"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

26 de marzo de 2026

LA PROMESA DE DIOS

 


Evangelio (Jn 8, 51-59)


En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte.


Los judíos le dijeron: -Ahora sabemos que estás endemoniado. Abrahán murió y también los profetas, y tú dices: 'Si alguno guarda mi palabra, jamás experimentará la muerte'.


¿Es que tú eres más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes tú?


Jesús respondió: -Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale. Mi Padre es el que me glorifica, el que decís que es vuestro Dios, y no le conocéis; yo, sin embargo, le conozco. Y si dijera que no le conozco mentiría como vosotros, pero le conozco y guardo su palabra.


Abrahán, vuestro padre, se llenó de alegría porque iba a ver mi día; lo vio y se alegró.


Los judíos le dijeron: -¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán?


Jesús les dijo: -En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán naciese, yo soy.


Entonces recogieron piedras para tirárselas; pero Jesús se escondió y salió del Templo.


PARA TU RATO DE ORACION 


«Esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos» (Gn 17,3-9), dice Dios a Abraham al establecer su Alianza. El Señor le promete un pueblo numeroso y una tierra para compartir la alegría de estar con él. Dios se compromete a ser fiel a ese pueblo de la promesa: «Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros» (Gn 17,7).

Estas promesas, sin embargo, atravesaron por momentos de aparente oscuridad. Incluso hay ocasiones en las que parece que van a ser olvidadas, como cuando el Señor pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Desde un punto de vista solamente humano, no se entiende una petición así. Pero el patriarca sabe que Dios es fiel, y razona desde la fe. Sabe que sus planes no siempre se pueden comprender totalmente, aquí y ahora. Por eso, confía en Yahvé, que sabe más, y espera «contra toda esperanza» (Rm 4,18). En el último momento, un cordero sustituirá a Isaac en el sacrificio para que el hijo de Abraham siga con vida y, en él, se pueda cumplir la promesa de una descendencia numerosa.

Este recuerdo del patriarca nos ayuda a preparar la celebración del Triduo Pascual. Próximamente recordaremos cómo este misterioso episodio cobró su sentido pleno en la cruz. Así como Isaac fue sustituido por un cordero en el último momento, el sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, librará de la muerte a todo el que crea en él: nos abrirá las puertas de la patria definitiva junto a un pueblo numerosísimo.


JESÚS REVELA en el Evangelio que el alcance de las promesas hechas a Abraham se refieren, en realidad, a una vida que va más allá de la muerte. «En verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre» (Jn 8,51). A algunos judíos se les dificultó abrirse a este sentido trascendente de las promesas, y acusan a Jesús: «Ahora vemos que estás endemoniado. (…) Abrahán murió, los profetas también. (…) ¿Por quién te tienes?» (Jn 8,52-53). Pero esa rabia contra Jesús, que lo llevará a la cruz como cordero inmolado, estará precisamente dando un cumplimiento insospechado a lo prometido. Esto ha ocurrido con frecuencia a lo largo de la historia de la salvación: cuando el horizonte parece cerrarse a los planes de Dios, el hilo de las promesas atraviesa cada etapa de la historia, sin romperse.

«Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría (Jn 8,56)», les responde Jesús. La seguridad en las promesas del Señor es el motivo más firme de paz y de alegría para el que espera. No hay nada que nos pueda arrebatar esa seguridad, fundamentada en la fidelidad de Dios. Pase lo que pase, él nos ha prometido que será siempre nuestro Dios.

La esperanza es «esa virtud que corre bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para no ahogarnos en medio de numerosas dificultades, para no perder ese deseo de encontrar a Dios, de encontrar ese rostro maravilloso que todos un día veremos»[1]. A partir de Cristo, el hilo de las promesas hechas a Abraham continúa en la Iglesia, que se abre paso a lo largo de la historia como un hilo de esperanza. También en los momentos más oscuros, cuando parece que ese hilo se va a romper, aparecen hombres y mujeres de fe que, como Abraham, saben que Dios es fiel. Ellos también, esperando contra toda esperanza, se saben portadores de las promesas de Dios. «He visto, en muchas vidas –decía san Josemaría–, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra»[2].


ESTE HILO DE ESPERANZA es el tema de una meditación predicada por san Josemaría el 26 de julio de 1937[3]. Se encontraba encerrado en la Legación de Honduras, en Madrid. El Opus Dei llevaba muy pocos años y su actividad se había visto frenada en seco por la guerra civil española. Las vidas de los primeros fieles de la Obra corrían peligro, quizás podían verse tentados por el pesimismo, así que san Josemaría quiso elevar la mirada de ese grupo de jóvenes, recordándoles cómo Dios se mantiene fiel siempre, suscitando en cada época hombres y mujeres santos que renuevan la esperanza.

En esa meditación, comienza recordando a los primeros cristianos. Nada les distinguía de sus iguales, salvo «la luz vibrante que arde dentro de su pecho». A través de ellos, «la voz de Cristo suena cada vez más fuertemente». Y cuando, a la vuelta de los siglos, ese fervor de los primeros cristianos parecía que se había atenuado, Dios suscitó a san Francisco y a santo Domingo, y apareció una nueva vitalidad espiritual que hizo revivir al mundo. En el siglo XVI surgieron san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, cuya obra de evangelización llegaría hasta los confines de la tierra. Y también una mujer, Teresa de Ahumada, suscitará en la Iglesia, auténticos «generadores de vida espiritual intensa» con la fundación de sus conventos.

San Josemaría puso delante de esos jóvenes de principios del siglo XX algunos hitos históricos para concluir que el Señor sigue siendo fiel a sus promesas. «Dios no se ha cortado las manos. Non est abbreviata manus Domini; no se ha empequeñecido el poder de Dios, que continúa concediendo nuevas maravillas en favor de los hombres». Nosotros estamos también invitados a ser portadores de ese hilo de esperanza que vivifica cada época de la historia. La Virgen, esperanza nuestra, nos ayudará a llevar la alegría de Cristo a todos los hombres


25 de marzo de 2026

25 de marzo: Anunciación del Señor

 

Evangelio (Lc 1, 26-38)

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.

Y el ángel le dijo:

— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.

María le dijo al ángel:

— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Y el ángel se retiró de su presencia.



PARA TU RATO DE ORACION 



«EL VERBO se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14). En la solemnidad de la Anunciación del Señor, nos alegramos por la gran misericordia que Dios nos ha mostrado al entrar en nuestro mundo. Celebramos a Jesús de Nazaret, Dios y Hombre verdadero; celebramos a santa María, que se ha convertido en la Madre del Señor; celebramos, en cierto sentido, a la humanidad entera –a nosotros también– porque el misterio de la Encarnación nos dice que nuestra naturaleza humana tiene una dignidad altísima, capaz incluso de elevarse por la acción de la gracia.

En la fiesta de hoy, nuestra mirada se dirige especialmente a Jesús, el Verbo de Dios hecho carne. «Te contemplo perfectus Deus, perfectus homo: verdadero Dios, pero verdadero Hombre: con carne como la mía –decía, sin salir de su asombro, san Josemaría–. Se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, para que yo no dudase nunca de que me entiende, de que me ama»[1]. Esta verdad de fe, unida al acontecimiento histórico, es una fuente inagotable de paz para nuestra alma. «Dios se hizo fragilidad para tocar de cerca nuestras fragilidades»[2].

Al mismo tiempo, saber que Dios ha tomado la naturaleza humana es también una invitación a dejar que él divinice todos los aspectos de nuestra vida. Al inicio de la santa Misa, pedimos con audacia al Señor que obre en nosotros esa transformación: «Concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina»[3]. El misterio de la Encarnación nos dice que nuestra existencia tiene una dimensión mayor a la solamente humana, ya buena en sí misma: también somos capaces de tener vida sobrenatural, de ver más allá de lo efímero, de amar con una fuerza que viene de Dios, a través de Cristo, similar a nosotros en tantas cosas.


«DIOS te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28). Desde el inicio de su vida, María habría percibido esa cercanía de Dios, quizá por el modo en que notaba sus cuidados. En el momento de la Encarnación, sin embargo, esa proximidad se intensifica: la vida de Nuestra Señora queda, ya en la tierra, íntimamente unida a la de Dios. La Virgen pudo gozar de un modo único de esa cercanía de Dios durante los años de convivencia con Jesús en Nazaret, en medio de las actividades más sencillas y cotidianas. Y, una vez comenzada su vida pública, seguiría compartiendo muchos momentos con él.

Ciertamente, la experiencia de santa María es irrepetible: nadie ha tenido tanta intimidad con Jesús como ella. Sin embargo, lo que nosotros no podemos ver con los ojos de la carne, sí lo podemos ver con los ojos de la fe. Por eso, la contemplación del Evangelio es un modo privilegiado para descubrir la Humanidad del Señor, que tan bien conoció la Virgen María. No se trata de leer esas páginas «como agua que pasa»[4], sino con la misma mirada con que Nuestra Madre observaría la vida de su Hijo: «Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor»[5].

El Catecismo explica así la transformación que experimentamos, cuando miramos de este modo la existencia del Mesías: «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. (…) La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres»[6]. Como dos enamorados, sin necesidad de muchas palabras, basta una mirada para ser conscientes del amor grande y fiel que envuelve nuestra vida.


EN ESOS RATOS de oración confiada con el Señor podemos aprender tantos gestos y palabras que, después, servirán como inspiración para nuestras luchas diarias. Contemplar el modo con el que Cristo unía el amor divino y el amor humano nos puede ayudar a dar ese tono de humanidad a nuestra vida cristiana. San Josemaría decía que «para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos»[7]. La solemnidad de la Anunciación del Señor nos recuerda eso: que Dios no se queda en los cielos. Jesús nos muestra que es un Dios muy humano: en su delicadeza al tratar con todas las personas, en su cercanía con los marginados, en su preocupación por los discípulos.

De esta manera, la contemplación de Jesús, hombre verdadero, alimenta no solo nuestra oración, sino también nuestra misión cristiana de servicio. Él se entrega a nosotros incluso físicamente, a través de su cuerpo: con su voz, con sus manos que curaban y bendecían, con sus brazos que se abrieron para abrazar la cruz. No elabora planes teóricos, sino que se pone manos a la obra.

«Este modo de obrar de Dios es un fuerte estímulo para interrogarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse al ámbito del sentimiento, de las emociones, sino que debe entrar en lo concreto de nuestra existencia»[8]. El sacrificio que Jesús ofrece al Padre es su vida entera; una entrega que abarca cada segundo de su paso por la tierra. Esta fue también la actitud de la Virgen, que con su fiat el día de la Anunciación confió «en las promesas de Dios, que es la única fuerza capaz de renovar, de hacer nuevas todas las cosas»[9].



24 de marzo de 2026

Lo material




Evangelio (Jn 8, 21-30)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

—Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy vosotros no podéis venir.

Los judíos decían:

—¿Es que se va a matar y por eso dice: «Adonde yo voy vosotros no podéis venir»?

Y les decía:

—Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.

Entonces le decían:

—¿Tú quién eres?

Jesús les respondió:

—Ante todo, lo que os estoy diciendo. Tengo muchas cosas que hablar y juzgar de vosotros, pero el que me ha enviado es veraz, y yo, lo que le he oído, eso hablo al mundo.

Ellos no entendieron que les hablaba del Padre.

Les dijo por eso Jesús:

—Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó así hablo.

Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.

Al decir estas cosas, muchos creyeron en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS DE atravesar el mar Rojo, el pueblo judío debió de sentir una profunda liberación. El estremecimiento de las aguas al caer sobre sus perseguidores habrá ido acompañado de una sensación liberadora: después de tantos años de esclavitud, su Dios los había salvado. Pero el tiempo comenzó a transcurrir más lento de lo que pensaban. La tierra prometida se veía cada vez más lejana, y algunos incluso recordaron con nostalgia su vida como esclavos. «El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?» (Nm 21,5). La alegría de la salvación había dado paso a la insatisfacción y al rencor.

También Jesús pasó por la prueba del desierto. Precisamente los cuarenta días de la Cuaresma nos invitan a acompañar al Señor en medio de su aparente abandono. En el momento de la debilidad, Cristo no sucumbió a las tentaciones, sino que puso su confianza en su Padre Dios. Jesús nos enseñó no solo con sus palabras, sino sobre todo con su propia vida, que muchas veces necesitamos atravesar el desierto para conseguir la plena libertad. Es verdad que la vida cristiana nos promete la salvación del pecado y, por lo tanto, la alegría. Pero el camino que nos conduce hacia ella pasa por redescubrir lo que verdaderamente importa en nuestra vida y desprendernos de lo que nos ata.

«El desierto es el lugar de lo esencial. Miremos nuestras vidas: ¡cuántas cosas inútiles nos rodean! Perseguimos mil cosas que parecen necesarias y en realidad no lo son. ¡Qué bien nos haría liberarnos de tantas realidades superfluas, para redescubrir lo que de verdad importa, para encontrar los rostros de quienes están a nuestro lado!»[1]. Ahora que se acerca la Semana Santa, podemos reavivar nuestros deseos por vivir pegados a Jesús, liberados de todo lo que no nos lleva hacia él: «¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima..., desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria..., generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto»[2].


«EL SEÑOR envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel» (Nm 21,6), relata la Sagrada Escritura. El pueblo elegido había rechazado la protección de Dios. Cansados de no llegar nunca a la meta, habían desviado su corazón hacia aquellos bienes que añoraban de su vida en Egipto, aunque fueran de escaso valor o tuvieran las huellas de su esclavitud.

En ocasiones, también nosotros, como el pueblo de Israel, podemos sentir la aparente lejanía de Dios y el atractivo de unos bienes que habíamos dejado atrás. Pero al contemplar la pobreza de Cristo en la cruz –«nada ha quedado al Señor, sino un madero»[3]–, intuimos que la felicidad no se encuentra en las cosas materiales. Nos damos cuenta de lo efímeras que son estas realidades, que no llegan a tocar el fondo del alma. «Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador –dice san Josemaría–. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento»[4].

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). Con estas palabras, el Señor ofrece la felicidad, en la tierra y en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios. El pobre de corazón posee las cosas sin ser poseído por ellas. La pobreza de espíritu nos permite disfrutar verdaderamente de la realidad, pues nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios. En definitiva, con todo aquello que sacia nuestros deseos más profundos.


AQUELLAS mordeduras de las serpientes no fueron la última respuesta del Señor. El pueblo se arrepintió y acudió a Moisés quien, fiel a su vocación de mediador, intercedió por su gente. Entonces Dios, movido por su misericordia, les regaló una peculiar medicina: quienes, después de haber sido mordidos, mirasen hacia una serpiente de bronce, no morirían. Así, aquello que era la causa de la muerte, se transformó al mismo tiempo en el símbolo de la salvación. Por eso, la serpiente es una imagen que anticipa la cruz de Cristo: esta contiene todos los pecados del mundo y, al mismo tiempo, a quien los ha vencido para siempre con su muerte.

«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre –dice Jesús en el evangelio de san Juan–, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,27). Si no conociéramos el final de la historia, pensaríamos que el levantamiento del que habla el Señor se refiere a una futura gloria temporal. No es fácil comprender que su verdadera exaltación se realizó en la cruz, y que la sujeción de los clavos es su forma de vivir la libertad. Por eso, mirando y asumiendo la debilidad de Cristo, adquirimos la fuerza de Dios. También nosotros podemos hacer nuestras esas palabras paradójicas de san Pablo: «Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,9-10).

A los pies de la cruz encontramos a la Virgen. Podemos pedirle que sepamos dirigir siempre nuestra mirada a la cruz, para que Cristo ahuyente las serpientes que puedan rondar en nuestra vida.




23 de marzo de 2026

LUZ DEL MUNDO

 



Evangelio (Jn 8, 1-11)


Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.


— Maestro –le dijeron–, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? –se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.


Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:


— El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.


Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo:


— Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?


— Ninguno, Señor –respondió ella.


Le dijo Jesús:


— Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.Evangelio (Jn 8, 1-11)


Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.


— Maestro –le dijeron–, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? –se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.


Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:


— El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.


Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo:


— Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?


— Ninguno, Señor –respondió ella.


Le dijo Jesús:


— Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.


PARA TU RATO DE ORACION 


«YO SOY LA luz del mundo –dijo Jesús a los fariseos mientras enseñaba en el Templo–; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Quizá en más de una ocasión nos hemos tenido que enfrentar a la oscuridad de la noche. Entonces, desaparecen las figuras de las cosas que nos rodean, y perdemos la orientación. Pero en el momento en que, de pronto, vuelve la luz, todo recobra su contorno y sentido.

En aquellas palabras en las que el Señor se proclama como luz nuestra, encontramos un refugio para los momentos de oscuridad en los que alguna vez nos puede invadir el pesimismo o la tristeza. «Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día»[1].

«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29), le dice a Cristo uno de los discípulos de Emaús. También nosotros podemos sentir muchas veces al día la necesidad de pedirle al Señor que no se aleje de nuestra vida. Nuestras dudas, heridas e inquietudes necesitan airearse a la luz de su mirada. Comprendemos bien que aquellos seguidores de Cristo, que caminaban desanimados hacia su casa, se dieran cuenta de que «entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz»[2].


LA LUZ de Cristo nos ayuda a descubrir la belleza que se esconde en los distintos eventos y personas que conforman nuestra vida. Alguna vez podemos frustrarnos cuando no resultan las cosas como las habíamos planificado; o le damos demasiada importancia a un desencuentro con una persona cercana; o tenemos la impresión de que la sociedad tiene demasiados problemas. Durante alguna temporada, quizás podemos experimentar con una mayor conciencia nuestras propias limitaciones. Sin embargo, si nos dejamos llenar por la luz de Cristo, no solo encontraremos el consuelo para sobrellevar todo aquello, sino que podremos adquirir esa «mirada al mundo que, más allá del simple carácter natural, permite ver el lado positivo –y, si es el caso, divertido– de las cosas y de las situaciones»[3].

Normalmente, en un recién nacido es difícil identificar el color de sus ojos. Aunque al comienzo sean más bien grisáceos, solo gradualmente con el paso del tiempo adquirirán su verdadera tonalidad. Algo similar ocurre en nuestra oración. Cada vez que nos dirigimos al Señor, queremos que transforme nuestra mirada a veces gris, en una contemplación luminosa y agradecida hacia todo lo que nos rodea. «Permanezcamos unos instantes en el recogimiento, cada día un rato, fijemos nuestra mirada interior en su rostro y dejemos que su luz nos impregne e irradie en nuestra vida»[4].

En una ocasión, Jesús subrayó la importancia que tienen los ojos para la vida interior: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso» (Mt 6, 22-23). No solo queremos ver la luz del Señor, sino que además deseamos irradiar esa luz de Cristo a quienes nos rodean. Por eso, san Josemaría enseñaba a repetir una jaculatoria que esconde un profundo planteamiento de vida: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma»[5].


«EL SEÑOR es mi pastor, nada me falta –reza el salmista–: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas» (Sal 22,3). Si Cristo es nuestro Pastor, ¿qué oscuridad podrá atemorizarnos? «Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es la certeza que nos sostiene»[6].

Esta realidad influye en el modo de afrontar las situaciones de cada día. Jesús ilumina los momentos mejores y peores de la jornada. «Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos»[7]. Por eso, cada hogar cristiano refleja, más allá de las pequeñas o grandes contrariedades que debe afrontar, una serenidad profunda, fruto de la confianza en Dios. Es la misma tranquilidad que siente un niño cuando, en medio de la oscuridad, no se deja vencer por el miedo porque sabe que su padre está cerca.

«Si somos almas de fe, a los sucesos de esta tierra les daremos una importancia muy relativa, como se la dieron los santos... El Señor y su Madre no nos dejan y, siempre que sea necesario, se harán presentes para llenar de paz y de seguridad el corazón de los suyos»[8]. Si alguna vez sintiéramos que esa oscuridad se hace más patente, podemos acudir como buenos hijos a nuestra Madre, y, uniéndonos a las palabras de san Josemaría, le podemos llamar con la seguridad de que nos escucha: «¡Mamá!, no me dejes»[9].



22 de marzo de 2026

La alegría de dejar entrar a Cristo


 Evangelio (Jn 11,1-45)

Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo. Entonces las hermanas le enviaron este recado:

—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.

Al oírlo, dijo Jesús:

—Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar. Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos:

—Vamos otra vez a Judea.

Le dijeron los discípulos:

—Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?

—¿Acaso no son doce las horas del día? —respondió Jesús—. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.

Dijo esto, y a continuación añadió:

—Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.

Le dijeron entonces sus discípulos:

—Señor, si está dormido se salvará.

Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les dijo claramente:

—Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos adonde está él.

Tomás, el llamado Dídimo, les dijo a los otros discípulos:

—Vayamos también nosotros y muramos con él.

Al llegar Jesús, encontró que ya llevaba sepultado cuatro días. Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano.

En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. Le dijo Marta a Jesús:

—Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.

—Tu hermano resucitará —le dijo Jesús.

Marta le respondió:

—Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día.

—Yo soy la Resurrección y la Vida —le dijo Jesús—; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

—Sí, Señor —le contestó—. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte:

—El Maestro está aquí y te llama.

Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él. Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro. Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo:

—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo:

—¿Dónde le habéis puesto?

Le contestaron:

—Señor, ven a verlo.

Jesús rompió a llorar. Decían entonces los judíos:

—Mirad cuánto le amaba.

Pero algunos de ellos dijeron:

—Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?

Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo:

—Quitad la piedra.

Marta, la hermana del difunto, le dijo:

—Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.

Le dijo Jesús:

—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo:

—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.

Y después de decir esto, gritó con voz fuerte:

—¡Lázaro, sal afuera!

Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo:

—Desatadle y dejadle andar.

Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS sabe que se acerca su hora. Lo ha anunciado ya en varias ocasiones a sus discípulos (cfr. Jn 8,21; 13,33-38). Pese a estos avisos, es consciente de que será un momento difícil de comprender para ellos. Por eso, para afianzar la fe de los apóstoles, cuando recibe la noticia de la enfermedad de su amigo Lázaro decide esperar. Y explica este comportamiento con un motivo que, a simple vista, no resulta evidente: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios» (Jn 11,4).

El Señor no es insensible al sufrimiento de Lázaro, ni tampoco al de sus hermanas. Al contrario, le vemos llorar ante la tumba de su amigo una vez que Marta y María le han abierto el corazón y han compartido con él sus penas y dolores. «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano» (Jn 11,21), le expuso crudamente Marta. Podemos intuir que Cristo no acudió inmediatamente al recibir la llamada porque quería dar al sufrimiento de esas personas una dimensión insospechada. Marta sabía que Lázaro podría volver a la vida «en la resurrección del último día» (Jn 11,24), pero no se esperaba volver a disfrutar de la compañía de su hermano ya mismo.

«Jesús podría haber evitado la muerte de su amigo Lázaro, pero quiso hacer suyo nuestro dolor por la muerte de nuestros seres queridos y, sobre todo, quiso mostrar el dominio de Dios sobre la muerte. En este pasaje del Evangelio vemos que la fe del hombre y la omnipotencia de Dios, el amor de Dios, se buscan y, finalmente, se encuentran»[1]. Con su espera Jesús responde al dolor más profundo de sus amigos. No solo devolverá la vida a Lázaro, sino que les mostrará que él siempre tiene la última palabra. Quien pone su esperanza en Dios no tiene nada que temer, pues él es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). «Nada podrá preocuparnos –decía san Josemaría–, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas»[2].


PODEMOS imaginar la tristeza que llenó el hogar de Betania cuando Lázaro murió. Aquella casa que tantos momentos de alegría había acogido se encuentra ahora marcada por el dolor. Marta y María se ayudarían mutuamente a llevar este sufrimiento, acentuado también por la ausencia de Jesús; no ya solo porque quizá habría sanado a Lázaro, sino porque su sola presencia les llenaría de consolación. Por eso, «en cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle» (Jn 11,20). La tristeza de Marta no le llevó a encerrarse en sí misma, a dar continuamente vueltas a aquello que no entendía y le llenaba de amargura. Sencillamente fue a contar a Cristo el motivo de su pena: «Si hubieras estado aquí…» (Jn 11,21). Era un lamento similar al del salmista: «Desde lo más profundo, te invoco, Señor. Señor, escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica» (Sal 130,1-2).

El primer milagro que obra Jesús es, en cierto sentido, el de hacer salir del sepulcro a Marta. No le reprocha ni una sola de las lágrimas derramadas por la muerte de su hermano. En ese momento de dolor le dirige unas palabras que buscan afianzar el motivo de su esperanza. «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26). En estas circunstancias, podríamos decir que no parece la pregunta más indicada. Marta no está en las mejores condiciones emocionales para afirmar aquello que le propone Jesús. No obstante, responde: «Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo» (Jn 11,27). En medio del llanto, Marta sigue teniendo fe. Independientemente de que su hermano viva o no, ella ya cree que quien está con Cristo no morirá. La tristeza por el fallecimiento de Lázaro y la incomprensión por la inacción de su amigo no le han impedido reconocer que Jesús es el Mesías, aquel que da sentido a su vida. San Josemaría, quien experimentó en muchas ocasiones un dolor similar al de Marta, escribió: «Por mi miseria, me quejaba yo a un amigo de que parece que Jesús está de paso... y de que me deja solo. Al instante, reaccioné con dolor, lleno de confianza: no es así, Amor mío: yo soy quien, sin duda, se apartó de ti: ¡ya no más!»[3].


CUANDO Jesús llegó al sepulcro pidió a los allí presentes que quitaran la piedra. Marta, en cambio, mostró cierta reticencia: «Ya huele muy mal, pues lleva cuatro días» (Jn 11,39). El Señor, que todavía tenía reciente la conversación que ha tenido con ella, respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40). Entonces retiraron la piedra y Jesús, después de dirigirse a su Padre, «gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, sal afuera!”. Y el que estaba muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y con el rostro envuelto en un sudario» (Jn 11,43-44).

Cristo no se resigna a los sepulcros que en ocasiones nos hemos construido, en nuestro caso, con errores u ofuscaciones. Como a Lázaro, nos invita a salir de la tumba para abrazar la vida que él nos ofrece. «Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre»[4]. Pero cuenta con nuestra libertad para acoger o no esta llamada. No nos obliga a levantarnos. Él nos tiende su mano y espera que nosotros la tomemos. «Lázaro resucitó porque oyó la voz de Dios: y enseguida quiso salir de aquel estado. Si no hubiera querido moverse, habría muerto de nuevo. Propósito sincero: tener siempre fe en Dios; tener siempre esperanza en Dios; amar siempre a Dios..., que nunca nos abandona»[5].

El evangelista concluye esta escena señalando que muchos judíos, «al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él» (Jn 11,45). Ahora los apóstoles y las hermanas entienden por qué el Señor no decidió venir antes. No solamente ellos han fortalecido su fe y su esperanza, sino que además otras muchas personas han empezado a creer en él. A partir de entonces los hermanos de Betania serán testigos de la vida que Jesús ofrece a quienes creen en él. Así vivió también la Virgen. Podemos apoyarnos en su fe para que sepamos transmitir a los demás la alegría de dejar entrar a Cristo en el sepulcro de nuestro corazón.



21 de marzo de 2026

LUZ DE NUESTRAS VIDAS

 


Evangelio (Jn 7,40-53)

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: — Éste es verdaderamente el profeta.

Otros: — Éste es el Cristo. En cambio, otros replicaban: — ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?

Se produjo entonces un desacuerdo entre la multitud por su causa. Algunos de ellos querían prenderle, pero nadie puso las manos sobre él.

Volvieron los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: — ¿Por qué no lo habéis traído?

Respondieron los alguaciles: — Jamás habló así hombre alguno.

Les replicaron entonces los fariseos: — ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso alguien de las autoridades o de los fariseos ha creído en él? Pero esta gente, que desconoce la Ley, son unos malditos.

Nicodemo, aquel que ya había ido antes adonde Jesús y que era uno de ellos, les dijo:

— ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y conocer lo que ha hecho?

Le respondieron: — ¿También tú eres de Galilea? Investiga y te darás cuenta de que ningún profeta surge de Galilea. Y se volvió cada uno a su casa.


PARA TU RATO DE ORACION 



ES EL TERCER año de la vida pública del Señor. Son días de controversias con los fariseos y con otros jefes del pueblo. Jesús se encuentra en Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los tabernáculos. Las calles de la ciudad se llenan de cabañas hechas con ramas, para recordar el paso de Israel por el desierto tras su liberación de Egipto. En esta fiesta se daba gracias a Dios por las cosechas y la vendimia, ya que se celebraba entre septiembre y octubre, al final del año agrícola; se pedía su bendición para el futuro, con la mirada puesta en el salvador prometido.

En ese marco festivo, con mucha afluencia de peregrinos, los sumos sacerdotes y los doctores de la ley temen que Jesús pueda ser proclamado Mesías, así que mandan algunos guardianes del Templo para que lo apresen. Probablemente no eran muchos, pero no se veían en condiciones de ejercer la fuerza sin provocar una revuelta. Es posible que llegaran al lugar donde se encontraba el Señor hablando a sus discípulos, y se quedasen a un lado, esperando hasta el final. Así podrían detenerlo discretamente, sin que la multitud se agitase. En esa espera, le oyen hablar, y las palabras de Jesús llegan a sus corazones. Algo se remueve en sus almas y desisten del propósito inicial que les había llevado hasta allí. Cuando vuelven a dar cuentas a los sumos sacerdotes y fariseos, estos preguntan indignados: «¿Por qué no lo habéis traído?» (Jn 7,45). Y la respuesta de los guardianes es elocuente: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46).

Llama la atención el contraste entre estos dos grupos de personajes. Los sumos sacerdotes y los doctores de la ley quizás tienen el alma endurecida, no quieren escuchar a Jesús; su corazón está envuelto en una coraza de prejuicios. Cuando dialogan con el Maestro, se trata de un diálogo aparente, solo quieren retorcer sus palabras. En cambio, los guardianes del templo son personas más sencillas y honestas, sus disposiciones interiores les permiten escuchar sin barreras a Cristo. Y en ese encuentro personal quedan conquistados. Estos personajes secundarios del Evangelio nos recuerdan la necesidad de escuchar la Palabra de Dios con un corazón sencillo, de manera que, al acogerla, sea realmente luz que oriente nuestra vida.


«OJALÁ ESCUCHÉIS hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 96,7). La Iglesia nos repite incansablemente durante la Cuaresma estas palabras del salmo. Nos recuerda así que nuestro corazón puede tender a endurecerse, incluso cuando ya llevamos tiempo, quizá muchos años, deseando e intentando vivir como cristianos. Los sumos sacerdotes y fariseos no lograban ver nada positivo en Jesús, que era la verdad, la luz y la bondad. Su mirada, oscurecida, solo estaba dispuesta a fijarse en lo aparentemente negativo.

Frente a lo que acontece a nuestro alrededor, podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. De algún modo, esta elección condiciona nuestra manera de percibir la realidad. Mediante la oración, podemos unirnos a la mirada que viene de Dios, que «no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene»[1]. Solo él sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas.

Sabemos bien que, quien se sabe hijo de un Dios que es Padre y que ha vencido al mal, no odia a nadie ni mira el mundo con ojos pesimistas. La fe y la caridad nos impulsan, en cambio, a fijarnos antes que nada en el bien, a admirarnos por la belleza que nos rodea; a cultivar, en palabras de san Josemaría, «una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[2]. El cristianismo es novedad, luz, salvación, amor a cada persona. «La mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña»[3].


LOS GUARDIANES del templo, por su parte, supieron valorar las palabras de Jesús. Se daban cuenta de que no estaban oyendo a un rabino cualquiera: allí había algo más, algo radicalmente distinto. El Evangelio señala que «les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas» (Mc 1,22). Las palabras de Jesús estaban avaladas por los signos que hacía y por el ejemplo de su vida. Nunca hubo un hombre más identificado con su mensaje, ya que el mensaje era su misma persona: él era el amor de Dios encarnado, la reconciliación con el Padre, quien revela el hombre al mismo hombre[4].

Jesús revelaba la verdad con autoridad y profundidad. Pero lograba hacerlo de manera sencilla, con un lenguaje ligado a la existencia cotidiana de quienes le escuchaban. Según sus disposiciones, cada uno podía acoger bien o mal aquel anuncio, pero las palabras de Jesús tocaban la vida de sus oyentes. Junto a esto, las mujeres y hombres de corazón bien dispuesto podían percibir otra característica en las palabras de Cristo: su benevolencia. Se daban cuenta de que les hablaba desde el corazón, de que no le interesaba quedar bien ni arrancar aplausos, sino que hablaba movido solo por el ánimo de ayudar, de consolar, de salvar. En sus palabras descubrían el amor de Dios hacia cada uno.

También hoy, «a nadie niega Jesús su palabra, y es una palabra que sana, que consuela, que ilumina»[5]. Leyendo y meditando el Evangelio podemos encontrar personalmente a Cristo, de manera que sea luz de nuestras vidas. Como los guardianes del Templo, podremos exclamar: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). María, que acogió en sí a la Palabra de Dios, nos puede ayudar en este camino.



20 de marzo de 2026

POR QUE SUFRIMOS.?

 

Evangelio (Jn 7,1-2. 10. 25-30)

Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarle.

Pronto iba a ser la fiesta judía de los Tabernáculos. 

Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, no públicamente sino como a escondidas.

Entonces, algunos de Jerusalén decían:

—¿No es éste al que intentan matar? Pues mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Acaso habrán reconocido las autoridades que éste es el Cristo? Sin embargo sabemos de dónde es éste, mientras que cuando venga el Cristo nadie conocerá de dónde es.

Jesús enseñando en el Templo clamó:

—Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio, yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis, es veraz. Yo le conozco, porque de Él vengo y Él mismo me ha enviado.

Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN CIERTO MOMENTO, el libro de la Sabiduría describe el modo de pensar y de actuar de los que denomina «impíos». Posiblemente eran judíos apóstatas que, influidos por un modo de pensar materialista y hedonista, habían abandonado la fe de sus padres. El autor sagrado los presenta como hombres que se lamentan por el sinsentido de la existencia y que, por eso mismo, la afrontan con entrañas de crueldad: se guían por la ley del más fuerte, maltratan a los débiles e indefensos y, arrebatados por sus pasiones, no soportan la rectitud del justo.

«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso –dicen en la Sagrada Escritura–: se opone a nuestro modo de actuar (…), presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes» (Sab 2,12-15). Esta descripción del «justo» es un retrato de los profetas que encontramos a lo largo de la historia de la salvación: hombres elegidos por Dios, fieles a su misión, que con frecuencia sufrieron rechazo y persecución de los poderosos, a veces incluso hasta la muerte. Pero aquella descripción compone, sobre todo, el retrato de Jesucristo.

El Señor fue perseguido desde los primeros compases de su predicación y, de manera cada vez más enconada, conforme hacía milagros y era admirado por el pueblo. Murmuraron contra él, le arrojaron encima la sombra de la duda, se esforzaron en tenderle trampas dialécticas. Pero la reacción de Jesús es sorprendente: «Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio»[1].


DESDE los orígenes y a lo largo de los siglos, la historia de la Iglesia ha estado marcada por la persecución. En la Iglesia ha habido mucho heroísmo, en su mayor parte discreto y oculto. Son muy numerosos los cristianos que, siguiendo las palabras de san Pablo, han vencido el mal con el bien (cfr. Rm 12,21). Y así sigue ocurriendo hoy, cuando tantos hermanos nuestros, en un número no tan reducido de países, siguen arriesgando sus posibilidades profesionales, su estabilidad, su libertad o hasta la misma vida para ser fieles a Jesucristo. «Hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia»[2].

Rezamos por los cristianos perseguidos. Y, a la vez, ¡cuánto podemos aprender de ellos! El ejemplo de sus vidas, animadas por la gracia, nos enseña de modo patente qué significa no poner límites al amor a Dios. Recordarles nos sirve también para nuestra vida cotidiana, ante las pequeñas o grandes cosas en las cuales queremos manifestar nuestro amor. Su herencia es una herencia de fidelidad a Jesucristo. Hallaron la fuerza en su debilidad (cfr. Hb 11,34) porque mantuvieron la mirada fija en Cristo crucificado mientras estaban «en la soledad de las prisiones, en las últimas horas después de la sentencia a muerte, en las largas noches de espera de una mano asesina inminente, en el frío del campo de concentración, en el dolor y en el cansancio de marchas insensatas»[3]. Ser coherederos de tantos santos nos llena de orgullo. Y, al mismo tiempo, nos puede llevar a pedir humildad para que el Espíritu Santo nos llene a nosotros también de su fortaleza.


«JESÚS estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante este tiempo»[4]. Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, se mantiene en agonía en cada mujer y en cada hombre que sufre, que padece persecución, que es despreciado o injustamente incomprendido. El cristiano no puede ser indiferente al sufrimiento de esas personas. Algunas quizá estén lejos físicamente de nosotros. Pero tal vez otras están cerca. «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Podemos pedir al Señor que estas palabras suyas se mantengan vivas en nosotros; que nos conceda un corazón sabio y sensible, capaz de percibir la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos, de manera que estemos disponibles para ayudar.

Estos días de Cuaresma son propicios para contemplar la pasión de Cristo: a Jesús despreciado, torturado por los soldados, mirado con indiferencia por Pilatos, abandonado por sus discípulos, azotado con látigos, llevando la cruz y muriendo en ella lleno de mansedumbre; sin embargo, «todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»[5]. Ver a Jesús nos llevará a purificar poco a poco nuestra mirada, de manera que sepamos advertir los sufrimientos de tantas personas, especialmente de quienes nos rodean, y tener una compasión creativa que alivie a los demás.

María permaneció junto a su hijo al pie de la cruz. Vio su mansedumbre y paciencia. Muy posiblemente le escuchó decir aquellas inolvidables palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Podemos acudir a su intercesión para que nos ayude a todos los cristianos a vencer el mal con el bien: algunos estarán llamados a hacerlo en situaciones dolorosas y difíciles; otros, en situaciones más ordinarias. Que todos, contemplando a Jesús en la cruz, aprendamos a amar a nuestros semejantes con misericordia y comprensión.