"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

28 de julio de 2026

SEBRAR PAZ Y ALEGRIA

 


Evangelio (Mt 13, 36-43)


Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:


—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.


Él les respondió:


—El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA VEZ QUE se han marchado las multitudes que le escuchaban, los discípulos piden a Jesús que les explique a ellos solos la parábola del trigo y la cizaña. Cuando el Señor contó ese relato, ponía el acento en el hecho de que el bien y el mal coexistirán en la tierra hasta el fin de los tiempos. Pero ahora desgrana también otros aspectos, mostrando que sus palabras contenían una dimensión alegórica: el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino, mientras que la cizaña son los hijos del Maligno. Esa cizaña también ha tenido un sembrador, que no es otro que el diablo, al que Cristo llama «el enemigo» (Mt 13,39).


El mal presente en el mundo, y en nuestra propia vida, no es obra de Dios, sino del diablo. Su mayor astucia es hacernos creer que no existe. Como el enemigo de la parábola, siembra cuando los demás duermen, sin llamar la atención, «como la serpiente que lleva el veneno silenciosamente»[1]. Por eso hacemos bien en vigilar nuestro corazón y nuestras acciones, pues en la mayoría de las ocasiones nos tienta en las pequeñas cosas de cada día para alejarnos del Señor.


El diablo pone un empeño particular en sembrar cizaña en los campos del mundo; es decir, en destruir la caridad y la comunión en las personas para que brote la desconfianza y la división. En este sentido, se conservan unos apuntes personales de san Josemaría en los que se refleja su lucha por evitar que el maligno sembrara la cizaña en su corazón: «Tendré muchísimo cuidado en todo lo que suponga formar juicio de las personas, no admitiendo un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2]. Y a continuación, anotaba una serie de propósitos prácticos: «1/ Antes de comenzar una conversación o de hacer una visita, elevaré el corazón a Dios. 2/ No porfiaré, aunque esté cargado de razón. Solamente, si es de gloria de Dios, diré mi opinión, pero sin porfiar. 3/ No haré crítica negativa: cuando no pueda alabar, me callaré»[3]. Podemos, nosotros también, pensar cómo cultivamos en nuestro mundo interior y a nuestro alrededor la caridad y la comunión con los demás, para hacer infecunda la siembra del maligno.


TODOS tenemos experiencia de las insinuaciones que el demonio nos provoca en el corazón. El mismo Jesús también vivió en su propia carne las tentaciones cuando se retiró al desierto. Al mismo tiempo, sabemos que el poder y la influencia del maligno son limitados, porque Dios vino a la tierra «para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con el miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a esclavitud» (Heb 2,14-15). Cristo es el único Señor. Satanás, al fin y al cabo, no es más que una criatura. Es cierto que se le permite hacer el mal –por motivos que quizá no acabamos de entender del todo y que en el fondo están ligados al misterio de la libertad–, pero también es verdad que Dios nos concede la fuerza suficiente para superar cualquier tentación y que, incluso si sucumbiéramos, su misericordia es mayor que cualquier pecado.


Las tentaciones, en sí mismas, no son malas: son pruebas en las que podemos crecer en amor a Dios o en una determinada virtud. Por eso, cuando las afrontamos como lo que son –oportunidades para unirnos más a Dios–, no dejaremos que nos invada el miedo o la sorpresa. La victoria del demonio no siempre consiste en hacernos caer, sino en hacernos vivir con inquietud, en hacernos pensar que no es posible vivir cerca del Señor con esas inclinaciones. San Josemaría decía que él se sentía «capaz de todos los errores y de todos los horrores, en los que puedan caer las personas más desgraciadas»[4]. Y añadía que precisamente en el reconocimiento de nuestra debilidad hallamos nuestra fortaleza: nos lleva a ser sinceros y a pedir ayuda al Señor y a los demás, a ser más comprensivo con los defectos y las luchas de otras personas, y a confiar en el amor misericordioso de Dios.


LA VIDA cristiana no se reduce a luchar contra el mal. A san Josemaría le gustaba considerar que los primeros cristianos eran sembradores de paz y de alegría: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían»[5]. Efectivamente, serían conscientes de la acción del maligno en el mundo, e incluso la experimentarían en sus propia vidas, pero esta realidad no les llevó al pesimismo o al miedo. En los Hechos de los Apóstoles vemos incluso cómo los ataques que sufrían por parte de la autoridad de una ciudad les llevaban a predicar el Evangelio en otros lugares (cfr. Hch 8,1-4).


Los primeros cristianos sabían que no estaban luchando aisladamente. Formaban parte de una comunidad que les impulsaba a sembrar paz y alegría. Compartiendo el Pan y en la Palabra encontraban la fuerza que les ayudaba a permanecer unidos. Sabían que podían recibir aliento de otro hermano y, al mismo tiempo, sentían la responsabilidad de cuidar los gestos cotidianos que reforzaban la pertenencia a una familia. «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios»[6]. María nos puede ayudar a tener un corazón atento a esos gestos, para que podamos sembrar paz y alegría en las almas de quienes nos rodean.




27 de julio de 2026

NO CANSARSE

 


 Evangelio Mateo 13, 31-35

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.

Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.


PARA TU RATO DE ORACION 


PARA DESCRIBIR la lógica con la que funciona su reino, el Señor usa la parábola del grano de mostaza. «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32). En Oriente se cultivaba esta planta cuya semilla era proverbialmente pequeña: en efecto, en el lenguaje ordinario se decía «pequeño como un grano de mostaza». Sin embargo, la planta que de ella crecía llegaba a ser llamativamente grande: alcanzaba tres o cuatro metros, con una base leñosa, y en sus ramas podían refugiarse los pájaros.

El grano de mostaza, diminuto como la cabeza de un alfiler, posee en sí una enorme vitalidad: está llamado a expandirse y a acoger en su vida las de otros muchos vivientes. Por eso sirve como símbolo del Reino de Dios. Para hacerlo crecer en la tierra, Jesús no puso en práctica un programa de predominio político, ni eligió realizar una potente campaña mediática, ni optó por manifestarse de manera clamorosa al mundo entero, como podría haber hecho. Al contrario, su plan fue comenzar con la pequeña semilla de doce pescadores, unas cuantas mujeres -algunas de ellas anónimas, al menos para nosotros- y otros muchos discípulos sin especial relieve social ni cultural. Todos ellos fueron sus testigos. La fuerza que tuvieron radicó en la autenticidad de sus vidas, en cómo llevaron hasta las últimas consecuencias, por amor, lo que Cristo les había revelado con sus obras y sus palabras.

Hoy como ayer, el árbol de mostaza sigue creciendo en los campos de Medio Oriente y, hoy como ayer, el Reino de Dios tiene en sí la fuerza para seguir expandiéndose por todo el orbe de la tierra: «El Reino es gracia, amor de Dios al mundo, fuente de serenidad y confianza para nosotros»[1]; pero al mismo tiempo es algo que Jesús nos invita a buscar activamente, es más, a hacerlo la ocupación principal de nuestra vida: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Si de verdad lo estamos buscando, librando con amor las pequeñas batallas cotidianas por la santidad, entonces a nuestro alrededor, incluso sin que nos demos cuenta, irán creciendo frutos abundantes de bondad y de vida cristiana.


«LES DIJO otra parábola: “El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”» (Mt 13,33). Esta brevísima enseñanza del Señor es similar a la de la parábola del grano de mostaza que le precede en el Evangelio de san Mateo. Se repite la idea de que de lo pequeño surgirá lo grande. Pero esta vez con el matiz de que no solo habrá un crecimiento, sino también una profunda transformación.

La gracia de Dios, la fe, la caridad nos transforman personalmente, en la medida en que las acogemos y dejamos que crezcan en nuestro corazón. Y vivir así, cada vez más identificados con el Evangelio, produce necesariamente cambios profundos también en el mundo que nos rodea. Es lo que ha sucedido desde los primeros tiempos de la Iglesia: los primeros cristianos –explicaba san Josemaría– «no tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían»[2]. Fueron ciudadanos corrientes y no dejaron de serlo al recibir la fe, sino que toda su existencia cobró un nuevo sentido y eso renovó también el mundo en que vivían, persona a persona.

Es significativo que en esta parábola Jesús nos presente a una mujer que está haciendo pan, posiblemente parte para su familia y lo restante para venderlo, pues las tres medidas de harina que mezcla con la levadura equivalen a decenas de kilos de masa. Esto nos recuerda también que los cristianos corrientes transforman el mundo a través del trabajo cotidiano hecho por amor a Dios y a los demás: así es cómo podemos llevar el Evangelio a muchas personas. «Que se llene de alegría nuestro corazón pensando en ser eso: levadura que hace fermentar la masa. Nuestra vida no es egoísta: es un luchar en primera línea, es meternos en el torrente de la sociedad, pasando inadvertidos; y llegar a todos los corazones, haciendo en todos ellos la gran labor de transformarlos en buen pan, que sea la paz –la alegría y la paz– de todas las familias, de todos los pueblos»[3].


«TODAS ESTAS cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas –dice san Mateo– y no les solía hablar nada sin parábolas» (Mt 13,34). También nosotros escuchamos hoy nuevamente las parábolas del Señor, para que den un fruto de esperanza en nuestras almas. Han pasado dos milenios de cristianismo, la pequeña semilla ha crecido por los cinco continentes, la levadura ha hecho fermentar la masa de innumerables pueblos y culturas. Sin embargo, esto ha sido posible porque el Reino crecía de corazón en corazón, en la vida de cada persona, primero en aquella que quiere llevar la alegría del Evangelio por todos los rincones.

Aún queda mucho por hacer y, al mismo tiempo, por rehacer, primero en nuestra propia vida. Además, no siempre lo que parecía logrado subsiste. Igual que no es fácil encarnar plenamente el Evangelio en la propia vida, tampoco está libre de contrariedades la misión apostólica que Dios ha confiado a cada cristiano: «Aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse»[4].

En esos momentos, en los que quizá experimentamos el desaliento, la fe nos impulsa a confiar en la vitalidad de la pequeña semilla en nuestro corazón, en la eficacia del puñado de harina que fermenta una gran cantidad de masa. Aunque parezca que el trabajo es estéril, que es mucho lo que hay que hacer y poco lo que uno puede afrontar, tenemos la seguridad «de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque “llevamos este tesoro en recipientes de barro” (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama “sentido de misterio”. Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cfr. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada»[5]. Ningún acto realizado por amor a Dios y a los demás es inútil. A veces no veremos directamente los frutos, otras llegarán de forma insospechada y siempre producirán en uno mismo un crecimiento del corazón. Podemos acudir a María para que nos ayude a confiar en los frutos que crecerán en nuestra vida si estamos cerca de su Hijo.



26 de julio de 2026

Saborear las cosas grandes

 


Evangelio (Mt 13,44-52)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?

—Sí —le respondieron.

Él les dijo:

—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Jesús comparó el Reino de Dios como un tesoro escondido en el campo. Un hombre, al encontrarlo, no duda en vender todo cuanto tiene para conseguir ese terreno. Con frecuencia esta imagen ha servido para ilustrar, además de la llamada a seguir a Cristo, la experiencia de una llamada más específica que Dios a veces dirige a las personas. El Señor a todos nos tiene reservado un tesoro que, para hallarlo, es necesario vender todo cuanto tenemos. Sin embargo, surge de manera natural una pregunta: ¿cómo empiezo a buscar ese terreno en el que pueda haber un tesoro esperándome?, ¿cómo elijo el terreno que hay que comprar? O más directamente: ¿cómo puedo descubrir mi propia vocación?


Para dar respuesta a este interrogante, san Josemaría solía decir que no es posible «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos». Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[1], que sopla donde quiere. Los caminos para llegar a Dios son tan variados como el número de personas. El Evangelio, sin embargo, nos muestra un rasgo común en todos aquellos interesados en descubrir el terreno donde se halla el tesoro: la inquietud de corazón. Nicodemo, al oír las enseñanzas de Jesús, deseaba saber si aquel hombre era el Mesías; como estaba lleno de dudas e incertidumbres, solo se atrevió a acercarse a él de noche en busca de respuestas. El joven rico, por su parte, se sentía insatisfecho con la existencia correcta que llevaba, y por eso se acercó corriendo a Cristo para preguntarle qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna.


Ellos, como tantos otros, eran buscadores: estaban a la espera de un acontecimiento que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Los santos, cuando descubrieron algo específico de su vocación, tenían el alma abierta y hambrienta. Soñaban con una mayor intimidad con Dios, se ilusionaban con hacer crecer la Iglesia, añoraban una existencia en la que pudieran rendir los talentos recibidos, deseaban aliviar el sufrimiento del mundo… Ellos supieron dar rienda suelta a esa inquietud de corazón en el diálogo con Dios: «¿Qué me quieres decir? ¿Qué significan estos deseos e inclinaciones en mi corazón?». Dios, a lo largo del camino, nos va dejando señales que, al unirlas en la oración, forman un dibujo reconocible que nos puede indicar dónde está el terreno con el tesoro escondido.


UNA VEZ que se ha comprado el terreno, puede surgir otra inquietud: ¿cómo sé si el tesoro que he encontrado es el mío? Es decir, ¿es este el camino correcto para mí? El inicio de una vocación, como el comienzo de cualquier proyecto, suele llevar consigo una dosis de incertidumbre. Detrás de esa duda se encuentra un temor bastante normal: no sabemos con certeza qué va a pasar en el futuro, adónde nos dirigirá ese camino, pues no lo hemos recorrido antes. Además, la conciencia de nuestra propia fragilidad también nos puede hacer pensar que quizás no estaremos a la altura de lo que Dios nos pide.


Con todo, no se trata de esperar un plan trazado hasta el último detalle. Dios nos ha entregado un terreno, pero cuenta también con nuestra iniciativa, cuenta con lo que nosotros pensamos, queremos y hacemos. Vivir significa aventura, riesgo, limitaciones; significa salir del pequeño mundo que controlamos, para encontrar la belleza de dedicar nuestra vida a algo que es más grande que nosotros, y que llena con creces nuestra sed de felicidad. Desde luego, es necesario pensar las cosas. Es lo que la Iglesia llama tiempo de discernimiento. Sin embargo, conviene tener en cuenta que «el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos»[2]. La vocación implica ampliar nuestro horizonte más allá del terreno conocido, esa zona llamada también de confort, de seguridad individual, para lanzarse a un proyecto que nos lleve por caminos de dar y recibir aún más amor.


«Sabes que tu camino no es claro –escribía san Josemaría–. –Y que no lo es porque al no seguir de cerca a Jesús te quedas en tinieblas. –¿A qué esperas para decidirte?»[3]. Solo si elijo el camino puedo recorrerlo, viviendo lo que he elegido. Toda vocación tiene una dosis de incertidumbre que Dios ha querido para salvaguardar nuestra libertad, para que nosotros demos el primer paso. Para ver la estrella, como los Reyes Magos, es necesario ponerse a caminar, porque los planes de Dios siempre nos superan, van más allá de nosotros mismos. Solo confiando en él nos hacemos capaces. Al principio uno no puede: necesita crecer. Pero para crecer hay que creer: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5), conmigo lo podéis todo.


HAY una tercera pregunta que se puede plantear al tener ya posesión del tesoro de aquella imagen que utiliza Jesús: ¿qué puedo hacer con él? Las riquezas encontradas ofrecen una gran cantidad de posibilidades para mejorar la vida de uno mismo y de los demás. Del mismo modo, el descubrimiento de una vocación enriquece nuestra propia existencia, nos abre a una felicidad que supera nuestras expectativas, e ilumina también a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.


A quienes hacen crecer ese tesoro, Dios les ha prometido que les recibirá en su Reino: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, el Señor no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos. Pero el principal don que nos ofrece es él mismo, su amistad y su presencia en nosotros: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo –comentaba san Josemaría–. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[4].


Podemos llevar a todas partes ese Cielo que llevamos dentro de nosotros. «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[5]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Santa María, que supo fructificar el tesoro de su vocación, nos ayudará a saborear las cosas grandes que Dios obrará en nuestra vida y en la de los demás con nuestra fidelidad en la búsqueda de ese mismo tesoro.

25 de julio de 2026

SANTIAGO Apostol

 


Evangelio (Mt 20, 20-28)


Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición.


Él le preguntó: ¿Qué quieres?


Ella le dijo: Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.


Jesús respondió: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?


Podemos —le dijeron.


Él añadió: Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.


Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos.


Pero Jesús les llamó y les dijo: Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.


PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS caminaba Jesús a orillas del mar de Galilea, «vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que reparaban sus redes, y los llamó»[1]. Ellos, después de dejar todas las cosas, le siguieron. Así comienza la nueva vida de Santiago junto al Señor. Su aventura será tan veloz como intensa: se convertirá en el primero de los apóstoles en dar su vida por Cristo, que quiso reclamarlo pronto junto a sí (cfr. Hch 12,2). A Juan, en cambio, el Señor le pedirá que espere hasta que él vuelva a buscarlo, después de gastarse en una vida tan larga que hizo pensar a los discípulos que no moriría nunca (cfr. Jn 21,23).

El Maestro pidió a los dos hermanos una entrega total, aunque con manifestaciones distintas. Ofreció a ambos beber de su mismo cáliz, y ellos acogieron la invitación con todo el ardor de su naturaleza apasionada (cfr. Mt 20,22). Jesús llamaba a aquellos hermanos los Boanerges, es decir, «los hijos del trueno» (Mc 3,17), y les enseñó a encauzar toda su energía hacia una donación total en el servicio. Cuando la madre de los Zebedeo le pidió para sus hijos el primer puesto en su reino, Jesús les explicó que reinar con él es servir; que el primero en su reino es el que se hace el último y el servidor de todos (cfr. Mt 20,25-28). Esta lógica muchas veces contrasta con la nuestra, es revolucionaria porque se opone a la dominación de unos sobre otros; por eso, Jesús también nos anima a estar vigilantes, a estar siempre atentos para no engañarnos con lecturas atenuadas de su Evangelio.

Cristo «no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo “llenó” de contenido la libertad que, de lo contrario, sería solo la posibilidad “vacía” de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor»[2]. Jesús ayudó a Santiago y a Juan a llenar sus vidas de sentido, de amor por las demás personas, abriendo a aquellos sencillos pescadores de Galilea horizontes insospechados, «los horizontes del servicio»[3], mucho más amplios de lo que se hubieran imaginado. Y así, transformó su vida en una apasionante aventura.


IMPULSADOS por Jesús, Santiago y Juan tuvieron «prisa en amar»[4], en apostar toda su existencia a una vida de intenso servicio. La de Santiago –haciendo honor a su apelativo– fue como un relámpago que cruza el cielo en un instante, llenándolo de luz. Él se puso inmediatamente en marcha y llevó a Jesucristo hasta los confines del mundo conocido, antes de regresar a Jerusalén y fecundar con su sangre los inicios de la misión de la Iglesia. La vida de Juan, en cambio, fue como el trueno, que llega sin prisa pero con contundencia, con peso, llenándolo todo con sus palabras profundas y bellas. Juan pudo meditar largamente sobre la vida y las enseñanzas de Jesús, para dejarnos el tesoro de sus escritos.

El relámpago y el trueno se reclaman el uno al otro, manifiestan una misma fuerza y traen un mismo mensaje. No podemos separarlos, como no podemos separar a los Boanerges. Mientras estaba con ellos, Jesús los quiso juntos. De hecho, los dos formaban junto a Pedro un pequeño grupo de discípulos con los que el Maestro tenía más intimidad. Cuando el Señor subió al cielo, Santiago y Juan continuaron propagando el mismo mensaje, cada uno a su modo.

Santiago lo sigue haciendo hoy, convocando a los pueblos a su tumba en Compostela. Nos invita a ponernos en camino, a estar dispuestos a llegar a los confines de nuestro mundo y superar nuestras seguridades y comodidades. «Esto es fundamental para los cristianos; nosotros discípulos de Jesús, nosotros Iglesia, ¿estamos sentados esperando que la gente venga o sabemos levantarnos, ponernos en camino con los otros, buscar a los otros? No es cristiano decir: “Pero que vengan, yo estoy aquí, que vengan”. No, ve tú a buscarlos, da tú el primer paso»[5]. Juan, en cambio, nos recuerda que, si no estamos radicados en el amor a Jesucristo, todo ese movimiento y ese caminar valen muy poco. Escribía san Agustín: «Quien corre fuera del camino corre en vano; más aún, solo corre para fatigarse. Fuera de él, cuanto más corre, más se extravía. ¿Cuál es el camino por el que corremos? Cristo lo dijo: Yo soy el camino. ¿Cuál es la patria a donde nos dirigimos? Cristo dijo: Yo soy la verdad. Por él corres, hacia él corres, en él hallas el descanso»[6].


HAY algo grande en la vida del apóstol Santiago que permanece oculto a nuestros ojos. Es muy poco lo que sabemos de este apóstol de vida tan corta, que no dejó ningún escrito. El Evangelio, además, recoge muy pocas palabras suyas. Frente al silencio del Zebedeo, aparece la figura de otro Santiago, con títulos tan importantes como «hermano del Señor» (Gal 1,19), testigo destacado de su resurrección (cfr. 1 Cor 15,7), obispo de Jerusalén (cfr. He 15,12-21) y columna de la Iglesia (cfr. Gal 2,9). Este otro Santiago gozó de gran autoridad en la primera comunidad cristiana, como se lee en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de san Pablo. Da nombre, además, a uno de los escritos del Nuevo Testamento. Por eso, sorprende que la Tradición haya querido atribuir el título de Mayor al hermano de Juan, de quien conocemos poco.

El hijo de Zebedeo llegó a ser el Mayor, siguiendo el camino que le había propuesto el Maestro. Jesús le había dicho: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos. (Mt 20, 26-28). Eso hizo Santiago: vivir para servir, dar su vida. «Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn 12, 24), escribirá Juan en su Evangelio, arrojando un poco de luz que nos permite entender el misterio de la vida y de la muerte de su hermano Santiago. Un misterio que se extiende al impresionante poder de convocatoria que tiene aún hoy el sepulcro del apóstol.

Jesús dio a los Boanerges otro ejemplo destacado de la grandeza del servicio: la Virgen María, a quien acompañarían con frecuencia. Ella también nos ayudará para que nos lancemos a la aventura de «ser felices en amistad con Dios y llevar una vida de dedicación y de servicio»[7].


24 de julio de 2026

CONVICCIONES

 


Evangelio (Mt 13, 18-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


“Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta


PARA TU RATO DE ORACION 


LOS APÓSTOLES no siempre entendían las palabras de Jesús. A pesar de la intimidad que tenían con él, muchas veces sus planteamientos humanos no conseguían recorrer los razonamientos divinos. Pero Cristo, en vez de impacientarse o de insinuar cansancio ante la incomprensión, no tenía reparos en repetir sus enseñanzas de una manera más clara. A fin de cuentas, lo que le importaba era que su mensaje llegara al corazón de los hombres. Esta realidad nos puede consolar cuando también nosotros podamos sentirnos perdidos, o cuando no entendamos con claridad la voluntad de Dios en un momento determinado: podemos estar seguros de que Jesús nos buscará para explicarnos esa situación inesperada o esa palabra incomprensible, como hizo con los apóstoles después de contar la parábola del sembrador.


«A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino» (Mt 10,19). Una palabra no entendida es como una semilla que se queda en la superficie: no puede desarrollar todas las potencialidades que esconde, no puede crecer para ofrecer sombra a los demás. Por eso, la lectura meditada y frecuente del Evangelio facilita que esa semilla se pueda adentrar en el terreno de nuestra alma para que crezca y dé fruto. «La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con los oídos y pasa al corazón. Y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos»[1]. Podemos preguntarnos: ¿Tengo el mismo deseo de los apóstoles por entender lo que Jesús me quiere decir para que su palabra dé fruto en mi vida? ¿Quiero disponerme a que la palabra de Dios germine en mi mente, en mi corazón y en mis manos?


EN OCASIONES hemos podido tener la experiencia de empezar ilusionados un proyecto. Nos sentimos felices sacándolo adelante porque nos entusiasma ser parte de él, o por los estupendos resultados que un día arrojará. Sin embargo, puede ocurrir que, ante la rutina de ciertas tareas o la aparición de algunas dificultades, perdamos ese impulso inicial. Entonces vemos de manera borrosa el sentido de aquello que estamos haciendo, y nos preguntamos hasta qué punto era una buena idea emprender aquella aventura. Algo similar puede suceder en nuestro trato con Dios: en ocasiones quizá se alternan momentos en los que todo es vibración y facilidad, con otros en los que notamos apatía o desinterés. Y Jesús habla de esta situación en la parábola: «Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae» (Mt 10,20-21).


El Señor nos habla de la constancia como un criterio importante para describir la fe que tenemos en la oración. Precisamente en el momento de la cruz, cuando ha desaparecido el entusiasmo, tenemos la ocasión de confiar en el poder de la oración, de crecer en la fe humana y sobrenatural. Aunque humanamente es comprensible que todos tengamos la tendencia a ponernos contentos cuando las cosas van bien, y perder la alegría cuando no es así, somos verdaderamente dueños de nosotros mismos cuando nuestra vida logra guiarse por las convicciones profundas y la ayuda de Dios. La monotonía o la falta de ganas en nuestro trato con el Señor no son obstáculos, sino oportunidades para buscar unirnos más a él; son un buen momento para que el fundamento de nuestra vida deje de ser un estado de ánimo o las circunstancias externas –muchas veces incontrolables–, sino plantar nuestra semilla en el terreno fértil de la llamada de Dios a compartir nuestra vida con él.


«Y LO SEMBRADO en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta» (Mt 10,23). El fruto de la buena semilla no depende solo de nuestras fuerzas. Como dejó escrito san Josemaría, no debemos olvidar que «Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna»[2]. Nuestra alma, por la misericordia de Dios, puede ser la buena tierra que ayude a la semilla a desarrollar todo su contenido.


El día a día nos presenta muchas situaciones en las que podemos vivir una caridad que prepara ese terreno y que permite que el Señor crezca en nuestro interior. «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes…»[3]. Estos son los frutos sabrosos que demuestran que la semilla del Señor cayó en buena tierra y que, a su vez, siguen preparando el terreno de la oración.


«Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal o al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla»[4]. La Virgen María fue el terreno bueno y fértil en el que Dios creció. Ella nos podrá ayudar para que también nosotros seamos tierra sin espinas ni piedras, y demos buenos frutos para nuestra vida y para la de los demás.



23 de julio de 2026

EL CENTRO Y RAIZ

 



Evangelio (Mt 13, 10-17)

Los discípulos se acercaron a decirle:

—¿Por qué les hablas con parábolas?

Él les respondió:

—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron


PARA TU RATO DE ORACION 


EN LA ORACIÓN podemos hablar con Jesús de nuestras vidas. Es natural sentir la necesidad de conversar con nuestro mejor amigo sobre los temas que nos importan, sobre las personas que dan sentido a nuestra vida, o sobre las tristezas y alegrías que, en un tejido a veces difícil de comprender, conforman nuestra existencia. Pero, al mismo tiempo, al contemplar la vida de Jesús, intentamos también ponernos de su lado para intuir sus preocupaciones, comprender cómo piensa, empaparnos de su lógica divina, y descubrir las intenciones que quiere transmitirnos con cada uno de sus gestos. La lectura meditada del Evangelio nos ayuda precisamente a comprender, poco a poco, los sentimientos de Cristo.


En varias ocasiones los apóstoles trataban de descubrir los motivos que movían sus enseñanzas. «¿Por qué les hablas con parábolas?» (Mt 13,10), le preguntan. Se dan cuenta de que las parábolas esconden cierta ambigüedad: por una parte, Jesús adapta su lenguaje a los intereses y conceptos de los oyentes; pero, por otra, con esas historias parece que el Señor quiere esconder unas verdades más profundas. Se trata de un lenguaje misterioso e indirecto que deja insatisfechas las ansias de sus apóstoles de que se revelara de una manera más clara al mundo. Seguramente era el cariño y la admiración los que movían a los apóstoles a pedir a Jesús que fuera más explícito en sus palabras. Pero la respuesta del Señor probablemente no se ajustó a lo que ellos esperaban: «Les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 10,13).


Quizá algunos de los que escuchaban a Jesús lo hacían de una manera superficial. Tal vez lo hacían para confirmar su manera de pensar o para detectar posibles incoherencias en sus palabras. Todas esas actitudes, en el fondo, impedían que la palabra de Cristo llegara a sus corazones. Y esas son maneras de escuchar de las que nadie está completamente a salvo. La palabra de Dios está siempre viva, nos impulsa a llenar de Evangelio primero nuestra vida y, así, también nuestro entorno. «Querer domesticar la Palabra de Dios es tentación de todos los días»[1], escuchar lo que queremos escuchar, y no lo que Dios quiere decirnos. Si nos acercamos a Jesús con la apertura de corazón de los apóstoles, también el Señor nos podrá dar a conocer sus sentimientos, que llegan a renovar constantemente la tierra.


EN MUCHOS deportes de alta exigencia, se suele afirmar que, además del estado físico, es fundamental la carrera interior, aquella que se recorre con la cabeza y el corazón. De forma análoga, para nuestra vida de oración, no basta con proponernos dedicarle un tiempo determinado a Jesús. Naturalmente, ese es un paso imprescindible para abrirnos a su voz. Pero, tal como el Señor les insinuó a sus apóstoles, también es necesario el cuidado de los sentidos internos, es decir, abrir los oídos del alma e intentar calibrar los ojos del corazón para poder percibir la cercanía de Cristo. La mortificación interior nos pone en sintonía con la presencia de Dios en nuestras almas. No se trata simplemente de una lucha negativa que tiene como fin rechazar imaginaciones o recuerdos, no dejarse llevar por la curiosidad, o frenar el impulso de los ojos o de los oídos. Todos esos esfuerzos van encaminados hacia un fin, que es el de centrarnos en lo realmente importante, aquello que nos da la felicidad: saborear la presencia de Cristo en nuestra vida; escuchar, mirar, imaginar y recordar lo que nos llena de Dios.


Por todo esto, san Josemaría escribió: «Si no eres mortificado nunca serás alma de oración»[2]. Algunos de los que seguían a Jesús eran incapaces de profundizar en sus palabras porque sus oídos y sus ojos estaban llenos de distracciones, estaban cansados de no percibir a Dios. También a nosotros nos puede ocurrir que, a pesar del deseo sincero por sintonizar con el Señor, las imágenes del día y los ruidos que resuenan en nuestra cabeza nos dificulten contemplar a Cristo. Del mismo modo que para adquirir una buena forma física es necesario hacer frecuentemente unos ejercicios, también la atención se puede entrenar de una manera similar. Así, con cada pequeño esfuerzo por rechazar o reconducir las distracciones –en el trabajo, en la vida social, en un rato de oración– ejercitamos esa fuerza que nos ayudará a conectar con la realidad que tenemos entre manos, ya que allí está Dios. De este modo podremos contemplar con mayor facilidad el rostro de Cristo en todas las circunstancias del día a día.


«EN VERDAD os digo –señala Jesús– que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). El Señor podría dirigir estas mismas palabras a la gente de cualquier momento y lugar. De hecho, aquellos profetas y justos no pudieron contemplar a Dios como nosotros podemos hacerlo en el sagrario ni recibirle sacramentalmente en su alma. La oración cristiana, al tener a la Eucaristía como centro, nos introduce en una relación con el Señor mucho más cercana, familiar. «Si los hombres estaban acostumbrados desde siempre a acercarse a Dios un poco intimidados, un poco asustados por este misterio, fascinante y terrible (...), los cristianos se dirigen en cambio a él atreviéndose a llamarlo con confianza con el nombre de “Padre”»[3].


Por eso, la oración, más que un esfuerzo humano, es un don que el Señor nos ha regalado. Cada instante que compartimos con él es un privilegio inmerecido. No somos nosotros los que le hacemos un favor a Dios dedicándole unos cuantos minutos de nuestro día; es él quien, movido por su misericordia infinita, nos invita a disfrutar de su presencia, nos ofrece el regalo gratuito de su amistad.


Y mientras más nos percatemos de nuestra fragilidad, más sentiremos la necesidad de refugiarnos en este don. «En la oración, más que en otras dimensiones de la existencia, experimentamos nuestra debilidad, nuestra pobreza, nuestro ser criaturas, pues nos encontramos ante la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Y cuanto más progresamos en la escucha y en el diálogo con Dios, para que la oración se convierta en la respiración diaria de nuestra alma, tanto más percibimos incluso el sentido de nuestra limitación, no solo ante las situaciones concretas de cada día, sino también en la misma relación con el Señor. Entonces aumenta en nosotros la necesidad de fiarnos, de abandonarnos cada vez más a él; comprendemos que “no sabemos orar como conviene” (Rm 8, 26)».[4] La Virgen María, maestra de oración, nos podrá ayudar a recibir con apertura de corazón el don que su Hijo nos ha regalado

22 de julio de 2026

Santa María Magdalena



 Evangelio (Jn 20, 1-2; 11-18)


El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: -Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.


María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:


-Mujer, ¿por qué lloras?


-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto -les respondió.


Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús:


-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?


Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:


-Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Jesús le dijo:


-¡María!


Ella, volviéndose, exclamó en hebreo:


-¡”Rabbuni”! -que quiere decir: «Maestro».


Jesús le dijo:


-Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».


Fue María Magdalena y anunció a los discípulos:


-¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.



PARA TU RATO DE ORACION 



UN NUMEROSO grupo de mujeres acompañaba al Señor y a los apóstoles (cfr. Lc 8,3). Con su servicio, cooperaban en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios (Lc 8,1). Sin embargo, las mujeres, a diferencia de la mayoría de los discípulos, no abandonaron a Jesús en la Pasión: fueron su consuelo permaneciendo junto a él al pie de la cruz. Son también «las primeras en estar junto al sepulcro. Son las primeras que lo encuentran vacío. Son las primeras en oír: “No está aquí: ha resucitado, como había dicho”. Son las primeras en abrazar sus pies. También son las primeras llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles»[1]. Al contemplar el comportamiento de estas santas mujeres, san Josemaría exclamaba: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. –¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como esas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!»[2].


Esta misma fidelidad y fortaleza se renuevan con el pasar de los siglos, de generación en generación, como lo manifiesta la historia de la Iglesia. La mujer ha tenido «un papel activo e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la construcción, desde sus fundamentos, de la primera comunidad cristiana y de las comunidades posteriores, gracias a sus carismas y a sus múltiples maneras de servir»[3]. Sin duda, «la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera contado con la aportación generosa de muchas mujeres»[4]. También hoy, en nuestros días, «la mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad»[5].


ENTRE aquellas mujeres que seguían a Cristo destaca, de manera particular, «María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc 8,2). Ella acompañó a la Virgen en el camino de la cruz. Junto con la Madre de Dios y el discípulo amado, recogió el último suspiro del Señor y contempló su costado traspasado. En la madrugada del día de Pascua fue la primera que se encontró con el Señor (cfr. Mc 16,9). Posteriormente, fue ante los apóstoles testigo ocular de Cristo resucitado.


Jesús le encargó de manera especial a María Magdalena la tarea de anunciarles su gloriosa Resurrección: «Ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”. Ella fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor y ha dicho esto”» (Jn 20,17). Por este motivo, santo Tomás de Aquino reserva para ella el calificativo único de «apóstol de los apóstoles», y añade: «Así como una mujer anunció al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer anunció a los apóstoles palabras de vida»[6].


Siguiendo el ejemplo de María Magdalena, los cristianos tenemos la misión de «proclamar a Cristo vivo»[7], dando con ilusión testimonio de su reinado por toda la tierra. Ella se llenó de alegría cuando descubrió, en la puerta del sepulcro, que aquel a quien buscaba muerto estaba vivo, y de nuevo la llamaba por su nombre. «¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado (...) sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. (...) Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra»[8]. Por medio de nuestro testimonio y de nuestras palabras, podemos anunciar que el Señor ha resucitado: él vive entre nosotros, nos llama por nuestro nombre y nos trae la salvación.


ANTES de encontrarse con Cristo, la Magdalena había tenido una vida llena de problemas: el Señor había expulsado siete demonios de ella. A partir de su curación, comenzó a seguir al Maestro, movida sin duda por amor y agradecimiento. En la Pasión no se separó de su lado, y acompañó a los discípulos que llevaban su cuerpo hasta el sepulcro. El domingo, antes de que amaneciera, corrió para terminar de embalsamar a su Maestro. Aún creyendo que estaba muerto, ardía en deseos de Cristo.


Desde aquel milagro, el más grande de todos, el corazón de la Magdalena latía de una manera especial. Sus debilidades habían sido muchas, pero no dejó que el pecado guiase más su vida: había descubierto un amor que daba sentido a su existencia. Por eso fue la primera en ir al sepulcro. Y aunque en un primer momento no dio con Jesús, «perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba»[9].


María Magdalena nos muestra que la vida cristiana se arraiga en nuestra experiencia personal con Cristo. A partir de nuestro encuentro con Jesús, nace el deseo de llevar una nueva vida, centrada en el Señor. En compañía de las santas mujeres, seguramente la Magdalena forjó una estrecha amistad con la Madre de Jesús. Podemos pedirles a ambas que nos den aquel amor perseverante con el que se mantuvieron unidas al Señor al pie de la cruz.