"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

28 de septiembre de 2026

Que será el Cielo



 Evangelio  Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.


Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:

«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».


Entonces Juan tomó la palabra y dijo:

«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».


Jesús le respondió:

«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».



PARA TU RATO DE ORACION 



A JESÚS le acusaron varias veces de querer destruir la religión de Moisés y de Abraham. El Señor proclama, al contrario, que no ha venido a abolir lo anterior, sino a descubrirnos su significado pleno, a mostrarnos su alcance más profundo (cfr. Mt 5,17). Cristo descubre a sus contemporáneos –y nos lo descubre también a nosotros– la posibilidad de encontrar en los preceptos divinos un camino de auténtica libertad interior. Dios se ha revelado y nos ha dado a su Hijo para hacernos más libres. «Para esta libertad Cristo nos ha liberado –dirá san Pablo–. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).

A la luz de la nueva enseñanza de Jesús, «cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo»[1]. «Hasta la más pequeña letra o trazo» (Mt 5,18) de la doctrina de la Iglesia, ya sea en materia dogmática, moral, litúrgica, etc., tiene como objetivo impulsarnos a amar al verdadero Dios y, por él, a las personas que nos rodean. Y el amor, también con sus normales dificultades, se da solamente en un ámbito de libertad.

Por eso Jesús puede decir que su alimento es hacer la voluntad del Padre. No se resigna a esa Voluntad, como quien quisiera hacer otra cosa, sino que la desea ardientemente, quiere identificar todas sus inclinaciones con ella, porque allí encuentra su libertad. Cristo llega incluso a dar gracias a su Padre antes de realizar el acto más grande de entrega, cuando, en la víspera de su pasión, da la vida libremente en la Eucaristía. En Dios encontramos la libertad más profunda que nos ayuda a amar más y mejor a quienes nos rodean.


«VAMOS A PENSAR lo que será el Cielo –proponía san Josemaría–. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros?»[2]. También santo Tomás de Aquino nos invitaba a ilusionarnos con el cielo como «la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello –continuaba explicando el santo– es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre»[3].

A la vez, pensar en el cielo nos ayuda a comprender mejor la tierra, a dar el peso adecuado a las situaciones y problemas. «Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez»[4].

La lucha por ser cada vez más libres en esta tierra, más llenos de Dios y menos de nuestros pequeños egoísmos, es precisamente el camino hacia el cielo. «Para caminar hacia la santidad es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan (...). Cuando volvemos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad (...). Como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad»[5]. Es en esta tierra en donde nos podemos preparar, con la ayuda de la gracia, a lo que después podremos vivir en el cielo: escoger siempre a Dios, libres de toda atadura o confusión.


«EL QUE QUEBRANTE uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande» (Mt 5,19). ¿Qué relación pueden tener los preceptos más pequeños con el Reino de los Cielos? Jesús relaciona la lucha por la santidad con la capacidad de amar y ser amados en lo cotidiano. El cielo, en definitiva, es una cuestión de cuánto le dejamos a Dios ser nuestro Padre amoroso en cada momento del día, de cuánto nos sabemos acompañados hasta en las cosas más pequeñas. Cumple esos pequeños mandamientos quien se levanta una y otra vez, quien no se cansa de luchar en lo mismo, quien es sincero consigo mismo y con Dios para reconocerse necesitado. Cumple esos pequeños mandamientos quien, sabiendo dar prioridad a lo que es más importante, se da cuenta de que al amor no se le escapa nada.

«Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías —esas pequeñeces— se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante»[6]. María siempre dice que sí a todo lo que su hijo le pide porque sabe que, así, Dios le regala su alegría y su felicidad. Podemos pedirle a nuestra Madre que crezca en nosotros la sabiduría para ver con esos mismos ojos la voluntad de Dios.



27 de septiembre de 2026

SINCERIDAD DE NUESTRAS EMOCIONES

 


Evangelio (Mt 21,28-32)


¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?


— El primero — dijeron ellos.


Jesús prosiguió:


— En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle



PARA TU RATO DE ORACION 



«UN HOMBRE tenía dos hijos» (Mt 21,28). Así comienza la parábola de Jesús dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Probablemente no era la primera vez que tenían la oportunidad de disfrutar de una conversación con el Maestro. Por lo mismo, sabían que detrás de sus historias narrativas, y aparentemente anónimas, solían esconderse verdades profundas sobre ellos mismos. Sus parábolas no eran un ejercicio literario –aunque muchas de ellas son de una gran belleza–, sino más bien palabras pronunciadas desde su corazón con el deseo de mover el de sus oyentes.


El padre de la parábola se dirige a sus dos hijos con la misma petición: «Hijo, vete hoy a trabajar a la viña» (Mt 21,28). Al parecer, ninguno de los dos siente una pasión especial por el trabajo entre siembras y cosechas, o por lo menos no lo tenían previsto para ese día. La petición del padre los sorprende, y cada uno reacciona a su modo. Mientras el primero se muestra visiblemente contrariado, y le contesta claramente a su padre que no irá, el segundo esconde lo que lleva en el corazón; tal vez con una sonrisa fingida, pero con una formalidad que no consigue matizar del todo su disgusto, le responde a su padre: «Voy, señor» (Mt 21,28).


Al final, ninguno de los dos es fiel a su palabra: el que había dicho que no quería trabajar, decide ir a la viña. En cambio, el hijo que se había mostrado dispuesto a cumplir la voluntad de su padre termina por desobedecerlo. Aunque en ambos casos las acciones de los hijos contradicen sus palabras, existe una diferencia importante entre ambos: aquel que fue sincero con su padre termina haciendo el bien. En cambio, quien buscaba sobre todo proyectar una buena imagen acabó abrazando otra realidad con la que no se había comprometido. También en nuestro trato con el Señor el primer paso para una verdadera conversión es la sinceridad de nuestro corazón, tener la confianza de que podemos abrirle sin problema nuestra interioridad. Manifestarle, incluso, que, como aquel hijo, quizá no tengamos ganas de realizar algún trabajo. Porque «una cosa está clara: en presencia de Jesús los verdaderos sentimientos del corazón, las verdaderas actitudes florecen»[1].


EN LA SEGUNDA lectura de la Misa de hoy nos encontramos con unas palabras de san Pablo que bien podrían ser una carta maestra de lo que significa ser cristiano: «Tened entre vosotros los sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Fl 2,5). La identificación con Jesucristo no consiste en una imitación externa, como cuando un niño pequeño replica inconscientemente ciertos gestos de los adultos, sino más bien en un camino interior en el que Cristo va tomando posesión de nuestros corazones. Sentir como Jesucristo es la meta de una profunda transformación de la gracia y de la lucha personal. «Penetrar en los sentimientos de Jesús: este debería ser el ejercicio cotidiano de la vida como cristianos»[2].


Nuestros sentimientos espontáneos, ante determinados hechos o personas, nos dan una primera impresión de nuestro mundo interior. Por ejemplo, cuando el primer hijo le dice a su padre que no quiere ir a trabajar a la viña, podemos deducir que siente una aversión a esa actividad, que está cansado o que no le ve sentido. Una parte de su interioridad lo lleva a considerar ese esfuerzo como algo negativo. Los sentimientos esconden un valioso conocimiento sobre nosotros mismos: nos ayudan a discernir cuáles son los valores que, quizá incluso de forma inconsciente, mueven nuestra vida. Saber qué nos da tristeza, y qué nos causa felicidad, nos permite conocernos para luego preguntarnos si esas reacciones nuestras coinciden con las de Cristo.


Comparar nuestros sentimientos con los de Jesús ante distintas situaciones nos ayuda a examinar si queremos también vivir y hacer nuestras sus virtudes. San Josemaría, por ejemplo, en una ocasión nos invitaba a preguntarnos por los sentimientos que despierta en nosotros la virtud de la pobreza. «Me dices que deseas vivir la santa pobreza, el desprendimiento de las cosas que usas. –Pregúntate: ¿tengo yo los afectos de Jesucristo, y sus sentimientos, con relación a la pobreza y a las riquezas?»[3]. Un examen similar podemos hacer con cada virtud y en cada momento de nuestra vida.


EN LA PARÁBOLA de los dos hijos, los sentimientos no tienen la última palabra. La primera reacción espontánea es superada a través de la reflexión: uno de los hijos se da cuenta del bien que significa trabajar en la viña y de la alegría que le regalaría a su padre si le obedece; el segundo, en cambio, si en un principio se dejó llevar por el interés de causarle una buena impresión a su padre, al reflexionar en lo arduo del trabajo prefirió refugiarse en otros bienes. Lo decisivo en cada uno no fue la primera emoción, sino la acción que emprendieron inspirada en un ideal que consideraban valioso para sus propias vidas. Darnos cuenta de que tenemos un estado de ánimo determinado no significa actuar por fuerza en consecuencia, sino que nos ayuda a conocernos mejor y tomar una decisión más coherente con nuestra identidad, con lo que nos hace de verdad felices.


El hecho de que a veces uno crea que tiene que actuar a pesar o en contra de los sentimientos no quiere decir que la vida cristiana les reste importancia. Todo lo contrario. Cuando, por ejemplo, san Josemaría admitía gráficamente que en muchas ocasiones de su vida había actuado «a contrapelo», es decir, contrariando la primera inclinación de lo que le gustaba, inmediatamente aclaraba que lo hacía «por Amor»[4]. Y si bien el amor no se puede reducir a un sentimiento, lógicamente contiene una dimensión sentimental fundamental. Así, cuando el hijo que en un principio no quería trabajar decidió acatar la voluntad de su padre, probablemente se dejó llevar por un sentimiento filial y de cariño, que terminó pesando más que su flojera o apatía. Dentro de su corazón encontró un sentimiento que era más profundo y bueno que el que había percibido en un primer momento.


Por eso, nos llena de esperanza ver en la parábola una imagen de Jesús rezando en el huerto de los olivos. En su corazón humano habría algunos sentimientos que lo inclinaban a rechazar la cruz y el sufrimiento. Pero ese mismo corazón estaba también impregnado de sentimientos profundos de filiación hacia su Padre y de cariño por cada uno de nosotros. Y fueron esos sentimientos los que determinaron su manera de actuar. Podemos pedirle a la Virgen, Madre de todos los hijos que quieren llevar una vida de obediencia a la voluntad divina, que aprendamos a discernir cuáles sentimientos nos configuran más con Jesús. Entonces tendremos un gran corazón y trabajaremos con alegría en la viña del Señor.




26 de septiembre de 2026

La vida como un diálogo con Dios

 


Evangelio (Lc 9, 43b-45)


Entre la admiración general por lo que hacía, dijo a sus discípulos:


«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».


Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL EVANGELISTA san Lucas hace notar que Jesús gozaba de una «admiración general» (Lc 9,43). No resulta difícil imaginar las causas de esa reputación. Por una parte, el Señor hablaba con una autoridad y un carisma que atraían a las muchedumbres. Además, sus enseñanzas no se reducían a meras palabras, sino que iban acompañadas de obras. Los milagros afirmaban su origen divino, y su forma de vivir reflejaba la misericordia de Dios. Nadie que veía a Jesús podía quedarse indiferente ante la riqueza de su personalidad y el tesoro de sus palabras.


Aquella profunda impresión que Jesús dejaba en sus discípulos la ha dejado también en nosotros; es un sentimiento que, gracias a Dios, se renueva en momentos puntuales, pero quisiéramos que estuviera siempre presente. La admiración consiste en mirar con nuevos ojos lo que se ama, porque no hay amor que no tenga sabor a novedad. Una persona enamorada no se cansa de contemplar al amado; no tanto por un afán de curiosidad, sino por un deseo de seguir apreciando toda su riqueza. Precisamente en eso consiste la vida contemplativa: saber que Jesús está cerca y no cansarnos de entrar en su misterio.


Como toda relación, la vida de oración es un camino en el que se avanza poco a poco. «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres»[1]. El objetivo es abandonarnos en sus manos y dejar que sea él quien nos conquiste: «Se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán»[2].


NOS PUEDE sorprender la manera en la que Jesús reacciona ante la admiración que despertaba. En lugar de complacerse ante sus miradas atónitas, les habla de la Cruz, como haciendo ver que la verdadera contemplación no puede separarse de una profunda purificación interior: «Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres» (Lc 9,44).


Cristo deja claro, en innumerables ocasiones, que «no se puede reducir la fe a azúcar que endulza la vida»[3]. Quizá algunos de los que seguían a Jesús lo hacían con el deseo de que les asegurara una existencia un poco más cómoda o simplemente para sentirse parte del grupo guiado por un profeta famoso. Pero este no era el mensaje de Cristo: el amor auténtico va de la mano de la verdad, de la realidad, y no puede desentenderse del dolor. «No olvidéis –escribía san Josemaría– que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza»[4].


Contemplar el rostro de Cristo, adentrarnos en el misterio de su amor, significa descubrir los mensajes de sus heridas, abrirse al dolor de su corazón, también en las personas que sufren cerca de nosotros. Por eso, la oración contemplativa, que es «la respiración del alma y de la vida»[5], requiere de la mortificación interior: esa lucha serena, pero decidida, por tener todos nuestros sentidos libres para ponerlos en Jesús y experimentar las cosas como las experimenta él. Si nuestra oración nos une a Cristo, nos unirá también a los problemas del mundo y los asumirá desde la perspectiva de Dios.


«PERO ELLOS no entendían este lenguaje. Les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido» (Lc 9,45). La muchedumbre que rodeaba a Jesús se quedó desconcertada al oír sus palabras sobre la Cruz. Les parecía extraño que alguien que había demostrado poseer un poder tan elevado, que era incluso capaz de resucitar a los muertos, les hablara de su doloroso final. No podían comprender que Jesús, en medio de su palpable triunfo, describiera su futura derrota. Sus palabras parecían contradecir el ambiente general de alegría y de esperanza.


Sin embargo, en lugar de comentar sus discrepancias con Jesús, a aquellas personas «les daba miedo preguntarle sobre el asunto» (Lc 9,45). La admiración que sentían por el Señor resultó ser, muchas veces, una mezcla de conocimiento superficial y reverencia temerosa. Jesús, sin embargo, los invita a que aquella contemplación no sea solo la impresión de un momento pasajero, la emoción de un instante, sino que genere un cambio profundo en sus vidas: les ofrece comprender toda la existencia como un diálogo con Dios.


Esa unión de nuestro corazón con el de Cristo nos permite contemplar con nuevos ojos el mundo. Descubrimos, incluso entre las sombras de la historia y de nuestra propia biografía, un destello de la luz divina. «Jesús ha sido maestro de esta mirada. En su vida no han faltado nunca los tiempos, los espacios, los silencios, la comunión amorosa que permite a la existencia no ser devastada por las pruebas inevitables, sino de custodiar intacta la belleza»[6]. María, maestra de oración, nos puede alcanzar la gracia de tener un corazón contemplativo como el suyo.


25 de septiembre de 2026

LA LOGICA DE LA CRUZ

 


Evangelio (Lc 9,18-21)


Estaba haciendo oración y se encontraban con él los discípulos. Y les preguntó:


—¿Quién dicen las gentes que soy yo?


Ellos respondieron:


—Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.


Pero él les dijo:


—Y vosotros ¿quién decís que soy yo?


Respondió Pedro:


—El Cristo de Dios.


Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie



PARA TU RATO DE ORACION 



«¿QUIÉN DICEN las gentes que soy yo?» (Lc 9,18). Parece, en un primer momento, que Jesús quiere conocer, por medio de sus discípulos, la variedad de opiniones sobre su figura. La respuesta no se hace esperar: «Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas» (Lc 9,19). Surgen todas las percepciones que habían llegado hasta sus oídos. Sin embargo, en un segundo momento, el Señor lanza otra pregunta que, esta vez, les deja más pensativos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9,20).


Se hace silencio. Las miradas se cruzan. Los apóstoles, que segundos antes opinaban todos a la vez, ahora parecen sumergidos en sí mismos, reflexionando. Quizá sienten algo de vértigo al entrar en su propio corazón. Porque esta pregunta exige una respuesta al centro profundo del alma, allí donde habita el Espíritu Santo. Es Pedro el único que responde: «El Cristo de Dios» (Lc 9,20). El «Cristo» significa literalmente el «ungido», el elegido de Dios para cumplir una misión. Y, en este caso, no un ungido más como otros de la historia de Israel, sino el Ungido por excelencia, el Enviado, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).


Se trata de una toma de posición siempre actual en la vida de cada persona. Aún conociendo con mayor o menor profundidad el cristianismo, y viviendo unas prácticas de piedad, podemos plantearnos siempre con novedad la pregunta que los apóstoles se hicieron en su interior: ¿quién es Jesús para mí? «¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros? Estamos llamados a hacer de la respuesta de Pedro nuestra respuesta, profesando con gozo que Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre para redimir a la humanidad, derramando en ella la abundancia de la misericordia divina»[1].


DESPUÉS DE la confesión de fe de Pedro, la conversación se dirige hacia terrenos que debieron de ser muy sorprendentes para los apóstoles. Era una de las primeras veces que alguien proclamaba públicamente que Cristo era el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Y Jesús no lo niega, pero les pide, por el momento, guardar silencio sobre esto; y, a continuación, anuncia a sus discípulos el modo en que iba a llevar a cabo su misión salvadora. Les revela que «el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día» (Lc 9,22).


Cristo revela que la salvación no se hará por la fuerza. El Mesías no será un dominador al modo humano. Reinará, pero desde la cruz, que hasta entonces solo había sido el patíbulo donde se ejecutaba a los malhechores. Nos salvará, pero a través de la donación total de sí mismo en la Pasión. Jesús anuncia una lógica nueva, que no es de este mundo: la lógica del don y de la cruz. La cruz es cátedra de una nueva sabiduría, ante la que habremos de tomar partido: unos la rechazarán como absurda o escandalosa; otros la amarán y llegarán a abrazarla, pues entenderán que la cruz es la «fuerza de Dios» (1 Co 1,18) que libera del pecado y de la muerte.


Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Necesitamos que Jesucristo cure definitivamente nuestra propia libertad; y es en la Cruz donde nos ha conseguido la liberación más profunda: la liberación del pecado, que nos purifica el alma para que podamos descubrir nuestra verdadera identidad de hijos de Dios»[2]. La paradoja de la Cruz marca la vida cotidiana del cristiano, la llena de esa lógica superior, hecha de humildad y de entrega. «¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! (…). Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él»[3].


«LOS JUDÍOS piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 22-23). Este pasaje, de la Primera carta de san Pablo a los corintios, fue incluido por san Josemaría en un elenco manuscrito de 122 textos que solía meditar asiduamente a comienzos de los años treinta. Ya en esos momentos transmitía a los primeros que se iban acercando al Opus Dei que no es posible seguir a Jesucristo, querer colaborar con él en su obra salvadora, sin abrazar la Cruz. Al pensar en una cruz grande de madera que tenía en una habitación de la Academia DYA, la primera residencia del Opus Dei, escribió: «Cuando veas una pobre cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú»[4].


La Cruz, paradójicamente, al estar unida a la vida de Cristo, es fuente de alegría; cuando la abrazamos dejamos que obre en nosotros la omnipotencia de Dios. «¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?»[5]. Y esto lo podemos hacer no solo en momentos extraordinarios, con motivo de una enfermedad, de persecuciones o de una contrariedad grave, sino en cada momento de nuestra vida ordinaria: ser felices con las pequeñas cruces diarias. Poco antes de que culminara la Pasión, Jesús nos entregó a María como Madre. «Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! Invoca al corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de todos los hombres de todos los tiempos»[6].

24 de septiembre de 2026

FESTIVIDAD VIRGEN DE LA MERCED

 



PARA TU RATO DE ORACION 

HOY  24 de septiembre muchos pueblos celebran la fiesta de la Virgen de la Merced, una advocación impulsada por la orden de los mercedarios con 800 años de historia, y que desde Cataluña se ha extendido por todo el mundo. Es la Madre de los cautivos y la Reina de la Misericordia.

En 1218 San Pedro Nolasco fundó la Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, más conocida como la Orden de la Merced. Desde el principio fue una institución característicamente mariana que difundió la devoción a la Virgen de la Misericordia desde Cataluña al resto del mundo.

El protagonismo de los mercedarios en la evangelización del nuevo continente hizo que esta advocación mariana arraigara en numerosos países de América. En concreto, la Virgen de la Merced es patrona de muchas ciudades, localidades, municipios y departamentos en Argentina, la capital del departamento de Santa Cruz Bolivia, Chile, Colombia, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, México, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Puerto Rico, Venezuela, Uruguay… Y el cariño de los fieles a la Merced también fue cuajando en Francia, Portugal, o Filipinas, donde también hay rincones encomendados a la Madre de los cautivos.

Patrona de Santa Cruz de la Sierra y en Barcelona.Patrona y estrella  de la Ciudad de Barcelona y, por extensión popular, de toda la Diócesis, la Virgen de la Merced es también patrona de 19 localidades o barrios de ocho comunidades autónomas diferentes, y es, además, copatrona de Cádiz. En varios países, como España, la Virgen de la Misericordia es la Patrona de las instituciones penitenciarias, y san Juan Pablo II le nombró el 4 de febrero de 1985, en Piura (Perú), Estrella de la Evangelización.

En los registros del Instituto Nacional de Estadística sobre los nombres de mujeres más comunes en España queda constancia de que Mercedes está entre los 30 más habituales.

Los mercedarios

La difusión de esta advocación de la Virgen es reflejo del amor a la Virgen de los mercedarios, religiosos especialmente centrados, desde sus orígenes, en la preservación de la fe, “aunque su vida peligre por ello”.

Desde la restauración de la orden liderada por Mons. Pedro Armengol Valenzuela en 1880, los mercedarios se dedican de manera más particular a la enseñanza y a las misiones. En estos momentos, realizan una esmerada labor de acogida de personas refugiadas procedentes de países en guerra.

Las mercedes a san Josemaría

El 20 de septiembre de 2004, por iniciativa de la Hermandad de Nuestra Señora de la Merced, se colocó en la Basílica de la patrona de Barcelona una imagen de san Josemaría rezando ante la Virgen titular. Era una manera de dejar constancia de su cariño y su particular relación con la Virgen de la Misericordia.


En la historia personal de ese trato con Nuestra Señora de la Merced hay un momento singular: el 21 de junio de 1946. Ese día, el fundador del Opus Dei visitó la basílica antes de emprender el viaje a Roma del que volvería con la primera aprobación pontificia para la Obra, presente en el mundo desde el 2 de octubre de 1928.


En la historia personal de ese trato con Nuestra Señora de la Merced hay un momento singular: el 21 de junio de 1946

Antes de 1946, san Josemaría ya había estado frente a la Virgen de la Merced. Y hay constancia de que, al menos, fue a saludarle también en 1962, 1966 y 1972. Como destaca Josep Masabeu en su libro Escrivá de Balaguer en Cataluña, 1913-1974. Huellas de San Josemaría, la Merced marcó la vida del fundador del Opus Dei

En 1966, san Josemaría dijo en Barcelona: “Cuando, pasado el tiempo, se escriba la historia del Opus Dei, habrá que resaltar -¡cuántos acontecimientos vienen a mi memoria!- los hechos que vieron la luz en esta ciudad condal, entre vosotros y bajo la mirada de la Virgen María de la Merced”.


Recuerdos del primer viaje de san Josemaría a Roma

El 21 de junio de 1946 san Josemaría estuvo en Barcelona camino a Roma. El objetivo del viaje era impulsar el camino jurídico del Opus Dei y su expansión por todo el mundo. Pero debido a la guerra sólo se podía llegar a Roma en barco y el fundador padecía una fuerte diabetes, que hacía desaconsejable ese trayecto. En este vídeo Joseph Masabeu, historiador, relata el contexto, los motivos, la preparación, el viaje en barco y los días de san Josemaría en Roma.

Para tu oración Hija y Madre de la misericordia:

Santa María es Hija de Dios y Madre de Dios: genuisti qui te fecit; engendró a Aquel que la había creado, y que la había redimido

Santa María es Hija de Dios y Madre de Dios: genuisti qui te fecit; engendró a Aquel que la había creado, y que la había redimido, ciertamente de un modo especial que la distingue de todo el género humano: «María recibió en su concepción la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su salvador» Ella es por eso la primera Hija de la misericordia de Dios. Y a la vez que Hija, es Madre del Dios de misericordia: por eso la llamamos Mater misericordiæ, Madre de la misericordia. «Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús». San Josemaría nos enseñó que «a Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» Nuestra Madre disuelve la soberbia de nuestros corazones y nos ayuda a hacernos pequeños, para que Dios ponga los ojos en nuestra humildad y nazca Jesús en nosotros. Acudamos a Ella con confianza de hijos, en tantos pequeños detalles de cariño; uno, que San Josemaría aconsejaba a los fieles del Opus Dei, es besar el rosario antes de rezar el Salmo 2, cada martes.


Todas las generaciones la han llamado y la «llamarán bienaventurada», porque «el amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz»[24]: con su Hijo, Santa María sufrió en el Calvario «el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina» La Piedad, como ha venido a llamarse la escena de la Virgen con su Hijo muerto entre los brazos, expresa intensamente esta participación íntima de nuestra Madre en la misericordia de Dios. «Piedad» traduce precisamente el hebreo hesed, uno de los conceptos con los que la Biblia expresa la misericordia de Dios. En la Cruz, despreciado por los hombres, Dios protege más que nunca «a Israel su siervo, recordando su misericordia». Cuando los hombres se olvidan de las misericordias del Señor, Dios las lleva hasta el extremo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo (…). Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas palabras que el Señor decía desde la Cruz a su Madre y a cada uno de nosotros[26], manifiestan «el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que “todo está cumplido” (Jn 19,28)». Nos acogemos a su protección, para que nos haga misericordiosos como el Padre: «Ella agrandará nuestro corazón y nos hará tener entrañas de misericordia»







23 de septiembre de 2026

ELEGIDOS

 


Evangelio (Lc 9,1-6)


Convocó a los doce y les dio poder y potestad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y les dijo:


— No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas. En cualquier casa que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis. Y si nadie os acoge, al salir de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Se marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS convocó a los doce y los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, dándoles poder y potestad sobre todos los demonios y para curar enfermedades (cfr. Lc 9,1-2). Estas breves frases, y los consejos que el Señor les dará sobre el modo en que deberán desempeñar esta misión, nos revelan algunas características del apostolado cristiano.


La primera es la prioridad de la vocación personal. Los apóstoles son escogidos uno a uno para la misión que se les encomendará. Su elección forma parte del misterio divino, pues no se ajusta a criterios humanos como la capacitación o la eficacia. La mayoría eran pescadores sin una gran cultura; el único que quizá tenía más medios humanos y una mejor instrucción era Mateo, pero por su condición de publicano muchos lo consideraban un traidor. Además, con frecuencia los apóstoles tampoco brillaban por su heroísmo moral: como vemos en los evangelios, son ambiciosos, rivalizan entre sí y se comparan de continuo, poseen una fuerte visión humana y les cuesta razonar en términos sobrenaturales. La experiencia de los apóstoles nos recuerda que «todo depende de una llamada gratuita de Dios; Dios nos elige también para servicios que a veces parecen sobrepasar nuestras capacidades o no corresponder a nuestras expectativas; a la llamada recibida como don gratuito es necesario responder gratuitamente»[1].


Los doce partirán a predicar el Reino de Dios no porque sean sabios ni santos, sino porque se saben llamados por Cristo y porque aceptan libremente ser enviados por él. Esa es la convicción que, desde los primeros siglos hasta hoy, ha impulsado a la Iglesia a difundir el Evangelio por el mundo entero: los cristianos se sabían continuadores de la misión de Cristo, llamados y enviados para llevar la salvación a todos los hombres. Por eso el apostolado es algo radicado en la misma identidad del cristiano: por el bautismo, nuestra vida tiene un sentido de misión. No hacemos apostolado como quien cumple un encargo sobreañadido a nuestra condición de cristianos, sino que nuestra identidad más profunda consiste en que «somos apóstoles»[2]: como los primeros doce, hemos sido elegidos para ser enviados.


TRAS HABER manifestado a los doce cuál será su misión, el Señor les da algunos consejos sobre el modo de cumplirla: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (Lc 9,3). Jesús pide a los que envía a la misión apostólica una pobreza tan radical como significativa: la renuncia a una serie de cosas buenas en sí, pero no para ellos en este momento, porque podrían ralentizar o impedir la misión recibida. Esto es lo que caracteriza a la pobreza: una virtud que nos permite centrar nuestra mente y nuestro corazón en lo que es verdaderamente valioso e importante, sin distraernos con lo aparente, vano o accesorio.


En el caso del apostolado, lo verdaderamente esencial es la centralidad de Dios: el Señor nos envía y él actúa en las personas. Nosotros somos instrumentos. Ciertamente, también nuestro papel es importante, pero no lo más central ni lo más decisivo. A diferencia de un instrumento material no somos inertes o pasivos, sino que ponemos en juego libremente todas las cualidades y capacidades que tenemos, así como todos los medios humanos con los que contamos, y el Señor cuenta con que así lo haremos. Pero lo que Jesús subraya con fuerza en el Evangelio es que todo eso, lo que tenemos –sean medios materiales o cualidades humanas–, ocupa un lugar secundario en comparación con nuestra identidad: somos llamados por él y enviados a las almas.


Esta es la convicción que llena el corazón del apóstol, como recordaba san Josemaría a sus hijos en los primeros años del Opus Dei: «No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas para hacer una cosa buena. Eso es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[3]. Precisamente porque pone su confianza en Dios, que es quien lo ha elegido y enviado, el apóstol puede cumplir este mandato divino con libertad personal, con generosidad y con alegría, dispuesto a cualquier sacrificio y moviéndose con esperanza y audacia.


«EN CUALQUIER CASA que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis. Y si nadie os acoge, al salir de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos» (Lc 9,4-5). Así concluye el Señor sus consejos para la misión apostólica. Jesús hace ver que, en ocasiones, el testimonio apostólico de sus enviados será bien acogido y, en cambio, otras veces no lo será. Para este último caso, recomienda a los doce que sacudan el polvo de sus pies: era un gesto gráfico en la cultura semita para mostrar que uno no quería conservar nada, ni siquiera un poco de tierra, del lugar donde le habían rechazado. En nuestro caso, nos ayuda a recordar que no deberíamos dejar que los fracasos o las negativas que cosecharemos al ser apóstoles queden como un peso en nuestro corazón, apagando poco a poco el entusiasmo sobrenatural que nos mueve.


«¿No te comprenden?... –escribía san Josemaría– Él era la Verdad y la Luz, pero tampoco los suyos le comprendieron. –Como tantas veces te he hecho considerar, acuérdate de las palabras del Señor: “no es el discípulo más que el Maestro”»[4]. Jesús es muy realista en su descripción de la vida apostólica. No oculta que esta exige renuncias –para no perder de vista la búsqueda de lo realmente valioso– y que no siempre se ve coronada por el éxito: a sus apóstoles no les faltarán dificultades, tribulaciones e incluso persecuciones (cfr. Lc 28,12-19); no irán por la vida logrando una victoria tras otra, y por eso no deben cifrar su alegría en los resultados inmediatos, sino en la fecundidad sobrenatural de su entrega. Recibirán el ciento por uno y la vida eterna (Mt 19,29) porque, de su testimonio de vida cristiana, de su fidelidad sin reservas a la misión apostólica, el Señor hará surgir una gran cantidad de frutos sobrenaturales, una abundancia que en muchos casos será inconmensurable para las estimaciones solamente humanas.


Podemos pedir a la Virgen María que avive en nuestros corazones un sentido de misión que nos haga ser y comportarnos como los primeros doce, sintiéndonos enviados del Señor y confiando en que él hará fructificar nuestro celo apostólico: «Tú y yo, hijos de Dios, cuando vemos a la gente, tenemos que pensar en las almas: he aquí un alma –hemos de decirnos– que hay que ayudar; un alma que hay que comprender; un alma con la que hay que convivir; un alma que hay que salvar»[5].


22 de septiembre de 2026

Apertura de corazón

 


Evangelio (Lc 8,19-21)


Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron:


— Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.


Él, en respuesta, les dijo:


— Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.



PARA TU RATO DE ORACION

LA FAMA de Jesús se ha extendido ya por toda Galilea. Son muchos los que acuden a él. Algunos le traen enfermos, otros le confían un problema o le piden un consejo. Posiblemente tampoco faltan quienes acercan a sus hijos a Cristo para que los bendiga con su mano. El Señor predica, escucha y responde a preguntas. Se interesa por las personas. No rehúye el dolor, ni la enfermedad, ni la angustia del pueblo. Cada día de Jesús se parece a una hogaza de la que una multitud de manos hambrientas arrancan trozos hasta no dejar nada. Su entrega total en la cruz fue precedida de una donación cotidiana a las personas que le rodeaban.


Un día, mientras Jesús se encontraba en una de esas situaciones, acudieron a verle su Madre y algunos parientes, pero «no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre» (Lc 8,19). Era tal el gentío que se agolpaba en torno al Maestro, que impedía el paso a los recién llegados. Sus discípulos le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Y Cristo les dio una respuesta que, de manera misteriosa, resume el Evangelio que traía a la tierra: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,20-21).


En los rostros de quienes le escuchaban quizá se dibujó un gesto de sorpresa. Sin embargo, Jesús no quiso expresar con estas palabras un distanciamiento con su Madre. En realidad, lo que pone de relieve es su intención de constituir una familia de vínculos sobrenaturales: la Iglesia. Y esta la formarían los hombres y las mujeres que a lo largo de los tiempos iban a acoger su palabra para que fructifique en sus vidas. Como explicaba un escritor medieval: «En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo, vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel»[1].


«MARÍA es la mujer de la escucha. Lo vemos en el encuentro con el ángel y lo volvemos a ver en todas las escenas de su vida, desde las bodas de Caná hasta la cruz y hasta el día de Pentecostés (...). No dice simplemente “sí”, sino que asimila la Palabra, acoge en sí la Palabra»[2]. Cuando pronuncia el Magníficat, por ejemplo, comprobamos que la Madre de Jesús conocía las Escrituras, y no solo de un modo teórico; nos damos cuenta de que «estaba tan identificada con la Palabra, que en su corazón y en sus labios las palabras del Antiguo Testamento se transforman, sintetizadas, en un canto. Vemos que su vida estaba realmente penetrada por la Palabra; había entrado en la Palabra, la había asimilado; así en ella se había convertido en vida»[3].


Escuchar la palabra de Dios no nos aleja de la tierra, sino todo lo contrario: nos introduce de lleno en ella, nos revela la verdadera realidad. «Decir “sí” al Señor es animarse a abrazar la vida como viene, con toda su fragilidad y pequeñez, y hasta muchas veces con todas sus contradicciones»[4]. Por eso, la fidelidad de María «no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada»[5]. Las vidas de todos los santos nos revelan que esa escucha fiel es un tesoro que, después, se derrama en gestos de amor en lo ordinario, que queda así transformado. En María, mujer de la escucha, vemos una vida sin espectáculo externo, mientras lleva a cabo los trabajos propios de una madre de familia de su tiempo; toda la existencia de María está caracterizada por una profunda docilidad al querer divino. Su día a día, al igual que el de su hijo Jesús, está marcado por la alegría de quien ha entrado en la lógica divina: «Contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina»[6]. Sus deseos y sus planes se sitúan dentro de los designios de bondad de su Hijo. Y en ellos, María se mueve con soltura y plena libertad.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba considerar que, en el momento de la Anunciación, la Virgen se encontraba recogida en oración. Muchos pintores han representado así esta escena, añadiendo entre sus manos un libro de las Escrituras. Para ella la lectura de esas páginas no era simplemente recordar eventos de otra época: eran las palabras que el Señor dirigía a ella misma en un determinado momento. «No hay mejor forma de rezar que ponerse como María en una actitud de apertura, con el corazón abierto a Dios: “Señor, lo que tú quieres, cuando tú quieres y como tú quieres”. Es decir, con el corazón abierto a Dios y Dios siempre responde»[7].


Leer las Escrituras con esa apertura de corazón nos llevará a descubrir lo que Dios quiere decirnos hoy y ahora. Como su palabra es siempre viva y eficaz, podemos leer una y otra vez el mismo pasaje con novedad. Escuchar así la palabra de Dios nos llevará, como de la mano, a cumplirla, poniendo al servicio de Dios nuestra libertad, nuestra inteligencia y nuestra amplia capacidad de amar. En realidad, escuchar y cumplir la palabra de Dios son dos cosas inseparables, pues «la palabra de Dios se comprende realmente solo cuando se empieza a practicarla»[8]. Podemos pedir a la Virgen que sepamos meditar las Escrituras con la misma apertura de corazón que marcó su vida.