preciosa de Jesús a su Madre: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11, 28). Esa fue la actitud de la Virgen durante toda su vida. El Papa Benedicto XVI describió esta actitud de María con palabras muy bellas: “la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual entra y sale con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios: la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya y su palabra nace de la Palabra de Dios”[1].

La Palabra de Dios, un tesoro infinito

En nuestra alma ha caído la Palabra de Dios. ¿Qué clase de tierra le hemos preparado? ¿Abundan las piedras? ¿Está colmada de espinos? ¿Es quizá un lugar demasiado pisado por andares meramente humanos, pequeños, sin brío? Señor, que mi parcela sea tierra buena, fértil.

Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

—El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.

Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante.

Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos.

Forja, 754


Tierra fértil

En nuestra alma ha caído la Palabra de Dios. ¿Qué clase de tierra le hemos preparado? ¿Abundan las piedras? ¿Está colmada de espinos? ¿Es quizá un lugar demasiado pisado por andares meramente humanos, pequeños, sin brío? Señor, que mi parcela sea tierra buena, fértil, expuesta generosamente a la lluvia y al sol; que arraigue tu siembra; que produzca espigas granadas, trigo bueno.

Amigos de Dios, 254


Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios.

Es Cristo que pasa, 34


Acompañar a Cristo

Vamos a acompañar a Cristo en esta pesca divina. Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor, ansiosas de escuchar la palabra de Dios. ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros —sin culpa de su parte— no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor.


Amigos de Dios, 260


Como un personaje más

Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones.


Amigos de Dios, 253

Esos minutos diarios de lectura del Nuevo Testamento, que te aconsejé —metiéndote y participando en el contenido de cada escena, como un protagonista más—, son para que encarnes, para que “cumplas” el Evangelio en tu vida..., y para “hacerlo cumplir”.


Surco, 672




19 de julio de 2026

LA BUENA SEMILLA

 


Evangelio (Mt 13,24-43)


Jesús les propuso otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».


Les propuso otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.


Les dijo otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.


Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:


Abriré mi boca con parábolas,


proclamaré las cosas que estaban ocultas


desde la creación del mundo.


Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:


— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.


Él les respondió:


— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS, durante su predicación, recurre a parábolas para ilustrar algunos aspectos de su enseñanza. En una ocasión, explicó el Reino de Dios usando tres imágenes: la buena semilla que se siembra junto a la cizaña, el pequeño grano de mostaza que llega a ser un árbol frondoso y la levadura que fermenta la masa (cfr. Mt 13,31-33). Los tres ejemplos están unidos por una acción común: el crecimiento. La buena semilla y la cizaña crecen juntas hasta que son separadas en el momento de la siega; la semilla de mostaza crece para convertirse en un gran árbol donde llegan a anidar los pájaros del cielo; un poco de levadura en la harina hace crecer la masa.


El Reino de Dios se caracteriza, por lo tanto, por su dinamismo, por estar siempre en movimiento. No es una realidad estática: está destinada a crecer cada día y en cada circunstancia histórica. El Reino de Dios crece sobre todo cuando el hombre deja espacio a la iniciativa divina, cuando aquella semilla puede desplegar toda su fuerza, especialmente en nuestro interior. Como un buen jardinero, el Señor cuida ese terreno que somos cada uno de nosotros, sabe esperar, «mira el campo de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren»[1].


Jesús nos da a entender que «dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse. A pesar de todos los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará»[2]. Se trata de una consoladora realidad: si no obstaculizamos el crecimiento de Dios en nosotros, su Reino está creciendo en nuestro corazón, muchas veces sin que nos percatemos con demasiada claridad.


EN LA PRIMERA de las parábolas, crecen en un campo, al mismo tiempo, la buena semilla del trigo y la mala de la cizaña. Cuando los discípulos le preguntan por el significado de la imagen, Jesús les explica: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo» (Mt 13,37-39). De este modo, aclara que, aunque el mal esté presente en el mundo, no proviene de Dios.


El Señor muestra que la cizaña coexiste con la buena semilla hasta el final de la cosecha. «No es posible pensar la historia humana sin cizaña; es decir, como dice el mismo Jesús, no es posible erradicar totalmente la cizaña porque está mezclada con lo bueno»[3]. Y esta realidad la miramos fuera de nosotros, pero sobre todo la experimentamos en nuestro propio corazón, donde conviven auténticos deseos de santidad y también malas inclinaciones. Tenemos la misma experiencia que tanto dolor le causaba a san Pablo, al notar que el pecado habitaba en él: «No logro entender lo que hago; pues lo que quiero no lo hago; y en cambio lo que detesto lo hago» (Rm 7,15).


No podemos extrañarnos ni perder la esperanza al palpar la cizaña de nuestro corazón: envidias, celos, deseos poco nobles... En este sentido, san Josemaría decía: «No os entristezcáis si, en los momentos más estupendos de vuestra vida, os viene la tentación –que quizá podéis confundir con un deseo consentido, pero que no lo es– de las fealdades mayores que es posible imaginar. Acudid a la misericordia del Señor, contando con la intercesión de su Madre y Madre nuestra, y todo se arregla. Después, echaos a reír: ¡me trata Dios como a un santo! No tiene importancia ninguna: persuadíos de que en cualquier momento puede levantarse la criatura vieja que todos llevamos dentro. ¡Contentos, y a luchar como siempre!»[4].


LA PARÁBOLA del trigo y la cizaña resume, de alguna manera, el misterio de la historia humana: en ella están presentes tanto la acción de Dios, como la libertad del hombre cuando es usada para el pecado. Con nuestros actos podemos contribuir al crecimiento de la semilla del Reino de Dios, pero también hacer crecer la cizaña. Y esta no es arrancada de antemano del campo, porque el Señor nos ha dejado enteramente libres. Él no nos ha creado predeterminados a alimentar solo la semilla buena, ni rodeó el terreno de altos muros para protegerlo: lo dejó al descubierto para que pudiera crecer sin límites, aun a sabiendas de que quizá alguien podría sabotear temporalmente alguna zona de la cosecha.


En el campo de nuestro corazón, la semilla buena convive con la semilla de la hierba mala. En la libertad de nuestro corazón se decide si la cizaña sofocará al trigo, o si este vencerá a la cizaña. A veces, sin embargo, no es sencillo hacer ese discernimiento, pues el bien y el mal están entrelazados. Es el momento de tomar la decisión de querer ser buen grano, «con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones»[5]. Solo seremos verdaderamente felices si acogemos la buena semilla, utilizando la libertad para amar a Dios y a los demás. En el discernimiento por ser buen grano, un buen criterio puede ser escoger siempre el servicio.


«Quien, al escudriñar su conciencia, encuentre ser cizaña –escribía san Agustín–, no tema cambiar. Todavía no hay orden de cortar, aún no es el momento de la siega; no seas hoy lo que eras ayer, o no seas mañana lo que eres hoy»[6]. La Virgen María, esperanza nuestra, nos sostendrá en esta batalla por dejar que la buena semilla crezca, conquiste nuestros corazones y los corazones de quienes nos rodean.


18 de julio de 2026

No es lo mismo santidad que perfeccionismo

 



Evangelio (Mt 12,14-21)


Al salir, los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo perderle.


Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:


Aquí está mi Siervo, a quien elegí,


mi amado, en quien se complace mi alma.


Pondré mi Espíritu sobre él


y anunciará la justicia a las naciones.


No disputará ni gritará,


nadie oirá su voz en las plazas.


No quebrará la caña cascada,


ni apagará la mecha humeante,


hasta que haga triunfar la justicia.


Y en su nombre pondrán su esperanza


las naciones


PARA TU RATO DE ORACION 


AL POCO de comenzar su vida pública, Jesús ensalzó a los mansos como bienaventurados (cfr. Mt 5,5). Más tarde, diría de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre es un rasgo que marcó el caminar terreno del Señor. Y no solo por las palabras, sino sobre todo por los hechos. Frente a los que lo rechazaban y tramaban contra él, Cristo no pretendió rebelarse ni imponer su autoridad: él supo acoger con paciencia las incomprensiones y los desprecios. Esta actitud llegó a su culmen en la cruz, porque la mansedumbre se manifiesta sobre todo «en los momentos de conflicto, se puede ver por la forma en que se reacciona a una situación hostil. Cualquiera puede parecer manso cuando todo está tranquilo, pero ¿cómo reacciona “bajo presión” si es atacado, ofendido, agredido?»[1]. San Pedro recuerda cómo Jesús respondió a esa situación hostil: «Al ser insultado, no respondía con insultos; al ser maltratado, no amenazaba, sino que ponía su causa en manos del que juzga con justicia» (1Pe 2,23).


En nuestro día a día quizá no atravesamos situaciones tan hostiles como las del Señor, pero probablemente se presenten pruebas ordinarias dolorosas. Las relaciones familiares y con los compañeros de trabajo son quizá el contexto en el que más necesitamos vivir la mansedumbre. Esto implica a veces resistir una primera reacción lógica marcada por el enfado o la indignación para responder con serenidad y paciencia, como haría el Señor, y como nos gustaría que hicieran con nosotros. El manso sabe que es más importante respetar cristianamente a las personas que el asunto concreto que le haya podido molestar. Manifiesta así un modo de amar que puede ser heroico, pues evita causar un daño mayor para protegerse a sí mismo. En este sentido, san Josemaría proponía algunas prácticas que pueden ayudar a imitar la mansedumbre de Cristo: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior»[2].


EL MODO de actuar manso y humilde del Señor ya había sido predicho por Isaías, como recoge san Mateo: «No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante» (Mt 12,19-20). El secreto del siervo doliente, que está describiendo el profeta, y que se cumplirá en Jesucristo, es que no vive en función de lo que otros piensan o dicen de él. No está atado a los aplausos o al reconocimiento humano, a los rechazos o las acogidas de su mensaje, sino que actúa pensando en la mirada paterna: «Aquí está mi Siervo, a quien elegí, mi amado, en quien se complace mi alma» (Mt 12,18). Jesús vive para agradar a su Padre. Aunque algunas de sus obras puedan haber pasado inadvertidas para sus contemporáneos, sabe que su Padre lo ha visto y se ha complacido.


La filiación divina nos permite sentirnos contemplados por Dios en los pequeños combates diarios, ocultos, tal vez no percibidos por los ojos humanos. Cuando le ofrecemos lo que nos disponemos a hacer, él «ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a él, a nuestro Padre Dios!»[3].


Así entendida, la vida del cristiano es una vida de enamorado. El amor hacia una persona se manifiesta a través de muchos y pequeños detalles que buscan hacer su existencia más agradable. En ocasiones, el otro los sabrá identificar y agradecer; en otras, sin embargo, quizá no los habrá detectado. En cualquier caso, aunque a veces sea natural y lógico exigir cierto reconocimiento, lo que mueve a obrar de esa manera es que la persona amada esté feliz. De la misma manera, una sana relación con Dios no está fundada en el temor al castigo o en el mero afán por cumplir una serie de reglas, sino en el deseo de agradarle en todo momento. Al mismo tiempo, él nos invita a descubrir su continuo desvelo por cada uno; de hecho, esto es lo primero que espera de nosotros: que nos dejemos amar por él.


EL DESEO de agradar a Dios puede ir acompañado de cierto miedo a entristecerlo. En parte es algo lógico, pues significa que le queremos de verdad: nadie se preocupa por decepcionar a alguien a quien no conoce. Sin embargo, este sentimiento no puede ser fundamento de una vida plena. Tal vez por eso «en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión “no temas”, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor»[4]. El prelado del Opus Dei señalaba hace unos años una de las formas que puede adquirir ese miedo. Animaba a «exponer el ideal de la vida cristiana sin confundirlo con el perfeccionismo, enseñando a convivir con la debilidad propia y la de los demás; asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina»[5]. Una persona santa teme ofender a Dios y no corresponder a su amor. El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado. No es lo mismo santidad que perfeccionismo, aunque en ocasiones se puedan confundir.


El miedo se puede presentar al contemplar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos. Nos enfadamos, y llegamos a pensar que Dios está decepcionado. Nos invade la tristeza. En esas ocasiones, conviene recordar que esta es aliada del enemigo: no nos acerca al Señor, sino que nos aleja de él. Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios. Pero el origen de todo eso no es el Amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada. Ante el posible temor a contristar a Jesús, podemos preguntarnos: ¿este temor me une a Dios, me hace pensar más en él?, ¿o me centra en mí: en mis expectativas, en mi lucha, en mis logros? ¿Me lleva a pedir perdón a Dios en la Confesión, y llenarme de gozo al saber que me perdona?, ¿o me conduce a la desesperanza? Cuando sintamos esa tristeza, podemos acudir a la Virgen María para recomenzar siempre con alegría, sabiendo que su Hijo se conmueve cada vez que nos levantamos de una nueva caída.




17 de julio de 2026

POR QUÉ EL DOMINGO

 


Evangelio (Mt 12, 1-8)


En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron:


Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.


Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le acompañaban, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN CIERTA ocasión, mientras Jesús y sus discípulos atravesaban un espacioso sembrado, nos cuenta Mateo que tenían hambre (cft. Mt 12,1). Viéndose rodeados de alimento, los apóstoles comenzaron a arrancar algunas espigas, «las desgranaban con las manos y se las comían» (Lc 6,1). La ley judía permitía coger algunos granos de trigo con la mano en la mies del prójimo (cfr. Dt 23,25). La controversia surge, sin embargo, porque lo hacen en sábado. Cuando los fariseos tuvieron noticia de este suceso, le dijeron al Maestro: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado» (Mt 12,2).


Se lee en el libro del Éxodo que Dios le pide al pueblo de la Alianza: «Recuerda el día del sábado para santificarlo» (Ex 20,8). Por iniciativa divina, el shabbat no se colocó junto a los preceptos que hacían referencia al culto, sino dentro del mismo Decálogo. El texto inspirado explica el motivo del mandamiento: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20,11). Al precepto divino del shabbat, con el paso del tiempo, se le fueron añadiendo prescripciones humanas cada vez más rigurosas. En la época de Jesús se había concretado tanto el precepto, hasta el punto de que existía una clasificación de 39 especies de trabajos prohibidos.


Jesús, como auténtico intérprete de los preceptos divinos, responde a la queja de los fariseos subrayando el verdadero –y quizá olvidado– sentido del sábado: el servicio a Dios o al prójimo, por lo que la inactividad no debía ser el supremo criterio. Más que fijarse en una casuística sobre lo permitido o lo prohibido, Cristo invita a poner la mirada en la razón profunda por la que Yahvé ha establecido el descanso sabático: abstenerse de ciertas ocupaciones para poder honrar al Señor con más holgura. El mandamiento relativo al sábado hacía referencia al misterioso descanso de Dios después de la creación, y también a la salvación de Israel de la esclavitud de Egipto. Por eso puede decirse que la observancia de este día tiene un carácter liberador. El propósito de la ley divina no era atar a las personas a innumerables preceptos, sino liberarlas semanalmente de lo menos importante para que dirigieran su mirada hacia Dios: recordar que somos hijos del creador de todas las cosas y de quien nos libera de toda esclavitud.


EN EL CONTEXTO de la discusión sobre la cuestión del sábado, Jesús desvela la grandeza de su identidad. «¿No habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo» (Mt 12,5-6). El Templo tenía la máxima dignidad por ser la casa donde habitaba Yahvé. Solo Dios mismo era superior al Templo. Cristo claramente proclama con estas palabras su divinidad. Al terminar la conversación, como colofón, añade: «Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado» (Mt 12,8). Teniendo en cuenta que el precepto del sábado es de institución divina, Jesús se estaba presentando implícitamente como Dios: este es el gran acontecimiento cristiano.


Con sus palabras el Maestro no pretendía despreciar el descanso sabático. Sabemos que Jesús cumplía la ley, tanto la religiosa como la civil: acudía con sus discípulos cada sábado a la sinagoga, pagaba los impuestos, peregrinaba con los suyos al Templo y vivía las fiestas como cualquier judío devoto. De hecho, después de la Resurrección, sus discípulos continuaron yendo a la sinagoga los sábados, aunque comenzaron también a reunirse el primer día de la semana, haciendo memoria de Jesús Resucitado. El primer día de la semana había pasado a ser el día de la nueva creación y de la definitiva liberación.


Con el paso del tiempo, en la primitiva comunidad cristiana, el domingo fue sustituyendo paulatinamente al sábado como el dies Domini, el día del Señor. El domingo no era un día más para aquellos cristianos de los primeros siglos, sino que constituía el centro mismo de su vida. Por este motivo, siglos después, la Iglesia estableció el precepto dominical. De este modo, los fieles, absteniéndose de ciertas actividades que impiden dar culto a Dios, pueden «gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo»[1]. Jesús «nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida»[2].


TESTIMONIOS del siglo II cuentan que los primeros cristianos se reunían el domingo para celebrar la Eucaristía: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas. (...) Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados»[3]. En la Misa del domingo nos dejamos encontrar por Dios: escuchamos su palabra y nos alimentamos con el Pan de vida, en comunión con toda la Iglesia. «Nos recuerda también, con el descanso de nuestras ocupaciones, que no somos esclavos sino hijos de un Padre que nos invita constantemente a poner la esperanza en él»[4].


De esta manera, el domingo es realmente el «día de Cristo» y, al mismo tiempo, es el «día del hombre». El reposo propio de esa jornada, compartido con Dios y con toda la Iglesia, nos ayuda a renovar nuestras fuerzas para llevar a cabo las tareas de la semana. Entregamos a Dios, a través del sacrificio de su Hijo, todos los sucesos de la semana que ha terminado, y aquellos de la semana que comienza. «Siempre he entendido el descanso –consideraba san Josemaría– como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio. Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[5]. La Virgen María, que habrá participado de aquellas primeras reuniones dominicales, puede interceder por nosotros para que Dios nos aumente el deseo de alimentarnos de su Pan y de su palabra.