"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

9 de marzo de 2026

CUANDO SURGE EL RECHAZO

 


EVANGELIO san Lucas 4, 24-30

En aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret:

—«Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO el Señor empezó su vida pública, san Lucas cuenta que Jesús se dirigió a Nazaret, el pueblo donde transcurrió su infancia. Como era sábado, fue a la sinagoga «y se puso en pie para hacer la lectura» (Lc 4,16). Y desenrollando el libro de Isaías, proclamó las siguientes palabras del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos» (Lc 4,18; Is 61,1-2). Al acabar, enrolló el libro y se sentó, mientras todos en la sinagoga, expectantes, «tenían los ojos fijos en él» (Lc 4,20). Cristo rompió el silencio con unas palabras que sorprendieron a los allí presentes: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).


En efecto, la vida de Cristo está marcada por el anuncio de salvación a toda la humanidad. Los milagros que realiza –profetizados por Isaías– confirman que el Reino de Dios está ya presente, proclaman la derrota definitiva de Satanás y manifiestan su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma. Por eso el Señor no se limita a obrar esos milagros a los judíos, sino que también los extranjeros son testigos de esos signos. Jesús no pone barreras a su amor. Solamente pide que nos acerquemos a él con humildad y con fe. «El punto de partida de la vida cristiana no está en el ser dignos; con aquellos que se creían buenos, el Señor no pudo hacer mucho. Cuando nos consideramos mejores que los demás, es el principio del fin. Porque el Señor no hace milagros con quien se cree justo, sino con quien se reconoce necesitado. Él no se siente atraído por nuestra capacidad, no es por esto que nos ama. Él nos ama como somos y busca personas que no sean autosuficientes, sino que estén dispuestas a abrirle sus corazones»[1].


«EL ESPÍRITU del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido» (Lc 4,18). En el Antiguo Testamento, la unción consistía en derramar aceite sagrado sobre la cabeza de alguien como manifestación de que Dios había elegido a esa persona y que lo acompañaría en su misión. Los cristianos hemos sido ungidos en el Bautismo, por el que «somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»[2]. Como la vida de Jesús, nuestra existencia también puede revelar, por la gracia de Dios, la misericordia divina con todos los hombres. Podemos encarnar esta misión apostólica en primer lugar con las personas que tratamos habitualmente, ya que la vida ordinaria es el lugar de nuestra donación diaria a los demás.


«Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades»[3].


Por el Bautismo fuimos ungidos para colaborar en la obra de amor de Jesús, para participar en su misión redentora, que es universal. «El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera»[4].


DESPUÉS de anunciar que la profecía sobre el Mesías se cumplía en su persona, el Señor se anticipa a las objeciones que, por envidia o cerrazón, los de su patria tendrían por las maravillas hechas por él en toda Galilea. «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra» (Lc 4, 24). El Señor ilustra la universalidad del amor de Dios con dos pasajes de la Biblia en los que el profeta Elías fue enviado a socorrer a una mujer fenicia y el profeta Eliseo fue instado a curar a un hombre sirio anteponiéndolos a viudas o leprosos judíos. «Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle» (Lc, 24-28).


Cristo encontró admiración y agradecimiento cuando comenzó su misión redentora; personas que se maravillaron ante sus obras y acogieron con alegría su mensaje de salvación. Sin embargo, también halló resistencia entre algunos judíos, con frecuencia aquellos que eran más celosos de sus propios planteamientos. Algo similar ocurre en la misión de cada cristiano: junto a quienes reciben ilusionados la Buena Nueva, no faltan tampoco los que la rechazan. Quizá por eso puede surgir el desánimo ante la falta de frutos visibles o el miedo por la reacción que provocaremos en los demás. Sin embargo, san Josemaría hacía notar que incluso en esos casos en los que parece que nuestra acción es estéril, Dios actúa en el alma de cada uno: «No existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre»[5].


Cada día, en la oración, podemos recordar la misión recibida que abarca toda nuestra vida y pedir la gracia de Dios para relanzarnos a la tarea de aliviar el dolor, de servir a todos, de acercarles con nuestras palabras y con nuestros actos la misericordia de Jesús. «Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. (...) Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a emprender con valentía la misión de llevar el amor de su Hijo a las personas que nos rodean.







8 de marzo de 2026

EN LOS MOMENTOS DE PRUEBA

 


Evangelio (Jn 4,5-42)


Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta.


Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:


—Dame de beber —sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos.


Entonces le dijo la mujer samaritana:


—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? —porque los judíos no se tratan con los samaritanos.


Jesús le respondió:


—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.


La mujer le dijo:


—Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?


—Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.


—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla —le dijo la mujer.


Él le contestó:


—Anda, llama a tu marido y vuelve aquí.


—No tengo marido —le respondió la mujer.


Jesús le contestó:


—Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.


—Señor, veo que tú eres un profeta —le dijo la mujer—. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.


Le respondió Jesús:


—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.


—Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir —le dijo la mujer—. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas.


Le respondió Jesús:


—Yo soy, el que habla contigo.


A continuación llegaron sus discípulos, y se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Pero ninguno le preguntó: «¿Qué buscas?, o ¿de qué hablas con ella?» La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente:


—Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?


Salieron de la ciudad y fueron a donde él estaba.


Entretanto los discípulos le rogaban diciendo:


—Rabbí, come.


Pero él les dijo:


—Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.


Decían los discípulos entre sí:


—¿Pero es que le ha traído alguien de comer?


Jesús les dijo:


—Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo.


Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así que, cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer:


—Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo.



PARA TU RATO DE ORACION 



QUIZÁ PASADA YA la emoción por haber sido liberado de la esclavitud, el pueblo de Israel, torturado por la sed, comienza a murmurar contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para dejarnos morir de sed, a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17,3). A pesar de haber sido testigos de las maravillas de Dios, su presencia se hace menos evidente y, con el pasar del tiempo, les asaltan dudas: «¿Está el Señor entre nosotros, o no?» (Ex 17,17). Buscan pruebas sensibles que les confirmen en su camino, necesitan fortalecer su fe. El Señor entonces le dice a Moisés que golpee una roca, de la que «saldrá agua para que beba el pueblo» (Ex 17,6).

En la vida de toda persona existen momentos difíciles. Nos gustaría que todo se desarrollara sin imprevistos que alteren nuestros planes, pero la realidad no es así. Como el pueblo de Israel, podemos atravesar situaciones en las que nos sentimos como si Dios se hubiera alejado. Nos hallamos entonces superados por obstáculos externos o invadidos por una tristeza interior. Pero nos puede llenar de consuelo saber que ninguna prueba es mayor que la fuerza del Señor. Por muy fuerte que sea la sed de paz, de tranquilidad o de seguridad, Dios no dejará de velar por cada uno de sus hijos. «A veces, cuando todo nos sale al revés de como imaginábamos, nos viene espontáneamente a la boca: ¡Señor, que se me hunde todo, todo, todo...! Ha llegado la hora de rectificar: yo, contigo, avanzaré seguro, porque Tú eres la misma fortaleza: quia tu es, Deus, fortitudo mea»[1].

Aunque no sea muy fácil darnos cuenta de cómo actúa la providencia, y menos en medio de la tribulación, Dios siempre está obrando en nuestro interior. «La desolación provoca una “sacudida del alma”: cuando uno está triste es como si el alma se sacudiera; mantiene despiertos, favorece la vigilancia y la humildad y nos protege del viento del capricho. Son condiciones indispensables para el progreso en la vida, y, por tanto, también en la vida espiritual»[2]. Detrás de cada prueba se esconde algo que el Señor nos quiere decir, de la misma manera como la sed permitió a los israelitas crecer en su confianza en Dios.


COMO el pueblo de Israel, también Jesús experimentó la sed. Después de poner rumbo a Galilea, tiene que pasar por Samaría. Mientras los discípulos buscan alimentos, el Señor, «fatigado del camino» (Jn 4,6), se sienta en un pozo. Una samaritana se acerca a sacar agua y le dice: «Dame de beber» (Jn 4,7). Acto seguido comienza una conversación que cambia la vida de la mujer.

Jesús se encontraba cansado y sediento. Sin embargo, es interesante notar que en ningún momento del relato se menciona que beba agua. Cuando sus discípulos llegan con la comida, les dice: «Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis. (...) Hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,32.34). Delante de una persona necesitada, Dios no puede contener su sed, que es mayor que aquella física. Jesús solo podía satisfacer su fatiga y su hambre anunciando su Evangelio a quienes encontraba y buscaba en el camino. Al fin y al cabo este era el motivo por el que había venido a la tierra. «Aquella sed de Jesús no era tanto sed de agua, sino de encontrar un alma endurecida. Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma»[3].

Con frecuencia nos puede suceder como a Jesús. Después de un exigente día de trabajo estamos fatigados y con ganas de un merecido descanso. Pero de vuelta a casa nos encontramos con personas que también necesitan de nosotros: un cónyuge o un hijo que merecen toda nuestra atención y cuidado, un hermano que necesita de nuestra ayuda, un amigo que nos busca para hablar… En esos momentos quizá se presenta el legítimo deseo de proteger buena parte de nuestro espacio y tiempo personal. Sin embargo, el agua que nos sacia de verdad es el amor y el servicio a las personas que nos rodean. Jesús nos da así la verdadera alegría, aquella que es fruto de compartir nuestra vida con los demás[4].


EN AQUEL diálogo en el pozo, la samaritana reconoció en Jesús al Mesías. Por eso, apenas lo supo, «dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?”» (Jn 4,28-29). A continuación, el evangelio nos cuenta que «muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer» (Jn 4,39).

En ningún momento leemos que Jesús exhortara a la samaritana a anunciar su presencia; no le dio ningún encargo explícito ni ninguna misión especial, como sí haría con otras personas, empezando por los apóstoles. Proclamar lo que había vivido fue simplemente algo que brotó del corazón de aquella mujer. Tenía la necesidad de comunicar a su gente la maravilla que acababa de presenciar, la paz que da saber que Dios la conocía como nadie en este mundo y, por eso mismo, le tendía la mano: «Me ha dicho todo lo que he hecho» (Jn 4,39). El panorama que Jesús le había abierto le impulsó a salir al encuentro de sus conocidos. «El ideal del amor a Dios y a los demás –escribió el prelado del Opus Dei– nos lleva a cultivar la amistad con muchas personas: no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles! Así va la “Iglesia en salida” de la que habla con frecuencia el Papa, recordándonos la importancia de la ternura, de la magnanimidad, del contacto personal»[5].

De todos modos, no fue la mujer quien cambió al resto de samaritanos. Lo que ella hizo fue llevar a Jesús a su gente. Y ellos, al conocer al maestro de Galilea, le pidieron que se quedara más tiempo. «Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que este es en verdad el Salvador del mundo”» (Jn 4,41-42). Esta es la misión del apóstol: poner a las personas delante de Jesús y pasar él mismo a un discreto segundo plano. Y esto es lo que realiza también nuestra Madre: «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[6].

7 de marzo de 2026

VACIO, ANHELO Y LIBERTAD

 



Evangelio (Lc 15,1-3.11-32)

Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces les propuso esta parábola:

Dijo también:

—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.

»Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.

»El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».


PARA TU RATO DE ORACIÓ


LOS FARISEOS y escribas estaban murmurando entre sí. No soportaban que el Señor se encontrara con pecadores públicos. Sin embargo, Jesús, que conocía sus pensamientos, quiso relatar tres parábolas para que comprendieran mejor cómo es verdaderamente el amor de Dios. Primero contó la del pastor que abandona todo su rebaño para recuperar la oveja perdida (cfr. Lc 15,4-7). Después, la de la mujer que revuelve toda la casa hasta encontrar la dracma desaparecida (cfr. Lc 15,8-10). Por último, se detuvo en una historia más larga: la del hijo pródigo y el padre misericordioso (cfr. Lc 15,11-32).

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes» (Lc 15,11-12). Después de recoger todo se marchó a un país lejano. Quería un cambio total en su vida: no aguantaba la disciplina del hogar paterno. Pensó que dando rienda suelta a las pasiones obtendría por fin la felicidad que tanto anhelaba. Sin embargo, en cuanto gastó su fortuna volvió a experimentar la soledad y el aburrimiento. «Percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida no es aún la vida; más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas cosas»[1].

Tan desesperado estaba que se puso a cuidar cerdos y «le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían» (Lc 15,16). Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que su nivel de vida estaba incluso por debajo del de aquellos animales. «Recapacitando, se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! (...) Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre» (Lc 15,17.20). «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –predicaba san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios»[2].


DESDE que su hijo pequeño se había marchado, el padre no había vuelto a ser el que era. Con frecuencia se preguntaría: «¿Qué habrá sido de él? ¿Dónde se encontrará ahora? ¿Estará bien?». Todos los días subía a la terraza con la esperanza de ver a su hijo regresando por el camino. Así transcurrieron los meses hasta que, en una ocasión, vio a lo lejos una persona que se acercaba a su hacienda. Aunque por la distancia parecía imposible reconocer quién era, el padre lo tenía claro: era él. «Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20).

Lo más profundo del corazón del padre estaba esperando este momento. Por eso es incapaz de contenerse. Cuando el hijo empieza su discurso preparado para obtener su perdón –«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»–, parece que él ni siquiera le escucha. No le interesan las palabras calculadas. Lo único que desea es festejar este momento por todo lo alto: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,22-23). No quiere que su hijo viva reprendido al recordar sus pecados pasados. De ahí que le ofrezca una acogida cálida, cómoda. «El padre podría decir: está bien hijo, vuelve a casa, vuelve a trabajar, vete a tu habitación, prepárate y ¡al trabajo! Y este habría sido un buen perdón. ¡Pero no! ¡Dios no sabe perdonar sin hacer fiesta! Y el padre hace fiesta, por la alegría que tiene porque ha vuelto el hijo»[3].

Ante el abrazo paterno, el hijo reconoce que la felicidad de estar junto a su padre es mucho más profunda que la que pudo obtener de otros placeres. Y es también más segura, porque ni siquiera sus pecados le han impedido reconquistarla: «Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... “Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome”, reconocías. Consuélate: él no te negará ni su amor ni su misericordia, si le buscas»[4].


DURANTE todo ese tiempo el hijo mayor había permanecido en la casa. Pasaba sus días trabajando en la finca, atento a las necesidades de su padre. Sin embargo, su corazón se había ido alejando de la realidad que tenía entre manos. Con frecuencia, especialmente cuando las jornadas eran más intensas, no podía evitar que su imaginación volara a donde estuviese su hermano. A veces, incluso, se siente culpable por desear abandonar la casa paterna, pues no debería hacerlo: tiene que cumplir las expectativas que ahora recaen solo sobre él, el único hijo.

Quizá andaba absorto en estos pensamientos cuando, al volver de una jornada en el campo, oyó la música y los cantos. Se sorprendió y llamó a uno de los asistentes de la finca para averiguar qué pasaba. «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano» (Lc 15,27). Indignado, se negó a entrar en la fiesta. Solo cuando el padre salió a su encuentro se desahogó: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29).

Al padre le duele saber que su hijo no era feliz, que vivía las obligaciones de la casa paterna en clave legalista: «He obedecido, me merezco una retribución». Pese a todo, no le critica ni le recrimina esta actitud. Simplemente le responde: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). «No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres –recuerda el prelado del Opus Dei–, sino abrazando nuestra condición de hijos»[5]. Vivir con libertad en el hogar paterno es mucho más grande que cualquier ternero cebado. Por eso, podemos pedir a nuestra Madre que sepamos disfrutar de nuestra condición de hijos, sabiendo volver al Padre todas las veces que sean necesarias.

6 de marzo de 2026

LOS FRACASOS SON OPORTUNIDADES

 


EVANGELIO  (Mt 21,33-43.45-46)

Escuchad otra parábola:

—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

Le contestaron:

—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

Jesús les dijo:

—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:

La piedra que rechazaron los constructores,

ésta ha llegado a ser la piedra angular.

Es el Señor quien ha hecho esto

y es admirable a nuestros ojos?

»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.

Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.

Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN HOMBRE «plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se marchó de allí» (Mt 21,33). Pasado el tiempo, envía a sus criados a buscar el fruto que le pertenece. Los viñadores, sorprendentemente, maltratan a unos y matan a otros. El propietario de la viña, entonces, decide enviar a su propio hijo, pensando que así «tendrán respeto» (Mt 21,37). Pero los labradores razonan muy distinto. Al tratarse del heredero, piensan que al matarlo se podrán quedar definitivamente con su herencia. Y así lo hacen.

En esta parábola, Jesús describe la historia de Israel que, en palabras del Crisóstomo, repetidamente mancha «sus manos con la sangre»[1] de los profetas enviados por Dios. Con la imagen de la viña se narran, por un lado, los esfuerzos continuos del Señor por hacer que su pueblo diera frutos; y, por otro, el rechazo repetido de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos que estaban presentes comprenden inmediatamente «que se refería a ellos» (Mt 21,45). Y su reacción frente a Jesús es parecida a la de los labradores de la parábola: aunque «querían prenderlo», no lo hicieron en este momento por miedo de la multitud, «porque lo tenían como profeta».

Sin embargo, «la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga! (...). La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana»[2].


PARA EXPLICAR el significado de la parábola, Jesús se refiere al salmo 117: «La piedra que desecharon los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto, y es admirable a nuestros ojos» (Sal 117,22-23). Es el salmo Pascual por excelencia, que se canta o se reza durante la liturgia de la Vigilia Pascual. La muerte del hijo, que parece definitiva e incomprensible, se convierte en camino de Resurrección. En los planes divinos, los fracasos son también oportunidades de salvación y de vida.

La historia de José, por ejemplo, es también el relato de un rechazo y de un maltrato. Aunque sus hermanos no llegan a matarlo, es traicionado y vendido a unos mercaderes por veinte monedas de plata. Estas circunstancias servirán para que José llegue a Egipto, se convierta en un hombre importante, y los hijos de Jacob puedan sobrevivir. En la narración se destaca la infidelidad de Israel pero, sobre todo, queda patente el estilo que tiene Dios de sacar bien del mal. Lo que parecía una maldad sin sentido acabó siendo clave para la salvación de Israel.

Esto mismo se repite en Jesús. Hay un plan que el hombre traiciona, pero Dios busca una nueva solución para salvarnos. De nuestras caídas el Señor buscará siempre el modo de levantarnos. «Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia?»[3].


LA PARÁBOLA se asemeja a la canción de la viña del profeta Isaías (cfr. Is 5,1-7). La viña que ha sido cuidada con esmero no da los frutos esperados: «Esperó a que diera uvas, pero dio agraces». De sus sarmientos en vez de uva sabrosa brotó un fruto amargo. Entonces Dios se pregunta: «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?». Comenta un Padre de la Iglesia: «¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino»[4].

Dios espera de nosotros frutos, pero no porque él los necesite, sino porque su gloria es la felicidad de los hombres. El más apetecible para él es, sin duda, nuestro amor. Ciertamente, en muchas ocasiones también nosotros hemos sido como la viña de la canción del profeta o como los viñadores de la parábola. «Si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces (...) ha echado a los profetas. Cuántas veces le ha dicho a Jesús: ‘vete’, cuántas veces se ha querido salvar a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos»[5].

Por eso escribía san Josemaría: «Dejadme que insista: sed fieles. Es algo que llevo clavado en el corazón. Si sois fieles, nuestro servicio a las almas y a la Santa Iglesia se llenará de abundantes frutos»[6]. Podemos acudir a María, que es madre fecunda porque fue dócil al Espíritu del Señor, que siempre encuentra nuevos caminos para fructificar.





5 de marzo de 2026

MISERICORDIA CON LOS DEMAS

 

Evangelio (Lc 16,19-31)

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo:

«Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas».

Contestó Abrahán: «Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros».

Y él dijo: «Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos».

Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!»

Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán».

Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO nos presenta la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. El primero es un hombre que vive en el lujo, pensando solamente en su propio bienestar. Jesús no nos dice que fuera un hombre injusto; simplemente, «que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes» (Lc 16,19). Junto a su casa, un pobre llamado Lázaro «yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas». Epulón está tan atento a sus riquezas que ignora su existencia. Lázaro no recibe ningún cuidado y se alimenta únicamente de las sobras que caen «de la mesa del rico» (Lc 16,21). «Vanos eran sus pensamientos y vanos sus apetitos –dice san Agustín sobre Epulón–. Cuando murió, en ese mismo día perecieron sus planes»[1]. Efectivamente, Jesús nos cuenta que ambos mueren, pero su destino es abismalmente distinto.

«Señor, mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno» (Sal 138, 23-24), suplicamos con el salmo. Sabemos que la vida plena, aquella en la que permanecemos siempre libres para amar, no depende exclusivamente de los bienes terrenos; allí no está nuestra seguridad ni nuestra felicidad. San Josemaría nos recuerda que nuestro «corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador»[2]. La Cuaresma es un buen momento «para descubrir de qué manera las cosas materiales de las que disponemos contribuyen a llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado. Podremos, entonces, desprendernos más fácilmente de las que no lo hacen y caminar ligeros como el Señor, que no tenía “dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Con la pobreza, aprenderemos a apreciar las cosas del mundo en cuanto vemos en ellas su valor como camino de unión con Él y de servicio a los demás»[3].


DURANTE su vida, Lázaro no tuvo ninguna de las ventajas de las que disfrutó Epulón. Del relato se desprende que es un hombre piadoso, que pone su esperanza en Dios, y por eso es llevado por los ángeles a la morada eterna. Bien se podría decir de él lo que rezamos en el salmo: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 1). La clave que explica el destino eterno de uno y de otro, tan distintos entre sí, no es la riqueza en sí misma, sino lo que sucedía en el corazón de ambos. El rico es condenado no por lo que posee, sino por su total falta de compasión. «Aprended a ser ricos y pobres –comenta San Agustín–, tanto los que tenéis algo en este mundo como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina»[4].

Lázaro no cuenta para el mundo. Por su miseria y soledad, solamente el Señor cuida de él. «A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor»[5]. La parábola nos invita también a vivir la virtud de la caridad, de manera especial con las personas que tenemos más cerca de nosotros y con quienes padecen más necesidades. «Nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito»[6] de los demás. «Cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para que no imiten a aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro»[7].


«YO, EL SEÑOR, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones» (Jer 17,9-10). Después de la muerte, Dios nos juzgará y nos «pesará» conforme a nuestras obras. Se presenta en nuestra vida esta alternativa: el camino seguro de quien confía en el Señor, como Lázaro; o la senda estéril del que pone toda su esperanza en las cosas materiales, aquellas que puede dominar, como el rico Epulón.

San Josemaría prevenía así ante «la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»[8]. El amor a Dios se expresa en desvelo por los demás; no se queda en un sentimiento, se traduce necesariamente en servicio concreto, a personas concretas, aunque eso suponga despojarnos de ciertas aparentes seguridades personales.

«La misericordia de Dios con nosotros está estrechamente unida a nuestra misericordia con el prójimo; cuando falta nuestra misericordia con los demás, la de Dios no puede entrar en nuestro corazón»[9]. Le pedimos a santa María la gracia de ver con nitidez los Lázaros que hay a nuestra puerta, mendigando nuestra atención y cariño.



4 de marzo de 2026

LO MAS GRANDE LA EUCARISTIA

 



Evangelio (Mt 20,17-28)

En aquel tiempo, Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo:

— Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará.

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó:

— ¿Qué quieres?

Ella le dijo:

— Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Jesús respondió:

— No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?

— Podemos — le dijeron.

Él añadió:

— Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.

Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo:

— Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.


PARA TU RATO DE ORACION 


TODA MADRE desea lo mejor para sus hijos. Por eso, no sorprende que la de Santiago y Juan se acerque a Jesús para pedirle un puesto de honor para ellos: «Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mt 20,21). Estas palabras pueden sorprendernos, pues recogen prácticamente lo contrario de lo que el Mesías les había enseñado desde el principio a los apóstoles. No es de extrañar que los otros diez se enfadaran con los hermanos Zebedeo. Sin embargo, en el fondo de sus corazones, quizás ellos querían lo mismo.

El Maestro entonces aprovecha esta situación, como en otras ocasiones, para formar el corazón de los apóstoles. ¿Quién es el más importante? La respuesta del Señor es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). Jesucristo corrige con paciencia divina unas ambiciones excesivamente humanas, superando su escala de valores: el primero pasa a ser el último y el último se convierte en el primero.

Al seguir esa escala, al vivir con aquel parámetro, no hacemos otra cosa que imitar al mismo Señor. Él «tomó el último puesto en el mundo –la cruz– y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente»[1]. Su actitud de servicio llega hasta la entrega de sí mismo: «Esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre» (Mt 26,26-27). «Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. Y esta es la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado (...). Y Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo. Es decir, sirviendo»[2].


EN LA BIBLIA, el servicio está unido a una misión de Dios. Así lo vemos en Jesús, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Él ha lavado los pies de los apóstoles y ha hecho suyo el plan de su Padre, hasta la muerte en la cruz. «¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir (...)?»[3].

El servicio es lo que caracteriza a quienes tratan de caminar junto al Señor. «Mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, de donde reinar dando la vida»[4]. Experimentar este “poder” desde el servicio, nos lleva a encarnar el estilo de vida de Jesús. No se trata de algo humillante, sino que es lo más elevado que podemos hacer en la vida: el servicio es un arte que practican los que se han descubierto destinatarios del amor de Cristo crucificado y han visto agrandarse su corazón en el suyo.

«Servir es una cosa deliciosa –decía san Josemaría–: yo tengo por orgullo de mi vida ser servidor de todo el mundo. Quiero servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra»[5]. Descubrir esta realidad nos hace sensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados: «Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras. Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua»[6].


DESPUÉS de escuchar a la madre de los Zebedeo, Jesús dice a Santiago y a Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Podemos, le dijeron. Él añadió: Beberéis mi cáliz» (Mt 20, 22-23). Esta conversación tiene lugar mientras suben hacia Jerusalén. Jesús sabe lo que va a ocurrir en la ciudad santa al cabo de unos días. Se lo acababa de anunciar a sus apóstoles un poco antes: el Hijo del hombre «será entregado», «le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo» (Mt 20,18-19).

Es el tercer y último anuncio de la Pasión. Los discípulos, asustados, se inquietan: no entienden o quizá no quieren entender demasiado sobre incomprensiones y dificultades. No les cabe en la cabeza que el reinado del que habla el Maestro se alcance por la derrota. Y también hoy seguimos necesitando una conversión para comprender los caminos del Señor. La Cuaresma renueva esta oportunidad: nos invita a transformar nuestro modo de entender a Jesús, nuestro modo de ver el mundo y los valores que rigen las relaciones, para mirar con sus ojos redentores.

La imagen del cáliz evoca el dolor y la muerte (cfr. Mt 26,39). «Beber mi cáliz» es participar en su pasión por la salvación del mundo, soportando los sufrimientos. ¿Cabe un servicio mayor para introducirnos en lo más alto de su Reino? En la Eucaristía renovamos ese camino que nos lleva a lo más alto del amor de Dios y al servicio de las personas. Comemos a Cristo, el Pan partido que ha derramado su sangre por todos. María recorrió el camino a la cruz junto a su Jesús y, durante esta Cuaresma, nos acompaña como una buena madre que desea alcanzar lo mejor para sus hijos.





3 de marzo de 2026

HUMILDAD

 


Evangelio (Mt 23,1-12)


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:


— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.


Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.


Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.


Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.


No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.


Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.


El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado



PARA TU RATO DE ORACION 



«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.

La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.

Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»[1].


JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»[2].

Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.

Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»[3]. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»[4]. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.


FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»[5], comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»[6].

La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»[7]. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).

«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»[8]. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.