"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

2 de noviembre de 2026

Conmemoración de todos los fieles difuntos


Evangelio Juan 6, 37-40

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día’’.

PARA TU RATO DE ORACION 


«NO SE TURBE vuestro corazón –nos dice hoy Jesús–. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Jn 14,1-2). La memoria de todos los fieles difuntos nos ofrece la oportunidad de volver a considerar la realidad de la vida eterna, de mover nuestros afectos hacia la esperanza del encuentro definitivo con el amor verdadero y para siempre. Ninguno de nosotros ha traspasado el umbral de la muerte, así que no sabemos cómo va a ser ese momento. Dios ha querido, en su Hijo, revelarnos lo que nos aguarda en sus moradas.

«Entre ayer y hoy muchos visitan el cementerio, que, como dice esta misma palabra, es el “lugar del descanso” en espera del despertar final. Es hermoso pensar que será Jesús mismo quien nos despierte. Jesús mismo reveló que la muerte del cuerpo es como un sueño del cual él nos despierta. Con esta fe nos detenemos –también espiritualmente– ante las tumbas de nuestros seres queridos, de cuantos nos quisieron y nos hicieron bien. Pero hoy estamos llamados a recordar a todos, incluso a aquellos a quien nadie recuerda»[1].

«Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí –continúa diciendo Jesús–, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,3). «El hombre necesita eternidad, y para él cualquier otra esperanza es demasiado breve, es demasiado limitada. El hombre se explica sólo si existe un amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo»[2].


«SEÑOR, DALES el descanso eterno y brille sobre ellos la luz eterna»[3], pedimos hoy al inicio de la Misa. La situación de los fieles difuntos que todavía no han llegado al cielo es de sufrimiento y gozo al mismo tiempo. Dolor y felicidad se entretejen misteriosamente en el purgatorio. La razón de ese gozo es la certeza de que verán a Dios: han ganado la batalla, han decidido ser felices en la tierra y en el cielo. Están a un paso de la gloria y por eso la tradición cristiana les llama «benditas almas del Purgatorio».

Incluso las penas son allí fuente de alegría, porque las almas aceptan ese sufrimiento, plenamente entregadas a la voluntad divina. Con amor encendido, aunque todavía imperfecto, adoran el misterio de la santidad de Dios. Santa Catalina de Génova, conocida especialmente por su visión sobre el purgatorio, «no lo presenta como un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra: no es un fuego exterior, sino interior. Esto es el purgatorio, un fuego interior. La santa habla del camino de purificación del alma hacia la comunión plena con Dios, partiendo de su experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos, frente al infinito amor de Dios»[4].

El sacerdote, en una de las plegarias eucarísticas que nos ofrece el Misal, pide a Dios en nombre de todos: «Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro»[5]. De todos los sufragios que podemos ofrecer, el más valioso es el Santo Sacrificio del Altar. La santa Misa puede celebrarse por los difuntos. La Iglesia, deseosa de que lleguen cuanto antes al cielo, permite hoy a todos los sacerdotes celebrar tres veces la santa Misa. También nos anima a rezar por nuestros hermanos que «duermen ya el sueño de la paz». La devoción del pueblo cristiano, además de la Eucaristía, encuentra en prácticas piadosas como el santo rosario, los responsos y las obras de penitencia, un verdadero camino de oración para interceder por los difuntos.


LA COMUNIÓN con toda la Iglesia, y en este caso con los difuntos, hace que «nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor»[6]. Los santos han sido grandes devotos de esta ayuda mutua. San Alfonso María de Ligorio afirma que podemos creer que a las almas del purgatorio «el Señor les da a conocer nuestras plegarias, y si es así, puesto que están tan llenas de caridad, por seguro podemos tener que interceden por nosotros»[7]. Santa Teresa del Niño Jesús, acudía con frecuencia a la ayuda de ellas y, tras recibirla, se sentía en deuda: «Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda que tengo contraída con las almas del purgatorio»[8]. También san Josemaría confesaba su complicidad con ellas: «Al principio sentía muy fuerte la compañía de las almas del purgatorio. Las sentía como si me tiraran de la sotana, para que rezara por ellas y para que me encomendara a su intercesión. Desde entonces, por los servicios enormes que me prestaban, me ha gustado decir, predicar y meter en las almas esta realidad: mis buenas amigas las ánimas del purgatorio»[9].

Esta experiencia de los santos nos muestra que el amor por quienes queremos puede ir más allá de la muerte. «Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago (...). Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal»[10].

«Nos dirigimos ahora a la Virgen, que padeció al pie de la cruz el drama de la muerte de Cristo y después participó en la alegría de su resurrección. Que ella, “puerta del cielo”, nos ayude a comprender cada vez más el valor de la oración de sufragio por los difuntos. Ellos están cerca de nosotros. Que nos sostenga en la peregrinación diaria en la tierra y nos ayude a no perder jamás de vista la meta última de la vida, que es el paraíso»[11].


PUNTOS DE SAN JOSEMARIA PARA MEDITAR EN EL DIA DE HOY

Cada día que pasa te aproxima a la Vida

¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú.

Camino, 736

No has oído con qué tono de tristeza se lamentan los mundanos de que "cada día que pasa es morir un poco"?

Pues, yo te digo: alégrate, alma de apóstol, porque cada día que pasa te aproxima a la Vida.

Camino, 737

La muerte llegará inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tantos. A unos, porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre... No cabe, en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como un fin.

Hay que salirse de esa lógica, y anclarse en la otra: en la eterna. Se necesita un cambio total: un vaciarse de sí mismo, de los motivos egocéntricos, que son caducos, para renacer en Cristo, que es eterno.

Surco, 879

Sigue adelante, con alegría, con esfuerzo, aun siendo tan poca cosa, ¡nada!

—Con El, nadie te parará en el mundo. Piensa, además, que todo es bueno para los que aman a Dios: en esta tierra, se puede arreglar todo, menos la muerte: y para nosotros la muerte es Vida.

Forja, 1001

Sin miedo a la muerte

Si eres apóstol, la muerte será para ti una buena amiga que te facilita el camino.

Camino, 735

A los "otros", la muerte les para y sobrecoge. —A nosotros, la muerte —la Vida— nos anima y nos impulsa.

Para ellos es el fin: para nosotros, el principio

Camino, 738

Tú —si eres apóstol— no has de morir. —Cambiarás de casa, y nada más.

Camino, 744

No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!

Camino, 739

Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho.

—Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle!

Surco, 880

Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.

—Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?

Forja, 987

Morir es una cosa buena. ¿Cómo puede ser que haya quien tenga fe y, a la vez, miedo a la muerte?... Pero mientras el Señor te quiera mantener en la tierra, morir, para ti, es una cobardía. Vivir, vivir y padecer y trabajar por Amor: esto es lo tuyo.

Forja, 1037

La felicidad del Cielo

Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo.

Amigos de Dios, 206

Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.

Forja, 1005

¡No hay mejor señorío que saberse en servicio: en servicio voluntario a todas las almas!

—Así es como se ganan los grandes honores: los de la tierra y los del Cielo.

Forja, 1045

Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?

Surco, 891

Escribías: "simile est regnum cælorum —el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro... Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces. Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino".

¡Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria!

Forja, 993

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban...

En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar.

Forja, 995

¡Visión sobrenatural! ¡Calma! ¡Paz! Mira así las cosas, las personas y los sucesos..., con ojos de eternidad.

Entonces, cualquier muro que te cierre el paso —aunque, humanamente hablando, sea imponente—, en cuanto alces los ojos de veras al Cielo, ¡qué poca cosa es!

Forja, 996

Mienten los hombres cuando dicen "para siempre" en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad.

—Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre!

Forja, 999

¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.

—Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí "trabajaría" más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero —exclamaba, llena de gozo— ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre.

Forja, 1034

El tiempo es breve para hacer el bien

Te quedaste muy serio al escucharme: acepto la muerte cuando El quiera, como El quiera y donde El quiera; y a la vez pienso que es "una comodidad" morir pronto, porque hemos de desear trabajar muchos años para El y, por El, en servicio de los demás.

Forja, 1039

El pensamiento de la muerte te ayudará a cultivar la virtud de la caridad, porque quizá ese instante concreto de convivencia es el último en que coincides con éste o con aquél...: ellos o tú, o yo, podemos faltar en cualquier momento.

Surco, 895

De ti depende también que muchos no permanezcan en las tinieblas, y caminen por senderos que llevan hasta la vida eterna.

Amigos de Dios, 209

Ante la Cruz, dolor de nuestros pecados, de los pecados de la humanidad, que llevaron a Jesús a la muerte; fe, para adentrarnos en esa verdad sublime que sobrepasa todo entendimiento y para maravillarnos ante el amor de Dios; oración, para que la vida y la muerte de Cristo sean el modelo y el estímulo de nuestra vida y de nuestra entrega. Sólo así nos llamaremos vencedores: porque Cristo resucitado vencerá en nosotros, y la muerte se transformará en vida.

Es Cristo que pasa, 101

Me llenó de gozo ver que comprendías lo que te dije: tú y yo tenemos que obrar y vivir y morir como enamorados, y "viviremos" así eternamente.

Forja, 988

En la hora de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y gozar, una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el descanso; y, con el dolor, el goce... ¿Qué será el Amor, en el Cielo?

Mejor aún, ejercita el Amor, reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo..., como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle.

Forja, 1008

No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien. Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio:ven al Padre, ven hacia tu Padre, que te espera ansioso.

Pidamos a Santa María, Spes nostra, que nos encienda en el afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas.

Amigos de Dios, 221

[1] Francisco, Ángelus, 2-XI-2014.

[2] Benedicto XVI, Audiencia, 2-XI-2011.

[3] Antífona de entrada, Misa de la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

[4] Benedicto XVI, Audiencia, 12-I-2011.

[5] Misal Romano, Plegaria Eucarística II.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 958.

[7] San Alfonso María de Ligorio, El gran medio de la oración, capítulo I, III.

[8] Santa Teresa del Niño Jesús, Últimas conversaciones, 6-VIII-1897.

[9] San Josemaría, Palabras tomadas el año 1967, citadas en Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000, p. 187

[10] Benedicto XVI, Spe salvi, 30-XI-2007.

[11] Francisco, Ángelus, 2-XI-2014.






1 de noviembre de 2026

FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 


Evangelio (Mt 5,1-12a)

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.


PARA TU RATO DE ORACION


«ESTA ES la estirpe de quienes buscan tu rostro, Señor» (Sal 24,6). Así reza la Iglesia entera en el salmo de la Misa de esta solemnidad de todos los santos. Y así, buscando el rostro de Dios, queremos pasar este día de fiesta. «Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia. Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad»[1].

Sin embargo, a primera vista, si recordamos las palabras de Jesús sobre los bienaventurados, nos puede parecer un panorama no muy alentador. Lo que se nos propone es lo que instintivamente rechazamos: sufrimientos, persecución, lucha, lágrimas... Sin embargo, san Josemaría señalaba que estas virtudes son las que Jesús bendijo «en aquel Sermón de la Montaña, las que hacen verdaderamente felices, santos, beati!... Todas esas virtudes que Jesús nos enseñó con su propia vida, las deseo para todos mis hijos y para mí»[2]. De este modo se comprende que «la santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[3]. Necesitamos, por tanto, recuperar la libertad que surge de comprender que todo puede hacerse desde el amor de Jesucristo.

Hoy, todos los santos nos impulsan a «que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios. El Señor nos anima y quienquiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 12)»[4].


«¿QUIÉN PUEDE subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón» (Sal 24,3-4). Sabemos que esta inocencia no consiste en no cometer nunca pecados ni faltas, o en estar libre de errores. Esta pureza se refiere, sobre todo, al corazón de quien se deja querer por Dios y no pone su esperanza en otros ídolos: seguridades, control, independencia, placeres, posesiones... «La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz»[5].

Estamos convencidos de que cuando Dios nos pide algo, en realidad nos está ofreciendo su vida, su cariño. Así lo comprendió san Josemaría: «Mi felicidad terrena está unida a mi salvación, a mi felicidad eterna: feliz aquí y feliz allí»[6]. Comprender este modo de actuar de Dios, que se esconde donde a veces no pensamos encontrarle, es comprender que él nunca quiere nuestra infelicidad, tampoco aquí en la tierra. «Cada vez estoy más persuadido –decía también el fundador del Opus Dei–: la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[7].

¡Qué alegría da pensar en todos los santos del cielo! Fueron como nosotros: con los mismos problemas y dificultades, con idénticas esperanzas y similares flaquezas. Si dejamos hacer a Dios en nuestras vidas como ellos, si somos fieles, podremos escuchar al final de nuestra vida, de labios del Señor, estas consoladoras palabras: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). A veces podemos imaginar que son pocos los que forman parte de ese Reino. Sin embargo, una de las lecturas de hoy nos recuerda una de las visiones que tuvo san Juan. Allí aparecía «una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos» (Ap 7,9). En esta incontable muchedumbre la Iglesia celebra a hombres y mujeres, de toda edad y condición, que gozan de la felicidad sin cuento en el cielo y que en la tierra supieron permanecer en el amor de Dios.


ESTA FIESTA es particularmente bonita para los que peregrinamos en la tierra, porque en aquella multitud que alaba sin cesar al Señor están presentes muchos hermanos nuestros, muchos amigos y parientes, gente corriente y ordinaria, dispuesta a interceder por nosotros. A varios incluso los habremos conocido personalmente. No estamos solos en nuestro camino de santidad: nos encontramos unidos a todos los cristianos –a los que triunfan ya en el cielo, a los que se purifican en el purgatorio y a los que peregrinan en la tierra– por una corriente de caridad que nos da vida: la comunión de los santos.

Durante la guerra que sacudió España en los años 30 del siglo pasado, san Josemaría escribía con frecuencia a sus hijos. Y en una de esas cartas les aseguraba: «Solo me faltáis vosotros, pero, ¡si supierais cuánta compañía os hago, a cada uno, durante el día y durante la noche! Es mi misión: que seáis felices después, con Él, y ahora, en la tierra, dándole gloria»[8]. La comunión de los santos es la oración de unos por otros, para que la gracia acuda a sanar las heridas o a fortalecer al que más lo necesite. Se repetirá así, muchas veces, esa experiencia que narraba él mismo: «Hijo: ¡qué bien viviste la Comunión de los Santos, cuando me escribías: "ayer sentí que pedía usted por mí!"»[9].

«Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo»[10]. La Virgen Santa nos alcanzará la gracia de reflejar la belleza del rostro de Cristo y, así, formar el gran mosaico de santidad que Dios quiere para nuestro mundo.


[1] Francisco, Ángelus, 1-XI-2020.

[2] San Josemaría, Cartas 31, n. 52.

[3] Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de abril de 2011.

[4] Francisco, Ángelus, 1-XI-2018.

[5] Card. Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, en L’Osservatore Romano, 6-X-2002.

[6] San Josemaría, Cuadernillo-agenda 1º de Burgos, citado en Camino. Edición crítico–histórica, Rialp, Madrid 2004, p. 414.

[7] San Josemaría, Forja, n. 1005.

[8] San Josemaría, Carta desde Ávila para sus hijos de Burgos, 11-VIII-1938.

[9] San Josemaría, Camino, n. 546.

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 141.




31 de octubre de 2026

ORGULLO BUENO

 

Evangelio (Lc 14, 1.7-11)

Les proponía a los invitados una parábola, al notar como iban eligiendo los primeros puestos:

Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.


PARA TU RATO DE ORACION 


«NO ES POSIBLE separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor»[1]. A lo largo de su paso por la tierra, Jesucristo expresaba en todo lo que hacía su misión redentora. Cualquier actividad que llevaba a cabo estaba alineada con su deseo de liberarnos del pecado. Irradiaba continuamente el afán divino que había expuesto, a partir de un texto de Isaías, en el inicio de su actividad pública: «Me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Este deseo redentor quedaba especialmente patente en sus milagros y en su predicación. Además, también se ponía de manifiesto en acciones más cotidianas, como una conversación en torno a una mesa o una caminata junto a sus discípulos. Por eso san Josemaría decía: «Toda la vida del Señor me enamora»[2]. Ver a Jesús como una persona más de la realidad social de su época nos puede ayudar a santificar esas circunstancias: también esos momentos forman parte de nuestra identidad de cristianos.

San Lucas nos cuenta que un sábado Jesús fue «a comer en casa de uno de los principales fariseos» (Lc 14,1). Podemos suponer que Cristo aceptó su invitación para poder anunciar el mensaje de salvación a esa persona en un contexto más tranquilo que el del continuo ajetreo del día a día. Ya sea en un banquete, ante una escena cotidiana o al contemplar un baile infantil, Jesús no deja de lado su misión, sino que esos sucesos son el lugar donde se concreta. De los relatos evangélicos san Josemaría extraía el fin de todo apóstol: «Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social»[3].


EN MEDIO de ese banquete, Jesús observa la actitud de algunos que «iban eligiendo los primeros puestos» (Lc 14,7). Decide entonces contar una parábola: «Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: “Cédele el sitio a este”, y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar» (Lc 14,8-9).

Jesús comienza su enseñanza haciendo referencia al reconocimiento que buscaban los que tenía a su alrededor. No menosprecia el deseo natural de distinguirse. Cristo es el que mejor sabe descubrir la mano paterna de Dios en esos anhelos humanos. Jesús, al leer cada una de las almas, se apoya en las aspiraciones humanas y nobles que encuentra para elevarlas y sobrenaturalizarlas. San Josemaría también procuraba sustentar los consejos que daba a las personas que se le acercaban en los afanes que Dios ponía en su corazón: «Deja que se consuma tu alma en deseos... Deseos de amor, de olvido, de santidad, de Cielo... No te detengas a pensar si llegarás alguna vez a verlos realizados –como te sugerirá algún sesudo consejero–: avívalos cada vez más, porque el Espíritu Santo dice que le agradan los “varones de deseos”»[4].

Jesús ofrece una manera de elevar las pretensiones de singularización social: «Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales» (Lc 14,10). Cristo anima a no quedarse con los reconocimientos humanos, sin duda legítimos y honorables, sino a buscar el reconocimiento divino, que es el único realmente valioso. Y aunque en muchas ocasiones nuestro gesto pueda pasar desapercibido para los demás, sabemos con certeza que Dios sí lo ha visto. Este es el camino que nos conduce hacia él y, al mismo tiempo, nos lleva «a lo esencial de la vida, a su significado más verdadero, al motivo más fiable por el que la vida vale la pena ser vivida. Solo la humildad nos abre a la experiencia de la verdad, de la alegría auténtica, del conocimiento que cuenta»[5]. Lo que cuenta no es ser grande según la lógica del mundo, sino hacerse pequeño, sencillo, porque así encontramos a Cristo.


EL NÚCLEO de la enseñanza que Jesús está teniendo en torno a este banquete es la humildad: «Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11). Para entrar en el Reino de los cielos, uno de los primeros requisitos es conocer bien cuál es nuestra condición; es decir, crecer en nuestra verdadera identidad como miembros de esa nueva familia que Jesús está formando. Para ello es necesario entender el significado profundo de la humildad, «la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza»[6].

La humildad nos facilita darnos cuenta de que todo lo hemos recibido del Señor. Por el contrario, la soberbia nos lleva a poner la confianza en nuestras propias seguridades. En este sentido, san Josemaría hablaba de dos tipos de orgullo: uno malo, que ignora nuestras debilidades, y otro bueno, que reconoce la verdad y la acción del Señor en su propia vida. «Es malo el endiosamiento si ciega, si no deja ver con evidencia que tenemos los pies de barro, ya que la piedra de toque para distinguir el endiosamiento bueno del malo es la humildad. Por eso, es bueno, mientras no se pierde la conciencia de que esa divinización es un don de Dios, gracia de Dios; es malo, cuando el alma se atribuye a sí misma −a sus obras, a sus méritos, a su excelencia− la grandeza espiritual que le ha sido dada»[7].

Ese orgullo bueno nos lleva a no rechazar nuestra miseria y a verla como la puerta por donde dejemos entrar a Dios. Y esa es precisamente nuestra grandeza: que Dios haya querido, por su misericordia, hacernos muy valiosos a sus ojos. La humildad, por lo tanto, nos favorece asumir la pobreza del necesitado para ser mendigos de Dios, para dejarle entrar, para permitir que él cambie nuestras aparentes seguridades. Cuando un corazón se siente satisfecho de sí mismo, «no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad»[8]. La Virgen, que solo se preocupó del reconocimiento divino, poniendo su seguridad en Dios, adquirió la verdadera riqueza: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1, 48).

30 de octubre de 2026

DIOS SOLO BUSCA NUESTRO BIEN

 

Evangelio (Lc 14,1-6)

Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando. Y resultó que delante de él había un hombre hidrópico. Y tomando la palabra, les dijo Jesús a los doctores de la Ley y a los fariseos:

—¿Es lícito curar en sábado o no?

Pero ellos callaron. Y tomándolo, lo curó y lo despidió.

Y les dijo:

—¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?

Y no pudieron responderle a esto.


PARA TU RATO DE ORACION


DURANTE su predicación, Jesús propuso un nuevo modo de ver la realidad. Algunos fariseos no hacían más que velar por el cumplimiento de unas normas que cada vez eran más numerosas. En cambio, Cristo puso en el centro de su mensaje el amor de Dios, que lleva al bien de la persona. Al fin y al cabo, este era el propósito de la ley que el Señor había dado a Moisés: ayudar al hombre a vivir de una manera que le haría feliz. Sin embargo, las autoridades judías habían establecido tal cantidad de prescripciones que se había oscurecido el sentido original de los preceptos divinos: lo más importante era cumplirlos al pie de la letra. No hacía falta, por tanto, descubrir el bien que suponían para la propia existencia.

Por este motivo, la mayoría de los israelitas escuchaba con entusiasmo la buena nueva de Jesús. Quizá percibían en sus palabras un anuncio liberador, que daba respuesta a sus inquietudes más profundas. No obstante, los fariseos se negaban a acoger este mensaje y buscaban el momento oportuno para acusarle de incumplir la ley divina. Y un sábado, mientras Jesús comía precisamente en casa de uno de ellos, «resultó que delante de él había un hombre hidrópico» (Lc 14,2). Parece incluso una escena preparada para poner al Maestro entre la espada y la pared: si lo curaba, podían denunciarle por no respetar el día del Señor; si no hacía nada, entonces serviría para reforzar sus propias convicciones acerca del sábado.

El razonamiento de Jesús es sencillo. «¿Es lícito curar en sábado o no?», pregunta a los allí presentes. Ante la ausencia de respuesta, se acerca al enfermo, lo cura y lo despide. Y vuelve a preguntar: «¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?» (Lc 14,3-5). Con estos interrogantes, el Señor muestra que el modo en que las autoridades entendían la ley no podía venir de Dios, pues ignoraba el bien de las personas. En cambio, el atractivo del mensaje de Cristo reside en que él es el primer interesado en hacernos felices. «Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. (...) A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones»[1].


JESÚS no rechaza la ley. De hecho, cuando el joven rico le pregunta qué hace falta para heredar la vida eterna, él se remite a los mandamientos (cfr. Mc 10,18). En el cumplimiento de esos preceptos tenemos la base para construir nuestra propia felicidad. Aspirar a tener una vida sin ningún tipo de obligaciones, además de ser bastante irreal, no garantizaría una existencia feliz: nuestras acciones carecerían de un motivo más grande que diese sentido a nuestra vida. Además, un planteamiento así acabaría creando una serie de ataduras que uno mismo no ha escogido: «Con frecuencia –recuerda el prelado del Opus Dei– se pretende una ilusoria libertad sin límites, como meta última del progreso, mientras no pocas veces hay que lamentar también muchas formas de opresión y de aparentes libertades, que en realidad son cadenas que esclavizan»[2].

El comportamiento de los fariseos de esta escena, sin embargo, muestra una vida que se ha reducido a cumplir normas. Ellos no ponían su felicidad en Dios, sino en la seguridad y en la satisfacción que sentían al realizar sus preceptos, independientemente de su sentido. Además, veían la salvación como una recompensa por sus buenas obras, y no tanto como un don de Dios. Jesús, por el contrario, invita a descubrir el verdadero significado de la ley divina. De este modo, el cumplimiento de los mandamientos no se percibe como algo arbitrario, ajeno a uno mismo, sino como una respuesta al amor de Dios que se encuentra en el origen de nuestra existencia. «¿Qué verdad es esta –se preguntaba san Josemaría–, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de un gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres»[3]. Los mandamientos, como las obligaciones que rodean nuestro día a día, nos marcan un camino hacia la felicidad en la tierra y en el cielo cuando los cumplimos por amor a Dios y a los demás.


ENTRE aquellos preceptos cuyo sentido original se había oscurecido se encontraba el del sábado. Se trataba de un mandamiento que recordaba el descanso de Dios cuando creó el mundo: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20,11). También hacía referencia a la memoria de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: «Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado» (Dt 5,15). En definitiva, Dios había confiado el sábado a Israel para que lo guardara como signo de la alianza. Por eso era un día «santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel»[4]. Para los cristianos, ese día pasó a ser el domingo, que fue cuando tuvo lugar la resurrección de Jesús. Este acontecimiento supuso la realización plena del sábado judío, pues «significa la nueva creación»[5] que nos liberó de la esclavitud del pecado.

Tanto el sábado judío como el domingo cristiano hacen referencia a momentos concretos del pasado que tienen tanta trascendencia que merecen ser revividos todas las semanas. De este modo, se recuerda el propio origen, la fuente de vida que da sentido a todo y que nos une a los demás. «La memoria es lo que hace que un pueblo sea fuerte, porque se siente enraizado en un camino, enraizado en una historia, enraizado en un pueblo. La memoria nos hace entender que no estamos solos, somos un pueblo: un pueblo que tiene historia, que tiene pasado, que tiene vida»[6]. En este sentido, «la participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo»[7]. La Virgen María nos podrá ayudar a vivir el domingo con el deseo de recordar la nueva vida que su Hijo nos ha dado y que nos une a nuestros hermanos en la fe.


[1] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 265. 

[2] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 26.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2171.

[5] Ibíd., n. 2174.

[6] Francisco, Homilía, 2-XI-2018.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2182.



29 de octubre de 2026

EN LAS MANOS DE DIOS

 

Evangelio (Lc 13, 31-35)

En aquel momento se acercaron algunos fariseos diciéndole:

—Sal y aléjate de aquí, porque Herodes te quiere matar.

Y les dijo:

—Id a decir a ese zorro: «Mira: expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día acabo. Pero es necesario que yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén».

»¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste. Mirad que vuestra casa se os va a quedar desierta. Os aseguro que no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS se dirige hacia Jerusalén y, a lo largo del camino, va recorriendo ciudades y aldeas para predicar. Se encuentra en el territorio bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, y algunos fariseos le advierten de que corre peligro: según le dicen, el tetrarca desearía matarlo. No sabemos si estos fariseos eran bienintencionados o si usaban una estratagema para alejar a Jesús de aquellas tierras. En cualquier caso, la respuesta del Señor está llena de firmeza: «Es necesario que yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).

Sin dejarse intimidar por la amenaza de Herodes –al que llama «zorro» para poner de relieve que era un personaje astuto y engañoso–, Jesús manifiesta que seguirá enseñando la verdad y librando a las personas del mal físico y moral, para así cumplir la misión que Dios Padre le ha encomendado. Las incomprensiones, dificultades y peligros que encuentra no le echan atrás. Y tampoco actúa según cálculos humanos, por ejemplo midiendo las posibilidades de éxito de su mensaje. Lo que le mueve es la confianza en su Padre y la total identificación con sus designios de amor a la humanidad.

En nuestra vida también podemos encontrarnos a veces en situaciones difíciles o problemáticas, en las que se nos hace más arduo actuar como Dios quiere: de acuerdo a la verdad, la justicia o la caridad. Esos momentos son una llamada a identificarnos de un modo más profundo y auténtico con la voluntad divina; a crecer en nuestra confianza en el Señor, considerando que el plan que vivimos con Dios es más grande que los obstáculos y peligros que hallaremos. Podemos seguir adelante con fe, sabiendo que el cumplimiento de nuestra misión no depende solo de factores humanos, sino que sobre todo está en las manos de Dios. «Sin el Señor no podrás dar un paso seguro –escribe san Josemaría–. Esta certeza de que necesitas su ayuda, te llevará a unirte más a él, con recia confianza, perseverante, ungida de alegría y de paz, aunque el camino se haga áspero y pendiente»[1].


«¡JERUSALÉN, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Lc 13,34). El lamento de Jesús por Jerusalén muestra de modo expresivo su profundo amor y el deseo de proteger a su pueblo. La referencia a los profetas nos recuerda que, en toda la historia de la salvación, Dios ha buscado una vez y otra a su pueblo, sin cansarse de perdonarlo cuando Israel se había alejado. Con el mismo cariño paterno y materno desea el Señor que nos acerquemos a él, que vivamos continuamente bajo su protección, que nos dejemos encontrar de nuevo cuando lo hayamos abandonado.

En sus palabras, percibimos el dolor de Jesús ante la negativa de Jerusalén a aceptar su amor y protección. El Señor no quiere imponerse. Prefiere respetar delicadamente la libertad humana, y acepta el rechazo, aunque le duelan las consecuencias que trae vivir de espaldas a Dios: «Mirad que vuestra casa se os va a quedar desierta» (Lc 13,35), les advierte. Vacío, oscuridad y frío es lo que produce la ausencia de Dios en el corazón humano, aunque los hombres a veces seamos capaces de ir pasando la vida centrando nuestra atención en intereses y distracciones que rehúyen lo fundamental.

El Señor se acerca a la Ciudad Santa como rey de paz, como el mediador que busca reconciliar a su pueblo con el Padre. No acude a juzgar, sino a salvar. «No viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad –señala san Josemaría–: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz»[2].


LOS CRISTIANOS tenemos un vínculo especial con Jerusalén, la Ciudad Santa. Nos sentimos espiritualmente peregrinos en la tierra donde se realizó nuestra reconciliación con Dios y que antes «fue el lugar histórico de la revelación bíblica de Dios, el punto donde más que en cualquier otro lugar se establece el diálogo entre Dios y los hombres, como si fuese el punto de encuentro entre el cielo y la tierra»[3]. Jerusalén fue testigo de muchos milagros y discursos de Jesús. Allí fue donde nació la primera comunidad cristiana, a pesar de que las circunstancias externas no fueran siempre favorables. «Jerusalén se levanta, a los ojos de la fe, entre la trascendencia infinita de Dios y la realidad del ser creado, como símbolo de encuentro, de unión y de paz para toda la familia humana. La Ciudad Santa encierra, pues, una profunda invitación a la paz, dirigida a toda la humanidad, y en particular a los adoradores del Dios único y grande, Padre misericordioso de los pueblos. Pero, por desgracia, hay que reconocer que Jerusalén está siendo motivo de persistente rivalidad, de violencia y de reivindicaciones exclusivistas»[4].

Contemplar a Jesús que se duele de la dureza del corazón humano mientras se dirige a Jerusalén nos invita a identificarnos con sus sentimientos de compasión, con su sed de paz y justicia para todos los hombres. Como nos piden desde hace décadas los sucesivos Papas, podemos rezar hoy en particular por la reconciliación en Tierra Santa. «Por ustedes y con ustedes rezo –escribía el Papa a los católicos que habitan allí–: “Señor, que eres nuestra paz (cfr. Ef 2,14-22), tú que has proclamado bienaventurados a los que trabajan por la paz (cfr. Mt 5,9), libera el corazón del hombre del odio, de la violencia y de la venganza. Nosotros te contemplamos y te seguimos a ti, que perdonas, que eres manso y humilde de corazón (cfr. Mt 11,29). Haz que nadie nos robe del corazón la esperanza de ponernos en pie y de resucitar contigo, haz que no nos cansemos de afirmar la dignidad de todo hombre, sin distinción de religión, etnia o nacionalidad, empezando por los más frágiles, por las mujeres, los ancianos, los pequeños y los pobres”. Hermanos y hermanas, quisiera decirles que no están solos y no los dejaremos solos, sino que permaneceremos solidarios con ustedes a través de la oración y la caridad activa»[5]. Podemos terminar nuestra oración pidiendo a la Virgen María que conceda el don de la paz a la Tierra Santa y al mundo entero: «Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”»[6].


[1] San Josemaría, Surco, n. 770.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 165.

[3] San Juan Pablo II, Redemptionis Anno, 20-IV-1984.

[4] Ibídem.

[5] Francisco, Carta a los católicos de Tierra Santa, Semana Santa 2024.

[6] San Josemaría, Surco, n. 874.