"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

25 de abril de 2026

SAN MARCOS Evangelista

 


Evangelio (Mc 16, 15-20)

Y les dijo:

—Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados.

El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN MARCOS fue un estrecho colaborador de san Pedro en Roma. Fue tal la ayuda que le prestó, que el apóstol en una de sus cartas lo considera como su propio hijo (cfr. 1P 5,13). Marcos, al haber acompañado a Pedro durante su predicación, «puso por escrito su Evangelio, a ruego de los hermanos que vivían en Roma, según lo que había oído predicar a este. Y el mismo Pedro, habiéndolo escuchado, lo aprobó con su autoridad para que fuese leído en la Iglesia»[1].

En su Evangelio, Marcos no recoge algunos de los grandes discursos de Jesús. En cambio, es particularmente vivo en la narración de los momentos de su vida junto a sus discípulos. Se detiene a describir el ambiente de los lugares, contempla los gestos del Señor, relata las reacciones espontáneas de los apóstoles… En definitiva, permite descubrir el encanto de la figura de Cristo que tanto atrajo a los Doce y a los primeros cristianos.

San Josemaría, durante sus primeros años como sacerdote, solía regalar ejemplares del Evangelio. Y explicaba que es necesario tener, como san Marcos, la vida de Jesús «en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película»[2]. La riqueza de detalles con la que está escrito el primer Evangelio nos facilita adentrarnos en el caminar terreno de Jesús. Si a eso le sumamos nuestra imaginación, podremos revivir algunas escenas de su vida y desarrollar así, poco a poco, los mismos sentimientos de Cristo (cfr. Flp 2,5).


ANTES de vivir en Roma, san Marcos fue uno de los primeros cristianos de Jerusalén. Era primo de Bernabé, quien le invitó a difundir el Evangelio. Los dos se embarcaron junto a Pablo en su primer viaje apostólico (cfr. Hch 13,5-13), pero no todo salió como esperaban. Cuando llegaron a Chipre, Marcos no se vio capaz de proseguir y volvió a Jerusalén. Esto, al parecer, causó un disgusto a Pablo; de hecho, cuando planearon un segundo viaje y Bernabé quiso, otra vez, que Marcos les acompañara, Pablo se opuso. La expedición, por tanto, se dividió, y Pablo y Bernabé separaron sus caminos.

Años más tarde, cuando Marcos acabó en Roma, volvió a encontrarse con Pablo y se le ve colaborar con él en el anuncio del Evangelio. A aquel que no quiso que le acompañara en su viaje, san Marcos ahora le llena de un profundo consuelo. De hecho, cuando tuvo que ausentarse, Pablo escribirá a Timoteo: «Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio» (2 Tim 4,11). Los problemas que tuvieron en Chipre habían quedado olvidados. Pablo y Marcos son amigos y trabajan conjuntamente en lo más importante: difundir la buena noticia de Cristo.

Es normal que, en el día a día, podamos tener algunos conflictos con las personas que nos rodean, como le sucedió a Pablo con Marcos, también con quienes son nuestros compañeros en la tarea de llevar a Cristo a las gentes. Pueden surgir al constatar las diferencias a la hora de enfocar un determinado asunto, por ciertos rasgos del carácter que puede resultar complicado entender, o por tantas razones más. El propio cansancio puede acentuar estos roces. Sin embargo, lo decisivo no son esas diferencias, que siempre existirán, sino ser capaces de reconocer esa diversidad como una riqueza. Así, como Pablo, podremos apreciar a quienes nos rodean, sabiendo que es mayor lo que nos une que lo que nos separa. Como decía san Josemaría: «Habéis de practicar también constantemente una fraternidad, que esté por encima de toda simpatía o antipatía natural, amándoos unos a otros como verdaderos hermanos, con el trato y la comprensión propios de quienes forman una familia bien unida»[3].


SAN MARCOS cierra su narración con la invitación de Jesús a los apóstoles a difundir su palabra: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). El evangelista no se limitó solamente a recoger este mandato, sino que también intentó ponerlo por obra. Puede ser que cuando hizo su viaje a Chipre no se haya caracterizado por su audacia, pero aquella primera desilusión no le frenó. Más tarde acabaría lanzándose hacia otras aventuras, dejando atrás su tierra natal.

«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás»[4]. San Marcos tuvo esta misma experiencia. En un primer momento sintió vértigo al alejarse de la tranquilidad y de las realidades que conocía; pero después supo dejar la seguridad de la orilla para transmitir por todo el mundo la alegría de vivir junto a Jesús. Y con su Evangelio, además, ha contribuido a que las generaciones de cristianos posteriores puedan conocer con mayor detalle la figura del Señor.

En la vida de María se produjo una vivencia similar. Ella también sintió un temor inicial cuando el ángel Gabriel se presentó en su casa y le dirigió aquel misterioso saludo: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28). Ese encuentro le haría alejarse de la seguridad de Nazaret para visitar a Isabel y, después, dar a luz a su Hijo en Belén. Años más tarde, volverá a dejar su tierra para seguir de cerca a Jesús durante su predicación. Y aunque al principio quizá le costó abandonar su hogar, sintió, como san Marcos, la alegría de estar junto a Jesús y transmitir su Evangelio a todos los hombres.


24 de abril de 2026

UNIR TU JORNADA A LA MISA


Evangelio (Jn 6,52-59)

Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:

— ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Jesús les dijo:

—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.

Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO JESÚS termina su discurso sobre la Eucaristía en la sinagoga, se inicia una discusión inesperada. «Los judíos disputaban entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”» (Jn 6,52). Si algo nos queda claro es que se han dado cuenta del realismo de las palabras del Maestro. Saben que no se está hablando de un simple símbolo. Y la fuerza de aquellas palabras les genera inquietud. Ante la reacción escéptica, el Señor no matiza su expresión; al contrario, reafirma la necesidad de la Eucaristía para tener vida divina. «Entonces Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”» (Jn 6,53).

«Al escuchar este discurso la gente comprendió que Jesús no era un Mesías, como ellos querían, que aspirase a un trono terrenal. No buscaba consensos para conquistar Jerusalén; más bien, quería ir a la ciudad santa para compartir el destino de los profetas: dar la vida por Dios y por el pueblo. Aquellos panes, partidos para miles de personas, no querían provocar una marcha triunfal, sino anunciar el sacrificio de la cruz, en el que Jesús se convierte en Pan, en cuerpo y sangre ofrecidos en expiación»[1].

Pero, también en el mismo pasaje, encontramos una promesa maravillosa: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56). Jesús nos promete la posibilidad de vivir en Dios y de que, al mismo tiempo, él pueda permanecer en nosotros. «No humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es él quien nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas, nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados»[2]. Por eso, «cada vez que comulgamos, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en eucaristía viviente (...). La comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en él. Este es el prodigio de la comunión: ¡nos convertimos en lo que recibimos!»[3].


LA EUCARISTÍA es llamada signo de unidad y vínculo de caridad. Esto se debe a que «la comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús»[4]. San Pablo, en los primeros tiempos del cristianismo, explicó esta unidad que se genera al compartir la mesa eucarística: «El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1Co 10,16-17). Podemos decir, por eso, que la Iglesia forma un Cuerpo; y, también por estas razones, uno de los nombres con los que se conoce a este sacramento es precisamente el de «comunión».

San Josemaría era muy consciente de esa unidad fuerte que se fundamenta en la Eucaristía. Por ese motivo, puso en el sagrario del Consejo general del Opus Dei las palabras de Jesús en la última cena: «Consummati in unum! (Jn 17,23), que sean completamente uno. Porque es como si todos estuviéramos aquí –decía el fundador del Opus Dei–, pegados a ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y –¿por qué no?– de petición de perdón (...). Para reparar, para agradar, para dar gracias»[5].

«La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad (...). Pidamos a Dios que este pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias ni chismorreos calumniadores. Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad»[6].


«COMO EL PADRE que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). La comunión de Jesús con el Padre es el modelo para que vivamos en Dios. Esta unión se manifiesta en el deseo de unirnos siempre a su voluntad. Y, en cada Eucaristía, nos da la fuerza para lograrlo: «Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como él trabajaba y amar como él amaba?»[7].

Por nuestra alma sacerdotal podemos convertir cada jornada en una Misa; podemos unir nuestro trabajo cotidiano al sacrificio de Cristo en el Calvario, que se renueva en el altar. Esa unión puede verse simbolizada en la gota de agua que el sacerdote añade al vino cuando prepara las ofrendas mientras dice: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana»[8]. Con razón enseña el Catecismo que «en la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo»[9].

Cristo concluye su discurso en la sinagoga diciendo: «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58-59). Jesús, que bajó del cielo gracias a la respuesta afirmativa de su madre, es el pan vivo y que da la vida. «María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía»[10].




23 de abril de 2026

JESÚS NOS PROMETE

 



Evangelio (Jn 6,44-51)

Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.


PARA TU RATO DE ORACION


CUANDO JESÚS anunció en la sinagoga de Cafarnaún que él era el pan de vida, los asistentes, con una comprensible lógica humana, se preguntaban: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (Jn 6,42). El Señor reaccionó de inmediato y explicó: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44).

Este pasaje nos introduce «en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente también el Espíritu Santo, que está implícito. No basta encontrar a Jesús para creer en él. No basta leer la Biblia. Eso es importante, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron. Es más, lo despreciaron y condenaron. ¿Por qué? ¿No fueron atraídos por el Padre? Esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Si tenemos el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos»[1].

También a nosotros el Padre nos lleva hasta su Hijo para que aprendamos de él y le demos toda la gloria. Esta misión nos exige procurar estar siempre cerca de Jesús, dejarnos instruir por él para ser sus discípulos. «La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios: entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios»[2].


VER A DIOS, contemplarlo a lo largo del día, no es una meta imposible. Al contrario, es una promesa que podemos alcanzar, de varias maneras, gracias a Jesús. El mismo Dios, que puso en nuestros corazones las ansias de eternidad, se quedó en la Eucaristía para estar siempre con nosotros. En Cristo presente en la Eucaristía es donde mejor se satisfacen nuestros anhelos de amor eterno. Podemos dialogar con él en la oración, visitarlo en el sagrario, escuchar sus palabras en el evangelio. Jesús se convertirá poco a poco en nuestro mejor amigo y podremos pedir al Padre cualquier cosa en su nombre: «Si pedimos en nombre de Jesucristo, el Padre nos lo concederá, estad seguros. La oración ha sido siempre el secreto, el arma poderosa (...). La oración es el fundamento de nuestra paz»[3].

En este impulso de petición, Jesús nos enseñó a pedir sobre todo ese «pan de vida», ese alimento de eternidad. «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron» (Jn 6,49), dice Cristo, comparándose con el alimento que envió Dios por intercesión de Moisés. Señala que, mientras aquel era efímero, la Eucaristía es pan eterno; no se trata de un simple recuerdo, sino de un memorial, una actualización, como rezamos en todas las plegarias eucarísticas y en algunos himnos: O memoriale mortis Domini! Panis vivus, vitam praestans homini![4]; ¡oh, memorial de la muerte del Señor, pan vivo que da vida al hombre! La Eucaristía no mira solamente al pasado, sino al presente y al futuro. Nuestro paso por la tierra es una peregrinación de Eucaristía en Eucaristía hasta la participación definitiva en el banquete celestial. «Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4)»[5].

«En los días llenos de ocupaciones y de problemas, pero también en los de descanso y distensión, el Señor nos invita a no olvidar que, aunque es necesario preocuparnos por el pan material y recuperar las fuerzas, más fundamental aún es hacer que crezca la relación con él, reforzar nuestra fe en aquel que es el “pan de vida”, que colma nuestro deseo de verdad y de amor»[6].


JESÚS NOS PROMETE un alimento divino que estará siempre a nuestra disposición «para que el hombre coma de él y no muera» (Jn 6,50). Con ese pasaporte podemos confiar en que, si somos fieles, nuestra llamada a la vida eterna será una realidad. Así, el mismo Dios nos llena de esperanza, aquella «virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena»[7].

Jesús concluye su predicación en la sinagoga reiterando el mensaje central de todo el discurso: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). El Señor nos promete lo impensable: la comunión en su propia vida, por toda la eternidad. Esta esperanza, aunque encuentra su plenitud en el cielo, ilumina nuestros pasos aquí en la tierra. Esta esperanza «nos dice también que nuestras actividades diarias tienen un sentido que va más allá de lo que vemos inmediatamente: como afirmaba san Josemaría, adquieren vibración de eternidad si las hacemos por amor a Dios y a los demás»[8].

Todo esto nos llena de optimismo, conscientes de que Dios está siempre junto a nosotros. La alegría cristiana se funda en aquella promesa divina de que viviremos para siempre con él. Por esa razón, la tradición llama a la Eucaristía «prenda de la gloria futura»: porque nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, a la Santísima Virgen y a todos los santos[9].


22 de abril de 2026

¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios?


Evangelio (Jn 6, 35-40)

Jesús les respondió:

—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Ésta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.



 PARA TU RATO DE ORACION 


ES SÁBADO y Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaún. Despierta el interés de los presentes cuando dice que la obra de Dios es cuestión de fe. La expectativa crece cuando, como signo para refrendar sus palabras, les ofrece el pan del cielo. Y el diálogo llega a su punto máximo al afirmar: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,34). Añade una promesa, unida a una exigencia: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37).

El Padre nos da a su Hijo para que recibamos la adopción filial. Pero nuestro ir a Jesús es libre, nadie se acerca a él por obligación. «Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con él? Y con las personas que he encontrado, ¿he acudido a Jesús, las he llevado a él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? En definitiva, ¿vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?»[1].

«Al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Nosotros hemos venido para estar con Jesús, queremos aceptar libremente en cada momento la invitación del Padre. Y le agradecemos esa seguridad de que no nos echará, de que siempre estará a nuestro lado, de nuestra parte. El Señor nos impulsa a comenzar y a recomenzar cuantas veces haga falta.


«HE BAJADO del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). El sendero que recorrió Jesús fue el de hacer suya la voluntad del Padre. Este es el modelo para llevar una vida feliz. Porque Dios es quien desea, con más fuerza que nadie, nuestra felicidad eterna y terrena. Sintonizar con ese proyecto es la manera más segura de edificar esa felicidad. Amar la voluntad de Dios no es someterse a unas reglas arbitrarias, sino confiar en su inmenso deseo de compartir con nosotros su felicidad.

Y vale la pena confiar en ese plan de Dios también en los momentos difíciles; también aquí nuestro modelo sigue siendo Cristo. «¡No es fácil cumplir la voluntad de Dios! No fue fácil para Jesús que, en esto, fue tentado en el desierto y también en el Huerto de los Olivos donde, con agonía en el corazón, aceptó el suplicio que le esperaba. No fue fácil para algunos discípulos, que lo abandonaron por no entender qué era hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). No lo es para nosotros, desde que cada día tenemos en bandeja tantas opciones»[2].

En los momentos de sufrimiento podemos recordar que Jesús sufrió profundamente en el Huerto de los Olivos, con su corazón de hombre. La tentación del discípulo que desea agradar en todo a Dios puede consistir en luchar sin el corazón. Mientras nos parece tener claro en el pensamiento aquello que deberíamos realizar, incluso con una certeza muy grande, en cambio en el corazón puede que no exista la misma determinación, ni los afectos nos inviten hacia ese camino. Por esto, necesitamos buscar la voluntad de Dios también con el corazón. San Josemaría repetía estas palabras, sabiendo que nadie quiere nuestra felicidad tanto como nuestro creador: «Quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…»[3].


«¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios? Primero, pedir la gracia de quererla hacer. ¿Pido que el Señor me dé ganas de hacer su voluntad? ¿O busco componendas porque me da miedo la voluntad de Dios? Y podemos hacer también otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, para saber qué decisión debo tomar ahora, cómo gestionar mis cosas, etc.»[4]. Esto es también lo que procuraba hacer san Josemaría: «Al comprobar que Jesús esperaba algo de mí –¡algo que yo no sabía qué era!–, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam –Maestro, que vea– me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que tú quieres, se cumpla»[5].

Ese modo de hacer de los santos nos introduce en su familiaridad con Dios, en aquella sintonía de deseos que es el camino de la felicidad. Por esto, podemos pedir «que el Señor nos conceda la gracia, a todos, para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de aquel grupo, de esa gente que le seguía y que estaban sentados a su alrededor (...): “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano»[6]. Jesús desea hacernos partícipes de sus proyectos de salvación y de amor; espera nuestra respuesta libre, creativa, y nos da la gracia para llevarlo a cabo. «La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor»[7].

María respondió que sí a Dios no solo en la anunciación del ángel, sino a lo largo de toda su vida, incluso en los momentos dolorosos de la pasión de su hijo. Pidámosle a ella tener un corazón sensible, que aspira a la vida grande y feliz a la que Dios desea asociarnos.

21 de abril de 2026

EUCARISTIA CENTRO Y RAIZ DE LA VIDA

 



Evangelio (Jn 6, 30-35)

Le dijeron:

—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.

Les respondió Jesús:

—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.

Jesús les respondió:

—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS DE LA multiplicación de los panes y de los peces, una multitud siguió a Jesús hasta Cafarnaún. Allí le preguntaron qué acciones debían realizar para unirse a las obras de Dios. El Maestro les respondió que la clave era creer en él como enviado del Padre (cfr. Jn 6,22-29). Ahora contemplamos la continuación de ese diálogo, cuando quienes le escuchaban exigieron un portento para confirmar sus palabras, como si el milagro de la noche anterior no hubiese sido suficiente. «Replicaron: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer”» (Jn 6,30-31).

Aquella muchedumbre retó a Jesús para que les demostrara si podía hacer algo parecido a los portentos de Moisés. Pero el Señor, comprendiendo sus inquietudes, se puso a explicarles cuál había sido el verdadero origen del maná. Les enseñó que, más importante que ese acontecimiento, era lo que este anunciaba: el pan de la vida eterna, el verdadero pan del cielo. «Jesús les replicó: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”» (Jn 6,32-33).

Jesús es el nuevo Moisés, que lleva a plenitud los anuncios del profeta. Aquellos signos lo demuestran: la multiplicación de los panes recuerda el don del maná en el desierto, y el caminar sobre las aguas evoca el paso del mar Rojo. Pero en ambos casos Jesús va más allá de lo que se anunciaba en el Pentateuco. De hecho, después de dar de comer a cinco mil personas, quienes presenciaron el milagro proclamaron: «Este es verdaderamente el profeta que viene al mundo» (Jn 6,14); y más tarde, al oír que ese pan puede dar la vida, «le dijeron: “Señor, danos siempre de este pan”» (Jn 6,34). Es una reacción natural. Lo mismo había pedido la samaritana cuando Jesús le habló del agua que saltaba hasta la vida eterna. También nosotros, como aquella muchedumbre, queremos que Dios aumente nuestro deseo de recibir aquel pan que da vida.


«JESÚS les contestó: “Yo soy el pan de vida”» (Jn 6,35). Estas palabras son una revelación central de nuestra fe. En el cuarto Evangelio no se menciona la institución del sacramento de la Eucaristía. En cambio, se transmite la teología de este sacramento. Jesús se presenta como el pan que da sentido y esperanza al caminar terreno, como el alimento que Dios sirvió a Elías para caminar «cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios» (1R 19,8). Jesús es el pan de vida porque se quedó en el sacramento de la Eucaristía como «la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana»[1], como «el centro y la raíz de la vida interior»[2]. Fuente y cumbre; centro y raíz. Alcanza esta grandeza porque contiene al mismo Jesucristo, autor de la gracia, y porque «en ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él»[3].

«La Eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de él y vivir en él mediante la comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese Pan de vida significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que hizo Jesús»[4]. San Josemaría lo tenía bien experimentado, pues desde joven pasó largos períodos de tiempo frente al tabernáculo. Por eso, aconsejaba: «¡Sé alma de Eucaristía! Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»[5].


SER ALMA DE EUCARISTÍA nos lleva a cuidar especialmente la Misa para que cada día pueda estar vivificado por la gracia y la fuerza de Dios. Para esto, podemos pedir al Señor que nos conceda aprender a entrar en las palabras que él mismo dirige al Padre y que la Iglesia nos propone en cada celebración. De este modo, la santidad de Dios alcanzará cada vez más nuestra vida ordinaria, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías. En este empeño, también puede ayudarnos la meditación de las lecturas, prepararla con comuniones espirituales, o dar gracias por haber participado en la Misa y por la comunión. Si emprendemos ese camino, desearemos saludar a Jesús en el sagrario, estar a solas con él, pasar allí ratos de oración más o menos largos.

Podemos pedir también al Señor la gracia de ser más sensibles a su presencia en la Eucaristía. Jesús: auméntanos la fe, danos más luz en la razón para creer con firmeza y para ahondar con profundidad en el misterio de este sacramento. Y danos también más amor, más fuerza para desear la comunión frecuente y para amar con todas nuestras fuerzas tu presencia en el tabernáculo. Nos puede servir el consejo de san Josemaría: «Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!»[6].

«La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana –comenta León XIV–. (…) Es ahí donde se nutre y crece nuestra fe. Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se funden como acciones de los miembros de un único cuerpo –el Cuerpo de Cristo– en la realización de un único gran proyecto de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su misericordia y de su paz»[7]. A María, mujer eucarística, le pedimos que nos enseñe a querer a su Hijo como lo hizo ella y a recibir a Jesús con sus mismas disposiciones: «con aquella pureza, humildad y devoción».



20 de abril de 2026

SEGUIR A CRISTO POR AMOR

 



EVANGELIO Juan 6, 22-29

Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste acá?" Jesús les contestó: "Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello".

Ellos le dijeron: "¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?" Respondió Jesús: "La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado".


PARA TU RATO ORACION


LA NOTICIA DE LA multiplicación de los panes se había divulgado por toda la región; tanto, que una muchedumbre se dirigió hacia el sitio del milagro. «Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la ciudad donde vivía, en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”» (Jn 6,24-25). Sucede que la misma noche del milagro, Jesús se había acercado caminando sobre las aguas a la barca donde estaban sus discípulos. El evento no había pasado inadvertido por los que vivían en aquella zona, pues «la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos» (Jn 6,22).

Por todas estas cosas, la gente se daba cuenta de que aquel profeta era especial, pues acompañaba su novedosa predicación con signos portentosos que daban autoridad a sus palabras. Pero el Señor aprovecha rápidamente para purificar poco a poco su interés e invitarlos a elevar la mirada. No se trataba de seguir a un taumaturgo que les diera alimento diario, sino de buscar la vida eterna, de procurar la salvación. «Jesús les contestó: “en verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”» (Jn 6,26).

Con el eco de aquellas palabras del Señor, podemos valorar y examinar cómo es nuestra rectitud de intención en el seguimiento de Cristo, si deseamos cumplir siempre y en todo su voluntad. Que no nos suceda lo que decía san Agustín a propósito de estas páginas del evangelio: «Me buscáis por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solo por intereses temporales! (...). Apenas se busca a Jesús por Jesús»[1]. El Señor hizo ver a aquella muchedumbre que, aunque habían visto el signo, no estaban buscando el verdadero significado. «Es como si dijese: “Vosotros me buscáis por un interés”. Nos hace siempre bien preguntarnos: ¿por qué busco a Jesús? ¿Por qué sigo a Jesús? Nosotros somos todos pecadores. Y, por lo tanto, siempre tenemos algún interés, algo que purificar al seguir a Jesús; debemos trabajar interiormente para seguirlo, por Él, por amor»[2].


AQUELLOS admiradores de Jesús, al estar concentrados solo en sus intereses personales, no cayeron en la cuenta de que estaban frente al enviado de Dios. «No habían comprendido que ese pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a ese pan que a su donador»[3]. Pero Jesús aprovechó su interés para orientar sus deseos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios» (Jn 6,27). De esa manera introdujo el gran tema del capítulo entero del evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone durante esta semana: la Eucaristía.

Pero, antes, Jesús tenía que preparar el terreno para esta predicación. «Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”» (Jn 6,28). De acuerdo con la mentalidad de la época, quienes escuchaban a Jesús pensaban que debían cumplir unas prácticas religiosas para merecer el alimento milagroso. El Señor los sorprendió con su respuesta: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La obra de Dios es creer. La prioridad es de la gracia, más que de nuestras acciones. «Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas, sino en el “creer” en aquel que Él ha enviado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos»[4].

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La clave de nuestra fe se encuentra en la confianza plena en la gracia de Dios. «El centro de la existencia, lo que da sentido y firme esperanza al camino de la vida, a menudo difícil, es la fe en Jesús, el encuentro con Cristo (...). La fe es lo fundamental. Aquí no se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, dejarse conquistar totalmente por él y por su Evangelio. Jesús invita a no quedarse en el horizonte puramente humano y a abrirse al horizonte de Dios, al horizonte de la fe»[5].


«LA OBRA DE DIOS es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). «Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final, en la eternidad, en el encuentro con él, que es don y donador; y nos recuerda también que la historia humana –con sus sufrimientos y sus alegrías– tiene que ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del encuentro definitivo con él. Y este encuentro ilumina todos los días de nuestra vida»[6].

De hecho, la fe nos acerca al punto de vista de Dios, a «la mente de Cristo» (1 Co 2,16), de modo que todo lo leemos y entendemos desde allí. Por esto, la fe no es un simple contenido teórico para confesar o predicar. Se manifiesta, ante todo, en la vida diaria del creyente, pues esa luz muestra el sentido de la vida, ilumina la existencia personal y comunitaria con la perspectiva de Dios. La fe, al descubrir la posibilidad de asociarse a los planes providentes de Dios, se hace operativa, «actúa por el amor» (Ga 5,6). «Fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad»[7], decía san Josemaría. ¿Me impulsa la fe a ver las cosas con la mente de Cristo? ¿Procuro descubrir la relación que tiene la realidad en la que vivo con los planes de Dios, especialmente a partir de la Sagrada Escritura?

Acudamos a Jesús como el personaje del Evangelio que le suplicaba: «Creo, pero ayuda mi falta de fe» (Mc 9,24). Digámosle también nosotros: «¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirijamos también esta plegaria a santa María, madre de Dios y madre nuestra, maestra de fe: “¡Bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45)»[8].





19 de abril de 2026

LA ALEGRÍA DE CAMINAR JUNTO A ÉL

 



EVANGELIO Lucas 24:13-35

  • 13Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios.
    14Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido.
    15Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos,
    16aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle.
    17Y les dijo:
    —¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos.
    18Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
    —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
    19Él les dijo:
    —¿Qué ha pasado? Y le contestaron: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo:
    20cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
    21Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas.
    22Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada
    23y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo.
    24Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.
    25Entonces Jesús les dijo:
    —¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas!
    26¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?
    27Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
    28Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante.
    29Pero le retuvieron diciéndole:
    —Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos.
    30Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
    31Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia.
    32Y se dijeron uno a otro:
    —¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
    33Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos,
    34que decían:
    —El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.
    35Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.
PARA TU RATO ORACION 

EN ESTOS DÍAS de Pascua, la liturgia recoge algunos fragmentos del discurso que Pedro dirigió a los israelitas el día de Pentecostés. El apóstol, tras recibir el don del Espíritu Santo, recuerda que ya el rey David había hablado de la resurrección de Cristo: «Por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará en la esperanza; porque no abandonarás mi alma en los infiernos, ni dejarás que tu Santo vea la corrupción» (Hch 2,26-27).

Los días de la Pasión parecen ya lejanos. Sin embargo, Pedro y los demás apóstoles los recuerdan bien: habían sido jornadas de oscuridad. Por unos momentos, todo aquello que les había ilusionado había perdido todo su sentido. Ahora, en cambio, después de haber sido testigos de la resurrección de Jesús y de recibir al Paráclito, pueden decir con el rey David: «Me diste a conocer los caminos de la vida y me llenarás de alegría con tu presencia» (Sal 16,11).

Los apóstoles han entendido que el camino de la vida no siempre está completamente iluminado. Puede haber etapas en las que, como en la Pasión, nos parece que está todo perdido, y la tristeza nos envuelve. Pero la certeza de que Cristo vive nos llena de esperanza y devuelve la alegría. Esta es la seguridad que nos impulsa a caminar aun en medio de la oscuridad. Al igual que a los apóstoles, él tampoco nos abandona, ni deja que veamos la corrupción, si le dejamos que guíe nuestra vida. «Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos»[1].


LOS DOS DISCÍPULOS de Emaús no reconocieron, en un primer momento, la luz de la resurrección. En medio de la oscuridad prefirieron dirigirse hacia el lugar en el que se sentían seguros: su tierra natal. Optaron por poner la esperanza en lo que ya conocían: su hogar, su trabajo, los proyectos personales… Todo esto lo habían abandonado para seguir a Jesús. Pero ahora que aparentemente había desaparecido aquel que daba sentido a esa entrega, piensan que lo único que les queda es volver a su vida de antes.

Estos discípulos, al poner sus ilusiones en recuperar su vida del pasado, no consiguen abrirse a la verdadera esperanza. De camino hacia Emaús tenían una meta clara, pero por dentro se sentían perdidos. Han oído que algunas mujeres no han encontrado el cuerpo de Jesús y que unos ángeles les han dicho que vive, pero ellos no creen. Tampoco la confirmación de que otros discípulos han visto lo mismo les hace cambiar de planes (cfr. Lc 24,22-24). Por eso, cuando se alejan de Jerusalén y se encuentran al Señor, «sus ojos eran incapaces de reconocerle» (Lc 24,16). El evangelista hace notar que, a la pregunta de Jesús sobre lo que estaban hablando, los dos «se detuvieron entristecidos» (Lc 24,17).

Ese estado de ánimo de los discípulos es el mismo de quien cede a la tentación de deshacer el camino andado. Al principio esa nueva dirección nos hipnotiza con «cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[2]. En cambio, junto al Señor podemos iluminar el presente –con sus señales de vida y de muerte– para integrarlo en el proyecto que con él empezamos. La situación de sinsentido y oscuridad no es la definitiva, ni es una buena brújula en momentos de desorientación. En todo momento tenemos la oportunidad de recomenzar, de reconocer a Jesús resucitado que nos encuentra en el camino y nos da la verdadera esperanza: todo se puede integrar si se escucha de nuevo su invitación a escucharle y a seguirle. Nuestra vida no está perdida si vivimos junto a él. «Solo el Señor puede darnos confirmación de lo que valemos. Nos lo dice cada día desde la cruz: ha muerto por nosotros, para mostrarnos cuánto somos valiosos a sus ojos. No hay obstáculo o fracaso que pueda impedir su tierno abrazo»[3].


JESÚS acoge la tristeza de los dos discípulos. Escucha el desahogo que muestra la causa de su desilusión: «Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel» (Lc 24,21). El Señor «comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en él»[4]. Empieza a explicarles el verdadero sentido de las Escrituras y cómo era preciso que el Mesías padeciera esos sufrimientos. Con cada palabra que pronuncia Jesús, los dos hombres vuelven a recuperar la alegría que había marcado su vida de discípulos, pero siguen sin reconocer al Señor. Solamente cuando lo vean sentarse, partir y bendecir el pan se darán cuenta de que era el mismo Cristo resucitado (cfr. 24,31

Los dos discípulos habían puesto rumbo a Emaús para regresar a su vida pasada. Pero no fueron sus seguridades las que les devolvieron la ilusión, sino el encuentro con Jesús: «¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,31). También nosotros, al escuchar sus palabras en el Evangelio y reconocer su presencia en la Eucaristía, podemos volver a experimentar la alegría de caminar junto a él. Una vida de sincera oración y de frecuencia de sacramentos permite reorientar el rumbo de la propia existencia, pues allí la inteligencia, la voluntad y los sentimientos pueden confluir de nuevo y con serenidad, y ser renovados por la gracia. Dios no es ajeno a nuestra suerte. Aun cuando atravesemos momentos de desorientación, él se hace nuevamente presente y nos ofrece un sentido más profundo del propio camino. Si buscamos un refugio al calor de Jesús resucitado, vemos renacer con fuerza la vocación y misión de discípulos.

La Virgen María también pasó por una oscuridad similar a la de los viajeros que iban hacia Emaús. A nadie le habría dolido más la muerte de Jesús como a ella. Pero su confianza en Dios le llevó a vivir la ausencia de su Hijo con esperanza, poniendo su seguridad en la victoria final de Cristo sobre la muerte: supo integrar los momentos de la Pasión –de modo anticipado– a los frutos de la Resurrección. «No admitas el desaliento en tu apostolado –escribió san Josemaría–. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz. ¡Ánimo!... Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora: Sancta Maria, refugium nostrum et virtus!, eres mi refugio y mi fortaleza»[5].