"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

31 de diciembre de 2025

EL MISTERIO DE LA MUERTE


EVANGELIO

Marcos 4, 26-34


En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.


Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.


Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.


PARA TU ORACION Personal.  


En este rato de oracion, no es que seamos pajaros.de mal aguero, pero la verdad es que un año el 25 muere y nace el 26. Es momento de examen de propositos y de cábalas. Pero tambien ser realistas y saber que de los que estamos en este grupo quizás pueda ser nuestro ultimo año. Por eso viene como anillo al dedo meditar sobre la muerte en el ultimo dia del año tal como nos hablo el papa Leon hace escasas semanas.

El misterio de la muerte siempre ha suscitado profundas preguntas en el ser humano. De hecho, parece ser el acontecimiento más natural y, al mismo tiempo, más antinatural que existe. Es natural, porque todos los seres vivos de la tierra mueren. Es antinatural porque el deseo de vida y de eternidad que sentimos para nosotros mismos y para las personas que amamos nos hace ver la muerte como una condena, como un «contrasentido».

Muchos pueblos antiguos desarrollaron ritos y costumbres relacionados con el culto a los muertos, para acompañar y recordar a quienes se encaminaban hacia el misterio supremo. Hoy, en cambio, se observa una tendencia diferente. La muerte parece una especie de tabú, un acontecimiento que hay que mantener alejado; algo de lo que hay que hablar en voz baja, para no perturbar nuestra sensibilidad y tranquilidad. A menudo, por eso, se evita incluso visitar los cementerios, donde descansan aquellos que nos han precedido a la espera de la resurrección.


¿Qué es, pues, la muerte? ¿Es realmente la última palabra sobre nuestra vida? Solo el ser humano se plantea esta pregunta, porque solo él sabe que debe morir. Pero ser consciente de ello no le salva de la muerte, sino que, en cierto sentido, le «agobia» más que a todas las demás criaturas vivientes. Los animales sufren, sin duda, y se dan cuenta de que la muerte está cerca, pero no saben que la muerte forma parte de su destino. No se preguntan por el sentido, el fin o el resultado de la vida.


Al constatar este aspecto, se debería pensar entonces que somos criaturas paradójicas, infelices, no solo porque morimos, sino también porque tenemos la certeza de que este acontecimiento ocurrirá, aunque ignoremos cómo y cuándo. Nos descubrimos conscientes y, al mismo tiempo, impotentes. Probablemente de ahí provienen las frecuentes represiones, las huidas existenciales ante la cuestión de la muerte.


San Alfonso María de Ligorio, en su famoso escrito titulado Preparación para la muerte, reflexiona sobre el valor pedagógico de la muerte, destacando que es una gran maestra de vida. Saber que existe y, sobre todo, meditar sobre ella nos enseña a elegir qué hacer realmente con nuestra existencia. Rezar, para comprender lo que es bueno con vistas al reino de los cielos, y dejar ir lo superfluo que, en cambio, nos ata a las cosas efímeras, es el secreto para vivir de forma auténtica, con la conciencia de que el paso por la tierra nos prepara para la eternidad.


Sin embargo, muchas visiones antropológicas actuales prometen inmortalidad inmanente y teorizan sobre la prolongación de la vida terrenal mediante la tecnología. Es el escenario del “transhumanismo”, que se abre camino en el horizonte de los retos de nuestro tiempo. ¿Podría la ciencia vencer realmente a la muerte? Pero entonces, ¿podría la misma ciencia garantizarnos que una vida sin muerte es también una vida feliz?


El acontecimiento de la resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es parte constitutiva de ella como paso a la vida eterna. La Pascua de Jesús nos hace pregustar, en este tiempo aún lleno de sufrimientos y pruebas, la plenitud de lo que sucederá después de la muerte.


El evangelista Lucas parece captar este presagio de luz en la oscuridad cuando, al final de aquella tarde en la que las tinieblas habían envuelto el Calvario, escribe: «Era el día de la Preparación y ya comenzaba el sábado» (Lc 23,54). Esta luz, que anticipa la mañana de Pascua, ya brilla en la oscuridad del cielo que aún parece cerrado y mudo. Las luces del sábado, por primera y única vez, anuncian el amanecer del día después del sábado: la nueva luz de la Resurrección. Solo este acontecimiento es capaz de iluminar hasta el fondo el misterio de la muerte. En esta luz, y solo en ella, se hace realidad lo que nuestro corazón desea y espera: que la muerte no sea el fin, sino el paso hacia la luz plena, hacia una eternidad feliz.


El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, saliendo victorioso gracias al poder del Amor divino. Así nos ha preparado el lugar del descanso eterno, la casa en la que se nos espera; nos ha dado la plenitud de la vida en la que ya no hay sombras ni contradicciones.


Gracias a Él, que murió y resucitó por amor, con San Francisco podemos llamar a la muerte «hermana». Esperarla con la certeza de la resurrección nos preserva del miedo a desaparecer para siempre y nos prepara para la alegría de la vida sin fin.

Gracias perdón ayúdeme más

 


Evangelio (Jn 1,1-18)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama: «Éste era de quien yo dije: “El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”».

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.


PARA TU RATO DE ORACION


EL PRÓLOGO del evangelio de san Juan que leemos en la Misa es como un resumen de la Navidad. Nos dice que mientras unas personas reciben al Hijo de Dios y se convierten en hijos adoptivos, otras le ignoran y se quedan en las tinieblas. Hoy, último día del año, queremos poner toda nuestra vida ante ese Niño que nos ha nacido, nuestro Salvador. Es un buen momento para recapitular, para hacer balance y, sobre todo, para agradecer a Dios que ha querido estar al lado nuestro en todo momento.

Cada año que pasa, nos aproxima un poco más al cielo. Podemos pedir al Espíritu Santo que nos ilumine para hacer un examen de conjunto de este tiempo que se fue y que nos acerca a Dios. Hemos podido crecer, como Jesús, «en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Un año más en el que el Señor, en este último día, quiere decirnos a cada uno aquellas palabras del Evangelio: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21).

Eso nos gustaría hoy: pasar nuestros días en Belén, con Jesús, María y José, para ver nuestra vida desde Dios; entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad, y así llenar nuestro corazón de un agradecimiento sin fin. Deseamos poder decir, con palabras del evangelio de la Misa, que «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (...). De su plenitud todos hemos recibido, gracia por gracia» (Jn 1,14.16).


«EL VERBO se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Queremos acercarnos al portal como lo hicieron los pastores, con el corazón rendido ante la maravilla que tenían frente a sus ojos: «Acerquémonos a Dios que se hace cercano, detengámonos a mirar el belén, imaginemos el nacimiento de Jesús: la luz y la paz, la pobreza absoluta y el rechazo. Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas, nuestros pecados. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle sencillamente gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí»[1].

Como los pastores, queremos llevar hoy a Belén todo lo que somos: todo lo que hemos hecho y dejado de hacer en este año que acabaS. eguramente habrá muchas cosas buenas y también otras que no lo son. Quizá nos hemos acercado un poco más a Dios, aunque de una manera poco medible. En todo caso, estamos seguros de que «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Por eso nos llenamos de agradecimiento. Dios nos ha cuidado; ha estado con nosotros y nos ha acompañado. Te Deum laudamus. Te alabamos, Señor, desde el fondo de nuestra alma, te damos gracias porque eres bueno. Y todos los días te bendecimos. Y alabamos tu nombre por los siglos de los siglos[2].

«GRACIAS, perdón y ayúdame más». Quizá esta jaculatoria, que repetía el beato Álvaro del Portillo, puede servirnos hoy para encauzar nuestro diálogo íntimo con Jesús. San Agustín recomendaba una actitud constante de gratitud como la mejor forma de vivir: «¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras, “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad»[3].

«Hoy es el día adecuado para acercarse al sagrario, al belén, al pesebre, para agradecer. Acojamos el don que es Jesús, para luego transformarnos en don como Jesús. Convertirse en don es dar sentido a la vida y es la mejor manera de cambiar el mundo: cambiamos nosotros, cambia la Iglesia, cambia la historia cuando comenzamos a no querer cambiar a los otros, sino a nosotros mismos, haciendo de nuestra vida un don»[4].Tantos regalos de Dios, tantos dones, tantos motivos para hacer de nuestra vida un don… y, por contraste, vemos también en nuestra vida la falta de correspondencia. Podemos acompañar nuestra gratitud con una petición de perdón a Dios por las veces en que no hemos sido generosos o por tantas ocasiones en las que hemos estado, simplemente, distraídos. Sabemos bien que si nos llenamos de buenos deseos no nos faltará nunca su gracia, porque «a cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

Un buen objetivo para este año que comienza puede ser el de dejarnos ayudar más por Dios. No queremos hacer las cosas solos. Quizá el año que termina ha sido testigo de muchos intentos nuestros de contar únicamente con nuestras fuerzas y hemos comprobado que esa fórmula no funciona. «¡Gracias, perdón, ayúdame! En estas palabras se expresa la tensión de una existencia centrada en Dios. De alguien que ha sido tocado por el Amor más grande y vive totalmente de ese amor»[5]. Con la ayuda de la Virgen, nuestra madre, nos ilusiona durante este año que comienza apoyarnos más y más en la gracia de su Hijo.


30 de diciembre de 2025

LOS TIEMPOS DE DIOS

 



Evangelio (Lc 2, 36-40)

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaban de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.


PARÁ TU RATO DE ORACIÓN 

«CUANDO un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó desde el cielo, desde el trono real» (Sb 18,14-15). Así arranca la antífona de entrada de la Misa de hoy. En esta Octava de Navidad queremos vivir de este hecho prodigioso: Dios nos ha enviado su Palabra, se ha hecho carne, es uno de nosotros. Nos gustaría agradecer a la Trinidad todo lo que ha sucedido. Nos unimos a la voz de los ángeles que cantan sin cesar la gloria de Dios, su felicidad, es decir, nuestra salvación. El cielo está de fiesta y la tierra se contagia de este gozo.

Hoy, en la lectura del evangelio, aparece Ana, viuda desde hace muchos años. San Lucas la describe como una profetisa. Es significativo que Dios haya elegido a una humilde viuda para comunicar su nacimiento, en lugar de algún personaje conocido o prestigioso del pueblo. Todos los testigos del nacimiento de Jesús son personas corrientes a quienes no era sencillo que la sociedad creyera.

Quizá algunos pensaron que Ana estaba un poco confundida a causa del sufrimiento y la soledad de tantos años de viudez, o por el rigor de sus ayunos y oraciones. No sabemos si le hicieron caso. Pero el Señor quiso servirse de ella para anunciar el nacimiento del Mesías: «Llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2,38). En ocasiones, Dios elige a testigos que son aparentemente poco creíbles. Algo similar sucede con los pastores o volverá a pasar años después con María Magdalena, a quien los discípulos no creyeron. «Solo los que tienen el corazón como los pequeños —la gente sencilla— son capaces de recibir esta revelación: el corazón humilde, manso, el que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, porque se siente pobre»[1].


DESPUÉS de relatar el encuentro con Ana, el evangelio de hoy continúa narrando que la Sagrada Familia, tras haber cumplido todo lo que prescribía la ley, toma el camino de vuelta a Nazaret. Y termina con un versículo breve pero lleno de contenido, porque resume en pocas palabras gran parte de la vida oculta de Jesús: «El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él» (Lc 2,40). Dios asume los tiempos del crecimiento normal de un niño; no tiene prisa, quiere hacer la redención de ese modo tan natural y discreto.

San Josemaría dirigiéndose a la Virgen de Guadalupe en México pedía que en nuestros corazones crecieran «rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis»[2].

Durante treinta años, vuelve a hacerse silencio en la vida de Jesús, como antes de que naciera en Belén. Pero ese silencio es muy elocuente porque allí se está cumpliendo nuestra redención. Luego muchos dirán: «¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?» (Mt 13,55). La naturalidad de la vida ordinaria fue también el camino que recorrió Jesús durante su adolescencia, su juventud y su madurez. Y de ahí tomamos ejemplo para la santificación de nuestro trabajo y nuestras relaciones; de lo de cada día y lo más cercano.


HEMOS ESPERADO nueve meses para que naciera Dios y ahora vamos a esperar treinta años hasta que comience su vida pública. Sin embargo, sabemos que la redención se está haciendo desde el mismo momento de la Anunciación. El sí de nuestra Madre a los designios divinos de salvación de los hombres ha puesto en marcha el plan trazado desde la eternidad por Dios. Es imparable, pero no sigue nuestro compás. Va despacio pero no da ningún paso atrás. «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[3]. Con frecuencia, la rutina nos vence y no somos capaces de encontrar a Dios en lo corriente, en lo repetido un día y otro.

«Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo»[4]. Nuestra salvación ya ha comenzado y la fidelidad de Dios dura por siempre.

Ana esperó durante muchos años la manifestación del Mesías, haciendo en su alma un espacio para que el Señor pudiera hablar. Quizá a veces reprochamos a Dios su silencio y en realidad somos nosotros quienes nos envolvemos en ruido que no nos deja oírlo. En medio de la noche y del silencio, Dios ha enviado su Palabra y es definitiva. No se arrepentirá de su alianza. María fue la que custodió ese silencio, esa normalidad, durante los nueve meses y después: podemos pedirle a ella ayuda y compañía en nuestro silencio, porque tampoco queremos perdernos la manifestación de su Hijo.




Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.

29 de diciembre de 2025

La vocación de Simeón a la esperanza

 



EVANGELIO Lucas 2, 22-35


Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.


Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:


"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,

según lo que me habías prometido,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,

al que has preparado para bien de todos los pueblos;

luz que alumbra a las naciones

y gloria de tu pueblo, Israel".


El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".


PARA TU RATO DE ORACION 


EL ESPÍRITU SANTO ha revelado a Simeón que no morirá hasta haber visto al Mesías. No es fácil imaginar la manera mediante la cual se lo comunicó. Podemos decir que Simeón tiene una vocación a la esperanza y, en cierto sentido, también nosotros estamos llamados a ella. Todos esperamos ver las obras del Mesías: su gracia que sana, la alegría y el gozo de la redención ya en esta tierra. En Simeón, todos hemos recibido una promesa de salvación que se cumple aquí abajo, en esta tierra, para nuestros ojos y para nuestros oídos. El Mesías no está lejos; ha bajado, se ha hecho uno de nosotros, podemos tocarlo.


Tampoco sabemos cómo descubrió Simeón al Niño. No se habla en el evangelio de ningún signo exterior. Todo parece indicar que fue el mismo Espíritu el que impulsó a Simeón a encontrarlo. Allí estaban María y José con su primogénito. Era inaudito que Dios se hiciera un niño, era impensable que Dios fuera hijo de una joven aparentemente tan normal. Nada la diferenciaba de las otras mujeres que les rodeaban, que también acudirían con sus hijos primogénitos para purificarse. María, aunque no lo necesitaba, ahí estaba, como una más, cumpliendo por amor y no por obligación los mandatos del Señor. De la misma manera, su hijo, Jesús, tampoco tenía por qué pagar por los pecados de los hombres, pero cargó con nuestras debilidades.


Nos puede desconcertar la forma en que Dios se mostró y se nos muestra cada día. Podemos ceder a la dispersión y no descubrirlo cuando pasa cerca de nosotros. Muchos le confundieron con uno más de los habitantes de Nazaret, uno de tantos visitantes del templo. La venida del Mesías y su plan para salvar a todos los hombres son discretos, profundos y delicados. Dios no se impone y por eso ha querido tomar nuestra carne. Podemos pedir a Dios que, como Simeón, abramos los ojos para contemplar la redención que está en marcha.


«AHORA, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación» (Lc 2,29-30). ¿Estamos atentos para descubrir la salvación de Dios, su acción escondida y silenciosa, en todo lo que nos rodea? En la Misa participamos de manera directa en la salvación llevada a cabo por Jesús. Tocamos su gracia y nos apropiamos de sus méritos. Comemos su cuerpo y bebemos su sangre, de la que «una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero»[1].


Simeón vio solamente una vez al Niño. Toda una vida de espera mereció la pena por ese instante. A nosotros, en cambio, nos puede suceder que, como Dios ha querido venir tan cerca en la Eucaristía, nos hayamos acostumbrado a tocar la salvación. Nos parece demasiado normal, demasiado parecido cada día. A veces nos gustaría una puesta en escena más espectacular. Frente a esa tentación podemos imitar a los pastores que estaban en vela cerca de Belén. Eran «personas que estaban a la espera de Dios y que no se resignaban a su aparente lejanía de su vida cotidiana. A un corazón vigilante se le puede dirigir el mensaje de la gran alegría: en esta noche os ha nacido el Salvador. Sólo el corazón vigilante es capaz de creer en el mensaje. Sólo el corazón vigilante puede infundir el ánimo de encaminarse para encontrar a Dios en las condiciones de un niño en el establo»[2].


«¡Cuántos años comulgando a diario! –Otro sería santo –me has dicho–, y yo ¡siempre igual!»[3]. Estamos convencidos de que lo divino es arrollador, entusiasmante, y por eso nos puede causar dolor nuestra aparente frialdad. Pero Dios cuenta también con ello. Simeón, por ejemplo, se preparaba todos los días para recibir al Mesías; cada vez tenía más ganas de verlo, cada día podía ser decisivo. El santo cura de Ars nos prevenía ante la nostalgia de lo extraordinario: «Más dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes, sino que le tenemos con nosotros como estuvo en el seno de María durante nueve meses, como estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle; nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!»[4].


LA ESPADA clavada en el corazón de la Madre de Jesús es el contrapunto desgarrador en una escena donde todo rezuma alegría y esperanza. Es la sombra que pone de relieve lo real de la escena. «María, en cambio, ante la profecía de la espada que le atravesará el alma, no dice nada. Acoge en silencio, al igual que José, esas palabras misteriosas que hacen presagiar una prueba muy dolorosa y expresan el significado más auténtico de la presentación de Jesús en el templo. En efecto, según el plan divino, el sacrificio ofrecido entonces de “un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley” (Lc 2, 24), era un preludio del sacrificio de Jesús»[5].


Nuestra vida también es un cuadro con luces y sombras, un entretejerse de esperanza y desánimo, de lucha y derrotas. Dios lo sabe y en esa aparente fragilidad es donde aparece más cercano. Dios rechaza decididamente la ficción de un mundo perfecto, acabado y sin problemas; se encuentra en la fragilidad de lo cotidiano, en lo que parece sin brillo. Esa apuesta divina por la normalidad puede extrañar a muchas almas pero es la consecuencia de su opción por la libertad. Dios no levanta la voz, no fuerza la entrada en nuestras vidas. La señal que nos ofrece la Navidad es «la humildad de Dios llevada hasta el extremo (...). Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez»[6].


La Virgen, nuestra Madre, también aprendió a descubrir a Dios en su hijo recién nacido. Sus lágrimas, su hambre y su sueño son divinos y son, por eso, nuestra redención. «A partir de la profecía de Simeón, María une de modo intenso y misterioso su vida a la misión dolorosa de Cristo: se convertirá en la fiel cooperadora de su Hijo para la salvación del género humano»[7].

28 de diciembre de 2025

SAGRADA FAMILIA Fiesta


 Evangelio (Mt 2,13-15; 19-23)


Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:


—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.


Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


De Egipto llamé a mi hijo.


Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:


—Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño.


Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: «Será llamado nazareno».


PARA TU RATO DE ORACION 


«SU PADRE y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él» (Lc 2,33). Y así estamos también nosotros: asombrados de que Dios se haya hecho hijo, de que haya necesitado una familia. Allí aprendemos a dejarnos querer, a dejarnos ayudar, a dejarnos perdonar. Mucho antes de que podamos ser conscientes hemos recibido cariño y cuidado. Nunca seremos capaces de compensarlo y eso sucede generación tras generación. No es un peso que abruma, sino una realidad que nos llena de agradecimiento y nos impulsa a corresponder. ¡Gracias, Señor, por la familia que nos has dado a cada uno!


«Honra a tu padre con todo tu corazón y no te olvides de los dolores de tu madre. Recuerda que ellos te engendraron» (Si 7,29-30), dice la Sagrada Escritura. Tenemos un deber de gratitud con quienes nos han cuidado cuando ni siquiera podíamos agradecerlo. Es justo que nuestros padres sean partícipes de nuestra dicha. Ellos han sido, muchas veces, quienes han puesto en nuestra vida la semilla de la fe y de la piedad.


San Josemaría nos pone delante de la misión insustituible de cada familia: «Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). “Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones”, escribe el apóstol (Col 3,15). La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos»[1].


LO IMPORTANTE en nuestra vida es sabernos queridos y aprender a querer. Y esto sucede, en primer lugar, dentro de la propia familia. Al mismo tiempo, es verdad que no todo es ideal. Todos estamos lejos de ser perfectos. Por eso podemos pedir ahora a Jesús, María y José que intercedan por todas las familias que atraviesan dificultades.


Se podría decir que este primer círculo social es la cuna de todo don. Ahí nos sentimos afirmados por ser quien somos, nos sentimos bendecidos y descubrimos que también nuestra vida es un don para los demás. Está inscrito en nuestro corazón que todos somos hijos. Algunos además son padres, otras son madres, puede que tengamos hermanas o hermanos... pero todos somos hija o hijo. La vida nos ha sido regalada y hay alguien que nos espera. Incluso en las situaciones más difíciles, la condición de hijo tiene tanta fuerza que habitualmente sigue siendo un camino privilegiado para encontrar a Dios Padre.


«La Navidad se considera la fiesta de la familia. El hecho de reunirse e intercambiarse regalos subraya el fuerte deseo de comunión recíproca y pone de relieve los valores más altos de la institución familiar. La familia se redescubre como comunión de amor entre personas, fundada en la verdad, en la caridad, en la fidelidad indisoluble de los esposos y en la acogida de la vida. A la luz de la Navidad, la familia comprende su vocación a ser una comunidad de proyectos, de solidaridad, de perdón y de fe donde la persona no pierde su identidad, sino que, aportando sus dones específicos, contribuye al crecimiento de todos. Así sucedió en la Sagrada Familia, que la fe presenta como inicio y modelo de las familias iluminadas por Cristo»[2].


EN BELÉN Dios se ha convertido en uno de nosotros. Quiere vivir nuestra historia, nuestro camino y nuestra libertad. «La familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección»[3]. Es tal la fuerza de la familia que podemos llenarnos de esperanza. La capacidad de transformación y sanación que tiene el amor en la familia es capaz de superar todas las dificultades, por muy abrumadoras que parezcan. Nuestras familias son el lugar elegido por Dios para darnos todos sus dones: el primero de todos, la vida, y con él, la fe, la vocación, un nombre, la educación, el temperamento, la lengua, un lugar al que pertenecer... Este gran reto llevó a san Juan Pablo II a incluir una invocación a la Reina de la Familia en las letanías del Rosario. Desde entonces, millones de voces y corazones le han pedido a la Virgen que proteja a las familias del mundo entero, que todas ellas sean esa cuna en donde se renueva continuamente la humanidad.


Carne y sangre nuestra son nuestros padres y hermanos, y por ellos ha de empezar nuestra preocupación apostólica. Así comenzó el apostolado de los primeros discípulos de Cristo. Andrés, «encontró primero a su hermano Simón y le dijo: — hemos encontrado al Mesías — que significa: “Cristo”. Y lo llevó a Jesús» (Jn 1,41-42). Y Juan, que con Andrés fue el primero en acercarse al Señor, comunicó el hallazgo a su hermano Santiago y le preparó para cuando Jesucristo le encontrara en medio de las redes y le llamara a su servicio. Es lógico que san Josemaría haya llamado el dulcísimo precepto al mandamiento de Moisés sobre honrar a la propia familia.


Con María y con José queremos llenarnos de admiración. En Belén, Dios ha descendido a cada familia, sobre todo a las más heridas, para sanarnos, acompañarnos y descubrir con nosotros el papel decisivo que tiene para cada hijo y para Jesús.

27 de diciembre de 2025

SAN JUAN APOSTOL

 



Evangelio (Jn 20, 1a. 2-8)

El día siguiente al sábado, María Magdalena echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:

- Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó.

PARA TU RATO DE ORACION 

PEDRO Y JUAN, tras haber escuchado el testimonio de María Magdalena, corren hacia el sepulcro vacío del Señor. En este pasaje del evangelio de hoy, el cuarto evangelista se presenta a sí mismo como el discípulo «al que Jesús amaba» (Jn 20,2). ¿Por qué Juan, cuya fiesta celebramos, fue el discípulo amado, el predilecto de Cristo? Quizá fue porque era el más joven, o quizá porque era el que más necesitaba ese cariño especial… Puede ser que por su carácter fogoso o, simplemente, porque Jesús así lo quiso. Lo que sí sabemos es que san Juan estaba convencido de ser depositario del cariño inconfundible con que el Señor le trataba.

Sin embargo, todos podemos decir que somos amados de una forma especial, única y exclusiva por Dios. Es parte del misterio de su amor por nosotros. La fe nos lo asegura, pero nuestro corazón a veces se resiste un poco a creerlo. De hecho, «la Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”»[1]. En efecto, al igual como lo hizo con san Juan, «el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto solo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos»[2].


JUAN ERA IMPETUOSO, y Jesús lo sabía perfectamente cuando lo eligió. Por ejemplo, cuando no les reciben en Samaría, el discípulo amado le pregunta: «¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lc 9,54). En otra ocasión, seguro de sí mismo, le contó a Jesús que habían prohibido expulsar demonios a uno que no iba con ellos (cfr. Mc 9,38). Jesús siempre escucha con paciencia. Cuántas horas debieron de haber compartido para encauzar aquel fuego devorador y hacer crecer en su alma la semilla de la caridad auténtica. «A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia, y trabaja también el terreno de nuestros corazones, la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato: ahora o nunca, ahora, ahora, ahora. Y así perdemos aquella virtud, la “pequeña” pero la más hermosa: la esperanza»[3].

Juan aprendió bien las lecciones del Maestro porque se sabía querido. Los evangelios nos permiten rastrear el cambio que se fue operando en Juan. En la carrera al sepulcro que leemos hoy, por ejemplo, le vemos menos fogoso, tiene la deferencia de esperar a Pedro para entrar: «Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20,8). Al final de su vida, repetirá incansablemente a los primeros cristianos lo que constituye la esencia del mensaje evangélico: «Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Jn 4,7). San Jerónimo narra cómo los discípulos de san Juan le preguntaban, al final de su vida, por qué repetía tanto esto; y cuenta cómo respondía el evangelista: «Porque este es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente»[4].


«QUEREOS mucho unos a otros –repetía san Josemaría–. Y al decir esto, os digo lo que está en la entraña del cristianismo: Deus caritas est (1 Jn 4,8), Dios es cariño. ¿Os acordáis de aquel Juan (…)?». Entonces, el fundador del Opus Dei recordaba lo que decía el apóstol cuando estaba ya «viejo, viejo, viejo, aunque él se debía sentir joven, joven»[5]: que el mensaje cristiano se resume «no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Por eso, a los ojos de un cristiano, todas las personas son destinatarias del cariño infinito de Dios.

«Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada (...). Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra»[6]. Después de haber deseado que una lluvia de fuego devorase la ciudad de Samaría, Juan relata la escena de Jesús y la samaritana. Es el único evangelista que lo hace. Posiblemente, el relato de ese acontecimiento fue fruto de alguna de las tantas conversaciones con el Maestro, que quería explicarle por qué debía amar a todos, tal como Dios Padre los ama.

Juan es, finalmente, el discípulo que recibe de Jesús el dulce encargo de cuidar a la Virgen María. ¿Quién cuidó de quién? Seguramente ambos cumplieron su misión llenos de gozo y agradecimiento. María, que contempló a todas las personas a través de su hijo, amó a Juan cumpliendo la última voluntad de Jesús. Podemos acudir a ella y a san Juan para que Dios ponga en nuestro corazón ese amor que se hace fecundo en los demás.


26 de diciembre de 2025

SAN ESTEBAN PROTOMARTIR

 


Evangelio (Mt 10,17-22)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará.



PARA TU RATO DE ORACION 



«ESTEBAN, lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (Hch 6,8). El número de los que creían en la doctrina de Jesucristo era cada vez mayor. Sin embargo, muchos –ya sea porque no conocían a Cristo o porque le conocían mal– no consideraron a Jesús como el salvador. «Se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: “Le hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”» (Hch 6,9-11).


San Esteban fue el primer mártir del cristianismo. Murió lleno del Espíritu Santo, rezando por los que le apedreaban. «Ayer, Cristo fue envuelto en pañales por nosotros; hoy, cubre Él a Esteban con vestidura de inmortalidad. Ayer, la estrechez de un pesebre sostuvo a Cristo niño; hoy, la inmensidad del cielo ha recibido a Esteban triunfante. El Señor descendió para elevar a muchos; se humilló nuestro Rey, para exaltar a sus soldados»[1]. También nosotros hemos recibido la apasionante misión de difundir el anuncio de Jesucristo con nuestras palabras y sobre todo con nuestra vida, mostrando la alegría del evangelio. Quizá san Pablo, presente en aquel suceso, quedaría removido por el testimonio de Esteban y, una vez ya cristiano, tomaría de allí fuerza para su propia misión.


«El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás (…). Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través (...) de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»[2].


«PRESENTARON testigos falsos que decían: “Este hombre no deja de proferir palabras contra el Lugar santo y contra la Ley”» (Hch 6,13). A pesar de que, hoy como en tiempos de san Esteban, alguna vez la doctrina cristiana pueda ser desfigurada, siempre podemos mostrar su eterna novedad a través de nuestra propia vida: «La propuesta cristiana nunca envejece (...). Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva”»[3].


San Esteban afrontó la muerte en defensa de Cristo, lleno de misericordia y pidiendo por la salvación de los que le apedreaban. Dice una de las lecturas del oficio divino de hoy: «Nuestro Rey, siendo altísimo, bajó hasta nosotros en la humildad, pero no vino vacío a la tierra. Trajo a sus soldados un gran regalo, con el que no sólo los enriqueció copiosamente, sino que los confortó para una lucha invencible. Portó consigo el don de la caridad (...). La misma caridad que trajo a Cristo desde el Cielo a la tierra, elevó a Esteban de la tierra al Cielo. La misma caridad que se mostró primero en el Rey, relució después en el soldado»[4].


También nosotros queremos iluminar el mundo con la alegría del Evangelio, que da un sentido nuevo a los anhelos y preocupaciones de nuestro tiempo. Podemos aprovechar nuestro diálogo con el Señor para pedirle más sabiduría y audacia en nuestra misión. «En esto consiste el gran apostolado de la Obra: mostrar a esa multitud, que nos espera, cuál es la senda que lleva derecha hacia Dios. Por eso, hijos míos, os habéis de saber llamados a esa tarea divina de proclamar las misericordias del Señor: misericordias Domini in aeternum cantabo (Sal 87,2), cantaré eternamente las misericordias del Señor»[5].


ESTEBAN, «lleno de Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, y dijo: “Mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios”» (Hch 7,55-56). Hasta el último instante, el testimonio del primer mártir muestra la misericordia de Dios que busca nuestra conversión. Fue tal su identificación con el Maestro, que san Esteban murió rezando con palabras similares a las de Cristo: «Oraba diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y con estas palabras murió» (Hch 7,59-60). Nuestra misión apostólica también se fundamenta en la oración y en la penitencia: «Sin la oración, sin la presencia continua de Dios; sin la expiación, llevada a las pequeñas contradicciones de la vida cotidiana; sin todo eso, no hay, no puede haber acción personal de verdadero apostolado»[


San Esteban murió en oración, perdonando a sus enemigos. Siguió perfectamente el ejemplo de su Señor que, en el último momento, había hecho lo mismo con quienes le crucificaron. Por ese motivo es un modelo para nuestra misión apostólica, que puede resumirse en la aventura de «ahogar el mal en abundancia de bien»[7]. Si el ambiente en el que nos movemos tiende a crisparse en algún momento, los hijos de Dios recordaremos que nuestra misión es la de ser «sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído»[8]: «No se trata de campañas negativas, ni de ser anti-nada –decía san Josemaría–. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen»[9].


«Esteban tenía por arma la caridad y con ella vencía en todas partes. Por amor de Dios no se cruzó de brazos ante los enfurecidos judíos; por amor del prójimo intercedía por los que le lapidaban; por amor argüía a los que estaban en el error, para que se corrigiesen; por amor rezaba por los lapidadores, para que no fuesen castigados. Apoyado en la fuerza de la caridad, venció la violenta crueldad de Saulo, y mereció tener por compañero en el Cielo al que tuvo como perseguidor en la tierra»[10]. Acudamos a santa María, reina de los apóstoles: ella nos dará la caridad y la fortaleza del primero de los mártires.

25 de diciembre de 2025

25 DICIEMBRE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

 


Evangelio (Lc 2,1-14)


En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.


Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:


— No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.


De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».


PARA TU RATO DE ORACION 


«UN NIÑO nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»[1]. Se han cumplido los anhelos que hemos tenido durante el Adviento: Dios se ha hecho hombre. El mundo ya no está a oscuras. Jesús ha venido, y «los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios»[2]. Un Niño sonríe ante nuestra silenciosa adoración. Nuestra mirada se cruza con la del recién nacido. Todo es luz y limpio mirar que se mete en nuestra alma y disipa las tinieblas del pecado.


San Josemaría recomendaba «mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo, sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido. Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres»[3]. Los cielos y la tierra han sido creados por el Niño que yace en el pesebre. Él fundó la redondez del orbe y su plenitud. ¡Qué locura de amor la de Jesús! El que vive en los cielos está recostado sobre pajas; el que llena y sostiene todo con su presencia ha tomado carne como la nuestra. Podemos tomar en brazos a aquel que nos creó: este es el gran misterio que la Navidad pone delante de nuestra mirada.


Hay rumores de fiesta. Venid y veréis, nos han dicho; venid y veréis el prodigio. Pastores y reyes, ricos y pobres, poderosos y débiles se aprietan en torno a la cuna. También nosotros queremos acercarnos, postrarnos ante esta criatura indefensa, mirar a María y a José, que están cansados pero felices como quizá no ha habido nadie en la tierra. No nos cabe en la cabeza un misterio tan grande: Dios se ha revestido de nuestra carne.


CÓMO NOS gustaría agradecer que Dios se haya hecho cercano, tocable, vulnerable. Nos atrevemos a besar al Rey del universo, de quien no podían hacerse imágenes en la antigua alianza y, sin embargo, ahora se ha convertido en uno de los nuestros. Adeste, fideles… Venite, adoremus... Nuestro cantar de estos días es también invitación, llamada. A nosotros nos llamaron, hemos visto, y ahora nuestro corazón se goza: ahí está Dios Niño. «Reconoce, cristiano, tu dignidad –dice San León Magno–; has sido hecho partícipe de la naturaleza divina: no quieras degradarte con tu antigua vileza. Acuérdate de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Acuérdate de que, arrancado a la potestad de las tinieblas, has sido trasladado a la luz y al reino de Dios»[4]. El Dios todopoderoso se nos presenta como un niño recién nacido en la cueva de Belén; «ni siquiera nace en la casa de sus padres, sino en el camino, para mostrar en realidad que nacía como de prestado en esa humanidad suya que tomó»[5].


«Cuando llegan las Navidades –decía san Josemaría–, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como él, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás»[6].


A ESE DIOS escondido lo adoraremos estos días cada vez que nos acerquemos a besar y acariciar al Niño. Hecho pobre por nosotros, yace entre pajas; le daremos calor, le abrazaremos con cariño. ¡Quién no se acerca a Dios! ¡Quién no se aproxima al Niño, ahora que tiende sus brazos hacia nosotros, ahora que necesita de nuestro cuidado! En estos días, no tendremos ojos más que para ese nacimiento. Como los pastores, dejado el rebaño, nos acercamos humildes a la cuna.


Son días para vivir en familia, especialmente aptos para la contemplación. Podemos orar delante del pesebre y adorar a Dios en silencio. ¡Se purifican tantas cosas durante unos días en que los actos de amor son tan intensos! «Conservad en vuestra Navidad –decía san Pablo VI– el carácter de fiesta hogareña. Cristo al venir al mundo santificó la vida humana, en su primera edad, la infancia; santificó la familia, y en especial la maternidad; santificó el hogar humano, el nido de los afectos naturales más entrañables y universales (...). Procurad celebrar vuestra Navidad, a ser posible, con vuestros seres queridos, dad el regalo de vuestro afecto, de vuestra fidelidad a esa familia de la que habéis recibido la existencia»[7].


De frente al pesebre, junto a María y José, comprobamos que «Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente. Este es el regalo que encontramos en Navidad: descubrimos con asombro que el Señor es toda la gratuidad posible, toda la ternura posible. Su gloria no nos deslumbra, su presencia no nos asusta. Nació pobre de todo, para conquistarnos con la riqueza de su amor»[8]. La Virgen Santísima y san José son nuestra primera familia con la que queremos vivir esta nueva Navidad.


24 de diciembre de 2025

EL NUEVO COMIENZO

 


Evangelio (Lc 1,67-79)


En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:


— Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas; para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de cuantos nos odian: ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza, y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre, para concedernos que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor, con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida. 


Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados; por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.


PARA TU RATO DE ORACION 



«BENDITO sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1,67). Estas son las palabras de Zacarías después de nueve meses sin poder hablar. Su canto podría resumirse en un: ¡qué bueno es Dios! Con este evangelio quiere la Iglesia que termine el tiempo de espera que hemos vivido. Este santo varón no ha percibido esos meses como un castigo. Todo lo contrario: está agradecido por lo que se le ha regalado, por la oportunidad maravillosa que ha tenido de disponerse adecuadamente para lo que su hijo Juan va a anunciar. Es un tiempo similar al Adviento que Dios nos ha ofrecido, una vez más, a nosotros. Puede que hayamos aprovechado mejor o peor estos días de preparación. En cualquier caso, nos hará mucho bien dar gracias a Dios porque Él ha trabajado en nuestra alma aunque nos parezca que se trata de un establo humilde. Dios ha preparado un lugar muy especial en nuestro portal para su Hijo.


A lo mejor nos pasa como quizá le sucedió a uno de los pastores en Nochebuena: «Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos»[1].


«SI TUS MANOS te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad»[2]. Más allá de la percepción personal que tengamos sobre los frutos de nuestra lucha y de nuestro apostolado, sabemos que en realidad nuestras manos no están vacías. San Josemaría nos sugería presentarnos en Belén con algo muy preciado: «En aquella fría soledad, con su Madre y San José, lo que Jesús quiere, lo que le dará calor, es nuestro corazón»[3].


Quizá estaríamos más tranquilos si hubiésemos llegado a este momento con las manos llenas de buenas obras, de santidad, de cariño a todos los que tenemos alrededor. Pero con frecuencia la realidad no alcanza nuestros deseos; puede ser que en nuestra vida, llena de compromisos y gestiones pendientes, el tiempo haya pasado demasiado rápido, sin que nos hayamos percatado demasiado. No importa: de igual manera podemos hoy acercarnos al portal y seremos muy bien recibidos. Descubriremos que nos estaban esperando, que la Virgen y san José se alegran infinitamente al tenernos allí en este momento preciso de nuestra historia.


Ya está aquí la salvación. Nos separan de ella unas pocas horas, pero el gozo empieza a inundarnos. San Bernardo nos confirma en nuestros deseos más ambiciosos: «Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame el precio de nuestro rescate que contiene; un saco que, si bien es pequeño, está ya totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad»[4].


LAS PALABRAS de Zacarías son la última profecía antes de que se cumpla definitivamente nuestra salvación. Dios se ha conmovido ante las tinieblas en que vivimos y viene a salvarnos, no a juzgar si somos dignos de recibirle. Queremos, de la mano de este israelita justo y piadoso, alcanzar las profundidades de la intimidad divina: «Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto» (Lc 1,78). No cabe forma más encendida de hablar.


Podríamos perdernos este privilegio por un despiste, muy fácil en estas horas finales: «Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él»[5]. Vamos a recorrer este último tramo de la mano de santa María, quizá junto a ella en el borrico que la lleva a Belén.


En esta noche –utilizando palabras de san Juan Pablo II– Dios «entra en la historia. Se somete a la ley del fluir humano. Cierra el pasado; con Él termina el tiempo de espera, esto es, la Antigua Alianza. Abre el futuro: la Nueva Alianza de la gracia y de la reconciliación con Dios. Es el nuevo “Comienzo” del Tiempo Nuevo»[6]. Acompañamos a la Virgen mientras prepara el portal: la paja, el pesebre, los pañales... Y pone ahí todo el cariño para que el Niño no eche en falta nada. Nos encanta prestar esos servicios y ver que, en cierto sentido, ambos han querido necesitarnos.

23 de diciembre de 2025

OCULTARSE Y DESAPARECER

 



Evangelio (Lc 1, 57-66)


Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:


—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.


Y le dijeron:


—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre.


Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:


—¿Qué va a ser, entonces, este niño?


Porque la mano del Señor estaba con él.


PARA TU RATO DE ORACION 


«¿QUÉ VA A SER, entonces, este niño?» (Lc 1,66). Los amigos de Zacarías e Isabel en su pequeña aldea están sobrecogidos. Están sucediendo cosas maravillosas alrededor del nacimiento de Juan. La expectación crece a cada instante. Su padre acaba de recuperar el habla y todas sus palabras son de alabanza y bendición a Dios. Zacarías no puede esconder su alegría y su agradecimiento. Quienes le rodean, intuyen la obra divina en todos estos sucesos, así que no quieren perderse nada; graban todas las palabras en lo más profundo de su alma.


En aquel pueblo «oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado» a Isabel (cfr. Lc 1,58). En esta Navidad que ya tenemos a las puertas, nosotros también queremos oír nuevamente las misericordias de Dios, lo bueno que es, cuánto nos quiere y cómo desea salvarnos y librarnos del pecado. Podemos pedir a los parientes de María que nos ayuden a afinar el oído, a disponernos lo mejor posible para acoger el don maravilloso de la redención. En el ambiente navideño de estos días, no queremos dejar de escuchar la suave voz de Jesús. «Guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso»[1].


En el evangelio de hoy vemos que acaba de nacer el precursor. Él no es el Mesías y será consciente de ello. Algunos se lo preguntarán expresamente. Y sabemos que siempre responde lo mismo: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). A veces no nos resulta fácil dejar obrar al Señor. No es sencillo aprender a quitarnos de en medio. Seguramente nos hemos implicado en la misión apostólica y quizá hemos rezado mucho por alguna persona en concreto. Sin embargo, el verdadero apóstol sabe estar en segundo plano, sabe que no es imprescindible, no quiere ser el protagonista principal; lleva el mensaje de Cristo a las almas y no el suyo propio. Le podemos pedir a san Juan Bautista que nos ayude a ser, como él mismo lo fue, buenos precursores de la llegada de Jesús a la vida de tantas personas que nos rodean.


DISFRUTAR de algo significa apreciar los frutos que produce. El apóstol siempre ve frutos, porque sabe que nada de lo que hace en unión con Jesucristo cae en saco roto. Siempre disfruta de la misión, aunque no se vea el resultado. El modo en que Dios ha realizado la redención es misterioso. Su nacimiento, que celebraremos en breve, ha sucedido sin que lo supiera casi nadie. Y Juan es un buen precursor porque hace lo mismo que Jesús: es discreto, sencillo, no se da importancia. Como dice san Agustín: «Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia»[2].


Ocultarse y desaparecer llena de paz el alma del apóstol porque quien vive así se sabe instrumento. Es consciente de que no carga con todo el peso. En los buenos momentos reconoce que Dios es quien lo ha hecho. En los malos, no se inquieta porque sabe que Dios lo arreglará. Y eso no le quita ilusión ni espontaneidad. Sí le quita, por el contrario, tensión, angustia y rigidez. Podemos decirle al Señor, cada vez que pensemos que algo se nos escapa de las manos, que confiamos en Él; que no queremos nada para nosotros, sino que estamos dispuestos a ser el canal por el que haga llegar su felicidad a otros.


Muchos santos se han visto inclinados a vivir esta humildad. Desean imitar a Jesús y buscar solo, como Él, la gloria de Dios. San Josemaría relaciona ambas actitudes. Podría parecer que desaparecer es retirarse, abandonar la misión, pero no es así. Lo vemos claro en la vida de Juan el Bautista y en todos los santos: siendo humildes, no se han desentendido de las almas que estaban cerca. Por eso san Josemaría podía decir: «He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios –al barruntar el amor de Jesús–, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea»[3]. Otras veces lo decía de forma más resumida: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»[4].


JUAN también fue por delante de Cristo cuando llegó el momento de dar la vida. Tuvo que suponer una gran alegría para él ver cómo sus discípulos encontraban al Mesías, y cómo se quedaron con él. Al ser apresado y ajusticiado, tal vez pensó que todo aquello merecía la pena para cumplir la voluntad de Dios, pero ignoraba que el mismo Mesías seguiría sus huellas en poco tiempo. El Bautista es el mayor de los nacidos de mujer (cfr. Mt 11,11) y, sin embargo, ha vivido tratando de pasar oculto. Si el nombre Juan significa favorecido por Dios, podemos decir que al que se oculta, Dios le hace feliz, le da paz, le hace disfrutar. La carga se hace suave y el peso ligero.


El plan de Dios se realiza de esta forma, en silencio y sin que muchos se den cuenta. Nos interesa que Cristo reine y Él ya ha decidido el modo en que va a hacerlo: desde la cruz, desde el dolor que implica cargar con los pecados de todos los hombres. Se ha cumplido la profecía sobre la humildad divina llevada al límite: «El inclinarse de Dios ha asumido un realismo inaudito y antes inimaginable. El Creador que tiene todo en sus manos, del que todos nosotros dependemos, se hace pequeño y necesitado del amor humano. Dios está en el establo. En efecto, ¿de qué otro modo podría aparecer más grande y más pura su predilección por el hombre, su preocupación por él? Porque nada puede ser más sublime, más grande, que el amor que se inclina de este modo, que desciende, que se hace dependiente»[5].


A la Virgen María, la humilde mujer de Nazaret que ha querido que Jesús sea siempre el protagonista, le pedimos que nos ayude a ser instrumentos eficaces y discretos en las manos del mejor artesano de la historia.



22 de diciembre de 2025

GRACIAS A MARIA


 EVANGELIO     Lucas 1,46-56

En aquel tiempo, María dijo:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.


Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.


Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.


Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” —como lo había prometido a “nuestros padres”— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».


PARA TU RATO DE ORACION 


MARÍA ha caminado deprisa hasta el lugar donde viven Isabel y Zacarías. Al llegar constata lo revelado por el Arcángel. Todo lo que le ha dicho el ángel lo creía firmemente, pero ver a su prima esperando un hijo la llena aún más de gozo. Se confirma nuevamente lo que ya siente en sus entrañas: la presencia del Mesías. Su alegría se desborda y se la contagia al mismo Juan. Podemos pensar que el Bautista, ya desde el vientre de su madre, espera ansioso el momento de proclamar la buena noticia: Juan no pierde un instante y se lo anuncia a su madre, que por ahora es la única que le escucha.


Para María fue posiblemente un gozo inmenso poder compartir con alguien lo que llenaba su corazón. Al saludar a Isabel se dio cuenta rápidamente de que ella ya sabía todo. Hasta ahora había mantenido la noticia en lo más íntimo de su corazón. La Madre de Jesús rompe a cantar y, en su alabanza, entrelaza la historia de Israel y las palabras que ha leído tantas veces en la Sagrada Escritura. Es tan grande el amor divino por ella que no sabe cómo expresarlo; tiene que tomar palabras prestadas del mismo Dios, como nosotros lo hacemos casi siempre en la liturgia de la Iglesia. Isabel le ha dicho cosas preciosas, pero ella enseguida las dirige al autor de tanta maravilla. Así será toda su vida: llevar a los hombres a Dios.


«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). A María le impresiona cómo hace Dios las cosas y la razón por la cual se sirve de ella: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48). María se siente mirada de una forma especial por Dios y esa convicción le lleva a dar gracias.


SEGURAMENTE María nunca había soñado con hallar tanta gracia delante de su Creador. Se da cuenta de que es la inmensa bondad de Dios la que se derrama sin más motivo que la misma libertad divina. No podemos salir de nuestro asombro. Nos resulta difícil imaginarnos y creer en un Dios así de complaciente con nosotros, pobres criaturas.


A la vez, por la experiencia del pecado, también puede suceder que a veces nos sintamos un poco ajenos a este agradecimiento, porque no podemos olvidar que «la capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos “sin oído musical” para Él»[1]. No nos ha de inquietar esa falta de oído. Santo Tomás de Aquino nos tranquiliza: «Tan espléndida es la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo Él más por nosotros de lo que podemos comprender»[2]; es decir, aunque nuestra capacidad para sintonizar con Él pueda estar menguada, la gracia de Dios va mucho más allá y nos socorre.


Dios se vuelca con cada una de sus hijas e hijos con toda su intensidad. «No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente (...). Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[3]. Ser santo es dejarse querer por Dios así, porque le da la gana, sin ningún otro motivo. San Josemaría utilizaba palabras que quizá nos resultan sorprendentes: «Con la Fe y el Amor, somos capaces de chiflar a Dios, que se vuelve otra vez loco –ya fue loco en la Cruz, y es loco cada día en la Hostia–, mimándonos como un Padre a su hijo primogénito»[4]. Nosotros también somos objeto de esa mirada gratuita de Dios. María se da cuenta de que su alegría será proclamada por todas las generaciones y de ese agradecimiento brota su entrega.


DE UN CORAZÓN agradecido brotan con facilidad deseos de correspondencia y de generosidad. Podremos alcanzar la verdadera felicidad y el compromiso total para devolver amor por amor solo cuando dejemos que nuestro corazón reaccione con agradecimiento. Nuestras fuerzas no pueden devolver a Dios algo proporcional a lo que Él nos ha dado. Esta incapacidad, de alguna manera, nos libera. Nuestra misma entrega es obra de quien «ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,49) porque es todopoderoso, también para sacar de nosotros lo que inicialmente nos supera. «Su misericordia se derrama de generación en generación» (Lc 1,50), desde Abraham hasta hoy, hasta mi vida, concreta, ordinaria y escondida a tantas personas.


A Dios le gusta manifestar el poder de su brazo y así confundir a los que piensan que pueden por sí solos y que su voluntad es suficiente para ser felices. Dios ha mandado poner en lo más alto de su reino a los humildes, a los pequeños que se dejan hacer grandes. Hará temblar cualquier trono construido por manos humanas. A quien se siente necesitado, Dios lo quiere colmar de bienes, entre los cuales el primero de ellos es su amor incondicional e infinito: está decidido a desbordar nuestra imaginación y a superar nuestros deseos más optimistas.


Lamentablemente, a los que se sienten ricos sin serlo, Dios no los podrá llenar de su tesoro. Esto será un gran pesar para Él, ya que desea llenar de su amor a todos sus hijos. Pero así es la historia de su misericordia, de su tierno cariño por cada uno. Es la historia de la libertad de un Dios que ofrece todo su gozo de generación en generación, que continuamente busca caminos para que el hombre se deje querer. María, con su «fiat», lo ha conseguido como nadie, y estará encantada de enseñarnos y de acompañarnos en el camino.



21 de diciembre de 2025

El Señor te da un signo

 

Evangelio (Mt 1,18-24)


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,


a quien pondrán por nombre Emmanuel —que significa Dios-con-nosotros.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA VIRGEN MARÍA había escuchado llena de sorpresa las palabras del ángel: «Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). Pero ella, en lugar de quedarse paralizada ante el plan divino que venía a cambiar su presente y su futuro, exclamó con una serena convicción: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Nos llena de admiración que unas palabras tan sencillas sean la puerta por la que Dios haya querido entrar en nuestro mundo, y también sean la puerta por la que entramos a esta semana de Navidad. «“He aquí”, son las palabras clave de la vida. Marcan el pasaje de una vida horizontal, centrada en uno mismo y en las propias necesidades, a una vida vertical, elevada hacia Dios. “He aquí” supone estar disponible para el Señor, es la cura para el egoísmo, el antídoto de una vida insatisfecha, a la que siempre le falta algo»[1].


«Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emanuel» (Is 7,14), había dicho el profeta Isaías. Una humilde mujer se transforma en Madre de Dios; un pueblo casi desconocido pasa a ser la cuna del Mesías. Así actúa Dios. También en nosotros, una respuesta aparentemente pequeña, llena de fe, puede convertir nuestra vida cotidiana en una gran obra divina. En los momentos más sencillos de nuestro día a día podemos decirle sí a Dios que viene: en el encuentro fortuito con un amigo, en el a veces monótono avance de las horas de trabajo, o en una agradable velada familiar.


Quizás en estos últimos días de Adviento nos hemos entretenido haciendo algunos retoques a nuestros belenes. Hemos movido una oveja que se había descarriado y que miraba en dirección opuesta al Niño, o hemos procurado que el musgo reseco de la pradera junto al establo adquiera un verdor más acogedor. Son pequeños gestos que queremos que sean una imagen de la fe con la que deseamos responder a las llamadas constantes y sutiles de Dios. Ven, Señor, ¡no tardes! Te necesitamos y queremos preparar con cariño tu venida.


«¿QUIÉN podrá subir al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en su lugar santo?» (Sal 24,3). Estas palabras llenas de expectativa expresan uno de los más profundos anhelos del salmista: habitar en la casa de Dios y contemplar su rostro. Sin embargo, el pueblo de Israel sabía que se trataba de un deseo imposible de colmar. Es más, consideraba que quien veía a Dios moría de inmediato, ya que el ser humano no sería capaz de resistir la contemplación de tanta grandeza. Por eso nos sorprende tanto que Dios todopoderoso haya querido mostrar su rostro en la figura tierna de un niño. Desearíamos estos días acercarnos a Belén con dos sentimientos que se complementan: la reverencia ante el misterio y el cariño que lo acoge en el calor de un hogar.


Dios ha sido mucho más generoso de lo que podría haber imaginado el corazón humano. No solo ha querido mirarnos desde el cielo con cariño y visitarnos durante un tiempo: Dios se ha hecho uno como nosotros y se ha implicado tanto en su viña que nos ha llegado a decir: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn 15,5). Todo se puede nutrir de la savia que Cristo nos da en sus sacramentos, en la oración, en su compañía permanente. Él ha querido vivir una vida humana, para que nuestra vida humana adquiera una dimensión divina.


«Jesús nació en una gruta de Belén, dice la Escritura, “porque no hubo lugar para ellos en el mesón”. No me aparto de la verdad teológica si te digo que Jesús está buscando todavía posada en tu corazón»[2]. Cada día gozamos de la oportunidad de seguir esta sugerencia de san Josemaría y de abrirle nuestro corazón a Jesús. La fe no se reduce a un conjunto de verdades, ni tampoco se trata de unas normas abstractas que debemos seguir. Creer en Dios es, primero, acoger a su Hijo en nuestro interior y compartir con él toda nuestra vida. En definitiva, convertir nuestra alma en Belén. Si gracias al cariño de María y de José, y al calor de unas pocas ovejas, pudo sentirse a gusto en la pobreza de aquel establo… ¿Por qué no va a sentirse también dichoso en nuestros corazones, si intentamos regalarle las alegrías y las contrariedades de cada una de nuestras jornadas?


«CIELOS, DESTILAD desde lo alto; nubes derramad al Justo; ábrase la tierra y brote el Salvador» (Is 45,8). La antífona de entrada de este cuarto domingo de Adviento expresa la necesidad que sentimos de un Dios que nos salve. En muchas ocasiones, nuestra oración consistirá en manifestar desde lo más profundo de nuestro corazón esas ansias de Dios. Tanto cuando palpamos nuestras limitaciones y sentimos el dolor de nuestras heridas, como cuando experimentamos alegrías en pequeños detalles, queremos que todo sea impregnado por el amor de Dios. Nos damos cuenta de que una vida con él es radicalmente distinta a una existencia encerrada en nosotros mismos.


El Hijo ha querido hacerse hombre para salvarnos. Y esa salvación solo se explica desde el gran amor de su Padre por nosotros. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito. Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Al contemplar al Niño de Belén, ¿cómo no estar seguros del amor que siente Dios por nosotros y de su cuidado amoroso? En todos los acontecimientos que forman parte de nuestra existencia podemos estar seguros de que Dios nos habla y nos salva.


Podemos imaginar cuánto le habrá costado a nuestra Madre ver nacer a su querido hijo en la pobreza de un pesebre. Pero también en ese acontecimiento tan oscuro ante los ojos de los hombres habrá visto brillar la luz de Dios. «Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades»[3]. Podemos pedirle a ella que nos regale su sensibilidad y su corazón lleno de fe para que también nosotros podamos percibir a Dios en todos los detalles de nuestra vida. De este modo, así como san Juan el Bautista saltó de gozo en el vientre de su madre ante la presencia de la Virgen embarazada, así nosotros nos llenaremos de alegría al recordar el nacimiento de Jesús.