"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de abril de 2025

MARTES DE PASCUA

 Evangelio (Jn 20,11-18)


En aquel tiempo: María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:


—Mujer, ¿por qué lloras?


—Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto — les respondió.


Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús:


—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?


Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:


—Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Jesús le dijo:


—¡María!


Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: — ¡ Rabbuni ! — que quiere decir: «Maestro».


Jesús le dijo:


—Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».


Fue María Magdalena y anunció a los discípulos:


—¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.



PARA TU RATO DE ORACION 



LA CIUDAD de Magdala estaba situada a orillas del lago de Genesaret. En ella pasó Jesús gratos momentos e hizo muchos milagros. De allí era María, una de las mujeres que seguían al Señor y que había sido liberada de siete demonios. Su fidelidad la empujó hasta el Calvario, en donde estuvo pegada a María, el viernes de la pasión. El domingo siguiente se levantó muy pronto, antes del amanecer, salió de la ciudad y se dirigió al sepulcro en el que habían dejado el cuerpo de Jesús. Su amor venció al miedo, ya que tenía la fuerza de quien ama y desea amar siempre más.


Nos la podemos imaginar caminando a paso ligero, con cierta inquietud para no ser descubierta en la puerta de la ciudad, llevando una bolsa con hierbas aromáticas y vendas para terminar de embalsamar al Señor. Va allí para ungir su cuerpo inerte. El camino pasa por delante del monte Calvario, lo que le hace revivir el dolor del viernes. Pero al llegar al sepulcro descubre, con sorpresa, que no hay soldados custodiando el lugar. Además, la piedra que tapaba la entrada se encuentra desplazada, a unos metros de distancia. Ve, entonces, ya entre lágrimas, que la tumba está vacía. «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,13), le preguntan unos desconocidos –los ángeles– al verla desconsolada. Es conmovedora la respuesta de la Magdalena: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».


Le faltaba Jesús. No soporta perderle de vista. Las lágrimas de María son un ejemplo de valor y de ternura. Quien más quería en el mundo había muerto cruelmente y ahora su cadáver había desaparecido. No le quedaba ni siquiera el consuelo de ungir su cuerpo. Durante el sábado, su pensamiento había volado una y otra vez hasta el sepulcro. ¡Cuántos deseos de mostrarle su cariño con las primeras luces del domingo! Las lágrimas de la Magdalena nos enseñan que el verdadero temor de Dios es el miedo a perderle, a no darnos cuenta de su cercanía, a dejar pasar sus requerimientos y sus gracias. Como señaló muchas veces san Josemaría, «sin Jesús no estamos bien»[1]. Él lo es todo.


«¡EL SEPULCRO vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa –meditaba, en una ocasión, san Josemaría–. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste»[2].


«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» (Jn 20,15), le preguntó también el mismo Cristo cuando la encontró poco después. En un primer momento, María lo confunde con el encargado del huerto en el que se encontraba el sepulcro. Entre la confusión y las lágrimas no era fácil prestar la suficiente atención a lo demás. Por eso contesta: «Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». En realidad, María Magdalena probablemente no hubiera podido cargar un cuerpo tan pesado, pero una vez más las dificultades no son un freno para su amor. «¡Pobre Magdalena! ¡Agotada por la fatiga del Viernes Santo, rendida por la angustia del Sábado Santo, con las fuerzas debilitadas al extremo, y todavía pensaba en “llevárselo”!»[3].


Solo cuando Jesús pronuncia su nombre –«¡María!» (Jn 20,16)–, con su peculiar entonación, ella descubre que tiene delante a Cristo, en cuerpo glorioso. «¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre»[4]. La recompensa al amor fiel de la Magdalena es contemplar ahora la belleza del Resucitado. Se ha arriesgado por Jesús, le ha buscado con pasión, y el Señor se lo paga con creces. Presa de la emoción, se echa a sus pies y se aprieta junto a ellos. Es un gesto elocuente: no quiere volver a perder a Cristo. Ha sufrido demasiado al contemplar la humillación del Maestro, pensando que lo había perdido para siempre. Impresiona «la ternura con que Jesús trata a esta mujer, a la que tantos explotaban y todos juzgaban. Ella encontró, por fin, en Jesús, unos ojos puros, un corazón capaz de amar sin explotar. En la mirada y en el corazón de Jesús recibió la revelación de Dios Amor»[5].


EL ITINERARIO que recorre María Magdalena hasta encontrarse con Cristo glorioso es, en cierta manera, similar al de todos los cristianos: levantarse de las caídas con humildad; buscar al Señor sin detenerse en los momentos de desánimo; cuidar de los demás; acompañar a Jesús cuando aparece inesperadamente la cruz; no perder la esperanza aunque todo parezca oscuro porque Jesús está vivo.


Como le sucedió a ella, la voz de Jesús que pronuncia nuestro nombre con un acento personalísimo nos despierta y nos arranca del desaliento. Vivir atentos a su voz, pendientes de lo que Cristo quiere decirnos en cada momento, transforma la vida cotidiana en una constante ocasión de amor. «La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar –en las tareas ordinarias de cada jornada– el propio nombre de los labios del Resucitado»[6]. María es la primera entre los discípulos que vio a Jesús resucitado. Sus lágrimas de dolor se convirtieron, en pocos segundos, en lágrimas de emoción. Jesús confía a esta mujer fiel el primer anuncio de la gran noticia: «No me retengas… anda, ve a mis hermanos y diles: subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,18). El luto de su corazón se ha convertido en una fiesta imposible de describir.


Ante nuestros ojos se hace grande la figura de esta mujer que entra corriendo en Jerusalén. Lleva en sus labios un mensaje de esperanza para los discípulos de Cristo y para el mundo entero: ¡el Señor vive! ¡Ha resucitado! En su corazón reina ahora la alegría vibrante de la Pascua, que nace de un sepulcro vacío e inunda el mundo entero. Junto a la madre de Jesús, la Magdalena es durante aquellos momentos la mujer más dichosa de la tierra.




20 de abril de 2025

PASCUA DE RESURRECCION

 


Evangelio (Jn 20, 1-9)


El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:


—Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.


Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.


PARA TU RATO DE ORACION 


AMANECE en Jerusalén. La oscuridad llenaba todo hasta que el sol empezó a iluminar las murallas, el Templo, las torres de la fortaleza... María Magdalena y otras mujeres caminan hacia el noroeste de la ciudad, hacia donde está el Calvario. Las calles están vacías. Ellas tienen la impresión de que la muerte de Jesús ha oscurecido la tierra para siempre: el sol ya no brillará como cuando su maestro estaba con ellas. Sin embargo, no les importa la falta de luz, ni la guardia apostada allí por el sanedrín, ni que Cristo lleve ya tres días muerto. No saben quién les quitará la piedra que cierra el sepulcro, pero no están dispuestas a quedarse en casa. Vuelven a pasar por los lugares por los que caminó Jesús; sus corazones se estremecen de nuevo, pero no ceden ante el miedo.


«A mí me conmueve la fe de estas mujeres –decía san Josemaría–, y me trae a la memoria tantas cosas buenas de mi madre, como vosotros recordaréis también muchos detalles estupendos de la vuestra (...). Aquellas mujeres sabían de los soldados, sabían que el sepulcro estaba completamente cerrado: pero gastan su dinero, y al punto de la mañana van a ungir el cuerpo del Señor (...). ¡Hace falta ser valientes! (...). Cuando llegaron al sepulcro, repararon que la piedra estaba apartada. Esto pasa siempre. Cuando nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer, las dificultades se superan fácilmente»[1].


Les pedimos a ellas ese amor a Jesús, más fuerte que el tremendo sufrimiento de la Pasión. En el corazón de aquellas mujeres, la hoguera que encendió el mismo Cristo no se había apagado del todo. Han madrugado y no ha sido en vano. Dios no puede resistirse a un amor así y les entrega la mejor noticia, la página definitiva en la que tienen cumplimiento todas las profecías: «“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz»[2].


CORREN ALEGRES, aunque todavía un poco confusas, hasta el Cenáculo para anunciar a los apóstoles lo que han visto. A ellos les parece una locura lo que escuchan de labios de estas mujeres que llegan jadeantes por la carrera. Sus palabras están mezcladas con lágrimas y manifestaciones de alegría por la tensión del momento. Pedro y Juan quieren conocer todo lo referente a su maestro, aunque quizá no estén convencidos de lo que escuchan, así que salen a la carrera: «Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro» (Jn 12,4). Nosotros queremos correr con ellos y ganar incluso a Juan. ¿Y si fuera verdad lo que dicen las mujeres? ¿Y si Jesús ha cumplido lo que había prometido? Al cruzar las calles, mientras el día se abre paso, va creciendo la esperanza en los corazones de estos dos apóstoles.


Podemos fijar nuestra mirada, por un momento, en san Pedro, que «no se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. (...). Este fue el comienzo de la “resurrección” de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla»[3].


Aunque, como Pedro, alguna vez hayamos negado a Jesús, también como Pedro queremos volver a estar cerca de Él: «Es el momento de renovarse, hijos míos –decía san Josemaría–; la santidad es esto: cada día renacer, cada día recomenzar. No os preocupen vuestros errores, si tenéis la buena voluntad de empezar de nuevo (...). Esos obstáculos que surgen en tu carrera, ponlos a los pies de Jesucristo, para que Él quede bien alto, para que triunfe: y tú, con Él. No te preocupes nunca, rectifica, vuelve a empezar, prueba una y otra vez, que al final, si tú no puedes, el Señor te ayudará a saltar el parapeto; el parapeto de la santidad. Este es también un modo de renovarse, es un modo de vencerse: cada día una resurrección, que sea la seguridad de que llegamos al fin de nuestro camino, que es el amor»[4].


MARÍA, la madre de Jesús, no ha ido esta mañana al sepulcro. Se ha quedado en casa y quizá sonríe por dentro. Nadie, salvo ella, ha logrado aceptar realmente el plan de Dios Padre; los demás «no entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos» (Jn 12,10). María estaba acostumbrada a guardar las palabras de Jesús en su corazón: desde aquel viernes de dolor, ella había tratado de concentrarse en las maravillas que Jesús había dicho y hecho. Vendrían posiblemente a su corazón aquellas palabras misteriosas hablando de la resurrección al tercer día. A ella, ya nada de su Hijo le sorprendía.


Para nosotros, a más de dos mil años de los sucesos que estamos contemplando, el Viernes Santo y la Resurrección de Jesús siguen dando fuerza y sentido a nuestra vida. Por eso, «las cosas todas de la tierra tienen la importancia que les queramos dar. Todo lo que pase aquí abajo, si estamos endiosados, no nos turbará. Cuando, a causa de nuestra flaqueza y de nuestros errores, damos categoría a esas pequeñeces y sufrimos, es porque queremos. Pegados al Señor, estamos seguros. Unidos a la Cruz de Cristo, a la gloria de la Resurrección y al fuego de Pentecostés, todo se supera»[5].


A san Josemaría le gustaba saberse muy cerca de la Virgen, especialmente durante la alegría pascual, «siempre seguros en la victoria de la Resurrección»[6]. Al rezar el Regina Coeli podremos arrancar muchas sonrisas de nuestra Madre, santamente orgullosa de sus hijos recién nacidos, renovados por la Pascua. «Gózate, Virgen María», le diremos, con la ilusión de unirnos a ese gozo, sabiendo que Jesús se ha quedado con nosotros para siempre.



19 de abril de 2025

SABADO SANTO

 



NO HAY EVANGELIO NI SE CELEBRA MISA


Sábado Santo: el día de gran silencio

Hoy se recomienda venerar y meditar la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, así como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores. 


El Sábado Santo no se celebra la Santa Misa, por ello no hay Evangelio.


Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su Resurrección.


Hoy la Iglesia se abstiene del sacrificio de la Misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne vigilia o de la expectación nocturna de la Resurrección, pueda alegrarse con gozos pascuales, de cuya abundancia va a vivir durante cincuenta días.


Hoy, Sábado Santo es, como recordaba el Papa Francisco, “el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús” (Audiencia, 31.III.2021).


Por eso la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa en este día. La comunión puede darse solamente como Viático y no se concede celebrar el matrimonio ni otros sacramentos excepto la Penitencia y la Unción de Enfermos.


En este Sábado Santo estamos llamados a permanecer junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno en su resurrección. Podemos vivir este día con María, “también ella lo vive en el llanto, pero su corazón estaba lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor” (ídem).


Con Ella aguardamos ese momento en el que, en las tinieblas del Sábado Santo, irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual y el canto festivo del Aleluya.




PARA TU RATO DE ORACION 


PUEDE SUCEDERNOS que el Sábado Santo sea «el día del Triduo pascual que más descuidamos, ansiosos por pasar de la cruz del viernes al aleluya del domingo»[1]. Para que esto no nos ocurra, podemos fijarnos en las mujeres que acompañaron a la Virgen en todo momento. «Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura. Pero en esta situación las mujeres no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad. Realizaron algo sencillo y extraordinario: prepararon en sus casas los perfumes para el cuerpo de Jesús. (...) Sin saberlo, esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del “primer día de la semana”, día que cambiaría la historia»[2].


Jesucristo yace hoy en el sepulcro. Manos amigas lo han colocado con cariño en aquel lugar, propiedad de José de Arimatea, cercano al Calvario. ¿Dónde están los apóstoles? Nada nos dicen los evangelios, pero tal vez al atardecer de aquel sábado fueron llegando uno a uno hasta el Cenáculo, donde días atrás se habían congregado con el Maestro. ¡Cuánto desánimo en sus conversaciones! Habían traicionado a Jesús. Hasta tal punto debió de llegar el desaliento que no faltó tal vez la idea de abandonarlo todo y volver a las cosas de antes, como si los últimos tres años hubieran sido tan solo un sueño. Sin embargo, «en el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo»[3].


HAY ALGO diferente en las santas mujeres: han sido fieles hasta el último momento. Observaron atentamente cómo quedaba todo para, después del reposo del sábado, poder volver y terminar de embalsamar a Jesús. Es explicable el desaliento de unos y otros: todavía no eran testigos, ni los apóstoles ni ellas, de la resurrección de Cristo. A pesar de todo, no quieren dejar de prestar ese servicio. Su cariño es más fuerte que la muerte. Por otro lado, también nos gustaría ser tan valientes como José de Arimatea y como Nicodemo, que «en la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio... entonces dan la cara (...). Yo subiré con ellos –decía san Josemaría– al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor... lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones... lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar»[4]. Cuando casi nadie espera nada de Cristo, todos estos personajes de la Escritura no se encogen de hombros. No tienen nada que ganar, pueden perderlo todo, pero igualmente quieren ofrecer a Jesús su cariño.


Por otro lado, el Sábado Santo no pudo ser para la Virgen un día triste, aunque sí doloroso. La fe, la esperanza, y el amor más tierno por su divino Hijo le darían paz, le harían aguardar con un ansia serena la resurrección. Recordaría, entre tanto, las últimas palabras de Jesús: «Mujer, aquí tienes a tu hijo» (Jn 19,26); empezaría ya a ejercer su maternidad con aquellos hombres y aquellas mujeres que habían seguido a Cristo desde los primeros tiempos. María trataría de reanimar la fe y la esperanza de los apóstoles, recordándoles las palabras que poco tiempo atrás habían oído de labios del Señor: «Se burlarán de Él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará» (Mc 10,34). Bien claro había hablado el Señor para que, cuando llegasen los momentos de dificultad, supiesen agarrarse con fe a su palabra. Junto al recuerdo doloroso de los sufrimientos padecidos por Jesucristo, un alivio grande se apoderaría de su corazón de Madre al pensar que ya había pasado todo: «Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado»[5].


JUNTO A LA VIRGEN, a la luz de su esperanza, se encenderían los corazones de cada uno. «¿Y si todo aquello fuese cierto?», pensaban, quizás, los apóstoles. «¿Y si de verdad resucitase Jesucristo, como había prometido?». Como en otros tiempos habían estado todos juntos alrededor del Hijo, ahora les gustaría estar cerca de la Madre. Seguramente María envió a unos y otros a buscar a los que quizá no habían aparecido al principio. Es posible que Ella esperara encontrar a Tomás para consolar su corazón atemorizado. En el momento de la prueba supieron acudir a María, y «con Ella, ¡qué fácil!»[6].


Queremos apoyar nuestra fe en la suya: sobre todo cuando las cosas cuestan, cuando llegan las dificultades y los momentos de oscuridad. San Bernardo lo tenía bien experimentado: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María»[7]. Dios quiere que Ella sea para nosotros abogada, madre, camino seguro para encontrar otra vez la luz en los momentos de oscuridad.


Quien acude a la poderosa intercesión de santa María sabe que jamás se ha oído decir que, quienes en la Virgen confiaron, hayan quedado desamparados, por más que el momento fuese duro y grande la confusión de su alma. Podemos decirle a Jesús: «A pesar de la tristeza que podamos albergar, sentiremos que debemos esperar, porque contigo la cruz florece en resurrección, porque tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes»[8]. Junto a María, madre de la esperanza, volverá a crecer nuestra fe en los méritos de su hijo Jesús

18 de abril de 2025

VIERNES SANTO

 


Evangelio del Viernes Santo: 

Las siete palabras de Cristo en la Cruz

Hoy no se celebra la Santa Misa se suele además de leer la Pasión del Señor en los Oficiios, se realiza el Via Crucis y se meditando las 7 palabras:

1. Lc 23,33: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”

2. Lc 23, 43: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

3. Jn 19,26-27: “ Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:  – Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: – Aquí tienes a tu madre.”

4. Mt 27,46: “Hacia la hora nona Jesús clamó con fuerte voz: – Elí, Elí, ¿lemá sabacthaní? – es decir, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

5. Jn 19,28: “Tengo sed”.

6. Jn 19,30: “Todo está consumado.”

7. Lc 23,46. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


«DIOS MÍO, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). «Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”»[1]. A Cristo, sobre todo, le aflige el sufrimiento que, fruto del pecado, experimentamos los hombres y mujeres de todas las épocas: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28).

No hay dolor que haga desistir a Cristo de su propósito de salvarnos. «Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a Él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura»[2]. La liturgia del Viernes Santo arranca con el sacerdote postrado en tierra. Es la postura en la que se encontraba Jesús en el Huerto de los Olivos. Se le venían encima todos los pecados de los hombres, todos sus dolores y su soledad, los nuestros también, así que se dirige a Dios Padre para conseguir de Él la fuerza para afrontar ese paso decisivo.

Jesús ha venido a la tierra para reparar el mal que nos hemos infligido a nosotros mismos y a los demás. Quiere devolvernos la libertad y la alegría. Su ilusión por nosotros no conoce límites, así que su «yugo es suave y su carga ligera» (Mt 11,30). Nuestros pecados no tienen la última palabra si dejamos hablar a Jesús, si le dejamos decir que nos ama y que no nos reprocha tanto sufrimiento. Hoy recordamos que «Jesús ha caído para que nosotros nos levantemos: una vez y siempre»[3].

UNO DE LOS MOTIVOS del pecado es percibir, falsamente, que la voluntad de Dios es un riesgo para nuestra libertad. Le sucedió, por ejemplo, a Adán, nuestro primer padre. Sin embargo, la voluntad de Dios es que seamos felices, que nos dejemos querer por Él. «Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente “como Dios”, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de Él o negándolo. En el forcejeo de la oración en el Monte de los Olivos, Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad. Oremos al Señor para que nos adentre en este “sí” a la voluntad de Dios, haciéndonos verdaderamente libres»[4].

¡Cuánto queremos agradecer al Señor su sacrificio, voluntariamente aceptado, para librarnos de la muerte! Jesucristo entra en agonía y llega a derramar sudor de sangre; pero la confianza en su Padre no desfallece, hace oración una y otra vez. «Se acerca a nosotros, que dormimos: levantaos, orad –nos repite–, para que no caigáis en la tentación»[5]. Horas después, la furia de los pecados de la humanidad entera descarga sus golpes sobre el cuerpo inocente de Jesucristo. La ingratitud de nuestros corazones rodea al Señor en su soledad. «Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo... despacio»[6].

«A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva»[7].

LAS LLAGAS del Señor, por las que fluyó a raudales su sangre preciosísima, serán refugio sereno para nuestras heridas. En las llagas de Cristo estamos más seguros. Empapados en su sangre redentora, embriagados de Dios, nada hemos de temer. «Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus llagas (...). Necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas santísimas heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo»[8].

Y en esa contemplación, es fácil saborear la recia ternura con que canta hoy la Iglesia: «Dulce leño, dulces clavos, que sostienen tan dulce peso»[9]. Es «el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia Él, para llevarnos hasta Él»[10]. Esta es la verdad del Viernes Santo: en la cruz, Cristo, nuestro redentor, nos devolvió la dignidad que nos pertenece. Se afianzan nuestros deseos de clavarnos en la cruz gustosamente, de asociarnos a su redención, haciendo que nuestra debilidad sea lavada con la sangre que brota del cuerpo de Jesús.

Al terminar este rato de oración, nuestra mirada se dirige al pie de la cruz, donde se halla la madre dolorosa acompañada de unas cuantas mujeres y de un adolescente. Quienes han pasado por ese trance saben que no hay dolor comparable. Cristo, en aquellos momentos, la necesitaba junto a Él y nosotros la necesitamos todavía más.




16 de abril de 2025

JUEVES SANTO


 Evangelio (Jn 13,1-15).

La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.

Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:

— Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?

— Lo que yo hago no lo entiendes ahora -respondió Jesús-. Lo comprenderás después.

Le dijo Pedro:

— No me lavarás los pies jamás.

— Si no te lavo, no tendrás parte conmigo -le respondió Jesús.

Simón Pedro le replicó:

— Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

Jesús le dijo:

— El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos -como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Después de lavarles los pies se puso el manto, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:

— ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.


PARA TU RATO DE ORACION


«LA VÍSPERA de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). «Algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso (...). Comencemos –nos sugiere san Josemaría– por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo»[1]. Esta actitud atenta hace que hoy recordemos el elocuente gesto que tuvo Jesús lavando los pies a sus apóstoles.


En la Última Cena, en la inminencia de la Pasión, la atmósfera era de amor, de intimidad, de recogimiento. «Como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secarlos con la toalla que se había puesto a la cintura» (Jn 12,3-5). Para los apóstoles debió de ser muy impactante ver a Jesús realizar este gesto que estaba reservado al siervo del lugar. Seguramente lo habrán comprendido pasado el tiempo. Incluso hoy a nosotros nos puede resultar sorprendente imaginar a Dios en esa posición, limpiando con sus manos el polvo del camino.


Dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos hacemos puros, limpios, o santos. «Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos (...). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva»[2]. Esta es la paradoja cristiana: es Dios quien se adelanta; es Él quien toma la iniciativa. Por eso es tan importante, antes de emprender cualquier tarea apostólica, aprender a recibir lo que Dios nos quiere dar, aprender a dejarnos limpiar una y otra vez por su mano.


SI NUNCA dejaremos de sorprendernos de aquel gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles, su amor y su humildad tocan alturas infinitas cuando, durante la cena, «tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”» (1 Cor 11,23-25).


El Señor «instituyó este sacramento como memorial perpetuo de su pasión, como realización de las antiguas figuras, como el mayor milagro que había hecho y el mayor consuelo para aquellos que dejaría tristes con su ausencia»[3]. Se nos da Él mismo. El pan y el vino se convierten en su cuerpo y su sangre: una muestra de sobreabundancia de amor y la mayor expresión que cabe de humildad. El Sacramento Eucarístico nos permite la identificación con el amado, ser una misma cosa, fundirnos, compenetrarnos con Dios. San Josemaría señalaba que «nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y –en lo que nos es posible entender– porque, movido por su amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre»[4].


No salimos de nuestro asombro. Por mucho que nos imaginemos todo lo que Dios Padre nos ha regalado, nunca acertaremos a comprenderlo: «Es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para vivir en Jesucristo para siempre»[5]. No merecemos tanto cuidado, tanto cariño, tanta atención. Tratamos de corresponder, pero incluso para hacerlo necesitamos su ayuda. Por eso, «lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo (...). Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que Él nos da»[6].


EN LAS PALABRAS del sacerdote antes de la consagración –«dando gracias, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo...»– percibimos la disposición agradecida del corazón de Jesús de frente a Dios Padre. Nosotros queremos tener la misma actitud de Cristo en esta víspera santa. Del agradecimiento es fácil que brote la generosidad para extender esa vida nueva que hemos recibido. Trataremos de amar a los que Él ama y como Él los ama: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Por Cristo, con Él y en Él, somos capaces de amar hasta el extremo. Como Jesús, nos arrodillamos ante los hombres para limpiarles los pies. Comprendemos sus miserias y las cargamos sobre nuestros hombros.


Desaparecen los juicios, las envidias y comparaciones, que se transforman en intercesión, alegría y agradecimiento a Dios por las maravillas que hace en los demás. «En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo»[7]. De ahí sacamos fuerza y vida para llevarla hasta el último rincón de la tierra, hasta el corazón de cada persona que nos rodea.


Podemos aprovechar este día en que Dios regaló a su Iglesia este sacramento para rezar también por la santidad de los sacerdotes, para que sirvan cada día a la Iglesia con el mismo amor del Señor. Con nuestra oración podemos ayudarles a hacer realidad este deseo que les mueve como sacerdotes: «No elegimos nosotros qué hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente así: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio»[8].


Entre tanto don que recordamos hoy, sabemos que Jesús nos ha dado también a su Madre. A ella, testigo principal del sacrificio de Cristo, podemos acudir para, con su ayuda, tener una vida animada por el agradecimiento humilde de tantos dones recibidos.



MIÉRCOLES SANTO


 Evangelio (Mt 26,14-25)


Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: —¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo.


El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:


—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?


Jesús respondió:


—Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: «El Maestro dice: “Mi tiempo está cerca; voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos”».


Los discípulos lo hicieron tal y como les había mandado Jesús, y prepararon la Pascua. Al anochecer se recostó a la mesa con los doce. Y cuando estaban cenando, dijo:


—En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Y, muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno:


—¿Acaso soy yo, Señor?


Pero él respondió:


—El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.


Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo:


—¿Acaso soy yo, Rabbí? —Tú lo has dicho —le respondió.



PARA TU RATO DE ORACION 



«UNO DE LOS doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo» (Mt 16, 14-16). Tradicionalmente, el miércoles santo la Iglesia recuerda la traición de Judas. ¡Qué lejanos quedan en el alma de este apóstol, que se apresta a traicionar a Jesús, los primeros encuentros con quien había considerado el Mesías! También Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Podía haber sido tan feliz como los demás, junto a Jesús, y haberse convertido en una de las columnas de la Iglesia. Sin embargo, opta por vender, a precio de esclavo, a quien todo le daba. Y Dios ha querido que la Sagrada Escritura no silenciara esta realidad.


El trágico desenlace tiene lugar en la Última Cena, cuando Jesús se ve asaltado por la angustia de la cercana pasión y el desgarrón del abandono de las personas amadas. «Cuando estaban cenando, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar» (Mt 16,21). Los otros once apóstoles, con la experiencia de su rudeza y una gran confianza en las palabras de Cristo, exclaman sorprendidos: «¿Acaso soy yo, Señor? Pero él respondió: –El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo: –¿Acaso soy yo, Rabbí? –Tú lo has dicho –le respondió» (Mt 16, 22-25).


No sabemos si Judas miró alguna otra vez a los ojos a Jesús. En ellos habría descubierto que no existía rencor ni enfado. Cristo, su amigo, seguía mirándole con la misma ilusión con que lo había llamado unos años antes para que fuera apóstol, para que estuviera con él. «¿Qué podemos hacer ante un Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece»[1].


LA TRAICIÓN de Judas no fue, sin embargo, locura de un instante, sino que probablemente fue consecuencia de una secuela de desamores. En el evangelio según san Juan encontramos un episodio significativo: las críticas, pocos días antes de la Pascua, por el derroche de María de Betania al ungir con perfume a Jesús. Judas se atreve a criticar indirectamente, con una razón altruista, el comportamiento de esa mujer, pero «esto lo dijo –nos lo señala la Escritura– no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella» (Jn 12,6).


Sin embargo, ni esa ofensa, ni ninguna debilidad, son lo suficientemente fuertes como para vencer el pulso a un Dios que llama a cada persona constantemente y que siempre espera nuestro regreso. San Josemaría veía en esa manera de ser de Dios, tan llena de misericordia, nuestra verdadera armadura: «Todos tenemos miserias. Pero las miserias nuestras no nos deberán llevar nunca a desentendernos de la llamada de Dios, sino a acogernos a esa llamada, a meternos dentro de esa bondad divina, como los guerreros antiguos se metían dentro de su armadura»[2].


San Agustín nos recomienda una actitud humilde, de constante petición de frente al Señor, como la mejor manera de encarar esta fragilidad nuestra; refiriéndose concretamente a Judas Iscariote, dice: «Si hubiese orado en nombre de Cristo, habría pedido perdón; si hubiera pedido perdón, habría tenido esperanza; si hubiera tenido esperanza, habría esperado misericordia»[3] y no habría terminado como señala la Escritura (cfr. Mt 27,5). El Señor no quería la perdición de Judas, como no quiere la de nadie. Hasta en el mismo prendimiento trata de hacerle recapacitar, llamándole «amigo» y aceptando el beso del discípulo. Quizá Cristo, incluso estando ya en la cruz, esperaba la vuelta de su apóstol para perdonarlo, como lo hizo con el ladrón arrepentido.


TAMBIÉN PEDRO, en aquella noche de traiciones, niega al Señor tres veces. El que sería fundamento de la Iglesia lloró su pecado con lágrimas de amor; a Judas, por su parte, le faltó la humildad de volver a su Señor para reconocer su pecado. Pedro mantuvo firme la esperanza, mientras que el Iscariote la perdió, no confió en la misericordia del Señor.


Comentando este pasaje del evangelio, decía san Josemaría: «¡Mirad si es grande la virtud de la esperanza! Judas reconoció la santidad de Cristo, estaba arrepentido del crimen que había cometido, tanto que cogió el dinero, precio de su traición, y lo arrojó a la cara de quienes se lo dieron como premio a su traición. Pero... le faltó la esperanza, que es la virtud necesaria para volver a Dios. Si hubiera tenido esperanza, podría haber sido aún un gran apóstol. De todas maneras no sabemos qué pasó en el corazón de aquel hombre, ni si respondió a la gracia de Dios, en el último momento. Solo el Señor sabe lo que sucedió en aquel corazón, en sus últimos instantes. De modo que no desconfiéis nunca, no os desesperéis nunca, aunque hayáis hecho la tontería más grande. No hay más que hablar, arrepentirse, dejarse llevar de la mano, y todo se arregla»[4].


Es algo que podemos aprender del evangelio de hoy: por grandes que sean nuestras ofensas, mayor es siempre la misericordia de Dios. Todo tiene remedio si volvemos al Señor y abrimos el corazón a la gracia para que Cristo pueda sanar nuestras heridas. «El miedo y la vergüenza, que no nos dejan ser sinceros, son los enemigos más grandes de la perseverancia. Somos de barro; pero, si hablamos, el barro adquiere la fortaleza del bronce»[5]. Esa fuerza es la que alcanzó la humildad de san Pedro, roca de la Iglesia; y es la que le pedimos a Jesús a través de María, su madre, y también madre nuestra.

15 de abril de 2025

MARTES SANTO

 



Evangelio (Jn 13,21-33.36-38)


Cuando dijo esto Jesús se conmovió en su espíritu, y declaró:


—En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar.


Los discípulos se miraban unos a otros sin saber a quién se refería. Estaba recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos, el que Jesús amaba. Simón Pedro le hizo señas y le dijo:


—Pregúntale quién es ése del que habla.


Él, que estaba recostado sobre el pecho de Jesús, le dice:


—Señor, ¿quién es?


Jesús le responde:


—Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.


Y después de mojar el bocado, se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Y Jesús le dijo:


—Lo que vas a hacer, hazlo pronto.


Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió con qué fin le dijo esto, pues algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o «da algo a los pobres». Aquél, después de tomar el bocado, salió enseguida. Era de noche.


Cuando salió, dijo Jesús:


—Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios le glorificará a él en sí mismo; y pronto le glorificará.


Hijos, todavía estoy un poco con vosotros. Me buscaréis y como les dije a los judíos: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir», lo mismo os digo ahora a vosotros.


Le dijo Simón Pedro:


—Señor, ¿adónde vas?


Jesús respondió:


—Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde.


Pedro le dijo:


—Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.


Respondió Jesús:


—¿Tú darás la vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces.


PARA TU RATO DE ORACION 


«¿TÚ DARÁS LA vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces» (Jn 13,38). El evangelio de la Misa de hoy nos narra el anuncio de las negaciones de san Pedro. En el clima íntimo de la Última Cena, este apóstol se sorprende de que Jesús le adelante su traición. No sale de su asombro. No comprende cómo eso podría suceder. Pedro desea ser fiel hasta la muerte, no quiere que su maestro sea entregado a sus enemigos para ser crucificado. Ya fue reprendido por esa confusión, pero sigue sin poder aceptar ese aparente fracaso. La liturgia nos recuerda que «se acercan los días de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos se actualiza su triunfo sobre la soberbia del antiguo enemigo y celebramos el misterio de nuestra redención»[1].


A su modo, san Pedro piensa que está dispuesto a dar la vida por el Señor. De hecho, sacará la espada en el momento del prendimiento de Jesús y se enfrentará a todo un pelotón que viene armado para apresar a su Señor. No le falta valentía ni aprecio por Jesús. Sin embargo, la realidad va a demostrarle que no basta con estas cualidades. Pedro necesita todavía la humildad que proviene del conocimiento propio y, sobre todo, del conocimiento de Dios. Jesús no deja de formar a san Pedro hasta el último instante. Estas lecciones son las más importantes de su vida: Pedro no va a ser roca por su fortaleza sino por la humildad ganada a base de conocer a Jesús en profundidad. Es preciso que, experimentando la insuficiencia de sus fuerzas, comprenda que es Dios quien le va a sostener.


EL ANUNCIO DE la traición de Pedro aparece en el evangelio de hoy junto con el anuncio de la traición de Judas y nos sirve para notar la gran diferencia entre ambas. Pedro puso su debilidad en manos de Jesús; apartó la vista de sus errores y de sus fuerzas y aprendió a confiar en la bondad de Dios, en sus planes divinos, en sus modos de hacer. Pedro no estaba engañando a Jesús cuando le decía que iba a ser fiel hasta la muerte. Lo que sucedía es que confiaba casi exclusivamente en sus fuerzas: él se veía capaz. Judas, por su parte, no reconoció en ningún momento ante Jesús su traición; siempre trató de guardar las apariencias. A Pedro, al menos cuando estaba con Cristo, las apariencias no le importaban, aunque sí que sucumbió a ellas cuando fue interrogado por una criada en la casa del Sumo Sacerdote.


Para prevenir su desconcierto, podrían haberle servido al pescador de Cafarnaún aquellas palabras de Agustín: «Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia»[2]. San Pedro pensaba que su amor a Jesús era ya grande, suficiente para soportar cualquier prueba. Le fue más fácil permanecer fiel ante los soldados que ante un enemigo en apariencia más frágil. La criada acabó con la confianza de Pedro en sí mismo. Era necesaria esa liberación: Pedro descubrió así el camino de su propio abajamiento para poder seguir a Cristo. Liberado de sus fuerzas y de sus deseos, fue capaz de adaptarse a los planes de Dios y ser fiel.


San Bernardo, en este sentido, nos recuerda que es mejor poner atención a lo que Dios está dispuesto a hacer por cada uno, también por Pedro: «No te preguntes, tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora»[3].


«MUCHAS VECES pensamos que Dios se basa solo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad (...). El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Tener fe en Dios incluye además creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero él tiene siempre una mirada más amplia»[4].


Nos llena de paz saber que Dios desea que confiemos en él y en lo bueno que tenemos, que es también don de Dios. San Pedro ha ido por delante también en esto para ser un ejemplo para nosotros. Nos llena de serenidad descubrir que podemos apoyarnos en nuestras fuerzas y capacidades –muchas o pocas– porque Dios pondrá el incremento con abundancia. ¡Qué deseos de aprender a no confiar solamente en nuestras aptitudes para la misión que nos ha sido encomendada y que, de algún modo, nos excede! Nos asombra y nos llena de agradecimiento el amor que Dios nos tiene para hacer maravillas con nuestra colaboración.


Santa Teresita del Niño Jesús se refería a la vida de Pedro de la siguiente manera: «Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios (...). Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: “Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte”, las habría obtenido inmediatamente (...). Antes de gobernar a toda la Iglesia, que está llena de pecadores, le convenía experimentar en su propia carne lo poco que puede el hombre sin la ayuda de Dios»[5]. Con este aprendizaje, san Pedro sabrá poner al servicio de la redención sus capacidades –que, aunque prestadas, son un don precioso– y recurrir a su Señor, que todo lo puede. «Por eso –señalaba san Josemaría– cuando con el corazón encendido le decimos al Señor que sí, que le seremos fieles, que estamos dispuestos a cualquier sacrificio, le diremos: Jesús, con tu gracia; Madre mía, con tu ayuda. ¡Soy tan frágil, cometo tantos errores, tantas pequeñas equivocaciones, que me veo capaz –si me dejas– de cometerlas grandes!»[6].