"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

15 de agosto de 2026

ASUNCIÓN Virgen MARIA

 


Evangelio (Lc 1,39-56)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:


—Proclama mi alma las grandezas del Señor,


y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:


porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;


por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las


generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,


cuyo nombre es Santo;


su misericordia se derrama de generación en generación


sobre los que le temen.


Manifestó el poder de su brazo,


dispersó a los soberbios de corazón.


Derribó de su trono a los poderosos


y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos


y a los ricos los despidió vacíos.


Protegió a Israel su siervo,


recordando su misericordia,


como había prometido a nuestros padres,


Abrahán y su descendencia para siempre.


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


PARA TU RATO DE ORACION 


«UN GRAN signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Estas palabras del Apocalipsis, referidas por la Tradición a la Virgen, abren la liturgia de este día. Con la Iglesia todos los cristianos nos alegramos por esta fiesta, en la que celebramos que Dios ha elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la madre de su Hijo. Aunque no conocemos los detalles de su marcha al cielo ni existe certeza sobre su muerte, al hilo de las palabras de san Josemaría podemos imaginar que todos los apóstoles rodeaban a María, que se había dormido. El cielo expectante tiene las puertas abiertas de par en par. Los ángeles han preparado un recibimiento entusiasta para agasajar a la señora. «Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. (...) La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, madre y esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la señora, que hace preguntar a los ángeles: ¿Quién es esta?»[1].


La Asunción de María levanta nuestra mirada hasta el cielo, verdadero destino de nuestro caminar terreno. Todos los acontecimientos de nuestra vida adquieren otra dimensión cuando los contemplamos bajo esta perspectiva de eternidad. Con el paso de los años, quizá nos hemos dado cuenta de que aquello a lo que tiempo atrás dábamos tanta importancia –una preocupación familiar, una alegría que buscábamos con determinación en el trabajo o en la universidad, una inquietud sobre el futuro–, en realidad no siempre era tan relevante como pensábamos. La fiesta de hoy nos recuerda que, a fin de cuentas, lo verdaderamente decisivo es saber que estamos camino hacia el cielo y llegar. Todo lo demás será más o menos importante en función de cuánto nos ayude a dirigirnos a esa meta. «Ponte en coloquio con santa María, y confíale: ¡oh, señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar… muy alto, ¡muy alto! No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del cielo…, ¡no basta! Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. –Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo… Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! –Señora, tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el corazón de Dios. –Confía, que ella te escucha»[2].


NO HAY ningún testimonio bíblico explícito sobre la Asunción. Por ello, el Evangelio que se proclama en la Misa de hoy no hace referencia a este misterio, sino que recoge el relato de la Visitación (cfr. Lc 1,39-56). Podría parecer, sin embargo, un pasaje poco apropiado. Si lo que se pretende es ensalzar a la madre de Dios, que sube a la gloria del cielo, humanamente parecería que no tiene mucho sentido que la lectura escogida nos muestre a María sirviendo a su pariente Isabel. Pero ese fue precisamente el camino que ella recorrió para llegar a la vida eterna. «Es el amor lo que eleva la vida. Nosotros vamos a servir a nuestros hermanos y hermanas y por este servicio vamos “subiendo”. (...) Es fatigoso, pero es subir hacia lo alto, ¡es ganar el cielo!»[3].


Este Evangelio, además de reflejar el deseo de servir de María, muestra otra actitud que le llevó también a subir al cielo: la alabanza. En cuanto llega a casa de Isabel, entona un canto de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en su vida: «Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. (...) Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lc 1,46-47.49). En el Magnificat encontramos un retrato del corazón de María, y nos revela otro tramo del camino que ella recorrió hasta el cielo. «La alabanza es como una escalera: eleva los corazones. La alabanza levanta el ánimo y vence la tentación de caer. ¿Han visto que las personas aburridas, las que viven de la charlatanería, son incapaces de alabar? Pregúntense: ¿soy capaz de alabar? ¡Qué bueno es alabar a Dios cada día, y también a los demás! ¡Qué bueno es vivir de gratitud y bendición en lugar de lamentaciones y quejas, mirar hacia lo alto en lugar de enfadarse!»[4].


María solo desea hacer grande a Dios. Nos muestra así que el Señor no es un competidor en nuestra vida que quizá «pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios»[5]. La fiesta de la Asunción nos recuerda que el camino para llegar al cielo está a nuestro alcance. Con la gracia de Dios, podemos hacer el mismo recorrido de su madre, pues Dios mismo nos acompaña y vive en nosotros, y nos ayuda a servir a las personas que nos rodean y reconocer las maravillas que obra en nuestra vida.


LLAMAMOS a María reina del cielo. Al mismo tiempo, ella también es reina de la tierra. El hecho de que esté en el cielo en cuerpo y alma no significa que esté lejos de nosotros. Precisamente por vivir con Dios, está más cerca de lo que podríamos soñar. Ella escucha siempre nuestras oraciones como madre buena de cada uno de sus hijos, y desea como nadie que la acompañemos en el cielo. Al fin y al cabo, pocas cosas alegran más a una madre que estar con sus hijos. «La fiesta de la Asunción de nuestra señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero nuestra madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la santísima Virgen no solo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición –“Monstra te esse Matrem”–, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal»[6].


María nos hace llegar su cercanía en la normalidad de la vida cotidiana. Ella nos ayuda «a levantar siempre la mirada del corazón a Dios a través de lo que tenemos entre manos»[7]. Salvo algunas situaciones concretas, la mayoría de sus días fueron sencillos, como los de cualquier mujer de la época: momentos de trabajo, de familia, de oración en la sinagoga, fiestas con sus paisanos... La Virgen fue subiendo poco a poco al cielo porque fue capaz de ver al Señor en las ocupaciones de cada día. «Este es un gran mensaje de esperanza para nosotros; para ti, para cada uno de nosotros, para ti que vives las mismas jornadas, agotadoras y a menudo difíciles. María te recuerda hoy que Dios también te llama a este destino de gloria. No son palabras bonitas, es la verdad. No es un final feliz artificioso, una ilusión piadosa o un falso consuelo. No, es la pura realidad, viva y verdadera como la Virgen asunta al cielo. Celebrémosla hoy con amor de hijos, celebrémosla gozosos pero humildes, animados por la esperanza de estar un día con ella en el cielo»[8].

14 de agosto de 2026

ÉL Y ELLA

 



Evangelio (Mt 19,3-12)


En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:


—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?


Él respondió:


—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Ellos le replicaron:


—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?


Él les respondió:


—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.


Le dicen los discípulos:


—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.


—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.


En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


PARA TU RATO DE ORACION 

UNOS fariseos, queriendo tentar a Jesús, se acercaron a él y le preguntaron: «¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» (Mt 19,3). A raíz de esta cuestión, Cristo recordó que Dios mismo es el autor del matrimonio y expuso su indisolubilidad: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,4-6).


El matrimonio no es simplemente un acontecimiento social o una formalidad. El amor mutuo entre el hombre y la mujer es imagen del amor absoluto con que Dios nos ama. «Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación»[1]. Por eso el matrimonio es un bien «de extraordinario valor para todos: para los propios esposos, para sus hijos, para todas las familias con las que se relacionan, para toda la Iglesia, para toda la humanidad. Es un bien difusivo, que atrae a los jóvenes a responder con alegría a la vocación matrimonial, que conforta y reanima continuamente a los esposos, que da muchos y diversos frutos en la comunión eclesial y en la sociedad civil»[2]. Uno de esos frutos es precisamente la formación de la Iglesia doméstica: el hogar es la primera escuela de la vida cristiana, donde «se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida»[3].


El hombre y la mujer encuentran en el matrimonio, con la gracia divina, todo lo que necesitan para ser santos, para identificarse con Cristo y acercar a Dios a las personas que les rodean. Por tanto, se trata de un camino que, si es recorrido con fidelidad, permite anticipar la gloria del cielo y encontrar ya la felicidad que el Señor concede en esta tierra. Un gozo compatible con momentos de sacrificio que pueden fortalecer el amor entre los esposos, y que normalmente se saborea en las cosas pequeñas de cada día. Como señalaba san Josemaría: «El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad»[4]. En este rato de oración podemos pedir por la fidelidad de todos los matrimonios y dar las gracias a Dios por los dones que nos ha dado a través del amor de nuestros padres.


DESPUÉS de haber subrayado la grandeza del matrimonio, Jesús expresa el valor del celibato. El ejemplo atractivo de la vida misma del Señor muestra que no se trata de una actitud escéptica o incluso cómoda, como tal vez habían insinuado algunos de los que le escuchaban (cfr. Mt 19,10), sino de un don divino (cfr. Mt 19,11): una llamada a recibir y a transmitir a los demás la vida sobrenatural sin mediar un amor terreno. Quien recibe esta vocación se parece a Cristo que, sin duda, no renunció al amor. El célibe recibe una gracia específica que transforma poco a poco su sensibilidad, para poner todo lo que supone una vida de enamorado –afectos, deseos, ilusiones, creatividad, pasión– al servicio de Dios y de las personas que le rodean. Acoger este don «no puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que solo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres»[5].


Una de las características de la vocación al celibato es la disponibilidad de corazón para vivir enteramente para Dios y, por él, para los demás. El célibe experimenta así aquella amplitud del corazón que señalaba san Josemaría: «Por mucho que ames, nunca querrás bastante. El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»[6]. De este modo, el célibe puede querer a alguien incluso cuando el otro no le corresponde: le basta ver crecer espiritualmente a una persona para ilusionarse con seguir ayudando a los demás. Imita así el modo de amar de Jesús. Durante su paso por la tierra no puso ninguna barrera a su cariño, sino que ofrecía su cercanía a todos, en particular a aquellos que eran rechazados por la sociedad. Por eso, quien recibe el don de celibato también está llamado a querer y a servir a todas las personas, especialmente a quienes en su entorno están más necesitadas. Ciertamente, esto no significa que, a veces, al célibe no le cueste renunciar a formar una familia o recibir un retorno afectivo por su dedicación; sin embargo, puede encontrar en esa experiencia de vacío, aceptada con serenidad y realismo, una oportunidad y una llamada a seguir alimentando el Amor que da sentido a su entrega. Al fin y al cabo, en esa soledad también se puede aprender a percibir la cercanía de Dios.


TODOS los hombres están llamados a vivir la castidad. Esta virtud se concreta de diferentes maneras en función de la vocación que cada uno haya recibido. En cualquier caso, ya se trate de una persona casada, soltera, célibe o viuda, la castidad no «es un ‘no’ a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran ‘sí’ al amor como comunicación profunda entre las personas, que requiere tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se hace capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace»[7]. Esa nueva vida, para quien tiene vocación al matrimonio, son los hijos que son fruto del amor de los esposos; para el célibe, son las personas a las que ayuda a crecer en su relación con Dios y con las que ejerce una paternidad o maternidad espiritual.


La castidad permite amar sin afán de dominar. De hecho, se dice que lo contrario de amar no es tanto odiar, sino poseer: pretender usar a otra persona para satisfacer una necesidad y llenar el propio vacío. Esto es lo que pretende la lujuria, el vicio que «juzga aburrido todo cortejo, no busca esa síntesis entre razón, pulsión y sentimiento que nos ayudaría a conducir sabiamente la existencia. El lujurioso solo busca atajos: no comprende que el camino del amor debe recorrerse lentamente, y esta paciencia, lejos de ser sinónimo de aburrimiento, nos permite hacer felices nuestras relaciones»[8].


El amor que nos dirige el Señor es libre: nos da la posibilidad incluso de equivocarnos y rechazarlo, pues no quiere esclavos, sino hijos que acogen su amor porque les da la gana. La castidad nos permite conocer auténticamente a los demás, respetarles y buscar su felicidad; en una palabra, genera una relación de comunión en la que se goza procurando el bien de la otra persona. Y aunque amar de esta manera a veces puede resultar costoso, quien se esfuerza por vivir esta virtud «se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»[9]. Podemos acudir a la Virgen María, como recomendaba el fundador del Opus Dei, cuando notemos el peso de la tentación: «¡Madre! –Llámala fuerte, fuerte. –Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[10].

13 de agosto de 2026

LA GRATITUD DEL AMOR

 


Evangelio (Mt 18,21-19,1)


Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:


-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?


Jesús le respondió:


— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré todo’. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?’ Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.


Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Pedro preguntó a Jesús cuántas veces es necesario perdonar las ofensas de un hermano. El Señor entonces respondió con la parábola de un siervo que tenía una deuda de diez mil talentos con su rey. Se trata de una cantidad desorbitada, imposible de restituir: equivale a lo que un empleado ganaría después de trabajar sesenta millones de días, es decir, más de ciento sesenta mil años. «Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda» (Mt 18,27).


El comienzo de esta parábola refleja, en cierto modo, la relación de Dios con los hombres. Como decía san Josemaría: «Tampoco nosotros contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado al son de nuestros personales pecados. Aunque luchemos denodadamente, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado»[1]. El rey perdonó aquella deuda para que su siervo dejase atrás la lógica comercial y abrazase la de la misericordia; así podrá trabajar no como quien tiene que pagar una deuda, sino para manifestar el amor que mueve su vida. Porque esto es, a fin de cuentas, a lo que Dios nos invita: a que sea el amor y la misericordia lo que marque nuestra relación con él y con los demás, y no el miedo o la justicia a secas.


La misericordia de Dios no tiene límites. «Él nos perdona todos los pecados en cuanto mostramos incluso solo una pequeña señal de arrepentimiento»[2]. No le interesa ninguna contraprestación por su perdón. Desea, eso sí, que su misericordia nos lleve a vivir centrados en lo que es importante para el Señor y a vivir como enamorados, no como siervos. «No le importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón. ¿Veis? No se satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras, repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y solo de ahí, arrancan todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor»[3].


AL SALIR aquel siervo de la presencia del rey, se encontró con un hombre que le debía cien denarios. Era una cantidad no pequeña –el salario de tres meses de trabajo–, pero insignificante con la deuda que le había sido perdonada. «Su compañero se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda». Los presentes, testigos de lo ocurrido, se lo contaron al rey, quien hizo llamar nuevamente a su súbdito: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?». Entonces el señor «lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda» (Mt 18,28-34).


A primera vista, la reacción del rey puede interpretarse como un castigo. Sin embargo, lo que está haciendo es actuar según la manera de funcionar del siervo. Como no quiso salir de la lógica comercial para abrazar la de la misericordia, el rey aplicó los mismos esquemas con los que funcionaba el siervo. De hecho, podría decirse que aquel hombre rechazó la salvación que le ofreció el rey: prefería que sus relaciones estuvieran marcadas por las deudas y las obligaciones, y no por la gratuidad. «No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios, y deja ya de odiar; echa el rencor, esa molesta mosca que vuelve y regresa. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados»[4].


Probablemente en nuestro día a día nos encontremos con personas que nos deben algo: alguien que nos hizo un comentario o una broma que nos ofendió, un amigo que nos dio plantón en el último momento, un compañero que nos interrumpe constantemente en el trabajo… Además de estas situaciones cotidianas, quizá también por nuestra vida hayan pasado personas que tienen una deuda mayor por un sufrimiento casi irreparable que nos hayan causado. En uno y otro caso, el Evangelio nos invita a pensar que, «por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti»[5]. Es más, cada vez que perdonamos a alguien, nos estamos identificando con el Señor. Por eso san Josemaría decía que lo más divino en nuestra vida de cristianos «es perdonar a quienes nos hayan hecho daño»[6], pues Dios se hizo hombre precisamente para perdonarnos.


HOY en día puede resultar difícil dejar atrás la lógica comercial que adoptó el siervo injusto de la parábola. Quizá preferimos estar a iguales con los demás: no deber nada a nadie, que nadie me deba nada. Por eso, tal vez desconfiamos cuando alguien hace algo por nosotros y nos preguntamos qué es lo que espera como contraprestación. No estamos acostumbrados a los regalos. Preferimos muchas veces saber que hemos conseguido algo con nuestras propias fuerzas, porque eso nos hace autónomos, nos permite experimentar cierto poder; no queremos depender de otros.


Sin embargo, quien ha aprendido a dejarse amar está convencido de que «no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don»[7]. Lo más grande que podemos llegar a ser siempre es fruto de un don previo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Quien acoge el amor gratuito de Dios se libera de una vida cristiana reducida a cosas que tengo que hacer y cosas que me están prohibidas. Su vida entonces pasa a estar guiada por el deseo de agradar al Señor en todas sus acciones, como procura hacer un hijo con su padre o un marido con su esposa, y viceversa.


Asomarse a la inmensidad del amor de Dios, que nos quiere con locura, puede ayudarnos a comprender el valor que tiene para Dios lo pequeño, precisamente porque es nuestro. Somos conscientes de que nunca saldaremos la deuda, pero nos entusiasma soñar con contribuir a sostener las cargas familiares. Es su amor el que transforma nuestras baratijas en joyas preciosas. Todo sirve para hacer feliz a Dios. Estas cosas pequeñas liberan al alma porque le ayudan a dejarse amar a cambio de nada. Vividas así, no encorsetan. Por el contrario, no se pueden cuidar con perseverancia si son fruto del afán de controlar, de cancelar la deuda. Se trata, en realidad, de detalles espontáneos y sencillos de quien se sabe mirado con cariño por un Dios todopoderoso y eterno pero, a la vez, un Dios muy casero. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude «a ser cada vez más conscientes de la gratuidad y de la grandeza del perdón recibido de Dios, para convertirnos en misericordiosos como él, Padre bueno, pausado en la ira y grande en el amor»[8].

12 de agosto de 2026

La corrección fraterna

 




Evangelio (Mt 18,15-20)


Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que ‘cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos’. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos


PARA TU RATO DE ORACION 


LAS OBRAS de misericordia nos invitan a salir de nosotros mismos para ir con los brazos abiertos al encuentro de nuestros hermanos. En el Catecismo se recuerda que «son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestros prójimos en sus necesidades corporales y espirituales (Is 58,6-8 y Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar son obras de misericordia espiritual, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia»[1]. De esta manera, nos enseñan a mirar a los demás con los ojos de Dios, buscando únicamente su bien. Una de estas obras de misericordia espirituales es corregir al que se equivoca. Precisamente porque solo queremos el bien de nuestros hermanos, además de sostenerles, servirles, rezar por ellos, etc., también procuramos ayudarles en la medida de lo posible a apartarse del pecado, o animarles con delicadeza a desarraigar un defecto.


Como se lee en el Antiguo Testamento, el mismo Dios puso en práctica esta costumbre «cada vez que los hombres se empeñaban –y podemos decir, nos empeñamos– en emprender el camino del mal. La historia del Pueblo elegido es una clara manifestación de este cuidado divino. En muchas situaciones, Yavhé podría haberlos soltado de su mano, pero siempre –también a veces con castigos y otras con advertencias de los profetas–, volvía a atraerlos hacia sí, reencaminándolos por las vías de la salvación (...). En el Evangelio, vemos que Jesucristo no se abstiene de reprender, de corregir, a quienes desea llevar por la senda recta; no solo a los fariseos que rechazaban su mensaje, sino también a sus amigos: a Pedro, incluso con dureza, cuando el apóstol le insinúa que debe evitar la Pasión; o a Marta en Betania, con dulzura, por preocuparse en exceso de las tareas de la casa. El Señor sabía utilizar el tono y el lenguaje que más convenía a cada persona»[2]. Podemos pedir a Dios que nos dé una mirada «que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[3].


EN EL MARCO de esta misericordia divina está la costumbre evangélica de la corrección fraterna, que nace de un verdadero interés por la salvación y la santidad de los demás. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos referencias: «Interroga al amigo: quizá no haya hecho nada y si algo ha hecho, para que no lo haga más. Interpela al prójimo: quizás no haya dicho nada, y si algo ha dicho, para que no lo repita. (...) Interpela a tu prójimo antes de reñirle» (Ecl 19,13-4.17). En el contexto de un discurso sobre el servicio a los más pequeños y el perdón sin límites, Jesús establece el cauce por el que discurre esta obra de misericordia: «Si tu hermano peca, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).


A partir de la enseñanza y el ejemplo del Señor, la corrección fraterna es una tradición de la familia cristiana, que brota como una verdadera necesidad, una obligación de amor y de justicia al mismo tiempo. San Ambrosio escribe en el siglo IV: «Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto (...). Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios que las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Pr 27,6)»[4]. La corrección fraterna es también una expresión concreta de la comunión de los santos: porque formamos un solo cuerpo y no somos indiferentes a lo que les sucede a los demás, siempre que sea posible y prudente ayudamos con nuestros consejos a superar las dificultades o peligros con los que se puedan encontrar. Queremos cuidar a nuestros hermanos como lo hizo Cristo, cooperando a su salvación para que ninguno se pierda (cfr Jn 17,12). San Agustín advierte sobre la grave responsabilidad que supondría omitir esta ayuda: «Peor eres tú callando que él faltando»[5].


La actitud con la que se hace la corrección fraterna es siempre delicada y prudente, utilizando palabras empapadas de verdadero afecto y comprensión, que evitan humillar al que es corregido. Hecha de esta manera, no se verá como un juicio sino como un servicio, «una prueba de sobrenatural cariño y de confianza»[6]. Por este motivo, antes de hacerla es muy conveniente hablar con el Señor en la oración, examinando nuestro propio corazón para caer en la cuenta de que nosotros somos los primeros que necesitamos corrección y, al mismo tiempo, para descubrir si hay junto al deseo de ayudar otras intenciones que no sean tan santas. «La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos de los demás en silencio, en la oración para después encontrar el camino correcto para corregirle»[7].


A LA HORA de ejercitar la corrección fraterna, san Josemaría aconsejaba: «Obrad siempre con sencillez, virtud tan propia del buen hijo de Dios. Mostraos naturales en vuestro lenguaje y en vuestra actuación. Llegad al fondo de los problemas; no os quedéis en la superficie. Mirad que hay que contar por anticipado con el disgusto ajeno y con el propio, si deseamos de veras cumplir santamente y con hombría de bien nuestras obligaciones de cristianos»[8].


La corrección fraterna es un gesto de honestidad hacia la otra persona, pues en lugar de criticarla a sus espaldas le decimos cara a cara, con amabilidad, aquello que consideramos que podría cambiar. «Pero, por desgracia, lo primero que se suele crear en torno a quien se equivoca son las habladurías, mediante las que todo el mundo se entera del error, con todos los detalles, ¡menos el interesado! Esto no es justo, hermanos y hermanas, esto no agrada a Dios. No me canso de repetir que los chismes son una plaga en la vida de las personas y de las comunidades, porque traen división, traen sufrimiento, traen escándalo, y nunca ayudan a mejorar, a crecer»[9]. Aunque hacer y recibir la corrección fraterna cuesta, pues implica entrar en la vida de otra persona, puede dar vergüenza e incluso parecer que que el otro en el fondo tendrá sus razones para actuar de un modo determinado, también es cierto que Dios bendice esa ayuda de hermano a hermano, y deja en el corazón un fruto de paz. El que la hace se llena de paz porque en lugar de murmurar ha intentado ayudar a un hermano; y el que recibe sabe que cuenta con la oración y el cariño de alguien a quien le importa su propio bien.


La virtud de la prudencia desempeña un papel importante para discernir el momento adecuado y la forma de hacer y recibir la corrección. Generalmente, la prudencia nos llevará a pedir consejo a alguna persona sensata sobre su oportunidad, y a entender que la corrección debe versar sobre aspectos realmente necesarios e importantes, no sobre pequeñeces o errores ocasionales. Asimismo, movidos por la prudencia no corregiremos con demasiada frecuencia sobre los mismos defectos, porque todos necesitamos tiempo y gracia de Dios para mejorar. Le podemos pedir a María, a quien veneramos como Virgen prudentísima, que sepamos apoyarnos unos a otros en nuestro caminar cristiano, conscientes de que «el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada» (Pr 18,19).



11 de agosto de 2026

TRATAR A DIOS



Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14)

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:


—¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?


Entonces, llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:


—En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe.


»Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


»¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN MATEO recopila cinco grandes discursos de Jesús en su Evangelio. Uno de ellos comienza con una pregunta que le hacen sus discípulos: «¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?» (Mt 18,1). El Señor responde con un ejemplo vivo: «Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”» (Mt 18,2-3). Ante un público que quizá estaba procurando ganarse méritos para tener una posición privilegiada junto al Maestro, Cristo desmonta toda lógica humana. No son nuestros logros los que nos aseguran un puesto de honor en el Reino, sino la lucha por hacerse como niños y aceptar con humildad nuestros límites. Los niños viven abandonados, con confianza en que los adultos arreglarán los problemas que se presenten y despreocupados de su reputación. Los pequeños entienden que su verdadera riqueza es la que reciben de Dios y de los demás.


Si observamos cómo se comportan los niños, podemos ver que buscan en primer lugar la atención de los mayores. «Ellos tienen que estar en el centro, ¿por qué? ¿Porque son orgullosos? ¡No! Porque necesitan sentirse protegidos. Es necesario también que nosotros pongamos en el centro de nuestra vida a Jesús»[1]. Un pequeño sabe que, por sí solo, no puede hacer nada. Conforme crece, va obteniendo una mayor independencia, y muchos, cuando llegan a la adolescencia, pasan al extremo opuesto: creen que son autosuficientes y que no necesitan nada de los otros. El siguiente paso de madurez consiste en reconocer que quienes están a nuestro alrededor tienen mucho que aportarnos: sin ellos no seríamos la misma persona.


En nuestra vida interior puede suceder algo parecido. Aprendemos a tratar a Dios gracias a nuestros padres, a un catequista o a un sacerdote. Quizá pensamos que llegará un momento en que no nos hará falta la ayuda que nos brindan los demás. En este sentido, san Josemaría comentaba que los grandes errores que cometen los hombres «proceden siempre de la soberbia de creerse mayores, autosuficientes. En esos casos, predomina en la persona como una incapacidad de pedir asistencia al que la puede facilitar: no solo a Dios; al amigo, al sacerdote. Y aquella pobre alma, aislada en su desgracia, se hunde en la desorientación»[2]. Por eso el fundador del Opus Dei recomendaba fomentar el deseo de ser como los pequeños para que la propia vida sea grande: «¡Que seáis muy niños! Y cuanto más, mejor. Os lo dice la experiencia de este sacerdote, que se ha tenido que levantar muchas veces a lo largo de estos treinta y seis años –¡qué largos y qué cortos se me han hecho!–, que lleva tratando de cumplir una Voluntad precisa de Dios. Una cosa me ha ayudado siempre: que sigo siendo niño, y me meto continuamente en el regazo de mi Madre y en el Corazón de Cristo, mi Señor»[3].


SI OBSERVAMOS de nuevo cómo son los niños, podemos descubrir otro aspecto de su manera de ver la vida: les encanta jugar. Y muchas veces no se conforman con pasarlo bien con los de su edad, sino que quieren que sus padres participen del juego. Esto, para un adulto, supone abandonar la propia lógica y volver a ser pequeño. «Si queremos que se divierta es necesario entender lo que a él le gusta y no ser egoístas»[4]. En cierto modo, implica dejar a un lado las preocupaciones personales –probablemente mucho más urgentes que ese juego– y pensar en lo que el hijo espera en ese momento de su padre o de su madre. Esta actitud también la podemos desarrollar con las personas que están a nuestro alrededor. Cuando tenemos un detalle de servicio o de afecto con alguien estamos siguiendo la lógica del juego: identificamos lo que el otro puede necesitar y tratamos de satisfacerlo.


A veces, efectivamente, puede no resultar sencillo encontrar tiempo para jugar, es decir, para tener esas atenciones con los demás. Sin embargo, san Josemaría consideraba que esas manifestaciones de aprecio tienen una importancia decisiva para lograr la propia felicidad y la de los otros. Por eso animaba a sus hijos: «No me importa repetirlo muchas veces. Cariño, lo necesitan todas las personas, y lo necesitamos también en la Obra. Esforzaos para que, sin sensiblerías, aumente siempre el afecto hacia vuestros hermanos. Cualquier cosa de otro hijo mío debe ser –¡de verdad!– muy nuestra: el día que vivamos como extraños o como indiferentes, hemos matado el Opus Dei»[5]. El esfuerzo de pensar en quienes nos rodean, además de llenarnos de alegría, nos facilita reconocer que el Señor es el primero que juega con nosotros. «Solo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama»[6].


EN BUENA medida, podemos conocer a Dios en aquellos que, desde un punto de vista meramente material, parece que tienen poco que aportarnos: los niños, los enfermos, los ancianos… En este sentido, san Josemaría comentaba: los pobres «son mi mejor libro espiritual y el motivo principal para mis oraciones. Me duelen ellos, y Cristo me duele con ellos. Y, porque me duele, comprendo que le amo y que les amo»[7]. Desde el comienzo de su trabajo pastoral, el fundador del Opus Dei tenía clara esta jerarquía proclamada por Jesús. «–Niño. –Enfermo. –Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son él»[8]. Son palabras que emergen después de su experiencia atendiendo a personas necesitadas en el patronato de Santa Isabel, en los años treinta en Madrid.


El cuidado de los más débiles nos acerca al Señor. En primer lugar, porque todo lo que hacemos por ellos es como si se lo hiciéramos al mismo Dios: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). En cierto modo también nos divinizamos, pues seguimos el mismo estilo de vida de Jesús –«no vino para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28)–, y nos convertimos en sus embajadores,pues hacemos llegar a la otra persona el consuelo que le brinda Dios. Además, nos hace tener un corazón similar al del Señor, que ama sin esperar nada a cambio. Es cierto que quizá materialmente esas personas pueden darnos poco, pero en realidad nos dan lo más grande: nos muestran al mismo Dios.


«Darle a alguien todo tu amor nunca es seguro de que te amarán de regreso –comentaba santa Teresa de Calcuta–, pero no esperes que te amen de regreso; solo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te encantaría oír, que nunca escucharás de la persona que te gustaría que te las dijera, pero no seas tan sordo para no oírlas de aquel que las dice desde su corazón»[9]. En muchas ocasiones, el niño, el enfermo o el anciano al que cuidamos no nos manifestará explícitamente su agradecimiento. Nuevamente nos ofrecen otra posibilidad para asemejarnos a Dios, pues él también nos dispensa su cariño constante, aunque no nos demos cuenta. La Virgen María nos podrá ayudar a tener un corazón de madre, que no tiene miedo en darse a las personas a las que ama.








10 de agosto de 2026

SAN LORENZO PATRON DE SANTA CRUZ

 



Evangelio san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.


El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».


PARA TU RATO DE ORACION 

Patrón de Santa Cruz.

El Papa Sixto II fue decapitado en el año 258 durante la persecución de Valeriano. Uno de sus diáconos, Lorenzo, se salvó temporalmente porque estaba a cargo de los bienes de la Iglesia: le dieron cuatro días para traerlos. Lorenzo distribuyó entonces esos bienes a los pobres. Una vez transcurrido el plazo, se presentó ante el magistrado acompañado de pobres y enfermos. “Estas son las riquezas de la Iglesia”, habría dicho. Los pobres y los enfermos son un tesoro. Hay una misteriosa presencia de Dios en sus sufrimientos. Se asocian especialmente a la cruz de Jesús.

Lorenzo fue sometido al tormento del fuego en una parrilla. El cristiano no busca su propio martirio: no hay necesidad de precipitar los acontecimientos; pero es coherente con su fe y está dispuesto a dar su vida por Cristo. El grano de trigo debe morir para dar fruto (cf. Jn 12,24). Cuando san Agustín recuerda el martirio de san Lorenzo, compara la Iglesia con un jardín del Señor, con las rosas de los mártires; pero en este jardín hay toda clase de flores, añade. Depende de cada uno de nosotros saber dar nuestra vida como Dios se lo pide: eso es amar. A menudo, será de forma discreta y oculta, en el desempeño diario del trabajo bien hecho, en la atención a la familia, en la fidelidad a los amigos, en la cercanía con pobres y enfermos. Sería imprudente acelerar la llegada de un martirio sangriento, cuando es posible transformar el mundo desde dentro con una vida anclada en Dios y volcada al servicio de los demás.

El testimonio de san Lorenzo no carece de sentido del humor. "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9,7). El sentido del humor muestra la humildad y una cierta distancia con un mundo que pasa, pero que nos gusta amar y reconducir a Dios. A través de su trabajo diario hecho santo, el bautizado une la creación con la redención. Al acercarse la solemnidad del 15 de agosto, que la Virgen María, Madre de la esperanza, nos ayude a realizar esta tarea con buen humor, con un corazón firme y confiado (cf. Sal 112 [111],7-8).

Martirio y Amor


“Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.” (Jn 15,13)


La constitución dogmática Lumen Gentium, tomando estas palabras del Evangelio, reafirma que el martirio es supremo testimonio de amor ante todos, ya que Cristo mismo, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida en la Cruz por nosotros. Los mártires, al dar su vida, se asemejan al Maestro, “que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo”. 


Si bien, el martirio es un don que Dios concede a algunas personas, todos los cristianos estamos llamados a confesar a Cristo ante el mundo “y a seguirle, por el camino de la Cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”. (cfr. LG 42)


Los mártires, que han sido llamados a tal acto supremo, han transitado el camino de seguimiento de Cristo por medio de la práctica de las virtudes. Y es por eso que han sido capaces de llegar al punto de dar su vida por Cristo como Él lo hizo: “quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho” (Lc 16,10). 


Son numerosas las virtudes que destacan en ellos, principalmentelas virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- , que son don de Dios y fundamento de los actos heroicos. Luego otras virtudes que distinguen a los mártires son la justicia, porque no están dispuestos a renunciar a la verdad; la fortaleza, que les permite resistir en defensa de la misma; y la magnanimidad, porque elevan su mirada valientemente por encima de los obstáculos. 


En definitiva, vivieron y murieron con “la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo”. (Papa Francisco, Audiencia 28-VI-2017)


Meditar con san Josemaría


Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: “Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados - ¡cuánta generosidad!-, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!” ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré. Forja 210


¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! —Piensa, entonces, qué es lo más heroico. Camino 204


 ¿De dónde nace la fuerza para afrontar el martirio?


El Papa Benedicto XVI responde diciendo: “De la profunda e íntima unión con Cristo, porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo. Si leemos la vida de los mártires quedamos sorprendidos por la serenidad y la valentía a la hora de afrontar el sufrimiento y la muerte: el poder de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad, en la pobreza de quien se encomienda a él y sólo en él pone su esperanza (cfr. 2 Co 12, 9). Pero es importante subrayar que la gracia de Dios no suprime o sofoca la libertad de quien afronta el martirio, sino, al contrario, la enriquece y la exalta: el mártir es una persona sumamente libre, libre respecto del poder, del mundo: una persona libre, que en un único acto definitivo entrega toda su vida a Dios, y en un acto supremo de fe, de esperanza y de caridad se abandona en las manos de su Creador y Redentor; sacrifica su vida para ser asociado de modo total al sacrificio de Cristo en la cruz. En una palabra, el martirio es un gran acto de amor en respuesta al inmenso amor de Dios”. [2]


Meditar con san Josemaría


En alguna ocasión me he preguntado qué martirio es mayor: el del que recibe la muerte por la fe, de manos de los enemigos de Dios; o el del que gasta sus años trabajando sin otra mira que servir a la Iglesia y a las almas, y envejece sonriendo, y pasa inadvertido…


Para mí, el martirio sin espectáculo es más heroico... Ese es el camino tuyo. Via Crucis VII estación, punto IV


Me comentabas, todavía indeciso: ¡cómo se notan esos tiempos en los que el Señor me pide más!


- Sólo se me ocurrió recordarte: me asegurabas que únicamente querías identificarte con Él, ¿por qué te resistes? Forja 288


Existen mártires hoy?

Hoy en día, en muchos lugares, hay cristianos perseguidos que sufren el martirio por causa de la fe. Siempre los habrá y la Iglesia los necesita.

En los primeros tiempos, las persecuciones a los cristianos eran más explícitas, pero con el paso del tiempo cesaron; sin embargo, como el mismo Jesús anunció, el martirio no es algo del pasado: “si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15, 18-19). 

Una vez más, el Papa nos recuerda: “Cuántas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: “Hoy la patria necesita héroes”. El mártir puede ser pensado como un héroe, pero lo fundamental del mártir es que ha sido un “salvado”: es la gracia de Dios, no la valentía, lo que nos hace mártires. Hoy, de la misma manera se nos puede preguntar: “¿Qué necesita la Iglesia hoy?”. Mártires, testigos, es decir santos de todos los días. Porque la Iglesia la llevan adelante los santos. Los santos: sin ellos, la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita santos de todos los días, los de la vida ordinaria, llevada adelante con coherencia; pero también aquellos que tienen el valor de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos aquellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testigos que llevan adelante la Iglesia; aquellos que demuestran que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo demuestran con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don”. [4]

“Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día”. [5]

Meditar con san Josemaría

Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto! Camino 848

“La alegría, el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas - porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica. Él, ¨perfectus Deus, perfectus Homo¨- perfecto Dios y perfecto Hombre-, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor…, para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos”. Forja 290

Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que Él sea el amo, ¡qué seguridad!..., también cuando parece que se ausenta, que se queda adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las tinieblas más oscuras. Relata San Marcos que en esas circunstancias se encontraban los Apóstoles; y Jesús, al verles remar con gran fatiga —por cuanto el viento les era contrario—, a eso de la cuarta hora nocturna, vino hacia ellos caminando sobre el mar... Cobrad ánimo, soy yo, no tenéis nada que temer. Y se metió con ellos en la barca, y cesó el viento. (cfr. Mc 4, 39)

Hijos míos, ¡ocurren tantas cosas en la tierra...! Os podría contar de penas, de sufrimientos, de malos tratos, de martirios —no le quito ni una letra—, del heroísmo de muchas almas. Ante nuestros ojos, en nuestra inteligencia brota a veces la impresión de que Jesús duerme, de que no nos oye; pero San Lucas narra cómo se comporta el Señor con los suyos: mientras ellos —los discípulos— iban navegando, se durmió Jesús, al tiempo que un viento recio alborotó las olas, de manera que, llenándose de agua la barca, corrían riesgo. Con esto, se acercaron a Él, y le despertaron, gritando: ¡Maestro, que perecemos! Puesto Jesús en pie, mandó al viento y a la tormenta que se calmasen, e inmediatamente cesaron, y siguió una gran bonanza. Entonces les preguntó: ¿dónde está vuestra fe? (cfr. Lc 8, 24)

Si nos damos, Él se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su antojo de todo lo que nos pertenece.




9 de agosto de 2026

SALIR DE LA CUEVA

 


Evangelio (Mt 14,22-33)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres 



PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE los personajes del Antiguo Testamento, Elías ocupa un lugar especial. De él dice la Escritura que era «semejante al fuego» y que su «palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1). La primera lectura de este domingo nos revela, sin embargo, que el secreto de este profeta no estaba en una fuerza propia e inagotable, sino en haber aprendido a buscar en Dios toda su fortaleza. Tras las amenazas recibidas después de su victoria ante los sacerdotes de Baal, Elías huye hasta el Horeb y se refugia en una cueva. Allí el Señor sale a su encuentro con una pregunta que lo invita a abrir el corazón: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,9). El profeta responde con el alma encendida y agitada. Entonces, a través de un ángel, Dios lo llama a salir: «Sal y quédate en la montaña, delante del Señor» (1Re 19,11). Pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego, pero el Señor no estaba en aquellas fuerzas desatadas. Solo cuando llega «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12), Elías reconoce la presencia de Dios, se cubre el rostro con el manto, sale de la cueva y se detiene ante el Señor. Entonces escucha de nuevo la misma pregunta: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,13). Y, en esa oración serena, el profeta puede abrir otra vez su corazón. Después de esa experiencia, Elías ya no permanece encerrado en su cueva. Fortalecido en su misión, regresará sin miedo entre su gente para ungir a reyes y profetas.


En cierto sentido, nuestra oración se parece a la de Elías. Acudimos a rezar porque el Señor nos llama. Dios quiere que nos demos cuenta de ello, y por eso nos pide que empecemos con un examen sincero: «¿Qué te trae aquí?». A veces, él insiste, porque el miedo nos lleva a quedarnos encerrados en nuestra cueva, en nuestras seguridades; o porque las fuerzas que agitan nuestro mundo interior nos impiden oír su voz. En otras ocasiones, con la ayuda de alguien que nos orienta –los consejos de un amigo o de un sacerdote que predica una meditación, las palabras del Papa o de un santo, una sugerencia en la dirección espiritual–, el Señor nos enseña a salir de nuestra cueva y a ponernos de verdad en su presencia. Así aprendemos a discernir esos impulsos interiores y a entrar en su descanso, dejando que su cercanía nos llene de paz. Es entonces cuando escuchamos su voz y podemos descubrir y hacer nuestra su voluntad, dejando que encienda en nosotros, de nuevo, el sentido de misión.


LA SEGUNDA lectura de este domingo nos presenta a otro hombre de oración: san Pablo. Sus cartas son un tesoro donde aquel enamorado de Cristo vuelca la riqueza de su vida interior. Como Elías, también el apóstol deja ver, al abrir su corazón, un mundo interior lleno de turbulencias y sentimientos vehementes. En su carta a los Romanos, Pablo nos revela su sufrimiento por quienes se cierran al Evangelio: «Siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne» (Rm 9,2-3).


Este sentimiento expresado por Pablo nos ayuda a evitar un equívoco: pensar que la vida de oración pueda disminuir en nosotros la preocupación por los demás. La paz de la que Dios nos llena en la oración no tiene nada que ver con la indiferencia; no nos aísla de los demás ni nos encierra en una satisfacción espiritual individualista. Al contrario, en la oración Dios nos hace partícipes de sus ardientes deseos de redención. De hecho, la oración nos ayuda a forjar un corazón como el del Señor, «que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados»[1].


Elías debe salir de la cueva y regresar en medio de su gente; Pablo no pierde el afecto por sus hermanos, a pesar de los obstáculos, del odio y de la persecución que sufre. Y es precisamente a través de la oración como el Señor mantiene encendido en los dos ese fuego del celo apostólico, compatible con la inmensa paz que Dios comunica con su presencia. La preocupación constante por los demás se manifiesta así en la intercesión, una forma de oración propia «de un corazón conforme a la misericordia de Dios»[2]. Por eso, es lógico que la oración esté «llena de rostros y de nombres»[3]: allí presentamos al Señor las necesidades de quienes él mismo ha puesto en nuestro camino.


EN EL EVANGELIO de este domingo vemos cómo Jesús armoniza la búsqueda de la soledad para hacer oración con el cuidado de los demás. Después de haber saciado a las multitudes con su palabra y con el pan que ha multiplicado, se retira al monte para orar. El Señor siente la necesidad de quedarse a solas con su Padre y busca activamente esa soledad. Pero la oración no le lleva a olvidarse de sus discípulos. Desde el monte los contempla luchar contra el viento y las olas, hasta que se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas, en medio de la tormenta. Se acerca para darles ánimo y llenarlos de paz: «Tened confianza –les dice–, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27). Pedro, confiando en su palabra, comienza también a caminar sobre el agua; pero, al sentir la fuerza del viento, se llena de miedo y empieza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús, al instante, alarga la mano, lo sujeta y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,30-31).


Pedro se hunde cuando no mira al Señor y se deja dominar por la fuerza del viento. Algo parecido puede sucedernos a nosotros cuando intentamos caminar hacia Jesús en medio de las borrascas del día a día apoyados solo en una vida interior superficial. A veces nos cuesta armonizar la oración con nuestras actividades, y podemos pensar que basta lanzarse a caminar sobre las aguas sin cuidar antes esos tiempos de soledad con Dios. Pero Jesús camina sobre las aguas en medio de la tormenta después de haber rezado. Para no hundirnos en nuestro camino hacia el Señor, necesitamos una vida de oración que mantenga encendida nuestra fe. Como recomendaba san Josemaría: «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»[4].


Ese es el camino que nos enseña Jesús y que aprendemos también de Elías, de Pablo y de todos los santos: buscar la soledad y el silencio para orar; y, desde allí, dejar que el Señor nos lance a la misión y al servicio. Santa Teresa de Calcuta resumía muy bien este itinerario en una escalera cuyo primer peldaño es ese silencio que hace posible escuchar la voz de Dios: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz»[5]. El Evangelio nos muestra que esa fue también la actitud de la Virgen María, que dedicaba tiempo a considerar las cosas meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,19.51). Ella puede ayudarnos a construir toda nuestra vida sobre ese fundamento sólido que es la vida de oración.