"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

30 de mayo de 2026

LA AUTORIDAD DE JESUS

 



Evangelio (Mc 11,27-33)

En aquel tiempo:

Llegaron de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron:

— ¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado tal potestad para hacerlas?

Jesús les contestó:

— Os voy a hacer una pregunta. Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas: el bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.

Y deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo, replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” Pero ¿vamos a decir que de los hombres?» Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta. Y respondieron a Jesús:

— No lo sabemos.

Entonces Jesús les dijo:

— Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas


PARA TU RATO DE ORACION 


MIENTRAS Jesús paseaba por el Templo, se le acercaron algunas autoridades judías y le preguntaron: «¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado tal potestad para hacerlas?» (Mc 11,28). En efecto, muchos le han visto expulsar demonios, multiplicar panes y resucitar a muertos solo con su palabra. Y no solo eso: también se han dado cuenta de que sus enseñanzas logran congregar multitudes y sintonizar con la gente. Por eso desean conocer con qué potestad realiza semejantes prodigios.


La autoridad de Jesús no es principalmente humana, sino divina: es su Padre Dios quien le ha ungido. Por eso rechaza en todo momento cualquier intento de proclamarlo como rey terrenal, aunque todo le pertenezca. No persigue el éxito o la alabanza cuando obra milagros y enseña: solamente se mueve por el deseo de compartir la amistad divina con cada persona, buscando cumplir así la voluntad de su Padre. Y esta es, de algún modo, la clave de su autoridad.


El estilo del Señor contrasta con el de los escribas y doctores de la Ley. Ellos enseñaban desde la cátedra, pero en muchos casos no se interesaban por la gente. Imponían deberes insoportables, pero no los asumían. «En cambio, la enseñanza de Jesús provoca asombro, movimiento del corazón, porque lo que da autoridad es precisamente la cercanía, y Jesús se acercaba a la gente, y por eso comprendía sus problemas, dolores y pecados»[1]. Los fariseos habían perdido autoridad porque se habían alejado de Dios y de los demás. Podemos pedir al Señor que sepamos cultivar esa doble cercanía con él y con la gente, para que también Dios nos pueda ungir con su autoridad, que se manifiesta en la capacidad de compartir lo más valioso, que es la amistad divina.


LA AUTORIDAD de Jesús no sigue una lógica humana de poder. No se impone, no se hace respetar a través de demostraciones de fuerza, sino que conquista por la delicadeza de su amor. Especialmente para los más cercanos como los apóstoles, el Señor no era solo alguien que realizaba milagros sorprendentes y pronunciaba grandes discursos: era un Maestro que les quería con todo el corazón. Ellos eran testigos del afecto que les manifestaba día a día en forma de pequeños detalles, del tiempo que les dedicaba y, cuando era necesario, de correcciones hechas con cariño. No en vano les diría antes de subir al cielo: «A vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15).


Fue esa confianza, confirmada por el envío del Espíritu Santo en Pentecostés, la que hizo de aquellos hombres columnas de la Iglesia. Jesús entabló con ellos una relación que fue creciendo hasta abrirles de par en par su corazón. Evidentemente, conocería las limitaciones y defectos de cada uno, pero la confianza que depositó en ellos les hizo descubrir sus potencialidades, quizá latentes por sus inseguridades o por miedo al fracaso. Saber que Cristo les había elegido, que les conocía mejor que nadie y que a pesar de todo deseaba confiar en ellos les impulsó a ir adelante en su aventura por todo el mundo, para predicar el Evangelio de Jesús.


«Dios muchas veces se sirve de una amistad auténtica para llevar a cabo su obra salvadora»[2], comenta el prelado del Opus Dei. Cuando hay un clima de confianza, no hay miedo a que alguien vea nuestras debilidades y luchas o conozca nuestras ilusiones y proyectos: quien nos quiere nos ayudará a evitar que nuestros límites se conviertan en barreras. Para construir esa relación, es necesario no quedarse solos, dentro de los límites de nuestra existencia, sino comprender que vale la pena ir al encuentro de quien puede ayudarnos con su amistad. La confianza llama a la confianza, e incluso el riesgo de ser heridos por otra persona no es comparable con la ganancia que supone aprender a querer y a dejarse querer, pues Dios nos asegura su presencia a través de la amistad cristiana.


JESÚS dio el primer paso para ganarse el corazón de los apóstoles. Y ellos respondieron abriéndolo de par en par, compartiendo con él todo lo que tenían dentro. Esta relación del Señor con sus discípulos inspiró a san Josemaría a escribir aquel punto de Camino: «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” –¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”»[3].


A medida que tratamos a una persona nos vamos mostrando tal como somos. Aunque en un primer momento quizá nos refugiamos en unas máscaras, tenderán a desaparecer si la amistad es auténtica y se construye con confianza desde la verdad de cada uno. Algo similar ocurre con Jesús. Él nos ofrece una amistad única y sincera, y a la vez cuenta con nuestra propia libertad para que le dejemos entrar en lo más íntimo y valioso de nuestra alma. Así, poco a poco, con la oración y el trato con él, podemos mostrarle cada ámbito de nuestra vida, tanto aquellos que dan razón de nuestros deseos más nobles como aquellos más complejos y oscuros, que a veces amenazan con derrumbar nuestra esperanza. Jesús siempre responde a nuestra confianza iluminando esa realidad con una mirada llena de optimismo que nos lleva a dar lo mejor de nosotros mismos.


Las madres son expertas en conocer a sus hijos con una admirable certeza y profundidad. Da la impresión de que para ellas no hay máscaras que disimulen el modo de ser o el estado de ánimo de sus hijos. Con su sabiduría, transforman su mirada en palabras que alientan, que ofrecen un camino, que devuelven la confianza con suavidad y ternura. María, nuestra Madre del cielo, sabe cuáles son nuestros miedos y nuestras ilusiones. Ella, como hizo en Caná, nos muestra el camino hacia su Hijo para que le abramos de par en par nuestro corazón.



29 de mayo de 2026

HAMBRE DE SANTIDAD


Evangelio (Mc 11,11-25)


Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce. Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, pero cuando llegó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó:


— Que nunca jamás coma nadie fruto de ti.


Y sus discípulos lo estaban escuchando. Llegaron a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba diciendo:


— ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones.


Lo oyeron los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y buscaban el modo de acabar con él; pues le temían, ya que toda la muchedumbre quedaba admirada de su enseñanza. Y al atardecer salieron de la ciudad. Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado de raíz. Y acordándose Pedro, le dijo:


— Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.


Jesús les contestó:


— Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados.


 PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS de una noche en Betania, Jesús se dirigía a Jerusalén junto a sus discípulos. Cuando estaban de camino, san Mateo cuenta que el Señor comenzó a sentir hambre. San Josemaría agradecía este detalle incluido por el evangelista, pues le ayudaba a amar y a contemplar la humanidad del Señor: «A mí me conmueve siempre Cristo, y particularmente cuando veo que es Hombre verdadero, perfecto, siendo también perfecto Dios, para enseñarnos a aprovechar hasta nuestra indigencia y nuestras naturales debilidades personales, con el fin de ofrecernos enteramente —tal como somos— al Padre, que acepta gustoso ese holocausto»[1].

El Señor, sin embargo, no pudo saciar en aquel momento el hambre que tenía. «Viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, pero cuando llegó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó: “Que nunca jamás coma nadie fruto de ti”» (Mc 11,13-14). Probablemente los apóstoles se sorprendieron al oír estas palabras. Para ellos era evidente que, en aquella época, la higuera no podía dar fruto. «¿Por qué la maldice de este modo?», se preguntarían.

El gesto de Jesús no es simplemente una reprensión al árbol por no saciar su hambre. La higuera simboliza al pueblo de Israel. Dios se ha acercado a él con hambre de encontrar frutos de santidad y de buenas obras, pero parece que no ha encontrado más que prácticas externas, un conjunto de hojas que no dan ningún fruto. «Dios nos ayuda a no caer en una religiosidad egoísta y empresaria. La higuera representa la esterilidad, una vida estéril, incapaz de dar nada. Una vida que no da fruto, incapaz de hacer el bien. Vive para sí, tranquilo, egoísta, no quiere problemas. Y Jesús maldice el árbol de la higuera, porque es estéril, porque no ha hecho lo suyo para dar fruto»[2]. En este rato de oración podemos preguntarnos: ¿puede ofrecer al Señor frutos de correspondencia a su amor paciente, perseverante y magnánimo?


EN CUANTO Jesús llegó a Jerusalén, se dirigió al Templo. Al ver que estaba repleto de compradores y vendedores que negociaban, comenzó a volcar «las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba diciendo: “¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones”» (Mc 11,22-23).

El Templo judío era el lugar donde habitaba Dios. Por eso la reacción de Jesús es tan contundente: quiere defender la casa de su Padre de la insensibilidad de los presentes. Le duele que un lugar llamado a fomentar el encuentro entre Dios y su pueblo se haya convertido en un puesto de comercio. De este modo, lleva a cabo una purificación del Templo, que va más allá de la expulsión de los mercaderes. Jesús ha venido a defender ese espacio de intimidad con Dios, desea hacer visible la cercanía del Padre.

Entonces, el Señor compara el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, revelando así la verdad más profunda sobre sí mismo: la Encarnación, es decir, que él es el Verbo de Dios que puso su morada entre nosotros. En cada cristiano, por tanto, Dios encontrará un nuevo Templo por la participación en la vida de Cristo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). El pecado, en cambio, convierte un lugar tan sagrado como nuestra alma en un espacio para los negocios mundanos. En los sacramentos y en la oración, Jesús puede acudir nuevamente en nuestra ayuda, para desarraigar aquello que en lo más íntimo parece inamovible y que nos resulta difícil de purificar.


AL DÍA siguiente, Jesús y los apóstoles volvieron a pasar por aquel árbol que no había dado fruto. Al ver que se había secado de raíz, Pedro comentó: «Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado». Tal vez el Señor advirtió cierto estupor de los discípulos al presenciar cómo se habían cumplido sus palabras, de ahí que contestara: «Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: “Arráncate y échate al mar”, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido» (Mt 11,22-23).

El Señor está preparando a sus discípulos para la misión que les encomendará cuando él ya no esté: difundir el Evangelio por todo el mundo. Humanamente se trata de una tarea difícil de imaginar y de llevar a cabo: en un primer momento, les pudo causar vértigo. Pero Jesús les asegura que, si tienen fe y confían en el amor de Dios, él mismo les empujará más allá incluso de los cálculos más magnánimos que podrían haber hecho. Y si en algunos momentos las cosas no fueran como ellos se esperaban, en sus corazones podría latir siempre la misma certeza: Dios nunca les abandonará.

Efectivamente, vivir de fe tiene un punto de riesgo, pues supone un salto, confiar un poco menos en las propias certezas para abrazar las seguridades que nos ofrece Dios y que superan lo que podamos imaginar. «La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no solo solicita la eternidad, sino que la otorga»[3]. La Virgen María dio ese salto con su «fiat» a las palabras del ángel. Su vida adquirió entonces un horizonte inimaginable: con su fe, aquella muchacha de Nazaret se convertiría en Madre de Dios y de todos los hombres




28 de mayo de 2026

FRUTO DE LA FE

 



Evangelio (Mc 10,46-52)


En aquel tiempo:


Cuando salía Jesús de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos:


— ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!


Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más:


— ¡Hijo de David, ten piedad de mí!


Se paró Jesús y dijo:


— Llamadle.


Llamaron al ciego diciéndole:


— ¡Ánimo!, levántate, te llama.


Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.


Jesús le preguntó:


— ¿Qué quieres que te haga?


— Rabboni, que vea — le respondió el ciego.


Entonces Jesús le dijo:


— Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino


PARA TU RATO DE ORACION 


AL SALIR Jesús de Jericó, rodeado de sus discípulos y de un buen número de gente, un ciego llamado Bartimeo se encuentra «sentado al lado del camino, pidiendo limosna» (Mc 10,46). Acostumbrado quizá a un ambiente más tranquilo, a Bartimeo le llama la atención el ajetreo que reina en el lugar. No puede ver nada, pero podemos imaginar lo que escucha: el tumulto de la muchedumbre que se acerca, las pisadas en la arena, las quejas de quienes le dicen que deje libre el camino y un sinfín de detalles que ha aprendido a percibir a través del oído a raíz de su ceguera. Aunque se sienta limitado, permanece abierto a la realidad: su corazón es sensible y no deja de buscar. Tras averiguar que el causante de la agitación es Jesús Nazareno, no duda en empezar a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» (Mc 10,47). Reacciona con un clamor que no solo es una petición de misericordia, sino también una confesión: él oyó «Jesús Nazareno», pero lo proclama como «Hijo de David», adelantándose a las aclamaciones de la gente cuando el Señor entraría en Jerusalén. Se comprueba que sus sentidos internos de algún modo estaban preparados para reconocer al Maestro.


Las palabras de Bartimeo, sin embargo, no fueron bien recibidas por los allí presentes: «Muchos le reprendían para que se callara» (Mc 10,48). Desconocemos por qué la gente no quería que abriera la boca. Quizá suponían que aquel ciego lo único que deseaba era algo de limosna, o tal vez creían que el Maestro no tenía tiempo que perder con alguien como él. Pese a todo lo que le reprochaban, Bartimeo no se dejó arrastrar por el ambiente. Sabía que el Mesías esperado estaba pasando por delante de él y no podía dejar escapar esta oportunidad. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: ”Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí?”. ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»[1].


LA REACCIÓN de Jesús debió de sorprender a sus acompañantes: se detuvo y lo mandó llamar. Acaba de oír una súplica llena de fe y quiere hablar con aquel hombre, tenerle cerca, escucharle, saber qué es lo que quiere. Todos sus sentidos se dirigen hacia Bartimeo. Cuando las personas que le rodeaban pretendían hacer callar al ciego, el Señor respondió llamándole: no le molesta que le pidamos ayuda, porque ha venido precisamente para salvarnos, para sanar nuestros sentidos con los suyos.


Mientras tanto, Bartimeo, que no había dejado de gritar, oyó unas palabras que encendieron su esperanza: «¡Ánimo!, levántate, te llama» (Mc 10,49). Su insistencia ha dado ya un primer fruto, y no es el de la curación de su ceguera. «Un temblor se apodera del corazón, porque se da cuenta de que es mirado por la Luz, por esa luz cálida que nos invita a no permanecer encerrados en nuestra oscura ceguera. La presencia cercana de Jesús permite sentir que, lejos de él, nos falta algo importante. Nos hace sentir necesitados de salvación, y esto es el inicio de la curación del corazón»[2].


En cuanto oyó que el Maestro le llamaba, Bartimeo actuó con decisión: «Arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús» (Mc 10, 50). Aquel manto no era solamente la única posesión del ciego: era su casa, el lugar donde se acostaría para pasar la noche o el refugio en el que se protegería del mal tiempo. Pero ante la llamada del Señor supo reconocer lo que verdaderamente importa. «No olvides –comentaba san Josemaría– que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe»[3]. Aunque parezca que Bartimeo estaba cometiendo una locura, al renunciar a lo poco que tenía, en el fondo estaba haciendo lo más sensato: acercarse a aquel que puede devolverle el manto de su humanidad, que había quedado rasgado por su ceguera. En la persona de Jesús, Bartimeo encuentra su nuevo hogar, su nuevo refugio que sanará su humanidad herida. Por la gracia de los sacramentos, el mismo Jesús renueva ese ofrecimiento. En esa mediación de la Iglesia, volvemos a oír estas palabras: «¡Ánimo!, levántate, te llama» (Mc 10,49).


EN CUANTO Bartimeo se encuentra cara a cara con Jesús, el Maestro le pregunta: «¿Qué quieres que te haga?» (Mc 10,51). La fe del ciego podía haber vacilado en varios momentos de su vida y quizá aún era débil, sin saberlo bien. «Es evidente lo que quiero –podía haber pensado–. Si este hombre es el Mesías debería de saberlo…». Pero Bartimeo no se hace esos problemas y responde con sencillez: «Rabboni, que vea» (Mc 10,51).


Jesucristo escucha la petición del ciego y no la rechaza. Había deseado acoger su debilidad, pero con más intensidad parece que deseaba recibir ese acto de fe en su capacidad para curarle y en reconocer quién era. «Entonces le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado”. Y al instante recobró la vista» (Mc 10,52). Con estas palabras, Jesús interpreta con autoridad la conducta de Bartimeo y ofrece una enseñanza a quienes contemplan la escena. La perseverancia de Bartimeo en la oración –incluso ante el rechazo de los demás–, así como su prontitud para obedecer a la llamada y su desprendimiento de todo lo que posee, no eran consecuencia de un carácter irreflexivo, de ambiciones personales o de afán de protagonismo, sino de su fe. Una fe que habría ido arraigando poco a poco en su corazón tras haber escuchado acerca de Jesús. Quién sabe si ya habría gritado por dentro para clamar por su curación. En cualquier caso, la fe que le movió a pedir con insistencia y a superar las dificultades, tras ser reforzada por la acción de Cristo, lo lleva además a transformarse en un discípulo: «Y le seguía por el camino» (Mc 10,52), concluye el relato.


El Evangelio no nos vuelve a hablar de este personaje. Podemos suponer que ya no estaría al borde del camino pidiendo limosnas, sino que saldría al paso de la gente para contarles lo que había significado en su vida ese encuentro con Jesús. Si antes no podía callar cuando sabía que el Mesías estaba cerca, ¿qué no haría después de haber sido llamado y curado por el Maestro? La Virgen María nos ayudará a acercarnos a su Hijo con la fe de Bartimeo para que le pidamos la luz y la fuerza para seguirle por el camino.



27 de mayo de 2026

SERVIAM !




 Evangelio (Mc 10, 32-45)


Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:


-Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará.


Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole:


—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.


Él les dijo:


—¿Qué queréis que os haga?


Y ellos le contestaron:


—Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.


Y Jesús les dijo:


—No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?


—Podemos -le dijeron ellos.


Jesús les dijo:


—Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.


Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo:


—Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.


PARA TU RATO DE ORACION 


PROBABLEMENTE uno de los episodios más desconcertantes para los apóstoles fue el anuncio de la Pasión por parte de Jesús. No entendían por qué el Maestro, que realizaba grandes milagros y movía a las gentes, decía de sí mismo que sería entregado a los sumos sacerdotes, azotado y condenado a muerte (cfr. Mc 10,32-45). Quizá algunos lo considerarían un sinsentido: «¿Por qué Jesús anticipa algo tan terrible? Si sabe que va a ocurrir esto, ¿por qué no se las ingenia para esquivar ese trágico fin?». Estas preguntas también nos las hacemos nosotros cuando experimentamos el desgarro del dolor, ya sea físico, espiritual o una mezcla de ambos. Efectivamente, muchas veces no comprendemos por qué Dios permite que ocurran desgracias en el mundo y en nuestra propia vida. Y podemos considerar, como los apóstoles, que lo lógico sería que el Señor hiciera todo lo posible para que no tuvieran lugar.


No hay una respuesta que pueda satisfacer plenamente estas preguntas: el sentido del dolor siempre permanecerá, en buena medida, un misterio. Sin embargo, podemos dirigir nuestra mirada a la Pasión, como aprendemos de los santos. Quizá hubiese sido más lógico que Dios, para redimirnos del pecado, hubiese hecho una demostración de fuerza para acabar con las injusticias y el mal. Sin embargo, lo hizo a través del fracaso de la cruz: «Permite que el mal se ensañe con él y lo carga sobre sí para vencerlo»[1]. Y justo cuando todo parecía perdido, cuando ya habían pasado tres días de su muerte, Dios interviene y resucita a su Hijo. La semilla de la salvación arraiga según los tiempos y los modos de la providencia. «Jesús, que eligió pasar por esta senda, nos llama a seguirlo por su mismo camino de humillación. Cuando en ciertos momentos de la vida no encontramos algún camino de salida para nuestras dificultades, cuando precipitamos en la oscuridad más densa, es el momento de nuestra humillación y despojo total, la hora en la que experimentamos que somos frágiles y pecadores. Es precisamente entonces, en ese momento, que no debemos ocultar nuestro fracaso, sino abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús»[2].


EL ANUNCIO de la Pasión contrasta con los deseos de los apóstoles. Jesús habla de dolor y de derrota. En cambio, Santiago y Juan se acercan a él y le piden: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,35). Sin embargo, el Señor no les reprocha esas aspiraciones. Es más, puede ser comprensible querer imaginar que incluso sintió cierta satisfacción, pues de algún modo los dos hermanos habían entendido que no hay mayor ambición que la de pasar toda la vida junto a él. Pero al mismo tiempo les replica: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10,38). Jesús tiene paciencia y dialoga con los apóstoles para que vayan entendiendo cada vez mejor la vida que les espera al seguir su camino. No todo va a ser tan sencillo como en aquellos momentos. Ante los constantes milagros y el entusiasmo de la gente, quizá podían pensar que nada malo les podría ocurrir. Por eso el Señor corrige el planteamiento de los discípulos: en un mundo marcado por el pecado y por el influjo de las fuerzas del diablo, no hay gloria sin cruz.


Santiago y Juan contestan sin dudar a la pregunta de Cristo: «Podemos» (Mc 10,39). Probablemente no serían del todo conscientes de lo que acababan de decir. Como un enamorado, se sentirían capaces de realizar las locuras que sean necesarias con tal de alcanzar el amor que daba sentido a sus vidas. Y Jesús, en efecto, reconoce que será así: «Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado» (Mc 10,39). Aunque en algunos momentos los apóstoles no sean fieles, e incluso cedan a las insidias del maligno, al final terminarán bebiendo ese cáliz y darán su vida por el Evangelio. Aunque la oscuridad tenga su hora en la existencia humana, el Señor vence a la muerte y es señor de la historia. «No es presunción afirmar possumus! –decía san Josemaría–. Jesucristo nos enseña este camino divino y nos pide que lo emprendamos, porque él lo ha hecho humano y asequible a nuestra flaqueza. Por eso se ha abajado tanto»[3]. Jesús no solo nos da ejemplo, sino que nos acompaña en todo momento y nos da su gracia para que, como los apóstoles, podamos beber el cáliz que nos lleva a acceder a las fuentes de la gloria.


LOS OTROS apóstoles se indignaron ante la pregunta de Santiago y Juan. Tal vez algunos les reprocharon que se preocuparan de buscar la gloria cuando Jesús apenas había anunciado su condena a muerte. Pero es posible que otros sintieran otro tipo de indignación, la de sentir que a otros les vaya mejor, pues quizá también ambicionaban un puesto cercano al Maestro en la gloria, y esos dos se estaban anticipando. Jesús, conociendo estos pensamientos, reunió a todos y les dijo: «Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos» (Mc 10,44).


El Señor rompió así los esquemas de los apóstoles. La grandeza no viene dada por el poder ni por el reconocimiento, sino por el deseo de servir y por su efectiva realización. El criterio por el que alguien es grande a ojos de Dios no es por su capacidad de influir o de dominar, sino por el amor con el que trata a los demás y que se concreta en el servicio. Esta es la lógica que hace de nuestra existencia un signo de la belleza y de la alegría de vivir junto a Jesús: emplear los talentos que él nos ha dado para hacer felices a quienes nos rodean. Por tanto, podemos pensar: ¿en qué medida aquello que realizo es expresión –en la motivación o en el modo de hacerlo– de un gesto de caridad, de servicio?


Don Álvaro del Portillo recordaba en una ocasión un aspecto de la vida de san Josemaría: «¡Cuántas veces he oído decir al Padre: “Mi orgullo es servir!”. Este orgullo de servir a los demás –alma sacerdotal– nos lo ha inculcado el Padre de mil modos diferentes: con su predicación constante, y con innumerables hechos concretos, grandes y pequeños; como el de no dejarse ayudar en las cosas de cada día, repitiendo las palabras de Jesús: “Non veni ministrari, sed ministrare” (no he venido a ser servido, sino a servir); o el de hacer grabar o escribir, en lápidas o en pantallas: “Para servir, servir”»[4]. La Virgen María también tuvo ese orgullo de servir –«He aquí la esclava del Señor»– que le llevó a ser feliz y a conquistar al mismo Dios: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,47-48).



26 de mayo de 2026

La alegría de dar

 



Evangelio (Mc 10, 28-31)


Comenzó Pedro a decirle:


—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.


Jesús respondió:


—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros


PARA TU RATO DE ORACION 


EL DESENLACE del encuentro con el joven rico quizás dejó tocado el ánimo de los apóstoles. Pero aquel suceso da ocasión a Jesús para exponer el sentido y el valor del desprendimiento. Cristo necesita discípulos ligeros de equipaje para que sean movidos por el Espíritu Santo, discípulos con el corazón dispuesto a dejarse llenar por él; porque, como dice santa Teresa de Calcuta, «ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón que ya está lleno»[1]. La misión apostólica reclama una delicada libertad de corazón.


«En verdad os digo –empezó diciendo Jesús– que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna» (Mc 10,29-30). Los apóstoles quedaron pensativos al escuchar al Maestro. Han visto, durante el tiempo que llevan con él, lo que supone la pobreza del Señor, que no tiene ni siquiera un lugar «donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Son testigos de que Dios «siendo rico se hizo pobre» (2 Co 8,9).


«La riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura (...). Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo»[2].


«EL SANTO es precisamente aquel hombre, aquella mujer que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirlo»[3]. Podríamos pensar que para Pedro y para varios de los apóstoles, ese «todo» al que han renunciado no eran demasiadas cosas: una barca vieja, una casa sencilla, y poco más. Sin embargo, comenta san Gregorio Magno, «ha dejado mucho el que ha abandonado todo, lo mismo si es poca cosa»[4]. Además, lo hicieron con prontitud. No se sentaron a calcular los pros y los contras, porque no era lo importante.


Pero, en realidad, dejarlo «todo» supone sobre todo reorientar lo más interior, los propios sentimientos, la voluntad, las decisiones sobre el futuro, los planes e ideas. Eso es lo que verdaderamente cuenta, lo que constituye la verdadera ligereza para caminar con Dios; y eso es lo que hicieron aquellos primeros discípulos. «Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo»[5].


Dejarlo todo supone aceptar la invitación de Jesús para llenarnos cada vez más de su vida divina. «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres»[6]. Ese abandono no es una negación de nuestras características personales o de nuestros buenos anhelos: es, más bien, llenarnos de Dios, permitir que él toque con su Evangelio cada aspecto de nuestra vida.


EL PREMIO QUE ofrece Cristo a la entrega de los apóstoles –cien veces más y la vida eterna– supera absolutamente lo que ellos podían imaginar. Así lo había anunciado el libro de la Sabiduría: «El Señor dio a los santos la recompensa de sus trabajos, guiándolos por un camino de maravilla, y fue para ellos sombra en el día y luz de estrellas en la noche» (Sab 10,17).


«Este “cien veces más” está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se reencuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: “Hay más dicha en dar que en recibir” (cf. Hch 20, 35) (...). Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa»[7].


«Si somos nosotros un poquito generosos –decía san Josemaría–, el Señor nos gana siempre: nos da mucho más de lo que nosotros le damos. Siempre salimos ganando; es una carta que se puede jugar bien»[8]. Y acudía a la intercesión de santa María: «Pido a la Madre de Dios que nos sepa sonreír, que nos quiera sonreír, y nos sonreirá. Y, además, multiplicará en la tierra vuestra generosidad con el mil por uno. No sólo el ciento por uno: ¡el mil por uno!»[9].

25 de mayo de 2026

Madre de la Iglesia

 



EVANGELIO san Juan 19, 25-34

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».


Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».


Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.


Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed».


Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.


Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.


Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.



PARA TU RATO DE ORACION 


Es éste uno de los pasajes más comentados del Evangelio, por lo que resulta difícil añadir uno más. Sin pretender ser originales, podríamos subrayar dos aspectos:

—El verbo “estar”, traducción del verbo latino “stare” empleado por la Vulgata. Su significado es mucho más importante que una sencilla precisión material, para indicar la posición. Quiere decir que nuestra Madre estaba junto a la Cruz por una decisión personal, totalmente voluntaria. Sin limitarse a soportar algo desagradable que le ha sido impuesto casi por la fuerza.

—San Juan habla de la “Cruz de Jesús”, en realidad una precisión inútil, puesto que ninguna confusión con las cruces de los dos ladrones era posible. Lo que quiere decir que, detrás, hay una intención espiritual. Se trata de la Cruz de Jesús, nuestro Salvador, la fuente de todas las gracias. Así el evangelista insiste en la contribución personalísima de la Virgen María en la obra de la Redención.

Por esta razón, sin duda, la Iglesia ha escogido este pasaje para la memoria que celebramos hoy, la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. Como complemento para meditar el texto del Evangelio previsto para la misa, puede ayudarnos leer de nuevo algunas ideas del Decreto correspondiente de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

El documento subraya perfectamente la conveniencia de la institución de esta nueva memoria: “El Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año”.

Por consiguiente, tratemos de incrementar este sentido “materno” en las relaciones con los demás, sintiéndonos instrumentos entre las manos de Dios y de su Madre, que ejercen en parte por medio nuestro su paternidad y su maternidad. Y no dudemos en rezar con frecuencia la jaculatoria que forma parte de las letanías de Loreto: Mater Ecclesiæ, ora pro ea, ora pro nobis! Sobre todo, si algunos acontecimientos o comentarios nos entristecen o nos preocupan.

Ni a la Virgen ni a Juan los llama por su nombre. María es la nueva Eva que, en unión con el nuevo Adán y subordinada a Él, está llamada a prestar su mediación materna en la obra de la redención. Y el evangelista se encuentra allí en calidad de discípulo fiel, como representante de todos los que había de creer en Jesucristo hasta el fin de los siglos. Las palabras del Señor —palabras de Dios y, por tanto, palabras creadoras como las del principio del mundo— realizan lo que significan. Desde ese momento, María es constituida Madre de todos los que vendrían a la Iglesia: Mater Ecclesiæ , como la llamó Pablo VI al finalizar el Concilio Vaticano II. Sus entrañas fructificaron en una nueva maternidad: espiritual, pero verdadera; y dolorosa, porque en aquellos momentos se cumplía a la letra la profecía del anciano Simeón: una espada te traspasará el alma ( Lc 2, 35).

También en el corazón del discípulo se abrió paso en ese mismo momento la conciencia de una filiación —verdadera, real— que le hacía hermano de Jesús e hijo de su misma Madre. Por eso añade: y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa ( Jn 19, 27); es decir, la introdujo en el espacio de su vida interior, le dio acogida —como verdadera Madre— entre sus bienes más preciados. Desde ese instante, y hasta el momento de la Dormición de la Santísima Virgen, Juan no se separó jamás de Ella.

Sólo después de la entrega del discípulo a la Madre, y de la Madre al discípulo, podía Jesús decir que todo está consumado, como refiere expresamente San Juan. Luego, tras manifestar su sed —sed de almas—, para que se cumpliese la Escritura, Jesús clamó con gran voz: consummatum est! , todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu ( Jn 19, 30).





24 de mayo de 2026

PENTECOSTES

 



Evangelio (Jn 20, 19-23)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».



PARA TU RATO DE ORACION 


EN LA FIESTA de Pentecostés se podría decir que termina la misión de Jesús en la tierra y comienza la nuestra, alentados, impulsados y sostenidos por su mismo Espíritu. Recibimos su misma misión, la que el Padre ha encomendado a su Hijo. «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21). Nos llenamos de agradecimiento por semejante don y deseamos que el fuego que ardía en el corazón de Jesucristo no se extinga, sino que provoque en nosotros el incendio que él ha soñado y querido. Esas pequeñas llamas que han aparecido en las cabezas de los apóstoles, y en nuestras almas, queremos que se propaguen hasta el último rincón de la tierra. Nos ilusiona ser cooperadores de los planes divinos para llenar el mundo del calor que el Salvador vino a regalarnos.

Para esa misión no estamos solos, contamos con una ayuda insuperable. Jesús nos lo había prometido diciendo que no nos dejaría huérfanos y lo ha cumplido (Jn 14,18). «El Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador»[1].

Puede ser que algunas veces sintamos esa orfandad, pero no queremos que nos paralice, sabemos que es parte de la cizaña que el diablo intenta sembrar entre el trigo bueno del amor al que somos llamados. Sentirla y percibirla no significa pactar con ella, sino que puede ser precisamente el estímulo para volver a considerar, con la ayuda del Espíritu Santo, que somos hijos muy queridos. Con san Josemaría queremos introducirnos en esta fuente interminable de gracia: «La gloria, para mí, es el amor, es Jesús, y, con él, el Padre –mi Padre– y el Espíritu Santo –mi Santificador–»[2]. En esa intimidad acompañada de la Trinidad tienen cabida y solución nuestros temores y angustias.


LA PRIMERA vez que echamos a andar solos, quizá desde los brazos de nuestro padre a los de nuestra madre, no sabíamos cómo acabaría todo, ni lo habíamos hecho nunca antes. Tenerlos cerca, delante y detrás, era suficiente. Cuando recibimos el abrazo de ambos como premio a nuestra hazaña, nos dimos cuenta de que arriesgarse era maravilloso. Podemos pedir que el Espíritu sea capaz de inflamar nuestra voluntad para que, de una manera similar, vibremos con los deseos divinos de sembrar el mundo de paz y de alegría. La oración es el lugar privilegiado para escuchar su voz y hacerle caso lanzándonos a esa andadura divina. La oración «es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con él en el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abbà (cf. Rm 8,15; Gal 4,6); y esto no es solo un “modo de decir”, sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de Dios. “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14)»[3].

A veces podemos tener la tentación, tal vez inconsciente, de vivir como si Dios se alejara de nosotros por nuestros pecados o nuestras traiciones. Sin embargo, él nos sorprende una y mil veces con su reacción ante nuestra fragilidad. «Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia»[4].


EL ESPÍRITU Santo quiere llenarnos de fuerza para que podamos disfrutar de la misión que nos encomienda. San Josemaría nos muestra lo dañino que puede ser no tener los cimientos sólidos de esta gracia divina: «El ataque a la fe tira el edificio espiritual. Desconcierta la tentación contra la esperanza. Pero esa malvada seguridad de que Dios no me ama y que no le amo es la que aniquila y, aun fisiológicamente, deja vacío el corazón»[5].

Afortunadamente, la solución está al alcance de todos: «En este día, aprendemos qué hacer cuando necesitamos un cambio verdadero. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Sobre todo cuando estamos hundidos, cuando estamos cansados por el peso de la vida, cuando nuestras debilidades nos oprimen, cuando avanzar es difícil y amar parece imposible. Entonces necesitamos un fuerte “reconstituyente”: es él, la fuerza de Dios; es él que, como profesamos en el “Credo”, “da la vida”. Qué bien nos vendrá asumir cada día este reconstituyente de vida. Decir, cuando despertamos: “Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, ven a mi jornada”»[6].

Santa Teresita de Lisieux relataba el día de su Confirmación: «¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo... (...). Por fin, llegó el momento feliz. No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte Horeb»[7]. Nosotros también queremos tener el oído atento para que el Consolador nos cuente las maravillas a las que nos llama y para las que hemos sido creados.

«“No os dejaré huérfanos”. Hoy, fiesta de Pentecostés, estas palabras de Jesús nos hacen pensar también en la presencia maternal de María en el cenáculo. La Madre de Jesús está en medio de la comunidad de los discípulos, reunida en oración: es memoria viva del Hijo e invocación viva del Espíritu Santo. Es la Madre de la Iglesia. A su intercesión confiamos de manera particular a todos los cristianos, a las familias y las comunidades, que en este momento tienen más necesidad de la fuerza del Espíritu Paráclito, Defensor y Consolador, Espíritu de verdad, de libertad y de paz»[8].