"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

16 de octubre de 2026

SOMOS HIJOS DE DIOS


 Evangelio (Lc 12, 1-7)

En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros, comenzó a decir sobre todo a sus discípulos:

—Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados.

»A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. Os enseñaré a quién tenéis que temer: temed al que después de dar muerte tiene potestad para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos queda olvidado ante Dios. Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA DE AQUELLAS predicaciones multitudinarias, en las que se agolpaban junto a Jesús miles de personas, el Señor les advirtió a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía» (Lc 12,1). Los fariseos, efectivamente, eran como «sepulcros blanqueados», que se ven bonitos por fuera pero por dentro solo contienen muerte. Con su manera de comportarse, escondían la verdad o la camuflaban con dobles intenciones. Sus acciones estaban contaminadas de orgullo, ya que vivían más preocupados de impresionar a los demás que de servirles.

Después de ponerles en guardia frente al peligro de la hipocresía y la astucia, el Maestro invitó a sus discípulos a vivir continuamente en la verdad: «Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados» (Lc 12,2-3). Jesús, que se llama a sí mismo «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), nos indica la verdadera senda para alcanzar el Reino de Dios: abrazar la verdad es la manera de encontrar el amor, es la vía a través de la cual nos encaminamos hacia la verdadera libertad. Sin verdad no hay camino, ni tampoco vida. Por el contrario, buscando la verdad llegamos a encontrar la fe y el amor, porque en definitiva la verdad es una persona: el mismo Jesucristo.

Viviendo como hijos de Dios, mostrando su amor a los demás, damos testimonio de esa verdad que encarnó Jesús. «Preguntémonos: ¿qué verdad atestiguan las obras de nosotros cristianos, nuestras palabras, nuestras elecciones? (...) Los cristianos no somos hombres y mujeres excepcionales. Sino que somos hijos del Padre celestial, el que es bueno y no nos decepciona y pone en su corazón el amor por los hermanos. Esta verdad no se dice tanto con los discursos, es un modo de existir, un modo de vivir y se ve en cada obra»[1].


CUANDO a san Josemaría le preguntaban cuál era su virtud humana preferida, la respuesta era siempre la misma: la sinceridad. En sus escritos abundan las referencias a esta virtud, a la que sitúa en el centro del desarrollo espiritual de un cristiano que quiera seguir a Cristo en medio del mundo. Así, por ejemplo, escribe: «Me has pedido una sugerencia para vencer en tus batallas diarias, y te he contestado: al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. –¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[2].

En el Evangelio encontramos a muchas personas que, después de confiar a Jesús sus miedos y fragilidades, hallaron un renovado impulso en sus propias vidas. En el acompañamiento espiritual tenemos un hermano que, caminando a nuestro lado, nos ayuda a conocernos mejor, tratando de arrojar un poco de luz sobre las cosas que nos ocurren para que descubramos lo que el Señor está tratando de decirnos.

En la dirección espiritual, la sinceridad no se refiere solamente a contar las cosas que han salido mal. Esa apertura del alma está relacionada también con la manifestación de nuestros afectos y deseos más profundos. Para ello, en primer lugar, es necesaria la sinceridad con uno mismo. Descubrir esa dimensión interior sobre las realidades que nos alegran y nos entristecen nos proporciona un valioso conocimiento, pues nos indican dónde está nuestro corazón. Y esto «requiere la capacidad de detenerse, de “apagar el piloto automático”, para adquirir conciencia sobre nuestra forma de hacer, sobre los sentimientos que nos habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin darnos cuenta»[3].


LA SINCERIDAD de vida es compatible con los errores y defectos, pues nos mueve a no ocultarlos y a luchar por rectificarlos. Esta sencillez tenía para san Josemaría una profunda raíz evangélica: «Mira: los apóstoles, con todas sus miserias patentes e innegables, eran sinceros, sencillos..., transparentes. Tú también tienes miserias patentes e innegables. –Ojalá no te falte sencillez»[4].

El fundador del Opus Dei dedicó una de sus Cartas a hablar sobre la humildad en la vida espiritual. En ella animaba a sus hijos a reconocer que tenían los pies de barro y a no tener miedo de las debilidades que pudieran experimentar. «No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad. Es una pelea constante. Militia est vita hominis super terram. Pero la paz está justamente en la guerra. ¡La paz es consecuencia de la victoria!»[5].

Añadía, además, dónde podíamos encontrar los cimientos sobre los que fundamentar nuestra lucha por la santidad. «Para nosotros la roca es esta: piedad, filiación divina, abandono en las manos de Dios, sinceridad y tener la cabeza en la constante realidad de la vida ordinaria: “Te amo Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi refugio y mi libertador” (Sal 18,2-3)»[6]. Al sentirnos hijos, sabemos que Dios nos acompaña siempre y está pendiente de lo que necesitamos. Y junto a él se encuentra nuestra Madre, a quien podemos pedir ayuda para vivir con esa seguridad de hijos amados.


[1] Francisco, Audiencia, 14-XI-2018.

[2] San Josemaría, Forja, n. 126.

[3] Francisco, Audiencia, 5-X-2022.

[4] San Josemaría, Camino, n. 932.

[5] San Josemaría, Carta 2, n. 10.

[6] Ibíd., n. 7.

15 de octubre de 2026

HUMILDAD ESTE ES EL CAMINO

 


Evangelio (Lc 11,47-54)

»¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo». Sí, os lo aseguro: se le pedirán cuentas a esta generación.

»¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría! Vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido.

Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con furia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, acechándole para cazarle en alguna palabra.


PARA TU RATO DE ORACION 


TANTO LUCAS como Mateo recogen en sus evangelios el célebre discurso de los «ayes», en el que el Señor recrimina a los escribas y fariseos la incoherencia de sus vidas. El Maestro les acusa con dureza porque estaban más preocupados de aparentar que de vivir de acuerdo con la verdad. «¡Ay de vosotros, los doctores de la ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis! ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! (...) ¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia» (Lc 11, 46-47.52).


Lejos de ablandar sus corazones, las palabras que escuchan de labios de Jesucristo les llevan «a atacarle con furia» (Lc 11,53). Ciertamente, el Señor les ha hablado con severidad. Sin embargo, si hubieran mirado con un poco de valentía y sinceridad en su interior, se habrían dado cuenta de que las acusaciones de Jesús eran justas. La humildad, en cambio, permite aceptar la corrección y ponernos en marcha hacia la conversión que el Señor nos pide. Ese es «el camino que nos conduce a Dios y, al mismo tiempo, precisamente porque nos conduce a él, nos lleva también a lo esencial de la vida, a su significado más verdadero, al motivo más fiable por el que la vida vale la pena ser vivida. Solo la humildad nos abre a la experiencia de la verdad, de la alegría auténtica, del conocimiento que cuenta. Sin humildad estamos aislados (...) de la comprensión de Dios, de la compresión de nosotros mismos»[1].


En otros pasajes del Evangelio vemos cómo a Jesús le conmueve la sencillez de los niños que se le acercan y que aún no han aprendido a mentir; la debilidad de los leprosos que le piden ser curados sin dejarse atar por el que dirán; la honradez de los que preguntan porque desean conocer la verdad. El Maestro aprecia la autenticidad y la honradez. Por eso, en otra ocasión, predicará: «Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”; “no, no”. Lo que exceda de esto, viene del maligno» (Mt 5,37).


LA INCLINACIÓN a justificarse de los fariseos y escribas es tan vieja como el mismo hombre. Cuando Dios se extraña al ver el vestido de hojas que Adán se ha puesto y le pregunta si ha comido del árbol, el primer hombre se excusa: «La mujer que me diste, ella me dio del árbol, y comí» (Gen 3,12). Su reacción es echarle la culpa a Eva, para tranquilizar así su conciencia ante lo que acababa de suceder.


Cuenta don Javier Echevarría que san Josemaria «luchó siempre contra todo tipo de excusas que frenan el cumplimiento del deber, aunque no supongan una ofensa grave al Señor. (...) En esos detalles se demuestra el amor. Por eso, rechazaba radicalmente cinco razonamientos, que no dudaba en calificar de diablos: es que, pensé que, creí que, mañana, después»[2]. El deseo de tener un corazón atento, que vigila, lleva a escuchar la voz de Dios en todas esas pequeñas luchas.


El examen de conciencia es un medio que nos ayuda a conocernos mejor y a reconocer las llamadas que Dios nos dirige cada día. Si en ocasiones nos damos cuenta de que no hemos sabido corresponder, en ese momento podemos pedir al Señor la gracia de recomenzar al día siguiente. Como decía san Josemaría: «Nuestra vida –la de los cristianos– ha de ser así de vulgar: procurar hacer bien, todos los días, las mismas cosas que tenemos obligación de vivir; realizar en el mundo nuestra misión divina, cumpliendo el pequeño deber de cada instante. –Mejor: esforzándonos por cumplirlo, porque a veces no lo conseguiremos y, al venir la noche, en el examen, tendremos que decir al Señor: no te ofrezco virtudes; hoy solo puedo ofrecerte defectos, pero –con tu gracia– llegaré a llamarme vencedor»[3].


LA LLAMADA y el seguimiento de Cristo están íntimamente conectados con la necesidad de examinarnos en el amor de Dios. En la oración necesitamos enfrentarnos a nuestras debilidades, sin miedo, mediante un examen de conciencia sincero, que nos permita poner nombre y apellidos a lo que nos pasa. El beato Álvaro, en una de sus primeras cartas pastorales, aconsejaba «hacer a conciencia el examen de conciencia»[4]. En otras palabras, animaba a sus hijos a ser valientes para mirar en el interior del corazón, yendo hasta el fondo, para encontrar las causas de las debilidades.


Este empeño por conocernos mejor nos podrá ayudar a crecer en libertad, pues de este modo descubrimos la continua mirada y acción del Señor en nuestra existencia, que nos impulsa a vivir con autenticidad. En cambio, «el olvido de la presencia de Dios en nuestra vida va a la par que la ignorancia sobre nosotros mismos, la ignorancia sobre las características de nuestra personalidad y sobre nuestros deseos más profundos»[5]. En este examen podemos reavivar los ideales que queremos que nos muevan y pedir su gracia a Dios para que nos ayude a vivir según nuestra vocación. De este modo, podremos acompañar de cerca al Señor, sin quedar atrapados por lo que nos aparta de él. Cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles, ellos, «abandonando todas las cosas, ¡todo!, le siguieron... Y sucede algunas veces que nosotros –que deseamos imitarles– no acabamos de abandonar todo, y nos queda un apego en el corazón, un error en nuestra vida, que no queremos cortar, para ofrecérselo al Señor. –¿Harás el examen de tu corazón bien a fondo? –No ha de quedar nada ahí, que no sea de él; si no, no le amamos bien, ni tú ni yo»[6].


La Virgen María supo dirigir sus afectos hacia la misión que el ángel le había anunciado: ser la Madre de Dios. Desde aquel día toda su vida, incluso los más pequeños detalles, giraría en torno a esa vocación. Ella nos podrá ayudar a que también nuestra entera jornada sea expresión del amor que tenemos a su Hijo, y que se extiende a las personas que nos rodean.


[1] Francisco, Audiencia, 22-XII-2021.


[2] Javier Echevarría, Memoria del beato Josemaría.


[3] San Josemaría, Forja, n. 616.


[4] Beato Alvaro del Portillo, Carta 8-XII-1976, n. 8.


[5] Francisco, Audiencia, 5-X-2022.


[6] San Josemaría, Forja, n. 356.



14 de octubre de 2026

BUSCAR A DIOS EN EL DIA A DIA

 


Evangelio (Lc 11,42-46)

«Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!

¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las sinagogas y que os saluden en las plazas!

¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!

Entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica:

—Maestro, diciendo tales cosas nos ofendes también a nosotros.

Pero él dijo:

—¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis!».



PARA TU RATO DE ORACION 



CON FRECUENCIA Jesús era invitado a comer en las casas de personas muy diversas: acudía al hogar de sus discípulos y de sus amigos; participaba en los banquetes que le organizaban como muestra de agradecimiento, como es el caso del publicano Zaqueo; incluso, comía con los dirigentes del pueblo cuando se lo pedían. En una ocasión, cuenta san Lucas, Jesús aceptó la invitación de un conocido fariseo. El anfitrión, al ver que el Señor se sentó a la mesa sin haber respetado la costumbre de lavarse las manos, se incomodó. Probablemente, el resto de comensales también se dieron cuenta y criticaron interiormente la actitud del Maestro.

El texto no explicita si ese gesto del Señor lo realizó pensando en ofrecer una enseñanza. Lo que nos cuenta el evangelista es que Jesús aprovechó la situación para transmitir un mensaje a los allí presentes: que a los ojos de Dios lo trascendente no es solo lo externo –«lo de fuera»–, sino también «lo de dentro», es decir, las razones que mueven el corazón (Lc 11,40). «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!» (Lc 11,42). El tono de sus palabras es duro. Jesús les acusa de hipocresía y desenmascara su engañosa conducta. Porque algunos fariseos estaban más pendientes de aparentar externamente que de vivir conforme a la verdad. Andaban tan empecinados por la literalidad de la ley que se olvidaban del espíritu que la animaba.

En cierto sentido, la actitud de los fariseos también puede darse hoy en día. Algo similar ocurre cuando vivimos nuestros compromisos diarios con Dios y con los demás de manera fría y automática. Quizá sabemos que es algo que hay que hacer, pero no terminamos de intuir su verdadero valor. Es entonces cuando tal vez el motor que inspira esas acciones es la inercia, el deseo de quedar bien o simplemente el miedo a lo que pueda ocurrir si las omitimos. Dios no solo quiere que cumplamos con lo establecido, sino sobre todo que lo hagamos por amor. «Ama y haz lo que quieras», enseñaba san Agustín. Y continuaba diciendo: «Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos»[1].


ALGUNOS fariseos no reconocían la acción de Dios en las obras de Jesús. Frente a la sencillez y naturalidad con la que el Señor actuaba, esos fariseos vivían pendientes de una multitud de pequeños preceptos que debían realizar escrupulosamente, convencidos de que así agradaban a Dios, mientras descuidaban la rectitud de su corazón y la caridad con los demás hombres. En la enseñanza de Cristo, por el contrario, el secreto de la justicia no se detiene principalmente en la importancia o en la perfección material de lo que se lleva a cabo, como en el amor que lleva a hacerlo de la mejor manera posible. «¡Todo por amor!»[2], repetía san Josemaría, porque «todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece»[3]. Así, no hay trabajos o tareas de poco relieve, pues la importancia radica en el amor con que se realizan.

Refiriéndose a la santificación del trabajo, predicaba en una ocasión el fundador del Opus Dei: «Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la rutina: servid a Nuestro Padre Dios»[4]. De esta manera, nos resultará natural y necesario preguntarnos, en especial cuando examinamos nuestra conciencia, por los motivos que nos empujan a comportarnos de una determinada manera: ¿qué me mueve a realizar esta acción concreta: el amor a Dios y a los demás o mi propia satisfacción personal?

Limitarse simplemente a respetar unas reglas acaba fácilmente convirtiéndose en un peso. De algún modo esto es lo que le ocurrió al hermano mayor del hijo pródigo. A pesar de que parecía que hacía muchas cosas bien –no se alejaba de su padre, trabajaba con esmero en la finca…–, no disfrutaba de la vida que llevaba; incluso podemos intuir que envidiaba la decisión de su hermano y las diversiones que habría tenido. Por eso es necesario buscar sinceramente el bien de los mandamientos divinos y de aquello que nace como fruto de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos: esto es algo liberador, que nos permite saborear lo que es realmente valioso. Porque no solo importa lo que hago, sino también el bien que persigo cuando lo hago. La vida es un viaje en el que vamos purificando poco a poco nuestras intenciones y vamos adentrándonos en adquirir los bienes mejores, rectificando la dirección al percatarnos que el rumbo se ha torcido. Y así, luchando por elegir lo que es mejor para nosotros, crecerá el deseo de amar a Dios sobre todas las cosas.


EN EL TRATO con Dios, el cristiano necesita proteger unos tiempos y un orden en la propia vida para que las demás realidades del mundo no sofoquen lo que es esencial y lo que en realidad da sentido al resto. Planificar y tener unas prioridades es, al fin y al cabo, lo que procuramos realizar con cualquier actividad que nos interesa: cuidar a nuestra familia, crecer en un aspecto profesional, mantener las amistades, descansar y estar en buena forma física... De lo contrario, es fácil que las prisas y las urgencias del día a día nos arrastren, hasta el punto de alejarnos de los bienes que deseábamos cuidar. Al conjunto de prácticas de piedad que componen la jornada de un cristiano san Josemaría lo llamaba plan de vida. Se trata de momentos que permiten descubrir que «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[5] en medio del trabajo y de las demás actividades. Por eso, el plan de vida responde a la necesidad del alma «de buscar a Dios, de encontrarle y de tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario»[6].

San Josemaría prevenía a las personas de la Obra para que ese plan de vida no se transformara en un programa agarrotado y tieso, cuya realización fuera un fin en sí mismo. Por el contrario, sus contenidos, decía, «no han de convertir­se en normas rígidas, como compartimentos estancos; señalan un itine­rario flexible, acomodado a tu condición de hombre que vive en medio de la calle, con un trabajo profesional intenso, y con unos deberes y rela­ciones sociales que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con Dios. Tu plan de vida ha de ser como ese guante de goma que se adapta con perfección a la mano que lo usa»[7]. Se entiende entonces que el cumplimiento de ese plan no tiene como objetivo un mero «cumplo y miento»[8], no es algo que haya que hacer y tachar para quedarnos tranquilos: son medios que nos abren a Dios y a las necesidades del prójimo. Podemos acudir a la intercesión de la Virgen María para que nos ayude a obrar en todo momento por amor, con el deseo de identificarnos con su Hijo.


[1] San Agustín, Homilías sobre la 1 Jn (homilía séptima), n. 8.

[2] San Josemaría, Camino, n. 813: «Hacedlo todo por Amor (...) La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo».

[3] San Josemaría, Camino, n. 429.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios (Trabajo de Dios), n. 68.

[5] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, 2000, p. 114.

[6] San Josemaría, Carta 3, n. 13.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 149.

[8] Beato Álvaro del Portillo, Carta 15-IX-1975, n. 8.

13 de octubre de 2026

Nosotros somos lo que deseamos.

 



Evangelio (Lc 11,37-41)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo:

— Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro, y así todo será puro para vosotros.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS se encuentra en casa de un fariseo. Cuando se pone a la mesa, el anfitrión se extraña al ver que el Señor no se ha lavado antes de la comida. Y el Maestro, conociendo a dónde se dirigían sus pensamientos, le dice: «Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro?» (Lc 11,39-40).

El Señor no condenó la práctica de lavarse. Lo que pretendió transmitir fue más bien que, por encima de las apariencias, cuenta realmente el espíritu con que se realizan las buenas obras. «Les decía que solo se ocupaban de las cosas externas, y despreciaban como ajenas las interiores, porque ignoraban que lo que se hacía con el cuerpo había que hacerlo también con el alma»[1].

En este sentido, la santidad no consiste en ir incorporando cada vez más y más obras buenas en nuestra vida. Para que realmente sean buenas, es necesario que estas vayan acompañadas de una interioridad que se adhiera sinceramente a ese bien; es decir, que desarrollemos una actitud que lleva a reflexionar sobre las razones de nuestro obrar, de modo que nuestras acciones tengan una raíz sana y tiendan además hacia un bien valioso, aunque aparentemente el resultado no sea nítido en un primer momento. Por ejemplo, luchar por no enfadarse para evitar problemas y para que nadie disturbe nuestra paz puede movernos hasta cierto punto y puede tener un origen en parte egoísta. En cambio, si lo que nos impulsa es el deseo de ser personas que reaccionan serenamente para preservar la caridad y unidad en un grupo, nos ilusionará luchar en el día a día, aunque en ocasiones nos veamos un tanto gruñones, susceptibles o rencorosos. Con el tiempo y la gracia de Dios, nuestro esfuerzo por ser sinceramente mansos irá abriendo paso a nuevos ideales, como el de llegar a una edad avanzada siendo personas encantadoras, que transmiten alegría y comprensión.


SAN JOSEMARÍA solía considerar la virtud de la castidad como una «afirmación gozosa»[2]. Un planteamiento así contrasta con el de quien pone un excesivo énfasis en el no, como si la virtud consistiera simplemente en no hacer, no pensar o no mirar. Nuevamente, la buena acción requiere una buena tierra en la que arraigar: necesita un buen deseo, una intención noble que la impulse. La castidad es, por tanto, un sí al amor, porque es el amor lo que la hace valiosa y le confiere su sentido. Naturalmente, se ha de decir no a ciertos actos o actitudes que le son contrarios y que toda persona sensata percibe precisamente como negaciones del amor. Pero, a pesar de requerir algunos noes, la castidad es una realidad eminentemente positiva.

En esta lucha, como con cualquiera otra virtud, a veces será necesario actuar contra la inclinación, y entonces quizá los noes estarán más presentes. Sin embargo, la experiencia cristiana muestra la importancia de recordar que ese no es el objetivo; se trata solo de un paso que, si no va seguido de otros, formará solamente la capacidad de frenarse, de reprimir nuestra voluntad. Ordenar la tendencia a la belleza y al placer significa integrar la castidad en el bien de la persona: conocer los propios anhelos, purificarlos e integrarlos hasta conferir unidad a nuestra vida, de modo que los deseos y, en general, nuestra sensibilidad, sean cada vez más acordes con nuestra identidad y la refuercen. Un corazón impuro es un corazón fragmentado, sin rumbo; un corazón puro, en cambio, es un corazón que ha aprendido progresivamente a unificar, a dar una dirección armoniosa a las distintas dimensiones de la vida.

Por eso, al fundador del Opus Dei le gustaba considerar los frutos de una vida templada, de una que no está atada a las cosas que brillan pero que no tienen valor. «Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios. La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[3].


A VECES podemos percibir en nuestra vida algunos afectos contrarios a nuestra identidad. Darnos cuenta de esta realidad es el primer paso para reorientar nuestros deseos hacia lo que nos hace verdaderamente felices. Ignorar o despreciar esta valiosa información que nos ofrecen las pasiones y los sentimientos puede acabar produciendo la división de la que habla el Señor: una copa perfectamente limpia por fuera, pero sucia por dentro; muchas obras buenas, pero un corazón que quizá no disfruta del todo con la vida que está llevando. En ocasiones, esa purificación que Jesús nos pide no será tanto corregir un determinado comportamiento externo, sino redirigir los deseos latentes que se hallan en nuestro corazón; deseos que pueden manifestarse en ilusiones no coherentes con nuestro proyecto de vida o pequeñas aspiraciones frustradas que no terminamos de dejar en manos del Señor y de afrontarlas con él.

«Dios nos ha hecho así: amasados de deseo (...). Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien»[4]. Purificar nuestros deseos nos conduce a disfrutar cada vez más de la realidad tal como es, pues encontramos en los distintos momentos del día una oportunidad de llevar a cabo el ideal que alimenta nuestra existencia. Aprendemos a saborear la valiosa felicidad que nos ofrece cada jornada, sin vías de escape y sin tensiones entre el exterior y el interior: tanto las acciones como las aspiraciones de nuestro corazón pueden ser coherentes con nuestra vocación. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a tener un mayor conocimiento de nuestros afectos, para que podamos dirigirlos al Amor que sostiene nuestra vida.


[1] Hegemonio, Acta disputationis Archelai episcopi Mesopotamiae et Manetis haeresiarchae 21

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 5.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84.

[4] Francisco, Homilía, 6-I-2022.

12 de octubre de 2026

A los pies de la VIRGEN del PILAR

 


EVANGELIO san Lucas 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantando la voz, le dijo:

«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».


Pero él dijo:

«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».


PARA TU RATO DE ORACION 

A los pies de la Virgen del Pilar

Durante sus años de seminarista y estudiante de Derecho en Zaragoza, San Josemaría acudió todos los días a la Santa Capilla de la Virgen del Pilar, que celebra su fiesta el 12 de octubre

El 23 de junio de 1992, tras la recién celebrada beatificación del Fundador del Opus Dei, el entonces prelado de la Obra, Mons. Álvaro del Portillo ofreció un manto a la Virgen del Pilar. 


Con motivo de la fiesta de la Virgen del Pilar, ofrecemos hoy el texto pronunciado en aquella ocasión y lo enmarcamos con sendas citas de las biografías de San Josemaría de José Miguel Cejas y Michele Dolz.


"No sabemos lo que sintió en su alma el joven Josemaría cuando divisó en la lejanía, procedente de Logroño, las altas cúpulas del Pilar, con sus torres erguidas junto a la ribera del Ebro. Quizá resonara en sus oídos aquella vieja oración que solían cantar a coro, al dar las horas, en las aulas colegiales de Barbastro: "Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza". Quizá le evocara algún requiebro mariano de una jota popular.


No lo sabemos; pero es seguro que su corazón latió con fuerza al contemplar la silueta de aquella Basílica entrañable y de aquella ciudad en la que iba a estudiar segundo curso de Teología y donde iba a iniciar una nueva vida –¡tan distinta!–.


Y también es seguro que, como buen aragonés, una de las primeras cosas que hizo al llegar a Zaragoza fue visitar a la Madre de Dios en la Santa Capilla donde acudían –y acuden– a venerarla millares de peregrinos desde tiempo inmemorial".

Capilla de la Virgen del Pilar. Foto: Catedral de Zaragoza

"Fueron años de estudio intenso, que se reflejaron en buenas calificaciones académicas; y años de crecimiento espiritual, que llevaron a Josemaría a una profunda vida de piedad. El joven seminarista se acercaba todos los días a la cercana Basílica del Pilar y le confiaba sus afanes y sus inquietudes íntimas a la Virgen: “Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es? Y con un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro. Domina, ut sit!”.

Pasaba largos ratos de oración junto al Sagrario en la capilla del Seminario. A veces, durante toda la noche. “Un día –contaba— pude quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre. Sabía que no era esa la costumbre, que besar el manto se permitía exclusivamente a los niños y a las autoridades (...). Sin embargo, estaba y estoy seguro de que a mi Madre del Pilar le dio alegría que me saltara por una vez los usos establecidos en su catedral

En la ceremonia de entrega del manto, Mons. Tomás Gutiérrez, Vicario Regional de la prelatura en España, pronunció las palabras preparadas por don Álvaro:


"¡Virgen Santa del Pilar. Madre Dios y Madre Nuestra!

Desde Roma te saludo con mis hijas y mis hijos, con los Cooperadores y amigos del Opus Dei que hoy participan del solemne acto de la entrega del manto que, con tanto cariño, hemos preparado para Ti. Nos hemos reunido para agradecerte, con toda el alma que la Trinidad Beatísima haya querido hacernos partícipes de la alegría inmensa del contar a tu hijo Josemaría, nuestro Fundador, entre los bienaventurados. ¡Gracias, Madre nuestra!

En el manto se han bordado las palabras grabadas por el Beato Josemaría en la base de una reproducción de tu imagen del Pilar, el 24 de mayo de 1924. Domina, ut sit! Señora, que sea eso... que tú quieres: era el Opus Dei; éramos cada uno de nosotros, los fieles de la Prelatura y sus Cooperadores y amigos que, a lo largo de los siglos, formarán parte de la Obra de Dios o participarán de su calor con el único fin de ser santos y difundir la santidad entre los hombres.

Base de la imagen con las palabras grabadas por san Josemaría

De nuevo nos ponemos enteramente en tus manos. Madre nuestra: trátanos como cosa tuya y haz que cada día amemos más a tu Hijo, con una fidelidad a Dios y a la Iglesia como la de nuestro Fundador.


No he podido cumplir mi deseo de ponerme hoy a tus pies, como Prelado del Opus Dei, para hacerte personalmente la ofrenda. De corazón, os acompaño desde Roma, mientras mi Vicario para España realiza ese ofrecimiento.


¡Virgen Santísima del Pilar, ruega por el Papa y los Obispos, por los sacerdotes y por todos los cristianos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén!


PARA MEDITAR

La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, nunquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima. Hago mía una vez más esa expresión, mientras redacto estas páginas sobre la Virgen del Pilar.


Los temas se acumulan en el corazón y en la memoria. Por un lado, la historia de una maravillosa advocación mariana, tan ligada al inicio de la evangelización de España; los milagros realizados en la tierra aragonesa por las manos de María; la maternal protección de Nuestra Señora a todos los que han acudido y acuden, desde el mundo entero, a este santuario de la misericordia divina. Por otro lado, mis recuerdos personales.


La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias. En marzo de 1925 celebré mi primera Misa en la Santa Capilla. A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.


He tenido luego muchas pruebas palpables de la ayuda de la Madre de Dios: lo declaro abiertamente como un notario levanta acta, para dar testimonio, para que quede constancia de mi agradecimiento, para hacer fe de sucesos que no se hubieran verificado sin la gracia del Señor, que nos viene siempre por la intercesión de su Madre.


Pero no vamos a tratar ni de la historia de la advocación a la Virgen del Pilar —conocida por todos, constantemente relatada, transmitida por siglos de padres a hijos—, ni de mis recuerdos personales. Me gusta vivir ese buen pudor que reserva las cosas profundas del alma a la intimidad entre el hombre y su Padre Dios, entre el niño que ha de intentar ser todo cristiano y la Madre que lo aprieta siempre en sus brazos. Desearía, en cambio, que estas manifestaciones mías sobre la Virgen del Pilar fueran una ocasión para que considerásemos algunos puntos de la fe de la Iglesia sobre María, y algunas de las devociones con las que el pueblo fiel la ha honrado a lo largo de los tiempos, y la sigue honrando con cariño filial.


María se llama Madre de Dios porque Ella concibió y de Ella nació el Verbo hecho carne. Este dogma de la Maternidad divina de Nuestra Señora constituye la fuente y la raíz de los privilegios con que el Señor decidió adornarla. María es la Santa Virgen, antes del parto, en el parto y después del parto, como enseña el viejo y amadísimo catecismo de la doctrina cristiana. En Ella se cumplieron las proféticas palabras que el Espíritu Santo puso en boca de Isaías: una virgen concebirá y dará a luz un hijo, será su nombre Emmanuel1.


Como preparación a ese portento, Nuestra Señora había sido preservada del pecado original y concebida Inmaculada. Es la llena de gracia2, como la saludó San Gabriel. No sólo con muchas gracias, sino llena, con toda la gracia; por eso el Arcángel añade: Dominus tecum3 , el Señor está en ti, en ti todo el amor de Dios Padre, todo el fuego divino del Espíritu Santo; en ti toma carne el Verbo. En los misterios centrales de nuestra fe cristiana —la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo y la Redención del género humano— participa María, criatura como nosotros, pero ensalzada por encima de los hombres y de los ángeles: más que Ella, sólo Dios.


El cuerpo purísimo de la Madre de Dios no quedó sujeto a la corrupción del sepulcro, ni hubo de esperar su glorificación hasta el fin del mundo. La Inmaculada Virgen, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial4.


La Iglesia define como dogmas de fe estas verdades fundamentales de la existencia de María: su Maternidad divina, su perpetua Virginidad, su Inmaculada Concepción, su Asunción a los Cielos. Y el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia propone también, a la fe de los cristianos, la doctrina sobre otros privilegios y prerrogativas de Nuestra Señora.


La aclama como Corredentora, Mediadora ante el Señor, indisolublemente unida a su Hijo, único Mediador entre Dios y la humanidad. La intervención de María, su corredención real no puede separarse de la Redención de Cristo. Mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, y allí, no sin designio divino, permaneció en pie, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su Sacrificio, consintiendo amorosamente a la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado5.


Viendo Jesús a María y al discípulo amado, que estaba allí, se dirige a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después habla con el discípulo: ahí tienes a tu Madre. Desde aquel momento la recibió el discípulo por suya6. Y nosotros por nuestra. Dios nos la entrega como Madre de todos los regenerados en el Bautismo, y convertidos en miembros de Cristo: Madre de la Iglesia entera. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros miembros, escribe San Pablo7. La que es Madre del Cuerpo es Madre de todos los que se incorporan a Cristo, desde el primer brote de la vida sobrenatural, que se inicia en el Bautismo y se robustece con el crecimiento de los dones del Espíritu Santo

Trasladémonos con la imaginación a Caná, para descubrir otra de las prerrogativas de María. Nuestra Señora pide a su Hijo que remedie aquella triste situación, de un convite de bodas donde no tenían vino. Indica a los criados: haced lo que el os diga8. Y Jesús realiza lo que su Madre le había sugerido, con maternal omnipotencia. Si así obró Cristo para ayudar a aquella gente en un problema doméstico, ¿cómo no escuchará a su Madre, cuando María le ruega por todos sus hijos?


Dios quiere conceder a los hombres su gracia, y quiere darla a través de María. Distamos mucho, escribía San Pío X, de atribuir a la Madre de Dios una virtud productora de la gracia sobrenatural, virtud que sólo pertenece a Dios. Sin embargo, puesto que María sobresale por encima de todos en santidad y en unión con Jesucristo, y ha sido asociada por Jesucristo a la obra de la Redención, Ella nos merece de congruo, como dicen los teólogos, lo que Jesucristo nos ha merecido de condigno, y ella es el ministro supremo de la dispensación de las gracias9. Ella es la seguridad, Ella es el principio y el asiento de la sabiduría; y Ella, la Virgen Madre, medianera de todas las gracias, es la que nos llevará de la mano hasta su Hijo, Jesús.


La Madre de Cristo, Rey y Señor de todo lo creado, Rey de un reino de vida, de verdad, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz10, es Reina también del mundo, de los hombres y de los ángeles. Reina que ansía reinar, antes que nada, en los corazones de sus hijos. Así son las madres: no buscan el clamor aparatoso; esperan esas pequeñas manifestaciones de que los hijos no las olvidan, de que el pensamiento y el corazón saltan de gozo —una alegría tranquila, serena, profunda— cuando se piensa en la madre.


Pero los buenos hijos saben entregar a su madre más de lo que pide. ¿Hace falta poner ejemplos, al escribir sobre la Virgen del Pilar? Entre las paredes de este templo —que parecen de piedra y son de amor—, se ha encendido el cariño de muchas generaciones de cristianos. Mi preferencia va a los gestos y a las palabras que han quedado entre cada alma y la Madre de Dios; a esos millones de jaculatorias, de piropos callados, de lágrimas contenidas, de rezos de niños, de tristezas convertidas en gozo al sentir en el alma la caricia amorosa de Nuestra Madre.


El culto a Santa María, las muestras de amor a la Santísima Virgen pertenecen al patrimonio de la Iglesia universal. No puede decirse que sean propias o exclusivas de un determinado país o de una institución religiosa. Se han plasmado en devociones, aprobadas y recomendadas por la Iglesia, unidas a ese tesoro de fe que forman los dogmas y los extraordinarios atributos que acabo brevemente de mencionar.


Para mí, la primera devoción mariana —me gusta verlo así— es la Santa Misa. En la fiesta de la Maternidad, la Iglesia ha recogido esta oración: Oh, Dios, que en la fecunda virginidad de María Santísima has dado a los hombres los tesoros de la salvación eterna, concédenos que experimentemos la intercesión de Aquella por la que hemos sido hechos dignos de acoger al Autor de la vida, Jesucristo.


Cada día, al bajar Cristo a las manos del sacerdote, se renueva su presencia real entre nosotros con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad: el mismo Cuerpo y la misma Sangre que tomó de las entrañas de María. En el Sacrificio del Altar, la participación de Nuestra Señora nos evoca el silencioso recato con que acompañó la vida de su Hijo, cuando andaba por la tierra de Palestina. La Santa Misa es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En ese insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo

El trato con Jesús, en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre. Quien encuentra a Jesús, encuentra también a la Virgen sin mancilla, como sucedió a aquellos santos personajes —los Reyes Magos— que fueron a adorar a Cristo: entrando en la casa, hallaron al Niño con María, su Madre11. Pero la vida sobrenatural es rica, variada: en otros instantes, llegaremos a Jesús si pasamos antes por María. Nuestra oración a la Santísima Virgen se convierte así en un itinerario que, poco a poco, nos va acercando al Corazón amabilísimo de Jesucristo.


¿Cómo entender, si no, el Rosario, maravillosa y universal devoción mariana? El Santo Rosario constituye una oración, una plegaria cuajada de actos de fe, de esperanza, de amor, de adoración y de reparación. No me canso nunca de recomendarlo a todos, para que lo recen en sus hogares, que han de ser —como el de Nazaret— focos de noble cariño humano y de amor divino.


Los misterios de gozo recogen cinco escenas entrañables —hablo con terminología ascética clásica— de la Trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Allí se aprende a venerar al Santo Patriarca, Nuestro Padre y Señor, varón recto, justo, delicado. Allí Santa María encarna para nosotros todas las virtudes cristianas: la fe, el amor, la santa esperanza, la humildad, el espíritu de servicio, la obediencia rendida a Dios. Allí nace Dios, de nuevo, pidiendo otra vez posada en el corazón de cada uno.


Así cabría discurrir por los misterios dolorosos y gloriosos, y lo mismo por la explosión de júbilo y de amor que son las letanías. El que recite el Rosario con perseverancia, con sencillez, desde lo hondo de su alma, saboreará cada día esos distintos y maravillosos descubrimientos de los tesoros de gracia que Nuestro Padre tiene preparados para sus hijos.


Es cuestión de amor, no de un sentimiento superficial que necesite el apoyo de la emoción, aunque no rechacemos el fervor sensible, si Dios quiere dárnoslo. Amar a María significa conocerla, tratarla; tratar a María —ya lo he dicho— es también conocer y tratar a su Hijo, penetrarse de su palabra, cuidar, hasta la fidelidad en los detalles, su enseñanza: la fe de nuestra Santa Iglesia Católica.


Pero no debemos preocuparnos si, al principio, existe sólo el buen empeño de rezar, casi maquinalmente, una pequeña plegaria a Nuestra Señora. Cuando esa oración sincera brota de un corazón que, a pesar de los pesares, no ha olvidado los desvelos maternos, Santa María alienta esa frágil brasa y lleva el alma al deseo de formarse en la doctrina de su Hijo. Aquella corta plegaria — el tenue rescoldo cubierto entre las cenizas— se transforma en fuego que quema las miserias personales, capaz de atraer a otros a la luz de Cristo.


Hay muchas devociones marianas, además del rosario, como son muchos los modos de expresar el cariño a nuestra madre de la tierra; unos hijos lo demuestran con un beso; otros, con el regalo de unas flores; otros, con silencios que confían a los ojos la intensidad del afecto. Cosa análoga ocurre con el amor a nuestra Madre del Cielo: abundan las devociones, y no han de estar todas incorporadas en la piedad de cada cristiano. Pero he de asegurar, al mismo tiempo, que no posee la plenitud de la fe el que no revela de alguna manera su amor a María.


En estas páginas, me dirijo especialmente a los millones de cristianos, repartidos por el mundo entero, que invocan a Santa María con el título de Nuestra Señora del Pilar. Al escribirles sobre esta práctica de piedad a la Santísima Virgen, me invade la impresión de vender miel al colmenero. No me atrevo a dar lecciones, cuando me refiero a un lugar donde tanto he aprendido. No busco prosélitos, sino cómplices: compañeros en la bendita tarea de cantar a la Madre de Dios. Pero tampoco puedo dejar de preveniros ante las circunstancias de estos momentos actuales, cuando en la Santa Madre Iglesia suenan voces confusas — digámoslo con la sinceridad de mi tierra; herejías—, que intentan arrancar la verdad de las inteligencias de los fieles

Escribí cuando era joven —con una convicción cristalizada quizá en aquellos años de mis diarias visitas al Pilar— que a Jesús se va y se vuelve por María. Con esa misma convicción afirmo que no nos ha de extrañar que, los que no desean que los cristianos vayan a Jesús —o que vuelvan a El, si por desgracia lo han perdido—, empiecen silenciando la unión a Nuestra Señora o sosteniendo, como hijos ingratos, que las tradicionales prácticas de piedad están superadas, que pertenecen a una época que se pierde en la historia. Las almas desgraciadas, que alimentan esa confusión, no perciben que quizá involuntariamente cooperan con el enemigo de nuestra salvación, al no recordar aquella sentencia divina: pondré perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo12.


Si se abandonan las numerosas devociones marianas, muestras del amor a Nuestra Señora, ¿cómo lograremos los hombres, necesitados siempre de concretar nuestro amor con frases y con gestos, expresar el cariño, la gratitud, la veneración a la que con su fiat —hágase en mí según tu palabra— nos ha convertido en hermanos de Dios y herederos de su gloria?


Si se debilita en el alma del cristiano el trato con María, se inicia un descamino que fácilmente conduce a la pérdida del amor de Dios. La Trinidad Santísima dispuso que el Verbo bajara a la tierra, para redimirnos del pecado y restituirnos la condición sobrenatural de los hijos de Dios; y para que viéramos a Dios en carne como la nuestra, para que admirásemos la demostración palpable, tangible, de que todos hemos sido llamados a ser partícipes de la naturaleza divina13. Y este endiosamiento, que la gracia nos confiere, es ahora consecuencia de que el Verbo ha asumido la naturaleza humana, en las purísimas entrañas de Santa María.


Nuestra Señora, por tanto, no puede desaparecer nunca del horizonte concreto, diario, del cristiano. No es indiferente dejar de acudir a los santuarios que el amor de sus hijos le ha levantado; no es indiferente pasar por delante de una imagen suya, sin dirigirle un saludo cariñoso; no es indiferente que transcurra el tiempo, sin que le cantemos esa amorosa serenata del Santo Rosario, canción de fe, epitalamio del alma que encuentra a Jesús por María.


Ahora entendemos el sentido profundo del Pilar. No es, ni ha sido nunca, ocasión para un sentimentalismo estéril: establece una base firme en la que se asienta una norma de conducta cristiana, real y sólida. En el Pilar, como en Fátima y en Lourdes, en Einsiedeln y en Loreto, en la Villa de Guadalupe y en esos miles de lugares que la piedad cristiana ha edificado y edifica para María, se educan en la fe los hijos de Dios.


La historia del Pilar nos remonta a los comienzos apostólicos, cuando se iniciaba la evangelización, el anuncio de la Buena Nueva. Estamos todavía es esa época. Para la grandeza y la eternidad de Nuestro Señor, dos mil años son nada. Santiago, Pablo, Juan y Andrés y los demás apóstoles caminan junto a nosotros. En Roma se asienta Pedro, con la vigilante obligación de confirmar a todos en la obediencia de la fe. Cerrando los ojos, revivimos la escena que nos ha relatado, como en una carta reciente, San Lucas: todos los discípulos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración, con María, la madre de Jesús14.


El Pilar es signo de fortaleza en la fe, en el amor, en la esperanza. Con María, en el cenáculo, recibimos al Espíritu Santo: de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso que soplaba y llenó toda la casa donde se habían reunido15. El Paráclito no abandonará a su Iglesia. Nuestra Señora multiplicará en la tierra el número de los cristianos, convencidos de que vale la pena entregar la vida por Amor de Dios.

11 de octubre de 2026

NI OJO VIO, NI OIDO OYÓ...




 Evangelio (Mt 22,1-14)


Jesús les habló de nuevo con parábolas y dijo:


— El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: “Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas”. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego les dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. 

Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis”. Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?” Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos



PARA TU RATO DE ORACION 



«NI OJO vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Cor 2,9). No hay palabras para expresar la plenitud de felicidad que el Señor quiere comunicar al ser humano. Como explican las primeras palabras del Catecismo de la Iglesia: «Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada»[1].


No hallando palabras con que expresar esa bienaventuranza a la que Dios nos llama, la Sagrada Escritura recurre a imágenes que pueden ayudarnos a intuirla. El profeta Isaías, en la primera lectura de la Misa, nos habla de un espléndido banquete que «el Señor ofrecerá a todos los pueblos, un banquete de sabrosos manjares, un banquete de vinos añejos, manjares suculentos, y vinos exquisitos». En ese convite, «el Señor eliminará el velo que cubre el rostro de todos los pueblos (…), y eliminará para siempre la muerte y (…) enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,6-8).


Abundancia, visión cara a cara, paz, consuelo, plenitud de una vida sin fin. Ese es el destino que nos aguarda, «el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús» (Flp 3, 14). «Piensa en el Amor que en el cielo te aguarda –recomendaba san Josemaría–: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad»[2]; es recordar que «no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la venidera» (Hb 13, 14), de nuestra casa, donde nos espera nuestro Padre Dios. «El cristianismo no anuncia solo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios»[3].


JESÚS retoma la imagen del banquete preparado por Dios para todos los pueblos, pero añade un matiz: el Señor quiere contar con nosotros para hacer llegar a todas las gentes la invitación a ese gran banquete. Es decir, desea que compartamos con todo el mundo nuestra esperanza, que lleguemos al cielo acompañados de muchas personas. Al mismo tiempo, nos previene contra un obstáculo que quizá podemos encontrar en el cumplimiento de esta misión: el rechazo. «El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero estos no querían acudir» (Mt 22, 2). Ante la primera negativa, el Señor pide a sus siervos que tengan paciencia, que expongan con más detalle a los invitados la maravilla que les espera, y la ilusión que el Señor tiene en que ellos participen en su fiesta (cfr. Mt 22,3-4); «pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron» (Mt 22,5-6).


Se percibe en este relato la tristeza del Señor ante la experiencia del rechazo por parte de los hombres, un rechazo que va desde la fría indiferencia hasta la oposición violenta. Pero el Señor no no se desanima en su deseo de hacer feliz al ser humano, y nos pide que tampoco nosotros nos rindamos: «Marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis» (Mt 22,9). En lugar de cancelar el banquete o limitarse a agasajar solo a sus parientes o amigos más cercanos, extiende su llamada a todos, sin excepción, pues «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). «En la barca de la Iglesia tiene que haber lugar para todos: todos los bautizados están llamados a subir en ella y a echar las redes, comprometiéndose personalmente en el anuncio del Evangelio. (...) A nosotros, como Iglesia, se nos ha confiado la tarea de sumergirnos en las aguas de este mar echando la red del Evangelio, sin señalar con el dedo, sin acusar, sino llevando a las personas de nuestro tiempo una propuesta de vida, la de Jesús: llevar la acogida del Evangelio, invitarlos a la fiesta»[4].


ALGUNOS de los invitados rechazan su puesto en el banquete porque se encuentran ya ocupados en otros asuntos; prefieren saciarse a su manera, con aquello que les da un relativo bienestar. Otro, en cambio, asiste al banquete con un claro deseo de saciarse, pero es rechazado por no haberse presentado con las oportunas galas; es decir, no está preparado para degustar lo que el Señor tenía preparado.


«He aprendido a vivir en la pobreza –dice san Pablo en la segunda lectura–, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza» (Flp 4,12). Si el apóstol puede decir esto, es porque ha hecho la experiencia de dejarse alimentar por Dios; por eso afirma que todo lo puede en aquel que lo conforta (cfr. Flp 4,13) y puede animar con segura certeza a los filipenses: «Mi Dios colmará todas vuestras necesidades, generosamente según su riqueza, con la gloria por Cristo Jesús» (Flp 4, 19).


El cielo será un dejarse alimentar por Dios en el banquete que nos tiene preparado. Pero para poder gozarlo, es necesario aprender a saborear las cosas del Señor, evitando los sucedáneos que atrofian nuestro deseo. «Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban… En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar»[5]. La Virgen María presidirá, junto a su Hijo, el banquete definitivo. A ella le podemos pedir que nos enseñe a saborear el alimento que Dios nos da y que nos sostenga en nuestra misión de atraer a muchas otras almas a la fiesta del cielo.

10 de octubre de 2026

QUERER LOS DEFECTOS DE LOS DEMAS


 Evangelio (Lc 11, 27-28)


Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:


–Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.


Pero él replicó:


–Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”


PARA TU RATO DE ORACION 



LOS EVANGELIOS nos muestran varios momentos en los que Jesús corrige a alguien. Uno de ellos ocurre cuando «una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Y él, inmediatamente, le hace ver el verdadero motivo por el que su madre merece tal elogio: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,27-28).


Decía san Josemaría que «la corrección fraterna es parte de la mirada de Dios, de su Providencia amorosa»[1]. Jesús, en aquella ocasión, corrige a la mujer porque quiere llevarla a la verdad plena. «La corrección fraterna nace del cariño –señala mons. Fernando Ocáriz–; manifiesta que queremos que los demás sean cada vez más felices»[2]. Por eso, preocuparnos de los demás no es juzgar solamente si han cumplido alguna regla, sino procurar mirarlos como Jesús: la suya es una mirada que no se queda en detalles de poca importancia, sino que llena de esperanza, con horizontes grandes. La corrección de Cristo está movida por el amor personal al otro, por su deseo de que seamos felices, y no por mantener cierto orden externo.


«Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[3]. La corrección fraterna no se ejerce desde lo alto, como quien tiene algo que enseñar; se trata más bien de un salir al encuentro del otro para comprenderlo y acompañarlo en sus deseos de santidad. Con la corrección fraterna, la gente que está a nuestro alrededor no se siente sola en su lucha, sino que sabe que puede contar con nuestro apoyo.


«VOSOTROS, mientras hacéis una corrección fraterna, tenéis que amar los defectos de vuestros hermanos»[4], decía san Josemaría. Un corazón que ama es capaz de pasar por encima de aquello que consideramos un defecto en los demás. Lógicamente, en la medida de nuestras posibilidades, intentaremos ayudarle a superarlo; sin embargo, no siempre será posible, o no se conseguirá de un día para otro. Por eso, aprender a amar también aquellos defectos nos introduce de algún modo en la lógica del amor divino. Jesús abraza nuestras cualidades y nuestras debilidades, no pone condiciones de ningún tipo a su amor.


«La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos de los demás en silencio, en la oración para después encontrar el camino correcto para corregirle»[5]. Esto implica respetar la libertad de cada uno, pues así haremos nuestro amor más parecido a aquel que nos tiene Dios. Ayudar en el camino de santidad de un hermano nuestro o una hermana nuestra es más parecido a una paciente y cálida noche en vela, en la que se espera la acción de Dios, que a una fría supervisión. Quien desea ayudar no se queda atrapado solo en lo externo, sino que mira los sucesos a la luz de ese afán de santidad del otro, quitándose las sandalias porque está en lo más profundo de su alma (cfr. Ex 3,5).


Antes de corregir a quien nos rodea, también puede ser bueno recordar las palabras de Cristo: «Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano» (Mt 7,5). Sin dejar de empeñarnos en ayudar a los demás, quizás la mejor manera de animarles a ser santos es nuestra propia santidad. Percibir en otro el bonus odor Christi, el aroma a Cristo, atrae a una vida de amistad con Dios, además de que facilita el ambiente propicio para corregir o ser corregidos, con confianza de hijos del mismo Padre.


PARA VIVIR la corrección fraterna de manera auténtica y fértil, habitualmente es necesario crear antes un contexto de cercanía e interés real por la vida del otro. Corregir a quien no se conoce no suele ser el mejor camino, además de que con frecuencia puede ser injusto. Es decir, que más allá del aspecto a corregir, es bueno que haya una relación de mutua y verdadera amistad, en donde se ha experimentado un cariño manifestado en diversos modos: detalles de servicio, momentos vividos juntos, preocupaciones compartidas… Y, sencillamente como otra expresión más de esa amistad, nace espontáneamente el deseo de ayudar al otro en su camino a la santidad. Así podremos entrar en su corazón delicadamente, sin invadir su intimidad, tratando siempre de hacernos cargo de su situación.


Este contexto nos llevará también a entender las reacciones de los demás cuando sean corregidos. Hay disposiciones del temperamento que nos hacen muy diferentes unos de otros y que san Josemaría consideraba parte central de ese «numerador diversísimo» en las personas en el Opus Dei y en la Iglesia. Para unos, hasta las más delicadas palabras fácilmente suenan a reproche. Otros, en cambio, si las palabras no son especialmente claras pueden percibir una falta de interés. En cualquier caso, si hay antes esa relación de cercanía y amistad, todos descubrimos en la corrección fraterna un gesto de lealtad.


Decía el fundador del Opus Dei que a un hermano, «no toleramos jamás que se le critique a sus espaldas. Y las cosas desagradables las decimos así, cariñosamente, para que las corrija»[6]. Podemos pedir a María que nos ayude a ver a nuestros hermanos con su misma mirada de madre para poder hablar entre nosotros con cariño, delicadeza y lealtad