"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

14 de abril de 2025

LUNES SANTO

 



Evangelio (Juan 12, 1-11)


Jesús, seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos.


Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.


María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume.


Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que le iba a entregar:


¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?


Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella.


Entonces dijo Jesús: -Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura, porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.


Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí, y fueron no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.


Y los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque muchos, por su causa, se apartaban de los judíos y creían en Jesús.


PARA TU RATO DE ORAACIO 


«SEIS DÍAS antes de la Pascua, marchó a Betania (...). Allí le prepararon una cena» (Jn 12,1-2). En aquel hogar Jesucristo se encuentra entre sus amigos, rodeado de cariño. Ha estado muchas veces en Betania, pero ahora el momento es más solemne: sabe que se dirige hacia Jerusalén, sabe que allí le espera la cruz. «Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (Jn 12,2-3).


Es ya conocido que las autoridades del pueblo persiguen a Jesucristo. Y el amor hace presentir a María el drama que se avecina. En esas circunstancias, desea hacer algo especial por su Señor, manifestarle su amor, así que lleva a cabo con determinación un generoso gesto: toma lo más valioso que posee, un caro perfume de nardo puro, y lo vierte en los pies de Jesús. Rompe el frasco: todo es para su Dios. Algunos de los presentes, irritados, comentan la inutilidad de ese gesto. Sabemos que Judas Iscariote se suma también a ese murmullo crítico, pero no porque le importara otro posible destino de esos bienes, sino porque esa actitud tal vez contrasta con su vida. María, sin embargo, calla. Poco le importan las críticas y comentarios ante su actuación: basta con que Jesús esté contento. Y por eso el Señor sale en su defensa.


«María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca solo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón»[1]. Judas se unió a aquellos comentarios porque tal vez calculaba en donde no se debe calcular: en nuestra entrega a Dios. María, por su parte, había comprendido que su corazón solo se vería colmado plenamente si entregaba todo, aunque fuera poco, a Jesús. «Tan solo una libra de nardo fue capaz de impregnarlo todo y dejar una huella inconfundible»[2].


QUIEN ENTREGA todo a Dios se convierte en don también para el prójimo. Por el contrario, quien realiza muchos cálculos de frente a la llamada de Cristo, acaba regateando también a los demás. Cuando decimos que sí al Señor, llevamos a los demás «el buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15) y ellos pueden sentirse queridos con un amor de predilección. Como sucedió en Betania, podríamos decir que «la casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3). Por eso, nuestra vida, empujada y guiada por la fuerza de Dios, puede llenar de fragancia el mundo. A estos tres hermanos de Betania, cuya memoria celebramos cada 29 de julio, les pedimos que sepamos llenar nuestra vida y la de nuestras familias y amigos con la fragancia de su casa.


Hoy en Betania se anuncia también la muerte de Cristo. ¡Saldrá de allí tanta vida –clara, hermosa, fuerte– para todos! El Señor nos invita a permanecer con él. El evangelio nos dice que «los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro» (Jn 12,10). Jesús nos pide que le acompañemos como se lo pidió a Lázaro, porque «si nuestra voluntad no está dispuesta a morir según la Pasión de Cristo, tampoco la vida de Cristo será vida en nosotros»[3]. Pero no debemos esperar ocasiones extraordinarias para manifestar a Jesucristo nuestro amor: cada uno de nuestros días es una oportunidad nueva para servirle, para ofrecerle nuestra vida y emplearla generosamente en su servicio, para seguirle con fidelidad a lo largo de su camino por la tierra.


Lo que tengamos entre manos serán casi siempre cosas pequeñas, cosas de niño, que haremos llegar –para engrandecerlas– de manos de nuestra madre, santa María. «A veces nos sentimos inclinados a hacer pequeñas niñadas. –Son pequeñas obras de maravilla delante de Dios, y, mientras no se introduzca la rutina, serán desde luego esas obras fecundas, como fecundo es siempre el amor»[4]. Dentro de unos días, el olor de aquellas cosas pequeñas habrá desaparecido, pero el gesto de nuestra madre perdurará. Ha quedado grabado a fuego en el corazón de Cristo y ese olor a cariño y a delicadeza le acompañará toda la eternidad.


«¡QUÉ ALEGRÍA al contemplar a Jesús en Betania! ¡Amigo de Lázaro, Marta y María! Allí va a reparar sus fuerzas cuando se ha cansado. Allí tenía Jesús su hogar. Allí hay almas que le aprecian. Hay almas que se acercan al Sagrario y, para ellas, aquello es Betania. ¡Ojalá lo sea para ti! Betania es confidencia, calor de hogar, intimidad. Amigos predilectos de Jesús»[5]. Queremos que el sagrario más cercano a nosotros sea un lugar en el que Jesús esté tan a gusto como en Betania. Nos ilusiona que esté lleno de la fragancia de nuestra lucha, tantas veces con más deseos que resultados.


Marta aparece muy discretamente en la escena de este lunes santo. Ella prepara la cena en la que María derramará el perfume en los pies de Jesús. Cuida con cariño de hermana y de madre a sus invitados. También la casa estaría llena del aroma de aquella cena preparada con mucha ilusión; quizá preparó aquello que agradaba especialmente a su Amigo. En estos momentos cercanos a su muerte, para Jesús cualquier detalle es un consuelo. Nuestro trabajo, nuestra sonrisa, nuestra caridad con los que tenemos cerca, son los detalles que él agradece, aquellos que hacen su yugo un poco más suave y su carga más ligera.


Como una prueba más de la infinita caridad de Dios, el Señor se ha quedado realmente en el sagrario para estar cerca de nosotros. Si el amor y la fe impulsaron a María a mostrar tal delicadeza para el Señor ungiendo sus pies en Betania, también el amor y la fe pueden movernos a nosotros a tener mayor devoción a la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. No piensa María que hace una cosa extraordinaria al gastar ese perfume tan valioso para ungir al Señor; actúa con la espontaneidad del amor. Solo Cristo sabe que, dentro de unos días, lavará los pies a sus apóstoles y María se le ha adelantado con aquel gesto. Su intuición femenina ha cautivado al maestro, que aprecia cualquier detalle, por mínimo que sea. Quizá la Virgen María fue testigo de este momento entrañable. Qué consuelo sería para ella, en medio de lo que se avecinaba, saber que Jesús se sentía querido en su hogar.



13 de abril de 2025

DOMINGO DE RAMOS

 



Evangelio (Lc 19,28-40)


Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén.


Y cuando se acercó a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos discípulos, diciendo:


—Id a la aldea que está enfrente; al entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo desatáis, le responderéis esto: «Porque el Señor lo necesita».


Los enviados fueron y lo encontraron tal como les había dicho. Al desatar el borrico sus amos les dijeron:


—¿Por qué desatáis el borrico?


—Porque el Señor lo necesita —contestaron ellos.


Se lo llevaron a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borrico hicieron montar a Jesús. Según él avanzaba extendían sus mantos por el camino. Al acercarse, ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llena de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto, diciendo:


¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!


¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!


Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron:


—Maestro, reprende a tus discípulos.


Él les respondió:


—Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



ENTRA EL SEÑOR en Jerusalén. Quien siempre se había opuesto a toda manifestación pública de alabanza, quien se había escondido cuando el pueblo quiso hacerle rey, se deja hoy llevar en triunfo. Solo ahora, cuando sabe que la muerte está cerca, acepta ser aclamado como el Mesías. Jesús sabe que, en realidad, reinará desde la cruz, ya que el mismo pueblo que ahora le aclama jubiloso dentro de poco le abandonará y le conducirá al Calvario. Las palmas se tornarán azotes; los ramos de olivo, en espinas; los vítores, en burlas despiadadas.


La liturgia, con la ceremonia de la bendición de las palmas y con los textos de la Misa –entre ellos, el relato de la pasión de nuestro Señor–, nos muestra lo unidos que están en la vida de Jesucristo la alegría y el sufrimiento, el gozo y el dolor. San Bernardo nos habla de cómo se unen en este día las risas con las lágrimas: la Iglesia nos «presenta hoy unidas, de modo nuevo y maravilloso, la pasión y la procesión; siendo así que la procesión lleva consigo el aplauso; la pasión, el llanto»[1].


Jesús entra en Jerusalén y sus habitantes tienden sus vestidos por el camino. «“Las hojas de palma –escribe San Agustín– son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte”. Cristo es nuestra paz porque ha vencido»[2]. La lectura de los momentos de la Pasión ha hecho desfilar por delante de nosotros a muchos personajes. Entonces, pocos sospechaban la victoria que Cristo traía. Podemos preguntarnos a lo largo de esta semana en la que reviviremos estos acontecimientos: «¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco?»[3]. ¿Con qué fe contemplo los sucesos capitales en los que estos días la Iglesia nos invita a ahondar?


HAY TAMBIÉN en la procesión triunfal otro fuerte contraste: en medio del entusiasmo superficial y ruidoso, brilla la silenciosa figura de un burro que, fiel y obediente, lleva al Señor. «Un borrico fue el trono de Jesús en Jerusalén. Mira –nos hacía considerar san Josemaría– si es bonito servir de trono al Señor»[4]. El pobre animal, con el trote más gallardo que sabe, va pisando sedas y púrpuras, lino y lienzos finísimos; los han puesto los hombres para honrar el paso del Señor. Pero mientras los demás ofrecen objetos, el borrico se da a sí mismo: sobre sus ásperos lomos lleva el peso suave de Jesús. A su lado los hombres corren, agitando por doquier ramos de olivo verde, palmas y laurel. Pero nadie, ni los mismos apóstoles, están tan cerca del Señor como él.


«Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos –comentaba también el fundador del Opus Dei–. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico. ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra, tú me llevas por el ronzal (...). Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[5].


Nos gustaría tener, en esta Semana Santa que comienza, el oído muy atento a la voz de Dios. No solo el oído, sino todos los sentidos. No queremos perdernos ningún gesto, ninguna palabra, ningún sentimiento de Jesús en aquellas jornadas que llenan de sentido nuestra vida.


«¿QUÉ LATE REALMENTE en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: “¡Crucifícalo!”. Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros»[6].


La experiencia de quienes recibieron aquel día a Jesús con las palmas puede servirnos para pensar cuál es nuestra idea de Jesús, cuál es nuestra idea de su reinado; qué pensamos sobre su poder y su gracia. Puede suceder, por ejemplo, que a veces nos desilusione cómo se realiza la redención, su ritmo aparentemente lento. A veces quisiéramos que Dios triunfara inmediatamente, confundiendo nuestros planes con los suyos. Nos resistimos a aceptar que Dios está decidido a no comprometer nuestra libertad o la de quienes nos rodean. Su amor es tan delicado que no se impone. No aprovecha, por ejemplo, la aclamación de este Domingo de Ramos ni lo usa para su beneficio.


Por el contrario, «el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen (...). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios »[7]. Se trata del espacio de la acción silenciosa y a la vez poderosa de Dios, que hace nuevas todas las cosas a través del amor del Hijo al Padre. Derrama y ofrece ese amor llegando incluso «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). De este modo reina el Señor. Y en este camino podemos contemplar la imagen de la primera y más fiel seguidora de Jesús, su madre. «No la veréis entre las palmas de Jerusalén (...). Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, iuxta crucem Jesu, junto a la cruz de Jesús»[8]. Y nosotros, por una gracia inmerecida, junto a ella.




12 de abril de 2025

Con Jesús siempre nace y renace la alegría

 


Evangelio (Jn 11, 45-57)


Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín:


—¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? —decían—. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. Uno de ellos, Caifás, que aquel año era sumo sacerdote, les dijo:


—Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación —pero esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos.


Así, desde aquel día decidieron darle muerte. Entonces Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraím, donde se quedó con sus discípulos.


Pronto iba a ser la Pascua de los judíos, y muchos subieron de aquella región a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse. Los que estaban en el Templo buscaban a Jesús, y se decían unos a otros:


—¿Qué os parece: no vendrá a la fiesta?


Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender.


PARA TU RATO DE ORACION 



DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO, los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación» (Jn 11,47-48). Entonces Caifás, que era el sumo sacerdote, tomó la palabra: «Conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,50). A partir de ese momento, el evangelista señala que las autoridades judías «habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender» (Jn 11,57).


Muchas de esas autoridades llevaban ya bastante tiempo con la idea de acabar con Jesús, pero hasta ese momento no habían tomado una resolución firme. La resurrección de Lázaro les hizo tomar la decisión definitiva. Por eso, Caifás concluye que conviene que Jesús muera. Los allí presentes se convencen de haber adoptado una resolución justa, pues así evitarían que temblara la frágil paz pactada con las autoridades romanas y que las represalias acaben con el pueblo judío, aunque esta no era la verdadera razón por la que perseguían a Cristo.


Este modo de proceder refleja, de alguna manera, el proceso de toda tentación. «Generalmente actúa así: comienza con poco, con un deseo, una idea, crece, contagia a otros y, al final, se justifica»1. Y el corazón, sugestionado por la pasión, muchas veces se convence de la justicia torcida de este pensamiento. Pero el día a día del cristiano está marcado también por las inspiraciones del Espíritu Santo; Dios nos presenta numerosas ocasiones para enderezar nuestros impulsos hacia «los bienes eternos prometidos»2. Podemos pedirle al Paráclito que nos ayude a ser dóciles a sus consejos, a acoger las llamadas que nos dirige, y que nos conceda la sabiduría para no engañarnos con alguna tentación pasajera.


NO TODOS reaccionaron de igual manera al presenciar la resurrección de Lázaro. «Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él» (Jn 11,45). Aquellos que quedaron maravillados al contemplar el milagro salieron a recibir al Señor en su entrada triunfal en Jerusalén: «La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro (...) daba testimonio. Por eso las muchedumbres le salieron al encuentro, porque oyeron que Jesús había hecho este signo» (Jn 12,17-18).


En otros momentos, Jesús había impulsado a sus discípulos a anunciar la salvación: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Sin embargo, en este caso no hay palabras explícitas: lo que realiza esta gente es la consecuencia natural de haber conocido al Señor. Se sienten portadores de un tesoro, y quieren compartirlo con todos sus hermanos. Es la misma reacción de Andrés cuando encuentra a Pedro: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»3.


«El apostolado –decía san Josemaría– (...) es una sobreabundancia de la vida interior»4. Los apóstoles atraían porque comunicaban la experiencia que habían tenido de Jesucristo: lo habían visto, tocado y oído, por lo que era natural contagiar la alegría de haberse encontrado con él. No era una tarea impuesta desde fuera, sino el impulso espontáneo de quien ha llenado su corazón con el Evangelio.


MUCHOS de los que, al ver aquel milagro, creyeron en Jesús, y que después le recibirían con vítores en Jerusalén, quizá se sintieron defraudados al presenciar su condena a muerte. Los días de júbilo parecerían ya tan lejanos. Algunos tal vez presenciaron su paso con la cruz. Y, a la hora de su muerte, solamente le acompañaron su Madre, Juan y unas pocas mujeres.


No sabemos con certeza por qué toda esta gente abandonó a Jesús. Es probable que fuera el miedo a ser identificado con él, un condenado a muerte, o bien el pensamiento de que quizá aquel hombre no era el Mesías esperado. Cristo no se había convertido en el motivo principal de su vida, y eso puede que les llevara a ocultar su admiración por el Maestro. «Es el momento para decirle a Jesucristo: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”»5.


Seguir a Cristo implica dejar la comodidad de la orilla para apasionarse en la misión de ser su testigo. El Espíritu Santo, con sus dones, nos ayuda a recorrer este camino, que incluye tanto los vítores de Jerusalén como el dolor del Calvario. La Virgen arriesgó toda su vida con aquel «sí» al ángel. Y aunque esto le acarreó muchos momentos de dolor hasta ver a su hijo morir, la seguridad de que Dios siempre triunfa le dio el mayor de los consuelos. «Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!»6.



11 de abril de 2025

PEDIR CON HUMILDAD



 Evangelio (Jn 10, 31- 42)


Los judíos recogieron otra vez piedras para lapidarle.


Jesús les replicó: Os he mostrado muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas queréis lapidarme?


No queremos lapidarte por ninguna obra buena, sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios -le respondieron los judíos.


Jesús les contestó: ¿No está escrito en vuestra Ley: 'Yo dije: 'Sois dioses''?


Si llamó dioses a quienes se dirigió la palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar, ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo, decís vosotros que blasfema porque dije que soy Hijo de Dios?


Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.


Intentaban entonces prenderlo otra vez, pero se escapó de sus manos.


Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba al principio, y allí se quedó.


Y muchos acudieron a él y decían: -Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que Juan dijo de él era verdad.


Y muchos allí creyeron en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA IGLESIA tradicionalmente recuerda en este viernes, anterior al Viernes Santo, los dolores de la Virgen a lo largo de su vida. Cuando el niño Jesús fue presentado en el templo, el anciano Simeón le dirigió estas palabras: «A tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,35). El Evangelio recoge varios momentos de dolor en la vida de la Virgen: esta profecía del anciano, la huida a Egipto para salvar la vida de su hijo, los tres días de angustia cuando el niño se quedó en Jerusalén… Pero, por encima de todo, se encuentran los instantes que rodearon la muerte de Jesús: el encuentro con él camino al Calvario, la crucifixión, su descendimiento de la cruz y su entierro.


Contemplar a la Virgen en cada una de estas situaciones nos recuerda que el dolor es un compañero inseparable en la vida. Ni siquiera a la Madre de Dios, la criatura más perfecta que ha salido de sus manos, se le ha ahorrado esta realidad. Ella misma fue la primera en darse cuenta de que la profecía de Simeón era verdadera: «Este ha sido puesto (...) para signo de contradicción» (Lc 2,34). El mismo Jesús diría más tarde a sus discípulos que no había venido a traer paz, sino una espada (cfr. Mt 10,34). Por eso, acoger a Cristo en nuestra vida «significa aceptar que él desvele mis contradicciones, mis ídolos, las sugestiones del mal»1: que nos descubra todos aquellos dolores que nos procuramos también con nuestros propios pecados.


María es maestra del sacrificio oculto y silencioso. Con su presencia discreta, identificándose con la voluntad de Dios, ofreció el mayor consuelo a Jesús en la cruz: «¿Qué podía hacer ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso –como una espada afilada– que traspasaba su Corazón puro»2. No encontraremos en esta tierra una explicación absoluta al mal y al sufrimiento; pero en Cristo hecho hombre, que ha padecido todos los sufrimientos, se nos abre al menos un sentido, una compañía y un consuelo.


CONTEMPLAMOS en el Evangelio de hoy, a pocos días del Viernes Santo, cómo algunos judíos comenzaron a dirigirse al Señor con mayor agresividad. Muchos intentaban apedrearlo porque, siendo hombre, se hacía pasar por Dios. Pero Jesús ansía que esos corazones se abran al misterio de su Persona, así que centra la atención de sus interlocutores en los innegables prodigios que había realizado: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?» (Jn 10,32). Aquellos sabios de Israel se encuentran ante una encrucijada innegable. Pero, en lugar de abrirse al misterio con asombro, deciden apedrear a Jesús, ya sea porque lo que tienen de frente supera sus horizontes, o porque no les mueve un sincero interés por la verdad.


«Solo la humildad nos abre a la experiencia de la verdad, de la alegría auténtica, del conocimiento que cuenta. Sin humildad estamos aislados de la comprensión de Dios, de la comprensión de nosotros mismos»3. Del mismo modo que un niño no siempre entiende el modo de obrar de su padre, muchas veces la acción divina se nos presenta como misteriosa. Reconocer la grandeza de Dios implica también asumir nuestra pequeñez, sabiendo que él supera nuestros esquemas humanos. El Espíritu Santo siempre quiere obrar prodigios en nuestra historia, pero tenemos que estar dispuestos a escuchar con humildad su soplo siempre nuevo.


La Virgen, en su canto del Magníficat, glorifica el poder del Señor, que «derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52). Dios se fijó en su humildad para que, de ahora en adelante, todas las generaciones la llamen bienaventurada. «Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: esta es nuestra grandeza»4.


A MEDIDA que se acerca su pasión, Jesús habla cada vez más abiertamente de su condición de Hijo de Dios: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10, 37-38).


Los milagros que recogen los Evangelios nos dicen mucho sobre quién es Jesús de Nazaret. San Juan suele llamar «signos» a los milagros, porque la finalidad primordial de esas acciones no es acabar con la enfermedad o con el sufrimiento en esta tierra, sino mostrar la personalidad divina de Cristo y su condición de Mesías. Los treinta y cinco milagros de Jesús invitan a penetrar en el misterio de su Persona. En algunos de ellos muestra su poder sobre la naturaleza, como cuando multiplica los panes y los peces, o cuando invita a Pedro a caminar sobre las aguas. De este modo manifestó el espíritu del mismo Dios Creador, que «se cernía sobre la faz de las aguas» (Gn 1,2) en el relato de la creación. Los milagros que tienen que ver con la resurrección de los muertos muestran, por otra parte, su poder sobre la vida.


Dentro de unos días, en el Triduo Pascual, Jesús entregará su propia vida como nadie puede hacerlo, porque solo él tiene poder sobre ella. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo» (Jn 10,18). Jesús es el mismo hoy y hace dos mil años, en aquellas tierras de Palestina; sigue llenando nuestra vida de gestos que revelan la cercanía de Dios. A la Virgen le podemos pedir que, con humildad, seamos capaces de reconocer los signos de su Hijo.


10 de abril de 2025

DIOS ES FIEL

 



Evangelio (Jn 8, 51-59)


En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte.


Los judíos le dijeron: -Ahora sabemos que estás endemoniado. Abrahán murió y también los profetas, y tú dices: 'Si alguno guarda mi palabra, jamás experimentará la muerte'.


¿Es que tú eres más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes tú?


Jesús respondió: -Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale. Mi Padre es el que me glorifica, el que decís que es vuestro Dios, y no le conocéis; yo, sin embargo, le conozco. Y si dijera que no le conozco mentiría como vosotros, pero le conozco y guardo su palabra.


Abrahán, vuestro padre, se llenó de alegría porque iba a ver mi día; lo vio y se alegró.


Los judíos le dijeron: -¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán?


Jesús les dijo: -En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán naciese, yo soy.


Entonces recogieron piedras para tirárselas; pero Jesús se escondió y salió del Templo.



PARA TU RATO DE ORACION 



«Esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos» (Gn 17,3-9), dice Dios a Abraham al establecer su Alianza. El Señor le promete un pueblo numeroso y una tierra para compartir la alegría de estar con él. Dios se compromete a ser fiel a ese pueblo de la promesa: «Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros» (Gn 17,7).


Estas promesas, sin embargo, atravesaron por momentos de aparente oscuridad. Incluso hay ocasiones en las que parece que van a ser olvidadas, como cuando el Señor pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Desde un punto de vista solamente humano, no se entiende una petición así. Pero el patriarca sabe que Dios es fiel, y razona desde la fe. Sabe que sus planes no siempre se pueden comprender totalmente, aquí y ahora. Por eso, confía en Yahvé, que sabe más, y espera «contra toda esperanza» (Rm 4,18). En el último momento, un cordero sustituirá a Isaac en el sacrificio para que el hijo de Abraham siga con vida y, en él, se pueda cumplir la promesa de una descendencia numerosa.


Este recuerdo del patriarca nos ayuda a preparar la celebración del Triduo Pascual. Próximamente recordaremos cómo este misterioso episodio cobró su sentido pleno en la cruz. Así como Isaac fue sustituido por un cordero en el último momento, el sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, librará de la muerte a todo el que crea en él: nos abrirá las puertas de la patria definitiva junto a un pueblo numerosísimo.


JESÚS REVELA en el Evangelio que el alcance de las promesas hechas a Abraham se refieren, en realidad, a una vida que va más allá de la muerte. «En verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre» (Jn 8,51). A algunos judíos se les dificultó abrirse a este sentido trascendente de las promesas, y acusan a Jesús: «Ahora vemos que estás endemoniado. (…) Abrahán murió, los profetas también. (…) ¿Por quién te tienes?» (Jn 8,52-53). Pero esa rabia contra Jesús, que lo llevará a la cruz como cordero inmolado, estará precisamente dando un cumplimiento insospechado a lo prometido. Esto ha ocurrido con frecuencia a lo largo de la historia de la salvación: cuando el horizonte parece cerrarse a los planes de Dios, el hilo de las promesas atraviesa cada etapa de la historia, sin romperse.


«Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría (Jn 8,56)», les responde Jesús. La seguridad en las promesas del Señor es el motivo más firme de paz y de alegría para el que espera. No hay nada que nos pueda arrebatar esa seguridad, fundamentada en la fidelidad de Dios. Pase lo que pase, él nos ha prometido que será siempre nuestro Dios.


La esperanza es «esa virtud que corre bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para no ahogarnos en medio de numerosas dificultades, para no perder ese deseo de encontrar a Dios, de encontrar ese rostro maravilloso que todos un día veremos»1. A partir de Cristo, el hilo de las promesas hechas a Abraham continúa en la Iglesia, que se abre paso a lo largo de la historia como un hilo de esperanza. También en los momentos más oscuros, cuando parece que ese hilo se va a romper, aparecen hombres y mujeres de fe que, como Abraham, saben que Dios es fiel. Ellos también, esperando contra toda esperanza, se saben portadores de las promesas de Dios. «He visto, en muchas vidas –decía san Josemaría–, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra»2.


ESTE HILO DE ESPERANZA es el tema de una meditación predicada por san Josemaría el 26 de julio de 19373. Se encontraba encerrado en la Legación de Honduras, en Madrid. El Opus Dei llevaba muy pocos años y su actividad se había visto frenada en seco por la guerra civil española. Las vidas de los primeros fieles de la Obra corrían peligro, quizás podían verse tentados por el pesimismo, así que san Josemaría quiso elevar la mirada de ese grupo de jóvenes, recordándoles cómo Dios se mantiene fiel siempre, suscitando en cada época hombres y mujeres santos que renuevan la esperanza.


En esa meditación, comienza recordando a los primeros cristianos. Nada les distinguía de sus iguales, salvo «la luz vibrante que arde dentro de su pecho». A través de ellos, «la voz de Cristo suena cada vez más fuertemente». Y cuando, a la vuelta de los siglos, ese fervor de los primeros cristianos parecía que se había atenuado, Dios suscitó a san Francisco y a santo Domingo, y apareció una nueva vitalidad espiritual que hizo revivir al mundo. En el siglo XVI surgieron san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, cuya obra de evangelización llegaría hasta los confines de la tierra. Y también una mujer, Teresa de Ahumada, suscitará en la Iglesia, auténticos «generadores de vida espiritual intensa» con la fundación de sus conventos.


San Josemaría puso delante de esos jóvenes de principios del siglo XX algunos hitos históricos para concluir que el Señor sigue siendo fiel a sus promesas. «Dios no se ha cortado las manos. Non est abbreviata manus Domini; no se ha empequeñecido el poder de Dios, que continúa concediendo nuevas maravillas en favor de los hombres». Nosotros estamos también invitados a ser portadores de ese hilo de esperanza que vivifica cada época de la historia. La Virgen, esperanza nuestra, nos ayudará a llevar la alegría de Cristo a todos los hombres

9 de abril de 2025

La santa Misa es adoración

 



Evangelio (Jn 8, 31-42)


Decía Jesús a los judíos que habían creído en él: -Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.


Le respondieron:


—Somos linaje de Abrahán y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo es que tú dices: «Os haréis libres»?


Jesús les respondió:


—En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado.


El esclavo no se queda en casa para siempre; mientras que el hijo se queda para siempre; por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres.


Yo sé que sois linaje de Abrahán y, sin embargo, intentáis matarme porque mi palabra no tiene cabida en vosotros. Yo hablo lo que vi en mi Padre, y vosotros hacéis lo que oísteis a vuestro padre.


Le respondieron:


—Nuestro padre es Abrahán.


—Si fueseis hijos de Abrahán -les dijo Jesús- haríais las obras de Abrahán. Pero ahora queréis matarme, a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios; Abrahán no hizo esto. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.


Le respondieron:


—Nosotros no hemos nacido de fornicación, tenemos un solo padre, que es Dios.


Si Dios fuese vuestro padre, me amaríais -les dijo Jesús-; pues yo he salido de Dios y he venido aquí. Yo no he salido de mí mismo sino que Él me ha enviado.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL REY NABUCODONOSOR había hecho construir una estatua de oro de veintisiete metros de altura. Todos sus súbditos se reunieron en torno a ella y comenzaron a adorarla, pues quien no lo hiciera sería inmediatamente arrojado al horno encendido. Sin embargo, Sidrac, Misac y Abdénago se negaron a cumplir el decreto real. Cuando esto llegó a oídos de Nabucodonosor, los mandó traer a su presencia y, lleno de cólera, les recordó el castigo que les esperaría: «Si no la adoráis, seréis inmediatamente arrojados al horno encendido, y ¿qué dios será el que os libre de mis manos?» (Dn, 3,15). Los tres contestaron al unísono, llenos de confianza: «Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido» (Dn, 3,17-18).


Como los primeros mártires, también Sidrac, Misac y Abdénago estuvieron dispuestos a derramar su sangre para dar testimonio de la verdadera adoración. De algún modo nos recuerdan que todo lo que hacemos en nuestro día está llamado a dar gloria a Dios. Esta es la realidad más crucial de nuestra vida: desarrollar un corazón contemplativo que dirige al Señor todo lo que hace. «Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer –pero no simplemente de palabra– que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida»1. A eso precisamente nos invita la Iglesia en estos días de Cuaresma, cercanos al Triduo Pascual: a recorrer el camino de la conversión, a volver a orientar nuestra existencia de modo que el amor a Dios y al prójimo sea lo más importante de nuestros días.


LA REACCIÓN DE NABUCODONOSOR no se hizo esperar. Ordenó encender el horno siete veces más fuerte de lo normal e introdujo en él a Sidrac, Misac y Abdénago. Sin embargo, no logró dañar a ninguno de los jóvenes, pues un ángel del Señor había descendido con ellos. «Entonces los tres, como una sola boca, empezaron a alabar, glorificar y bendecir a Dios (...): Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y ensalzado por los siglos» (Dn 3,51-52).


El camino de la adoración comienza con el deseo, con el impulso interior que nos lleva a ir más allá de lo inmediato y visible, para acoger la vida que Dios nos ofrece. Esto es lo que vivieron los tres jóvenes. Renunciaron a una existencia tal vez más tranquila, si hacían caso al rey, y desearon por encima de todo dar gloria a Dios. Y aunque el destino seguro parecía ser la muerte en el horno, el Señor les ofreció una salvación que ninguno de los presentes podía imaginar, a excepción quizá de los propios jóvenes.


«El deseo lleva a la adoración y la adoración renueva el deseo. Porque el deseo de Dios solo crece estando frente a él. Porque solo Jesús sana los deseos. ¿De qué? Los sana de la dictadura de las necesidades»2. Cuando damos gloria a Dios estamos purificando los deseos de nuestro corazón, de modo que no se queden en lo inmediato sino que se abran al amor a Dios y a nuestros hermanos. Entonces no nos conformaremos con una vida tranquila, aferrada a nuestras seguridades, sino que caminaremos abiertos a las sorpresas de Dios.


CADA DÍA tenemos la posibilidad de participar en el mayor acto de adoración: la santa Misa. Cada vez que se renueva la muerte y la Resurrección del Señor en el sacrificio del altar, Jesús se entrega por nosotros. Así como su amor por hacer la voluntad del Padre se manifestó en su entrega en la cruz, si nosotros ponemos todo nuestro corazón en la celebración de la Misa le decimos a Dios: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). En la íntima unión con su sacrificio todos los detalles de nuestra jornada adquieren un valor divino, que nos lleva a buscar trabajar de la mejor manera posible, por amor a Dios.


«En la santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: adorarás al Señor, Dios tuyo, y a él solo servirás (Dt 6,13; Mt 4, 10). No adoración fría, exterior, de siervo: sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo»3. La adoración en el sacrificio eucarístico va más allá de no querer distraerse durante la celebración; se trata más bien de procurar poner todas las potencias de nuestra alma en sintonía con el corazón de Cristo. Como se nos anima en los prefacios de la santa Misa, queremos darle voz a la creación entera para que pueda entonar «Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo»4.


Vivir profundamente la santa Misa nos lleva a prepararnos a la celebración del misterio pascual de Cristo. En ella precisamente nos introducimos en su obra de salvación. En esta renovación incruenta de su sacrificio encontramos también a la Virgen, sosteniendo a su Hijo con su presencia. A ella le podemos pedir que nos ayude a vivir cada celebración Eucarística con el deseo de acompañar a Jesús en su camino a la cruz.

8 de abril de 2025

Cuando soy débil, entonces soy fuerte

 



Evangelio (Jn 8, 21-30)


En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:


—Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy vosotros no podéis venir.


Los judíos decían:


—¿Es que se va a matar y por eso dice: «Adonde yo voy vosotros no podéis venir»?


Y les decía:


—Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.


Entonces le decían:


—¿Tú quién eres?


Jesús les respondió:


—Ante todo, lo que os estoy diciendo. Tengo muchas cosas que hablar y juzgar de vosotros, pero el que me ha enviado es veraz, y yo, lo que le he oído, eso hablo al mundo.


Ellos no entendieron que les hablaba del Padre.


Les dijo por eso Jesús:


—Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó así hablo.


Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.


Al decir estas cosas, muchos creyeron en él.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS DE atravesar el mar Rojo, el pueblo judío debió de sentir una profunda liberación. El estremecimiento de las aguas al caer sobre sus perseguidores habrá ido acompañado de una sensación liberadora: después de tantos años de esclavitud, su Dios los había salvado. Pero el tiempo comenzó a transcurrir más lento de lo que pensaban. La tierra prometida se veía cada vez más lejana, y algunos incluso recordaron con nostalgia su vida como esclavos. «El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?» (Nm 21,5). La alegría de la salvación había dado paso a la insatisfacción y al rencor.


También Jesús pasó por la prueba del desierto. Precisamente los cuarenta días de la Cuaresma nos invitan a acompañar al Señor en medio de su aparente abandono. En el momento de la debilidad, Cristo no sucumbió a las tentaciones, sino que puso su confianza en su Padre Dios. Jesús nos enseñó no solo con sus palabras, sino sobre todo con su propia vida, que muchas veces necesitamos atravesar el desierto para conseguir la plena libertad. Es verdad que la vida cristiana nos promete la salvación del pecado y, por lo tanto, la alegría. Pero el camino que nos conduce hacia ella pasa por redescubrir lo que verdaderamente importa en nuestra vida y desprendernos de lo que nos ata.


«El desierto es el lugar de lo esencial. Miremos nuestras vidas: ¡cuántas cosas inútiles nos rodean! Perseguimos mil cosas que parecen necesarias y en realidad no lo son. ¡Qué bien nos haría liberarnos de tantas realidades superfluas, para redescubrir lo que de verdad importa, para encontrar los rostros de quienes están a nuestro lado!»1. Ahora que se acerca la Semana Santa, podemos reavivar nuestros deseos por vivir pegados a Jesús, liberados de todo lo que no nos lleva hacia él: «¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima..., desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria..., generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto»2.


«EL SEÑOR envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel» (Nm 21,6), relata la Sagrada Escritura. El pueblo elegido había rechazado la protección de Dios. Cansados de no llegar nunca a la meta, habían desviado su corazón hacia aquellos bienes que añoraban de su vida en Egipto, aunque fueran de escaso valor o tuvieran las huellas de su esclavitud.


En ocasiones, también nosotros, como el pueblo de Israel, podemos sentir la aparente lejanía de Dios y el atractivo de unos bienes que habíamos dejado atrás. Pero al contemplar la pobreza de Cristo en la cruz –«nada ha quedado al Señor, sino un madero»3–, intuimos que la felicidad no se encuentra en las cosas materiales. Nos damos cuenta de lo efímeras que son estas realidades, que no llegan a tocar el fondo del alma. «Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador –dice san Josemaría–. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento»4.


«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). Con estas palabras, el Señor ofrece la felicidad, en la tierra y en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios. El pobre de corazón posee las cosas sin ser poseído por ellas. La pobreza de espíritu nos permite disfrutar verdaderamente de la realidad, pues nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios. En definitiva, con todo aquello que sacia nuestros deseos más profundos.


AQUELLAS mordeduras de las serpientes no fueron la última respuesta del Señor. El pueblo se arrepintió y acudió a Moisés quien, fiel a su vocación de mediador, intercedió por su gente. Entonces Dios, movido por su misericordia, les regaló una peculiar medicina: quienes, después de haber sido mordidos, mirasen hacia una serpiente de bronce, no morirían. Así, aquello que era la causa de la muerte, se transformó al mismo tiempo en el símbolo de la salvación. Por eso, la serpiente es una imagen que anticipa la cruz de Cristo: esta contiene todos los pecados del mundo y, al mismo tiempo, a quien los ha vencido para siempre con su muerte.


«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre –dice Jesús en el evangelio de san Juan–, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,27). Si no conociéramos el final de la historia, pensaríamos que el levantamiento del que habla el Señor se refiere a una futura gloria temporal. No es fácil comprender que su verdadera exaltación se realizó en la cruz, y que la sujeción de los clavos es su forma de vivir la libertad. Por eso, mirando y asumiendo la debilidad de Cristo, adquirimos la fuerza de Dios. También nosotros podemos hacer nuestras esas palabras paradójicas de san Pablo: «Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,9-10).


A los pies de la cruz encontramos a la Virgen. Podemos pedirle que sepamos dirigir siempre nuestra mirada a la cruz, para que Cristo ahuyente las serpientes que puedan rondar en nuestra vida.