"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

1 de mayo de 2026

SAN JOSE NUESTRO PADRE Y SEÑOR (Santificación del trabajo)

 



Evangelio (Mt 13,54-58)

Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían:

—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?

Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:

—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa.

Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.


PARA TU RATO DE ORACION 


amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas»[5].


AUNQUE PARA José fuera muy reconfortante vivir con Jesús y con María, eso no le ahorraba las inevitables asperezas de la vida: el paso del tiempo que iría disminuyendo sus capacidades, la convivencia no siempre fácil con sus vecinos, los apuros económicos que quizá pasaron en algún momento, las conversaciones con algunos clientes que pagaban cuando podían… Fue esa vida normal y corriente, con sus alegrías y sus dificultades, la que san José estuvo llamado a santificar.

Nada nos ha quedado de los enseres que fabricó san José con sus manos. En cambio, sigue plenamente vigente el amor que puso en ese trabajo. «El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor»[6]. Su amor a Jesús y a María le impulsaba a trabajar con intensidad; su amor se manifestaba, casi inconscientemente, en el empeño y cariño que ponía para realizar bien las cosas; y aquel mismo inmenso amor, en unidad de vida, le hacía tener muy presente que su labor cotidiana estaba ordenada a la misión que Dios le había encomendado. ¿Es el amor a Dios y a los demás lo que nos impulsa a trabajar mucho y bien, con orden, acabando los detalles, con concentración e intensidad? ¿Convertimos nuestro trabajo en oración, presentándolo al Señor durante la Santa Misa? ¿Nos sabemos acompañados por Dios mientras lo realizamos? ¿Ese espíritu contemplativo se desborda en un trato lleno de respeto, servicio, apertura y amistad hacia las personas con las que nos relacionamos?

Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y del Santo Patriarca para que nos ayuden a mejorar nuestro trabajo de manera que se convierta, cada vez más, en ocasión de servicio.



30 de abril de 2026

MISERICORDIA

 

Evangelio (Jn 13,16-20)

Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo: “En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados. No lo digo por todos vosotros: yo sé a quienes elegí; sino para que se cumpla la Escritura: ‘El que come mi pan levantó contra mí su talón’. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que yo soy. En verdad, en verdad os digo: quien recibe al que yo envíe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe al que me ha enviado.”


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS DE HABER predicado el Evangelio en Chipre durante su primer viaje apostólico, san Pablo y san Bernabé fueron en dirección a Asia menor para continuar anunciando la palabra de Dios. Llegaron a Antioquía de Pisidia y el sábado acudieron a la sinagoga. El jefe los invitó a dirigir el comentario sobre la Ley y los Profetas. Entonces Pablo tomó la palabra y comenzó su predicación con un breve resumen de la historia del pueblo elegido (cfr. Hch 13,16-22). Les habló de cómo el Señor había sacado «con brazo fuerte» a los israelitas de la esclavitud, de cómo habían peregrinado en el desierto hasta entrar en la Tierra prometida, y cómo establecidos ahí recibieron jueces y reyes que los guiaban y los protegían.

Lo que san Pablo dejó ver en su comentario es que la historia de Israel es una historia de misericordia divina. «Es una predicación histórica la que adoptan los discípulos, y es fundamental porque permite recordar los momentos importantes, los signos de la presencia de Dios en la vida del hombre. Volver atrás para ver cómo Dios nos ha salvado, recorrer –con el corazón y con la mente– el camino con el recuerdo»[1]. Como continuación de ese pueblo elegido, diremos en el salmo de la Misa de hoy: «Las misericordias del Señor cantaré eternamente; de generación en generación anunciaré con mi boca tu fidelidad» (Sal 89,2). A pesar de la dificultad que en ciertos momentos tenía el pueblo para creer y ser fiel a la Alianza, el Señor mantenía su protección sobre ellos.

Al mencionar la figura del rey David, san Pablo recordó a sus oyentes que la Alianza miraba especialmente hacia el futuro. «De su descendencia, Dios, según la promesa, hizo surgir para Israel un Salvador, Jesús» (Hch 13,23). El canto de misericordia llega a su plenitud en Jesucristo. Él es el Ungido del Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. En Jesús toda la humanidad puede encontrar el cumplimiento de sus anhelos más profundos. También nuestra propia historia converge en Cristo resucitado. Él nos atrae hacia su persona para manifestarnos la misericordia de su Padre Dios en nuestro pasado, presente y futuro.


EN LA MISA de hoy se proclamará una parte del relato de la Última Cena. Después de haber lavado los pies a sus discípulos, el Señor recuerda a los apóstoles que él estará presente en sus enviados (cfr. Jn 13,16.20). Es el maravilloso misterio de la compenetración entre Cristo y sus discípulos. Dios sigue actuando en el mundo también de esta manera. Puede parecer algo demasiado sublime, fuera de nuestras capacidades, pero es posible por la acción de la gracia. Precisamente en este sentido es elocuente el gesto del lavatorio de los pies: es el Señor el que nos lava, el que nos hace capaces de seguir anunciando el Evangelio con renovada confianza e impulsados por su ternura y su amor.

«En verdad, en verdad les digo: quien recibe al que yo envíe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe al que me ha enviado» (Jn 13,20). ¡Somos portadores de Cristo! La misericordia de Dios sigue llegando a muchas personas a través de la palabra y las obras de los cristianos. Es verdad que en todos nosotros hay cosas que empañan el cristal por el que pasa la luz de la misericordia. Pero precisamente en ese afán de recomenzar, de volver a acudir al perdón del Señor, se anuncia de nuevo la bondad del Padre celestial, porque «la Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios»[2].

Al profeta Isaías un ángel le purificó los labios con un carbón encendido antes de ser enviado al pueblo de Israel (cfr. Is 6,1-9). Y nosotros podemos recordar que, para poder anunciar adecuadamente el mensaje del Evangelio, tenemos que acudir a las fuentes que nos purifican, especialmente al sacramento de la Reconciliación. Así predicaremos la misericordia de Dios, que antes habremos experimentado personalmente. «Este drama lo vivió Jesús con los Doctores de la Ley, que no entendían porqué Él no dejó lapidar a la mujer adúltera, no entendían cómo iba a cenar con publicanos y pecadores: no comprendían. No entendían la misericordia (...). Pidamos al Señor que nos haga entender cómo es su corazón, qué significa misericordia, qué quiere decir cuando Él dice: ¡Misericordia quiero y no sacrificio!»[3].


«SI COMPRENDÉIS esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,17). Jesús dio ejemplo a sus apóstoles de entrega y servicio esmerado. Sostenidos por la gracia de Dios, también ellos llegaron a entregarse por sus hermanos los hombres, anunciando sin cansancio que Jesús vive. A través del servicio gratuito podemos hacer llegar la misericordia de Dios a muchas personas, y también nos lleva a tratar a los demás de acuerdo a su grandeza de hijos de Dios. San Pablo ruega a los filipenses: «No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás» (Fil 2,3-4). Y después recuerda cómo Jesús, «siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Fil 2,6-7).

Es el amor lo que nos hace inclinarnos para servir con gusto a los demás. En este sentido, al componer las Preces de la Obra, san Josemaría quiso que comenzaran con un Serviam! –¡serviré!– que refleja ese afán de entrega lleno de entusiasmo sobrenatural. «Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»[4].

En la vida de Nuestra Señora se ve cómo la acción de la misericordia del Señor se transforma en servicio. Inmediatamente después de la Anunciación, acude a ayudar a su prima santa Isabel. Y en ese momento de entrega rompe a cantar, llena de alegría, testimoniando la acción de Dios, porque «su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen» (Lc 1,50).

29 de abril de 2026

Santa Catalina de Siena



 Evangelio (Mt 11,25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, nos dejó estas palabras para interceder por el Sumo Pontífice y la unidad de la Iglesia, que recuperamos hoy 29 de abril, en su festividad.

En el siglo XIV, cuando la Iglesia atravesaba una de sus horas más oscuras —el papado dividido, los Pontífices exiliados en Aviñón y la obediencia de los fieles fracturada entre dos tronos—, una joven dominica de Siena tomó la pluma y se dirigió sin miedo ni rodeos a Papas, cardenales y reyes. Era Catalina Benincasa, a quien hoy celebramos como santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.

El 18 de enero de 1379, fiesta de la Cátedra de San Pedro, Catalina componía en Roma una plegaria. Acababa de persuadir al Papa Urbano VI de convocar en Roma a personas consagradas y de hacer frente al cisma provocado por los cardenales rebeldes que habían elegido ilegítimamente a un antipapa. Su oración no es un ruego tímido: es una súplica ardiente que abre el cielo.

Catalina se dirigía al Papa llamándolo Babbo —«papaíto» en italiano—, con la confianza filial de quien ama profundamente a la Iglesia y no teme señalar sus heridas. Esa misma ternura valiente late en cada línea de su oración.



Siglos después, esta oración conserva toda su fuerza. Rezarla hoy, en la festividad de Santa Catalina, es unirnos a esa larga cadena de fieles que han sostenido al Papa con su plegaria —y recordar que la Iglesia, como la navecilla de Pedro, siempre necesita vientos de caridad para no zozobrar

EN LA FIESTA de hoy, la liturgia de la Iglesia pone en nuestros labios la siguiente oración: «Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia; concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria»[1]. Estas palabras resumen la vida de la santa que celebramos: un amor ardiente por Jesucristo que la llevó a dedicarse a trabajar por los demás y por la Iglesia.

Catalina Benincasa nació en el año 1347 en Siena, en el seno de una familia numerosa. Desde su infancia cultivó una profunda piedad que la impulsó a dedicar su vida al Señor, a pesar de la incomprensión de su familia. A los dieciocho años consiguió ser aceptada entre las mujeres terciarias dominicas de la ciudad. Siguió viviendo en casa de sus padres, llevando una intensa vida de oración en medio del lógico ajetreo de una familia con muchos hijos. A los veintiún años, Catalina tuvo una experiencia que marcaría para siempre su vida: comprendió que Dios la llamaba a dedicarse con todas sus fuerzas a realizar obras de caridad y a trabajar por la conversión de los pecadores. A san Josemaría le atraía precisamente que esta santa «estaba en la calle, y en su alma ella hizo su celda interior, de modo que en cualquier lado que estuviera, no salía de la celda»[2]. Con aquella decisión, comienzan unos años en los que la joven se mueve por la ciudad de Siena para cuidar de los enfermos, a la vez que encendía los corazones de muchas personas en el amor a Dios y al prójimo.

«No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,14-15). Catalina había sido iluminada por el rostro amable de Jesús y comprendió que su luz no podía quedarse encerrada en las paredes de su casa. Generó así una revolución a su alrededor, hecha de oración y de obras de servicio.


TANTO EN EL epistolario de santa Catalina como en su conocida obra El diálogo, llama la atención la armonía entre doctrina y experiencia mística, sobre todo si tenemos en cuenta que la santa no había podido recibir una formación cultural amplia. Acudió, sin embargo, desde muy joven a la predicación de los padres dominicos en su ciudad: allí escuchaba con atención las explicaciones de la Escritura, los ejemplos de las vidas de los santos o las catequesis sobre la fe. Pasado el tiempo, también alimentaría su vida interior con la orientación de un director espiritual del lugar.

En santa Catalina se cumplen aquellas palabras que Jesús pronunció un día, lleno de gozo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). «La verdadera sabiduría también viene del corazón, no es solamente entender ideas (...). Si tú sabes muchas cosas pero tienes el corazón cerrado, tú no eres sabio. Jesús dice que los misterios de su Padre han sido revelados a los “pequeños”, a los que se abren con confianza a su Palabra de salvación, sienten la necesidad de él y esperan todo de él; tienen el corazón abierto y confiado hacia el Señor»[3]. Santa Catalina acogió las luces que el Señor le iba concediendo y así alcanzó un profundo conocimiento del misterio de Dios. «¡Oh inestimable, dulcísima caridad! –escribe–. ¿Quién no se enardece con tanto amor? ¿Qué corazón puede resistir sin desfallecer? Tú, abismo de caridad, parece que enloqueces por tus criaturas, como si no pudieses vivir sin ellas, aunque seas un Dios que no precisa de nosotros. Por nuestras buenas obras no crece tu grandeza, porque no puede sufrir mutación; de nuestro mal no se te sigue daño, porque eres el sumo y eterno Bien. ¿Quién te mueve a tanta misericordia?»[4].

Llevada por esa intensa contemplación, la santa de Siena comunicaba el amor de Dios a la gente que tenía a su alrededor. Comenzó por quienes se reunían para escucharla y para ser alentados en su vida espiritual. Pero ese desbordarse de su vida interior no acabó ahí: pasados los años, dirigiría cartas a numerosas personas, muchas de ellas personajes públicos de la época. No pocas veces sus misivas iban acompañadas de llamadas a vivir de manera coherente con el Evangelio y a buscar la voluntad divina. De su relación íntima con Jesús sacaba la energía para hablar de Dios con claridad y dulzura.


ENTRE TANTOS cristianos que se han inspirado en la vida de santa Catalina encontramos a san Josemaría. Desde joven tuvo una devoción especial por ella; por ejemplo, solía llamar catalinas a las anotaciones que hacía sobre los sucesos de su vida interior. «A mí me enamora la fortaleza de una santa Catalina –confesaba el fundador del Opus Dei–, que dice verdades a las más altas personas, con un amor encendido y una claridad diáfana»[5]. Así, en 1964 el fundador del Opus Dei decidió nombrarla intercesora para un apostolado por el que guardaba una especial estima: el de informar con la caridad de Cristo el amplio campo de la opinión pública.

Jesús es la verdad que ilumina a todo hombre y lo rescata de la oscuridad. Ofrecer esta luz a los demás –procurando tenerla encendida primero en nuestra vida– es una de las obras de misericordia. Así, llevar nuestra fe a los demás «es hacer ver la revelación, para que el Espíritu Santo pueda actuar en la gente mediante el testimonio: como testigo, con el servicio. El servicio es un modo de vivir (...). Si digo que soy cristiano y vivo como tal, eso atrae (...). La fe debe ser transmitida: no para convencer, sino para ofrecer un tesoro»[6].

Santa Catalina, antes de exhortar a alguien a acercarse más a la fe, había pasado mucho tiempo cuidando a los enfermos de su ciudad. La misma caridad que la llevó a dedicarse a los más necesitados la movió después a escribir cartas en las que invitaba a ser fieles hijos de la Iglesia. La credibilidad de su mensaje se apoyaba en una vida en la que resplandecía el amor a Dios y al prójimo. A ella y a nuestra Madre les pedimos que intercedan ante Dios para que nos conceda una caridad que se alimente en la oración, se manifieste en obras de amor y anuncie la verdad que conduce a la vida. «La enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir y la certeza más segura para salir de la duda, es el amor de Dios con el cual hemos sido amados (cf. 1 Gv 4, 10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre ¡Dios nunca da marcha atrás con su amor!»[7].










28 de abril de 2026

JERUSALEM TIERRA DE JESUS

 


Evangelio (Jn 10, 22-30)

Se celebraba por aquel tiempo en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico de Salomón. Entonces le rodearon los judíos y comenzaron a decirle: —¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente.

Les respondió Jesús: —Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.


PARA TU RATO DE ORACION 


CON CIERTA frecuencia, los jefes del pueblo de Israel pedían a Jesús que les mostrara una señal definitiva de que era el Mesías: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente» (Jn 10,24). A lo que el Señor respondió: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí» (Jn 10,25). En efecto, Jesús había realizado ya muchos milagros y prodigios que los mismos jefes del pueblo habían presenciado. Y no solo eso, sino que también había expuesto su doctrina llena de esperanza y amor. Su predicación quedaba avalada por su actuación. Por eso, en otro momento dijo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras» (Jn 10,37-38).

Jesús obraba entonces y lo sigue haciendo ahora. Por ejemplo, lo hace y lo ha hecho de manera generosa en nuestra vida. Este es un ámbito de las acciones de Dios que necesitamos recordar frecuentemente; a veces «se pierde la memoria de las grandes cosas que el Señor ha hecho en nuestra vida, en su Iglesia, en su pueblo, y nos acostumbramos a ir nosotros con nuestras fuerzas, con nuestra autosuficiencia (...). Moisés advierte al pueblo a que, una vez llegue a la tierra que no ha conquistado, se acuerde de todo el camino que el Señor le ha hecho hacer»[1].

A veces, como aquellos jefes del pueblo de Israel, podemos tener la tentación de pedir a Jesús pruebas de su divinidad, cuando las podemos encontrar en nuestra propia vida. Como le gustaba recordar a san Josemaría, el poder de Dios no ha disminuido (cfr. Is 59,1), sigue realizando en nosotros los mismos prodigios que realizó hace más de dos mil años. Podremos recordar tantos momentos en los que Jesús ha estado presente cuidándonos o dándonos una luz inesperada para nuestro camino. Esas realidades –lo bueno que realizamos o que nos sucede– nos llenarán de alegría y serán siempre expresión de la cercanía de Cristo Resucitado en nuestra vida. «Nos vendrá bien repetir continuamente el consejo de Pablo a Timoteo, su amado discípulo: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos” (2Tim 2,8). Acuérdate de Jesús; me acompañó hasta ahora y me acompañará hasta el momento en el que deba comparecer ante él glorioso»[2].


LAS OVEJAS de Cristo saben reconocer su voz y su actuación. Al confiar en él podemos tener la seguridad de su protección. «Yo les doy vida eterna –dice Jesús–; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,28-30).

Queremos estar siempre en aquellas manos del pastor. Sin embargo, no faltarán ocasiones en nuestra vida en las que pareciera que nos alejamos de su cobijo. Pueden ser momentos de gracia porque el Señor nos dará la fuerza para permanecer agarrados a él; nos descubrirá con mayor profundidad cómo es y cómo actúa. Podremos decir con san Pablo: «Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Aquellas palabras de Jesús en las que nos asegura estar siempre en sus manos «nos comunican un sentido de absoluta seguridad y de inmensa ternura. Nuestra vida está totalmente segura en las manos de Jesús y del Padre, que son una sola cosa: un único amor, una única misericordia, reveladas de una vez y para siempre en el sacrificio de la cruz»[3].

Convencidos de estar en las manos de Dios, el modo en que encaramos nuestras actividades cotidianas cambia. De manera especial nos llenaremos de una mayor serenidad: ante nuestros defectos, ante los defectos de los demás, ante el pasado, el presente y el futuro. San Josemaría consideraba que los cristianos viven «amando a Dios y sabiendo aceptar las contrariedades como bendición venida de su mano»[4].


EN LA LECTURA del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos propone la liturgia de hoy, se narra la llegada de los cristianos a la ciudad de Antioquía. Habían llegado ahí en una situación de contradicción, porque la persecución que se desató después de la muerte de san Esteban los hizo abandonar el lugar donde se encontraban. Sin embargo, no se desaniman, sino que hablan con espontaneidad sobre Jesús y su Evangelio a la gente que los rodea. Narra la Escritura que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11,21).

Las manos de Dios no solo nos protegen, sino que también nos impulsan a trabajar por él en el mundo. Todos podemos hacer algo por el Señor, por difundir su calor en nuestro ambiente, llevando ese amor que nos llena. ¡Cuánto entusiasmo nos da el sabernos colaboradores de Dios en el mundo! Se cuenta que durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el Cristo de una iglesia alemana perdió los brazos; cuando se plantearon la restauración de la imagen, prefirieron dejar al Cristo sin esas extremidades y, en cambio, escribir una frase en el travesaño de la Cruz que recuerda a quien la lee que los brazos de Jesús en la tierra somos los cristianos. «El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias, gracias sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre tantos, en esta hacienda, en la que Él nos ha colocado para colaborar en la tarea de llevar el alimento a los demás»[5].

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles termina con la llegada de san Bernabé y san Pablo a Antioquía, para reafirmar en la fe a los que se habían convertido. En esa ciudad, la difusión del Evangelio crecía con fuerza. Y fue ahí mismo donde los discípulos fueron llamados por primera vez “cristianos” (cfr. Hch 11,26). Da la impresión de que ese nombre surgió fuera de la comunidad cristiana, pero que en cualquier caso fue bien recibido por nuestros primeros hermanos en la fe. ¡Con cuánto orgullo lo llevarían! Al decir que somos cristianos expresamos nuestra pertenencia al Señor y el deseo de identificarnos con él. Recordar que somos cristianos, y recordar las obras de Dios en nosotros, nos ayudará a avivar la conciencia de estar en las manos de Jesús y de ser colaboradores suyos en el mundo.





26 de abril de 2026

VIRGEN DE MONTSERRAT

Evangelio (Jn 10,1-10) En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía. Entonces volvió a decir Jesús: — En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Para tu rato de oración San Josemaría y la Virgen de Montserrat San Josemaría tenía una profunda devoción a la Virgen de Montserrat. Su vínculo con el santuario fue especialmente vivo durante los años 40, sobre todo hacia finales de 1946, cuando se instaló definitivamente en Roma. El afecto por esta advocación no se apagó con el paso del tiempo: el día de la Virgen de Montserrat de 1954 quedó sano de la diabetes, tras un episodio muy grave en el que estuvo a punto de morir. San Josemaría fue un gran devoto de la Virgen de Montserrat, cuya fiesta se celebra el 27 de abril. Hay constancia de una intensa relación con el santuario durante los años 40, especialmente a finales de 1946, año en que se trasladó a vivir establemente a Roma. El cariño por esta advocación, no obstante, continuó para siempre. Fue precisamente en la fiesta de la Virgen de Montserrat de 1954 cuando fue curado de la diabetes, después de un ataque fortísimo en el que estuvo a punto de morir. Lo relata José Miguel Cejas en el libro Josemaría Escrivá, un hombre, un camino y un mensaje. Recogemos a continuación el texto: El 27 de abril de 1954 la vida seguía su curso normal en Villa Tevere, la actual sede prelaticia del Opus Dei en Roma. Todo parecía indicar que aquel día de fiesta de la Virgen de Montserrat sería un día más, lleno de oración y de trabajo, en la cálida primavera italiana. Durante aquella temporada su diabetes se había agudizado. Todas las semanas le hacían análisis y cada vez el resultado era más negativo, a pesar del régimen alimenticio tan riguroso que observaba y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba diariamente. Escrivá no perdía la paz: Dios le llevaba por caminos de abandono, de humildad, de sencillez, de confianza. Aquel día, siguiendo las instrucciones del médico, a la una menos diez del mediodía, del Portillo le puso una inyección de una nueva presentación de insulina retardada. A continuación bajaron al comedor. De repente, sentado ya a la mesa, sufrió un shock: se dio cuenta de que se moría y pidió inmediatamente la absolución. —Álvaro, dame la absolución —Pero, Padre, ¿qué dice? —¡La absolución! Como del Portillo se había quedado un poco desconcertado por la sorpresa, comenzó a decir "ego te absolvo..." y se desvaneció sin sentido. Era un shock anafiláctico. Tras darle la absolución, del Portillo hizo que tragara azúcar, poniéndoselo en la boca, echándole agua y moviéndole la cabeza y el cuerpo, y avisó rápidamente al médico. A los pocos minutos, lentamente, Escrivá empezó a recobrarse, aunque se había quedado ciego. El médico se quedó extrañado: las reacciones de ese tipo suelen ser mortales casi de necesidad. Sin embargo, al cabo de varias horas, el Fundador se repuso y recobró de nuevo la visión. Y desde aquel día la diabetes quedó totalmente curada. Había sido una caricia de su Madre la Virgen en el día de la fiesta de Montserrat.

BUEN PASTOR

 



Evangelio (Jn 10,1-10)

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.

Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.

Entonces volvió a decir Jesús:

— En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.



PARA TU RATO DE ORACION 


Jesús utiliza una alegoría bien conocida en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. Es la del pastor que cuida de su ganado. Pero ahora llama la atención el hecho de que antes de presentarse como Buen Pastor, diga de sí mismo que “yo soy la puerta de las ovejas” (v.7).

Al igual que Dios había hecho con el pueblo de Israel, también en la Iglesia se servirá de “pastores” que cuiden de sus “ovejas”. Ahora bien, les deja algo claro a todos: sólo es “buen pastor” el que conduce a las ovejas hacia la única “puerta” que es Cristo. El que intenta llevarlas a otro lugar es un farsante al que no hay que seguir porque “el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador” (v.1).

De modo muy gráfico dice Jesús que el mal pastor “salta” por otra parte, utilizando un verbo que evoca la acción de quien trepa para llegar a un sitio donde no debería estar. Previene así del peligro de servirse de la Iglesia, e incluso del puesto que se ocupa en ella, para el propio provecho personal. El profeta Ezequiel ya había denunciado en su tiempo esa actitud: “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos: ¿no son los rebaños lo que deben apacentar los pastores? Os alimentáis de su leche, os cubrís con su lana y matáis las reses más cebadas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles ni sanado a las enfermas. No habéis vendado a la herida ni habéis recogido a la descarriada. No habéis buscado a la que se había perdido” (Ez 34,2-4).

Benedicto XVI, en una homilía pronunciada en 2009 durante la inauguración del año sacerdotal, decía: “¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en ‘ladrones de las ovejas’, ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar”[1]. De ahí la importancia de que todos recemos por la santidad de los sacerdotes y para que nunca falten los buenos pastores en la Iglesia.

Por su parte, “Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas. Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para mandar dona la vida y no pide a los otros que la sacrifiquen. De un jefe así podemos fiarnos -decía el Papa Francisco-, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con él se va a pastos buenos y abundantes. Basta una señal, un reclamo y ellas siguen, obedecen, se ponen en camino guiadas por la voz de aquel que escuchan como presencia amiga, fuerte y dulce a la vez, que guía, protege, consuela y sana”[2].

El buen pastor es el que, a ejemplo de Cristo, se sabe humildemente al servicio de los demás, y no busca nada para sí mismo. “Permitidme un consejo -propone San Josemaría-: si alguna vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario que viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. Mirad que la palabra divina no es vana; y la insistencia de Cristo –¿no veis con qué cariño habla de pastores y de ovejas, del redil y del rebaño?– es una demostración práctica de la necesidad de un buen guía para nuestra alma”[3].



ESTE CUARTO DOMINGO de Pascua es denominado tradicionalmente Domingo del Buen Pastor. Leemos en el Evangelio de la Misa de hoy que, durante la fiesta de la Dedicación, Jesús pronunció estas palabras en el pórtico de Salomón del Templo de Jerusalén: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre» (Jn 10,27-30).

La Iglesia entera se alegra porque Cristo resucitado es su Pastor y nos conoce a cada uno. «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 99,3). Sabe perfectamente cómo somos con «un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse»[1]. El Señor resucitado nos comprende «con la ciencia más “interior”, con el mismo conocimiento con que el Hijo conoce y abraza al Padre y, en el Padre, abraza la verdad infinita y el amor»[2].

Las ovejas del rebaño reconocen la voz de su pastor, responden a su llamada y le siguen. Al escuchar la voz y los silbidos de su pastor las ovejas sienten alivio, porque saben que se encuentran seguras. «El misterio de la voz es sugestivo: pensemos que desde el seno de nuestra madre aprendemos a reconocer su voz y la del papá; por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la frialdad. La voz de Jesús es única. Si aprendemos a distinguirla, él nos guía por el camino de la vida»[3].


CON ESTA CERTEZA de fe partieron los primeros apóstoles por el mundo conocido. Se sabían testigos de este amor único, se sentían seguros en las manos de Dios. Cuando se les cerraban los caminos, ellos abrían otros con valentía. Así hicieron Pablo y Bernabé en Antioquia de Pisidia, al toparse con la cerrazón y la envidia de algunos judíos: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor» (Hch 13, 46-47).

Nada malo nos puede suceder si confíamos en Cristo y dejamos que sea él quien nos guíe, como buen pastor, con su mano poderosa. De este modo, sus ovejas «ya nunca tendrán hambre ni sed, ni caerá sobre ellos el sol ni calor sofocante alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y conducirá a las fuentes de las aguas de la vida. Y enjugará Dios toda lágrima de sus ojos» (Ap 7,16-17).

Esto no quiere decir que el cristiano deje de experimentar dificultades. El mismo Jesús advierte a sus apóstoles: «Os entregarán a los tribunales, y seréis azotados en las sinagogas, y compareceréis por causa mía ante los gobernadores y reyes» (Mc 13,9). Un hijo de Dios afronta las contrariedades inevitables de todo camino sabiendo que Jesús «conoce nuestras fortalezas y nuestras debilidades, y está siempre listo para cuidar de nosotros, para sanar las llagas de nuestros errores con la abundancia de su gracia»[4]. Por eso es el Buen Pastor, porque «se preocupa por sus ovejas, las reúne, venda la que está herida, cura la que está enferma»[5].


SIRVIÉNDOSE DE LA IMAGEN del Buen Pastor, Jesús revela su unidad con el Padre: «Yo y el Padre somos uno (…). El Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,30.38). Las autoridades judías le habían preguntado: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente» (Jn 10,24). La respuesta del Maestro es tan audaz y sorprendente que les escandaliza: «Tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn 10,33). Muchos de los oyentes que lo escucharon reaccionan con fe, pero algunos, en especial los jefes del pueblo, lo rechazan con odio, hasta el punto de coger piedras para lapidarle.

La unidad entre el Padre y el Hijo es un punto central del misterio de Dios. El Padre lo «santificó y envió al mundo» (Jn 10,36), y le ha encargado cuidar de las ovejas. Formamos parte de la familia de Cristo porque él mismo nos ha escogido (cfr. Ef 1,4). «Venimos a su redil, atraídos por sus voces y silbidos de Buen Pastor, con la certeza de que solo a su sombra encontraremos la verdadera felicidad temporal y eterna»[6]. El Señor sale al encuentro de todos porque «le importan, ¡y mucho!, todas sus ovejas, y no cierra las puertas a las que están heridas, a las sarnosas, cuando vuelven con ánimo de dejarse curar»[7].

Por eso, nos conmueve la queja de Jesús ante la obstinación de algunos corazones: «Os lo he dicho y no lo creeis» (Jn 10,25). La fe requiere una voluntad atenta y libre, un corazón que quiera escuchar la voz del pastor. «Puedo ver gracias a la luz del sol; pero si cierro los ojos, no veo: esto no es por culpa del sol sino por culpa mía, porque al cerrar los ojos impido que me llegue la luz solar»[8]. María nos ayudará a abrir de par en par el corazón al amor de Dios, para escuchar con alegría la voz del Buen Pastor que nos llama por nuestro nombre.




25 de abril de 2026

SAN MARCOS Evangelista

 


Evangelio (Mc 16, 15-20)

Y les dijo:

—Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados.

El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN MARCOS fue un estrecho colaborador de san Pedro en Roma. Fue tal la ayuda que le prestó, que el apóstol en una de sus cartas lo considera como su propio hijo (cfr. 1P 5,13). Marcos, al haber acompañado a Pedro durante su predicación, «puso por escrito su Evangelio, a ruego de los hermanos que vivían en Roma, según lo que había oído predicar a este. Y el mismo Pedro, habiéndolo escuchado, lo aprobó con su autoridad para que fuese leído en la Iglesia»[1].

En su Evangelio, Marcos no recoge algunos de los grandes discursos de Jesús. En cambio, es particularmente vivo en la narración de los momentos de su vida junto a sus discípulos. Se detiene a describir el ambiente de los lugares, contempla los gestos del Señor, relata las reacciones espontáneas de los apóstoles… En definitiva, permite descubrir el encanto de la figura de Cristo que tanto atrajo a los Doce y a los primeros cristianos.

San Josemaría, durante sus primeros años como sacerdote, solía regalar ejemplares del Evangelio. Y explicaba que es necesario tener, como san Marcos, la vida de Jesús «en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película»[2]. La riqueza de detalles con la que está escrito el primer Evangelio nos facilita adentrarnos en el caminar terreno de Jesús. Si a eso le sumamos nuestra imaginación, podremos revivir algunas escenas de su vida y desarrollar así, poco a poco, los mismos sentimientos de Cristo (cfr. Flp 2,5).


ANTES de vivir en Roma, san Marcos fue uno de los primeros cristianos de Jerusalén. Era primo de Bernabé, quien le invitó a difundir el Evangelio. Los dos se embarcaron junto a Pablo en su primer viaje apostólico (cfr. Hch 13,5-13), pero no todo salió como esperaban. Cuando llegaron a Chipre, Marcos no se vio capaz de proseguir y volvió a Jerusalén. Esto, al parecer, causó un disgusto a Pablo; de hecho, cuando planearon un segundo viaje y Bernabé quiso, otra vez, que Marcos les acompañara, Pablo se opuso. La expedición, por tanto, se dividió, y Pablo y Bernabé separaron sus caminos.

Años más tarde, cuando Marcos acabó en Roma, volvió a encontrarse con Pablo y se le ve colaborar con él en el anuncio del Evangelio. A aquel que no quiso que le acompañara en su viaje, san Marcos ahora le llena de un profundo consuelo. De hecho, cuando tuvo que ausentarse, Pablo escribirá a Timoteo: «Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio» (2 Tim 4,11). Los problemas que tuvieron en Chipre habían quedado olvidados. Pablo y Marcos son amigos y trabajan conjuntamente en lo más importante: difundir la buena noticia de Cristo.

Es normal que, en el día a día, podamos tener algunos conflictos con las personas que nos rodean, como le sucedió a Pablo con Marcos, también con quienes son nuestros compañeros en la tarea de llevar a Cristo a las gentes. Pueden surgir al constatar las diferencias a la hora de enfocar un determinado asunto, por ciertos rasgos del carácter que puede resultar complicado entender, o por tantas razones más. El propio cansancio puede acentuar estos roces. Sin embargo, lo decisivo no son esas diferencias, que siempre existirán, sino ser capaces de reconocer esa diversidad como una riqueza. Así, como Pablo, podremos apreciar a quienes nos rodean, sabiendo que es mayor lo que nos une que lo que nos separa. Como decía san Josemaría: «Habéis de practicar también constantemente una fraternidad, que esté por encima de toda simpatía o antipatía natural, amándoos unos a otros como verdaderos hermanos, con el trato y la comprensión propios de quienes forman una familia bien unida»[3].


SAN MARCOS cierra su narración con la invitación de Jesús a los apóstoles a difundir su palabra: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). El evangelista no se limitó solamente a recoger este mandato, sino que también intentó ponerlo por obra. Puede ser que cuando hizo su viaje a Chipre no se haya caracterizado por su audacia, pero aquella primera desilusión no le frenó. Más tarde acabaría lanzándose hacia otras aventuras, dejando atrás su tierra natal.

«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás»[4]. San Marcos tuvo esta misma experiencia. En un primer momento sintió vértigo al alejarse de la tranquilidad y de las realidades que conocía; pero después supo dejar la seguridad de la orilla para transmitir por todo el mundo la alegría de vivir junto a Jesús. Y con su Evangelio, además, ha contribuido a que las generaciones de cristianos posteriores puedan conocer con mayor detalle la figura del Señor.

En la vida de María se produjo una vivencia similar. Ella también sintió un temor inicial cuando el ángel Gabriel se presentó en su casa y le dirigió aquel misterioso saludo: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28). Ese encuentro le haría alejarse de la seguridad de Nazaret para visitar a Isabel y, después, dar a luz a su Hijo en Belén. Años más tarde, volverá a dejar su tierra para seguir de cerca a Jesús durante su predicación. Y aunque al principio quizá le costó abandonar su hogar, sintió, como san Marcos, la alegría de estar junto a Jesús y transmitir su Evangelio a todos los hombres.