"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

8 de enero de 2025

LA VIDA OCULTA DE JESUS

 


Evangelio (Mc 6,34-44)

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Y cuando ya se hizo muy tarde, se acercaron sus discípulos y le dijeron:

—Éste es un lugar apartado y ya es muy tarde; despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos de alrededor, y compren algo de comer.

Y les respondió:

—Dadles vosotros de comer.

Y le dicen:

—¿Es que vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?

Él les dijo:

—¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.

Y después de averiguarlo dijeron:

—Cinco, y dos peces.

Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y empezó a dárselos a sus discípulos para que los distribuyesen; también repartió los dos peces para todos. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestos llenos de los trozos de pan y de los peces. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres.


PARA TU RATO DE ORACION 


DURANTE treinta años estuvo escondida aquella luz grande que había venido a iluminar a todo el mundo (cfr. Is 9,2). El gran misterio de la Encarnación pasó oculto durante un largo tiempo a los ojos de los hombres. El Hijo de Dios vivió año tras año sujeto a sus padres, en un pequeño pueblo de Galilea, dedicado a un trabajo normal. Nuestro Señor es «el Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador» (Is 45,15).


«Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[1].


Jesucristo quiso pasar la mayor parte de su vida en la tierra oculto en el silencio de Nazaret. «Y si el Señor así quiso esconderse, ¿qué deberemos hacer nosotros que vivimos por Él bajo el yugo suave de la gracia?»[2]. Consideremos ahora una vez más esa vida oculta de Jesús, que queremos imitar. Como él, queremos ser levadura en medio de la masa, fermentar nuestro entorno pasando desapercibidos. «Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13,55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc 6,3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12,32)»[3].


«COMO cualquier otro suceso de su vida, no deberíamos jamás contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados, sin reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad»[4]. Como Jesús, queremos también crecer en edad, en gracia y en sabiduría (cfr. Lc 2,52). La contemplación de la vida oculta del Señor trae luces concretas a nuestra vida diaria: nos habla de esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que hemos de cultivar todos los días.


Toda nuestra vida tiene valor de corredención; el alma crece, madura sobrenaturalmente «en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. –Ese trabajo –humilde, monótono, pequeño– es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor –grande, ancha y honda– con que sueñas»[5]. Cuando procuramos trabajar con esa perspectiva divina, nuestro trabajo adquiere un sentido completamente nuevo; puede ser camino para traer a Dios hacia nuestro entorno. Con nuestro trabajo y nuestro servicio podemos hacer presente el cuidado de Dios hacia cada persona. Cada proyecto, cada tarea y cada gesto puede contener de algún modo el amor, nuestro y de Dios, hacia las personas a las que se dirigen.


Contemplemos a Jesús, el Verbo de Dios, oculto en el taller de Nazaret tantos años, contemplado solo por el Padre y el Espíritu Santo, por María y José. Tendremos un renovado deseo de conocerle, de imitar su vida escondida en Nazaret, tan fecunda naturalmente y sobrenaturalmente.


«PERMITIDME –nos dice san Josemaría– que vuelva de nuevo a la ingenuidad, a la sencillez de la vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas veces. Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo: pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad.


»Sueño –y el sueño se ha hecho realidad– con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que Él las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre»[6].


Dios no se olvida de ninguno de sus hijos y el tiempo transcurrido en Nazaret nos muestra cómo llenar de amor de Dios las realidades ordinarias. Su ejemplo nos permite atisbar el gran sentido que tiene cada uno de nuestros gestos e ilusiones. «El trabajo –continúa san Josemaría–, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»[7]. Al contemplar la vida oculta de Jesús, esos largos años de trabajo en Nazaret, descubrimos un maravilloso modelo a imitar. Pidamos a santa María y a san José que nos ayuden a realizar en nosotros esa vida que ellos compartieron con el Señor.


7 de enero de 2025

PERDER BUSCAR ENCONTRAR


 EVANGELIO Mateo 2, 1-12


Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido 


Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les pregunltó dónde toopoooooooooloolloookooolooooooioenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades iluooploooooooolooolpooooolooooo9olol8koolk.9oll9oolookpooloooistres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.


Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.


Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.



PARA TU RATO DE ORACION 



A LO LARGO de este tiempo, hemos convivido con la Sagrada Familia, acompañando a Jesús en sus primeros pasos sobre esta tierra. Fuimos servidores en la casa de María; escuchamos pasmados el mensaje del arcángel san Gabriel; la acompañamos en su viaje hasta la casa de su prima. San José nos admitió en la suya cuando tomó a María como esposa; pudimos estar con ellos en Belén, aquella noche bendita en la que el omnipotente durmió recostado en un pesebre, envuelto en pañales; le ofrecimos al Niño, junto con aquellos importantes personajes venidos de Oriente, nuestros pequeños tesoros. Esa misma noche nos despertó la fuerte sacudida del santo Patriarca que nos puso alerta frente al inminente peligro. Con María, José y el Niño fuimos extranjeros en Egipto hasta que nos fue posible regresar a Nazaret.


El tiempo pasó poco a poco. «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Cuando cumplió los doce años, sus padres lo llevaron a Jerusalén para celebrar la fiesta solemne de la Pascua (cfr. Lc 2,41-42). Nosotros, criados en aquella casa, fuimos también con ellos a la ciudad santa, para celebrar en el Templo la gran fiesta de los judíos. Jesús, María y José viajaron en una de las tantas caravanas, mezclados con otros vecinos del pueblo. Fue un viaje fatigoso pero sereno: con tantos recuerdos de aquel que habían hecho, años antes, cuando el Hijo de Dios iba escondido en el seno de la Virgen. También ahora pasaron inadvertidos.


Cuenta san Lucas que «pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres» (Lc 2,43). Durante las primeras horas no les inquietó demasiado aquella ausencia: «Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos» (Lc 2,44). Pero, como es lógico, cuando todas las pesquisas resultaron infructuosas se alarmaron seriamente. «¿Dónde está Jesús? –Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. –Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. –José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo. Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé»[1].


JOSÉ Y MARÍA perdieron a Jesús sin culpa alguna por su parte. Nosotros, en cambio, a veces lo perdemos por el pecado. «El único temor que debe tener el discípulo es el de perder este don divino, la cercanía, la amistad con Dios, renunciando a vivir según el Evangelio y procurándose así la muerte moral, que es el efecto del pecado»[2]. Es necesario entonces fomentar la contrición que nos podrá familiarizar con Jesús, incluso más que antes. Surgirá el deseo de hacer lo que esté a nuestro alcance para no separarnos más de él. Otras veces, sin embargo, no se trata del pecado sino que parece simplemente como si el Señor se esconde. Los días avanzan entonces sin tantos consuelos, sin la satisfacción que sentíamos en otros momentos. Quizá, incluso, lo que antes era gustoso y fácil ha devenido, no sabemos muy bien cómo, mucho menos entusiasmante y atractivo.


Amanece un segundo día... un tercero... María y José siguen buscando a Jesús. Sus ansias crece cada vez más. Nadie lo ha visto: ni sus amigos, ni los forasteros que aún no han abandonado la ciudad, ni aquellos niños que juegan en las calles. La búsqueda continúa sin descanso. Al entrar en el Templo, todo les trae a la memoria los momentos inolvidables que habían vivido días antes junto al Niño en ese mismo lugar. Y se amontonan con fuerza otros muchos recuerdos felices junto a él.


La memoria del bien que el Señor ha realizado en nuestra vida nos ayuda a seguir buscándole, también cuando pasamos por una etapa de cansancio, sequedad o desánimo: «¿No está fresco aún el recuerdo de una vida –la tuya– sin rumbo, sin meta, sin salero, que la luz de Dios y tu entrega han encauzado y llenado de alegría?»[3]. El Señor ha encauzado nuestra vida, haciéndola mucho más feliz. De esto estamos seguros, lo llevamos grabado en el corazón. Si ahora se ha escondido, busquémosle sin desmayo: quizá es su modo de hacer más fuerte nuestra confianza y nuestro amor. En ese camino tal vez quiera mostrarnos nuevos aspectos de nuestra vocación cristiana. Es el momento de hacer memoria de nuestro diálogo con Dios y de lo que hemos vivido con él.


POR FIN, al cabo de tres días, María y José encuentran al Niño en el Templo, sentado entre los doctores. Qué alegría al descubrir su figura inconfundible entre rabinos y discípulos, «escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían –narra San Lucas, que probablemente escuchó este relato a la misma madre de Jesús– quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lc 2,46-47). Detrás de María y José corremos también nosotros a abrazar a su hijo con un gozo incontenible. Entonces escuchamos pasmados el diálogo: «“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos”. Y él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2,48-50).


María y José quedan desconcertados: en la respuesta de Jesús adolescente hay algo que va más allá de la capacidad humana de comprender. Algo que tiene que ver con el misterio de su ser y de su misión. Tal vez se trata de un nuevo anuncio. Nuestra Señora no podía comprenderlo completamente, pero «guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). «La palabra de Jesús es demasiado grande por el momento. Incluso la fe de María es una fe “en camino”, una fe que se encuentra a menudo en la oscuridad, y debe madurar atravesando la oscuridad. María no comprende las palabras de Jesús, pero las conserva en su corazón y allí las hace madurar poco a poco (…). De este modo, Lucas presenta premeditadamente a María como la que cree de manera ejemplar: “Dichosa tú, que has creído”, le había dicho Isabel (Lc 1,45)»[4].


Nuestra Madre nos enseña a estar totalmente abiertos al querer divino, incluso si es misterioso. Por eso es maestra de fe. Podemos acudir a ella para que nos ayude a vivir confiados en el amor de Dios que guía nuestras vidas.

6 de enero de 2025

EPIFANIA Festividad de los Reyes Magos

 



Evangelio (Mt 2,1-12)


Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:


— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.


Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.


— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:


Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.


Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:


— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.


Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.


PARA TU RATO DE ORACION 



«NO HACE mucho –decía san Josemaría–, he admirado un relieve en mármol, que representa la escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese relieve, había otros cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios –la tradición dice que eran reyes– se postran ante un Niño, después de preguntar en Jerusalén: “¿dónde está el nacido rey de los judíos?” (Mt 2, 2)»[1].


Epifanía quiere decir aparición o manifestación. Celebramos llenos de alegría la manifestación del Señor a todas las naciones, representadas en estos Magos que llegan de Oriente. Después de los pastores, el Señor se da a conocer a estos misteriosos personajes. En la Epifanía, Dios presenta a su Hijo «a los pueblos gentiles por medio de una estrella»[2]. Se descubre «la hermosa realidad de la venida de Dios para todos: cada nación, lengua y población es acogida y amada por Él. El símbolo de esto es la luz, que alcanza e ilumina todo»[3]. El Niño recién nacido es el Mesías prometido a los israelitas pero su misión redentora se extiende a todos los pueblos de la tierra. «Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación»[4].


El evangelio nos cuenta que los Magos «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). En su adoración vemos representadas a millones de personas de todos los rincones de la tierra que se ponen en camino, llamadas por Dios, para adorar a Jesucristo. Este es el sentido pleno de la profecía de Isaías: «¡Levántate, Jerusalén, resplandece!, que ya se alza tu luz y se levanta sobre ti la gloria del Señor» (Is 60,1). El profeta dirige su voz a la ciudad santa, figura de la Iglesia, la nueva Jerusalén, luz de las naciones. De todas partes vendrán reyes y pueblos, atraídos por los destellos de su gloria. Madre y maestra de todos los pueblos, la Iglesia los acoge en su seno y los presenta como preciada dote a Cristo.


HAN PASADO más de veinte siglos desde la adoración de los Magos y ese largo desfile de personas de todo el mundo no ha hecho más que comenzar. «Se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra, se postrarán en su presencia todas las familias de las naciones» (Sal 21,28). La labor evangelizadora de los primeros cristianos fue muy honda, llegaron a extender la fe por todo el mundo conocido, sembraron a voleo y los frutos no se hicieron esperar. Desde entonces, nuevas gentes se acercaron –y continúan haciéndolo– hasta Jesús y María. Del mismo modo, llegamos también nosotros, de todas las latitudes, de todas las razas y lenguas. «Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos» (Is 60,4).


«Es necesario repetir una y otra vez –utilizando unas palabras de san Josemaría– que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estamos– su misión divina. Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad»[5].


Nuestra misión es la misma que la de aquellos primeros cristianos: «Somos para la masa, hijos míos, para la multitud. No hay alma a la que no queramos amar y ayudar, haciéndonos todo para todos: “omnibus omnia factus sum” (1Cor 9,22). No podemos vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres»[6]. Nosotros también hemos visto la estrella y el Señor desea llegar a todas las almas, a través de cada uno, para ofrecer su consuelo y su salvación.


EN EL PREFACIO de la Misa de hoy, rezaremos: «En Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación». Nosotros deseamos colaborar en la tarea de la Redención; san Juan Pablo II nos hacía notar que «una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos»[7]. Vivimos seguros en la esperanza de que ese Niño es la verdadera luz del mundo, una luz que brilla en la humildad. Y, de cierta manera, queremos parecernos a la estrella de los Magos para así mostrar el camino que conduce hasta Dios.


«¿Dónde está el Rey? –se preguntaba san Josemaría en la Epifanía de 1956–. ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo»[8].


En este día grande miramos con cariño a Belén, para aprender de aquellos hombres de Oriente postrados ante el Niño. Tomando por modelo a los Magos, le decimos a Jesús que, con su ayuda, no pondremos obstáculos a su querer redentor. Le suplicamos a María que nos enseñe a ser luz para nuestros familiares y amigos. También le pedimos humildad para que Cristo viva en nuestros corazones e, identificados con Él, atraer a muchos hacia su amor redentor.

5 de enero de 2025

VIVIR EL EVANGELIO DE CADA DIA

 



Evangelio (Jn 1,1-18)


En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.


Él estaba en el principio junto a Dios.


Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.


En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.


Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.


Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.


Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.


No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.


El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.


En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.


Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.


Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.


Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,


gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.


Juan da testimonio de él y clama:


“Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.


Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.


Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.


A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.


PARA TU RATO DE ORACION 



EN EL PRINCIPIO existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Hoy la liturgia proclama nuevamente, durante la Misa, el prólogo del evangelio de san Juan: un texto tan rico que vale la pena meditar varias veces para ahondar en su significado.


«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Toda la grandeza de Dios se ha concentrado en un niño recién nacido. Dios nos ha hablado, nos ha mandado su Palabra, se ha dirigido a cada uno. Pero su gloria no nos deslumbra; es sencilla, humilde, discreta. Quien no quiera escucharla no necesita taparse los oídos porque el Niño apenas emite algún sonido. Nace en un establo escondido para que nadie se sienta obligado a acompañarlo. Lo hallarán solo quienes desean libremente acogerlo.


Nosotros podemos pedir a la Virgen María, a san José y a nuestro ángel de la guarda que aumente nuestro deseo de tratar a este Niño, de dejarnos querer por él y de escuchar su frágil voz. Queremos llenarnos de la gracia y la verdad que contiene esta Palabra. Se nos ha dirigido un mensaje que deseamos custodiar: Dios nos ama, nos salva y quiere contar con nosotros para que su amor llegue hasta el último rincón de la tierra. «Emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí»[1].


«LA GRACIA y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo –continúa diciendo el evangelio de san Juan–. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,17). En Cristo podemos conocer la verdad y la bondad de Dios. Y para acercarnos a Jesucristo, para contemplar su Humanidad santísima, tratarlo como a un amigo y seguir sus huellas, necesitamos leer y meditar el evangelio.


San Josemaría tuvo una experiencia sorprendente por las calles de Madrid; escribe, un día de 1931: «Ayer por la mañana, en la calle de Santa Engracia, cuando iba yo a casa de Romeo, leyendo el cap. segundo de San Lucas, que era el que me correspondía leer, encontré a un grupo de obreros. Aunque yo iba bastante metido en mi lectura, oí que se decían en voz alta algo, sin duda preguntando qué leería el cura. Y uno de aquellos hombres contestó también en voz alta: “la vida de Jesucristo”. Como mis evangelios están en un libro pequeño, que llevo siempre en el bolsillo, y las cubiertas forradas con tela, no pudo aquel obrero acertar en su respuesta, más que por casualidad, por providencia. Y pensé y pienso que ojalá fuera tal mi compostura y mi conversación que todos pudieran decir al verme o al oírme hablar: éste lee la vida de Jesucristo»[2].


Leer la vida de Jesucristo nos ayuda a entrar en sintonía con el querer de Dios. Es una Palabra que no deja indiferente; tiene un poder transformador infinito porque está viva. Si la recibimos, nos cambia. Si la acogemos, nos vivifica. San Josemaría aconsejaba leer el evangelio con una actitud activa, para facilitar que la Palabra de Dios vaya configurando cada vez más nuestra realidad cotidiana: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida»[3].


«EL VERBO era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Impulsados por estas palabras de san Juan, hoy pedimos al Señor que el brillo de la verdad guíe nuestras vidas; que nos haga cada vez más capaces de reconocer, como dirigidas a cada uno, las palabras, gestos y acciones del Maestro; que aprendamos a meternos en las escenas de los evangelios para pasar el día con Jesús en su recorrido por Galilea y Judea. Queremos, así, ser testigos de sus milagros y curaciones; queremos escucharle hablar del amor incondicional e infinito de su Padre por nosotros.


Para entrar en la vida del Señor necesitamos dedicar un momento de nuestro día a leer el evangelio. Precisamente el Domingo de la Palabra de Dios ha sido instituido para que los cristianos recordemos, una vez más, el gran valor que esta Palabra ocupa en nuestra existencia cotidiana. «Hagamos espacio dentro de nosotros a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo o en el bolso, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad y que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida»[4]. Tal vez un buen propósito para este año que acaba de comenzar puede ser el de gustar y ver qué bueno es el Señor a través de las páginas del evangelio. Le pedimos al Espíritu Santo que aprendamos a escuchar allí el susurro divino que nos hace sentir acompañados, inspirados, comprendidos.


La Virgen María es la que mejor recibió esa Palabra y la hizo carne de su carne. En ella se cumplen a la perfección las palabras de san Juan: «A cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). María ha entendido que esa Palabra era para ella: aquel día en que vino a verla el arcángel san Gabriel y cada día de su vida.



3 de enero de 2025

Somos hijos muy queridos de Dios



 Evangelio (Jn 1,35-42)


En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»


Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»


Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»


Él les dijo: «Venid y lo veréis.»


Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».


Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)».



PARA TU RATO DE ORACION 


EN LA LITURGIA de la Palabra leemos, durante estos primeros días del nuevo año, la primera carta del apóstol Juan, escrita en Éfeso a la vuelta de su destierro en Patmos. El tema central de la carta, sobre el que san Juan vuelve una y otra vez, es la comunión del cristiano con Dios, que se da a través de la fe en Jesucristo y la caridad fraterna.


«Dios es amor», dice varias veces el apóstol a lo largo de la carta. También señala que Dios es fuente de todo lo que existe y que el cristiano es constituido hijo de Dios por el amor. Somos sus hijos realmente y no en sentido figurado o poético (cfr. 1Jn 3,1). Y a raíz de esta filiación, podemos ser llamados propiamente nacidos de Dios. Así lo leemos hoy en la primera lectura: «Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios» (1Jn 3,9-10).


«Nos sabemos hijos de Dios, hijos muy queridos de Dios», decía san Josemaría en la Nochebuena de 1967. «Esta noche el Señor, por su Madre, nos mandará tantas gracias nuevas: para que aumentemos en el amor y en la filiación divina (...). Mirad, hijos míos, mirad qué agradecimiento debemos rendir a ese Hermano nuestro, que nos hizo hijos del Padre. ¿Habéis visto a esos hermanitos vuestros, a esas pequeñas criaturas, hijas de vuestros parientes, que necesitan de todo y de todos? Así es el Niño Jesús. Es bueno considerarle así, inerme. Siendo el todopoderoso, siendo Dios, se ha hecho Niño desvalido, desamparado, necesitado de nuestro amor. Pero en aquella fría soledad, con su Madre y San José, lo que Jesús quiere, lo que le dará calor, es nuestro corazón. Por lo tanto ¡arranca del corazón todo lo que estorbe! Tú y yo, hijo mío, vamos a ver todo aquello que estorba en nuestro corazón... ¡Fuera! Pero de verdad. Lo repite San Juan en el capítulo primero: Quotquot autem receperunt eum dedit eis potestatem filios Dei fieri (Jn 1,12). Nos ha dado la potestad de ser hijos de Dios. Ha querido Dios que seamos hijos suyos»[1].


DOS PESCADORES de Cafarnaún, Juan y Andrés, seguían a Juan Bautista, al que consideraban un gran profeta. Un día pasó Jesús a su lado y el Bautista afirmó: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1,36). Sus discípulos, «al oírle hablar así, siguieron a Jesús» (Jn 1,37). A partir de ese encuentro, nada volverá a ser como antes. «Llenos de curiosidad, decidieron seguirle a distancia, casi tímidos y sin saber qué hacer, hasta que Él mismo, volviéndose, preguntó: “¿Qué buscáis?”, suscitando aquel diálogo que dio inicio a la aventura»[2]. Juan y Andrés siguieron a Jesús, le hicieron preguntas, «vieron dónde vivía y se quedaron con Él» (Jn 1,39): aquel día se convirtieron en apóstoles para siempre.


«Es Jesús quien toma la iniciativa. Cuando Él está en medio, la pregunta siempre se da la vuelta: de interrogantes se pasa a ser interrogados, de “buscadores” nos descubrimos “encontrados”; es Él, de hecho, quien desde siempre nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10). Ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con “el que Vive”. Los cristianos no son discípulos de un sistema filosófico: son los hombres y las mujeres que han hecho, en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo (cfr. 1Jn 1,1-4)»[3].


Los dos amigos, Juan y Andrés, no sabían con claridad quién era realmente Jesús. Necesitarán tiempo –años de convivencia y de escucha– para comprender el misterio del Hijo de Dios. Sin miedo, también nosotros atravesamos el umbral de su casa para hablar con el Maestro cara a cara, para escuchar y meditar su Palabra, para abrir nuestro corazón como se hace con un amigo. En el silencio de la oración aprendemos a conocer al Señor. La misma pregunta de los discípulos, insistente y audaz –«Maestro, ¿dónde vives?»– surge también en nuestra alma. «Aprended a escuchar de nuevo, en el silencio de la oración, la respuesta de Jesús: “Venid y veréis”»[4].


«HAGAMOS, por tanto, una oración de hijos y una oración continua –alentaba san Josemaría durante una Navidad–. “Oro coram te, hodie, nocte et die” (Ne 1,6); oro delante de ti noche y día. ¿No me lo habéis oído decir tantas veces: que somos contemplativos, de noche y de día, incluso durmiendo; que el sueño forma parte de la oración? Lo dijo el Señor: “Oportet semper orare, et non deficere” (Lc 18,1). Hemos de orar siempre, siempre. Hemos de sentir la necesidad de acudir a Dios, después de cada éxito y de cada fracaso en la vida interior. Especialmente en estos casos, volvamos con humildad, a decir al Señor: ¡a pesar de todo, soy hijo tuyo! Hagamos el papel del hijo pródigo. Como dice en otra parte la Escritura: orando siempre, no con largas oraciones vocales (cfr. Mt 6,7), sino con oración mental sin ruido de palabras, sin gesto externo. ¿Dónde oramos? “In angulis platearum…” (Mt 6,5). Cuando andamos por medio de las calles y de las plazas, debemos estar orando constantemente»[5].


Aquel día, san Josemaría sugería elevar acciones de gracias por la Navidad y alentaba a quienes le escuchaban a soñar en la oración, a pensar en grande, a pedir que se hiciera la voluntad de Dios en tantas almas. «¿Y cómo vamos a orar? Orar con acción de gracias. Demos gracias a Dios Padre, demos gracias a Jesús, que se hizo niño por nuestros pecados; que se abandonó, sufriendo en Belén y en la Cruz con los brazos abiertos, extendidos, con gesto de Sacerdote Eterno (...). Y también la petición. ¿Qué hemos de pedir? ¿Qué pide un niño a su padre? Papá..., ¡la luna!: cosas absurdas. Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7). ¿Qué no podemos pedir a Dios? A nuestros padres les hemos pedido todo. Pedid la luna y os la dará; pedidle sin miedo todo lo que queráis. Él siempre os lo dará, de una manera o de otra. Pedid con confianza»[6].


En la casa donde vive Jesús encontramos también la presencia dulce de María. A ella le pedimos que sepamos vivir como hijos nacidos de Dios e ir al encuentro de Jesús para habitar en su casa.



EL NOMBRE DE JESÚS

 



Evangelio (Lc 2, 21-24)


“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor <<todo varón primogénito será consagrado al Señor>> y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor <<un par de tórtolas o dos pichones>>”


PARA TU RATO DE ORACION


LA IMPOSICIÓN del nombre tenía mucha importancia en las culturas semitas ya que subrayaba la misión para la que una persona era llamada. En Israel se imponía el nombre durante la circuncisión, el momento en que el niño era incorporado a la descendencia de Abrahán. Así sucedió con Jesús, a los ocho días de su nacimiento (cfr. Lc 2,21). Dios le comunica a José, por medio del ángel, el nombre que debía poner al hijo de María: «Dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Hoy celebramos precisamente la fiesta dedicada al Santísimo Nombre del Señor. La antífona de la Misa resume bien el sentido de la celebración, cuando nos invita a adorar con reverencia al Niño que en estos días contemplamos recostado en un pesebre: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”»[1].


A algunas personas especialmente destacadas en la historia de la salvación Dios les cambia el nombre como símbolo del cometido que les confía. Así sucedió, por ejemplo, con Abram, que pasó a ser llamado Abraham, porque sería padre de una multitud de pueblos; Jacob recibió el nombre de Israel, porque había luchado con Dios y había vencido; y a Simón, Jesucristo mismo le llamará Cefas –Pedro–, porque será la roca sobre la que se edificará la Iglesia. En el caso de Jesús, Dios mismo interviene para que el nombre del Verbo Encarnado significase exactamente la misión redentora que venía a realizar: «Yahvé salva».


San Bernardino de Siena impulsó en su época la devoción al nombre de Jesús y, como fruto de su empeño, se lo añadió a las palabras de santa Isabel que repetimos en el avemaría. «El gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios», afirmaba el santo italiano. La fe «consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna»[2]. De ahí que recemos en la Oración colecta de la Misa de hoy: «Oh, Dios, que cimentaste en la encarnación de tu Verbo la salvación del género humano, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro nombre que el de tu Unigénito».


«TU NOMBRE es como óleo derramado» (Ct 1,3), dice el Cantar de los Cantares refiriéndose al Esposo. El nombre de Jesús es, efectivamente, como un aroma que esparce su perfume por toda la casa. Continuando con esta comparación, san Bernardo de Claraval observa que el óleo posee tres cualidades que se pueden aplicar al nombre de Jesús: así como el aceite «es luz, comida y medicina», también el dulcísimo nombre de Jesús «brilla cuando es predicado, alimenta cuando es comido, unge y mitiga los males cuando es invocado»[3].


En primer lugar, Jesús es luz que resplandece en medio de las tinieblas, brillo que deseamos que reluzca en nuestro comportamiento. Para recibir esa luz de Cristo, hemos de abrir los ojos del alma y limpiarlos con el colirio de los sacramentos. «Ut videam, ut videamus, ut videant!», nos invitaba a repetir san Josemaría: que con nuestra mirada limpia hagamos limpias las vidas de muchos otros. En segundo lugar, Jesús es también alimento del alma. Al pronunciar su nombre, nuestro corazón se llena de gozo. «El leer me fastidia, si no leo el nombre de Jesús –continúa san Bernardo–. El hablar me disgusta, si no habla de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón»[4].


En último lugar, su precioso nombre es medicina para nuestra debilidad. «Nada hay más propio para detener el ímpetu de la ira, abatir la hinchazón del orgullo, curar las llagas de la envidia, contener los ataques de la lujuria, apagar el fuego de la concupiscencia, calmar la sed de la avaricia y desterrar todos los apetitos desordenados»[5]. Con ocasión de esta fiesta, podemos pedir al Espíritu Santo que derrame este óleo santo en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras obras. Así, nos uniremos al salmista que en la liturgia de hoy aclama: «Señor, Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,1).


«EN VERDAD, en verdad os digo: si pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). De esta manera alentaba el Señor a sus apóstoles en la víspera de su pasión. Fiados en la palabra misma del Señor, podemos invocar frecuentemente su santo nombre. Como decía santa Teresa: «Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón»[6].


San Josemaría, a su vez, nos enseñó una jaculatoria estupenda: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus!»: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús. Si la repetimos con frecuencia nos pasmaremos de sus efectos, sobre todo cuando nos sintamos tristes, preocupados o cansados. «Yo le llamo Jesús, sin miedo, a solas», nos decía. «Aquí, junto al Sagrario, no me da vergüenza invocarle por su nombre. Hijo mío, dile tú también que le amas, que le amarás siempre. ¡Cada vez más!»[7]. Es misión nuestra –misión de cristianos corrientes– difundir la fragancia de este nombre a nuestro alrededor.


«Este nombre ha de ser publicado para que brille, no debe quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido»[8], continuaba san Bernardino. El sacerdocio real –sello divino del Bautismo y la Confirmación– «nos capacita para llevar el nombre de Cristo a todos los ambientes donde trabajan y viven los hombres. Pero no me olvidéis que el apostolado, para que sea verdaderamente eficaz, ha de fundamentarse en una unión profunda, habitual, diaria, con Jesucristo Señor Nuestro»[9]. ¡Con qué acento y ternura resonaría el nombre de Jesús en labios de su Madre y de san José! Les suplicamos con confianza que nos recuerden su nombre bendito para tenerlo permanentemente en nuestro corazón.

2 de enero de 2025

«Permaneced en mí»

 



Evangelio (Jn 1,19-28)


Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró:


— Yo no soy el Cristo.


Y le preguntaron:


— ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?


Y dijo:


— No lo soy.


— ¿Eres tú el Profeta?


— No - respondió.


Por último le dijeron:


— ¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?


Contestó:


— Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.


Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron:


— ¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?


Juan les respondió:


— Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.


Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.



PARA TU RATO DE ORACION 



HEMOS COMENZADO un nuevo año. Jesucristo es el Señor del tiempo, de la historia, y queremos que sea también el centro de nuestras vidas. Se abre una nueva etapa para amar, para servir, para recorrer el camino en su presencia. Nos ilusiona que también este año «todo gire cada vez más en torno a su Persona»[1]. La venida del Mesías «es el acontecimiento cualitativamente más importante de toda la historia, a la que confiere su sentido último y pleno»[2]. Él llena nuestras jornadas y la entera existencia del cristiano. En estos primeros días aprovechamos para confiar a su divina Providencia las ilusiones y esperanzas que tenemos depositadas en el año que iniciamos.


La centralidad de Jesucristo viene formulada por el mismo Jesús, en el evangelio de san Juan, con la expresión «permaneced en mí». El discípulo amado está presente en el cenáculo, junto al Señor, y allí escuchó esa expresión de sus labios: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). El más joven de los apóstoles escribe su evangelio en último lugar: ha tenido más tiempo para reflexionar y madurar el misterio de Cristo. Y después de muchos años, el eco de estas palabras aún le sigue conmoviendo. Por eso encontramos la misma expresión en la primera de sus cartas, que leemos hoy en la liturgia de la Palabra: «Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (1 Jn 2,24). Es lo que sucede entre la vid y los sarmientos: estos reciben de ella toda su vida, sin ella pierden poco a poco la fuerza.


Permanecer, «esa palabra tan querida por el Señor que la repetirá muchas veces… Si permaneces en el Señor, en la Palabra del Señor, en la vida del Señor, serás un discípulo»[3]. Jesús quiere unir su vida con la nuestra; más aún, fusionarla. Permanecer en Él es vivir por él, con él y en él. Decía san Ambrosio: «Recoge el agua de Cristo (...). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (...); y una vez lleno, regarás a los demás»[4].


PARA EL CRISTIANO, «vivir es Cristo. Y si, a veces, por debilidad, cansancio, o por tantas circunstancias de la vida, perdemos de vista esta realidad, Él siempre nos está esperando»[5]. San Josemaría expresaba esta necesidad de unión con Cristo con estas palabras: «Seguir a Cristo –venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19)– es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con Él, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con Él, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20)»[6].


Durante los días de Navidad, al contemplar al Niño recostado en un pobre pesebre, rodeado por el cariño de María, José, y por el calor de unos pocos animales, le mostramos nuestros deseos de amor y de unión con él. Si volvemos los ojos hacia él, tan pequeño y al mismo tiempo Rey del universo, nos sentiremos dulcemente impulsados a perseverar con firmeza durante este nuevo año, durante toda la vida, en la tarea de identificarnos con él: «Amemos a Cristo, busquemos siempre su proximidad, y parecerá fácil todo lo difícil»[7].


Durante una Navidad, san Josemaría le mostraba al Señor sus deseos de unión y de amor: «¡Oh, Jesús –le diré– quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo (...). Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda... que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz»[8].


JUAN BAUTISTA aparece de nuevo en el evangelio de hoy, como sucedió durante el Adviento. Las autoridades del Templo envían a la otra orilla del Jordán sacerdotes y levitas para interrogarlo: «¿Tú quién eres?» (Jn 1,19). Le importunan con muchas preguntas, con la intención de acorralarlo: ¿eres el Mesías, eres Elías, eres un profeta? «¿Qué dices de ti mismo?» (Jn 1,22). Las respuestas del Bautista nos hablan de alguien que tiene la voluntad de Dios como horizonte de la propia vida. «Yo soy la voz que grita en el desierto» (Jn 1,23). Mi única misión –viene a decirles– es preparar a Israel para que reciba de corazón al Redentor.


Permanecer en Jesucristo es estar en comunión con él: que Jesús esté presente en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestro corazón, en nuestras obras. La prueba más evidente de permanecer en Jesucristo es guardar sus palabras y sus mandamientos; él mismo nos ha dicho que quien lo hace «permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). Le pedimos al Señor el don de que cada uno de nosotros y todos los cristianos respiremos con el Evangelio. «Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar –al hilo de unas palabras de san Josemaría– nuestro examen personal: ¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la boca. Tú –lo pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo–, tú, que por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se repita de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un hijo de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera puedas empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas, nobles, divinas y humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de Cristo, en tu vida ordinaria en medio del mundo?»[9].


Nos alegramos con la Virgen María, feliz al tener en sus brazos al Salvador, fruto de su fidelísima escucha a la Voluntad de Dios. Por ella «el Verbo se ha hecho carne y habitó entre nosotros»[10]. Le pedimos que no nos «falte la fe, ni la valentía, ni la audacia para cumplir la voluntad de nuestro Jesús»[11].