"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

6 de octubre de 2026

ANIVERSARIO CANONIZACION DE SAN JOSEMARIA




EL 6 DE OCTUBRE de 2002 tuvo lugar, en la plaza de San Pedro, en Roma, la canonización de san Josemaría. Durante la homilía, san Juan Pablo II destacó con particular importancia el empeño del fundador del Opus Dei por promover la santidad de los cristianos en medio de la vida ordinaria: «No dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”»[1].


Todos estamos llamados a entablar una relación ininterrumpida con Jesús; una relación que nos llena progresivamente de paz porque nos lleva a sabernos, cada vez con mayor claridad, en manos de Dios, pase lo que pase. «La vida habitual de un cristiano que tiene fe –afirmaba san Josemaría–, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente»[2]. Esta visión de la existencia cura nuestras divisiones internas y nos abre un horizonte inmenso, «Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación»[3]. Abrirse a la acción del Espíritu Santo en nosotros –es decir, a la santidad– es contribuir a transformar el mundo y elevarlo hacia Dios.


Sin embargo, al considerar esta misión, podemos sentir que no es para nosotros, sino, quizás, para gente mejor preparada. «Nos puede servir –escribía el prelado del Opus Dei– recordar que Cristo no llamó a sus discípulos porque fuesen mejores que los demás, sino que los convocó conociendo sus debilidades, y –como lo hace también con nosotros– lo más profundo de sus corazones y de su pasado»[4]. Algo parecido pudo vivir san Josemaría cuando fundó el Opus Dei. De ahí que el cardenal Ratzinger escribiera sobre él, un día como hoy: «Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios»[5].


CUANDO la Iglesia eleva un santo a los altares lo presenta como un posible modelo en la imitación de Cristo. Ellos han vivido de la esperanza cristiana; nos muestran con su testimonio que vale la pena seguir al Señor, quien ha llenado sus vidas de una alegría y de una paz que son compatibles con las más diversas circunstancias externas.


Al mismo tiempo, todos los santos nos recuerdan que la vida con Dios es una meta que no se alcanza por las propias fuerzas, sino que es fruto de la gracia divina. Es Dios quien los ha hecho santos, ciertamente, contando con su disposición libre y, muchas veces, esforzada. Ellos no son símbolos inalcanzables, sino «personas que han vivido con los pies en la tierra y han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse una y otra vez y continuar el camino»[6]. San Josemaría afirmaba que su vida era comenzar y recomenzar varias veces, incluso a lo largo del mismo día; a esto llamaba «espíritu deportivo»: «Da muy buenos resultados emprender las cosas serias con espíritu deportivo... ¿He perdido varias jugadas? —Bien, pero —si persevero— al fin ganaré»[7].


El camino a la santidad no está hecho solamente de actos heroicos puntuales, sino de mucho amor cotidiano. Todos podemos amarnos unos a otros con la atención y delicadeza de Cristo. En la vida de los santos vemos ese «amor cotidiano» encarnado en gestos concretos; nos muestran que detrás de cada persona que está a nuestro alrededor, en realidad se encuentra «el Dios “escondido” (Is 45, 15). Gracias a ellos, Él se revela, se hace visible, se hace presente en medio de nosotros»[8].


Cada santo es, por tanto, «como un rayo de luz que sale de la palabra de Dios»[9]; ellos nos señalan diversos aspectos del rostro de Cristo y de sus enseñanzas. Como señala el Catecismo de la Iglesia, los santos «en su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo»[10]. «Santidad no significa exactamente otra cosa más que unión con Dios –decía san Josemaría–; a mayor intimidad con el Señor, más santidad»[11].


LOS SANTOS «contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar “en la alegría” de su Señor, han sido “constituidos sobre lo mucho” (cfr. Mt 25,21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios»[12]. Los santos no solamente nos indican el camino a la santidad, sino que además nos ayudan a recorrerlo. Su acción «no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos»[13]. San Josemaría, y tantos hijos e hijas en el Opus Dei, quizá incluso alguien que habremos conocido, viven en el cielo, junto a Dios, e interceden por nosotros.


En realidad, esta lógica de la cercanía y de la intercesión se da ya en nuestras relaciones. Un padre o un profesor se esfuerzan por acompañar al hijo o al estudiante en los primeros pasos de la vida: ellos mismos se sintieron ayudados en su día, y ahora ven como algo natural hacer lo mismo con las nuevas generaciones. De un modo análogo, los santos también lucharon en su día por vivir junto a Dios. Ellos experimentaron dificultades similares a las nuestras, y nos recuerdan que, aunque sintamos la inclinación del pecado, la santidad tiene más fuerza para florecer. «Cada vez que juntamos las manos y abrimos nuestro corazón a Dios, nos encontramos en compañía de santos anónimos y santos reconocidos que rezan con nosotros, y que interceden por nosotros, como hermanos y hermanas mayores que han pasado por nuestra misma aventura humana»[14].


La Virgen está presente en la vida de todos los santos. La única cosa en la que san Josemaría se ponía como ejemplo era en su amor a María. «Señora –podemos pedirle con palabras del fundador del Opus Dei–, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios. –Confía, que Ella te escucha»[15].

El hogar de Betania

 


Evangelio (Lc 10, 38-42)


En aquel tiempo, cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:


—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.


Pero el Señor le respondió:


—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.


PARA TU RATO DE ORACION 


A VECES se ha visto el episodio de Jesús en Betania (cfr. Lc 10,38-42) como una disyuntiva entre dos modos de vivir la fe: o se es como Marta, dedicada a las actividades del mundo, o como María, centrada en las cosas de Dios. Sin embargo, también podemos considerar que las dos actitudes son necesarias y complementarias: no hace falta abandonar las ocupaciones ordinarias para estar siempre con el Señor. San Josemaría, haciéndose eco de las enseñanzas de santos que abrazaron la vida religiosa, escribía: «Habéis de buscar a Jesucristo en la vida corriente –también entre los pucheros, como decía la Madre Teresa–, en lo ordinario. (...) Dios está ahí, entre los libros, entre el material de laboratorio, en la labor de investigación o de enseñanza; y está igualmente en la cocina o entre los instrumentos de limpieza o en el planchero»[1].


Cuando Marta se lamenta ante el Señor porque su hermana no le ayuda en el servicio de la casa, Jesús le responde: «Tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10, 41-42). Cristo no invita a Marta a desentenderse de sus ocupaciones. De lo contrario, ¿cómo habrían podido comer y recuperar las fuerzas él mismo y los apóstoles? El Maestro quiere que Marta, mientras ejerce de anfitriona, no se olvide de «la mejor parte», de lo único que es «necesario»: dar gloria a Dios y servir a los demás a través de su trabajo bien hecho. De este modo, como escribía el fundador del Opus Dei, «llega un momento en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios»[2].


SEGURAMENTE en más de una ocasión nos hayamos encontrado como Marta. Durante un periodo de tiempo –breve o largo–, podemos tener la impresión de que no llegamos a todo lo que nos proponemos. Posiblemente tengamos una familia a la que cuidar, obligaciones laborales y más de un imprevisto que inevitablemente se presenta cada jornada y que requiere de un tiempo extra y una atención particular: alguna enfermedad nuestra o de una persona cercana, una llamada o reunión de última hora, un trabajo que se alarga, un desperfecto en la casa, tener que hablar más extensamente con un amigo o compañero, etc. Deseamos entonces que ese periodo de cierto estrés desaparezca cuanto antes y añoramos, con toda razón, que llegue finalmente algo de tranquilidad y de paz.


La reacción de Marta nos puede dar una pista sobre cómo acoger esos momentos cuando se presentan: acudir a Jesús y desahogarnos con él. «Descargad sobre él todas vuestras preocupaciones –escribe san Pedro–, porque él cuida de vosotros» (1Pd 5,7). Al mismo tiempo, la invitación del Señor a centrarse en lo «necesario» también nos puede ayudar a descubrir el sentido de esas ocupaciones que quizá pueden quitarnos la paz. No son solo imprevistos o tareas, sino caminos por los que nos hacemos santos y contribuimos al bien de las personas que nos rodean. Este cambio de enfoque difícilmente supondrá que, de un día para otro, el cansancio desaparezca o que logremos armonizar las tareas exactamente como enseñan los gurús de la gestión del tiempo. Aun acercándonos a ese noble ideal, el cansancio vivido con Jesús tiene un significado valioso, pues nuestro esfuerzo no se dirige a quitarse de encima ese quehacer cuanto antes, sino que adquiere una dimensión ambiciosa: identificarnos con Cristo, que vivió centrado en las cosas de su Padre y con un corazón abierto, magnánimo, para atender a quienes se acercaban a él.


Esta actitud explica «por qué aparecen llenos de paz los santos, aun en medio del dolor, de la deshonra, de la pobreza, de las persecuciones. La respuesta –como decía el beato Álvaro– se dibuja bien clara: porque procuran identificarse con la Voluntad del Padre del Cielo, imitando a Cristo»[3]. Así, lo que antes quizá se percibía como una amenaza que alteraba nuestra vida interior, se mira de otro modo: una oportunidad para crecer en los ideales que sostienen nuestra vida.


MARÍA escucha atenta las palabras de Jesús. El modo de seguir su predicación es bien distinto al de algunos fariseos o escribas, que cuando hablaba el Maestro buscaban algo de qué acusarle. Ella, en cambio, acogería con cariño y sentido práctico sus enseñanzas: no se limitaría a deleitarse en la belleza del discurso, sino que trataría de hacerlo suyo y aplicarlo a su propia vida. «Al abrir el Santo Evangelio –sugería san Josemaría–, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no solo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia»[4].


«Escuchar la palabra de Dios es leerla y decir: ¿Qué está diciendo esto a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios a mí con esas palabras? (...) Dios no habla para todos en general: sí, habla para todos, pero nos habla a cada uno. El evangelio ha sido escrito para cada uno de nosotros»[5]. Para descubrir ese significado personal la palabra de Dios necesita fermentar dentro de nosotros; es decir, no basta escuchar o leer una vez un fragmento para captar su significado, sino que requiere que se asiente en nuestro corazón y en nuestra inteligencia. De este modo, podemos leer los sucesos que nos ocurren a la luz de esa palabra, y percibir lo que el Señor nos quiere transmitir en cada momento.


Esta fue la actitud de la Virgen María. Ella meditaba en su corazón tanto los episodios de su vida que no entendía como los que le llenaban de gozo. Nuestra madre nos podrá ayudar a seguir lo que su Hijo quiso transmitir en el hogar de Betania: dar gloria a Dios con nuestro trabajo y escuchar su palabra para que informe toda nuestra vida.



5 de octubre de 2026

AMAR CON OBRAS

 



Evangelio (Lc 10,25-37)


En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:


—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?


Él le contestó:


—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?


Y éste le respondió:


—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.


Y le dijo:


—Has respondido bien: haz esto y vivirás.


Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:


—¿Y quién es mi prójimo?


Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:


—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?


Él le dijo:


—El que tuvo misericordia con él.


—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo



PARA TU RATO DE ORACION 



EN UNA OCASIÓN, un doctor de la ley plantea a Jesús una cuestión sobre la relación entre la vida eterna con el amor a Dios y al prójimo. Sabe bien que la ley de Moisés manda esto último, pero existía una discusión sobre quién merecía ser considerado como «prójimo», y si aquella distinción coincidía con la pertenencia al pueblo elegido. Jesús aprovecha este diálogo para hablar de un amor que no conoce distinciones, y lo hace a través de la parábola del buen samaritano.


La historia comienza con un hombre que, al bajar de Jerusalén a Jericó, cae en manos de unos salteadores que le dejan medio muerto. Cuando un sacerdote y un levita lo encuentran por el camino, pasan sin detenerse, quizás para no contaminarse con su sangre; antepusieron esa norma, vinculada con el culto, al gran mandamiento de Dios, que ante todo quiere misericordia y no sacrificio (cfr. Mt 9,13).


Puede dar la impresión de que, en el interior de aquel sacerdote o de aquel levita, esa norma y el cuidado lógico a un herido fuesen realidades enfrentadas. Pensaron tal vez: «O elijo cuidar el culto a Dios o bien me ocupo de esa persona». Sin embargo, cuando dejamos que el amor del Señor y a los demás informe toda nuestra vida, esos dilemas desaparecen: «La caridad, en verdad, nos purifica de nuestro egoísmo; derriba las murallas de nuestro aislamiento; abre los ojos y hace descubrir al prójimo que está a nuestro lado, al que está lejos y a toda la humanidad»[1]. En definitiva, nos hace ver que precisamente cuidando a esa persona damos culto a Dios: «Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios»[2].


JESÚS invita al doctor de la ley a salir de sus esquemas, y presenta como héroe de la parábola a un hombre samaritano. Los samaritanos eran un grupo apartado de la religión oficial, lejos de la pureza que rodeaba al pueblo elegido, especialmente a quienes rendían culto en el templo. Las acciones con las que el samaritano entra en escena son las mismas que las de los otros dos viajeros: pasa por el camino y ve al hombre malherido. Pero su reacción es totalmente distinta: «Se conmovió profundamente» (Lc 25,33) y sintió «un rayo de compasión que le llegó al alma»[3].


Quizá los oyentes de la parábola se sorprendieron al oír que fue un samaritano el que se compadeció; tal vez creían poder predecir cómo actuaría uno de ellos en esta situación. Pero Jesús quiere mostrar que no debemos reducir la realidad a nuestros propios modelos ni encasillar a las personas. De hecho, el Evangelio nos presenta al menos dos interacciones de Cristo con samaritanos: un leproso que es modelo de agradecimiento a Dios (cfr. Lc 17,11-19), y una mujer que al encontrarse con el agua viva de Jesús se transforma en apóstol (cfr. Jn 4,7-30).


Cuando miramos a los demás sin prejuicios aprendemos a quererles tal como son, además de que nos enriquecemos de sus dones. Imitamos así el amor de Cristo, que siempre mira todo el bien del que somos capaces. Como decía san Josemaría: «La fe –la magnitud del don del amor de Dios– ha hecho que se empequeñezcan hasta desaparecer todas las diferencias, todas las barreras: ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni de libre; ni de hombre ni de mujer: “porque todos sois una cosa en Cristo Jesús” (Gal 3,28) Ese saberse y quererse de hecho como hermanos, por encima de las diferencias de raza, de condición social, de cultura, de ideología, es esencial al cristianismo»[4].


LA REACCIÓN del samaritano del relato no se quedó solamente en un buen sentimiento de compasión. Al contrario, se puso manos a la obra: «Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta”» (Lc 10,34-35).


El samaritano nos muestra que el amor se manifiesta en lo concreto, en grandes y pequeños gestos. A través de ellos expresamos nuestra voluntad de ayudar en las necesidades del otro y de hacer amable la vida de quienes nos rodean. San Josemaría nos invitaba a concretar nuestro amor, para que no quede solo en palabras, sino que tome cuerpo y se haga tangible en las obras: «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones”. Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche»[5].


Terminada la parábola, Jesús hace una pregunta al doctor de la ley: «¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Y responde el doctor: «El que tuvo misericordia con él» (Lc 10,36-37). Podemos pedir a María que haga más sensible nuestro corazón, y que nos alcance la prontitud para ponernos manos a la obra: solo entonces seremos verdaderamente «prójimos».

4 de octubre de 2026

Asegurarse la felicidad

 


Evangelio (Mt 21, 33-46)


Escuchad otra parábola:


—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y, lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?


Le contestaron:


—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.


Jesús les dijo:


—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:


La piedra que rechazaron los constructores,


ésta ha llegado a ser la piedra angular.


Es el Señor quien ha hecho esto


y es admirable a nuestros ojos?


»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos. Y quien caiga sobre esta piedra se despedazará, y al que le caiga encima lo aplastará.


Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.


Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



EN UNA OCASIÓN el profeta Isaías entonó un canto en el que describía el cuidado que un amigo dispensó a su viña (cfr Is 5,1-7). Situada en una tierra fértil, el dueño se excedió en todos los desvelos necesarios para garantizar una vendimia exitosa: limpió el terreno de piedras, lo cercó, cavando incluso una zanja, y erigió una torre para vigilar sobre su viña día y noche. Finalmente, se tomó la molestia de excavar el lagar, donde pisar la uva apenas recogida. Hecho todo esto, esperó. Después de tantos esfuerzos, entendemos bien la decepción del dueño de la viña cuando, en lugar de encontrar la deliciosa uva que esperaba, descubrió que daba unos frutos amargos, de gusto desagradable. «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?» (Is 5, 4), se pregunta. El problema no está en la tierra, ni en la cepa, ni en el agricultor, ni en las condiciones externas: es la vid la única responsable.


Tradicionalmente se ha visto en esta viña una imagen de la casa de Israel, que no supo dar los frutos que el Señor esperaba a pesar de sus cuidados. Sin embargo, también podemos ser cada uno de nosotros cuando no somos conscientes de las gracias que Dios nos ha dado. La contrición nos lleva precisamente a descubrir la atención que el Señor nos dispensa y el dolor que le causan nuestros pecados. No se trata de una sensación de orgullo herido, sino que «se llora porque no se corresponde al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; este es el significado del pecado. ¡He herido a la persona que amo!»[1].


Esas lágrimas, si nacen del amor, nos ayudarán a recomenzar con alegría. «Si alguna vez coges una rabieta –comentaba san Josemaría– porque no eres lo que debes ser, y a solas –no des espectáculo– se te salta una lágrima como un puño, acuérdate de aquellos versos, que son bastante malos pero que a mí me consuelan: ‘Mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, pues no hay amante mejor / que aquel que ha llorado mucho’. Tú y yo a llorar mucho a solas, en la presencia de Dios, porque no somos lo que querríamos ser para el amor de Dios»[2].


EL SALMO de este domingo pide al Señor que el recuerdo de sus desvelos con su viña no lo lleve a rechazarla, sino a cuidarla todavía más, a restaurarla y a no dejarla en manos de sus enemigos: «Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río. (...) Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y al hijo de hombre que tú has fortalecido» (Sal 79,9.12-16).


A veces podemos imaginarnos a Dios en una manera humana, donde la paciencia tiene un límite. Estamos seguros de que nos ama, pero creemos que, si no correspondemos, tarde o temprano se desanimará y dejará de dedicarnos los cuidados necesarios. Nada más lejos de la realidad. El Señor «jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón»[3]. Un viñador no cuida de su terreno porque se lo merece, sino porque le hacen falta sus desvelos. Del mismo modo, la misericordia de Dios no se vuelca con quien se lo ha ganado, sino con aquel que más lo necesita.


«Si sentís decaimiento –escribía el fundador del Opus Dei–, al experimentar –quizá de un modo particularmente vivo– la propia miseria, es el momento de abandonarse por completo, con docilidad en las manos de Dios»[4]. Entonces podemos recordar, como el salmista, todos los cuidados que hemos recibido del Señor. Es decir, rememorar en la oración todos aquellos episodios de nuestra vida en los que hemos sentido de manera especial su cercanía, la felicidad de estar junto a él. Y así, desarrollaremos el convencimiento de que quien ha comenzado en nosotros la obra buena «la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6).


EN EL EVANGELIO Jesús habla de otra viña en la que el dueño se ha tomado los mismos desvelos que en la de Isaías. En esta ocasión, sin embargo, sí que ha dado frutos, y no puede dejar de darlos (cfr. Mt 21,33-34.43). Si la primera viña era la casa de Israel, la restaurada es el nuevo Israel, la Iglesia, el cuerpo de Cristo inseparable de su cabeza. Jesús es la nueva cepa plantada en la viña de su Padre, la piedra angular que nos garantiza que Dios no rechazará jamás su viña (cfr. Mt 21,42). Y nosotros sabemos que siempre daremos frutos si estamos unidos a él (cfr. Jn 15, 1-8).


La viña del Señor no se encuentra en un invernadero, sino que está plantada en medio del mundo. Por eso, no está exenta de dificultades. En concreto, Jesús describe que aquellos a quienes se les había confiado su cuidado decidieron apropiarse del terreno, lo que acabaría provocando la ira del dueño: «A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (Mt 21,41). Aquellos hombres habían olvidado que la viña no era suya, sino del dueño: él fue quien la plantó y preparó todo lo necesario para que diera fruto.


Dios también nos ha confiado una parte de su viña. Es decir, personas a las que podemos ayudar a dar fruto a través de la oración, del cariño y del propio ejemplo. Lo mejor que podemos hacer por ellas es que se enamoren de Jesús y se convierta en la piedra angular de sus vidas. «Es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos»[5], repetía san Josemaría. Y añadía en otra ocasión: «Estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurarse la felicidad»[6]. En esta nueva viña del Señor contamos con una viñadora experta, que es la Virgen María. A ella le podemos pedir que nos sostenga siempre en la esperanza de dar frutos abundantes, manteniéndonos unidos a su hijo, por el amor, y con la fe cierta de que nunca nos abandona




3 de octubre de 2026

UNA ALEGRIA COMPLETA




Evangelio (Lc 10, 17-24)


Volvieron los setenta y dos con alegría diciendo:


–Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.


Él les dijo:


–Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo.


En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:


–Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.


Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:


–Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. Pues os aseguro que muchos profetas quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.


PARA TU RATO DE ORACION 



EL REGRESO de los setenta y dos discípulos después de la misión a la que habían sido enviados se da en un ambiente de entusiasmo. Nos lo cuenta san Lucas: «Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”» (Lc 10,17). Los discípulos estaban llenos de admiración por lo vivido, y profundamente agradecidos con Jesús. Ellos habían sido elegidos para la audaz tarea de anunciar el nuevo reino, que llegaba no solamente con palabras y discursos, sino con hechos concretos que, al apuntar siempre hacia Cristo, cambiaban la vida de las personas.


La alegría es, de hecho, un tema recurrente en el evangelio de san Lucas, presente desde el inicio hasta el final: el ángel promete alegría a Zacarías en el Templo al anunciar el nacimiento del Bautista (1,14); después, está presente en el diálogo con los pastores cerca del pesebre (2,10) y hace saltar de gozo a san Juan niño en el vientre de su madre Isabel (1,44). También es grande la alegría en el cielo cuando un pecador se convierte (15,7.10), o sabemos que los corazones de los discípulos se encienden de júbilo al ver a Jesús resucitado (24,41.52). Es como si el evangelista quisiera recordarnos que el encuentro auténtico con Dios siempre viene acompañado de esta alegría del corazón.


Sin embargo, con frecuencia también nos vemos enfrentados a la tentación de la tristeza o del desánimo. Entonces, podemos entrar con renovada confianza en el silencio de la oración y, junto a toda la Iglesia que nos acompaña, acercarnos a la fuente de la alegría. Esta no se encuentra en las circunstancias, ni la salud, ni el éxito, ni en los bienes que poseemos; lo esencial para tener una vida feliz, en cambio, se sitúa en nuestro interior, en la presencia de Dios en nuestra alma. Más concretamente, san Josemaría nos recuerda que la auténtica alegría «no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios»[1]. Por eso la alegría es compatible con las dificultades, y está al alcance de todos, en cualquier momento.


LOS EVANGELIOS nos cuentan que para Jesús era muy importante que sus seguidores estuviesen contentos de verdad: «Que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11). Por eso, la reacción del Señor al gozo de los discípulos es igualmente gozosa, y da lugar a unas misteriosas palabras: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,18-20).


Al ver la alegría de los setenta y dos discípulos, y su asombro al expulsar los demonios, el Señor les asegura que él vino justamente para vencer al reino de Satanás, cuyo fracaso viene representado con la caída de un rayo. Jesús nos recuerda que la alegría profunda nace de saber que han sido vencidos los poderes que nos impedían vivir junto a Dios; nace del anuncio de que el Mesías ha venido al mundo para que nuestros pecados sean perdonados definitivamente. «La misericordia de Dios da alegría, una alegría especial, la alegría de sentirnos perdonados gratuitamente»[2].


«Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación»[3]. Experimentar el perdón de Dios, recobrar una y otra vez nuestra verdadera identidad de hijos queridísimos, nos hace portadores de una noticia que queremos difundir a los cuatro vientos. Como con aquellos setenta y dos discípulos, Dios cuenta con nuestra vida alegre «para disipar el miedo de quienes, por una razón u otra, dudan de la fuerza de Jesús para vencer la muerte y el mal»[4].


DESPUÉS de anunciar la derrota de los poderes del mal, Jesús «se llenó de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21) y empezó a alabar a Dios por todo lo que obraba a través de los discípulos. Es el Paráclito quien nos permite vencer al mal, nos transforma en hijos de Dios y nos introduce en el amor del Padre. «San Pablo afirma en diversas ocasiones que “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5,22) (...). Está claro que el Apóstol habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano, no de una alegría superficial y transitoria, como es a menudo la alegría mundana. No es difícil, incluso para un observador que se mueva solo en la línea de la psicología y la experiencia, descubrir que la degradación en el campo del placer y del amor es proporcional al vacío que dejan en el hombre las alegrías que engañan y defraudan»[5].


Dios ha creado este mundo bueno, lleno de alegrías que son como señales que nos llevan hasta él, sobre todo en la convivencia con las demás personas. Aprender a disfrutar de estas alegrías auténticas, de hijos de Dios, puede ayudarnos a desentrañar aquellas otras que buscan engañarnos. «La alegría es un bien cristiano –escribe san Josemaría–. Únicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres»[6]. Ella, causa de nuestra alegría, nos recordará que la verdadera felicidad en esta vida solo la podemos encontrar en Dios y, cuando estamos junto a él, en todas las cosas.




2 de octubre de 2026

Santos Angeles Custodios, Fundación del Opus Dei


 Evangelio (Mt 18,1-5.10)


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?

Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:

— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE EL 30 DE SEPTIEMBRE y el 6 de octubre de 1928, los padres paúles organizaron, en Madrid, un retiro espiritual para sacerdotes diocesanos. A aquellas jornadas se sumó Josemaría Escrivá, joven sacerdote de veintiséis años, ya que esas fechas podía disponer de algunos días libres. Solo Dios sabía que, durante aquella actividad, después de celebrar Misa en la mañana del martes 2 de octubre, aquel sacerdote recibiría la misión divina de traer el Opus Dei al mundo; san Josemaría, al revisar algunos apuntes que ha venido tomando desde hace algunos años, comprende por primera vez que está llamado a ser padre de muchos hijos y de muchas hijas en la Obra, todos con la misión de llevar el Evangelio a su propio ambiente de trabajo. «Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»[1], explicará gráficamente poco tiempo después. Porque quienes viven del espíritu del Opus Dei, siendo ellos la misma sangre que circula por el mundo, procuran dar la vida de Dios al gran cuerpo formado por los hombres y mujeres de su entorno.

«En mis conversaciones con vosotros –escribía san Josemaría, en 1934, a las pocas personas que entonces formaban parte del Opus Dei– repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios»[2]. Y, más adelante, resumía lo mismo en pocas palabras: «La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre»[3]. Bastaría repasar la historia del Opus Dei –también la de cada persona del Opus Dei– para ser testigos de que esa movilización de cristianos, ese impulso de bien y de santidad que esta familia fomenta en lugares muy variados a lo largo y ancho del mundo, solo puede ser posible en compañía del Señor. Dios ha estado siempre presente de una manera palpable. La Iglesia ha reconocido oficialmente, en varias ocasiones, que la Obra existe «por inspiración divina»[4], y que «según el don del Espíritu recibido por san Josemaría Escrivá de Balaguer, la Prelatura del Opus Dei, bajo la guía de su Prelado, lleva a cabo la tarea de difundir la llamada a la santidad en el mundo»[5].


«DESDE 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor –decía san Josemaría, casi cuarenta años después de aquella fecha fundacional–. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres (…). Sueño —y el sueño se ha hecho realidad— con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas»[6]. El Opus Dei ha sido querido por Dios para ofrecernos un camino concreto de santidad en medio de las actividades cotidianas: en el trabajo y en el descanso, con la familia y con los amigos, en los momentos de alegría y en los momentos de dolor. San Josemaría nos recuerda que no podemos dividirnos interiormente; que no vivimos, por un lado, nuestra vida espiritual, con ciertos momentos reservados para ello; y, por otro lado, están todas las actividades restantes como si poco tuvieran que ver con Dios. Proclamar la llamada universal a la santidad supone anunciar esa unidad de vida, dejándonos amar por Dios en cada momento de nuestro día, sin dejar ninguno de lado. Entonces seremos apóstoles capaces de descubrir un sentido de misión en todo lo que hacemos.

«Os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día –decía san Josemaría el 8 de octubre de 1967, durante la homilía en el campus de la Universidad de Navarra–. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria»[7]. Ciertamente, dejarnos acompañar por Dios en cada cosa que hacemos, tener la convicción de que el cielo está dentro de nosotros, no es algo que sucede de la noche a la mañana. Para eso san Josemaría nos ha trasmitido un camino, que bebe de la riquísima tradición de la Iglesia Católica, y que se concreta en algunas prácticas de piedad que se adecúan a la situación de cada persona, vividas con la serenidad y confianza de hijos de Dios. El objetivo es dejarse llenar de Dios hasta ser, como le gustaba decir al fundador del Opus Dei para expresar la radicalidad de esta senda, «santos canonizables» o «santos de altar», que experimentan una vida contemplativa en medio del mundo y que iluminan su entorno con la luz del Evangelio.


SAN JOSEMARÍA, en un texto en el que explica detalladamente que aquella luz del 2 de octubre de 1928 se trató de una luz de Dios, termina confesando con viveza que quisiera que las personas llamadas al Opus Dei tuvieran siempre presente –«grabasen a fuego»– tres cosas: primero, que «la Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice»[8]. Segundo, que «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[9]. Y, tercero, que «esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[10].

Es decir, que es Dios quien hace la Obra; por lo tanto, si queremos hacer vida el espíritu que transmitió a san Josemaría, ni nos faltará su ayuda, ni nos faltará en el corazón la «dulce y confortadora alegría de evangelizar»[11]. El Opus Dei, como lo dice su mismo nombre, es obra de Dios, no obra nuestra; y eso dará la serenidad de saber que, aunque el Señor cuenta con nuestra colaboración, es él quien realmente lleva las riendas de esta familia, es él quien sabe qué conviene en cada momento histórico, es él quien enciende el fuego de la llamada divina en quien quiere. Al pensar de qué manera Dios nos invita a compartir con él su misión salvadora, a san Josemaría le gustaba imaginar a aquellos fuertes pescadores que dejan a los pequeños poner sus manos en las redes, aunque no sean ellos quienes tienen la fuerza[12]. De esa convicción de quien se sabe en manos del Señor surge el auténtico «gaudium cum pace», la alegría y la paz. Por eso, rememorando el 2 de octubre de 1928, san Josemaría escribía claramente que aquel día «el Señor fundó su Obra»[13].

El prelado del Opus Dei nos recordaba las palabras del fundador: «Si queremos ser más, seamos mejores»[14]. San Josemaría quería que sus hijos, cristianos corrientes que trabajan por hacer de este mundo un mejor hogar, se distinguieran solamente por su «bonus odor Christi», por su aroma a Cristo; es esa atracción divina, inicio de todo apostolado, la que moverá a la gente hacia la auténtica felicidad. Santa María, Regina Operis Dei, que tan cerca ha estado siempre de la Obra, intercede siempre por nosotros, junto a san Josemaría y tantos santos que han vivido este espíritu querido por Dios para el mundo.



1 de octubre de 2026

Con los brazos abiertos

 

Evangelio (Lc 10, 1-12)


Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:


–La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca”. Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR quería que sus discípulos participaran de su ardiente deseo de llevar el Evangelio a todas las criaturas. Por eso, en algunos momentos de su ministerio, los envió «delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir» (Lc 10,1), para que prepararan el camino de su venida. Algo similar sucede también hoy, con cada uno de los cristianos, para que nos sintamos como aquellos setenta y dos que el Señor mandó. Sabernos enviados por Dios nos ayudará a crecer en apertura de corazón, sabiendo que el Evangelio es siempre una llamada misionera, universal. Podemos decir con uno de los antiguos Padres: «Cristiano es mi nombre, católico mi apellido»[1]. La Iglesia es católica porque tiene un corazón abierto a toda persona, y esto se refleja también en nuestro diálogo con Dios: «Nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal»[2].


Al mismo tiempo, Jesús quiso que estos discípulos compartieran su inquietud por la necesidad de obreros que trabajen en el campo del mundo, para recoger los frutos de su obra de salvación. «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Se trata de una invitación que puede extrañar en un primer momento. «¿Por qué nosotros –que solo somos obreros– hemos de rogar al dueño de la mies que envíe más trabajadores? ¿Qué más da que se pierda la cosecha si en cualquier caso vamos a seguir recibiendo la misma paga?».


Jesús quiere que los discípulos tengan amor por el terreno. Es decir, que no se limiten solamente a rendir cuentas, sino que consideren la tierra del mundo como algo propio, que les pertenece. El Señor pretende, en definitiva, que compartamos los deseos más profundos de su corazón, sintiéndonos partícipes de aquella sed de almas que le hizo exclamar: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?» (Lc 12,49). Cristo tiene «sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo»[3].


EN LAS INSTRUCCIONES que Jesús da a los setenta y dos (cfr. Lc 10, 2-12), encontramos también las líneas directrices de nuestra misión de cristianos en medio del mundo. «Cristo no se limita a enviar: da también a los misioneros reglas de comportamiento claras y precisas. Ante todo, los envía “de dos en dos” para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno. Les advierte que serán “como corderos en medio de lobos”, es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz; no llevarán consigo ni alforja ni dinero, para vivir de lo que la Providencia les proporcione; curarán a los enfermos, como signo de la misericordia de Dios; se irán de donde sean rechazados, limitándose a poner en guardia sobre la responsabilidad de rechazar el reino de Dios»[4].


Los primeros cristianos supieron encarnar estas indicaciones del Señor. Vivieron una caridad entre ellos que suscitaba la admiración de sus contemporáneos[5]. También supieron transmitir paz en medio de las persecuciones y las contrariedades, pues sabían que sus nombres estarían así escritos en el cielo (cfr. Lc 10,20). Además, se preocupaban de que a ninguno de los hermanos les faltara lo necesario, poniendo a su disposición los propios bienes (cfr. Hch 2,45).


Por eso, san Josemaría se fijaba en los primeros cristianos a la hora de hablar sobre la santidad en medio de la vida cotidiana, pues ellos supieron testimoniar a Cristo resucitado a través de las actividades del día a día. «Vive tu vida ordinaria –comentaba el fundador del Opus Dei–; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla –a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte– charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios»[6].


EL MENSAJE que los discípulos están llamados a llevar es, principalmente, un mensaje de proximidad: «El Reino de Dios está cerca» (Lc 10,9). En un primer momento, parece que este anuncio, que resuena también en otras partes del Evangelio, se trata solo de una exhortación amenazadora a la conversión, dada la inminencia del juicio final. Sin embargo, en estas palabras resuena ante todo la ternura de Dios, que literalmente se acercó a cada uno de nosotros con la Encarnación de su Hijo. «Si el Dios de los cielos está cerca, nosotros no estamos solos en la tierra y en las dificultades tampoco perdemos la fe. Esto es lo primero que hay que decir a la gente: Dios no es distante, sino que es Padre. (...) Quiere tomarte de la mano, también cuando vas por senderos empinados y difíciles, también cuando caes y te cuesta levantarte y retomar el camino; Él, el Señor, está ahí, contigo. Es más, a menudo en los momentos en los que eres más débil puedes sentir más fuerte su presencia»[7].


Esta es la actitud que Jesús quiere transmitir a sus discípulos: hacerse cercanos a los demás y volcar en ellos la ternura y la proximidad de Dios. Y no solo con aquellos que acojan entusiasmados el anuncio del Evangelio, sino también con sus perseguidores: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,44-45). Como escribía san Josemaría: «Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. –Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles»[8]. Podemos pedir a la Virgen María, Reina de los apóstoles, que compartamos el deseo de su Hijo, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).