"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de marzo de 2026

LUZ DE NUESTRAS VIDAS

 


Evangelio (Jn 7,40-53)

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: — Éste es verdaderamente el profeta.

Otros: — Éste es el Cristo. En cambio, otros replicaban: — ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?

Se produjo entonces un desacuerdo entre la multitud por su causa. Algunos de ellos querían prenderle, pero nadie puso las manos sobre él.

Volvieron los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: — ¿Por qué no lo habéis traído?

Respondieron los alguaciles: — Jamás habló así hombre alguno.

Les replicaron entonces los fariseos: — ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso alguien de las autoridades o de los fariseos ha creído en él? Pero esta gente, que desconoce la Ley, son unos malditos.

Nicodemo, aquel que ya había ido antes adonde Jesús y que era uno de ellos, les dijo:

— ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y conocer lo que ha hecho?

Le respondieron: — ¿También tú eres de Galilea? Investiga y te darás cuenta de que ningún profeta surge de Galilea. Y se volvió cada uno a su casa.


PARA TU RATO DE ORACION 



ES EL TERCER año de la vida pública del Señor. Son días de controversias con los fariseos y con otros jefes del pueblo. Jesús se encuentra en Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los tabernáculos. Las calles de la ciudad se llenan de cabañas hechas con ramas, para recordar el paso de Israel por el desierto tras su liberación de Egipto. En esta fiesta se daba gracias a Dios por las cosechas y la vendimia, ya que se celebraba entre septiembre y octubre, al final del año agrícola; se pedía su bendición para el futuro, con la mirada puesta en el salvador prometido.

En ese marco festivo, con mucha afluencia de peregrinos, los sumos sacerdotes y los doctores de la ley temen que Jesús pueda ser proclamado Mesías, así que mandan algunos guardianes del Templo para que lo apresen. Probablemente no eran muchos, pero no se veían en condiciones de ejercer la fuerza sin provocar una revuelta. Es posible que llegaran al lugar donde se encontraba el Señor hablando a sus discípulos, y se quedasen a un lado, esperando hasta el final. Así podrían detenerlo discretamente, sin que la multitud se agitase. En esa espera, le oyen hablar, y las palabras de Jesús llegan a sus corazones. Algo se remueve en sus almas y desisten del propósito inicial que les había llevado hasta allí. Cuando vuelven a dar cuentas a los sumos sacerdotes y fariseos, estos preguntan indignados: «¿Por qué no lo habéis traído?» (Jn 7,45). Y la respuesta de los guardianes es elocuente: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46).

Llama la atención el contraste entre estos dos grupos de personajes. Los sumos sacerdotes y los doctores de la ley quizás tienen el alma endurecida, no quieren escuchar a Jesús; su corazón está envuelto en una coraza de prejuicios. Cuando dialogan con el Maestro, se trata de un diálogo aparente, solo quieren retorcer sus palabras. En cambio, los guardianes del templo son personas más sencillas y honestas, sus disposiciones interiores les permiten escuchar sin barreras a Cristo. Y en ese encuentro personal quedan conquistados. Estos personajes secundarios del Evangelio nos recuerdan la necesidad de escuchar la Palabra de Dios con un corazón sencillo, de manera que, al acogerla, sea realmente luz que oriente nuestra vida.


«OJALÁ ESCUCHÉIS hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 96,7). La Iglesia nos repite incansablemente durante la Cuaresma estas palabras del salmo. Nos recuerda así que nuestro corazón puede tender a endurecerse, incluso cuando ya llevamos tiempo, quizá muchos años, deseando e intentando vivir como cristianos. Los sumos sacerdotes y fariseos no lograban ver nada positivo en Jesús, que era la verdad, la luz y la bondad. Su mirada, oscurecida, solo estaba dispuesta a fijarse en lo aparentemente negativo.

Frente a lo que acontece a nuestro alrededor, podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. De algún modo, esta elección condiciona nuestra manera de percibir la realidad. Mediante la oración, podemos unirnos a la mirada que viene de Dios, que «no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene»[1]. Solo él sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas.

Sabemos bien que, quien se sabe hijo de un Dios que es Padre y que ha vencido al mal, no odia a nadie ni mira el mundo con ojos pesimistas. La fe y la caridad nos impulsan, en cambio, a fijarnos antes que nada en el bien, a admirarnos por la belleza que nos rodea; a cultivar, en palabras de san Josemaría, «una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[2]. El cristianismo es novedad, luz, salvación, amor a cada persona. «La mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña»[3].


LOS GUARDIANES del templo, por su parte, supieron valorar las palabras de Jesús. Se daban cuenta de que no estaban oyendo a un rabino cualquiera: allí había algo más, algo radicalmente distinto. El Evangelio señala que «les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas» (Mc 1,22). Las palabras de Jesús estaban avaladas por los signos que hacía y por el ejemplo de su vida. Nunca hubo un hombre más identificado con su mensaje, ya que el mensaje era su misma persona: él era el amor de Dios encarnado, la reconciliación con el Padre, quien revela el hombre al mismo hombre[4].

Jesús revelaba la verdad con autoridad y profundidad. Pero lograba hacerlo de manera sencilla, con un lenguaje ligado a la existencia cotidiana de quienes le escuchaban. Según sus disposiciones, cada uno podía acoger bien o mal aquel anuncio, pero las palabras de Jesús tocaban la vida de sus oyentes. Junto a esto, las mujeres y hombres de corazón bien dispuesto podían percibir otra característica en las palabras de Cristo: su benevolencia. Se daban cuenta de que les hablaba desde el corazón, de que no le interesaba quedar bien ni arrancar aplausos, sino que hablaba movido solo por el ánimo de ayudar, de consolar, de salvar. En sus palabras descubrían el amor de Dios hacia cada uno.

También hoy, «a nadie niega Jesús su palabra, y es una palabra que sana, que consuela, que ilumina»[5]. Leyendo y meditando el Evangelio podemos encontrar personalmente a Cristo, de manera que sea luz de nuestras vidas. Como los guardianes del Templo, podremos exclamar: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). María, que acogió en sí a la Palabra de Dios, nos puede ayudar en este camino.



20 de marzo de 2026

POR QUE SUFRIMOS.?

 

Evangelio (Jn 7,1-2. 10. 25-30)

Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarle.

Pronto iba a ser la fiesta judía de los Tabernáculos. 

Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, no públicamente sino como a escondidas.

Entonces, algunos de Jerusalén decían:

—¿No es éste al que intentan matar? Pues mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Acaso habrán reconocido las autoridades que éste es el Cristo? Sin embargo sabemos de dónde es éste, mientras que cuando venga el Cristo nadie conocerá de dónde es.

Jesús enseñando en el Templo clamó:

—Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio, yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis, es veraz. Yo le conozco, porque de Él vengo y Él mismo me ha enviado.

Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN CIERTO MOMENTO, el libro de la Sabiduría describe el modo de pensar y de actuar de los que denomina «impíos». Posiblemente eran judíos apóstatas que, influidos por un modo de pensar materialista y hedonista, habían abandonado la fe de sus padres. El autor sagrado los presenta como hombres que se lamentan por el sinsentido de la existencia y que, por eso mismo, la afrontan con entrañas de crueldad: se guían por la ley del más fuerte, maltratan a los débiles e indefensos y, arrebatados por sus pasiones, no soportan la rectitud del justo.

«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso –dicen en la Sagrada Escritura–: se opone a nuestro modo de actuar (…), presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes» (Sab 2,12-15). Esta descripción del «justo» es un retrato de los profetas que encontramos a lo largo de la historia de la salvación: hombres elegidos por Dios, fieles a su misión, que con frecuencia sufrieron rechazo y persecución de los poderosos, a veces incluso hasta la muerte. Pero aquella descripción compone, sobre todo, el retrato de Jesucristo.

El Señor fue perseguido desde los primeros compases de su predicación y, de manera cada vez más enconada, conforme hacía milagros y era admirado por el pueblo. Murmuraron contra él, le arrojaron encima la sombra de la duda, se esforzaron en tenderle trampas dialécticas. Pero la reacción de Jesús es sorprendente: «Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio»[1].


DESDE los orígenes y a lo largo de los siglos, la historia de la Iglesia ha estado marcada por la persecución. En la Iglesia ha habido mucho heroísmo, en su mayor parte discreto y oculto. Son muy numerosos los cristianos que, siguiendo las palabras de san Pablo, han vencido el mal con el bien (cfr. Rm 12,21). Y así sigue ocurriendo hoy, cuando tantos hermanos nuestros, en un número no tan reducido de países, siguen arriesgando sus posibilidades profesionales, su estabilidad, su libertad o hasta la misma vida para ser fieles a Jesucristo. «Hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia»[2].

Rezamos por los cristianos perseguidos. Y, a la vez, ¡cuánto podemos aprender de ellos! El ejemplo de sus vidas, animadas por la gracia, nos enseña de modo patente qué significa no poner límites al amor a Dios. Recordarles nos sirve también para nuestra vida cotidiana, ante las pequeñas o grandes cosas en las cuales queremos manifestar nuestro amor. Su herencia es una herencia de fidelidad a Jesucristo. Hallaron la fuerza en su debilidad (cfr. Hb 11,34) porque mantuvieron la mirada fija en Cristo crucificado mientras estaban «en la soledad de las prisiones, en las últimas horas después de la sentencia a muerte, en las largas noches de espera de una mano asesina inminente, en el frío del campo de concentración, en el dolor y en el cansancio de marchas insensatas»[3]. Ser coherederos de tantos santos nos llena de orgullo. Y, al mismo tiempo, nos puede llevar a pedir humildad para que el Espíritu Santo nos llene a nosotros también de su fortaleza.


«JESÚS estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante este tiempo»[4]. Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, se mantiene en agonía en cada mujer y en cada hombre que sufre, que padece persecución, que es despreciado o injustamente incomprendido. El cristiano no puede ser indiferente al sufrimiento de esas personas. Algunas quizá estén lejos físicamente de nosotros. Pero tal vez otras están cerca. «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Podemos pedir al Señor que estas palabras suyas se mantengan vivas en nosotros; que nos conceda un corazón sabio y sensible, capaz de percibir la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos, de manera que estemos disponibles para ayudar.

Estos días de Cuaresma son propicios para contemplar la pasión de Cristo: a Jesús despreciado, torturado por los soldados, mirado con indiferencia por Pilatos, abandonado por sus discípulos, azotado con látigos, llevando la cruz y muriendo en ella lleno de mansedumbre; sin embargo, «todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»[5]. Ver a Jesús nos llevará a purificar poco a poco nuestra mirada, de manera que sepamos advertir los sufrimientos de tantas personas, especialmente de quienes nos rodean, y tener una compasión creativa que alivie a los demás.

María permaneció junto a su hijo al pie de la cruz. Vio su mansedumbre y paciencia. Muy posiblemente le escuchó decir aquellas inolvidables palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Podemos acudir a su intercesión para que nos ayude a todos los cristianos a vencer el mal con el bien: algunos estarán llamados a hacerlo en situaciones dolorosas y difíciles; otros, en situaciones más ordinarias. Que todos, contemplando a Jesús en la cruz, aprendamos a amar a nuestros semejantes con misericordia y comprensión.

19 de marzo de 2026

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ

 

Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


PARA TU RATO DE ORACION



Celebramos la fiesta de San José, Nuestro Padre y Señor, protector y patrono de la Iglesia universal y de esta familia de hijas e hijos de Dios que es el Opus Dei. A veces pienso que os habréis preguntado: ¿cómo es posible que la devoción a San José tenga en la Obra esta raíz, esta hondura, si es una devoción relativamente reciente, puesto que ha comenzado a florecer en Occidente hacia el siglo XVI? Os responderé entonces que el cariño, la piedad, la devoción a San José, es consecuencia de nuestra vida contemplativa. Porque todos en la Obra estamos obligados a tratar mucho a Jesús y a la Virgen Santísima; y no se puede tratar íntimamente al Señor y a su Madre, a nuestra Madre bendita, si no estamos muy familiarizados con el Santo Patriarca, que era el jefe de la Familia de Nazaret.

De otra parte, hijos, la Iglesia nos lo ha propuesto, con razón, como Patrono de la vida interior. ¿Quién con más vida interior que José? ¿Qué criatura tuvo un trato más íntimo con Jesús y con María? ¿Quién más humilde que José, que pasa totalmente inadvertido?

Hace unos días, leyendo en la misa un pasaje del libro de los Reyes, me vino a la mente y al corazón el pensamiento de la sencillez que el Señor nos pide en esta vida, que es la misma que vivió José. Cuando Naamán, aquel general de Siria, va por fin a ver a Eliseo para ser curado de su lepra, el profeta le pide una cosa sencilla: «Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne recobrará la salud, y quedarás limpio»[1]. Aquel hombre arrogante piensa: ¿acaso los ríos de mi tierra no son de agua tan buena como los de esta tierra de Eliseo? ¿Para eso me he movido yo de Damasco? Esperaba algo llamativo, extraordinario. ¡Y no! Estás manchado; ve y lávate, le dice el profeta. No una vez sola, sino bastantes: siete. Yo pienso que es como una figura de los sacramentos.

Todo esto me recordó la vida sencilla, oculta, de José, que no hace más que cosas ordinarias. San José pasa totalmente inadvertido. La Sagrada Escritura apenas nos habla de él. Pero nos lo muestra realizando la labor de jefe de familia.

Por eso también, si San José es Patrono para nuestra vida interior, si es acicate para nuestro andar contemplativo, si es su trato un bien para todos los hijos y las hijas de Dios en su Opus Dei; para los que en la Obra tienen función de gobierno, San José me parece un ejemplo excelente. No interviene sino cuando es necesario, y entonces lo hace con fortaleza y sin violencia. Este es José.

No os extrañe, pues, que la misa de su fiesta comience diciendo: «Iustus ut palma florebit»[2]. Así ha florecido la santidad de José. «Sicut cedrus Lybani multiplicabitur»[3]. Pienso en vosotros. Cada uno en el Opus Dei es como un gran padre o madre de familia, y tiene la preocupación de tantas y tantas almas en el mundo. Cuando explico a las hijas o hijos míos jóvenes que, en la labor de San Rafael, deben tratar especialmente a tres o cuatro o cinco amigos; que de esos amigos quizá sólo hay dos que encajarán, pero que después cada uno de ellos traerá tres o cuatro más, cogidos de cada dedo, ¿qué es esto sino florecer como el justo y multiplicarse como los cedros del Líbano?

«Plantatus in domo Domini: in atriis domus Dei nostri»[4]. Como José, todos los hijos míos están seguros, con el alma dentro de la casa del Señor. Y esto viviendo en medio de la calle, en medio de los afanes del mundo, sintiendo las preocupaciones de sus colegas, de los demás ciudadanos, nuestros iguales.

No es de extrañar que la liturgia de la Iglesia aplique al Santo Patriarca estas palabras del libro de la Sabiduría: «Dilectus Deo et hominibus, cuius memoria in benedictione est»[5]. Nos dice que es amado del Señor, y nos lo pone como modelo. Y nos invita también a que los buenos hijos de Dios –aunque seamos unos pobres hombres, como lo soy yo– bendigamos a este hombre santo, maravilloso, joven, que es el Esposo de María. Me lo han esculpido viejo, en un relieve del oratorio del Padre. ¡Y no! Lo he hecho pintar, joven, como me lo imagino yo, en otros lugares; quizá con algunos años más que la Virgen, pero joven, fuerte, en la plenitud de la edad. En esa forma clásica de representar a San José anciano, late el pensamiento –demasiado humano– de que una persona joven no tiene facilidad para vivir la virtud de la pureza. No es cierto. El pueblo cristiano le llama Patriarca, pero yo lo veo así: joven de corazón y de cuerpo, y anciano en las virtudes; y, por eso, joven también en el alma.

Glorificavit illum in conspectu regum, et iussit illi coram populo suo, et ostendit illi gloriam suam»[6]. No lo olvidemos: el Señor quiere glorificarle. Y nosotros lo hemos metido en la entraña de nuestro hogar haciéndole también Patriarca de nuestra casa. Por eso la fiesta más solemne e íntima de nuestra familia, aquella en la que nos reunimos todos los socios de la Obra pidiendo a Jesús, Salvador nuestro, que envíe obreros a su mies, está especialmente dedicada al Esposo de María. Entonces es también mediador; entonces es el amo de la casa; entonces descansamos en su prudencia, en su pureza, en su cariño, en su poder. ¿Cómo no va a ser poderoso, Nuestro Padre y Señor San José?


¡Cuántas veces me he removido leyendo esa oración que la Iglesia propone a los sacerdotes para recitar antes de la misa!: «O felicem virum, beatum Ioseph, cui datum est, Deum, quem multi reges voluerunt videre et non viderunt, audire et non audierunt…». ¿No habéis tenido como envidia de los Apóstoles y de los discípulos, que trataron a Jesucristo tan de cerca? Y después, ¿no habéis tenido como vergüenza, porque quizá –y sin quizá: yo estoy seguro, dada mi debilidad– hubierais sido de los que se escapaban, de los que huían bellacamente y no se quedaban junto a Jesús en la Cruz?


«…quem multi reges voluerunt videre et non viderunt, audire et non audierunt; non solum videre et audire, sed portare, deosculari, vestire et custodire!». No os lo puedo ocultar. Algunas veces, cuando estoy solo y siento mis miserias, cojo en mis brazos una imagen de Jesús Niño, y lo beso y le bailo… No me da vergüenza decíroslo. Si tuviésemos a Jesús en nuestros brazos, ¿qué haríamos? ¿Habéis tenido hermanos pequeños, bastante más pequeños que vosotros? Yo, sí. Y lo he cogido en mis brazos, y lo he mecido. ¿Qué hubiera hecho con Jesús?


«Ora pro nobis, beate Ioseph»[7]. ¡Claro que hemos de decir así!: «Ut digni efficiamur promissionibus Christi». San José, ¡enséñanos a amar a tu Hijo, nuestro Redentor, el Dios Hombre! ¡Ruega por nosotros, San José!


Y seguimos considerando, hijos míos, esta oración que la Iglesia propone a los sacerdotes antes de celebrar el Santo Sacrificio.


«Deus, qui dedisti nobis regale sacerdotium…»[8]. Para todos los cristianos el sacerdocio es real, especialmente para los que Dios ha llamado a su Obra: todos tenemos alma sacerdotal. «Præsta, quæsumus; ut, sicut beatus Ioseph unigenitum Filium tuum, natum ex Maria Virgine…». ¿Habéis visto qué hombre de fe? ¿Habéis visto cómo admiraba a su Esposa, cómo la cree incapaz de mancilla, y cómo recibe las inspiraciones de Dios, la claridad divina, en aquella oscuridad tremenda para un hombre integérrimo? ¡Cómo obedece! «Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto»[9], le ordena el mensajero divino. Y lo hace. ¡Cree en la obra del Espíritu Santo! Cree en aquel Jesús, que es el Redentor prometido por los Profetas, al que han esperado por generaciones y generaciones todos los que pertenecían al Pueblo de Dios: los Patriarcas, los Reyes…


«…ut, sicut beatus Ioseph unigenitum Filium tuum, natum ex Maria Virgine, suis manibus reverenter tractare meruit et portare…». Nosotros, hijos míos –todos, seglares y sacerdotes–, llevamos a Dios –a Jesús– dentro del alma, en el centro de nuestra vida entera, con el Padre y con el Espíritu Santo, dando valor sobrenatural a todas nuestras acciones. Le tocamos con las manos, ¡tantas veces!


«…suis manibus reverenter tractare meruit et portare…». Nosotros no lo merecemos. Sólo por su misericordia, sólo por su bondad, sólo por su amor infinito le llevamos con nosotros y somos portadores de Cristo.


«…ita nos facias cum cordis munditia…»[10]. Así, así quiere Él que seamos: limpios de corazón. «Et operis innocentia –la inocencia de las obras es la rectitud de intención– tuis sanctis altaribus deservire». Servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida.


«…Ut sacrosantum Filii tui corpus et sanguinem hodie digne sumamus, et in futuro sæculo præmium habere mereamur æternum»[11]. Hijos míos: enseñanzas de padre, las de José; enseñanzas de maravilla. Acaso exclamaréis, como digo yo con mi triste experiencia: no puedo nada, no tengo nada, no soy nada. Pero soy hijo de Dios y el Señor nos anuncia, por el salmista, que nos llena de bendiciones amorosas: «Prævenisti eum in benedictionibus dulcedinis»[12], que de antemano nos prepara el camino nuestro –el camino general de la Obra y, dentro de él, el sendero propio de cada uno–, afianzándonos en la vía de Jesús, y de María, y de José.


Si sois fieles, hijos, podrán decir de vosotros lo que de San José, el Patriarca Santo, afirma la liturgia: «Posuisti in capite eius coronam de lapide pretioso»[13]. ¡Qué tristeza me produce ver las imágenes de los Santos sin aureola! Me regalaron –y me conmoví– dos pequeñas imágenes de mi amiga Santa Catalina, la de la lengua suelta, la de la ciencia de Dios, la de la sinceridad. Y enseguida he dicho que les pongan aureola; una corona que no será de lapide pretioso, pero que tendrá buena apariencia de oro. Apariencia sólo, como los hombres.


Mirad: ¿qué hace José, con María y con Jesús, para seguir el mandato del Padre, la moción del Espíritu Santo? Entregarle su ser entero, poner a su servicio su vida de trabajador. José, que es una criatura, alimenta al Creador; él, que es un pobre artesano, santifica su trabajo profesional, cosa de la que se habían olvidado por siglos los cristianos, y que el Opus Dei ha venido a recordar. Le da su vida, le entrega el amor de su corazón y la ternura de sus cuidados, le presta la fortaleza de sus brazos, le da… todo lo que es y puede: el trabajo profesional ordinario, propio de su condición.


gran serenidad. «Et iustitia eius», la justicia de Dios, la lógica de Dios, «manet in sæculum sæculi»[17], permanecerá por los siglos de los siglos, si no la echamos fuera de nuestra vida, por el pecado. Esa justicia de Dios, esa santidad que Él ha puesto en nuestra alma, exige –siempre con alegría y con paz– una lucha interior personal que no es de ruido, de alboroto: es algo más intenso, como muy nuestro, que no se pierde a no ser que nos rompamos, a no ser que lo quebremos como si fuera un cántaro de barro. Para arreglarlo están las Normas, está la confesión y la conversación fraterna con el Director. ¡Y de nuevo la paz, la alegría! ¡Y otra vez a sentir más deseos de cumplir los mandamientos del Señor, más ambición buena de servir a Dios y, por Él, a las criaturas todas!

«Cum esset desponsata Mater Iesu Maria Ioseph…: estando desposada su Madre María con José, sin que antes hubieran estado juntos, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo»[18]. Es como la piedra de toque de la santidad admirable de este varón perfecto que es José. «Ioseph autem, vir eius, cum esset iustus et nollet eam traducere…»[19]; pero José, su esposo, siendo, como era, justo, y no queriendo infamarla… No, no podía en conciencia. Sufre. Sabe que su esposa es inmaculada, que es un alma sin mancilla, y no comprende el prodigio que se ha obrado en ella. Por eso, «voluit occulte dimittere eam, deliberó dejarla secretamente»[20].Tiene una vacilación, no sabe qué hacer, pero lo resuelve de la manera más limpia.

«Hæc autem eo cogitante…». Mientras pensaba estas cosas, le llega la luz de Dios. ¡El Señor no nos faltará nunca, hijos, tened confianza! «Ecce, Angelus Domini apparuit in somnis… Estando él en este pensamiento, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo»[21]. Es el primer hombre que recibe esta declaración divina de la realidad de la Redención, que se estaba ya realizando. «Pariet autem filium, et vocabis nomen eius Iesum… De modo que dará luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, pues Él es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados»[22]. Y José se queda tranquilo, sereno, lleno de paz.

Hijos míos: ¿no merece este hombre todo el amor, todo el agradecimiento nuestro? ¿No es un ejemplo de fe y de fortaleza? ¿No es un modelo de limpieza de alma y de cuerpo? ¿No es nuestro Padre y Señor? Padre y Señor lo he llamado yo, desde hace tantos años, y así le llamáis vosotros en el mundo entero.

Mirad. A mí, y pienso que a vosotros también, me da mucho consuelo esta otra oración que nos propone la Iglesia Santa para recitarla después de la misa: virginum custos et pater… ¿Por qué no lo entienden esos desgraciados, que no quieren mirar con ojos limpios la castidad ni el amor santo de nuestros padres; esas personas a quienes no cabe en la cabeza que una criatura débil pueda guardar su ser entero –cuerpo y alma– para Dios? Si somos débiles, Dios pondrá su fuerza. Yo soy muy débil, pero el Señor me dará toda su fortaleza.

«Virginum custos et pater, sancte Ioseph, cuius fideli custodiæ ipsa Innocentia Christus Iesus et Virgo virginum Maria commissa fuit…». Bienaventurado José, custodio y padre de las vírgenes, a cuyo cuidado fidelísimo fue entregada la Inocencia misma, Jesucristo, y la Virgen de las vírgenes, María. ¿Puede haber un sacerdote, un alma verdaderamente cristiana, que lea esto y no se remueva? Todos los hijos míos, que tienen alma sacerdotal, se encenderán en devoción, en confianza, en aclamación, en cariño a José, Nuestro Padre y Señor.

«Te per hoc utrumque carissimum pignus Iesum et Mariam obsecro et obtestor, ut me, ab omni immunditia præservatum, mente incontaminata, puro corde et casto corpore Iesu et Mariæ semper facias castissime famulari». Te suplicamos, por Jesús y por María, a quienes recibiste en prenda, que nos preserves de toda inmundicia y que –con espíritu limpio, corazón puro y cuerpo casto– nos hagas servir siempre a Jesús y a María.

Hijos míos: hemos considerado juntos cómo es un milagro grande que en la Obra, desde el principio, se haya vivido esta vinculación al Santo Patriarca. Él es nuestro Patrono principal, y es también el jefe de nuestra familia: porque le pedimos que envíe más hijos a la Obra, porque en este día nos ligamos con lazos de amor y acostumbramos a renovar nuestra entrega, poniendo en manos de José y de María nuestra vinculación al Opus Dei.

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18 de marzo de 2026

DESCUBRIR LA VERDADMAS INTIMA

 



Evangelio (Jn 5, 17-30)

Jesús les replicó:

-Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo. Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Respondió Jesús y les dijo:

-En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que éstas para que vosotros os maravilléis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere. El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le ha enviado. ‘En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio sino que de la muerte pasa a la vida. 

En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán, pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y le dio la potestad de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.’


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS HABÍA curado a un paralítico en día de sábado y, para nuestro asombro, los maestros de la ley se quedan atrapados en esa circunstancia del calendario, en lugar de creer en la libre manifestación de Dios: basándose en una rígida interpretación de la Sagrada Escritura, no están dispuestos a admitir que alguien pueda realizar actividades en sábado, ni siquiera milagros o curaciones. No se han abierto a la luz del Espíritu Santo –que nosotros podemos pedir– dejándose interpelar por la realidad que tenían frente a sus ojos.

Jesús les responde con una frase lapidaria: «Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo» (Jn 5,17). Estas palabras condensan una importante verdad teológica, que ilumina nuestra condición de criaturas: ciertamente, la Biblia afirma que en el sábado Dios descansó, para dar a entender que no creó nuevas criaturas; «pero siempre y de forma continua actúa, conservándolas en el ser (…). Dios es causa de todas las cosas en el sentido de que también las hace subsistir; porque si en un momento dado se interrumpiera su poder, al instante dejarían de existir todas las cosas que la naturaleza contiene»[1]. Nuestra existencia depende enteramente de Dios, en cada instante. Cada segundo de nuestra vida es un don que el Señor nos ofrece confiadamente. El Creador no se retiró de su obra, sino que siguió «trabajando en y sobre la historia de los hombres»[2].

Como explicaba san Josemaría, «el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio»[3].


EN SU RESPUESTA a quienes le reprochaban curar en el día de descanso, Jesús revela implícitamente su naturaleza divina, mostrándose como «señor del sábado» (Lc 6,5). Los rabinos distinguían entre el “trabajo” de Dios en la creación, que cesó el sábado, y su actuar en la providencia, que en cambio es ininterrumpido. Por eso, cuando Jesús se pone al mismo nivel del Padre, asociándose a su acción continua en favor de los hombres, esta afirmación resulta escandalosa a sus oponentes. Entonces, la Sagrada escritura nos dice que «los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18). Pero Jesús no trata de disuadirles de esa idea porque efectivamente él es el Hijo, la filiación al Padre está en el centro de su ser y de su misión: es parte esencial de su misterio. Hasta ese momento, nadie en toda la historia de la salvación se había dirigido a Dios llamándole «Padre mío» como Jesús hace siempre; y tanto menos con la palabra llena de confianza que usaban los niños hebreos para llamar a su progenitor: abbá, papá.

«En verdad os digo –dice el Señor– que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo» (Jn 5,19-20). Jesucristo es el modelo más perfecto de unión al Padre. «En referencia a este modelo, reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida “que se asemeje a Cristo” y en la que se exprese y realice la verdadera “libertad de los hijos de Dios” (cfr. Rm 8,21)»[4]. En efecto, a la luz del ejemplo de Cristo, logramos entender mejor que el sentido de nuestra filiación divina es lo que nos hace más profundamente libres: «Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas»[5].


«EL PADRE no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo –continúa diciendo Jesús– no honra al Padre que le ha enviado. En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna» (Jn 5,22-24). Cuando se habla de postrimerías, del juicio particular y del juicio final, posiblemente experimentamos cierto temor. Sin embargo, es bueno reconducir este temor hacia la esperanza, porque sabemos que nuestro juez será Jesús, que ha venido a salvarnos enviado por el Padre. Cristo ha dado su vida por nosotros: si ponemos nuestros ojos en él, clavado en la cruz y luego resucitado, entendemos que su justicia siempre está unida al misterio de la gracia, de su amor por nosotros.

Ciertamente, «la gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor (…). Nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría»[6].

«No tengas miedo a la muerte –animaba san Josemaría–. Acéptala, desde ahora, generosamente... cuando Dios quiera... como Dios quiera... donde Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga... enviada por tu Padre-Dios. ¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!»[7]. Al mismo tiempo, al fundador del Opus Dei le consolaba saber que quien nos espera «no será Juez –en el sentido austero de la palabra– sino simplemente Jesús»[8]. Y allí estará también, intercediendo por nosotros, nuestra madre del cielo; ella es refugio de los pecadores y es nuestra esperanza.



17 de marzo de 2026

SER COMPRENSIVO CON LOS DEMAS

 



EVANGELIO  Jn 5, 1-16

Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años.

Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo:¿Quieres curarte?

El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y ponte a andar.

Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te es lícito llevar la camilla.

Él les respondió: El que me ha curado es el que me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’.

Le interrogaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda?’

El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada.

Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Por eso perseguían los judíos a Jesús, porque había hecho esto un sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


¡CÓMO NOS llena de esperanza la cercanía de Jesús a quienes le necesitan, que vemos una y otra vez en los evangelios! Hoy contemplamos la curación de un paralítico, del que nadie se acordaba, que yacía junto a la piscina de Betzata. Las excavaciones han aclarado que esta piscina contaba con cinco pórticos, según la describió san Juan: consistía en dos estanques separados y, entre ellos, se había construido el quinto pórtico, que se sumaba a los cuatro laterales. Allí se congregaba «una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Jn 5,2). Existía la creencia, en efecto, de que un ángel del Señor descendía cada cierto tiempo a mover el agua, y quien se metía primero en la piscina quedaba curado.

Jesús se acerca a aquella multitud dolorida. Entre la masa de personas, se fija en este paralítico, que probablemente es el más desvalido y abandonado. Y, por iniciativa propia, se ofrece a sanarlo, preguntándole: «–¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: –Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo. Le dijo Jesús: –Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar» (Jn 5,6-9).

«Me comentabas –escribió san Josemaría– que hay escenas de la vida de Jesús que te emocionan más: cuando se pone en contacto con hombres en carne viva... cuando lleva la paz y la salud a los que tienen destrozados su alma y su cuerpo por el dolor... Te entusiasmas –insistías– al verle curar la lepra, devolver la vista, sanar al paralítico de la piscina: al pobre del que nadie se acuerda. ¡Le contemplas entonces tan profundamente humano, tan a tu alcance! Pues... Jesús sigue siendo el de entonces»[1]. Cristo, a través de los sacramentos, puede estar incluso más cerca de nosotros que en aquel encuentro. Y, como al paralítico del evangelio, nos ofrece continuamente su curación.


AQUEL PARALÍTICO llevaba treinta y ocho años enfermo. Su vida había sido una larga espera, hasta que al final Jesús pasó junto a él. Podemos aprender de su paciencia, ya que durante todo ese tiempo, «sin cejar, insistió, esperando verse libre de su enfermedad»[2]. También nosotros estamos llamados a ser serenos y perseverantes en la vida interior. Necesitamos una paciencia optimista en la lucha cristiana, así como en el esfuerzo por adquirir las virtudes. Habrá algunos aspectos en los que nos parecerá, al menos por temporadas, que no avanzamos; y otros que requerirán un largo periodo de lucha alegre, quizá el de toda una vida; ese fue el caso del paralitico, que llegó a la vejez con su enfermedad, pero no por eso dejó de ver a Jesús.

A veces, una impaciencia excesiva, una tensión interior un tanto crispada, un empeño en valorar si mejoramos o no que va cobrando tintes desasosegantes, podrían manifestar cierta tendencia al perfeccionismo; y esta actitud no se corresponde con la lucha filial, confiada y humilde que el Señor nos pide. Ciertamente, hemos de intentar no quedarnos solamente en buenos deseos y poner las últimas piedras de lo que emprendemos. Pero también es verdad que no siempre lo conseguiremos, y no hemos de perder la paz por ello.

«En ocasiones –dice san Josemaría– el Señor se conforma con los deseos, y otras veces hasta con los deseos de tener deseos, si nosotros soportamos con alegría la humillación de sabernos tan poca cosa. Esto es lo que nos llevará bien altos al cielo. Porque si una persona se da cuenta de que va adelante y bien... ¡qué peligro para la soberbia! Hay mucha gente maravillosa que se juzga de una vulgaridad inmensa, incapaces de hacer lo que saben que Dios nuestro Señor quiere. Y son excelentes, extraordinarios. No os preocupe demasiado si avanzáis o no, si sois mejores o seguís igual. Lo importante es querer ser mejores, desear querer, y ser sinceros abriendo bien el corazón. Así, Dios os dará luces»[3].


LA PACIENCIA con nosotros mismos, que viene de mirar primero a Dios y contar cada vez más con su ayuda, nos impulsará asimismo «a ser compresivos con los demás, convencidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[4]. A veces nos cuesta vivir esta comprensión paciente con las personas más cercanas y afines, pues fácilmente tendemos a fijarnos demasiado en unos pocos defectos, en lugar de valorar todo lo bueno que atesoran. Y en otras ocasiones, puede resultar difícil disculpar, acoger y querer de verdad a quienes quizá están en apariencia lejos de Dios o a quienes, por la formación que han recibido, mantienen unos parámetros de pensamiento ajenos a la fe.

En el evangelio vemos que, después de ser curado por Jesús, el paralítico toma su camilla y echa a andar hacia su casa. Pero entonces se encuentra con algunos judíos, posiblemente personas de autoridad, que le recriminan que esté llevando objetos en día de sábado; se escandalizan de que Jesús haya curado ese día. Se trata de «una historia que también se repite muchas veces hoy. Muchas veces sucede que un hombre o una mujer, que se siente enfermo del alma, triste, porque ha cometido muchos errores en su vida, en determinado momento siente que las aguas se remueven –es el Espíritu Santo quien todo lo mueve– o escucha unas palabras y piensa: “Me gustaría ir”. ¡Y se arma de valor y va! Pero cuántas veces en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas (...). ¡La Iglesia tiene siempre las puertas abiertas! Es la casa de Jesús, y el Señor es acogedor. No solo acoge, sino que sale en busca de la gente, como fue a buscar al paralítico. Y si la gente está herida, ¿qué hace Jesús? ¿La regaña por estar herida? No: la busca y la carga sobre sus hombros»[5].

San Josemaría animaba a sus hijos a vivir «con el corazón y los brazos dispuestos a acoger a todos» porque, como explicaba, «no tenemos la misión de juzgar, sino el deber de tratar fraternalmente a todos los hombres. No hay un alma que excluyamos de nuestra amistad –continuaba–, y ninguno se ha de acercar a la Obra de Dios y marcharse vacío: todos han de sentirse queridos, comprendidos, tratados con afecto»[6]. Podemos pedir a María, madre de misericordia, que nos ayude a difundir el amor, la comprensión y la misericordia de Dios entre quienes tenemos alrededor.



16 de marzo de 2026

Dejar sitio a Jesús

 



Evangelio san Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:

«Un profeta no es estimado en su propia patria».


Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.


Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.


Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.


Jesús le dijo:

«Si no veis signos y prodigios, no creéis».


El funcionario insiste:

«Señor, baja antes de que se muera mi niño».


Jesús le contesta:

«Anda, tu hijo vive».


El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:

«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».


El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo JESÚS al llegar de Judea a Galilea.


PARA TU RATO DE ORACION 


AYER CELEBRÁBAMOS el domingo laetare, como un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de penitencia que nos dispone hacia la gran alegría de la Pascua. En el libro del profeta Isaías escuchamos a Dios que nos dice: «He aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo, y a su pueblo para la alegría. Me gozaré en Jerusalén y me alegraré en su pueblo» (Is 65,17-19). El Señor nos invita a la alegría y él mismo se alegra. En el libro del Génesis también percibimos este gozo de Dios cuando, al contemplar el mundo recién salido de sus manos, ve que es «muy bueno» (Gn 1,31). El creador, que había preparado el mundo para los hombres, soñaba ya con la vida de sus hijos.


Sabemos que, sin embargo, después vino el pecado y la destrucción de la armonía inicial. Pero Dios no se cansó de perdonar ni de ilusionarse con los hombres. Cada uno de nosotros somos, de alguna manera, un sueño de Dios, un proyecto de bien y felicidad. «Dios piensa en cada uno de nosotros, ¡y piensa bien! Nos quiere y sueña con la alegría que gozará con nosotros. Por eso, el Señor quiere recrearnos, hacer nuevo nuestro corazón (...) para que triunfe la alegría. (...) Y hace tantos planes: construiremos casas..., plantaremos viñas, comeremos sus frutos..., todas las ilusiones que pueda tener un enamorado»[1]. San Josemaría, al pensar en las palabras del profeta Isaías en las que Dios nos dice que somos un proyecto divino, no ocultaba su emoción: «¡Que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»[2].


«TE ENSALZARÉ, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2). Este salmo expresa el agradecimiento de un hombre que fue rescatado por Dios de las garras de la muerte. En esta experiencia, el salmista ha aprendido al menos dos cosas importantes. La primera es que la ira de Dios dura solo un instante, pero su bondad toda la vida. El Señor no quiere destruir, sino corregir para que sus hijos puedan ser felices. Por eso, aun habiéndole ofendido con el pecado, siempre es posible volver a él con la seguridad de que seremos acogidos. Aunque quizás alguna vez parezca que nos ha dejado solos o que se ha ocultado, en realidad Dios siempre será fiel. «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré. En un arrebato de ira te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti, dice tu Redentor, el Señor» (Is 54,7-8).


La segunda enseñanza del salmo es que la enfermedad y la muerte muestran al hombre su fragilidad. En el momento de la prosperidad es fácil olvidarlo y no dar relieve a la necesidad que tenemos de los demás y, sobre todo, de Dios. En cambio, cuando llega un momento de crisis personal o familiar, esta debilidad se pone de manifiesto; se comprende, entonces, con nueva profundidad, la importancia que tienen en nuestra vida la comunión –con Dios y con los demás– y la oración. «Me has dicho: “Padre, lo estoy pasando muy mal”. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, solo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno”. Y quédate tranquilo»[3].


EN UNA OCASIÓN, un hombre poderoso, funcionario real de alto rango, le pide a Jesús que vaya con él a Cafarnaún para curar a su hijo gravemente enfermo. Su fe y su esperanza son todavía débiles, pero en su amor de padre no quiere dejar de intentar cualquier cosa para ayudar a su hijo. Por eso, ha recorrido los más de treinta kilómetros entre Cafarnaún y Caná, para ir a buscar a este Maestro del que le han asegurado que hace milagros nunca vistos.


El Señor se hace un poco de rogar, lamentándose serenamente de la incredulidad que encontraba en Galilea: todos deseaban ver signos y prodigios, pero no estaban tan dispuestos a acoger su palabra ni a convertirse. Aquel hombre insiste y, sobre todo, empieza poco a poco a creer de verdad, como muestra su dócil obediencia a lo que Jesús le indica: «Vete, tu hijo está vivo» (Jn 4,50). Mientras regresa presuroso a Cafarnaún, sus servidores le salen al encuentro con la noticia de que el niño se encuentra bien. «Y creyó él y toda su casa» (Jn 4,53), concluye el evangelista.


El Señor nos quiere curar, como al hijo del funcionario real, liberándonos de nuestras esclavitudes y perdonando nuestros pecados. Y nos pide lo mismo: creer. «La fe es dejar sitio a ese amor de Dios, dejar sitio al poder de Dios, pero no al poder de alguien muy poderoso, sino al poder de alguien que me quiere, que está enamorado de mí y quiere vivir la alegría conmigo. Eso es la fe. Eso es creer: dejar sitio al Señor para que venga y me cambie»[4]. Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a tener, como ella, una fe grande, disponible y humilde, para que el Señor pueda llenarnos con su gracia.



15 de marzo de 2026

SUPERAR LAS APARIENCIAS

 

Evangelio (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38)

Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo:

— Anda, lávate en la piscina de Siloé — que significa: “Enviado”.

Él fue, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:

— ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?

Unos decían:

— Sí, es él.

Otros en cambio:

— De ningún modo, sino que se le parece.

Él decía:

— Soy yo.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:

— Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.

Entonces algunos de los fariseos decían:

— Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.

Pero otros decían:

— ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?

Y había división entre ellos. Le dijeron, pues, otra vez al ciego:

— ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?

— Que es un profeta — respondió.

Ellos le replicaron:

— Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?

Y le echaron fuera. Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:

— ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? — respondió.

Le dijo Jesús:

— Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.

Y él exclamó:

— Creo, Señor — y se postró ante él.


PARA TU RATO DE ORACION 



EL PROFETA SAMUEL se encuentra en casa de Jesé. El Señor le ha dicho que entre sus hijos se halla el futuro rey de Israel. Cuando se presenta el más mayor de esa familia, llamado Eliab, Samuel cree que ese será el elegido, pero Dios le dice: «No te fijes en su apariencia, ni en su gran estatura, pues lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre. El hombre mira las apariencias pero el Señor mira el corazón» (Sam 16,7). Jesé presenta a sus siete hijos, pero ninguno es el elegido. No será hasta que llegue David, que estaba apacentando el rebaño, cuando el Señor diga a Samuel: «Levántate y úngelo. Él es» (Sam 16,12).

Dios nos invita a ir más allá de las apariencias; es decir, a superar las primeras impresiones que pueda causarnos una persona. A veces puede ocurrir que, cuando conocemos a alguien, rápidamente levantemos un muro porque creemos que no encaja en nuestros parámetros de afinidad. Esta actitud, sin embargo, nos priva de enriquecernos con el modo de ser de esa persona. Seguramente ni su padre ni sus hermanos se imaginaron que David, el más pequeño, sería elegido para una misión central en la historia de Israel. Fijarse en el corazón de los demás, como hace el Señor, nos lleva a descubrir su auténtico valor, mucho mayor de lo que podíamos pensar.

«La comprensión que es fruto de la caridad, del amor, “comprende” –escribe el prelado del Opus Dei–: “ve”, primeramente, no los defectos o las faltas, sino las virtudes y las cualidades de los demás»[1]. El cariño facilita que nos fijemos en lo positivo. Pese a todo, no siempre es sencillo superar las apariencias. A pesar de nuestro esfuerzo por mirar el corazón podemos tener reacciones de incomprensión hacia otras personas. Es el momento para pedir ayuda al Señor, sin desalentarnos, para que podamos decir con el salmista: «Has dilatado mi corazón» (Sal 119,32).


ANTES de la elección del Señor, David era un sencillo pastor. De hecho, cuando Samuel se presentó en su casa, él se encontraba apacentando el rebaño (cfr. Sam 16,11). Después de haber sido ungido por el profeta, fue invadido por el espíritu del Señor. A partir de ese momento ya no sería solamente un pastor de animales, sino que se encargará de cuidar del pueblo de Israel. Antes se ocupaba de que las ovejas no se alejaran del rebaño y no fueran atacadas por las bestias; ahora, en cambio, se preocupará principalmente de que los israelitas vayan por el buen camino y se mantengan lejos de las falsas luces. Una misión que podrá desempeñar porque Dios, el verdadero pastor, lo ha elegido. «Me conduce por sendas rectas –escribirá David– por honor de su nombre. Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23,3-4).

A pesar de ser el pastor de Israel, el mismo David a veces se alejará del camino. Una experiencia que, en mayor o menor medida, a todos nos ocurre. En ocasiones podemos sentir la incoherencia entre aquello que deberíamos ser y lo que somos; entre lo que decimos y lo que hacemos. No obstante, en la vida de David hay un hilo conductor: el diálogo con Dios. En todo momento, tanto en la victoria como en la derrota, procura dirigirse al Señor, pues sabe que todo lo que tiene proviene de él. Es pastor de Israel no porque se lo haya ganado por sus méritos, sino porque Dios, al fijarse en su corazón, lo ha elegido. «La experiencia del pecado no nos debe, pues, hacer dudar de nuestra misión –decía san Josemaría–. (...) El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza, y nos impulsa a luchar, a combatir contra nuestros defectos, aun sabiendo que no obtendremos jamás del todo la victoria durante el caminar terreno. La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día»[2].

Aunque seamos débiles, podemos convertirnos y ser para los demás fuente del amor incondicional de Dios, pues él nos hace dignos de ser amados más allá del propio pecado. Su misericordia no se expresa solo como perdón ante la miseria humana, no es una excepción para quien se equivoca, sino que expresa la amplitud del amor de Dios, que es anterior a la experiencia del pecado: «Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo»[3]. La misericordia de Dios en cierto modo nos define: está en el origen de nuestro ser y en el origen de su providencia a lo largo de toda nuestra vida. Con ese amor David es elegido, perdonado y confirmado en su misión; y con ese amor está llamado a ser pastor de Israel.


DE LOS descendientes de David saldrá el Mesías, el pastor que no solo guiará al pueblo de Israel, sino que rescatará a toda la humanidad. Él mismo será la luz del mundo, aquel que sacará a los hombres de las tinieblas para que busquen lo que agrade al Señor (cfr. Ef 5,8). Con el pecado «nos volvemos ciegos y nos sentimos mejor en la oscuridad y vamos así, sin ver, como los ciegos, moviéndonos como podemos. Dejemos que el amor de Dios, que envió a Jesús para salvarnos, entre en nosotros y (...) nos ayude a ver las cosas con la luz de Dios, con la verdadera luz y no con la oscuridad que nos da el señor de las tinieblas»[4]. Del mismo modo que cuando se ilumina una habitación se puede distinguir sus objetos, con la llegada del Mesías desaparece la oscuridad y es posible abrazar las buenas obras.

Cuando Jesús devolvió la vista a un ciego de nacimiento, en realidad el milagro fue mucho mayor que la curación corporal. «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?», le preguntó. «“¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”, respondió. Le dijo Jesús: “Si lo has visto: el que está hablando contigo, ese es”. Y él exclamó: “Creo, Señor”. Y se postró ante él» (Jn 9,35-38). Cristo ha curado su ceguera para que, viéndole, reconozca que él es el Mesías. Aquel hombre, al contemplar el rostro de Jesús, no ha dejado solamente la oscuridad física, sino sobre todo la del alma: con su fe ha podido acoger la luz que le ofreció Cristo. En cambio, los fariseos, incapaces de admitir su ceguera, se cerraron a la acción del Señor. «Les dijo Jesús: “Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: ‘Nosotros vemos’; por eso vuestro pecado permanece”» (Jn 9,41). Podemos acudir a la Virgen para que sepamos reconocer nuestros errores y dejar así que Jesús ilumine nuestra alma.