"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

8 de mayo de 2026

Daréis fruto duradero

 



Evangelio (Jn 15,12-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.



PARA TU RATO DE ORACION 


A LO LARGO de los años, al echar la mirada atrás, los apóstoles recordarían las palabras de Jesús en la Última Cena. En el Cenáculo, tantas aventuras de los últimos tres años parecerían lejanas, incluso de poca importancia, porque ahora vislumbraban que el Señor los quería para algo mayor. Sus vidas tendrán un sentido más profundo, un alcance más largo: el mundo entero. Las palabras del Señor se quedarían para siempre en sus almas: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Amigos del mismo Hijo de Dios. Quizá costaba creerlo, pero era cierto. El Señor afirmaría enseguida que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y es precisamente lo que Jesús ha hecho por nosotros: nos reconoce amigos y nos da su propia vida, especialmente en el tesoro de los sacramentos. Por eso hablamos de “gracia”, porque se trata de un don inmerecido. Brota en nosotros una respuesta de confianza total cuando vislumbramos el «amor gratuito y “apasionado” que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo»[1].

Tenemos fe en el amor del Señor por cada una y por cada uno. Ese hecho embellece la vida, le da un sentido, una dirección y un fundamento. Nos permite teñir nuestra existencia de felicidad y de santidad. Se va expandiendo a lo largo de los años. El eco de la voz de Cristo en el Cenáculo nos devuelve, una y otra vez, también hoy, a la seguridad de ese amor. «No es difícil imaginar en parte los sentimientos del corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario. Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber –el que sea– les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda él mismo»[2].


CADA UNO puede hacer memoria del momento en que Cristo se metió más de lleno en su vida, cuando ya no se podía estar sin él. Para todo cristiano, esa compañía del Señor que no nos faltará supone el punto de partida de la misión apostólica. Pedro, Juan, Judas Tadeo, Santiago, Felipe… Todos los apóstoles entienden que esa misión de horizonte amplio constituye la razón de su vivir. No pueden ocultar la alegría de la amistad y de la elección de Cristo. Se adentrarán por caminos polvorientos y surcarán mares en tormenta y en bonanza, serán perseguidos y serán testigos de conversiones… Todo valdrá la pena porque nada les aparta del amor de Dios.

«Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición (...). La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, Jesús está delante de nosotros y no cesa de acompañar a sus discípulos (...). En medio del torbellino, el cristiano no pierde la esperanza pensando en que ha sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). Ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, protege y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal»[3].

Daréis fruto duradero, nos viene a decir el Señor; porque os he destinado a algo grande, hermoso, a compartir lo que habéis visto y oído, a llevarlo hasta el último rincón de esta tierra. Y como es misión que Dios mismo nos encomienda, su eficacia permanece firme, aunque los resultados no siempre podamos medirlos con nuestros propios parámetros. Decía san Josemaría que «Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra»[4]. Así atravesaremos las incidencias de la historia con esperanza firme y renovada.


TODA MISIÓN confiada por Cristo es una misión de amor y servicio. Cualquier cristiano, desde el último bautizado hasta los sucesores de los apóstoles, viven su llamada como verdadera entrega a los demás. «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz»[5]. Servir es una palabra hermosa: Cristo es siervo doliente, María es sierva del Señor. Solo sirve quien sabe querer y, a la vez, solo quiere quien ha aprendido a servir. Ponerse en el lugar del otro, pensar en los demás, no imponerse, abrirse a puntos de vista diferentes, a gustos distintos, advertir el cariño del Señor por cada alma, cuidar a los demás a través de nuestro trabajo… Todo eso es aprender a querer.

«Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), nos dice Jesús. Por eso, estamos llamados también a un servicio que es vibración apostólica, la misma que nos transmite el Señor; compartir lo que vivimos y lo que nos llena de entusiasmo y de paz. «Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros los sentimientos de su corazón: si ha recibido una alegría, nota en él una fuerza que le lleva a cantar y a sonreír, a hacer –del modo que sea– que otros participen de su felicidad»[6].

«Con obras de servicio –escribía san Josemaría–, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!...»[7]. Como en la Santísima Virgen, se enciende en nosotros, a pesar de las normales dificultades, el afán de servir a cada persona. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con él y de tenerlo»[8].

7 de mayo de 2026

AMAR EN EL PRESENTE



Evangelio (Jn 15,9-11)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.


PARA TU RATO DE ORACION 


DURANTE la Última Cena, Jesús confiesa: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Posiblemente los apóstoles no acababan de comprender aquellas palabras, ya que todavía no habían vivido la Pasión del Señor. Les sorprenderá, después, esa donación de Dios hasta la muerte, ese misterio enorme que sobrepasa nuestra capacidad. «Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la cruz, Jesús “me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó por mí. ¿Qué significa todo esto para nosotros? Significa que este es también mi camino»[1].

Como fuimos testigos hace algunas semanas, en el Triduo Pascual «Jesús no solo habló; no solo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega “hasta el extremo”, hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre “para la vida del mundo”. En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más»[2].

La vida cristiana nos lleva a procurar querer y servir a los demás como Cristo lo ha hecho. Entregarse del todo, con decisión y generosidad. Al final, lo único importante será cuánto y cómo hemos amado en el tiempo del que disponemos en este mundo. A la vez, no desconocemos nuestra limitación: sin la ayuda de Dios, no somos capaces de un amor así. Esta tarea de amar como Cristo siempre es nueva «en el sentido de que no lo alcanzamos plenamente; nunca llegamos a amar “como yo os he amado”, cuando quien lo dice es la caridad infinita, el amor mismo»[3]. Necesitamos que Cristo nos encienda y nos dé su propia vida, su capacidad de amar hasta el fin.


EN LA ESCENA que leemos en el evangelio de hoy, sigue el Señor hablando de su llamada, de su predilección por nosotros, nos quiere siempre junto a sí: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor que Dios ha tenido por nosotros es el que fundamenta nuestra vida y nuestra capacidad de amar. Él ha querido nuestro concreto temperamento, nuestro entorno, nuestra libertad, nuestras capacidades y también cuenta con nuestros límites y defectos. Permanecer en ese primer amor es alargar durante toda la vida aquella inquietud de corazón tan propia de los jóvenes, aunque pase el tiempo.

En el caminar de la vida, podemos sentir que el corazón anhela expandir el amor que recibimos y que damos. Quizá lo encontramos en tantas cosas buenas del mundo: la naturaleza, los amigos, la belleza de lo verdadero, etc. El deseo que en esos momentos se abre paso apunta a algo más grande, pues comprobamos que, aunque sean realidades nobles, no son suficientes para colmar nuestros anhelos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es él la belleza que tanto os atrae; es él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»[4].

Decía san Josemaría que «la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud, me siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si permanezco fiel a mi Dios, el amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud»[5].


DESDE QUE EL Señor entró con mayor intensidad en nuestra vida, procuramos seguirlo con el entusiasmo de los apóstoles; ellos, al descubrir el auténtico sentido de sus vidas, se pusieron inmediatamente en camino. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Sólo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida. Como lo hizo con aquellos discípulos que lo escucharon. Por eso necesitamos su Palabra: en medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida»[6].

En cada etapa de la vida, en las nuevas circunstancias en que nos movemos, podemos descubrir manifestaciones distintas de ese mismo amor que dio inicio a nuestra entrega. Es cada vez más maduro, pues sabe con quién camina y por quién se entrega; sabe que vale la pena; en cierto sentido, lleva adelante su misión con una mayor conciencia y libertad. San Josemaría nos recuerda que «la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[7]. Amamos al Señor en el presente, con la juventud del amor primero y fundamental que no pasa, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y aunque pasen los años y cambien nuestras circunstancias, ese amor que contiene nuestro corazón sigue siendo fuente de vida, porque Jesús nos ama de manera nueva cada día.

En ese recorrido, «la experiencia de la debilidad personal propia y ajena, en comparación con la estupenda propuesta que la fe cristiana y el espíritu de la Obra nos presentan, no nos debe producir desánimo. Ante el desencanto que pueda producirnos la desproporción entre el ideal y la pobre realidad de nuestra vida, tengamos la seguridad de que podemos recomenzar cada día con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo»[8] y con la ayuda de nuestra Madre, María.

6 de mayo de 2026

LOS FRUTOS DE LA ORACIÓN

 



Evangelio (Jn 15, 1-18)

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos”.


PARA TU RATO DE ORACION 


DURANTE ESTOS días, entre Pascua y Pentecostés, la liturgia nos presenta muchas palabras que, en su momento, los apóstoles no comprendieron en toda su profundidad, ya que aún no había sido enviado el Paráclito. Nos adentramos, por ejemplo, en la comparación de la vid y los sarmientos: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

«Jesús es la vid y a través de él, como la savia en el árbol, pasa a los sarmientos el amor mismo de Dios, el Espíritu Santo (...). Los sarmientos no son autosuficientes, sino que dependen totalmente de la vid, en donde encuentran la fuente de su vida. Así es para nosotros cristianos: insertados con el Bautismo en Cristo, hemos recibido gratuitamente el don de la vida nueva, y podemos permanecer en comunión vital con Cristo. Es necesario mantenerse fieles al Bautismo, y crecer en la amistad con el Señor mediante la oración diaria, la escucha y la docilidad a su Palabra, la participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y Reconciliación»[1].

La oración mental, que busca salir del anonimato para construir una relación íntima y personal con Jesús, es imprescindible para alimentarnos de la vid. Cuánto necesitamos esos minutos de silencio, de soledad, de mirar sin prisas a Jesús ya sea en el Sagrario o en el fondo del corazón, en el lugar en el que nos encontremos. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con él nos identifiquemos (…). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo»[2].


«VOSOTROS YA estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15,4). El diálogo personal con Cristo le permite entrar en nuestras circunstancias concretas e iluminar nuestro mundo. «A través de la oración, la Palabra de Dios viene a vivir en nosotros y nosotros vivimos en ella. La Palabra inspira buenos propósitos y sostiene la acción; nos da fuerza, nos da serenidad, y también cuando nos pone en crisis nos da paz. En los días “torcidos” y confusos, asegura al corazón un núcleo de confianza y de amor que lo protege de los ataques del maligno»[3].

Necesitamos que las palabras del Señor nos consuelen, que enciendan en nosotros la convicción de que somos sus sarmientos. Nos ayuda tanto que, en medio de las dificultades, su presencia pueda llenar de seguridad nuestra alma. Y queremos también compartir con Jesús las buenas noticias, elevando la mirada al cielo con una actitud agradecida. «Las dificultades, las contrariedades –decía san Josemaría– desaparecen, en cuanto nos acercamos a Dios en la oración. Vayamos a hablar humilde y francamente con Jesús, teniendo en cuenta que el que trata con sencillez, va confiado, y enseguida se hará la luz, vendrán la paz y la serenidad y la alegría»[4].

«La Palabra de Dios, impregnada del Espíritu Santo, cuando es acogida con un corazón abierto, no deja las cosas como antes, siempre cambia algo. Y esta es la gracia y la fuerza de la Palabra de Dios”[5]. Guardar las palabras de Cristo significa conservarlas en el corazón, hacerlas propias y abrirse para que transformen poco a poco nuestra existencia. En definitiva, nos van podando para generar nueva vida, como dice el Señor: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador (...). Todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto» (Jn 15,1-2).


EL SEÑOR continúa su discurso. Desea que guardemos sus palabras, quiere que de nuestra unión con él surjan tantos frutos. «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos» (Jn 15,7-8). «Permaneciendo unidos a Cristo –dice san Agustín–, ¿qué otra cosa pueden querer sino lo que es conforme a Cristo? (…). Permaneciendo en él y reteniendo en nosotros sus palabras, pediremos cuanto queramos, y todo nos será concedido. Porque si no obtenemos lo que pedimos, es porque no pedimos lo que permanece en él ni lo que se encierra en sus palabras»[6].

Quien permanece unido a la vid, quien pide con seguridad, quien sueña con guardar en el alma cada gesto del Salvador, se transforma en una persona de la que mana la vida de Dios. En la vida interior las cosechas “suceden” de otro modo al natural, porque se miden por el amor. La fe nos lleva más allá de donde hubiéramos pensado, nos lleva a vivir vida divina. ¿Qué mayor fruto podemos desear? Si Dios quiere, quizá veamos que sucede lo mismo en otras personas, en nuevos sarmientos, cuando él quiera. Decía san Josemaría: «Habéis de ser –os repito– colirio y fortaleza para los demás, habéis de tener conciencia de que el Señor ha dicho: sine me, nihil potestis facere –sin mí no podéis hacer nada–. Pero, con él, somos omnipotentes y decimos con el apóstol: omnia possum in eo qui me confortat –todo lo puedo en aquel que me conforta–»[7].

En realidad, todos «los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos: toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como él, actuar como él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres y los que sufren, como hizo él, y amarlos con su corazón y llevar así al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz»[8]. Como santa María, que conservaba las palabras del Señor en su corazón, deseamos que permanezcan también en el nuestro.

4 de mayo de 2026

PAZ CONSECUENCIA DE LA LUCHA



 Evangelio (Jn 14, 27-31a)

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada, pero el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal y como me ordenó”.



PARA TU RATO DE ORACION 

QUIENES CONOCIERON de cerca al beato Álvaro del Portillo cuentan que encarnaba muy bien aquellas palabras de san Josemaría recogidas en Forja: «Característica evidente de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, es la paz en su alma: tiene “la paz” y da “la paz” a las personas que trata»[1]. Se trata de un deseo de todos los corazones: alcanzar la paz, no vivir en la incertidumbre, estar convencido de que no hay tristezas que no tengan consuelo. Sin embargo, no es fácil hacerlo: siempre hay asuntos que no funcionan, limitaciones con las que hemos de convivir, sucesos que parecen irremediables… Para tener una paz duradera y darla a los demás cuentan nuestros esfuerzos, pero lo más importante es encontrar en Dios su fuente inagotable.

«La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones; nos ofrece una paz artificial, una paz que se reduce a tranquilidad. Es una paz que solo mira las propias cosas, las propias seguridades, a que no falte nada (...). Una tranquilidad que nos hace cerrados, que no ve más allá. El mundo nos enseña la senda de la paz con anestesia; nos anestesia para no ver otra realidad de la vida: la cruz. Por eso san Pablo dice que se debe entrar en el Reino del cielo pasando por muchas tribulaciones. Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación? Por parte nuestra, no (...). Las tribulaciones existen: un dolor, una enfermedad, una muerte… La paz que da Jesús es un regalo: es un don del Espíritu Santo»[2].

En el trato con el Señor es donde encontramos la seguridad del alma que necesitamos para nosotros y para los demás. Solo él tiene la clave. Todos los sueños de felicidad se colman en Cristo. También nosotros anhelamos esa paz que se difunde naturalmente porque transmite el modo más real de ver las cosas: con la mirada de Dios.


NOS REMUEVEN LAS palabras que el Señor dirige a los apóstoles en la Última Cena y que recoge el evangelio de este día: «La paz os dejo, mi paz os doy; no la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). ¿Qué inquietudes nos hacen perder la calma? ¿Qué provoca que nuestro corazón tiemble o flaquee? Solo en el Señor hallaremos reposo, la paz real de saber que el único descanso es ponerse en manos de Dios. «Fomenta, en tu alma y en tu corazón, en tu inteligencia y en tu querer –decía san Josemaría–, el espíritu de confianza y de abandono en la amorosa voluntad del Padre celestial... —De ahí nace la paz interior que ansías»[3].

En cada Santa Misa vivimos esa comunicación de la paz que solo Dios concede. Justo antes de recibir la comunión, tras el Padrenuestro, el sacerdote abre los brazos a toda la humanidad y dice: «La paz del Señor esté con vosotros». La más profunda serenidad de espíritu brota del altar. Todo el bien de la Iglesia, de cada cristiano, de cada hombre, nace de Jesucristo, del Santo Sacrificio del Calvario. Un cristiano que viva unido a la Misa, «que viva unido al Corazón de Jesús, no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino»[4].

Escribía san Josemaría: «Yo tengo pensamientos de paz y no de aflicción, declaró Dios por boca del profeta Jeremías. La liturgia aplica esas palabras a Jesús, porque en él se nos manifiesta con toda claridad que Dios nos quiere de este modo. No viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría»[5].


SANTO TOMÁS de Aquino explica, tomando la lista que ofrece san Pablo sobre los dones y los frutos del Espíritu Santo, que quien «vive en caridad permanece en Dios y Dios en él. De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo. Mas la perfección del gozo es la paz»[6]. Y, a la vez, esta implica que «no seamos perturbados por las cosas exteriores y que nuestros deseos descansen en una sola cosa. Por eso, después de la caridad y del gozo se pone, en tercer lugar, la paz»[7] que nos facilita poner en primer lugar al Señor y apartarnos de lo que nos aparta de él. En la vida interior, la iniciativa depende de él y de su gracia. Al mismo tiempo, con su ayuda, podemos fortalecer nuestra correspondencia, nuestra lucha personal: «Me escribes y copio: “Mi gozo y mi paz. Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz”»[8].

San Josemaría enseñaba que la paz es consecuencia de la guerra, pero no de una guerra cualquiera, sino principalmente de la que se mantiene con uno mismo: desechando el egoísmo, trabajando los propios deseos para que sean más parecidos a los de Jesús, concentrando nuestras fuerzas en extender el bien, etc. En definitiva, luchar para llevar a cabo lo que agrada a Dios, ganando espacio a lo que nos aparta de él. Para tener paz y para darla, en cierto sentido, hay que conquistarla poco a poco. Podría decirse que cuando uno está en guerra con el mundo, no está en paz consigo mismo. «Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados con guerras, porque han olvidado el consejo de luchar por dentro, de acudir al auxilio de Dios, para que él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo»[9].

La Santísima Virgen es Reina de la Paz porque vivió pendiente del Señor, a pesar de los sufrimientos y los avatares desconcertantes de su vida. A ella le pedimos que nos dé tranquilidad y serenidad cuando en nuestra vida se levantan las dificultades personales, familiares y sociales.




ACERTAR EN TU CAMINO

 



Evangelio según san Juan 14, 21-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Le dijo Judas, no el Iscariote:
«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».


PARA TU RATO DE ORACION 

EN UNA OCASIÓN, Jesús comparó el Reino de Dios como un tesoro escondido en el campo. Un hombre, al encontrarlo, no duda en vender todo cuanto tiene para conseguir ese terreno. Con frecuencia esta imagen ha servido para ilustrar, además de la llamada a seguir a Cristo, la experiencia de una llamada más específica que Dios a veces dirige a las personas. El Señor a todos nos tiene reservado un tesoro que, para hallarlo, es necesario vender todo cuanto tenemos. Sin embargo, surge de manera natural una pregunta: ¿cómo empiezo a buscar ese terreno en el que pueda haber un tesoro esperándome?, ¿cómo elijo el terreno que hay que comprar? O más directamente: ¿cómo puedo descubrir mi propia vocación?

Para dar respuesta a este interrogante, san Josemaría solía decir que no es posible «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos». Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[1], que sopla donde quiere. Los caminos para llegar a Dios son tan variados como el número de personas. El Evangelio, sin embargo, nos muestra un rasgo común en todos aquellos interesados en descubrir el terreno donde se halla el tesoro: la inquietud de corazón. Nicodemo, al oír las enseñanzas de Jesús, deseaba saber si aquel hombre era el Mesías; como estaba lleno de dudas e incertidumbres, solo se atrevió a acercarse a él de noche en busca de respuestas. El joven rico, por su parte, se sentía insatisfecho con la existencia correcta que llevaba, y por eso se acercó corriendo a Cristo para preguntarle qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna.

Ellos, como tantos otros, eran buscadores: estaban a la espera de un acontecimiento que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Los santos, cuando descubrieron algo específico de su vocación, tenían el alma abierta y hambrienta. Soñaban con una mayor intimidad con Dios, se ilusionaban con hacer crecer la Iglesia, añoraban una existencia en la que pudieran rendir los talentos recibidos, deseaban aliviar el sufrimiento del mundo… Ellos supieron dar rienda suelta a esa inquietud de corazón en el diálogo con Dios: «¿Qué me quieres decir? ¿Qué significan estos deseos e inclinaciones en mi corazón?». Dios, a lo largo del camino, nos va dejando señales que, al unirlas en la oración, forman un dibujo reconocible que nos puede indicar dónde está el terreno con el tesoro escondido.


UNA VEZ que se ha comprado el terreno, puede surgir otra inquietud: ¿cómo sé si el tesoro que he encontrado es el mío? Es decir, ¿es este el camino correcto para mí? El inicio de una vocación, como el comienzo de cualquier proyecto, suele llevar consigo una dosis de incertidumbre. Detrás de esa duda se encuentra un temor bastante normal: no sabemos con certeza qué va a pasar en el futuro, adónde nos dirigirá ese camino, pues no lo hemos recorrido antes. Además, la conciencia de nuestra propia fragilidad también nos puede hacer pensar que quizás no estaremos a la altura de lo que Dios nos pide.

Con todo, no se trata de esperar un plan trazado hasta el último detalle. Dios nos ha entregado un terreno, pero cuenta también con nuestra iniciativa, cuenta con lo que nosotros pensamos, queremos y hacemos. Vivir significa aventura, riesgo, limitaciones; significa salir del pequeño mundo que controlamos, para encontrar la belleza de dedicar nuestra vida a algo que es más grande que nosotros, y que llena con creces nuestra sed de felicidad. Desde luego, es necesario pensar las cosas. Es lo que la Iglesia llama tiempo de discernimiento. Sin embargo, conviene tener en cuenta que «el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos»[2]. La vocación implica ampliar nuestro horizonte más allá del terreno conocido, esa zona llamada también de confort, de seguridad individual, para lanzarse a un proyecto que nos lleve por caminos de dar y recibir aún más amor.

«Sabes que tu camino no es claro –escribía san Josemaría–. –Y que no lo es porque al no seguir de cerca a Jesús te quedas en tinieblas. –¿A qué esperas para decidirte?»[3]. Solo si elijo el camino puedo recorrerlo, viviendo lo que he elegido. Toda vocación tiene una dosis de incertidumbre que Dios ha querido para salvaguardar nuestra libertad, para que nosotros demos el primer paso. Para ver la estrella, como los Reyes Magos, es necesario ponerse a caminar, porque los planes de Dios siempre nos superan, van más allá de nosotros mismos. Solo confiando en él nos hacemos capaces. Al principio uno no puede: necesita crecer. Pero para crecer hay que creer: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5), conmigo lo podéis todo.


HAY una tercera pregunta que se puede plantear al tener ya posesión del tesoro de aquella imagen que utiliza Jesús: ¿qué puedo hacer con él? Las riquezas encontradas ofrecen una gran cantidad de posibilidades para mejorar la vida de uno mismo y de los demás. Del mismo modo, el descubrimiento de una vocación enriquece nuestra propia existencia, nos abre a una felicidad que supera nuestras expectativas, e ilumina también a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.

A quienes hacen crecer ese tesoro, Dios les ha prometido que les recibirá en su Reino: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, el Señor no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos. Pero el principal don que nos ofrece es él mismo, su amistad y su presencia en nosotros: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo –comentaba san Josemaría–. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[4].

Podemos llevar a todas partes ese Cielo que llevamos dentro de nosotros. «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[5]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Santa María, que supo fructificar el tesoro de su vocación, nos ayudará a saborear las cosas grandes que Dios obrará en nuestra vida y en la de los demás con nuestra fidelidad en la búsqueda de ese mismo tesoro.




3 de mayo de 2026

FUIMOS CREADOS PARA EL CIELO

 



Evangelio (Jn 14,1-12)

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; adonde yo voy, sabéis el camino.

Tomás le dijo:

—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Felipe le dijo:

—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS sabe que, en pocas horas, será apresado por los soldados, así que se prepara para vivir la Pasión. Decide pasar sus últimos momentos con quienes había compartido más tiempo en esta tierra, aquellos a quienes amaba de manera especial: los apóstoles. A ellos, al acabar la Última Cena, les abre su intimidad: es perfectamente consciente de que llegará el dolor, el abandono, la tristeza, pero no deja que cunda el dramatismo entre sus discípulos. «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1).

Esta es la clave que el Señor da a sus discípulos para afrontar lo que está por venir: fiarse de él. Puede parecer una indicación demasiado genérica, pero en realidad responde a una necesidad esencial en el ser humano: la búsqueda de referencias, la necesidad de apoyarse en alguien. Cuando una persona, por ejemplo, se pierde por la calle, primero trata de localizar un lugar que le resulte familiar para, desde ahí, volver a trazar la ruta hacia su punto de destino. Jesús les recomienda lo mismo a los apóstoles para cuando se sientan perdidos en las jornadas de la Pasión: creer en él. Es decir, saber que no será un sufrimiento en vano, sino que, como había anunciado, será para darnos la vida.

También nosotros, como los apóstoles, podemos experimentar situaciones en las que sentimos la ausencia de Jesús. El cansancio, la incomprensión, o la enfermedad pueden superar nuestras fuerzas y hacernos creer que estamos solos. Y es en esos momentos cuando el Señor nos pide que confiemos en él, «que no nos apoyemos en nosotros mismos sino en él. Porque la liberación del turbamiento pasa por la confianza. Encomendarse a Jesús, dar el “salto”. Y esta es la liberación de la angustia. Jesús ha resucitado y está vivo precisamente para estar siempre a nuestro lado. Ahora podemos decirle: “Jesús, creo que has resucitado y que me acompañas. Creo que me escuchas. Te traigo todo lo que me turba, mis problemas: tengo fe en ti y me encomiendo a ti”»[1].


EN SU discurso de despedida durante la Última Cena, Jesús indica también otro motivo de consuelo para vivir los días de la Pasión: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,2-3). El Señor se dispone a morir para reservarnos un puesto en el cielo, un sitio que excede todas las expectativas que podamos forjar con nuestra imaginación. Apenas conocemos que será para siempre –aunque el tiempo también será un misterio– y que estaremos junto a Dios.

La resurrección de Cristo no fue un milagro cualquiera. No consistió sin más en volver a dar vida a un cuerpo muerto, como había ocurrido antes con Lázaro (cfr. Jn 11,1-44) o el joven de Naín (cfr. Lc 7,11-17), pues ellos, al cabo de un tiempo, volverían a morir. Jesús ha roto las cadenas «para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión del hombre»[2].

Al inaugurar esta nueva dimensión, la vida que Jesús nos ha conseguido no responde a la lógica de acumular sufrimientos aquí abajo para después gozar en el Paraíso. Todos los santos, en muy diversas circunstancias y épocas, han sido personas felices, por lo que escribía san Josemaría que «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[3]. Cristo nos ha preparado un futuro que ilumina el presente y que nos llena de alegría también en nuestro caminar terreno. De este modo, podemos reconocer el amor de Dios en toda situación: en la pobreza y en la riqueza, en el honor y en la calumnia, en la salud y en la enfermedad, en la paz y en la persecución; en cada instante de nuestra vida nos estamos preparando para esa nueva morada porque, en realidad, fuimos creados para el cielo.


TOMÁS responde a las palabras de Jesús con una pregunta llena de sentido común: «¿Cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,5). Efectivamente, las dos propuestas del Maestro –confiar en él y la promesa del cielo– no parecen tan sencillas de vivir en la práctica. Tomás, como cualquiera, está buscando un poco más de seguridad. De algún modo, es como si se cuestionara: «¿Cómo sabré si estoy siguiendo a Dios o bien me estoy autoconvenciendo de que esto es lo correcto cuando en realidad no lo es?».

Felipe también quiere una confirmación y pide: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Jesús, sin embargo, replica con una pregunta: «¿Tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?» (Jn 14,9). Quizá habría sido más sencillo contestar directamente, pero lo que desea Cristo es que el apóstol encuentre la respuesta mirando a su propia vida. La experiencia de su relación con Jesús es mucho más fuerte que cualquier discurso. El recuerdo de los episodios vividos juntos –la alegría cuando le llamó a seguirle, los primeros milagros que vio y obró, las conversaciones a solas– es lo que le llevará a confiar en Jesús cuando se presenten situaciones como las de la Pasión.

En estas semanas de Pascua podemos volver «allí donde comenzó nuestra historia de amor con Jesús, donde fue el primer llamado. (...) Volver a ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida»[4]. Entonces se nos hará más fácil confiar en Jesús y en sus promesas. Probablemente la Virgen recordaría con frecuencia los momentos que marcaron su existencia, sobre todo los relacionados con su Hijo. Ella nos ayudará a caminar sin perder de vista el amor que ha alimentado nuestra vida y que lo continúa haciendo.

2 de mayo de 2026

Dedicación iglesia prelaticia Santa María de la Paz

 



EVANGELIO  (Jn 14, 7-14)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos

—nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Felipe le dijo:

—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.


PARA TU RATO DE ORACION 


MEDIANTE la constitución apostólica Ut sit, por la que el Opus Dei quedó erigido en prelatura personal, el Romano Pontífice erigió asimismo como iglesia prelaticia el hasta entonces oratorio de Santa María de la Paz. La ceremonia de dedicación fue oficiada por el beato Álvaro del Portillo, el 2 de mayo de 1986.

«El Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombre», dice san Esteban en su defensa frente al sumo sacerdote, mientras relata toda la historia de la salvación. Y continúa, tomando palabras del profeta Oseas: «Mi trono es el cielo y la tierra el escabel de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis a Mí?, dice el Señor, ¿o cuál será el sitio de mi descanso? ¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?» (Hch 7,48-50). Pese a estas palabras, Dios permitió a los hombres, ya en tiempos del rey Salomón, que le construyesen una casa: el Templo de Jerusalén. Allí la Iglesia ha siempre visto una imagen de la humanidad santísima de Cristo, el verdadero templo en el que habita corporalmente la plenitud de la divinidad (cfr. Col 2,9). Y el Templo de Jerusalén también fue un anticipo y un símbolo de los templos cristianos, que son lugar de oración y de encuentro con Dios, porque en el corazón de cada uno de ellos –el sagrario– la Iglesia custodia precisamente a Jesús en la Santísima Eucaristía.

«Un templo es la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre»[1]. Cada iglesia, y entre ellas la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, es un centro espiritual en el que el Señor, bajo las especies sacramentales custodiadas en una capilla cercana, «día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad (cfr. Jn 1,14)»[2]. «Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo –dice san Josemaría–. Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna»[3].


ADEMÁS de custodiar el cuerpo de Cristo, verdadero templo de la divinidad, las iglesias visibles, construidas por manos humanas, son a su vez símbolo de la Iglesia invisible, formada por todos los bautizados como «piedras vivas y elegidas»[4]. El Señor nos ha constituido como piedras vivas de la Iglesia, «formadas en la fe, robustecidas con la esperanza y unidas por la caridad»[5].

Por esto, en nuestra existencia cotidiana necesitamos unirnos a Cristo, suprema «piedra angular», «desechada por los hombres pero escogida y preciosa delante de Dios» (1 P 2,6.4). «Uniéndonos a esta piedra –escribe san Agustín–, encontramos la paz; reposando sobre ella, conseguimos firmeza. Ella es, al mismo tiempo, cimiento, porque nos sostiene, y piedra angular, porque nos une. Ella es la piedra sobre la que el hombre prudente, al edificar su casa sobre ella, se mantiene totalmente seguro frente a todas las tentaciones de este mundo: ni los torrentes de lluvia la hacen caer, ni los ríos desbordados la derrumban, ni la fuerza de los vientos la sacuden»[6].

Si el templo cristiano es signo de los fieles unidos en torno a la piedra angular que es Cristo, en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz están simbolizados especialmente los fieles del Opus Dei y quienes se acercan a sus apostolados, llamados a compartir «el deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado, procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía, pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas»[7]. «Hemos sido elegidos por Dios –señaló el beato Álvaro en la homilía de aquel día– sin ningún mérito de nuestra parte, para ser un linaje escogido, un sacerdocio real, un pueblo santo, para anunciar las maravillas de Dios, que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable»[8].


LA IGLESIA ES CATÓLICA porque ha sido enviada por Jesús a todas las personas de la tierra. El Concilio Vaticano II describe el mandato del Señor con estas palabras: «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos»[9].

El beato Álvaro, en aquella homilía durante la dedicación de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, concluyó diciendo: «Nuestro Señor se servirá de nosotros, como piedras vivas, para construir día tras día su Iglesia en medio de la sociedad de los hombres (...). A pesar de nuestra pequeñez, por bondad de Dios, seremos fortaleza para los demás, apoyándonos siempre en la piedra angular, que es Cristo Jesús, y en la piedra fuerte también –cimiento para la Iglesia—, que es Pedro, el Romano Pontífice»[10]. Para un cristiano ser fiel al Señor es ser fiel a la Iglesia, y por eso, buen hijo del Papa. San Josemaría, desde 1928, quiso que el Opus Dei fuera muy romano y estuviese estrechamente unido a la Sede de Pedro, con el mismo deseo de llevar el calor de Cristo a todos los rincones de la tierra.

Podemos poner nuestros deseos de servir a la Iglesia bajo la intercesión de Santa María de la Paz. Y le podemos pedir también el don de la paz para nuestras almas y para el mundo entero: «Acoge, oh Madre, nuestra súplica (…). Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz»[11].