"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

23 de abril de 2026

JESÚS NOS PROMETE

 



Evangelio (Jn 6,44-51)

Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.


PARA TU RATO DE ORACION


CUANDO JESÚS anunció en la sinagoga de Cafarnaún que él era el pan de vida, los asistentes, con una comprensible lógica humana, se preguntaban: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (Jn 6,42). El Señor reaccionó de inmediato y explicó: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44).

Este pasaje nos introduce «en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente también el Espíritu Santo, que está implícito. No basta encontrar a Jesús para creer en él. No basta leer la Biblia. Eso es importante, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron. Es más, lo despreciaron y condenaron. ¿Por qué? ¿No fueron atraídos por el Padre? Esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Si tenemos el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos»[1].

También a nosotros el Padre nos lleva hasta su Hijo para que aprendamos de él y le demos toda la gloria. Esta misión nos exige procurar estar siempre cerca de Jesús, dejarnos instruir por él para ser sus discípulos. «La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios: entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios»[2].


VER A DIOS, contemplarlo a lo largo del día, no es una meta imposible. Al contrario, es una promesa que podemos alcanzar, de varias maneras, gracias a Jesús. El mismo Dios, que puso en nuestros corazones las ansias de eternidad, se quedó en la Eucaristía para estar siempre con nosotros. En Cristo presente en la Eucaristía es donde mejor se satisfacen nuestros anhelos de amor eterno. Podemos dialogar con él en la oración, visitarlo en el sagrario, escuchar sus palabras en el evangelio. Jesús se convertirá poco a poco en nuestro mejor amigo y podremos pedir al Padre cualquier cosa en su nombre: «Si pedimos en nombre de Jesucristo, el Padre nos lo concederá, estad seguros. La oración ha sido siempre el secreto, el arma poderosa (...). La oración es el fundamento de nuestra paz»[3].

En este impulso de petición, Jesús nos enseñó a pedir sobre todo ese «pan de vida», ese alimento de eternidad. «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron» (Jn 6,49), dice Cristo, comparándose con el alimento que envió Dios por intercesión de Moisés. Señala que, mientras aquel era efímero, la Eucaristía es pan eterno; no se trata de un simple recuerdo, sino de un memorial, una actualización, como rezamos en todas las plegarias eucarísticas y en algunos himnos: O memoriale mortis Domini! Panis vivus, vitam praestans homini![4]; ¡oh, memorial de la muerte del Señor, pan vivo que da vida al hombre! La Eucaristía no mira solamente al pasado, sino al presente y al futuro. Nuestro paso por la tierra es una peregrinación de Eucaristía en Eucaristía hasta la participación definitiva en el banquete celestial. «Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4)»[5].

«En los días llenos de ocupaciones y de problemas, pero también en los de descanso y distensión, el Señor nos invita a no olvidar que, aunque es necesario preocuparnos por el pan material y recuperar las fuerzas, más fundamental aún es hacer que crezca la relación con él, reforzar nuestra fe en aquel que es el “pan de vida”, que colma nuestro deseo de verdad y de amor»[6].


JESÚS NOS PROMETE un alimento divino que estará siempre a nuestra disposición «para que el hombre coma de él y no muera» (Jn 6,50). Con ese pasaporte podemos confiar en que, si somos fieles, nuestra llamada a la vida eterna será una realidad. Así, el mismo Dios nos llena de esperanza, aquella «virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena»[7].

Jesús concluye su predicación en la sinagoga reiterando el mensaje central de todo el discurso: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). El Señor nos promete lo impensable: la comunión en su propia vida, por toda la eternidad. Esta esperanza, aunque encuentra su plenitud en el cielo, ilumina nuestros pasos aquí en la tierra. Esta esperanza «nos dice también que nuestras actividades diarias tienen un sentido que va más allá de lo que vemos inmediatamente: como afirmaba san Josemaría, adquieren vibración de eternidad si las hacemos por amor a Dios y a los demás»[8].

Todo esto nos llena de optimismo, conscientes de que Dios está siempre junto a nosotros. La alegría cristiana se funda en aquella promesa divina de que viviremos para siempre con él. Por esa razón, la tradición llama a la Eucaristía «prenda de la gloria futura»: porque nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, a la Santísima Virgen y a todos los santos[9].


22 de abril de 2026

¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios?


Evangelio (Jn 6, 35-40)

Jesús les respondió:

—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Ésta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.



 PARA TU RATO DE ORACION 


ES SÁBADO y Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaún. Despierta el interés de los presentes cuando dice que la obra de Dios es cuestión de fe. La expectativa crece cuando, como signo para refrendar sus palabras, les ofrece el pan del cielo. Y el diálogo llega a su punto máximo al afirmar: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,34). Añade una promesa, unida a una exigencia: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37).

El Padre nos da a su Hijo para que recibamos la adopción filial. Pero nuestro ir a Jesús es libre, nadie se acerca a él por obligación. «Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con él? Y con las personas que he encontrado, ¿he acudido a Jesús, las he llevado a él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? En definitiva, ¿vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?»[1].

«Al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Nosotros hemos venido para estar con Jesús, queremos aceptar libremente en cada momento la invitación del Padre. Y le agradecemos esa seguridad de que no nos echará, de que siempre estará a nuestro lado, de nuestra parte. El Señor nos impulsa a comenzar y a recomenzar cuantas veces haga falta.


«HE BAJADO del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). El sendero que recorrió Jesús fue el de hacer suya la voluntad del Padre. Este es el modelo para llevar una vida feliz. Porque Dios es quien desea, con más fuerza que nadie, nuestra felicidad eterna y terrena. Sintonizar con ese proyecto es la manera más segura de edificar esa felicidad. Amar la voluntad de Dios no es someterse a unas reglas arbitrarias, sino confiar en su inmenso deseo de compartir con nosotros su felicidad.

Y vale la pena confiar en ese plan de Dios también en los momentos difíciles; también aquí nuestro modelo sigue siendo Cristo. «¡No es fácil cumplir la voluntad de Dios! No fue fácil para Jesús que, en esto, fue tentado en el desierto y también en el Huerto de los Olivos donde, con agonía en el corazón, aceptó el suplicio que le esperaba. No fue fácil para algunos discípulos, que lo abandonaron por no entender qué era hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). No lo es para nosotros, desde que cada día tenemos en bandeja tantas opciones»[2].

En los momentos de sufrimiento podemos recordar que Jesús sufrió profundamente en el Huerto de los Olivos, con su corazón de hombre. La tentación del discípulo que desea agradar en todo a Dios puede consistir en luchar sin el corazón. Mientras nos parece tener claro en el pensamiento aquello que deberíamos realizar, incluso con una certeza muy grande, en cambio en el corazón puede que no exista la misma determinación, ni los afectos nos inviten hacia ese camino. Por esto, necesitamos buscar la voluntad de Dios también con el corazón. San Josemaría repetía estas palabras, sabiendo que nadie quiere nuestra felicidad tanto como nuestro creador: «Quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…»[3].


«¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios? Primero, pedir la gracia de quererla hacer. ¿Pido que el Señor me dé ganas de hacer su voluntad? ¿O busco componendas porque me da miedo la voluntad de Dios? Y podemos hacer también otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, para saber qué decisión debo tomar ahora, cómo gestionar mis cosas, etc.»[4]. Esto es también lo que procuraba hacer san Josemaría: «Al comprobar que Jesús esperaba algo de mí –¡algo que yo no sabía qué era!–, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam –Maestro, que vea– me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que tú quieres, se cumpla»[5].

Ese modo de hacer de los santos nos introduce en su familiaridad con Dios, en aquella sintonía de deseos que es el camino de la felicidad. Por esto, podemos pedir «que el Señor nos conceda la gracia, a todos, para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de aquel grupo, de esa gente que le seguía y que estaban sentados a su alrededor (...): “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano»[6]. Jesús desea hacernos partícipes de sus proyectos de salvación y de amor; espera nuestra respuesta libre, creativa, y nos da la gracia para llevarlo a cabo. «La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor»[7].

María respondió que sí a Dios no solo en la anunciación del ángel, sino a lo largo de toda su vida, incluso en los momentos dolorosos de la pasión de su hijo. Pidámosle a ella tener un corazón sensible, que aspira a la vida grande y feliz a la que Dios desea asociarnos.

21 de abril de 2026

EUCARISTIA CENTRO Y RAIZ DE LA VIDA

 



Evangelio (Jn 6, 30-35)

Le dijeron:

—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.

Les respondió Jesús:

—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.

Jesús les respondió:

—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS DE LA multiplicación de los panes y de los peces, una multitud siguió a Jesús hasta Cafarnaún. Allí le preguntaron qué acciones debían realizar para unirse a las obras de Dios. El Maestro les respondió que la clave era creer en él como enviado del Padre (cfr. Jn 6,22-29). Ahora contemplamos la continuación de ese diálogo, cuando quienes le escuchaban exigieron un portento para confirmar sus palabras, como si el milagro de la noche anterior no hubiese sido suficiente. «Replicaron: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer”» (Jn 6,30-31).

Aquella muchedumbre retó a Jesús para que les demostrara si podía hacer algo parecido a los portentos de Moisés. Pero el Señor, comprendiendo sus inquietudes, se puso a explicarles cuál había sido el verdadero origen del maná. Les enseñó que, más importante que ese acontecimiento, era lo que este anunciaba: el pan de la vida eterna, el verdadero pan del cielo. «Jesús les replicó: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”» (Jn 6,32-33).

Jesús es el nuevo Moisés, que lleva a plenitud los anuncios del profeta. Aquellos signos lo demuestran: la multiplicación de los panes recuerda el don del maná en el desierto, y el caminar sobre las aguas evoca el paso del mar Rojo. Pero en ambos casos Jesús va más allá de lo que se anunciaba en el Pentateuco. De hecho, después de dar de comer a cinco mil personas, quienes presenciaron el milagro proclamaron: «Este es verdaderamente el profeta que viene al mundo» (Jn 6,14); y más tarde, al oír que ese pan puede dar la vida, «le dijeron: “Señor, danos siempre de este pan”» (Jn 6,34). Es una reacción natural. Lo mismo había pedido la samaritana cuando Jesús le habló del agua que saltaba hasta la vida eterna. También nosotros, como aquella muchedumbre, queremos que Dios aumente nuestro deseo de recibir aquel pan que da vida.


«JESÚS les contestó: “Yo soy el pan de vida”» (Jn 6,35). Estas palabras son una revelación central de nuestra fe. En el cuarto Evangelio no se menciona la institución del sacramento de la Eucaristía. En cambio, se transmite la teología de este sacramento. Jesús se presenta como el pan que da sentido y esperanza al caminar terreno, como el alimento que Dios sirvió a Elías para caminar «cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios» (1R 19,8). Jesús es el pan de vida porque se quedó en el sacramento de la Eucaristía como «la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana»[1], como «el centro y la raíz de la vida interior»[2]. Fuente y cumbre; centro y raíz. Alcanza esta grandeza porque contiene al mismo Jesucristo, autor de la gracia, y porque «en ella alcanzan su cumbre la acción santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él»[3].

«La Eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de él y vivir en él mediante la comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese Pan de vida significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que hizo Jesús»[4]. San Josemaría lo tenía bien experimentado, pues desde joven pasó largos períodos de tiempo frente al tabernáculo. Por eso, aconsejaba: «¡Sé alma de Eucaristía! Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»[5].


SER ALMA DE EUCARISTÍA nos lleva a cuidar especialmente la Misa para que cada día pueda estar vivificado por la gracia y la fuerza de Dios. Para esto, podemos pedir al Señor que nos conceda aprender a entrar en las palabras que él mismo dirige al Padre y que la Iglesia nos propone en cada celebración. De este modo, la santidad de Dios alcanzará cada vez más nuestra vida ordinaria, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías. En este empeño, también puede ayudarnos la meditación de las lecturas, prepararla con comuniones espirituales, o dar gracias por haber participado en la Misa y por la comunión. Si emprendemos ese camino, desearemos saludar a Jesús en el sagrario, estar a solas con él, pasar allí ratos de oración más o menos largos.

Podemos pedir también al Señor la gracia de ser más sensibles a su presencia en la Eucaristía. Jesús: auméntanos la fe, danos más luz en la razón para creer con firmeza y para ahondar con profundidad en el misterio de este sacramento. Y danos también más amor, más fuerza para desear la comunión frecuente y para amar con todas nuestras fuerzas tu presencia en el tabernáculo. Nos puede servir el consejo de san Josemaría: «Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!»[6].

«La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana –comenta León XIV–. (…) Es ahí donde se nutre y crece nuestra fe. Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se funden como acciones de los miembros de un único cuerpo –el Cuerpo de Cristo– en la realización de un único gran proyecto de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su misericordia y de su paz»[7]. A María, mujer eucarística, le pedimos que nos enseñe a querer a su Hijo como lo hizo ella y a recibir a Jesús con sus mismas disposiciones: «con aquella pureza, humildad y devoción».



20 de abril de 2026

SEGUIR A CRISTO POR AMOR

 



EVANGELIO Juan 6, 22-29

Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste acá?" Jesús les contestó: "Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello".

Ellos le dijeron: "¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?" Respondió Jesús: "La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado".


PARA TU RATO ORACION


LA NOTICIA DE LA multiplicación de los panes se había divulgado por toda la región; tanto, que una muchedumbre se dirigió hacia el sitio del milagro. «Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la ciudad donde vivía, en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”» (Jn 6,24-25). Sucede que la misma noche del milagro, Jesús se había acercado caminando sobre las aguas a la barca donde estaban sus discípulos. El evento no había pasado inadvertido por los que vivían en aquella zona, pues «la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos» (Jn 6,22).

Por todas estas cosas, la gente se daba cuenta de que aquel profeta era especial, pues acompañaba su novedosa predicación con signos portentosos que daban autoridad a sus palabras. Pero el Señor aprovecha rápidamente para purificar poco a poco su interés e invitarlos a elevar la mirada. No se trataba de seguir a un taumaturgo que les diera alimento diario, sino de buscar la vida eterna, de procurar la salvación. «Jesús les contestó: “en verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”» (Jn 6,26).

Con el eco de aquellas palabras del Señor, podemos valorar y examinar cómo es nuestra rectitud de intención en el seguimiento de Cristo, si deseamos cumplir siempre y en todo su voluntad. Que no nos suceda lo que decía san Agustín a propósito de estas páginas del evangelio: «Me buscáis por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solo por intereses temporales! (...). Apenas se busca a Jesús por Jesús»[1]. El Señor hizo ver a aquella muchedumbre que, aunque habían visto el signo, no estaban buscando el verdadero significado. «Es como si dijese: “Vosotros me buscáis por un interés”. Nos hace siempre bien preguntarnos: ¿por qué busco a Jesús? ¿Por qué sigo a Jesús? Nosotros somos todos pecadores. Y, por lo tanto, siempre tenemos algún interés, algo que purificar al seguir a Jesús; debemos trabajar interiormente para seguirlo, por Él, por amor»[2].


AQUELLOS admiradores de Jesús, al estar concentrados solo en sus intereses personales, no cayeron en la cuenta de que estaban frente al enviado de Dios. «No habían comprendido que ese pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a ese pan que a su donador»[3]. Pero Jesús aprovechó su interés para orientar sus deseos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios» (Jn 6,27). De esa manera introdujo el gran tema del capítulo entero del evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone durante esta semana: la Eucaristía.

Pero, antes, Jesús tenía que preparar el terreno para esta predicación. «Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”» (Jn 6,28). De acuerdo con la mentalidad de la época, quienes escuchaban a Jesús pensaban que debían cumplir unas prácticas religiosas para merecer el alimento milagroso. El Señor los sorprendió con su respuesta: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La obra de Dios es creer. La prioridad es de la gracia, más que de nuestras acciones. «Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas, sino en el “creer” en aquel que Él ha enviado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos»[4].

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La clave de nuestra fe se encuentra en la confianza plena en la gracia de Dios. «El centro de la existencia, lo que da sentido y firme esperanza al camino de la vida, a menudo difícil, es la fe en Jesús, el encuentro con Cristo (...). La fe es lo fundamental. Aquí no se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, dejarse conquistar totalmente por él y por su Evangelio. Jesús invita a no quedarse en el horizonte puramente humano y a abrirse al horizonte de Dios, al horizonte de la fe»[5].


«LA OBRA DE DIOS es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). «Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final, en la eternidad, en el encuentro con él, que es don y donador; y nos recuerda también que la historia humana –con sus sufrimientos y sus alegrías– tiene que ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del encuentro definitivo con él. Y este encuentro ilumina todos los días de nuestra vida»[6].

De hecho, la fe nos acerca al punto de vista de Dios, a «la mente de Cristo» (1 Co 2,16), de modo que todo lo leemos y entendemos desde allí. Por esto, la fe no es un simple contenido teórico para confesar o predicar. Se manifiesta, ante todo, en la vida diaria del creyente, pues esa luz muestra el sentido de la vida, ilumina la existencia personal y comunitaria con la perspectiva de Dios. La fe, al descubrir la posibilidad de asociarse a los planes providentes de Dios, se hace operativa, «actúa por el amor» (Ga 5,6). «Fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad»[7], decía san Josemaría. ¿Me impulsa la fe a ver las cosas con la mente de Cristo? ¿Procuro descubrir la relación que tiene la realidad en la que vivo con los planes de Dios, especialmente a partir de la Sagrada Escritura?

Acudamos a Jesús como el personaje del Evangelio que le suplicaba: «Creo, pero ayuda mi falta de fe» (Mc 9,24). Digámosle también nosotros: «¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirijamos también esta plegaria a santa María, madre de Dios y madre nuestra, maestra de fe: “¡Bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45)»[8].





19 de abril de 2026

LA ALEGRÍA DE CAMINAR JUNTO A ÉL

 



EVANGELIO Lucas 24:13-35

  • 13Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios.
    14Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido.
    15Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos,
    16aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle.
    17Y les dijo:
    —¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos.
    18Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
    —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
    19Él les dijo:
    —¿Qué ha pasado? Y le contestaron: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo:
    20cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
    21Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas.
    22Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada
    23y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo.
    24Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.
    25Entonces Jesús les dijo:
    —¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas!
    26¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?
    27Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
    28Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante.
    29Pero le retuvieron diciéndole:
    —Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos.
    30Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
    31Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia.
    32Y se dijeron uno a otro:
    —¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
    33Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos,
    34que decían:
    —El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.
    35Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.
PARA TU RATO ORACION 

EN ESTOS DÍAS de Pascua, la liturgia recoge algunos fragmentos del discurso que Pedro dirigió a los israelitas el día de Pentecostés. El apóstol, tras recibir el don del Espíritu Santo, recuerda que ya el rey David había hablado de la resurrección de Cristo: «Por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará en la esperanza; porque no abandonarás mi alma en los infiernos, ni dejarás que tu Santo vea la corrupción» (Hch 2,26-27).

Los días de la Pasión parecen ya lejanos. Sin embargo, Pedro y los demás apóstoles los recuerdan bien: habían sido jornadas de oscuridad. Por unos momentos, todo aquello que les había ilusionado había perdido todo su sentido. Ahora, en cambio, después de haber sido testigos de la resurrección de Jesús y de recibir al Paráclito, pueden decir con el rey David: «Me diste a conocer los caminos de la vida y me llenarás de alegría con tu presencia» (Sal 16,11).

Los apóstoles han entendido que el camino de la vida no siempre está completamente iluminado. Puede haber etapas en las que, como en la Pasión, nos parece que está todo perdido, y la tristeza nos envuelve. Pero la certeza de que Cristo vive nos llena de esperanza y devuelve la alegría. Esta es la seguridad que nos impulsa a caminar aun en medio de la oscuridad. Al igual que a los apóstoles, él tampoco nos abandona, ni deja que veamos la corrupción, si le dejamos que guíe nuestra vida. «Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos»[1].


LOS DOS DISCÍPULOS de Emaús no reconocieron, en un primer momento, la luz de la resurrección. En medio de la oscuridad prefirieron dirigirse hacia el lugar en el que se sentían seguros: su tierra natal. Optaron por poner la esperanza en lo que ya conocían: su hogar, su trabajo, los proyectos personales… Todo esto lo habían abandonado para seguir a Jesús. Pero ahora que aparentemente había desaparecido aquel que daba sentido a esa entrega, piensan que lo único que les queda es volver a su vida de antes.

Estos discípulos, al poner sus ilusiones en recuperar su vida del pasado, no consiguen abrirse a la verdadera esperanza. De camino hacia Emaús tenían una meta clara, pero por dentro se sentían perdidos. Han oído que algunas mujeres no han encontrado el cuerpo de Jesús y que unos ángeles les han dicho que vive, pero ellos no creen. Tampoco la confirmación de que otros discípulos han visto lo mismo les hace cambiar de planes (cfr. Lc 24,22-24). Por eso, cuando se alejan de Jerusalén y se encuentran al Señor, «sus ojos eran incapaces de reconocerle» (Lc 24,16). El evangelista hace notar que, a la pregunta de Jesús sobre lo que estaban hablando, los dos «se detuvieron entristecidos» (Lc 24,17).

Ese estado de ánimo de los discípulos es el mismo de quien cede a la tentación de deshacer el camino andado. Al principio esa nueva dirección nos hipnotiza con «cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[2]. En cambio, junto al Señor podemos iluminar el presente –con sus señales de vida y de muerte– para integrarlo en el proyecto que con él empezamos. La situación de sinsentido y oscuridad no es la definitiva, ni es una buena brújula en momentos de desorientación. En todo momento tenemos la oportunidad de recomenzar, de reconocer a Jesús resucitado que nos encuentra en el camino y nos da la verdadera esperanza: todo se puede integrar si se escucha de nuevo su invitación a escucharle y a seguirle. Nuestra vida no está perdida si vivimos junto a él. «Solo el Señor puede darnos confirmación de lo que valemos. Nos lo dice cada día desde la cruz: ha muerto por nosotros, para mostrarnos cuánto somos valiosos a sus ojos. No hay obstáculo o fracaso que pueda impedir su tierno abrazo»[3].


JESÚS acoge la tristeza de los dos discípulos. Escucha el desahogo que muestra la causa de su desilusión: «Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel» (Lc 24,21). El Señor «comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en él»[4]. Empieza a explicarles el verdadero sentido de las Escrituras y cómo era preciso que el Mesías padeciera esos sufrimientos. Con cada palabra que pronuncia Jesús, los dos hombres vuelven a recuperar la alegría que había marcado su vida de discípulos, pero siguen sin reconocer al Señor. Solamente cuando lo vean sentarse, partir y bendecir el pan se darán cuenta de que era el mismo Cristo resucitado (cfr. 24,31

Los dos discípulos habían puesto rumbo a Emaús para regresar a su vida pasada. Pero no fueron sus seguridades las que les devolvieron la ilusión, sino el encuentro con Jesús: «¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,31). También nosotros, al escuchar sus palabras en el Evangelio y reconocer su presencia en la Eucaristía, podemos volver a experimentar la alegría de caminar junto a él. Una vida de sincera oración y de frecuencia de sacramentos permite reorientar el rumbo de la propia existencia, pues allí la inteligencia, la voluntad y los sentimientos pueden confluir de nuevo y con serenidad, y ser renovados por la gracia. Dios no es ajeno a nuestra suerte. Aun cuando atravesemos momentos de desorientación, él se hace nuevamente presente y nos ofrece un sentido más profundo del propio camino. Si buscamos un refugio al calor de Jesús resucitado, vemos renacer con fuerza la vocación y misión de discípulos.

La Virgen María también pasó por una oscuridad similar a la de los viajeros que iban hacia Emaús. A nadie le habría dolido más la muerte de Jesús como a ella. Pero su confianza en Dios le llevó a vivir la ausencia de su Hijo con esperanza, poniendo su seguridad en la victoria final de Cristo sobre la muerte: supo integrar los momentos de la Pasión –de modo anticipado– a los frutos de la Resurrección. «No admitas el desaliento en tu apostolado –escribió san Josemaría–. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz. ¡Ánimo!... Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora: Sancta Maria, refugium nostrum et virtus!, eres mi refugio y mi fortaleza»[5].



18 de abril de 2026

SER ALMAS AGRADECIDAS Y MISERICORDIOSAS

 


Evangelio (Jn 6,16-21)

Cuando estaba atardeciendo, bajaron sus discípulos al mar, embarcaron y pusieron rumbo a la otra orilla, hacia Cafarnaún. Ya había oscurecido y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba hacia la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo:

—Soy yo, no temáis.

Entonces ellos quisieron que subiera a la barca; y al instante la barca llegó a tierra, al lugar adonde iban.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EN AQUELLOS DÍAS, al crecer el número de los discípulos, se levantó una queja de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas estaban desatendidas en la asistencia diaria» (Hch 6,1). Ya desde los primeros pasos del cristianismo, la Iglesia debió afrontar situaciones de tensión que iban apareciendo, como la que se describe en este pasaje. La Iglesia, al mismo tiempo que cuenta con la asistencia incesante del Espíritu Santo, está formada por personas como nosotros que, animados por las mejores intenciones, tenemos las limitaciones de la condición humana y la herida del pecado.

A Pedro y a los demás apóstoles correspondía la tarea de discernir el problema que había surgido y proponer una solución. Esta vez fue la de designar «a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» (Hch 6,3), que se dedicaran más directamente a ese servicio de caridad. Es interesante notar que desde el principio la Iglesia dirigió su atención a los más necesitados; y cómo, a la hora de encargar a algunos cristianos la organización material de esa labor asistencial, los apóstoles valoraron ante todo que fuesen personas dóciles al Espíritu Santo, dotadas de sabiduría. La vida interior, las virtudes personales, el amor a la verdad revelada y la actividad en favor de los demás se consideraban aspectos íntimamente unidos para llevar a cabo la misión de la Iglesia.

Cada cristiano estaba llamado entonces, como lo seguimos estando ahora, a mirar a Jesucristo, a vivir su misma vida, secundando la acción santificadora del Paráclito. De ahí se deriva la donación a los demás, que se concretará de modos diversos. En el fondo, para todos, como escribió san Josemaría, «se resume en una única palabra: amar. Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir»[1].


«LA PALABRA de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén» (Hch 6,7). El salmo responsorial de la Misa de hoy es un eco de la alegría de los primeros cristianos de Jerusalén: «Alabad al Señor con la cítara, entonadle salmos con el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es recta, y hace con fidelidad todas sus obras. Él ama la justicia y el derecho: la tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,2.4-5). Se trata de un canto de alabanza al Señor que ha creado el mundo y lo sustenta en el ser; que mira desde el cielo a los hijos de Adán y conoce cada rincón de sus corazones; que incesantemente mantiene sobre los hombres una mirada de ternura, cercanía y salvación.

Al invitarnos a meditar este salmo, la Iglesia desea suscitar en nosotros un espíritu agradecido y misericordioso, a imagen del Padre. Esta actitud surge al reconocer las ayudas del cielo y se convierte en algo más profundo cuando entendemos que el Señor ha infundido en nosotros la fe y la caridad para difundir su benevolencia a nuestro alrededor, aprovechando las vicisitudes de nuestra vida. Podemos transformarnos en mujeres y hombres que ven cada vez más el mundo con los ojos de Dios y, por eso, aprecian en primer lugar el bien, la salvación y lo noble, también en los demás. «El Catecismo escribe: “Todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias”. La oración de acción de gracias comienza siempre aquí: en el reconocerse precedidos por la gracia. Hemos sido pensados antes de que aprendiéramos a pensar; hemos sido amados antes de que aprendiéramos a amar; hemos sido deseados antes de que en nuestro corazón surgiera un deseo. Si miramos la vida así, entonces el “gracias” se convierte en el motivo conductor de nuestras jornadas»[2].

«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día –recomendaba san Josemaría–. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su madre, que es también madre tuya. Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno»[3].


SAN JUAN NOS cuenta, de modo escueto y sobrio, lo que sucedió después de la primera multiplicación de los panes y los peces. Al atardecer de aquel día, los discípulos se embarcaron para atravesar el lago y llegar a Cafarnaún. Jesús no fue con ellos, sino que se quedó rezando en un monte. «El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar, unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba hacia la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo: “Soy yo, no temáis”» (Jn 6,18-20).

Los discípulos probablemente tuvieron que emplear varias horas para recorrer en barca, remando contra viento y marea, los casi cinco kilómetros que les separaban de Cafarnaún. Muchos han visto en esta barca, que crujiría ante cada embate de las olas, una figura de la Iglesia, que enfrenta riesgos y dificultades en el mar de la historia. Lo mismo puede suceder con nuestra propia vida: con frecuencia no nos faltan dificultades, trabajos y fatigas. Y, como los apóstoles, también nosotros podemos demostrar ser personas de fe débil, vencidos por miedos, inseguridades o preocupaciones.

«Soy yo, no temáis». El Señor está siempre con nosotros, nos mira y nos acompaña. Por eso, «no tenemos motivos más que para dar gracias. No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo»[4]. A veces, necesitaremos un tiempo para que vaya creciendo esa confianza en el Señor que llena nuestra vida de gratitud. En ocasiones, será preciso que interpretemos nuestra historia personal a la luz del cariño incondicional que nos tiene Dios. Jesús se manifestó caminando sobre las aguas para robustecer la fe todavía débil de sus discípulos. Podemos terminar este rato de oración pidiéndole que aumente nuestra confianza en él –¡aumenta nuestra fe!–, de manera que sepamos reconocer su presencia en nuestra historia personal y en todas las circunstancias de nuestra existencia.


17 de abril de 2026

La Iglesia vive de la Eucaristía

 

Evangelio (Jn 6,1-15)

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

—¿Con qué compraremos panes para que coman estos?

Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

—Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?

Jesús dijo:

—Decid a la gente que se siente en el suelo.

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

—Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda.

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:

—Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo.

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL EVANGELIO de san Juan recoge siete milagros del Señor y entre ellos está la primera multiplicación de los panes y de los peces. Se trata de un pasaje que prefigura la Pascua del Señor y la institución de la Eucaristía. Una gran muchedumbre se había congregado junto a la orilla del lago de Genesaret, atraída por aquel maestro cuya fama se había ido extendiendo a causa de sus milagros y de sus enseñanzas. Desde lo alto de una ladera, el Señor vio a las multitudes que le seguían y, dirigiéndose a Felipe, que era quien tenía más cerca, formuló una pregunta desconcertante: «¿Dónde vamos a comprar pan para que coman estos?» (Jn 6,5). El primer pensamiento de Felipe quizá fue que el Maestro no lo decía del todo en serio, pero de inmediato debió de considerar también que Jesús con frecuencia era imprevisible. Así que, prudentemente, se limitó a hacer un presupuesto aproximativo: «Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco» (Jn 6,7). Intervino entonces Andrés, que se mostró un poco más empático con el hambre de las multitudes, aunque también su propuesta ponía de relieve, sobre todo, la imposibilidad de hacer algo por ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?» (Jn 6,9).

San Juan señala que, aunque Jesús conversó de este modo con los apóstoles, «él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,6). El autor sagrado destaca que humanamente era imposible dar de comer a tanta gente. Y esto lo hace no solo para que resalte, por contraste, lo grande que fue el milagro, sino, sobre todo, para subrayar que la salvación es un don que viene de Dios; no se trata de una obra humana, aunque el Señor quiera contar con los hombres para llevarla a cabo. «Muchas veces a lo largo de la historia de la Obra –comentaba san Josemaría–, he pensado que el Señor tiene las cosas pensadas desde la eternidad, pero que por otra parte nos deja libérrimos. El Señor en ocasiones parece que nos tienta, que quiere probar nuestra fe. Pero Jesucristo no nos deja: si nos mantenemos firmes, él está dispuesto a hacer milagros, a multiplicar los panes»[1].


«–MANDAD A LA GENTE que se siente. Había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron» (Jn 10,11). El evangelio no nos describe cómo Jesús realizó materialmente este milagro. Lo que sí podemos intuir es cómo se quedaría grabada en su corazón esa experiencia de fe. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprendieron que así sería en adelante: el Señor esperaba de ellos –como de cada uno de nosotros– que pusieran lo posible de su parte. Él también seguiría poniendo su parte. Esa acción de Dios muchas veces no se manifiesta del todo y no llegamos a descubrir a quién implica y qué consecuencias tiene; sin embargo, sigue siendo la parte más real e importante. Con la acción del hombre dentro de la acción de Dios, saldría adelante la misión apostólica y se iría haciendo la Iglesia.

Pero hubo además otra enseñanza que el Señor les transmitió en esta multiplicación de los panes y los peces: una lección de caridad. Les mostró cómo debe un cristiano estar atento y hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales de los demás: primero, con una mirada que las perciba, que sepa sentir compasión, que desee cuidar de los otros; y después, con una actitud generosamente proactiva: no basta pensar que sería bonito pero por desgracia no se puede hacer nada; no son suficientes los buenos sentimientos si al final quedan solo en eso. Jesús desea que cada uno haga lo que esté en su mano para ayudar a personas concretas en situaciones difíciles, sin resignarse a la pasividad: emplaza a sus discípulos a buscar una solución aunque sea solo para empezar, a que intenten poner en marcha un proceso positivo. En definitiva, a complicarse la vida, si hiciera falta, para ayudar a los demás.

«Para eso necesitamos que el Señor nos agrande el corazón, que nos dé un corazón a su medida, para que entren en él todas las necesidades, los dolores, los sufrimientos de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más débiles. En el mundo actual, la pobreza presenta muchos rostros diversos: enfermos y ancianos que son tratados con indiferencia, la soledad que experimentan muchas personas abandonadas, el drama de los refugiados, la miseria en la que vive buena parte de la humanidad como consecuencia, muchas veces, de injusticias que claman al cielo. Nada de esto nos puede resultar indiferente. Cada cristiano ha de poner en movimiento la “imaginación de la caridad” de la que hablaba san Juan Pablo II, para llevar el bálsamo de la ternura de Dios a todos nuestros hermanos que pasan necesidad»[2].


«JESÚS TOMÓ LOS PANES y, después de dar gracias, los repartió» (Jn 6,11). En estas palabras que usa Juan hay una prefiguración de la Eucaristía. En este mismo capítulo del cuarto evangelio encontramos el discurso del pan de vida, en el que Jesús promete darse él mismo como alimento de nuestra alma.

En la Eucaristía, lo que era algo material y pequeño, un poco de pan y de vino, se convierte en alimento sobrenatural: en el cuerpo y la sangre de Cristo, el pan de los ángeles, nuevo maná que restaura las fuerzas del pueblo de Dios que es la Iglesia. «La Iglesia vive de la Eucaristía»[3]. «La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo (...). Jesús ha visto a la muchedumbre, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes; así hace lo mismo con la Eucaristía. Y nosotros, creyentes que recibimos este pan eucarístico, estamos empujados por Jesús a llevar este servicio a los demás, con su misma compasión»[4].

«La Eucaristía nunca puede ser solo una acción litúrgica. Solo es completa, si el “ágape” litúrgico se convierte en amor cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo. Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación del mundo»[5]. Pidamos también a María, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas»[6], que nos ayude a difundir por el mundo la fuerza santificadora del sacrificio del altar.