"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de octubre de 2026

SI YO FUERA RICO

 


Evangelio (Lc 12, 13-21)

En aquel tiempo, le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».

Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.

Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.

Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.

Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios»


PARA TU RATO DE ORACION 


EL MODO de ser de Jesús, cálido y cercano, hace que quienes le rodean puedan entrar rápidamente en confianza con él. Es fácil acercarse al Maestro y plantearle, sin muchos rodeos, cualquier dificultad. Muchos llegan al Señor con grandes interrogantes; otros, en cambio, le plantean problemas más cotidianos con el fin de obtener orientación o consuelo. En todo caso, el Hijo de Dios atiende cada súplica con el deseo de dar luz a esa persona necesitada.

San Lucas nos habla de una petición que alguien dirigió al Señor de modo directo y confiado: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo» (Lc 12,13). Desde un punto de vista humano puede ser comprensible el ruego de este hombre. No conocemos los pormenores de la disputa, ni quién de los implicados llevaba más razón; el caso es que esa persona se halla en una situación complicada, que le agobia, y busca en Dios una solución. Y Jesús responde: «¿Quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros?» (Lc 12,14).

Con su respuesta, el Señor no busca desentenderse de nuestras preocupaciones. Más bien nos señala dónde está el origen de la resolución de los problemas y cómo establecer en nuestros hogares –contando con nuestra libertad– el reino de Dios. Jesús viene a liberarnos de nuestros pecados y a darnos su gracia; y, al mismo tiempo, parece dejar en nuestras manos la orientación de muchos aspectos de nuestra vida, como vemos en otras ocasiones –«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Lc 20,25)–. De este modo, nos muestra que «la oración no es un calmante para aliviar las ansiedades de la vida; o, de todos modos, una oración de este tipo no es seguramente cristiana. Más bien la oración responsabiliza a cada uno de nosotros»[1].


JESÚS aprovecha el ruego que le dirige esta persona para invitar a quienes le escuchan a vivir desprendidos de los bienes materiales: «Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee» (Lc 12,15). Y a continuación el Señor narra una parábola protagonizada por un terrateniente acaudalado, poseedor de tierras que le proporcionaron grandes cosechas. Este propietario toma la decisión de poner al resguardo todo el grano cosechado en nuevos graneros, para vivir luego cómodamente. Sin embargo, Dios le hace ver a ese hombre que esa misma noche dejará este mundo, y le hace considerar la insensatez de haberse preocupado demasiado por los bienes de aquí abajo, desatendiendo en cambio los bienes que valen la pena. El destino de aquella persona habría sido bien distinto si hubiera recordado que todos esos medios eran en verdad ocasión de amar a Dios. «Honra al Señor con tu hacienda y con las primicias de todas tus ganancias. Así se llenarán tus graneros de abundancia y tus lagares rebosarán de mosto» (Pr 3, 9-10).

El Señor no censura la posesión de riquezas, ni la prudente preocupación por las situaciones terrenas. Pero Jesús desea que nuestro corazón no quede aprisionado en esos bienes, pues solo pueden darnos una alegría relativa y superficial. Así lo hacía notar san Josemaría: «Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo –he sido testigo de verdaderas tragedias– pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento»[2]. En cambio, el desprendimiento nos permite alzar la mirada y tomar distancia de lo que nos parece indispensable. De este modo, podemos ver, por encima de todo, los dones que el Señor nos tiene preparados: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; sentid las cosas de arriba, no las de la tierra» (Col 3,1-2).


EL DESPRENDIMIENTO crea en nosotros la capacidad de descubrir los bienes que valen la pena. Esto fue lo que supo apreciar Abraham, y que san Pablo hizo notar en su Carta a los Romanos: «Ante la promesa de Dios no titubeó con incredulidad, sino que fue fortalecido por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que él es poderoso para cumplir lo que había prometido» (Rm 4, 20-21). No hay nada más inmaterial y menos inmediato que una promesa. Pero esto fue lo que Dios le dio a Abraham. No le proporcionó en el mismo momento una tierra o una descendencia, ni tampoco una gran fuente de riquezas, sino una promesa. El patrimonio de Abraham es casi netamente inmaterial y, al mismo tiempo, no cabe pensar en ninguna riqueza mayor: además de que el Señor cuidó a Abraham a lo largo de su vida y se hizo muy cercano a su familia, a la vuelta de los siglos esa tierra y esa descendencia serán una realidad que superará con creces cualquier posibilidad de la imaginación.

El desprendimiento nos brinda la posibilidad de percibir esos bienes inmateriales con los que Dios quiere hacernos verdaderamente ricos, como hizo con Abraham y como ha hecho con tantos santos. Son dones que no hace falta esperar al cielo para disfrutarlos, sino que con frecuencia podemos ya degustarlos tanto en el hoy de nuestra vida como a la vuelta de los meses o años: la cercanía que nos ofrece Dios en los sacramentos, el amor que nos brinda nuestra familia y nuestros amigos, la alegría que experimentamos cuando servimos a los demás, la satisfacción que sentimos por un trabajo bien hecho que hemos santificado… En todo podemos descubrir la discreta manera de bendecirnos que suele tener la providencia de Dios. «Querría grabar a fuego en vuestras mentes –comentaba san Josemaría– que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y él proveerá. Creedme que solo así nos conduciremos como señores de la Creación»[3]. La Virgen María, que puso su felicidad en la promesa de que sería Madre de Dios, nos podrá ayudar a descubrir las verdaderas riquezas que el Señor nos tiene preparadas.


[1] Francisco, Audiencia, 21-X-2020.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 118.

[3] Ibíd., n. 116

18 de octubre de 2026

Dad al César lo que es del César

Evangelio (Mt 22, 15-21)

Entonces los fariseos se retiraron y se pusieron de acuerdo para ver cómo podían cazarle en alguna palabra. Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran:

—Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. Dinos, por tanto, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?

Conociendo Jesús su malicia, respondió:

—¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo.

Y ellos le mostraron un denario.

Él les dijo:

—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

—Del César —contestaron.

Entonces les dijo:

—Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Al oírlo se quedaron admirados, lo dejaron y se fueron.



PARA TU RATO DE ORACION 


 LOS JEFES del pueblo de Israel llevan varios días intentando descubrir alguna incoherencia en las palabras de Jesús. En esta ocasión, le plantean una pregunta que, según ellos, exigiría una toma de partido radical: «¿Es lícito dar tributo al César, o no?» (Mt 22,17). Vale la pena recordar que para el pueblo judío no era nada cómodo ser parte del imperio romano; no solo por razones políticas, sino también religiosas, pues el culto que se le daba al emperador era una afrenta al Dios de Israel. Por eso, le ponen al Señor delante de esta cuestión que, aparentemente, no tiene escapatoria: si afirma que es lícito, sería considerado un traidor entre los de su propio pueblo; si declara que no lo es, entonces podrían acusarle de rebelión ante las autoridades romanas.


Con su respuesta, Jesús se sitúa por encima de la polémica: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Por un lado, recuerda las obligaciones de todo ciudadano ante el Estado: admite que se debe pagar el tributo, ya que la imagen presente en la moneda es del César. Sin embargo, también señala la responsabilidad de todo hombre ante Dios, pues en nuestro corazón y en nuestra alma está impresa la imagen divina. El dilema que pretenden plantear los jefes de Israel, por tanto, es solo aparente.


San Josemaría, en este mismo sentido, recordaba con frecuencia que «no hay –no existe– una contraposición entre el servicio a Dios y el servicio a los hombres; entre el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los religiosos; entre el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la patria celeste»[1]. Sucede, en realidad, lo contrario: los dos ámbitos, cuando son vividos de manera ordenada, se alimentan mutuamente. Dar gloria a Dios nos llevará a cuidar del mundo que ha salido de sus manos y que nos ha dado en heredad; al mismo tiempo, al trabajar por un mundo más justo, codo a codo con los demás ciudadanos, es en donde nos podemos unir al trabajo de Dios.


«AL CÉSAR lo que es del César». San Josemaría repetía con frecuencia que los cristianos trabajamos en este mundo con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. En este sentido, señalaba a sus hijos que «cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios»[2]. En los deberes y en las obligaciones con la sociedad el cristiano encuentra su camino de santidad; estamos llamados a contribuir con nuestro trabajo a que el mundo sea un lugar mejor, a vivificar con la luz de Cristo todos los ambientes y profesiones de la tierra.


«Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Cor 3,22-23), explicaba san Pablo. «Ante esta realidad –escribió el prelado del Opus Dei– nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo»[3]. Muchas personas, a causa de las situaciones de guerra y pobreza en diversos lugares, atraviesan momentos de sufrimiento y de gran necesidad. Las palabras de san Pablo son una invitación a hacer nuestros los retos del mundo, empezando por aquellos que tenemos más a la mano: una situación familiar dolorosa, un conflicto laboral, la fatiga que supone alentar a otros en un proyecto que se encalla, u otras tantas situaciones que forman parte de nuestro horizonte inmediato.


Todos podemos contribuir a aliviar los problemas de nuestro tiempo y de nuestro entorno. Por la comunión de los santos, sabemos que podemos sostenernos mutuamente a través de la oración y de los sacramentos. Además, con nuestros propios talentos podemos pasar a la acción y mejorar, en la medida de nuestras posibilidades, la vida de las personas necesitadas que pasan a nuestro lado. «En medio de crisis y tempestades, el Señor nos interpela y nos invita a despertar y activar esta solidaridad capaz de dar solidez, apoyo y un sentido a estas horas en las que todo parece naufragar. Que la creatividad del Espíritu Santo pueda animarnos a generar nuevas formas de hospitalidad familiar, de fraternidad fecunda y de solidaridad universal»[4].


«A DIOS lo que es de Dios». Después de recordar la licitud de pagar el tributo al César, Jesús subraya una realidad mucho más profunda: somos de Dios. Las relaciones que entablamos en una sociedad son importantes, forman parte de nuestra personalidad y de las alegrías y afanes de la vida. Pero el Señor recuerda que, más profundamente, hemos sido creados a imagen divina. «Si en las monedas romanas estaba impresa la imagen del César y por eso a él se le debían dar, en el corazón del hombre está la huella del Creador, único Señor de nuestra vida. Por tanto, la auténtica laicidad no es prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que precisamente esta dimensión, radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la conciencia humana sabe acoger y realizar»[5].


Es Dios quien nos ha dado todo lo que somos. Por eso podemos vivir nuestro día a día «en el reconocimiento de nuestra pertenencia fundamental y en el reconocimiento de corazón hacia nuestro Padre, que crea a cada uno de nosotros de forma singular, irrepetible, pero siempre según la imagen de su Hijo amado»[6]. Sabernos dependientes de Dios no nos hace menos humanos, ni debilita nuestras relaciones, más bien nos desvela otra realidad: al sabernos hijos queridísimos del Creador descubrimos nuestra dignidad más alta, lo que nos lleva a comprendernos como hermanos. Además, los cristianos, cuando nos comprometemos con las realidades terrenas, estamos restituyendo a Dios lo que le pertenece: así podemos mirar siempre con esperanza el futuro y responder con empuje a los desafíos de nuestro tiempo. Podemos pedir a la Virgen María que, con la ayuda de Dios, hagamos del mundo un lugar mejor, tal como ella lo hizo en su hogar y en Nazaret.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 165.


[2] San Josemaría, Amar al mundo apasionadamente.


[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 19-III-2022, n. 7.


[4] Francisco, Audiencia, 2-IX-2020.


[5] Benedicto XVI, Audiencia, 17-IX-2008.


[6] Francisco, Ángelus, 22-X-2017.

17 de octubre de 2026

CUANDO SURGE LA INCOMPRENSION



Evangelio (Lc 12, 8-12)

Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.

Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir



PARA TU RATO DE ORACION 


HABLAR en público sobre el cariño hacia una persona no es solamente una manifestación exterior de ese amor, sino que también lo profundiza. Cuando una relación en vistas a un posible matrimonio, por ejemplo, se hace pública, significa que el cariño entre esas dos personas ha comenzado a formar parte de la propia identidad. Es como si se quisiera decir: «Si me conoces a mí, necesariamente vas a conocer a la persona que amo». O, dicho de otro modo: «No me puedes conocer verdaderamente si no sabes de esa persona que ha cambiado mi vida».


San Josemaría siempre enseñó que el apostolado es una «superabundancia de la vida interior»[1]. Si Jesús es la persona más importante de nuestra vida, es lógico que lo demos a conocer de forma natural entre nuestros familiares y amigos. Sin embargo, también se podría decir algo similar, pero al revés: la vida interior se profundiza a través de nuestro empeño apostólico. En la medida en que hacemos pública nuestra relación personal con Cristo, crece también el amor que sentimos por él y, por lo tanto, la vida interior se hace más madura. Por eso, Jesús nos dice: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios» (Lc 12,8). El lenguaje judicial que utiliza el Señor pone de manifiesto esta idea: si actuamos en todo momento como testigos de su amor, tampoco él tendrá reparos en dar testimonio de nosotros. Porque cuando el amor se manifiesta exteriormente, se afianza la relación, y uno siempre está dispuesto a interceder por el otro.


De ahí que, como predicó el fundador del Opus Dei, una vida de santidad se traduzca en el deseo de que las personas que nos rodean conozcan a Cristo: «Agradece al Señor la continua delicadeza, paternal y maternal, con que te trata. Tú, que siempre soñaste con grandes aventuras, te has comprometido en una empresa estupenda..., que te lleva a la santidad. Insisto: agradéceselo a Dios, con una vida de apostolado»[2].


SER TESTIGOS de Cristo en la vida pública es una vocación que nos llena de felicidad. Esa realidad puede estar acompañada de momentos realmente complicados para nuestra vida, sobre todo cuando las personas que nos rodean pueden hacernos cuestionar nuestra propia identidad, al tener –en parte– estilos de vida un poco distintos. San Josemaría hacía referencia a esta inquietud que le manifestaba un estudiante cuando escribía: «“Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?”, me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido»[3].


Como es lógico, a través del apostolado no se busca sembrar división. No podemos olvidar que la verdad de nuestra religión se basa en el amor de una persona: Jesucristo. Pero sabemos que, además, nuestro testimonio cristiano puede despertar en ocasiones ciertas incomprensiones entre quienes nos rodean, pues el seguimiento de Cristo es el seguimiento de una persona que no deja indiferente y que, por tanto, para nosotros tampoco está exento de inconvenientes. Por eso, cuando vivimos auténticamente nuestra vocación apostólica, expresamos de forma clara que Jesucristo tiene prioridad en nuestras vidas, especialmente cuando nuestro apostolado significa correr algunos riesgos. A veces, por ejemplo, ciertas conductas u opiniones sobre asuntos morales que se desprenden de creer en Cristo pueden despertar la crítica o la risa de otras personas, o nos puede dificultar una decisión, y eso puede llevarnos a sentir una cierta soledad, como si nadie nos comprendiera. Precisamente en esos momentos es alentador acordarse de la promesa de Jesús: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios» (Lc 12,8). Nunca estamos solos cuando somos testigos de Cristo. En él podemos encontrar el afecto que a veces extrañamos en un ambiente que no nos comprende.


En esos momentos de mayor dificultad, san Josemaría nos invitaba a no olvidarnos de nuestra filiación divina: «¡Persuádete!, si quieres –como Dios te oye, te ama, te promete la gloria–, tú, protegido por la mano omnipotente de tu Padre del Cielo, puedes ser una persona llena de fortaleza, dispuesta a dar testimonio en todas partes de su amable doctrina verdadera»[4].


«CUANDO os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir» (Lc 12,11-12). Estas palabras de Jesús nos regalan una gran confianza para aquellos momentos en los que dar testimonio de nuestra fe puede resultar más difícil. Por supuesto, esto no quita que sea necesario meditar sobre las palabras que queremos utilizar, o preguntarnos sobre lo que los oyentes son capaces de comprender. Sin embargo, todo eso lo hacemos con el convencimiento de que es el Espíritu Santo quien guía nuestras palabras.


La acción del Espíritu Santo no consiste en una especie de magia, como si en algunos momentos perdiéramos el control de nuestras palabras y, de pronto, nos pusiéramos a hablar en contra de nuestra voluntad. El Espíritu Santo es el amor entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto, en la medida en que busquemos tratar en todo momento al Paráclito, habitualmente seremos capaces también de conocer lo que lleva Jesús en su corazón y podremos comunicarlo a todos los que nos rodean. El amor siempre une los corazones de quienes se aman, de tal forma que se puede intuir los pensamientos y sentimientos del otro. El Espíritu Santo nos ayuda a ser verdaderos representantes de Cristo en nuestro decir y obrar, porque conocemos los movimientos interiores de su corazón misericordioso.


«Pidamos al Señor que nos dé esta conciencia de que no se puede ser cristianos sin caminar con el Espíritu Santo, sin actuar con el Espíritu Santo, sin dejar que el Espíritu Santo sea el protagonista de nuestra vida»[5]. Ninguna criatura ha seguido con tanta fidelidad este itinerario espiritual como la Virgen María. Podemos pedir a ella que nos regale un gran amor apostólico hacia su Hijo, que se fortalece en el trato con el Espíritu Santo.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 239.


[2] San Josemaría, Surco, n. 184.


[3] San Josemaría, Camino, n. 380.


[4] San Josemaría, Forja, n. 463.


[5] Francisco, Homilía, 30-IV-2019.

16 de octubre de 2026

SOMOS HIJOS DE DIOS


 Evangelio (Lc 12, 1-7)

En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros, comenzó a decir sobre todo a sus discípulos:

—Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados.

»A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. Os enseñaré a quién tenéis que temer: temed al que después de dar muerte tiene potestad para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos queda olvidado ante Dios. Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA DE AQUELLAS predicaciones multitudinarias, en las que se agolpaban junto a Jesús miles de personas, el Señor les advirtió a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía» (Lc 12,1). Los fariseos, efectivamente, eran como «sepulcros blanqueados», que se ven bonitos por fuera pero por dentro solo contienen muerte. Con su manera de comportarse, escondían la verdad o la camuflaban con dobles intenciones. Sus acciones estaban contaminadas de orgullo, ya que vivían más preocupados de impresionar a los demás que de servirles.

Después de ponerles en guardia frente al peligro de la hipocresía y la astucia, el Maestro invitó a sus discípulos a vivir continuamente en la verdad: «Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados» (Lc 12,2-3). Jesús, que se llama a sí mismo «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), nos indica la verdadera senda para alcanzar el Reino de Dios: abrazar la verdad es la manera de encontrar el amor, es la vía a través de la cual nos encaminamos hacia la verdadera libertad. Sin verdad no hay camino, ni tampoco vida. Por el contrario, buscando la verdad llegamos a encontrar la fe y el amor, porque en definitiva la verdad es una persona: el mismo Jesucristo.

Viviendo como hijos de Dios, mostrando su amor a los demás, damos testimonio de esa verdad que encarnó Jesús. «Preguntémonos: ¿qué verdad atestiguan las obras de nosotros cristianos, nuestras palabras, nuestras elecciones? (...) Los cristianos no somos hombres y mujeres excepcionales. Sino que somos hijos del Padre celestial, el que es bueno y no nos decepciona y pone en su corazón el amor por los hermanos. Esta verdad no se dice tanto con los discursos, es un modo de existir, un modo de vivir y se ve en cada obra»[1].


CUANDO a san Josemaría le preguntaban cuál era su virtud humana preferida, la respuesta era siempre la misma: la sinceridad. En sus escritos abundan las referencias a esta virtud, a la que sitúa en el centro del desarrollo espiritual de un cristiano que quiera seguir a Cristo en medio del mundo. Así, por ejemplo, escribe: «Me has pedido una sugerencia para vencer en tus batallas diarias, y te he contestado: al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. –¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[2].

En el Evangelio encontramos a muchas personas que, después de confiar a Jesús sus miedos y fragilidades, hallaron un renovado impulso en sus propias vidas. En el acompañamiento espiritual tenemos un hermano que, caminando a nuestro lado, nos ayuda a conocernos mejor, tratando de arrojar un poco de luz sobre las cosas que nos ocurren para que descubramos lo que el Señor está tratando de decirnos.

En la dirección espiritual, la sinceridad no se refiere solamente a contar las cosas que han salido mal. Esa apertura del alma está relacionada también con la manifestación de nuestros afectos y deseos más profundos. Para ello, en primer lugar, es necesaria la sinceridad con uno mismo. Descubrir esa dimensión interior sobre las realidades que nos alegran y nos entristecen nos proporciona un valioso conocimiento, pues nos indican dónde está nuestro corazón. Y esto «requiere la capacidad de detenerse, de “apagar el piloto automático”, para adquirir conciencia sobre nuestra forma de hacer, sobre los sentimientos que nos habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin darnos cuenta»[3].


LA SINCERIDAD de vida es compatible con los errores y defectos, pues nos mueve a no ocultarlos y a luchar por rectificarlos. Esta sencillez tenía para san Josemaría una profunda raíz evangélica: «Mira: los apóstoles, con todas sus miserias patentes e innegables, eran sinceros, sencillos..., transparentes. Tú también tienes miserias patentes e innegables. –Ojalá no te falte sencillez»[4].

El fundador del Opus Dei dedicó una de sus Cartas a hablar sobre la humildad en la vida espiritual. En ella animaba a sus hijos a reconocer que tenían los pies de barro y a no tener miedo de las debilidades que pudieran experimentar. «No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad. Es una pelea constante. Militia est vita hominis super terram. Pero la paz está justamente en la guerra. ¡La paz es consecuencia de la victoria!»[5].

Añadía, además, dónde podíamos encontrar los cimientos sobre los que fundamentar nuestra lucha por la santidad. «Para nosotros la roca es esta: piedad, filiación divina, abandono en las manos de Dios, sinceridad y tener la cabeza en la constante realidad de la vida ordinaria: “Te amo Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi refugio y mi libertador” (Sal 18,2-3)»[6]. Al sentirnos hijos, sabemos que Dios nos acompaña siempre y está pendiente de lo que necesitamos. Y junto a él se encuentra nuestra Madre, a quien podemos pedir ayuda para vivir con esa seguridad de hijos amados.


[1] Francisco, Audiencia, 14-XI-2018.

[2] San Josemaría, Forja, n. 126.

[3] Francisco, Audiencia, 5-X-2022.

[4] San Josemaría, Camino, n. 932.

[5] San Josemaría, Carta 2, n. 10.

[6] Ibíd., n. 7.

15 de octubre de 2026

HUMILDAD ESTE ES EL CAMINO

 


Evangelio (Lc 11,47-54)

»¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo». Sí, os lo aseguro: se le pedirán cuentas a esta generación.

»¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría! Vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido.

Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con furia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, acechándole para cazarle en alguna palabra.


PARA TU RATO DE ORACION 


TANTO LUCAS como Mateo recogen en sus evangelios el célebre discurso de los «ayes», en el que el Señor recrimina a los escribas y fariseos la incoherencia de sus vidas. El Maestro les acusa con dureza porque estaban más preocupados de aparentar que de vivir de acuerdo con la verdad. «¡Ay de vosotros, los doctores de la ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis! ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! (...) ¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia» (Lc 11, 46-47.52).


Lejos de ablandar sus corazones, las palabras que escuchan de labios de Jesucristo les llevan «a atacarle con furia» (Lc 11,53). Ciertamente, el Señor les ha hablado con severidad. Sin embargo, si hubieran mirado con un poco de valentía y sinceridad en su interior, se habrían dado cuenta de que las acusaciones de Jesús eran justas. La humildad, en cambio, permite aceptar la corrección y ponernos en marcha hacia la conversión que el Señor nos pide. Ese es «el camino que nos conduce a Dios y, al mismo tiempo, precisamente porque nos conduce a él, nos lleva también a lo esencial de la vida, a su significado más verdadero, al motivo más fiable por el que la vida vale la pena ser vivida. Solo la humildad nos abre a la experiencia de la verdad, de la alegría auténtica, del conocimiento que cuenta. Sin humildad estamos aislados (...) de la comprensión de Dios, de la compresión de nosotros mismos»[1].


En otros pasajes del Evangelio vemos cómo a Jesús le conmueve la sencillez de los niños que se le acercan y que aún no han aprendido a mentir; la debilidad de los leprosos que le piden ser curados sin dejarse atar por el que dirán; la honradez de los que preguntan porque desean conocer la verdad. El Maestro aprecia la autenticidad y la honradez. Por eso, en otra ocasión, predicará: «Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”; “no, no”. Lo que exceda de esto, viene del maligno» (Mt 5,37).


LA INCLINACIÓN a justificarse de los fariseos y escribas es tan vieja como el mismo hombre. Cuando Dios se extraña al ver el vestido de hojas que Adán se ha puesto y le pregunta si ha comido del árbol, el primer hombre se excusa: «La mujer que me diste, ella me dio del árbol, y comí» (Gen 3,12). Su reacción es echarle la culpa a Eva, para tranquilizar así su conciencia ante lo que acababa de suceder.


Cuenta don Javier Echevarría que san Josemaria «luchó siempre contra todo tipo de excusas que frenan el cumplimiento del deber, aunque no supongan una ofensa grave al Señor. (...) En esos detalles se demuestra el amor. Por eso, rechazaba radicalmente cinco razonamientos, que no dudaba en calificar de diablos: es que, pensé que, creí que, mañana, después»[2]. El deseo de tener un corazón atento, que vigila, lleva a escuchar la voz de Dios en todas esas pequeñas luchas.


El examen de conciencia es un medio que nos ayuda a conocernos mejor y a reconocer las llamadas que Dios nos dirige cada día. Si en ocasiones nos damos cuenta de que no hemos sabido corresponder, en ese momento podemos pedir al Señor la gracia de recomenzar al día siguiente. Como decía san Josemaría: «Nuestra vida –la de los cristianos– ha de ser así de vulgar: procurar hacer bien, todos los días, las mismas cosas que tenemos obligación de vivir; realizar en el mundo nuestra misión divina, cumpliendo el pequeño deber de cada instante. –Mejor: esforzándonos por cumplirlo, porque a veces no lo conseguiremos y, al venir la noche, en el examen, tendremos que decir al Señor: no te ofrezco virtudes; hoy solo puedo ofrecerte defectos, pero –con tu gracia– llegaré a llamarme vencedor»[3].


LA LLAMADA y el seguimiento de Cristo están íntimamente conectados con la necesidad de examinarnos en el amor de Dios. En la oración necesitamos enfrentarnos a nuestras debilidades, sin miedo, mediante un examen de conciencia sincero, que nos permita poner nombre y apellidos a lo que nos pasa. El beato Álvaro, en una de sus primeras cartas pastorales, aconsejaba «hacer a conciencia el examen de conciencia»[4]. En otras palabras, animaba a sus hijos a ser valientes para mirar en el interior del corazón, yendo hasta el fondo, para encontrar las causas de las debilidades.


Este empeño por conocernos mejor nos podrá ayudar a crecer en libertad, pues de este modo descubrimos la continua mirada y acción del Señor en nuestra existencia, que nos impulsa a vivir con autenticidad. En cambio, «el olvido de la presencia de Dios en nuestra vida va a la par que la ignorancia sobre nosotros mismos, la ignorancia sobre las características de nuestra personalidad y sobre nuestros deseos más profundos»[5]. En este examen podemos reavivar los ideales que queremos que nos muevan y pedir su gracia a Dios para que nos ayude a vivir según nuestra vocación. De este modo, podremos acompañar de cerca al Señor, sin quedar atrapados por lo que nos aparta de él. Cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles, ellos, «abandonando todas las cosas, ¡todo!, le siguieron... Y sucede algunas veces que nosotros –que deseamos imitarles– no acabamos de abandonar todo, y nos queda un apego en el corazón, un error en nuestra vida, que no queremos cortar, para ofrecérselo al Señor. –¿Harás el examen de tu corazón bien a fondo? –No ha de quedar nada ahí, que no sea de él; si no, no le amamos bien, ni tú ni yo»[6].


La Virgen María supo dirigir sus afectos hacia la misión que el ángel le había anunciado: ser la Madre de Dios. Desde aquel día toda su vida, incluso los más pequeños detalles, giraría en torno a esa vocación. Ella nos podrá ayudar a que también nuestra entera jornada sea expresión del amor que tenemos a su Hijo, y que se extiende a las personas que nos rodean.


[1] Francisco, Audiencia, 22-XII-2021.


[2] Javier Echevarría, Memoria del beato Josemaría.


[3] San Josemaría, Forja, n. 616.


[4] Beato Alvaro del Portillo, Carta 8-XII-1976, n. 8.


[5] Francisco, Audiencia, 5-X-2022.


[6] San Josemaría, Forja, n. 356.



14 de octubre de 2026

BUSCAR A DIOS EN EL DIA A DIA

 


Evangelio (Lc 11,42-46)

«Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!

¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las sinagogas y que os saluden en las plazas!

¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!

Entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica:

—Maestro, diciendo tales cosas nos ofendes también a nosotros.

Pero él dijo:

—¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis!».



PARA TU RATO DE ORACION 



CON FRECUENCIA Jesús era invitado a comer en las casas de personas muy diversas: acudía al hogar de sus discípulos y de sus amigos; participaba en los banquetes que le organizaban como muestra de agradecimiento, como es el caso del publicano Zaqueo; incluso, comía con los dirigentes del pueblo cuando se lo pedían. En una ocasión, cuenta san Lucas, Jesús aceptó la invitación de un conocido fariseo. El anfitrión, al ver que el Señor se sentó a la mesa sin haber respetado la costumbre de lavarse las manos, se incomodó. Probablemente, el resto de comensales también se dieron cuenta y criticaron interiormente la actitud del Maestro.

El texto no explicita si ese gesto del Señor lo realizó pensando en ofrecer una enseñanza. Lo que nos cuenta el evangelista es que Jesús aprovechó la situación para transmitir un mensaje a los allí presentes: que a los ojos de Dios lo trascendente no es solo lo externo –«lo de fuera»–, sino también «lo de dentro», es decir, las razones que mueven el corazón (Lc 11,40). «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!» (Lc 11,42). El tono de sus palabras es duro. Jesús les acusa de hipocresía y desenmascara su engañosa conducta. Porque algunos fariseos estaban más pendientes de aparentar externamente que de vivir conforme a la verdad. Andaban tan empecinados por la literalidad de la ley que se olvidaban del espíritu que la animaba.

En cierto sentido, la actitud de los fariseos también puede darse hoy en día. Algo similar ocurre cuando vivimos nuestros compromisos diarios con Dios y con los demás de manera fría y automática. Quizá sabemos que es algo que hay que hacer, pero no terminamos de intuir su verdadero valor. Es entonces cuando tal vez el motor que inspira esas acciones es la inercia, el deseo de quedar bien o simplemente el miedo a lo que pueda ocurrir si las omitimos. Dios no solo quiere que cumplamos con lo establecido, sino sobre todo que lo hagamos por amor. «Ama y haz lo que quieras», enseñaba san Agustín. Y continuaba diciendo: «Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos»[1].


ALGUNOS fariseos no reconocían la acción de Dios en las obras de Jesús. Frente a la sencillez y naturalidad con la que el Señor actuaba, esos fariseos vivían pendientes de una multitud de pequeños preceptos que debían realizar escrupulosamente, convencidos de que así agradaban a Dios, mientras descuidaban la rectitud de su corazón y la caridad con los demás hombres. En la enseñanza de Cristo, por el contrario, el secreto de la justicia no se detiene principalmente en la importancia o en la perfección material de lo que se lleva a cabo, como en el amor que lleva a hacerlo de la mejor manera posible. «¡Todo por amor!»[2], repetía san Josemaría, porque «todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece»[3]. Así, no hay trabajos o tareas de poco relieve, pues la importancia radica en el amor con que se realizan.

Refiriéndose a la santificación del trabajo, predicaba en una ocasión el fundador del Opus Dei: «Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la rutina: servid a Nuestro Padre Dios»[4]. De esta manera, nos resultará natural y necesario preguntarnos, en especial cuando examinamos nuestra conciencia, por los motivos que nos empujan a comportarnos de una determinada manera: ¿qué me mueve a realizar esta acción concreta: el amor a Dios y a los demás o mi propia satisfacción personal?

Limitarse simplemente a respetar unas reglas acaba fácilmente convirtiéndose en un peso. De algún modo esto es lo que le ocurrió al hermano mayor del hijo pródigo. A pesar de que parecía que hacía muchas cosas bien –no se alejaba de su padre, trabajaba con esmero en la finca…–, no disfrutaba de la vida que llevaba; incluso podemos intuir que envidiaba la decisión de su hermano y las diversiones que habría tenido. Por eso es necesario buscar sinceramente el bien de los mandamientos divinos y de aquello que nace como fruto de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos: esto es algo liberador, que nos permite saborear lo que es realmente valioso. Porque no solo importa lo que hago, sino también el bien que persigo cuando lo hago. La vida es un viaje en el que vamos purificando poco a poco nuestras intenciones y vamos adentrándonos en adquirir los bienes mejores, rectificando la dirección al percatarnos que el rumbo se ha torcido. Y así, luchando por elegir lo que es mejor para nosotros, crecerá el deseo de amar a Dios sobre todas las cosas.


EN EL TRATO con Dios, el cristiano necesita proteger unos tiempos y un orden en la propia vida para que las demás realidades del mundo no sofoquen lo que es esencial y lo que en realidad da sentido al resto. Planificar y tener unas prioridades es, al fin y al cabo, lo que procuramos realizar con cualquier actividad que nos interesa: cuidar a nuestra familia, crecer en un aspecto profesional, mantener las amistades, descansar y estar en buena forma física... De lo contrario, es fácil que las prisas y las urgencias del día a día nos arrastren, hasta el punto de alejarnos de los bienes que deseábamos cuidar. Al conjunto de prácticas de piedad que componen la jornada de un cristiano san Josemaría lo llamaba plan de vida. Se trata de momentos que permiten descubrir que «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[5] en medio del trabajo y de las demás actividades. Por eso, el plan de vida responde a la necesidad del alma «de buscar a Dios, de encontrarle y de tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario»[6].

San Josemaría prevenía a las personas de la Obra para que ese plan de vida no se transformara en un programa agarrotado y tieso, cuya realización fuera un fin en sí mismo. Por el contrario, sus contenidos, decía, «no han de convertir­se en normas rígidas, como compartimentos estancos; señalan un itine­rario flexible, acomodado a tu condición de hombre que vive en medio de la calle, con un trabajo profesional intenso, y con unos deberes y rela­ciones sociales que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con Dios. Tu plan de vida ha de ser como ese guante de goma que se adapta con perfección a la mano que lo usa»[7]. Se entiende entonces que el cumplimiento de ese plan no tiene como objetivo un mero «cumplo y miento»[8], no es algo que haya que hacer y tachar para quedarnos tranquilos: son medios que nos abren a Dios y a las necesidades del prójimo. Podemos acudir a la intercesión de la Virgen María para que nos ayude a obrar en todo momento por amor, con el deseo de identificarnos con su Hijo.


[1] San Agustín, Homilías sobre la 1 Jn (homilía séptima), n. 8.

[2] San Josemaría, Camino, n. 813: «Hacedlo todo por Amor (...) La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo».

[3] San Josemaría, Camino, n. 429.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios (Trabajo de Dios), n. 68.

[5] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, 2000, p. 114.

[6] San Josemaría, Carta 3, n. 13.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 149.

[8] Beato Álvaro del Portillo, Carta 15-IX-1975, n. 8.

13 de octubre de 2026

Nosotros somos lo que deseamos.

 



Evangelio (Lc 11,37-41)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo:

— Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro, y así todo será puro para vosotros.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS se encuentra en casa de un fariseo. Cuando se pone a la mesa, el anfitrión se extraña al ver que el Señor no se ha lavado antes de la comida. Y el Maestro, conociendo a dónde se dirigían sus pensamientos, le dice: «Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro?» (Lc 11,39-40).

El Señor no condenó la práctica de lavarse. Lo que pretendió transmitir fue más bien que, por encima de las apariencias, cuenta realmente el espíritu con que se realizan las buenas obras. «Les decía que solo se ocupaban de las cosas externas, y despreciaban como ajenas las interiores, porque ignoraban que lo que se hacía con el cuerpo había que hacerlo también con el alma»[1].

En este sentido, la santidad no consiste en ir incorporando cada vez más y más obras buenas en nuestra vida. Para que realmente sean buenas, es necesario que estas vayan acompañadas de una interioridad que se adhiera sinceramente a ese bien; es decir, que desarrollemos una actitud que lleva a reflexionar sobre las razones de nuestro obrar, de modo que nuestras acciones tengan una raíz sana y tiendan además hacia un bien valioso, aunque aparentemente el resultado no sea nítido en un primer momento. Por ejemplo, luchar por no enfadarse para evitar problemas y para que nadie disturbe nuestra paz puede movernos hasta cierto punto y puede tener un origen en parte egoísta. En cambio, si lo que nos impulsa es el deseo de ser personas que reaccionan serenamente para preservar la caridad y unidad en un grupo, nos ilusionará luchar en el día a día, aunque en ocasiones nos veamos un tanto gruñones, susceptibles o rencorosos. Con el tiempo y la gracia de Dios, nuestro esfuerzo por ser sinceramente mansos irá abriendo paso a nuevos ideales, como el de llegar a una edad avanzada siendo personas encantadoras, que transmiten alegría y comprensión.


SAN JOSEMARÍA solía considerar la virtud de la castidad como una «afirmación gozosa»[2]. Un planteamiento así contrasta con el de quien pone un excesivo énfasis en el no, como si la virtud consistiera simplemente en no hacer, no pensar o no mirar. Nuevamente, la buena acción requiere una buena tierra en la que arraigar: necesita un buen deseo, una intención noble que la impulse. La castidad es, por tanto, un sí al amor, porque es el amor lo que la hace valiosa y le confiere su sentido. Naturalmente, se ha de decir no a ciertos actos o actitudes que le son contrarios y que toda persona sensata percibe precisamente como negaciones del amor. Pero, a pesar de requerir algunos noes, la castidad es una realidad eminentemente positiva.

En esta lucha, como con cualquiera otra virtud, a veces será necesario actuar contra la inclinación, y entonces quizá los noes estarán más presentes. Sin embargo, la experiencia cristiana muestra la importancia de recordar que ese no es el objetivo; se trata solo de un paso que, si no va seguido de otros, formará solamente la capacidad de frenarse, de reprimir nuestra voluntad. Ordenar la tendencia a la belleza y al placer significa integrar la castidad en el bien de la persona: conocer los propios anhelos, purificarlos e integrarlos hasta conferir unidad a nuestra vida, de modo que los deseos y, en general, nuestra sensibilidad, sean cada vez más acordes con nuestra identidad y la refuercen. Un corazón impuro es un corazón fragmentado, sin rumbo; un corazón puro, en cambio, es un corazón que ha aprendido progresivamente a unificar, a dar una dirección armoniosa a las distintas dimensiones de la vida.

Por eso, al fundador del Opus Dei le gustaba considerar los frutos de una vida templada, de una que no está atada a las cosas que brillan pero que no tienen valor. «Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios. La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[3].


A VECES podemos percibir en nuestra vida algunos afectos contrarios a nuestra identidad. Darnos cuenta de esta realidad es el primer paso para reorientar nuestros deseos hacia lo que nos hace verdaderamente felices. Ignorar o despreciar esta valiosa información que nos ofrecen las pasiones y los sentimientos puede acabar produciendo la división de la que habla el Señor: una copa perfectamente limpia por fuera, pero sucia por dentro; muchas obras buenas, pero un corazón que quizá no disfruta del todo con la vida que está llevando. En ocasiones, esa purificación que Jesús nos pide no será tanto corregir un determinado comportamiento externo, sino redirigir los deseos latentes que se hallan en nuestro corazón; deseos que pueden manifestarse en ilusiones no coherentes con nuestro proyecto de vida o pequeñas aspiraciones frustradas que no terminamos de dejar en manos del Señor y de afrontarlas con él.

«Dios nos ha hecho así: amasados de deseo (...). Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien»[4]. Purificar nuestros deseos nos conduce a disfrutar cada vez más de la realidad tal como es, pues encontramos en los distintos momentos del día una oportunidad de llevar a cabo el ideal que alimenta nuestra existencia. Aprendemos a saborear la valiosa felicidad que nos ofrece cada jornada, sin vías de escape y sin tensiones entre el exterior y el interior: tanto las acciones como las aspiraciones de nuestro corazón pueden ser coherentes con nuestra vocación. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a tener un mayor conocimiento de nuestros afectos, para que podamos dirigirlos al Amor que sostiene nuestra vida.


[1] Hegemonio, Acta disputationis Archelai episcopi Mesopotamiae et Manetis haeresiarchae 21

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 5.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84.

[4] Francisco, Homilía, 6-I-2022.