"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

15 de octubre de 2025

BUSCAR A DIOS EN EL DIA A DIA

 



Evangelio (Lc 11,42-46)


«Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!


¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las sinagogas y que os saluden en las plazas!


¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!


Entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica:


—Maestro, diciendo tales cosas nos ofendes también a nosotros.


Pero él dijo:


—¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis!».



PARA TU RATO DE ORACION 


CON FRECUENCIA Jesús era invitado a comer en las casas de personas muy diversas: acudía al hogar de sus discípulos y de sus amigos; participaba en los banquetes que le organizaban como muestra de agradecimiento, como es el caso del publicano Zaqueo; incluso, comía con los dirigentes del pueblo cuando se lo pedían. En una ocasión, cuenta san Lucas, Jesús aceptó la invitación de un conocido fariseo. El anfitrión, al ver que el Señor se sentó a la mesa sin haber respetado la costumbre de lavarse las manos, se incomodó. Probablemente, el resto de comensales también se dieron cuenta y criticaron interiormente la actitud del Maestro.


El texto no explicita si ese gesto del Señor lo realizó pensando en ofrecer una enseñanza. Lo que nos cuenta el evangelista es que Jesús aprovechó la situación para transmitir un mensaje a los allí presentes: que a los ojos de Dios lo trascendente no es solo lo externo –«lo de fuera»–, sino también «lo de dentro», es decir, las razones que mueven el corazón (Lc 11,40). «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! ¡Hay que hacer esto sin descuidar lo otro!» (Lc 11,42). El tono de sus palabras es duro. Jesús les acusa de hipocresía y desenmascara su engañosa conducta. Porque algunos fariseos estaban más pendientes de aparentar externamente que de vivir conforme a la verdad. Andaban tan empecinados por la literalidad de la ley que se olvidaban del espíritu que la animaba.


En cierto sentido, la actitud de los fariseos también puede darse hoy en día. Algo similar ocurre cuando vivimos nuestros compromisos diarios con Dios y con los demás de manera fría y automática. Quizá sabemos que es algo que hay que hacer, pero no terminamos de intuir su verdadero valor. Es entonces cuando tal vez el motor que inspira esas acciones es la inercia, el deseo de quedar bien o simplemente el miedo a lo que pueda ocurrir si las omitimos. Dios no solo quiere que cumplamos con lo establecido, sino sobre todo que lo hagamos por amor. «Ama y haz lo que quieras», enseñaba san Agustín. Y continuaba diciendo: «Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos»[1].


ALGUNOS fariseos no reconocían la acción de Dios en las obras de Jesús. Frente a la sencillez y naturalidad con la que el Señor actuaba, esos fariseos vivían pendientes de una multitud de pequeños preceptos que debían realizar escrupulosamente, convencidos de que así agradaban a Dios, mientras descuidaban la rectitud de su corazón y la caridad con los demás hombres. En la enseñanza de Cristo, por el contrario, el secreto de la justicia no se detiene principalmente en la importancia o en la perfección material de lo que se lleva a cabo, como en el amor que lleva a hacerlo de la mejor manera posible. «¡Todo por amor!»[2], repetía san Josemaría, porque «todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece»[3]. Así, no hay trabajos o tareas de poco relieve, pues la importancia radica en el amor con que se realizan.


Refiriéndose a la santificación del trabajo, predicaba en una ocasión el fundador del Opus Dei: «Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la rutina: servid a Nuestro Padre Dios»[4]. De esta manera, nos resultará natural y necesario preguntarnos, en especial cuando examinamos nuestra conciencia, por los motivos que nos empujan a comportarnos de una determinada manera: ¿qué me mueve a realizar esta acción concreta: el amor a Dios y a los demás o mi propia satisfacción personal?


Limitarse simplemente a respetar unas reglas acaba fácilmente convirtiéndose en un peso. De algún modo esto es lo que le ocurrió al hermano mayor del hijo pródigo. A pesar de que parecía que hacía muchas cosas bien –no se alejaba de su padre, trabajaba con esmero en la finca…–, no disfrutaba de la vida que llevaba; incluso podemos intuir que envidiaba la decisión de su hermano y las diversiones que habría tenido. Por eso es necesario buscar sinceramente el bien de los mandamientos divinos y de aquello que nace como fruto de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos: esto es algo liberador, que nos permite saborear lo que es realmente valioso. Porque no solo importa lo que hago, sino también el bien que persigo cuando lo hago. La vida es un viaje en el que vamos purificando poco a poco nuestras intenciones y vamos adentrándonos en adquirir los bienes mejores, rectificando la dirección al percatarnos que el rumbo se ha torcido. Y así, luchando por elegir lo que es mejor para nosotros, crecerá el deseo de amar a Dios sobre todas las cosas.


EN EL TRATO con Dios, el cristiano necesita proteger unos tiempos y un orden en la propia vida para que las demás realidades del mundo no sofoquen lo que es esencial y lo que en realidad da sentido al resto. Planificar y tener unas prioridades es, al fin y al cabo, lo que procuramos realizar con cualquier actividad que nos interesa: cuidar a nuestra familia, crecer en un aspecto profesional, mantener las amistades, descansar y estar en buena forma física... De lo contrario, es fácil que las prisas y las urgencias del día a día nos arrastren, hasta el punto de alejarnos de los bienes que deseábamos cuidar. Al conjunto de prácticas de piedad que componen la jornada de un cristiano san Josemaría lo llamaba plan de vida. Se trata de momentos que permiten descubrir que «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[5] en medio del trabajo y de las demás actividades. Por eso, el plan de vida responde a la necesidad del alma «de buscar a Dios, de encontrarle y de tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario»[6].


San Josemaría prevenía a las personas de la Obra para que ese plan de vida no se transformara en un programa agarrotado y tieso, cuya realización fuera un fin en sí mismo. Por el contrario, sus contenidos, decía, «no han de convertir­se en normas rígidas, como compartimentos estancos; señalan un itine­rario flexible, acomodado a tu condición de hombre que vive en medio de la calle, con un trabajo profesional intenso, y con unos deberes y rela­ciones sociales que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con Dios. Tu plan de vida ha de ser como ese guante de goma que se adapta con perfección a la mano que lo usa»[7]. Se entiende entonces que el cumplimiento de ese plan no tiene como objetivo un mero «cumplo y miento»[8], no es algo que haya que hacer y tachar para quedarnos tranquilos: son medios que nos abren a Dios y a las necesidades del prójimo. Podemos acudir a la intercesión de la Virgen María para que nos ayude a obrar en todo momento por amor, con el deseo de identificarnos con su Hijo.



14 de octubre de 2025

AFIRMACION GOZOSA

 



Evangelio (Lc 11,37-41)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo:

— Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro, y así todo será puro para vosotros.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS se encuentra en casa de un fariseo. Cuando se pone a la mesa, el anfitrión se extraña al ver que el Señor no se ha lavado antes de la comida. Y el Maestro, conociendo a dónde se dirigían sus pensamientos, le dice: «Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro?» (Lc 11,39-40).


El Señor no condenó la práctica de lavarse. Lo que pretendió transmitir fue más bien que, por encima de las apariencias, cuenta realmente el espíritu con que se realizan las buenas obras. «Les decía que solo se ocupaban de las cosas externas, y despreciaban como ajenas las interiores, porque ignoraban que lo que se hacía con el cuerpo había que hacerlo también con el alma»[1].


En este sentido, la santidad no consiste en ir incorporando cada vez más y más obras buenas en nuestra vida. Para que realmente sean buenas, es necesario que estas vayan acompañadas de una interioridad que se adhiera sinceramente a ese bien; es decir, que desarrollemos una actitud que lleva a reflexionar sobre las razones de nuestro obrar, de modo que nuestras acciones tengan una raíz sana y tiendan además hacia un bien valioso, aunque aparentemente el resultado no sea nítido en un primer momento. Por ejemplo, luchar por no enfadarse para evitar problemas y para que nadie disturbe nuestra paz puede movernos hasta cierto punto y puede tener un origen en parte egoísta. En cambio, si lo que nos impulsa es el deseo de ser personas que reaccionan serenamente para preservar la caridad y unidad en un grupo, nos ilusionará luchar en el día a día, aunque en ocasiones nos veamos un tanto gruñones, susceptibles o rencorosos. Con el tiempo y la gracia de Dios, nuestro esfuerzo por ser sinceramente mansos irá abriendo paso a nuevos ideales, como el de llegar a una edad avanzada siendo personas encantadoras, que transmiten alegría y comprensión.


SAN JOSEMARÍA solía considerar la virtud de la castidad como una «afirmación gozosa»[2]. Un planteamiento así contrasta con el de quien pone un excesivo énfasis en el no, como si la virtud consistiera simplemente en no hacer, no pensar o no mirar. Nuevamente, la buena acción requiere una buena tierra en la que arraigar: necesita un buen deseo, una intención noble que la impulse. La castidad es, por tanto, un sí al amor, porque es el amor lo que la hace valiosa y le confiere su sentido. Naturalmente, se ha de decir no a ciertos actos o actitudes que le son contrarios y que toda persona sensata percibe precisamente como negaciones del amor. Pero, a pesar de requerir algunos noes, la castidad es una realidad eminentemente positiva.


En esta lucha, como con cualquiera otra virtud, a veces será necesario actuar contra la inclinación, y entonces quizá los noes estarán más presentes. Sin embargo, la experiencia cristiana muestra la importancia de recordar que ese no es el objetivo; se trata solo de un paso que, si no va seguido de otros, formará solamente la capacidad de frenarse, de reprimir nuestra voluntad. Ordenar la tendencia a la belleza y al placer significa integrar la castidad en el bien de la persona: conocer los propios anhelos, purificarlos e integrarlos hasta conferir unidad a nuestra vida, de modo que los deseos y, en general, nuestra sensibilidad, sean cada vez más acordes con nuestra identidad y la refuercen. Un corazón impuro es un corazón fragmentado, sin rumbo; un corazón puro, en cambio, es un corazón que ha aprendido progresivamente a unificar, a dar una dirección armoniosa a las distintas dimensiones de la vida.


Por eso, al fundador del Opus Dei le gustaba considerar los frutos de una vida templada, de una que no está atada a las cosas que brillan pero que no tienen valor. «Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios. La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[3].


A VECES podemos percibir en nuestra vida algunos afectos contrarios a nuestra identidad. Darnos cuenta de esta realidad es el primer paso para reorientar nuestros deseos hacia lo que nos hace verdaderamente felices. Ignorar o despreciar esta valiosa información que nos ofrecen las pasiones y los sentimientos puede acabar produciendo la división de la que habla el Señor: una copa perfectamente limpia por fuera, pero sucia por dentro; muchas obras buenas, pero un corazón que quizá no disfruta del todo con la vida que está llevando. En ocasiones, esa purificación que Jesús nos pide no será tanto corregir un determinado comportamiento externo, sino redirigir los deseos latentes que se hallan en nuestro corazón; deseos que pueden manifestarse en ilusiones no coherentes con nuestro proyecto de vida o pequeñas aspiraciones frustradas que no terminamos de dejar en manos del Señor y de afrontarlas con él.


«Dios nos ha hecho así: amasados de deseo (...). Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien»[4]. Purificar nuestros deseos nos conduce a disfrutar cada vez más de la realidad tal como es, pues encontramos en los distintos momentos del día una oportunidad de llevar a cabo el ideal que alimenta nuestra existencia. Aprendemos a saborear la valiosa felicidad que nos ofrece cada jornada, sin vías de escape y sin tensiones entre el exterior y el interior: tanto las acciones como las aspiraciones de nuestro corazón pueden ser coherentes con nuestra vocación. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a tener un mayor conocimiento de nuestros afectos, para que podamos dirigirlos al Amor que sostiene nuestra vida.



13 de octubre de 2025

EN BUSCA DE UNA SEÑAL

 



Evangelio (Lc 11, 29-32)


Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: —Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.


PARA TU RATO DE ORACION 


MUCHAS veces no es tan sencillo tomar una decisión correcta. Por eso, en ocasiones acudimos a alguien para que nos ayude a elegir y nos arroje un poco de luz. Esto mismo es lo que pedían algunos fariseos y escribas a Jesús: una señal de que él era el Mesías esperado para poder así seguirlo. Cristo no satisface su curiosidad realizando en ese momento un prodigio, como quizá esperarían, sino que se compara con un profeta que ellos conocían bien: «Así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación» (Lc 11,30).


Jonás recorrió Nínive anunciando su próxima destrucción y los ninivitas respondieron convocando ayuno y penitencia. Dios, al ver sus buenas obras, se arrepintió «del mal que había dicho que les iba a hacer, y no lo hizo» (Jon 3,10). Jesús también espera de los israelitas una conversión similar: abrazar la nueva vida del Evangelio que él mismo proclama con sus obras y palabras. Estas son, en realidad, las señales que aquellos fariseos y escribas estaban buscando, pero que eran incapaces de ver; es más, su dureza de corazón les impedirá aceptar la resurrección de Cristo, la señal en su plenitud, aunque supieran por los soldados romanos que así había ocurrido.


Decía san Josemaría que «ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a Él por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!»[1]. De este modo, podremos ser esa señal que muchos hombres andan buscando.


JESÚS vive. Esta es la señal que también hoy ilumina a los hombres, y no solo a los que presenciaron su caminar terreno. «Cristo no es una figura que pasó –comentaba el fundador del Opus Dei–, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive»[2]. Su vida se manifiesta en la Iglesia y, de modo especial, en la Eucaristía. «La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo»[3].


Saber que Jesús está cerca de nosotros nos llena de consuelo también cuando pensamos que las circunstancias no son las mejores. Esto es lo que les ocurrió a los discípulos de Emaús: a pesar de que creían que Jesús seguía muerto, sentían que su corazón ardía cuando les hablaba en el camino (cfr. Lc 24,32). La compañía del Señor pudo más que la tristeza que les había invadido desde hacía varios días.


«Él entró en el sepulcro de nuestros pecados, llegó hasta el lugar más profundo en el que nos habíamos perdido, recorrió los enredos de nuestros miedos, cargó con el peso de nuestras opresiones y, desde los abismos más oscuros de nuestra muerte, nos despertó a la vida y transformó nuestro luto en danza. (...) Con Jesús, el Resucitado, ninguna noche es infinita; y, aun en la oscuridad más densa, en esa oscuridad brilla la estrella de la mañana»[4]. Con la seguridad de que Cristo sigue viviendo, en este rato de oración podemos confiarle nuestros miedos. Como a los discípulos de Emaús, también él hará arder nuestro corazón.


ADEMÁS de su vida y de su resurrección, Jesús pone a nuestra disposición una serie de señales que pueden confirmarnos en nuestro camino de vivir junto a él. Para ello, se necesita un corazón atento para reconocer su voz en medio de los acontecimientos diarios. Uno de esos signos puede ser el de una alegría y una serenidad estables, que no se vienen abajo en función de las circunstancias. «Si tú haces una profundización, después tomas la decisión y esto te da una paz que dura en el tiempo, esto es una buena señal e indica que el camino ha sido bueno. Una paz que trae armonía, unidad, fervor, celo. Tú sales del proceso de profundización mejor de cómo has entrado»[5].


Otro de los signos puede ser el de saber que se actúa por amor, como gratitud por el bien recibido, y no tanto por miedo u obligación. Como escribe el prelado del Opus Dei: «Saber que el Amor infinito de Dios se encuentra no solo en el origen de nuestra existencia, sino en cada instante, (...) nos llena de seguridad»[6]. Y esto confirma, además, que actuamos siempre libremente, pues «la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres»[7].


No siempre vamos a poder controlar todo lo que nos ocurre, y a veces quizá podemos tener dificultad para reconocer esos signos de Jesús. La vida de María, como la de los santos, nos muestra que quien pone su confianza en Dios puede «construir con él algo maravilloso, algo eterno. (...) Vayamos siempre adelante tratando de tomar las decisiones así, en oración y sintiendo qué sucede en nuestro corazón e ir adelante lentamente»[8].

12 de octubre de 2025

DIOS NUNCA VUELVE LA ESPALDA

 



HOY TAMBIEN ES LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR


Evangelio (Lc 17,11-19)


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:


—¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!


Al verlos, les dijo:


—Id y presentaos a los sacerdotes.


Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:


—¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?


Y le dijo:


—Levántate y vete; tu fe te ha salvado.


PARA TU RATO DE ORACION 


CAMINO de Jerusalén, cuando pasaba entre Samaria y Galilea, Jesús se encontró diez leprosos que, desde lejos, comenzaron a gritar: «¡Maestro, ten piedad de nosotros!» (Lc 17,13). En esa época, con el nombre de lepra se designaban diversas enfermedades de la piel, que se consideraban contagiosas. Por eso, quienes las padecían se veían obligados a alejarse de todo lugar habitado. De esta manera, no solo sufrían las molestias físicas de su dolencia, sino también el aislamiento y el estigma por parte de sus seres queridos. Quien entraba en contacto con un leproso era tenido por impuro: no podía participar en el culto a Dios y debía purificarse.


Jesús, que es consciente del sufrimiento de esas personas, no pasa de largo. «Id y presentaos a los sacerdotes» (Lc 17,14), les dice. Y mientras iban de camino, quedaron limpios. También nosotros, cuando presentamos nuestras peticiones a Dios, tenemos la seguridad de que él es el primero que conoce nuestras necesidades: Cristo no es indiferente a nuestro dolor. Es más, desea que esa contrariedad nos lleve a acudir a él, a confiar en su gracia. Él no se avergüenza de nosotros, ni se aleja al comprobar nuestra lepra.


Esta escena nos recuerda que «Dios nunca nos vuelve la espalda cuando acudimos a él (...). El Señor nos escucha siempre cuando rezamos –comenta el Papa León XIV–, y si a veces nos responde con tiempos y modos difíciles de comprender, es porque obra con una sabiduría y una providencia mayores, que van más allá de nuestra comprensión. Por eso, aun en esos momentos, no dejemos de rezar con confianza, en él encontraremos siempre luz y fortaleza»[1]. Aunque a veces nuestra oración parezca estéril, porque no obtenemos lo que pedimos, en realidad siempre produce fruto: rompe el aislamiento de nuestra lepra y nos acerca al Médico que podrá curarnos.


DE ENTRE los leprosos curados, solamente uno comenzó a alabar al Señor «y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole las gracias» (Lc 17,16). Ese uno, además, no era un israelita, sino un samaritano. El gesto no pasó desapercibido al Señor, quien tomó la palabra y dijo: «¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?» (Lc 17,17-18).


Los otros nueve se olvidaron de quien los había curado y decidieron tomar su propio camino. Esto es algo que también puede ocurrir hoy: no valorar todo lo que hemos recibido como un don. «Esa es una fea enfermedad espiritual, dar todo por sentado, incluso la fe, incluso nuestra relación con Dios, hasta el punto de convertirnos en cristianos que ya no saben asombrarse, que ya no saben decir “gracias”, que no muestran gratitud, que no saben ver las maravillas del Señor»[2]. Externamente se habían curado, pero su corazón no se había abierto hacia el bien más grande que Dios les tenía preparado: acercarse al Mesías.


El samaritano, sin embargo, quiso conocer a Jesús y entablar una relación con él. El suyo no fue solo un gesto de cortesía, sino el comienzo de una nueva vida: «Realiza un gesto de adoración, reconoció que Jesús es el Señor, y que él era más importante que la curación que había recibido»[3]. Había descubierto que estar junto al Mesías era lo que realmente necesitaba: ese fue, a fin de cuentas, el principal fruto de su oración.


COMO el samaritano, también nosotros podemos dirigir nuestra mirada hacia lo que hemos recibido de Dios y de los demás. Esta actitud nos permite comprender que solos no nos bastamos. La gratitud nos lleva a «atestiguar la presencia de Dios-amor. Y también a reconocer la importancia de los demás, superando la insatisfacción y la indiferencia que deforman nuestro corazón»[4].


Todos los días se presentan muchas ocasiones para manifestar nuestra gratitud: por los gestos de cariño que disfrutamos en la familia, por el servicio que nos presta un comerciante, por la ayuda que nos brinda un colega, por la cercanía y el apoyo de unos amigos… En cada uno de esos detalles podemos ver también la mano del Señor y darle las gracias por haber puesto a nuestro lado esas personas. Además, también podemos agradecer a Dios tantas cosas de las que no somos plenamente conscientes, pero que forman parte de nuestra vida: el cuidado de nuestros padres cuando éramos pequeños, la oración callada de un amigo, los favores que Dios nos concede que pasan desapercibidos…


Las madres suelen ser quienes enseñan a sus hijos el valor de dar gracias al recibir un don. Hoy podemos pedir a nuestra madre del cielo que nos ayude a ser como el samaritano del Evangelio: agradecidos por todo lo que su Hijo hace por nosotros, y decididos a vivir junto a él. «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? –comentaba san Josemaría–. Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso: “¡Qué bueno eres!»[5].


PARA SABER LA RELACION DE SAN JOSEMARÍA CON LA VIRGEN DEL PILAR

https://opusdei.org/es/article/la-virgen-del-pilar-rezar-con-san-josemaria/





11 de octubre de 2025

QUERER A LOS DEMAS CON SUS DEFECTOS

 



Evangelio (Lc 11, 27-28)


Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:


–Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.


Pero él replicó:


–Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.



PARA TU RATO DE ORACION 


LOS EVANGELIOS nos muestran varios momentos en los que Jesús corrige a alguien. Uno de ellos ocurre cuando «una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Y él, inmediatamente, le hace ver el verdadero motivo por el que su madre merece tal elogio: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,27-28).


Decía san Josemaría que «la corrección fraterna es parte de la mirada de Dios, de su Providencia amorosa»[1]. Jesús, en aquella ocasión, corrige a la mujer porque quiere llevarla a la verdad plena. «La corrección fraterna nace del cariño –señala mons. Fernando Ocáriz–; manifiesta que queremos que los demás sean cada vez más felices»[2]. Por eso, preocuparnos de los demás no es juzgar solamente si han cumplido alguna regla, sino procurar mirarlos como Jesús: la suya es una mirada que no se queda en detalles de poca importancia, sino que llena de esperanza, con horizontes grandes. La corrección de Cristo está movida por el amor personal al otro, por su deseo de que seamos felices, y no por mantener cierto orden externo.


«Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[3]. La corrección fraterna no se ejerce desde lo alto, como quien tiene algo que enseñar; se trata más bien de un salir al encuentro del otro para comprenderlo y acompañarlo en sus deseos de santidad. Con la corrección fraterna, la gente que está a nuestro alrededor no se siente sola en su lucha, sino que sabe que puede contar con nuestro apoyo.


«VOSOTROS, mientras hacéis una corrección fraterna, tenéis que amar los defectos de vuestros hermanos»[4], decía san Josemaría. Un corazón que ama es capaz de pasar por encima de aquello que consideramos un defecto en los demás. Lógicamente, en la medida de nuestras posibilidades, intentaremos ayudarle a superarlo; sin embargo, no siempre será posible, o no se conseguirá de un día para otro. Por eso, aprender a amar también aquellos defectos nos introduce de algún modo en la lógica del amor divino. Jesús abraza nuestras cualidades y nuestras debilidades, no pone condiciones de ningún tipo a su amor.


«La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos de los demás en silencio, en la oración para después encontrar el camino correcto para corregirle»[5]. Esto implica respetar la libertad de cada uno, pues así haremos nuestro amor más parecido a aquel que nos tiene Dios. Ayudar en el camino de santidad de un hermano nuestro o una hermana nuestra es más parecido a una paciente y cálida noche en vela, en la que se espera la acción de Dios, que a una fría supervisión. Quien desea ayudar no se queda atrapado solo en lo externo, sino que mira los sucesos a la luz de ese afán de santidad del otro, quitándose las sandalias porque está en lo más profundo de su alma (cfr. Ex 3,5).


Antes de corregir a quien nos rodea, también puede ser bueno recordar las palabras de Cristo: «Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano» (Mt 7,5). Sin dejar de empeñarnos en ayudar a los demás, quizás la mejor manera de animarles a ser santos es nuestra propia santidad. Percibir en otro el bonus odor Christi, el aroma a Cristo, atrae a una vida de amistad con Dios, además de que facilita el ambiente propicio para corregir o ser corregidos, con confianza de hijos del mismo Padre.


PARA VIVIR la corrección fraterna de manera auténtica y fértil, habitualmente es necesario crear antes un contexto de cercanía e interés real por la vida del otro. Corregir a quien no se conoce no suele ser el mejor camino, además de que con frecuencia puede ser injusto. Es decir, que más allá del aspecto a corregir, es bueno que haya una relación de mutua y verdadera amistad, en donde se ha experimentado un cariño manifestado en diversos modos: detalles de servicio, momentos vividos juntos, preocupaciones compartidas… Y, sencillamente como otra expresión más de esa amistad, nace espontáneamente el deseo de ayudar al otro en su camino a la santidad. Así podremos entrar en su corazón delicadamente, sin invadir su intimidad, tratando siempre de hacernos cargo de su situación.


Este contexto nos llevará también a entender las reacciones de los demás cuando sean corregidos. Hay disposiciones del temperamento que nos hacen muy diferentes unos de otros y que san Josemaría consideraba parte central de ese «numerador diversísimo» en las personas en el Opus Dei y en la Iglesia. Para unos, hasta las más delicadas palabras fácilmente suenan a reproche. Otros, en cambio, si las palabras no son especialmente claras pueden percibir una falta de interés. En cualquier caso, si hay antes esa relación de cercanía y amistad, todos descubrimos en la corrección fraterna un gesto de lealtad.


Decía el fundador del Opus Dei que a un hermano, «no toleramos jamás que se le critique a sus espaldas. Y las cosas desagradables las decimos así, cariñosamente, para que las corrija»[6]. Podemos pedir a María que nos ayude a ver a nuestros hermanos con su misma mirada de madre para poder hablar entre nosotros con cariño, delicadeza y lealtad.

10 de octubre de 2025

UNIDAD vs DIVISION



 Evangelio (Lc 11, 5-13)


Y les dijo:


-¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a media noche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.


Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.


¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?


PARA TU RATO DE ORACION 


«TODO reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa» (Lc 11,17). La palabra «reino» invita a pensar en naciones o grandes comunidades sometidas a los vaivenes de la política o de la guerra, o en colectivos numerosos agitados por tensiones internas. Sin embargo, la fractura de la que habla Jesús también hace referencia a la que se puede producir dentro de cada uno. Todos somos conscientes de que a veces hay una división entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre lo que nos proponemos y lo que finalmente llevamos a cabo. Quizá incluso el paso del tiempo parece haber alejado o diluido lo que un tiempo atrás habíamos soñado con llegar a ser.


El pecado de nuestros primeros padres rompió la armonía original de la Creación. Dejó, además, en una frágil tesitura la armonía interior de todos los hombres, a quienes las tensiones internas y externas ponen a prueba la rectitud de sus decisiones y deseos. Consciente de esa debilidad, el demonio trata de romper el orden interior del hombre, de dividirlo contra sí mismo. San Pablo lo expresa con sencillez en la Carta a los Romanos: «No entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rm 7,15). Y poco después apunta las razones de esa paradoja: «Según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm 7,22-23).


Esos momentos en los que, como san Pablo, sentimos la tensión en nuestro interior nos ayudan a crecer en nuestro deseo por vivir junto a Jesús y en saber que, con el paso del tiempo, aunque parece que en algo vamos hacia atrás, en realidad el Señor siempre está cerca de nosotros. San Josemaría animaba a no extrañarse cuando se presentaran esas ocasiones de duda y de tensión, pues estamos hechos de barro, y animaba en cambio a aprovecharlos para fortalecer nuestra fidelidad a Dios: «Si en algún momento se hace más difícil la lucha interior, será la buena ocasión de mostrar que nuestro Amor es de verdad. Para quien ha comenzado a saborear de alguna manera la entrega, caer vencido sería como un timo, un engaño miserable. No te olvides de aquel grito de San Pablo: quis me liberabit de corpore mortis huius?, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Y escucha, en tu alma, la respuesta divina: sufficit tibi gratia mea!, ¡te basta mi gracia!»[1].


OTRA DIVISIÓN que puede tener lugar en nuestro interior se da cuando las acciones contrastan con las ilusiones de nuestro corazón. Con frecuencia Jesús denunciaba la hipocresía de aquellos que daban limosna o fingían oraciones «con el fin de que los alaben los hombres» (Mt 6,2). Aunque realizaran buenos gestos externos, no les movía el deseo de ayudar a los necesitados o de dar gloria a Dios, sino el afán de quedar bien ante sus contemporáneos.


«Yo me pregunto: ¿cómo sigo a Jesús? Las cosas buenas que hago, ¿las hago “en secreto” o me gusta que me vean?»[2]. El cristiano no es un actor de teatro, que debe ajustarse con precisión a lo que marca el guion para ganarse el aplauso de los espectadores; es, más bien, alguien que sabe moverse con libertad y busca en todo momento agradar a Dios: el suyo es el único aplauso que le importa. Y sabemos que el Señor se complace con lo grande y con lo más pequeño que realizamos con amor.


En este sentido, san Josemaría puso por escrito la impresión que le causó el empeño de unos hijos suyos al poco de comenzar la Obra. «Recuerdo con emoción el trabajo de aquellos universitarios brillantes –dos ingenieros y dos arquitectos–, ocupados gustosamente en la instalación material de una residencia de estudiantes. En cuanto colocaron el encerado en una clase, lo primero que escribieron los cuatro artistas fue: “Deo omnis gloria!” –toda la gloria para Dios». Y concluía: «Ya sé que te encantó, Jesús»[3]. El convencimiento de que al Señor le encanta nuestro trabajo dará unidad a nuestra vida: nuestras acciones y nuestros pensamientos solo buscarán la gloria de Dios.


LOS CRISTIANOS también estamos llamados a cultivar la unidad dentro del pueblo de Dios. La Iglesia es una familia enorme formada por muchas y muy diversas personas, y enriquecida por carismas e iniciativas que el Espíritu Santo suscita a lo largo y ancho del tiempo y de la geografía. El hecho de que convivamos con tantas realidades eclesiales será muchas veces un estímulo para elevar nuestro corazón a Dios y para darle gracias por la abundancia de caminos que ofrece a los hombres en su peregrinación hacia la meta compartida del cielo.


Apenas unas horas antes de ser apresado en Getsemaní, Jesús se dirige al Padre en la intimidad del Cenáculo y pide la unidad de sus discípulos, incluidos también nosotros: «Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que así ellos estén en nosotros» (Jn 17,21). Y añade que precisamente esa unidad será una de las razones que sus discípulos daremos al mundo para que le reconozca a él, Jesús, como enviado del Padre. «La unidad y el testimonio son coesenciales. No podemos dar verdadero testimonio del Dios del amor si no estamos unidos entre nosotros como él quiere; y no podemos estar unidos permaneciendo cada uno por su lado, sin abrirnos al testimonio, sin ampliar las fronteras de nuestros intereses y de nuestras comunidades en nombre del Espíritu que abraza a todas las lenguas y quiere llegar a cada uno»[4].


El fundador del Opus Dei, al contemplar en una ocasión las diferentes maneras en las que los hombres manifestaban su amor a la Virgen, comentaba: «Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su Madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común»[5]. La Virgen María es a la vez madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Ella nos ayudará a vivir siempre muy unidos a su Hijo y a cultivar la unidad de la gran familia que es la Iglesia.



8 de octubre de 2025

CUANDO PARECE QUE DIOS NO ESCUCHA

 



Evangelio (Lc 11, 5-13)


Y les dijo:


-¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a media noche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.


Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.


¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS es un buen pedagogo. Procura acompañar su enseñanza con ejemplos, imágenes o gestos concretos. No escatima tiempo ni energía para que su doctrina llegue y conecte con todos. Le preocupa conocer bien a sus discípulos para atinar en sus discursos y repite las cosas todo lo que sea necesario. Como decía san Josemaría, «el Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso»[1].


Cuando el Señor habló sobre el valor de la oración, quiso reforzar su enseñanza con un ejemplo que interpelaría a muchos de sus oyentes; es más, quizá incluso era algo que les había ocurrido recientemente. «¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos?”» (Lc 11,5-6).


Más allá del mensaje concreto de este pasaje, podemos ver la preocupación de Jesús por ponerse en lugar del otro a la hora de transmitir sus enseñanzas. Él aprovechaba los acontecimientos diarios para desvelar grandes realidades divinas. Dios no es «una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el arte de vivir, el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios»[2]. También nosotros, cuando transmitimos la fe, podemos imitar esa inquietud del Señor por conectar sus enseñanzas con realidades del día a día. De este modo, el Evangelio se percibirá no como algo ajeno, sino como más bien familiar, cercano, que despierta el deseo de vivir esa buena nueva.


TODAVÍA resonaban en los oídos de sus discípulos las distintas peticiones que Jesús había sintetizado en el padrenuestro: un modo nuevo de dirigirse a Dios, filial y confiado. En este contexto, Jesús ofrece a continuación el ejemplo de petición de un amigo inoportuno que, a una hora intempestiva, pide panes para un invitado inesperado. Cristo quiere que comparemos nuestro modo humano de responder a las peticiones con el novedoso estilo de Dios.


Para que este modo divino quede sellado en los corazones de sus oyentes y en los nuestros, Jesús sentencia: «Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). En pocas ocasiones el Señor es tan insistente, tanto por las imágenes que utiliza –pedir, buscar, llamar– como por la frecuencia con que las remarca, repitiendo por segunda vez: «Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá» (Lc 11, 10).


Jesús ofrece una consoladora promesa sobre la oración de petición: nada queda sin respuesta. «La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza»[3]. Es lo que han hecho tantos santos a lo largo de la historia, frente a muchas oscuridades u obstáculos. Pedir les ha hecho crecer en su conciencia de que era Dios quien sacaba todo adelante: la misión apostólica que tenían entre manos, la siembra de paz y alegría que querían llevar por todo el mundo, su propia santidad, las preocupaciones familiares... San Josemaría, en un momento de incomprensiones y dificultades, insistía a sus hijos en no dejar de acudir a Dios. Para expresar este deseo, acudía a una frase del profeta Isaías: «Grita, no te canses de hacer oración, levanta tu voz, que suene como una trompeta» (Is 58,1).


«¿QUÉ PADRE de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión?» (Lc 11, 11). Siguiendo su modo de enseñar, Jesús presenta otra comparación para completar la imagen que los oyentes podían tener de Dios. No solo es un Padre al que le puedes pedir todo tipo de bienes, como ha mostrado en el padrenuestro. Tampoco es suficiente para describir esa paternidad el hecho de que no deje súplica sin respuesta. Además de todo esto, es un Padre muy superior al mejor que se pueda encontrar. «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11, 13).


Probablemente tengamos la experiencia de haber pedido algo a Dios que, al final, no nos ha concedido. Entonces podemos pensar que no es cierto aquello de que «todo el que pide, recibe». Pero lo que Jesús quiere transmitir es que, cuando no nos cansamos de suplicar, el primer bien que recibimos es precisamente el de ser verdaderamente hijos de Dios, gracias al Espíritu Santo. En ocasiones, efectivamente, puede parecer que no nos da lo que pedimos, pero tenemos la seguridad de que Dios es bueno y, por tanto, siempre «quiere lo mejor para nosotros»[4]. Aquella oración, si es confiada, nos ayuda a ser humildes, a reconocer que somos hijos necesitados de un Padre amoroso. Y muchas veces el principal fruto de esa petición será el de haber tomado una mayor conciencia de nuestra filiación.


«Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones»[5]. Cuando Jesús parece que no nos concede lo que pedimos, lo hace para que sigamos insistiendo y crezca en nosotros el deseo por obtenerlo. A través de esa oración que no desfallece Dios prepara nuestra alma para acoger el don de la filiación divina, que ilumina nuestro camino a la santidad y que nos hace tener por Madre a la Virgen María. «Llámala fuerte, fuerte. –Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[6].