"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de julio de 2026

REZAR UNIDOS

 



Evangelio (Mt 9, 32-38)


Nada más irse, le trajeron un endemoniado mudo. Después de expulsar al demonio habló el mudo. Y la multitud se quedó admirada diciendo:


—Jamás se ha visto cosa igual en Israel.

6

Pero los fariseos decían:


—Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.


Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como un rebaño que no tiene pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA MUCHEDUMBRE es una protagonista más en la vida de Jesús. En varias ocasiones leemos que esas multitudes le escuchan junto a la orilla del lago de Tiberíades o en la ladera de un monte próximo, le presentan enfermos, se benefician de sus milagros o lo aclaman cuando se acerca a Jerusalén. En esas concentraciones, que a veces reúnen a miles de personas, el Señor ve a cada alma de un modo único. El gentío no impide que siga compartiendo su amor a cada hombre y a cada mujer. Los evangelistas hacen notar incluso cómo se compadecía al dirigir su mirada a todas aquellas personas «maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).


«El amor de Cristo nos urge –escribió san Pablo–, persuadidos de que si uno murió por todos, en consecuencia todos murieron» (2 Cor 5,14). Saber que Jesús ha ofrecido la salvación a cada uno de los hombres nos impulsa a adentrarnos en medio de la muchedumbre para anunciar esta buena nueva. «Nos urge la caridad de Cristo –comentaba, por su parte, san Josemaría– para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas (…). De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con él a todas las almas»[1], con el firme convencimiento de que el mejor apostolado es nuestro propio testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio.


Diariamente nos cruzamos con un gran número de gente, además de los más cercanos de nuestra familia, ya sea por la calle, en el transporte público o en nuestro propio trabajo. También a través de internet y de otros medios de comunicación nos llegan noticias de otras personas. Todas ellas forman parte de nuestro mismo hogar: somos hijos de un mismo Padre, habitantes de un mismo mundo, igualmente llamados a alcanzar la verdadera Patria. Cada encuentro es ocasión para dirigirles esa misma mirada de Jesús, rezar por ellas, compadecernos de sus necesidades y ofrecer nuestra alegría y nuestra paz.


SAN JOSEMARÍA destacó en una ocasión cómo el Señor tiene puestos los ojos y el corazón en la gente, en todos los hombres, sin excluir a nadie. Y añadía: «No se nos escapa la lección de que no podemos ser intransigentes con las personas. Con la doctrina, sí. Con las personas nunca, ¡nunca! Actuando de este modo necesariamente seremos –esa es nuestra vocación– sal y luz, pero entre la muchedumbre. De cuando en cuando nos retiraremos a la barca o nos apartaremos a un monte, con Jesús; pero lo ordinario será vivir y trabajar entre la gente, como uno más»[2].


El hecho de que muchas oraciones que rezamos estén compuestas en primera persona del plural –nosotros– está relacionado con ese vínculo que nos une a todos los hombres. Es significativo que las dos primeras palabras de la oración que nos enseñó Jesús, cuando los apóstoles le preguntaron cómo podían rezar, sean «Padre» y «nuestro». Nos dirigimos a Dios, que es Padre de todos los hombres, y lo hacemos junto al propio Jesús, que es Hijo y hombre como nosotros, unidos a todos los hombres y mujeres de la humanidad. Y lo que le pedimos en esa oración no es solo una súplica aislada, sino algo que también presentamos en nombre de nuestros hermanos: danos hoy nuestro pan, perdona nuestras ofensas, no nos dejes caer, líbranos del mal…


Ser conscientes de esa dimensión del «nosotros» en tantas oraciones puede ser un modo de reforzar los lazos que nos unen a los demás, de sumar a todos a nuestra plegaria. De este modo, desarrollaremos un amor apasionado por el mundo, pues es el ámbito de nuestro encuentro con Dios y es nuestro camino hacia la santidad. «Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22-23), escribía san Pablo. Ante esta realidad «nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo»[3].


PODEMOS imaginar que Jesús, cuando se retiraba a un lugar apartado para rezar, hablaría con su Padre de los rostros que habrían llenado su día: los enfermos y necesitados que se habrían acercado a él, los apóstoles que le habrían manifestado sus ilusiones y sus miedos, los fariseos que le habrían dirigido preguntas sinceras o menos sinceras… De la misma manera, en nuestra oración podemos compartir con Dios los afanes e inquietudes de las personas que conocemos: familiares, amigos, compañeros de trabajo… También, incluso, de aquellos con los que quizá solo hemos coincidido fugazmente, de quienes nos han causado alguna contrariedad o tenemos noticia de que están sufriendo. Porque cuando oramos, aunque se trate de un diálogo íntimo con Dios, no nos quedamos solamente en nuestros problemas personales; no podemos dejar de lado el mundo en el que vivimos, los problemas de los demás ocupan también el propio corazón, porque ocupan el de Cristo y el de la Iglesia. Esta dimensión de la oración forma parte de nuestra alma sacerdotal.


«Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre»[4]. Por ejemplo, cuando en Naín una muchedumbre lo rodeaba, supo fijarse en el dolor de una viuda que acababa de perder a su único hijo (cfr. Lc 7,11-12). Probablemente en el hogar de Nazaret Jesús habría sido testigo de miradas llenas de compasión de María y de José. No en vano, su Madre fue la única que, en medio del ajetreo de una boda multitudinaria, se dio cuenta de que faltaba el vino. Seguramente se compadeció al imaginar el disgusto que esto causaría a los recién casados, por eso no dudó en adelantarse y acudir a su Hijo para que actuase. Podemos pedir a María esa misma mirada, ese corazón atento a los dolores de los demás, atento a detectar las necesidades de las personas que nos rodean, para presentarlas con confianza a Jesús.



6 de julio de 2026

ORACION PERSEVERANTE

 


EVANGELIO Mateo 9, 18-26


En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir".


Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su manto, me curaré". Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: "Hija, ten confianza; tu fe te ha curado". Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.


Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: "Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida". Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.


PARA TU RATO DE ORACION 


JAIRO es un hombre importante en la ciudad. La gente le tiene respeto y cariño. Hoy, sin embargo, es quizá el día más triste de su vida: acaba de ver morir a su hija. Ella padecía desde hace algún tiempo una enfermedad que, pese a todos los tratamientos aplicados, no había podido sanar. El desenlace, para muchos, era más que previsible. Mientras llega la gente a su casa para dar el último adiós a la pequeña, Jairo se da cuenta de que todavía no está todo perdido. Ha oído hablar de un hombre que realiza milagros: seguramente él puede hacer algo. Así pues, con decisión, sale en su busca. Al dar con él, se postra y, con tono suplicante, le dice: «Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18).


Hay un abismo de pena y otro de esperanza en la frase breve y contundente de aquel magistrado. La tremenda noticia inicial –«mi hija acaba de morir»– va seguida de un ruego que, en realidad, parece casi un mandato: «Ven, pon la mano sobre ella». Se trata de una súplica apremiante que nace de la fe, de la confianza en la omnipotencia de Jesús. Por eso cierra su petición con una certeza: «Y vivirá». Estos tres acordes de la oración de Jairo pueden ser también un modelo para la nuestra. Aquel hombre desafió el sentido común cuando interpeló al Señor, y lo hizo porque estaba convencido de que el milagro era posible.


«Todas las cosas tienen su tiempo –comentaba en una ocasión san Josemaría–. El Señor conoce perfectamente nuestras necesidades, pero quiere que le pidamos con aquella insistencia de los personajes del Evangelio»[1]. Jesús se debió de emocionar al oír esa súplica llena de fe de Jairo. Por eso se levantó y, junto a sus discípulos, se dirigió a la casa de aquel hombre. No sabemos bien hasta qué punto el Señor es sensible ante nuestros problemas y ante las peticiones que le presentamos; sí podemos tener la certeza de que los conoce mejor que nosotros mismos. Sin embargo, ha querido dejarnos participar de sus obras mediante nuestra oración de petición, además de que pedir a Dios aumenta nuestra fe, nos introduce poco a poco en el misterio de la voluntad divina.


MIENTRAS Jesús se dirigía a la casa de Jairo, se acercó discretamente una mujer enferma. San Mateo precisa que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. En ese tiempo, ella también ha empleado todo su dinero para encontrar una cura, sin resultado alguno. Al contemplar la escena, parece razonable pensar que haya acudido muchas veces a Dios, pidiendo una solución. En esta ocasión, intuyó que Jesús podía concederle aquello que tanto deseaba y, «acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto me curaré”» (Mt 9,20-21).


El Señor, al notar la fuerza que había salido de él, «se volvió y mirándola le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”» (Mt 9,22). Aquella mujer, al contrario de Jairo, no se había atrevido a presentar su petición. Quizá la enfermedad que sufría le provocaba vergüenza, y no se sentía con fuerzas para explicar ante todos los allí presentes el mal que padecía. En cambio, realizó un gesto que, humanamente, no parecía tener mucho sentido, pero que manifestaba una fe audaz: tocar el manto de Jesús. Y lo que todos los tratamientos de la época no habían podido resolver, lo hizo un atrevido y discreto acto de fe.


«De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a él»[2]. ¿Cuáles son mis enfermedades interiores, aquellas que, como la hemorroísa, quizá no me atrevo siquiera a pensar o a exteriorizar? ¿Creo que Dios tiene la fuerza suficiente para curarme, si es que eso es lo mejor para mí? La hija de Jairo y esta mujer son una muestra más de que el Señor no ha venido para los justos, sino para los pecadores (cfr. Lc 5,32).


CUANDO Jesús llegó a la casa de Jairo, «vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada». Dirigiéndose a todos los presentes, les dijo: «Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme». El evangelista recoge cuál fue la reacción de la muchedumbre: «Se reían de él» (Mt 9,23-24). Probablemente Jairo se habrá sentido desanimado al escuchar aquellas carcajadas. En su interior quizá en un primer momento pensaría que, efectivamente, la situación no tenía mucho sentido: su hija había muerto y no había nada que hacer. Pero rápidamente volvería a renovar su fe y a perseverar en su petición. Decidió secundar las palabras del Maestro: echó de allí a todos los invitados, hizo entrar a Jesús en la habitación de su hija y él, tomándola de la mano, obró el milagro: «La niña se levantó» (Mt 9,25).


En ocasiones, cuando hacemos una petición al Señor, podemos experimentar, como Jairo, momentos de desesperanza. Vemos que nuestra súplica no tiene frutos inmediatos y que, incluso, otras personas no se toman en serio nuestra fe. Pero Dios cuenta muchas veces con la perseverante confianza en nuestros ruegos porque sabe mejor que nosotros cuánto nos fortalece ese empeño, cómo se purifica nuestro corazón en esa esperanza. De hecho, muchas veces ese será el verdadero milagro, quizá menos vistoso pero más profundo. De ahí que una característica de la oración sea la tenacidad. «Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera»[3].


Tanto Jairo como la mujer enferma nos muestran el camino hacia el corazón del Señor: una insistente y humilde oración de petición. El hombre lo hace de forma explícita y clara; la mujer, de un modo discreto pero atrevido. Los dos conquistan a Jesús con el reconocimiento de su necesidad, su audacia y su fe. La Virgen María nos podrá ayudar a presentar así nuestras súplicas a su Hijo.

5 de julio de 2026

La debilidad, se convierte en fortaleza

 


Evangelio (Mt 11,25-30)


En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.



PARA TU RATO DE ORACION 

EN UNA OCASIÓN, Jesús dirigió estas palabras a sus discípulos mientras oraba: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Es normal que con frecuencia busquemos modos de reparar el cansancio de la vida cotidiana. En estos momentos, el Señor se presenta como garantía para recuperar las fuerzas y serenar el espíritu. Un rato de oración silenciosa con él nos puede ayudar a apreciar con una perspectiva distinta lo que hemos vivido en la jornada: a la luz de los ojos de Dios, que es un Padre misericordioso, podemos ver de una manera diferente cada uno de esos sucesos. Por eso la oración tiene algo de refugio: junto al sagrario muchas veces se reducen las tensiones, se desvanecen los enfados, reconquistamos la calma y alejamos las nubes que quizá empañan nuestra alegría.


«Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31), les dijo el Señor a los apóstoles en otro momento, y lo mismo nos dice a nosotros. Hoy, con el ritmo agitado de cada jornada llena de trabajo, con un entorno muchas veces lleno de ruido, esa desconexión quizá se plantea como un ideal bonito, pero prácticamente irrealizable. Quisiéramos sustraernos de tantos estímulos que reclaman nuestra atención para centrarnos en lo esencial, pero nos damos cuenta de que no es tan sencillo.


El Papa ha dado algunos consejos muy concretos para facilitar ese clima de recogimiento: «Aprendamos a detenernos, a apagar el teléfono móvil, a contemplar la naturaleza, a regenerarnos en el diálogo con Dios»[1]. Del mismo modo que el descanso físico ayuda al cuerpo a recuperarse, un fenómeno análogo se produce en nuestro corazón y en nuestra alma cuando reservamos un tiempo tranquilo para Dios, sin prisas. Él nos ayudará a recuperar la alegría y la serenidad –si las hubiésemos perdido– y nos dará las fuerzas para luchar en las pequeñas o grandes batallas de cada día.


SAN JOSEMARÍA, en una meditación que dirigió a unos hijos suyos en Roma, hablaba de la fuente de nuestra fortaleza. Conforme pasan los años, es normal que sintamos más el cansancio después de una jornada de trabajo, o bien nos pesa con mayor intensidad algún defecto recurrente, propio o ajeno. Además, la aparición de una enfermedad puede quitarnos las fuerzas físicas e, incluso, debilitarnos interiormente. En esos momentos, el fundador del Opus Dei animaba a buscar refugio en el trato constante con Cristo. «Descubriréis qué fácil resulta entonces la lucha –decía–, veréis cómo todo, todo, todo, hasta aquello que parecía debilidad, se convierte en fortaleza»[2].


Esta actitud nos permite vivir esas contrariedades de un modo distinto. Jesús, por lo general, no hace desaparecer los problemas por arte de magia, como si bastase acudir a él para tener una vida sin sobresaltos. Al buscar cobijo en su corazón, no necesariamente cambian los sucesos externos, pero aprendemos a tener una perspectiva divina de todo lo que nos sucede. Incluso aquello que nos contraría y que no terminamos de entender tiene un sentido que solo podemos descubrir si confiamos en Dios. «Solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»[3].


EL SEÑOR cuenta con nosotros para ayudar a descansar a las personas que nos rodean. Más aún, será él mismo quien ofrezca consuelo y aliento a través de nuestra humanidad, unida a la suya. Probablemente también nosotros hayamos encontrado ese descanso en la presencia de un amigo que, como Jesús, ha sabido escucharnos y nos ha reconfortado con sus palabras y con sus gestos. Es una manifestación de ese deseo de ser ipse Christus –el mismo Cristo– que late en la vida interior del cristiano.


En ocasiones, hacer descansar a otros puede suponer compartir el peso de sus preocupaciones e inquietudes, hacer propia la carga que les cansa o les agobia. Esto implica, a veces, ir un poco más allá de nuestros esquemas y ajustar de modo distinto los planes que teníamos pensado hacer. Una actividad pasa entonces a un segundo plano para ayudar a esa persona que nos busca. De este modo, nuestro corazón se va asemejando más al de Jesús, que «tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Is 53,4), que estuvo dispuesto a sufrir serenamente por nosotros hasta límites insospechados.


Cuando hemos recibido el consuelo de Cristo, sentimos el impulso de convertirnos en descanso para nuestros hermanos. Ver que Jesús ha cargado con nuestro peso nos alienta a hacer lo mismo con los demás. La Virgen María nos ayudará a encontrar el descanso en su Hijo y a darlo a quienes nos rodean. Ella, como madre, reconoce enseguida cuándo estamos cansados o agobiados y nos dice: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»[4].

4 de julio de 2026

ALEGRIA

 


Evangelio (Mt 9, 14-17) 

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:

—¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?

Jesús les respondió:

—¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.

»Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido y se produce un desgarrón peor. Ni se echa vino nuevo en odres viejos; porque entonces los odres revientan, y el vino se derrama, y los odres se pierden. El vino nuevo lo echan en odres nuevos y así los dos se conservan.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS NO ERA un maestro convencional. Llamaba la atención de sus contemporáneos por la libertad con que actuaba y por la autoridad con que enseñaba. Los maestros de Israel de la época, por su parte, eran meticulosos con los preceptos que vivía el pueblo de Israel, hasta el punto de enseñar una casuística que no siempre distinguía lo esencial de lo accidental. Aquello algunas veces se convertía en una compleja guía externa que había que aprender y seguir. Pero las enseñanzas de Jesús tienen un tono distinto: también continuador de la tradición recibida por el pueblo de Israel, sus acciones no se limitaban solamente a cumplir preceptos externos, ni lo enseñaba así a sus discípulos, sino que buscaba suscitar la conversión desde el interior de la persona.

Esto provocó, por ejemplo, que varios se sorprendieran al notar que ni él ni sus discípulos ayunaban en ciertas ocasiones. Cristo responde a sus interlocutores con una imagen de la época: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?» (Lc 9,15). En las bodas de entonces, los íntimos del esposo tenían la tarea de fomentar el tono de alegría de la fiesta. Incluso la ley dispensaba a los amigos del esposo de diversas obligaciones legales, si estas no favorecían el ambiente alegre de la fiesta de bodas. Con esta comparación, Jesús alude a su persona como al esposo, y a sus discípulos como a los amigos del esposo. Él ha traído la alegría de la salvación al mundo.

Dios quiere nuestra felicidad, y no nos manda nada que nos desvíe de aquella meta. Es verdad que, precisamente porque se trata de un objetivo ambicioso, muchas veces costará esfuerzos; otras veces no comprenderemos sus caminos, que pueden también contar con el sufrimiento. Pero los preceptos de Dios nos guían hacia una vida libre y feliz. «Un filósofo decía: “No comprendo cómo se puede creer hoy, porque aquellos que dicen que creen tienen cara de funeral. No dan testimonio de la alegría de la resurrección de Jesucristo”. Es verdad que hay muchos cristianos con cara de tristeza… ¡Pero Cristo ha resucitado! ¡Cristo te ama! ¿Y tú no tienes alegría? Pensemos un poco en esto y preguntémonos: ¿Yo estoy alegre porque el Señor está cerca de mí, porque el Señor me ama, porque el Señor me ha redimido?»[1].


ESTA IMAGEN nupcial es también, en boca de Jesús, ocasión para un anuncio profético de su muerte: «Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán» (Lc 9,15). El esposo arrebatado en la cruz, que llenará de luto los corazones de sus discípulos, es la expresión más cumplida de cualquier ayuno. Tanto en el ayuno como en la cruz, hay luto y privación; pero ambos están impregnados por la alegría de cumplir la voluntad de Dios y por la esperanza de una vida nueva. Por eso el ayuno no es solamente privación, no termina en sí mismo, sino que está orientado a alimentarse de la voluntad del Padre. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34), dijo también Jesús. Esta privación, este movimiento inicial de renuncia a uno mismo, impide que el corazón se quede pegado a las comodidades personales y nos ayuda a tener despierta la sensibilidad espiritual; así podremos descubrir y gozar de los bienes de Dios.

En otro momento, Jesús invita a la gente a dar limosna, a rezar y a ayunar sin que lo sepan las demás personas; solamente de cara al Padre del cielo. Esto también sorprendía a algunos de los oyentes de la época, pues en muchos casos realizaban precisamente esas buenas obras para ganarse la consideración de los demás. Pero Jesús nos recuerda que el valor de las acciones no depende de cómo son vistas por ojos ajenos. En muchas ocasiones, Dios será el único que aprecia una oración, un sacrificio o un gesto de generosidad. Y esto será suficiente. «Tu sonrisa –escribe san Josemaría– puede ser a veces, para ti, la mejor mortificación y aun la mejor penitencia: ese alter alterius onera portate (Gál 6,2), aquel llevar las cargas de los demás, procurando que tu ayuda pase inadvertida, sin que te alaben, sin que nadie la vea, y así no pierda el mérito delante de Dios»[2]. De este modo, pasando oculto, como la sal, el cristiano condimenta todos los ambientes, logrando que «todo sea sobrenaturalmente amable y sabroso»[3].


«TAMPOCO se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan» (Mt 9,17). El odre era una bolsa de cuero. Una vez curtida la bolsa, se aplicaba una costura alrededor del cuero dejando solamente un orificio en la parte del cuello, por donde era vertido el líquido para su preservación. El vino nuevo se vertía en el odre y se dejaba reposar. Conforme el vino iba fermentando, la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas. Pero si el odre era viejo, se ponía duro y perdía elasticidad. Así que si se vertía vino nuevo en un odre endurecido, al fermentar el vino podía reventar el odre, perdiéndose tanto el odre como el vino.

Jesús trae siempre el vino nuevo. Ese vino nuevo es el Espíritu Santo, es la buena noticia de la redención. Y la señal más clara de la presencia del Espíritu Santo en la persona es la alegría. No es casual que Jesús haya querido comenzar su vida pública convirtiendo el agua en un vino exquisito, en el contexto de un banquete de bodas. Cristo ha venido a llenarnos de una vida que alegra el corazón, como el vino alegra un banquete. Pero ese vino nuevo necesita verterse en los odres nuevos que son nuestros corazones. Por eso Jesús prepara los corazones de sus discípulos para que puedan contener la fuerza y la novedad de su vida divina.

Las enseñanzas de ciertos escribas y fariseos de Israel, con sus casuísticas y su vigilancia meramente externa, hacen las veces de odres viejos. La vida nueva del cristiano tiene un principio interior que va más allá. Para llenarse del vino nuevo, el corazón ha de aprender a escuchar y ser dócil al Espíritu Santo, que es fuente de continua renovación. Por eso, podemos pedir a la Virgen que nos dé un corazón como el suyo, capaz de abrirse al vino nuevo que es la vida de Dios en nosotros.

3 de julio de 2026

TOMÁS APÓSTOL

 


Evangelio (Juan 20,24-29)


Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:


—¡Hemos visto al Señor!


Pero él les respondió:


—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.


A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:


—La paz esté con vosotros.


Después le dijo a Tomás:


—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.


Respondió Tomás y le dijo:


—¡Señor mío y Dios mío!


Jesús contestó:


—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber


PARA TU RATO DE ORACION 



Tomás significa "gemelo" La tradición antigua dice que Santo Tomás Apóstol fue martirizado en la India el 3 de julio del año 72. Parece que en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio.


De este apóstol narra el santo evangelio tres episodios.

El primero sucede cuando Jesús se dirige por última vez a Jerusalem, donde según lo anunciado, será atormentado y lo matarán. En este momento los discípulos sienten un impresionante temor acerca de los graves sucesos que pueden suceder y dicen a Jesús: "Los judíos quieren matarte y ¿vuelves allá?. Y es entonces cuando interviene Tomás, llamado Dídimo (en este tiempo muchas personas de Israel tenían dos nombres: uno en hebreo y otro en griego. Así por ej. Pedro en griego y Cefás en hebreo). Tomás, es nombre hebreo. En griego se dice "Dídimo", que significa lo mismo: el gemelo.


Cuenta San Juan (Jn. 11,16) "Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él". Aquí el apóstol demuestra su admirable valor. Un escritor llegó a decir que en esto Tomás no demostró solamente "una fe esperanzada, sino una desesperación leal". O sea: él estaba seguro de una cosa: sucediera lo que sucediera, por grave y terrible que fuera, no quería abandonar a Jesús. El valor no significa no tener temor. Si no experimentáramos miedo y temor, resultaría muy fácil hacer cualquier heroísmo. El verdadero valor se demuestra cuando se está seguro de que puede suceder lo peor, sentirse lleno de temores y terrores y sin embargo arriesgarse a hacer lo que se tiene que hacer. Y eso fue lo que hizo Tomás aquel día. Nadie tiene porque sentirse avergonzado de tener miedo y pavor, pero lo que sí nos debe avergonzar totalmente es el que a causa del temor dejemos de hacer lo que la conciencia nos dice que sí debemos hacer, Santo Tomás nos sirva de ejemplo.


La segunda intervención: sucedió en la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles: "A donde Yo voy, ya sabéis el camino". Y Tomás le respondió: "Señor: no sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" (Jn. 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz. En ese momento ellos eran incapaces de comprender esto tan doloroso. Y entre los apóstoles había uno que jamás podía decir que entendía algo que no lograba comprender. Ese hombre era Tomás. Era demasiado sincero, y tomaba las cosas muy en serio, para decir externamente aquello que su interior no aceptaba. Tenía que estar seguro. De manera que le expresó a Jesús sus dudas y su incapacidad para entender aquello que Él les estaba diciendo.

Admirable respuesta:

Y lo maravilloso es que la pregunta de un hombre que dudaba obtuvo una de las respuestas más formidables del Hijo de Dios. Uno de las más importantes afirmaciones que hizo Jesús en toda su vida. Nadie en la religión debe avergonzarse de preguntar y buscar respuestas acerca de aquello que no entiende, porque hay una verdad sorprendente y bendita: todo el que busca encuentra.


Le dijo Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" Ciertos santos como por ejemplo el Padre Alberione, Fundador de los Padres Paulinos, eligieron esta frase para meditarla todos los días de su vida. Porque es demasiado importante como para que se nos pueda olvidar. Esta hermosa frase nos admira y nos emociona a nosotros, pero mucho más debió impresionar a los que la escucharon por primera vez.


En esta respuesta Jesús habla de tres cosas supremamente importantes para todo israelita: el Camino, la Verdad y la Vida. Para ellos el encontrar el verdadero camino para llegar a la santidad, y lograr tener la verdad y conseguir la vida verdadera, eran cosas extraordinariamente importantes.


En sus viajes por el desierto sabían muy bien que si equivocaban el camino estaban irremediablemente perdidos, pero que si lograban viajar por el camino seguro, llegarían a su destino. Pero Jesús no sólo anuncia que les mostrará a sus discípulos cuál es el camino a seguir, sino que declara que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.


Notable diferencia: Si le preguntamos al alguien que sabe muy bien: ¿Dónde queda el hospital principal? Puede decirnos: siga 200 metros hacia el norte y 300 hacia occidente y luego suba 15 metros... Quizás logremos llegar. Quizás no. Pero si en vez de darnos eso respuesta nos dice: "Sígame, que yo voy para allá", entonces sí que vamos a llegar con toda seguridad. Es lo que hizo Jesús: No sólo nos dijo cual era el camino para llegar a la Eterna Feliz, sino que afirma solemnemente: "Yo voy para allá, síganme, que yo soy el Camino para llegar con toda seguridad". Y añade: Nadie viene al Padre sino por Mí: "O sea: que para no equivocarnos, lo mejor será siempre ser amigos de Jesús y seguir sus santos ejemplos y obedecer sus mandatos. Ese será nuestro camino, y la Verdad nos conseguirá la Vida Eterna".


El hecho más famoso de Tomás


Los creyentes recordamos siempre al apóstol Santo Tomás por su famosa duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.


Dice San Juan (Jn. 20, 24) "En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". El les contestó: "si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su constado, no creeré". Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presento Jesús y dijo a Tomás: "Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Jesús le dijo: "Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver".


Parece que Tomás era pesimista por naturaleza. No le cabía la menor duda de que amaba a Jesús y se sentía muy apesadumbrado por su pasión y muerte. Quizás porque quería sufrir a solas la inmensa pena que experimentaba por la muerte de su amigo, se había retirado por un poco de tiempo del grupo. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció demasiado hermosa para que fuera cierta.


Tomás cometió un error al apartarse del grupo. Nadie está pero informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a recitar el credo un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.


Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo es bellísima profesión de fe "Señor mío y Dios mío", y por eso se fue después a propagar el evangelio, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: "Dichosos serán los que crean sin ver".


Nos cuenta el evangelio de hoy que Tomás no estaba con los demás Apóstoles cuando Jesús se les apareció por primera vez el mismo día de su resurrección. Cuando regresa, no cree en el testimonio jubiloso de quienes estaban allí: “Hemos visto al Señor”. Lo achaca quizá a una experiencia interna o a un desvarío colectivo. Tomás exige algo más que el testimonio apostólico y pide signos evidentes para creer y cambiar de vida.

Al domingo siguiente, Jesús volvió a mostrarse. “Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás –escribió san Josemaría−: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel; y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío!, te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre —con tu auxilio— voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad”[1].

Al contemplar esta escena del Evangelio, “entrando en el misterio de Dios a través de las llagas –comenta el Papa Francisco− (…) como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor”[2].

También podemos sentir como dirigida a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús en la tierra, provocada por el desconfiado Tomás: “Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”.

La fe, la confianza en Dios, es un don divino que necesitamos pedir con humildad: ¡auméntanos la fe! (cf. Lc 17,5). Es un regalo que hemos de cultivar y practicar con obras diarias, porque “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14,12-14).

Por eso decía san Josemaría, “Dios es el de siempre. −Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura”[3].

Es natural que sintamos el anhelo de Tomás −querer ver y palpar a Jesús−, porque conocemos a través de nuestros sentidos corporales. Por eso nos preguntamos con el Papa, “¿cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar”[4].

También podemos sentir como dirigida a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús en la tierra, provocada por el desconfiado Tomás: “Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. La fe, la confianza en Dios sin pruebas llamativas, es una dicha, un don que hemos de pedir humildemente: “¡auméntanos la fe!” (Lc 17,5). Es un regalo que hemos de cultivar y practicar con obras diarias, porque “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14,12-14). Por eso decía san Josemaría, “Dios es el de siempre. −Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura”[5].






2 de julio de 2026

AMISTAD

 



Evangelio (Mt 9, 1-8)

Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.

Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».

Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LAS CIRCUNSTANCIAS actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[1], señala el prelado del Opus Dei. San Mateo nos ofrece, precisamente, un relato de auténtica amistad. Un grupo de amigos de un paralítico, movidos por el cariño que le tienen y por su gran fe, se empeñan en llevarle hasta Jesús para que sea curado. Al Maestro le conmueve este gesto. Por eso, no solo va a curar su cuerpo, sino que «viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2).

San Marcos, en su evangelio, nos cuenta también que había tanta gente en el lugar donde se encontraba Jesús que no podían acercarse a él. Pero esta circunstancia no los detuvo. Con determinación y audacia decidieron subir a lo alto de la casa y descolgaron la camilla con el paralítico, abriendo un boquete en el techo, justo delante de donde estaba Jesús. Podemos imaginarnos la sorpresa de la multitud. Asistirían atónitos al desprendimiento de materiales de la techumbre y al descenso de la camilla. Quizás no todos mirarían con buena cara esta operación, especialmente los dueños de la casa, o quienes habían conseguido entrar gracias a una larga espera. Pero la amistad era más fuerte. Obran con la seguridad y con la libertad de un amor que les mueve a actuar pensando en el bien de ese amigo necesitado, aunque no de la manera en que todos esperaban.

También el paralítico demuestra una gran capacidad de amistad al dejarse ayudar y ponerse en manos de sus amigos. Muy seguro tenía que estar de ellos para prestarse a semejante maniobra. Jesús queda impresionado por la fuerza de esa amistad y por la audacia de su fe. Por eso, a diferencia de otras veces en las que Jesús pide la fe del que va a ser curado, aquí pone el acento en la de los amigos. Esta curación muestra hasta qué punto la verdadera amistad es fuente de bendiciones divinas: «La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura»[2].


LA GRACIA puede potenciar mucho la amistad al abrir aquella relación entre amigos al ámbito de la fe, de la esperanza y de la caridad. Estas tres virtudes se ponen de manifiesto en la escena que estamos considerando. «La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en él, al amor que demuestran tener los unos por los otros»[3]. Jesús curó ayer y sigue curando hoy. Pero la gracia de Cristo «no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo. (…) Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, habrán crecido gracias al gesto de Jesús»[4].

«Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios»[5], dice san Josemaría. La profunda amistad con Cristo habitualmente se manifiesta con naturalidad, sin darnos cuenta, mediante la alegría y un deseo de servir que se expresa en mil pequeños gestos. «Este modo de transmitir el Evangelio reviste una particular eficacia, también por responder a una realidad antropológica importante: el diálogo interpersonal, en el que se busca transmitir a otro el bien recibido. Este diálogo apostólico surge con naturalidad cuando existe amistad sincera. No se trata de una instrumentalización de la amistad, sino de hacer partícipes a los amigos del gran bien de la fe y de la amistad con Cristo»[6].

Porque puede suceder lo contrario, y cuando algo tan valioso como la amistad con un hijo o una hija de Dios es rebajado a un medio para conseguir una meta personal, por más elevada que esta sea, deja siempre un regusto amargo. Jesús admiraba la verdadera amistad porque él mismo la experimentó y la sigue experimentando. Por eso, una característica de la amistad es la gratuidad: uno es amigo de otro no porque puede conseguir algo, sino porque simplemente le quiere; cada uno es feliz con la existencia del otro y no quiere más que su bien.


LA AMISTAD es siempre un regalo. No es algo que se pueda programar o calcular, pero sí se puede fomentar. «Si uno manifiesta noblemente sus sentimientos y es leal, si sabe sacrificarse por los demás, al final ocurre lo que escribía san Juan de la Cruz: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. También podría decirse: donde no hay amistad, pon los sentimientos nobles de la amistad y sacarás amistad»[7]. También podemos crecer en disposiciones que nos hacen personas más amables y fiables; con nuestra actitud podemos preparar el terreno para crear una relación auténtica con nuestros amigos. «Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse acogidas y ser felices: “Palabras dulces ganan muchos amigos, y el bien hablar multiplica las cortesías” (Eclo 6,5). La lucha por mejorar el propio carácter es condición necesaria para que surjan más fácilmente relaciones de amistad»[8].

En la filosofía clásica se considera que no se puede ser feliz sin amigos, y santo Tomás comenta también que sin amigos no se puede alcanzar la plenitud de la felicidad. Un amigo es uno de los mayores tesoros que podemos tener, pero es un tesoro que requiere cuidado. Podemos pensar cómo habrán cuidado la amistad quienes acompañaban al paralítico del relato evangélico. Seguramente no habrá sido siempre fácil y cómodo, pero al final valió la pena porque les llevó cerca de Cristo. No basta solo con compartir momentos en común, sino que requiere hacerse uno con el otro: lo que preocupa o alegra a un amigo es importante, porque es también mío. Podemos acudir a santa María para que nos ayude a tener un corazón que, como el suyo, se haga uno con el de nuestros amigos.



1 de julio de 2026

LA ORACION. TRANSFORMA

 


Evangelio (Mt 8,28-34)


En aquel tiempo:


Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. Y en esto, se pusieron a gritar diciendo:


— ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?


Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios le suplicaban:


— Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.


Les respondió:


— Id.


Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. Así que toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS de sortear una tormenta, Jesús y sus apóstoles llegan a la otra orilla del lago de Galilea, a la región de los gadarenos. Se trata de una zona pagana, alejada de la influencia judía y sin grandes expectativas de salvación. El Señor no se conforma con predicar el Reino de Dios entre sus paisanos, sino que quiere llevar la esperanza de la redención a todos los hombres: también los que habitan en regiones periféricas están llamados a encontrarse con el Hijo de Dios.


Mientras caminaban por la región, de pronto se les acercaron «dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino» (Mt 8,28). Llama la atención la seguridad con la que Jesús recorre aquellos senderos que se han vuelto tan peligrosos. El Señor no evita los problemas, ni se deja llevar por la indiferencia ante las situaciones difíciles que encuentra. Su misión, por el contrario, consiste en hacer transitables todos los caminos de este mundo, en remover los obstáculos que nos impiden vivir con la alegría y la confianza de los hijos de Dios.


Cada rato de oración es una invitación para que Jesús camine por los senderos de nuestra vida y se introduzca también en aquellas cavernas en las que nosotros mismos no nos atrevemos a asomar nuestras cabezas. De la mano de Jesucristo, si lo invitamos a que resuelva los problemas que nos aquejan, podemos «vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: este es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano»[1]. En vez de caer en el desánimo ante las propias miserias que vuelven estrecha nuestra mirada, podemos pedirle con más insistencia a Jesús que nos regale la anchura de un corazón valiente y enamorado.


«¿QUÉ TENEMOS que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?» (Mt 8,29). Con estas palabras enfrentan los demonios la presencia de Jesús: a pesar de que lo reconocen como Hijo de Dios, reaccionan con temor y odio. Esta actitud nos da una pista de cómo asumir nuestras propias tentaciones y debilidades diarias. Mientras los endemoniados prefieren esconderse en las tinieblas de una caverna y entorpecer el camino de quienes transitan por su alrededor, nosotros queremos ponernos ante la luz de Cristo, para que pueda iluminar nuestras heridas y sanarlas con su amor. «Todos estamos inmersos en los problemas de la vida y en muchas situaciones intrincadas, llamados a enfrentar momentos difíciles y elecciones que nos derriban. Pero, si no queremos ser aplastados, tenemos que levantar todo. Y esto es precisamente lo que hace la oración»[2].


En el diálogo íntimo con Cristo descubrimos ante él nuestro rostro. También nosotros podemos preguntarle al Señor: «¿Qué tengo que ver contigo? ¿Qué aspectos de mi vida puedo airear en tu presencia?». De esta forma, al dirigirnos hacia Jesús con mayor apertura, nos situamos ante su mirada, que no es solo de aceptación, sino también transformadora. Como esos pobres hombres, todos llevamos inscrito en nuestro corazón el profundo deseo de que la palabra de Cristo nos libere.


De ahí que la apertura y la sinceridad en la oración sea un requisito tan importante para su eficacia. Jesús siempre respeta nuestra libertad: él no quiere imponerse con fuerza. Pero basta que le insinuemos un problema, que le manifestemos alguna debilidad que no conseguimos erradicar, para que comience a entrar su luz en nuestros corazones, y con ella también la paz: así regala esa santidad que necesitamos para renovar con su amor todas las calles de este mundo. «Dios Nuestro Señor te quiere santo, para que santifiques a los demás. –Y para esto, es preciso que tú –con valentía y sinceridad– te mires a ti mismo, que mires al Señor Dios Nuestro..., y luego, solo luego, que mires al mundo»[3].


«SI NOS expulsas, envíanos a la piara de cerdos» (Mt 8,31), le gritan los endemoniados a Jesús. Y él, con todo su poder divino, pronuncia una sola palabra que cambia por completo sus vidas: «Id» (Mt 8,32). En la oración no solo vamos a encontrarnos con Jesús y transmitirle lo que llevamos en el corazón, sino que también esperamos su palabra salvadora. Sabemos que el Señor no es amigo de razonamientos complejos, ni esconde su sabiduría en grandes discursos. Si somos delicados para escucharlo, y vamos a nuestra oración con una disposición abierta, Cristo puede realizar en nuestra biografía milagros tan grandes como la expulsión de esos demonios.


Para que el Señor pueda actuar en nuestras vidas y volver transitables los caminos de nuestro mundo interior, necesitamos la perseverancia. La huella que va dejando la oración no es la de una lluvia pasajera, sino más bien la de un torrente que fluye sereno y constante. Cada día acudimos a la oración para confrontar nuestros deseos cotidianos con la voluntad de Dios. Precisamente en esa combinación de nuestra libertad con la gracia divina, de nuestra sinceridad con su palabra, acogemos la semilla que Jesús quiere sembrar en nosotros y que poco a poco llegará a ser un árbol bien arraigado, fuerte y frondoso. «Ciertamente, la oración es un don, que pide, sin embargo, ser acogido; es obra de Dios, pero exige compromiso y continuidad de nuestra parte; sobre todo son importantes la continuidad y la constancia»[4].


La Virgen María nos enseña a pasar todos los momentos de nuestra vida por la oración, especialmente las dificultades y las contradicciones. Después de haber encontrado al niño Jesús en el templo y de haber escuchado su explicación, el evangelista nos dice que sus padres no comprendieron lo que les había dicho. Todavía tenían el sufrimiento de la pérdida demasiado presente. Pero María, en vez de rebelarse ante los planes de Dios, guarda las palabras de su Hijo como un tesoro en su corazón. Fue así como se preparó para el duro momento de la cruz.