"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de abril de 2025

EJEMPLO DE LOS. MÁRTIRES

 


Evangelio (Jn 7,1-2. 10. 25-30)

Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarle.

Pronto iba a ser la fiesta judía de los Tabernáculos. 

Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, no públicamente sino como a escondidas.

Entonces, algunos de Jerusalén decían:

—¿No es éste al que intentan matar? Pues mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Acaso habrán reconocido las autoridades que éste es el Cristo? Sin embargo sabemos de dónde es éste, mientras que cuando venga el Cristo nadie conocerá de dónde es.

Jesús enseñando en el Templo clamó:

—Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio, yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis, es veraz. Yo le conozco, porque de Él vengo y Él mismo me ha enviado.

Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora.



PARA TU RATO DE ORACION 



EN CIERTO MOMENTO, el libro de la Sabiduría describe el modo de pensar y de actuar de los que denomina «impíos». Posiblemente eran judíos apóstatas que, influidos por un modo de pensar materialista y hedonista, habían abandonado la fe de sus padres. El autor sagrado los presenta como hombres que se lamentan por el sinsentido de la existencia y que, por eso mismo, la afrontan con entrañas de crueldad: se guían por la ley del más fuerte, maltratan a los débiles e indefensos y, arrebatados por sus pasiones, no soportan la rectitud del justo.


«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso –dicen en la Sagrada Escritura–: se opone a nuestro modo de actuar (…), presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes» (Sab 2,12-15). Esta descripción del «justo» es un retrato de los profetas que encontramos a lo largo de la historia de la salvación: hombres elegidos por Dios, fieles a su misión, que con frecuencia sufrieron rechazo y persecución de los poderosos, a veces incluso hasta la muerte. Pero aquella descripción compone, sobre todo, el retrato de Jesucristo.


El Señor fue perseguido desde los primeros compases de su predicación y, de manera cada vez más enconada, conforme hacía milagros y era admirado por el pueblo. Murmuraron contra él, le arrojaron encima la sombra de la duda, se esforzaron en tenderle trampas dialécticas. Pero la reacción de Jesús es sorprendente: «Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio»1.


DESDE los orígenes y a lo largo de los siglos, la historia de la Iglesia ha estado marcada por la persecución. En la Iglesia ha habido mucho heroísmo, en su mayor parte discreto y oculto. Son muy numerosos los cristianos que, siguiendo las palabras de san Pablo, han vencido el mal con el bien (cfr. Rm 12,21). Y así sigue ocurriendo hoy, cuando tantos hermanos nuestros, en un número no tan reducido de países, siguen arriesgando sus posibilidades profesionales, su estabilidad, su libertad o hasta la misma vida para ser fieles a Jesucristo. «Hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia»2.


Rezamos por los cristianos perseguidos. Y, a la vez, ¡cuánto podemos aprender de ellos! El ejemplo de sus vidas, animadas por la gracia, nos enseña de modo patente qué significa no poner límites al amor a Dios. Recordarles nos sirve también para nuestra vida cotidiana, ante las pequeñas o grandes cosas en las cuales queremos manifestar nuestro amor. Su herencia es una herencia de fidelidad a Jesucristo. Hallaron la fuerza en su debilidad (cfr. Hb 11,34) porque mantuvieron la mirada fija en Cristo crucificado mientras estaban «en la soledad de las prisiones, en las últimas horas después de la sentencia a muerte, en las largas noches de espera de una mano asesina inminente, en el frío del campo de concentración, en el dolor y en el cansancio de marchas insensatas»3. Ser coherederos de tantos santos nos llena de orgullo. Y, al mismo tiempo, nos puede llevar a pedir humildad para que el Espíritu Santo nos llene a nosotros también de su fortaleza.


«JESÚS estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante este tiempo»4. Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, se mantiene en agonía en cada mujer y en cada hombre que sufre, que padece persecución, que es despreciado o injustamente incomprendido. El cristiano no puede ser indiferente al sufrimiento de esas personas. Algunas quizá estén lejos físicamente de nosotros. Pero tal vez otras están cerca. «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Podemos pedir al Señor que estas palabras suyas se mantengan vivas en nosotros; que nos conceda un corazón sabio y sensible, capaz de percibir la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos, de manera que estemos disponibles para ayudar.


Estos días de Cuaresma son propicios para contemplar la pasión de Cristo: a Jesús despreciado, torturado por los soldados, mirado con indiferencia por Pilatos, abandonado por sus discípulos, azotado con látigos, llevando la cruz y muriendo en ella lleno de mansedumbre; sin embargo, «todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte»5. Ver a Jesús nos llevará a purificar poco a poco nuestra mirada, de manera que sepamos advertir los sufrimientos de tantas personas, especialmente de quienes nos rodean, y tener una compasión creativa que alivie a los demás.


María permaneció junto a su hijo al pie de la cruz. Vio su mansedumbre y paciencia. Muy posiblemente le escuchó decir aquellas inolvidables palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Jn 23,34). Podemos acudir a su intercesión para que nos ayude a todos los cristianos a vencer el mal con el bien: algunos estarán llamados a hacerlo en situaciones dolorosas y difíciles; otros, en situaciones más ordinarias. Que todos, contemplando a Jesús en la cruz, aprendamos a amar a nuestros semejantes con misericordia y comprensión.

AMARLE CON OBRAS






 Evangelio (Jn 5,31-47)


Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería verdadero. Otro es el que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. Vosotros habéis enviado mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad. Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis. Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me ha enviado, Él mismo ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz ni habéis visto su rostro; ni permanece su palabra en vosotros, porque no creéis en éste a quien Él envió. Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí. Y no queréis venir a mí para tener vida.


Yo no busco recibir gloria de los hombres; pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre propio, a ése lo recibiríais. ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no queréis la gloria que procede del único Dios? No penséis que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien vosotros tenéis puesta la esperanza. En efecto, si creyeseis a Moisés, tal vez me creeríais a mí, pues él escribió sobre mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?


PARA TU RATO DE ORACION



«YO NO BUSCO recibir gloria de los hombres» (Jn 5,41), dice Jesús, en un largo discurso en el que explica a los judíos que en él se cumplen las Escrituras. Estas palabras muestran una actitud constante durante su vida en la tierra: su continua atención a hacer la voluntad del Padre. La vemos durante su vida oculta, cuando con toda naturalidad pasa treinta años sin llamar la atención en una aldea casi desconocida de Galilea. Y la vemos también durante su vida pública, cuando se mueve siempre con total libertad de espíritu, buscando transmitir sus enseñanzas como enviado del Padre. Esta convicción de buscar la voluntad de Dios estaba fundamentada en que los designios de Dios Padre siempre son los más sabios y buenos, fuente de consuelo para todos.


«El Señor vivió la cumbre de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. En el Calvario le gritaban: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz”; allí demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre»1. No se queda en la cruz por deseo de sufrir sin más, si no para mostrar que, incluso en esas circunstancias dolorosas y terribles, el amor de Dios es mayor que cualquier otra fuerza. El bien que se alcanza es muy grande: se abre para el hombre el camino de vuelta a casa.


Y, como Jesús, en nuestro camino por hacer la voluntad de Dios también encontraremos la cruz y la posibilidad de experimentar que el amor de Dios es mayor que cualquier otra fuerza. Aunque no siempre lo podamos ver con total claridad, esa experiencia puede ser camino y expresión de amor. A veces habrá momentos en los que esa cruz se nos haga más pesada, pero vemos que el Señor prefiere caer abrazado a ella, antes que soltarla. Llegar al Calvario cuesta, pero «esa pelea es una maravilla, una auténtica muestra del amor de Dios, que nos quiere fuertes, porque virtus in infirmitate perficitur (2 Cor XII,9), la virtud se fortalece en la debilidad»2. El mismo Jesús nos ayudará a asociarnos a la amorosa voluntad del Padre, que trae la alegría, la paz, e incluso «la felicidad en la cruz»3.


DIOS MUESTRA su tristeza cuando el pueblo de Israel le abandona para adorar un becerro de oro. Su pueblo, al que había amado y salvado con prodigios, se había olvidado de los beneficios divinos durante la travesía del desierto. «Pronto se han apartado del camino que les había ordenado –dijo el Señor a Moisés– (...). Ahora, deja que se inflame mi cólera contra ellos hasta consumirlos» (Ex 32,8-10).


«También nosotros somos pueblo de Dios y conocemos bien cómo es nuestro corazón; y cada día debemos retomar el camino para no resbalar lentamente hacia los ídolos, hacia las fantasías, hacia la mundanidad, hacia la infidelidad»4. Por eso, de manera especial durante la Cuaresma, podemos pedir luz al Espíritu Santo para ver ese camino de retorno al Padre. Recordar el amor y las maravillas que Dios ha obrado en nuestra vida –como lo había hecho con el pueblo de Israel– nos llevará a recorrerlo con la convicción de que es junto a él como somos profundamente felices.


Esta conversión, sin embargo, no es cuestión de un día, sino de toda la vida. Por eso, lo decisivo no son los resultados inmediatos, sino el deseo de permanecer siempre junto a Jesús, aunque no lo merezcamos. «Mientras hay lucha, lucha ascética, hay vida interior. Eso es lo que nos pide el Señor: la voluntad de querer amarle con obras, en las cosas pequeñas de cada día. Si has vencido en lo pequeño, vencerás en lo grande»5.


CUANDO Dios manifiesta su intención de acabar con Israel, Moisés lo disuade hablándole con filial confianza: «Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel» (Ex 32,12-13). Y, tras esta intercesión, recoge la Escritura que «se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo» (Ex 32,14).


La humildad y la confianza de Moisés logran llegar hasta el corazón del Señor. «Su fe en Dios se funde con el sentido de paternidad que cultiva por su pueblo. La Escritura lo suele representar con las manos extendidas hacia arriba, hacia Dios, como para actuar como un puente con su propia persona entre el cielo y la tierra»6. Moisés nos muestra cómo es «la oración que los verdaderos creyentes cultivan en su vida espiritual. Incluso si experimentan los defectos de la gente y su lejanía de Dios, estos orantes no los condenan, no los rechazan. La actitud de intercesión es propia de los santos, que, a imitación de Jesús, son “puentes” entre Dios y su pueblo»7.


El ejemplo de intercesión de Moisés nos lleva a mirar a Cristo, de quien es figura. Jesús intercede continuamente por nosotros ante el Padre. Por eso tenemos la seguridad de que alcanzaremos misericordia. También nosotros, que somos ahora el Pueblo de Dios en la tierra, queremos hacer visible su bondad y su misericordia entre nuestros hermanos, para «orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo»8. María, como buena Madre, intercede siempre por nosotros y no nos deja nunca solos en este camino de identificación con su Hijo.



2 de abril de 2025

PONER LOS OJOS EN CRISTO


 Evangelio (Jn 5, 17-30)


Jesús les replicó:


-Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo. Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.


Respondió Jesús y les dijo:


-En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que éstas para que vosotros os maravilléis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere. El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le ha enviado. ‘En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio sino que de la muerte pasa a la vida. En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán, pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y le dio la potestad de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.’


PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS HABÍA curado a un paralítico en día de sábado y, para nuestro asombro, los maestros de la ley se quedan atrapados en esa circunstancia del calendario, en lugar de creer en la libre manifestación de Dios: basándose en una rígida interpretación de la Sagrada Escritura, no están dispuestos a admitir que alguien pueda realizar actividades en sábado, ni siquiera milagros o curaciones. No se han abierto a la luz del Espíritu Santo –que nosotros podemos pedir– dejándose interpelar por la realidad que tenían frente a sus ojos.


Jesús les responde con una frase lapidaria: «Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo» (Jn 5,17). Estas palabras condensan una importante verdad teológica, que ilumina nuestra condición de criaturas: ciertamente, la Biblia afirma que en el sábado Dios descansó, para dar a entender que no creó nuevas criaturas; «pero siempre y de forma continua actúa, conservándolas en el ser (…). Dios es causa de todas las cosas en el sentido de que también las hace subsistir; porque si en un momento dado se interrumpiera su poder, al instante dejarían de existir todas las cosas que la naturaleza contiene»1. Nuestra existencia depende enteramente de Dios, en cada instante. Cada segundo de nuestra vida es un don que el Señor nos ofrece confiadamente. El Creador no se retiró de su obra, sino que siguió «trabajando en y sobre la historia de los hombres»2.


Como explicaba san Josemaría, «el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio»3.


EN SU RESPUESTA a quienes le reprochaban curar en el día de descanso, Jesús revela implícitamente su naturaleza divina, mostrándose como «señor del sábado» (Lc 6,5). Los rabinos distinguían entre el “trabajo” de Dios en la creación, que cesó el sábado, y su actuar en la providencia, que en cambio es ininterrumpido. Por eso, cuando Jesús se pone al mismo nivel del Padre, asociándose a su acción continua en favor de los hombres, esta afirmación resulta escandalosa a sus oponentes. Entonces, la Sagrada escritura nos dice que «los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18). Pero Jesús no trata de disuadirles de esa idea porque efectivamente él es el Hijo, la filiación al Padre está en el centro de su ser y de su misión: es parte esencial de su misterio. Hasta ese momento, nadie en toda la historia de la salvación se había dirigido a Dios llamándole «Padre mío» como Jesús hace siempre; y tanto menos con la palabra llena de confianza que usaban los niños hebreos para llamar a su progenitor: abbá, papá.


«En verdad os digo –dice el Señor– que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo» (Jn 5,19-20). Jesucristo es el modelo más perfecto de unión al Padre. «En referencia a este modelo, reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida “que se asemeje a Cristo” y en la que se exprese y realice la verdadera “libertad de los hijos de Dios” (cfr. Rm 8,21)»4. En efecto, a la luz del ejemplo de Cristo, logramos entender mejor que el sentido de nuestra filiación divina es lo que nos hace más profundamente libres: «Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas»5.


«EL PADRE no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo –continúa diciendo Jesús– no honra al Padre que le ha enviado. En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna» (Jn 5,22-24). Cuando se habla de postrimerías, del juicio particular y del juicio final, posiblemente experimentamos cierto temor. Sin embargo, es bueno reconducir este temor hacia la esperanza, porque sabemos que nuestro juez será Jesús, que ha venido a salvarnos enviado por el Padre. Cristo ha dado su vida por nosotros: si ponemos nuestros ojos en él, clavado en la cruz y luego resucitado, entendemos que su justicia siempre está unida al misterio de la gracia, de su amor por nosotros.


Ciertamente, «la gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor (…). Nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría»6.


«No tengas miedo a la muerte –animaba san Josemaría–. Acéptala, desde ahora, generosamente... cuando Dios quiera... como Dios quiera... donde Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga... enviada por tu Padre-Dios. ¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!»7. Al mismo tiempo, al fundador del Opus Dei le consolaba saber que quien nos espera «no será Juez –en el sentido austero de la palabra– sino simplemente Jesús»8. Y allí estará también, intercediendo por nosotros, nuestra madre del cielo; ella es refugio de los pecadores y es nuestra esperanza.




1 de abril de 2025

LA LUCHA INTERIOR REQUIERE PACIENCIA

 



Evangelio (Jn 5, 1-16)


Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años.


Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo:¿Quieres curarte?


El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.


Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y ponte a andar.


Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.


Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te es lícito llevar la camilla.


Él les respondió: El que me ha curado es el que me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’.


Le interrogaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda?’


El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada.


Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.


Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Por eso perseguían los judíos a Jesús, porque había hecho esto un sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


¡CÓMO NOS llena de esperanza la cercanía de Jesús a quienes le necesitan, que vemos una y otra vez en los evangelios! Hoy contemplamos la curación de un paralítico, del que nadie se acordaba, que yacía junto a la piscina de Betzata. Las excavaciones han aclarado que esta piscina contaba con cinco pórticos, según la describió san Juan: consistía en dos estanques separados y, entre ellos, se había construido el quinto pórtico, que se sumaba a los cuatro laterales. Allí se congregaba «una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Jn 5,2). Existía la creencia, en efecto, de que un ángel del Señor descendía cada cierto tiempo a mover el agua, y quien se metía primero en la piscina quedaba curado.


Jesús se acerca a aquella multitud dolorida. Entre la masa de personas, se fija en este paralítico, que probablemente es el más desvalido y abandonado. Y, por iniciativa propia, se ofrece a sanarlo, preguntándole: «–¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: –Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo. Le dijo Jesús: –Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar» (Jn 5,6-9).


«Me comentabas –escribió san Josemaría– que hay escenas de la vida de Jesús que te emocionan más: cuando se pone en contacto con hombres en carne viva... cuando lleva la paz y la salud a los que tienen destrozados su alma y su cuerpo por el dolor... Te entusiasmas –insistías– al verle curar la lepra, devolver la vista, sanar al paralítico de la piscina: al pobre del que nadie se acuerda. ¡Le contemplas entonces tan profundamente humano, tan a tu alcance! Pues... Jesús sigue siendo el de entonces»1. Cristo, a través de los sacramentos, puede estar incluso más cerca de nosotros que en aquel encuentro. Y, como al paralítico del evangelio, nos ofrece continuamente su curación.


AQUEL PARALÍTICO llevaba treinta y ocho años enfermo. Su vida había sido una larga espera, hasta que al final Jesús pasó junto a él. Podemos aprender de su paciencia, ya que durante todo ese tiempo, «sin cejar, insistió, esperando verse libre de su enfermedad»2. También nosotros estamos llamados a ser serenos y perseverantes en la vida interior. Necesitamos una paciencia optimista en la lucha cristiana, así como en el esfuerzo por adquirir las virtudes. Habrá algunos aspectos en los que nos parecerá, al menos por temporadas, que no avanzamos; y otros que requerirán un largo periodo de lucha alegre, quizá el de toda una vida; ese fue el caso del paralitico, que llegó a la vejez con su enfermedad, pero no por eso dejó de ver a Jesús.


A veces, una impaciencia excesiva, una tensión interior un tanto crispada, un empeño en valorar si mejoramos o no que va cobrando tintes desasosegantes, podrían manifestar cierta tendencia al perfeccionismo; y esta actitud no se corresponde con la lucha filial, confiada y humilde que el Señor nos pide. Ciertamente, hemos de intentar no quedarnos solamente en buenos deseos y poner las últimas piedras de lo que emprendemos. Pero también es verdad que no siempre lo conseguiremos, y no hemos de perder la paz por ello.


«En ocasiones –dice san Josemaría– el Señor se conforma con los deseos, y otras veces hasta con los deseos de tener deseos, si nosotros soportamos con alegría la humillación de sabernos tan poca cosa. Esto es lo que nos llevará bien altos al cielo. Porque si una persona se da cuenta de que va adelante y bien... ¡qué peligro para la soberbia! Hay mucha gente maravillosa que se juzga de una vulgaridad inmensa, incapaces de hacer lo que saben que Dios nuestro Señor quiere. Y son excelentes, extraordinarios. No os preocupe demasiado si avanzáis o no, si sois mejores o seguís igual. Lo importante es querer ser mejores, desear querer, y ser sinceros abriendo bien el corazón. Así, Dios os dará luces»3.


LA PACIENCIA con nosotros mismos, que viene de mirar primero a Dios y contar cada vez más con su ayuda, nos impulsará asimismo «a ser compresivos con los demás, convencidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»4. A veces nos cuesta vivir esta comprensión paciente con las personas más cercanas y afines, pues fácilmente tendemos a fijarnos demasiado en unos pocos defectos, en lugar de valorar todo lo bueno que atesoran. Y en otras ocasiones, puede resultar difícil disculpar, acoger y querer de verdad a quienes quizá están en apariencia lejos de Dios o a quienes, por la formación que han recibido, mantienen unos parámetros de pensamiento ajenos a la fe.


En el evangelio vemos que, después de ser curado por Jesús, el paralítico toma su camilla y echa a andar hacia su casa. Pero entonces se encuentra con algunos judíos, posiblemente personas de autoridad, que le recriminan que esté llevando objetos en día de sábado; se escandalizan de que Jesús haya curado ese día. Se trata de «una historia que también se repite muchas veces hoy. Muchas veces sucede que un hombre o una mujer, que se siente enfermo del alma, triste, porque ha cometido muchos errores en su vida, en determinado momento siente que las aguas se remueven –es el Espíritu Santo quien todo lo mueve– o escucha unas palabras y piensa: “Me gustaría ir”. ¡Y se arma de valor y va! Pero cuántas veces en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas (...). ¡La Iglesia tiene siempre las puertas abiertas! Es la casa de Jesús, y el Señor es acogedor. No solo acoge, sino que sale en busca de la gente, como fue a buscar al paralítico. Y si la gente está herida, ¿qué hace Jesús? ¿La regaña por estar herida? No: la busca y la carga sobre sus hombros»5.


San Josemaría animaba a sus hijos a vivir «con el corazón y los brazos dispuestos a acoger a todos» porque, como explicaba, «no tenemos la misión de juzgar, sino el deber de tratar fraternalmente a todos los hombres. No hay un alma que excluyamos de nuestra amistad –continuaba–, y ninguno se ha de acercar a la Obra de Dios y marcharse vacío: todos han de sentirse queridos, comprendidos, tratados con afecto»6. Podemos pedir a María, madre de misericordia, que nos ayude a difundir el amor, la comprensión y la misericordia de Dios entre quienes tenemos alrededor.




31 de marzo de 2025

DIOS SE ILUSIONA CON NOSOTROS


Evangelio /  Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».

Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».

El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».

Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».

El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

PARA TU RATO DE ORACION


AYER CELEBRÁBAMOS el domingo laetare, como un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de penitencia que nos dispone hacia la gran alegría de la Pascua. En el libro del profeta Isaías escuchamos a Dios que nos dice: «He aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo, y a su pueblo para la alegría. Me gozaré en Jerusalén y me alegraré en su pueblo» (Is 65,17-19). El Señor nos invita a la alegría y él mismo se alegra. En el libro del Génesis también percibimos este gozo de Dios cuando, al contemplar el mundo recién salido de sus manos, ve que es «muy bueno» (Gn 1,31). El creador, que había preparado el mundo para los hombres, soñaba ya con la vida de sus hijos.

Sabemos que, sin embargo, después vino el pecado y la destrucción de la armonía inicial. Pero Dios no se cansó de perdonar ni de ilusionarse con los hombres. Cada uno de nosotros somos, de alguna manera, un sueño de Dios, un proyecto de bien y felicidad. «Dios piensa en cada uno de nosotros, ¡y piensa bien! Nos quiere y sueña con la alegría que gozará con nosotros. Por eso, el Señor quiere recrearnos, hacer nuevo nuestro corazón (...) para que triunfe la alegría. (...) Y hace tantos planes: construiremos casas..., plantaremos viñas, comeremos sus frutos..., todas las ilusiones que pueda tener un enamorado»1. San Josemaría, al pensar en las palabras del profeta Isaías en las que Dios nos dice que somos un proyecto divino, no ocultaba su emoción: «¡Que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»2.

«TE ENSALZARÉ, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2). Este salmo expresa el agradecimiento de un hombre que fue rescatado por Dios de las garras de la muerte. En esta experiencia, el salmista ha aprendido al menos dos cosas importantes. La primera es que la ira de Dios dura solo un instante, pero su bondad toda la vida. El Señor no quiere destruir, sino corregir para que sus hijos puedan ser felices. Por eso, aun habiéndole ofendido con el pecado, siempre es posible volver a él con la seguridad de que seremos acogidos. Aunque quizás alguna vez parezca que nos ha dejado solos o que se ha ocultado, en realidad Dios siempre será fiel. «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré. En un arrebato de ira te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti, dice tu Redentor, el Señor» (Is 54,7-8).

La segunda enseñanza del salmo es que la enfermedad y la muerte muestran al hombre su fragilidad. En el momento de la prosperidad es fácil olvidarlo y no dar relieve a la necesidad que tenemos de los demás y, sobre todo, de Dios. En cambio, cuando llega un momento de crisis personal o familiar, esta debilidad se pone de manifiesto; se comprende, entonces, con nueva profundidad, la importancia que tienen en nuestra vida la comunión –con Dios y con los demás– y la oración. «Me has dicho: “Padre, lo estoy pasando muy mal”. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, solo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno”. Y quédate tranquilo»3.

EN UNA OCASIÓN, un hombre poderoso, funcionario real de alto rango, le pide a Jesús que vaya con él a Cafarnaún para curar a su hijo gravemente enfermo. Su fe y su esperanza son todavía débiles, pero en su amor de padre no quiere dejar de intentar cualquier cosa para ayudar a su hijo. Por eso, ha recorrido los más de treinta kilómetros entre Cafarnaún y Caná, para ir a buscar a este Maestro del que le han asegurado que hace milagros nunca vistos.

El Señor se hace un poco de rogar, lamentándose serenamente de la incredulidad que encontraba en Galilea: todos deseaban ver signos y prodigios, pero no estaban tan dispuestos a acoger su palabra ni a convertirse. Aquel hombre insiste y, sobre todo, empieza poco a poco a creer de verdad, como muestra su dócil obediencia a lo que Jesús le indica: «Vete, tu hijo está vivo» (Jn 4,50). Mientras regresa presuroso a Cafarnaún, sus servidores le salen al encuentro con la noticia de que el niño se encuentra bien. «Y creyó él y toda su casa» (Jn 4,53), concluye el evangelista.

El Señor nos quiere curar, como al hijo del funcionario real, liberándonos de nuestras esclavitudes y perdonando nuestros pecados. Y nos pide lo mismo: creer. «La fe es dejar sitio a ese amor de Dios, dejar sitio al poder de Dios, pero no al poder de alguien muy poderoso, sino al poder de alguien que me quiere, que está enamorado de mí y quiere vivir la alegría conmigo. Eso es la fe. Eso es creer: dejar sitio al Señor para que venga y me cambie»4. Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a tener, como ella, una fe grande, disponible y humilde, para que el Señor pueda llenarnos con su gracia.


30 de marzo de 2025

Vivir la comprensión y la misericordia

 



Evangelio (Lc 15,1-3. 11-32)

Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces les propuso esta parábola:

—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.

Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.

El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».



PARA TU RATO DE ORACION 



El afán de Jesús por salvar a todos incluía también a los que eran socialmente conocidos como “publicanos y pecadores”. Su actitud abierta y esperanzada hacia ellos despertaba recelos y murmuraciones entre los fariseos. Por este motivo, Jesús pronuncia en el evangelio según san Lucas las famosas parábolas de la misericordia, que revelan la inmensa alegría de Dios cuando volvemos a Él contritos.

Después de narrar cómo un pastor de cien ovejas recupera con gran alegría la extraviada en el campo, y cómo la dueña de diez monedas encuentra con gozo la que perdió en su propia casa, Jesús nos cuenta este domingo la hermosa parábola de un padre que tenía dos hijos: uno perdido fuera, en un país lejano, y el otro perdido dentro, en su propia casa. De la historia de ambos hijos podemos aprender a vivir la contrición y la comprensión. Y de la misericordia de su padre, descubrimos el amor magnánimo a la libertad de los demás y la esperanza serena en su capacidad de redimirse.

La historia del hijo pródigo es de una genial sencillez y tiene la virtud de interpelar de modo universal a todos. El clásico error humano de confundir la felicidad con la satisfacción de nuestros deseos sin ningún tipo de barreras, aparece encarnado en el hijo menor, a quien la prosperidad paterna lo apellida de pródigo. Consciente de su poder adquisitivo, el hijo ha acariciado en su pobre corazón la posibilidad de dar rienda suelta a todas sus apetencias, rectas o no, sin los límites que supone la estabilidad del hogar paterno. Aquel corazón sin dominio propio y falta de libertad en casa, en poco tiempo verifica, malgastando su herencia en un país lejano, que era mucho menos libre fuera. El desdichado termina cuidando cerdos de un tercero, mientras envidia en tiempo de hambre la comida que reciben aquellos animales, impuros para un judío, pero mejor alimentados que él. Es entonces cuando todo el amor paterno, volcado durante años sobre aquel hijo, brilla en la oscuridad de su alma en forma de añoranza, que se convierte en humilde conversión. Y entonces “volvió en sí”.

En este tiempo de Cuaresma todos podemos vernos retratados en el hijo que necesita conversión y perdón. Como explica san Josemaría, “la vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios”[1].

Jesús nos invita también a vivir la comprensión y la misericordia del padre de la parábola. Resulta conmovedora la narración de sus gestos y actitudes, retratando las virtudes divinas y las de los buenos educadores: el padre respeta la libertad del hijo, sin salir a controlarlo, provocando quizá que se alejase aún más; confía con heroica paciencia en el cariño y la formación que puso en él; espera por eso a diario su libre regreso, oteando amorosamente el horizonte. Como premio a su magnánimo proceder, el padre recupera a su preciado hijo. Y no le deja terminar su disculpa: lo cubre de besos, organiza gozoso una fiesta por todo lo alto, y le devuelve, sin rencores, su perdida condición.

Si aprendemos a “hacer de hijo pródigo” muchas veces, recibiremos la misericordia divina. Y sabremos entonces vivir la misericordia con los demás y amar su libertad, como el padre de la parábola. Evitaremos también convertirnos en el hijo mayor e incomprensivo, lleno de celo en casa de su padre, pero celo amargo, con la misma falta de libertad que tenía su hermano pequeño. Como explica el Papa Francisco, “la parábola termina dejando el final en suspenso: no sabemos lo que haya decidido hacer el hijo mayor. Y esto es un estímulo para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos necesitamos entrar en la casa del Padre y participar en su alegría, en su fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos y hermanas, ¡abramos nuestro corazón, para ser «misericordiosos como el Padre»!”[2].




29 de marzo de 2025

Refúgiate en la filiación divina


 Evangelio (Lc 18, 9-14)


Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás:


Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo».


Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».


Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.


PARA TU RATO DE ORACION 



ANTES de narrar la parábola del fariseo y el publicano, san Lucas hace notar que Jesús la contó en referencia «a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). De esa manera, el Señor busca mostrarnos la actitud correcta para hablar con Dios; esto es, desde nuestra propia verdad: desde la humildad de sabernos pecadores y necesitados de la misericordia divina. «La humildad es la base de la oración»1, dice el Catecismo de la Iglesia.


San Josemaría se definía como «un pecador que ama a Jesucristo»2. Ese ha sido un patrón común en la vida de los santos: dejaron brillar la luz de Dios en sus vidas, por lo que les resultaba fácil descubrir las oscuridades personales. Esta es la actitud con la que el sacerdote, en la santa Misa, se dirige al Señor en nombre de toda la Iglesia: «A nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires»3.


El reconocimiento de nuestra propia debilidad lleva, al mismo tiempo, a sentirnos sostenidos por Dios. Su misericordia es mayor que nuestras faltas. Por eso el cristiano afronta la vida sin desaliento, pues la conciencia de ser un pecador no le impide ser consciente de una realidad más decisiva: es hijo muy querido de Dios. «Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»4. Esta es la actitud con la que el Señor quiere que nos acerquemos a él, y que explica en la parábola: no somos unos «justos» autosuficientes, sino hijos que necesitan a su Padre.


EL PRIMER PERSONAJE que aparece en la parábola es un fariseo que subió al templo a orar. Aparentemente, su plegaria tiene un inicio ideal, porque comienza dando gracias a Dios. Sin embargo, inmediatamente se revela que algo no funciona: su agradecimiento no se debe a un reconocimiento de la acción del Señor en él, sino que se limita a enumerar todas sus cualidades y méritos: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». Y, en medio de su oración, hay una frase que puede revelar el motivo por el que realizaba todo eso: «No soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano» (Lc 18,11-12).


El fariseo cae en la actitud que san Lucas había prevenido antes de relatar la parábola: desprecia a los demás teniéndose por justo. Al compararse mentalmente con el publicano, pensó que salía aventajado. Quizá a ojos de la gente incluso podía tener razón, pues estos eran considerados pecadores públicos al haber traicionado al pueblo de Israel. Sin embargo, no tiene en cuenta que solo Dios mira en el fondo de los corazones. Ninguna comparación será capaz de emular el alcance de la mirada divina.


Este fue el principal obstáculo de muchos para no reconocer al Mesías: refugiarse en las propias seguridades y en las miras solamente humanas. «Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo»5. Por eso, el Señor dirá después que este no bajó justificado a su casa: si tenía ya todo lo que creía necesitar, no sería capaz de acoger la salvación que Dios le ofrecía.


EL SEGUNDO personaje de la parábola es un publicano que ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo en su oración. Simplemente se limita a golpearse el pecho mientras dice: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Y a continuación, Jesús añade: «Os digo que este bajó a su casa justificado» (Lc 18,13-14).


Este publicano comienza su oración siendo consciente de que es un pecador. Además, en su caso, lo sabe todo el pueblo, pues colaboraba con las autoridades extranjeras. Esta realidad, que en apariencia puede ser un obstáculo, es más bien la ventaja que tiene respecto al fariseo, pues el clamor general de su entorno le recuerda que es un pecador: su indigencia es evidente. Pero las seguridades sobre las que construye su vida no son sus propias cualidades, ni tampoco el reconocimiento de los demás, sino la compasión de Dios. «Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor»6.


La actitud del publicano es justamente contraria a la del fariseo: no se tiene por justo ni desprecia a los demás, aunque quizá habría tenido motivos para esto último, por el trato que recibiría de sus contemporáneos. Jesús señala «que este bajó a su casa justificado». La oración de este hombre recuerda, de alguna manera, a la de la Virgen, en quien Dios se fijó precisamente por su humildad (cfr. Lc 1,48). Ella nos enseñará a recorrer este camino para que el Señor obre también en nuestras vidas las grandezas que cantó nuestra Madre.