"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de septiembre de 2025

LAS CIRCUNSTANCIAS EXTERNAS


 Evangelio (Lc 8, 4-15)


Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:


«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».


Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.


Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.


El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.


Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.


Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.


Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.


Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL SEÑOR recorre el territorio de Galilea con sus discípulos y anuncia el Reino de Dios a quienes se acercan a escucharle. Jesús usa parábolas en su predicación: breves narraciones que revelan de modo sencillo una verdad profunda de la vida espiritual. Toma ejemplos cotidianos del mundo del trabajo, como la siembra, la pesca o la labor del hogar. También, en otras ocasiones, los toma de la vida social y familiar, como una fiesta de bodas, la relación de un padre con sus hijos o el contratista que busca jornaleros. Incluso narra hechos quizá insólitos para muchos oyentes, como alguien que encuentra un tesoro o un asalto en el camino. Todas aquellas imágenes son fáciles de comprender, son mucho más que una enseñanza teórica. «Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio»1.


A Jesús le gusta emplear estas parábolas porque conoce bien el modo de ser humano. Conoce la fuerza que tiene un ejemplo tomado del día a día de la gente. Esta actitud refleja sencillez, cercanía, deseos de ponerse en el lugar del otro. Lo que Cristo transmite no son ideas ajenas al mundo en que vivimos, sino que están estrechamente ligadas a las realidades cotidianas. Por eso, san Josemaría escribía: «Ruega al Señor que nos conceda a sus hijos el “don de lenguas”, el de hacernos entender por todos. La razón por la que deseo este “don de lenguas” la puedes deducir de las páginas del Evangelio, abundantes en parábolas, en ejemplos que materializan la doctrina e ilustran lo espiritual, sin envilecer ni degradar la palabra de Dios. Para todos –doctos y menos doctos–, es más fácil considerar y entender el mensaje divino a través de esas imágenes humanas»2. Todo esto no se trata solo de encontrar un buen envoltorio para lo que queremos decir, sino de querer a las personas como lo hizo Cristo.


EN LA PARÁBOLA del sembrador, Jesús cuenta que las semillas que no cayeron en terreno propicio fueron comidas por los pájaros; o bien, cuando brotaron, se secaron rápidamente por la falta de humedad o se ahogaron por las espinas. En cambio, las que acabaron en tierra buena sí dieron fruto, y lo dieron al ciento por uno (cfr. Lc 8,5-8). El Señor pone de manifiesto que el sembrador esparce por todo el campo, sin atender mucho al modo en que la semilla será acogida: lanza a voleo, con la esperanza de que llegue a cuajar. La semilla, en su sentido más profundo, es el mismo Cristo, a quien Dios nos ha entregado: «Los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega»3.


«La parábola del sembrador es como la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la palabra. Nos recuerda que la palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la palabra, ¡sin excluir a nadie!»4. Recibimos a Dios mismo. Por eso, el modo de dejarse alcanzar por esa semilla no es, en primera instancia, la adecuación moral a un modo de vivir, o la aceptación intelectual a una doctrina, sino una respuesta de amor a Dios que ha venido a nuestro encuentro.


En parte depende de nosotros que esta semilla brote y dé fruto al ciento por uno. El Señor ofrece la felicidad a todos, pero no la exige, cada uno es el que libremente decide acogerla. Dios nos ha hecho libres y esta parábola es una manifestación de esta realidad. «La pasión por la libertad, su exigencia por parte de personas y pueblos, es un signo positivo de nuestro tiempo. Reconocer la libertad de cada mujer y de cada hombre significa reconocer que son personas: dueños y responsables de sus propios actos, con la posibilidad de orientar su propia existencia. Aunque la libertad no siempre lleva a desplegar lo mejor de cada uno, nunca podremos exagerar su importancia, porque si no fuéramos libres no podríamos amar»5.


A PESAR de la sencillez del lenguaje, los discípulos piden a Jesús que les explique la parábola. El Maestro, entonces, relata los motivos por los que la semilla no brota en el terreno, las razones por las que la palabra de Dios puede no arraigar en la vida de los hombres: la acción del diablo, la falta de raíz en el momento de la prueba, las riquezas y los intereses mundanos… Y señala, al mismo tiempo, que la tierra buena «son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia» (Lc 8,15).


En ocasiones, es común que echemos la culpa a las circunstancias externas cuando algo no va como habíamos planeado: un imprevisto puede complicar un proyecto laboral, una actividad familiar o un evento con amigos. Sin embargo, san Josemaría nos invita a vivir de modo santo también esas particularidades, también las dificultades que puede atravesar la semilla; es decir, nos anima a no caer en lo que llamaba la mística ojalatera: «¡Ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo…»6. Dios sale a nuestro encuentro en presente, aquí y ahora, también donde no nos lo esperábamos.


La parábola hace notar que las circunstancias no tienen la última palabra: son las decisiones libres de los hombres las que resultan definitivas para acoger el don divino. Con la acción de la gracia y nuestro esfuerzo personal, somos capaces de podar poco a poco todo lo que ahoga la semilla. La Virgen, campo fecundo en quien se encarnó el mismo Dios, nos ayudará a preparar el terreno para que también Jesús brote en nuestro corazón.




COMPARTIR LA GRAN ALEGRIA

 



Evangelio (Lc 8, 1-3)


Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.



PARA TU RATO DE ORACION 



«JESÚS iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena noticia del reino de Dios» (Lc 8,1). Y la Sagrada Escritura nos dice que los primeros en recibir la palabra de Cristo fueron «las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,7). De entre todos los lugares donde podía comenzar este anuncio, Jesús eligió Galilea, zona periférica con respecto a Judea, para que se cumpliera la profecía de Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido» (Mt 4,15-16). Las tribus de Zabulón y Neftalí no habían sido fieles a Dios; los profetas habían denunciado su mundanidad y su desapego a la tradición. Era un territorio limítrofe en el que se mezclaban las razas y en donde se asentaban también numerosos gentiles: de ahí la poca fama que tenía entre algunos judíos.


Sin embargo, desde el comienzo de su predicación, el mensaje del Mesías está destinado a acoger a mujeres y hombres de todas las naciones (cfr. Mt 8,11;28,19). De hecho, Jesús muchas veces se mostraba contrario a preceptos que, con el pasar del tiempo, se habían ido añadiendo a lo principal de la Ley. Es siempre actual la tarea de encontrar los aspectos esenciales del mensaje de Cristo para que pueda llegar a todas las almas, también a quienes se encuentran más lejos. «La evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable»1.


EL SEÑOR, mientras atravesaba aquellas tierras de la ribera del lago de Genesaret, se hizo acompañar de muchas personas que iba encontrando en el camino. No era un territorio en el que abundaban los grandes hombres de estado o de cultura; más bien abundaba la gente sencilla. Parece que Jesús quiso desde el principio poner en práctica lo que después señalaría en la parábola del banquete de las bodas: «Id, por tanto, a las salidas de los caminos, e invitad a las bodas a cuantos encontréis. Y aquellos siervos salieron por los caminos, y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos; y el salón de bodas se llenó de comensales» (Mt 22,9). ¿Cómo pudo aquel pequeño puñado de hombres entusiasmar a tanta gente con el mensaje de Cristo?


«Estos eran los discípulos elegidos por el Señor –hacía considerar san Josemaría–; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia (cfr. Gá 2,9). Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres»2.


La fuerza de estos discípulos no residía principalmente en sus cualidades, sino en la experiencia de haber recibido el amor de Dios. Les sostendrá constantemente la conciencia de aquel encuentro que les llevó a proclamar: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). «El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar (...). Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar»3. Sabernos portadores de este tesoro, no dejar que caiga en el olvido, nos llevará a fijarnos menos en nuestras propias capacidades y más en mantener vivo aquel encuentro, a través del cual Dios quiere alcanzar muchas más personas.


ADEMÁS de los apóstoles, el Evangelio enumera a varias mujeres que acompañaban a Jesús: «María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras mujeres» (Lc 8,2-3). Podemos ver, nuevamente, que no se trataba de las mujeres más importantes de la ciudad; más bien, eran quienes habían acudido a Cristo para ser liberadas de males físicos y espirituales.


Estas mujeres acompañaron al Señor durante su predicación. Y sabemos que lo hicieron hasta el último momento de su vida, incluso cuando había sido abandonado por casi todos sus apóstoles: «Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, las que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle» (Mt 27,55). El amor hizo que no dejasen al Señor en aquellos instantes; pero se trataba de un amor sin ingenuidades, fuerte, compatible con el dolor. A ellas no les importaba ni la honra, ni el prestigio, ni el supuesto éxito mundano: solamente querían estar con aquel que había transformado radicalmente sus vidas. Se sentían en deuda con Jesús porque les había liberado gratuitamente de su sufrimiento, no les había pedido nada a cambio.


Las mujeres, en aquellos momentos, mantuvieron una actitud esperanzada, fundada en el amor, y lo siguen haciendo hoy en la Iglesia. Solo así se explica que María Magdalena y Juana fueran de nuevo al sepulcro de mañana, cuando todos pensaban que la aventura de Cristo había terminado. La seguridad en la resurrección nos impulsará a vivir de esa esperanza y de ese amor del que también estaba llena nuestra Madre.

18 de septiembre de 2025

JESUS AMA MAS A QUIEN MAS PEDONA

 



Evangelio (Lc 7, 36-50)


Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.


En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.


Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».


Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro».


«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».


Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».


Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.


Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.


Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume.


Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».


Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».


Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».


Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



JESÚS se encuentra en casa de un fariseo. Por lo que cuenta san Lucas, parece ser que el anfitrión tiene mucho interés en comer con aquel hombre que hace grandes prodigios. Por fin puede recibirlo bajo su techo. Pero justo cuando están alrededor de la mesa, una mujer irrumpe en la escena. Y no se trata de una persona cualquiera: es una pecadora. Probablemente el fariseo se escandalizara. No soportaría que alguien así entrara en su casa, y menos en un momento tan delicado como aquella comida. La aparición de esa mujer, sin embargo, fue lo menos sorprendente. Con gran atrevimiento, se puso a llorar los pies de Jesús, los bañó «con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume» (Lc 7,38) que llevaba en un frasco de alabastro.


Aquella mujer no estaba dispuesta a que sus pecados definieran su vida. Sabía que se había equivocado muchas veces. Por eso quiso demostrar su arrepentimiento con un gesto de amor humilde y, al mismo tiempo, audaz. Si sus faltas le habían llevado a alejarse del Señor y de los demás, ahora el reconocimiento de su culpa le empuja a encontrarse con el Hijo de Dios, a pesar de que se encuentre reunido en el hogar otra persona. Y Cristo, que ha sabido leer sus deseos de cambiar de vida, le concede lo que tanto buscaba: la paz de espíritu y el perdón de los pecados (cfr. Lc 7,50). «Pide a Jesús –comentaba san Josemaría– que te conceda un Amor como hoguera de purificación, donde tu pobre carne –tu pobre corazón– se consuma, limpiándose de todas las miserias terrenas… Y, vacío de ti mismo, se colme de él. Pídele que te conceda una radical aversión a lo mundano: que solo te sostenga el Amor»[1].


EL RELATO evangélico nos ofrece al menos dos maneras de ver el gesto de aquella mujer. Por un lado, la del fariseo. El anfitrión reflexiona para sí mismo: «Si este fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora» (Lc 7,39). Además de dudar del poder de Jesús y de despreciar a la mujer, podemos decir que el fariseo comete otro error de planteamiento: el de ignorar su propio pecado. Al etiquetar a esa persona como pecadora, en cierto modo él se considera justo y, por tanto, cree que no tiene necesidad de recibir el perdón divino.


Por otro lado, el Evangelio nos propone la visión de Jesús, que está marcada por la misericordia. El Señor valora la audacia de aquella mujer que no teme entrar en una casa ajena. Aprecia su humildad para echarse a sus pies. Se emociona cuando la ve llorar. No ve a una pecadora, sino a una mujer que trata de conquistar el corazón de Dios con su amor. «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! –Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona»[2].


Esta escena pone de relieve que «quien confía en sí mismo y en sus propios méritos está como cegado por su yo y su corazón se endurece en el pecado. En cambio, quien se reconoce débil y pecador se encomienda a Dios y obtiene de él gracia y perdón»[3]. Por eso, podemos pedir al Señor que, como la mujer de este pasaje, sepamos acudir a él con humildad cuando notemos la presencia del pecado en nuestra vida. «Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?… “Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome”, reconocías. Consuélate: él no te negará ni su Amor ni su Misericordia, si le buscas»[4].


El FARISEO está incómodo. Jesús ha leído que en su corazón ha despreciado el gesto de la mujer. Por eso, el Señor le hace ver que, en realidad, ella ha sido mucho mejor anfitriona que él. En cierto sentido, el corazón de esa mujer es un hogar más preparado para recibir a Jesús. «Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume» (Lc 7,44-46).


Cristo reconoce los detalles de cariño que tenemos con él: la piedad externa que manifestamos cuando estamos en una iglesia, los sacrificios escondidos que hacemos por él en el día a día, la oración breve y silenciosa en nuestro lugar de trabajo… Con cada uno de estos gestos manifestamos, como la mujer, el amor que tenemos por el Señor. «El que ama no pierde un detalle –escribe san Josemaría–. Lo he visto en tantas almas: esas pequeñeces son una cosa muy grande: ¡Amor!»[5].


Podemos suponer que Jesús no desea recriminarnos si descuidamos u omitimos alguna de estas prácticas, como tampoco hizo en un primer momento con el fariseo. No obstante, si nuestra mirada juzga con dureza a los demás y es condescendiente con uno mismo, el Señor también desvelará nuestra incoherencia. «Con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,2). Por eso, podemos pedir a la Virgen María una mirada materna con nuestros hermanos, que sepa relativizar sus errores y apreciar sus cualidades.



17 de septiembre de 2025

EL JUEGO DIVINO


 Evangelio (Lc 7, 31-35)


Así pues, ¿con quién voy a comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice:


«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado».


» Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: «Tiene un demonio». Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores».


»Pero la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos.


PARA TU RATO DE ORACION 


TRAS haber mostrado a la embajada de Juan el Bautista con obras y palabras que él es el Mesías, el Señor lo alaba delante de la multitud que se ha reunido a su alrededor. A continuación, dirige un duro reproche a los fariseos y doctores de la Ley y una advertencia en forma de comparación para todos aquellos que lo escuchan: «¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice: “Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”» (Lc 7,31-32).


Los juegos de los niños suelen seguir unas reglas aceptadas por todos que permiten disfrutar la actividad. Si uno no las cumple, prefiriendo jugar de otro modo, es lógico que los compañeros se lamenten, pues se está alterando el sentido del juego. Con esta imagen, Jesús enseña que Dios tiene un camino para salvarnos y hacernos felices. Algunos fariseos y doctores, en cambio, preferían una alternativa basada en sus esquemas y seguridades, basando la salvación en el cumplimiento de las reglas que, de hecho, ellos mismos habían establecido y que se alejaban de la voluntad original de Dios. De este modo, no solamente se negaban a acoger la salvación que Cristo les ofrecía, sino que impedían que los demás pudieran disfrutar del juego que el Señor les tenía preparado, pues enseñaban al pueblo sus propias normas, no las divinas.


«¿Cómo quiero yo ser salvado? ¿A mi modo? ¿Al modo de una espiritualidad que es buena, que me hace bien, pero que está fija, tiene todo claro y no hay riesgo? ¿O al modo divino, es decir, siguiendo el camino de Jesús, que siempre nos sorprende, que siempre nos abre las puertas al misterio de la omnipotencia de Dios, que es la misericordia y el perdón?»[1]. Las reglas del juego divino forman parte de una sabiduría que busca saciar nuestros anhelos más profundos: no hay nadie más interesado en nuestra felicidad que el propio Dios. Él nos ofrece, por decirlo de algún modo, bailar al ritmo de una melodía que nos llevará a ser dichosos en la tierra y en el cielo.


EL MISMO Jesús hace explícito el sentido de su comparación: «Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”. Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”» (Lc 7,33-34). Cualquier gesto del Señor era fácilmente malinterpretado por algunas autoridades judías. En lugar de tratar de comprender el sentido de la propuesta del Señor, que era el Mesías que tanto esperaban, preferían aferrarse a la imagen de Dios que ellos se habían moldeado a partir de sus propias normas.


Al leer el Evangelio podemos entrever que Jesús no actuaba en función de unos estándares sociales, ni se dejaba influenciar por lo que los demás podían pensar o esperar de él. Cristo se movía con una auténtica libertad: todas sus obras eran fruto del amor a su Padre y a los hombres. Si comía con publicanos y pecadores era porque consideraba que precisamente aquellas personas tenían más necesidad de su amistad para que aceptaran la salvación que él venía a ofrecer.


Jesús rechaza el pecado, pero no cierra las puertas a las almas necesitadas de perdón. La misericordia es uno de los rasgos que forman la auténtica imagen divina, aunque no todos los fariseos lo lograran percibir. Por eso el Señor nos invita a no juzgar a los demás con nuestros propios criterios, sino a ofrecerles la alegría y la salvación que proviene de dejar entrar a Cristo en la propia casa. «Saber que Dios nos espera en cada persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros, nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido»[2].


EL SEÑOR termina su discurso dando una clave para entender las reglas del juego divino y de su modo de obrar: «La sabiduría queda acreditada por todos sus hijos» (Lc 7,35). Es decir, que todos aquellos que han abrazado la nueva vida que les ha ofrecido Cristo confirman que es un camino de alegría que llena las aspiraciones del corazón humano. El reconocimiento de nuestra dependencia filial de Dios es «fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza»[3].


San Josemaría comentaba que cuando uno busca sinceramente la santidad, alcanza una paz y una alegría que acaba extendiéndose a las personas que le rodean. «El cristiano es uno más en la sociedad; pero de su corazón desbordará el gozo del que se propone cumplir, con la ayuda constante de la gracia, la Voluntad del Padre»[4]. Esta alegría es el testimonio más auténtico que acredita la sabiduría de las palabras del Señor y hace que su mensaje llegue a todas las personas de manera amable y atractiva, siguiendo el consejo de san Pablo: «Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene» (Col 4,6).


La Virgen María confió en los planes divinos y encontró una felicidad que inspira a los cristianos con el pasar de los siglos. «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48), clamó en el Magníficat. No se trata, por tanto, de un testimonio que solamente iluminó a las personas de su época, sino que también se extiende a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos. Podemos acudir a ella para que en nuestra vida reflejemos la alegría de decir que sí a la voluntad de Dios.



15 de septiembre de 2025

MISERICORDIA DE JESÚS

 


Evangelio (Lc 7, 11-17)

En aquel tiempo, marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: —No llores.

Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: —Muchacho, a ti te digo, levántate.

Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».

Esta opinión sobre él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas.



PARA TU RATO DE ORACION 


CAMINABA Jesús acompañado por una gran muchedumbre. Algunos habían presenciado sus milagros; otros quizá solamente habían oído hablar de él. En cualquier caso, todos estaban asombrados por el nuevo Maestro: su predicación y sus obras manifestaban claramente el poder de Dios. Mientras la comitiva se dirigía a Naín, Jesús observó a lo lejos una escena triste: una mujer viuda se disponía a enterrar a su único hijo. El Evangelio nos muestra su reacción: «El Señor la vio y se compadeció de ella» (Lc 7,13).


Cristo es verdadero hombre, por eso se apiada de esta mujer, como lo haría cualquiera de nosotros. Pero como también es Dios, el consuelo que puede ofrecer es mayor que el que nosotros podemos dar. «Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Muchacho, a ti te digo, levántate”. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar» (Lc 7,14-15). A diferencia de otros milagros, aquí no encontramos ninguna súplica dirigida hacia el Señor; no conocemos ni siquiera el nombre de la viuda ni del muchacho. Esa mujer no dice nada, pero Jesús conoce su corazón, y obra simplemente movido por su misericordia.


El Señor «podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo. (…) No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor»1. Él mira nuestras luchas y nuestros dolores de la misma manera en que miró a la viuda de Naín: Jesús es el primero que quiere curarnos.


EL PUEBLO de Israel era consciente de que Yahvé tenía una especial predilección por las viudas. «El Señor guarda a los extranjeros, sustenta al huérfano y a la viuda», dice el salmista (Salmo 146,9). Además, los profetas advertían constantemente al pueblo elegido de la importancia de cuidar a las viudas, de no dejarlas solas en su desamparo. Dada las circunstancias sociales del momento, una mujer que perdía el marido enfrentaba serios retos en su vida.


Es de suponer, por tanto, que aquella mujer de Naín tenía pocas esperanzas. A la pérdida del marido se le unía la de su hijo. Él era el único que podía ayudarla a salir adelante, pero ahora se veía abocada, ella sola, a lidiar con las dificultades de la vida. Justo cuando resultaba evidente que todo estaba perdido, apareció el Señor y obró el milagro. Algo similar sucedería después, al resucitar a Lázaro: ya habían pasado varios días desde que la esperanza de su curación se había desvanecido.


La esperanza cristiana no es ingenuidad. No consiste en creer que las cosas irán siempre bien. En ocasiones, el Señor permite que una contradicción se prolongue en el tiempo y que nuestras esperanzas humanas vayan cayendo, una tras otra. Llega entonces el momento de confiar solamente en Jesús: «Cristo está en vosotros y es la esperanza de la gloria» (Col 1,27), escribe san Pablo. La seguridad no reside en nuestras cualidades, ni en los asideros que ofrece el mundo, ni siquiera en que sucederá en algún momento lo que a nosotros nos parece mejor, sino en la certeza de que Dios siempre camina a nuestro lado. «“In te, Domine, speravi”: en ti, Señor, esperé. –Y puse, con los medios humanos, mi oración y mi cruz. –Y mi esperanza no fue vana, ni jamás lo será: “non confundar in æternum”!2».


DESPUÉS de que el muchacho volviera a la vida, san Lucas apunta que Jesús «se lo entregó a su madre» (Lc 7,15). Seguramente, ese gesto del Señor se quedó impreso en la memoria de la viuda de Naín. A partir de entonces, ella vería a su hijo de una manera distinta. «Recibiéndolo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora se le ha devuelto no ha recibido la vida de ella. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra potente de Jesús y a su gesto amoroso»3.


Si toda vida humana es un don, en el caso del muchacho de Naín esto resulta aún más evidente. Aquello que Dios parecía que había arrebatado de la madre, ahora lo vuelve a poner en sus manos. El Señor no «se goza en separar a los hijos de los padres –explica san Josemaría–: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana»4.


La viuda de Naín pasó por un proceso de purificación de sus esperanzas. Qué natural resultaría para ella contar con la ayuda de su hijo, una vez que su marido había dejado este mundo. Y, sin embargo, durante un momento tuvo que desprenderse de él, hasta que el Señor se lo volvió a dar. A partir de entonces, vería en esa vida sobre todo un don. Ciertamente confiaría en su hijo, pero, sobre todo, confiaría aún más en el Señor. La Virgen también tuvo que vivir de esta esperanza durante los días que siguieron a la muerte de Jesús. Por eso, nadie mejor que ella nos puede ayudar a afrontar las dificultades de la vida con la mirada puesta en la resurrección: quien espera en el Señor no queda nunca defraudado.





VIRGEN DOLOROSA

 

Nuestra Señora de los Dolores

El 15 de septiembre se conmemora la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Según una antigua tradición, los cristianos recuerdan “los siete dolores de la Virgen”: momentos en que, unida a su Hijo Jesús, compartió de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio.

La devoción a la Mater Dolorosa, muy extendida sobre todo en los países mediterráneos, se desarrolló a partir de finales del siglo XI. El Papa Pío VII introdujo la celebración en el calendario litúrgico romano en 1814; y Pío X fijó la fecha definitivamente en el 15 de septiembre. Testimonio de la antigüedad de esta devoción es el Stabat Mater, atribuido al Beato Jacopone da Todi (1230-1306). En el s. XV encontramos las primeras celebraciones litúrgicas de María dolorosa al pie de la Cruz. No hay que olvidar que en 1233 se fundó la Orden de los frailes "Siervos de María", que contribuyó en gran medida a la difusión del culto a Nuestra Señora de los Dolores, hasta el punto de que en 1668 se les permitió celebrar la Misa votiva de los Siete Dolores de María. En 1692, el Papa Inocencio XII autorizó la celebración de los Siete Dolores de la Santísima Virgen el tercer domingo de septiembre. En 1814, el Papa Pío VII extendió esta fiesta litúrgica a toda la Iglesia, incluyéndola en el calendario romano. Finalmente, en 1913 el Papa Pío X fijó la fecha definitiva en el 15 de septiembre, justo después de la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), cambiando el nombre de la Memoria: de los “Siete Dolores” a “Nuestra Señora de los Dolores”.


Evangelio san Juan 19,25-27

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien amaba, Jesús le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa”. 


PARA TU RATO DE ORACION 


Jesús, al ver a su Madre, la confía al discípulo amado; es su última disposición. Hace a María madre del discípulo, y hace que el discípulo sea hijo de la Madre: "La recibió en su casa", es decir, en su interior, en lo que más aprecia. Jesús no deja sola a su Madre, la confía al cuidado del discípulo amado, del que le siguió hasta el final.

En ese discípulo, la tradición sugiere que está toda la Iglesia. María está confiada a la Iglesia, y la Iglesia está confiada a María, Madre de Jesús, primera discípula del Hijo.

Mujer, este es el mismo nombre que Jesús utilizó en Caná. Las dos escenas están así relacionadas: en Caná, su hora aún no había llegado; en la Cruz, sí. La Cruz se convierte en la realidad de lo que fue revelado en Caná. Pero en ese título "Mujer", Jesús alude a Eva: "Será llamada Mujer" (Gn 2,23): María es la nueva Eva.

María es para todos nosotros la Madre del Hijo Jesús, nuestro Señor. Pero también es discípula del Maestro, aquella que mejor que nadie puede ayudarnos a crecer en la escuela de su Hijo. Aquella que más que nadie supo mantenerse fiel, "de pie" incluso bajo la Cruz. Una fidelidad que se transformó en martirio interior, como le predijo Simeón (Lc 2, 35): "Y a ti una espada te atravesará el corazón


LA IGLESIA nos invita a dirigir la mirada hacia esos últimos momentos de la vida del Señor, en los que quiso contar con la compañía de su Madre. Es una escena que, vista desde una perspectiva simplemente humana, parecería desoladora: un condenado a punto de morir, en la presencia de su misma madre. Sin embargo, la fe ilumina este cuadro, y nos ayuda a ver que, más allá de las sombras, hay puntos de luz. Incluso nos atrevemos a exclamar: «Feliz la Virgen María, que, sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor»1.


¿Por qué podemos decir que la Virgen fue bienaventurada al estar junto a la cruz de su hijo? Sin duda, esto no se entiende sino a la luz de la Pascua del Señor. El martirio interior de santa María, todo aquel dolor real, fue superado por una participación especial, inmensa, en la alegría de la resurrección de Jesús. Contemplar los dolores de la Virgen nos recuerda que, en Cristo, el sufrimiento no tiene la última palabra: siempre lo podemos asociar a algo más grande, a la obra de la salvación de todos.


La Misa de hoy concluye diciendo: «Te pedimos, Señor, que, al recordar los dolores de la Virgen María, completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de Jesucristo»2. Santa María vivió de manera especialísima ese misterio de la unión de sus dolores con la Cruz de Jesús. La Virgen nos muestra que el sufrimiento, las contradicciones grandes o pequeñas, no tienen por qué encerrarnos en nosotros mismos. Sabiendo que se dirigen a la resurrección, pueden ser un camino para estar más cerca de Jesús y de los demás.


SAN JOSEMARÍA, al imaginar el encuentro de Jesús con su Madre camino al Calvario, comenta: «Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor»3. No es poco frecuente que las madres contengan su propio sufrimiento, con el propósito de suavizar el de sus hijos. Lo mismo parece hacer santa María: abre su corazón al dolor, con el propósito de darle a Jesús un poco de alivio.


El arte de todos los siglos ha conservado en nuestra memoria las lágrimas que la Virgen derramó al pie de la Cruz. Pero aquellas lágrimas de María «fueron transformadas por la gracia de Cristo; toda su vida, todo su ser, todo en María se transfigura en perfecta unión con su Hijo, con su misterio de salvación. (…) Por eso, las lágrimas de la Virgen son signo de la compasión de Dios que siempre nos perdona; son signo del dolor de Cristo por nuestros pecados y por el mal que aflige a la humanidad, especialmente a los pequeños e inocentes»4.


En nuestra vida también encontraremos cruces, grandes y pequeñas. La Virgen de los Dolores nos recuerda que nunca estamos solos en el momento de la prueba. Ella cumple el encargo que recibió de los labios de Jesús antes de morir y ejerce su protección materna sobre nosotros. Podemos estar seguros de que siempre hay alguien que no es indiferente a nuestro dolor, sino que se compadece sinceramente de nosotros. En santa María encontramos consuelo y fuerza.


LA FIESTA de hoy nos invita a llenar de compasión también nuestro corazón. Es difícil hacerse cargo del dolor de María y, ante ello, mostrar indiferencia: «¿Cuál hombre no llorara, si a la Madre de Cristo contemplara, en tanto dolor?»5. Estas palabras del Stabat Mater buscan movernos a la conversión. Nos sacude ver el sufrimiento de la madre del hombre injustamente castigado. Ante las consecuencias del mal en la sociedad, los cristianos estamos llamados a no pasar de largo, sino a acogerlas con el mismo corazón de la Virgen.


Cuentan del fundador del Opus Dei que, especialmente en sus últimos años, «rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo»6. También nosotros podemos pedir a María que alcancemos esa misma sensibilidad ante el sufrimiento que presenciamos día a día, ya sea en la calle o en los medios de comunicación.


«Hazme contigo llorar –continúa el Stabat Mater– y de veras lastimar de sus penas mientras vivo; porque acompañar deseo en la cruz, donde le veo, a tu corazón compasivo»7. Una actitud compasiva no es una actitud débil. La Virgen, al pie de la Cruz, nos muestra la fuerza de la misericordia, que es capaz de levantar a los afligidos y de sembrar paz a su alrededor. «Admira la reciedumbre de santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor–, llena de fortaleza. –Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz»8.


HACER LA ORACION CON LOS SIETE DOLORES DE MARIA

https://opusdei.org/es-es/article/los-dolores-de-la-virgen-maria-rezar-con-san-josemaria/


14 de septiembre de 2025

Exaltación de la Santa Cruz

 


El 14 de septiembre los cristianos celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Es un día para reflexionar sobre la muerte de Cristo en una Cruz, a la que se nos invita a unirnos para resucitar con Él.

Hacia el año 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Vera Cruz, la cruz en que murió Jesucristo. En 614, el rey Cosroes II de Persia invadió y conquistó Jerusalén, llevándose como trofeo de guerra la santa Reliquia.

Pero en el 628 el emperador Heraclio recuperó la Cruz y la llevó de nuevo a Jerusalén. El 14 de septiembre, el emperador entró en la Ciudad Santa cargando él mismo con la cruz. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Santa Cruz.


Evangelio (Jn 3,13-17)


Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.


Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


«NOSOTROS hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado»1. La Iglesia hace suyas estas palabras de san Pablo en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Hoy podemos mirar con especial devoción esos travesaños que, aunque siglos atrás hablaban de muerte, hoy nos hablan de vida y libertad. Para los cristianos, la Cruz del Señor no es una tragedia, sino fuente de salvación.


Los enamorados miran con especial cariño los lugares u objetos relacionados con la persona amada: el sitio donde se conocieron, la foto de un momento especial, el regalo que acompañó una declaración de amor… Todo eso guarda un valor especial. La Cruz es el lugar donde Jesús ha venido a buscar con suma misericordia a la humanidad extraviada. Ahí el hijo de Dios se hizo solidario con todos los hombres, especialmente con los que sufren y con los que aparentemente han perdido toda esperanza. La Cruz nos habla de esa relación particular que Cristo tiene con cada persona que se abre a su consuelo y a su perdón.


Durante la peregrinación por el desierto, el pueblo de Israel miraba a una serpiente de bronce colgada en un estandarte para conseguir la curación (cfr. Núm 21,4-9). Jesús anuncia a Nicodemo que, en los tiempos mesiánicos, «lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). Al dirigir nuestra mirada a la Cruz, podemos recordar todo lo que Cristo ha hecho por nosotros, empezando por el sacrificio que nos permitió recuperar la vida.


COMPRENDER el sentido auténtico de la Cruz no es sencillo. San Pedro amaba sinceramente al Señor, pero en un primer momento no entendió qué quería decir con el anuncio de su Pasión, y Jesús tuvo que reprenderlo cuando intentó disuadirlo de dar su vida (cfr. Mt 16,21-23). Sin embargo, años más tarde el apóstol captaría más plenamente su significado, hasta el punto de estar también dispuesto a morir en un madero.


San Josemaría animaba a descubrir en la Cruz una llamada a identificarse con Cristo; es decir, a no ver en el madero simplemente un recuerdo de un acontecimiento pasado, sino una invitación a descubrir que es un suceso actual, presente en nuestra propia vida. «Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? –Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. (...) La Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella”»2.


Para algunos, la Cruz está como muda, parece que anuncia solo dolor. Sin embargo, para los cristianos es una invitación a ser generosos, a unirnos a Jesús que nos espera para concedernos la misma capacidad para vivir siempre con amor y no dar espacio a las consecuencias del pecado. En la Cruz el Señor restaura la naturaleza herida del hombre: ante la mayor injusticia, Jesús no permite que en su corazón humano nazcan el resentimiento, la desobediencia, el odio, etc. Solo alguien con la fuerza de Dios podría hacerlo. Cristo crucificado está recreando el hombre y aquella nueva vida nos la entrega en los sacramentos. Por eso, cargar con la Cruz no consiste solamente en «soportar con paciencia las tribulaciones cotidianas, sino en llevar con fe y responsabilidad esta parte de cansancio y de sufrimiento que la lucha contra el mal conlleva. (…) Así el compromiso de “tomar la cruz” se convierte en participación con Cristo en la salvación del mundo»3.


«PARA UN CRISTIANO, exaltar la cruz quiere decir entrar en comunión con la totalidad del amor incondicional de Dios por el hombre»4. Abrazar la cruz es un acto de fe por el que deseamos vivir solamente del amor que nos ofrece Cristo. De ahí que san Juan Crisóstomo nos recuerde que la Cruz acompaña la vida cristiana, y esto es una fuente de gozo: «Que nadie, pues, se avergüence de los símbolos sagrados de nuestra salvación, de la suma de todos los bienes, de aquello a que debemos la vida y el ser»5.


El Señor sigue atrayendo a una multitud de hombres y mujeres desde la Cruz: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Es fácil imaginar la pasión y convicción con la que Jesús habría pronunciado estas palabras, mientras se acercaba el momento en el que daría su vida. Para él, la Cruz es el momento del triunfo definitivo, el camino para conquistar los corazones que tanto ama. Es el trono desde el que él reina y que simboliza «la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división»6.


Podemos acudir a la Virgen, quien supo estar al pie de la Cruz acompañando a su hijo. «Invoca al Corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos –aconsejaba san Josemaría–. Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada»7.