"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

20 de junio de 2026

DIOS ES SIEMPRE FIEL

 



Evangelio (Mt 6,24-34)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.


Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados.


Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad”.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN PABLO recordaba frecuentemente, cuando se dirigía a los primeros cristianos de Roma, la grandeza del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (...). ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,31.39). El apóstol estaba convencido de que nada podía apartarnos del amor divino, encarnado en Cristo Jesús, porque lo había experimentado personalmente. Y esa confianza en Dios proviene de saber, por la fe, que él es creador providente que nunca nos deja de su mano: su misericordia llena la tierra, su fidelidad alcanza hasta el cielo (cfr. Sal 36,6). Esta misma experiencia interior le hacía exclamar a san Agustín: «Toda mi esperanza estriba sólo en tu gran misericordia»[1].


«Mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. Le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo» (Sal 89,29-30), dice Dios en el salmo. Sorprendentemente, en la liturgia de la palabra este texto acompaña a la narración en la que el reino de Judá abandona el templo para servir a los ídolos: sucedió que el pueblo elegido buscó una seguridad humana, el triunfo temporal, el orgullo del poder por encima de lo que es justo. Finalmente son vencidos por un ejército muy inferior al suyo y abandonados a la deshonra pública.


Nuestro amor a Dios no está condicionado por un triunfo personal o por la llegada de ciertas condiciones al mundo en que vivimos. Recordando las palabras de Cristo, queremos hacer el bien «para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Esa luz que podemos ofrecer es una pequeña estela, una referencia discreta, que Cristo comparó a una pequeña semilla: la de un Dios que buscamos todos y que es misericordia.


JESÚS NOS dice: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24-25). Con esta enseñanza, el Señor nos pone en guardia frente a la posibilidad de dejarnos engañar por el poder aparente del dinero; ese poder que nos hace creer ser dueños de la creación y poseedores de las personas. Así, en realidad, terminamos esclavos de nuestro egoísmo, a cambio de unas pobres baratijas que nos impiden ver la grandeza del amor de Dios.


Podemos pedir a Dios que ilumine nuestro entendimiento para discernir sobre cómo debemos proceder en toda circunstancia: en nuestro trabajo, en la vida familiar, en nuestras aficiones o intereses, de modo que en nuestra vida todo esté orientado a dejarnos amar por Dios. A veces sucederá que nuestra preocupación, sin darnos cuenta, se desvíe por caminos que nos llevan a priorizar la seguridad de lo terreno, también ofrecida por la gloria humana. Por eso Jesús nos recuerda: «No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir (…) ¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?» (Mt 6,30).


Incluso a quienes se dedican con intensidad a actividades apostólicas puede suceder que, por un exceso de interés humano, se desoriente el fin por el que actúan. Decía san Josemaría que «el éxito o el fracaso real de esas labores depende de que, estando humanamente bien hechas, sirvan o no para que tanto los que realizan esas actividades como los que se benefician de ellas, amen a Dios, se sientan hermanos de todos los demás hombres y manifiesten esos sentimientos en un servicio desinteresado a la humanidad»[2]. No podemos servir a varios señores. La vida cristiana, de alguna manera, se puede resumir en un constante purificar nuestra adoración, de manera que se dirija cada vez más a Dios y, solo a través de él, a querer las cosas de la tierra.


NO PODEMOS negar que en el mundo existe también la presencia del mal. «Si sus hijos abandonan mi Ley y no caminan según mis normas –exclama el Señor a través del salmista–, si violan mis preceptos y no guardan mis mandamientos, castigaré con vara sus delitos y con azotes su culpa. Pero no le retiraré mi gracia, ni faltaré a mi fidelidad» (Sal 88,31-34). El conocimiento de Dios que hemos adquirido por la fe nos lleva a confiar siempre en que él nunca nos abandona. «Nuestra fidelidad no es más que una respuesta a la fidelidad de Dios. Dios que es fiel a su palabra, que es fiel a su promesa»[3].


«Los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20)»[4]. Una respuesta de fe es precisamente nuestra actitud optimista, porque sabemos que Dios es el Señor del mundo, es quien tiene todo el poder, y que todo mal puede ser vencido con sobreabundancia de bien.


Algunas circunstancias pueden hacernos dudar de nuestras capacidades y de nuestra disposición; y haremos bien, porque conocemos la debilidad personal. Sin embargo, no cabe dudar de Dios, de su acción poderosa, aunque discreta, ni de sus designios de santidad para cada uno de nosotros. Los apóstoles Pedro y Pablo nos animan a estar firmes en esta convicción: «La fe es base de la fidelidad. No confianza vana en nuestra capacidad humana, sino fe en Dios, que es fundamento de la esperanza (cfr. Heb 11,1)»[5]. El Señor nos dice en el Evangelio: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 30). María se abrió siempre al obrar divino, fue llena de gracia: ese es el secreto para vencer al mal con el bien de Dios.





19 de junio de 2026

TODO ES PARA BIEN

 



Evangelio (Mt 6,19-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!”.


PARA TU RATO DE ORACION 


AL POCO de morir Ajab, las consecuencias de sus malas acciones y de las de su mujer se hicieron sentir dramáticamente. Sus enemigos se conjuraron para dar muerte a su hijo y a todos los supervivientes de su casa. La violencia era tal que superaba las fronteras y se extendía también al reino de Judá: acabaron con el rey Ocozías y con todos sus hermanos. Entonces «Atalía, madre de Ocozías, al ver que su hijo había muerto, se dispuso a exterminar toda la descendencia real» (2 Re 11,1), así podría reinar ella sola en el país.


En medio de toda esta locura, los planes de Dios se van abriendo camino, contando con la colaboración de personas piadosas. Uno de los hijos de Ocozías, recién nacido, fue salvado por una de sus tías que, arriesgando su vida, «lo sustrajo, junto con su nodriza, de entre los hijos del rey a los que iban a dar muerte» (2 Re 11,2). El niño «estuvo seis años escondido con ella en el Templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país» (2 Re 11,3). Así se salvó la dinastía davídica, de la que Dios había prometido que vendría el Mesías.


A veces, ante circunstancias adversas, al notar las consecuencias del pecado en el mundo, podemos sentir la tentación del miedo y del desaliento. «Es normal que sintamos impotencia para modificar el rumbo de la historia. Pero apoyémonos en la fuerza de la oración»[1]. La intimidad con Dios nos ayudará a recordar que «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Es verdad que «ese bien no siempre lo podemos ver de manera inmediata. A veces ni siquiera llegaremos a comprenderlo. El hecho de que procuremos estar cerca de Dios no nos evita los normales cansancios, perplejidades y sufrimientos de la vida; pero esa cercanía nos puede llevar a vivir todo de una manera distinta»[2]. Dios siempre se abre paso, siempre es más fuerte: esta seguridad nos ayuda a abandonar en sus manos las dificultades de nuestra vida.


DESPUÉS de seis años enviaron a buscar a los jefes del pueblo. Una vez reunidos les mostraron al hijo del rey, que había permanecido escondido en el Templo por temor a la reina Atalía. El sacerdote les entregó las lanzas y los escudos de David. Rodeando al hijo del rey, empuñaron las armas y mientras salían todos comenzaron a aplaudir y gritar: «¡Viva el rey!» ( 2 Re 11,12). Y cuenta la Escritura que ese día se podía ver «a todo el pueblo llano entusiasmado, que hacía sonar las trompetas» (2 Re 11,13).


Es una alegría similar a la que tendría lugar con la entrada de Jesús en Jerusalén. Sin embargo, al Señor no siempre le rodeó aquel esplendor. Siendo Rey y Señor del universo, casi siempre se nos presenta débil y necesitado de nuestra ayuda para poder reinar. «Todos percibís en vuestras almas –decía san Josemaría– una alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»[3].


Tal como sucedió muchas veces con el pueblo elegido, Cristo no garantiza el éxito humano, pero asegura una paz y una alegría que solo él puede dar. Su poder no es el de los reyes y grandes de esta tierra. «Es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa»[4]. El reinado de Dios es discreto. Busca un pequeño espacio en nuestras almas donde reinar con su paz.


SOLO hay una persona en Judea que no participa de la alegría del pueblo. Se trata, como es lógico, de Atalía, que cuando «oyó las voces de la guardia y del pueblo (…) y vio al rey (…) y a todo el pueblo llano entusiasmado, que hacía sonar las trompetas, se rasgó las vestiduras y gritó: “¡Traición, traición!”» (2 Re 11,13-14). Creía haber acabado con toda la descendencia real, pero no fue así. Ahora nadie más la seguía. Y ella, que tan lejos había llegado para alcanzar el trono, sale tristemente de escena, ante el alivio del pueblo sobre el que había reinado durante seis años.


Nos puede pasar a veces que, como Atalía, dejemos de saborear la alegría de que Jesús reine en nuestro corazón. Entonces, intentamos colmar ese vacío con cosas que no pueden satisfacernos. El Señor nos advierte de la insensatez de este modo de gastar la vida: «Amontonad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón» (Mt 6, 20-21).


Lleno de tinieblas aparece el corazón de Atalía. Por contraste, el corazón inmaculado de María nos aparece lleno de luz. A ella podemos pedirle que nos ayude «a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de devorarlo todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón (…). Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad»[5].




18 de junio de 2026

SANTOS DE ALTAR

 



Evangelio (Mt 6,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:


Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.


Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«¡QUÉ GLORIOSO fuiste, Elías, con tus prodigios! ¿Quién puede jactarse de ser como tú? ¡Dichosos los que te vieron y los que han muerto en tu amistad» (Sir 48,4.11). El libro del Sirácide canta las alabanzas del «profeta Elías, semejante al fuego, cuya palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1); y también las del profeta Eliseo, pues «apenas fue envuelto Elías en el torbellino, Eliseo fue llenado de su espíritu. En su vida no tembló ante príncipes, y nadie pudo dominarle. No hubo nada que le superase. En vida realizó prodigios, y tras su muerte sus obras fueron maravillosas» (Sir 48,13-15).


Ante ejemplos tan deslumbrantes, podríamos pensar que la verdadera santidad es un ideal lejano, improponible para personas corrientes. Sin embargo, el mismo libro de la Escritura afirma con claridad que «también nosotros alcanzaremos sin duda la vida» (Sir 48,12): albergaremos esa vida sobrenatural, esa vida de Dios que es la santidad. De san Josemaría aprendemos precisamente que «la santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos –comentaba el entonces cardenal Ratzinger–, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas»[1].


Por la misericordia de Dios, cada uno de nosotros formamos parte de esa «gran renovación», de esa «fuerza de bien en el mundo»: hemos sido llamados a ser santos en lo ordinario, pero santos de altar.


DIOS QUIERE hacer cosas grandes a través de nosotros. Para eso solamente nos pide que, «con delicadeza de enamorados»[2], cuidemos nuestra unión con él . Y el secreto para mantener viva esa relación en la que se fragua nuestra santidad es la oración. «El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios (...). No creo en la santidad sin oración (...). Esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada. La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio. En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone»[3].


Jesús nos enseña precisamente cómo es la oración que agrada a Dios: «Al orar, no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así…» (Mt 6,7-9); y nos enseña Jesús las palabras del Padrenuestro, «resumen de todo el Evangelio»[4] y «corazón de las Sagradas Escrituras»[5]. «La oración dominical es la más perfecta de las oraciones –enseña santo Tomás de Aquino. (...) En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad»[6].


Jesús quiere que sintamos muy viva la fuerza de nuestra filiación, lo grande que es el amor de Dios Padre por cada uno de nosotros. Por eso, nos anima a dirigirnos a Dios con confianza de hijos: la conciencia viva de nuestra filiación nos hace estar seguros ante cualquier circunstancia, y nos permite lanzarnos a la aventura.


«TU VIDA –decía san Josemaría– ha de ser oración constante, diálogo continuo con el Señor: ante lo agradable y lo desagradable, ante lo fácil y lo difícil, ante lo ordinario y lo extraordinario... En todas las ocasiones, ha de venir a tu cabeza, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscándole en el centro de tu alma»[7].


Si a veces no sabemos por dónde empezar, nos puede ayudar pensar que a Dios Padre llegamos siempre en unión con Jesucristo, por él y en él. Por eso, nuestra oración puede consistir sencillamente en repetir el nombre de Jesús: «La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua –nos dice el Catecismo–. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en “palabrerías” (Mt 6,7), sino que “conserva la Palabra y fructifica con perseverancia” (cfr. Lc 8,15). Es posible “en todo tiempo” porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús»[8].


Invocar el nombre de Jesús, repetirlo, saborearlo, es una oración bonita y sencilla, que guarda una fuerza insospechada. Por eso, san Josemaría nos animaba: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres»[9]. Santa María fue la primera a la que se anunció el nombre de Jesús, y desde ese mismo momento en que comenzó a llevar a su hijo en su seno, lo repetiría con infinito afecto, como consideraba en su corazón todas las cosas (cfr. Lc 2,19).

17 de junio de 2026

DESCUBRE TU CAMINO DE SANTIDAD

 


Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)


»Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.


»Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.


»Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto.


»Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EL SEÑOR iba a arrebatar a Elías a los cielos en un torbellino» (2 Re 2,1). Era cosa sabida, y allá donde iban, todos decían a Eliseo, que acompañaba al profeta: «¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?» (2 Re 2,3.5). «También yo lo sé. Guardad silencio» (ibid), respondía Eliseo, que no se separaba de su maestro. Un día que marcharon ellos dos solos, «se detuvieron junto al Jordán. Elías se quitó el manto, lo dobló y golpeó las aguas, que se separaron a un lado y a otro; y los dos pasaron por tierra seca. Cuando hubieron pasado dijo Elías a Eliseo: “Pide qué he de hacer por ti antes de que sea arrebatado de tu lado”» (2 Re 7-9).


La separación es inminente. Ahora que Eliseo sabe que el profeta está para marcharse, expresa humildemente el deseo de que aquella presencia no lo abandone completamente: «Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu» (2 Re 2,9). No se atreve a pedirlo todo. Eliseo no pretende ser como su maestro, pero no quiere dejar de contar con aquella fuerza de Dios. Se está bien al lado de los santos, porque de alguna manera nos hacen al Señor más cercano. «Toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida han sido faros para muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado»[1].


«No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios (...). Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante (...). La santidad es el rostro más bello de la Iglesia»[2].


«HAS PEDIDO algo muy difícil –respondió Elías a la petición de Eliseo–. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá» (2 Re 2,10). Continuaron «andando y hablando y, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ambos, y Elías fue arrebatado a los cielos en un torbellino. Eliseo lo veía y gritaba: “¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!”. Y ya no lo vio más. Entonces agarró sus propias vestiduras y las rasgó en dos pedazos» (2 Re 2,11).


La sensación que experimentó Eliseo quizás fue similar a la que experimentaron los discípulos cuando Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, y, salvando las distancias, a la de quienes han vivido junto a personas santas y las han visto partir. Conmueve ver cómo, por ejemplo, quienes conocieron a san Josemaría, han mantenido siempre vivo el dolor de la separación y el recuerdo agradecido de los momentos compartidos. El beato Álvaro, que convivió estrechamente con él tanto años, lo explicaba así: «Nuestro Padre nos había engendrado a la vida sobrenatural de la vocación divina, nos había alimentado con su espíritu, nos formó y nos confirmó en la fe, nos sostuvo con seguridad cuando todo se volvía duda en torno de nosotros, dirigió nuestros pasos, nos dio el calor de su corazón enamorado de Dios, nos consoló en las penas y llenó de alegría nuestro caminar, nos enseñó a querer, injertó nuestra debilidad en su fortaleza haciendo así posible nuestra lealtad. Por eso, porque de tal manera vivíamos de su misma vida y como a sus expensas, cuando el Señor le llamó a su definitiva presencia aquel 26 de junio, por un breve instante a más de uno pudo parecer que todo moría para nosotros»[3]. Solo un breve instante, lo que basta para darse cuenta de que Dios no abandona a los suyos.


Eliseo «recogió el manto de Elías, que se le había caído a este de encima. Volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. Tomó el manto de Elías y golpeó las aguas diciendo: “¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?” Entonces golpeó las aguas, que se retiraron a un lado y a otro, y Eliseo pasó. Cuando los discípulos de los profetas que estaban en frente, en Jericó, lo vieron, exclamaron: “El Espíritu de Elías reposa sobre Eliseo”» (2 Re 2, 13-15). Y Eliseo comenzó su actividad, en continuidad con aquella de su maestro.


LA ACTIVIDAD de Eliseo, aunque no fue tan espectacular como la de Elías, supuso igualmente la manifestación de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Se caracterizó por sus tonos peculiares, como una particular cercanía, especialmente hacia los más necesitados. Aunque Eliseo había pedido dos partes del espíritu de Elías, en realidad sencillamente sucede que el espíritu se manifiesta de manera diferente en cada persona. Como dijo Juan Bautista: Dios «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). «Hay, sí, diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo (...), que distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,4.11).


«Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar»[4]. El Señor nos empuja a asumir sin miedo nuestra personalísima misión en el mundo, impulsándonos en las vidas de los santos. «Se trata de una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»[5].


Nosotros nos insertamos, por la misericordia de Dios, en esta cadena de gracia y generosidad que recorre la historia de la salvación. Podemos pedir, con san Josemaría, «que en cada uno esté el espíritu de María»[6]. Así iremos por el mundo sin miedo, viviendo nuestra personal aventura divina.




16 de junio de 2026

LA ALEGRIA DE TODA CONVERSION


 Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


PARA TU RATO DE ORACION 


«APENAS SUPO Ajab de la muerte de Nabot, se levantó para bajar a la viña y apropiarse de ella» (1 Re 21,16). Entonces Dios envió al profeta Elías, para que hiciese ver al rey la gravedad de su delito: «¡Has asesinado y además has robado! Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también la tuya”. Ajab respondió a Elías: “Enemigo mío, me has descubierto”» (1 Re 21,19-20). En un primer momento, Ajab apenas reacciona, y considera la denuncia de aquel profeta como una cuestión personal. Pero Elías pone enseguida las cosas en su verdadero plano: «Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor». Y ese mal que tú y tu mujer habéis cometido, traerá la desgracia sobre vosotros y sobre todos los de vuestra casa (cf. 1 Re 21, 21-24).


Ajab reconoció la voz del Señor en estas palabras del profeta, así que «rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido» (1 Re 21,27). ¡Qué distinta esta tristeza, de aquella que, antes, le había llevado a hacer el mal! Es el suyo un dolor bueno, que manifiesta arrepentimiento, buena voluntad, que agrada a Dios y le permite volcar su misericordia: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días» (1 Re 21,29).


Conmueve ver la paciencia con la que Dios interviene en la vida de este rey, llena de encuentros y desencuentros. Vemos cómo Dios respeta la libertad de los hombres, y cómo nuestras acciones repercuten, para bien o para mal, en la manera en la cual moldeamos nuestra vida, en las personas que nos rodean y en el mundo. «El juicio de la conciencia lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios»[1].


«HABÉIS OÍDO que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,43-45). Jesús nos anima a aprender de la misericordia de Dios, que descubrimos en el episodio de la viña de Nabot y en tantos otros pasajes de la Escritura. Dios nunca se olvida del hombre, por grande que sea su culpa; busca siempre la conversión de quien yerra, que es la mejor manera de restablecer una justicia más alta. Además, nos anima a cooperar con él en esta tarea que, muchas veces, requiere un cambio de mentalidad por nuestra parte.


«Pienso en quienes están encerrados en la cárcel. Jesús no se ha olvidado de ellos. Poniendo la visita a los encarcelados entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, ante todo, a no erigirnos jueces de nadie. Un cristiano está llamado a hacerse cargo de la otra persona, para que quien se haya equivocado comprenda el mal hecho y vuelva en sí mismo (...). Todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto caer por las mejillas de reclusos que quizás jamás habían llorado en su vida; y esto solo porque se sintieron acogidos y amados»[2].


Estamos llamados a ver a Cristo también en quienes han sido considerados deudores según la justicia humana. San Josemaría, al considerar ese mandato del Señor de encontrarlo en los hambrientos, en los sedientos y en los encarcelados, comentaba que mientras eso no suceda «vives muy lejos de Dios con tu falsa piedad, aunque mucho reces»[3]. Alcanzar esa justicia más alta de Dios, que ansía la conversión de todos porque ama a todos, tiene su inicio en nuestra propia conversión. Es en nuestro interior en donde, empujados por la gracia, podemos dar inicio a esa gran reconciliación.


ESTE DESEAR, con nuestro Padre Dios, la conversión de quien yerra, no se opone al deseo de que se haga justicia. Queremos que desaparezca el mal, y que se anulen sus consecuencias, para que sea restablecida la justicia, pero sin destruir a la persona que lo ha cometido. Seguimos la lógica de Dios, que no quiere «la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11). Movidos por este ejemplo, «hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien»[4].


No es contrario a la misericordia el castigo del mal cometido, que favorece la conversión del que se equivoca. Lo que se opone propiamente a la misericordia es la envidia, esa tristeza por el bien ajeno que revela la mezquindad del corazón[5]. Dios quiere que nos alegremos por la conversión del pecador, como se alegra el pastor que encuentra la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7), o el padre por el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31). ¡Qué maravilla compartir la alegría de Dios por cada pequeño gesto de conversión nuestro o de quienes nos rodean! «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse» (Lc 15, 31).


«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice Jesús hoy en el evangelio. María, que es Espejo de justicia y Madre de misericordia, nos ayudará a tener siempre un corazón grande, capaz de compadecer y de curar, para que se asemeje cada vez más a la perfección del corazón de Dios.

15 de junio de 2026

VERDADERA Y FALSA PRUDENCIS




EVANGELIO  M t 5,38-42


»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.


PARA TU RATO DE ORACION 


POR AQUEL TIEMPO, Ajab, rey de Israel, había salido victorioso de una campaña militar difícil, frente al rey de Siria. Dios, después de guiarlo a través de un profeta, le dio la victoria. Pero una vez obtenida, Ajab decidió actuar por su cuenta, sin contar con Dios. Después de ser recriminado por esta conducta, «el rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado» (1 Re 20,43). No entiende que su desazón se debe a su vivir lejos de Dios, e intenta remediar su tristeza satisfaciendo sus antojos. Después de este episodio, la Sagrada Escritura nos cuenta también que «Nabot tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21, 1-2). Nabot se negó a entregar la heredad de sus padres, como exigía la Ley de Moisés, y, otra vez, «Ajab volvió a su casa triste y enfadado. Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento» (1 Re 21,4). Nuevamente, Ajab no entiende. Le parece incomprensible la conducta de Nabot, hombre recto, que se rige por unas convicciones más profundas, que no están a merced del vaivén de la utilidad o del placer superficiales.


«Nabot era feliz –dice san Ambrosio– porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio»[1]. Nabot aparece como un hombre libre, entero; mientras Ajab, con todo su poder, nos pone delante de los ojos la imagen, que a veces puede ser la nuestra, del hombre que se deja llevar por las circunstancias, sin otro norte que el estado de ánimo o el capricho del momento. «La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por una convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa»[2]. Si era preciosa la viña de Nabot, más lo era su alma. Había cultivado bien su libertad, procurando unirse a Dios con todo su corazón y produciendo como frutos sabrosos las virtudes que hacen feliz al hombre.


¡QUÉ DISTINTAS aparecen las virtudes del hombre justo, especialmente la prudencia, cuando las comparamos con la determinación y la astucia de Jezabel, mujer de Ajab! También ella se avergüenza de la falta de carácter de su marido, así que despliega sus talentos para hacerle alcanzar la viña de Nabot. «Escribió las cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced sentar contra él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: ‘Has maldecido a Dios y al rey’. Entonces sacadlo, apedreadlo y que muera”» (1 Re 21, 8-10). Cuando hubieron cumplido sus órdenes, Jezabel «dijo a Ajab: “Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto”» (1 Re 21, 15).


Llama la atención el carácter de esta mujer que mandó eliminar a los profetas de Israel, hizo temer y puso en fuga al mismo Elías, arrastró a su marido y a todo el pueblo al culto de Baal. Jezabel se mueve con precisión y sangre fría entre los entresijos de la ley, teje una limpia estratagema que le permite perpetrar aquel crimen sin manchar sus manos ni las de su marido. Pero esta injusticia nos enseña que ni su astucia es prudencia, ni su determinación es fortaleza, ni su autodominio es templanza. Cerrada a la verdad de Dios, Jezabel se desentiende de la justicia, y pone sus cualidades al servicio de sus propios caprichos, causando la infelicidad propia y la de quienes la rodean.


Esta prudencia que se desentiende de Dios suele ser conocida como la «prudencia de la carne». Al contrario, «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios. La templanza del prudente no es insensibilidad ni misantropía; su justicia no es dureza; su paciencia no es servilismo»[3].


ANTE UNA conducta como la de Ajab y Jezabel con Nabot, podemos experimentar indignación y desear que se haga justicia. Por eso, nos pueden sorprender las palabras de Jesús en el Evangelio: «No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado» (Mt 5, 39-40.42).


No es necesario suavizar las palabras del Señor. En efecto, Jesús nos anima a vivir con una libertad inmensa, propia de quien tiene en Dios su tesoro, y con él, posee todo. Una persona así está dispuesta a ceder cualquier cosa por el bien de los demás. Y esto no es incompatible con la justicia, esa virtud que se caracteriza, precisamente, por procurar el bien del otro. Nada más lejos de la justicia que esa caricatura que la pinta como una virtud egoísta, preocupada solo por proteger y reivindicar lo propio. La primera palabra de la justicia no es mío, sino tuyo. Santo Tomás de Aquino asegura que es la virtud que nos abre al prójimo y nos hace descubrir en él a una persona, empujándonos a procurar su bien activamente[4].


Nabot era justo porque amaba la ley de Dios, fuente de la más elevada justicia, y la heredad de sus padres, que debía conservar para sus hijos; y las defendió del capricho ilegítimo de un rey. Al final, aunque no parezca a primera vista, salió ganando, «porque es mejor padecer por hacer el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3,13-17). Así exhortaba repetidas veces el apóstol Pedro a los primeros cristianos, poniéndoles siempre como modelo a Jesús, que dio su vida por nosotros. En la muerte de Cristo cobran su pleno sentido la muerte de Nabot y toda injusticia. Santa María, que se formó en la mejor tradición del pueblo de Israel, nos ayudará a tener un corazón sabio, que encuentre en la adhesión a Dios su delicia, y se desborde con los demás en obras de justicia llenas de caridad

14 de junio de 2026

SALVAR TODOS LOS HOMBRES


 Evangelio (Mt 9, 36 - 10,8)


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:


—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.



PARA TU RATO DE ORACION 



CUANDO los israelitas acamparon frente al Sinaí, Moisés comenzó a subir el monte para hablar con Dios. El Señor, que había sido testigo de las dudas y de las dificultades que atravesó Israel tras huir de Egipto, le confirmó la alianza que había establecido con su gente: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Y como muestra de la predilección que sentía por ellos, recordó lo que habían vivido recientemente: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19, 2-6a).


Echando una mirada atrás en nuestra vida, podemos recordar algunos momentos en los que hemos notado especialmente la presencia de Dios; circunstancias en las que su cercanía se nos ha hecho más patente y que quizá nos han llenado de una felicidad inigualable. Esos recuerdos tal vez contrastan con situaciones recientes o actuales. Como el pueblo de Israel, también atravesamos temporadas de desiertos: acontecimientos que nos han cansado o contrariedades que nos han robado la esperanza.


Dios, que conoce esas dificultades, nos invita a dirigir nuestra mirada a su acción salvadora, para confiar en los muchos milagros que ya ha hecho en favor de nosotros, así como en las veces que nos ha liberado, como a Israel, de la esclavitud. «Nos pide que revivamos ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida»[1] . Como el pueblo elegido, necesitamos alimentar nuestra esperanza con la memoria y el recuerdo de la acción de Jesús en nuestra alma. «Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante»[2].


JESÚS vino a la tierra para salvar a todos los hombres. Por eso, no puede evitar compadecerse cuando ve que la gente se encuentra extenuada o abandonada, pues no tiene a nadie a quien acudir. Al Señor le gustaría llegar a cada una de las personas que lo buscan. Con este fin, quiere contar con la mediación de otros pastores que, como él, tengan el deseo de cuidar de las ovejas que se hallan dispersas por todo el mundo. De ahí que se dirija a sus discípulos y les diga: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).


El Señor cuenta con cada uno de nosotros para saciar la sed de Dios de las almas, para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Y es esta una misión que requiere una mirada de compasión, como la que tuvo Jesús: una mirada que no excluye a nadie y que lleva a entregarse con valentía y sin reservas. Cada día podemos transmitir el Evangelio a los demás, principalmente a través de nuestra vida auténtica llena de alegría, de interés, de caridad que acoge la realidad del prójimo. «Desgarra el corazón aquel clamor –¡siempre actual!– del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. –Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?»[3].


CUANDO Cristo envió a los apóstoles para proclamar la llegada del reino de los cielos y realizar curaciones, les dijo: «No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-6). Ciertamente, esto no significaba que solo los judíos pudiesen acoger la Buena Nueva. Más adelante Jesús predicará en Samaría y los gentiles recibirán la fe. Pero el Señor quiso que, en primer lugar, el anuncio de salvación llegara a su pueblo en virtud de la alianza que estableció con él. De este modo, el Israel renovado sería el germen del nuevo pueblo de Dios.


Cristo también nos llama a anunciar el Evangelio en primer lugar a las personas que nos están más cerca: nuestra familia, nuestros amigos y compañeros de trabajo... Dios ha querido que nos santifiquemos y nos salvemos «no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»[4]. Por eso vivimos según el Evangelio cuando procuramos que las personas que nos acompañan en nuestra vida puedan conocer la alegría del mensaje cristiano. «Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana»[5].


Las madres ocupan un lugar especial en toda familia. Ellas no dudan en hacer lo que sea necesario por el bien de sus hijos. La Iglesia es un pueblo que también cuenta con una madre: María. Ella nos ayudará a vivir sin cálculos nuestra misión de apóstoles, sabiendo testimoniar con nuestra propia vida la alegría del Evangelio.