"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

6 de octubre de 2025

AMAR CON OBRAS

 



Evangelio (Lc 10,25-37)


En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:


—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?


Él le contestó:


—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?


Y éste le respondió:


—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.


Y le dijo:


—Has respondido bien: haz esto y vivirás.


Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:


—¿Y quién es mi prójimo?


Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:


—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?


Él le dijo:


—El que tuvo misericordia con él.


—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.


PARA TU RATO DE ORACION


EN UNA OCASIÓN, un doctor de la ley plantea a Jesús una cuestión sobre la relación entre la vida eterna con el amor a Dios y al prójimo. Sabe bien que la ley de Moisés manda esto último, pero existía una discusión sobre quién merecía ser considerado como «prójimo», y si aquella distinción coincidía con la pertenencia al pueblo elegido. Jesús aprovecha este diálogo para hablar de un amor que no conoce distinciones, y lo hace a través de la parábola del buen samaritano.


La historia comienza con un hombre que, al bajar de Jerusalén a Jericó, cae en manos de unos salteadores que le dejan medio muerto. Cuando un sacerdote y un levita lo encuentran por el camino, pasan sin detenerse, quizás para no contaminarse con su sangre; antepusieron esa norma, vinculada con el culto, al gran mandamiento de Dios, que ante todo quiere misericordia y no sacrificio (cfr. Mt 9,13).


Puede dar la impresión de que, en el interior de aquel sacerdote o de aquel levita, esa norma y el cuidado lógico a un herido fuesen realidades enfrentadas. Pensaron tal vez: «O elijo cuidar el culto a Dios o bien me ocupo de esa persona». Sin embargo, cuando dejamos que el amor del Señor y a los demás informe toda nuestra vida, esos dilemas desaparecen: «La caridad, en verdad, nos purifica de nuestro egoísmo; derriba las murallas de nuestro aislamiento; abre los ojos y hace descubrir al prójimo que está a nuestro lado, al que está lejos y a toda la humanidad»1. En definitiva, nos hace ver que precisamente cuidando a esa persona damos culto a Dios: «Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios»2.


JESÚS invita al doctor de la ley a salir de sus esquemas, y presenta como héroe de la parábola a un hombre samaritano. Los samaritanos eran un grupo apartado de la religión oficial, lejos de la pureza que rodeaba al pueblo elegido, especialmente a quienes rendían culto en el templo. Las acciones con las que el samaritano entra en escena son las mismas que las de los otros dos viajeros: pasa por el camino y ve al hombre malherido. Pero su reacción es totalmente distinta: «Se conmovió profundamente» (Lc 25,33) y sintió «un rayo de compasión que le llegó al alma»3.


Quizá los oyentes de la parábola se sorprendieron al oír que fue un samaritano el que se compadeció; tal vez creían poder predecir cómo actuaría uno de ellos en esta situación. Pero Jesús quiere mostrar que no debemos reducir la realidad a nuestros propios modelos ni encasillar a las personas. De hecho, el Evangelio nos presenta al menos dos interacciones de Cristo con samaritanos: un leproso que es modelo de agradecimiento a Dios (cfr. Lc 17,11-19), y una mujer que al encontrarse con el agua viva de Jesús se transforma en apóstol (cfr. Jn 4,7-30).


Cuando miramos a los demás sin prejuicios aprendemos a quererles tal como son, además de que nos enriquecemos de sus dones. Imitamos así el amor de Cristo, que siempre mira todo el bien del que somos capaces. Como decía san Josemaría: «La fe –la magnitud del don del amor de Dios– ha hecho que se empequeñezcan hasta desaparecer todas las diferencias, todas las barreras: ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni de libre; ni de hombre ni de mujer: “porque todos sois una cosa en Cristo Jesús” (Gal 3,28) Ese saberse y quererse de hecho como hermanos, por encima de las diferencias de raza, de condición social, de cultura, de ideología, es esencial al cristianismo»4.


LA REACCIÓN del samaritano del relato no se quedó solamente en un buen sentimiento de compasión. Al contrario, se puso manos a la obra: «Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta”» (Lc 10,34-35).


El samaritano nos muestra que el amor se manifiesta en lo concreto, en grandes y pequeños gestos. A través de ellos expresamos nuestra voluntad de ayudar en las necesidades del otro y de hacer amable la vida de quienes nos rodean. San Josemaría nos invitaba a concretar nuestro amor, para que no quede solo en palabras, sino que tome cuerpo y se haga tangible en las obras: «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones”. Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche»5.


Terminada la parábola, Jesús hace una pregunta al doctor de la ley: «¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Y responde el doctor: «El que tuvo misericordia con él» (Lc 10,36-37). Podemos pedir a María que haga más sensible nuestro corazón, y que nos alcance la prontitud para ponernos manos a la obra: solo entonces seremos verdaderamente «prójimos».


1. San Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma, 1986.

2. Francisco, Audiencia general, 27-IV-2016.

3. Card. Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, tomo I, p. 238.

4. San Josemaría, “Las riquezas de la fe”, 2-XI-1969.

5. San Josemaría, Camino, n. 933.

4 de octubre de 2025

LO ÚNICO IMPORTANTE DIOS Y LOS DEMAS


 Evangelio (Lc 17,5-10)

Los apóstoles le dijeron al Señor:

— Auméntanos la fe.

Respondió el Señor:

— Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.

Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: “Entra enseguida y siéntate a la mesa”? Por el contrario, ¿no le dirá más bien: “Prepárame la cena y disponte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú”? ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”.



PARA TU RATO DE ORACION 


ENSÉÑANOS a orar. Explícanos la parábola. Muéstranos al Padre. Son tres peticiones que los apóstoles dirigen a Jesucristo y que recogen los evangelios. La familiaridad con que se expresan contrasta con la angustia que manifiesta el profeta Habacuc en la primera lectura de este domingo. El profeta se queja con una pregunta en forma de lamento: «¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me escuches? ¿Gritaré a Ti: “¡Violencia!”, sin que me salves?» (Ha 1,2). Su desconsuelo contrasta con la audacia de los apóstoles que piden en forma imperativa: enséñanos, explícanos, muéstranos.


También nosotros podemos acercarnos al Señor con esa confianza, y esperar con serenidad su respuesta, sin dejarnos llevar por angustias precipitadas que, más que nacer de la esperanza segura de quien sabe que Dios ha escuchado su oración, brotan de una cierta desesperanza, como si él no nos escuchara. No nos toca a nosotros verificar cómo es la respuesta de Dios, habitualmente diversa a lo que uno podría esperar. «La oración tiene su centro y hunde sus raíces en lo más profundo de la persona; por eso no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, se puede prestar a malentendidos y mistificaciones. También en este sentido podemos entender la expresión: rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, del tender hacia el Invisible, el Inesperado y el Inefable. Por eso, para todos, la experiencia de la oración es un desafío, una “gracia” que invocar, un don de aquel al que nos dirigimos»[1].


El Evangelio de hoy recoge otra petición de los discípulos al Maestro: «Auméntanos la fe». Y escuchamos la sorprendente respuesta del Señor: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería». (Lc 17,6). Una vez más, la sabiduría divina no se pliega a una respuesta de manual, sino que se despliega en la novedad de una propuesta transformadora. Cada vez que rezamos, cada vez que pedimos al Señor, él nos escucha y, si la petición es sincera, nos responde. Pero no con el estilo de respuesta que nosotros podemos esperar, sino con la que él nos quiere transformar. «La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesión inmediata que parece ofrecer la visión; es una invitación a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno»[2].


UNA SEMILLA de mostaza es pequeña y frágil, pero encierra dentro sí una fuerza silenciosa que la hará crecer y convertirse en un árbol grande. Del mismo modo, quizá en nuestra vida conocemos a muchas personas que son como semillas de mostaza: gente sencilla, humilde, que no llama la atención, pero cuya fe firme y perseverante les permite atravesar pruebas difíciles sin perder la esperanza ni el amor. No presumen tanto de sus méritos o capacidades, pues saben que todo lo han recibido de Dios. Es más, se limitan a decir lo que enseña Jesús en el Evangelio: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». «Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante»[3].


Un hombre de fe no pretende imponer a Dios sus propios planes ni forzarle a actuar según sus expectativas humanas. Sabe que su visión es limitada, que sus deseos pueden estar marcados por el pecado, y por eso no se aferra a ellos como si fueran absolutos. Su actitud se asemeja a la de un siervo fiel: se mantiene atento a la voz de su Señor, dispuesto a obedecer, a esperar y a actuar cuando sea necesario. Reconoce que su grandeza, que todo lo que da sentido a su existencia, radica en saberse amado y sostenido por Dios. «La fe comparable al grano de mostaza es una fe que no es orgullosa ni segura de sí misma (…). Es una fe que en su humildad siente una gran necesidad de Dios y, en la pequeñez, se abandona con plena confianza a él. Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, la que nos ayuda a aceptar incluso las derrotas y los sufrimientos, sabiendo que el mal no tiene nunca, no tendrá nunca la última palabra»[4].


«LA FE es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios»[5]. Sin embargo, como seres humanos limitados, no siempre vivimos esa adhesión con la constancia y la plenitud que desearíamos. Nuestra búsqueda de Dios se ve a veces interrumpida por distracciones, debilidades o cansancio. San Josemaría lo expresaba con sinceridad en una de sus cartas: «El resumen que saco siempre al final del día, al hacer mi examen, es pauper servus et humilis! Y esto cuando no he de decir: Josemaría, Señor, no está contento de Josemaría. Pero, como la humildad es la verdad, son muchas las veces que −lo mismo que os sucede a vosotros− pienso: Señor, ¡si no me he acordado para nada de mí, si he pensado solo en ti y, por ti, me he ocupado solo en trabajar por los demás! Entonces nuestra alma de contemplativos exclama con el Apóstol: vivo autem iam non ego: vivit vero in me Christus; no soy yo el que vivo, sino que vive en mí Cristo»[6].


Con frecuencia, también a nosotros nos pasa algo parecido: transcurre el día entre múltiples ocupaciones –la atención a la familia, el trabajo profesional, los imprevistos de la jornada–, y al llegar la noche nos invade la impresión de no haber estado del todo a la altura. Tal vez pensemos que podríamos haber rezado mejor, haber amado más, haber servido con mayor generosidad. Y quizá sea cierto. Pero también puede ser verdad, como decía san Josemaría, que sin darnos cuenta hemos vivido volcados en Dios y en los demás, buscando identificarnos con Cristo, que «no vino a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28). Esa es, en el fondo, la alegría del siervo humilde: haber pasado su jornada –entre luces y sombras– dándose a su Señor, como lo hizo nuestra Madre. «Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a los designios de Dios. La humildad de la ancilla Domini, de la esclava del Señor, es el motivo de que la invoquemos como causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste. María, al confesarse esclava del Señor, es hecha Madre del Verbo divino, y se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos nosotros: que salgamos en esto a Ella –a Santa María–, y así nos pareceremos más a Cristo»[7].



AL SERVICIO DE LOS DEMAS

 


Evangelio (Lc 10, 17-24)

Volvieron los setenta y dos con alegría diciendo:

–Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

Él les dijo:

–Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo.

En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:

–Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:

–Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. Pues os aseguro que muchos profetas quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN DÍA, mientras san Francisco de Asís rezaba en la iglesia de San Damián, oyó estas palabras: «Ve y repara mi casa en ruinas». Tomó al pie de la letra esta inspiración y se dedicó a la reconstrucción de pequeñas capillas en ruinas que se encontraban en las cercanías de Asís. Más tarde entendió que por «casa» Dios no se refería solamente a los templos materiales, sino a las personas, es decir, a los cristianos de su época. Y esa restauración se llevaría a cabo a través del desprendimiento de los bienes materiales. Otro día, tras oír las palabras de Jesús «no llevéis oro, ni plata, ni alforja» (Mt 10,9), se despojó de todas sus posesiones y comenzó una vida dedicada únicamente al anuncio del Evangelio[1].


Francisco de Asís fue un santo que, entre otras cosas, redescubrió el vínculo profundo entre la pobreza y el camino que lleva a Dios. Todos estamos llamados a recorrer esa senda, con las particularidades propias de la vocación que cada uno ha recibido. «Quien no ame y viva la virtud de la pobreza –recuerda san Josemaría– no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana»[2]. Es decir, aunque las situaciones externas de estas personas sean muy distintas, todos pueden vivir la pobreza con un auténtico espíritu cristiano.


San Josemaría sugería algunos modos de hacerlo a cristianos que viven en medio del mundo: no crearse necesidades, cuidar lo que se tiene, prescindir de algo, dar lo mejor a los demás, aceptar con alegría las incomodidades, no quejarse si falta algo… Al mismo tiempo, señalaba que no se trata tanto de vivir según una serie de criterios, sino de escuchar «esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida»[3]. Hoy podemos pedir a san Francisco de Asís que nos ayude a ver cómo podemos recorrer ese camino de pobreza que lleva a la felicidad junto a Cristo.


«BIENAVENTURADOS los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3): así inicia Jesús el Sermón de la montaña. El Maestro ofrece la felicidad, en la tierra y en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios. «Es sabiduría y virtud el no apegarse de corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa. El verdadero tesoro que debemos buscar sin detenernos está en las “cosas de arriba”, donde se encuentra Jesús a la diestra del Padre»[4].


La virtud de la pobreza nos lleva a llenar de sabiduría nuestra relación con los bienes que Dios ha creado. El pobre de corazón disfruta de las cosas, sin ser poseído por ellas; sabe detectar en su interior esa tendencia que tenemos a construir nuestra vida, incluso de manera no tan consciente, como si la felicidad dependiera fundamentalmente de lo que tenemos. La pobreza nos permite darnos cuenta de lo engañosas que son muchas «seguridades» materiales, o de lo efímeros que son ciertos momentos de consuelo que no tocan el fondo del alma. La pobreza de espíritu nos permite, en fin, disfrutar verdaderamente de la realidad, porque nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios, independientemente de las circunstancias externas.


San Francisco de Asís consideraba a la pobreza como la dama de su corazón: «Las almas que se enamoran de ella –escribió el santo– reciben, aún en esta vida, ligereza para volar al cielo, porque ella templa las armas de la amistad, de la humildad y de la caridad»[5]. En efecto, aunque a veces se nos haga pensar que la prosperidad y el confort son la clave de la felicidad, la experiencia humana y cristiana es diversa; nos damos cuenta de que la verdadera alegría de una persona se mide más bien por la profundidad y la autenticidad de sus relaciones. Esa es la riqueza del pobre de corazón.


SAN PABLO escribe en su carta a los Gálatas: «Porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto para la carne, sino servíos unos a otros por amor» (Gal 5,13). Y a continuación, recuerda dos preceptos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14), «llevad los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2). La virtud de la pobreza nos lleva también a sentir la responsabilidad de ponernos al servicio de los demás, sobre todo de los más débiles. «No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos»[6].


Cuando Jesús invita a sus discípulos a hacerse amigos de la riqueza (cfr. Lc 16,9), lo hace porque inmediatamente les empuja a transformar aquellos bienes en relaciones; es decir, a usar los dones recibidos de Dios para el crecimiento de los demás. «Si somos capaces de transformar las riquezas en instrumentos de fraternidad y solidaridad, nos acogerá en el Paraíso no solamente Dios, sino también aquellos con los que hemos compartido, administrándolo bien lo que el Señor ha puesto en nuestras manos»[7].


Esto mismo es lo que vio san Josemaría en muchas personas. En concreto, ponía como ejemplo a una mujer anciana que, en medio de una vida sin apuros económicos, «no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir con esa pobreza de espíritu, camino que nos lleva a Dios: es decir, a nuestra felicidad y a la de los demás.


2 de octubre de 2025

FIESTA DE LOS ANGELES CUSTODIOS Aniversario fundación del Opus Dei

 




EVANGELIO  (Mt 18,1-5.10)


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?

Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:

— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 



ENTRE EL 30 DE SEPTIEMBRE y el 6 de octubre de 1928, los padres paúles organizaron, en Madrid, un retiro espiritual para sacerdotes diocesanos. A aquellas jornadas se sumó Josemaría Escrivá, joven sacerdote de veintiséis años, ya que esas fechas podía disponer de algunos días libres. Solo Dios sabía que, durante aquella actividad, después de celebrar Misa en la mañana del martes 2 de octubre, aquel sacerdote recibiría la misión divina de traer el Opus Dei al mundo; san Josemaría, al revisar algunos apuntes que ha venido tomando desde hace algunos años, comprende por primera vez que está llamado a ser padre de muchos hijos y de muchas hijas en la Obra, todos con la misión de llevar el Evangelio a su propio ambiente de trabajo. «Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»[1], explicará gráficamente poco tiempo después. Porque quienes viven del espíritu del Opus Dei, siendo ellos la misma sangre que circula por el mundo, procuran dar la vida de Dios al gran cuerpo formado por los hombres y mujeres de su entorno.

«En mis conversaciones con vosotros –escribía san Josemaría, en 1934, a las pocas personas que entonces formaban parte del Opus Dei– repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios»[2]. Y, más adelante, resumía lo mismo en pocas palabras: «La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre»[3]. Bastaría repasar la historia del Opus Dei –también la de cada persona del Opus Dei– para ser testigos de que esa movilización de cristianos, ese impulso de bien y de santidad que esta familia fomenta en lugares muy variados a lo largo y ancho del mundo, solo puede ser posible en compañía del Señor. Dios ha estado siempre presente de una manera palpable. La Iglesia ha reconocido oficialmente, en varias ocasiones, que la Obra existe «por inspiración divina»[4], y que «según el don del Espíritu recibido por san Josemaría Escrivá de Balaguer, la Prelatura del Opus Dei, bajo la guía de su Prelado, lleva a cabo la tarea de difundir la llamada a la santidad en el mundo»[5].


«DESDE 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor –decía san Josemaría, casi cuarenta años después de aquella fecha fundacional–. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres (…). Sueño —y el sueño se ha hecho realidad— con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas»[6]. El Opus Dei ha sido querido por Dios para ofrecernos un camino concreto de santidad en medio de las actividades cotidianas: en el trabajo y en el descanso, con la familia y con los amigos, en los momentos de alegría y en los momentos de dolor. San Josemaría nos recuerda que no podemos dividirnos interiormente; que no vivimos, por un lado, nuestra vida espiritual, con ciertos momentos reservados para ello; y, por otro lado, están todas las actividades restantes como si poco tuvieran que ver con Dios. Proclamar la llamada universal a la santidad supone anunciar esa unidad de vida, dejándonos amar por Dios en cada momento de nuestro día, sin dejar ninguno de lado. Entonces seremos apóstoles capaces de descubrir un sentido de misión en todo lo que hacemos.

«Os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día –decía san Josemaría el 8 de octubre de 1967, durante la homilía en el campus de la Universidad de Navarra–. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria»[7]. Ciertamente, dejarnos acompañar por Dios en cada cosa que hacemos, tener la convicción de que el cielo está dentro de nosotros, no es algo que sucede de la noche a la mañana. Para eso san Josemaría nos ha trasmitido un camino, que bebe de la riquísima tradición de la Iglesia Católica, y que se concreta en algunas prácticas de piedad que se adecúan a la situación de cada persona, vividas con la serenidad y confianza de hijos de Dios. El objetivo es dejarse llenar de Dios hasta ser, como le gustaba decir al fundador del Opus Dei para expresar la radicalidad de esta senda, «santos canonizables» o «santos de altar», que experimentan una vida contemplativa en medio del mundo y que iluminan su entorno con la luz del Evangelio.


SAN JOSEMARÍA, en un texto en el que explica detalladamente que aquella luz del 2 de octubre de 1928 se trató de una luz de Dios, termina confesando con viveza que quisiera que las personas llamadas al Opus Dei tuvieran siempre presente –«grabasen a fuego»– tres cosas: primero, que «la Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice»[8]. Segundo, que «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[9]. Y, tercero, que «esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[10].

Es decir, que es Dios quien hace la Obra; por lo tanto, si queremos hacer vida el espíritu que transmitió a san Josemaría, ni nos faltará su ayuda, ni nos faltará en el corazón la «dulce y confortadora alegría de evangelizar»[11]. El Opus Dei, como lo dice su mismo nombre, es obra de Dios, no obra nuestra; y eso dará la serenidad de saber que, aunque el Señor cuenta con nuestra colaboración, es él quien realmente lleva las riendas de esta familia, es él quien sabe qué conviene en cada momento histórico, es él quien enciende el fuego de la llamada divina en quien quiere. Al pensar de qué manera Dios nos invita a compartir con él su misión salvadora, a san Josemaría le gustaba imaginar a aquellos fuertes pescadores que dejan a los pequeños poner sus manos en las redes, aunque no sean ellos quienes tienen la fuerza[12]. De esa convicción de quien se sabe en manos del Señor surge el auténtico «gaudium cum pace», la alegría y la paz. Por eso, rememorando el 2 de octubre de 1928, san Josemaría escribía claramente que aquel día «el Señor fundó su Obra»[13].

El prelado del Opus Dei nos recordaba las palabras del fundador: «Si queremos ser más, seamos mejores»[14]. San Josemaría quería que sus hijos, cristianos corrientes que trabajan por hacer de este mundo un mejor hogar, se distinguieran solamente por su «bonus odor Christi», por su aroma a Cristo; es esa atracción divina, inicio de todo apostolado, la que moverá a la gente hacia la auténtica felicidad. Santa María, Regina Operis Dei, que tan cerca ha estado siempre de la Obra, intercede siempre por nosotros, junto a san Josemaría y tantos santos que han vivido este espíritu querido por Dios para el mundo.

1 de octubre de 2025

LAS SORPRESAS DE DIOS

 



Evangelio (Lc 9,57-62)


Mientras iban de camino, uno le dijo:


—Te seguiré adonde vayas.


Jesús le dijo:


—Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.


A otro le dijo:


—Sígueme.


Pero éste contestó:


—Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.


—Deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús–; tú vete a anunciar el Reino de Dios.


Y otro dijo:


—Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.


Jesús le dijo:


—Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.



PARA TU RATO DE ORACION 


SUBE JESÚS a Jerusalén, en donde le espera el Calvario. A su alrededor, un tanto asustados, van sus discípulos. Por el camino, en varias personas surge la inquietud por seguirlo. «Te seguiré adonde quiera que vayas» (Lc 9,57), le dice el primero. Jesús, que conoce lo mejor para cada uno en cada momento, serena el ímpetu de aquella persona: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58).


Jesús vivía así, ligero de equipaje, sin más cosas que las imprescindibles para su misión, entregado a la voluntad de su Padre Dios. Y quien quisiera ser su discípulo estaba invitado a ese mismo estilo de vida. Seguirlo era entusiastamente, llenaba el alma de alegría, pero no era cómodo. San Josemaría, recogiendo la sabiduría humana de tantos siglos, repetía que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»1. La aspiración más profunda del ser humano es amar y ser amado. Por eso, los bienes materiales no llenan el corazón.


Llevar una vida templada, gozando con libertad de los bienes creados, sin depender de ellos, nos ayuda a dirigir todas esas realidades al servicio de quien amamos. No se trata de un simple ejercicio de la voluntad por rechazar algo que nos atrae, sino en renovar el amor que mueve nuestra vida, en no dejar que nada nos aparte de él y ordenar todo lo que disponemos al servicio de nuestra misión como cristianos. Así, cada esfuerzo asumido libremente nos recordará que no hay mayor felicidad que la que encontramos en Dios.


MÁS ADELANTE, es Jesús quien toma la iniciativa y dice a una persona con la que se encuentra: «Sígueme» (Lc 9,59). No tenemos muchos más datos sobre este hombre. Tampoco sabemos por qué el Señor se fijó en él. Pero sí conocemos con certeza que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). No hay ninguna persona que se encuentre fuera del cariño de Dios: todos estamos llamados a verle un día cara a cara en el cielo, fuimos creados para ello. Como recuerda el Concilio Vaticano II: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre»2.


La santidad no está reservada solamente a aquellos con unas cualidades particulares. «Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra»3. Precisamente es en las «tareas pequeñas» en donde san Josemaría decía que se hallaba la santidad «grande»4; es decir, en realizar esas actividades junto a Jesús, en asemejarnos cada vez más a él. «Al elevar todo ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores»5. Es verdad que, en este camino, podemos encontrarnos con la experiencia de nuestra debilidad; pero, entonces, aprenderemos una y otra vez que para la santidad es preciso humildad y esperanza: porque es Jesús quien habita en nosotros y nos lleva como de la mano.


JESÚS siempre supera nuestras expectativas. Cuando los apóstoles decidieron seguirle, probablemente no eran del todo conscientes de lo que iban a vivir. Quizás esperarían empaparse de sus enseñanzas para poder transmitirlas a otros más adelante; pero es poco probable que se imaginaran a sí mismos haciendo milagros o difundiendo la alegría del cristianismo por todos los rincones del mundo. «Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas»6.


En contraste con la alegría de los apóstoles, en el Evangelio también encontramos personas que, después de haber conocido a Jesús, se marchan desilusionadas. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con los que no aceptaron que para salvarse tendrían que comer la carne y beber la sangre del hijo de Dios: «Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él» (Jn 6,66), nos dice san Juan. Algo similar sucedió también con los que creyeron que el Mesías les liberaría de la dominación romana. Lo que parecen tener en común estas personas es que quisieron reducir el poder de Cristo a sus propios esquemas. Y este es un peligro siempre presente: cuando en lugar de dejarnos sorprender por los panoramas que Dios pone ante nuestros ojos, preferimos aferrarnos a nuestras expectativas o a lo que ya creemos conocer bien. Entonces corremos el riesgo de cerrarnos a las sorpresas –más o menos pequeñas– que Dios nos tiene reservadas.


Seguramente la Virgen María tampoco imaginaba todo lo que vendría después del anuncio del ángel. Sin embargo, supo abrirse con fe a los planes que Dios tenía para ella. A ella podemos pedirle que sepamos siempre dejarnos sorprender por el amor de su Hijo.

29 de septiembre de 2025

JESUS MENDIGA UN POCO DE AMOR

 


Evangelio (Lc 9,51-56)


Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su ascensión, decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron:


—Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?


Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea.


PARA TU RATO DE ORACION 


«CUANDO iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén» (Lc 9,51). El Señor sabía que al emprender aquel trayecto estaba dando inicio a su subida al Calvario; al ser hombre y Dios, conocía el destino que le esperaba, sin que eso quitase libertad a quienes estaban por darle muerte. «Es necesario que yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33), dirá más adelante. Desde la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, apenas unos días antes, había comenzado a preparar a sus discípulos para ese desenlace al revelarles de qué manera moriría (cfr. Lc 9,22.44).


Sorprende la determinación con la que Jesús camina hacia el Calvario. Es una actitud que deja claro que «Jesús se entregó porque quiso»1. «Por eso me ama el Padre –confiesa el Señor–, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente» (Jn 10,17-18). Resulta pasmosa esa «libertad que se despliega ante nosotros, en su paso por la tierra hasta el sacrificio de la Cruz (…). No ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en la Cruz: Él “se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor”2»3.


El amor de Cristo es un amor que le lleva a la entrega total, sin reservas, fuera de toda medida. Si bastaba una sola gota de su sangre «para liberar de todos los crímenes el mundo entero»4, ¿por qué permitió que los hombres le hiciéramos derramar hasta la última gota? Desde la perspectiva de Jesús, que se entrega siempre sin cálculos, podemos entrever una respuesta: permitió que le hiciesen derramar toda su sangre porque no tenía más. Y nos la sigue entregando libremente cada día en los sacramentos, especialmente en la santa Misa.


JESÚS, al poco tiempo de haber empezado el largo trayecto que le llevaría hasta el Calvario, «envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén» (Lc 9,52). Esta reacción poco acogedora se comprende si tenemos en cuenta que difícilmente se establecían relaciones entre judíos y samaritanos.


El Señor, como lo hizo con aquellos mensajeros, cuenta con nosotros para preparar su encuentro con tantas personas. Jesús desea asociarnos gratuitamente a su tarea salvadora; ha querido que trabajemos codo a codo con él en ese anhelo por llevar la auténtica felicidad a muchas personas. Es normal que, en ese esfuerzo, encontremos dificultades, como les ocurrió a los discípulos en aquella aldea de samaritanos. Entonces podemos acudir a Jesús para no caer en el desánimo y para anhelar, en cambio, vivir con la paciencia de Dios. Esas situaciones nos recuerdan que nuestro propósito es colaborar en que se haga su voluntad, y que procuramos extender su Reino, no otro imaginario.


Jesús, efectivamente, animó a sus apóstoles a no caer en una indignación que podría ser señal de no entrar todavía del todo en la lógica divina. «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?», preguntaron Santiago y Juan. «Pero él se volvió y los reprendió» (Lc 9, 54-55). Jesús quiere que recordemos siempre, sobre todo en nuestra propia vida, que «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande (...). Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera»5.


LLAMA la atención la manera tan mansa que tiene Jesús, durante su Pasión, de ofrecernos su amistad. El Señor «no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»6. Y nos pide que en esto sigamos sus pasos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Además, ha querido unir a esa mansedumbre una bendición: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5). La recompensa del manso es una herencia, es decir, algo que no ocurre de inmediato. Su espera es serena, pues su esperanza es cierta: recibirá su recompensa como quien recibe un regalo inmerecido.


No es la de Jesús la mansedumbre cobarde de quien cede en todo por no atreverse a hacer frente a las dificultades. Tampoco es la mansedumbre del astuto calculador que está esperando que llegue su hora. Jesús es manso porque es libre del deseo de imponerse, de dominar, de avasallar. Es manso porque su amor le lleva a respetar la libertad de los demás; no pretende poseer a la persona, al contrario, porque «el amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz»7.


Dios ama y respeta nuestra libertad que es, al fin y al cabo, un don suyo. Con esta actitud nos da ejemplo también de cómo respetar la libertad de los demás. Y, al mismo tiempo, con su vida Jesús nos muestra el valor más grande de este don: entregarla en servicio de las personas. Podemos pedir a la Virgen que nos ayude a tener un corazón como el de su Hijo: un corazón manso, movido por la pasión y la alegría de servir.

SAM MIGUEL GABRIEL Y RAFAEL ARCÁNGELES




 Evangelio (Jn 1, 47-51)


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


—Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.


Le contestó Natanael:


—¿De qué me conoces?


Respondió Jesús y le dijo:


—Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael:


—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.


Y añadió:


—En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


PARA TU RATO DE ORACION 



EL ARCÁNGEL san Miguel es presentado en el Antiguo Testamento como aquel que, de parte de Dios, defiende al pueblo elegido de los peligros. Y en el libro del Apocalipsis se narra la guerra que mantuvo con las fuerzas del mal: «Se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en el cielo» (Ap 12,7-8). Entre las primeras consecuencias de la victoria de Cristo se encuentra la derrota del diablo. Y corresponde a este arcángel ejecutarla. «Miguel significa: “¿Quién como Dios?” (…). Por esto –escribe san Gregorio Magno–, cuando se trata de alguna misión que requiere un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que solo Dios puede hacer»1. Confiar una misión a san Miguel es tanto como decir que aquello únicamente puede hacerlo el Señor: «San Miguel vence porque es Dios quien actúa en él»2.


Decía san Josemaría a un grupo de hijos suyos: «Ninguno de vosotros está solo, ninguno es un verso suelto: somos versos del mismo poema, épico, divino»3. Todos los cristianos formamos parte del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Hoy podemos pedir a este arcángel, príncipe de la milicia celestial, que cuide a todos los hombres y mujeres, que nos defienda en la lucha y nos ampare de las asechanzas del demonio4. Y lo hacemos con la seguridad de la victoria, «porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche» (Ap 12,10). Intensificar nuestra relación con san Miguel acrecentará nuestra fe en el poder de Dios, nos hará más humildes, hasta identificarnos cada vez más con su propio nombre: «Todos mis huesos dirán: ¿Quién como Tú, Señor?» (Sal 35, 10).


EL CATECISMO de la Iglesia señala que «con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios»5. Su ser se agota en servir: existen para cooperar gozosamente con los planes del Señor y transmitir a los hombres sus designios. Y, entre todos los mensajeros, no hay otro como Gabriel. Su nombre significa «fuerza de Dios»; fue enviado como embajador del Señor en repetidas ocasiones para comunicar su plan de salvación y para dar ánimo a quienes invita a realizarlos. «Yo soy Gabriel –dice, por ejemplo, el ángel a Zacarías–, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte una buena nueva» (Lc 1,19). También el profeta Daniel escribió sobre el arcángel: «Llegó volando raudo hasta mí, a la hora de la ofrenda vespertina. Él se hizo comprender, habló conmigo y dijo: “Daniel, ahora he salido para infundirte comprensión”» (Dn 9,21-22).


Cuenta san Lucas que cuando la Virgen se sobresaltó al oír el saludo del arcángel, él respondió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,31). Gabriel alcanza de Dios el consuelo necesario para afrontar las situaciones de manera serena y esperanzada; también cuando lo que comunica parece sobrepasar nuestras propias capacidades, como en el momento de la Anunciación. Él nos recuerda que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,37), y siempre puede ser un importante apoyo en nuestras luchas. «Parece que el mundo se te viene encima –escribe san Josemaría–. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. El no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos»6. El arcángel Gabriel anuncia la voluntad de Dios y nos ayuda a comprender que de allí solo puede venir la alegría y la paz.


TOBIT y su mujer sufrían ante la perspectiva de enviar al joven Tobías solo, en un viaje tan lleno de incertidumbres, hasta una lejana ciudad. Ellos solo podían acompañarlo desde la distancia, y no les parecía suficiente. Entonces apareció un joven alegre (cfr. Tb 5,10), dispuesto a acompañarlo: «Soy experto y conozco bien todos los caminos» (Tb 5,6). Se trataba del arcángel san Rafael. Él acompañó a Tobías en su juventud, enseñándole a aprender de los desafíos que se le presentaban (cfr. Tb 6,1-9); le dio ánimo para superar los miedos que le impedían lanzarse a la aventura del matrimonio con Sara (cfr. Tb 6,16.18); le enseñó a querer a la que sería su mujer (cfr. Tb 6,19); y le ayudó a ser la alegría de sus padres (cfr. Tb 11,9-15).


Por esta tarea cumplida con Tobías, san Josemaría confió el trabajo apostólico con gente joven al arcángel san Rafael. Veía esta parte del apostolado del Opus Dei como la niña de sus ojos, pues la formación cristiana de la juventud es una prioridad en la Iglesia y en la Obra, ya que las siguientes generaciones también ansían lo mismo que nos ha traído la paz a nosotros. Es una misión a la que estamos llamados todos los cristianos, de forma que seamos sembradores de la alegría del Evangelio. Estamos invitados a ayudar a muchos jóvenes para que «sean –ahora y después a lo largo de su vida– fermento cristiano en las familias, en las profesiones, en todo el campo inmenso de la vida humana en medio del mundo»7.


«En el camino y en las pruebas de la vida no estamos solos, estamos acompañados y sostenidos por los ángeles de Dios, que ofrecen, por decirlo así, sus alas para ayudarnos a superar tantos peligros, para poder volar alto respecto a las realidades que pueden hacer pesada nuestra vida o arrastrarnos hacia abajo»8. Los tres arcángeles nos acompañarán toda la vida hasta el final del camino. Y allí, en el cielo, podremos contemplar a la Virgen, Reina de los ángeles.