Evangelio san Juan 21,13 -17
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos».
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero».
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas».
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero».
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas».
El primer registro que tenemos de una referencia en la que manifiesta su convencimiento de la santidad de Pío X está en la predicación de san Josemaría Escrivá en mayo de 1937, mientras permanecía recluido en la Legación de Honduras, durante la guerra civil española. En aquella ocasión, el fundador del Opus Dei asoció el lema del pontificado instaurare omnia in Christo a la misión de reconducir la creación a Cristo según la luz que había recibido el día 7 de agosto de 1931: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum. Del mismo año 1937, tenemos otra referencia a Pío X; una breve anécdota ocurrida en Lourdes después de la celebración de la Santa Misa en el santuario, o sea, en una de las últimas etapas del paso de los Pirineos. La situamos, por tanto, en los primeros días de diciembre de aquel año. A la salida de la Cripta de la Basílica del Rosario, san Josemaría se encontró delante de una estatua de Pío X muy bella y allí renovó su amor y fidelidad al papa. «¡Con qué honda satisfacción le besé la mano!», escribió.
Pasada la guerra civil española, encontramos el relato de un testigo: «Un día de aquella primavera o verano de 1940, estaba hablándonos el Padre, en el oratorio de Jenner, de la Sagrada Eucaristía y, de pasada, se refirió a la decisiva influencia que había tenido Pío X en promover la comunión frecuente. Al hacerlo, dijo de una manera tan firme y segura que no dejó en mí lugar a dudas, que Pío X había sido un papa muy santo y que le veríamos pronto en los altares. Esto sucedía bastantes años antes de que se le canonizara». Entre los escritos que se conservan hay una dedicatoria que puso en el libro de Ferruccio de Carli, Pío X y su tiempo, regalado a una hermana de D. Eliodoro Gil el día 6 de enero de 1944.
Podemos concluir que antes de viajar a Roma y de trasladarse definitivamente a vivir en la Ciudad Eterna, el fundador del Opus Dei ya consideraba a Pío X como santo y le tenía una devoción particular, manifestada en su oración y en la difusión de su vida. Entre los aspectos de la vida y obras de este papa más presentes en la mente de san Josemaría, la Eucaristía tiene un lugar destacado, seguida del amor a la Iglesia y del deseo de que el Reino de Cristo sea instaurado en todas las personas. No consta ninguna referencia al modernismo, a la libertad de la Iglesia, a la reforma de la música sacra o a otros asuntos. Si tenemos en cuenta lo dicho antes sobre la devoción a san Pío X en España, se puede concluir que los datos disponibles muestran que la devoción de san Josemaría converge y es coherente, en sus líneas principales, con la que hemos podido comprobar en el país desde las fuentes documentales del proceso de san Pío X.
El siguiente grupo de pruebas documentales se refiere a los primeros años de la vida de san Josemaría Escrivá en Roma, antes de la canonización de Pío X, o sea, entre junio de 1946 y mayo de 1954. Como hemos visto, cuando llegó a la Ciudad Eterna, el piso inferior de la Basílica de San Pedro estaba en profunda remodelación, motivada por el hallazgo de la tumba de san Pedro y de la Necrópolis vaticana, pero el cuerpo de Pío X ya había sido trasladado provisionalmente a un nicho en la pared del lado derecho de la capilla de la Presentación de la misma Basílica, por lo tanto, ya estaba accesible a todos los peregrinos. Con la beatificación, la urna con los restos mortales del papa fue colocada en el altar de Cristo Rey, en la Cripta de los Papas y, el 17 de febrero de 1952, trasladada al altar de la Capilla de la Presentación
Hay abundante documentación relativa a las frecuentes visitas de san Josemaría Escrivá a la Basílica, y a su costumbre de rezar un Credo delante del altar de la Confesión. En los diarios de los centros de Roma de esos primeros años consta claramente esta devoción de «acudir a rezar un Credo en San Pedro», aunque en términos muy genéricos y variados, por lo que el Símbolo podía ser rezado también en la Plaza —a veces se indica que fue rezado desde el foco de una de las elipses del Colonnato— o dentro de la Basílica. Como en aquella época era posible entrar habitualmente con el coche hasta dentro de la Plaza, consta que alguna vez san Josemaría no llegaba a bajar del automóvil: aprovechaba estar de paso cerca de San Pedro para parar en la misma Plaza y rezar un Credo sin salir del coche. Desde octubre de 1953, esos mismos diarios relatan de vez en cuando que los miembros del Opus Dei que viajaban a Roma eran acompañados por el fundador o por otra persona de la Obra al interior de la Basílica, quedándose algunos minutos dentro para rezar. En fechas posteriores aparece con más claridad el recorrido que san Josemaría Escrivá aconsejaba hacer al entrar en San Pedro: primero, hacer una visita al Santísimo Sacramento; luego, rezar una Salve junto de una de las imágenes de la Virgen; en tercer lugar, rezar un Credo de rodillas delante del altar de la Confesión; y en cuarto lugar, rezar un Padrenuestro junto a la tumba de san Pío X, que estaba en la capilla de la Presentación, para pedir por el papa, por la Iglesia y por alguna intención especial unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede.
Hemos encontrado también alguna referencia a los elogios que el fundador del Opus Dei hacía a este papa cuando hablaba de él a los miembros de la Obra a fines de los años 50 y, por último, hemos encontrado un testimonio explícito de una visita de san Josemaría Escrivá a la tumba de san Pío X en 1962, para pedir por alguna intención. Esta misma oración a san Pío X la pidió a los miembros de la Obra en distintas ocasiones antes del inicio del Concilio Vaticano II, y se recogen en las fuentes que hemos podido consultar.190 Es también de ese tiempo el interés del fundador del Opus Dei en disponer de alguna reliquia de este papa para guardarla en un relicario en el Oratorio de la Santísima Trinidad, en Villa Tevere; consta que en el verano de 1958 ya tenía una.
Además, hay tres referencias de tipo arquitectónico o artístico, todas de la segunda mitad de los años 50, en las que se manifiesta la presencia de san Pío X entre los intercesores del Opus Dei. La primera es el sagrario del oratorio de Pentecostés, situado en la sede central del Opus Dei en Roma, que contiene cuatro pequeñas estatuas de los intercesores. Sabemos que el fundador del Opus Dei dedicó el altar de ese oratorio el lunes, 11 de marzo de 1957, por la noche. Sobre este sagrario hay una referencia en el diario de las obras de Villa Tevere que cuenta que se ha encargado un «coprifilo» para los peldaños del Tabernáculo de ese oratorio el día 12 de enero de aquel año. Se trata de una especie de medallón que cubre las uniones de los aros que ornamentan los tres peldaños de la base circular del sagrario. La principal biografía de san Josemaría recoge que el sagrario del oratorio de Pentecostés llegó a Roma el día 29 de septiembre de 1956, y sabemos que había sido encargado a «Talleres de Arte Granda» dos años antes.
La segunda es el conjunto de cinco relicarios que actualmente está en el oratorio de la Santísima Trinidad, que también se encuentra en los edificios que componen la sede central del Opus Dei en Roma. En el diario de las obras de Villa Tevere del año 1957 aparece por primera vez una alusión a los relicarios por parte de san Josemaría Escrivá: «el Padre le ha dicho a Jesús A. G. [Jesús Álvarez Gazapo] que en el altar del oratorio del Padre [oratorio de la Santísima Trinidad, utilizado por el prelado] haremos unas pruebas para poner unas arquetas, entre los candelabros, que contendrán reliquias de los patronos [sic]: el cura de Ars, santo Tomás Moro, Pío X, etc. Se podrían hacer en plata dorada o en ottone [latón] dorado». La fecha de esta anotación es el 22 de enero de aquel año. La tercera es el retablo del oratorio del Aula, situado también en la sede de la curia prelaticia del Opus Dei en Roma, que tiene sendos relieves de los cuatro intercesores existentes entonces. La fecha de dedicación de ese oratorio es 1959.
Podemos concluir que la devoción de san Josemaría Escrivá a san Pío X era ya muy grande antes de su canonización, le rezaba, visitaba su tumba con frecuencia, difundía su devoción, y había incluso confiado las relaciones de la Obra con la Santa Sede a su intercesión cuando era todavía beato, en la segunda mitad de febrero de 1953. Su canonización fue vivida por el fundador del Opus Dei y por sus miembros con gran alegría. San Josemaría Escrivá recuerda a este papa principalmente por la Eucaristía, pero también por sus virtudes y otras acciones. Su intercesión está muy unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede en el período de 1946-1965, o sea, los años en que se obtuvieron varias aprobaciones pontificias y se hicieron diversos intentos para lograr una solución jurídica más adecuada. Como es sabido, esta quedó aplazada para después del Concilio Vaticano II.






