"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

15 de junio de 2026

VERDADERA Y FALSA PRUDENCIS




EVANGELIO  M t 5,38-42


»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.


PARA TU RATO DE ORACION 


POR AQUEL TIEMPO, Ajab, rey de Israel, había salido victorioso de una campaña militar difícil, frente al rey de Siria. Dios, después de guiarlo a través de un profeta, le dio la victoria. Pero una vez obtenida, Ajab decidió actuar por su cuenta, sin contar con Dios. Después de ser recriminado por esta conducta, «el rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado» (1 Re 20,43). No entiende que su desazón se debe a su vivir lejos de Dios, e intenta remediar su tristeza satisfaciendo sus antojos. Después de este episodio, la Sagrada Escritura nos cuenta también que «Nabot tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21, 1-2). Nabot se negó a entregar la heredad de sus padres, como exigía la Ley de Moisés, y, otra vez, «Ajab volvió a su casa triste y enfadado. Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento» (1 Re 21,4). Nuevamente, Ajab no entiende. Le parece incomprensible la conducta de Nabot, hombre recto, que se rige por unas convicciones más profundas, que no están a merced del vaivén de la utilidad o del placer superficiales.


«Nabot era feliz –dice san Ambrosio– porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio»[1]. Nabot aparece como un hombre libre, entero; mientras Ajab, con todo su poder, nos pone delante de los ojos la imagen, que a veces puede ser la nuestra, del hombre que se deja llevar por las circunstancias, sin otro norte que el estado de ánimo o el capricho del momento. «La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por una convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa»[2]. Si era preciosa la viña de Nabot, más lo era su alma. Había cultivado bien su libertad, procurando unirse a Dios con todo su corazón y produciendo como frutos sabrosos las virtudes que hacen feliz al hombre.


¡QUÉ DISTINTAS aparecen las virtudes del hombre justo, especialmente la prudencia, cuando las comparamos con la determinación y la astucia de Jezabel, mujer de Ajab! También ella se avergüenza de la falta de carácter de su marido, así que despliega sus talentos para hacerle alcanzar la viña de Nabot. «Escribió las cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced sentar contra él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: ‘Has maldecido a Dios y al rey’. Entonces sacadlo, apedreadlo y que muera”» (1 Re 21, 8-10). Cuando hubieron cumplido sus órdenes, Jezabel «dijo a Ajab: “Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto”» (1 Re 21, 15).


Llama la atención el carácter de esta mujer que mandó eliminar a los profetas de Israel, hizo temer y puso en fuga al mismo Elías, arrastró a su marido y a todo el pueblo al culto de Baal. Jezabel se mueve con precisión y sangre fría entre los entresijos de la ley, teje una limpia estratagema que le permite perpetrar aquel crimen sin manchar sus manos ni las de su marido. Pero esta injusticia nos enseña que ni su astucia es prudencia, ni su determinación es fortaleza, ni su autodominio es templanza. Cerrada a la verdad de Dios, Jezabel se desentiende de la justicia, y pone sus cualidades al servicio de sus propios caprichos, causando la infelicidad propia y la de quienes la rodean.


Esta prudencia que se desentiende de Dios suele ser conocida como la «prudencia de la carne». Al contrario, «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios. La templanza del prudente no es insensibilidad ni misantropía; su justicia no es dureza; su paciencia no es servilismo»[3].


ANTE UNA conducta como la de Ajab y Jezabel con Nabot, podemos experimentar indignación y desear que se haga justicia. Por eso, nos pueden sorprender las palabras de Jesús en el Evangelio: «No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado» (Mt 5, 39-40.42).


No es necesario suavizar las palabras del Señor. En efecto, Jesús nos anima a vivir con una libertad inmensa, propia de quien tiene en Dios su tesoro, y con él, posee todo. Una persona así está dispuesta a ceder cualquier cosa por el bien de los demás. Y esto no es incompatible con la justicia, esa virtud que se caracteriza, precisamente, por procurar el bien del otro. Nada más lejos de la justicia que esa caricatura que la pinta como una virtud egoísta, preocupada solo por proteger y reivindicar lo propio. La primera palabra de la justicia no es mío, sino tuyo. Santo Tomás de Aquino asegura que es la virtud que nos abre al prójimo y nos hace descubrir en él a una persona, empujándonos a procurar su bien activamente[4].


Nabot era justo porque amaba la ley de Dios, fuente de la más elevada justicia, y la heredad de sus padres, que debía conservar para sus hijos; y las defendió del capricho ilegítimo de un rey. Al final, aunque no parezca a primera vista, salió ganando, «porque es mejor padecer por hacer el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3,13-17). Así exhortaba repetidas veces el apóstol Pedro a los primeros cristianos, poniéndoles siempre como modelo a Jesús, que dio su vida por nosotros. En la muerte de Cristo cobran su pleno sentido la muerte de Nabot y toda injusticia. Santa María, que se formó en la mejor tradición del pueblo de Israel, nos ayudará a tener un corazón sabio, que encuentre en la adhesión a Dios su delicia, y se desborde con los demás en obras de justicia llenas de caridad

14 de junio de 2026

SALVAR TODOS LOS HOMBRES


 Evangelio (Mt 9, 36 - 10,8)


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:


—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.



PARA TU RATO DE ORACION 



CUANDO los israelitas acamparon frente al Sinaí, Moisés comenzó a subir el monte para hablar con Dios. El Señor, que había sido testigo de las dudas y de las dificultades que atravesó Israel tras huir de Egipto, le confirmó la alianza que había establecido con su gente: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Y como muestra de la predilección que sentía por ellos, recordó lo que habían vivido recientemente: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19, 2-6a).


Echando una mirada atrás en nuestra vida, podemos recordar algunos momentos en los que hemos notado especialmente la presencia de Dios; circunstancias en las que su cercanía se nos ha hecho más patente y que quizá nos han llenado de una felicidad inigualable. Esos recuerdos tal vez contrastan con situaciones recientes o actuales. Como el pueblo de Israel, también atravesamos temporadas de desiertos: acontecimientos que nos han cansado o contrariedades que nos han robado la esperanza.


Dios, que conoce esas dificultades, nos invita a dirigir nuestra mirada a su acción salvadora, para confiar en los muchos milagros que ya ha hecho en favor de nosotros, así como en las veces que nos ha liberado, como a Israel, de la esclavitud. «Nos pide que revivamos ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida»[1] . Como el pueblo elegido, necesitamos alimentar nuestra esperanza con la memoria y el recuerdo de la acción de Jesús en nuestra alma. «Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante»[2].


JESÚS vino a la tierra para salvar a todos los hombres. Por eso, no puede evitar compadecerse cuando ve que la gente se encuentra extenuada o abandonada, pues no tiene a nadie a quien acudir. Al Señor le gustaría llegar a cada una de las personas que lo buscan. Con este fin, quiere contar con la mediación de otros pastores que, como él, tengan el deseo de cuidar de las ovejas que se hallan dispersas por todo el mundo. De ahí que se dirija a sus discípulos y les diga: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).


El Señor cuenta con cada uno de nosotros para saciar la sed de Dios de las almas, para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Y es esta una misión que requiere una mirada de compasión, como la que tuvo Jesús: una mirada que no excluye a nadie y que lleva a entregarse con valentía y sin reservas. Cada día podemos transmitir el Evangelio a los demás, principalmente a través de nuestra vida auténtica llena de alegría, de interés, de caridad que acoge la realidad del prójimo. «Desgarra el corazón aquel clamor –¡siempre actual!– del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. –Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?»[3].


CUANDO Cristo envió a los apóstoles para proclamar la llegada del reino de los cielos y realizar curaciones, les dijo: «No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-6). Ciertamente, esto no significaba que solo los judíos pudiesen acoger la Buena Nueva. Más adelante Jesús predicará en Samaría y los gentiles recibirán la fe. Pero el Señor quiso que, en primer lugar, el anuncio de salvación llegara a su pueblo en virtud de la alianza que estableció con él. De este modo, el Israel renovado sería el germen del nuevo pueblo de Dios.


Cristo también nos llama a anunciar el Evangelio en primer lugar a las personas que nos están más cerca: nuestra familia, nuestros amigos y compañeros de trabajo... Dios ha querido que nos santifiquemos y nos salvemos «no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»[4]. Por eso vivimos según el Evangelio cuando procuramos que las personas que nos acompañan en nuestra vida puedan conocer la alegría del mensaje cristiano. «Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana»[5].


Las madres ocupan un lugar especial en toda familia. Ellas no dudan en hacer lo que sea necesario por el bien de sus hijos. La Iglesia es un pueblo que también cuenta con una madre: María. Ella nos ayudará a vivir sin cálculos nuestra misión de apóstoles, sabiendo testimoniar con nuestra propia vida la alegría del Evangelio.

13 de junio de 2026

INMACULADO CORAZÓN DE MARIA

 



Evangelio (Lc 2, 41-51)

Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:

—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.

Y él les dijo:

—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.


PARA TU RATO DE ORACION 


REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación» (Is 61,10). La Iglesia proyecta estas palabras de la Escritura sobre la figura de María. Después de haber considerado la anchura y profundidad del corazón de Jesús, dirigimos la mirada hacia el corazón de su Madre. Con el objetivo de preparar «una digna morada del Espíritu Santo»[1], el Señor colmó el corazón de santa María con gracias innumerables y lo revistió de pureza.


San Efrén comenta que «María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno, para conducir a los hombres a una dignidad mayor»[2]. Al dejarse inundar por la gracia, María, en cierto modo, se convierte en cielo, en luz y gloria de Dios. Por eso nuestra Madre es alegre y serena, pues el amor divino lo abraza todo. Santa María contiene una grandeza que la hace estallar de gozo: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador (…); desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,46-48).


Nos podemos unir a ese coro de generaciones que se alegran al ver lo que la gracia ha obrado en el corazón de María. Al mismo tiempo, puede surgir en nosotros el deseo de compartir esa felicidad de nuestra Madre. Nos gustaría cantar también nuestro Magníficat al recordar cómo Dios ha obrado en nuestra vida, porque Dios quiere entrar también en nuestro corazón con su gloria. Nos podemos unir a la oración que la Iglesia, en la Oración colecta, dirige al Padre: «Haz que nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria»[3].


«BIENAVENTURADOS los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8), dirá el hijo de María durante su predicación. La Virgen recibió el don de ver a Dios hecho hombre desde su más tierna infancia. Su mirada limpia era capaz de comprender la mirada de Jesús, incluso para adivinar muchos de sus sentimientos e intenciones. En Caná, por ejemplo, detrás de una respuesta negativa, María sabe percibir la disponibilidad de su hijo para adelantar su manifestación como Mesías; también en la cruz, descubre en la mirada de su Hijo la dulce petición de que no se apartara en aquellos momentos.


La mirada sencilla de santa María le lleva a descubrir la mano de Dios detrás de todos los grandes o pequeños acontecimientos de su existencia; esa era la fuente de su alegría constante. La pureza de corazón nos permite tener una mirada transparente, capaz de penetrar la realidad íntima de las cosas, porque entiende que todo tiene su origen y su fin en Dios. En cambio, cuando falta inocencia en la mirada, cuando no nos abrimos a ese don de Dios, nos podemos quedar atrapados en las apariencias y en lo superficial.


Un corazón puro comprende a las personas, procura no clasificar ni poner etiquetas, tiene facilidad para amarlas con sinceridad. La pureza no aleja a las personas; todo lo contrario: mira a todos como hijas e hijos de Dios que merecen un trato acorde a aquella tan grande dignidad. Nos lleva a amar mucho más y mejor a quienes tenemos a nuestro lado. Un amor como el de la Madre de Jesús descubre maneras de demostrar cariño incluso en las situaciones más precarias: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura»[4].


«PERO, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe»[5]. En el episodio de Jesús niño perdido en el Templo hallamos uno de esos momentos de claroscuro. A la angustia por no saber dónde se encontraba se le unió después el desconcierto ante las palabras de su hijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).


No podemos pretender abarcar todos los designios del corazón de Jesús. En la vida de quienes le seguimos, incluso en la de su propia Madre, hay momentos en los que Dios nos sorprende, como si quisiera recordarnos que siempre tiene algo que es más amplio que nuestros planes. Es consolador pensar que santa María también pasó por ese tipo de experiencias. La Sagrada Escritura no tiene reparos en decir que María y José no entendieron la respuesta de Jesús. Sin embargo, añade: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).


Saber que la mano de Dios está detrás de todo, no implica que comprendamos inmediatamente y en toda su extensión cada uno de sus planes. En la vida de oración también hay momentos de oscuridad en los que el Señor nos pide confianza, aquella fe madura que ilumina los momentos de la prueba. María sabía que el Espíritu Santo habitaba en su corazón: ese era el lugar indicado para amar, junto a Dios y a veces con dolor, también aquellas circunstancias que con el tiempo iría comprendiendo mejor. Y nosotros, a ejemplo y con ayuda de nuestra Madre, podemos hacer lo mismo.



12 de junio de 2026

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Evangelio (Mt 11, 25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

—Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

»Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LOS PROYECTOS de su corazón subsisten de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre»[1]. La Iglesia nos propone estas palabras del salmista para adentrarnos en el misterio del Sagrado Corazón de Jesús y su amor por nosotros. Nos recuerdan que el corazón de Dios alberga proyectos que abrazan la historia personal de cada ser humano; que son proyectos de libertad y de vida. «No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[2].


Podemos contemplar a Jesús en la cruz, que se dejó traspasar el corazón para ofrecernos una prueba más de que nos quiere incondicionalmente. San Ambrosio señala que «del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz»[3]. Podemos decir, en cierto modo, que nuestro origen está en el corazón llagado de Jesús. Nuestra vida de cristianos surge de ese costado, que es como una fuente a la que podemos volver una y otra vez, para retomar fuerzas en nuestro camino.


«Jesús en la cruz, con el corazón traspasado de amor por los hombres, es una respuesta elocuente –sobran las palabras– a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos»[4]. Al celebrar el Sagrado Corazón del Señor nos damos cuenta de que, por encima de los sufrimientos y de las derrotas, hay alguien para quien somos insustituibles. Por eso en la oración, ese diálogo de corazón a corazón con Cristo, es donde podemos siempre recuperar la alegría y la confianza.


ALGUNA VEZ nuestra paz se puede ver amenazada al descubrir la presencia del pecado en nuestra vida; quizás sucede en aquellos momentos en los que caemos en la tentación y nos enredamos con nuestros propios vicios. En realidad odiamos el pecado que nos aleja de Dios, que nos hace daño a nosotros mismos y a los demás, pero parece que no encontramos el camino para salir de ahí. En esos momentos, nuestra voluntad parece aletargada y tal vez tenemos la impresión de estar paralizados en la vida espiritual. Si sentimos que de algún modo nuestro corazón no reacciona, podemos recordar que el corazón de Jesús es manso y humilde, descanso para los que se refugian en él: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28) Cristo es, además, el buen pastor que nos busca continuamente, que se abre paso para encontrarnos y cargarnos otra vez sobre sus hombros. Saber que su corazón no duerme, incluso cuando parece que el nuestro está muy lejos, nos llena de confianza para volver a comenzar nuestras luchas diarias.


«El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. (…) Está inclinado hacia nosotros, polarizado especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie»[5]. Nuestros pecados ya no son un motivo para desalentarnos en nuestro anhelo de estar con Dios. El Señor permite que experimentemos la debilidad y esto nos abre a la posibilidad de ser humildes; él cuenta con nuestro esfuerzo para que, impulsados por su gracia, nos levantemos. En ocasiones, «la historia de la salvación se cumple creyendo “contra toda esperanza” (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa solo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad»[6].


EN LA CRUZ, Jesús deja que la lanza traspase su costado «para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo»[7]. Contemplar de esta manera a Cristo nos ayudará a despertar nuestro ánimo y a realizar el camino de vuelta hacia la amistad con Dios. «Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado –aconseja san Josemaría–. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia»[8]. Si queremos salir de la trampa del desánimo, el mejor remedio es pensar menos en nuestras limitaciones, y mirar con calma ese corazón que se ha dejado traspasar por los pecados de todos.


«Sigues teniendo despistes y faltas –decía también el fundador del Opus Dei–, ¡y te duelen! A la vez, caminas con una alegría que parece que te va a hacer estallar. Por eso, porque te duelen –dolor de amor–, tus fracasos ya no te quitan la paz»[9]. Dios no quiere que nuestros pecados nos llenen de tristeza ni que sean un peso que arrastramos con fatiga. Por eso nos ha dejado la confesión, para que podamos recuperar la alegría cuantas veces lo necesitemos. La contrición, el dolor por nuestras propias faltas, es propio de un corazón enamorado; no es un sentimiento que esconde cierto desánimo por no haber estado a la altura de lo que los demás –o nosotros mismos– esperaban: es un dolor fruto del amor a un Dios que hace todo lo necesario por nosotros.


En el corazón de Cristo siempre tendremos un lugar para volver. Basta hacerse pequeño y entrar ahí a través de la humildad. Y si alguna vez nos cuesta emprender el camino de vuelta, contamos con la ayuda de María: ella nos muestra, con su mirada materna, cuál es la ruta para entrar en el costado abierto de su hijo.


11 de junio de 2026

SAN BERNABÉ Apostol

 



Evangelio (Mt 10, 7-13)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:


“Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.


En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella que sea digno; y quedaos allí hasta que os vayáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, que vuestra paz vuelva a vosotros”.


PARA TU RATO DE ORACION 


AL LEER los Hechos de los apóstoles, llama la atención el elevado número de colaboradores que acompañaron a san Pablo a lo largo de su vida. El apóstol de las gentes supo apoyarse en otros, estuvo abierto a trabajar con los demás, sin hacerlo todo él solo. «San Pablo no actúa como un "solista", como un individuo aislado, sino junto con estos colaboradores en el "nosotros" de la Iglesia. Este "yo" de Pablo no es un "yo" aislado, sino un "yo" en el "nosotros" de la Iglesia, en el "nosotros" de la fe apostólica»[1].


Entre los compañeros más cercanos, desempeñando un papel particularmente importante, destaca la figura de san Bernabé. Se trata de un judío de la tribu de Leví, oriundo de Chipre. Fue uno de los primeros que abrazaron la fe en Jerusalén, después de la resurrección de Jesús. Para aliviar las necesidades de los más necesitados, vendió un campo y entregó el dinero a los apóstoles (cfr. Hch 4,37). Esta manifestación de generosidad no fue un hecho aislado, sino algo constante, que se extendió a toda su vida.


Cuando llegan noticias hasta Jerusalén de la buena acogida que ha tenido el Evangelio en Antioquía de Siria, los apóstoles enviaron a Bernabé. «Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró, y a todos les exhortaba a permanecer en el Señor con un corazón firme» (Hch 11,23). Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo; lo encontró y fue con él a Antioquía. «Enviados por el Espíritu Santo» (Hch 13,4) trabajaron juntos en la evangelización de esa importante ciudad durante un año entero, y fue allí donde por primera vez llama­ron «cristianos» a los discípulos. Posteriormente, acompañó a San Pablo en su primer viaje misionero, recorriendo las regiones de Chipre y Asia menor, en la actual Turquía (cfr. Hch 13-14). Sufrieron, «llenos de valor» (Hch 13,46), muchas dificultades por el Señor. Sin embargo, gracias a san Bernabé, «la palabra del Señor se propagaba por toda la región» (Hch 13,49).


BERNABÉ es descrito como «un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe» (Hch 11,24). En su vida, desde sus primeras experiencias apostólicas hasta su muerte, fue un incansable testigo del Evangelio. Su afán apostólico surgía del mandato de Cristo que escuchamos el día de su fiesta: «Id y predicad: El Reino de los Cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios (…). No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento» (Mt 10,7-10).


La vida de Bernabé estuvo cargada de una intensa actividad porque en esta misión encontró el sentido de su vida. Trabajó por el evangelio con total generosidad, como el Señor les había pedido a sus discípulos: «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8). Según cuentan los Hechos de los Apóstoles, Dios bendecía sus pasos con abundantes frutos: así por ejemplo, después de su predicación en Antioquía, «una gran muchedumbre se adhirió al Señor» (Mt 10,24). La confianza en Dios sostenía todo su trabajo. En su fiesta, la liturgia pone en nuestros oídos una súplica a Dios para que nos conceda «anunciar fielmente con la palabra y con las obras el Evangelio que él [Bernabé] proclamó con valentía» (Oración colecta).


San Josemaría escribe: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel»[2]. En la aventura de Pablo y Bernabé fueron muy frecuentes estos tesoros. «Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal (...). En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu (...). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo»[3].


PABLO Y BERNABÉ tuvieron al inicio del segundo viaje misionero un desacuerdo, a causa de Marcos, un joven cristiano. Bernabé quería llevarlo consigo, pero Pablo se negaba, porque Marcos les había abandonado durante el viaje anterior (cfr. Hch 13,13; 15, 36-40). A partir de esta diferencia, sus caminos se separaron. Bernabé, con Marcos, se dirigió a Chipre (cfr. Hch 15,39), mientras que Pablo siguió el viaje sin ellos.


Efectivamente, entre los santos también se pueden dar desacuerdos. Es normal que unos tengan opiniones o sensibilidades distintas de otros. «Los santos no han caído del cielo. Son hombres como nosotros, incluso con problemas complicados. La santidad no consiste en no equivocarse o no pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón (…). Por consiguiente, lo que nos hace santos no es el no habernos equivocado nunca, sino la capacidad de perdón y reconciliación»[4].


El ambiente de los primeros cristianos, en el que vivió san Bernabé, puede ser un modelo para nosotros, por su clara convicción de que el Evangelio ilumina vidas muy diversas entre sí. Se comprende que san Josemaría haya tenido sus ojos puestos en estas primeras comunidades. Por eso, «la diversidad que existe y existirá siempre entre los miembros del Opus Dei es (...) una manifestación de buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada uno»[5]. Podemos pedir a Dios, por intercesión de santa María, el fervor apostólico de san Bernabé y la gracia para vivificar ambientes cristianos como lo hicieron aquellos primeros discípulos.


Todos los cristianos servimos al Evangelio contando con los dones que Dios nos ha otorgado y según nuestra vocación personal. Para ser siempre fieles contamos con el auxilio de nuestra Madre del Cielo, Reina de los Apóstoles. A Ella le pedimos que no nos abandone nunca




10 de junio de 2026

“Ni ojo vio...

 


Evangelio (Mt 5, 17-19)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


A JESÚS le acusaron varias veces de querer destruir la religión de Moisés y de Abraham. El Señor proclama, al contrario, que no ha venido a abolir lo anterior, sino a descubrirnos su significado pleno, a mostrarnos su alcance más profundo (cfr. Mt 5,17). Cristo descubre a sus contemporáneos –y nos lo descubre también a nosotros– la posibilidad de encontrar en los preceptos divinos un camino de auténtica libertad interior. Dios se ha revelado y nos ha dado a su Hijo para hacernos más libres. «Para esta libertad Cristo nos ha liberado –dirá san Pablo–. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).


A la luz de la nueva enseñanza de Jesús, «cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo»[1]. «Hasta la más pequeña letra o trazo» (Mt 5,18) de la doctrina de la Iglesia, ya sea en materia dogmática, moral, litúrgica, etc., tiene como objetivo impulsarnos a amar al verdadero Dios y, por él, a las personas que nos rodean. Y el amor, también con sus normales dificultades, se da solamente en un ámbito de libertad.


Por eso Jesús puede decir que su alimento es hacer la voluntad del Padre. No se resigna a esa Voluntad, como quien quisiera hacer otra cosa, sino que la desea ardientemente, quiere identificar todas sus inclinaciones con ella, porque allí encuentra su libertad. Cristo llega incluso a dar gracias a su Padre antes de realizar el acto más grande de entrega, cuando, en la víspera de su pasión, da la vida libremente en la Eucaristía. En Dios encontramos la libertad más profunda que nos ayuda a amar más y mejor a quienes nos rodean.


«VAMOS A PENSAR lo que será el Cielo –proponía san Josemaría–. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros?»[2]. También santo Tomás de Aquino nos invitaba a ilusionarnos con el cielo como «la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello –continuaba explicando el santo– es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre»[3].


A la vez, pensar en el cielo nos ayuda a comprender mejor la tierra, a dar el peso adecuado a las situaciones y problemas. «Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez»[4].


La lucha por ser cada vez más libres en esta tierra, más llenos de Dios y menos de nuestros pequeños egoísmos, es precisamente el camino hacia el cielo. «Para caminar hacia la santidad es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan (...). Cuando volvemos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad (...). Como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad»[5]. Es en esta tierra en donde nos podemos preparar, con la ayuda de la gracia, a lo que después podremos vivir en el cielo: escoger siempre a Dios, libres de toda atadura o confusión.


«EL QUE QUEBRANTE uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande» (Mt 5,19). ¿Qué relación pueden tener los preceptos más pequeños con el Reino de los Cielos? Jesús relaciona la lucha por la santidad con la capacidad de amar y ser amados en lo cotidiano. El cielo, en definitiva, es una cuestión de cuánto le dejamos a Dios ser nuestro Padre amoroso en cada momento del día, de cuánto nos sabemos acompañados hasta en las cosas más pequeñas. Cumple esos pequeños mandamientos quien se levanta una y otra vez, quien no se cansa de luchar en lo mismo, quien es sincero consigo mismo y con Dios para reconocerse necesitado. Cumple esos pequeños mandamientos quien, sabiendo dar prioridad a lo que es más importante, se da cuenta de que al amor no se le escapa nada.


«Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías —esas pequeñeces— se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante»[6]. María siempre dice que sí a todo lo que su hijo le pide porque sabe que, así, Dios le regala su alegría y su felicidad. Podemos pedirle a nuestra Madre que crezca en nosotros la sabiduría para ver con esos mismos ojos la voluntad de Dios.

9 de junio de 2026

SER SAL

 



Evangelio (Mt 5, 13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR nos ofrece participar en la misión de llevar la alegría y paz a cada rincón. «Vosotros sois la sal de la tierra (...). Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-14). Nos ha regalado la capacidad de iluminar la oscuridad. Nos permite también dar sabor a lo insípido. Esos efectos no los producimos nosotros: es Cristo quien se sirve de nosotros como instrumentos. «Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo» (Jn 9,5), dice justo antes de curar a un ciego. Evidentemente, no se trata de una aventura fácil. No lo fue ni siquiera para Jesús, que se entregó a ella con toda su perfección de hombre y de Dios. Quizá por eso nos ayuda tanto darle las gracias por esa invitación a llenar de luz el mundo y de sabor las vidas de las personas con las que convivimos, a pesar de nuestros errores.

«No penséis que el combate al que se os llama es de poca importancia y que la causa que se os encomienda es exigua»[1]. Es tan decisiva y apasionante que queremos contar en todo momento con su consejo y compañía. Nos interesa, y mucho, no hacer nuestra voluntad, sino la suya. Acertar con cada alma. Sabemos bien que no valen las recetas: solo él sabe en realidad lo que cada uno necesita en este momento. Nos envía para difundir su luz por todas las situaciones y todos los hogares. Es verdad que a veces la oscuridad puede darnos miedo, pero también tenemos la experiencia de que una luz, por pequeña que sea, puede hacer la oscuridad más habitable. Una cerilla encendida en un cuarto a oscuras no ilumina muchísimo, pero incluso en ese caso es una referencia segura que se ve a distancia.

«Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4). En medio de la oscuridad que a veces llena el mundo, la luz de Cristo que reflejamos se hace más visible. La esperanza de que Dios está con nosotros nos empuja a dedicar a esta tarea nuestros mejores esfuerzos. A veces nos parecerá infructuoso, pero sabemos bien que ninguna semilla se pierde en esta siembra divina de paz y alegría.


COMPROBAR nuestras limitaciones puede en ocasiones empujarnos a dudar de la eficacia de nuestra colaboración con la misión del Espíritu Santo. No obstante, esos momentos nos llevan a anclar nuestra tarea en la roca que es Cristo. «Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia»[2].

«Llenar de luz el mundo –decía san Josemaría–, ser sal y luz: así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas»[3]. En esta tarea de sembrar junto a Cristo, a veces nos parece lento el crecimiento y escaso el fruto. Pero a él cada pequeña oración, cada minúsculo sacrificio, le parecen un triunfo. Su sed se sacia con poco. Le basta la más mínima excusa para salvar a un bandido (cfr. Lc 23,42), para multiplicar su gracia (cfr. Mt 14,19) o para curar una traición como la de Pedro (cfr. Mt 26,75).

Se llena el apóstol entonces de paz y de audacia y escucha de labios de Jesús cómo la misión no tiene límites: «Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra y al mar, al mundo entero»[4]. Lo que el Señor espera de nosotros es que nuestras propias debilidades no empañen la grandeza de la misión. «El cristiano es sal y luz del mundo no porque venza o triunfe, sino porque da testimonio del amor de Dios»[5].


«VOSOTROS sois la sal de la tierra». La sal es un elemento que da sabor a los alimentos. «Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido sazonado con la vida nueva que viene de Cristo»[6]. Pero también antiguamente la sal se usaba para preservar los alimentos. Por eso, los cristianos estamos llamados a conservar la fe que hemos recibido para transmitirla a los demás.

Una característica que tiene la sal es que, en su dosis justa, no acapara el protagonismo. No decimos «qué rica la sal», sino «qué buena es esta comida». Por eso, el discípulo es sal cuando «no busca el consentimiento y la alabanza, sino que se esfuerza por ser una presencia humilde y constructiva, en fidelidad a las enseñanzas de Jesús que vino al mundo no para ser servido, sino para servir»[7].

En esta tarea de sazonar la tierra no estamos solos. «Jesús nos invita a no tener miedo de vivir en el mundo (...). El cristiano no puede encerrarse en sí mismo o esconderse en la seguridad de su propio recinto»[8]. La sal, si es sosa o no se añade al alimento, no sirve para gran cosa. Por eso, podemos pedirle a la Virgen que nos llene de deseos de transmitir el sabor de una vida junto a Cristo.