"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de marzo de 2026

HUMILDAD

 


Evangelio (Mt 23,1-12)


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:


— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.


Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.


Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.


Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.


No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.


Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.


El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado



PARA TU RATO DE ORACION 



«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.

La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.

Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»[1].


JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»[2].

Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.

Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»[3]. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»[4]. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.


FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»[5], comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»[6].

La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»[7]. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).

«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»[8]. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.



2 de marzo de 2026

DIOS NOS MIRA

 



Evangelio (Lc 6,36-38)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.


PARA TU RATO DE ORACION 



COMENZAMOS la segunda semana de Cuaresma escuchando la oración penitencial del profeta Daniel: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidades y hemos delinquido, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos» (Dan 9,5). A pesar de que el pueblo de Israel no obedecía a la voz del Señor, Dios se mantuvo fiel a sus promesas. Por eso el profeta continúa su súplica lleno de esperanza: «Mi Señor, Dios grande y temible, que guarda la alianza y la misericordia con los que le aman (...), es compasivo y perdona» (Dan 9,4.9).

La llamada a la conversión, que se hace tan viva durante la Cuaresma, nace del corazón misericordioso del Señor. No es el grito de un Dios que pretende ajustar cuentas ante el pecado del hombre, sino más bien el amor de un Padre que acaricia nuestra debilidad, para sanarla y devolvernos a la vida. «Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo»[1].

Dirigirse al Señor y admitir el propio pecado, como hizo el profeta Daniel, es el primer paso para renovarnos interiormente y abrirnos a la misericordia divina. Dios es fiel y sabe esperar. Fiados de su misericordia le mostraremos nuestras heridas y nos dejaremos cuidar por él. Con sencillez, y con un cierto descaro de hijos, nos atrevemos a decirle, con palabras del salmo: «Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados» (Salmo 78).


EXPERIMENTAR el amor de Dios nos lleva a tratar con esa misma misericordia a las personas que nos rodean. «Como ama el Padre, así aman los hijos»[2]. Para quien se siente entendido y querido es más fácil comprender y querer a los demás.

Las palabras del Señor que se proclaman hoy en el Evangelio nos animan a tener un corazón grande, con sentimientos y reacciones parecidas a las suyas: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará» (Lc 6,36-38). El camino que Jesús nos propone lleva consigo indicaciones muy concretas para nuestra vida diaria: «Sed misericordiosos…, no juzguéis…, no condenéis…, perdonad…, dad». Es un programa escalonado que tiene como modelo a Dios mismo. La meta es «entrar en sintonía con este Corazón rico en misericordia, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad»[3].

La conciencia viva de nuestros pecados, y de lo necesitados que estamos de la paciencia de Dios, abre el camino interior para la compasión con nuestros hermanos. No podemos olvidar que el Señor pone nuestro perdón a los demás como condición para que también a nosotros se nos perdone: «Con la misma medida con que midáis se os medirá» (Lc 6,38).


«LA PALABRA de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros (...). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente»[4]. Cuando alcanzamos esta sabiduría sobrenatural, aprendemos a ver a Cristo en cada persona. Este hecho nos cambia la vida. Por un lado, en los demás descubrimos la presencia de Dios: le vemos a él en cada persona con la que nos cruzamos o de la que oímos hablar; de algún modo Dios nos cuida a través de quienes tenemos cerca.

Por otro lado, nuestra manera de mirar, de pensar, de hablar o de actuar, estará encauzada y embellecida por la caridad. San Josemaría vivió y enseñó a vivir una caridad que en alguna ocasión sintetizaba en cinco verbos: «Rezar, callar, comprender, disculpar... y sonreír»[5]. En el fondo, se trata de la misma actitud que tiene una madre con su hijo. Su mirada materna le lleva a amarle siempre, a encontrar cuando es posible una excusa ante su comportamiento y a sostenerle con su ayuda ante los pasos a veces vacilantes.

«Hermano –escribía un Padre de la Iglesia–, te recomiendo esto: que la compasión prevalezca siempre en tu balanza, hasta que sientas en ti la compasión que Dios siente por el mundo»[6]. Le pedimos a María, Madre de misericordia, el don de confiar siempre en el amor que el Señor tiene con nosotros. Así, nos resultará más sencillo disculpar los errores, así como querer y ayudar a los demás tal como son.



1 de marzo de 2026

LA ORACIO NO ES AJENA A LA VIDA

 


Evangelio (Mt 17,1-9)


Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:


— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.


Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:


— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.


Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:


— Levantaos y no tengáis miedo.


Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:


— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.


PARA TU RATO DE ORACION 



LA LITURGIA del domingo pasado nos presentaba a Jesús y al demonio frente a frente en el desierto. En este segundo domingo de Cuaresma, por otra parte, nos trasladamos al monte Tabor para asistir al acontecimiento glorioso de la Transfiguración del Señor. Si en el desierto «vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación», en el Tabor «lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad»[1]. Sin embargo, a pesar del contraste, ambos sucesos anticipan el misterio pascual: «La lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección»[2].


El desierto y el monte tienen en común que son lugares apartados, en donde reina la soledad. A ellos se retira Jesús, empujado por el Espíritu Santo, para orar con el Padre. La Sagrada Escritura nos muestra que en esos espacios, vacíos de ruido, Dios se revela de una manera especial. Por eso, todos necesitamos espacios y tiempos de silencio en los que, apagando los ruidos que nos envuelven, podamos propiciar un recogimiento interior en el que se escuche el susurro de Dios. «El silencio es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a Él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida»[3].


Es normal sentir un cierto temor al silencio, porque nos exige entrar en nuestro interior para descubrir la verdad de nuestra existencia. Es normal, también, que al principio nos cueste bajar el nivel de ruido en esos momentos. Pero, cuando lo buscamos en medio del ajetreo diario, entre el ir y el venir tantas veces acelerado, estamos abriendo un camino a la presencia de Dios. El Señor espera muchas veces nuestro silencio para revelarse.


PEDRO, Santiago y Juan, al subir al Tabor, se ven inmersos inesperadamente en la oración de Jesús. Ellos habían contemplado muchas veces en el pasado el rostro del Maestro; le habían mirado mientras oraba, cuando predicaba la llegada del Reino o curaba muchos enfermos. Quizás habían visto reflejados en el rostro de Cristo los sentimientos que llenaban su corazón. Sin embargo, en la cima del Tabor ven de una manera nueva ese rostro tan amado.


Jesús revela su gloria a los tres amigos: «Se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17,2). Es tal la impresión que les produjo la contemplación del cuerpo glorioso del Señor, que Pedro, entusiasmado, exclamó sin saber lo que decía: «Qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). Los discípulos se sintieron endiosados. «La oración es la elevación del alma a Dios»[4], señala san Juan Damasceno, en una expresión recogida por el Catecismo de la Iglesia; es un espacio de silencio ante Dios, a donde acudimos para llenarnos de él, para saciar nuestra sed.


Los discípulos fueron arrebatados por lo que veían en el Tabor. «La oración nos dará el endiosamiento bueno, humilde, santo –escribía san Josemaría–; y podremos trabajar en todos los ambientes (...). Por ese seguimiento continuado, perseverante, de lo divino, el Señor nos dará a manos llenas la riqueza de sus dones, la divinización buena»[5]. «Al mismo tiempo, no es sana una oración que sea ajena de la vida. Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o, peor, ritualismo. Recordemos que Jesús, después de haber mostrado a los discípulos su gloria en el monte Tabor, no quiere alargar ese momento de éxtasis, sino que baja con ellos del monte y retoma el camino cotidiano. Porque esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de su fe; también una luz y fuerza para los días venideros: los de la Pasión»[6].


COMO había sucedido durante el Bautismo del Señor en el río Jordán, también en el monte Tabor «apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa»[7]. Sorprendidos por lo que sucedía delante de sus ojos, los tres discípulos de Jesús reciben una revelación que tardarán más tiempo en comprender: que el único Dios es, al mismo tiempo, una Trinidad de personas. El misterio de Dios se nos desvela progresivamente en la oración, preparada muchas veces con la lectura espiritual y por la formación personal. De esa manera dejaremos allanaremos el camino al Espíritu Santo para que sea él quien purifique progresivamente nuestra idea de Dios, y nos enseñe a tratarle con sencillez y confianza. El Espíritu Santo hará de nosotros «hombres y mujeres transfigurados»[8], que se han dejado regenerar, corregir y consolar.


Cuando Pedro todavía estaba hablando, «una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle”. Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor» (Mt 17,5-6). Son unas palabras y unos momentos que los apóstoles nunca olvidaron. Unidos a la oración de Jesús, también nosotros descubrimos la maravilla de escucharle y de comprender nuestra condición de hijos de Dios. «La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo (...) Es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él»[9]. María, que se dejó moldear interiormente por la gracia, nos puede ayudar a encontrar esos momentos de silencio en los que podamos profundizar en nuestra condición de hijos.