"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de febrero de 2026

LA ULTIMA PALABRA


Evangelio (Mc 5, 21-43)


Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar. Viene uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies y le suplica con insistencia diciendo:


-Mi hija está en las últimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva.


Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba. Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto -porque decía: ‘Con que toque su ropa, me curaré’-. Y de repente se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:


-¿Quién me ha tocado la ropa?


Y le decían sus discípulos:


-Ves que la muchedumbre te apretuja y dices: ‘¿Quién me ha tocado?’.


Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. Él entonces le dijo:


-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia.


Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo:


-Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?


Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga:


-No temas, tan sólo ten fe.


Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice:


-¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme.


Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice:


-‘Talitha qum’ -que significa: ‘Niña, a ti te digo, levántate’.


Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro. Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.


PARA TU RATO DE ORACION 


DE CAMINO HACIA la casa de Jairo, se detuvo Jesús y, mirando a su alrededor, preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?» (Mc 5,30). Una multitud acompañaba al Señor. Todos querían estar cerca, escucharle, pedirle algún favor… Una mujer que padecía frecuentes hemorragias, que le hacían sufrir mucho y le impedían tener una vida normal, se acerca sigilosamente al grupo que rodea a Cristo. Después de mil intentos con todo tipo de tratamientos, el evangelista nos dice que había ido «de mal en peor» (Mc 5,26). La noticia de la llegada de Jesús enciende en su corazón una chispa de esperanza. Ella no pretende exigir nada, no quiere molestar al Señor, pero nace en su interior la fe en su poder de curación.

«Con que toque su ropa, me curaré» (Mc 5,28), piensa; tal era su disposición. Efectivamente, en cuanto lo hizo, la hemorroísa se curó. Casi podríamos decir que robó un milagro al Señor. Jesús, al sentir que «una fuerza» había salido de él, quiso que se supiera lo que había pasado, así que preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?» (Mc 5,30). Todo invita a pensar que muchos estaban en contacto con él, pero solo esta buena mujer le «tocaba» de verdad. «Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “tocó” sino que creyó?»[1], comenta san Agustín. Todo sucede rápidamente, casi de manera instantánea. Ella se acercó, llena de vergüenza, pero «nuestro Señor se vuelve y la mira. Sabe ya lo que ocurre en el interior de aquel corazón; ha advertido su seguridad: hija, ten confianza, tu fe te ha salvado»[2].

Es envidiable la fe operativa y humilde de la hemorroísa. «Así nosotros, si queremos ser salvados, toquemos con fe el vestido de Cristo –decía san Josemaría–. ¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos para estar tan cerca de Él? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a Él»[3].


JAIRO, QUE ACOMPAÑABA a Jesús, fue testigo de la curación de la hemorroísa. Quizás estaba inquieto por la lentitud con la que avanzaban hacia su casa. Llegaron entonces mensajeros diciéndole: «Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?». Intervino entonces Jesús, tranquilizándole: «No temas, tan solo ten fe» (Mc 5,36). Momentos después, al acercarse a la casa, había un gran alboroto. El Señor hizo salir a la gente, entró en la habitación, y dirigiéndose a la niña le dijo: «A ti te digo, levántate» (Mc 5,41). E inmediatamente ella se levantó, como despertándose de un sueño profundo.

En el sacramento del perdón, Jesús nos dice a cada uno palabras semejantes: levántate, yo te perdono, no te desanimes, porque la gracia es mucho más fuerte que el pecado. Todos los que lloraban en la casa de Jairo pensaban que la niña había muerto. Pero delante de Jesús la muerte nunca es definitiva. El pecado nunca tiene la última palabra, porque la voz tierna y fuerte del Padre nos vuelve a llamar cuando hemos caído, diciéndonos: «A ti te digo, levántate».

Para la mirada de Cristo, la muerte no es más que un sueño. De un modo similar, si miramos con sus ojos a las personas que nos rodean, a las circunstancias y a las dificultades presentes en el camino, no perderemos nunca la esperanza; encontraremos motivos de optimismo también cuando humanamente todo parezca un callejón sin salida. Si miramos con esos ojos de Cristo hacia nosotros mismos y hacia los demás, descubriremos que siempre es momento de volver a la vida. Podemos aprender de Jairo a «creer con fe firme en quien nos salva (...). Creer con tanta más fuerza cuanto mayor o más desesperada sea la enfermedad que padezcamos»[4].


LOS RELATOS de estos dos milagros, el de la hemorroísa y el de la hija de Jairo, están entrelazados. En ambos casos, la fe ocupa un lugar central, junto a la vida nueva que brota de Cristo. «De Cristo sale la vida a torrentes: una virtud divina. Hijo mío, –sugería san Josemaría– tú le hablas, le tocas, le comes todos los días: le tratas en la Sagrada Eucaristía y en la oración, en el Pan y en la Palabra»[5].

La mujer venció su timidez con audacia. Jairo superó también las dificultades alentado por Jesús. Ambos se sentían muy necesitados y se postran a sus pies. «Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo les pregunto: ¿cada uno de ustedes se siente necesitado de curación?»[6]. Esta combinación entre tener confianza en Jesús y, al mismo tiempo, sentirse muy necesitados de él, es la puerta para la salvación. Al contrario, la autosuficiencia que desecha lo que no nace de uno mismo, y la sospecha sobre el bien que Dios puede traernos, nos aleja de la curación.

Con ocasión de la canonización del fundador de la Obra, escribió el cardenal Ratzinger: «Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad»[7]. Nadie puede curarse a sí mismo. Nuestras vidas se llenarán de la misericordia divina siempre que estemos disponibles para dejar que Dios actúe. Así sucedió de un modo sublime en la vida de María. Desde el principio ella dijo «hágase en mí» (Lc 1,38), porque estaba convencida de que era Dios quien lo haría todo.




2 de febrero de 2026

Presentación del Señor en el Templo

 


Evangelio (Lc 2, 22-40)


« Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.


Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:


— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo

irse en paz,

según tu palabra:

porque mis ojos han visto tu salvación,

la que has preparado

ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel.


Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.


Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:


— Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción — y a tu misma alma la traspasará una espada — , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.


Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.


Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.



PARA TU RATO DE ORACION 



PASADOS CUARENTA DÍAS del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia viaja al Templo de Jerusalén con el fin de cumplir dos prescripciones de la Ley: la presentación del primogénito (cfr. Ex 13,2.12-13) y la purificación de la madre (cfr. Lv 12,2-8). Ambos misterios –tratándose del hijo de Dios y de la Inmaculada– están unidos en la fiesta de hoy.


La presentación del primer hijo, por un lado, hacía memoria de la salvación de los primogénitos hebreos en Egipto. Según la ley de Moisés, el varón primogénito era propiedad de Dios y debía ser «consagrado al Señor» (Lc 2,23), así que esta ceremonia era considerada una especie de «rescate». Por otro lado, la purificación de la madre se realizaba cuarenta días después del parto. Hasta ese momento la mujer no podía acercarse a los lugares sagrados, ya que al dar a luz quedaba marcada por una cierta impureza. En la ceremonia de purificación se ofrecía un doble sacrificio: un cordero y una tórtola o pichón; pero si la mujer era pobre, podía ofrecer dos tórtolas o dos pichones. «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella –¡la Inmaculada!– se somete a la Ley como si estuviera inmunda»[1]. El evangelista precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cfr. Lc 2,24).


«De pronto entrará en el santuario el Señor» (Ml 3,1), dice el profeta Malaquías. Se trata de un momento único y hermoso: el Hijo de Dios entra en su propio Templo. Por eso canta el salmo 23: «¡Puertas, alzad los dinteles! ¡Elevaos, puertas eternas! Va entrar el Rey de la Gloria. ¿Quién es este Rey de la Gloria? El Señor, fuerte y valeroso» (Sal 23, 7-10). Sin embargo, el «Dios fuerte» no quiso entrar en el Templo al son de trompetas, sino como un niño más, en medio de un ir y venir constante de personas, entre peregrinos, devotos, sacerdotes y levitas; nadie era consciente de lo que a su lado estaba sucediendo. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, tendrán en sus brazos al «Rey de la Gloria». Por eso, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo «es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús»[2].


SIMEÓN era un «hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor» (Lc 2,25-26). Simeón estaba siempre preparado para el encuentro con Dios porque, como las vírgenes sensatas de la parábola, llevaba la alcuza llena de aceite. Es un anciano que gozaba de la permanente juventud que otorga la esperanza. Movido por el Espíritu, subió al Templo a rezar. Al ver a la familia que venía de Belén, y al posar su mirada en el niño, se dio cuenta de que no era uno de los muchos que cada día se presentaban en el Templo. En ese bebé que cogió en sus brazos se cumplían todas las profecías: era el esperado, el primogénito de una nueva humanidad, el consagrado del Padre.


«Simeón no se había dejado desgastar por el paso del tiempo. Era un hombre ya cargado de años, y sin embargo la llama de su corazón seguía ardiendo. En su larga vida habrá sido a veces herido, decepcionado; sin embargo, no perdió la esperanza. Con paciencia, conservó la promesa, sin dejarse consumir por la amargura del tiempo pasado o por esa resignada melancolía que surge cuando se llega al ocaso de la vida. La esperanza de la espera se tradujo en él en la paciencia cotidiana de quien, a pesar de todo, permaneció vigilante, hasta que por fin “sus ojos vieron la salvación” (cfr. Lc 2,30)»[3].


Con el auxilio del Espíritu Santo, Simeón llamó al niño «luz» de todos los pueblos (cfr. Lc 2,29-35). La liturgia de hoy se inicia con una procesión de candelas, con la que se significa que Cristo es la luz que viene al mundo para iluminar a unos hombres que, sin Dios, tropiezan. La palabra de Dios, decía san Josemaría, es «luz y esperanza en los corazones»[4]. Allí probablemente estaba parte del secreto de Simeón para mantener viva aquella juventud: en su apertura sincera, siempre con mirada nueva, a lo que Dios le dice.


DESPUÉS de Simeón, la familia de Belén se encuentra con Ana, una profetisa de edad avanzada que acudía cada día al Templo, «sirviendo con ayunos y oraciones noche y día» (Lc 2,37). Esta anciana viuda, después de encontrarse con el Niño, alababa a Dios y le hablaba de él «a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38). Ambos ancianos profetizan que Jesús es el Mesías esperado, y sospechan que su muerte y resurrección salvará a todas las naciones.


En la escena palpita la presencia del Espíritu Santo, que mueve «los pasos y el corazón de quienes lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y Ana, expresiones de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos estrechar su salvación»[5]. En Simeón y en Ana descubrimos a dos personas dóciles a las mociones divinas. El Espíritu Santo era el motor de sus vidas, «estaba en ellos», les guiaba, les empujaba, hablaba en sus corazones. Son un icono de santidad, porque escuchan y anuncian la Palabra de Dios, buscando decididamente el rostro de Cristo.


«En el templo, Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos a su encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza»[6]. Podemos imaginar cómo habrán admirado Simeón y Ana a la Virgen María, quien había llevado aquella esperanza en su seno. Ella puede interceder para que en nuestra vida nunca falte el aliento del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.







1 de febrero de 2026

Primer Domingo de SAN JOSE

 



Evangelio (Mt 5, 1-12)


Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:


—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.


»Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.


»Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.


»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.


»Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.


»Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.


»Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.


»Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.


»Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.



PARA TU RATO DE ORACION 



CUANDO JESÚS, durante su ministerio público por Galilea, llegó a predicar en la sinagoga de su propia ciudad, todos «se quedaban admirados» (Mt 13,54). La actitud de sus paisanos nos habla de la impresión que causaba aquel a quien habían visto crecer entre sus plazas y calles: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13, 55-56).


Uniéndose a esa curiosidad santa por saber más acerca del entorno familiar de Cristo, la tradición de la Iglesia ha identificado en la Sagrada Escritura siete momentos cruciales en la vida de san José; son siete vivencias suyas en las que, como es normal también en nosotros, se mezclan el gozo y el dolor, la alegría y el sufrimiento. Por eso en muchos lugares se dedican los siete domingos previos a su fiesta a meditar estos pasajes. Un día, en una tierra con especial devoción a san José, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas»[1].


La devoción al santo patriarca siempre ha estado presente en el arte y en la piedad popular a lo largo de la historia de la Iglesia. En el siglo XVII, el Papa Gregorio XV instituyó por primera vez una fiesta litúrgica en su nombre. Posteriormente, en 1870, el santo Papa Pío IX nombró a san José patrono universal de la Iglesia. A partir de entonces, Leon XIII dedicó una encíclica al santo patriarca y en el centenario de este documento san Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica Redemptoris custos. Ya en el tercer milenio, el papa Francisco publicó también una carta sobre san José bajo el título Patris corde, Con corazón de Padre. Este reiterado interés de la Iglesia, de manera especial en los últimos tiempos, puede renovar en nosotros una actitud de agradecimiento, admiración y puede llevar a que nos preguntemos: ¿qué lugar ocupa san José en mi corazón?


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). De esta manera, tan sencilla, el ángel disipa las dudas y temores de José. No sabemos con certeza qué es lo que pasaba por su corazón y su mente. Con seguridad no dudó de la inocencia de su esposa, por lo que el ángel le confirma lo que quizá ya intuía en su alma: allí había algo de Dios. En efecto, a través del ángel, Dios mismo le confía cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.


«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad»[2]. El santo patriarca, a pesar de ser consciente de la importante y nobilísima tarea que el Señor le encomendó, ha llegado a nosotros como un ejemplo de humildad y discreción. Es en el silencio de aquel «ocultarse y desaparecer» en donde los planes divinos dan sus mayores frutos.


También ahora, Dios continúa confiando en José para que cuide de su familia, de la Iglesia y de cada uno de sus hijos, con la misma dedicación y ternura que lo haría con el Señor. Un antiguo aforismo judío dice que un verdadero padre es aquel que enseña la Torá –la ley de Dios– a su hijo, porque es entonces cuando le engendra de verdad. San José cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que «san José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre»[3].


«LA IGLESIA entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos –señala san Josemaría– se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor»[4]. Este título es un honor y una responsabilidad. Junto con María, José alimenta, cuida y protege a la familia. Y la Iglesia, al ser la familia de Jesús, tiene a san José como patrono y protector: «La Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias»[5


El Concilio Vaticano II habla de «escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida»[6]. Por eso, como familia, nos preguntamos constantemente qué es lo que el Señor quiere que aprendamos de cada situación y en cada encrucijada. La intercesión de los santos es una ayuda del cielo para descubrir a Dios en todos los acontecimientos y hacer presente su poder. San José guía y custodia a la Iglesia en este caminar.


Y también san José es patrono de esta familia que es la Obra. En los primeros años, san Josemaría acudió especialmente a él para poder hacer presente a Jesús Sacramentado en uno de los primeros centros del Opus Dei. Por su intercesión, en marzo de 1935 fue posible tener al Señor reservado en el oratorio de la Academia-Residencia DYA, de la calle Ferraz, en Madrid. Desde entonces, el fundador de la Obra quiso que la llave de los sagrarios de los centros del Opus Dei tuvieran una pequeña medalla de san José con la inscripción Ite ad Ioseph; el motivo es recordar que, de modo similar a como el José del Antiguo Testamento lo hace con su pueblo, el santo patriarca nos había facilitado el alimento más preciado: la Eucaristía.


Pidamos a José que nos siga ayudando a acercarnos a Jesús Sacramentado, que es el alimento del que se nutre la Iglesia. Así lo hizo junto a María, en Nazaret, y así lo hará también con ella en nuestros hogares.