"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de marzo de 2023

Testigos de la vida

 



EVANGELIO (Jn 11,1-45)


Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo. Entonces las hermanas le enviaron este recado:


—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.


Al oírlo, dijo Jesús:


—Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.


Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar. Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos:


—Vamos otra vez a Judea.


Le dijeron los discípulos:


—Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?


—¿Acaso no son doce las horas del día? —respondió Jesús—. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.


Dijo esto, y a continuación añadió:


—Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.


Le dijeron entonces sus discípulos:


—Señor, si está dormido se salvará.


Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.


sepulcro a llorar allí. Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo:


—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.


Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo:


—¿Dónde le habéis puesto?


Le contestaron:


—Señor, ven a verlo.


Jesús rompió a llorar. Decían entonces los judíos:


—Mirad cuánto le amaba.


Pero algunos de ellos dijeron:


—Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?


Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo:


—Quitad la piedra.


Marta, la hermana del difunto, le dijo:


—Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.


Le dijo Jesús:


—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?


Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo:


—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.


Y después de decir esto, gritó con voz fuerte:


—¡Lázaro, sal afuera!


Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo:


—Desatadle y dejadle andar.


Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.


PARA TU ORACION


JESÚS sabe que se acerca su hora. Lo ha anunciado ya en varias ocasiones a sus discípulos (cfr. Jn 8,21; 13,33-38). Pese a estos avisos, es consciente de que será un momento difícil de comprender para ellos. Por eso, para afianzar la fe de los apóstoles, cuando recibe la noticia de la enfermedad de su amigo Lázaro decide esperar. Y explica este comportamiento con un motivo que, a simple vista, no resulta evidente: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios» (Jn 11,4).


El Señor no es insensible al sufrimiento de Lázaro, ni tampoco al de sus hermanas. Al contrario, le vemos llorar ante la tumba de su amigo una vez que Marta y María le han abierto el corazón y han compartido con él sus penas y dolores. «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano» (Jn 11,21), le expuso crudamente Marta. Podemos intuir que Cristo no acudió inmediatamente al recibir la llamada porque quería dar al sufrimiento de esas personas una dimensión insospechada. Marta sabía que Lázaro podría volver a la vida «en la resurrección del último día» (Jn 11,24), pero no se esperaba volver a disfrutar de la compañía de su hermano ya mismo.


«Jesús podría haber evitado la muerte de su amigo Lázaro, pero quiso hacer suyo nuestro dolor por la muerte de nuestros seres queridos y, sobre todo, quiso mostrar el dominio de Dios sobre la muerte. En este pasaje del Evangelio vemos que la fe del hombre y la omnipotencia de Dios, el amor de Dios, se buscan y, finalmente, se encuentran»[1]. Con su espera Jesús responde al dolor más profundo de sus amigos. No solo devolverá la vida a Lázaro, sino que les mostrará que él siempre tiene la última palabra. Quien pone su esperanza en Dios no tiene nada que temer, pues él es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). «Nada podrá preocuparnos –decía san Josemaría–, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas»[2].


PODEMOS imaginar la tristeza que llenó el hogar de Betania cuando Lázaro murió. Aquella casa que tantos momentos de alegría había acogido se encuentra ahora marcada por el dolor. Marta y María se ayudarían mutuamente a llevar este sufrimiento, acentuado también por la ausencia de Jesús; no ya solo porque quizá habría sanado a Lázaro, sino porque su sola presencia les llenaría de consolación. Por eso, «en cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle» (Jn 11,20). L9a tristeza de Marta no le llevó a encerrarse en sí misma, a dar continuamente vueltas a aquello que no entendía y le llenaba de amargura. Sencillamente fue a contar a Cristo el motivo de su pena: «Si hubieras estado aquí…» (Jn 11,21). Era un lamento similar al del salmista: «Desde lo más profundo, te invoco, Señor. Señor, escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica» (Sal 130,1-2).


El primer milagro que obra Jesús es, en cierto sentido, el de hacer salir del sepulcro a Marta. No le reprocha ni una sola de las lágrimas derramadas por la muerte de su hermano. En ese momento de dolor le dirige unas palabras que buscan afianzar el motivo de su esperanza. «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26). En estas circunstancias, podríamos decir que no parece la pregunta más indicada. Marta no está en las mejores condiciones emocionales para afirmar aquello que le propone Jesús. No obstante, responde: «Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo» (Jn 11,27). En medio del llanto, Marta sigue teniendo fe. Independientemente de que su hermano viva o no, ella ya cree que quien está con Cristo no morirá. La tristeza por el fallecimiento de Lázaro y la incomprensión por la inacción de su amigo no le han impedido reconocer que Jesús es el Mesías, aquel que da sentido a su vida. San Josemaría, quien experimentó en muchas ocasiones un dolor similar al de Marta, escribió: «Por mi miseria, me quejaba yo a un amigo de que parece que Jesús está de paso... y de que me deja solo. Al instante, reaccioné con dolor, lleno de confianza: no es así, Amor mío: yo soy quien, sin duda, se apartó de ti: ¡ya no más!»[3].


CUANDO Jesús llegó al sepulcro pidió a los allí presentes que quitaran la piedra. Marta, en cambio, mostró cierta reticencia: «Ya huele muy mal, pues lleva cuatro días» (Jn 11,39). El Señor, que todavía tenía reciente la conversación que ha tenido con ella, respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40). Entonces retiraron la piedra y Jesús, después de dirigirse a su Padre, «gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, sal afuera!”. Y el que estaba muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y con el rostro envuelto en un sudario» (Jn 11,43-44).


Cristo no se resigna a los sepulcros que en ocasiones nos hemos construido, en nuestro caso, con errores u ofuscaciones. Como a Lázaro, nos invita a salir de la tumba para abrazar la vida que él nos ofrece. «Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre»[4]. Pero cuenta con nuestra libertad para acoger o no esta llamada. No nos obliga a levantarnos. Él nos tiende su mano y espera que nosotros la tomemos. «Lázaro resucitó porque oyó la voz de Dios: y enseguida quiso salir de aquel estado. Si no hubiera querido moverse, habría muerto de nuevo. Propósito sincero: tener siempre fe en Dios; tener siempre esperanza en Dios; amar siempre a Dios..., que nunca nos abandona»[5].


El evangelista concluye esta escena señalando que muchos judíos, «al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él» (Jn 11,45). Ahora los apóstoles y las hermanas entienden por qué el Señor no decidió venir antes. No solamente ellos han fortalecido su fe y su esperanza, sino que además otras muchas personas han empezado a creer en él. A partir de entonces los hermanos de Betania serán testigos de la vida que Jesús ofrece a quienes creen en él. Así vivió también la Virgen. Podemos apoyarnos en su fe para que sepamos transmitir a los demás la alegría de dejar entrar a Cristo en el sepulcro de nuestro corazón.

SAN JOSE



Evangelio Juan 9:1-41


Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento

Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»

Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.»

Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego

y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo.

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?»

Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.»

Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?»

El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: "Vete a Siloé y lávate." Yo fui, me lavé y vi.»

Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» El respondió: «No lo sé.»

Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego.

Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»

Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos.

Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.»

No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista

y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?

Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego.

Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.»

Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga.

Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.»

Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»

Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.»

Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?»

El replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?»

Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés.

Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.»

El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha.

Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento.

Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.»

Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?»

El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.»

El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.»

Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?»

Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: "Vemos" vuestro pecado permanece


PARA TU ORACION

crecer al Señor, pero son ellos los que van creciendo a los ojos de Dios. Ellos cuidan a Jesús en una humilde casa de Nazaret mientras Dios los protege en la gran mansión de su amor.


«Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Co 3,3). Nuestra vida de oración nos lleva, como a san José, a refugiarnos siempre en el Señor. El Santo Patriarca pudo soportar la humillación del pesebre, la crudeza del exilio y la aparente monotonía de una vida corriente, porque supo poner su corazón en Jesús: el lugar donde toda situación se torna habitable. Nunca vio su vocación como un conjunto de cosas por cumplir, sino como el regalo inmerecido de poder vivir en todo momento junto al Hijo de Dios.


EL SILENCIO DE san José ante las mociones divinas nos puede servir para adentrarnos en la libertad con que el Patriarca se movía dentro de los planes de Dios. En un primer momento podría parecernos que esa sencillez encierra una vida sin ideales propios o tal vez una respuesta demasiado mecánica. Sin embargo, al contemplarla más de cerca, nos damos cuenta de que se trata, más bien, de una vida colmada por la libertad del amor. La verdadera oración, cuando es un diálogo abierto con Dios, nos va regalando la posibilidad de mirar el mundo, de alguna manera, desde su posición. Entonces nuestra vida adquiere una dimensión distinta, insospechada, como la de san José, que «supo poner fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea–, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres»[6].


«La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida»[7]. La oración nos hace verdaderamente libres porque nos permite adentrarnos en la lógica de la entrega, en una lógica que nos vuelve más ligeros y nos permite dar el peso adecuado a cada cosa. Cuando entablamos un diálogo constante con Dios, nuestras vidas ya no están supeditadas necesariamente a nuestros gustos o cansancios, aunque estos no dejen de existir. Tampoco nuestras miserias nos preocupan demasiado, porque sabemos que él acude en nuestra ayuda para curarnos y para convertirlas en fuente de vida, como fueron las manos llagadas y el costado abierto de Cristo.


Pero esto no significa que la vida de oración de san José no haya conocido dificultades. Sabemos que en una ocasión, de vuelta de Jerusalén, se perdió Jesús adolescente (cfr. Lc 2,45). Podemos imaginar con qué angustia lo buscaría. Por su cabeza pasarían tantos recuerdos entrañables con una distinta tonalidad. Quizá se le escaparía alguna lágrima. Sin embargo, durante los tres días que duró su incertidumbre, no había dejado de perseverar interiormente «fijos los ojos en Jesús» (Hb 12,2). Su búsqueda exterior, otra vez, era el reflejo de su constante búsqueda interior. El santo Patriarca no comprendió la respuesta que le dio Jesús cuando por fin lo encontró en el templo, pero su vida ya se encontraba de tal modo en las manos de Dios, que incluso entonces se dejó guiar por él. Ahí radica la grandeza de la personalidad de san José y que le pedimos en el día de su fiesta: confiar plenamente en Dios. Y Dios nunca defrauda, porque sus sueños para nosotros, aunque a veces nos superan, son siempre buenos.

18 de marzo de 2023

HUMILDAD EN LA ORACION

 



Evangelio (Lc 18, 9-14)


Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás:


Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo».


Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».


Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.


PARA TU ORACIÓN


ANTES de narrar la parábola del fariseo y el publicano, san Lucas hace notar que Jesús la contó en referencia «a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). De esa manera, el Señor busca mostrarnos la actitud correcta para hablar con Dios; esto es, desde nuestra propia verdad: desde la humildad de sabernos pecadores y necesitados de la misericordia divina. «La humildad es la base de la oración»1, dice el Catecismo de la Iglesia.


San Josemaría se definía como «un pecador que ama a Jesucristo»2. Ese ha sido un patrón común en la vida de los santos: dejaron brillar la luz de Dios en sus vidas, por lo que les resultaba fácil descubrir las oscuridades personales. Esta es la actitud con la que el sacerdote, en la santa Misa, se dirige al Señor en nombre de toda la Iglesia: «A nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires»3.


El reconocimiento de nuestra propia debilidad lleva, al mismo tiempo, a sentirnos sostenidos por Dios. Su misericordia es mayor que nuestras faltas. Por eso el cristiano afronta la vida sin desaliento, pues la conciencia de ser un pecador no le impide ser consciente de una realidad más decisiva: es hijo muy querido de Dios. «Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»4. Esta es la actitud con la que el Señor quiere que nos acerquemos a él, y que explica en la parábola: no somos unos «justos» autosuficientes, sino hijos que necesitan a su Padre.


EL PRIMER PERSONAJE que aparece en la parábola es un fariseo que subió al templo a orar. Aparentemente, su plegaria tiene un inicio ideal, porque comienza dando gracias a Dios. Sin embargo, inmediatamente se revela que algo no funciona: su agradecimiento no se debe a un reconocimiento de la acción del Señor en él, sino que se limita a enumerar todas sus cualidades y méritos: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». Y, en medio de su oración, hay una frase que puede revelar el motivo por el que realizaba todo eso: «No soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano» (Lc 18,11-12).


El fariseo cae en la actitud que san Lucas había prevenido antes de relatar la parábola: desprecia a los demás teniéndose por justo. Al compararse mentalmente con el publicano, pensó que salía aventajado. Quizá a ojos de la gente incluso podía tener razón, pues estos eran considerados pecadores públicos al haber traicionado al pueblo de Israel. Sin embargo, no tiene en cuenta que solo Dios mira en el fondo de los corazones. Ninguna comparación será capaz de emular el alcance de la mirada divina.


Este fue el principal obstáculo de muchos para no reconocer al Mesías: refugiarse en las propias seguridades y en las miras solamente humanas. «Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo»5. Por eso, el Señor dirá después que este no bajó justificado a su casa: si tenía ya todo lo que creía necesitar, no sería capaz de acoger la salvación que Dios le ofrecía.


EL SEGUNDO personaje de la parábola es un publicano que ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo en su oración. Simplemente se limita a golpearse el pecho mientras dice: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Y a continuación, Jesús añade: «Os digo que este bajó a su casa justificado» (Lc 18,13-14).


Este publicano comienza su oración siendo consciente de que es un pecador. Además, en su caso, lo sabe todo el pueblo, pues colaboraba con las autoridades extranjeras. Esta realidad, que en apariencia puede ser un obstáculo, es más bien la ventaja que tiene respecto al fariseo, pues el clamor general de su entorno le recuerda que es un pecador: su indigencia es evidente. Pero las seguridades sobre las que construye su vida no son sus propias cualidades, ni tampoco el reconocimiento de los demás, sino la compasión de Dios. «Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor»6.


La actitud del publicano es justamente contraria a la del fariseo: no se tiene por justo ni desprecia a los demás, aunque quizá habría tenido motivos para esto último, por el trato que recibiría de sus contemporáneos. Jesús señala «que este bajó a su casa justificado». La oración de este hombre recuerda, de alguna manera, a la de la Virgen, en quien Dios se fijó precisamente por su humildad (cfr. Lc 1,48). Ella nos enseñará a recorrer este camino para que el Señor obre también en nuestras vidas las grandezas que cantó nuestra Madre.

17 de marzo de 2023

LA GUIA QUE ORIENTA LA VIDA




Evangelio (Mc 12, 28-34)


Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.


Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios.


Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.



 PARA TU ORACION 


A JESÚS le dirigieron muchas preguntas durante su paso por la tierra. En varias ocasiones lo hacían con el propósito de retorcer sus palabras. No eran interrogantes que respondiesen a un deseo sincero de conocer la verdad; simplemente les movía la envidia, el afán por tener algo de qué acusarle públicamente. Sin embargo, en el Evangelio también vemos a personas que se acercan al Señor con sencillez. Es el caso de un escriba que, al ver lo bien que respondía a las inquietudes de los fariseos y los saduceos, le planteó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,28). A diferencia de las preguntas anteriores, este escriba no se aproximó con malas intenciones. Deseaba obtener de aquel hombre tan sabio una respuesta para una cuestión crucial, que además era objeto de debate continuo entre los rabinos de la época. Un judío piadoso tenía que cumplir más de seiscientas normas. Por eso, podía ser lógico preguntarse cuál era el precepto que estuviese por encima de todos.


La actitud sincera de este escriba puede inspirar la misión de los cristianos hoy en día. Él fue testigo de las maravillas de Jesús, y su trabajo consistía precisamente en contar los hechos tal como sucedieron. Su testimonio, libre de prejuicios, debió de ayudar a que muchos de sus contemporáneos rompieran las barreras que les separaba del Señor. Él nos muestra que para acercarse a Jesús no hay que aferrarse a preconcepciones, ni tampoco buscarle para afirmar un punto de vista elaborado previamente. «El pecado de los fariseos –escribió san Josemaría– no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos»[1]. Para poder escucharle es necesario mantener una disposición abierta para ir transformando nuestros propios juicios a partir del brillo de su palabra salvadora.


LA FORMA tan directa con que el escriba hizo su pregunta nos permite suponer que era un asunto que se venía cuestionando de tiempo atrás. Podríamos decir que ese hombre estaba indagando sobre qué era lo verdaderamente importante en la vida. Y esto, de hecho, es algo que toda persona quiere conocer. Necesitamos puntos de referencia, guías que nos orienten en la manera de configurar nuestro modo de vivir: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana»[2].


En ocasiones podemos estar buscando respuestas a preguntas que ya fueron respondidas. De hecho, Jesús contestó al escriba con palabras que probablemente su interlocutor conocería de memoria, pues era la parte esencial de la Ley que Dios entregó al pueblo a través de Moisés: «Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29 y cfr. Dt 6,4-5). Al mismo tiempo, Jesús ligó ese precepto con otro también conocido por los judíos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31 y Lv 19,18). De esta manera, nos muestra que ambos mandamientos están tan profundamente unidos que terminan siendo uno solo.


«El amor de Dios es lo primero que se manda –decía san Agustín–, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. (...) Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a él. El amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: “Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?” (1 Jn 4,20)»[3]. Querer a las personas que nos rodean es el camino para amar con todo el corazón al Señor. Esta fue la guía que Jesús marcó al escriba y que más tarde nos dará él mismo la medida: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34).

16 de marzo de 2023

SINCERIDAD

 



Evangelio (Lc 11, 14-23)


Estaba expulsando un demonio que era mudo.


Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo.


Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.


»Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.


»El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.


»Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: «Me volveré a mi casa, de donde salí». Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera.



PARA TU ORACION


ESTABA expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada» (Lc 11,14). Esas son las palabras del evangelista que nos introduce, sin demasiado preámbulo, en esta escena. Esa expresión evangélica –el «demonio mudo»– se ha afianzado en la tradición espiritual de la Iglesia para describir un fenómeno que puede afectar a cualquier cristiano: la falta de sinceridad. Se trata de una actitud que en ocasiones se puede dar en nuestra vida: la dificultad para asumir algún aspecto de nuestra vida que todavía no lo hemos llenado de Cristo, y buscar ayuda para aquella conversión.


Como el demonio es el padre de la mentira, pone toda su astucia en juego para que no nos demos cuenta de nuestros errores. «Aquí hay un aspecto que nos puede engañar: al decir “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, algo habitual, incluso algo social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado. No: yo soy un pecador por esto, esto y esto. (...) La verdad es siempre concreta»1. La sinceridad comienza con uno mismo. Como no estamos exentos de ningún mal, necesitamos acudir al Señor para ser sanados. Sobre el «demonio mudo», Jesús deja claro a sus apóstoles que «esa raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración» (Mc 9,29). Acercarnos a Dios con sencillez, invocar al Espíritu Santo, nos dará la gracia de conocernos mejor para identificarnos más con Jesucristo.


CUANDO san Josemaría pensaba en las consecuencias que podía generar aquel «demonio mudo», aquella falta de sinceridad con uno mismo y con quien nos puede ayudar, las reunía en una palabra, quizás fuerte: «mezquindades»2. En su origen, se trata de lo que lógicamente sigue a la falta del aire limpio que genera la verdad, que distorsiona no solamente la capacidad de reconocer lo real de nuestra vida sino también, quizás, en las palabras de los demás. Lo vemos justamente en quienes presencian la escena después de que el Señor obra el milagro. Algunas personas de la multitud, en lugar de sorprenderse ante ese hecho inaudito, empezaron a decir que Jesús expulsaba los demonios por el poder de Beelzebul. Otros, yendo más allá, «le pedían una señal del cielo», lo cual no deja de ser paradójico, pues acababan de presenciar un verdadero milagro.


Algunas veces sucede que, «si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder»3, también las cosas buenas de la vida, como las maravillas que Dios obra delante de nuestros ojos. Una persona así, condiciona su propia capacidad de contemplar las acciones del Señor –en uno mismo y en los demás–, e incluso, como sucede en el pasaje evangélico, tergiversa sus intenciones. De ahí que sea valioso acudir diariamente al examen de conciencia para ponernos en ese breve tiempo, que es oración, con la disposición a que el Espíritu Santo ilumine nuestra conciencia y nos empuje a buscar querer cada día más a Dios; entonces, descubriremos la hondura de su amor por nosotros, pues nos abraza como el padre del hijo pródigo cuando reconocemos con sencillez nuestra dificultades y pecados. Por eso, la Iglesia suplica cada año: «Escucha con piedad nuestras súplicas, Señor, e ilumina las tinieblas de nuestro corazón con la gracia de tu Hijo, que viene a visitarnos»4.


JESÚS, en su defensa, argumenta con una explicación que cualquiera podría entender: todo reino dividido contra sí mismo está destinado a la ruina. Él no actúa por el poder del demonio, pues no tendría sentido que Beelzebul actuara contra sí mismo. Es por eso que el Señor les anuncia directamente el punto central: ese milagro es realmente una señal de que el Reino de Dios ha llegado. Lo que esas personas han presenciado no es más que una realización de lo que había sido anunciado, y que el mismo san Lucas trae a colación en los inicios de su Evangelio: Jesús es el Ungido de Dios que ha venido a traer la libertad a los cautivos.


Y nos podemos preguntar: ¿a los cautivos de quién? Del que era más fuerte que ellos: el demonio. Es por eso que el Señor continúa su intervención con una imagen: «Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín» (Lc 11,21-22). Desde el primer pecado, el diablo había ganado terreno en la humanidad. Tuvo que venir Jesús, que es más fuerte que él, para vencerlo y devolver a las personas su tesoro más precioso: la libertad.


Identificar y expulsar el demonio mudo de nuestra vida significa proteger ese bien que nos ha regalado el Señor. Como dice el propio Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32) . De ahí que la sinceridad con nosotros mismos, con Dios y con los demás, sea parte integrante de esa tarea que tenemos todos: luchar cada día por reconquistar la libertad. María Santísima, la mujer libre por excelencia, llena de gracia, nos ayudará a vivir en todo momento con la libertad propia de los hijos de Dios.

15 de marzo de 2023

ENTENDER LO QUE SE AMA




 Evangelio (Mt 5, 17-19)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. 


Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.



PARA TU ORACION 


«AL OTRO lado del Jordán, en el desierto (...), Moisés comunicó a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado para ellos» (Dt 1,1.3). El pueblo se encuentra a un paso de entrar en la tierra prometida. Sin embargo, quien ha sido su guía y pastor desde que salieron de Egipto, cuarenta años atrás, no cruzará con ellos esa última frontera. Antes de entregar su alma a Dios, Moisés cumple su misión hasta el final. «Mirad –les dice–: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos» (Dt 4,5-6).

En la fidelidad a esta Ley se irá forjando la identidad de Israel. Desde Josué y Pinjás hasta Saulo de Tarso, pasando por Elías, Judit o Matatías, serán muchos los israelitas que sientan arder su alma de amor por la Ley de Dios. Por eso, cuando Jesús comienza su vida pública, se genera un cierto revuelo. Habla con autoridad, y parece que se permite a sí mismo y a sus discípulos hacer excepciones a las tradiciones de sus padres. Los israelitas piadosos están confundidos, así que el Señor les sale al encuentro: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17).

Jesús se inserta en esa tradición de amor a la Ley, gloria de su pueblo. Pero añade algo más. Ciertamente, no ha venido a eliminarla, pero tampoco es el suyo un mero cumplimiento. Con Cristo, ha sonado para la Ley la hora de la plenitud. «Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas (...). Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino»1.


A ALGUNOS de los oyentes de Jesús, su respuesta quizá les supo a poco. «Si no ha venido a abolir la Ley, ¿cómo se explica entonces su conducta ambigua?», se podían preguntar. Pero la supuesta ambigüedad de Jesús aparece tal únicamente a quienes tienen una visión deformada de la Ley. Y lo que Jesús quiere abolir es precisamente esa visión deformada. La tarea se demuestra ardua, porque la encuentra muy arraigada, sobre todo entre algunos fariseos: es el suyo un cumplimiento superficial de la Ley, una observancia formal, compatible con un corazón que no crece (cfr. Is 29,13; Mt 15,6).

Pero no es esa la fidelidad que quiere el Señor. Moisés había dicho: «Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis» (Dt 4,1). La finalidad de la Ley es ayudar a vivir, hacer crecer. En el mismo sentido, las palabras de Jesús son espíritu y vida (cfr. Jn, 6,63) que, lejos de permanecer inmóviles, el salmista nos dice que «corren veloces» (Sal 147,15). Lejos de empequeñecernos, la fidelidad a la Ley tiene la capacidad de hacernos grandes, porque nos descubre los caminos para dilatar el corazón: «Dirige mis pasos, Señor, con tu palabra, para que no me domine la maldad» (Sal 118,113).

«La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos», decía san Josemaría. «La santidad no tiene la rigidez del cartón (...). Es vida, vida sobrenatural»2. ¿Cómo podemos distinguir el cumplimiento farisaico, que nos vuelve pequeños y rígidos, de ese otro que nos hace grandes y nos llena de vida? Se podrían decir muchas cosas, pero la clave última está en un amor que tiene dos indicadores concretos: la alegría, fruto de hacer las cosas libremente3; y la ternura con la que hacemos las cosas4, porque damos a aquello toda nuestra atención. Así se comprende por qué «las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas»5.


PARA PODER cumplir la Ley de Dios con amor, conviene saber por qué hacemos esas cosas. Es verdad que podemos amar algo aunque no lo comprendamos del todo porque, en ese caso, nos fiamos de quien nos lo dice: el Señor, nuestros padres, alguien en quien confiamos… Pero el amor auténtico busca siempre entender mejor, y el amor crece en la medida en que profundizamos en sus causas6. Si hacemos las cosas sin comprender por qué, es fácil que acabemos limitándonos a un cumplimiento externo, sin interiorizar las razones para hacerlo, y sin identificarnos con ello. Así, podemos acabar olvidando fácilmente que aquello lo hacíamos por el Señor, y se nos puede convertir en algo pesado o sin sentido. «Ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas –dice la Sagrada Escritura–; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos» (Dt 4,1.5-9).

Algunas veces comprenderemos las cosas precisamente a través de la obediencia, cuando esa obediencia nace del deseo de identificarnos con lo que Dios quiere. Este milagro se da sobre todo en la oración, donde el Señor nos ayuda a conformar nuestro querer con el suyo, gracias a las luces, afectos e inspiraciones que derrama en nuestras almas. Y junto a la oración, un medio indispensable es el estudio, en particular de la Sagrada Escritura y del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de tesoros inagotables en los que podemos profundizar siempre más, y donde encontraremos cada vez luces nuevas para llenar de sentido todo lo que hacemos, y para dar razón a quien nos lo pida. Santa María tuvo también que esforzarse por entender. Por eso meditaba frecuentemente las cosas en su corazón (cfr. Lc 1,29; 2,19.51), preguntaba lo que no entendía (cfr. Lc 1,34; 2,48) y buscaba la orientación de quien la pudiera ayudar (cfr. Lc 1,39). Ella puede enseñarnos a ser, así, verdaderamente libres.

14 de marzo de 2023

VOLVER AL PADRE

 



Evangelio (Mt 18, 21-35)


Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:


—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?


Jesús le respondió:


—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes». Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: «Ten paciencia conmigo y te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?». Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.


PARA TU ORACION


ENTRE los judíos deportados a Babilonia se encontraba Azarías, un «joven de sangre real o de la nobleza, perfectamente sano, de buen tipo, bien formado en la sabiduría, culto e inteligente, y apto para servir en palacio» (Dn 1,3-4). Había aprendido la lengua y la literatura de Babilonia, y le habían impuesto un nombre caldeo: Abdénago. Los primeros capítulos del libro de Daniel nos cuentan las aventuras de Azarías, Ananías, Misael y Daniel, y cómo entre los cuatro se sostienen para permanecer fieles a Dios y a las costumbres de su pueblo, en un ambiente hostil.


En su oración desde el horno encendido, los pensamientos de Azarías van más allá del gran sufrimiento inmediato. Su corazón, además, no deja de sufrir por la situación de Israel, y trata de comprender el desastre que había supuesto la deportación a Babilonia para el pueblo elegido. Dios había librado a su pueblo de la esclavitud y le había dado una tierra donde vivir en libertad. Sin embargo, todo aquel esplendor no es más que un doloroso recuerdo. «Ahora, Señor –reza Azarías–, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados» (Dn 3,37).


En esta dramática situación, Azarías ofrece al Señor lo único que tiene: «Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados» (Dn 3,39). Y Dios, complacido, acepta aquel sacrificio, que es precisamente el más agradable a sus ojos: «Convertíos a mí de todo corazón, porque quiero solo vuestro bien y estoy lleno de misericordia» (Jl 2,12-13). Esta actitud interior frente a Dios, de quien sabe que en realidad no puede pagar tanto bien, es la que hace agradable cualquier sacrificio nuestro.


AZARÍAS ha entendido la lógica de Dios. Incluso en medio de las llamas, el asombro ante la infinita misericordia de Dios le lleva a tener su pensamiento en los cielos. Azarías y sus compañeros han experimentado lo que es no tener nada y han aceptado recibirlo todo de Dios. Estalla entonces el agradecimiento de estos tres jóvenes en un canto en el que convocan a todas las criaturas para, junto a ellas, alabar y bendecir la misericordia de Dios (cf. Dn 3,51-90).


Aquel horno del destierro fue, para el pueblo de Israel, el crisol que permitió el retorno a lo esencial. Desde allí construirán un nuevo comienzo en el que Dios y su amor ocupen, otra vez, el centro. «Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre» (Dn 3,41-43).


También para nosotros, la Cuaresma es una oportunidad de comenzar de nuevo. «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»1. Descubrir y recorrer ese camino de vuelta al Padre nos inundará de la misma alegría que llenó el corazón de los tres jóvenes.


EXPERIMENTAR el perdón de Dios nos obliga a salir de esquemas puramente humanos. Cuando Pedro pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a su hermano, la respuesta parece fuera de toda lógica: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Y, a continuación, propone la parábola en la que un hombre tenía una deuda de diez mil talentos, una cantidad que habría puesto en dificultades al mismo Salomón. Se cuenta que, en los tiempos de mayor prosperidad del reino de Israel, el rey percibía 666 talentos de oro al año (cfr. 1 Re 10,14). El pobre deudor de la parábola debía sentirse como Azarías, al considerar la magnitud de los pecados del pueblo y su carencia de medios para reparar por ellos. «Como no tenía con qué pagar (...), el criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”» (Mt 18,25-26).


Entonces, Jesús introduce en la parábola un giro sorprendente. El señor se contenta con la voluntad de pagar de su criado, como si con aquel gesto hubiera satisfecho realmente la deuda. El Maestro nos enseña –tal como lo había experimentado ya Azarías– que Dios se deja conquistar por un corazón contrito, derrama su gracia frente a nuestro deseo sincero de pagar, aunque no seamos capaces de hacerlo. «Dios nunca se cansa de perdonar. (...) El problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón»2. Jesús siempre nos perdona cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la Confesión. Al mismo tiempo, saber que el mismo Dios se olvida de nuestros errores nos impulsa a no dar excesiva importancia a las ofensas que podamos recibir de los demás: «No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer»3, solía decir san Josemaría. A santa María, refugio de los pecadores, le pedimos que nos enseñe a abrirnos al perdón de Dios; a no negar el perdón a nuestros hermanos y a pedir perdón con frecuencia.