"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

27 de octubre de 2026

DIOS ACTUA EN LO PEQUEÑO

 


Evangelio (Lc 13 18-21)


Y decía:


—¿A qué se parece el reino de Dios y con que lo compararé? Es como un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo echó en su huerto y creció y llegó a hacerse un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas.


—Y dijo también:


—¿Con qué compararé el Reino de Dios? Es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS vino a revelarnos la vida íntima de Dios y su proyecto de salvación. Pero, ¿cómo explicar con palabras la grandeza del amor que quiere darnos? Por eso el Señor, durante su ministerio público, sintió la necesidad de encontrar imágenes que iluminaran su enseñanza: «¿A qué se parece el Reino de Dios y con qué lo compararé?» (Lc 13,18), se preguntaba.

Eligiendo imágenes de la vida cotidiana, Jesús quiere introducirnos en ese misterio por un camino que nos es familiar. En esos ejemplos vislumbramos algo de la acción de Dios en nuestras almas y en la historia. El Reino de Dios «es como un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo echó en su huerto, y creció y llegó a hacerse un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». También «es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo» (Lc 13,19.21).

El grano de mostaza y la levadura nos hablan de pequeñez y discreción. Dios actúa de un modo a menudo desapercibido, pero siempre eficaz. Para reconocer esta omnipotencia suya, humilde y oculta, es necesario fijarse en lo que no llama la atención. A veces puede no resultar sencillo, pues nuestros días están llenos de actividades que requieren buena parte de nuestra concentración y podemos no percibir la acción del Señor. En esas circunstancias, sin embargo, «Dios está obrando, como una pequeña semilla buena que silenciosa y lentamente germina. Y, poco a poco, se convierte en un árbol frondoso que da vida y repara a todos. También la semilla de nuestras buenas obras puede parecer poca cosa; mas todo lo que es bueno pertenece a Dios y, por tanto, humilde y lentamente, da fruto. El bien –recordémoslo– crece siempre de modo humilde, de modo escondido, a menudo invisible»[1].


AL HABLAR del grano de mostaza, Jesús está describiendo también a sus discípulos cómo será su Iglesia en el mundo: «Quiso el Señor con esto dar una prueba de su grandeza. Pues así exactamente sucederá con la predicación del reino de Dios. Y, en verdad, los más débiles, los más pequeños entre los hombres, eran los discípulos del Señor; pero como había en ellos una fuerza grande, se desplegó y se difundió por todo el mundo»[2]. La evangelización y la extensión del reino de Cristo es una obra que parte de lo pequeño. Esto es lo que ocurre también con cada cristiano. Podemos pensar en cada uno de nosotros como un grano de mostaza arrojado en el terreno de nuestro entorno laboral y familiar. A fuerza de pequeños actos de amor, podemos convertirnos en refugio de muchos pájaros del cielo que vendrán a anidar en nuestras ramas.

Esta realidad nos puede llenar de esperanza y optimismo cuando creemos que es difícil extender el reino de Dios por todo el mundo. Quizá «nos asalte el pensamiento de que muy pocos estamos decididos a responder a esa invitación divina, aparte de que nos vemos como instrumentos de muy escasa categoría»[3]. Sin embargo, sabemos que basta un poco de levadura para fermentar toda la masa. Tenemos la seguridad «de que Jesucristo nos ha redimido a todos, y quiere emplearnos a unos pocos, a pesar de nuestra nulidad personal, para que demos a conocer esta salvación»[4]. La historia de la Iglesia comenzó con unas pocas personas sin muchos talentos pero con la gracia de haber visto a Jesús resucitado y de haber recibido el Espíritu Santo. Otros sí tenían más condiciones o medios a su alcance, como muestran las cartas de san Pablo al hablar de las primeras comunidades cristianas. En cualquier caso, la fuerza de la fe hecha vida llevó a unos y otros a llegar hasta los confines del mundo conocido y hasta los distintos estratos de la sociedad. Y es de ese modo como también nosotros podemos llegar a todas las personas que nos rodean.


LA LEVADURA actúa como una fuerza oculta y misteriosa. San Josemaría describía así la escena del pan casero: «En tantos sitios –quizá lo habéis presenciado– la preparación de la hornada es una verdadera ceremonia, que obtiene un producto estupendo, sabroso, que entra por los ojos. Escogen harina buena; si pueden, de la mejor clase. Trabajan la masa en la artesa, para mezclarla con el fermento, en una larga y paciente labor. Después, un tiempo de reposo, imprescindible para que la levadura complete su misión, hinchando la pasta. Mientras tanto, arde el fuego del horno, animado por la leña que se consume. Y esa masa, metida al calor de la lumbre, proporciona ese pan tierno, esponjoso, de gran calidad. Un resultado imposible de alcanzar sin la intervención de la levadura –poca cantidad–, que se ha diluido, desapareciendo entre los demás elementos en una labor eficiente, que pasa inadvertida»[5].

En el silencio de nuestra oración, y también en medio de nuestra jornada, podemos dejar que la palabra de Dios entre como una pizca de levadura. Así, poco a poco, puede actuar en nuestro corazón y en nuestras acciones, transformando nuestra vida en pan bueno y apetitoso. Quizá nos haya ocurrido que, al leer la Sagrada Escritura, resuene en nuestra alma un versículo, una imagen o una frase. En esos casos, podemos custodiar esa palabra, mezclándola con nuestra vida cotidiana para que la fermente y la divinice. «La Biblia nos advierte que la voz de Dios resuena en la calma, en la atención, en el silencio. (...) No es simplemente un texto que hay que leer, la Palabra de Dios es una presencia viva, es una obra del Espíritu Santo que conforta, instruye, da luz, fuerza, descanso y gusto por vivir. Leer la Biblia, leer un fragmento, uno o dos fragmentos de la Biblia, son como pequeños telegramas de Dios que te llegan enseguida al corazón»[6]. En la parábola de la levadura también aparece una mujer. Podemos pensar que, en el fondo, esta mujer es María, que trabaja siempre para esconder la levadura de Cristo en el corazón de sus hijos, para hacer crecer y madurar nuestras vidas.


[1] Papa Francesco, Ángelus, 13-VI-2021.

[2] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, n. 46.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 9.

[4] Ibíd.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 257.

[6] Francisco, Audiencia, 21-XII-2022.

26 de octubre de 2026

El riesgo de la libertad

 Evangelio (Lc 13, 10-17)

Un sábado estaba enseñando en una de las sinagogas. Y había allí una mujer poseída por un espíritu enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla Jesús, la llamó y le dijo:

— Mujer, quedas libre de tu enfermedad

Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre:

— Hay seis días para trabajar, venid pues en ellos para ser curados y no un día de sábado.

El Señor le respondió:

— Hipócritas ¿cualquiera de vosotros no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que Satanás ató hace ya 18 años, ¿no había que soltarla de esta atadura aún en día de sábado?

Y cuando decía esto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.


PARA TU RATO DE ORACION 


COMO cada sábado, una mujer se dirige a la sinagoga. Desde hacía dieciocho años tenía una enfermedad a causa de un espíritu «y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo» (Lc 13,11). Ese día Jesús también acude a la sinagoga para predicar el Reino de Dios e invitar a la conversión. En un momento de su enseñanza, Cristo se fija en ella, la llama y le dice: «Quedas libre de tu enfermedad». Y nada más imponerle las manos, aquella mujer se enderezó (Lc 13,12-13).

Fue un milagro completamente inesperado. Esta mujer no había pedido nada. Quizá intuía que Jesús iba a pasar por su pueblo. Por eso hizo todo lo posible por colocarse en algún sitio de la sinagoga donde el Maestro pudiera verla. Sin embargo, ella no abrió la boca ni gritó, como otros personajes del Evangelio que también habían sido curados. Pese a todo, el Señor no solo advirtió su presencia, sino que sobre todo leyó en su corazón un deseo inmenso de libertad. Y con su sola palabra ahuyentó la enfermedad: «Quedas libre».

Jesús nos enseña así que la misericordia es la respuesta de Dios al dolor del mundo. El sufrimiento conmueve su corazón. Cualquiera de nuestros problemas, hasta el más pequeño, le duele. No es un Dios insensible. De hecho, el mismo Cristo «experimentó en este mundo la aflicción y la humillación. Tomó los sufrimientos humanos, los asumió en su carne, los vivió hasta el fondo uno por uno. Conoció todo tipo de aflicción, las morales y físicas: experimentó el hambre y el cansancio, la amargura de la incomprensión, fue traicionado y abandonado, flagelado y crucificado»[1]. La historia de esta mujer encorvada se repite también hoy. Allá donde se encuentra alguien que sufre, puede sentir el consuelo de la presencia de Cristo, que nos mira con el deseo de tomar sobre sus hombros nuestro dolor.


LA ENFERMEDAD impedía a esta mujer disfrutar de tantas cosas buenas de la vida. Para ella era muy difícil mirar hacia el cielo; sin quererlo, sus ojos se detenían solamente en el suelo que pisaba. Al liberarla de sus ataduras, Cristo la hace capaz de ver lo que hasta ese momento le estaba vedado. Sintiéndose libre y llena de alegría, «glorificaba a Dios» (Lc 13,13) y «toda la gente se alegraba por todas las maravillas» que Jesús hacía» (Lc 13,18).

Por el relato del evangelista, descubrimos que la enfermedad tenía, en cierto sentido, un origen espiritual. Cuando el jefe de la sinagoga se indigna porque todo sucede en sábado, Jesús le respondió: «A esta, que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no había que soltarla de esta atadura aun en día de sábado?» (Lc 13,16). Los Padres de la Iglesia ven en esta mujer encorvada, incapaz de enderezarse, una figura de aquellas almas que están tan debilitadas por los deseos terrestres que ya no pueden ocuparse de las realidades divinas. «El pecador, preocupado por las cosas de la tierra y no buscando las del cielo, es incapaz de mirar hacia lo alto: como sigue deseos que le llevan hacia abajo, su alma, perdiendo su rectitud, se curva, y no ve más que lo que piensa sin cesar»[2].

A veces podemos tener la impresión de estar atados por nuestros defectos. Experimentamos entonces una dificultad no pequeña para aspirar a los bienes del cielo. En esos momentos, Dios espera que, como aquella mujer, nos acerquemos a él y le confiemos con sinceridad nuestros temores. «No te turbe conocerte como eres: así, de barro –escribía san Josemaría–. No te preocupe. Porque tú y yo somos hijos de Dios −y este es endiosamiento bueno−, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad (...). Nosotros, que somos especialmente de Dios, instrumentos suyos a pesar de nuestra pobre miseria personal, seremos eficaces si no perdemos la humildad, si no perdemos el conocimiento de nuestra flaqueza»[3]. De este modo, el atractivo que pueda suscitar en nosotros la realidad del pecado no será un obstáculo en la relación con el Señor, sino que nos llevará a ser más humildes, a buscar la unión con él y a confiar en su fortaleza.


ASÍ COMO la mujer encorvada sufre por su enfermedad, el pecado significa también esclavitud, «hace que el hombre se sienta extraño en sí mismo, en su íntimo yo»[4]. Por eso, en otro momento Jesús dirá: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado. El esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre; por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8,34-36). Los cristianos, por lo tanto, hemos sido llamados a la libertad (cfr. Gal 5,13). Desde la Creación, Dios nos ha dado la capacidad de elegir y querer el bien, pero también la posibilidad de apartarnos de él. «Es un misterio de la divina Sabiduría –comentaba san Josemaría– que, al crear al hombre a su imagen y semejanza (cfr. Gn 1,26), haya querido correr el riesgo sublime de la libertad humana»[5].

«Ese riesgo –señala el prelado del Opus Dei–, desde los albores de la historia, llevó efectivamente al rechazo del Amor de Dios por el pecado original. Se debilitó así la fuerza de la libertad humana hacia el bien, y la voluntad quedó algo inclinada al pecado. Después, los pecados personales debilitan aún más la libertad, y por eso el pecado supone siempre, en mayor o menor medida, una esclavitud (cfr. Rm 6,17.20)»[6]. Pese a todo, el hombre sigue siendo libre, y aunque a veces esa libertad pueda ser frágil, Dios es el primero en respetarla y amarla. Saber que el Señor «no quiere esclavos, sino hijos»[7], nos llena de seguridad, pues nos permite vivir abrazando nuestra condición más profunda. «Qué liberador es saber que Dios nos ama; qué liberador es el perdón de Dios, que nos permite volver a nosotros mismos, y a nuestra verdadera casa»[8]. Y en ese hogar sabemos que nos espera la Virgen María, que quiere liberarnos de todo lo que pueda apartarnos de su Hijo.


[1] Francisco, Discurso, 17-V-2014.

[2] San Gregorio Magno, Homilías sobre el evangelio, n. 31.

[3] San Josemaría, Carta 2, n. 20.

[4] San Juan Pablo II, Audiencia, 3-VIII-1988.

[5] San Josemaría, Carta 24-X-1965, n. 3.

[6] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 2.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 129.

[8] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n


25 de octubre de 2026

CORAZON SIN BARRERAS


Evangelio (Mt 22,34-40)


Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:

— Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le respondió:

— Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas


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LOS FARISEOS están especialmente contentos. Jesús había hecho callar a los que se habían convertido en buena medida en sus rivales, los saduceos. Pero ahora es su turno para poner a prueba al maestro de Nazaret y sorprenderlo en alguna afirmación que complicase su autoridad. Por eso, uno de los fariseos, sabiendo que no es sencillo distinguir entre los centenares de preceptos el sentido principal de la ley de Dios, le pregunta a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» (Mt 22,36). Detrás del tono aparentemente amable, se escondía la trampa en la que deseaba que el Señor cayera.

Jesús comienza su respuesta de manera convencional. El principal mandamiento consiste en el amor a Dios, le dice. En esa afirmación no podía contenerse nada nuevo, nada extraño para un judío piadoso. Inmediatamente después, sin embargo, pronuncia con naturalidad una afirmación más impactante: «El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Mt 22,39). El acento de la frase recae en esa pequeña palabra, pero que en la boca de Jesús está llena de significado: «semejante».

En un primer momento es probable que el fariseo pensara que aquella afirmación era algo exagerada. ¿Cómo va a ser semejante en importancia amar a Dios y a los demás hombres? No obstante, en esa verdad se esconde un cambio de paradigma profundo: Dios se ha hecho hombre, y con su encarnación, su sacrificio en la cruz y su resurrección, nos ha elevado a la condición de hijos suyos. Por eso, si queremos realmente amar a Dios, tendremos que esforzarnos también por aprender a querer a cada uno de sus hijos. De ahí que «mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos de ser discípulos como Jesús nos pide»[1]. En cambio, sabemos que el amor a Cristo y a los demás están tan unidos que, «en un acto cualquiera de fraternidad, la cabeza y el corazón no pueden distinguir en muchas ocasiones si se trata de servicio a Dios o de servicio a los hermanos: porque, en el segundo caso, lo que hacemos es servir a Dios dos veces»[2].


CUANDO intentamos vivir como discípulos de Cristo, la relación entre el amor a Dios y a los demás se manifiesta de forma natural en nuestra manera de comportarnos. Esto es en lo que insiste san Pablo en la segunda lectura de la Misa de hoy: «Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien» (1Tes 1,5). El deseo de dar buen ejemplo no ha de ser nunca la expresión del intento de diferenciarnos de los demás, quizá buscando la admiración o la complacencia. Por el contrario, el testimonio auténtico ha de ser, al mismo tiempo, caridad viva, interés activo por todos los que nos rodean: así nuestro comportamiento será manifestación verdadera del amor de Dios hacia cada persona. «La fraternidad bien vivida –escribe el prelado del Opus Dei– es un apostolado inmediato: tantas personas verán el cariño que nos tenemos y podrán exclamar, como lo hicieron con los primeros cristianos, “mirad cómo se aman”; se sentirán atraídos por ese amor cristiano»[3].

San Josemaría, al explicar lo que supone el testimonio cristiano, aclaraba: «Cuando te hablo del “buen ejemplo”, quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor»[4]. No tendría sentido que los demás hablaran bien de nosotros, pero tratándonos con distancia, como si fuésemos modelos fríos e inalcanzables. Precisamente porque a través de nuestro amor se hace presente la cercanía de Dios, nuestro principal testimonio consiste en regalarle al mundo esa paz y ese amor que hemos recibido del Señor.

En una ocasión, el fundador del Opus Dei se preguntaba: ¿Cómo daremos a conocer a Jesús? Y contestaba: «Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina»[5].


AL ESCUCHAR la primera lectura de la Misa de hoy, tomada del libro del Éxodo, nos damos cuenta de que amar a los demás puede ser exigente. El autor sagrado detalla una lista de personas especialmente vulnerables y que en la sociedad pueden sufrir de un trato injusto o llevar una vida más compleja: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos» (Ex 22,20-21). En el fondo, es una invitación del Señor a preguntarnos en todo momento por las personas más necesitadas de nuestro entorno, y no solamente por aquellas con las que quizá tengamos más afinidad. Lógicamente, esto no significa que descuidemos las relaciones con los que nos resulta más fácil entablar amistad; es más, el cariño que tenemos con ellos será el impulso para llegar también a todos los que nos rodean, de modo que en nuestro corazón no haya distinciones. Así era como vivía Jesús: todos los que se acercaban a él se podían sentir amados en una manera especial, única, aunque el Señor no estuviera más que un breve tiempo con ellos.

Ese amor al prójimo «está hecho de cercanía, de escucha, de compartir, de cuidado del otro. Y muchas veces nosotros descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas…»[6]. Precisamente cuando nos resulta especialmente difícil amar a una persona determinada, quizá porque no sentimos una sintonía espontánea hacia ella, podemos buscar nuestro refugio en Dios y decir con el salmista: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza» (Sal 17,2). La seguridad de Cristo nos ofrece un amor incondicional que, a su vez, nos permite lanzarnos a transmitir ese amor sin barreras a los demás. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Nuestro amor a Dios –caridad sobrenatural– es correspondencia a ese amor divino por todos y cada uno de nosotros, que el mismo Señor nos pone como modelo y horizonte de nuestro amor a los demás»[7]. Podemos pedir a la Virgen María la gracia de descubrir que hemos sido creados para amar, porque hemos recibido gratuitamente el infinito amor del Señor.


[1] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[2] San Josemaría, Instrucción, mayo 1935 – septiembre 1950, n. 75.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023, n. 16.

[4] San Josemaría, Forja, n. 560.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.

[6] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023,



24 de octubre de 2026

CON LAS DEBILIDADES PACIENCIA

 Evangelio (Lc 13,1-9)

Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:

— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

Les decía esta parábola:

— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás



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EN UNA OCASIÓN, Jesús contó la parábola de un hombre que tenía una viña. Resulta que fue varias veces «a buscar en ella fruto» (Lc 13,6), pero jamás lo encontró. Después de tres años así, llegó a la conclusión de que no valía la pena seguir ocupándose de ella. Por eso le pidió al viñador que la cortara. ¿Qué sentido tenía que ocupara el terreno de la finca si no producía nada? Sin embargo, el viñador le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás» (Lc 13,8-9). Como la viña, a veces puede parecer que algunas personas no dan fruto. Procuramos ayudarlas a que maduren, estimulándolas a abandonar ciertos hábitos o defectos, adquirir las virtudes o seguir unas buenas prácticas. Pero a pesar de nuestro empeño, tal vez comprobamos que el otro no reacciona al ritmo que nos gustaría. Entonces nuestra primera reacción quizá se asemeja a la del hombre de la parábola: no tiene sentido seguir intentándolo.

En esos momentos, podemos recordar que uno de los primeros rasgos que san Pablo enumera de la caridad es la paciencia (cfr. 1Co 13,4). Cuando no vemos esos frutos que esperábamos podemos amar de una manera auténtica. De hecho, se asemeja al amor que Dios nos tiene y que otras personas –en especial nuestros padres y educadores– han tenido con nosotros. Saber que el Señor y los demás nos dirigen una mirada paciente nos impulsa «a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[1]. No se madura de un día para otro. Se trata de un proceso que dura años y que necesita, para desarrollarse, del amor paciente del viñador. «La gracia actúa, de ordinario, como la naturaleza: por grados. –No podemos propiamente adelantarnos a la acción de la gracia: pero, en lo que de nosotros depende, hemos de preparar el terreno y cooperar, cuando Dios nos la concede. (...) La gracia, normalmente, sigue sus horas, y no gusta de violencias. Fomenta tus santas impaciencias…, pero no me pierdas la paciencia»[2].


LA VIRTUD de la paciencia también se refiere a la manera en que nos miramos a nosotros mismos. Puede haber épocas en las que nos impacientemos porque nuestra lucha resulte estéril. Aunque intentamos crecer en una virtud o procuramos arrancar un vicio, puede suceder que percibamos que nuestros esfuerzos no producen ningún fruto visible. De nuevo puede ser de ayuda considerar que el Señor nos mira como el viñador de la parábola. «Dios, ante nuestra infidelidad, se muestra “lento a la cólera” (cfr. Ex 34,6; cfr. Nm 14,18): en lugar de desatar su cólera ante el mal y el pecado del hombre, se revela más grande, dispuesto cada vez a recomenzar con infinita paciencia»[3].

Las propias debilidades, cuando se reconocen con humildad y se lucha sinceramente por arrancarlas, pueden ser como el abono que hace crecer a las plantas. Efectivamente, no resultan muy agradables, y nos pueden dar la impresión de que no hay ningún fruto en la viña de nuestra vida. Pero si continuamos trabajando el terreno pacientemente, confiando en que la gracia de Dios acompaña nuestro esfuerzo, tarde o temprano crecerán brotes verdes. Ciertamente, esto no significa que llegará un momento en que desaparecerán todas nuestras fragilidades. Pero junto al abono presente en la viña, abundarán también los árboles llenos de frutos.

«En las batallas del alma –comentaba san Josemaría–, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer. Basta que los empleemos, como os comentaba antes, con la resolución de comenzar y recomenzar en cada momento, si fuera preciso»[4].


EL RITMO de vida que a veces se lleva en el día a día no siempre es propicio para la virtud de la paciencia. Lo que años atrás implicaba grandes cantidades de tiempo –comunicaciones, desplazamientos, trabajos…– se puede conseguir ahora de forma casi inmediata. Por eso, quizá puede suceder que apliquemos la misma lógica ante algo que nos contraría: buscamos algo que acabe rápidamente con ese sufrimiento. «Necesitamos la paciencia como la “vitamina esencial” para salir adelante, pero instintivamente nos impacientamos y respondemos al mal con el mal: es difícil mantener la calma, controlar nuestros instintos, refrenar las malas respuestas, aplacar las peleas y los conflictos en la familia, en el trabajo, en la comunidad cristiana»[5]. La impaciencia a veces nos lleva a hacer lo que realmente no deseamos, como por ejemplo tratar de forma incorrecta a alguien o caer en un vicio, pensando que esa es la mejor manera de acabar con un problema. Después, sin embargo, recuperamos la perspectiva y nos damos cuenta de que las circunstancias nos empujaron con fuerza a obrar de esa manera.

La paciencia es un rasgo de la personalidad madura y libre: permite superar las frustraciones y mirar el futuro con esperanza. Pero es, sobre todo, un fruto del Espíritu Santo (cfr. Ga 5,22) que él nos concede si se lo pedimos. Y es, además, la respuesta que dio Jesús ante los sufrimientos de la Pasión. «Con docilidad y mansedumbre acepta ser abofeteado y condenado injustamente; ante Pilato no recrimina; soporta los insultos, los salivazos y la flagelación a manos de los soldados; carga con el peso de la cruz; perdona a quienes lo clavan al madero; y en la cruz no responde a las provocaciones, sino que ofrece misericordia»[6]. El Señor acogió el dolor con una paciencia «que es fruto de un amor más grande»[7]. La Virgen María tampoco huyó de la cruz. Podemos pedirle que nos ayude a acoger con paciencia las luchas de cada día, sabiendo que esta virtud «es mejor que la fuerza de un héroe» (Pr 16,32).


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 78.

[2] San Josemaría, Surco, n. 668.

[3] Francisco, Audiencia, 27-III-2024.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.

[5] Francisco, Audiencia, 27-III-2024.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.




23 de octubre de 2026

La verdad os hará libres

 


Evangelio (Lc 12,54-59)

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:

— Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: «Va a llover», y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: «Viene bochorno», y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?

»Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo


PARA TU RATO DE ORACION 


HOY EN DÍA disponemos de muchos instrumentos para predecir las condiciones meteorológicas. Los contemporáneos de Jesús no contaban con esa tecnología, pero a partir de determinados signos podían intuir lo que iba a ocurrir. De hecho, esta sabiduría quedaba reflejada en refranes o canciones que pronosticaban el clima si se daban ciertas circunstancias. Jesús se refiere a ese conocimiento popular cuando se dirigió a las multitudes invitándoles a creer en él: «Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: “Va a llover”, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: “Viene bochorno”, y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo?» (Lc 5,54-56).

Cristo se lamenta porque los signos que ha mostrado –los milagros, su vida y su doctrina– deberían ser suficientes para confesarle como Mesías. El Señor estaba pasando muy cerca de cada uno, pero muchos no se daban cuenta. También hoy Dios pasa por nuestra vida en la belleza y en la fatiga de lo cotidiano, en momentos de alegría y en otros en los que experimentamos el dolor. Y es precisamente en esas circunstancias donde podemos descubrir que Dios está cerca de nosotros y le importan nuestras preocupaciones. Tanto entonces como ahora, mantener el corazón sensible y abierto a la providencia –que madura en la oración personal– sigue siendo la puerta para descubrir la acción de Dios en favor nuestro. «Con esta búsqueda del Señor –comentaba san Josemaría–, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque Nuestro Señor nos hace ver –con su ejemplo– que ese es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones!»[1].


«¿POR QUÉ no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?», pregunta el Señor a quienes le escuchaban. El juicio que realizamos sobre las cosas más importantes de nuestra vida no solo atañe a la inteligencia, como si fuera exclusivamente algo teórico, sino que requiere la adhesión de nuestra voluntad. En efecto, el Espíritu Santo nos ilumina para poder comprender lo que sucede dentro de nosotros y en el mundo que nos rodea. Él nos ayuda a distinguir con mayor claridad cuáles son las verdaderas motivaciones que mueven nuestra conducta.

Discernir la verdad de nuestra vida no siempre es fácil. Sin embargo, solo a partir de este proceso podemos gozar de una profunda libertad interior: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32). No serán las circunstancias externas las que nos impulsen a actuar de un modo, ni tampoco unos motivos más o menos nobles. El motor de nuestro obrar será principalmente el amor, el convencimiento de que esa decisión es lo mejor para nosotros mismos y para nuestro entorno.

El discernimiento «requiere que me conozca a mí mismo, que sepa lo que es bueno para mí aquí y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios quiere también que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor solo puede vivirse en libertad»[2]. El Señor no quiere que nos limitemos a hacer cosas buenas externas, sino que desea que las hagamos también con el corazón. Porque «la verdadera libertad de espíritu –señala el prelado del Opus Dei– es esta capacidad y actitud habitual de obrar por amor, especialmente en el empeño de seguir lo que, en cada circunstancia, Dios le pide a cada uno»[3].


«CUANDO VAYAS con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el aguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo» (Lc 12,58-59). Con esta imagen, el Señor nos enseña que, aunque un hombre viva en el error, todavía está a tiempo para rectificar. Cuanto antes lo haga, mejor, pues se encuentra de camino hacia el juicio que llegará cuando acabe su existencia terrena: «Que se apresure, pues –comenta un padre de la Iglesia–, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta, pasan de la muerte a la vida, y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa»[4].

Todos tenemos cosas que rectificar. De algunas somos muy conscientes, y pedimos ayuda al Señor para aceptarlas con serenidad y luchar con paciencia y confianza filial, sin desalentarnos. Otras, en cambio, pueden pasar más desapercibidas. El espíritu de examen nos ayuda a «conseguir esa limpieza de corazón, que nos llevará a ver a Dios en todo»[5]. De este modo, podemos aprender a distinguir en nuestro día a día entre el bien y el mal, «entre lo que procede de Dios y lo que proviene de nuestras propias pasiones o del diablo»[6].

El examen de conciencia diario es «leer en el libro de nuestro corazón qué ha sucedido durante la jornada»[7]. Por lo general, bastan unos pocos minutos al final del día, aunque habrá ocasiones en las que dediquemos más tiempo: antes de confesarnos, en un retiro espiritual, cuando ha ocurrido algo especialmente importante... «En cualquier caso, siempre es conveniente invocar al Espíritu Santo, para que nos conceda su luz, y terminar con un acto de dolor y algún propósito concreto para la jornada siguiente. De este modo, enderezaremos el rumbo de nuestra conducta, y borraremos con actos de contrición las manchas que podamos haber estampado en el libro de nuestra vida»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude en nuestra lucha diaria por hacer que su Hijo sea el centro de nuestra vida.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 247.

[2] Francisco, Audiencia, 31-VIII-2022.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 5.

[4] San Fulgencio de Ruspe, De remissione peccatorum, 12,4.

[5] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 8-XII-1976, n.8.

[6] Ibíd.

[7] Francisco, Audiencia, 30-XI-2022.

[8] Javier Echevarría, Carta pastoral, 1-I-2016.

22 de octubre de 2026

EL FUEGO QUE CAMBIA NUESTRA VIDA

 

Evangelio (Lc 12,49-53)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división.

Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.



PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS va de camino a Jerusalén, el Señor revela a sus discípulos algunos de los anhelos más profundos que lleva en su corazón: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,49-50). El fuego, en este contexto, es el del amor divino, que desea comunicar a todas las almas para purificarlas y para encenderlas; con su bautismo se refiere Jesús a la cruz, donde iba a hacer patente ese ardiente amor por nosotros.

Estas palabras del Señor se grabaron intensamente en el alma de san Josemaría desde su juventud, incluso antes de que Dios le hiciera ver el Opus Dei: «Antes de saber lo que el Señor quería de mí –pero sabiendo que quería algo–, muchas veces expansionaba el corazón y decía a gritos aquel ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12,49). Y contestaba, también cantando: Ecce ego quia vocasti me! (1 Sam 3,5ss). Mi hermano, entonces muy pequeño (...), se aprendió aquellas palabras sin saber lo que significaban, y de cuando en cuando venía a cantarlas, ¡muy mal cantadas!, a mi lado. Tenía que echarle: ¡vete, vete! Pero me daba mucha alegría oírselas, porque para mí eran un acicate: que lo sean también para vosotros; que no estéis nunca apagados; que os sepáis portadores de fuego divino, de luz divina, de calor de cielo, de amor de Dios, en todos los ambientes de la tierra»[1].

Jesús vino al mundo a traer la buena noticia de la salvación. Con esas palabras, «nos está diciendo que el Evangelio es como un fuego, porque es un mensaje que, cuando irrumpe en la historia, quema los viejos equilibrios de la vida, nos desafía a salir del individualismo, nos desafía a superar el egoísmo, nos desafía a pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la vida nueva del Resucitado»[2]. La palabra de Jesús no deja indiferente, sino que enciende en cada uno la inquietud de ponerse en camino para escuchar la llamada del Señor y las necesidades de los demás. Por eso es como el fuego, porque «mientras nos calienta con el amor de Dios, quiere quemar nuestros egoísmos, iluminar los lados oscuros de la vida (...), consumir los falsos ídolos que nos hacen esclavos»[3].


LAS IMÁGENES del fuego y del bautismo hacen también referencia al día de Pentecostés. El fuego que ardía en el corazón de Cristo es el mismo fuego del Espíritu Santo: es él quien nos hace llegar la gracia divina. El fuego es imagen de la caridad, el amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Secundando dócilmente esta acción divina podemos aspirar a la santidad, enraizada en las circunstancias reales y concretas en que vivimos; una santidad, por tanto, «que asume, eleva y lleva a la perfección la personalidad de cada uno, sin destruirla»[4].

«Estamos acostumbrados a pensar que el amor proceda esencialmente de nuestro cumplimiento, de nuestro talento, de nuestra religiosidad. En cambio, el Espíritu nos recuerda que, sin el amor en el centro, todo lo demás es vano. Y que este amor no nace tanto de nuestras capacidades, este amor es un don suyo. Él nos enseña a amar y tenemos que pedir este don»[5]. Si nos dejamos guiar por el Paráclito, él podrá purificar nuestro corazón, de manera que podamos experimentar el gozo de la libertad, pues «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2Co 3,17). «El Espíritu Santo da la posibilidad de ser, no meros observantes de la ley, sino libres, fervientes y fieles realizadores del designio de Dios»[6].

En este sentido, san Pablo escribió a los Romanos: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 14-15). El Señor quiere que nuestra relación con él no sea la de un siervo con su amo, sino la de un hijo con su padre. Por eso, todas las acciones de nuestro día a día pueden ser un gesto de amor, también aquellas que requieren mayor sacrificio. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Se puede hacer con alegría –y no de mala gana– lo que cuesta, lo que no gusta, si se hace por y con amor y, por tanto, libremente»[7]. El Espíritu Santo nos podrá ayudar a que nuestras obras sean manifestación del amor que mueve nuestra vida.


EL FUEGO del amor de Dios fue encendido en nuestra alma por el bautismo, cuando el Espíritu Santo empezó a inhabitar en nosotros. Pero un fuego puede mantenerse intenso, o bien menguar hasta reducirse a una brasa bajo la ceniza, o incluso apagarse del todo. Los cristianos estamos llamados a mantener encendida la llama de la fe y del amor en nuestro corazón, y un buen modo de hacerlo es transmitirla a otros: dar luz y calor cada día, a quienes nos rodean, con nuestro testimonio, nuestra comprensión y nuestra amistad.

«La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Esas personas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía»[8].

Podemos pensar en aquellas personas que, a lo largo de nuestra vida, nos han ofrecido esa luz del Señor. Con su auténtico cariño por nosotros y su profunda alegría quizá encendieron en nuestra alma el deseo de cultivar una mayor intimidad con Dios. Además de tener hacia ellas un sentimiento de gratitud, nos pueden impulsar a reflejar también esa luz a aquellos que nos rodean. Como hijos de Dios, somos «portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. –El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[9]. Podemos pedir a la Virgen María que tengamos el mismo afán de su Hijo por extender el fuego de su amor por toda la tierra.


[1] San Josemaría, Tertulia, 12-II-1975.

[2] Francisco, Ángelus, 14-VIII-2021.

[3] Ibid.

[4] San Juan Pablo II, Audiencia, 10-IV-1991.

[5] Francisco, Homilía, 5-VI-2022.

[6] San Juan Pablo II, Audiencia, 10-IV-1991.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018.

[8] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 49.

[9] San Josemaría, Forja, n. 1.

21 de octubre de 2026

LA GRACIA PARA AFRONTAR LA LUCHA

 Evangelio (Lc 12, 39-48)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre».

Y le preguntó Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?»

El Señor respondió: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán



PARA TU RATO DE ORACION 



EN SU CARTA a los Romanos, san Pablo quiso prevenir a los cristianos sobre la realidad del pecado y les animó a ponerse por entero al servicio del Señor: «Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos para la injusticia; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos para la justicia» (Rm 6,12-13).

San Pablo, como muchos santos, es bien consciente de lo mucho que el pecado nos promete y de lo poquísimo que cumple; de lo mucho que quita y de lo poco que ofrece; de la ilusión que suscita y de la amargura que deja. El pecado da al hombre una soberanía solo aparente y nos hace desconfiar de la soberanía de Dios, hasta el punto de que su presencia se difumina en el horizonte de la propia existencia. «Dos amores han dado origen a dos ciudades –escribe san Agustín–: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor»[1]. En ocasiones la tentación subraya los aparentes beneficios inmediatos del pecado, que pueden resultar apetecibles. Sin embargo, la tentación siempre nos esconde lo que el pecado nos va a quitar, el bien que nos perdemos, la ciudad que abandonamos, las relaciones que dañamos.

En la medida en que tomamos posición a lo largo de nuestra vida, en el ámbito social y profesional, nos vamos convirtiendo en aquello que elegimos, nos vamos identificando con el objeto de nuestras determinaciones y desarrollamos una inclinación hacia los bienes, reales o aparentes, que perseguimos. Si escogemos el pecado, poco a poco nos inclinamos hacia esa ciudad de los hombres. Si optamos por el bien, aunque a veces pueda costar, nuestro corazón irá adquiriendo una connaturalidad hacia lo bueno, un gusto por la ciudad de Dios. De este modo, adquirimos una mirada «que nos permite ver las realidades terrenas con una nueva luz espiritual, la libertad para amar a Dios y a los hermanos con un corazón puro y vivir en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Cristo»[2].


DURANTE su predicación, Jesús recuerda a la gente que elegir bien, formar un corazón inclinado a sus mandamientos, es algo posible y necesario. Y para ilustrar lo que quiere compartir con sus oyentes, acude a una parábola. Les habla de un administrador a quien su amo dejó a cargo de la hacienda. Ese servidor, sabiendo que su amo estaba lejos y que tardaría en llegar, se comportó de un modo egoísta y cruel. Cuando el señor llegó, lo sorprendió en ese estado y le sancionó severamente. Quizá ese siervo pensó que podía permitirse el lujo de vivir a costa de su señor. Tal vez se convenció de que él tenía el control, de que sabía calcular la llegada del amo y sería capaz de tapar sus malas obras y presentarse como alguien respetable. Pero la parábola deja entrever que esa es una falsa seguridad.

Orientar nuestro corazón hacia el bien no es algo que se consigue de un día para otro. El Señor, como al criado, nos concede un espacio de tiempo para que, con su gracia y con nuestra libertad, queramos dirigir nuestros afanes e ilusiones hacia él, porque eso es lo que nos hará de verdad felices. Y esto se traduce en consecuencias concretas en nuestro día a día que, si se viven con autenticidad, nos hacen descubrir la felicidad que proviene de vivir junto a Dios. «Si, por ejemplo, un joven desea convertirse en médico, tendrá que emprender un recorrido de estudios y de trabajo que ocupará algunos años de su vida, como consecuencia tendrá que poner límites, decir algún “no”, en primer lugar, a otros estudios, pero también a posibles entretenimientos o distracciones, especialmente en los momentos de estudio más intenso. Pero el deseo de dar una dirección a su vida y de alcanzar esa meta –llegar a ser médico era el ejemplo– le consiente superar estas dificultades. El deseo te hace fuerte, valiente, te hace ir adelante siempre»[3]. Por eso, san Josemaría solía emplear la imagen del combate para hablar de la santidad: un camino donde hallaremos pruebas pero también la paz. «Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio, de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos»[4].


UN MEDIO que Dios nos ha dado para orientar nuestro corazón hacia él es el de la Confesión. Cuando acudimos a este sacramento es Jesús quien nos alienta y quien nos anima. «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 123,7-8). Y en ese nombre nos perdona los pecados el sacerdote. Para quienes se han confesado después de mucho tiempo, se trata de un instante que no deja indiferente. Pero quienes acuden con frecuencia, quizá pueden pensar que sus confesiones son un poco rutinarias. En este sentido, san Josemaría recordaba que «el Señor instituyó el sacramento de la Penitencia no solo para perdonar los pecados, sino para darnos fortaleza y para que tuviéramos ocasión de recibir una orientación y una ayuda espiritual»[5]. Es decir, que aunque a nosotros nos parezca una confesión rutinaria, Dios nos está dando su gracia para afrontar esas luchas que componen nuestro día y para liberarnos del pecado: «Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero –¡nos quiere Cristo!– hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida»[6].

En cada Confesión nos encontramos con el padre de la parábola que está esperándonos y que desea ardientemente que regresemos a casa. «Con demasiada frecuencia pensamos que la Confesión consiste en presentarnos a Dios cabizbajos. Pero, para empezar, no somos nosotros los que volvemos al Señor; es él quien viene a visitarnos, a colmarnos con su gracia, a llenarnos de su alegría. Confesarse es dar al Padre la alegría de volver a levantarnos. En el centro de lo que experimentaremos no están nuestros pecados, están, pero no están en el centro; sino su perdón: este es el centro»[7]. Por eso san Josemaría animaba a sus hijos a amar este sacramento: «A mí, me da tanta alegría acudir a este medio de la gracia, porque sé que el Señor me perdona y me llena de fortaleza. Y estoy persuadido de que, con la práctica piadosa de la Confesión sacramental, se aprende a tener más dolor y, por tanto, más amor»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a experimentar la alegría de recibir al Señor en nuestra casa cada vez que nos acercamos al sacramento de la Confesión.


[1]San Agustín, De civitate Dei, 14, 28.

[2]Francisco, Homilía, 15-VIII-2014.

[3] Francisco, Audiencia, 12-X-2022.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 75.

[5] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 8-X-1972, citado en Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría (III), E. Burkhart – J. López, p. 498.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 38.

[7]Francisco, Homilía, 25-III-2022.

[8] San Josemaría, A solas con Dios, n. 259.