"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

30 de junio de 2026

MIEDO TORMENTA FE

 


Evangelio (Mt 8, 23-27)


Se subió después a una barca, y le siguieron sus discípulos. De repente se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Se le acercaron para despertarle diciendo:


—¡Señor, sálvanos, que perecemos!


Jesús les respondió:


—¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe?


Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma. Los hombres se asombraron y dijeron:


—¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?


PARA TU RATO DE ORACION 


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8, 23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»[1]. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»[2]. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»[3]. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[4].


29 de junio de 2026

SAN PEDRO Y SAN PABLO

 



EVANGELIO Mateo  16.13-19


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

PARA TU RATO DE ORACION 


ESTOS son los que, mientras estuvieron en la tierra, con su sangre plantaron la Iglesia: bebieron el cáliz del Señor y lograron ser amigos de Dios»[1]. Los apóstoles Pedro y Pablo son considerados como las primeras columnas del cristianismo. San Pedro es la roca sobre la que Jesús edificó su Iglesia, y san Pablo, con sus viajes y sus escritos, es el apóstol de la Iglesia universal. Los dos confirmaron la unidad y la universalidad del nuevo pueblo de Dios con el testimonio del martirio.

La vida de ambos no estuvo marcada principalmente por sus cualidades, sino por el encuentro personal que tuvieron con Jesús: fue él quien los sanó y quien les convirtió en apóstoles para los demás. Pedro fue liberado de su miedo y de su inseguridad. A pesar de ser fuerte e impetuoso, experimentó el sabor amargo de la derrota cuando, después de toda una noche de trabajo, no había pescado nada. Ante las redes vacías, pudo tener la tentación del desaliento, de abandonarlo todo. Pero al confiar en las palabras de Jesús –«guía mar adentro, y echad vuestras redes» (Lc 5,4)–, se dio cuenta de que más bien debía abrazarlo todo: tenía la certeza de que, estando en la misma barca con Cristo, no había nada que temer.

Pablo, en cambio, fue liberado «del celo religioso que lo había hecho encarnizado defensor de las tradiciones que había recibido»[2] y que no habían reconocido en Jesús al Mesías esperado. Su observancia férrea de la ley sin esa apertura a Cristo le había cerrado al amor divino. Pero tras su caída camino de Damasco se lanzó a una predicación propia de quien «ha paladeado intensamente la alegría de ser de Dios»[3]. Su vida, que quizá giraba solamente en torno a unos preceptos que cumplir, se fundamenta después en aquel encuentro personal con Cristo. «Pedro y Pablo nos dan la imagen de una Iglesia confiada a nuestras manos, pero conducida por el Señor con fidelidad y ternura (...); de una Iglesia débil, pero fuerte por la presencia de Dios; la imagen de una Iglesia liberada que puede ofrecer al mundo la liberación que no puede darse a sí mismo»[4].

JESÚS, reuniendo a sus discípulos, les lanzó una pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Comenzaron entonces a salir algunos de los nombres que se oían por la ciudad: Juan el Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas… Pero Jesús quiso después que cada uno ensayase una respuesta más personal: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). Esta vez nadie se atrevía a decir nada. Solo lo hizo Simón Pedro, quien tomando la palabra respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

Ante estas palabras, Jesús le dice a Pedro que será la piedra sobre la que edificará su Iglesia. Pero también añade que su fortaleza no dependerá de sus cualidades –«esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre» (Mt 16,17)–, sino del poder de Dios Padre que está en el cielo. De hecho, poco después de contemplar a Pedro como roca, lo vemos reprendido por el Señor tras el anuncio de su Pasión: «Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres» (Mt 16,23). Esta tensión entre el don que proviene de Dios y la capacidad humana es lo que marca la vida de san Pedro, de la Iglesia, y de cada uno de nosotros. Por un lado, la luz y la fuerza que viene de lo alto; por otro, la debilidad humana, que solo la acción divina puede transformar cuando encuentra un corazón humilde.

«La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la cruz de Jesucristo»[5]. Pedro no cambió de un día para otro. En su vida continuaría experimentando los dones de Dios y sus propias debilidades. Así fue la roca de la Iglesia: palpó continuamente sus defectos, pero se supo anclar en el amor de Cristo.

SAN PABLO es considerado el apóstol de los gentiles; es decir, de todos aquellos que no pertenecían al pueblo judío. Visto con perspectiva, tiene incluso su punto de paradoja. Él, que tanto se afanó en perseguir a los cristianos porque no eran lo suficientemente observantes con el judaísmo como lo era él, después destacó precisamente por anunciar la salvación de Dios a las naciones de la tierra. «Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1 Co 9,22), escribió a los de Corintio. Los planes de Dios siempre son mucho más grandes de lo que podemos imaginar.

No hay ninguna barrera terrena que separe a un cristiano de sus hermanos. Todo lo que alejaba a san Pablo de los demás hombres desapareció al encontrarse con el Señor. «Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. (...) Se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos»[6]. Como decía san Josemaría: «El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»[7]. Esa dilatación del corazón fue la que sucedió a san Pablo al encontrarse personalmente con Cristo.

María, como Madre de la Iglesia, se ocupa de mantener unidos a todos los hijos. «Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa»[8]. Como a Pedro, ella nos ayudará a no perder la esperanza ante nuestros defectos y vivir anclados en la roca que es Dios. Y, como a Pablo, ensanchará nuestro corazón para que descubramos la fraternidad que nos une a la humanidad entera.

28 de junio de 2026

ABRAZAD LA CRUZ

 


Evangelio Mt 8, 5-17


Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:


—Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.

Jesús le dijo:

—Yo iré y le curaré.

Pero el centurión le respondió:

—Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.

Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:

—En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes.


Y le dijo Jesús al centurión:

—Vete y que se haga conforme has creído.

Y en aquel momento quedó sano el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. La tomó de la mano y le desapareció la fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle.

Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades


PARA TU RATO DE ORACION 


UN DÍA el profeta Eliseo se encontraba en la ciudad de Sunem. Una mujer importante le pidió que fuera a comer a su casa. Y así, cada vez que Eliseo pasaba por ahí, se quedaba a comer. La mujer se dio cuenta de que era un hombre de Dios, y hablando con su marido decidieron preparar una zona de su casa para él: «Hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí» (2Re 4,10). Cuando Eliseo llegó y se instaló en el cuarto, quiso averiguar cómo podía devolver tanta hospitalidad. Ante las negativas de la sunamita por recibir nada, Eliseo se enteró de que aquel matrimonio no había podido tener hijos, por lo que dijo a la mujer: «El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo» (2Re 4,16). Y ella, en el tiempo señalado, dio a luz un hijo.

Dios sabe apreciar los gestos de caridad que dirigimos a nuestros hermanos, especialmente si, como Eliseo, han sido llamados por él para una misión. «Quien a vosotros os recibe –dijo Jesús a los apóstoles cuando se disponían a anunciar la llegada del Reino–, a mí me recibe» (Mt 10,40). De hecho, el Señor aseguró que ni siquiera un vaso de agua fresca que alguien dé a sus discípulos quedará sin recompensa (cfr. Mt 10,42). El mismo Cristo, además, recibía cobijo por parte de amigos o conocidos, pues no tenía dónde reclinar la cabeza, y sabía reconocer las atenciones que le prestaban. Se podría decir que Dios cuenta con las relaciones humanas para fortalecer a los pastores de su pueblo. En primer lugar, con la oración por ellos, para que «sean siempre ministros de la alegría del Evangelio para todas las gentes»[1]; pero también con la cercanía y la ayuda material, para recordarles que no están solos y para sostenerles en su trabajo sacerdotal.


EN SU discurso a los apóstoles, el Señor comentó también una exigencia a la hora de seguir el Evangelio: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Ciertamente, esto no significa que sus discípulos tengan que desprenderse de todo vínculo familiar. De hecho, en otra ocasión Jesús reprenderá a los doctores de la Ley por privar de lo necesario a sus padres con la excusa de dárselo al altar (cfr. Mc 7,8-13). El cariño animado y purificado por el amor del Señor «se hace plenamente fecundo y produce frutos de bien en la propia familia y mucho más allá de ella»[2]. Por eso Jesús quiere subrayar que en primer lugar se encuentra el amor a Dios, pues si es auténtico se traducirá en amor a los padres y a los hijos.

San Josemaría solía decir que las personas de la Obra debían el noventa por ciento de la vocación a sus padres: si han sabido ser generosos a la llamada divina ha sido porque han visto esa generosidad en el hogar familiar. Y esto, en la mayoría de los casos, se podría extender a todas las vocaciones en la Iglesia. Por eso, consideraba que no es un sacrificio para los padres que Dios llame a sus hijos. «Es, por el contrario, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo»[3], pues es como si el Señor reconociera el buen trabajo que han realizado con ellos: han puesto en sus almas la semilla del amor de Dios. Y el propio hijo la ha sabido hacer crecer con su libertad, gracias a la oración y el ejemplo que ha visto en sus padres.


JESÚS también advierte a sus apóstoles de que, en la misión que van a emprender, no faltarán las dificultades. «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará» (Mt 10,38-39). Al mismo tiempo, les anima a que no tengan miedo, pues quien está en las manos de Dios «sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo»[4].

Todas las personas tienen dificultades: una enfermedad, problemas familiares, complicaciones laborales… A veces, la cruz se manifestará también en detalles de nuestro modo de ser o de los demás que no soportamos, o bien en defectos o derrotas en la lucha que nos avergüenzan. Jesús busca el modo de que rechacemos la impresión de estar solos o de sentirnos atrapados en las dificultades. Es cierto que, de modo habitual, no podremos vivir ajenos a todo eso, como si no existiera el mal que procede del diablo y del pecado original, o deseando a cualquier precio una existencia tranquila o sin sobresaltos. El Señor nos toma del brazo y nos ayuda a que abracemos ese problema, ese defecto, del mismo modo en que él abrazó la cruz junto a Simón de Cirene.

«En la Pasión, la cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección»[5]. Ni siquiera a la Madre de Dios se le ahorró el compartir el peso de la cruz. Podemos acudir a ella para que sepamos llevar la nuestra con sentido de hijos de Dios y con visión sobrenatural.



27 de junio de 2026

TENER FE DE VERDAD

 


Evangelio Mt 8, 5-17


Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:


—Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.

Jesús le dijo:

—Yo iré y le curaré.

Pero el centurión le respondió:

—Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.

Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:

—En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes


PARA TU RATO DE ORACION 


AL POCO de entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión a Jesús y le rogó: «Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,6). Probablemente la súplica sorprendió a la gente que presenció la escena. Sería inaudito que un hombre importante del imperio romano se acercase a un judío con esta actitud: llamándole «señor» y presentándose necesitado, débil y casi desesperado. Quizá era consciente de que una humillación así le haría perder autoridad entre los habitantes de Cafarnaún, pero su prestigio era lo de menos: su prioridad era encontrar una solución que arreglara la situación de su criado. A Jesús le conmovió la humildad de este centurión, y antes incluso de que le hiciera una petición concreta le contestó: «Yo iré y le curaré» (Mt 8,7).


Seguramente las palabras de Jesús volvieron a extrañar a los allí presentes, pues manifestaba la intención de ir a su casa. Cuando un judío entraba en el hogar de un gentil contraía impureza legal, lo que suponía un alejamiento de la presencia de Dios según la Ley. De hecho, el centurión conocía esa costumbre, de ahí que dijera: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). «Cuando nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra en nosotros, es Él el que vuelve a hacer todo de nuevo, porque esta es la venida, lo que significa cuando viene Cristo: volver a hacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza y el camino»[1].


Jesús desea entrar en el corazón de aquel hombre sencillo y necesitado para manifestarle su amor concreto. También nosotros podemos sentirnos indignos de estar con el Señor, pero Dios precisamente viene en busca del más débil, también del que se siente medio roto, del que ha perdido la autoestima, del que considera que su petición es molesta. Dios ha venido a curar. Y solo espera que, como el centurión, se lo pidamos con humildad y nos acerquemos a Él.


EL CENTURIÓN se fía tanto de Jesús que se conforma con una palabra suya para lograr la curación del criado. En el fondo, ha aplicado un razonamiento que conoce bien. Él mismo tiene una autoridad humana por la que los soldados obedecen inmediatamente a sus órdenes: «Le digo a uno: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene» (Mt 8,9). Por eso a Jesús, que tiene una autoridad divina, le podría bastar una sencilla orden para que la enfermedad desaparezca del cuerpo de su criado. Este planteamiento causó la admiración del Señor y de la muchedumbre: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos» (Mt 810-11). Y podemos considerar: ¿no es así como a veces responden los niños y también las personas que en la vida espiritual tratan de explorar un camino de infancia?


Jesús elogia la fe de un hombre que, con ojos de la época, pocos dirían que pudiera tener fe. Aparentemente, no era la persona más apropiada para recibir una alabanza de este tipo, pues Dios no se había revelado a su pueblo como lo había hecho con Israel. Cristo anuncia de este modo que el nuevo pueblo de Dios no está circunscrito a una nación, sino que ofrece la salvación a todas las gentes. «A los hijos del extranjero que se adhieran al Señor para servirlo –había profetizado Isaías–, (...) les haré entrar en mi monte santo» (Is 56,6-7). Tener una visión esperanzada del mundo, como Jesús, nos lleva a descubrir lo bueno que tienen todas las personas, incluso aquellas que, a simple vista, puedan estar más lejos del Señor. En muchas de ellas, como el centurión, late el deseo de encontrar a un «Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto»[2].


ANTES de recibir la Comunión en la santa Misa, la liturgia nos propone repetir el acto de fe del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). Con esta expresión manifestamos la necesidad que tenemos de ser curados por Cristo: él viene a nuestra alma precisamente para sanar nuestras heridas. «La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles»[3].


A lo largo del día podemos alimentar el deseo de que Jesús venga a nuestra casa a través de la comunión espiritual. «Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con él en las obras»[4], sugería san Josemaría. Quizá todos tenemos la experiencia de esperar, durante un tiempo, algo que nos hace especial ilusión: una fiesta, unas vacaciones, la llegada de un ser querido… Tal vez los días anteriores están llenos de preparativos y con nuestra imaginación empezamos a suponer cómo transcurrirá ese momento. Y cuando finalmente se hace presente, afrontamos esa jornada con una ilusión casi proporcional al tiempo de espera.


Con la comunión espiritual no solo nos preparamos para recibir al Señor en la Eucaristía, sino que renovamos nuestro deseo de que venga para curarnos. Cuentan que el mismo Jesús en persona confió a santa Faustina Kowalska que si rezamos la comunión espiritual varias veces al día, en tan solo un mes veremos nuestros corazones completamente cambiados. Por eso, le podemos pedir al Señor la fe de los santos, para ser transformados con esa oración. También san José se alimentó de comuniones espirituales durante nueve meses. Soñaba cómo sería el Niño y seguramente hablaría con María acerca de su llegada. Y cuando finalmente nació, sus expectativas quedarían desbordadas: se consideraría el hombre más feliz del mundo al tener entre sus brazos al mismo Dios.

26 de junio de 2026

SAN JOSEMARÍA

 


Evangelio (Lc 5, 1-11)


Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.


Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:


—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.


Simón le contestó:


—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.


Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:


—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.


Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:


—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.


Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


PARA TU RATO DE ORACION 


CONMEMORAMOS, UN AÑO MÁS, el nacimiento de san Josemaría al cielo, aquel 26 de junio de 1975. Allí está ahora, en nuestra patria definitiva, glorificando a Dios junto a todos los santos y santas de la Iglesia, junto a todas las personas que su predicación y su labor de fundador han ayudado a vivir junto a Dios. En varias ocasiones señaló precisamente que su gran ilusión era, escondido en algún rincón del cielo, ver a toda la gente de la que, por querer divino, ha sido padre en el Opus Dei y a quienes se han acercado al calor de esta familia. En la ceremonia de beatificación de san Josemaría, sucedida en Roma el año 1992, señaló san Juan Pablo II: «La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes»[1]. Sin duda, el mensaje espiritual de san Josemaría tiene muchos aspectos, pero existe una luz recibida de Dios que orienta a los demás: recordar la llamada universal a la santidad y al apostolado en medio del mundo; recordar que todos estamos llamados a ser felices junto a Dios, en medio de todas las cosas que hacemos.


«Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca»[2]. Quizás tenemos el día lleno de problemas por resolver, en medio de un trabajo que nos cuesta esfuerzo, viviendo una rutina que tal vez se nos empieza a hacer monótona, o experimentamos alguna relación que atraviesa momentos de dificultad. Y puede suceder que tengamos la tentación de pensar que lo mejor sería que todo aquello pasase rápido para, quizás después, en un momento aparte, disfrutar de nuestra relación con Dios. Sin embargo, vienen en nuestra ayuda las palabras de san Pablo: «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14). El mensaje de san Josemaría nos invita a dejarnos llevar por el Espíritu de Dios en medio de las cosas ordinarias. Dios no se ha olvidado de nosotros en todos aquellos momentos: nos espera allí, con su amor de Padre, para hacerlo todo a nuestro lado. «¡Podéis transformar en divino todo lo humano, como el rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba!»[3].


Se comprende la predilección que guardaba san Josemaría hacia los años de vida oculta de Cristo o hacia la vida de los primeros cristianos. En el primer caso tenemos al mismo Dios llevando una vida normal, en tantas cosas similar a la nuestra, en medio de las fatigas y de las alegrías cotidianas. En el segundo caso tenemos a personas corrientes, de todas las profesiones o situaciones imaginables que, aparentemente sin que cambie nada externo, han dejado entrar la luz de Dios en su vida para, al mismo tiempo, iluminar la de quienes tienen alrededor. Y todo esto impulsado sacramentalmente por el Bautismo que hemos recibido los cristianos: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23)»[4].


«¡QUÉ CAPACIDAD tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio! –observaba san Josemaría–. (…) Estando plenamente metido en su trabajo ordinario, entre los demás hombres, sus iguales, atareado, ocupado, en tensión, el cristiano ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios. La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo»[5].


San Juan Pablo II, en la beatificación de san Josemaría, a quien hoy celebramos, señalaba que «el creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital»[6]. El fundador del Opus Dei tenía la clara convicción de que la santidad en medio del mundo solamente es posible si se la construye sobre la fuerte roca de una vida de oración de hijo de Dios. La conversación de un hijo con su Padre se adapta a cualquier circunstancia, respira un ambiente de libertad, está llena de la confianza de quien se sabe siempre comprendido. La vida de oración a la que nos impulsa san Josemaría es profunda hasta el punto en que, aun sabiéndonos en medio del mundo, no dudaba en compararla con las cimas espirituales más altas alcanzadas por los místicos. La oración, aquella relación «ininterrumpida y vital», es «cimiento de la vida espiritual»[7].


«Hagamos, por tanto, una oración de hijos y una oración continua. Oro coram te, hodie, nocte et die (2 Esdr 1,6): oro delante de ti noche y día. ¿No me lo habéis oído decir tantas veces que somos contemplativos, de noche y de día, incluso durmiendo; que el sueño forma parte de la oración? Lo dijo el Señor: Oportet semper orare, et non deficere (Lc 18,1); hemos de orar siempre, siempre. Hemos de sentir la necesidad de acudir a Dios, después de cada éxito y de cada fracaso en la vida interior (…). Cuando andamos por medio de las calles y de las plazas, debemos estar orando constantemente. Este es el espíritu de la Obra».[8]


EL DÍA 6 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro, fue canonizado san Josemaría. Durante la homilía, el Papa san Juan Pablo II señaló: «Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares (…). Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu»[9].


En varias ocasiones, san Josemaría se refirió al Opus Dei como una «inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[10]. Lo decía en referencia a que las personas del Opus Dei, o quienes acuden a sus actividades formativas, no se acercan al mundo como algo extraño a él, como algo de cierta manera distinto o ajeno, sino que quienes han sido vivificados por el espíritu de la Obra son del mundo. Esto quizás trae a nuestra mente la imagen evangélica de la masa y la levadura (cfr. Mt 13,33): Jesús mismo explicó que los cristianos son como los demás, personas corrientes, difícilmente diferenciables por cosas externas, y que solo así fermentan todo desde dentro. Y para esto tampoco hay estrategias extraordinarias: allí donde un cristiano quiere, de la mano de Dios, ser un buen amigo de quienes les rodean, se dará inevitablemente la evangelización, porque compartirá naturalmente lo que alegra su corazón. Es lo que san Josemaría llamaba «apostolado de amistad y confidencia»[11].


«En la primera lectura se dice que Dios colocó al hombre en el mundo “para que lo trabajara y lo custodiara” (Gn 2,15). Y en el salmo que cantamos –y que san Josemaría rezaba todas las semanas– se nos dice que, a través de Cristo, tenemos como herencia todas las naciones y que poseemos como propia toda la tierra (cfr. Sal 2,8). La Sagrada Escritura nos lo dice claramente: este mundo es nuestro, es nuestro hogar, es nuestra tarea, es nuestra patria. Por eso, al sabernos hijos de Dios, no podemos sentirnos extraños en nuestra propia casa; no podemos transitar por esta vida como visitantes en un lugar ajeno ni podemos caminar por nuestras calles con el miedo de quien pisa territorio desconocido. El mundo es nuestro porque es de nuestro Padre Dios»[12].


San Josemaría dijo que, si alguien le quería imitar en algo, lo hiciera en el amor que tenía a santa María. A nuestra Madre podemos pedirle una vida contemplativa, vivida en medio del mundo, para compartir con tantas personas la alegría de vivir junto a Dios.




25 de junio de 2026

LA PUERTA DE DIOS SIEMPRES ESTA ABIERTA


 Evangelio  (Mt 7, 21-29)


«No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.


Aquel día muchos dirán: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?".


Entonces yo les declararé: "Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad".


El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.


El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».


Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Cristo se dirigió así a la multitud: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21). Es posible que Jesús percibiera en algunos de los oyentes unos deseos de conversión formulados en palabras que, sin embargo, no llegaban a traducirse en obras. Quizá había muchas resoluciones espontáneas de hacer el bien pero que carecían de profundidad y constancia. Tal vez eran personas que reconocían la autoridad del Maestro, pero no confiaban en que sus propuestas garantizaran una vida plena y feliz.


Por eso Jesús sintió la necesidad de compartir con los hombres un aspecto esencial del camino que él anunciaba. La vida cristiana no se agota en una formulación teórica, sino que es una realidad que transforma por completo e implica una toma de posición que se traduce en obras. «Tener fe no es tener un conocimiento: tener fe es recibir el mensaje de Dios que nos trajo Jesucristo, vivirlo y llevarlo adelante»[1]. La propuesta del Señor interpela a toda la persona, es una llamada que resuena en los resortes de la inteligencia, de la voluntad y del corazón.


Las acciones que hacemos revelan el grado de interés que suscita en nosotros un determinado objetivo. Del mismo modo que si uno quiere estar en buena forma física se propone un plan de ejercicio y de alimentación, seguir al Señor significa tomar elecciones concretas. Y esto implica tanto alejarse de todo aquello que nos pueda separar de Dios como fomentar las prácticas que refuercen nuestra relación con él: la oración, los sacramentos, la formación cristiana… Esta es la coherencia que refleja de modo auténtico nuestra fe. En palabras de san Josemaría, ojalá «brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que él no puede fallar. Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está solo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia»[2].


CUANDO la fe se traduce en preferencias concretas, la vida cristiana adquiere una mayor hondura. De este modo, el Espíritu Santo construye en nosotros una identidad duradera sobre la base firme de unas convicciones hechas vida, como una casa construida con sólidos cimientos. Precisamente el Señor, en el Evangelio, compara los destinos de dos viviendas: una asentada sobre arena y otra sobre piedra. La primera apenas puede resistir el aluvión; la segunda, en cambio, goza de una estructura que le permite aguantar la embestida de las aguas.


En la relación con Dios también experimentamos la fuerza de las contrariedades y la debilidad de nuestra naturaleza. A veces queremos hacer una cosa, pero acabamos realizando la contraria. Y esto nos puede provocar desánimo y cansancio. Admitir la existencia de estas dificultades no es pesimismo, sino sano realismo. «El optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios»[3].


Puede darse que, en ocasiones, sintamos con especial intensidad la alegría de permanecer junto al Señor; en otras, sin embargo, notamos como si se hubiera alejado y, por tanto, aquello que antes nos llenaba ahora nos resulta indiferente o costoso. Quizá entonces el corazón nos presenta otros caminos que prometen la felicidad que tanto anhelamos. En esos momentos el Espíritu Santo no está ausente de nuestra vida. Podemos recurrir a él para que, precisamente en esa circunstancia, cimentemos la casa sobre roca, que es su presencia en nuestra alma. Muchas veces los sentimientos soplan en la misma dirección a la que se encamina el deseo de Dios, pero otras nos hallamos caminando hacia una meta que juzgamos buena sin la ayuda de ese viento favorable o, incluso, a «contrapelo»[4]. Si la propia vida está asentada en convicciones firmes, en ideales nobles que pueden expresarse en cualquier situación, la casa no se verá arrastrada por la fuerza del agua, siempre imprevisible e incontrolable; es más, se verá ese momento como oportunidad para reforzar los propios ideales y madurar el amor que hemos elegido, pues el Paráclito habita dentro de nosotros. De este modo, cuando pase la lluvia y vuelva el sol, veremos que valía la pena construir la casa sobre la sólida roca.


CUANDO arrecia una tormenta tenemos la necesidad de buscar refugio. Al advertir nuestra fragilidad y notar que los sentimientos no nos acompañan, la oración nos puede brindar un cobijo seguro. De todos modos, la oración no es algo a lo que acudir solamente en situaciones extraordinarias. Jesús transmitió a los apóstoles la importancia de rezar en todo momento y no desfallecer (cfr. Lc 18,1). A poco que lo pensemos, desde un punto de vista objetivo, no hay situaciones que exijan más o menos oración, porque la oración para nosotros es siempre y en todo momento una gozosa necesidad. Con ella nos damos cuenta de hasta qué punto el Espíritu Santo nos acompaña y guía nuestra vida amorosamente.


Sin embargo, es evidente que, desde el punto de vista de nuestra experiencia, hay situaciones que pueden alejarnos más de la oración cuando paradójicamente esta es más necesaria que nunca. Así lo dice Jesús a los apóstoles en Getsemaní: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Cuando la tentación se manifiesta con más fuerza, cuando los sentimientos desaparecen, cuando nuestra fe parece debilitarse… la oración es más poderosa que nunca, a pesar de que nos parezca lo contrario. No rezar porque creemos estar lejos, o porque no sentimos nada, o porque nuestra fe flaquea, es un argumento solo aparentemente lógico: es precisamente en esas circunstancias donde mayor necesidad tenemos de refugiarnos en la oración y de recomenzar desde allí, para descubrir hacia dónde nos lleva el Espíritu Santo. «Cuando te parezca que el Señor te abandona –escribe san Josemaría–, no te entristezcas: ¡búscale con más empeño! Él, el Amor, no te deja solo. –Persuádete de que “te deja solo” por Amor, para que veas con claridad en tu vida lo que es suyo y lo que es tuyo»[5].


Cuando la tormenta empeora y los fundamentos de la casa parecen ceder, tenemos al alcance el grito del salmista: «Que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, por el honor de tu nombre» (Salmo 79,8-9). Si a veces nos faltan palabras en nuestra oración, podemos adentrarnos en los Salmos y hallar en ellos una falsilla para nuestra plegaria: «En los salmos, el creyente encuentra una respuesta. Él sabe que, incluso si todas las puertas humanas estuvieran cerradas, la puerta de Dios está abierta. Si incluso todo el mundo hubiera emitido un veredicto de condena, en Dios hay salvación. “El Señor escucha”: a veces en la oración basta saber esto»[6]. En esos momentos también podemos acudir a la Virgen María. Ella se encargará de presentar nuestras súplicas a su Hijo y nos ayudará a vivir las tormentas con paz y serenidad.


24 de junio de 2026

SAN JUAN BAUTISTA


Evangelio (Lc 1,57-66.80)


Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:


—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.


Y le dijeron:


—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:


—¿Qué va a ser, entonces, este niño?


Porque la mano del Señor estaba con él.


Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA IGLESIA suele conmemorar a los santos el día de su marcha al cielo, que en los primeros tiempos del cristianismo coincidía muchas veces con su martirio. Sin embargo, el caso de san Juan Bautista ha sido singular desde los primeros siglos, pues se celebraba también su nacimiento, acontecido seis meses antes que el de Jesús. La Iglesia siempre entendió, a través de la Escritura, que el Bautista quedó lleno del Espíritu Santo desde el seno materno (cfr. Lc 1,15), cuando María, ya con el Señor en su vientre, visitó a su prima santa Isabel.


En el evangelio leemos el nacimiento y la imposición del nombre de Juan Bautista, y aquellos sucesos nos invitan a considerar el designio divino que los precede. «El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre» (Is 49,1). Estas palabras del profeta Isaías enuncian una de las realidades más profundas de la existencia humana: no aparecimos en esta tierra por azar, ni somos un ejemplar más, anónimo y poco relevante, de nuestra especie. Nuestra llegada a la vida es, al mismo tiempo, una llamada de Dios, una elección que promete felicidad y misión. Él nos ha creado como somos, con cada una de nuestras particularidades; ha pronunciado nuestro nombre propio, personal, nos ha querido únicos e irrepetibles. «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno –dice el salmista–. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables tus obras» (Sal 139,13-14).


«Dios quiere algo de ti, Dios te espera a ti (...). Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí: si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto»[1]. San Josemaría explicaba que para recibir la luz del Señor y dejar que ilumine el sentido de nuestra existencia, «hace falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y decir con Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras de vida eterna (...)”. Si dejamos entrar en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como el sol brilla sobre la tempestad»[2].


«A TI, NIÑO, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos» (Lc 1,76). Estas palabras pronunciadas por Zacarías, que repetimos en la aclamación antes del evangelio, ponen de manifiesto la unión inseparable que existe entre vocación y misión, entre llamada y envío. La grandeza de la vocación de Juan, en efecto, reside en la importancia irrepetible de su misión. «El mayor de los hombres fue enviado para dar testimonio al que era más que un hombre»[3], dice san Agustín. Y Orígenes añade otro aspecto de la vocación del Bautista que se extiende hasta nuestros días: «El misterio de Juan se realiza todavía hoy en el mundo. Cualquiera que está destinado a creer en Jesucristo, es preciso que antes el espíritu y el poder de Juan vengan a su alma a “preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17) y, “allanar los caminos, enderezar los senderos” (Lc 3,5) de las asperezas del corazón. No es solamente en aquel tiempo que “los caminos fueron allanados y enderezados los senderos”, sino que todavía hoy el espíritu y la fuerza de Juan preceden la venida del Señor y Salvador»[4].


Cada cristiano está también llamado a continuar la misión de Juan Bautista, preparando a las personas para el encuentro con Cristo: «¡Qué bonita es la conducta de Juan el Bautista! –dice san Josemaría–. ¡Qué limpia, qué noble, qué desinteresada! Verdaderamente preparaba los caminos del Señor: sus discípulos sólo conocían de oídas a Cristo, y él les empuja al diálogo con el Maestro; hace que le vean y que le traten; les pone en la ocasión de admirar los prodigios que obra»[5]. La vida de san Juan Bautista fue sobria y penitente, en consonancia con el mensaje de conversión que compartía. Su predicación fue un intrépido anuncio de la verdad de Dios, de la que dio testimonio hasta la muerte. Como él, también nosotros estamos llamados a llevar a Cristo hacia los lugares donde se desenvuelve nuestra vida. Para eso, como Juan y sus discípulos, pondremos nuestros ojos en Jesús para, llenos de su vida, invitar a hacerlo a quienes están a nuestro lado.


CUANDO JUAN estaba por concluir el curso de su vida, decía: «¿Quién pensáis que soy? No soy yo, sino mirad que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies» (Hch 13,25). San Juan Bautista es un ejemplo de humildad y de intención recta. Nunca buscó brillar con luz propia, anunciarse a sí mismo, aprovecharse de su vocación para recabar protagonismo, u otras ventajas personales. «No puede el hombre apropiarse nada si no le es dado del cielo» (Jn 3,27), explicó a varios de sus discípulos, cuando estos se preocuparon al ver que sus seguidores empezaban a disminuir. «Mi alegría es completa. Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,29-30), continuaba. El apostolado y la conversión de los corazones son tarea de Dios, en la cual nosotros somos humildes colaboradores. Él es dueño del fruto y de los tiempos. En palabras de san Agustín, Juan siempre fue consciente de que él «era la voz, pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio»[6].


También en nuestra vida de apóstoles conviene que Cristo crezca y que nuestro yo disminuya. Esto requiere una profunda humildad, como explicaba san Josemaría: «Yo me imagino que todos estáis haciendo el propósito de ser muy humildes. Os evitaréis así muchos disgustos en la vida, y seréis como un árbol frondoso; pero no con fronda de hojas, ni de frutos que, cuando son vanos, cuando no tienen una pulpa carnosa y dulce, no pesan, y el árbol tiene las ramas hacia arriba, ¡vanidoso! En cambio, cuando los frutos son maduros, cuando están macizos, cuando la pulpa, como decía antes, es dulce y grata al paladar, entonces las ramas se bajan, con humildad (...). Vamos a pedírselo a Santa María, nuestra Madre, que por algo he hecho que tengáis siempre en los labios como un piropo encantador dirigido a la Virgen, aquel grito: Ancilla Domini!»[7], esclava del Señor.