"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de octubre de 2026

Asegurarse la felicidad

 


Evangelio (Mt 21, 33-46)


Escuchad otra parábola:


—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y, lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?


Le contestaron:


—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.


Jesús les dijo:


—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:


La piedra que rechazaron los constructores,


ésta ha llegado a ser la piedra angular.


Es el Señor quien ha hecho esto


y es admirable a nuestros ojos?


»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos. Y quien caiga sobre esta piedra se despedazará, y al que le caiga encima lo aplastará.


Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.


Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



EN UNA OCASIÓN el profeta Isaías entonó un canto en el que describía el cuidado que un amigo dispensó a su viña (cfr Is 5,1-7). Situada en una tierra fértil, el dueño se excedió en todos los desvelos necesarios para garantizar una vendimia exitosa: limpió el terreno de piedras, lo cercó, cavando incluso una zanja, y erigió una torre para vigilar sobre su viña día y noche. Finalmente, se tomó la molestia de excavar el lagar, donde pisar la uva apenas recogida. Hecho todo esto, esperó. Después de tantos esfuerzos, entendemos bien la decepción del dueño de la viña cuando, en lugar de encontrar la deliciosa uva que esperaba, descubrió que daba unos frutos amargos, de gusto desagradable. «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?» (Is 5, 4), se pregunta. El problema no está en la tierra, ni en la cepa, ni en el agricultor, ni en las condiciones externas: es la vid la única responsable.


Tradicionalmente se ha visto en esta viña una imagen de la casa de Israel, que no supo dar los frutos que el Señor esperaba a pesar de sus cuidados. Sin embargo, también podemos ser cada uno de nosotros cuando no somos conscientes de las gracias que Dios nos ha dado. La contrición nos lleva precisamente a descubrir la atención que el Señor nos dispensa y el dolor que le causan nuestros pecados. No se trata de una sensación de orgullo herido, sino que «se llora porque no se corresponde al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; este es el significado del pecado. ¡He herido a la persona que amo!»[1].


Esas lágrimas, si nacen del amor, nos ayudarán a recomenzar con alegría. «Si alguna vez coges una rabieta –comentaba san Josemaría– porque no eres lo que debes ser, y a solas –no des espectáculo– se te salta una lágrima como un puño, acuérdate de aquellos versos, que son bastante malos pero que a mí me consuelan: ‘Mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, pues no hay amante mejor / que aquel que ha llorado mucho’. Tú y yo a llorar mucho a solas, en la presencia de Dios, porque no somos lo que querríamos ser para el amor de Dios»[2].


EL SALMO de este domingo pide al Señor que el recuerdo de sus desvelos con su viña no lo lleve a rechazarla, sino a cuidarla todavía más, a restaurarla y a no dejarla en manos de sus enemigos: «Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río. (...) Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y al hijo de hombre que tú has fortalecido» (Sal 79,9.12-16).


A veces podemos imaginarnos a Dios en una manera humana, donde la paciencia tiene un límite. Estamos seguros de que nos ama, pero creemos que, si no correspondemos, tarde o temprano se desanimará y dejará de dedicarnos los cuidados necesarios. Nada más lejos de la realidad. El Señor «jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón»[3]. Un viñador no cuida de su terreno porque se lo merece, sino porque le hacen falta sus desvelos. Del mismo modo, la misericordia de Dios no se vuelca con quien se lo ha ganado, sino con aquel que más lo necesita.


«Si sentís decaimiento –escribía el fundador del Opus Dei–, al experimentar –quizá de un modo particularmente vivo– la propia miseria, es el momento de abandonarse por completo, con docilidad en las manos de Dios»[4]. Entonces podemos recordar, como el salmista, todos los cuidados que hemos recibido del Señor. Es decir, rememorar en la oración todos aquellos episodios de nuestra vida en los que hemos sentido de manera especial su cercanía, la felicidad de estar junto a él. Y así, desarrollaremos el convencimiento de que quien ha comenzado en nosotros la obra buena «la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6).


EN EL EVANGELIO Jesús habla de otra viña en la que el dueño se ha tomado los mismos desvelos que en la de Isaías. En esta ocasión, sin embargo, sí que ha dado frutos, y no puede dejar de darlos (cfr. Mt 21,33-34.43). Si la primera viña era la casa de Israel, la restaurada es el nuevo Israel, la Iglesia, el cuerpo de Cristo inseparable de su cabeza. Jesús es la nueva cepa plantada en la viña de su Padre, la piedra angular que nos garantiza que Dios no rechazará jamás su viña (cfr. Mt 21,42). Y nosotros sabemos que siempre daremos frutos si estamos unidos a él (cfr. Jn 15, 1-8).


La viña del Señor no se encuentra en un invernadero, sino que está plantada en medio del mundo. Por eso, no está exenta de dificultades. En concreto, Jesús describe que aquellos a quienes se les había confiado su cuidado decidieron apropiarse del terreno, lo que acabaría provocando la ira del dueño: «A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (Mt 21,41). Aquellos hombres habían olvidado que la viña no era suya, sino del dueño: él fue quien la plantó y preparó todo lo necesario para que diera fruto.


Dios también nos ha confiado una parte de su viña. Es decir, personas a las que podemos ayudar a dar fruto a través de la oración, del cariño y del propio ejemplo. Lo mejor que podemos hacer por ellas es que se enamoren de Jesús y se convierta en la piedra angular de sus vidas. «Es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos»[5], repetía san Josemaría. Y añadía en otra ocasión: «Estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurarse la felicidad»[6]. En esta nueva viña del Señor contamos con una viñadora experta, que es la Virgen María. A ella le podemos pedir que nos sostenga siempre en la esperanza de dar frutos abundantes, manteniéndonos unidos a su hijo, por el amor, y con la fe cierta de que nunca nos abandona




3 de octubre de 2026

UNA ALEGRIA COMPLETA




Evangelio (Lc 10, 17-24)


Volvieron los setenta y dos con alegría diciendo:


–Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.


Él les dijo:


–Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo.


En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:


–Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.


Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:


–Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. Pues os aseguro que muchos profetas quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.


PARA TU RATO DE ORACION 



EL REGRESO de los setenta y dos discípulos después de la misión a la que habían sido enviados se da en un ambiente de entusiasmo. Nos lo cuenta san Lucas: «Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”» (Lc 10,17). Los discípulos estaban llenos de admiración por lo vivido, y profundamente agradecidos con Jesús. Ellos habían sido elegidos para la audaz tarea de anunciar el nuevo reino, que llegaba no solamente con palabras y discursos, sino con hechos concretos que, al apuntar siempre hacia Cristo, cambiaban la vida de las personas.


La alegría es, de hecho, un tema recurrente en el evangelio de san Lucas, presente desde el inicio hasta el final: el ángel promete alegría a Zacarías en el Templo al anunciar el nacimiento del Bautista (1,14); después, está presente en el diálogo con los pastores cerca del pesebre (2,10) y hace saltar de gozo a san Juan niño en el vientre de su madre Isabel (1,44). También es grande la alegría en el cielo cuando un pecador se convierte (15,7.10), o sabemos que los corazones de los discípulos se encienden de júbilo al ver a Jesús resucitado (24,41.52). Es como si el evangelista quisiera recordarnos que el encuentro auténtico con Dios siempre viene acompañado de esta alegría del corazón.


Sin embargo, con frecuencia también nos vemos enfrentados a la tentación de la tristeza o del desánimo. Entonces, podemos entrar con renovada confianza en el silencio de la oración y, junto a toda la Iglesia que nos acompaña, acercarnos a la fuente de la alegría. Esta no se encuentra en las circunstancias, ni la salud, ni el éxito, ni en los bienes que poseemos; lo esencial para tener una vida feliz, en cambio, se sitúa en nuestro interior, en la presencia de Dios en nuestra alma. Más concretamente, san Josemaría nos recuerda que la auténtica alegría «no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios»[1]. Por eso la alegría es compatible con las dificultades, y está al alcance de todos, en cualquier momento.


LOS EVANGELIOS nos cuentan que para Jesús era muy importante que sus seguidores estuviesen contentos de verdad: «Que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11). Por eso, la reacción del Señor al gozo de los discípulos es igualmente gozosa, y da lugar a unas misteriosas palabras: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,18-20).


Al ver la alegría de los setenta y dos discípulos, y su asombro al expulsar los demonios, el Señor les asegura que él vino justamente para vencer al reino de Satanás, cuyo fracaso viene representado con la caída de un rayo. Jesús nos recuerda que la alegría profunda nace de saber que han sido vencidos los poderes que nos impedían vivir junto a Dios; nace del anuncio de que el Mesías ha venido al mundo para que nuestros pecados sean perdonados definitivamente. «La misericordia de Dios da alegría, una alegría especial, la alegría de sentirnos perdonados gratuitamente»[2].


«Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación»[3]. Experimentar el perdón de Dios, recobrar una y otra vez nuestra verdadera identidad de hijos queridísimos, nos hace portadores de una noticia que queremos difundir a los cuatro vientos. Como con aquellos setenta y dos discípulos, Dios cuenta con nuestra vida alegre «para disipar el miedo de quienes, por una razón u otra, dudan de la fuerza de Jesús para vencer la muerte y el mal»[4].


DESPUÉS de anunciar la derrota de los poderes del mal, Jesús «se llenó de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21) y empezó a alabar a Dios por todo lo que obraba a través de los discípulos. Es el Paráclito quien nos permite vencer al mal, nos transforma en hijos de Dios y nos introduce en el amor del Padre. «San Pablo afirma en diversas ocasiones que “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5,22) (...). Está claro que el Apóstol habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano, no de una alegría superficial y transitoria, como es a menudo la alegría mundana. No es difícil, incluso para un observador que se mueva solo en la línea de la psicología y la experiencia, descubrir que la degradación en el campo del placer y del amor es proporcional al vacío que dejan en el hombre las alegrías que engañan y defraudan»[5].


Dios ha creado este mundo bueno, lleno de alegrías que son como señales que nos llevan hasta él, sobre todo en la convivencia con las demás personas. Aprender a disfrutar de estas alegrías auténticas, de hijos de Dios, puede ayudarnos a desentrañar aquellas otras que buscan engañarnos. «La alegría es un bien cristiano –escribe san Josemaría–. Únicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres»[6]. Ella, causa de nuestra alegría, nos recordará que la verdadera felicidad en esta vida solo la podemos encontrar en Dios y, cuando estamos junto a él, en todas las cosas.




2 de octubre de 2026

Santos Angeles Custodios, Fundación del Opus Dei


 Evangelio (Mt 18,1-5.10)


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?

Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:

— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE EL 30 DE SEPTIEMBRE y el 6 de octubre de 1928, los padres paúles organizaron, en Madrid, un retiro espiritual para sacerdotes diocesanos. A aquellas jornadas se sumó Josemaría Escrivá, joven sacerdote de veintiséis años, ya que esas fechas podía disponer de algunos días libres. Solo Dios sabía que, durante aquella actividad, después de celebrar Misa en la mañana del martes 2 de octubre, aquel sacerdote recibiría la misión divina de traer el Opus Dei al mundo; san Josemaría, al revisar algunos apuntes que ha venido tomando desde hace algunos años, comprende por primera vez que está llamado a ser padre de muchos hijos y de muchas hijas en la Obra, todos con la misión de llevar el Evangelio a su propio ambiente de trabajo. «Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»[1], explicará gráficamente poco tiempo después. Porque quienes viven del espíritu del Opus Dei, siendo ellos la misma sangre que circula por el mundo, procuran dar la vida de Dios al gran cuerpo formado por los hombres y mujeres de su entorno.

«En mis conversaciones con vosotros –escribía san Josemaría, en 1934, a las pocas personas que entonces formaban parte del Opus Dei– repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios»[2]. Y, más adelante, resumía lo mismo en pocas palabras: «La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre»[3]. Bastaría repasar la historia del Opus Dei –también la de cada persona del Opus Dei– para ser testigos de que esa movilización de cristianos, ese impulso de bien y de santidad que esta familia fomenta en lugares muy variados a lo largo y ancho del mundo, solo puede ser posible en compañía del Señor. Dios ha estado siempre presente de una manera palpable. La Iglesia ha reconocido oficialmente, en varias ocasiones, que la Obra existe «por inspiración divina»[4], y que «según el don del Espíritu recibido por san Josemaría Escrivá de Balaguer, la Prelatura del Opus Dei, bajo la guía de su Prelado, lleva a cabo la tarea de difundir la llamada a la santidad en el mundo»[5].


«DESDE 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor –decía san Josemaría, casi cuarenta años después de aquella fecha fundacional–. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres (…). Sueño —y el sueño se ha hecho realidad— con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas»[6]. El Opus Dei ha sido querido por Dios para ofrecernos un camino concreto de santidad en medio de las actividades cotidianas: en el trabajo y en el descanso, con la familia y con los amigos, en los momentos de alegría y en los momentos de dolor. San Josemaría nos recuerda que no podemos dividirnos interiormente; que no vivimos, por un lado, nuestra vida espiritual, con ciertos momentos reservados para ello; y, por otro lado, están todas las actividades restantes como si poco tuvieran que ver con Dios. Proclamar la llamada universal a la santidad supone anunciar esa unidad de vida, dejándonos amar por Dios en cada momento de nuestro día, sin dejar ninguno de lado. Entonces seremos apóstoles capaces de descubrir un sentido de misión en todo lo que hacemos.

«Os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día –decía san Josemaría el 8 de octubre de 1967, durante la homilía en el campus de la Universidad de Navarra–. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria»[7]. Ciertamente, dejarnos acompañar por Dios en cada cosa que hacemos, tener la convicción de que el cielo está dentro de nosotros, no es algo que sucede de la noche a la mañana. Para eso san Josemaría nos ha trasmitido un camino, que bebe de la riquísima tradición de la Iglesia Católica, y que se concreta en algunas prácticas de piedad que se adecúan a la situación de cada persona, vividas con la serenidad y confianza de hijos de Dios. El objetivo es dejarse llenar de Dios hasta ser, como le gustaba decir al fundador del Opus Dei para expresar la radicalidad de esta senda, «santos canonizables» o «santos de altar», que experimentan una vida contemplativa en medio del mundo y que iluminan su entorno con la luz del Evangelio.


SAN JOSEMARÍA, en un texto en el que explica detalladamente que aquella luz del 2 de octubre de 1928 se trató de una luz de Dios, termina confesando con viveza que quisiera que las personas llamadas al Opus Dei tuvieran siempre presente –«grabasen a fuego»– tres cosas: primero, que «la Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice»[8]. Segundo, que «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[9]. Y, tercero, que «esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[10].

Es decir, que es Dios quien hace la Obra; por lo tanto, si queremos hacer vida el espíritu que transmitió a san Josemaría, ni nos faltará su ayuda, ni nos faltará en el corazón la «dulce y confortadora alegría de evangelizar»[11]. El Opus Dei, como lo dice su mismo nombre, es obra de Dios, no obra nuestra; y eso dará la serenidad de saber que, aunque el Señor cuenta con nuestra colaboración, es él quien realmente lleva las riendas de esta familia, es él quien sabe qué conviene en cada momento histórico, es él quien enciende el fuego de la llamada divina en quien quiere. Al pensar de qué manera Dios nos invita a compartir con él su misión salvadora, a san Josemaría le gustaba imaginar a aquellos fuertes pescadores que dejan a los pequeños poner sus manos en las redes, aunque no sean ellos quienes tienen la fuerza[12]. De esa convicción de quien se sabe en manos del Señor surge el auténtico «gaudium cum pace», la alegría y la paz. Por eso, rememorando el 2 de octubre de 1928, san Josemaría escribía claramente que aquel día «el Señor fundó su Obra»[13].

El prelado del Opus Dei nos recordaba las palabras del fundador: «Si queremos ser más, seamos mejores»[14]. San Josemaría quería que sus hijos, cristianos corrientes que trabajan por hacer de este mundo un mejor hogar, se distinguieran solamente por su «bonus odor Christi», por su aroma a Cristo; es esa atracción divina, inicio de todo apostolado, la que moverá a la gente hacia la auténtica felicidad. Santa María, Regina Operis Dei, que tan cerca ha estado siempre de la Obra, intercede siempre por nosotros, junto a san Josemaría y tantos santos que han vivido este espíritu querido por Dios para el mundo.



1 de octubre de 2026

Con los brazos abiertos

 

Evangelio (Lc 10, 1-12)


Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:


–La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca”. Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR quería que sus discípulos participaran de su ardiente deseo de llevar el Evangelio a todas las criaturas. Por eso, en algunos momentos de su ministerio, los envió «delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir» (Lc 10,1), para que prepararan el camino de su venida. Algo similar sucede también hoy, con cada uno de los cristianos, para que nos sintamos como aquellos setenta y dos que el Señor mandó. Sabernos enviados por Dios nos ayudará a crecer en apertura de corazón, sabiendo que el Evangelio es siempre una llamada misionera, universal. Podemos decir con uno de los antiguos Padres: «Cristiano es mi nombre, católico mi apellido»[1]. La Iglesia es católica porque tiene un corazón abierto a toda persona, y esto se refleja también en nuestro diálogo con Dios: «Nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal»[2].


Al mismo tiempo, Jesús quiso que estos discípulos compartieran su inquietud por la necesidad de obreros que trabajen en el campo del mundo, para recoger los frutos de su obra de salvación. «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Se trata de una invitación que puede extrañar en un primer momento. «¿Por qué nosotros –que solo somos obreros– hemos de rogar al dueño de la mies que envíe más trabajadores? ¿Qué más da que se pierda la cosecha si en cualquier caso vamos a seguir recibiendo la misma paga?».


Jesús quiere que los discípulos tengan amor por el terreno. Es decir, que no se limiten solamente a rendir cuentas, sino que consideren la tierra del mundo como algo propio, que les pertenece. El Señor pretende, en definitiva, que compartamos los deseos más profundos de su corazón, sintiéndonos partícipes de aquella sed de almas que le hizo exclamar: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?» (Lc 12,49). Cristo tiene «sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo»[3].


EN LAS INSTRUCCIONES que Jesús da a los setenta y dos (cfr. Lc 10, 2-12), encontramos también las líneas directrices de nuestra misión de cristianos en medio del mundo. «Cristo no se limita a enviar: da también a los misioneros reglas de comportamiento claras y precisas. Ante todo, los envía “de dos en dos” para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno. Les advierte que serán “como corderos en medio de lobos”, es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz; no llevarán consigo ni alforja ni dinero, para vivir de lo que la Providencia les proporcione; curarán a los enfermos, como signo de la misericordia de Dios; se irán de donde sean rechazados, limitándose a poner en guardia sobre la responsabilidad de rechazar el reino de Dios»[4].


Los primeros cristianos supieron encarnar estas indicaciones del Señor. Vivieron una caridad entre ellos que suscitaba la admiración de sus contemporáneos[5]. También supieron transmitir paz en medio de las persecuciones y las contrariedades, pues sabían que sus nombres estarían así escritos en el cielo (cfr. Lc 10,20). Además, se preocupaban de que a ninguno de los hermanos les faltara lo necesario, poniendo a su disposición los propios bienes (cfr. Hch 2,45).


Por eso, san Josemaría se fijaba en los primeros cristianos a la hora de hablar sobre la santidad en medio de la vida cotidiana, pues ellos supieron testimoniar a Cristo resucitado a través de las actividades del día a día. «Vive tu vida ordinaria –comentaba el fundador del Opus Dei–; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla –a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte– charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios»[6].


EL MENSAJE que los discípulos están llamados a llevar es, principalmente, un mensaje de proximidad: «El Reino de Dios está cerca» (Lc 10,9). En un primer momento, parece que este anuncio, que resuena también en otras partes del Evangelio, se trata solo de una exhortación amenazadora a la conversión, dada la inminencia del juicio final. Sin embargo, en estas palabras resuena ante todo la ternura de Dios, que literalmente se acercó a cada uno de nosotros con la Encarnación de su Hijo. «Si el Dios de los cielos está cerca, nosotros no estamos solos en la tierra y en las dificultades tampoco perdemos la fe. Esto es lo primero que hay que decir a la gente: Dios no es distante, sino que es Padre. (...) Quiere tomarte de la mano, también cuando vas por senderos empinados y difíciles, también cuando caes y te cuesta levantarte y retomar el camino; Él, el Señor, está ahí, contigo. Es más, a menudo en los momentos en los que eres más débil puedes sentir más fuerte su presencia»[7].


Esta es la actitud que Jesús quiere transmitir a sus discípulos: hacerse cercanos a los demás y volcar en ellos la ternura y la proximidad de Dios. Y no solo con aquellos que acojan entusiasmados el anuncio del Evangelio, sino también con sus perseguidores: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,44-45). Como escribía san Josemaría: «Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. –Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles»[8]. Podemos pedir a la Virgen María, Reina de los apóstoles, que compartamos el deseo de su Hijo, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).



30 de septiembre de 2026

Jesús está en el patio de tu casa



Evangelio (Lc 9,57-62)


Mientras iban de camino, uno le dijo:


—Te seguiré adonde vayas.


Jesús le dijo:


—Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.


A otro le dijo:


—Sígueme.


Pero éste contestó:


—Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.


—Deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús–; tú vete a anunciar el Reino de Dios.


Y otro dijo:


—Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.


Jesús le dijo:


—Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.



PARA TU RATO DE ORACION 



SUBE JESÚS a Jerusalén, en donde le espera el Calvario. A su alrededor, un tanto asustados, van sus discípulos. Por el camino, en varias personas surge la inquietud por seguirlo. «Te seguiré adonde quiera que vayas» (Lc 9,57), le dice el primero. Jesús, que conoce lo mejor para cada uno en cada momento, serena el ímpetu de aquella persona: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58).


Jesús vivía así, ligero de equipaje, sin más cosas que las imprescindibles para su misión, entregado a la voluntad de su Padre Dios. Y quien quisiera ser su discípulo estaba invitado a ese mismo estilo de vida. Seguirlo era entusiastamente, llenaba el alma de alegría, pero no era cómodo. San Josemaría, recogiendo la sabiduría humana de tantos siglos, repetía que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[1]. La aspiración más profunda del ser humano es amar y ser amado. Por eso, los bienes materiales no llenan el corazón.


Llevar una vida templada, gozando con libertad de los bienes creados, sin depender de ellos, nos ayuda a dirigir todas esas realidades al servicio de quien amamos. No se trata de un simple ejercicio de la voluntad por rechazar algo que nos atrae, sino en renovar el amor que mueve nuestra vida, en no dejar que nada nos aparte de él y ordenar todo lo que disponemos al servicio de nuestra misión como cristianos. Así, cada esfuerzo asumido libremente nos recordará que no hay mayor felicidad que la que encontramos en Dios.


MÁS ADELANTE, es Jesús quien toma la iniciativa y dice a una persona con la que se encuentra: «Sígueme» (Lc 9,59). No tenemos muchos más datos sobre este hombre. Tampoco sabemos por qué el Señor se fijó en él. Pero sí conocemos con certeza que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). No hay ninguna persona que se encuentre fuera del cariño de Dios: todos estamos llamados a verle un día cara a cara en el cielo, fuimos creados para ello. Como recuerda el Concilio Vaticano II: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre»[2].


La santidad no está reservada solamente a aquellos con unas cualidades particulares. «Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra»[3]. Precisamente es en las «tareas pequeñas» en donde san Josemaría decía que se hallaba la santidad «grande»[4]; es decir, en realizar esas actividades junto a Jesús, en asemejarnos cada vez más a él. «Al elevar todo ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores»[5]. Es verdad que, en este camino, podemos encontrarnos con la experiencia de nuestra debilidad; pero, entonces, aprenderemos una y otra vez que para la santidad es preciso humildad y esperanza: porque es Jesús quien habita en nosotros y nos lleva como de la mano.


JESÚS siempre supera nuestras expectativas. Cuando los apóstoles decidieron seguirle, probablemente no eran del todo conscientes de lo que iban a vivir. Quizás esperarían empaparse de sus enseñanzas para poder transmitirlas a otros más adelante; pero es poco probable que se imaginaran a sí mismos haciendo milagros o difundiendo la alegría del cristianismo por todos los rincones del mundo. «Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas»[6].


En contraste con la alegría de los apóstoles, en el Evangelio también encontramos personas que, después de haber conocido a Jesús, se marchan desilusionadas. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con los que no aceptaron que para salvarse tendrían que comer la carne y beber la sangre del hijo de Dios: «Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él» (Jn 6,66), nos dice san Juan. Algo similar sucedió también con los que creyeron que el Mesías les liberaría de la dominación romana. Lo que parecen tener en común estas personas es que quisieron reducir el poder de Cristo a sus propios esquemas. Y este es un peligro siempre presente: cuando en lugar de dejarnos sorprender por los panoramas que Dios pone ante nuestros ojos, preferimos aferrarnos a nuestras expectativas o a lo que ya creemos conocer bien. Entonces corremos el riesgo de cerrarnos a las sorpresas –más o menos pequeñas– que Dios nos tiene reservadas. Buscamos a Jesús en cosas extrañas, cuando a Jesús lo podemos buscar y encontrar en las cosas ordinarias, en el patio de tu casa.


Seguramente la Virgen María tampoco imaginaba todo lo que vendría después del anuncio del ángel. Sin embargo, supo abrirse con fe a los planes que Dios tenía para ella. A ella podemos pedirle que sepamos siempre dejarnos sorprender por el amor de su Hijo en el dia a dia en el trabajo en el descanso... en el patio de tu casa.




29 de septiembre de 2026

FESTIVIDAD ARCÁNGELES MIGUEL GABRIEL Y RAFAEL

 



Evangelio (Jn 1, 47-51)


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


—Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.


Le contestó Natanael:


—¿De qué me conoces?


Respondió Jesús y le dijo:


—Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael:


—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.


Y añadió:


—En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.



PARA TU RATO DE ORACION 


EL ARCÁNGEL san Miguel es presentado en el Antiguo Testamento como aquel que, de parte de Dios, defiende al pueblo elegido de los peligros. Y en el libro del Apocalipsis se narra la guerra que mantuvo con las fuerzas del mal: «Se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en el cielo» (Ap 12,7-8). Entre las primeras consecuencias de la victoria de Cristo se encuentra la derrota del diablo. Y corresponde a este arcángel ejecutarla. «Miguel significa: “¿Quién como Dios?” (…). Por esto –escribe san Gregorio Magno–, cuando se trata de alguna misión que requiere un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que solo Dios puede hacer»[1]. Confiar una misión a san Miguel es tanto como decir que aquello únicamente puede hacerlo el Señor: «San Miguel vence porque es Dios quien actúa en él»[2].


Decía san Josemaría a un grupo de hijos suyos: «Ninguno de vosotros está solo, ninguno es un verso suelto: somos versos del mismo poema, épico, divino»[3]. Todos los cristianos formamos parte del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Hoy podemos pedir a este arcángel, príncipe de la milicia celestial, que cuide a todos los hombres y mujeres, que nos defienda en la lucha y nos ampare de las asechanzas del demonio[4]. Y lo hacemos con la seguridad de la victoria, «porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche» (Ap 12,10). Intensificar nuestra relación con san Miguel acrecentará nuestra fe en el poder de Dios, nos hará más humildes, hasta identificarnos cada vez más con su propio nombre: «Todos mis huesos dirán: ¿Quién como Tú, Señor?» (Sal 35, 10).


EL CATECISMO de la Iglesia señala que «con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios»[5]. Su ser se agota en servir: existen para cooperar gozosamente con los planes del Señor y transmitir a los hombres sus designios. Y, entre todos los mensajeros, no hay otro como Gabriel. Su nombre significa «fuerza de Dios»; fue enviado como embajador del Señor en repetidas ocasiones para comunicar su plan de salvación y para dar ánimo a quienes invita a realizarlos. «Yo soy Gabriel –dice, por ejemplo, el ángel a Zacarías–, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte una buena nueva» (Lc 1,19). También el profeta Daniel escribió sobre el arcángel: «Llegó volando raudo hasta mí, a la hora de la ofrenda vespertina. Él se hizo comprender, habló conmigo y dijo: “Daniel, ahora he salido para infundirte comprensión”» (Dn 9,21-22).


Cuenta san Lucas que cuando la Virgen se sobresaltó al oír el saludo del arcángel, él respondió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,31). Gabriel alcanza de Dios el consuelo necesario para afrontar las situaciones de manera serena y esperanzada; también cuando lo que comunica parece sobrepasar nuestras propias capacidades, como en el momento de la Anunciación. Él nos recuerda que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,37), y siempre puede ser un importante apoyo en nuestras luchas. «Parece que el mundo se te viene encima –escribe san Josemaría–. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. El no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos»[6]. El arcángel Gabriel anuncia la voluntad de Dios y nos ayuda a comprender que de allí solo puede venir la alegría y la paz.


TOBIT y su mujer sufrían ante la perspectiva de enviar al joven Tobías solo, en un viaje tan lleno de incertidumbres, hasta una lejana ciudad. Ellos solo podían acompañarlo desde la distancia, y no les parecía suficiente. Entonces apareció un joven alegre (cfr. Tb 5,10), dispuesto a acompañarlo: «Soy experto y conozco bien todos los caminos» (Tb 5,6). Se trataba del arcángel san Rafael. Él acompañó a Tobías en su juventud, enseñándole a aprender de los desafíos que se le presentaban (cfr. Tb 6,1-9); le dio ánimo para superar los miedos que le impedían lanzarse a la aventura del matrimonio con Sara (cfr. Tb 6,16.18); le enseñó a querer a la que sería su mujer (cfr. Tb 6,19); y le ayudó a ser la alegría de sus padres (cfr. Tb 11,9-15).


Por esta tarea cumplida con Tobías, san Josemaría confió el trabajo apostólico con gente joven al arcángel san Rafael. Veía esta parte del apostolado del Opus Dei como la niña de sus ojos, pues la formación cristiana de la juventud es una prioridad en la Iglesia y en la Obra, ya que las siguientes generaciones también ansían lo mismo que nos ha traído la paz a nosotros. Es una misión a la que estamos llamados todos los cristianos, de forma que seamos sembradores de la alegría del Evangelio. Estamos invitados a ayudar a muchos jóvenes para que «sean –ahora y después a lo largo de su vida– fermento cristiano en las familias, en las profesiones, en todo el campo inmenso de la vida humana en medio del mundo»[7].


«En el camino y en las pruebas de la vida no estamos solos, estamos acompañados y sostenidos por los ángeles de Dios, que ofrecen, por decirlo así, sus alas para ayudarnos a superar tantos peligros, para poder volar alto respecto a las realidades que pueden hacer pesada nuestra vida o arrastrarnos hacia abajo»[8]. Los tres arcángeles nos acompañarán toda la vida hasta el final del camino. Y allí, en el cielo, podremos contemplar a la Virgen, Reina de los ángeles.

28 de septiembre de 2026

Que será el Cielo



 Evangelio  Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.


Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:

«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».


Entonces Juan tomó la palabra y dijo:

«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».


Jesús le respondió:

«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».



PARA TU RATO DE ORACION 



A JESÚS le acusaron varias veces de querer destruir la religión de Moisés y de Abraham. El Señor proclama, al contrario, que no ha venido a abolir lo anterior, sino a descubrirnos su significado pleno, a mostrarnos su alcance más profundo (cfr. Mt 5,17). Cristo descubre a sus contemporáneos –y nos lo descubre también a nosotros– la posibilidad de encontrar en los preceptos divinos un camino de auténtica libertad interior. Dios se ha revelado y nos ha dado a su Hijo para hacernos más libres. «Para esta libertad Cristo nos ha liberado –dirá san Pablo–. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).

A la luz de la nueva enseñanza de Jesús, «cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo»[1]. «Hasta la más pequeña letra o trazo» (Mt 5,18) de la doctrina de la Iglesia, ya sea en materia dogmática, moral, litúrgica, etc., tiene como objetivo impulsarnos a amar al verdadero Dios y, por él, a las personas que nos rodean. Y el amor, también con sus normales dificultades, se da solamente en un ámbito de libertad.

Por eso Jesús puede decir que su alimento es hacer la voluntad del Padre. No se resigna a esa Voluntad, como quien quisiera hacer otra cosa, sino que la desea ardientemente, quiere identificar todas sus inclinaciones con ella, porque allí encuentra su libertad. Cristo llega incluso a dar gracias a su Padre antes de realizar el acto más grande de entrega, cuando, en la víspera de su pasión, da la vida libremente en la Eucaristía. En Dios encontramos la libertad más profunda que nos ayuda a amar más y mejor a quienes nos rodean.


«VAMOS A PENSAR lo que será el Cielo –proponía san Josemaría–. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros?»[2]. También santo Tomás de Aquino nos invitaba a ilusionarnos con el cielo como «la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello –continuaba explicando el santo– es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre»[3].

A la vez, pensar en el cielo nos ayuda a comprender mejor la tierra, a dar el peso adecuado a las situaciones y problemas. «Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez»[4].

La lucha por ser cada vez más libres en esta tierra, más llenos de Dios y menos de nuestros pequeños egoísmos, es precisamente el camino hacia el cielo. «Para caminar hacia la santidad es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan (...). Cuando volvemos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad (...). Como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad»[5]. Es en esta tierra en donde nos podemos preparar, con la ayuda de la gracia, a lo que después podremos vivir en el cielo: escoger siempre a Dios, libres de toda atadura o confusión.


«EL QUE QUEBRANTE uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande» (Mt 5,19). ¿Qué relación pueden tener los preceptos más pequeños con el Reino de los Cielos? Jesús relaciona la lucha por la santidad con la capacidad de amar y ser amados en lo cotidiano. El cielo, en definitiva, es una cuestión de cuánto le dejamos a Dios ser nuestro Padre amoroso en cada momento del día, de cuánto nos sabemos acompañados hasta en las cosas más pequeñas. Cumple esos pequeños mandamientos quien se levanta una y otra vez, quien no se cansa de luchar en lo mismo, quien es sincero consigo mismo y con Dios para reconocerse necesitado. Cumple esos pequeños mandamientos quien, sabiendo dar prioridad a lo que es más importante, se da cuenta de que al amor no se le escapa nada.

«Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías —esas pequeñeces— se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante»[6]. María siempre dice que sí a todo lo que su hijo le pide porque sabe que, así, Dios le regala su alegría y su felicidad. Podemos pedirle a nuestra Madre que crezca en nosotros la sabiduría para ver con esos mismos ojos la voluntad de Dios.