"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

5 de agosto de 2026

NOS ESCUCHA

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


—¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante



PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS Jesús se dirigía a la región de Tiro y Sidón, se acercó una mujer cananea que «se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”» (Mt 15,22). Puede llamar la atención la primera reacción del Maestro: «Él no le respondió palabra» (Mt 15,23). Los apóstoles, extrañados, le insistieron para que atendiera a la mujer, principalmente para que dejara de seguirles a gritos, pero la réplica de Cristo fue similar a la anterior: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24).


El asunto parecía cerrado, pero la determinación de la mujer la llevó a colocarse ante Jesús, casi impidiéndole el paso; se postró delante de él y exclamó: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Cabría esperar que un gesto así, lleno de ternura e insistencia, cambiaría la actitud de Jesús. En cambio, el Señor respondió con una imagen, una vez más, desconcertante: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). La cananea no se dejó vencer por esta nueva negativa, y respondió con la misma moneda, jugando con esa imagen que había empleado: «Es verdad, Señor, y sin embargo los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,27).


Admirado por este acto de fe, amor y audacia, Jesús finalmente concedió a la cananea lo que le pedía: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Su silencio, su aparente frialdad, hicieron que aquella mujer reafirmara su convencimiento de que sin el Señor no podía hacer nada. Jesús a veces calla, permite que nos sintamos extraños, que imaginemos que «no nos escucha, que andamos engañados, que solo se oye el monólogo de nuestra voz»[1]. Y lo hace para que, como la cananea, acudamos a él con más insistencia, y para que purifiquemos poco a poco nuestra fe.


¿POR QUÉ Jesús actuó así con la cananea? ¿Por qué le trató -a ojos humanos- con aquella frialdad inicial? San Agustín, respondiendo a esta pregunta, comentaba: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo»[2]. En el fondo, se trata de una actitud que quizá también nosotros adoptamos cuando alguien nos pide un favor importante. «Lo bueno se hace esperar», dice la sabiduría popular. Creemos que si realmente es relevante, la otra persona nos insistirá un poco más, hasta conseguir lo que se propone. Si no es así, aquella petición quizá quede en el olvido.


Jesús quiso mostrarnos que la mujer anhelaba realmente la curación de su hija. Esa aparente indiferencia buscaba que la cananea mostrase su fe de una manera concreta y audaz. En efecto, ella pide aunque su insistencia parezca inoportuna, persiste aunque se tenga por indigna y persevera ante las dificultades hasta que al fin logra lo que quiere. «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos –decía el santo Cura de Ars–; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos»[3].


Jesús, al ver la tenacidad de aquella mujer, exclamó: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Se podría decir que el Señor buscaba que acrecentase su deseo porque, al final, el milagro se iba a realizar conforme a lo que ella quería. Si su deseo hubiese sido pequeño, quizás el prodigio habría sido menor. Pero, como fue grande, el milagro será completo. «Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe»[4].


LA CANANEA aparentemente consiguió cambiar los planes previstos por Jesús. Podemos decir que el Señor no pensaba realizar ningún milagro mientras se dirigía a Tiro y Sidón, y menos a alguien que no era de Israel, pues él había sido enviado para anunciar la salvación en primer lugar al pueblo de su Padre Dios. Sin embargo, la insistencia de la mujer logró conmover a Cristo y cambió su opinión. Esta dinámica sorprendente es, en realidad, algo que también sucede en otras partes de la Escritura. Ocurre, por ejemplo, cuando Abraham intercede por Sodoma (cfr. Gn 18,22-33), o cuando Moisés pide clemencia para los israelitas que habían cometido idolatría (cfr. Ex 32,11-14). También sucede cuando María, en las bodas de Caná, consigue que Jesús anticipe su hora y convierta el agua en vino para alegría de la fiesta (cfr. Jn 2, 1-11). Todos esos cambios de actitud del Señor están motivados, principalmente, por las necesidades de los hombres. Además, nos muestran que los planes de la divina providencia cuentan con nuestra libertad y nuestras acciones. Jesús es sensible a lo que le pedimos y nos escucha con mayor comprensión de la que incluso podríamos desear.


Volviendo al cambio de actitud del Señor, en ocasiones a nosotros también nos puede ocurrir algo parecido. Tenemos en mente un plan y, de forma imprevista, a una persona a quien queremos le surge una necesidad. O también puede suceder que tengamos una opinión muy clara sobre un tema, y un familiar o un compañero piense todo lo contrario. En uno y otro caso, quizá podemos tener la tendencia de proteger a toda costa nuestros espacios y nuestros tiempos, o de imponer nuestros planteamientos. La conducta del Señor nos sugiere la prioridad que tienen las personas, especialmente cuando se encuentran necesitadas, por encima de nuestros esquemas. Y «esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad»[5]. Podemos pedir a María que interceda por nosotros para que sepamos mirar con la ternura de su hijo a todas las personas que pasan por nuestra vida.

4 de agosto de 2026

Calma y serenidad

 



Evangelio (Mt 14,22-36)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—¡Es un fantasma! —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres Hijo de Dios.


Acabaron la travesía y llegaron a tierra a la altura de Genesaret. Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, y le suplicaban poder tocar, aunque sólo fuera el borde su manto. Y todos los que lo tocaron quedaron sanos



PARA TU RATO DE ORACION 



DESPUÉS de dar de comer a la multitud, Jesús se retiró al monte para orar, pero antes pidió a los discípulos que cruzaran el lago y que le esperasen en la otra orilla (cfr. Mt 14,22-25). Pedro y los demás apóstoles navegan en la oscuridad. Ya se han alejado de tierra, cuando la barca comienza a agitarse por las olas, y el viento sopla en contra. Como es lógico, comienza a correr una cierta inquietud entre los presentes. A pesar de la veteranía de muchos, esta repentina sacudida les ha tomado desprevenidos.


El Evangelio nos presenta la barca de los discípulos en el mar tempestuoso como una figura de la vida de la Iglesia que surca el mar de la historia, aparentemente indefensa ante los peligros. «El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. Jesús quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios»[1].


San Josemaría también consideraba que, en muchas ocasiones, los cristianos encontraremos tormentas similares a la hora de difundir el Evangelio. A veces serán las circunstancias externas las que ponen obstáculos; otras, el peso de nuestra debilidad y de nuestro pecado. «Cumplimos también nosotros un mandato imperativo de Cristo, navegando en un mar revuelto por las pasiones y los errores humanos, y sintiendo a veces dentro de nosotros toda nuestra flaqueza, pero decididos firmemente a conducir a término esta barca de salvación que el Señor nos ha confiado. Se levanta quizá en ocasiones, de lo profundo del corazón, ante la fuerza del viento contrario, la voz de nuestra impotencia humana: “Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me persiguen, me combaten y me hacen sufrir constantemente. Sin cesar me persiguen mis enemigos; y son muchos, en verdad, los que me combaten” (Ps. LV, 2-3). Él no nos deja, y siempre que ha sido necesario se ha hecho presente, con su omnipotencia amorosa, para llenar de paz y de seguridad el corazón de los suyos»[2].


LA LLEGADA de Jesús que camina sobre las aguas, lejos de ser tranquilizadora, en un primer momento añadió más miedo a la situación. Los discípulos, asustados, dijeron: «¡Es un fantasma», y llenos de miedo se pusieron a gritar. Pero enseguida Jesús les aseguró: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo». Es entonces cuando Pedro se expresó con audacia: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». Y Jesús le respondió: «¡Ven!». Pedro bajó de la barca, caminó sobre las aguas y se dirigió hacia Cristo (cfr. Mt 14,25-29). El gesto de Pedro y la respuesta de Jesús nos recuerdan que Dios ama nuestras ideas valientes, sobre todo cuando tienen que ver con la confianza en él. Quizá resuene en este episodio el tono decidido con que los hijos del Zebedeo respondieron «¡Podemos!» a la pregunta de Jesús sobre su disposición a seguirle en la Pasión, o tantas manifestaciones magnánimas en la vida de los santos. Dios aprecia esos saltos de fe, esa audacia a la hora de seguir a Cristo, que nos hacen capaces de caminar sobre las aguas de un temporal.


«El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar»[3]. Pedro hizo algo que, a simple vista, no tenía lógica humana. Abandonó la relativa estabilidad de la barca para lanzarse a un mar revuelto. Y en ese gesto halló la verdadera seguridad. Jesús también nos anima a no refugiarnos en nuestras certezas, a no aislarnos del mundo y de los demás cuando sintamos que el mar está agitado. El Señor espera un acto de fe audaz como el de Pedro, que lleva a no huir de los problemas, sino a abrazarlos, confiados en la cercanía de Cristo. «En su cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza»[4].


A PESAR de la seguridad con que Pedro estaba caminando, en cuanto vio que «el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: “¡Señor, sálvame!”». Jesús entonces «alargó la mano lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”» (Mt 14,30-31). Pedro había sido capaz de caminar sobre el agua no por sus propias fuerzas, sino por las palabras de Jesús. Y comenzó a hundirse no porque el viento era ya demasiado fuerte, sino porque había dejado de confiar en el Señor. «Lo mismo nos sucede a nosotros: si solo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos y no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida»[5]. Pedro quizá creía que se bastaba él solo para mantenerse en pie, pero era evidente que solamente podía hacerlo porque Cristo lo sostenía.


Habrá momentos en los que, como Pedro, caminaremos sobre las aguas y afrontaremos con calma y serenidad las diversas tempestades. También se presentarán otros momentos en los que creeremos que nos hundimos. En una y otra situación, el Señor siempre está cerca, pues se encuentra en lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, debemos experimentar nuestra relación con Dios tanto en la aparente lejanía como en la cercanía. Al igual que a Pedro, Cristo nos tenderá su mano cuando sintamos que nos ahogamos y nos dirigimos a él: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). La experiencia de los apóstoles nos muestra que, si dejamos que Jesús se meta en nuestra barca, el viento se calmará (cfr. Mt 14,32). Podemos pedir a María que, en medio de las tormentas que agitan nuestro día a día, resuenen en nuestros corazones las palabras de su Hijo: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27).




3 de agosto de 2026

RECUPERAR LA CALMA

  



Evangelio  san Mateo  14, 22-36


En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.


Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.


Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”


En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.


Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados


PARA TU RATO DE ORACION 



“Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[1].


Vamos a comentar, con la ayuda de Dios, la lectura que hoy nos propone el Santo Evangelio, no vaya a ser que tengáis la fe dormida en vuestros corazones, en medio de las borrascas y oleaje de este siglo.


¿Acaso Cristo no tuvo poder sobre la muerte o sobre el sueño?, ¿o quizá el sueño pudo dominar la voluntad del Omnipotente Navegante? Si así pensáis, sin duda Cristo y la fe están dormidos en vuestro corazón. Pero si Cristo vela en vosotros, también vuestra fe está despierta. “Por la fe, Cristo habita en vuestros corazones”[2], dijo el Apóstol.


¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti.

El sueño de Cristo es símbolo de un misterio. Los marineros son aquellas almas que atraviesan el siglo sujetos a un madero. La barca era figura de la Iglesia. Y ciertamente cada alma es templo de Dios, navega en su corazón y no naufraga, si piensa rectamente.


Te injuriaron: es la borrasca; te enfadaste: es el oleaje. Sopla el viento, se levantan las olas, y tu nave y tu corazón naufragan, se hunden. Te injuriaron y deseas vengarte; castigaste de un modo intempestivo y te hundiste. ¿Y por qué? Porque Cristo duerme en tu corazón. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti. ¡Piensa en El!


¿Qué querías? Vengarte. ¿No te acuerdas que cuando le crucificaban dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[3]? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. ¡Despiértale, contémplalo! Su memoria son sus palabras; su memoria es su Ley. Y, si Cristo vela en ti, te dirás: ¿quién soy yo, para querer castigar?, ¿quién, para amenazar a nadie? Quizás moriré antes de vengarme. Y si muero inflamado por la ira, con anhelo y sed de venganza, ¿me recibirá aquél que no quiso castigar, aquél que dijo: “Dad, y se os dará; perdonad, y se os perdonará?”[4]. Reprimiré, pues, mi ira y apaciguaré mi corazón. Mandó Cristo al mar, y se hizo la calma[5].


Esto que más arriba he dicho sobre la ira, aplicadlo para toda clase de tentaciones. Eres tentado y te turbas: son el viento y las olas que se levantan. Despierta a Cristo y habla con El. “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[6]. “¿Quién es este a quien las aguas escuchan? Suyo es el mar, y El lo creó”[7]. “Todo fue hecho por él”[8]. Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo y ¿tú estás sordo? El viento amaina, y ¿tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón. De todos modos, aunque seamos hombres, no desesperemos si el viento arrastra los afectos de nuestra alma. Despertemos a Cristo: nuestra singladura será tranquila y arribaremos a buen puerto.


* * *


Los Sermones de san Agustín están divididos en cuatro clases: De Scripturis (1-133), comentarios a los textos del Antiguo y Nuevo Testamento leídos en la Misa; De tempore (134-272), glosas a las diferentes solemnidades del año litúrgico; De Sanctis (273-340), panegíricos de los mártires; y De diversis, sermones dogmáticos, morales o de circunstancias.


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8, 23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»[1]. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»[2]. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»[3]. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[4].




2 de agosto de 2026

EL REGALO DE LA EUCARISTIA

 


Evangelio (Mt 14,13-21)


Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:


— Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.


Pero Jesús les dijo:


— No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.


Ellos le respondieron:


— Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.


Él les dijo:


— Traédmelos aquí.


Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños



PARA TU RATO DE ORACION 



NOS CUENTA hoy el evangelista Mateo que la multitud buscaba insistentemente al Señor. Disfrutaba tanto con su predicación y sus milagros que, cuando por fin lo encontraban, lo escuchaban con gusto hasta la puesta de sol. En una de estas ocasiones, los apóstoles le sugirieron a Jesús que despidiera a la gente antes de que se hiciera de noche, para que buscaran dónde comprar algo de comida para el camino de vuelta a sus casas. Sin embargo, el Señor, conmovido ante esos corazones que tenían tanta sed de su palabra, no quiso dejarles marchar sin hacerles un último regalo.


Al estar en un descampado, Jesús sabía que no iba a ser fácil encontrar comida para tantos en las aldeas y caseríos cercanos. Por eso quiso aprovechar aquella circunstancia para formar a sus apóstoles. Jesús quería que confiaran en él, que aprendieran a soñar a lo grande y que no se detuvieran ante las dificultades. Entonces les dijo: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). Ellos no entendieron aquella indicación tan desconcertante: el tiempo, el lugar y la falta de recursos hacían imposible alimentar a aquella multitud. Habrían hecho falta varios carros cargados de pan y una cantidad de dinero de la que carecían.


Los apóstoles no sabían qué hacer. Uno de ellos dijo a Jesús: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). Podemos imaginar que se trataba de la merienda o la cena de alguno de los presentes, que ofreció generosamente lo poco que llevaba consigo. «Traédmelos» (Mt 14,18), respondió el Señor. Aquellos pocos panes y peces se convirtieron en la materia prima del milagro. Sucede también así en nuestra vida: Dios sabe bien que nosotros solos no podemos hacer gran cosa, pero no deja de pedirnos que pongamos en sus manos lo poco que tenemos. Gracias a ese pequeño don, Cristo pudo saciar a toda la multitud. Por eso, podemos preguntarnos: «“¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas»[1]. Cuando le ofrecemos con sencillez lo que somos y lo que tenemos, aunque parezca insuficiente, el Señor puede multiplicarlo mucho más de lo que imaginamos.


EL SEÑOR «mandó a la gente que se recostara en la hierba» (Mt 14,19). Poco a poco se fueron distribuyendo por toda la colina, formando corros de amigos y conocidos. Eran más de cinco mil personas; una auténtica muchedumbre, aunque en el corazón del Señor cada uno encontraba un sitio de privilegio. A sus ojos no eran una masa anónima, sino personas elegidas y queridas, reunidas a su alrededor con hambre de salvación. Toda la escena tiene algo de banquete festivo, como una imagen anticipada de los tiempos mesiánicos, cuando el pueblo disfrutará de una salvación definitiva, acompañada de toda clase de bienes.


«Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14,19). Los gestos y palabras de Jesús evocan el rito que el padre de familia realizaba en la comida al partir el pan. Aquel gesto iba acompañado de una oración en la que se unían la acción de gracias, la bendición y la alabanza. Era tradición que el primer trozo de pan lo comiera quien lo bendecía y que después lo distribuyera a los demás. En esta ocasión, ante la cantidad de personas reunidas, Jesús no da los pedazos directamente a la gente, sino que se los entrega a los discípulos para que sean ellos quienes los repartan.


Los apóstoles participaron así en el milagro. A pesar de su pequeñez, se convirtieron en signo concreto de la acción omnipotente del Señor. Era evidente que con cinco panes y dos peces no se podía alimentar a una multitud tan grande. Sin embargo, lo que parecía insuficiente se transformó en una comida abundante, de la que «comieron todos y se saciaron» (Mt 14,20). También hoy el Señor cuenta con nosotros para saciar el hambre de Dios de las personas que nos rodean. Los dones que nos ha dado –la fe, los sacramentos, la vocación– no son solo para nosotros: están llamados a pasar por nuestras manos y a convertirse en alimento para muchos. San Josemaría contemplaba así esta escena: «Él podía sacar el pan de donde le pareciera…, ¡pues, no! Busca la cooperación humana: necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, ¡y es Dios! Esto nos ha de urgir a ser generosos, en nuestra correspondencia a sus gracias»[2]. Jesús podría hacerlo todo sin nosotros; pero quiere asociarnos a su compasión, para que nuestra pobreza, unida a la suya, llegue a ser abundancia para los demás.


AL FINAL del relato, el evangelista añade un detalle significativo: se recogieron «doce cestos llenos de sobras» (Mt 14,20). En esos cestos, colmados de pan y de peces, descubrimos un mensaje sobre la gratuidad y la generosidad divina. Jesús habría podido calcular con exactitud la comida necesaria para todos. En cambio, quiso que hubiera más de lo necesario y que los discípulos recogieran lo que había sobrado. De este modo nos muestra que Dios concede sus dones y sus gracias sin medida, sin los cálculos humanos de la eficacia o de la mera suficiencia.


El don por excelencia que el Señor nos ha hecho, y que queda prefigurado en este milagro, es la Eucaristía. «Pensemos en lo bonito que es –reflexiona el Papa León XIV–, cuando hacemos un regalo –quizás pequeño, acorde con nuestras posibilidades– ver que es apreciado por quien lo recibe; lo contentos que nos sentimos cuando comprobamos que, a pesar de su sencillez, ese regalo nos une aún más a quienes amamos. Pues bien, en la Eucaristía, entre nosotros y Dios, sucede precisamente esto, el Señor acoge, santifica y bendice el pan y el vino que ponemos en el altar, junto con la ofrenda de nuestra vida, y los transforma en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sacrificio de amor para la salvación del mundo»[3].


En este sacramento, Cristo se convierte en alimento para nosotros, que estamos hambrientos de verdad y de vida. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti. –Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú. –Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al sagrario y en la recepción del sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas –¡muchas!– sigan igual camino»[4]. Podemos pedir a la Virgen María un corazón eucarístico como el suyo: un corazón que sepa acudir a Cristo para saciar su propia hambre y que, unido a él, aprenda también a convertirse en alimento para los demás.



1 de agosto de 2026

AFIRMACION GOZOSA

 


Evangelio (Mt 14, 1-12)


En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.


Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.


El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


PARA TU RATO DE ORACION 



HERODES había encarcelado a Juan el Bautista y se había casado con Herodías, la mujer de su hermano. Como el profeta no aceptaba esa unión, el rey lo había metido en la cárcel. Aunque Herodías deseaba matar al Bautista, Herodes reconocía que se trataba de un hombre justo y santo, y quería protegerlo. Además de que le escuchaba con gusto, tenía miedo de que una condena así agitara al pueblo. Sin embargo, el día de su cumpleaños vio danzar a «la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese» (Mt 14,6-7). Ella, instigada por su madre, pidió la muerte del Bautista. Herodes, como no quería incumplir su juramento ni quedar mal frente a los invitados, mandó decapitar a Juan.


Todo parece indicar que Herodes carecía de convicciones buenas y firmes que pudiesen orientar sus inclinaciones más inmediatas. Podríamos decir que, según lo que conocemos de su figura, se guiaba por lo que sentía superficialmente en cada momento. Quizás así llegó a unirse a la mujer de su hermano, por eso mantuvo con vida a Juan, y por eso ofreció a la hija de Herodías lo que quisiese, aunque fuera la mitad de su reino. Afianzar la propia vida sobre algo tan inestable y peligroso como las inclinaciones más inmediatas y superficiales nos lleva, finalmente, a no saber dónde buscar la verdadera felicidad. En estas situaciones, la meta, el fin de las acciones, el porqué hacemos las cosas, cambia con tanta frecuencia que uno no sabe hacia dónde se dirige. Esto, además de producir insatisfacción, puede dar lugar a terribles injusticias como las que comete Herodes con quienes le rodean y consigo mismo.


«Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo (...). De aquí surge el riesgo de transcurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas»[1]. Podemos pedir a Dios que nos ayude a identificar los deseos más profundos que él mismo ha puesto en nuestro corazón para que, trabajando por purificarlos en el camino de la vida, sean la guía que nos oriente hacia la felicidad con él, en la tierra y en el cielo.


HERODES, al escuchar la petición de la hija de Herodías, «se entristeció» (Mt 14,9). Intuía que iba a realizar algo que, en realidad, no deseaba. Por la pasión que le había provocado aquella mujer, por no haber educado a su corazón para gustar ordenadamente del bien y de la belleza, iba a mandar matar a una persona que consideraba respetable. Y esa decisión le llenaba de tristeza, pues iba a sacrificar a alguien a quien estimaba.


Aprender a educar el corazón para lo valioso, en cambio, nos llena de alegría, porque nos permite ser quienes de verdad queremos ser. Aprendemos a gozar con lo verdaderamente bueno, porque crece en nosotros una complicidad con la presencia de Dios en las personas y en todo lo creado. Educar nuestros deseos refuerza nuestra identidad, nos protege ante tantos peligros del camino. Un corazón como el de Herodes sacrifica lo que realmente vale la pena –su matrimonio o la vida de Juan– por un destello de placer; un corazón puro, en cambio, vibra con lo valioso, lo disfruta, no se deja dominar por lo efímero o superficial.


En este sentido, san Josemaría decía que la castidad «es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»[2]. La castidad no consiste en ignorar nuestra afectividad ni en oponerse a lo que sentimos. Aunque es cierto que en algunos momentos implica actuar contra alguna inclinación inmediata, este no es el objetivo de la virtud sino, más bien, el de educar nuestro corazón para disfrutar con bienes más grandes, con lo que de verdad llena nuestra alma.


QUIZÁ todos tenemos la experiencia de estar siguiendo una película, una serie o un libro con especial interés. Nuestros sentidos se encuentran centrados en aquello que ha atraído nuestra atención. La trama nos tiene tan atrapados que no damos importancia a lo que nos sucede alrededor o a las preocupaciones que antes llenaban nuestra cabeza. Sin desmerecer el valor de los formatos que contribuyen al entretenimiento, la imagen de los sentidos sometidos a una fuerza externa quizá puede ayudar a ilustrar aquella sugerencia de san Josemaría para vivir el cuidado del corazón: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[3]. Si uno lleva un mundo dentro de sí –hecho de cosas grandes, humanas y divinas, hacia las que dirigimos nuestra ilusión y nuestro tiempo–, las tentaciones contra la castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir: serán percibidas como una amenaza a la armonía del propio mundo interior, nos complican seguir con atención aquello que realmente nos interesa.


La castidad nos permite conectar afectivamente con las demás personas, y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo genuinamente divertido. En cambio, la falta de esta virtud impide muchas veces gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones personales, pues se perciben como poco relevantes o insípidas. Por eso, decía también san Josemaría: «No me ha gustado nunca hablar de impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así –con sacrificio– [el hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[4]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a hacer crecer en nuestra alma la virtud de la castidad, para poder apreciar así el genuino sabor de una vida junto a su Hijo.

31 de julio de 2026

FE EN LO ORDINARIO

 


Evangelio (Mt 13, 54-58)


Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?


Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.


Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUENTA san Lucas que Jesús, cuando comenzó su vida pública, rondaba los treinta años (cfr. Lc 3,23). Hasta entonces, el Señor había vivido con su familia, primero en Belén y después, tras un breve período en Egipto, en una aldea llamada Nazaret. Un día, Jesús dejó su hogar y se marchó rumbo al desierto de Judea para ser bautizado por Juan. Más tarde, se instaló en Cafarnaún, donde volvía a descansar con sus discípulos después de sus correrías apostólicas.


En una ocasión el Señor regresó a Nazaret, como escala en su recorrido por los pueblos y aldeas de Galilea. Volvía al que fuera su hogar durante tantos años, pero lo hacía como el maestro del que todo el mundo hablaba. La fama de su enseñanza y de sus milagros lo precedían. Y tan era así que sus paisanos, admirados, decían: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,54-56).


Trabajo, familia, amistad, relaciones sociales… Los vecinos de Jesús nos indican las coordenadas en las que se había desarrollado la vida del Señor durante aquellos primeros treinta años. Y se sorprenden. Pero todas esas actividades, tan normales a los ojos de cualquiera, tuvieron un sentido redentor. Las horas pasadas en el taller, las conversaciones con sus amigos, las reuniones de familia… Todo eso contribuyó a la salvación de los hombres y a restaurar nuestra comunión con Dios[1]. Cristo nos muestra así que nuestro día a día también puede tener una dimensión más profunda que la que se puede apreciar a simple vista. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[2].


LOS PAISANOS de Jesús no habían sido capaces de reconocer la santidad escondida en aquella vida corriente, igual a la que ellos llevaban, que había transcurrido durante años delante de sus ojos. Y ahora que veían un poco de los frutos maduros de aquella vida santa de Jesús, «se escandalizaban de él» (Mt 13,57). Para explicarles que su reacción es en cierto modo natural, el Señor recurre a un refrán popular: «No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa» (Mt 13,57).


Como a los vecinos de Jesús, la posibilidad de una santidad tan normal a veces puede resultar sorprendente. Quizá pensamos que, para ser santos, es necesario realizar una hazaña importante o bien llevar una existencia perfecta, sin tacha. En realidad, gracias a Dios podemos contemplar en nuestro día a día a muchas personas que, a través de sus ocupaciones realizadas con amor, nos muestran la normalidad de la vida cristiana. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (...). Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo»[3].


En muchos casos, esos signos de santidad los hemos contemplado por primera vez en nuestros padres. Ellos fueron quienes sembraron en nosotros la semilla de la fe y nos sacaron adelante sin ahorrarse ningún sacrificio. Así le ocurrió, por ejemplo, a san Josemaría. En su adolescencia, había cosas en la conducta de sus padres que no entendía, y se rebelaba interiormente. Con el paso de los años, fue creciendo en la conciencia de aquella santidad que le había pasado oculta. «Lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen… Yo he encontrado bien cerca de mi corazón buenos modelos, que se limitaban a encajar con noble alegría las desdichas, a no exagerar el peso de la santa cruz y a no descuidar sus obligaciones de estado. Mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo»[4].


SAN MATEO cierra la narración señalando que Jesús «no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe» (Mt 13,58). San Marcos, en el pasaje paralelo, añade que es el Señor quien se escandaliza por la incredulidad de sus paisanos (cfr. Mc 6,6). A lo largo del Evangelio vemos que Cristo se sorprende en varias ocasiones por la falta de fe. Repetidas veces dirige a la gente o a los discípulos una queja llena de asombro: «¡Hombres de poca fe!» (Mt 14,31; Mt 16,8; Mt 17,20; Lc 12,28); «si no veis signos y prodigios, ¡no creéis!» (Jn 4,48).


Jesús nos enseña que la fe es una virtud para ejercitar en la vida cotidiana. Desde un punto de vista humano, quizá nos parece que necesitamos cosas extraordinarias y aparatosas para encender nuestra fe. Pero el Señor tiene una lógica diversa. Él ama lo ordinario porque ve constantemente en ello la maravillosa acción de su Padre y la invitación a colaborar con él: «Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6, 26); «mirad los lirios del campo… Dios los viste así» (Mt 6, 28.30); «mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo» (Jn 5, 17).


En unión con Jesús, estamos llamados a dejar que en nuestras circunstancias ordinarias se despliegue su vida divina, en un constante ejercicio de la fe y, con ella, de la esperanza y de la caridad. «Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo»[5]. Nuestro Padre Dios conserva como un tesoro cada instante de nuestra existencia cotidiana, como hizo la Virgen María con aquellos años ocultos de su hijo. Mientras «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52), a su madre no se le escapaba esa santidad cotidiana, y la fue atesorando en su corazón (cfr. Lc 2,51). Ella nos ayudará a descubrir la santidad de la normalidad, y a revivir en cada una de nuestras jornadas la vida oculta de Jesús.

30 de julio de 2026

LA IGLESIA ES SANTA

 


Evangelio (Mt 13,47-53)


Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?


– Sí -le respondieron.


Él les dijo:


– Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.


Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNOS APÓSTOLES eran pescadores del mar de Galilea. Al convivir con ellos, Jesús se familiarizó con las faenas de su oficio; o bien las conocía de antes por desplazamientos a otras poblaciones costeras. Sea de un modo o de otro, muchos de los que acudían a escuchar su predicación vivían en los pueblos situados en los alrededores del lago. Por eso, no es extraño que el Maestro ilustre sus enseñanzas con ejemplos de barcas, redes y peces: «El Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera» (Mt 13, 47-48).


Jesús compara su Reino con una red que recoge peces de todo tipo. Los apóstoles sabían bien que en el lago había muchas especies, pero no todas tenían la misma calidad. Cuando echaban la red barredera, no se detenían a clasificar lo que iban capturando: ya lo harían después, en la orilla, cuando llegue la hora de la selección. Entonces dejarán las redes en la arena y comenzarán la división: los aprovechables se recogerán en cestas, y los malos se tirarán fuera.


La red barredera es, en cierto sentido, una imagen de la Iglesia, que tiene gran parte en traer el Reino de Dios a la tierra. También en la Iglesia coexisten todo tipo de peces, y así sucederá hasta el final de los tiempos. Nosotros mismos luchamos para, a través del camino de la humildad, no ser esa parte que se tira fuera. La Iglesia es «un pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia –señalaba san Josemaría–. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: todos somos polvo y ceniza»[1]. Al mismo tiempo, sabemos que estas debilidades no conforman el panorama definitivo del pueblo de Dios. Por su gracia, siempre podemos percibir signos de santidad en las personas que nos rodean y en quienes nos apoyamos; ellas nos muestran «el rostro más bello de la Iglesia»[2].


LA IGLESIA es santa porque su fundador, Cristo, es santo. «Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»[3]. Sus hijos la amamos porque en ella está Jesús y en ella encontramos los medios de santificación, la doctrina y los sacramentos.


Los cristianos también estamos llamados a esa santidad. En efecto, no se trata de llevar una existencia perfecta, sin defectos; de hecho la Iglesia es santa aunque en su seno se encuentren personas con debilidades. Por eso lo decisivo en la santidad no es tanto la ausencia de errores –algo imposible, por otra parte–, sino el deseo vivo de permanecer en unión con Cristo, que sea él quien tome las riendas de nuestra vida del mismo modo en que él guía a la Iglesia.


«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[4]. Cada santo refleja el rostro de Jesús. De ahí que, en el fondo, la santidad sea «vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús»[5]. Contemplar estos misterios nos ayudará a manifestarlos en el día a día, adecuados perfectamente a nuestro temperamento y a nuestra manera de ser, purificándolos. Con la lectura frecuente del Evangelio podemos empaparnos de ese modo de ser de Cristo y forjar en nosotros su imagen para reflejarla en el mundo.


EN LA IGLESIA conviven la belleza de la santidad, con la fealdad del pecado; la grandeza de corazones generosos, con la mezquindad de otros; la fortaleza que llega hasta el heroísmo, con la debilidad que puede acabar en traición. Por eso, nuestra Madre es santa y, a la vez, en sus fieles, siempre necesitada de purificación y conversión. En cualquier caso, además de empeñarnos humildemente en nuestra propia santidad, «cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño. Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos»[6].


En numerosas ocasiones, Jesucristo predicó que no había venido a curar a los que estaban sanos, sino a los enfermos. Con sus palabras y sus gestos manifestaba que estaba más interesado en los pecadores que en los que se creían ya justificados. Por eso, en su día a día el Maestro no dudaba en acercarse a aquellos que, exteriormente, podía parecer que estaban lejos de Dios: les dirigía su palabra, les invitaba a vivir con él y a seguirle.


La familia que Jesús formó con sus seguidores no era una comunidad de hombres y mujeres perfectos, cerrada en sí misma. Por eso, la Iglesia está llamada a ser también una casa con las puertas abiertas para que todos los que quieran puedan entrar, sin distinción alguna, pues la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4). Las puertas de nuestro corazón estarán siempre abiertas para que cualquiera pueda saciar su sed de Dios. Podemos pedir a María, Madre de la Iglesia, que sepamos reflejar en nuestra vida el rostro del santo pueblo de Dios.