"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de diciembre de 2024

Es un Dios cercano




 Evangelio (Mt 9,35-38; 10,1.6-8)


Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: — La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de hoy nos presenta a Jesús que sale al encuentro de la gente. «Recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9,35). Su preocupación e interés por cada persona no se quedan solo en las palabras. Jesús se esfuerza por acercarse a las necesidades de cada uno, toma la iniciativa y se moviliza. Les infunde optimismo hablándoles del amor que Dios les tiene, escucha atentamente sus dificultades y hace lo que está a su alcance para remediarlas. Podemos imaginar al Señor mirando a los ojos con cariño a la gente que se acercaba hasta Él. «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).


También hoy el Señor se acerca a nuestro mundo; incluso más: está siempre en él. Es un Dios cercano que no se ha retirado de su creación, nunca la ha abandonado a su suerte. Al contrario, se alegra y se deleita con la maravillosa bondad de las personas corrientes, humildes, inadvertidas para la gran historia, que procuran vivir según el corazón de Dios. Y, asimismo, se llena de compasión al ver otras personas maltratadas, abatidas, desorientadas, sin una compañía que las guíe y conforte.


«Iesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!» (Hb 13,8). Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Sigue saliendo a nuestro encuentro de innumerables maneras: alimenta nuestras almas con el Pan eucarístico, nos transmite paz y esperanza con la voz de su Palabra, nos muestra el camino a seguir hablándonos en el silencio de la oración. «Pueblo de Sion, que habitas en Jerusalén: no tendrás que llorar más. Él te concederá gracia a la voz de tu súplica. Tan pronto la oiga, te responderá» (Is 30,19). Jesús nos busca sin que se lo pidamos, la iniciativa es siempre suya. Nuestro agradecimiento nunca será suficiente, nuestra respuesta nunca será proporcionada a tanta bondad. Por eso queremos acompañar nuestras acciones de gracias con un deseo de permanecer atentos a sus inspiraciones que no cesan.


EN EL EVANGELIO vemos a Jesús en medio de la gente, sacando a cada jornada su máximo provecho, al punto de que en ocasiones ni siquiera tiene tiempo para comer (cfr. Mc 6,31). No le alcanzan las horas del día para hacer frente a tantas necesidades. Ante ese panorama, nos cuenta san Mateo que el Señor confía a sus discípulos más cercanos algo que llevaba en su alma: «La mies es mucha, pero los obreros pocos» (Mt 9,37); hay muchas personas a las que ayudar, pero son pocos los que se dedican a esta tarea apremiante. El mundo tiene necesidad de Dios. Y Jesús, mejor que nadie, lo sabe. «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?» (Rm 10,14-15). Frente a tal necesidad, siempre serán pocos los que comparten con el Señor la misión de comunicar al mundo la alegría del evangelio, de anunciar al hombre de hoy ese mensaje de salvación.


Del fondo del corazón de Jesús nace la súplica dirigida a sus discípulos: «Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Daremos una alegría al Señor si nos disponemos a rezar con más insistencia por esta intención suya. Supliquemos a nuestro Padre Dios que nos encienda a nosotros y a muchos cristianos en una santidad que nos llene de alegría y nos lance a compartirla con todos. Pidamos también que envíe más vocaciones a su Iglesia y de modo particular a la Obra; personas de todo tipo y condición que con generosidad decidan entregar su vida entera al servicio del Evangelio.


SEGUIMOS meditando el pasaje del Evangelio que la liturgia nos ofrece hoy. Inmediatamente después de confiar a sus discípulos esta petición, Jesús los llama y les confiere el poder necesario para que sean ellos los que le ayuden en la tarea de salir al encuentro de las necesidades de los hombres: «Id y predicad: “El Reino de los Cielos está al llegar”. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 9,7-8). El Señor pide a sus discípulos que recen para que haya muchas almas generosas que se decidan a colaborar con Él y, al mismo tiempo, les pide también que ellos mismos lleven adelante esta apremiante tarea.


Cuando pedimos vocaciones, el Señor renueva continuamente nuestra propia misión de apóstoles. «Son muchos los cristianos –señala san Josemaría– persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas –no saben quiénes– que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú, hasta que vinieron a “despertarte”»[1].


Si pedimos al Señor con sinceridad que envíe operarios que se ocupen de la abundante cosecha, si tenemos esta clara –aunque íntima– manifestación de fervor apostólico, esa oración redundará también en nuestra propia santidad y fidelidad. Pedir a Dios que encienda a más cristianos en la alegría de evangelizar nos servirá también de despertador a nosotros. María ante el anuncio del ángel manifestó su plena disponibilidad para que se cumpliera en su vida la palabra de Dios. Esta actitud personal siempre fue de la mano con querer que quienes la rodeaban hicieran lo que Jesús decía (cfr. Jn 2,5). A ella confiamos nuestra oración de petición por más evangelizadores, y pedimos su intercesión para que esta actitud nos lleve a nosotros más cerca de su Hijo.

6 de diciembre de 2024

San Nicolás de Bari


Evangelio (Mt 9,27-31)

Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos:

— ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo:

— ¿Creéis que puedo hacer eso?

— Sí, Señor - le respondieron.

Entonces les tocó los ojos diciendo:

— Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.

Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente:

— Mirad que nadie lo sepa.

Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca.


HOY FIESTA DE SAN NICOLAS


El 6 de diciembre se celebra la fiesta de san Nicolás de Bari. San Josemaría le encomendó la resolución de las dificultades económicas.


Quién fue san Nicolás de Bari

San Nicolás, también conocido como San Nicolás de Mira o San Nicolás de Bari (en Occidente, por el lugar donde fueron trasladados sus restos) fue un obispo que vivió en el siglo IV. Más de dos mil templos están dedicados a él en todo el mundo.


Nació en Patara, en la región de Licia (actualmente dentro del territorio de Turquía) en una familia adinerada y desde niño se destacó por su carácter piadoso y generoso. Sus padres, fervorosos cristianos, lo educaron en la fe. Después de la muerte de sus padres, Nicolás heredó una gran fortuna que puso al servicio de los necesitados, según la hagiografía escrita por San Metodio, arzobispo de Constantinopla.


Durante su época como obispo, y en su afán por erradicar los cultos paganos, ordenó demoler el templo de Artemisa en Mira; el templo más grande y famoso de Licia, así como otros varios edificios paganos.​ Por un decreto del emperador Licinio contra los cristianos fue encarcelado y su barba quemada, siendo liberado por el emperador Constantino.


Participó en el Concilio de Nicea, condenando las doctrinas de Arrio, quien se negaba a admitir el dogma de la divinidad de Cristo. Para combatir los errores, utilizaba una dulzura exquisita, logrando grandes y sinceras conversiones, a pesar de su discreto talento especulativo y orador que tanto gusta a los orientales. Sin embargo, cuando se trataba de proteger a los más débiles de los poderosos, San Nicolás, a pesar de su avanzada edad, actuaba con gran arrojo y vigor.


San Nicolás de Bari murió el 6 de diciembre del año 343 en Mira, pero sus restos descansan en la ciudad portuaria italiana de Bari, pues allí fueron a dar después de que fueran sacados de Turquía tras la conquista musulmana. Tras su muerte se convirtió en el primer santo no mártir en gozar de una especial devoción en Oriente y Occidente. Multitud de relatos milagrosos aparecieron sobre él, desfigurando, a veces, su eminente carácter práctico y sencillo.


PARA TU RATO DE ORACION 


Al considerar la virtud de la pobreza, si meditamos la infancia de Cristo tal como nos la narran los Evangelios de San Mateo y San Lucas, destaca una impresionante verdad: que nuestro Señor Jesucristo quiso nacer pobre y vivir en una familia pobre. María y José, la Sagrada Familia, no poseían prácticamente nada. Así, Jesucristo nació en un ambiente muy pobre. Dios hecho Hombre nació en un establo, en un cobijo para animales. Fue recostado en un pesebre, que es donde se echa de comer a los animales.

En una hermosa homilía sobre la pobreza, titulada «Despren­dimiento», el fundador del Opus Dei nos invita a reflexionar con estas consideraciones: «Ese desprendimiento que el Maestro pre­dicó, el que espera de todos ]os cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas. Jesucristo coepit facere et docere (Atc. I, 1 ): antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más abso­luta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra» (Amigos de Dios, núm. 115).

Hace unos veinte años que conozco el Opus Dei, y a lo largo de todo este tiempo siempre me ha impresionado su énfasis en el apostolado de la doctrina. La labor del Opus Dei es, en verdad, una continua catequesis. En esta tarea de difundir la sana doctrina, Monseñor Escrivá de Balaguer siguió siempre el ejemplo dado por el Señor de «hacer y enseñar». Los miembros del Opus Dei, cier­tamente, pueden imitar muy bien a su fundador, quien -antes de enseñar con la palabra- proclamó con obras la doctrina. Especial­mente, durante los años que siguieron a la fundación del Opus Dei en 1928, Monseñor Escrivá de Balaguer sufrió algunas de las formas más extremas de indigencia material. Hubo temporadas en que sólo podía hacer una comida al día; y, algunas veces se vio obligado a dormir en el suelo de la cocina porque faltaba espacio en los apre­tados hogares en que vivían los primeros miembros de la Obra.

Frecuentemente he mencionado una divertida frase de Santa Teresa de Jesús: «El dinero es el estiércol del diablo, pero hace un muy buen abono». De una manera verdaderamente providencial, el espíritu del Opus Dei ha influido en todas las tareas humanas nobles mediante eso que su fundador llamaba «materialismo cris­tiano». Siento admiración por las personas de todas clases que viven el espíritu del Opus Dei, sin temor alguno a emplear instrumentos materiales - que requieren, a su vez, recursos económicos- para ejercer un generoso apostolado de formación de numerosos hom­bres y mujeres a través de casas de retiros espirituales, centros uni­versitarios, institutos técnicos o de formación profesional, clubs juveniles y otros centros en los que se proporciona formación doc­trinal y espiritual. El «materialismo cristiano», tal como lo explicaba Monseñor Escrivá de Balaguer, es el modo más eficaz de aprove­char para la gloria de Dios ese buen «abono».

La pobreza es una virtud cristiana porque Cristo nuestro Sal­vador, que es la misma riqueza, quiso nacer pobre y vivir como los pobres su vida terrena. Hemos de darnos cuenta de que la pobre­za cristiana es una virtud que debe practicar todo aquel que quiera ser fiel seguidor de Cristo.

A menudo, he podido oír de los miembros del Opus Dei de mi archidiócesis que Monseñor Escrivá de Balaguer les enseñó siempre que la santidad es para todos, y que se alcanza mediante un sincero esfuerzo por vivir todas las virtudes cristianas -en grado heroico, si fuera preciso-. En nuestra actual situación económica, se nos presentan muchas oportunidades de practicar con heroísmo la virtud cristiana de la pobreza.

El Vaticano II nos ha recordado que la santidad no es sólo para aquellos que hacen profesión pública de su dedicación a Dios como religiosos o sacerdotes, sino para todos los cristianos, también para los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la san­tidad. Por tanto, los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la vida cristiana deben, inevitablemente, practicar esta virtud de la pobreza.

Claro que la manera en que se practique variará según los dife­rentes tipos de llamada o vocación en la Iglesia. Y Monseñor Escri­vá de Balaguer, en su bestseller de espiritualidad titulado Camino, nos ofrece un criterio cristiano, práctico:

«Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, pri­varte de la comodidad y bienestar que venas mal en los hábitos de otro hombre de Dios.

Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. Si no te entierras y mueres, no habrá fruto» (Camino, 938).

Para la mayoría de los hombres y mujeres cristianos, ciudadanos corrientes de este mundo, la práctica de la virtud de la pobreza se desarrolla en la esfera familiar. Es en medio de su familia donde tienen que vivir la pobreza cristiana. Lo cual implica, entre otras cosas, el tratar de ajustarse al presupuesto familiar, economizando lo más posible. Requiere, por parte de todos los miembros de la familia, un serio esfuerzo para no caer en lo que los sociólogos de hoy llaman «consumismo», o en cualquier otra forma de mate­rialismo.

La pobreza, para una familia cristiana, significa no ir en busca de los bienes materiales como si fueran la fuente primordial de feli­cidad en esta vi da. La pobreza cristiana para el hombre y la mujer corrientes consiste no tanto en renunciar a las cosas de este mundo, sino simplemente en no poner el corazón en ellas: Ubi en¡m est the­saurus tuus, ibi est cor tuum (Lc XII, 34), dijo el Señor a los primeros cristianos: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Es preciso que entendamos correctamente esta virtud. A veces, tendemos a considerar la pobreza como un mal en sí mismo, un mal absoluto. Por el contrario, la pobreza es una virtud. Quizá sea más fácil de entender si la llamamos por su otro nombre: despren­dimiento. La pobreza es un cierto despego de los bienes materiales, un desasimiento que estamos dispuestos a vivir por amor a Dios. La virtud de la pobreza consiste en saber con exactitud cómo usar los bienes de esta tierra -dones de Dios- en cuanto medios para alcanzar cosas más altas, y no como fines en sí mismos.

En relación con esto, me gustaría referirme a otro servicio que el Opus Dei presta a la Iglesia y a toda la sociedad. El Opus Dei enseña de modo práctico lo que significa el verdadero espíritu de pobreza, sin disuadir a los pobres de poner en práctica todos los esfuerzos posibles para mejorar las condiciones de vida. El Opus Dei muestra por medio de sus centros y en los hogares de sus miem­bros que la pobreza no significa suciedad, mal gusto o un estilo de vida caótico. La pobreza exige un empeño heroico por mantener las cosas siempre como una tacita de plata, y en buenas condiciones de uso. Significa cuidar todo lo que uno utiliza. Significa que las cosas duren mucho, mucho tiempo. Como se puede imaginar, todo esto requiere el cultivo de otras virtudes complementarias como el orden, la pulcritud y la laboriosidad. Puedo, en verdad, asegu­raros que todos los centros del Opus Dei que he visitado son ejemplos vivos del auténtico espíritu de pobreza. Están inmaculadamen­te limpios, puestos con muy buen gusto y son, a todas luces, fruto del esfuerzo de las personas que allí viven por vencer esas debi­lidades humanas que son la chabacanería y la dejadez. Consideran­do la urgente necesidad de enseñar a todas las personas, incluido el pueblo de Filipinas, la virtud del cuidado de los más pequeños detalles en el trabajo ordinario, este aspecto de la espiritualidad del Opus Dei es una respuesta eficaz a la exigencia -que cada uno de nosotros tiene planteada– de alcanzar la perfección en las ocupa­ciones ordinarias de cada día.


Testimonio de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila 

5 de diciembre de 2024

EDIFICAR SOBRE ARENA Y NO SOBRE ROCA


 Evangelio (Mt 7,21.24-27)


No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. 

Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.


PARA TU RATO DE ORACION 


«NO TODO el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). Estas palabras de Jesús, al comienzo del evangelio de la Misa, ponen de manifiesto, en primer lugar, la existencia de un plan de Dios al que desea sumarnos; y, al mismo tiempo, nos revela la posibilidad siempre presente de que rechacemos en nuestra vida ese designio.


«Dios nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor» (Ef 1,4); esta es la voluntad de Dios para cada cristiano, el sentido de nuestras vidas, el porqué y el para qué de nuestra existencia. El proyecto divino es que seamos santos, es decir, que nuestro amor a Dios se desborde en un amor sincero por todos los hombres, empezando por quienes tenemos a nuestro lado. Los caminos para alcanzar esa meta son variadísimos y, en muchos casos, realmente sorprendentes.


Sin embargo, conforme pasan los años, en el camino puede manifestarse un cierto acostumbramiento, una rutina opaca que nos lleva a la tibieza. Puede enfriarse el entusiasmo con el que vivíamos nuestra historia de amor con Dios. El deseo de seguir de cerca a Jesús sigue en el origen de nuestras acciones, pero un poco más apagado, más tenue. Nos contentamos con ir tirando, tal vez alimentándonos solamente de experiencias del pasado. Los grandes ideales, entonces, nos parecen un sueño y nuestro espíritu de examen no despierta el corazón. No nos consideramos especialmente pecadores e incluso deseamos ser santos, pero con un deseo tan débil que aplaza el momento de traducirlo en obras.


San Josemaría se adelantaba ante esta posible situación y nos animaba a intensificar nuestra oración. «Me duele ver el peligro de tibieza en que te encuentras cuando no te veo ir seriamente a la perfección dentro de tu estado. –Di conmigo: ¡no quiero tibieza!: “confige timore tuo carnes meas!” –¡dame, Dios mío, un temor filial, que me haga reaccionar!»[1].


EN EL EVANGELIO de hoy, Jesús recurre a un ejemplo gráfico para caracterizar la conducta de quien no ha descubierto la grandeza de la voluntad de Dios para su vida: «Es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina» (Mt 7,26-27). El calificativo utilizado, necio, muestra que aun cuando deseemos proyectar una vida plena, podemos caer en la trampa de hacerlo sin contar con lo esencial: sin construir desde los planes de Dios. Las causas pueden ser negligencia, superficialidad, pereza... Y, en cualquier caso, se invertirán muchos esfuerzos y gastos para una construcción que tiene fecha de caducidad.


Aunque a veces no resulte evidente, edificar sobre roca firme -sobre Dios- puede ser incluso más sencillo. En cambio, la vida de la persona tibia que construye sobre arena puede parecer en teoría más fácil. Aunque rehúye el sacrificio y otras exigencias del amor, en la práctica no logra evitar tensiones. Casi sin darse cuenta, divide su corazón, calcula, gasta sus energías en llegar a pactos y compromisos que no satisfacen; con frecuencia está más pendiente del qué dirán o de compararse con otros que de tener una mirada serena de la propia realidad. Los sacrificios que antes eran gustosos ahora son amargos, pues no nacen del mismo amor.


Cuando nos descubramos pobres en deseos de santidad, podemos acercarnos al calor del corazón de Jesús. «Los tibios –decía san Josemaría– tienen el corazón de barro, de carne miserable. Hay corazones duros, pero nobles, que, al acercarse al calor del corazón de Jesucristo, se derriten como el bronce en lágrimas de amor, de desagravio, ¡se encienden!»[2]. Animados por la luz de su mirada amorosa, le decimos con audacia: enciende nuevamente mi alma. No dejes que permanezca en la tristeza de mi alma. Podemos estar seguros de que el Señor acogerá nuestra súplica humilde y confiada.


«BUSCAD AL SEÑOR mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca»[3]. Buscar al Señor en la oración y restablecer el diálogo personal con Él nos aleja de la tibieza. «Et in meditatione mea exardescit ignis –y, en mi meditación, se enciende el fuego. –A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz»[4]. Ese diálogo íntimo con Jesús nos impulsará a reforzar el cambio que deseamos para nuestra vida; nos moverá a sintonizar con los deseos de Dios y a orientar nuestra vida junto a Él.


Es posible que a veces sintamos el peso de nuestros fallos y que nuestros buenos deseos superen ampliamente a nuestras acciones. Pero también es verdad que cuando nos abrimos a la acción del Espíritu Santo sabemos que nuestra humilde plegaria es escuchada; Dios aviva nuestros deseos, realizando en nosotros aquello que nos parecía imposible. «A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante»[5].


Sobre ese firme fundamento el Señor podrá construir un gran edificio, más recio y más sólido: «Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7,24-25). De este modo, podremos ir adelante con confianza. No nos engañaremos con los pactos que nos ofrece el acostumbramiento en la lucha. Y, aunque haya dificultades, ni las riadas ni los vientos se llevarán lo esencial: el Señor está siempre con nosotros y lucha a nuestro lado.


Pidamos ayuda a santa María: «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza»[6].





4 de diciembre de 2024

El festín divino se hace realidad

 



Evangelio (Mt 15,29-37)


En aquel tiempo, Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí.


Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó.


De tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.


Jesús llamó a sus discípulos y dijo:


— Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino.


Pero le decían los discípulos: — ¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para alimentar a tan gran muchedumbre?


Jesús les dijo:


— ¿Cuántos panes tenéis?


— Siete y unos pocos pececillos — respondieron ellos.


Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.


Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.



PARA TU RATO DE ORACION 



«VEN, SEÑOR, y no tardes»[1]. La oración de la Iglesia se llena estos días del deseo de la venida de Cristo, el Mesías esperado, Redentor nuestro. He aquí que el Señor vendrá para salvar a su pueblo; bienaventurados los que estén preparados para salir a su encuentro (cfr. Za 14,5). Durante largos siglos, la esperanza de los hombres aguardó la llegada del Redentor. Al ver ahora tan próximo el misterio de su nacimiento, queremos llenarnos de esos deseos por salir al encuentro del Señor con aquella misma esperanza.


Con la encarnación de su Hijo unigénito, Dios nos ha mostrado su infinito amor: «¿Cuál es la causa de la venida del Señor, sino mostrar su amor hacia nosotros?»[2]. Y se trata de un amor de Padre, porque lo hizo «a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4,4-5).


El Señor llega a la tierra para colmarnos de gracias: «No te pido pago alguno por lo que te doy –nos dice–, antes yo mismo quiero ser tu deudor, por el solo título de que quieras beneficiarte de todo lo mío. ¿Con qué puede compararse este honor? Yo soy padre, yo hermano, yo esposo, yo casa, yo manjar, yo vestido, yo raíz, yo fundamento; todo cuanto quieras soy yo; no te veas necesitado de cosa alguna. Hasta te serviré, “porque vine a servir y no a ser servido” (Mt 20,28). Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana y madre; todo lo soy, y sólo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí: hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?»[3].


Toda la vida de Jesús es una genuina expresión de este amor sin límites, de su entrega por nosotros. Los que se acercaron a Jesús pudieron comprobarlo sobradamente. El evangelio de hoy nos habla de una muchedumbre que acude a Jesucristo para presentarle sus necesidades: «Cuando Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó» (Mt 15,29-30). Ninguna de nuestras necesidades deja indiferente a Jesús. Todo lo nuestro es un continuo llamado a su corazón; nuestras alegrías y nuestras inquietudes le impulsan a venir a nuestro encuentro.


¡TAN a gusto se encontraba la muchedumbre junto a Jesús que apenas se dieron cuenta de que llevaban con Él tres largos días! Y el Señor se conmueve. «Me da mucha pena la muchedumbre –dice a sus discípulos–, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino» (Mt 15,32). El cariño de Jesús no se fija solo en los grandes problemas sino también en las necesidades de la vida ordinaria; no predica solamente una bella doctrina sino que la vive cuerpo a cuerpo.


La preocupación de Jesús es creativa, le lleva a imaginar los problemas que cada uno puede tener cuando se encuentre camino a casa; no se conforma con haberles atendido durante aquellos momentos en los que se acercaban hasta Él, aunque hayan sido tres días enteros. Y esta inquietud por la felicidad del otro le impulsa a actuar. Con su infinito poder multiplica milagrosamente unos pocos panes y algunos peces, lo único que tenía en ese momento al alcance de la mano, y pide a sus discípulos que los repartan entre la multitud (cfr. Mt 15,35-37). El Señor da de comer a la muchedumbre hambrienta para que no desfallezca en el camino.


Hoy, como entonces, Jesús se conmueve de frente a nuestras necesidades y nos ayuda a resolverlas. No quiere que desfallezcamos, tampoco por falta de alimento espiritual. Si en aquel tiempo el Señor se sentó en el monte a aguardar a quienes quisieran acercarse y les ofreció pan para alimentar sus cuerpos, hoy en cambio nos espera en el Pan eucarístico. Podemos acudir nosotros también a Jesús para presentarle nuestras necesidades, nuestras alegrías y nuestros ideales. Nos sentiremos tiernamente amados y se nos pasarán los días junto a Él.


«Y COMIERON todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas» (Mt 15,37), concluye el relato, aclarando que se trataba de más de cuatro mil personas. Contemplar la magnitud de la generosidad del Señor nos puede ayudar a disponernos lo mejor posible para acoger las gracias que quiere otorgarnos en este tiempo de Adviento; mirar cómo reparte sus dones a manos llenas, hasta hacer que rebosen los recipientes, nos llena de esperanza. Ven, Señor –le decimos–, que nuestro corazón te espera. Ven, que nuestro vacío quiere llenarse, hasta los bordes, de ti.


En la primera lectura de la Misa leemos la promesa del banquete mesiánico que Dios dispone para los hombres. «El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un banquete de vinos añejos, manjares suculentos, y vinos exquisitos. Y eliminará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, y el manto que recubre todas las naciones. Eliminará para siempre la muerte. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y apartará el oprobio de su pueblo en toda la tierra, porque ha hablado el Señor. Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios. En Él esperábamos para que nos salvara; es el Señor, en quien esperábamos: exultemos y gocémonos de su salvación”» (Is 25,6-9).


Este festín divino se hace realidad, cada día, en la sagrada comunión. Por eso, si nos parece lógico poner el mayor empeño posible en prepararnos para recibir al Niño que nacerá en Belén, lo mismo sucede con nuestra espera para cada encuentro diario de la Eucaristía. San Josemaría tenía presente esta realidad, que le llevaba a dedicar la mitad de su jornada a pensar en la Misa que celebraría el día siguiente: «¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida? –Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle»[4].


La comunión espiritual puede ser una magnífica expresión de la impaciencia con que nos acercamos cada día a recibir al Señor. Y en ella nos unimos a las disposiciones interiores de María: «Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre»[5]. «Pídelo conmigo a Nuestra Señora –insiste san Josemaría–, imaginando cómo pasaría ella esos meses en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!»[6].

3 de diciembre de 2024

Conocer a Dios es secillo




 Evangelio (Lc 10,21-24)


En aquella hora Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:


— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.


Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:


— Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.



PARA TU RATO DE ORACION 



GUIADOS por las enseñanzas y el ejemplo de san Josemaría, hemos aprendido a amar apasionadamente el mundo. Disfrutamos de todas las realidades nobles y buenas de la creación porque sabemos que son un don de Dios. Al mismo tiempo, no somos indiferentes ante el mal en el mundo, que disminuye su belleza y lo aleja de su plan amoroso.


Aunque las causas de estas situaciones son múltiples, entre ellas podemos identificar una que tiene especial relevancia: el desconocimiento que tienen muchas personas de la bondad de nuestro Creador. «Bien pudiera decirse que el mayor enemigo de Dios –porque se ama a Dios después de conocerlo– es la ignorancia: origen de tantos males y obstáculo grande para la salvación de las almas»[1]. Por el contrario, cuando conocemos su amor por nosotros, cuando descubrimos que Dios sueña con que seamos felices, es lógico quererle sobre todas las cosas, acercarnos a quien es el origen de todo bien. «Nadie hará mal ni causará daño en todo mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor» (Is 11,9).


Dios se sirvió de algunos hombres y mujeres de diversas épocas para darse a conocer y así dar la oportunidad al hombre de ser más libre. «Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Ga 4,4), para llevar esta tarea hasta el fin. Es tan grande el deseo que tiene Dios de que le conozcamos que vino Él mismo, en persona, para indicarnos los proyectos de su amor.


Llenos de reconocimiento y gratitud, podemos unirnos a la oración de alabanza que, como recoge el evangelio de la Misa de hoy, Jesús elevó un día al Padre: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).


«MIRAD, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos»[2]. Aquella promesa de sabiduría para los hombres se cumplió con la venida al mundo de Jesús, sobre quien reposó «el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 1,2). Él sigue dispuesto a dialogar personalmente con cada uno de nosotros para instruirnos, para guiarnos, para alentarnos. Con frecuencia, Dios nos habla a través de personas y situaciones, convirtiendo toda la realidad de nuestra vida en un lugar de encuentro con Él. Si procuramos tener una vida contemplativa, en todos los acontecimientos del día a día podremos descubrir la voz de Dios que nos busca.


En ese diálogo, el Señor espera que nos dirijamos a Él con confianza para iluminar lo que no comprendemos. Por esto, con sencillez, nos ponemos en su presencia y le planteamos nuestras dudas de corazón a corazón, recordando que Dios se revela a los pequeños. En cambio, para los sabios según la carne, las palabras del Señor pueden sonar como frases inconexas. Por eso necesitamos poner de nuestra parte para permanecer abiertos a escuchar su palabra, aunque solo la entendamos parcialmente. «¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»[3].


Si nos acercamos al Señor con un atrevimiento de niños, entonces nos revelará su sabiduría y nos dará a conocer sus designios. También nos colmará de paz, de alegría, y nos concederá la fortaleza para sobrellevar las dificultades que la vida nos presenta.


EN JESUCRISTO se contiene la plenitud de la revelación. «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Lc 10,22). «Jesús no nos dice algo sobre Dios, no habla simplemente del Padre, sino que es revelación de Dios, porque es Dios, y nos revela de este modo el rostro de Dios»[4]. Dios se hizo carne en Cristo para que pudiéramos verlo, entrar en relación directa con Él y para darnos a conocer los planes de su sabiduría. A la hora de buscar respuestas a los interrogantes de nuestra vida, haremos muy bien en acudir a Jesús. En nuestro diálogo con Cristo no existen inquietudes superfluas ni dudas inoportunas. Toda la sabiduría está contenida en el misterio del Verbo hecho hombre: Jesús es la Palabra de Dios.


Es fácil imaginarse a los apóstoles preguntando a Jesús el significado más profundo de alguna parábola que no habían comprendido, o acercándose a pedirle una explicación sobre un suceso determinado que conocían todos. Nosotros tenemos esa misma facilidad para entablar una conversación con el Señor. El trato personal y diario con Él nos lleva a conocerle cada vez mejor, a adquirir una connaturalidad con su manera de reaccionar frente a las diversas circunstancias de la vida. Por eso nos sirve pedirle al Espíritu Santo que nuestro diálogo con Jesús sea luz para nosotros y para los demás.


A lo largo de la vida aprendemos muchas cosas. Algunas de ellas son constitutivas de nuestro modo de pensar, de ser y de actuar. Es probable que varias de esas enseñanzas fundamentales las hayamos recibido de los labios o del ejemplo de nuestras madres. La vida de María constituye para nosotros una enseñanza maravillosa de diálogo con el Señor. ¡Ojalá aprendamos de la Virgen aquella confianza para mirar y escuchar a Jesús!

2 de diciembre de 2024

AMIGO DE JESUS



Evangelio (Mt 8,5-11)


En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:


— Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.


Jesús le dijo:


— Yo iré y le curaré.


Pero el centurión le respondió:


— Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.


Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:


— En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.



 PARA TU RATO DE ORACION 



COMIENZA el ciclo litúrgico y recorreremos nuevamente los misterios de la vida de Cristo, sus gozos, sus dolores y su gloria. Empezaremos estos días con la expectación de su Nacimiento, pasaremos después por su Vida, Muerte, Resurrección y Ascensión, hasta que llegaremos finalmente a Pentecostés, momento en que nos envía su Espíritu Santo para así acompañarnos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


Sabemos que esta repetición anual de los misterios es mucho más que un recuerdo piadoso: «No es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni la simple conmemoración de una edad pretérita: es más bien Cristo mismo que vive en su Iglesia»[1]. Cada tiempo litúrgico de la Iglesia nos inserta personalmente en un momento o aspecto concreto de la vida del mismo Jesús que pisó las calles de Galilea. Porque «Iesus Christus heri et hodie, Ipse et in saecula» (Hb 13,8): Jesucristo continúa vivo en la tierra y nosotros podemos conocerlo y amarlo; incluso más: podemos vivir en Él.


En estos días de Adviento, en concreto, vivimos realmente la expectación del Mesías. «Ya está a punto de llegar su hora, sus días no tardarán»[2], repite la Iglesia. Una vez más, Jesús viene a nuestro mundo, se hace presente en nuestras vidas. Viene con el deseo de caminar junto a nosotros por los senderos de la Historia. Él quiere que le hagamos partícipe de nuestras alegrías, que le confiemos nuestras penas; desea poder consolarnos y darnos la fuerza necesaria para llevar adelante la misión de cada día. Podemos agradecerle este aspecto de su vida que viviremos estos días: que Dios se haya hecho hombre para que nosotros podamos ser hijos de Dios y para contar con su compañía.


ALGUNAS PERSONAS que estuvieron con Jesús cuando Él pasó haciendo el bien por nuestro mundo nos pueden enseñar cómo tratar al Maestro. «Al entrar [Jesús] en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: –Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,5-6). La liturgia de hoy nos ofrece este episodio de la vida del Señor para nuestra consideración. Aquel buen hombre, un gentil, sufre por la enfermedad de un criado a quien estima de verdad. Ante la amarga impotencia de no ser capaz de ayudarlo, reacciona en manera sabia y humilde, llena de fe: va en busca de Jesús y con sinceridad le expone su tristeza. No es necesario que pida nada, le basta con contarle su situación, con abrir su alma.


Nosotros también tenemos nuestras dificultades y tristezas; tenemos también amigos que queremos que sean curados y queremos nosotros mismos sentir cerca la mano del Señor. Por eso reaccionamos confiadamente, como lo hizo este centurión, y acudimos a Jesús. Es bueno recordar cuánto le necesitamos y cómo desea ardientemente ayudarnos. Es muy consolador saber que, en cualquier momento, podemos dirigirnos a Él con total sencillez: Jesús, tengo unas cuantas cosas que no sé cómo resolver y que me quitan la paz. Tengo fe, pero reconozco que a veces me falta confiar más en ti; todavía tengo que aprender a poner más plenamente mi vida en tus manos.


Hoy queremos imitar al centurión del evangelio y abrir al Señor nuestro corazón. Permaneciendo en silencio, en diálogo con Jesús, le presentamos nuestra vida y nuestras necesidades. Y nos quedamos tranquilos, sabiendo que ahora él también se ocupa de ellas.


«SEÑOR, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». ¡Cómo nos conmueve siempre volver a contemplar la fe del centurión! Una fe que dejó admirado a Jesús mismo, quien la alabó: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mt 8,6). Una fe grande y, a la vez, humilde y sencilla, expresada en unas palabras que la liturgia pone cada día en nuestros labios antes de recibir la sagrada Comunión.


Nosotros podemos acercarnos diariamente a Jesús en la Eucaristía, y nos gustaría hacerlo con la misma confianza en el poder del Señor y con la misma humildad que observamos en este personaje del evangelio. «No comprendo –decía san Josemaría– cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón»[3].


En la Eucaristía y en la intimidad del corazón podemos alimentar nuestra amistad con Jesús. Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos con su gracia, alegrarnos con su presencia y darnos a conocer su amor por nosotros. Aunque a veces no podamos acercarnos físicamente a Jesús Sacramentado, siempre podemos encontrarnos con Dios al recogernos en el silencio de nuestro corazón, como lo hizo tantas veces nuestra Madre, santa María (cfr. Lc 2,19). En el umbral de este año litúrgico que comienza, podemos pedirle a Ella su compañía para adentrarnos en cada momento de la vida de su Hijo.

1 de diciembre de 2024

COMIENZA EL ADVIENTO

 



Evangelio (Lc 21, 25-28. 34-36)


«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán al mundo. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria.


Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.


Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre».


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


COMENZAMOS hoy el tiempo de Adviento, unos días de espera porque sabemos que la venida de Jesús está cerca. La liturgia de este domingo nos invita a considerar nuestra vida de cara a esta llegada del Señor: «Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos»1. Toda nuestra existencia es un tiempo de espera hasta ese gran día en que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí. Por eso, como preparación a ese encuentro, la sabiduría de la Iglesia nos hace suplicar a Dios un mayor deseo de hacer el bien.


En el evangelio de hoy, escuchamos de labios de Jesús: «Erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención» (Lc 21,28). Dios nos dejó en herencia este mundo nuestro, quiere que nos dediquemos a cuidar a los suyos, nos anima a sembrar el bien en nuestra vida y a nuestro alrededor. Algún día –no sabemos cuándo– volverá el Señor. ¡Qué alegría llevaremos al corazón de Cristo cuando ese día salgamos a su encuentro! Hasta que llegue ese momento deseamos estar vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora.


Delante de Jesús podemos considerar la confianza que tiene Dios con nosotros al hacernos partícipes de su misión. Este Adviento puede ser una buena ocasión para considerar aquellas tareas que el Señor nos encomendó y ver cómo las estamos llevando adelante. Quizá, junto al agradecimiento por tantas alegrías, reconoceremos que hemos dejado de lado ciertos aspectos. Hoy podemos decidirnos a recomenzar en esos puntos, siguiendo el consejo que con frecuencia daba san Josemaría: «¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo –me imagino que tú también– recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo»2.


«VIGILAD ORANDO en todo tiempo» (Lc 21,36). Nos puede parecer que la exhortación del Señor en el Evangelio de hoy tiene un tono demasiado urgente. Pero, ¿no es esta la verdad? La vida es breve, el tiempo pasa muy rápido y puede suceder que, por el ritmo frenético con el que muchas veces vivimos, queden en un segundo plano algunos aspectos centrales de nuestra existencia. El Señor desea estar con nosotros, desea que no le olvidemos, y por eso nos llama una y otra vez. La invitación a velar es expresión de ese querer de Dios; es un modo de despertarnos si estuviéramos algo adormecidos espiritualmente o distraídos en un sinfín de cosas inmediatas que parecen más importantes. Jesús nos invita a saborear nuevamente lo esencial.


«Vigilad». El Señor nos llama amorosamente a renovar nuestros deseos de santidad, a convertir nuevamente hacia Dios lo que sea necesario. Y san Pablo, en la segunda lectura de la Misa, nos recuerda que esa obra de nuestra santidad no depende solo de nuestros esfuerzos, de nuestro empeño, sino que es una obra de Dios: «Que el Señor os colme y os haga rebosar en la caridad de unos con otros» (1 Ts 3,12).


La ayuda divina nos ha sido concedida. Hemos sido enriquecidos con ella. Jesús nos llama a la comunión y, sorprendentemente, él mismo se nos ofrece como don para alcanzar esa nueva vida. Mientras nos preparamos exteriormente e interiormente para el nacimiento del Niño Jesús, podemos considerar estas verdades. El Señor desea colmarnos de su gracia: de su amor, misericordia, ternura, humildad, fortaleza, ciencia… Este tiempo de Adviento, tiempo de espera, es una oportunidad para abrirnos a esa gracia, para acogerla de todo corazón. De este modo, saldrá a la luz nuestra mejor versión, el mejor yo de cada uno de nosotros.


NUESTRA VIDA es un maravilloso don de Dios. Durante el Adviento, tiempo de una gracia especial, la Iglesia nos recuerda una y otra vez esta verdad: Dios vale más que otras cosas que asfixian o reducen el amor, cosas que al final duelen y disgustan. «En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo»3. Alzar la mirada; redescubrir la auténtica dimensión de nuestra vida; dejar poso y ser fecundos en nuestro paso por esta tierra. Ese puede ser un buen programa para el Adviento. Deseando que se haga realidad en cada uno de nosotros, podemos pedir al Señor con las palabras del Salmo: «Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas» (Sal 25,4).


La conversión es ante todo una gracia: es luz para ver y fuerza para querer. Deseamos mirar el rostro de Dios para que nos salve. Sabemos que nuestros límites no nos determinan y que, en cambio, nuestro apoyo es la infinita fuerza de Dios. Señor, ponemos en ti nuestra confianza. Necesitamos decírselo, pues Dios es muy respetuoso de nuestra libertad y espera a que le dejemos participar en nuestra vida. Si se lo pedimos, si después escuchamos sus palabras e intentamos ponerlas en práctica, si dejamos en sus manos las tareas más difíciles y nos empeñamos en realizar aquellas que están a nuestro alcance, tenemos la certeza de que él nos dará su luz y su fuerza.


Conociendo quién es nuestro Señor y su consejo para que estemos en vela, queremos mantener esa disposición de amor, también cuando en ocasiones el cansancio está presente en nuestras jornadas. Contamos con la presencia de María: ella supo vivir en vigilante espera los meses de gestación del Señor y sabrá mantenernos despiertos y alegres, recomenzando cada vez que sea necesario, hasta la llegada de nuestro Jesús.