"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de agosto de 2026

RECUPERAR LA CALMA

  



Evangelio  san Mateo  14, 22-36


En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.


Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.


Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”


En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.


Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados


PARA TU RATO DE ORACION 



“Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[1].


Vamos a comentar, con la ayuda de Dios, la lectura que hoy nos propone el Santo Evangelio, no vaya a ser que tengáis la fe dormida en vuestros corazones, en medio de las borrascas y oleaje de este siglo.


¿Acaso Cristo no tuvo poder sobre la muerte o sobre el sueño?, ¿o quizá el sueño pudo dominar la voluntad del Omnipotente Navegante? Si así pensáis, sin duda Cristo y la fe están dormidos en vuestro corazón. Pero si Cristo vela en vosotros, también vuestra fe está despierta. “Por la fe, Cristo habita en vuestros corazones”[2], dijo el Apóstol.


¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti.

El sueño de Cristo es símbolo de un misterio. Los marineros son aquellas almas que atraviesan el siglo sujetos a un madero. La barca era figura de la Iglesia. Y ciertamente cada alma es templo de Dios, navega en su corazón y no naufraga, si piensa rectamente.


Te injuriaron: es la borrasca; te enfadaste: es el oleaje. Sopla el viento, se levantan las olas, y tu nave y tu corazón naufragan, se hunden. Te injuriaron y deseas vengarte; castigaste de un modo intempestivo y te hundiste. ¿Y por qué? Porque Cristo duerme en tu corazón. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti. ¡Piensa en El!


¿Qué querías? Vengarte. ¿No te acuerdas que cuando le crucificaban dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[3]? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. ¡Despiértale, contémplalo! Su memoria son sus palabras; su memoria es su Ley. Y, si Cristo vela en ti, te dirás: ¿quién soy yo, para querer castigar?, ¿quién, para amenazar a nadie? Quizás moriré antes de vengarme. Y si muero inflamado por la ira, con anhelo y sed de venganza, ¿me recibirá aquél que no quiso castigar, aquél que dijo: “Dad, y se os dará; perdonad, y se os perdonará?”[4]. Reprimiré, pues, mi ira y apaciguaré mi corazón. Mandó Cristo al mar, y se hizo la calma[5].


Esto que más arriba he dicho sobre la ira, aplicadlo para toda clase de tentaciones. Eres tentado y te turbas: son el viento y las olas que se levantan. Despierta a Cristo y habla con El. “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[6]. “¿Quién es este a quien las aguas escuchan? Suyo es el mar, y El lo creó”[7]. “Todo fue hecho por él”[8]. Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo y ¿tú estás sordo? El viento amaina, y ¿tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón. De todos modos, aunque seamos hombres, no desesperemos si el viento arrastra los afectos de nuestra alma. Despertemos a Cristo: nuestra singladura será tranquila y arribaremos a buen puerto.


* * *


Los Sermones de san Agustín están divididos en cuatro clases: De Scripturis (1-133), comentarios a los textos del Antiguo y Nuevo Testamento leídos en la Misa; De tempore (134-272), glosas a las diferentes solemnidades del año litúrgico; De Sanctis (273-340), panegíricos de los mártires; y De diversis, sermones dogmáticos, morales o de circunstancias.


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8, 23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»[1]. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»[2]. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»[3]. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[4].




2 de agosto de 2026

EL REGALO DE LA EUCARISTIA

 


Evangelio (Mt 14,13-21)


Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:


— Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.


Pero Jesús les dijo:


— No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.


Ellos le respondieron:


— Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.


Él les dijo:


— Traédmelos aquí.


Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños



PARA TU RATO DE ORACION 



NOS CUENTA hoy el evangelista Mateo que la multitud buscaba insistentemente al Señor. Disfrutaba tanto con su predicación y sus milagros que, cuando por fin lo encontraban, lo escuchaban con gusto hasta la puesta de sol. En una de estas ocasiones, los apóstoles le sugirieron a Jesús que despidiera a la gente antes de que se hiciera de noche, para que buscaran dónde comprar algo de comida para el camino de vuelta a sus casas. Sin embargo, el Señor, conmovido ante esos corazones que tenían tanta sed de su palabra, no quiso dejarles marchar sin hacerles un último regalo.


Al estar en un descampado, Jesús sabía que no iba a ser fácil encontrar comida para tantos en las aldeas y caseríos cercanos. Por eso quiso aprovechar aquella circunstancia para formar a sus apóstoles. Jesús quería que confiaran en él, que aprendieran a soñar a lo grande y que no se detuvieran ante las dificultades. Entonces les dijo: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). Ellos no entendieron aquella indicación tan desconcertante: el tiempo, el lugar y la falta de recursos hacían imposible alimentar a aquella multitud. Habrían hecho falta varios carros cargados de pan y una cantidad de dinero de la que carecían.


Los apóstoles no sabían qué hacer. Uno de ellos dijo a Jesús: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). Podemos imaginar que se trataba de la merienda o la cena de alguno de los presentes, que ofreció generosamente lo poco que llevaba consigo. «Traédmelos» (Mt 14,18), respondió el Señor. Aquellos pocos panes y peces se convirtieron en la materia prima del milagro. Sucede también así en nuestra vida: Dios sabe bien que nosotros solos no podemos hacer gran cosa, pero no deja de pedirnos que pongamos en sus manos lo poco que tenemos. Gracias a ese pequeño don, Cristo pudo saciar a toda la multitud. Por eso, podemos preguntarnos: «“¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas»[1]. Cuando le ofrecemos con sencillez lo que somos y lo que tenemos, aunque parezca insuficiente, el Señor puede multiplicarlo mucho más de lo que imaginamos.


EL SEÑOR «mandó a la gente que se recostara en la hierba» (Mt 14,19). Poco a poco se fueron distribuyendo por toda la colina, formando corros de amigos y conocidos. Eran más de cinco mil personas; una auténtica muchedumbre, aunque en el corazón del Señor cada uno encontraba un sitio de privilegio. A sus ojos no eran una masa anónima, sino personas elegidas y queridas, reunidas a su alrededor con hambre de salvación. Toda la escena tiene algo de banquete festivo, como una imagen anticipada de los tiempos mesiánicos, cuando el pueblo disfrutará de una salvación definitiva, acompañada de toda clase de bienes.


«Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14,19). Los gestos y palabras de Jesús evocan el rito que el padre de familia realizaba en la comida al partir el pan. Aquel gesto iba acompañado de una oración en la que se unían la acción de gracias, la bendición y la alabanza. Era tradición que el primer trozo de pan lo comiera quien lo bendecía y que después lo distribuyera a los demás. En esta ocasión, ante la cantidad de personas reunidas, Jesús no da los pedazos directamente a la gente, sino que se los entrega a los discípulos para que sean ellos quienes los repartan.


Los apóstoles participaron así en el milagro. A pesar de su pequeñez, se convirtieron en signo concreto de la acción omnipotente del Señor. Era evidente que con cinco panes y dos peces no se podía alimentar a una multitud tan grande. Sin embargo, lo que parecía insuficiente se transformó en una comida abundante, de la que «comieron todos y se saciaron» (Mt 14,20). También hoy el Señor cuenta con nosotros para saciar el hambre de Dios de las personas que nos rodean. Los dones que nos ha dado –la fe, los sacramentos, la vocación– no son solo para nosotros: están llamados a pasar por nuestras manos y a convertirse en alimento para muchos. San Josemaría contemplaba así esta escena: «Él podía sacar el pan de donde le pareciera…, ¡pues, no! Busca la cooperación humana: necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, ¡y es Dios! Esto nos ha de urgir a ser generosos, en nuestra correspondencia a sus gracias»[2]. Jesús podría hacerlo todo sin nosotros; pero quiere asociarnos a su compasión, para que nuestra pobreza, unida a la suya, llegue a ser abundancia para los demás.


AL FINAL del relato, el evangelista añade un detalle significativo: se recogieron «doce cestos llenos de sobras» (Mt 14,20). En esos cestos, colmados de pan y de peces, descubrimos un mensaje sobre la gratuidad y la generosidad divina. Jesús habría podido calcular con exactitud la comida necesaria para todos. En cambio, quiso que hubiera más de lo necesario y que los discípulos recogieran lo que había sobrado. De este modo nos muestra que Dios concede sus dones y sus gracias sin medida, sin los cálculos humanos de la eficacia o de la mera suficiencia.


El don por excelencia que el Señor nos ha hecho, y que queda prefigurado en este milagro, es la Eucaristía. «Pensemos en lo bonito que es –reflexiona el Papa León XIV–, cuando hacemos un regalo –quizás pequeño, acorde con nuestras posibilidades– ver que es apreciado por quien lo recibe; lo contentos que nos sentimos cuando comprobamos que, a pesar de su sencillez, ese regalo nos une aún más a quienes amamos. Pues bien, en la Eucaristía, entre nosotros y Dios, sucede precisamente esto, el Señor acoge, santifica y bendice el pan y el vino que ponemos en el altar, junto con la ofrenda de nuestra vida, y los transforma en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sacrificio de amor para la salvación del mundo»[3].


En este sacramento, Cristo se convierte en alimento para nosotros, que estamos hambrientos de verdad y de vida. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti. –Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú. –Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al sagrario y en la recepción del sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas –¡muchas!– sigan igual camino»[4]. Podemos pedir a la Virgen María un corazón eucarístico como el suyo: un corazón que sepa acudir a Cristo para saciar su propia hambre y que, unido a él, aprenda también a convertirse en alimento para los demás.



1 de agosto de 2026

AFIRMACION GOZOSA

 


Evangelio (Mt 14, 1-12)


En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.


Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.


El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


PARA TU RATO DE ORACION 



HERODES había encarcelado a Juan el Bautista y se había casado con Herodías, la mujer de su hermano. Como el profeta no aceptaba esa unión, el rey lo había metido en la cárcel. Aunque Herodías deseaba matar al Bautista, Herodes reconocía que se trataba de un hombre justo y santo, y quería protegerlo. Además de que le escuchaba con gusto, tenía miedo de que una condena así agitara al pueblo. Sin embargo, el día de su cumpleaños vio danzar a «la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese» (Mt 14,6-7). Ella, instigada por su madre, pidió la muerte del Bautista. Herodes, como no quería incumplir su juramento ni quedar mal frente a los invitados, mandó decapitar a Juan.


Todo parece indicar que Herodes carecía de convicciones buenas y firmes que pudiesen orientar sus inclinaciones más inmediatas. Podríamos decir que, según lo que conocemos de su figura, se guiaba por lo que sentía superficialmente en cada momento. Quizás así llegó a unirse a la mujer de su hermano, por eso mantuvo con vida a Juan, y por eso ofreció a la hija de Herodías lo que quisiese, aunque fuera la mitad de su reino. Afianzar la propia vida sobre algo tan inestable y peligroso como las inclinaciones más inmediatas y superficiales nos lleva, finalmente, a no saber dónde buscar la verdadera felicidad. En estas situaciones, la meta, el fin de las acciones, el porqué hacemos las cosas, cambia con tanta frecuencia que uno no sabe hacia dónde se dirige. Esto, además de producir insatisfacción, puede dar lugar a terribles injusticias como las que comete Herodes con quienes le rodean y consigo mismo.


«Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo (...). De aquí surge el riesgo de transcurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas»[1]. Podemos pedir a Dios que nos ayude a identificar los deseos más profundos que él mismo ha puesto en nuestro corazón para que, trabajando por purificarlos en el camino de la vida, sean la guía que nos oriente hacia la felicidad con él, en la tierra y en el cielo.


HERODES, al escuchar la petición de la hija de Herodías, «se entristeció» (Mt 14,9). Intuía que iba a realizar algo que, en realidad, no deseaba. Por la pasión que le había provocado aquella mujer, por no haber educado a su corazón para gustar ordenadamente del bien y de la belleza, iba a mandar matar a una persona que consideraba respetable. Y esa decisión le llenaba de tristeza, pues iba a sacrificar a alguien a quien estimaba.


Aprender a educar el corazón para lo valioso, en cambio, nos llena de alegría, porque nos permite ser quienes de verdad queremos ser. Aprendemos a gozar con lo verdaderamente bueno, porque crece en nosotros una complicidad con la presencia de Dios en las personas y en todo lo creado. Educar nuestros deseos refuerza nuestra identidad, nos protege ante tantos peligros del camino. Un corazón como el de Herodes sacrifica lo que realmente vale la pena –su matrimonio o la vida de Juan– por un destello de placer; un corazón puro, en cambio, vibra con lo valioso, lo disfruta, no se deja dominar por lo efímero o superficial.


En este sentido, san Josemaría decía que la castidad «es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»[2]. La castidad no consiste en ignorar nuestra afectividad ni en oponerse a lo que sentimos. Aunque es cierto que en algunos momentos implica actuar contra alguna inclinación inmediata, este no es el objetivo de la virtud sino, más bien, el de educar nuestro corazón para disfrutar con bienes más grandes, con lo que de verdad llena nuestra alma.


QUIZÁ todos tenemos la experiencia de estar siguiendo una película, una serie o un libro con especial interés. Nuestros sentidos se encuentran centrados en aquello que ha atraído nuestra atención. La trama nos tiene tan atrapados que no damos importancia a lo que nos sucede alrededor o a las preocupaciones que antes llenaban nuestra cabeza. Sin desmerecer el valor de los formatos que contribuyen al entretenimiento, la imagen de los sentidos sometidos a una fuerza externa quizá puede ayudar a ilustrar aquella sugerencia de san Josemaría para vivir el cuidado del corazón: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[3]. Si uno lleva un mundo dentro de sí –hecho de cosas grandes, humanas y divinas, hacia las que dirigimos nuestra ilusión y nuestro tiempo–, las tentaciones contra la castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir: serán percibidas como una amenaza a la armonía del propio mundo interior, nos complican seguir con atención aquello que realmente nos interesa.


La castidad nos permite conectar afectivamente con las demás personas, y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo genuinamente divertido. En cambio, la falta de esta virtud impide muchas veces gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones personales, pues se perciben como poco relevantes o insípidas. Por eso, decía también san Josemaría: «No me ha gustado nunca hablar de impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así –con sacrificio– [el hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[4]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a hacer crecer en nuestra alma la virtud de la castidad, para poder apreciar así el genuino sabor de una vida junto a su Hijo.

31 de julio de 2026

FE EN LO ORDINARIO

 


Evangelio (Mt 13, 54-58)


Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?


Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.


Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUENTA san Lucas que Jesús, cuando comenzó su vida pública, rondaba los treinta años (cfr. Lc 3,23). Hasta entonces, el Señor había vivido con su familia, primero en Belén y después, tras un breve período en Egipto, en una aldea llamada Nazaret. Un día, Jesús dejó su hogar y se marchó rumbo al desierto de Judea para ser bautizado por Juan. Más tarde, se instaló en Cafarnaún, donde volvía a descansar con sus discípulos después de sus correrías apostólicas.


En una ocasión el Señor regresó a Nazaret, como escala en su recorrido por los pueblos y aldeas de Galilea. Volvía al que fuera su hogar durante tantos años, pero lo hacía como el maestro del que todo el mundo hablaba. La fama de su enseñanza y de sus milagros lo precedían. Y tan era así que sus paisanos, admirados, decían: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,54-56).


Trabajo, familia, amistad, relaciones sociales… Los vecinos de Jesús nos indican las coordenadas en las que se había desarrollado la vida del Señor durante aquellos primeros treinta años. Y se sorprenden. Pero todas esas actividades, tan normales a los ojos de cualquiera, tuvieron un sentido redentor. Las horas pasadas en el taller, las conversaciones con sus amigos, las reuniones de familia… Todo eso contribuyó a la salvación de los hombres y a restaurar nuestra comunión con Dios[1]. Cristo nos muestra así que nuestro día a día también puede tener una dimensión más profunda que la que se puede apreciar a simple vista. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[2].


LOS PAISANOS de Jesús no habían sido capaces de reconocer la santidad escondida en aquella vida corriente, igual a la que ellos llevaban, que había transcurrido durante años delante de sus ojos. Y ahora que veían un poco de los frutos maduros de aquella vida santa de Jesús, «se escandalizaban de él» (Mt 13,57). Para explicarles que su reacción es en cierto modo natural, el Señor recurre a un refrán popular: «No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa» (Mt 13,57).


Como a los vecinos de Jesús, la posibilidad de una santidad tan normal a veces puede resultar sorprendente. Quizá pensamos que, para ser santos, es necesario realizar una hazaña importante o bien llevar una existencia perfecta, sin tacha. En realidad, gracias a Dios podemos contemplar en nuestro día a día a muchas personas que, a través de sus ocupaciones realizadas con amor, nos muestran la normalidad de la vida cristiana. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (...). Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo»[3].


En muchos casos, esos signos de santidad los hemos contemplado por primera vez en nuestros padres. Ellos fueron quienes sembraron en nosotros la semilla de la fe y nos sacaron adelante sin ahorrarse ningún sacrificio. Así le ocurrió, por ejemplo, a san Josemaría. En su adolescencia, había cosas en la conducta de sus padres que no entendía, y se rebelaba interiormente. Con el paso de los años, fue creciendo en la conciencia de aquella santidad que le había pasado oculta. «Lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen… Yo he encontrado bien cerca de mi corazón buenos modelos, que se limitaban a encajar con noble alegría las desdichas, a no exagerar el peso de la santa cruz y a no descuidar sus obligaciones de estado. Mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo»[4].


SAN MATEO cierra la narración señalando que Jesús «no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe» (Mt 13,58). San Marcos, en el pasaje paralelo, añade que es el Señor quien se escandaliza por la incredulidad de sus paisanos (cfr. Mc 6,6). A lo largo del Evangelio vemos que Cristo se sorprende en varias ocasiones por la falta de fe. Repetidas veces dirige a la gente o a los discípulos una queja llena de asombro: «¡Hombres de poca fe!» (Mt 14,31; Mt 16,8; Mt 17,20; Lc 12,28); «si no veis signos y prodigios, ¡no creéis!» (Jn 4,48).


Jesús nos enseña que la fe es una virtud para ejercitar en la vida cotidiana. Desde un punto de vista humano, quizá nos parece que necesitamos cosas extraordinarias y aparatosas para encender nuestra fe. Pero el Señor tiene una lógica diversa. Él ama lo ordinario porque ve constantemente en ello la maravillosa acción de su Padre y la invitación a colaborar con él: «Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6, 26); «mirad los lirios del campo… Dios los viste así» (Mt 6, 28.30); «mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo» (Jn 5, 17).


En unión con Jesús, estamos llamados a dejar que en nuestras circunstancias ordinarias se despliegue su vida divina, en un constante ejercicio de la fe y, con ella, de la esperanza y de la caridad. «Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo»[5]. Nuestro Padre Dios conserva como un tesoro cada instante de nuestra existencia cotidiana, como hizo la Virgen María con aquellos años ocultos de su hijo. Mientras «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52), a su madre no se le escapaba esa santidad cotidiana, y la fue atesorando en su corazón (cfr. Lc 2,51). Ella nos ayudará a descubrir la santidad de la normalidad, y a revivir en cada una de nuestras jornadas la vida oculta de Jesús.

30 de julio de 2026

LA IGLESIA ES SANTA

 


Evangelio (Mt 13,47-53)


Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?


– Sí -le respondieron.


Él les dijo:


– Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.


Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNOS APÓSTOLES eran pescadores del mar de Galilea. Al convivir con ellos, Jesús se familiarizó con las faenas de su oficio; o bien las conocía de antes por desplazamientos a otras poblaciones costeras. Sea de un modo o de otro, muchos de los que acudían a escuchar su predicación vivían en los pueblos situados en los alrededores del lago. Por eso, no es extraño que el Maestro ilustre sus enseñanzas con ejemplos de barcas, redes y peces: «El Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera» (Mt 13, 47-48).


Jesús compara su Reino con una red que recoge peces de todo tipo. Los apóstoles sabían bien que en el lago había muchas especies, pero no todas tenían la misma calidad. Cuando echaban la red barredera, no se detenían a clasificar lo que iban capturando: ya lo harían después, en la orilla, cuando llegue la hora de la selección. Entonces dejarán las redes en la arena y comenzarán la división: los aprovechables se recogerán en cestas, y los malos se tirarán fuera.


La red barredera es, en cierto sentido, una imagen de la Iglesia, que tiene gran parte en traer el Reino de Dios a la tierra. También en la Iglesia coexisten todo tipo de peces, y así sucederá hasta el final de los tiempos. Nosotros mismos luchamos para, a través del camino de la humildad, no ser esa parte que se tira fuera. La Iglesia es «un pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia –señalaba san Josemaría–. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: todos somos polvo y ceniza»[1]. Al mismo tiempo, sabemos que estas debilidades no conforman el panorama definitivo del pueblo de Dios. Por su gracia, siempre podemos percibir signos de santidad en las personas que nos rodean y en quienes nos apoyamos; ellas nos muestran «el rostro más bello de la Iglesia»[2].


LA IGLESIA es santa porque su fundador, Cristo, es santo. «Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»[3]. Sus hijos la amamos porque en ella está Jesús y en ella encontramos los medios de santificación, la doctrina y los sacramentos.


Los cristianos también estamos llamados a esa santidad. En efecto, no se trata de llevar una existencia perfecta, sin defectos; de hecho la Iglesia es santa aunque en su seno se encuentren personas con debilidades. Por eso lo decisivo en la santidad no es tanto la ausencia de errores –algo imposible, por otra parte–, sino el deseo vivo de permanecer en unión con Cristo, que sea él quien tome las riendas de nuestra vida del mismo modo en que él guía a la Iglesia.


«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[4]. Cada santo refleja el rostro de Jesús. De ahí que, en el fondo, la santidad sea «vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús»[5]. Contemplar estos misterios nos ayudará a manifestarlos en el día a día, adecuados perfectamente a nuestro temperamento y a nuestra manera de ser, purificándolos. Con la lectura frecuente del Evangelio podemos empaparnos de ese modo de ser de Cristo y forjar en nosotros su imagen para reflejarla en el mundo.


EN LA IGLESIA conviven la belleza de la santidad, con la fealdad del pecado; la grandeza de corazones generosos, con la mezquindad de otros; la fortaleza que llega hasta el heroísmo, con la debilidad que puede acabar en traición. Por eso, nuestra Madre es santa y, a la vez, en sus fieles, siempre necesitada de purificación y conversión. En cualquier caso, además de empeñarnos humildemente en nuestra propia santidad, «cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño. Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos»[6].


En numerosas ocasiones, Jesucristo predicó que no había venido a curar a los que estaban sanos, sino a los enfermos. Con sus palabras y sus gestos manifestaba que estaba más interesado en los pecadores que en los que se creían ya justificados. Por eso, en su día a día el Maestro no dudaba en acercarse a aquellos que, exteriormente, podía parecer que estaban lejos de Dios: les dirigía su palabra, les invitaba a vivir con él y a seguirle.


La familia que Jesús formó con sus seguidores no era una comunidad de hombres y mujeres perfectos, cerrada en sí misma. Por eso, la Iglesia está llamada a ser también una casa con las puertas abiertas para que todos los que quieran puedan entrar, sin distinción alguna, pues la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4). Las puertas de nuestro corazón estarán siempre abiertas para que cualquiera pueda saciar su sed de Dios. Podemos pedir a María, Madre de la Iglesia, que sepamos reflejar en nuestra vida el rostro del santo pueblo de Dios.

29 de julio de 2026

LOS AMIGOS DE JESUS MARTA MARIA Y LÁZARO

 



.Evangelio San Juan 11,19-27.


Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.

Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.

Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".

Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".

Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".

Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".

Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS no puede caminar cerca de la aldea donde viven sus amigos sin pasar a visitarlos. La espontaneidad con la que el evangelista Lucas nos narra la escena subraya esa profunda confianza que existía entre el Señor y los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro. No hacía falta que anunciara su llegada; ni siquiera era necesario que se preocupara de llevar algún regalo. Sabía que siempre era bienvenido y que sus amigos se alegraban con su presencia y con la posibilidad de manifestarle su cariño. El evangelio nos dice que Marta recibió a Jesús al llegar a la casa. Es fácil imaginarse la emoción que le debió de invadir cuando vio llegar al Maestro. Pero a esa alegría le acompañaría también cierto nerviosismo. Como buena dueña del hogar, quiere que la estancia de su amigo sea lo más agradable posible, así que rápidamente se pone manos a la obra. Mientras él habla, Marta sigue las costumbres de toda anfitriona: facilita el agua para purificar las manos, dispone un poco de aceite para ungir la cabeza… Al mismo tiempo, se esmera para que los platos lleguen en el momento justo y en que no falte nada. Este es el modo que tiene para expresar su amor al Señor.


Pero la agitación del trabajo quizá empieza a ser más de la esperada. Su estado de ánimo se angustia poco a poco. Mientras sigue realizando los servicios, continúa razonando para sus adentros. Se agobia por no llegar y, en un fácil cálculo, llega a la conclusión de que, si su hermana María la ayudase, todo cambiaría. Esta última, por su parte, está sentada a los pies del Señor. Por eso, ante su aparente pasividad, Marta se planta delante de Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude» (Lc 10,40). Marta podría haber disimulado su apuro, su desasosiego; podría haberse acercado discretamente a su hermana, procurando que nadie lo notase, y requerir su ayuda. En cambio, ha optado por dirigirse abiertamente al Maestro y se siente «incluso con el derecho de criticar a Jesús»[1]. Pero, a fin de cuentas, esta es también una manifestación más de cercanía con el Señor, pues ante un buen amigo no hay necesidad de camuflar lo que uno piensa. Podemos pedir a santa Marta que nos ayude a tener esa misma familiaridad con Jesús, a mostrarnos tal como somos cuando hablamos con él, aunque a veces esa sea la oportunidad para que el Maestro nos muestre una mejor manera de ordenar nuestra vida.


JESÚS no responde a la frustración de Marta con palabras duras. Conoce su buena intención. Por eso, en señal de especial cariño, se dirige a ella con la repetición de su nombre: «Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10,41). En ningún momento el Señor le reprocha a Marta no hacer lo que corresponde. Tampoco la invita a sentarse a sus pies, como María, y a olvidarse de los deberes del hogar. ¿Cómo habrían podido comer y descansar del viaje el resto de acompañantes? El cambio que le pidió era, principalmente, interno: le invitaba a vivir sus quehaceres con otra actitud. Marta estaba haciendo muchas cosas, pero se había olvidado de lo más importante: Jesús estaba en su casa y ella quizás no escuchaba sus palabras.


Muchas veces, durante el día, podemos sentirnos desbordados como Marta. Tal vez pensamos que nuestras obligaciones laborales o familiares hacen imposible encontrar el tiempo que nos gustaría para el trato con Dios. Sin embargo, Jesús no nos propone que dejemos de lado nuestros deberes. Como a Marta, nos invita precisamente a encontrar al Señor en esas ocupaciones, a realizar cada tarea sabiendo que el Señor se encuentra siempre en la casa de nuestra alma. De este modo, el trabajo se convierte en un acto de amor constante, un «te quiero» continuo que va más allá de lo que podamos repetir con nuestros labios o con nuestros pensamientos. «Sobran las palabras –señala san Josemaría–, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»[2].


NO FUERON las obras en sí las que distrajeron a Marta de Jesús. La ilusión santa por ofrecerle una buena y reparadora acogida acabó derivando en la tensión y en la angustia porque no llegaba a todo lo que se había propuesto. Había perdido de vista la finalidad de todas sus acciones. Quizá estaba realizando todos esos detalles de servicio por inercia, como lo haría con cualquier otro invitado. Pero Jesús le anima a no olvidar lo verdaderamente importante: Dios estaba en su casa. No estaba simplemente cumpliendo con su cometido de anfitriona: estaba haciendo descansar al Señor. «El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado»[3].


A todos los que deseamos encontrar a Dios en medio del mundo nos puede ocurrir como a Marta. Tenemos muchas cosas entre manos que requieren nuestra atención y nuestro esfuerzo constante. Esto, como es lógico, produce cansancio. Sin embargo, cuando sabemos que todo ese trabajo tiene un sentido más grande del que podemos intuir en un primer momento, es más difícil que esa fatiga pueda quitarnos la paz, porque sabemos que nuestro éxito no es medible con cálculos humanos. En el diálogo personal con Dios podemos redescubrir que todo lo que hacemos está dirigido a amarle; que nos hacemos cargo de este mundo porque es el suyo. De este modo, no nos moveremos simplemente por inercia o por lo que marquen las circunstancias, sino por el deseo de encontrar al Dios escondido en cada cosa que hacemos. «Sin amor, hasta las actividades más importantes pierden valor y no dan alegría. Sin un significado profundo, toda nuestra acción se reduce a activismo estéril y desordenado. Y ¿quién nos da el amor y la verdad sino Jesucristo?»[4]. ¿Y a quién podemos pedir que interceda por nosotros en esta misión de amar a Dios en nuestro trabajo cotidiano si no es a santa María?


28 de julio de 2026

SEBRAR PAZ Y ALEGRIA

 


Evangelio (Mt 13, 36-43)


Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:


—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.


Él les respondió:


—El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA VEZ QUE se han marchado las multitudes que le escuchaban, los discípulos piden a Jesús que les explique a ellos solos la parábola del trigo y la cizaña. Cuando el Señor contó ese relato, ponía el acento en el hecho de que el bien y el mal coexistirán en la tierra hasta el fin de los tiempos. Pero ahora desgrana también otros aspectos, mostrando que sus palabras contenían una dimensión alegórica: el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino, mientras que la cizaña son los hijos del Maligno. Esa cizaña también ha tenido un sembrador, que no es otro que el diablo, al que Cristo llama «el enemigo» (Mt 13,39).


El mal presente en el mundo, y en nuestra propia vida, no es obra de Dios, sino del diablo. Su mayor astucia es hacernos creer que no existe. Como el enemigo de la parábola, siembra cuando los demás duermen, sin llamar la atención, «como la serpiente que lleva el veneno silenciosamente»[1]. Por eso hacemos bien en vigilar nuestro corazón y nuestras acciones, pues en la mayoría de las ocasiones nos tienta en las pequeñas cosas de cada día para alejarnos del Señor.


El diablo pone un empeño particular en sembrar cizaña en los campos del mundo; es decir, en destruir la caridad y la comunión en las personas para que brote la desconfianza y la división. En este sentido, se conservan unos apuntes personales de san Josemaría en los que se refleja su lucha por evitar que el maligno sembrara la cizaña en su corazón: «Tendré muchísimo cuidado en todo lo que suponga formar juicio de las personas, no admitiendo un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2]. Y a continuación, anotaba una serie de propósitos prácticos: «1/ Antes de comenzar una conversación o de hacer una visita, elevaré el corazón a Dios. 2/ No porfiaré, aunque esté cargado de razón. Solamente, si es de gloria de Dios, diré mi opinión, pero sin porfiar. 3/ No haré crítica negativa: cuando no pueda alabar, me callaré»[3]. Podemos, nosotros también, pensar cómo cultivamos en nuestro mundo interior y a nuestro alrededor la caridad y la comunión con los demás, para hacer infecunda la siembra del maligno.


TODOS tenemos experiencia de las insinuaciones que el demonio nos provoca en el corazón. El mismo Jesús también vivió en su propia carne las tentaciones cuando se retiró al desierto. Al mismo tiempo, sabemos que el poder y la influencia del maligno son limitados, porque Dios vino a la tierra «para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con el miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a esclavitud» (Heb 2,14-15). Cristo es el único Señor. Satanás, al fin y al cabo, no es más que una criatura. Es cierto que se le permite hacer el mal –por motivos que quizá no acabamos de entender del todo y que en el fondo están ligados al misterio de la libertad–, pero también es verdad que Dios nos concede la fuerza suficiente para superar cualquier tentación y que, incluso si sucumbiéramos, su misericordia es mayor que cualquier pecado.


Las tentaciones, en sí mismas, no son malas: son pruebas en las que podemos crecer en amor a Dios o en una determinada virtud. Por eso, cuando las afrontamos como lo que son –oportunidades para unirnos más a Dios–, no dejaremos que nos invada el miedo o la sorpresa. La victoria del demonio no siempre consiste en hacernos caer, sino en hacernos vivir con inquietud, en hacernos pensar que no es posible vivir cerca del Señor con esas inclinaciones. San Josemaría decía que él se sentía «capaz de todos los errores y de todos los horrores, en los que puedan caer las personas más desgraciadas»[4]. Y añadía que precisamente en el reconocimiento de nuestra debilidad hallamos nuestra fortaleza: nos lleva a ser sinceros y a pedir ayuda al Señor y a los demás, a ser más comprensivo con los defectos y las luchas de otras personas, y a confiar en el amor misericordioso de Dios.


LA VIDA cristiana no se reduce a luchar contra el mal. A san Josemaría le gustaba considerar que los primeros cristianos eran sembradores de paz y de alegría: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían»[5]. Efectivamente, serían conscientes de la acción del maligno en el mundo, e incluso la experimentarían en sus propia vidas, pero esta realidad no les llevó al pesimismo o al miedo. En los Hechos de los Apóstoles vemos incluso cómo los ataques que sufrían por parte de la autoridad de una ciudad les llevaban a predicar el Evangelio en otros lugares (cfr. Hch 8,1-4).


Los primeros cristianos sabían que no estaban luchando aisladamente. Formaban parte de una comunidad que les impulsaba a sembrar paz y alegría. Compartiendo el Pan y en la Palabra encontraban la fuerza que les ayudaba a permanecer unidos. Sabían que podían recibir aliento de otro hermano y, al mismo tiempo, sentían la responsabilidad de cuidar los gestos cotidianos que reforzaban la pertenencia a una familia. «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios»[6]. María nos puede ayudar a tener un corazón atento a esos gestos, para que podamos sembrar paz y alegría en las almas de quienes nos rodean.