"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

8 de septiembre de 2022

Natividad de la Virgen FESTIVIDAD

 


Evangelio (Mt 1,18-23)


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.


PARA TU RATO DE ORACION


- Alegría por el nacimiento de María.

- La obra maestra de la creación.

- Dios es fiel y no falta a sus promesas.


«CELEBREMOS con alegría el Nacimiento de la bienaventurada Virgen María: de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios»[1]. Con estas palabras comienza la celebración eucarística de esta fiesta. Así como la aurora anuncia en cada amanecer la llegada de un nuevo día, así el nacimiento de la Madre de Dios es «esperanza y aurora de salvación»[2]. Con el nacimiento de María la redención es ya inminente. Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaron la llegada de la Madre del Mesías; esperaron, como profetizó Miqueas, «el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz» (Mi 5,2).


«Quizá se logre entender mejor lo que representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables… Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente, las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía (...). Hasta que suena, finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la aurora de la salvación: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (Mt 1,16)»[3].


Esta fiesta mariana es una invitación a la alegría. Como dice el salmista: «Desbordo de gozo con el Señor» (Sal 12,6). Al conmemorar el cumpleaños de María, exclama un Padre de la Iglesia: «Que toda la creación, pues, rebose de contento (…) y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor»[4].


MARÍA nace para convertirse, a través de su fiat generoso, en la Madre del Redentor. Ella era una pieza clave en el plan que Dios había trazado para rescatar a la humanidad. El Señor preparó con delicadeza, siglo tras siglo, a los hombres y a las mujeres de su estirpe. Desde el primer momento de su concepción, a ella la santificó de manera admirable haciéndola «llena de gracia» (Lc 1,28); nace inmaculada por privilegio divino para ser la madre del Hijo de Dios. Aunque ninguno de sus conciudadanos se diera cuenta, «esta niña, todavía pequeña y frágil, es la “mujer” del primer anuncio de la redención futura, contrapuesta por Dios a la serpiente tentadora (cfr. Gn 3,15)»[5].


Por eso, como han repetido los santos a través de los tiempos, podemos decir, sin temor a exagerar, que esta «niña» es la obra maestra de la creación, la más hermosa de todas las criaturas. San Juan Damasceno, por ejemplo, señala que «hoy, en la tierra, aquel que en un tiempo separó el firmamento de las aguas y lo elevó a lo alto, ha creado un cielo de la naturaleza terrena, y este cielo es con mucho divinamente más espléndido que el primero»[6].


La Virgen es la criatura más amada por Dios, la puerta a través de la cual él hace su entrada en esta tierra. Sin embargo, aunque predestinada por la Trinidad a una misión altísima, Dios quiso esperar la respuesta libre de María. «Considerad ahora el momento sublime en el que el Arcángel San Gabriel anuncia a Santa María el designio del Altísimo –escribe san Josemaría–. Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios»[7].


JUNTO a la alegría por la noticia de su nacimiento, la liturgia subraya la providencia del Señor con nosotros. Él nos ofrece sus cuidados a lo largo de toda nuestra historia personal y como pueblo de Dios. No nos abandona a nuestra suerte. «Esta fiesta nos recuerda que Dios es fiel a sus promesas y que, a través de María Santísima, ha querido habitar entre nosotros»[8]. La genealogía de Jesucristo que se lee en el Evangelio no es una simple lista de nombres que, partiendo desde Abrahán, llega hasta Jesús, sino que entraña un significado más profundo. En esta relación destacan figuras luminosas, como los patriarcas, que fueron fieles a la voz de Dios; pero también encontramos entre esos nombres historias oscuras, personas que se comportaron de manera mezquina.


De este pasaje brota una vez más la evidencia de que, en palabras de san Josemaría, «así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso»[9]. Para Dios no existen callejones sin salida. Aunque respeta siempre nuestra libertad, el Señor «sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo»[10].


Contemplar a María es mirarnos en el modelo que Dios mismo nos ha dado. En las letanías del rosario la invocamos con el título de «Virgen fiel» y «Causa de nuestra alegría»: le podemos pedir en su cumpleaños que nos ayude a ser felices siendo fieles cada día a los planes de Dios, siempre nuevos.


7 de septiembre de 2022

FELICIDAD Y ALEGRIA


 

Evangelio (Lc 6, 20-26)

Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:

­­– Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

» Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

» Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

» Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.

» Pero ¡ay de vosotros ricos, porque a habéis recibido vuestro consuelo!

» ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!

» ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

» ¡Ay cuando los hombres os hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!


PARA TU ORACION PERSONAL 


- Fiarse de la felicidad que viene de Dios.

- La promesa de la alegría recorre el Evangelio.

- Las penas y alegrías de un cristiano.


«EN LAS bienaventuranzas, Jesucristo nos ofrece las llaves que nos abren las puertas del cielo… y de la felicidad en esta tierra»[1]. Sin embargo, a nuestro corazón le cuesta creer que encontrará gozo en la pobreza, en el hambre, en el llanto o en la persecución. El Señor insiste al emplear dos verbos muy expresivos para indicar la meta de ese trayecto: «alegraos» y «regocijaos» (Lc 6,23).


Estas aparentes contradicciones nos invitan «a reflexionar sobre el profundo significado de tener fe, que consiste en fiarnos totalmente del Señor. Se trata de derribar los ídolos mundanos para abrir el corazón al Dios vivo y verdadero; solo él puede dar a nuestra existencia esa plenitud tan deseada y sin embargo tan difícil de alcanzar. Hay muchos, también en nuestros días, que se presentan como dispensadores de felicidad (...). Y aquí es fácil caer sin darse cuenta en el pecado contra el primer mandamiento, la idolatría, reemplazando a Dios con un ídolo. ¡La idolatría y los ídolos parecen cosas de otros tiempos, pero en realidad son de todos los tiempos!»[2].


«Dios quiere abrirnos –comenta el prelado del Opus Dei– un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos. Es necesario confiar en él, dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»[3]. Esto no quiere decir que la vida cristiana consista en acumular sufrimiento en la tierra para poder gozar después del cielo; Jesús nos quiere felices también aquí, pero no desea que nuestra felicidad dependa de lo efímero, de lo que rápidamente pasa, sino en lo realmente verdadero, en lo único que es capaz de saciar nuestra sed de infinito.


SI RECORDAMOS el anuncio del arcángel Gabriel a María, «podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría: “alégrate”, “regocíjate”. El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “buena noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros»[4]. Esta irrupción de una nueva alegría en el mundo recorre todo el Evangelio y encuentra un punto revelador en las Bienaventuranzas. Jesús es quien mejor comprende la novedad de lo que está diciendo. Por eso, si hacemos memoria de los momentos que nos han hecho felices de verdad, quizás podremos descubrir que no siempre están fundados en la riqueza, el placer o la comodidad.


«La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, nace del encuentro, de la relación con los demás; nace de sentirse aceptados, comprendidos, amados y de aceptar, comprender y amar»[5]. Es lógico que a veces identifiquemos aquella alegría que nos promete Jesús como algo que sucederá en el futuro. Sin embargo, sus palabras son eficaces también en el hoy de nuestra vida cotidiana. Quien se fía de Dios está más preparado para dejarse querer. Quien se fía de Dios está mejor dispuesto a que las contrariedades sean un continuo recuerdo de que la verdadera felicidad solo la encontramos en la compañía divina.


Como hijos de Dios, creados a su imagen, no aspiramos a una felicidad finita, sino a participar de la misma felicidad de nuestro Padre del cielo. Jesús nos ha prometido que su único interés es que su alegría esté en nosotros para que nuestra alegría sea completa (cfr. Jn 15,11). Por eso, el primero que está empeñado en nuestra propia felicidad es el mismo Dios, y eso nos llena de consuelo.


¿CUÁL ES el principal obstáculo de nuestra alegría? Con la fe podemos afirmar que el único mal que nos puede llevar a la tristeza es el pecado. Las demás desdichas lo son en la medida en que todavía no juzgamos las cosas desde el punto de vista de Dios. «El Señor nos quiere felices –decía san Josemaría–. Yo veo a mis hijos siempre alegres, con una alegría sobrenatural, con algo tan íntimo que es compatible con los dolores y con las contradicciones de esta vida nuestra en la tierra»[6]. Como señala también san Juan Crisóstomo: «En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo»[7].


Quizá podríamos pensar alguna vez que merecemos algo de tristeza, por nuestra falta de correspondencia. No obstante, este planteamiento asume que solo podemos ser felices si hemos cumplido a la perfección todo lo que nos hemos propuesto. Mientras estamos en camino de identificarnos con Jesucristo, la alegría a la que nos llama el Señor «no se apoya en nuestras virtudes: no es vana satisfacción personal, sino que se edifica sobre la misma flaqueza y debilidad humana. Conocer la propia debilidad, experimentar la presencia de la adversidad dentro de nosotros mismos, puede y debe dar paso a la alegría»[8]. Como repetía el fundador del Opus Dei: «Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos»[9].


La alegría verdadera solo puede encontrarse en el amor infinito e inmerecido que Dios nos ofrece. Y nuestra madre María acogió incondicionalmente en su seno al Señor. Por eso, es capaz de afirmar, llena de humildad, que la «llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). A ella le podemos pedir que nos haga percibir y disfrutar de esa misma alegría.

6 de septiembre de 2022

NO HAY SANTO SIN ORACION




 Evangelio (Lc 6, 12-19)

Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.

A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.


PARA TU ORACION PERSONAL 


- Prioridad de la oración.

- Oración fraterna.

- Acoger a Jesús en la comunión.



SAN LUCAS nos narra que Jesús pasó la noche entera en oración antes de elegir a sus apóstoles. En los momentos previos a varios sucesos importantes, vemos al Señor acudir a ese diálogo personal con su Padre. Lo hará también, por ejemplo, años después, en el huerto de los olivos: ante la inminencia de la Pasión, Jesús pide fuerza para cumplir siempre la voluntad de Dios.

Evidentemente, es difícil que, de ordinario, sea posible pasar noches enteras velando. Pero la actitud del Señor nos muestra la necesidad que tuvo el mismo Cristo de sintonizar intensamente con su Padre Dios, sobre todo ante una situación importante en la que es preciso mucha luz, consuelo e impulso. Como decía san Josemaría, gracias a la oración podemos convertir toda nuestra jornada en «una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque nuestro Señor nos hace ver –con su ejemplo– que ese es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones!»[1].

A un padre le interesa hasta las cosas más pequeñas de la vida de su hijo. Y, aunque las haya escuchado cientos de veces, es capaz de mostrar un afecto y una ilusión siempre nuevas. Por eso, podemos tener esta misma actitud con nuestro Padre del cielo. Cuando le ofrecemos hasta las cosas más pequeñas de nuestro día, él las hace suyas, y entonces adquieren el valor infinito que tiene el sacrificio de su Hijo. «Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus palabras en la cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros»[2].

NO SABEMOS con exactitud el contenido de esa noche de oración de Jesús. Pero es fácil suponer que pensaría en cada uno de los apóstoles que iba a elegir al día siguiente. Los contemplaría con sus virtudes y defectos, sería grande el deseo de que fueran muy fecundos y felices al propagar la buena noticia de la salvación. «La elección de los discípulos es un acontecimiento de oración; ellos son, por así decirlo, engendrados en la oración, en la familiaridad con el Padre. (...) También se debe partir de ahí para entender las palabras de Jesús: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38): a quienes trabajan en la cosecha de Dios no se les puede escoger simplemente como un patrón busca a sus obreros; siempre deben ser pedidos a Dios y elegidos por él mismo para este servicio»[3].

La vida de una persona nunca es aislada, sino que necesita de las relaciones con los demás. Por eso, es lógico que también en la oración surjan nombres y rostros, principalmente de los más cercanos, de personas que forman parte de nuestro día a día y a las que queremos felices. De este modo, las relaciones sabrán abrirse a la acción divina, Dios estará invitado a habitar más claramente en medio de esos lazos. Se experimenta así una alegría que no es «casual ni fortuita», sino «fruto de la armonía profunda entre las personas, que hace gustar la belleza de estar juntos, de sostenernos mutuamente en el camino de la vida»[4].

Es normal que con algunas personas tengamos más facilidad en la relación, ya sea por compartir un carácter similar o por coincidir en aficiones y gustos. Pero sabernos hijos de un mismo Padre «nos llevará a profundizar en las relaciones con nuestros hermanos; a no dejarnos llevar solo por las cosas en común y a superar también las posibles barreras humanas que podamos tener, sabiendo ver en cada uno al mismo Cristo»[5].

CUANDO RECIBIMOS a Jesús en la comunión eucarística, nos situamos en la mejor posición para interceder por cualquier intención ante Dios, en nombre de su Hijo. Podemos experimentar, en primera persona, lo que narra san Lucas: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6,19). Ese puede ser un momento para recordar, como hacía Jesús, a las personas a quienes deseamos ayudar; también para que se nos llene el corazón de acciones de gracias porque ha querido contar con nosotros, e incluso por el mismo hecho de poder estar orando: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado» (Jn 11,41). Es posible también que experimentemos nuestra indignidad o el límite de nuestras posibilidades, del mismo modo en que lo hizo aquel centurión que deseaba curar a su criado: «Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).

Cuando vamos a ser recibidos por alguien importante, generalmente preparamos lo que vamos a decir para, quizás por la emoción, no olvidarlo en ese momento. De la misma manera, podemos procurar hacer algo similar cuando nos disponemos a recibir al Señor en la Eucaristía, podemos ir recogiendo intenciones a lo largo del día. «¿Has pensado alguna vez cómo te prepararías para recibirle si se pudiera comulgar solo una vez en la vida?»[6], preguntaba san Josemaría. Y en otro momento, añadía: «Hemos de recibirle como a los grandes de la tierra: con adornos, luces, trajes nuevos. Y si preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma»[7].

Santa María fue la primera en recibir a Jesús. A ella le podemos pedir que nos alcance la gracia de acoger el amor de su hijo con la misma pureza, humildad y devoción con que ella lo hizo.

5 de septiembre de 2022

PEDIR LA HUMILDAD !IMPORTANTISIMO!

 



Evangelio (Lc 6, 6-11)

Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca:

- Levántate y ponte en medio.

Y se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo:

- Yo os pregunto: ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla?

Entonces, mirando a todos los que estaban a su alrededor, le dijo al que tenía la mano seca:

- Extiende tu mano.

Él lo hizo, y su mano quedó curada. Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús.


Comentario

Este pasaje del Evangelio nos muestra, una vez más, el contraste entre el corazón de los hombres y el de Jesús. Los escribas y fariseos están allí y “observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle”. Están delante de Dios hecho hombre, a punto de presenciar una manifestación de la divinidad de Jesús y, sin embargo, buscan y observan para poder tener algo con que acusarlo.

En ocasiones la acción de Dios a lo largo de nuestras vidas puede llegar a asemejarse al pasaje que estamos contemplando. Tenemos una idea, un esquema de cómo tiene que ser nuestro encuentro con Dios, de cómo debería discurrir nuestra vida y, en algunas oportunidades, la vida de las personas a las que queremos. Pero el Señor no sólo no se adecúa a nuestros preconceptos, a nuestros planes, sino que tantas veces los rompe, los echa por tierra. Ante estas situaciones puede surgir el desconcierto si perdemos de vista que Dios es un Dios vivo y que supera infinitamente nuestros planes.

Tenemos que pedir al Señor humildad para dejarlo actuar a lo largo de nuestra vida como Él quiera; dejar que rompa nuestras previsiones y esquemas. En esos momentos nos puede servir preguntarnos ¿qué quiere Dios de mí con esto? ¿Qué busca el Señor en mí ante estas circunstancias o sucesos en los que no sé cómo actuar o cómo reconducirlos a Dios?

No debe sorprendernos no comprender a Dios, no entender por qué lleva nuestra vida de un modo determinado, por qué permite que me sucedan ciertas cosas a mí o a las personas que quiero. La Virgen no siempre comprendió el modo de actuar de Jesús, pero meditaba estas cosas en su corazón. Pidámosle a ella que nos enseñe a imitarla en ese deseo de conformarnos con la voluntad de Dios con todo lo que acontezca en nuestra vida.

4 de septiembre de 2022

ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS

 



Evangelio (Lc 14,25-33)


Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:


— Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.


Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.


Comentario


Jesús se dirigía hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos, y muchos se les iban sumando por el camino. Era fácil dejarse arrastrar por el entusiasmo que provocaban sus palabras amables, por su cordial acogida -especialmente hacia los más necesitados-, y por su alegría contagiosa. Pero Jesús no quiere que ninguno de sus seguidores se sienta engañado. Vendrán momentos difíciles, porque en Jerusalén los espera la cruz.


Seguir a Jesús no es sumarse a un cortejo triunfal, sino tomar por amor decisiones que implican renuncia y sufrimiento. Quien desea seguirlo ha de estar libre de ataduras que le dificulten disponer de todo su tiempo, o que le resten energías para ayudarle en la obra de la redención. Jesús es demasiado claro, hasta el punto de que sus palabras acerca del desprendimiento de la propia familia resultan duras. ¿No manda Dios amar, reverenciar y obedecer a los padres? ¿Cómo es que Jesús emplea unas palabras tan fuertes, que parecen contradecir ese mandamiento?


Jesús necesita seguidores fieles. Pero el Maestro sabe bien que es difícil resistirse al cariño de los padres, amigos, o parientes cercanos, y que éstos, muchas veces con buena intención, pueden dejarse llevar más del corazón que de la fe o la razón. Por eso su lenguaje fuerte no deja lugar a dudas. San Juan Crisóstomo, hablando de los padres, explicaba en una de sus homilías que el Señor “solamente manda que se les obedezca en lo que no se opone a la piedad para con Dios; y en todo lo demás, es cosa santa procurarles todo honor. Pero cuando exigen más de lo que conviene, no se ha de obedecer”. Este Padre de la Iglesia hace notar que Jesús no manda aborrecer a los padres, lo que sería una gran maldad, sino que dice que “si ellos quieren que los ames más que a Mí”, entonces aborrécelos, porque en ese caso estarían perdiéndose a sí mismos y al hijo al que piensan que aman, pero al que le están dificultando su correspondencia a la gracia. Decía esto Cristo –concluye el Crisóstomo– para hacer a los hijos más fuertes y a los padres que quieran poner impedimentos, más sensatos[1].


Fiel a la doctrina del Evangelio, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales”[2]. Por esto, Dios se sirve de buenas familias cristianas, para sembrar en sus hijos el amor a Él, a los demás y la generosidad para que centren sus vidas en torno a Cristo, y encuentren en sus padres el apoyo necesario para secundar su vocación.


Para dar razón de esta exigencia Jesús se sirve de dos parábolas: la de la torre que se ha de construir y la del rey que va a la guerra. De ambas se desprende la importancia de no dejarse llevar por un primer impulso sentimental, sino de sopesar a fondo todo lo que está en juego, antes de tomar una decisión precipitada. Si se trata de colaborar con Cristo en la obra de la redención, no cabe una entrega a medias, un decir que sí, pero sin terminar de desligarse de todas las ataduras de la tierra. La conclusión es clara: “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. Sus palabras se dirigen a todos, tanto a quien está en momentos de discernimiento de su vocación personal, como a quienes forman parte del entorno familiar o social de quienes están tomando sus propias decisiones vitales.


La experiencia de los santos invita siempre a una respuesta libre y generosa. “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios –aconseja san Josemaría–, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”[3].


3 de septiembre de 2022

“No he venido a ser servido, sino a servir”

 


Evangelio (Lc 6, 1-5)


Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos fariseos les dijeron:


—¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?


Y Jesús respondiéndoles dijo:


—¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que sólo a los sacerdotes les es lícito comerlos?


Y les decía:


—El Hijo del Hombre es señor del sábado.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy, como el de ayer, nos recuerda otra controversia de algunos fariseos con Jesús. Estas controversias giraban en torno a elementos fundamentales de la religiosidad judía y Jesús tenía mucho interés en que sus interlocutores purificaran su forma de entenderlas. Cuando Dios pidió al pueblo de Israel vivir el sábado, y lo hizo de una forma especialmente solemne, no le impuso una carga, sino que le dio un don, porque la ley de Dios no es imposición sino una gracia, una ayuda singular dada a quien se ama de un modo especial. Pero el don es inferior al donador. Si no cuidamos los dones y profundizamos en su sentido, somos capaces de empequeñecer el don haciéndolo superior a su donador.


Para los cristianos, el precepto dominical es un don. La idea de dedicar ese día de un modo particular a dar centralidad a la Eucaristía y a dar gracias a Dios a través del descanso y el carácter festivo no es imponer, sino animar a considerar que todo lo que existe es regalo de Dios para nosotros, para que lo cuidemos, cosa que solo podremos hacer si lo miramos con agradecimiento. Al mismo tiempo, cuando este mundo pase, quien quedará es el Señor, nuestro verdadero Descanso, no el domingo, pues el domingo está al servicio del Señor. Ese es su sentido.


Dios anima a los fariseos a que no se escondan en preceptos, por muy importantes que sean, para no vivir el fundamental, el que resume toda la ley: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Si uno ama a Dios con todo el corazón, vivirá con alegría el precepto del sábado o del domingo, y comprenderá su sentido. Jesús se dirige también a nosotros a través de estas controversias, y nos pide que amamos sinceramente lo que vivimos. Que no seamos cumplidores externos. Y amar sinceramente no es sencillo, porque amar así significa implicarnos con toda nuestra persona en el objeto de nuestro amor, esto es, ponernos a su servicio: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).

1 de septiembre de 2022

En las encrucijadas del mundo

 



Evangelio (Lc 5,1-11)


Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.


Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:


—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.


Simón le contestó:


—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.


Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:


—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.


Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:


—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.


Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


Comentario


El evangelio de hoy nos relata cómo Jesús quiere contar con nosotros para llevar su buena nueva por el mundo. Para ello resulta necesario reconocer tanto la propia condición frágil como la identidad profunda de Jesús.


En sus afanes de pescador, Pedro ve a Jesús venir a su barca, para dar desde ella el alimento de su palabra a los hambrientos. Jesús busca la forma de que le puedan oír lo mejor posible. Al mismo tiempo, confirma sus palabras con un milagro. Pedro no ha conseguido pescar nada a pesar de sus esfuerzos y, entonces, Jesús le da una indicación que él acoge con humildad. De repente, la extraordinaria pesca le hacer caer en la cuenta de su pequeñez y de quién es el que está en su barca. Y siente miedo: tanto por conocerse, como por la cercanía con Dios.


La solución a este temor natural no es alejarse de Jesús. Cuando Dios nos mira, lo que ve es lo que podemos llegar a ser. Su mirada amorosa siempre tiene forma de ánimo y de llamada, de invitación a acogerle y a dejarle que viva en nosotros (Cfr. Ga 2,20). En la barca, Jesús hace ver a Pedro el sentido profundo de su existencia: colaborar con él en la expansión de su Reino. El lago es la vida, y muchos transitan por ella ajenos a Dios y a lo que nos ofrece. Con Pedro, nosotros somos invitados a echar las redes, allá donde estemos. Dios dará el fruto: “Si me seguís os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en estas palabras del Señor: meterse en la barca, empujar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad” (Es Cristo que pasa, n. 159).


EN MEDIO DEL MUNDO 


Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.


En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?


La vía de la amistad


Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).


Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía —y crece— por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].


Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el crecimiento que han tenido a lo largo de los años, existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].


En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?


En las encrucijadas del mundo


«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.


Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.


Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.


Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].


Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos –junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos– los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].


Disponibilidad para hacer la Obra


Junto al deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario —¡Ricardo![15]— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.


Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen –y permanecerán– siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.


Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad –dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo– para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].


En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda la Obra.


Muchos fieles del Opus Dei –célibes y casados– trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto a una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.


En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.