"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

16 de febrero de 2026

LA MIRADA DE LA FILIACION DIVINA



Evangelio (Mc 8,14-21)


En aquel tiempo: Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo:


— Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.


Y ellos comentaban unos con otros que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice:


— ¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil?


— Doce — le respondieron.


— Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?


— Siete — le contestaron.


Y les decía: — ¿Todavía no comprendéis?


PARA TU RATO DE ORACION 


LOS DISCÍPULOS suben a la barca con Cristo y queda atrás la incomprensión de los fariseos. El Señor quizás se ha embarcado con un poco de pena, por la dificultad que entraña muchas veces tocar el corazón del hombre. Y, tal vez, mientras se acomoda en el cabezal, entre redes y telas que usaría para protegerse de eventuales lloviznas, mira la orilla: muchas personas que ha venido a salvar, no han querido abrirle su alma.

«El hombre es un ser relacional. Si se trastoca la primera y fundamental relación del hombre –la relación con Dios– entonces ya no queda nada más que pueda estar verdaderamente en orden. De esta prioridad se trata el mensaje y el obrar de Jesús. Él quiere en primer lugar llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal»[1]. Nuestra tarea es eminentemente espiritual; se dirige a colaborar con la gracia en sanar lo más profundo del alma –primero la nuestra– para, después, poder ofrecer la misma medicina santa a quienes nos rodean. De ahí que Cristo llame la atención sobre la actitud de los fariseos y de Herodes. «Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), les dirá a sus apóstoles, una vez se alejan de la orilla.

Aquellos se fijaban solamente en lo exterior, en el cumplimiento de los preceptos, y entonces se habían acostumbrado a acusar a los demás. Pero «primero hay que quitar la viga del propio ojo, acusarse a sí mismo (...). Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo, y luego, si es necesario, decir a quien se deba decir las cosas de los demás, no es cristiano; entonces, no entra en esa obra tan bonita de reconciliación, pacificación, ternura, bondad, perdón, magnanimidad y misericordia que nos trajo Jesucristo (...). Ahorremos los comentarios sobre los demás y hagamos comentarios sobre nosotros mismos: ese es el primer paso en el camino de la magnanimidad»[2].


JESÚS MIRA con cariño a aquellos hombres que él mismo ha elegido. Tras haberles puesto en guardia frente a la levadura de los fariseos, les pregunta: «¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis?» (Mc 8,17). Y ellos quizás se encogen de hombros, como respondiendo que no, que no alcanzan a seguir el hilo. Cristo añade: «¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís?» (Mc 8,18).

El Señor establece una conexión entre el corazón, de un lado, y la auténtica capacidad de mirar y de escuchar, por otro lado. Cuando se endurece el corazón, todo se ve con ojos humanos, se escucha solamente lo que uno quiere oír; y, al final, se pierde el horizonte sobrenatural de la gracia. Puede suceder que estemos con Cristo en su barca, en su mundo, y que de igual manera nos invada el desánimo porque pensamos que nos faltan cosas o que todo debería ser diferente. Entonces, podemos contemplar la mirada y la escucha de Jesús, podemos considerar cómo su corazón estaba siempre abierto al diálogo con su Padre y a sentirse interpelado por quienes le rodeaban.

«¡Visión sobrenatural! ¡Calma! ¡Paz! –recomendaba san Josemaría–. Mira así las cosas, las personas y los sucesos..., con ojos de eternidad»[3]. Cuando nos asalte la tentación de convertirnos nosotros mismos en jueces de lo que nos rodea, podemos recordar que «estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida»[4]. Entonces desarrollaremos, poco a poco, una manera misericordiosa de mirar y de escuchar, cada vez más semejante a la de Cristo.


DURANTE la vida, con frecuencia experimentaremos nuestras limitaciones, incluso en los momentos de mayor cercanía con el Señor. «Estemos siempre serenos –escribía san Josemaría–. Si somos piadosos y sinceros, no habrá penas duraderas y desaparecerán del todo esas otras que a veces nos inventamos, porque no lo son objetivamente. Viviremos con alegría, con paz, en los brazos de la Madre de Dios, como hijos pequeños suyos, que eso somos. De cuando en cuando, cada uno tiene en su mundo interior un conflicto menudo, que la soberbia se encarga de hacer grande, para darle importancia, para arrancarnos la paz. No hagáis caso de esas pequeñeces. Decid: soy un pecador, que ama a Jesucristo»[5].

El Señor previene muchas veces a sus discípulos para que no caigan en aquella visión solamente humana, desprovista de la verdadera magnitud que alcanza su misión salvadora. «Si nos ponemos ante Dios la perspectiva cambia. No podemos más que asombrarnos de que seamos para Él, a pesar de todas nuestras debilidades y nuestros pecados, hijos amados desde siempre y para siempre»[6]. La filiación divina «colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador»[7].

Los discípulos se preocupan porque no tienen pan en la barca, pero Jesús les recuerda que están junto a él, y que los multiplica cuando quiere. Le podemos pedir a nuestra Madre afinar cada vez mejor nuestra mirada para ser cada vez más sobrenaturales, para tener ojos y oídos de hijo.




Que Él haga cosas grandes en nuestra vida.


Evangelio (Mc 8,11-13)


En aquel tiempo:


Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole, para tentarle, una señal del cielo. Suspirando desde lo más íntimo, dijo:


— ¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará ninguna señal.


Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se marchó a la otra orilla.



PARA TU RATO DE ORACION 



CON FRECUENCIA algunos fariseos se ponían a discutir con Jesús. En una de esas ocasiones, además, le tentaron pidiéndole una señal del cielo. A pesar de que seguramente ya habrían presenciado algunos milagros, no se sentían todavía satisfechos. Quizá esperaban una manifestación más espectacular de la llegada del Reino de Dios (cfr. Lc 17,20-21), o bien buscaban otra oportunidad para interpretar torcidamente ese nuevo signo.

Esta actitud contrasta con la de los apóstoles. A ellos les bastaba estar con Jesús y escucharle para reconocer que el Reino de Dios ya había llegado. Cuando después del discurso del Pan de Vida muchos de los discípulos dejaron de seguir a Cristo, san Pedro dijo en nombre de los apóstoles: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). No necesitaban grandes prodigios para creer en él: se conformaban con lo que habían oído de sus labios.

Para todos los cristianos, las palabras del Señor han supuesto siempre un consuelo enorme, en particular cuando se leen en la santa Misa. El sacerdote besa el libro tras la proclamación del Evangelio, como expresión de amor y de reconocimiento: lo allí consignado proviene de la Revelación. Cristo, con su palabra, se hace presente en medio de los fieles. «La liturgia es el lugar privilegiado para la escucha de la palabra divina, que hace presentes los actos salvíficos del Señor, pero también es el ámbito en el cual se eleva la oración comunitaria que celebra el amor divino. Dios y el hombre se encuentran en un abrazo de salvación, que culmina precisamente en la celebración litúrgica»[1]. Podemos pedir a Jesús que sepamos escuchar sus palabras en la Misa con la misma ilusión y sencillez de los apóstoles.


A VECES podemos desear, como los fariseos, que el Señor realice un signo más espectacular cuando afrontamos una dificultad. Sentimos entonces la necesidad de un consuelo mayor que nos ayude a vivir con serenidad esa situación. Sin embargo, en la sagrada escritura y en los sacramentos tenemos ya esas señales que alimentan y encienden nuestra fe. Estos son los caminos privilegiados por los que Jesús mismo sale a nuestro encuentro para ofrecernos su amor y cercanía. «Los sacramentos expresan y realizan una comunión efectiva y profunda entre nosotros, puesto que en ellos encontramos a Cristo Salvador y, a través de él, a nuestros hermanos en la fe. Los sacramentos no son apariencias, no son ritos, sino que son la fuerza de Cristo»[2].

Acoger esa cercanía que nos ofrece el Señor en los sacramentos nos llevará a escuchar su voz en todas las circunstancias. Él nos habla «a través de los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a través de la voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza»[3]. Jesús permanece siempre a nuestro lado, nos habla y nos escucha. La seguridad de que compartimos nuestra vida con él nos libera de miedos y nos llena de esperanza. «¿Qué importa que tengas en contra al mundo entero con todos sus poderes? –escribía san Josemaría–. Tú... ¡adelante! Repite las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mi salud, ¿a quién temeré?... 'Si consistant adversum me castra, non timebit cor meum' –Aunque me vea cercado de enemigos, no flaqueará mi corazón”»[4]. Podemos, por tanto, preguntarnos: ¿procuro abandonar en las manos de Jesús mis preocupaciones, especialmente cuando participo en la santa Misa?


LA SENCILLEZ de los apóstoles les permitió ver en los milagros y en las palabras de Jesús la señal de su misión mesiánica. En cambio, la soberbia de algunos fariseos les impidió reconocerla. De hecho, aunque el Señor diga que a esa generación no se le daría ningún signo, lo cierto es que más adelante se le ofrecerá otro: la resurrección de Cristo. Sin embargo, ni siquiera ante esa evidencia dejarán su incredulidad. Aunque supieron por los guardias lo que había ocurrido (cfr. Mt 28, 11-14), prefirieron aferrarse a sus propios planteamientos antes que reconocer su error. Se cumplía así lo que había dicho anteriormente: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos» (Lc 16,31).

Como escribió san Pedro: «Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia» (1 P 5,5). La humildad nos permite reconocer que no siempre estaremos –humanamente hablando– a la altura de las circunstancias y confiar en la fuerza que nos da el Señor. «Suelo poner –decía san Josemaría– el ejemplo del polvo que es elevado por el viento hasta formar en lo más alto una nube dorada, porque admite los reflejos del sol. De la misma manera, la gracia de Dios nos lleva altos, y reverbera en nosotros toda esa maravilla de bondad, de sabiduría, de eficacia, de belleza, que es Dios. Si tú y yo nos sabemos polvo y miseria, poquita cosa, lo demás lo pondrá el Señor. Es una consideración que me llena el alma»[5]. No es principalmente con nuestras buenas obras como conquistamos el corazón de Jesús, sino dejando que sea él quien llene nuestra vida y reconociendo los dones que nos ha dado. Por eso, podemos pedir a su Madre la humildad para no poner obstáculos a la acción de Dios en nuestra alma, para que también él haga cosas grandes en nuestra vida.


15 de febrero de 2026

NECESIDAD DEL EXAMEN

 



Evangelio (Mt 5,17-37)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.


Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.


Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.


Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.


También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.



PARA TU RATO DE ORACION 



DESPUÉS de pronunciar las bienaventuranzas, Jesús continúa el sermón de la montaña hablando sobre la Ley. Desde el principio, el Señor no se presenta como alguien que ha venido a abolir lo que habían dicho Moisés o los profetas, sino a dar plenitud a aquellas palabras (cfr. Mt 5,17). Y esta plenitud, este significado más profundo, implica no comprender la Ley como algo externo, ajeno a la persona, que sin embargo debe hacerse violencia por cumplir; los preceptos de Dios en realidad sintonizan con nuestro corazón y están para cambiarlo y disponerlo hacia la verdadera felicidad.


Ya el salmista afirma que serán dichosos los que guardan los preceptos del Señor «y le buscan de todo corazón» (Sal 118,2). También el libro del Sirácide señala que Dios «conoce cualquier acción humana» (Sir 20): no se queda solamente en la superficie del acto, sino que le importa también la intención con que fue realizado. Jesús no quiere que nos mueva el simple afán de cumplir, pues esta actitud no nos une a los demás sino que lleva al formalismo: a realizar lo establecido externamente, pero sin llegar a percibir el bien que causa en la propia vida. El Señor nos invita, por tanto, a movernos por un amor como el suyo, que supo estar muchas veces por encima de la misma Ley.


«La novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que él mismo llena los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos hace capaces de vivir el amor divino. Por eso todo precepto se convierte en verdadero como exigencia de amor, y todos se reúnen en un único mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo»[1].


A LO LARGO de la historia hay quien ha concebido la Ley como una imposición arbitraria de Dios. Esta mentalidad lleva a pensar que el único motivo por el que es conveniente cumplirla es porque él lo ha establecido así, de modo que se podría decir: «Dios ha dictado un mandamiento, pero podría haber decretado también su contrario». Este planteamiento impide percibir la bondad de los preceptos divinos y la profunda racionalidad que los sustenta: no son caprichos, sino que responden al deseo de bien presente en la naturaleza humana.


No se trata, por tanto, de concebir los mandamientos como imposiciones arbitrarias, sino «como un instrumento de libertad, que me ayude a ser más libre, que me ayude a no ser esclavo de las pasiones y el pecado. (...) Cuando se cede a las tentaciones y pasiones, uno no es señor y protagonista de su vida, sino que se vuelve incapaz de manejarla»[2]. Dios, con su Ley, nos marca un camino que satisface la sed de plenitud que todos tenemos; un camino por el que somos más dueños de nosotros mismos porque nuestra libertad crece cada vez más. Por eso la gravedad del pecado no es tanto el incumplimiento de una norma, sino el daño que nos hacemos a nosotros mismos: perdemos el protagonismo en nuestra vida y dejamos que sean las pasiones las que nos dominen.


Como decía san Josemaría: «La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres»[3]. Los mandamientos del Señor no oprimen la libertad, sino todo lo contrario: «Es lex perfecta libertatis (cfr. St 1,25): ley perfecta de libertad, como el mismo Evangelio, porque toda ella se resume en la ley del amor, y no solo como norma exterior que manda amar, sino a la vez como gracia interior que da la fuerza para amar»[4].


EN SU DISCURSO, Jesús, además de mostrar la plenitud de la Ley –un camino que se recorre con el corazón y que nos libera–, nos invita a reflexionar sobre el origen del mal. La ley mosaica prohibía el homicidio y el adulterio, pero Cristo va más allá: «Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio» (Mt 5,22); y «el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón» (Mt 5,28). La plenitud de la Ley, el nuevo Evangelio de Jesucristo, por tanto, no se refiere solamente a los actos externos, sino también a los movimientos internos de la persona: afectos, deseos, emociones…


La enseñanza de Jesús está dirigida a la raíz del pecado. El homicidio está precedido por el deseo de hacer daño a otro. El adulterio es consecuencia del rechazo al propio cónyuge y el afán de poseer a otra persona. Estos males son concebidos, en primer lugar, en la propia intimidad. Y una vez arraigados en el corazón se exteriorizan a través de actos concretos. Por eso el Señor nos anima a dirigir nuestra mirada hacia el interior y a reflexionar sobre los motivos que mueven nuestras acciones. Como dirá en otra ocasión: «Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios» (Mt 15,18-19).


San Josemaría insistía en la necesidad del examen de conciencia para poder reconocer el origen de nuestros pecados. Por este motivo, podemos pensar: ¿cómo examino mi vida desde la luz de Cristo? «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. (...) Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados»[5]. Dios, con su gracia, nos ayudará a acoger en nuestra alma la plenitud de la Ley que su Hijo reveló. Podemos dirigir a la Virgen María estas palabras del fundador del Opus Dei: «Si en mí hay algo que te desagrada, dímelo, para que lo arranquemos»[6].



14 de febrero de 2026

14 de FEBRERO "chispa de amor divino"

 


Evangelio (Mc 7, 31-37)


De nuevo, salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano. Y apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró, y le dijo:


—Effetha, que significa: «Ábrete».


Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían:


—Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL VIERNES 14 de febrero de 1930 en Madrid, a primera hora de la mañana, san Josemaría se dirige hacia un pequeño oratorio para celebrar la Santa Misa. Al poco de recibir al Señor, surgió algo nuevo en su interior. A veces sucede que durante la Misa brotan en nosotros deseos de identificarnos más con Jesús, ansias de santidad, luces sobre el misterio de Dios… Pero esta vez era algo mucho más grande de lo habitual: comprendió que, en adelante, muchas mujeres serían llamadas por Dios para unirse a la misión del Opus Dei, que había nacido poco más de un año atrás. Cuando se celebró el cincuenta aniversario de aquel día, don Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría al frente de la Obra, apuntaba precisamente que «de la santa Misa, presencia siempre actual del sacrificio de Jesucristo, salta al mundo esta chispa de amor divino que provocará incendios de Amor en tantos corazones»[1].


Por querer divino, algo muy similar sucedería en 1943. San Josemaría había acudido a celebrar la santa Misa precisamente en una casa de sus hijas, también en Madrid. «Al acabar de celebrarla –cuenta el fundador–, dibujé el sello de la Obra, la Cruz de Cristo abrazando el mundo, metida en sus entrañas, y pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Dad gracias a Dios por todas estas bondades suyas»[2].


El espíritu de la Obra es, ante todo, un regalo de Dios, siempre nuevo. Como recordaba san Josemaría, no se trata de un proyecto elaborado por mentes humanas para solucionar problemas del pasado o de algún lugar concreto[3]. La Obra nace, una y otra vez, con cada persona llamada a hacerla vida: habita en el «perenne hoy del Resucitado»[4]. Por eso, para caminar hacia el futuro con la misma audacia de Dios, podemos hacer memoria del 2 de octubre de 1928 y de las demás fechas fundacionales. Así podremos redescubrir, a cualquier edad, ese «alud arrollador»[5] que el Espíritu Santo ha preparado para nosotros y para las personas que nos rodean.


PARTE ESENCIAL del encargo que Dios hizo a san Josemaría en aquellas fechas fundacionales –y que luego ha hecho a tanta gente a través de él– consiste en dar vida a una familia. Dentro de este designio de Dios, la presencia de la mujer en la Obra cobra una especial relevancia. Esta presencia es «un presupuesto necesario para que en el Opus Dei exista de hecho un espíritu de familia»[6]. Efectivamente, la Obra es, sobre todo, una gran familia con hombres y mujeres de todas las edades, en donde cada uno y cada una aportan su manera de ser, sus propios talentos e intereses. Este rasgo lleva a que cada persona, individualmente, sea el centro de la atención y de las oraciones de todos, sobre todo cuando, por alguna razón, lo necesita de manera especial. Dice el salmista: «Ved qué bueno y qué gozoso es convivir con los hermanos unidos. (…) Pues allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre» (Sal 133,1-3). Lo propio de una familia es generar el espacio idóneo, fértil, en el que cada miembro pueda encontrar el lugar en el que echar raíces siendo plenamente acogido y feliz. Al mismo tiempo, san Josemaría consideró que las actividades apostólicas del Opus Dei –esto es: los ámbitos de formación y de gobierno– se llevarían a cabo separadamente para hombres y mujeres. Esto, naturalmente, no está reñido con la profunda unidad que mueve los corazones de todos.


Una familia extendida por toda la tierra puede estar efectivamente unida gracias a la Comunión de los santos, que el fundador del Opus Dei solía imaginar gráficamente como la capacidad de compartir la misma sangre arterial. La beata Guadalupe Ortiz de Landázuri experimentó de muchos modos este tipo de unión. El miércoles 4 de junio de 1958, don Álvaro había dejado a Jesús reservado por primera vez en el sagrario del centro de la Obra de Madrid en el que ella vivía. Relatando algunos detalles de este suceso, Guadalupe escribía por carta a san Josemaría, que se encontraba en Italia, a muchos kilómetros de distancia: «[Don Álvaro] Nos habló de Roma y nos parecía estar allí junto al Padre, como en realidad estamos siempre y queremos estarlo cada vez más, aunque como ahora, estemos lejos»[7]. Quienes han experimentado un amor auténtico, reflejo del amor divino, saben que los límites del espacio físico son muy relativos para saberse cercanos a las demás personas, de manera especial en los días de algún aniversario.


TERMINADO el Concilio Vaticano II, la Iglesia dirigía estas palabras a todas las mujeres: «Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud (…). Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto»[8]. Se trata de un proceso siempre en curso, en el que las mujeres del Opus Dei están llamadas a poner «en diálogo toda su riqueza espiritual y humana con las personas de nuestro tiempo»[9]. Esa es precisamente la misión divina transmitida a san Josemaría en 1928: dar a los cambios en la sociedad, desde dentro, el rostro de Cristo, siendo protagonistas principales de la historia.


«Hijas mías, –decía el fundador del Opus Dei, en un 14 de febrero– yo quisiera que hoy os dierais cuenta de tantas cosas como el Señor, la Iglesia, la humanidad entera esperan de la Sección femenina del Opus Dei; y que, conociendo toda la grandeza de vuestra vocación, la améis cada día más»[10]. La vocación de las mujeres en el Opus Dei es una vocación apostólica, una luz que el Señor ha suscitado para que pueda ponerse «sobre el candelero» (Lc 11,33), de modo que a todos alcance su claridad y su calor. «De la santidad de la mujer depende en gran parte la santidad de las personas que la rodean»[11].


Cada 14 de febrero es un día de oración agradecida a Dios y de fiesta. Por un lado, porque, en continuidad con el 2 de octubre, ese día se abrió un camino de verdadera alegría cristiana para muchas mujeres y, en consecuencia, para todos; y, por otro lado, porque Dios continúa bendiciendo a su Iglesia a través de los sacerdotes de la Obra que, prestando su voz y sus manos a Cristo, llenan de santidad todos los caminos de la tierra. Se anota en el diario del centro en el que vivían muchas mujeres del Opus Dei en Roma, cerca de san Josemaría, en un aniversario de aquella fecha: «Hoy es un día grande, feliz, lleno de alegría para nosotras. Es día de echar a volar todas las campanas de Roma, día de pasárselo entero dando gracias a Dios. Y día también de celebrarlo, porque es como si fueran los santos y cumpleaños de todas»[12]. Esta alegría se extiende a todas las personas que se acercan al calor de la Obra, con quienes podemos agradecer, junto a santa María, todos los dones que Dios ha regalado a su Iglesia.

13 de febrero de 2026

SER MAS CRISTO

 



Evangelio (Mc 7, 31-37)


De nuevo, salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano. Y apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró, y le dijo:


—Effetha, que significa: «Ábrete».


Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían:


—Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL SEÑOR, en su afán por anunciar el Evangelio, predicó frente a grandes multitudes, como el sembrador que echa la semilla a voleo. Pero, a la vez, muchas veces Cristo también se comportó como el médico que viene a sanar enfermos, de uno en uno: escuchaba, miraba, examinaba, curaba. En cierto pasaje de la Escritura, vemos que quien buscaba a Jesús no lo hacía por sus propios medios, ya que no estaba en capacidad de expresar su necesidad, sino ayudado por otros: se trataba de un sordo que apenas podía hablar. El Evangelio nos indica que son probablemente sus familiares o sus amigos quienes «lo traen» y «ruegan» (cfr. Mc 8,22) a Jesús que imponga sus manos sobre él.


Esta escena puede ser una imagen de nuestro papel como apóstoles: nosotros también estamos llamados a compartir con nuestros amigos la fuerza sanadora de Cristo, que hemos experimentado en nuestra propia vida. Muchas veces, una persona que no puede escuchar, al mismo tiempo, encuentra dificultades para comunicarse; y es cierto que tantas personas que nos rodean quieren, en lo más profundo de su alma, tener una relación con Dios más cercana, pero quizás no saben por dónde empezar. «Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro»[1].


Nos pueden servir, en esta tarea, los dos verbos que usa el evangelista: se trata de «traer» a la gente y «rogar» a Jesús por su curación. La segunda parte parece más sencilla de comprender, pero, la primera, ¿cómo se logra? San Josemaría ofrece algunas pistas, recordándonos que no se trata de «un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios: filiación, que os llena de una serena felicidad −aunque en vuestra vida, a veces, no falten contradicciones−, que los demás ven y envidian. Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana»[2].


LOS AMIGOS de la persona sordomuda, llenos de fe, habían pedido a Jesús que impusiera sus manos sobre el enfermo. Pero el Señor decide obrar de un modo diferente: escoge realizar la curación de manera progresiva: «Apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró, y le dijo: “Effetha”, que significa: “Ábrete”» (Mc 7,33-34). Algo parecido había sucedido cuando devolvió la vista a un ciego, aplicando en sus ojos el lodo que había formado con saliva (cfr. Jn 9,6). Sin embargo, en otras ocasiones había obrado milagros instantáneos, incluso a personas que se encontraban en lugares lejanos.


Sabemos que, tal como exclamamos todos los días en la Santa Misa, basta una palabra de Jesús para sanar cualquier mal. Pero eso nos podría llevar a pensar que siempre y en todo Dios «tendría que» obrar de esa manera. Sin embargo, el devenir de nuestra propia vida nos enseña que no es así. Tantas veces hemos experimentado que Jesús nos conduce por sendas que no parecen atajos, que atravesamos momentos aparentemente innecesarios, similares a aquellos gestos de tocar la lengua o los oídos de aquellos enfermos. Puede suceder que nos hayamos acostumbrado a que todo a nuestro alrededor funcione de una manera aparentemente eficaz, veloz, sin necesidad de esperar… y queramos que así sean todos los demás ámbitos de la vida.


«El Señor está cerca de su pueblo, muy cerca. Él mismo lo dice: “¿Qué nación tiene un Dios tan cercano como vosotros?”. La vida es un camino que Él ha querido recorrer junto a nosotros. Pero cuando el Señor viene, no siempre lo hace de la misma manera. No existe un protocolo de la acción de Dios en nuestra vida. Una vez lo hace de una manera, y en otra ocasión lo hace distinto, pero lo hace siempre. El Señor se toma su tiempo, pero también tiene mucha paciencia (...). En la vida, algunas veces, las cosas llegan a ser muy oscuras. Y sentimos ganas, si estamos en dificultad, de bajar de la cruz. Y éste es el momento preciso: la noche es más oscura cuando el alba se acerca»[3].


AL FINAL DE su paso por la tierra, durante la Última Cena, Jesús dice a sus apóstoles que han hecho bien en llamarlo Maestro (cfr. Jn 13,13). Hemos considerado que el Señor se había atribuido también las imágenes de médico (cfr. Mt 9,12) y de sembrador (cfr. Mt 13,37). Estas tres maneras con las que Jesús se caracteriza a sí mismo nos pueden servir para comprender cómo es su acción en nuestra vida, especialmente cuando pensamos que Dios debería actuar más deprisa, cuando queremos que obre de acuerdo a nuestros tiempos más que a los suyos.


Si pensamos en un maestro, nos damos cuenta de que su labor de guiar al prójimo requiere siempre un largo proceso temporal. Tampoco el médico se comporta con precipitación: hasta la más leve herida en ocasiones puede requerir varias sesiones. Finalmente, si pensamos en el sembrador, podemos notar que no existe semilla que se cultive sola, que no requiera la paciente tarea de ir una y otra vez a regar, a mejorar las condiciones de la tierra, etc.


Escribió san Pablo a los Gálatas: «Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Gá 4,19). El empeño de la Santísima Trinidad es precisamente ese: formar en nosotros a Cristo. «De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo –afirmaba san Josemaría–, de salvar con Él a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo Jesucristo, y Él se dio a sí mismo en rescate por todos»[4]. Y en esta espera por ser cada vez «más Cristo», no tenemos mejor apoyo que el de María: ella, aunque tenía una santa impaciencia por ver a su hijo, esperó nueve meses a Jesús que se formaba en su seno, y después treinta años para ver sus prodigios.

12 de febrero de 2026

Momentos de lucha y fragilidad.

 



Evangelio (Mc 7, 24-30)


Se fue de allí y se marchó hacia la región de Tiro y de Sidón. Entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido. Es más, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Y le dijo:


—Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Ella respondió diciendo:


—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos.


Y le dijo:


—Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.


Y al regresar a su casa encontró a la niña echada en la cama y que el demonio había salido.



PARA TU RATO DE ORACION 



A LO LARGO de la vida pública de Jesús, se repitió muchas veces el mismo patrón: el Señor intenta aislarse para tomar un respiro, para rezar, reflexionar y compartir con sus apóstoles, pero las multitudes le dificultan disponer de esos espacios. En otros momentos, intenta pasar desapercibido, pero ese deseo no se llega a consumar: «Entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido» (Mc 7,24). Conmueve esa necesidad de Jesús, tan humana, de apartarse en soledad. Pero conmueve todavía más pensar cómo el Señor no se guarda nada y no rehúye la atención de las almas.


Uno de los milagros más conocidos de Jesús, la multiplicación de los panes y de los peces, viene precedido por una escena de ese tipo. El Señor invita a los doce «a ir a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud» (Mc 6,32-34). Jesús, que parece que había planificado una jornada tranquila, dedica todo el día a esas personas, hasta el punto de que sus apóstoles lo invitan a despedirlas porque se ha hecho demasiado tarde.


Se trata de maravillosos ejemplos para quien quiere santificar la vida ordinaria. San Josemaría nos recuerda que «a Cristo le interesan los que no tienen tiempo»[1], es decir, las personas que viven ocupadas, que trabajan intensamente. De hecho, Jesús vivió así, y es por eso por lo que los cristianos estamos llamados a darnos cuenta de que es «corto nuestro tiempo para amar»[2]. Jesús no tenía horario de atención porque la Redención no era para él una tarea, entre otras, por cumplir. Y con esa actitud estamos llamados, también nosotros, a encarar nuestra vida de cristianos.


CUANDO CORRIÓ LA VOZ de que había llegado Jesús a aquella zona, muchas personas comenzaron a agolparse alrededor de la casa en donde estaba. Pero para una mujer en concreto, la presencia de Jesús suponía algo diferente, algo decisivo: la posibilidad de pedir la curación de su hija, poseída por un espíritu impuro. Así que va directamente al Señor y, con una suplicante actitud, llena de humildad, se postra a sus pies para pedirle el milagro. Escribe san Josemaría: «Al considerar que son muchos los que desaprovechan la gran ocasión, y dejan pasar de largo a Jesús, piensa: ¿de dónde me viene a mí esa llamada clara, tan providencial, que me mostró mi camino?»[3]. En el Evangelio, son muchos los que no fueron conscientes de la magnitud de lo que estaban contemplando. Afortunadamente, tenemos también el ejemplo de esta mujer, y de otros como Jairo o como los amigos del paralítico.


Los pasajes evangélicos que nos narran este tipo de peticiones a Cristo tienen un factor común: sentirse necesitados. La mujer que pide la curación de su hija ve en Cristo su única opción de salir adelante, su única posibilidad de cambiar el rumbo del destino. «Dices: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”, y no sabes que eres un desdichado y miserable, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,17), nos recuerda, con fuertes palabras, el Apocalipsis.


La actitud confiada de esta mujer, ese saberse necesitada de Jesús, es una imagen de la auténtica fe. «Saberse pequeños, saberse necesitados de salvación, es indispensable para acoger al Señor. Es el primer paso para abrirnos a Él. Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esto. En la prosperidad, en el bienestar, vivimos la ilusión de ser autosuficientes, de bastarnos a nosotros mismos, de no tener necesidad de Dios (...). Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos (...). Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios. De hecho, precisamente en la fragilidad descubrimos cuánto nos cuida Dios»[4].


EL DIÁLOGO QUE SE PRODUJO entre Jesús y la mujer que acudió a él es un ejemplo de fe perseverante. Ella era sirofenicia de origen, es decir, no pertenecía al pueblo elegido. Es por eso que el Señor, al escuchar su petición, le contesta con palabras que nos pueden sonar duras: «Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos» (Mc 7,27). El Señor señala que su prioridad en ese momento es recuperar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero no era la primera vez que el Señor parecía poner obstáculos a lo que se le pedía: basta pensar en Caná, cuando le dijo a su Madre que no había llegado todavía su hora (cfr. Jn 2,4).


Sin embargo, tal como ocurrió en esas bodas, Jesús se dejó conquistar una vez más por el corazón de una madre, que supo plasmar su amor en una manera delicada de insistir: «Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos» (Mc 7,28). Ante esa respuesta, surgen inmediatamente las palabras de boca de Cristo: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Una vez más, la narración evangélica nos presenta la fe como esa llave que abre las puertas de nuestro corazón a Dios, para que pueda realizar su obra.


La fe grande de esta mujer es un reflejo de la fe de santa María. «Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solo nuestro bien?»[5].



11 de febrero de 2026

VIRGEN DE LOURDES


EVANGELIO Jn 2, 1-11

Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:

—No tienen vino.

Jesús le respondió:

—Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.

Dijo su madre a los sirvientes:

—Haced lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo:

—Llenad de agua las tinajas.

Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo:

—Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.

Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía —aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían— llamó al esposo y le dijo:

—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.

Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


Historia de la aparición de la Virgen en Lourdes

Año 1858. Al sur de Francia, en las estribaciones de los Pirineos centro-occidentales, se encuentra una pequeña localidad, cuya población ronda los cuatro mil habitantes. Se cuenta que Mirat, un jefe sarraceno, ocupó la fortaleza que domina el pueblo en el año 778. Después, acabó convirtiéndose al cristianismo y su nombre de bautismo, Lorus, fue dado a la ciudad, que más tarde se transformaría en Lourdes.


En Lourdes vive Marie-Bernarde Soubirous —a quien llaman Bernadette— la mayor de una familia numerosa y paupérrima; tiene catorce años y ayuda a su madre en las tareas domésticas. 


El jueves 11 de febrero, un velo de bruma envuelve la ciudad y las montañas circundantes. El día es muy frío y húmedo. Bernadette, su hermana Toinette y una amiga, Jeanne, salen a buscar leña a Massabielle. A cierta altura del camino, hay que cruzar un pequeño canal, que confluye en el Gave de Pau. Al otro lado, sobre una gruta, se ve un nicho oval excavado en la roca. En los alrededores, muchas ramas secas.


Ella misma recuerda así lo que sucedió en ese momento: “Cierto día fui a la orilla del río a recoger leña con otras dos niñas. Enseguida, oí como un ruido. Miré a la pradera, pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies una rosa dorada, del mismo color que las cuentas de su rosario.


Creyendo engañarme, me restregué los ojos. Metí la mano en el bolsillo para buscar mi rosario. Quise hacer la señal de la cruz, pero fui incapaz de llevar la mano a la frente. Cuando la Señora hizo la señal de la cruz, lo intenté yo también y, aunque me temblaba la mano, conseguí hacerla. Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas, aunque sin despegar los labios. Al acabar el rosario, la visión se desvaneció”.



Lourdes, 9 de julio de 1960

La Virgen se le aparece dieciocho veces: 11 en febrero, cinco en marzo, una en abril y la última, el 16 de julio de ese mismo año de 1858. Sólo Bernadette la ve. Conforme se suceden las apariciones, multitud de gente acude a su lado; notan gran alegría en su rostro, pero no consiguen ver ni oír nada. Hasta la tercera aparición, el 18 de febrero, la Señora no habla. Ese día, cuando Bernadette le ofrece papel y pluma para que escriba su nombre, la Señora le dice en el dialecto patois local —el de las provincias del Béarn y Bigorre—: “No es necesario... No te prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro”.


El 24 de ese mes, en la octava aparición, musita: “Penitencia, penitencia, penitencia...” Y añade: “Ruega por la conversión de los pecadores”. Al día siguiente, por mandato expreso de la Señora, Bernadette excava con sus manos la fuente de Lourdes, cuya agua tantos milagros ha obrado y sigue obrando. El 2 de marzo le pide que sea erigida allí una capilla, donde se acuda en procesión. Y por fin, en la decimosexta aparición, el 25 de marzo, la Señora revela su nombre. Bernadette se lo pregunta por tres veces consecutivas. Al principio, Ella sonríe, sin responder. “A mi tercera pregunta, la Señora unió sus manos y las llevó sobre el pecho... miró al Cielo... luego, separando lentamente las manos e inclinándose hacia mí me dijo: Que soy éra Immaculada Councepciou, soy la Inmaculada Concepción”.


Bernadette corre a contárselo al párroco, el señor cura Peyramale, en un principio escéptico y desconfiado ante las apariciones, que queda impresionado al oírla. Conoce la ignorancia religiosa de la niña, que aún no ha hecho la Primera Comunión —la recibiría el 3 de junio de ese año— y que no ha oído hablar del dogma proclamado cuatro años antes por Pío IX: que la Virgen fue concebida sin pecado.


El Obispo de Tarbes nombra una comisión que estudia el asunto y en 1862 acepta como ciertas las apariciones de la Virgen. También llegan las aprobaciones pontificias: en 1876, Pío IX delega en el Arzobispo de París para la consagración del templo; León XIII aprueba en 1891 la festividad de la Aparición de la Inmaculada en Lourdes, el 11 de febrero, que Pío X la hace fiesta universal; y Pío XI beatifica y canoniza a Bernadette.


La presencia de la Señora en Massabielle se manifiesta asimismo por los milagros, espirituales y materiales, que allí ocurren.


En momentos difíciles de la historia del Opus Dei

Nuestra Señora de Lourdes está especialmente unida a una página entrañable de la historia del Opus Dei: el final del paso de los Pirineos que san Josemaría realizó en 1937, con varios hijos suyos y otras personas, durante la guerra de España.


El 10 de diciembre era el día señalado para salir del Principado de Andorra y pasar a Francia, desde donde entrarían nuevamente en España por la frontera de Hendaya. Para san Josemaría, quedaban atrás unas jornadas inolvidables, intensas, marcadas por un fuerte agotamiento físico y, en sus primeras etapas, por un hondo desasosiego interior, ante la incertidumbre de si la decisión tomada había sido la oportuna; más tarde, una caricia de Santa María en los bosques de Rialp le había confirmado el acierto del viaje emprendido.


En Andorra consiguieron un permiso de tránsito por tierra francesa, de veinticuatro horas de duración. Apremiaba el tiempo, los caminos eran inseguros, la nieve abundante, el frío intenso, y evidente el agotamiento físico de todos.


“Sin embargo no fuimos directamente a Hendaya –escribe Pedro Casciaro, uno de los que acompañaban a san Josemaría–: el Padre deseaba hacer una escala en Lourdes para dar gracias a Nuestra Señora. El viento era cortante y estábamos todos mojados hasta los tuétanos, muertos de frío y tiritando. Salimos hacia Lourdes muy temprano. El Padre iba en silencio, muy recogido, preparando la Santa Misa. Hicimos un rato de oración y rezamos el Rosario. Al llegar, tras superar alguna dificultad en la sacristía del Santuario -el Padre no había podido conseguir una sotana y no le querían dejar celebrar Misa-, pudo celebrar, convenientemente revestido con una casulla blanca de corte francés, en el segundo altar lateral de la derecha de la nave, bastante cerca de la puerta de entrada de la cripta. Yo le ayudé. En Lourdes no estuvimos más de dos horas. ...” (Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, p. 129).


A las nueve y media aproximadamente, el Fundador del Opus Dei celebró la Santa Misa a pocos metros de la gruta de Massabielle. Es fácil imaginar la intensidad de aquellos momentos, la fuerza con que san Josemaría rezaría por sus hijos, la paz en España y en el mundo, la expansión del Opus Dei.