"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

9 de octubre de 2026

Que todos sean uno

 


Evangelio (Lc 11, 15-26)


(Estaba expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada;)


Pero algunos de ellos dijeron:


-Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios.


Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo.


Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó: -Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.


Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.


El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.


Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: 'Me volveré a mi casa, de donde salí'. Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera


PARA TU RATO DE ORACION 


«TODO reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa» (Lc 11,17). La palabra «reino» invita a pensar en naciones o grandes comunidades sometidas a los vaivenes de la política o de la guerra, o en colectivos numerosos agitados por tensiones internas. Sin embargo, la fractura de la que habla Jesús también hace referencia a la que se puede producir dentro de cada uno. Todos somos conscientes de que a veces hay una división entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre lo que nos proponemos y lo que finalmente llevamos a cabo. Quizá incluso el paso del tiempo parece haber alejado o diluido lo que un tiempo atrás habíamos soñado con llegar a ser.


El pecado de nuestros primeros padres rompió la armonía original de la Creación. Dejó, además, en una frágil tesitura la armonía interior de todos los hombres, a quienes las tensiones internas y externas ponen a prueba la rectitud de sus decisiones y deseos. Consciente de esa debilidad, el demonio trata de romper el orden interior del hombre, de dividirlo contra sí mismo. San Pablo lo expresa con sencillez en la Carta a los Romanos: «No entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rm 7,15). Y poco después apunta las razones de esa paradoja: «Según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm 7,22-23).


Esos momentos en los que, como san Pablo, sentimos la tensión en nuestro interior nos ayudan a crecer en nuestro deseo por vivir junto a Jesús y en saber que, con el paso del tiempo, aunque parece que en algo vamos hacia atrás, en realidad el Señor siempre está cerca de nosotros. San Josemaría animaba a no extrañarse cuando se presentaran esas ocasiones de duda y de tensión, pues estamos hechos de barro, y animaba en cambio a aprovecharlos para fortalecer nuestra fidelidad a Dios: «Si en algún momento se hace más difícil la lucha interior, será la buena ocasión de mostrar que nuestro Amor es de verdad. Para quien ha comenzado a saborear de alguna manera la entrega, caer vencido sería como un timo, un engaño miserable. No te olvides de aquel grito de San Pablo: quis me liberabit de corpore mortis huius?, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Y escucha, en tu alma, la respuesta divina: sufficit tibi gratia mea!, ¡te basta mi gracia!»[1].


OTRA DIVISIÓN que puede tener lugar en nuestro interior se da cuando las acciones contrastan con las ilusiones de nuestro corazón. Con frecuencia Jesús denunciaba la hipocresía de aquellos que daban limosna o fingían oraciones «con el fin de que los alaben los hombres» (Mt 6,2). Aunque realizaran buenos gestos externos, no les movía el deseo de ayudar a los necesitados o de dar gloria a Dios, sino el afán de quedar bien ante sus contemporáneos.


«Yo me pregunto: ¿cómo sigo a Jesús? Las cosas buenas que hago, ¿las hago “en secreto” o me gusta que me vean?»[2]. El cristiano no es un actor de teatro, que debe ajustarse con precisión a lo que marca el guion para ganarse el aplauso de los espectadores; es, más bien, alguien que sabe moverse con libertad y busca en todo momento agradar a Dios: el suyo es el único aplauso que le importa. Y sabemos que el Señor se complace con lo grande y con lo más pequeño que realizamos con amor.


En este sentido, san Josemaría puso por escrito la impresión que le causó el empeño de unos hijos suyos al poco de comenzar la Obra. «Recuerdo con emoción el trabajo de aquellos universitarios brillantes –dos ingenieros y dos arquitectos–, ocupados gustosamente en la instalación material de una residencia de estudiantes. En cuanto colocaron el encerado en una clase, lo primero que escribieron los cuatro artistas fue: “Deo omnis gloria!” –toda la gloria para Dios». Y concluía: «Ya sé que te encantó, Jesús»[3]. El convencimiento de que al Señor le encanta nuestro trabajo dará unidad a nuestra vida: nuestras acciones y nuestros pensamientos solo buscarán la gloria de Dios.


LOS CRISTIANOS también estamos llamados a cultivar la unidad dentro del pueblo de Dios. La Iglesia es una familia enorme formada por muchas y muy diversas personas, y enriquecida por carismas e iniciativas que el Espíritu Santo suscita a lo largo y ancho del tiempo y de la geografía. El hecho de que convivamos con tantas realidades eclesiales será muchas veces un estímulo para elevar nuestro corazón a Dios y para darle gracias por la abundancia de caminos que ofrece a los hombres en su peregrinación hacia la meta compartida del cielo.


Apenas unas horas antes de ser apresado en Getsemaní, Jesús se dirige al Padre en la intimidad del Cenáculo y pide la unidad de sus discípulos, incluidos también nosotros: «Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que así ellos estén en nosotros» (Jn 17,21). Y añade que precisamente esa unidad será una de las razones que sus discípulos daremos al mundo para que le reconozca a él, Jesús, como enviado del Padre. «La unidad y el testimonio son coesenciales. No podemos dar verdadero testimonio del Dios del amor si no estamos unidos entre nosotros como él quiere; y no podemos estar unidos permaneciendo cada uno por su lado, sin abrirnos al testimonio, sin ampliar las fronteras de nuestros intereses y de nuestras comunidades en nombre del Espíritu que abraza a todas las lenguas y quiere llegar a cada uno»[4].


El fundador del Opus Dei, al contemplar en una ocasión las diferentes maneras en las que los hombres manifestaban su amor a la Virgen, comentaba: «Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su Madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común»[5]. La Virgen María es a la vez madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Ella nos ayudará a vivir siempre muy unidos a su Hijo y a cultivar la unidad de la gran familia que es la Iglesia.




8 de octubre de 2026

CUANDO PARECE QUE DIOS NO ESCUCHA

 


Evangelio (Lc 11, 5-13)


Y les dijo:


-¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a media noche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.


Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.


¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS es un buen pedagogo. Procura acompañar su enseñanza con ejemplos, imágenes o gestos concretos. No escatima tiempo ni energía para que su doctrina llegue y conecte con todos. Le preocupa conocer bien a sus discípulos para atinar en sus discursos y repite las cosas todo lo que sea necesario. Como decía san Josemaría, «el Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso»[1].


Cuando el Señor habló sobre el valor de la oración, quiso reforzar su enseñanza con un ejemplo que interpelaría a muchos de sus oyentes; es más, quizá incluso era algo que les había ocurrido recientemente. «¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos?”» (Lc 11,5-6).


Más allá del mensaje concreto de este pasaje, podemos ver la preocupación de Jesús por ponerse en lugar del otro a la hora de transmitir sus enseñanzas. Él aprovechaba los acontecimientos diarios para desvelar grandes realidades divinas. Dios no es «una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el arte de vivir, el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios»[2]. También nosotros, cuando transmitimos la fe, podemos imitar esa inquietud del Señor por conectar sus enseñanzas con realidades del día a día. De este modo, el Evangelio se percibirá no como algo ajeno, sino como más bien familiar, cercano, que despierta el deseo de vivir esa buena nueva.


TODAVÍA resonaban en los oídos de sus discípulos las distintas peticiones que Jesús había sintetizado en el padrenuestro: un modo nuevo de dirigirse a Dios, filial y confiado. En este contexto, Jesús ofrece a continuación el ejemplo de petición de un amigo inoportuno que, a una hora intempestiva, pide panes para un invitado inesperado. Cristo quiere que comparemos nuestro modo humano de responder a las peticiones con el novedoso estilo de Dios.


Para que este modo divino quede sellado en los corazones de sus oyentes y en los nuestros, Jesús sentencia: «Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). En pocas ocasiones el Señor es tan insistente, tanto por las imágenes que utiliza –pedir, buscar, llamar– como por la frecuencia con que las remarca, repitiendo por segunda vez: «Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá» (Lc 11, 10).


Jesús ofrece una consoladora promesa sobre la oración de petición: nada queda sin respuesta. «La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza»[3]. Es lo que han hecho tantos santos a lo largo de la historia, frente a muchas oscuridades u obstáculos. Pedir les ha hecho crecer en su conciencia de que era Dios quien sacaba todo adelante: la misión apostólica que tenían entre manos, la siembra de paz y alegría que querían llevar por todo el mundo, su propia santidad, las preocupaciones familiares... San Josemaría, en un momento de incomprensiones y dificultades, insistía a sus hijos en no dejar de acudir a Dios. Para expresar este deseo, acudía a una frase del profeta Isaías: «Grita, no te canses de hacer oración, levanta tu voz, que suene como una trompeta» (Is 58,1).


«¿QUÉ PADRE de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión?» (Lc 11, 11). Siguiendo su modo de enseñar, Jesús presenta otra comparación para completar la imagen que los oyentes podían tener de Dios. No solo es un Padre al que le puedes pedir todo tipo de bienes, como ha mostrado en el padrenuestro. Tampoco es suficiente para describir esa paternidad el hecho de que no deje súplica sin respuesta. Además de todo esto, es un Padre muy superior al mejor que se pueda encontrar. «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11, 13).


Probablemente tengamos la experiencia de haber pedido algo a Dios que, al final, no nos ha concedido. Entonces podemos pensar que no es cierto aquello de que «todo el que pide, recibe». Pero lo que Jesús quiere transmitir es que, cuando no nos cansamos de suplicar, el primer bien que recibimos es precisamente el de ser verdaderamente hijos de Dios, gracias al Espíritu Santo. En ocasiones, efectivamente, puede parecer que no nos da lo que pedimos, pero tenemos la seguridad de que Dios es bueno y, por tanto, siempre «quiere lo mejor para nosotros»[4]. Aquella oración, si es confiada, nos ayuda a ser humildes, a reconocer que somos hijos necesitados de un Padre amoroso. Y muchas veces el principal fruto de esa petición será el de haber tomado una mayor conciencia de nuestra filiación.


«Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones»[5]. Cuando Jesús parece que no nos concede lo que pedimos, lo hace para que sigamos insistiendo y crezca en nosotros el deseo por obtenerlo. A través de esa oración que no desfallece Dios prepara nuestra alma para acoger el don de la filiación divina, que ilumina nuestro camino a la santidad y que nos hace tener por Madre a la Virgen María. «Llámala fuerte, fuerte. –Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[6].




7 de octubre de 2026

VIRGEN DEL ROSARIO

 





Evangelio (Lc 1, 26-38)


En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.


Y entró donde ella estaba y le dijo:


— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.


Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.


Y el ángel le dijo:


— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.


María le dijo al ángel:


— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?


Respondió el ángel y le dijo:


— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.


Dijo entonces María:


— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia


PARA TU RATO DE ORACION 


SEGÚN una tradición que data del siglo XIII, se atribuye el inicio del rezo del rosario a santo Domingo de Guzmán, a quien se apareció la Virgen María para enseñarle esta devoción. Más tarde, en el siglo XVI, el papa san Pío V instauró su memoria litúrgica en un día como hoy, aniversario de la victoria en la batalla de Lepanto. Desde entonces, esta oración ha sido constantemente recomendada por los Romanos Pontífices como «plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero»[1].


A través de los misterios de la vida de Cristo, vistos con la mirada de María, puede crecer nuestro amor a Dios y a los demás. De la misma manera en que un niño se acerca a su madre cuando necesita ayuda, así nosotros podemos poner a los pies de la Virgen nuestros deseos de vivir cerca de su hijo. Escribió san Josemaría: «“Virgen Inmaculada, bien sé que soy un pobre miserable, que no hago más que aumentar todos los días el número de mis pecados...” Me has dicho que así hablabas con Nuestra Madre, el otro día. Y te aconsejé, seguro, que rezaras el santo rosario: ¡bendita monotonía de avemarías que purifica la monotonía de tus pecados!»[2].


«Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos más importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo»[3]. El rosario nos ayuda a vivir los misterios de Jesús entrando en ellos de la mano de María. Ella es la criatura que mejor conoce a Cristo, pues «ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún»[4]. Acercarnos a María es acercarnos a su hijo Jesús.


SAN JOSEMARÍA invitaba a rezar el rosario no solo con los labios, sino con el deseo de acompañar a Jesús y a María en cada una de las escenas. «¿Has contemplado alguna vez estos misterios? Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José. Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús»[5].


La vida contemplativa nos permite experimentar cada evento con mayor profundidad, disfrutar más, compadecernos más y comprender mejor, como quien hace las cosas junto a Dios. No es lo mismo solamente ver una puesta de sol que contemplarla; uno puede pasar por delante de una obra de arte simplemente posando los ojos sobre ella o bien fijándose en los elementos que forman su belleza, con admiración. Vivir de esta manera nos lleva a no quedarnos en lo superficial o externo, sino a adentrarnos en todo lo que la realidad nos puede ofrecer, especialmente las personas. Y esta contemplación la podemos vivir también al rezar el rosario.


En ese sentido, rezarlo no es cuestión tanto de repetir avemarías sin pensar demasiado, sino de descubrir lo que esas oraciones esconden: en ellas nos unimos a la vida de Jesús, de María, del ángel Gabriel, a través de sus mismas palabras. Queremos que su vida, poco a poco, forme parte de la nuestra: en definitiva, respirar junto a ellos y junto a Dios. «Contemplar no es en primer lugar una forma de hacer, sino que es una forma de ser: ser contemplativo. Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como “respiración” de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista»[6].


CON FRECUENCIA puede ocurrir que no conseguimos rezar y contemplar el rosario como nos gustaría. A las posibles limitaciones de tiempo, se añaden también las normales dificultades de atención. Intentamos considerar las avemarías que componen los misterios, pero la cabeza a veces se dirige a otros asuntos que nos ocupan. Pueden darnos consuelo y ánimo aquellas palabras de san Josemaría: «Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes, si, a pesar de todo, sigues distraído. ¿No ves cómo, en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? Esto no implica falta de amor, ni de respeto: es la miseria y pequeñez propias del hijo»[7].


De este modo, la lucha a la hora de rezar el rosario no se centrará exclusivamente en combatir las distracciones; es más, nos serviremos de ellas precisamente para alimentar nuestra oración y poner en manos de María aquellos pensamientos. Así han hecho los santos a lo largo de la historia: «El rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación –escribía san Juan Pablo II–. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo»[8].


De entre todas las intenciones que pueden ser confiadas al rezo del rosario, en los últimos años los pontífices han señalado especialmente dos. Por un lado, la paz, pues «el rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera»[9]. Y, por otro, la familia: «La familia que reza unida, permanece unida (...). Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios»[10]. Podemos confiar estas dos intenciones a María: ser familias que transmitan la paz allá donde se encuentren.

6 de octubre de 2026

ANIVERSARIO CANONIZACION DE SAN JOSEMARIA




EL 6 DE OCTUBRE de 2002 tuvo lugar, en la plaza de San Pedro, en Roma, la canonización de san Josemaría. Durante la homilía, san Juan Pablo II destacó con particular importancia el empeño del fundador del Opus Dei por promover la santidad de los cristianos en medio de la vida ordinaria: «No dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”»[1].


Todos estamos llamados a entablar una relación ininterrumpida con Jesús; una relación que nos llena progresivamente de paz porque nos lleva a sabernos, cada vez con mayor claridad, en manos de Dios, pase lo que pase. «La vida habitual de un cristiano que tiene fe –afirmaba san Josemaría–, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente»[2]. Esta visión de la existencia cura nuestras divisiones internas y nos abre un horizonte inmenso, «Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación»[3]. Abrirse a la acción del Espíritu Santo en nosotros –es decir, a la santidad– es contribuir a transformar el mundo y elevarlo hacia Dios.


Sin embargo, al considerar esta misión, podemos sentir que no es para nosotros, sino, quizás, para gente mejor preparada. «Nos puede servir –escribía el prelado del Opus Dei– recordar que Cristo no llamó a sus discípulos porque fuesen mejores que los demás, sino que los convocó conociendo sus debilidades, y –como lo hace también con nosotros– lo más profundo de sus corazones y de su pasado»[4]. Algo parecido pudo vivir san Josemaría cuando fundó el Opus Dei. De ahí que el cardenal Ratzinger escribiera sobre él, un día como hoy: «Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios»[5].


CUANDO la Iglesia eleva un santo a los altares lo presenta como un posible modelo en la imitación de Cristo. Ellos han vivido de la esperanza cristiana; nos muestran con su testimonio que vale la pena seguir al Señor, quien ha llenado sus vidas de una alegría y de una paz que son compatibles con las más diversas circunstancias externas.


Al mismo tiempo, todos los santos nos recuerdan que la vida con Dios es una meta que no se alcanza por las propias fuerzas, sino que es fruto de la gracia divina. Es Dios quien los ha hecho santos, ciertamente, contando con su disposición libre y, muchas veces, esforzada. Ellos no son símbolos inalcanzables, sino «personas que han vivido con los pies en la tierra y han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse una y otra vez y continuar el camino»[6]. San Josemaría afirmaba que su vida era comenzar y recomenzar varias veces, incluso a lo largo del mismo día; a esto llamaba «espíritu deportivo»: «Da muy buenos resultados emprender las cosas serias con espíritu deportivo... ¿He perdido varias jugadas? —Bien, pero —si persevero— al fin ganaré»[7].


El camino a la santidad no está hecho solamente de actos heroicos puntuales, sino de mucho amor cotidiano. Todos podemos amarnos unos a otros con la atención y delicadeza de Cristo. En la vida de los santos vemos ese «amor cotidiano» encarnado en gestos concretos; nos muestran que detrás de cada persona que está a nuestro alrededor, en realidad se encuentra «el Dios “escondido” (Is 45, 15). Gracias a ellos, Él se revela, se hace visible, se hace presente en medio de nosotros»[8].


Cada santo es, por tanto, «como un rayo de luz que sale de la palabra de Dios»[9]; ellos nos señalan diversos aspectos del rostro de Cristo y de sus enseñanzas. Como señala el Catecismo de la Iglesia, los santos «en su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo»[10]. «Santidad no significa exactamente otra cosa más que unión con Dios –decía san Josemaría–; a mayor intimidad con el Señor, más santidad»[11].


LOS SANTOS «contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar “en la alegría” de su Señor, han sido “constituidos sobre lo mucho” (cfr. Mt 25,21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios»[12]. Los santos no solamente nos indican el camino a la santidad, sino que además nos ayudan a recorrerlo. Su acción «no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos»[13]. San Josemaría, y tantos hijos e hijas en el Opus Dei, quizá incluso alguien que habremos conocido, viven en el cielo, junto a Dios, e interceden por nosotros.


En realidad, esta lógica de la cercanía y de la intercesión se da ya en nuestras relaciones. Un padre o un profesor se esfuerzan por acompañar al hijo o al estudiante en los primeros pasos de la vida: ellos mismos se sintieron ayudados en su día, y ahora ven como algo natural hacer lo mismo con las nuevas generaciones. De un modo análogo, los santos también lucharon en su día por vivir junto a Dios. Ellos experimentaron dificultades similares a las nuestras, y nos recuerdan que, aunque sintamos la inclinación del pecado, la santidad tiene más fuerza para florecer. «Cada vez que juntamos las manos y abrimos nuestro corazón a Dios, nos encontramos en compañía de santos anónimos y santos reconocidos que rezan con nosotros, y que interceden por nosotros, como hermanos y hermanas mayores que han pasado por nuestra misma aventura humana»[14].


La Virgen está presente en la vida de todos los santos. La única cosa en la que san Josemaría se ponía como ejemplo era en su amor a María. «Señora –podemos pedirle con palabras del fundador del Opus Dei–, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios. –Confía, que Ella te escucha»[15].

El hogar de Betania

 


Evangelio (Lc 10, 38-42)


En aquel tiempo, cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:


—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.


Pero el Señor le respondió:


—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.


PARA TU RATO DE ORACION 


A VECES se ha visto el episodio de Jesús en Betania (cfr. Lc 10,38-42) como una disyuntiva entre dos modos de vivir la fe: o se es como Marta, dedicada a las actividades del mundo, o como María, centrada en las cosas de Dios. Sin embargo, también podemos considerar que las dos actitudes son necesarias y complementarias: no hace falta abandonar las ocupaciones ordinarias para estar siempre con el Señor. San Josemaría, haciéndose eco de las enseñanzas de santos que abrazaron la vida religiosa, escribía: «Habéis de buscar a Jesucristo en la vida corriente –también entre los pucheros, como decía la Madre Teresa–, en lo ordinario. (...) Dios está ahí, entre los libros, entre el material de laboratorio, en la labor de investigación o de enseñanza; y está igualmente en la cocina o entre los instrumentos de limpieza o en el planchero»[1].


Cuando Marta se lamenta ante el Señor porque su hermana no le ayuda en el servicio de la casa, Jesús le responde: «Tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10, 41-42). Cristo no invita a Marta a desentenderse de sus ocupaciones. De lo contrario, ¿cómo habrían podido comer y recuperar las fuerzas él mismo y los apóstoles? El Maestro quiere que Marta, mientras ejerce de anfitriona, no se olvide de «la mejor parte», de lo único que es «necesario»: dar gloria a Dios y servir a los demás a través de su trabajo bien hecho. De este modo, como escribía el fundador del Opus Dei, «llega un momento en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios»[2].


SEGURAMENTE en más de una ocasión nos hayamos encontrado como Marta. Durante un periodo de tiempo –breve o largo–, podemos tener la impresión de que no llegamos a todo lo que nos proponemos. Posiblemente tengamos una familia a la que cuidar, obligaciones laborales y más de un imprevisto que inevitablemente se presenta cada jornada y que requiere de un tiempo extra y una atención particular: alguna enfermedad nuestra o de una persona cercana, una llamada o reunión de última hora, un trabajo que se alarga, un desperfecto en la casa, tener que hablar más extensamente con un amigo o compañero, etc. Deseamos entonces que ese periodo de cierto estrés desaparezca cuanto antes y añoramos, con toda razón, que llegue finalmente algo de tranquilidad y de paz.


La reacción de Marta nos puede dar una pista sobre cómo acoger esos momentos cuando se presentan: acudir a Jesús y desahogarnos con él. «Descargad sobre él todas vuestras preocupaciones –escribe san Pedro–, porque él cuida de vosotros» (1Pd 5,7). Al mismo tiempo, la invitación del Señor a centrarse en lo «necesario» también nos puede ayudar a descubrir el sentido de esas ocupaciones que quizá pueden quitarnos la paz. No son solo imprevistos o tareas, sino caminos por los que nos hacemos santos y contribuimos al bien de las personas que nos rodean. Este cambio de enfoque difícilmente supondrá que, de un día para otro, el cansancio desaparezca o que logremos armonizar las tareas exactamente como enseñan los gurús de la gestión del tiempo. Aun acercándonos a ese noble ideal, el cansancio vivido con Jesús tiene un significado valioso, pues nuestro esfuerzo no se dirige a quitarse de encima ese quehacer cuanto antes, sino que adquiere una dimensión ambiciosa: identificarnos con Cristo, que vivió centrado en las cosas de su Padre y con un corazón abierto, magnánimo, para atender a quienes se acercaban a él.


Esta actitud explica «por qué aparecen llenos de paz los santos, aun en medio del dolor, de la deshonra, de la pobreza, de las persecuciones. La respuesta –como decía el beato Álvaro– se dibuja bien clara: porque procuran identificarse con la Voluntad del Padre del Cielo, imitando a Cristo»[3]. Así, lo que antes quizá se percibía como una amenaza que alteraba nuestra vida interior, se mira de otro modo: una oportunidad para crecer en los ideales que sostienen nuestra vida.


MARÍA escucha atenta las palabras de Jesús. El modo de seguir su predicación es bien distinto al de algunos fariseos o escribas, que cuando hablaba el Maestro buscaban algo de qué acusarle. Ella, en cambio, acogería con cariño y sentido práctico sus enseñanzas: no se limitaría a deleitarse en la belleza del discurso, sino que trataría de hacerlo suyo y aplicarlo a su propia vida. «Al abrir el Santo Evangelio –sugería san Josemaría–, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no solo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia»[4].


«Escuchar la palabra de Dios es leerla y decir: ¿Qué está diciendo esto a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios a mí con esas palabras? (...) Dios no habla para todos en general: sí, habla para todos, pero nos habla a cada uno. El evangelio ha sido escrito para cada uno de nosotros»[5]. Para descubrir ese significado personal la palabra de Dios necesita fermentar dentro de nosotros; es decir, no basta escuchar o leer una vez un fragmento para captar su significado, sino que requiere que se asiente en nuestro corazón y en nuestra inteligencia. De este modo, podemos leer los sucesos que nos ocurren a la luz de esa palabra, y percibir lo que el Señor nos quiere transmitir en cada momento.


Esta fue la actitud de la Virgen María. Ella meditaba en su corazón tanto los episodios de su vida que no entendía como los que le llenaban de gozo. Nuestra madre nos podrá ayudar a seguir lo que su Hijo quiso transmitir en el hogar de Betania: dar gloria a Dios con nuestro trabajo y escuchar su palabra para que informe toda nuestra vida.



5 de octubre de 2026

AMAR CON OBRAS

 



Evangelio (Lc 10,25-37)


En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:


—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?


Él le contestó:


—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?


Y éste le respondió:


—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.


Y le dijo:


—Has respondido bien: haz esto y vivirás.


Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:


—¿Y quién es mi prójimo?


Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:


—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?


Él le dijo:


—El que tuvo misericordia con él.


—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo



PARA TU RATO DE ORACION 



EN UNA OCASIÓN, un doctor de la ley plantea a Jesús una cuestión sobre la relación entre la vida eterna con el amor a Dios y al prójimo. Sabe bien que la ley de Moisés manda esto último, pero existía una discusión sobre quién merecía ser considerado como «prójimo», y si aquella distinción coincidía con la pertenencia al pueblo elegido. Jesús aprovecha este diálogo para hablar de un amor que no conoce distinciones, y lo hace a través de la parábola del buen samaritano.


La historia comienza con un hombre que, al bajar de Jerusalén a Jericó, cae en manos de unos salteadores que le dejan medio muerto. Cuando un sacerdote y un levita lo encuentran por el camino, pasan sin detenerse, quizás para no contaminarse con su sangre; antepusieron esa norma, vinculada con el culto, al gran mandamiento de Dios, que ante todo quiere misericordia y no sacrificio (cfr. Mt 9,13).


Puede dar la impresión de que, en el interior de aquel sacerdote o de aquel levita, esa norma y el cuidado lógico a un herido fuesen realidades enfrentadas. Pensaron tal vez: «O elijo cuidar el culto a Dios o bien me ocupo de esa persona». Sin embargo, cuando dejamos que el amor del Señor y a los demás informe toda nuestra vida, esos dilemas desaparecen: «La caridad, en verdad, nos purifica de nuestro egoísmo; derriba las murallas de nuestro aislamiento; abre los ojos y hace descubrir al prójimo que está a nuestro lado, al que está lejos y a toda la humanidad»[1]. En definitiva, nos hace ver que precisamente cuidando a esa persona damos culto a Dios: «Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios»[2].


JESÚS invita al doctor de la ley a salir de sus esquemas, y presenta como héroe de la parábola a un hombre samaritano. Los samaritanos eran un grupo apartado de la religión oficial, lejos de la pureza que rodeaba al pueblo elegido, especialmente a quienes rendían culto en el templo. Las acciones con las que el samaritano entra en escena son las mismas que las de los otros dos viajeros: pasa por el camino y ve al hombre malherido. Pero su reacción es totalmente distinta: «Se conmovió profundamente» (Lc 25,33) y sintió «un rayo de compasión que le llegó al alma»[3].


Quizá los oyentes de la parábola se sorprendieron al oír que fue un samaritano el que se compadeció; tal vez creían poder predecir cómo actuaría uno de ellos en esta situación. Pero Jesús quiere mostrar que no debemos reducir la realidad a nuestros propios modelos ni encasillar a las personas. De hecho, el Evangelio nos presenta al menos dos interacciones de Cristo con samaritanos: un leproso que es modelo de agradecimiento a Dios (cfr. Lc 17,11-19), y una mujer que al encontrarse con el agua viva de Jesús se transforma en apóstol (cfr. Jn 4,7-30).


Cuando miramos a los demás sin prejuicios aprendemos a quererles tal como son, además de que nos enriquecemos de sus dones. Imitamos así el amor de Cristo, que siempre mira todo el bien del que somos capaces. Como decía san Josemaría: «La fe –la magnitud del don del amor de Dios– ha hecho que se empequeñezcan hasta desaparecer todas las diferencias, todas las barreras: ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni de libre; ni de hombre ni de mujer: “porque todos sois una cosa en Cristo Jesús” (Gal 3,28) Ese saberse y quererse de hecho como hermanos, por encima de las diferencias de raza, de condición social, de cultura, de ideología, es esencial al cristianismo»[4].


LA REACCIÓN del samaritano del relato no se quedó solamente en un buen sentimiento de compasión. Al contrario, se puso manos a la obra: «Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta”» (Lc 10,34-35).


El samaritano nos muestra que el amor se manifiesta en lo concreto, en grandes y pequeños gestos. A través de ellos expresamos nuestra voluntad de ayudar en las necesidades del otro y de hacer amable la vida de quienes nos rodean. San Josemaría nos invitaba a concretar nuestro amor, para que no quede solo en palabras, sino que tome cuerpo y se haga tangible en las obras: «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones”. Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche»[5].


Terminada la parábola, Jesús hace una pregunta al doctor de la ley: «¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Y responde el doctor: «El que tuvo misericordia con él» (Lc 10,36-37). Podemos pedir a María que haga más sensible nuestro corazón, y que nos alcance la prontitud para ponernos manos a la obra: solo entonces seremos verdaderamente «prójimos».

4 de octubre de 2026

Asegurarse la felicidad

 


Evangelio (Mt 21, 33-46)


Escuchad otra parábola:


—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y, lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?


Le contestaron:


—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.


Jesús les dijo:


—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:


La piedra que rechazaron los constructores,


ésta ha llegado a ser la piedra angular.


Es el Señor quien ha hecho esto


y es admirable a nuestros ojos?


»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos. Y quien caiga sobre esta piedra se despedazará, y al que le caiga encima lo aplastará.


Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.


Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



EN UNA OCASIÓN el profeta Isaías entonó un canto en el que describía el cuidado que un amigo dispensó a su viña (cfr Is 5,1-7). Situada en una tierra fértil, el dueño se excedió en todos los desvelos necesarios para garantizar una vendimia exitosa: limpió el terreno de piedras, lo cercó, cavando incluso una zanja, y erigió una torre para vigilar sobre su viña día y noche. Finalmente, se tomó la molestia de excavar el lagar, donde pisar la uva apenas recogida. Hecho todo esto, esperó. Después de tantos esfuerzos, entendemos bien la decepción del dueño de la viña cuando, en lugar de encontrar la deliciosa uva que esperaba, descubrió que daba unos frutos amargos, de gusto desagradable. «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?» (Is 5, 4), se pregunta. El problema no está en la tierra, ni en la cepa, ni en el agricultor, ni en las condiciones externas: es la vid la única responsable.


Tradicionalmente se ha visto en esta viña una imagen de la casa de Israel, que no supo dar los frutos que el Señor esperaba a pesar de sus cuidados. Sin embargo, también podemos ser cada uno de nosotros cuando no somos conscientes de las gracias que Dios nos ha dado. La contrición nos lleva precisamente a descubrir la atención que el Señor nos dispensa y el dolor que le causan nuestros pecados. No se trata de una sensación de orgullo herido, sino que «se llora porque no se corresponde al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; este es el significado del pecado. ¡He herido a la persona que amo!»[1].


Esas lágrimas, si nacen del amor, nos ayudarán a recomenzar con alegría. «Si alguna vez coges una rabieta –comentaba san Josemaría– porque no eres lo que debes ser, y a solas –no des espectáculo– se te salta una lágrima como un puño, acuérdate de aquellos versos, que son bastante malos pero que a mí me consuelan: ‘Mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, pues no hay amante mejor / que aquel que ha llorado mucho’. Tú y yo a llorar mucho a solas, en la presencia de Dios, porque no somos lo que querríamos ser para el amor de Dios»[2].


EL SALMO de este domingo pide al Señor que el recuerdo de sus desvelos con su viña no lo lleve a rechazarla, sino a cuidarla todavía más, a restaurarla y a no dejarla en manos de sus enemigos: «Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río. (...) Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y al hijo de hombre que tú has fortalecido» (Sal 79,9.12-16).


A veces podemos imaginarnos a Dios en una manera humana, donde la paciencia tiene un límite. Estamos seguros de que nos ama, pero creemos que, si no correspondemos, tarde o temprano se desanimará y dejará de dedicarnos los cuidados necesarios. Nada más lejos de la realidad. El Señor «jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón»[3]. Un viñador no cuida de su terreno porque se lo merece, sino porque le hacen falta sus desvelos. Del mismo modo, la misericordia de Dios no se vuelca con quien se lo ha ganado, sino con aquel que más lo necesita.


«Si sentís decaimiento –escribía el fundador del Opus Dei–, al experimentar –quizá de un modo particularmente vivo– la propia miseria, es el momento de abandonarse por completo, con docilidad en las manos de Dios»[4]. Entonces podemos recordar, como el salmista, todos los cuidados que hemos recibido del Señor. Es decir, rememorar en la oración todos aquellos episodios de nuestra vida en los que hemos sentido de manera especial su cercanía, la felicidad de estar junto a él. Y así, desarrollaremos el convencimiento de que quien ha comenzado en nosotros la obra buena «la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6).


EN EL EVANGELIO Jesús habla de otra viña en la que el dueño se ha tomado los mismos desvelos que en la de Isaías. En esta ocasión, sin embargo, sí que ha dado frutos, y no puede dejar de darlos (cfr. Mt 21,33-34.43). Si la primera viña era la casa de Israel, la restaurada es el nuevo Israel, la Iglesia, el cuerpo de Cristo inseparable de su cabeza. Jesús es la nueva cepa plantada en la viña de su Padre, la piedra angular que nos garantiza que Dios no rechazará jamás su viña (cfr. Mt 21,42). Y nosotros sabemos que siempre daremos frutos si estamos unidos a él (cfr. Jn 15, 1-8).


La viña del Señor no se encuentra en un invernadero, sino que está plantada en medio del mundo. Por eso, no está exenta de dificultades. En concreto, Jesús describe que aquellos a quienes se les había confiado su cuidado decidieron apropiarse del terreno, lo que acabaría provocando la ira del dueño: «A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (Mt 21,41). Aquellos hombres habían olvidado que la viña no era suya, sino del dueño: él fue quien la plantó y preparó todo lo necesario para que diera fruto.


Dios también nos ha confiado una parte de su viña. Es decir, personas a las que podemos ayudar a dar fruto a través de la oración, del cariño y del propio ejemplo. Lo mejor que podemos hacer por ellas es que se enamoren de Jesús y se convierta en la piedra angular de sus vidas. «Es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos»[5], repetía san Josemaría. Y añadía en otra ocasión: «Estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurarse la felicidad»[6]. En esta nueva viña del Señor contamos con una viñadora experta, que es la Virgen María. A ella le podemos pedir que nos sostenga siempre en la esperanza de dar frutos abundantes, manteniéndonos unidos a su hijo, por el amor, y con la fe cierta de que nunca nos abandona