"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

11 de junio de 2026

SAN BERNABÉ Apostol

 



Evangelio (Mt 10, 7-13)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:


“Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.


En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella que sea digno; y quedaos allí hasta que os vayáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, que vuestra paz vuelva a vosotros”.


PARA TU RATO DE ORACION 


AL LEER los Hechos de los apóstoles, llama la atención el elevado número de colaboradores que acompañaron a san Pablo a lo largo de su vida. El apóstol de las gentes supo apoyarse en otros, estuvo abierto a trabajar con los demás, sin hacerlo todo él solo. «San Pablo no actúa como un "solista", como un individuo aislado, sino junto con estos colaboradores en el "nosotros" de la Iglesia. Este "yo" de Pablo no es un "yo" aislado, sino un "yo" en el "nosotros" de la Iglesia, en el "nosotros" de la fe apostólica»[1].


Entre los compañeros más cercanos, desempeñando un papel particularmente importante, destaca la figura de san Bernabé. Se trata de un judío de la tribu de Leví, oriundo de Chipre. Fue uno de los primeros que abrazaron la fe en Jerusalén, después de la resurrección de Jesús. Para aliviar las necesidades de los más necesitados, vendió un campo y entregó el dinero a los apóstoles (cfr. Hch 4,37). Esta manifestación de generosidad no fue un hecho aislado, sino algo constante, que se extendió a toda su vida.


Cuando llegan noticias hasta Jerusalén de la buena acogida que ha tenido el Evangelio en Antioquía de Siria, los apóstoles enviaron a Bernabé. «Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró, y a todos les exhortaba a permanecer en el Señor con un corazón firme» (Hch 11,23). Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo; lo encontró y fue con él a Antioquía. «Enviados por el Espíritu Santo» (Hch 13,4) trabajaron juntos en la evangelización de esa importante ciudad durante un año entero, y fue allí donde por primera vez llama­ron «cristianos» a los discípulos. Posteriormente, acompañó a San Pablo en su primer viaje misionero, recorriendo las regiones de Chipre y Asia menor, en la actual Turquía (cfr. Hch 13-14). Sufrieron, «llenos de valor» (Hch 13,46), muchas dificultades por el Señor. Sin embargo, gracias a san Bernabé, «la palabra del Señor se propagaba por toda la región» (Hch 13,49).


BERNABÉ es descrito como «un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe» (Hch 11,24). En su vida, desde sus primeras experiencias apostólicas hasta su muerte, fue un incansable testigo del Evangelio. Su afán apostólico surgía del mandato de Cristo que escuchamos el día de su fiesta: «Id y predicad: El Reino de los Cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios (…). No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento» (Mt 10,7-10).


La vida de Bernabé estuvo cargada de una intensa actividad porque en esta misión encontró el sentido de su vida. Trabajó por el evangelio con total generosidad, como el Señor les había pedido a sus discípulos: «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8). Según cuentan los Hechos de los Apóstoles, Dios bendecía sus pasos con abundantes frutos: así por ejemplo, después de su predicación en Antioquía, «una gran muchedumbre se adhirió al Señor» (Mt 10,24). La confianza en Dios sostenía todo su trabajo. En su fiesta, la liturgia pone en nuestros oídos una súplica a Dios para que nos conceda «anunciar fielmente con la palabra y con las obras el Evangelio que él [Bernabé] proclamó con valentía» (Oración colecta).


San Josemaría escribe: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel»[2]. En la aventura de Pablo y Bernabé fueron muy frecuentes estos tesoros. «Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal (...). En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu (...). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo»[3].


PABLO Y BERNABÉ tuvieron al inicio del segundo viaje misionero un desacuerdo, a causa de Marcos, un joven cristiano. Bernabé quería llevarlo consigo, pero Pablo se negaba, porque Marcos les había abandonado durante el viaje anterior (cfr. Hch 13,13; 15, 36-40). A partir de esta diferencia, sus caminos se separaron. Bernabé, con Marcos, se dirigió a Chipre (cfr. Hch 15,39), mientras que Pablo siguió el viaje sin ellos.


Efectivamente, entre los santos también se pueden dar desacuerdos. Es normal que unos tengan opiniones o sensibilidades distintas de otros. «Los santos no han caído del cielo. Son hombres como nosotros, incluso con problemas complicados. La santidad no consiste en no equivocarse o no pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón (…). Por consiguiente, lo que nos hace santos no es el no habernos equivocado nunca, sino la capacidad de perdón y reconciliación»[4].


El ambiente de los primeros cristianos, en el que vivió san Bernabé, puede ser un modelo para nosotros, por su clara convicción de que el Evangelio ilumina vidas muy diversas entre sí. Se comprende que san Josemaría haya tenido sus ojos puestos en estas primeras comunidades. Por eso, «la diversidad que existe y existirá siempre entre los miembros del Opus Dei es (...) una manifestación de buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada uno»[5]. Podemos pedir a Dios, por intercesión de santa María, el fervor apostólico de san Bernabé y la gracia para vivificar ambientes cristianos como lo hicieron aquellos primeros discípulos.


Todos los cristianos servimos al Evangelio contando con los dones que Dios nos ha otorgado y según nuestra vocación personal. Para ser siempre fieles contamos con el auxilio de nuestra Madre del Cielo, Reina de los Apóstoles. A Ella le pedimos que no nos abandone nunca




10 de junio de 2026

“Ni ojo vio...

 


Evangelio (Mt 5, 17-19)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


A JESÚS le acusaron varias veces de querer destruir la religión de Moisés y de Abraham. El Señor proclama, al contrario, que no ha venido a abolir lo anterior, sino a descubrirnos su significado pleno, a mostrarnos su alcance más profundo (cfr. Mt 5,17). Cristo descubre a sus contemporáneos –y nos lo descubre también a nosotros– la posibilidad de encontrar en los preceptos divinos un camino de auténtica libertad interior. Dios se ha revelado y nos ha dado a su Hijo para hacernos más libres. «Para esta libertad Cristo nos ha liberado –dirá san Pablo–. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).


A la luz de la nueva enseñanza de Jesús, «cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo»[1]. «Hasta la más pequeña letra o trazo» (Mt 5,18) de la doctrina de la Iglesia, ya sea en materia dogmática, moral, litúrgica, etc., tiene como objetivo impulsarnos a amar al verdadero Dios y, por él, a las personas que nos rodean. Y el amor, también con sus normales dificultades, se da solamente en un ámbito de libertad.


Por eso Jesús puede decir que su alimento es hacer la voluntad del Padre. No se resigna a esa Voluntad, como quien quisiera hacer otra cosa, sino que la desea ardientemente, quiere identificar todas sus inclinaciones con ella, porque allí encuentra su libertad. Cristo llega incluso a dar gracias a su Padre antes de realizar el acto más grande de entrega, cuando, en la víspera de su pasión, da la vida libremente en la Eucaristía. En Dios encontramos la libertad más profunda que nos ayuda a amar más y mejor a quienes nos rodean.


«VAMOS A PENSAR lo que será el Cielo –proponía san Josemaría–. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros?»[2]. También santo Tomás de Aquino nos invitaba a ilusionarnos con el cielo como «la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello –continuaba explicando el santo– es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre»[3].


A la vez, pensar en el cielo nos ayuda a comprender mejor la tierra, a dar el peso adecuado a las situaciones y problemas. «Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez»[4].


La lucha por ser cada vez más libres en esta tierra, más llenos de Dios y menos de nuestros pequeños egoísmos, es precisamente el camino hacia el cielo. «Para caminar hacia la santidad es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan (...). Cuando volvemos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad (...). Como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad»[5]. Es en esta tierra en donde nos podemos preparar, con la ayuda de la gracia, a lo que después podremos vivir en el cielo: escoger siempre a Dios, libres de toda atadura o confusión.


«EL QUE QUEBRANTE uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande» (Mt 5,19). ¿Qué relación pueden tener los preceptos más pequeños con el Reino de los Cielos? Jesús relaciona la lucha por la santidad con la capacidad de amar y ser amados en lo cotidiano. El cielo, en definitiva, es una cuestión de cuánto le dejamos a Dios ser nuestro Padre amoroso en cada momento del día, de cuánto nos sabemos acompañados hasta en las cosas más pequeñas. Cumple esos pequeños mandamientos quien se levanta una y otra vez, quien no se cansa de luchar en lo mismo, quien es sincero consigo mismo y con Dios para reconocerse necesitado. Cumple esos pequeños mandamientos quien, sabiendo dar prioridad a lo que es más importante, se da cuenta de que al amor no se le escapa nada.


«Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías —esas pequeñeces— se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante»[6]. María siempre dice que sí a todo lo que su hijo le pide porque sabe que, así, Dios le regala su alegría y su felicidad. Podemos pedirle a nuestra Madre que crezca en nosotros la sabiduría para ver con esos mismos ojos la voluntad de Dios.

9 de junio de 2026

SER SAL

 



Evangelio (Mt 5, 13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR nos ofrece participar en la misión de llevar la alegría y paz a cada rincón. «Vosotros sois la sal de la tierra (...). Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-14). Nos ha regalado la capacidad de iluminar la oscuridad. Nos permite también dar sabor a lo insípido. Esos efectos no los producimos nosotros: es Cristo quien se sirve de nosotros como instrumentos. «Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo» (Jn 9,5), dice justo antes de curar a un ciego. Evidentemente, no se trata de una aventura fácil. No lo fue ni siquiera para Jesús, que se entregó a ella con toda su perfección de hombre y de Dios. Quizá por eso nos ayuda tanto darle las gracias por esa invitación a llenar de luz el mundo y de sabor las vidas de las personas con las que convivimos, a pesar de nuestros errores.

«No penséis que el combate al que se os llama es de poca importancia y que la causa que se os encomienda es exigua»[1]. Es tan decisiva y apasionante que queremos contar en todo momento con su consejo y compañía. Nos interesa, y mucho, no hacer nuestra voluntad, sino la suya. Acertar con cada alma. Sabemos bien que no valen las recetas: solo él sabe en realidad lo que cada uno necesita en este momento. Nos envía para difundir su luz por todas las situaciones y todos los hogares. Es verdad que a veces la oscuridad puede darnos miedo, pero también tenemos la experiencia de que una luz, por pequeña que sea, puede hacer la oscuridad más habitable. Una cerilla encendida en un cuarto a oscuras no ilumina muchísimo, pero incluso en ese caso es una referencia segura que se ve a distancia.

«Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4). En medio de la oscuridad que a veces llena el mundo, la luz de Cristo que reflejamos se hace más visible. La esperanza de que Dios está con nosotros nos empuja a dedicar a esta tarea nuestros mejores esfuerzos. A veces nos parecerá infructuoso, pero sabemos bien que ninguna semilla se pierde en esta siembra divina de paz y alegría.


COMPROBAR nuestras limitaciones puede en ocasiones empujarnos a dudar de la eficacia de nuestra colaboración con la misión del Espíritu Santo. No obstante, esos momentos nos llevan a anclar nuestra tarea en la roca que es Cristo. «Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia»[2].

«Llenar de luz el mundo –decía san Josemaría–, ser sal y luz: así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas»[3]. En esta tarea de sembrar junto a Cristo, a veces nos parece lento el crecimiento y escaso el fruto. Pero a él cada pequeña oración, cada minúsculo sacrificio, le parecen un triunfo. Su sed se sacia con poco. Le basta la más mínima excusa para salvar a un bandido (cfr. Lc 23,42), para multiplicar su gracia (cfr. Mt 14,19) o para curar una traición como la de Pedro (cfr. Mt 26,75).

Se llena el apóstol entonces de paz y de audacia y escucha de labios de Jesús cómo la misión no tiene límites: «Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra y al mar, al mundo entero»[4]. Lo que el Señor espera de nosotros es que nuestras propias debilidades no empañen la grandeza de la misión. «El cristiano es sal y luz del mundo no porque venza o triunfe, sino porque da testimonio del amor de Dios»[5].


«VOSOTROS sois la sal de la tierra». La sal es un elemento que da sabor a los alimentos. «Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido sazonado con la vida nueva que viene de Cristo»[6]. Pero también antiguamente la sal se usaba para preservar los alimentos. Por eso, los cristianos estamos llamados a conservar la fe que hemos recibido para transmitirla a los demás.

Una característica que tiene la sal es que, en su dosis justa, no acapara el protagonismo. No decimos «qué rica la sal», sino «qué buena es esta comida». Por eso, el discípulo es sal cuando «no busca el consentimiento y la alabanza, sino que se esfuerza por ser una presencia humilde y constructiva, en fidelidad a las enseñanzas de Jesús que vino al mundo no para ser servido, sino para servir»[7].

En esta tarea de sazonar la tierra no estamos solos. «Jesús nos invita a no tener miedo de vivir en el mundo (...). El cristiano no puede encerrarse en sí mismo o esconderse en la seguridad de su propio recinto»[8]. La sal, si es sosa o no se añade al alimento, no sirve para gran cosa. Por eso, podemos pedirle a la Virgen que nos llene de deseos de transmitir el sabor de una vida junto a Cristo.


8 de junio de 2026

Las bienaventuranzas

 


Evangelio  Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.

Bienaventurados lo que tiene hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».


PARA TU RATO DE ORACION 

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).


Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.


La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.


1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.


Amigos de Dios, n. 123


2. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.


“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.


Forja, n. 54


3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: "se viste con la misma piel del diablo, la soberbia".


Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.


Surco, n. 726


4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.


“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos... Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.


Amigos de Dios, n. 167


5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.


“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (...). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.


Es Cristo que pasa, 7


6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios


“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(...)


La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.


Es Cristo que pasa, n. 5


7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.


—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.


Surco, n. 864


8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.


Camino, n. 959


9. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.


“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.


—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, "que digan", siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum... dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .


Forja, n. 795


7 de junio de 2026

Yo no he venido a llamar a los justos,...


EVANGELIO Mth 9,9.13

 Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa 

de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y 

pecadores, y se sentaron a comer con  Él y sus discípulos. Al ver esto, los 

fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y 

pecadores?”

Jesús, que había oído, respondió: “No son los sanos los que tienen necesidad 

del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: “Yo quiero 

misericordia y no sacrificios”. Porque  yo no he venido a llamar a los justos, 

sino a los pecadores”.


PARA TU RATO DE ORACION 


NO TIENEN necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,12-13). Así se expresa el Señor en el Evangelio de hoy. Con estas palabras manifiesta que la actitud más propia de Dios, aquella en la que resplandece de modo especial su amor, es la misericordia.


Tener misericordia no consiste solo en compadecerse del otro. Es, sobre todo, querer arrancar el mal que está en la raíz del sufrimiento. Dios es misericordioso en grado máximo porque es omnipotente y puede vencer el mal desde dentro. Sin embargo, ante el dolor del mundo, surge muchas veces una pregunta difícil: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite el mal? Es el escándalo que, en todos los tiempos, ha puesto a prueba la fe en el Dios misericordioso y omnipotente.


Ante este falso dilema, el Papa Benedicto XVI enseñaba que «una actitud auténticamente religiosa evita que el hombre se erija en juez de Dios, acusándolo de permitir la miseria sin sentir compasión por las criaturas (...). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco nos impide gritar como Jesús en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)»[1].


En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se han unido la omnipotencia y la misericordia. Dios toma el mal sobre sí mismo con su muerte en la cruz y lo vence con su resurrección. Como buen médico, no sana solo los síntomas, sino la raíz de todo mal: la soberbia. Por eso, el verdadero campo de batalla donde se libra la lucha entre el bien y el mal no es simplemente el mundo exterior, sino el corazón humano. Allí nacen tantas heridas, pero allí quiere entrar también el Señor para curarnos. El corazón es como el fondo afectivo del alma, que da dirección a la inteligencia y a la voluntad, y que necesita ser purificado para poder ver a Dios.


UNAS palabras de Jesús a los escribas y fariseos dan razón de la llamada del publicano Mateo al apostolado. «Vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió» (Mt 9,9). La misericordia divina está en el origen de esa llamada, pues el Señor no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y los llama no solo para que reciban el perdón, sino también para que colaboren con él en el anuncio de la salvación, extendiendo su misericordia a todos los hombres.


Toda vocación es una manifestación de la misericordia de Dios con cada uno. Después de la fe, es la gracia «más grande que el Señor ha podido conceder a una criatura»[2]. Dios nos ha concedido la alegría de estar cerca de él y de ser enviados a otras personas. Lejos de ser un peso, la vocación divina nos capacita para alcanzar la meta más alta que se pueda imaginar en esta vida: la santidad. Tanta gente es capaz de entusiasmarse con proyectos humanos nobles; también nosotros podemos llenarnos de entusiasmo por ese proyecto sobrenatural y humano a la vez que Dios pone en nuestras manos. ¿Por qué no aspirar a lo más alto? ¿Por qué no proponerse lo más ambicioso? A un cristiano que ha descubierto la llamada a la santidad le entran ganas de gritar: «¡Locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor»[3].


DIOS nos ha dirigido su palabra llena de misericordia, como lo hizo con Mateo. No se trata de la mera comunicación de un contenido intelectual, sino de la autocomunicación de Dios mismo, de una transmisión de vida eterna. El Señor se ha fijado en cada uno de nosotros para llamarnos desde toda la eternidad, antes de ponernos en la existencia. Ante la grandeza de esta elección, prueba de cariño y misericordia, nos llenamos de gratitud y humildad, convencidos –como dice san Pablo– de que «escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1Cor 1,27-28).


Cada persona descubre la voz de Dios en la intimidad de su corazón en un momento concreto de su vida. Pero la vocación no pertenece solo al pasado, como si el presente fuera la continuación de un impulso inicial que se va apagando poco a poco por el acostumbramiento. La vocación permanece siempre actual. Si miramos la vida de los apóstoles, vemos que Jesús los llama en diversas circunstancias con las mismas palabras. A Simón y a Andrés los convoca al inicio de su misión: «Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres» (Mc 1,17). Y de igual modo se dirige a Mateo: «Sígueme» (Mt 9,9). Después de la pasión y de la triple confesión reparadora de su amor, Pedro oye de nuevo de los labios del Señor, pasados los años y tantas experiencias, el mismo «¡sígueme!» (Jn 21,19). Al inicio y después de la pasión, en circunstancias tan diversas, resuena la misma palabra, la misma llamada.


La Virgen María nos puede ayudar a escuchar hoy esa voz de su Hijo con gratitud y confianza. Ella, que acogió la palabra de Dios con un corazón humilde, nos enseña a reconocer la vocación como un don de misericordia y a responder cada día con renovada fidelidad.

6 de junio de 2026

MAS ALLA DE LAS APARIENCIAS

 



Evangelio (Mc 12,38-44)


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo:


— Cuidado con los escribas, a los que les gusta pasear vestidos con largas túnicas y que los saluden en las plazas; los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Devoran las casas de las viudas y fingen largas oraciones. Éstos recibirán una condena más severa.


Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo:


— En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento.



PARA TU RATO DE ORACION 



PERCIBIR UNA MIRADA de otro puede generar los más diversos sentimientos y pensamientos en una persona. Cuando estamos un poco desanimados y, de pronto, descubrimos unos ojos sonrientes que manifiestan confianza en nosotros, es fácil que nos sintamos renovados. Por el contrario, una mirada apática o severa puede enfriar una relación y generar poca esperanza en el otro. Muchas veces, la falta de amor está precedida por unos ojos indiferentes o perdidos. Por eso resulta estimulante meditar sobre la mirada de Cristo, que nos revela, a su vez, la mirada de Dios Padre. Del sentimiento y de la convicción que despierte en nosotros esa mirada divina dependerá, en buena medida, qué tipo de relación entablaremos con él.


Hay una escena del Evangelio que nos descubre una característica de la mirada de Jesús (cfr. Mc 12,38-44). El Señor se encuentra frente al lugar donde se recogían las limosnas del Templo, contemplando a la muchedumbre que pasaba. Se trata de un gesto muy humano de Jesús; ¿quién no se ha entretenido alguna vez mirando a la gente que camina delante de uno e intentando imaginarse sus vidas? Pero a diferencia de nosotros, que muchas veces no podemos ir más allá del aspecto exterior de las personas, la mirada de Cristo se dirige con ternura hacia el corazón. Y después de que muchos ricos hayan echado lo que les sobra como ofrenda, los ojos de Jesús se quedan prendados del gesto de una pobre viuda que, en su miseria, ha regalado todo lo que tenía.


«¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? –se preguntaba san Josemaría–. Dale tú lo que puedas dar –continuaba–: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des»[1]. Si tenemos la impresión de que Dios nos controla y de que está especialmente pendiente de nuestros errores, es lógico que nuestro trato con él esté impregnado de miedo. Si, en cambio, descubrimos su mirada misericordiosa, que conoce las intenciones más profundas de nuestro corazón, nos llenaremos de su alegría y de su paz.


ANTES de fijarse en la ofrenda de la viuda, Jesús había pronunciado unas palabras muy duras ante los escribas. Detrás de su reputación de hombres de fe, se escondía muchas veces la vanidad de querer ser admirados por quienes les rodeaban. Por eso se vestían con largas túnicas, escogían los principales asientos de las sinagogas y se alegraban cuando muchos transeúntes los saludaban por las calles (cfr. Mc 12,38-40). Se trata de la mundanidad espiritual: cuando lo más sagrado, el servicio a Dios, se convierte en algo superficial, en donde solo se busca la complacencia de los demás.


También nosotros podemos volvernos dependientes de las miradas de los que nos rodean. En un ambiente piadoso, la soberbia buscará que nuestro trato con Dios se contamine con la vanidad de querer gozar de buena reputación. En cambio, si nuestro entorno es más hostil hacia la fe, buscará invadirnos con la vergüenza o el temor de que descubran algún gesto de piedad. Lógicamente, tener una cierta sensibilidad ante las miradas de los demás es algo positivo, porque significa que sabemos adecuar con prudencia nuestro comportamiento al lugar y a las personas que nos rodean. Pero, al mismo tiempo, es lógico dar a esas miradas ajenas el peso que les corresponde, de modo que no nos roben la libertad interior.


Sentir la mirada de Jesús a lo largo del día, vivir en una sana presencia de Dios, nos devuelve la libertad. Podemos imaginar que algunos habrían pensado mal de la pobre viuda, que solo fue capaz de ofrecer a Dios unas pocas monedas. O quizá por su aspecto habría pasado totalmente inadvertida para los presentes. Desde el punto de vista de la mujer, tal vez hubiese sido más razonable no donar nada, y así no pasar vergüenza si alguien lograba contabilizar la cantidad que depositaba. Pero esa viuda, que tenía puesto su corazón en el Señor, no se dejó influir por qué dirían o pensarían los otros: «No le queda nada, pero encuentra en Dios su todo. No teme perder lo poco que tiene, porque tiene la confianza en el tanto de Dios»[2].


AL FINAL de este pasaje, Jesús llama a sus apóstoles y les cuenta lleno de gozo lo que acaba de observar. Probablemente no quería solo alabar la conducta de la viuda y sacarla de su anonimato, sino también enseñar a sus discípulos a mirar a los demás como los ve Dios, desde la perspectiva del amor. En nuestro camino por ser personas de vida contemplativa en medio de la calle, rodeados de tanta gente, «aprendemos a mirar al otro no solo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor»[3].


Para comprender la actuación de la viuda hacía falta al menos intuir con compasión sus circunstancias y sus motivaciones, quizá saber que era pobre y que había perdido a su marido, y entrever hasta qué punto Dios era el fundamento de su vida. Un juicio demasiado rápido normalmente no consigue tener en cuenta todos los elementos que explican una acción de otra persona. En muchas ocasiones, en una forma de ser o en una reacción determinada se esconde una historia que desconocemos. «A veces detrás de un determinado carácter hay unos sufrimientos que quizá explican esa manera de ser o de actuar. Dios conoce a fondo a cada uno, también los tramos dolientes, y nos mira a todos con ternura. Aprendamos del Señor a mirar así, a comprender a todos (...), a ponernos en el lugar del otro»[4].


Muchos gestos bondadosos que, aparentemente, son sencillos o de poco brillo, pueden presuponer un gran esfuerzo para quienes los realizan. Solo un corazón sencillo y compasivo, que habitualmente busca resaltar lo positivo de los demás, consigue ver en los pequeños detalles aquellos destellos ocultos del amor. «Vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos», rezamos con devoción a nuestra Madre. Le podemos pedir a ella que nuestra mirada también se llene de la misericordia y de la sabiduría de Dios.



5 de junio de 2026

CONFIANZA

 


Evangelio (Mc 12,35-37)


En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:


— ¿Cómo es que dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: Dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies». El mismo David le llama «Señor». Entonces, ¿cómo va a ser hijo suyo?


Y una inmensa muchedumbre le escuchaba con gusto.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN ALGUNAS escenas del Evangelio, Jesús parece querer esconder su verdadera identidad. Hace callar a los demonios cuando pronuncian su nombre (cfr. Mc 3,12), pide a los curados por él que no cuenten a nadie el milagro (cfr. Mc 1,44), e incluso algunas de sus enseñanzas se dirigen solo a sus apóstoles y no a la muchedumbre, al menos en un inicio (cfr. Mt 16,20). Cristo sabe que, detrás del título de Mesías, pueden proyectarse las más dispares aspiraciones y esperanzas de los hombres. A fin de cuentas, todos anhelamos algún tipo de liberación, por lo que es natural buscar el auxilio de un salvador.


A pesar de esto, en algunos momentos Jesús sí da a entender a quienes se reunían en el Templo cuál es su verdadera identidad, e intenta reconducir la concepción limitada que pudieran tener. Algunos escribas, en efecto, siguiendo la tradición del pueblo judío, esperaban a un personaje de buen linaje y dignidad, proveniente de la casa de David; debía ser alguien imponente, pues tenía que restaurar la casa de Israel. Pero Jesús trata de ir más allá y da a entender que los títulos de Mesías, Señor e Hijo de David son incompletos sin otro que está en el origen de su identidad: el de Hijo de Dios. Por eso, citando uno de los salmos, se hace la pregunta retórica: «El mismo David le llama Señor. Entonces, ¿cómo va a ser hijo suyo?» (Mc 12,37).


Jesús es el hijo querido del Padre. En esa relación se funda su identidad. Cada vez que oramos, cuando entablamos una conversación íntima con Dios, un primer paso puede consistir en darnos cuenta de con quién estamos hablando: es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo que desean entablar un diálogo de amor con nosotros. Sin embargo, puede ocurrir que, ante tanta cercanía divina, nos acostumbremos a su presencia o que formalicemos esa relación hasta el punto de encerrar a Dios en un título que merece honor y respeto, pero con el que podemos perder el sabor de familiaridad. Podemos pedirle en este rato de oración que nos mantenga siempre encendido el asombro y que vivamos en esa cercanía que tenía Jesús con su Padre Dios.


RECONOCER a Jesucristo como el Hijo de Dios permite comprender en qué sentido él es también nuestro Señor y de qué modo nuestras vidas pueden estar al servicio de su realeza. Es consolador saber que su reinado está fundado y construido en el amor, por lo que no tenemos ninguna razón para dudar de su autoridad ni de sus propósitos. Por el contrario, encontramos en ese poder de Dios la paz de nuestras almas, que nos lleva a darle gracias por todo lo que sucede en nuestras vidas, también por aquello que quizás no comprendemos con claridad. San Josemaría, en una ocasión, escuchó en el fondo de su alma: Si Deus nobiscum, quis contra nos? Si Dios está con nosotros, «ni la falta de medios materiales o de salud, ni la precariedad del empleo en muchos lugares, ni las complicaciones familiares o externas al hogar, ¡nada!, han de hacer mella en nosotros»[1]. Esa es la confianza que proviene de habitar en el hogar de un Dios que es Padre y que ama con locura a sus hijos.


Pero contemplar a Jesús como rey y Señor es también exigente. Necesitamos que sea así, pues es ardua la tarea de orientar nuestra vida –marcada por el pecado original– hacia Dios Padre. Al mismo tiempo, Dios nos ofrece todo su poder. Cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar por él, cuando comprendemos que nos conviene que su señorío se manifieste en nosotros, entonces Cristo actúa en lo más profundo de nuestro corazón para establecer una intimidad y una realeza que también se manifiesta en las circunstancias concretas de nuestras vidas. «Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos»[2].


La tradición de la Iglesia ha descrito en algunas ocasiones la oración como un combate. Aceptar el señorío de Jesús supone purificar paso a paso las intenciones que guían nuestra vida, para que todo se vaya orientando a él con una actitud filial. Ese proceso de purificación interior es, al mismo tiempo, una tarea de Dios y una lucha desde nuestra libertad. Siempre podemos preguntarnos: Jesús, ¿en qué aspecto de mi vida todavía no eres Señor? ¿Qué actitudes o disposiciones interiores te impiden reflejar el amor del Padre en mi vida? Porque, como escribía san Josemaría, esa es precisamente nuestra misión: «El mismo Rey, Jesús, te ha llamado expresamente por tu nombre. Te pide que luches las batallas de Dios, poniendo a su servicio lo más elevado de tu alma: tu corazón, tu voluntad, tu entendimiento, todo tu ser»[3].


A PESAR del tenor serio con el que Jesús se refiere a su señorío, el Evangelio termina resaltando el gozo que sentía la gente de poder estar en su presencia. «Y una inmensa muchedumbre le escuchaba con gusto» (Mc 12,37). Llama la atención que, incluso cuando se atreve a corregir a los escribas, no haya nada en su tono de voz ni en su forma de expresarse que denote malestar. Por eso sería tan sencillo disfrutar de cada una de sus palabras y, a través de su belleza, abrirse al contenido de su verdad. Precisamente cuando aceptamos a Jesús como Hijo amado de Dios y como nuestro Señor, somos capaces de un goce mucho más profundo del que pueden darnos los bienes de este mundo. Poco a poco, nos iremos dando cuenta de que no podemos vivir sin oración, porque es el tiempo en el que gozamos sencillamente de la presencia de aquel que da sentido pleno a nuestra existencia.


De este modo, la vida de oración se alimenta de esa doble realidad que la hace fructífera. Por una parte, sentimos un gran asombro de que Jesucristo sea verdaderamente Dios y esté dispuesto a entablar un diálogo con nosotros. Es normal que nos veamos débiles y que pensemos que nos separa de él un gran abismo. Como Isabel ante la visita de María, también nosotros nos preguntamos: «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,43). Por otra parte, en cada rato de oración nos dejamos sorprender por esta otra gran verdad de nuestra fe: la cercanía de Dios. Estar con Jesús, compartir con él nuestras ilusiones y dificultades de corazón a corazón, es nuestra paz Entonces comprendemos muy bien la invitación de san Josemaría: «Todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús»[4].


También la Virgen María alimentó su vida contemplativa a partir de la cercanía de Dios y de su grandeza. En la escena de la Anunciación la contemplamos sorprendida, pues no comprende que el Señor haya querido fijarse en ella. Pero rápidamente se rinde ante ese Dios que quiere hacerse niño, para que todos podamos gozar eternamente de su compañía. «Aprendamos de nuestra Madre, la Virgen María: ella siguió a su Hijo con la cercanía de su corazón, fue una sola alma con él y, aun sin comprender todo, junto a él se entregó plenamente a la voluntad de Dios Padre»[5].