"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de febrero de 2024

Purificar nuestro corazón

 



Evangelio (Mc 7, 14-23)


Y después de llamar de nuevo a la muchedumbre, les decía:


-Escuchadme todos y entendedlo bien: nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre.


Y cuando entró en casa, ya sin la muchedumbre, sus discípulos le preguntaron el sentido de la parábola. Y les dice:


-¿Así que también vosotros sois incapaces de entender? ¿No sabéis que todo lo que entra en el hombre desde fuera no puede hacerlo impuro, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a la cloaca? De este modo declaraba puros todos los alimentos. Pues decía:


-Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre.




PARA TU RATO DE ORACION 


«ESCUCHADME TODOS y entendedlo bien –dijo Jesús a una gran muchedumbre–: nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, esas son las que hacen impuro al hombre» (Mc 7,14-15). Después, ya en la intimidad, sus discípulos le piden una explicación más detenida sobre estas palabras, que sin duda les habían parecido muy novedosas. El Señor parece tener un interés especial en que esto se grabase a fuego en el alma de quienes le seguían: es el corazón el que mira a Dios. De ahí el particular esmero que puso para que las personas que lo seguían aprendieran a vivir fijándose en las cosas importantes. El Señor venía a obrar la Redención, a transformar nuestros corazones y no a quedarse en disputas de horizontes estrechos.


El Evangelio conserva siempre su palpitante actualidad. Por eso, nos podemos preguntar si también a nosotros nos pasa lo que sucedía a aquellos fariseos, que limpiaban la copa por fuera, sin darse cuenta de que la suciedad estaba dentro (cfr. Mt 23,26). Jesús «subraya el primado de la interioridad, es decir, el primado del “corazón”: no son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino que es el corazón el que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés: con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no está fuera de nosotros sino más bien dentro de nosotros. Podemos preguntarnos: ¿dónde está mi corazón? (...). Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor, de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer solo el corazón sincero y purificado»1.


LA SAGRADA ESCRITURA tiene para nosotros múltiples indicios de lo que quería transmitir Jesús a los fariseos: quería explicarles que las negaciones a las que a veces invita Dios llevan, en realidad, en su otra cara, afirmaciones con un sentido positivo. La cuestión importante no estaba en los alimentos que se podían o no comer, sino en lo que pasaba en la interioridad de la persona. Es por eso que en otro pasaje escuchamos esta invitación del Señor: «Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna» (Jn 6, 27). En esa misma línea, san Pablo nos recuerda que «los atletas se privan de todo; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita» (1Co 9,25). El Señor quiere que evitemos caer en la ascética de aquellos fariseos que vivían el precepto, pero se olvidaban de lo que había en el fondo, de lo que en realidad afirmaban.


El cristianismo es mucho más que lo que se ve en la superficie: el Señor nos invita a buscar lo duradero, lo permanente. Nuestra fe no es un gran «no», como algunos podrían malinterpretar. Vivir cristianamente implica algunas veces, ciertamente, decir «no», pero solo en cuanto nos ayudan a decir «sí» a cosas más grandes. Ayunamos, pero para buscar esa comida que sí vale la pena, esa que permanece. Benedicto XVI, en su primera homilía como sucesor de Pedro, recordando a su predecesor, decía: «¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande»2.


AL REVISAR la lista que hace Jesús sobre las cosas malas que pueden salir de nuestro corazón, puede ser interesante detenernos a descubrir lo que nos atañe personalmente. Es verdad que el Señor empieza con palabras fuertes, como «robo» u «homicidio», y que al escucharlas quizás asumimos que aquello no tendrá nada que ver con nosotros. Sin embargo, basta continuar adelante para descubrir que, en esa misma lista, aparecen, por ejemplo, la soberbia o la insensatez. La fácil tendencia a opacar la paz familiar con disputas similares a las de aquellos fariseos, o el no saber «pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes»3, es una muestra de que puede haber en nuestro carácter más fariseísmo de lo que pensamos. Puede suceder que, silenciosamente, la soberbia está contaminando nuestras relaciones personales, o quizás no somos lo suficientemente sensatos como para darnos cuenta de que lo que el Señor nos pide es preocuparnos por las cosas de arriba, no por las de la tierra (cfr. Col 3,2).


Este pasaje del Evangelio nos invita a examinar hasta qué punto nuestro corazón se está identificando cada vez más con el del Señor. Es san Pablo el que de nuevo nos alerta, para que nos demos cuenta de que a veces la soberbia puede llevarnos a caer en una manera superficial de vivir la fe, intentando comportarnos cristianamente, pero no para alegrar a Cristo, sino para satisfacer nuestro ego: «Si habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué os sujetáis a sus decretos como si aún vivierais en el mundo? “¡No toques, no pruebes, ni siquiera mires!”. Todo eso acaba en la corrupción a base de usarlo según los preceptos y enseñanzas de los hombres. Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su religiosidad afectada, su aparente humildad y su rigor con el cuerpo, pero no valen sino para la satisfacción de la carne» (Col 2,20-23).


Podemos pedir, junto a san Josemaría: «Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra»4. Que nuestra Madre nos ayude a purificar nuestro corazón para que, desde allí, elevemos nuestra mirada y nuestras obras hacia Dios.

6 de febrero de 2024

Vivir según el Espíritu Santo

 


Evangelio (Mc 7, 1-13)


Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas:


—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?


Él les respondió:


—Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos”. Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.


Y les decía:


—¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”. Y “el que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte”. Vosotros, en cambio, decís que si un hombre le dice a su padre o a su madre: «Que sea declarada “Corbán” -que significa “ofrenda”- cualquier cosa que pudieras recibir de mí», ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre. Con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas parecidas a éstas.



PARA TU RATO DE ORACION 


A LO LARGO de su vida pública, Jesús era continuamente juzgado por los fariseos. En no pocas ocasiones, como no encontraban de qué acusarle (cfr. Lc 6,7), se fijaban en el comportamiento de sus discípulos: querían encontrar en ellos las fisuras que no encontraban en el Señor. En una ocasión, el escándalo farisaico se debió a que los apóstoles habían comido los panes sin haber llevado a cabo todos los ritos previstos para la purificación de las manos. Quizás recordamos a nuestras madres insistiéndonos en la importancia de lavarnos las manos antes de comer. Más de una vez lo habremos hecho a regañadientes, tal vez simplemente para evitar un mal rato. Pero, después, crecimos. Y ahora hemos descubierto que no se trataba de un simple capricho: era un gesto importante, tenía un sentido, porque la salud estaba en juego.


Podemos decir que en los fariseos que interpelan a Jesús jamás creció interiormente el sentido de la Ley. Seguían lavándose las manos, pero siempre por miedo al castigo. «El miedo oprime el corazón e impide salir al encuentro de los demás, al encuentro de la vida»1. Aquellos fariseos nunca entendieron que los mandamientos de Dios no eran un capricho, sino una orientación amorosa para el bien de sus almas. Nunca comprendieron que «la ley no fue hecha para convertirnos en esclavos, sino para hacernos libres, para hacernos hijos (...). La rigidez no es un don de Dios. La mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí. Pero la rigidez no»2. Detrás de cada mandamiento late el deseo de Dios de que tengamos el corazón limpio para poder contemplarlo a él (cfr. Mt 5,8). Esto último es lo importante.


EN LA VIDA CRISTIANA, estamos llamados a que nuestra adhesión a unos preceptos se dé cada vez con una mayor pureza de corazón, y no simplemente por afán de cumplir o de sentirnos satisfechos porque, supuestamente, hemos hecho nuestra parte. Ciertamente, podemos caer en el error de los fariseos y pensar que la vida cristiana consiste en una serie de cosas que «hay que cumplir», convirtiendo el amplio horizonte de la santidad en un reducido espacio, en donde lo único que cuenta es consumar a rajatabla una serie de deberes. Por otro lado, podemos también caer en la actitud contraria, la que interpreta que lo único que cuenta para obrar es «sentir amor» en un sentido abstracto, reduciéndolo simplemente a una sensación agradable que va y viene.


Es por eso que Jesús, en su diálogo con los fariseos, trae a colación unas palabras recogidas en el libro de Isaías, y que nos ofrecen un camino para entender lo que el Señor espera de nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Is 29,13). El testimonio de la Sagrada Escritura, ya desde el Antiguo Testamento, es unánime en ese sentido: lo que Dios nos pide es la entrega sincera del corazón. Quien busca continuamente el diálogo sincero con Dios no cae en el escrúpulo, porque descubre su profundo amor misericordioso; ni tampoco cae en la laxitud, porque sabe que ese amor merece una correspondencia, y para eso no bastan simplemente las palabras. «“Obras son amores y no buenas razones” –solía recordar san Josemaría–. ¡Obras, obras! Propósito: seguiré diciéndote muchas veces que te amo –¡cuántas te lo he repetido hoy!–; pero, con tu gracia, será sobre todo mi conducta, serán las pequeñeces de cada día –con elocuencia muda– las que clamen delante de Ti, mostrándote mi Amor»3.


SAN PABLO ERA «fariseo, hijo de fariseos» (Hch 23,6). Fue criado en ese ambiente que buscaba dar gloria a Dios en el cumplimiento puntual de los mandamientos. «En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable» (Flp 3,5), dice. Sin embargo, algo sucedió en la vida de Pablo que cambió radicalmente su visión de lo que Dios esperaba de él: el encuentro personal con Jesucristo. Lo que cambia a partir de entonces no es que san Pablo deje de cumplir la ley de Dios, sino que quiere «vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe» (Flp 3,8-9).


San Pablo descubre que «la caridad es la plenitud de la Ley» (Rm 13,10). Vivir la caridad implica reconocer, en primer lugar, que solamente nos la puede dar Dios, que es un don del Señor. «El mandamiento del amor a Dios y al prójimo (...) está “escrito” en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en “la ley del Espíritu” (...). Es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón»4. A la Virgen, que en la Ley nunca vio esclavitud sino la libertad del amor, podemos pedirle ayuda para «vivir según el Espíritu Santo» que, en palabras de san Josemaría, supone «dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida»5.

5 de febrero de 2024

FRAGILES PERO FIELES


Evangelio (Mc 6, 53-56)


Acabaron la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret y atracaron.

Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron.

Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todos los que se sentían mal.

Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos o en ciudades o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.



PARA TU RATO DE ORACION 


LA LLEGADA DE un personaje importante suele producir una pequeña revolución en los lugares que visita, sobre todo si son sitios poco acostumbrados a vivir grandes sucesos. Lo que suele reinar en los pequeños pueblos es la tranquilidad de la rutina, la repetitiva cadencia de una vida marcada por la cotidianidad de hacer siempre las mismas cosas y ver continuamente a las mismas personas. Por eso, la llegada de Jesús a Genesaret fue una revolución. Desde que «lo reconocieron» (Mc 6,54), la noticia corrió de boca en boca con la velocidad de quien no quiere desaprovechar la oportunidad de su vida. Las plazas de aquellas aldeas se llenaron de enfermos y el ruido de las camillas al tocar el suelo se convirtió en el sonido por excelencia en esa zona de Galilea.


«El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura»1. Y es fácil imaginarse que sería precisamente eso, ternura, lo que desprendería la mirada de Jesús mientras iba sanando a cada enfermo; mientras, como hizo en otras circunstancias similares, producía en ellos la verdadera revolución: la de perdonarles los pecados (cfr. Mc 2,5). Pero esa revolución requiere un paso previo: cuando bajaron de la barca, «enseguida lo reconocieron», nos dice el Evangelio. Solo puede ser sanado por Cristo quien es capaz de reconocerlo. Quizás, como supieron hacer los santos, podemos empezar por reconocer a Jesús en la carne de las personas que nos rodean, sabiendo mirar con ternura sus heridas. Sabemos que todos los detalles de servicio que hacemos con nuestros amigos o familiares, lo estamos haciendo realmente con Jesucristo (cfr. Mt 25,40). San Josemaría sostenía que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos»2.


SI MIRAMOS LOS acontecimientos desde lejos, vemos al Señor rodeado de conmoción, ruido, gritos; grandes cantidades de personas se abarrotan intentando alcanzarlo. Sin embargo, queremos descubrir qué pasa más cerca, en el corazón de Jesús. Además de la ternura en su mirada, no hay duda de que la alegría que experimentaban las personas curadas embargaría también al Señor, que sabía regocijarse con lo que era causa de felicidad para los demás. San Pablo invita a los Romanos a alegrarse con los que se alegran (cfr. Rm 12,15) porque sabe que esa es la actitud propia de quien tiene los sentimientos de Cristo (cfr. Flp 2,5).


No obstante, sabemos que Jesús no vino para traer la alegría pasajera de una curación física. Tiempo después, camino hacia el Calvario, «a derecha e izquierda, el Señor ve esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno, por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están (...) los que fueron curados de sus dolencias»3. En efecto, Jesús sabía que, a la vuelta de poco tiempo, algunos habrían borrado de su memoria aquel día, dejando en el olvido las maravillas que el Mesías había obrado en sus vidas.


Las personas de Genesaret que recobraron la salud lo hicieron ciertamente porque creían que Jesús podía hacer el milagro, creían en su capacidad de vencer a la enfermedad. Sin embargo, quizás su corazón se quedó a mitad de camino; solamente buscaron al Señor mientras tenía algo inmediato que ofrecerles, no descubrieron la profunda alegría de la vida junto a Jesús. Al contrario, «la alegría cristiana brota de la certeza de que Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros: en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad (...). Y esta alegría permanece también en la prueba, incluso en el sufrimiento; y no está en la superficie, sino en lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él»4.


PONER EN CONTRASTE lo sucedido en Genesaret, cuando la multitud se precipitaba buscando la curación, de frente a lo acaecido en el Calvario, cuando el gentío clamó por la crucifixión, nos puede ayudar a considerar despacio, con sinceridad, qué es exactamente lo que buscamos cuando buscamos a Jesús. San Juan, que tan bien conocía lo que albergaba el corazón de Cristo, nos da una pista para purificar nuestra fe: «Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16). Se trata de algo que a veces, sin querer, podemos olvidar en los momentos de dificultad, cuando nos parece que el Señor está dormido o que no quiere usar su poder.


Porque sin duda, ese es uno de los grandes retos de la fe: abrazar el misterio de la voluntad de Dios cuando el Señor no utiliza su poder como a nosotros nos parece que debería hacerlo. Creer en Jesús cuando presenciamos un milagro es fácil; lo difícil es asistir a circunstancias en las que nos parece, erróneamente, que Dios no interviene. A veces, sin darnos cuenta, podemos comportarnos como aquellos que gritaban en el Calvario: «Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27,42).


Tantas veces vemos injusticias, maltratos y dolores que nos pueden hacer dudar sobre la presencia de Dios. San Juan vivió lo mismo: tormentas, persecuciones, el martirio del Bautista y de los otros once apóstoles. Es más: san Juan vivió el Calvario, y paradójicamente, es eso lo que le permite afirmar que ha «conocido y creído» en el amor de Dios. Es precisamente eso, que el Señor no baje de la cruz, lo que nos ha enseñado que la revolución de la ternura no es un cúmulo de sucesos bonitos, sino la presencia de un amor que se entrega hasta las últimas consecuencias. «La experiencia de la ternura consiste en ver el poder de Dios pasar precisamente a través de lo que nos hace más frágiles»5. María, nuestra madre, es quien mejor comprende el amor de Dios: ella nos ayudará a conocerlo mejor y creer más firmemente en él.


4 de febrero de 2024

1er domingo de San José

 


Evangelio (Mc 1, 29-39)


En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron:


—Todos te buscan.


Y les dijo:


—Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.


Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO JESÚS, durante su ministerio público por Galilea, llegó a predicar en la sinagoga de su propia ciudad, todos «se quedaban admirados» (Mt 13,54). La actitud de sus paisanos nos habla de la impresión que causaba aquel a quien habían visto crecer entre sus plazas y calles: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13, 55-56).


Uniéndose a esa curiosidad santa por saber más acerca del entorno familiar de Cristo, la tradición de la Iglesia ha identificado en la Sagrada Escritura siete momentos cruciales en la vida de san José; son siete vivencias suyas en las que, como es normal también en nosotros, se mezclan el gozo y el dolor, la alegría y el sufrimiento. Por eso en muchos lugares se dedican los siete domingos previos a su fiesta a meditar estos pasajes. Un día, en una tierra con especial devoción a san José, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas»[1].


La devoción al santo patriarca siempre ha estado presente en el arte y en la piedad popular a lo largo de la historia de la Iglesia. En el siglo XVII, el Papa Gregorio XV instituyó por primera vez una fiesta litúrgica en su nombre. Posteriormente, en 1870, el santo Papa Pío IX nombró a san José patrono universal de la Iglesia. A partir de entonces, Leon XIII dedicó una encíclica al santo patriarca y en el centenario de este documento san Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica Redemptoris custos. Ya en el tercer milenio, el papa Francisco publicó también una carta sobre san José bajo el título Patris corde, Con corazón de Padre. Este reiterado interés de la Iglesia, de manera especial en los últimos tiempos, puede renovar en nosotros una actitud de agradecimiento, admiración y puede llevar a que nos preguntemos: ¿qué lugar ocupa san José en mi corazón?


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). De esta manera, tan sencilla, el ángel disipa las dudas y temores de José. No sabemos con certeza qué es lo que pasaba por su corazón y su mente. Con seguridad no dudó de la inocencia de su esposa, por lo que el ángel le confirma lo que quizá ya intuía en su alma: allí había algo de Dios. En efecto, a través del ángel, Dios mismo le confía cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.


«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad»[2]. El santo patriarca, a pesar de ser consciente de la importante y nobilísima tarea que el Señor le encomendó, ha llegado a nosotros como un ejemplo de humildad y discreción. Es en el silencio de aquel «ocultarse y desaparecer» en donde los planes divinos dan sus mayores frutos.


También ahora, Dios continúa confiando en José para que cuide de su familia, de la Iglesia y de cada uno de sus hijos, con la misma dedicación y ternura que lo haría con el Señor. Un antiguo aforismo judío dice que un verdadero padre es aquel que enseña la Torá –la ley de Dios– a su hijo, porque es entonces cuando le engendra de verdad. San José cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que «san José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre»[3].


«LA IGLESIA entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos –señala san Josemaría– se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor»[4]. Este título es un honor y una responsabilidad. Junto con María, José alimenta, cuida y protege a la familia. Y la Iglesia, al ser la familia de Jesús, tiene a san José como patrono y protector: «La Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias»[5].


El Concilio Vaticano II habla de «escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida»[6]. Por eso, como familia, nos preguntamos constantemente qué es lo que el Señor quiere que aprendamos de cada situación y en cada encrucijada. La intercesión de los santos es una ayuda del cielo para descubrir a Dios en todos los acontecimientos y hacer presente su poder. San José guía y custodia a la Iglesia en este caminar.


Y también san José es patrono de esta familia que es la Obra. En los primeros años, san Josemaría acudió especialmente a él para poder hacer presente a Jesús Sacramentado en uno de los primeros centros del Opus Dei. Por su intercesión, en marzo de 1935 fue posible tener al Señor reservado en el oratorio de la Academia-Residencia DYA, de la calle Ferraz, en Madrid. Desde entonces, el fundador de la Obra quiso que la llave de los sagrarios de los centros del Opus Dei tuvieran una pequeña medalla de san José con la inscripción Ite ad Ioseph; el motivo es recordar que, de modo similar a como el José del Antiguo Testamento lo hace con su pueblo, el santo patriarca nos había facilitado el alimento más preciado: la Eucaristía.


Pidamos a José que nos siga ayudando a acercarnos a Jesús Sacramentado, que es el alimento del que se nutre la Iglesia. Así lo hizo junto a María, en Nazaret, y así lo hará también con ella en nuestros hogares.

2 de febrero de 2024

LO COMPRENDE TODO

 

Evangelio (Mc 6,30-34)

En aquel tiempo, reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice:

— Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.



PARA TU RATO DE ORACION 


LAS MULTITUDES seguían al Señor de un lado para otro, pendientes de sus palabras. La predicación del Reino de Dios y la llamada a la conversión ocupaban todo el tiempo y todas las energías del Señor. «Eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer» (Mc 6,31). Era tal la intensidad de la misión, que no había un momento de tranquilidad. Los apóstoles participaban de esta entrega de Cristo a los demás. Cuando volvieron de su primer envío, le contaron a Jesús «todo lo que habían hecho y enseñado» (Mc 6,30). Tras estas jornadas intensas de misión apostólica, entusiasta pero también agotadora, tenían necesidad de descanso. Jesús, lleno de comprensión, se preocupa de asegurarles un poco de alivio. Entonces, les dice «Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31). El Señor entiende el cansancio de sus apóstoles porque él mismo también se fatigaba «por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros –predicaba san Josemaría–, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado»1.


El trabajo intenso, la preocupación por la familia, el servicio a las personas que nos rodean, las prisas y las dificultades… todo ello supone esfuerzo. Y como es lógico, hace su aparición «la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana»2. Por tanto, el descanso no es un antojo egoísta ni una pérdida de tiempo; todo lo contrario, es muy necesario para el cuerpo y para el espíritu. «Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»3. Si no descansamos, probablemente no podremos llevar a cabo nuestras tareas de la mejor manera; pero, sobre todo, como somos cuerpo y alma, si no descansamos quizás se nos podrá dificultar también nuestra vida espiritual. Eso lo sabía Jesús, verdadero hombre, por eso se preocupaba del descanso de los suyos.


LOS APÓSTOLES se marcharon con Cristo «en la barca a un lugar apartado ellos solos» (Mc 6,32). El objetivo era pasar unas horas juntos y descansar del ajetreo, para volver después a acoger a la gente con más ánimo. Como los apóstoles, nosotros necesitamos también descansar con Cristo, acudir al sagrario donde él nos espera, contarle nuestras cosas, las preocupaciones y tareas que tenemos entre manos. Porque «la oración es indudablemente –en palabras de san Josemaría– el quitapesares de los que amamos a Jesús»4.


En nuestro diálogo con Dios podemos saborear habitualmente la realidad maravillosa de la filiación divina. Sentirnos hijos queridos nos otorga «reposo a la hora del cansancio, paz a la hora de la guerra, serenidad en los momentos de conflicto»5. Entendemos, entonces, que su yugo no es tan pesado como podría parecernos, porque él lo lleva con nosotros. Trabajamos en las cosas de nuestro Padre y, de esta manera, la fatiga se convierte en oración. «Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento»6.


«Si aprendemos a descansar de verdad, nos hacemos capaces de compasión verdadera; si cultivamos una mirada contemplativa, llevaremos adelante nuestras actividades sin la actitud rapaz de quien quiere poseer y consumir todo; si nos mantenemos en contacto con el Señor y no anestesiamos la parte más profunda de nuestro ser, las cosas que hemos de hacer no tendrán el poder de dejarnos sin aliento»7.


JESÚS, AL DESEMBARCAR, «vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). Estas palabras dejan entrever la profundidad de los sentimientos del corazón del Señor, que se estremece porque «le duelen» esas personas que no tienen a nadie que les pueda orientar.


En el relato destacan tres verbos. En primer lugar, Jesús les «vio». La mirada del Señor no es neutra, tampoco fría o indiferente. Jesús no cuenta de diez en diez; en realidad, Dios solo sabe contar hasta uno. Ve una multitud y con sus ojos toca cada corazón, la historia que se esconde en cada persona. A continuación, añade el evangelista, se «compadeció» de ellos. Olvidado por completo de sí mismo, la ternura invade todo su ser, solo piensa en la muchedumbre que espera en la playa, que camina sin rumbo, sin auténticos pastores. Finalmente, les «enseñó». Con seguridad habría allí muchos enfermos necesitados de un milagro, sin embargo, el primer pan con el que les alimenta es su palabra, se entrega como comida a esta multitud hambrienta.


San Josemaría repetía que cada uno de nosotros, «además de ser oveja (...), de algún modo es también Buen Pastor»8. Todos estamos llamados a mirar a las personas como Jesús, a compadecernos como Jesús, y a enseñar como Jesús. Podemos pedir a María que nos dé la fortaleza necesaria para no apartar el hombro de nuestra misión. Ella es una Madre que se compadece, que comparte con Jesús el sufrimiento y el amor. Ella está también cerca de nosotros y «lo comprende todo»9.


1 de febrero de 2024

PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO



 Evangelio (Lc 2, 22-40)

« Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo
irse en paz,
según tu palabra:
porque mis ojos han visto tu salvación,
la que has preparado
ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminar a los gentiles
y gloria de tu pueblo Israel.

Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.

Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:

— Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción — y a tu misma alma la traspasará una espada — , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


PASADOS CUARENTA DÍAS del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia viaja al Templo de Jerusalén con el fin de cumplir dos prescripciones de la Ley: la presentación del primogénito (cfr. Ex 13,2.12-13) y la purificación de la madre (cfr. Lv 12,2-8). Ambos misterios –tratándose del hijo de Dios y de la Inmaculada– están unidos en la fiesta de hoy.


La presentación del primer hijo, por un lado, hacía memoria de la salvación de los primogénitos hebreos en Egipto. Según la ley de Moisés, el varón primogénito era propiedad de Dios y debía ser «consagrado al Señor» (Lc 2,23), así que esta ceremonia era considerada una especie de «rescate». Por otro lado, la purificación de la madre se realizaba cuarenta días después del parto. Hasta ese momento la mujer no podía acercarse a los lugares sagrados, ya que al dar a luz quedaba marcada por una cierta impureza. En la ceremonia de purificación se ofrecía un doble sacrificio: un cordero y una tórtola o pichón; pero si la mujer era pobre, podía ofrecer dos tórtolas o dos pichones. «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella –¡la Inmaculada!– se somete a la Ley como si estuviera inmunda»1. El evangelista precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cfr. Lc 2,24).


«De pronto entrará en el santuario el Señor» (Ml 3,1), dice el profeta Malaquías. Se trata de un momento único y hermoso: el Hijo de Dios entra en su propio Templo. Por eso canta el salmo 23: «¡Puertas, alzad los dinteles! ¡Elevaos, puertas eternas! Va entrar el Rey de la Gloria. ¿Quién es este Rey de la Gloria? El Señor, fuerte y valeroso» (Sal 23, 7-10). Sin embargo, el «Dios fuerte» no quiso entrar en el Templo al son de trompetas, sino como un niño más, en medio de un ir y venir constante de personas, entre peregrinos, devotos, sacerdotes y levitas; nadie era consciente de lo que a su lado estaba sucediendo. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, tendrán en sus brazos al «Rey de la Gloria». Por eso, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo «es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús»2.


SIMEÓN era un «hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor» (Lc 2,25-26). Simeón estaba siempre preparado para el encuentro con Dios porque, como las vírgenes sensatas de la parábola, llevaba la alcuza llena de aceite. Es un anciano que gozaba de la permanente juventud que otorga la esperanza. Movido por el Espíritu, subió al Templo a rezar. Al ver a la familia que venía de Belén, y al posar su mirada en el niño, se dio cuenta de que no era uno de los muchos que cada día se presentaban en el Templo. En ese bebé que cogió en sus brazos se cumplían todas las profecías: era el esperado, el primogénito de una nueva humanidad, el consagrado del Padre.


«Simeón no se había dejado desgastar por el paso del tiempo. Era un hombre ya cargado de años, y sin embargo la llama de su corazón seguía ardiendo. En su larga vida habrá sido a veces herido, decepcionado; sin embargo, no perdió la esperanza. Con paciencia, conservó la promesa, sin dejarse consumir por la amargura del tiempo pasado o por esa resignada melancolía que surge cuando se llega al ocaso de la vida. La esperanza de la espera se tradujo en él en la paciencia cotidiana de quien, a pesar de todo, permaneció vigilante, hasta que por fin “sus ojos vieron la salvación” (cfr. Lc 2,30)»3.


Con el auxilio del Espíritu Santo, Simeón llamó al niño «luz» de todos los pueblos (cfr. Lc 2,29-35). La liturgia de hoy se inicia con una procesión de candelas, con la que se significa que Cristo es la luz que viene al mundo para iluminar a unos hombres que, sin Dios, tropiezan. La palabra de Dios, decía san Josemaría, es «luz y esperanza en los corazones»4. Allí probablemente estaba parte del secreto de Simeón para mantener viva aquella juventud: en su apertura sincera, siempre con mirada nueva, a lo que Dios le dice.


DESPUÉS de Simeón, la familia de Belén se encuentra con Ana, una profetisa de edad avanzada que acudía cada día al Templo, «sirviendo con ayunos y oraciones noche y día» (Lc 2,37). Esta anciana viuda, después de encontrarse con el Niño, alababa a Dios y le hablaba de él «a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38). Ambos ancianos profetizan que Jesús es el Mesías esperado, y sospechan que su muerte y resurrección salvará a todas las naciones.


En la escena palpita la presencia del Espíritu Santo, que mueve «los pasos y el corazón de quienes lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y Ana, expresiones de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos estrechar su salvación»5. En Simeón y en Ana descubrimos a dos personas dóciles a las mociones divinas. El Espíritu Santo era el motor de sus vidas, «estaba en ellos», les guiaba, les empujaba, hablaba en sus corazones. Son un icono de santidad, porque escuchan y anuncian la Palabra de Dios, buscando decididamente el rostro de Cristo.


«En el templo, Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos a su encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza»6. Podemos imaginar cómo habrán admirado Simeón y Ana a la Virgen María, quien había llevado aquella esperanza en su seno. Ella puede interceder para que en nuestra vida nunca falte el aliento del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.

AMOR REDENTOR


Evangelio (Mc 6,7-13)

Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:

— Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS QUISO que los doce apóstoles, después de unos meses de convivencia con él, se lanzaran a una experiencia en primera persona de la misión. «Comenzó a enviarlos de dos en dos» (Mc 6,7) para llevar su mensaje de salvación a las aldeas vecinas. El término «apóstoles» significa, precisamente, «enviados». Durante aquellos días, los doce fueron protagonistas del poder de Dios, de la eficacia que tenían sus palabras y sus obras. Ellos mismos quedaban impresionados y sorprendidos por los milagros que realizaban en nombre del Señor.

La misión de la Iglesia entera –por lo tanto, de cada uno de nosotros– está prefigurada en este primer envío. Para traer el Reino de Dios, Jesucristo funda un nuevo pueblo universal, la Iglesia. Y para ello elige a los doce apóstoles, que suceden y sustituyen a los patriarcas de las doce tribus de Israel: ellos son el germen de su Iglesia. En el nombre de Jesús «expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13). Esta misión los llevará, finalmente, a todos los rincones de la tierra: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

«Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es enviada al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío»1. Por tanto, como subraya el Concilio Vaticano II, «la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado»2. Nosotros también estábamos presentes en aquel envío de Cristo, forma parte esencial de nuestra llamada. Los cristianos somos enviados, en primera persona, como testigos de un mensaje recibido, de un encuentro experimentado. Los discípulos, por tanto, «deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios»3.


LOS DOCE partieron, por deseo de Jesús, «de dos en dos». Esta indicación nos sugiere que los apóstoles no van solos, sino que se ayudan y se apoyan entre sí. La misión no es una tarea individual, al contrario, se realiza en la Iglesia y es parte de ella. En la misión apostólica, que atañe a todos, el cristiano es consciente de que no está haciendo una cosa suya. «Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse “todo para todos, para salvarlos a todos” (1 Cor 9,22)»4.

Con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei, san Juan Pablo II afirmó: «San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con amor redentor (cfr. Catecismo de la Iglesia, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su capacidad de transformar la tierra»5. Y en esa misión, aunque alguna vez nos encontremos físicamente solos, en realidad nos acompañan todos los cristianos del cielo y de la tierra, especialmente quienes comparten una misma vocación específica con nosotros.

Es importante notar que, en la descripción de la misión de los doce, la persona misma de Jesús está en el centro de todo: él llama, él envía, él confiere su poder y él concreta cómo deben actuar los discípulos. Es más, él mismo es el mensaje, su misma persona. La Buena Nueva no se resume en unas normas morales ni en una forma de vivir, tampoco en un conjunto de artículos en los que creer. Cristiano es el que sigue a Jesús, en quien estamos todos reunidos desde antes de la creación del mundo hasta el fin de los tiempos.


«CRISTO JESÚS es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo (...). Él es la luz, la verdad; más aún, el camino, y la verdad, y la vida. Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed. Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano (...). ¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación»6.

Antes de emprender la misión, Jesús da a los discípulos algunas instrucciones muy concretas: «Que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas» (Mc 6,8-9). No es una larga lista de cuestiones a tener en cuenta. Todo se concentra en un aspecto esencial: un estilo sencillo y pobre. Han de caminar sin demasiados accesorios, con lo indispensable, sin poner la seguridad en nada al margen del mandato de Cristo. Al rechazar lo superfluo, lo que probablemente es accidental, el discípulo camina con más facilidad al ritmo que el Señor le marque. El pan que nos alimenta es la certeza de estar cumpliendo una misión divina. Todo lo que no esté de alguna manera al servicio de esa misión pasa a un segundo plano.

Esta manera de relacionarnos con las cosas materiales forma parte esencial del mensaje cristiano. «Así, pues, el seguimiento no es un viaje cómodo por un camino llano. También pueden surgir momentos de desaliento (...). La cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso»7. Cuando se levante la nube de la confusión, podemos imitar a los primeros discípulos que, después del envío, «aún tienen dudas: no saben qué hacer y se reúnen con María, Reina de los Apóstoles, para convertirse en celosos pregoneros de la Verdad que salvará al mundo8.