"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

10 de febrero de 2026

LA PLENITUD

Evangelio (Mc 7, 1-13)


Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas:


—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?


Él les respondió:


—Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos”. Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.


Y les decía:


—¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”. Y “el que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte”. Vosotros, en cambio, decís que si un hombre le dice a su padre o a su madre: «Que sea declarada “Corbán” -que significa “ofrenda”- cualquier cosa que pudieras recibir de mí», ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre. Con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas parecidas a éstas.



PARA TU RATO DE ORACION 



A LO LARGO de su vida pública, Jesús era continuamente juzgado por los fariseos. En no pocas ocasiones, como no encontraban de qué acusarle (cfr. Lc 6,7), se fijaban en el comportamiento de sus discípulos: querían encontrar en ellos las fisuras que no encontraban en el Señor. En una ocasión, el escándalo farisaico se debió a que los apóstoles habían comido los panes sin haber llevado a cabo todos los ritos previstos para la purificación de las manos. Quizás recordamos a nuestras madres insistiéndonos en la importancia de lavarnos las manos antes de comer. Más de una vez lo habremos hecho a regañadientes, tal vez simplemente para evitar un mal rato. Pero, después, crecimos. Y ahora hemos descubierto que no se trataba de un simple capricho: era un gesto importante, tenía un sentido, porque la salud estaba en juego.


Podemos decir que en los fariseos que interpelan a Jesús jamás creció interiormente el sentido de la Ley. Seguían lavándose las manos, pero siempre por miedo al castigo. «El miedo oprime el corazón e impide salir al encuentro de los demás, al encuentro de la vida»[1]ellos fariseos nunca entendieron que los mandamientos de Dios no eran un capricho, sino una orientación amorosa para el bien de sus almas. Nunca comprendieron que «la ley no fue hecha para convertirnos en esclavos, sino para hacernos libres, para hacernos hijos (...). La rigidez no es un don de Dios. La mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí. Pero la rigidez no»[2]. Detrás de cada mandamiento late el deseo de Dios de que tengamos el corazón limpio para poder contemplarlo a él (cfr. Mt 5,8). Esto último es lo importante.


EN LA VIDA CRISTIANA, estamos llamados a que nuestra adhesión a unos preceptos se dé cada vez con una mayor pureza de corazón, y no simplemente por afán de cumplir o de sentirnos satisfechos porque, supuestamente, hemos hecho nuestra parte. Ciertamente, podemos caer en el error de los fariseos y pensar que la vida cristiana consiste en una serie de cosas que «hay que cumplir», convirtiendo el amplio horizonte de la santidad en un reducido espacio, en donde lo único que cuenta es consumar a rajatabla una serie de deberes. Por otro lado, podemos también caer en la actitud contraria, la que interpreta que lo único que cuenta para obrar es «sentir amor» en un sentido abstracto, reduciéndolo simplemente a una sensación agradable que va y viene.


Es por eso que Jesús, en su diálogo con los fariseos, trae a colación unas palabras recogidas en el libro de Isaías, y que nos ofrecen un camino para entender lo que el Señor espera de nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Is 29,13). El testimonio de la Sagrada Escritura, ya desde el Antiguo Testamento, es unánime en ese sentido: lo que Dios nos pide es la entrega sincera del corazón. Quien busca continuamente el diálogo sincero con Dios no cae en el escrúpulo, porque descubre su profundo amor misericordioso; ni tampoco cae en la laxitud, porque sabe que ese amor merece una correspondencia, y para eso no bastan simplemente las palabras. «“Obras son amores y no buenas razones” –solía recordar san Josemaría–. ¡Obras, obras! Propósito: seguiré diciéndote muchas veces que te amo –¡cuántas te lo he repetido hoy!–; pero, con tu gracia, será sobre todo mi conducta, serán las pequeñeces de cada día –con elocuencia muda– las que clamen delante de Ti, mostrándote mi Amor»[3].


SAN PABLO ERA «fariseo, hijo de fariseos» (Hch 23,6). Fue criado en ese ambiente que buscaba dar gloria a Dios en el cumplimiento puntual de los mandamientos. «En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable» (Flp 3,5), dice. Sin embargo, algo sucedió en la vida de Pablo que cambió radicalmente su visión de lo que Dios esperaba de él: el encuentro personal con Jesucristo. Lo que cambia a partir de entonces no es que san Pablo deje de cumplir la ley de Dios, sino que quiere «vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe» (Flp 3,8-9).


San Pablo descubre que «la caridad es la plenitud de la Ley» (Rm 13,10). Vivir la caridad implica reconocer, en primer lugar, que solamente nos la puede dar Dios, que es un don del Señor. «El mandamiento del amor a Dios y al prójimo (...) está “escrito” en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en “la ley del Espíritu” (...). Es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón»[4]. A la Virgen, que en la Ley nunca vio esclavitud sino la libertad del amor, podemos pedirle ayuda para «vivir según el Espíritu Santo» que, en palabras de san Josemaría, supone «dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida»[5].




9 de febrero de 2026

ALEGRÍA



Evangelio (Mc 6, 53-56)


Acabaron la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret y atracaron.


Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron.


Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todos los que se sentían mal.


Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos o en ciudades o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.



PARA TU RATO DE ORACION 


LA LLEGADA DE un personaje importante suele producir una pequeña revolución en los lugares que visita, sobre todo si son sitios poco acostumbrados a vivir grandes sucesos. Lo que suele reinar en los pequeños pueblos es la tranquilidad de la rutina, la repetitiva cadencia de una vida marcada por la cotidianidad de hacer siempre las mismas cosas y ver continuamente a las mismas personas. Por eso, la llegada de Jesús a Genesaret fue una revolución. Desde que «lo reconocieron» (Mc 6,54), la noticia corrió de boca en boca con la velocidad de quien no quiere desaprovechar la oportunidad de su vida. Las plazas de aquellas aldeas se llenaron de enfermos y el ruido de las camillas al tocar el suelo se convirtió en el sonido por excelencia en esa zona de Galilea.


«El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura»[1]. Y es fácil imaginarse que sería precisamente eso, ternura, lo que desprendería la mirada de Jesús mientras iba sanando a cada enfermo; mientras, como hizo en otras circunstancias similares, producía en ellos la verdadera revolución: la de perdonarles los pecados (cfr. Mc 2,5). Pero esa revolución requiere un paso previo: cuando bajaron de la barca, «enseguida lo reconocieron», nos dice el Evangelio. Solo puede ser sanado por Cristo quien es capaz de reconocerlo. Quizás, como supieron hacer los santos, podemos empezar por reconocer a Jesús en la carne de las personas que nos rodean, sabiendo mirar con ternura sus heridas. Sabemos que todos los detalles de servicio que hacemos con nuestros amigos o familiares, los estamos teniendo realmente con Jesucristo (cfr. Mt 25,40). San Josemaría sostenía que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos»[2].


SI MIRAMOS LOS acontecimientos desde lejos, vemos al Señor rodeado de conmoción, ruido, gritos; grandes cantidades de personas se abarrotan intentando alcanzarlo. Sin embargo, queremos descubrir qué pasa más cerca, en el corazón de Jesús. Además de la ternura en su mirada, no hay duda de que la alegría que experimentaban las personas curadas embargaría también al Señor, que sabía regocijarse con lo que era causa de felicidad para los demás. San Pablo invita a los Romanos a alegrarse con los que se alegran (cfr. Rm 12,15) porque sabe que esa es la actitud propia de quien tiene los sentimientos de Cristo (cfr. Flp 2,5).


No obstante, sabemos que Jesús no vino para traer la alegría pasajera de una curación física. Tiempo después, camino hacia el Calvario, «a derecha e izquierda, el Señor ve esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno, por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están (...) los que fueron curados de sus dolencias»[3]. En efecto, Jesús sabía que, a la vuelta de poco tiempo, algunos habrían borrado de su memoria aquel día, dejando en el olvido las maravillas que el Mesías había obrado en sus vidas.


Las personas de Genesaret que recobraron la salud lo hicieron ciertamente porque creían que Jesús podía hacer el milagro, creían en su capacidad de vencer a la enfermedad. Sin embargo, quizás su corazón se quedó a mitad de camino; solamente buscaron al Señor mientras tenía algo inmediato que ofrecerles, no descubrieron la profunda alegría de la vida junto a Jesús. Al contrario, «la alegría cristiana brota de la certeza de que Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros: en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad (...). Y esta alegría permanece también en la prueba, incluso en el sufrimiento; y no está en la superficie, sino en lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él»[4].


PONER EN CONTRASTE lo sucedido en Genesaret, cuando la multitud se precipitaba buscando la curación, de frente a lo acaecido en el Calvario, cuando el gentío clamó por la crucifixión, nos puede ayudar a considerar despacio, con sinceridad, qué es exactamente lo que buscamos cuando buscamos a Jesús. San Juan, que tan bien conocía lo que albergaba el corazón de Cristo, nos da una pista para purificar nuestra fe: «Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16). Se trata de algo que a veces, sin querer, podemos olvidar en los momentos de dificultad, cuando nos parece que el Señor está dormido o que no quiere usar su poder.


Porque sin duda, ese es uno de los grandes retos de la fe: abrazar el misterio de la voluntad de Dios cuando el Señor no utiliza su poder como a nosotros nos parece que debería hacerlo. Creer en Jesús cuando presenciamos un milagro es fácil; lo difícil es asistir a circunstancias en las que nos parece, erróneamente, que Dios no interviene. A veces, sin darnos cuenta, podemos comportarnos como aquellos que gritaban en el Calvario: «Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27,42).


Tantas veces vemos injusticias, maltratos y dolores que nos pueden hacer dudar sobre la presencia de Dios. San Juan vivió lo mismo: tormentas, persecuciones, el martirio del Bautista y de los otros once apóstoles. Es más: san Juan vivió el Calvario, y paradójicamente, es eso lo que le permite afirmar que ha «conocido y creído» en el amor de Dios. Es precisamente eso, que el Señor no baje de la cruz, lo que nos ha enseñado que la revolución de la ternura no es un cúmulo de sucesos bonitos, sino la presencia de un amor que se entrega hasta las últimas consecuencias. «La experiencia de la ternura consiste en ver el poder de Dios pasar precisamente a través de lo que nos hace más frágiles»[5]. María, nuestra madre, es quien mejor comprende el amor de Dios: ella nos ayudará a conocerlo mejor y creer más firmemente en él.



8 de febrero de 2026

Luz, sal y levadura



Evangelio (Mt 5,13-16)


Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.


Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 



SON MUCHOS los personajes de la Escritura que exhortan a las gentes a cuidar de los más débiles. «Parte tu pan con el hambriento –dice Isaías–, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo» (Is 58,7); compartir el alimento, dar un hogar, proporcionar un vestido. Dios, por medio del profeta, propone estos tres gestos que llevan a cubrir las necesidades más elementales del hombre: recuperar fuerzas con la comida, sentirse querido en un lugar y vivir con dignidad de hijos.


La Escritura nos dice una y otra vez que Dios cuenta con nuestra creatividad para ayudar a las personas que tienen alguna dificultad para satisfacer por sí solas esas necesidades. De hecho, cuando Jesús contempló a una muchedumbre hambrienta, no dio a sus discípulos un plan detallado para solucionar el problema, sino que les dijo: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Estas fueron sus únicas instrucciones. Quería que los apóstoles pensaran cómo hacerlo, que pusieran en juego sus propios talentos y se esfuercen por buscar recursos en esa situación. Y aunque el fruto del trabajo fue insuficiente –«no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Lc 9,13)–, al final todos quedaron saciados.


Jesús sigue obrando milagros similares cuando ofrecemos nuestra ayuda a alguien necesitado. Probablemente no siempre multiplicará el número de panes, pero sí realizará un prodigio mayor: iluminará la vida de esa persona. Es decir, no satisfará solamente el hambre material, sino también el espiritual, las necesidades más profundas: sentirse querido, acompañado, escuchado. «Cuando partas tu pan con el hambriento –continúa el profeta– y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Is 58,10). Con los recursos materiales que podamos brindar reflejaremos la luz de Dios. A través del pan y del vestido la otra persona percibirá que hay alguien para quien es importante y que escucha su súplica: «Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy”» (Is 58,9).


EL SALMISTA define así a la persona que vive atenta a las necesidades de los que le rodean: «Su corazón está seguro, sin temer. Reparte generosamente a los pobres; su justicia permanece para siempre; lleva alta su frente con honor» (Sal 111,8-10). Y añade que no tendrá nada que pueda hacerle tener miedo, pues «está firme en el Señor». Este estilo de vida se alimenta de la convicción de que Dios es quien actúa, quien enciende la propia vida para entregarla a los demás.


Y esta actitud es compatible con la experiencia de la propia debilidad. De hecho, san Pablo, quien trabajó infatigablemente para los cristianos de su tiempo, cuenta que cuando llegó a Corinto se presentó «débil, y con temor y mucho temblor». Y aclara que su predicación no se basó en sus propias cualidades persuasivas, «sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no se fundamente en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios» (1 Co 2,1-4). El propio estado físico y anímico de san Pablo debió de ayudar a los corintios a comprender que lo que estaban escuchando venía de Dios.


«No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte –dice Jesús en el sermón de la montaña–; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,14-15). Dios ilumina nuestra vida –también nuestras sombras– precisamente para hacer llegar su luz a todos. Cuando, como san Pablo, experimentemos las dificultades de esta tarea, nos consolará saber que «una chispa de luz, un pequeño punto luminoso, basta para alumbrar a una multitud»[1].


SAN JOSEMARÍA recordaba, una y otra vez, que «nuestra condición de hijos de Dios nos llevará a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas –luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional–, haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios»[2]. El mundo no es un obstáculo para encontrar al Señor, sino todo lo contrario. Es el lugar donde los cristianos, unidos a Dios, con su presencia y sus obras contribuyen a que todos los hombres lo conozcan. Como la sal, dan un nuevo sabor a las realidades terrenas. Como la luz, difunden en medio de la oscuridad «el amor de Dios, verdadera sabiduría que da significado a la existencia y a la actuación de los hombres»[3].


«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará? (...) Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte» (Mt 5,13-14). Estas palabras muestran que los discípulos no pueden quedarse de brazos cruzados, no pueden ser sal o luz sin estar en contacto con el mundo. «Tenemos, por tanto, una tarea y una responsabilidad por el don recibido: a esa luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera nuestra propiedad»[4]. Dios llama delicadamente, sin cesar, a las puertas de nuestro corazón, para llenarlo de su luz y de su fuerza, y para expandir esa caridad en quienes nos rodean, de la manera en la cual cada persona lo necesita.


Cuando Jesús comienza su vida pública, María parece ocupar un plano discreto. Esto, sin embargo, no quiere decir que estuviera ausente. No dio grandes discursos ni tuvo intervenciones excepcionales, pero su corazón materno estuvo pendiente de su Hijo y de los apóstoles. Y cuando llegó el momento de la Pasión, su presencia a los pies de la cruz fue uno de los mayores consuelos que recibió Jesús. Podemos pedir a Dios que, como nuestra Madre, sepamos también dar consuelo –sabor y luz– a las vidas de quienes tenemos cerca.

7 de febrero de 2026

DESCANSAR EN LA ORACION



 Evangelio (Mc 6,30-34)

En aquel tiempo, reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice:

— Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.



PARA TU RATO DE ORACION 



LAS MULTITUDES seguían al Señor de un lado para otro, pendientes de sus palabras. La predicación del Reino de Dios y la llamada a la conversión ocupaban todo el tiempo y todas las energías del Señor. «Eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer» (Mc 6,31). Era tal la intensidad de la misión, que no había un momento de tranquilidad. Los apóstoles participaban de esta entrega de Cristo a los demás. Cuando volvieron de su primer envío, le contaron a Jesús «todo lo que habían hecho y enseñado» (Mc 6,30). Tras estas jornadas intensas de misión apostólica, entusiasta pero también agotadora, tenían necesidad de descanso. Jesús, lleno de comprensión, se preocupa de asegurarles un poco de alivio. Entonces, les dice «Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31). El Señor entiende el cansancio de sus apóstoles porque él mismo también se fatigaba «por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros –predicaba san Josemaría–, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado»[1].


El trabajo intenso, la preocupación por la familia, el servicio a las personas que nos rodean, las prisas y las dificultades… todo ello supone esfuerzo. Y como es lógico, hace su aparición «la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana»[2]. Por tanto, el descanso no es un antojo egoísta ni una pérdida de tiempo; todo lo contrario, es muy necesario para el cuerpo y para el espíritu. «Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[3]. Si no descansamos, probablemente no podremos llevar a cabo nuestras tareas de la mejor manera; pero, sobre todo, como somos cuerpo y alma, si no descansamos quizás se nos podrá dificultar también nuestra vida espiritual. Eso lo sabía Jesús, verdadero hombre, por eso se preocupaba del descanso de los suyos.


LOS APÓSTOLES se marcharon con Cristo «en la barca a un lugar apartado ellos solos» (Mc 6,32). El objetivo era pasar unas horas juntos y descansar del ajetreo, para volver después a acoger a la gente con más ánimo. Como los apóstoles, nosotros necesitamos también descansar con Cristo, acudir al sagrario donde él nos espera, contarle nuestras cosas, las preocupaciones y tareas que tenemos entre manos. Porque «la oración es indudablemente –en palabras de san Josemaría– el quitapesares de los que amamos a Jesús»[4].


En nuestro diálogo con Dios podemos saborear habitualmente la realidad maravillosa de la filiación divina. Sentirnos hijos queridos nos otorga «reposo a la hora del cansancio, paz a la hora de la guerra, serenidad en los momentos de conflicto»[5]. Entendemos, entonces, que su yugo no es tan pesado como podría parecernos, porque él lo lleva con nosotros. Trabajamos en las cosas de nuestro Padre y, de esta manera, la fatiga se convierte en oración. «Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento»[6].


«Si aprendemos a descansar de verdad, nos hacemos capaces de compasión verdadera; si cultivamos una mirada contemplativa, llevaremos adelante nuestras actividades sin la actitud rapaz de quien quiere poseer y consumir todo; si nos mantenemos en contacto con el Señor y no anestesiamos la parte más profunda de nuestro ser, las cosas que hemos de hacer no tendrán el poder de dejarnos sin aliento»[7].


JESÚS, AL DESEMBARCAR, «vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). Estas palabras dejan entrever la profundidad de los sentimientos del corazón del Señor, que se estremece porque «le duelen» esas personas que no tienen a nadie que les pueda orientar.


En el relato destacan tres verbos. En primer lugar, Jesús les «vio». La mirada del Señor no es neutra, tampoco fría o indiferente. Jesús no cuenta de diez en diez; en realidad, Dios solo sabe contar hasta uno. Ve una multitud y con sus ojos toca cada corazón, la historia que se esconde en cada persona. A continuación, añade el evangelista, se «compadeció» de ellos. Olvidado por completo de sí mismo, la ternura invade todo su ser, solo piensa en la muchedumbre que espera en la playa, que camina sin rumbo, sin auténticos pastores. Finalmente, les «enseñó». Con seguridad habría allí muchos enfermos necesitados de un milagro, sin embargo, el primer pan con el que les alimenta es su palabra, se entrega como comida a esta multitud hambrienta.


San Josemaría repetía que cada uno de nosotros, «además de ser oveja (...), de algún modo es también Buen Pastor»[8]. Todos estamos llamados a mirar a las personas como Jesús, a compadecernos como Jesús, y a enseñar como Jesús. Podemos pedir a María que nos dé la fortaleza necesaria para no apartar el hombro de nuestra misión. Ella es una Madre que se compadece, que comparte con Jesús el sufrimiento y el amor. Ella está también cerca de nosotros y «lo comprende todo»[9].


6 de febrero de 2026

Fidelidad cotidiana

 



Evangelio (Mc 6,14-29)


En aquel tiempo llegó esto a oídos del rey Herodes, pues su nombre se había hecho famoso, y decía:


— Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes.


Otros decían:


— Es Elías.


Otros, en fin, decían:


— Es un profeta, igual que los demás profetas.


Pero cuando lo oyó Herodes decía:


— Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.


En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.


Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:


— Pídeme lo que quieras y te lo daré.


Y le juró varias veces:


— Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.


Y, saliendo, le dijo a su madre:


— ¿Qué le pido?


— La cabeza de Juan el Bautista -contestó ella.


Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:


— Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



CUANDO APENAS HAN regresado los apóstoles de su primera experiencia evangelizadora, el Nuevo Testamento nos relata la muerte de san Juan Bautista. Esta sucesión de hechos parece sugerir que la misión apostólica exige la misma vida, y que el martirio es la forma suprema de seguir a Jesucristo, por la semejanza entre ambas suertes[1]. Se nos ofrecen algunos detalles de la muerte de Juan, decapitado en uno de los palacios de Herodes durante la celebración del cumpleaños del rey. A causa de su predicación, valiente e incómoda, y a pesar de la alta estima que le guardaba Herodes, este lo había encarcelado. «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano» (Mc 6,18), había dicho el Bautista. Quien motivó su martirio fue Herodías, la mujer con la que convivía el rey y que odiaba a Juan.


Ciertamente, el compromiso con la búsqueda de la verdad es exigente y afecta a lo más profundo de nuestro ser. «La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz de la cual procede también el “Amén” litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, “verdadero”, es el Dios vivo»[2].


La verdad plena la alcanzamos solo en Jesucristo, quien dijo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6); la verdad plena es ese encuentro que sacia sin saciar. Al compás de una vida santa, llena de la misericordia de Dios, la verdad crecerá más y más en nosotros. Herodes, y lo mismo le pasará a Pilato durante la Pasión, sacrificó la verdad para evitar complicaciones. Aunque tenía aprecio por Juan y le escuchaba con agrado, se dejó arrastrar por las circunstancias. Es Herodes, más que Juan, quien estaba realmente encadenado: le faltaba el amor fuerte que mueve la libertad hacia el bien y hacia la verdad.


EL MARTIRIO del Bautista tuvo lugar en un ambiente de frivolidad y venganza: un banquete y un baile que llevaron al juramento imprudente; el odio y la rabia de Herodías; la brutalidad de una decapitación. Frente a la fidelidad de Juan se alza una superficialidad que acaba con el asesinato de un hombre inocente.


Herodes desperdició la ocasión de escuchar las palabras y consejos de Juan. Dos años después se encontró con Jesucristo en la mañana del viernes santo y volvió a desaprovechar otra oportunidad. Aunque, entonces, «se alegró mucho de ver a Jesús» porque «había oído muchas cosas sobre él» (Lc 23,8), no reconoció al Salvador. Le miró con curiosidad pero sin apertura de corazón. Teniéndole delante, solo buscó más espectáculo, un hombre que le pudiera asombrar con algún milagro. Jesús, que dialogaba con todo el mundo, sin embargo, «con Herodes, veleidoso e impuro, ni una palabra: (…) ni aun la voz del Salvador escucha»[3].


A Juan, Herodes lo decapitó; a Jesucristo, «le despreció, se burló de él poniéndole un vestido blanco y se lo remitió a Pilato» (Lc 23,11). La situación en la que vivía quizás esconde, detrás de una máscara de risas, un profundo vacío de amor, falta de dominio de sí, escasa sensibilidad para lo sobrenatural. Nosotros, en cambio, queremos mirar a Jesús con ojos limpios, con un corazón delicado y abierto a lo sobrenatural. Porque «este corazón nuestro ha nacido para amar. Y cuando no se le da un afecto puro y limpio y noble, se venga y se inunda de miseria. El verdadero amor de Dios –la limpieza de vida, por tanto– se halla igualmente lejos de la sensualidad que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o dureza de corazón»[4].


«ES NECESARIO que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,29-30), había dicho Juan a sus discípulos cuando le llegaron noticias de la predicación de Jesús. Su misión estaba cumplida: había visto y señalado al Cordero de Dios. Ya podía dar paso al Mesías, haciéndose a un lado para que Cristo pudiera crecer, ser escuchado y seguido. Con esta misma disposición de ánimo, realista y humilde, se enfrentó a su martirio. «Puesto que derramó su sangre por la verdad –escribe san Beda–, ciertamente la derramó por Cristo»[5]. Y con su testimonio precedió a la muerte del Señor.


El Bautista, «con la libertad de los profetas, reprendió a Herodes. Encarcelado por esta audacia, no se preocupó de la muerte, ni de un juicio cuyo fin era incierto, sino que, en medio de sus cadenas, sus pensamientos iban dirigidos a Cristo a quien había anunciado»[6]. San Josemaría veía en la actitud de san Juan un modelo para su vida: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que solo Jesús se luzca»[7]. Esa discreción de san Juan, esa sincera búsqueda de la gloria de Jesús y no la propia, son los rasgos que le permitieron dar el supremo testimonio del martirio.


«La vida cristiana exige, por decirlo así, el “martirio” de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones»[8]. María, Reina de los mártires, presentará al Padre nuestro deseo de buscar la verdad y de compartir ese encuentro con valentía.

5 de febrero de 2026

LLAMADA AL APOSTOLADO

 Evangelio (Mc 6,7-13)



Y llamó a los doce


 y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:


— Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.

Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS QUISO que los doce apóstoles, después de unos meses de convivencia con él, se lanzaran a una experiencia en primera persona de la misión. «Comenzó a enviarlos de dos en dos» (Mc 6,7) para llevar su mensaje de salvación a las aldeas vecinas. El término «apóstoles» significa, precisamente, «enviados». Durante aquellos días, los doce fueron protagonistas del poder de Dios, de la eficacia que tenían sus palabras y sus obras. Ellos mismos quedaban impresionados y sorprendidos por los milagros que realizaban en nombre del Señor.


La misión de la Iglesia entera –por lo tanto, de cada uno de nosotros– está prefigurada en este primer envío. Para traer el Reino de Dios, Jesucristo funda un nuevo pueblo universal, la Iglesia. Y para ello elige a los doce apóstoles, que suceden y sustituyen a los patriarcas de las doce tribus de Israel: ellos son el germen de su Iglesia. En el nombre de Jesús «expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13). Esta misión los llevará, finalmente, a todos los rincones de la tierra: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).


«Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es enviada al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío»[1]. Por tanto, como subraya el Concilio Vaticano II, «la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado»[2]. Nosotros también estábamos presentes en aquel envío de Cristo: forma parte esencial de nuestra llamada. Los cristianos somos enviados, en primera persona, como testigos de un mensaje recibido, de un encuentro experimentado. Los discípulos, por tanto, «deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios»[3].


LOS DOCE partieron, por deseo de Jesús, «de dos en dos». Esta indicación nos sugiere que los apóstoles no van solos, sino que se ayudan y se apoyan entre sí. La misión no es una tarea individual, al contrario, se realiza en la Iglesia y es parte de ella. En la misión apostólica, que atañe a todos, el cristiano es consciente de que no está haciendo una cosa suya. «Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse “todo para todos, para salvarlos a todos” (1 Cor 9,22)»[4].


Con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei, san Juan Pablo II afirmó: «San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con amor redentor (cfr. Catecismo de la Iglesia, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su capacidad de transformar la tierra»[5]. Y en esa misión, aunque alguna vez nos encontremos físicamente solos, en realidad nos acompañan todos los cristianos del cielo y de la tierra, especialmente quienes comparten una misma vocación específica con nosotros.


Es importante notar que, en la descripción de la misión de los doce, la persona misma de Jesús está en el centro de todo: él llama, él envía, él confiere su poder y él concreta cómo deben actuar los discípulos. Es más, él mismo es el mensaje, su misma persona. La Buena Nueva no se resume en unas normas morales ni en una forma de vivir, tampoco en un conjunto de artículos en los que creer. Cristiano es el que sigue a Jesús, en quien estamos todos reunidos desde antes de la creación del mundo hasta el fin de los tiempos.


«CRISTO JESÚS es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo (...). Él es la luz, la verdad; más aún, el camino, y la verdad, y la vida. Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed. Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano (...). ¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación»[6].


Antes de emprender la misión, Jesús da a los discípulos algunas instrucciones muy concretas: «Que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas» (Mc 6,8-9). No es una larga lista de cuestiones a tener en cuenta. Todo se concentra en un aspecto esencial: un estilo sencillo y pobre. Han de caminar sin demasiados accesorios, con lo indispensable, sin poner la seguridad en nada al margen del mandato de Cristo. Al rechazar lo superfluo, lo que probablemente es accidental, el discípulo camina con más facilidad al ritmo que el Señor le marque. El pan que nos alimenta es la certeza de estar cumpliendo una misión divina. Todo lo que no esté de alguna manera al servicio de esa misión pasa a un segundo plano.


Esta manera de relacionarnos con las cosas materiales forma parte esencial del mensaje cristiano. «Así, pues, el seguimiento no es un viaje cómodo por un camino llano. También pueden surgir momentos de desaliento (...). La cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso»[7]. Cuando se levante la nube de la confusión, podemos imitar a los primeros discípulos que, después del envío, «aún tienen dudas: no saben qué hacer y se reúnen con María, Reina de los Apóstoles, para convertirse en celosos pregoneros de la Verdad que salvará al mundo»[8].

4 de febrero de 2026

SABIDURÍA

 



Evangelio (Mc 6, 1-6)

Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:

-¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?

Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:

-No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad. Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.



PARA TU RATO DE ORACION 



EN UNA DE LAS primeras ocasiones en que Jesús, al inicio de su vida pública, visita la sinagoga de Nazaret, sus vecinos se sorprendieron y comentaban entre sí: «¿De dónde sabe este estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado?» (Mc 6,2). Podemos suponer que el Señor conocía a los que allí se encontraban; quizá incluso había trabajado para algunos de ellos y tenía allí muchos amigos. A su vez, sus conciudadanos sabían que Jesús era justo, pero nunca le habían visto predicar ni obrar milagros. Lo que estaba sucediendo ese día no se lo esperaban. Por eso murmuraban: «¿No es este el artesano? (…) ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» (Mc 6,3).

En diversos momentos los evangelistas nos cuentan que Jesucristo estaba lleno de sabiduría. San Lucas lo muestra cuando narra la conversación con los doctores del Templo: «Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lc 2,47). Al cerrar el relato de la vida oculta en Nazaret, añade: «Crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Después, durante los años de vida pública, su persona y su doctrina suscitaban estupor a su alrededor: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). La sabiduría de Jesús le llevaba a enseñar de manera distinta a los escribas y fariseos: él mismo se situaba por encima de la Ley que ellos interpretan y del Templo en el que ellos adoran.

Jesús ha venido porque ha querido transmitirnos la sabiduría de Dios, que es más profunda que los ricos conocimientos que podemos adquirir humanamente; una sabiduría que está al alcance de todo corazón bueno. «Para ser verdaderamente sabios –predicaba en una ocasión san Josemaría–, no es preciso tener una cultura amplia», porque el Señor reparte su sabiduría «a manos llenas entre quienes le buscan con corazón recto»[1]. Podemos pedir al Espíritu Santo que nos otorgue este don, que lleva a ver la realidad con una mirada divina. «Algunas veces vemos las cosas según nuestro gusto o según la situación de nuestro corazón, con amor o con odio, con envidia... No, esto no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que obra el Espíritu Santo en nosotros a fin de que veamos todas las cosas con los ojos de Dios»[2].


LLENAR nuestra vida de esta sabiduría divina no es cuestión de poseer un gran conocimiento humano; no es algo que dependa directamente de nuestras cualidades o de nuestro empeño personal. Es, ante todo, un don que nos concede el Señor como fruto de la intimidad con él. «Hay un saber al que solo se llega con santidad: y hay almas oscuras, ignoradas, profundamente humildes, sacrificadas, santas, con un sentido sobrenatural maravilloso», con un sorprendente saber que especialmente «está en conocer a Dios y en amarle»[3].

San Pablo señala que la auténtica sabiduría nos permite conocer la voluntad de Dios y hace posible comportarse «de una manera digna del Señor, agradándole en todo, dando como fruto toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios» (Col 1,9-10). El apóstol de las gentes entiende el Evangelio como una sabiduría que no es «de este mundo ni de los gobernantes de este mundo que son pasajeros; sino que enseñamos la sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, que Dios predestinó, antes de los siglos, para nuestra gloria. Sabiduría que ninguno de los gobernantes de este mundo ha conocido» (1 Cor 2,6-8).

En su vida con Cristo los apóstoles adquirieron progresivamente esta sabiduría divina. La relación con él fue dejando en cada uno de ellos un poso de sensatez y prudencia, de delicadeza y magnanimidad, de conocimiento profundo de la realidad, que se iría perfeccionando con el envío del Espíritu Santo. Nosotros también podemos recibir ese don de muchas maneras, especialmente en los sacramentos. Cuando recibimos al Señor en la Comunión, o al hacer un rato de oración, entramos en una relación íntima con él que nos permite acoger la sabiduría divina y ser así contemplativos en medio del mundo.


CON LA SABIDURÍA, subraya la Escritura, vienen «a la vez todos los bienes» (Sab 7,11). Tanto valor tiene este don que el rey Salomón lo prefirió antes que cualquier otra cosa: «La antepuse a cetros y tronos y, comparada con ella, tuve en nada la riqueza. La piedra más preciosa no la iguala, porque, a la vista de ella, todo el oro es un poco de arena, y, ante ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza y preferí tenerla como luz, porque su resplandor no tiene ocaso» (Sab 7,7-10).

Conducidos por ella aprendemos a vivir junto a Dios en todas las circunstancias, entregándonos a nuestros hermanos, pues «precisamente esta gratuidad total del amor es la verdadera sabiduría»[4]. Cada día nos presenta multitud de momentos para vivir según ese don de Dios. Cuando dos esposos «riñen, y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿esto es sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dicen: “Pasó la tormenta, hagamos las paces”, y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿esto es sabiduría? ¡Sí! (...) Y esto no se aprende: esto es un regalo del Espíritu Santo»[5].

Jesús no pudo permanecer mucho tiempo en Nazaret. La visita terminó abruptamente por la hostilidad de algunos de sus vecinos. Su sabiduría no conmovió a todos, más bien lo contrario: fue la causa de su rechazo. Más adelante revelaría su sabiduría precisamente en otro escándalo: el de la cruz. Ahí «manifiesta de verdad quién es Dios, es decir, poder de amor que llega hasta la Cruz para salvar al hombre»[6]. Es probable que la Madre de Jesús estuviera ese día acompañando a su Hijo en Nazaret y viera con dolor la desconfianza en los ojos de sus paisanos. Sus rodillas fueron el trono sobre el que se sentó la Sabiduría divina. Ella nos puede ayudar a acoger también en nuestra vida ese don.