"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de abril de 2026

LA ALEGRÍA DE CAMINAR JUNTO A ÉL

 



EVANGELIO Lucas 24:13-35

  • 13Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios.
    14Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido.
    15Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos,
    16aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle.
    17Y les dijo:
    —¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos.
    18Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
    —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
    19Él les dijo:
    —¿Qué ha pasado? Y le contestaron: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo:
    20cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
    21Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas.
    22Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada
    23y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo.
    24Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.
    25Entonces Jesús les dijo:
    —¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas!
    26¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?
    27Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
    28Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante.
    29Pero le retuvieron diciéndole:
    —Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos.
    30Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
    31Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia.
    32Y se dijeron uno a otro:
    —¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
    33Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos,
    34que decían:
    —El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.
    35Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.
PARA TU RATO ORACION 

EN ESTOS DÍAS de Pascua, la liturgia recoge algunos fragmentos del discurso que Pedro dirigió a los israelitas el día de Pentecostés. El apóstol, tras recibir el don del Espíritu Santo, recuerda que ya el rey David había hablado de la resurrección de Cristo: «Por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará en la esperanza; porque no abandonarás mi alma en los infiernos, ni dejarás que tu Santo vea la corrupción» (Hch 2,26-27).

Los días de la Pasión parecen ya lejanos. Sin embargo, Pedro y los demás apóstoles los recuerdan bien: habían sido jornadas de oscuridad. Por unos momentos, todo aquello que les había ilusionado había perdido todo su sentido. Ahora, en cambio, después de haber sido testigos de la resurrección de Jesús y de recibir al Paráclito, pueden decir con el rey David: «Me diste a conocer los caminos de la vida y me llenarás de alegría con tu presencia» (Sal 16,11).

Los apóstoles han entendido que el camino de la vida no siempre está completamente iluminado. Puede haber etapas en las que, como en la Pasión, nos parece que está todo perdido, y la tristeza nos envuelve. Pero la certeza de que Cristo vive nos llena de esperanza y devuelve la alegría. Esta es la seguridad que nos impulsa a caminar aun en medio de la oscuridad. Al igual que a los apóstoles, él tampoco nos abandona, ni deja que veamos la corrupción, si le dejamos que guíe nuestra vida. «Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos»[1].


LOS DOS DISCÍPULOS de Emaús no reconocieron, en un primer momento, la luz de la resurrección. En medio de la oscuridad prefirieron dirigirse hacia el lugar en el que se sentían seguros: su tierra natal. Optaron por poner la esperanza en lo que ya conocían: su hogar, su trabajo, los proyectos personales… Todo esto lo habían abandonado para seguir a Jesús. Pero ahora que aparentemente había desaparecido aquel que daba sentido a esa entrega, piensan que lo único que les queda es volver a su vida de antes.

Estos discípulos, al poner sus ilusiones en recuperar su vida del pasado, no consiguen abrirse a la verdadera esperanza. De camino hacia Emaús tenían una meta clara, pero por dentro se sentían perdidos. Han oído que algunas mujeres no han encontrado el cuerpo de Jesús y que unos ángeles les han dicho que vive, pero ellos no creen. Tampoco la confirmación de que otros discípulos han visto lo mismo les hace cambiar de planes (cfr. Lc 24,22-24). Por eso, cuando se alejan de Jerusalén y se encuentran al Señor, «sus ojos eran incapaces de reconocerle» (Lc 24,16). El evangelista hace notar que, a la pregunta de Jesús sobre lo que estaban hablando, los dos «se detuvieron entristecidos» (Lc 24,17).

Ese estado de ánimo de los discípulos es el mismo de quien cede a la tentación de deshacer el camino andado. Al principio esa nueva dirección nos hipnotiza con «cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[2]. En cambio, junto al Señor podemos iluminar el presente –con sus señales de vida y de muerte– para integrarlo en el proyecto que con él empezamos. La situación de sinsentido y oscuridad no es la definitiva, ni es una buena brújula en momentos de desorientación. En todo momento tenemos la oportunidad de recomenzar, de reconocer a Jesús resucitado que nos encuentra en el camino y nos da la verdadera esperanza: todo se puede integrar si se escucha de nuevo su invitación a escucharle y a seguirle. Nuestra vida no está perdida si vivimos junto a él. «Solo el Señor puede darnos confirmación de lo que valemos. Nos lo dice cada día desde la cruz: ha muerto por nosotros, para mostrarnos cuánto somos valiosos a sus ojos. No hay obstáculo o fracaso que pueda impedir su tierno abrazo»[3].


JESÚS acoge la tristeza de los dos discípulos. Escucha el desahogo que muestra la causa de su desilusión: «Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel» (Lc 24,21). El Señor «comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en él»[4]. Empieza a explicarles el verdadero sentido de las Escrituras y cómo era preciso que el Mesías padeciera esos sufrimientos. Con cada palabra que pronuncia Jesús, los dos hombres vuelven a recuperar la alegría que había marcado su vida de discípulos, pero siguen sin reconocer al Señor. Solamente cuando lo vean sentarse, partir y bendecir el pan se darán cuenta de que era el mismo Cristo resucitado (cfr. 24,31

Los dos discípulos habían puesto rumbo a Emaús para regresar a su vida pasada. Pero no fueron sus seguridades las que les devolvieron la ilusión, sino el encuentro con Jesús: «¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,31). También nosotros, al escuchar sus palabras en el Evangelio y reconocer su presencia en la Eucaristía, podemos volver a experimentar la alegría de caminar junto a él. Una vida de sincera oración y de frecuencia de sacramentos permite reorientar el rumbo de la propia existencia, pues allí la inteligencia, la voluntad y los sentimientos pueden confluir de nuevo y con serenidad, y ser renovados por la gracia. Dios no es ajeno a nuestra suerte. Aun cuando atravesemos momentos de desorientación, él se hace nuevamente presente y nos ofrece un sentido más profundo del propio camino. Si buscamos un refugio al calor de Jesús resucitado, vemos renacer con fuerza la vocación y misión de discípulos.

La Virgen María también pasó por una oscuridad similar a la de los viajeros que iban hacia Emaús. A nadie le habría dolido más la muerte de Jesús como a ella. Pero su confianza en Dios le llevó a vivir la ausencia de su Hijo con esperanza, poniendo su seguridad en la victoria final de Cristo sobre la muerte: supo integrar los momentos de la Pasión –de modo anticipado– a los frutos de la Resurrección. «No admitas el desaliento en tu apostolado –escribió san Josemaría–. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz. ¡Ánimo!... Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora: Sancta Maria, refugium nostrum et virtus!, eres mi refugio y mi fortaleza»[5].



18 de abril de 2026

SER ALMAS AGRADECIDAS Y MISERICORDIOSAS

 


Evangelio (Jn 6,16-21)

Cuando estaba atardeciendo, bajaron sus discípulos al mar, embarcaron y pusieron rumbo a la otra orilla, hacia Cafarnaún. Ya había oscurecido y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba hacia la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo:

—Soy yo, no temáis.

Entonces ellos quisieron que subiera a la barca; y al instante la barca llegó a tierra, al lugar adonde iban.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EN AQUELLOS DÍAS, al crecer el número de los discípulos, se levantó una queja de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas estaban desatendidas en la asistencia diaria» (Hch 6,1). Ya desde los primeros pasos del cristianismo, la Iglesia debió afrontar situaciones de tensión que iban apareciendo, como la que se describe en este pasaje. La Iglesia, al mismo tiempo que cuenta con la asistencia incesante del Espíritu Santo, está formada por personas como nosotros que, animados por las mejores intenciones, tenemos las limitaciones de la condición humana y la herida del pecado.

A Pedro y a los demás apóstoles correspondía la tarea de discernir el problema que había surgido y proponer una solución. Esta vez fue la de designar «a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» (Hch 6,3), que se dedicaran más directamente a ese servicio de caridad. Es interesante notar que desde el principio la Iglesia dirigió su atención a los más necesitados; y cómo, a la hora de encargar a algunos cristianos la organización material de esa labor asistencial, los apóstoles valoraron ante todo que fuesen personas dóciles al Espíritu Santo, dotadas de sabiduría. La vida interior, las virtudes personales, el amor a la verdad revelada y la actividad en favor de los demás se consideraban aspectos íntimamente unidos para llevar a cabo la misión de la Iglesia.

Cada cristiano estaba llamado entonces, como lo seguimos estando ahora, a mirar a Jesucristo, a vivir su misma vida, secundando la acción santificadora del Paráclito. De ahí se deriva la donación a los demás, que se concretará de modos diversos. En el fondo, para todos, como escribió san Josemaría, «se resume en una única palabra: amar. Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir»[1].


«LA PALABRA de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén» (Hch 6,7). El salmo responsorial de la Misa de hoy es un eco de la alegría de los primeros cristianos de Jerusalén: «Alabad al Señor con la cítara, entonadle salmos con el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es recta, y hace con fidelidad todas sus obras. Él ama la justicia y el derecho: la tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,2.4-5). Se trata de un canto de alabanza al Señor que ha creado el mundo y lo sustenta en el ser; que mira desde el cielo a los hijos de Adán y conoce cada rincón de sus corazones; que incesantemente mantiene sobre los hombres una mirada de ternura, cercanía y salvación.

Al invitarnos a meditar este salmo, la Iglesia desea suscitar en nosotros un espíritu agradecido y misericordioso, a imagen del Padre. Esta actitud surge al reconocer las ayudas del cielo y se convierte en algo más profundo cuando entendemos que el Señor ha infundido en nosotros la fe y la caridad para difundir su benevolencia a nuestro alrededor, aprovechando las vicisitudes de nuestra vida. Podemos transformarnos en mujeres y hombres que ven cada vez más el mundo con los ojos de Dios y, por eso, aprecian en primer lugar el bien, la salvación y lo noble, también en los demás. «El Catecismo escribe: “Todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias”. La oración de acción de gracias comienza siempre aquí: en el reconocerse precedidos por la gracia. Hemos sido pensados antes de que aprendiéramos a pensar; hemos sido amados antes de que aprendiéramos a amar; hemos sido deseados antes de que en nuestro corazón surgiera un deseo. Si miramos la vida así, entonces el “gracias” se convierte en el motivo conductor de nuestras jornadas»[2].

«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día –recomendaba san Josemaría–. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su madre, que es también madre tuya. Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno»[3].


SAN JUAN NOS cuenta, de modo escueto y sobrio, lo que sucedió después de la primera multiplicación de los panes y los peces. Al atardecer de aquel día, los discípulos se embarcaron para atravesar el lago y llegar a Cafarnaún. Jesús no fue con ellos, sino que se quedó rezando en un monte. «El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar, unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba hacia la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo: “Soy yo, no temáis”» (Jn 6,18-20).

Los discípulos probablemente tuvieron que emplear varias horas para recorrer en barca, remando contra viento y marea, los casi cinco kilómetros que les separaban de Cafarnaún. Muchos han visto en esta barca, que crujiría ante cada embate de las olas, una figura de la Iglesia, que enfrenta riesgos y dificultades en el mar de la historia. Lo mismo puede suceder con nuestra propia vida: con frecuencia no nos faltan dificultades, trabajos y fatigas. Y, como los apóstoles, también nosotros podemos demostrar ser personas de fe débil, vencidos por miedos, inseguridades o preocupaciones.

«Soy yo, no temáis». El Señor está siempre con nosotros, nos mira y nos acompaña. Por eso, «no tenemos motivos más que para dar gracias. No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo»[4]. A veces, necesitaremos un tiempo para que vaya creciendo esa confianza en el Señor que llena nuestra vida de gratitud. En ocasiones, será preciso que interpretemos nuestra historia personal a la luz del cariño incondicional que nos tiene Dios. Jesús se manifestó caminando sobre las aguas para robustecer la fe todavía débil de sus discípulos. Podemos terminar este rato de oración pidiéndole que aumente nuestra confianza en él –¡aumenta nuestra fe!–, de manera que sepamos reconocer su presencia en nuestra historia personal y en todas las circunstancias de nuestra existencia.


17 de abril de 2026

La Iglesia vive de la Eucaristía

 

Evangelio (Jn 6,1-15)

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

—¿Con qué compraremos panes para que coman estos?

Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

—Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?

Jesús dijo:

—Decid a la gente que se siente en el suelo.

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

—Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda.

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:

—Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo.

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL EVANGELIO de san Juan recoge siete milagros del Señor y entre ellos está la primera multiplicación de los panes y de los peces. Se trata de un pasaje que prefigura la Pascua del Señor y la institución de la Eucaristía. Una gran muchedumbre se había congregado junto a la orilla del lago de Genesaret, atraída por aquel maestro cuya fama se había ido extendiendo a causa de sus milagros y de sus enseñanzas. Desde lo alto de una ladera, el Señor vio a las multitudes que le seguían y, dirigiéndose a Felipe, que era quien tenía más cerca, formuló una pregunta desconcertante: «¿Dónde vamos a comprar pan para que coman estos?» (Jn 6,5). El primer pensamiento de Felipe quizá fue que el Maestro no lo decía del todo en serio, pero de inmediato debió de considerar también que Jesús con frecuencia era imprevisible. Así que, prudentemente, se limitó a hacer un presupuesto aproximativo: «Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco» (Jn 6,7). Intervino entonces Andrés, que se mostró un poco más empático con el hambre de las multitudes, aunque también su propuesta ponía de relieve, sobre todo, la imposibilidad de hacer algo por ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?» (Jn 6,9).

San Juan señala que, aunque Jesús conversó de este modo con los apóstoles, «él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,6). El autor sagrado destaca que humanamente era imposible dar de comer a tanta gente. Y esto lo hace no solo para que resalte, por contraste, lo grande que fue el milagro, sino, sobre todo, para subrayar que la salvación es un don que viene de Dios; no se trata de una obra humana, aunque el Señor quiera contar con los hombres para llevarla a cabo. «Muchas veces a lo largo de la historia de la Obra –comentaba san Josemaría–, he pensado que el Señor tiene las cosas pensadas desde la eternidad, pero que por otra parte nos deja libérrimos. El Señor en ocasiones parece que nos tienta, que quiere probar nuestra fe. Pero Jesucristo no nos deja: si nos mantenemos firmes, él está dispuesto a hacer milagros, a multiplicar los panes»[1].


«–MANDAD A LA GENTE que se siente. Había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron» (Jn 10,11). El evangelio no nos describe cómo Jesús realizó materialmente este milagro. Lo que sí podemos intuir es cómo se quedaría grabada en su corazón esa experiencia de fe. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprendieron que así sería en adelante: el Señor esperaba de ellos –como de cada uno de nosotros– que pusieran lo posible de su parte. Él también seguiría poniendo su parte. Esa acción de Dios muchas veces no se manifiesta del todo y no llegamos a descubrir a quién implica y qué consecuencias tiene; sin embargo, sigue siendo la parte más real e importante. Con la acción del hombre dentro de la acción de Dios, saldría adelante la misión apostólica y se iría haciendo la Iglesia.

Pero hubo además otra enseñanza que el Señor les transmitió en esta multiplicación de los panes y los peces: una lección de caridad. Les mostró cómo debe un cristiano estar atento y hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales de los demás: primero, con una mirada que las perciba, que sepa sentir compasión, que desee cuidar de los otros; y después, con una actitud generosamente proactiva: no basta pensar que sería bonito pero por desgracia no se puede hacer nada; no son suficientes los buenos sentimientos si al final quedan solo en eso. Jesús desea que cada uno haga lo que esté en su mano para ayudar a personas concretas en situaciones difíciles, sin resignarse a la pasividad: emplaza a sus discípulos a buscar una solución aunque sea solo para empezar, a que intenten poner en marcha un proceso positivo. En definitiva, a complicarse la vida, si hiciera falta, para ayudar a los demás.

«Para eso necesitamos que el Señor nos agrande el corazón, que nos dé un corazón a su medida, para que entren en él todas las necesidades, los dolores, los sufrimientos de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más débiles. En el mundo actual, la pobreza presenta muchos rostros diversos: enfermos y ancianos que son tratados con indiferencia, la soledad que experimentan muchas personas abandonadas, el drama de los refugiados, la miseria en la que vive buena parte de la humanidad como consecuencia, muchas veces, de injusticias que claman al cielo. Nada de esto nos puede resultar indiferente. Cada cristiano ha de poner en movimiento la “imaginación de la caridad” de la que hablaba san Juan Pablo II, para llevar el bálsamo de la ternura de Dios a todos nuestros hermanos que pasan necesidad»[2].


«JESÚS TOMÓ LOS PANES y, después de dar gracias, los repartió» (Jn 6,11). En estas palabras que usa Juan hay una prefiguración de la Eucaristía. En este mismo capítulo del cuarto evangelio encontramos el discurso del pan de vida, en el que Jesús promete darse él mismo como alimento de nuestra alma.

En la Eucaristía, lo que era algo material y pequeño, un poco de pan y de vino, se convierte en alimento sobrenatural: en el cuerpo y la sangre de Cristo, el pan de los ángeles, nuevo maná que restaura las fuerzas del pueblo de Dios que es la Iglesia. «La Iglesia vive de la Eucaristía»[3]. «La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo (...). Jesús ha visto a la muchedumbre, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes; así hace lo mismo con la Eucaristía. Y nosotros, creyentes que recibimos este pan eucarístico, estamos empujados por Jesús a llevar este servicio a los demás, con su misma compasión»[4].

«La Eucaristía nunca puede ser solo una acción litúrgica. Solo es completa, si el “ágape” litúrgico se convierte en amor cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo. Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación del mundo»[5]. Pidamos también a María, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas»[6], que nos ayude a difundir por el mundo la fuerza santificadora del sacrificio del altar.

16 de abril de 2026

NUESTRA MISION EN EL MUNDO

 


Evangelio (Jn 3,31-36)


El que viene de lo alto está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla. El que viene del cielo está sobre todos, y da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio confirma que Dios es veraz; pues aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.



PARA TU RATO DE ORACION 



LOS APÓSTOLES, tras haber sido liberados, volvieron de madrugada al Templo para seguir predicando. Allí fueron arrestados de nuevo y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Es la escena que nos relata la primera lectura de la Misa de hoy: «El sumo sacerdote les interrogó: “¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? En cambio, vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre”. Pedro y los apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”» (Hch 5,27-29).

Pedro y los doce muestran con su respuesta «que poseen esa “obediencia de la fe” que luego querrán suscitar en todos los hombres (cfr Rm 1,5)»[1]. En el libro de los Hechos vemos bastantes ejemplos más que ponen de manifiesto la misma idea: para los apóstoles, lo más importante es llevar a cabo la misión confiada a ellos por Dios. Como testigos de la resurrección de Cristo, no pueden dejar de hablar de lo que han visto y oído. Les parece tan valioso lo que han recibido, les llena de tal manera el corazón, que afrontan cualquier peligro para compartirlo.

El Espíritu Santo fue cambiando a los apóstoles: cada vez serían menos cobardes y más valientes; menos ambiciosos, con menos miras humanas, y más capaces de donarse a los demás. Introducidos en esa vida del Espíritu, «ya no son hombres “solos”. Experimentan esa especial sinergia que les hace descentrarse de sí mismos y les hace decir: “nosotros y el Espíritu Santo” (Hch 5,32) o “el Espíritu Santo y nosotros” (Hch 15,28). Sienten que no pueden decir “yo” solo, son hombres descentrados de sí mismos. Fortalecidos por esta alianza, los Apóstoles no se dejan atemorizar por nadie»[2].


«EL DIOS DE nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A este lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y de estas cosas somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen» (Hch 5,30-32). Los apóstoles se saben testigos de una verdad que –con la asistencia del Espíritu Santo, enviado para que podamos convertirla en vida– trae la salvación a todo el género humano. Es el comienzo de nuestra misión; la Iglesia «continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3].

«Ante los desafíos de este mundo nuestro, tan complejos como apasionantes, ¿qué espera hoy el Señor de nosotros, los cristianos? Que salgamos al encuentro de las inquietudes y necesidades de las personas, para llevar a todos el Evangelio en su pureza original y, a la vez, en su novedad radiante»[4]. El empeño evangelizador consiste en «una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para esto, es preciso conocer en profundidad el tiempo en el que vivimos, las dinámicas que lo atraviesan, las potencialidades que lo caracterizan, y los límites y las injusticias, muchas veces graves, que lo aquejan. Y, sobre todo, es necesaria nuestra unión personal con Jesús, en la oración y en los sacramentos. Así, podremos mantenernos abiertos a la acción del Espíritu Santo, para llamar con caridad a la puerta de los corazones de nuestros contemporáneos»[5].


«EL QUE VIENE de lo alto está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla» (Jn 3,31). Este pasaje del evangelio de san Juan sigue inmediatamente a la conversación entre el Bautista y sus discípulos, en la que el Precursor pronuncia la frase que tantas veces hemos meditado: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Cristo, que viene de lo alto, del cielo, es el único que puede revelar al Padre y traer al Espíritu Santo. Por eso, «el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer en el Hijo no verá la vida» (Jn 3,36).

Solamente Jesucristo puede hablar las «palabras de Dios» y dar «el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). El hombre puede acceder a Dios de varias maneras: por ejemplo, contemplando el orden y la belleza del mundo; reflexionando sobre la sed de infinito y de plenitud que anidan en su corazón; a través de experiencias espirituales que muchas veces contienen tesoros de sabiduría así como un apreciable sentido de lo sagrado… Todas estas vías manifiestan la apertura del hombre a Dios, pero también ponen de relieve lo limitado que es el conocimiento humano de frente a lo divino.

En cambio, por la fe en Cristo conocemos la Palabra completa y definitiva de Dios. Como escribió santo Tomás de Aquino, «antes de la llegada de Cristo, ningún filósofo, pese a todos sus esfuerzos, pudo saber tanto de Dios y de lo necesario para alcanzar la vida eterna como después de Cristo sabe una viejecita por la fe»[6]. Cada cristiano ha recibido el maravilloso don de la fe, que es «encuentro con Dios que habla y actúa en la historia, y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mentalidad, juicios de valor, opciones y acciones concretas. No es espejismo, fuga de la realidad, cómodo refugio, sentimentalismo, sino implicación de toda la vida y anuncio del Evangelio, Buena Noticia capaz de liberar a todo el hombre»[7].

Pidamos a santa María, madre de los creyentes, que nos ayude a centrar siempre más nuestra existencia en Cristo y a orientar hacia él a quienes encontramos en nuestro camino.


15 de abril de 2026

LA LUZ AL MUNDO

 



Evangelio (Juan 3, 16-21)

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios.


PARA TU RATO DE ORACION 

«VINO LA LUZ AL MUNDO y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3,19-21). Con estas palabras que leemos en el evangelio, continúa la conversación de Jesús con Nicodemo. Aparece un tema recurrente en el libro de san Juan: Cristo es la luz del mundo y quien le sigue «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La luz que Cristo trajo al mundo no fue deslumbrante: acogerla o no, acercarse o mirar hacia otro lado, dependía de la libertad de cada corazón. De hecho, la luz fue rechazada por muchos. Otros incluso intentaron apagarla. Pero el plan divino de salvación supera cualquier esquema humano.


La luz de Cristo resucitado sigue siendo una luz de amor, que no se impone, sino que se presenta humilde, discreta, a la libertad de los hombres. No quiere avasallarnos ni pasar por encima de nuestra posibilidad de elección. Pero cuando se la acoge bajo esta apariencia de debilidad, se demuestra capaz de disipar las tinieblas más densas. «Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte –él vive– y la fe en él penetra como una pequeña luz todo lo que es oscuridad y amenaza. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cfr Jn 10,10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día»[1].


EL SEÑOR, que se manifestó como la luz del mundo, también dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Lc 5,14). Todos estamos llamados a ser luz y a formar con los demás cristianos un resplandor cada vez más amplio: «La luz no se queda aislada. En todo su entorno se encienden otras luces. Bajo sus rayos se perfilan los contornos del ambiente, de forma que podemos orientarnos. No vivimos solos en el mundo. Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otros. En particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe, contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los otros lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos»[2].


Este fue el caso de los primeros cristianos, que tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 3,32). «La comunidad renacida tiene la gracia de la unidad, de la armonía. Y el único que puede darnos esa armonía es el Espíritu Santo, que es la armonía entre el Padre y el Hijo, es el don que hace la armonía»[3]. El Paráclito los mantenía unidos y los impulsaba a evangelizar: de esta manera, como relata la Sagrada Escritura, la Iglesia fue creciendo con rapidez. Ciertamente, junto a la luz de la fe, seguían estando presentes las tinieblas y no faltaron los problemas. En la Misa de hoy se lee cómo, al ver que cada vez más personas abrazaban el cristianismo, las autoridades «prendieron a los apóstoles y los metieron en la prisión pública» (Hch 5,18). De un modo u otro, tampoco faltarán dificultades en nuestra vida cuando procuremos difundir a nuestro alrededor la luz de Cristo. Ante la impresión de que los frutos son pocos o de que nuestras condiciones personales tampoco son las mejores, podemos repetir con el salmista: «Cuando el pobre invoca, el Señor lo escucha» (Sal 33,7). Esta sería también la actitud de los apóstoles mientras permanecían encerrados en la cárcel. Y el consuelo de Dios no tardó en llegar.


«UN ÁNGEL del Señor abrió de noche las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo: “Salid, presentaos en el Templo y predicad al Pueblo toda la doctrina que concierne a esta Vida”. Después de haberlo escuchado, entraron de madrugada en el Templo y comenzaron a enseñar» (Hch 5,19-21). Aunque no se describe la aparición del ángel, debió de ser impresionante. Con las primeras luces del día, y sabiendo que volverían a ser arrestados, los apóstoles emprendieron aquella indicación. Lo hicieron no como quien cumple un encargo externo sino como quien lleva adelante una misión propia, una tarea que había pasado a ser parte constitutiva de cada uno; no solo hacían apostolado sino que eran y se sentían apóstoles, testigos de un acontecimiento que había transformado sus vidas.


También nosotros «hemos de llenar de luz el mundo (…) –escribió san Josemaría–. Nada puede producir mayor satisfacción que el llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo. Personas a las que nadie ha enseñado a valorar su vida corriente, para quienes lo ordinario parece vano y sin sentido, que no aciertan a comprender y a pasmarse ante esa gran verdad: Jesucristo se ha preocupado de nosotros, hasta de los más pequeños, hasta de los más insignificantes. A todas las gentes habéis de decir: también a vosotros os busca Cristo, como buscó a los primeros doce, como buscó a la mujer samaritana, como buscó a Zaqueo; como al paralítico: surge et ambula (Mc 2,9), levántate que el Señor te espera; como al hijo de la viuda de Naín: tibi dico, surge! (Lc 7,14), a ti te lo digo, levántate de tu comodidad, de tu poltronería, de tu muerte»[4].


Pidamos a nuestra Madre del cielo que se mantenga muy viva en nosotros la conciencia de que somos apóstoles, de manera que sepamos secundar la acción del Espíritu Santo para que muchas almas se acerquen a Dios.


14 de abril de 2026

Amar quiere decir dar

 



Evangelio. Juan 3, 5a. 7b-15)


Jesús contestó [a Nicodemo]:


— Debéis nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.


Respondió Nicodemo y le dijo:


—¿Y eso cómo puede ser?


Contestó Jesús:


—¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras? En verdad, en verdad te digo que hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de cosas terrenas y no creéis ¿cómo ibais a creer si os hablara de cosas celestiales? Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.



PARA TU RATO DE ORACION 




PROBABLEMENTE FUE larga la conversación entre Jesús y Nicodemo, aunque el evangelio solo nos haya transmitido unas cuantas frases. Aquel doctor de la ley esperaba encontrarse con un profeta, alguien elegido por Dios, pero sus expectativas quedaron completamente desbordadas: allí había algo más, algo radicalmente distinto, un hombre de cuya boca oía revelaciones que nunca había sospechado. No sabemos hasta qué punto las entendió o cuántos detalles quiso explicar Jesús en ese momento. Pero sí conocemos que, en las horas difíciles de la pasión, cuando casi todos los discípulos habían huido, Nicodemo dio la cara públicamente para dar una digna sepultura al cuerpo de Cristo. En esos momentos recordaría las palabras de aquella conversación nocturna, cuando el Señor había profetizado su muerte en la cruz y los frutos de ese sacrificio: «Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn 3,14-15).


Nicodemo conocía aquel episodio de la historia de su pueblo: Moisés había puesto la serpiente de bronce sobre un mástil para que, al mirarla, quienes habían sido mordidos por las serpientes venenosas del desierto quedaran curados (cfr. Nm 21,8-9). Remontándose a aquel episodio, Jesús nos recuerda que «nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud. Todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador»[1]. Para creer, para salvarnos, para aprender a amar, necesitamos mirar a Cristo en la cruz. En sus gestos y en sus palabras comprenderemos cómo es la caridad que quiere infundir en nuestros corazones. Además de esa conversación nocturna, su encuentro personal con la cruz transformó aún más a Nicodemo. Desde entonces superó sus temores y sus respetos humanos para mostrarse abiertamente como amigo de Jesús. Contemplar la cruz siempre nos cambia.


TAMBIÉN LOS APÓSTOLES quedan aún más transformados cuando, después de la resurrección del Señor, pueden entender el auténtico alcance y sentido de su muerte en la cruz. Queda grabado en sus corazones que «es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario»; y que, «en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»[2]. Solo al mirar con profundidad la grandeza del amor divino en la cruz pueden comprender plenamente, por un lado, el nuevo mandamiento que Jesús les había dado durante la Última Cena (cfr. Jn 13,34) y, por otro, la petición por la unidad entre sus discípulos que Cristo había elevado al Padre esa misma noche (cfr. Jn 17,21).


Aquellas palabras de Jesús sobre el amor fraterno y sobre la unidad fueron fielmente transmitidas por los apóstoles a los primeros cristianos. En efecto, cuando se describe a la naciente comunidad en Jerusalén, se dice que «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La unidad y armonía que habían alcanzado no era solamente un logro humano, fruto de la práctica de virtudes relacionales o de haber establecido inteligentes acuerdos. Era ante todo un don de Dios, una obra del Espíritu Santo en quienes habían nacido a la vida de la gracia por el bautismo. Pero, al mismo tiempo que era un don, enseguida se nos indica que también era una tarea: la triste historia de Ananías y Safira, que se relata justo después (cfr. Hch 5,1-10), muestra claramente que esa unidad –fuerte hasta el punto de tener un solo corazón y una sola alma– era un don valiosísimo pero frágil, que dependía también de la libertad personal de cada uno con la cual se abría a recibirla.


Ese “milagro de la unidad” lo hace el Espíritu Santo pero depende también de disponernos adecuadamente para recibirlo: puede ser obstaculizado por la soberbia, el egoísmo, la murmuración, la desconfianza... «Los Hechos de los Apóstoles muestran cómo en la santa ciudad de Jerusalén, marcada por los acontecimientos de la reciente Pascua, estaba naciendo la Iglesia. Esta joven Iglesia, ya desde el inicio, “perseveraba en la comunión”, es decir, formaba la comunión corroborada por la gracia del Espíritu Santo. Y así es hasta el día de hoy. Jesucristo en su misterio pascual constituye el centro de esta comunidad. Él hace que la Iglesia viva, crezca y se realice como un cuerpo “bien trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren según la actividad propia de cada miembro” (Ef 4,16)»[3]. La unidad es don para la Iglesia y tarea de cada uno.


«LOS APÓSTOLES daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado» (Hch 4,33). El cristianismo se difundió con rapidez en los primeros siglos Sucedió gracias a la valentía de los cristianos, pero sobre todo gracias al testimonio de la caridad que vivían entre ellos y procuraban difundir entre todos. «¡Mirad cómo se aman!», comentaban a menudo, «¡mirad cómo cada uno está dispuesto a morir gustosamente por el otro!»[4].


Para ser creíbles, los cristianos han de estar unidos, debe resplandecer la caridad con que se tratan unos a otros. El apostolado no es otra cosa que el desbordarse de esa caridad hacia todos porque cada uno siente a flor de piel la preocupación por los demás. San Josemaría lo consideraba esencial para el Opus Dei: «Quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes»[5]. Comentaba también que por mucho que se extendiese su apostolado, se debería luchar por reforzar el clima de confianza y sencillez, de alegría y cariño.


«Qué gran responsabilidad nos confía hoy el Señor. Nos dice que la gente conocerá a los discípulos de Jesús por cómo se aman entre ellos. En otras palabras, el amor es el documento de identidad del cristiano, es el único “documento” válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro. Entonces os pregunto: ¿Queréis acoger la invitación de Jesús para ser sus discípulos? ¿Queréis ser sus amigos fieles? El amigo verdadero de Jesús se distingue principalmente por el amor concreto (...), amar quiere decir dar, no solo algo material, sino algo de uno mismo: el tiempo personal, la propia amistad, las capacidades personales»[6].


Pidamos a María santísima que, con el calor de una caridad concreta, y con una unidad que atrae a todos, sepamos transmitir la luz y el calor de la fe.




13 de abril de 2026

Renacer en Cristo

 



Evangelio  san Juan 3, 1-8

Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:

«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».


Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».


Nicodemo le pregunta:

«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».


Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».



PARA TU RATO DE ORACION 



DURANTE EL TIEMPO de Pascua, la primera lectura de la Misa sigue la narración de los Hechos de los Apóstoles, el libro que nos relata los primeros pasos de la Iglesia. Se trata de la mejor fuente para acercarnos a la vida de los primeros cristianos, en quienes san Josemaría encontraba luces para los cristianos de nuestro tiempo. Se percibe que en esas primeras comunidades reinaba un clima de alegría, de profunda gratitud, de entusiasmo sobrenatural que les impulsaba a compartir su fe con todos. No se ocultan las dificultades que existían, tanto externas como, a veces, también internas a la Iglesia; pero ni a unas ni a otras se les concede demasiada importancia: palidecen ante la grandeza de la vida de la gracia y la acción del Espíritu Santo.

Pedro y Juan regresan tras haber sido arrestados durante una noche por orden de las autoridades. El revuelo fue grande al ver que muchas personas, después de escuchar a estos apóstoles y de asistir a un milagro, habían creído en Jesús. Tras interrogarlos, amenazarlos y exhortarlos a no seguir predicando, los guardias tuvieron que dejar en libertad a Pedro y a Juan por temor al pueblo, «porque todos glorificaban a Dios por lo ocurrido» (Hch 4,21). A su vuelta, esa primera comunidad de cristianos, quizá preocupados ante las persecuciones que se avecinaban, deciden rezar unánimemente parte del salmo II. Y al término de esta plegaria –se nos cuenta en la Escritura– «tembló el lugar en el que estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad» (Hch 4,31).

Leyendo los Hechos de los Apóstoles descubrimos que el motor de todo apostolado es la oración. Quien reza «experimenta en vivo la presencia de Jesús y es tocado por el Espíritu. Los miembros de la primera comunidad perciben que la historia del encuentro con Jesús no se detuvo en el momento de la Ascensión, sino que continúa en su vida. Contando lo que ha dicho y hecho el Señor, rezando para entrar en comunión con Él, todo se vuelve vivo. La oración infunde luz y calor: el don del Espíritu hace nacer en ellos el fervor»[1].


LA LECTURA DEL evangelio, por su parte, nos invita a dar un paso atrás en el tiempo: leemos la conversación de Jesús con Nicodemo en la que hablan de la buena noticia traída por Cristo; aquel diálogo en el que el Señor le invita a «nacer de nuevo». En contraste con los primeros cristianos, que ya habían recibido la gracia del Bautismo y gozaban de la asistencia del Espíritu Santo, a Nicodemo se le hace más difícil entender las palabras de Jesús. Nicodemo es un judío influyente que admira a Cristo. Piensa que alguien que realiza semejantes prodigios debe de ser un hombre de Dios. Acude de noche para no ser visto en compañía de aquel inusitado maestro, pero se dirige al Señor con respeto y sinceridad. Por eso, las palabras que le responde Jesús llevan rápidamente la conversación al plano más elevado: «En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

Nosotros, al igual que los primeros cristianos, somos mujeres y hombres nuevos, regenerados por el Bautismo; hemos nacido de lo alto. San Josemaría explicaba que «en el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo»[2]. Este sacramento nos da la inmensa dignidad de ser hijos de Dios y de estar llamados a la santidad, que no es otra cosa que «la plenitud de la filiación divina»[3]. Ser santos, por tanto, no es solo una cuestión de comportamiento externo, no consiste solamente en aspirar a una perfección ética, sino que se trata de reconocer en nosotros la vida de la gracia que se nos ha infundido y desear que se convierta sinceramente en la fuente de nuestra existencia; consiste en tener cada vez más los sentimientos del Hijo, tener un corazón cada vez más parecido al suyo.

Con el Bautismo comienza una aventura apasionante, una aventura de amor, una vida que no solo es nueva, sino que el Señor quiere renovar continuamente al compás del soplo imprevisible del Espíritu Santo. «El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios y haciendo nacer al hombre nuevo, recreado en Jesús (...). Si nosotros festejamos el día del nacimiento, ¿cómo no festejar o recordar el día del renacimiento? (...). Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento»[4].


«DESDE QUE RECIBIMOS el Bautismo, apenas nacidos, comenzó en el alma la vida sobrenatural. Pero hemos de renovar a lo largo de nuestra existencia –y aun a lo largo de cada jornada– la determinación de amar a Dios sobre todas las cosas»[5]. Así explicaba san Josemaría una característica intrínseca de nuestra vocación cristiana: esa disposición a acoger de modo siempre renovado la gracia de Dios, ese secundar las inspiraciones del Paráclito con una docilidad que ensancha nuestra libertad interior. La vocación bautismal nos introduce en el dinamismo de la vida según el Espíritu Santo. Nuestra fidelidad al Señor no se caracteriza por la inercia y la monotonía, sino por la continua novedad de una respuesta libre y amorosa. Seguía diciendo san Josemaría: «En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios»[6].

«¡Qué grande es el don del Bautismo! Si nos diéramos plenamente cuenta de ello, nuestra vida se convertiría en un “gracias” continuo. ¡Qué alegría para los padres cristianos, que han visto nacer de su amor una nueva criatura, llevarla a la pila bautismal y verla renacer en el seno de la Iglesia a una vida que jamás tendrá fin!»[7]. Aunque quizás muchos no puedan recordar el día en que, como Jesús le dijo a Nicodemo, «volvieron a nacer», es un momento siempre accesible a nuestra imaginación y a nuestra oración: allí podremos agradecer a Dios y a las personas de cuya fe Dios se sirvió para incorporarnos a Cristo.

La vida de María, desde el fiat –¡hágase!– de la Anunciación hasta el fiat silencioso que repitió al pie de la cruz, es un ejemplo para nosotros de respuesta fiel a su vocación en las más variadas situaciones. Es una manifestación de docilidad siempre renovada a la gracia de Dios.