"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

18 de junio de 2024

TENER UN CORAZÓN GRANDE

 


Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


PARA TU RATO DE ORACION 


«APENAS SUPO Ajab de la muerte de Nabot, se levantó para bajar a la viña y apropiarse de ella» (1 Re 21,16). Entonces Dios envió al profeta Elías, para que hiciese ver al rey la gravedad de su delito: «¡Has asesinado y además has robado! Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también la tuya”. Ajab respondió a Elías: “Enemigo mío, me has descubierto”» (1 Re 21,19-20). En un primer momento, Ajab apenas reacciona, y considera la denuncia de aquel profeta como una cuestión personal. Pero Elías pone enseguida las cosas en su verdadero plano: «Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor». Y ese mal que tú y tu mujer habéis cometido, traerá la desgracia sobre vosotros y sobre todos los de vuestra casa (cf. 1 Re 21, 21-24).


Ajab reconoció la voz del Señor en estas palabras del profeta, así que «rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido» (1 Re 21,27). ¡Qué distinta esta tristeza, de aquella que, antes, le había llevado a hacer el mal! Es el suyo un dolor bueno, que manifiesta arrepentimiento, buena voluntad, que agrada a Dios y le permite volcar su misericordia: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días» (1 Re 21,29).


Conmueve ver la paciencia con la que Dios interviene en la vida de este rey, llena de encuentros y desencuentros. Vemos cómo Dios respeta la libertad de los hombres, y cómo nuestras acciones repercuten, para bien o para mal, en la manera en la cual moldeamos nuestra vida, en las personas que nos rodean y en el mundo. «El juicio de la conciencia lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios»1.


«HABÉIS OÍDO que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,43-45). Jesús nos anima a aprender de la misericordia de Dios, que descubrimos en el episodio de la viña de Nabot y en tantos otros pasajes de la Escritura. Dios nunca se olvida del hombre, por grande que sea su culpa; busca siempre la conversión de quien yerra, que es la mejor manera de restablecer una justicia más alta. Además, nos anima a cooperar con él en esta tarea que, muchas veces, requiere un cambio de mentalidad por nuestra parte.


«Pienso en quienes están encerrados en la cárcel. Jesús no se ha olvidado de ellos. Poniendo la visita a los encarcelados entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, ante todo, a no erigirnos jueces de nadie. Un cristiano está llamado a hacerse cargo de la otra persona, para que quien se haya equivocado comprenda el mal hecho y vuelva en sí mismo (...). Todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto caer por las mejillas de reclusos que quizás jamás habían llorado en su vida; y esto solo porque se sintieron acogidos y amados»2.


Estamos llamados a ver a Cristo también en quienes han sido considerados deudores según la justicia humana. San Josemaría, al considerar ese mandato del Señor de encontrarlo en los hambrientos, en los sedientos y en los encarcelados, comentaba que mientras eso no suceda «vives muy lejos de Dios con tu falsa piedad, aunque mucho reces»3. Alcanzar esa justicia más alta de Dios, que ansía la conversión de todos porque ama a todos, tiene su inicio en nuestra propia conversión. Es en nuestro interior en donde, empujados por la gracia, podemos dar inicio a esa gran reconciliación.


ESTE DESEAR, con nuestro Padre Dios, la conversión de quien yerra, no se opone al deseo de que se haga justicia. Queremos que desaparezca el mal, y que se anulen sus consecuencias, para que sea restablecida la justicia, pero sin destruir a la persona que lo ha cometido. Seguimos la lógica de Dios, que no quiere «la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11). Movidos por este ejemplo, «hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien»4.


No es contrario a la misericordia el castigo del mal cometido, que favorece la conversión del que se equivoca. Lo que se opone propiamente a la misericordia es la envidia, esa tristeza por el bien ajeno que revela la mezquindad del corazón5. Dios quiere que nos alegremos por la conversión del pecador, como se alegra el pastor que encuentra la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7), o el padre por el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31). ¡Qué maravilla compartir la alegría de Dios por cada pequeño gesto de conversión nuestro o de quienes nos rodean! «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse» (Lc 15, 31).


«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice Jesús hoy en el evangelio. María, que es Espejo de justicia y Madre de misericordia, nos ayudará a tener siempre un corazón grande, capaz de compadecer y de curar, para que se asemeje cada vez más a la perfección del corazón de Dios.

17 de junio de 2024

Obras de justicia llenas de caridad.

 



Evangelio  san Mateo (5,38-42):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. 


Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»



PARA TU RATO DE ORACION 


POR AQUEL TIEMPO, Ajab, rey de Israel, había salido victorioso de una campaña militar difícil, frente al rey de Siria. Dios, después de guiarlo a través de un profeta, le dio la victoria. Pero una vez obtenida, Ajab decidió actuar por su cuenta, sin contar con Dios. Después de ser recriminado por esta conducta, «el rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado» (1 Re 20,43). No entiende que su desazón se debe a su vivir lejos de Dios, e intenta remediar su tristeza satisfaciendo sus antojos. Después de este episodio, la Sagrada Escritura nos cuenta también que «Nabot tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21, 1-2). Nabot se negó a entregar la heredad de sus padres, como exigía la Ley de Moisés, y, otra vez, «Ajab volvió a su casa triste y enfadado. Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento» (1 Re 21,4). Nuevamente, Ajab no entiende. Le parece incomprensible la conducta de Nabot, hombre recto, que se rige por unas convicciones más profundas, que no están a merced del vaivén de la utilidad o del placer superficiales.


«Nabot era feliz –dice san Ambrosio– porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio»1. Nabot aparece como un hombre libre, entero; mientras Ajab, con todo su poder, nos pone delante de los ojos la imagen, que a veces puede ser la nuestra, del hombre que se deja llevar por las circunstancias, sin otro norte que el estado de ánimo o el capricho del momento. «La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por una convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa»2. Si era preciosa la viña de Nabot, más lo era su alma. Había cultivado bien su libertad, procurando unirse a Dios con todo su corazón y produciendo como frutos sabrosos las virtudes que hacen feliz al hombre.


¡QUÉ DISTINTAS aparecen las virtudes del hombre justo, especialmente la prudencia, cuando las comparamos con la determinación y la astucia de Jezabel, mujer de Ajab! También ella se avergüenza de la falta de carácter de su marido, así que despliega sus talentos para hacerle alcanzar la viña de Nabot. «Escribió las cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced sentar contra él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: ‘Has maldecido a Dios y al rey’. Entonces sacadlo, apedreadlo y que muera”» (1 Re 21, 8-10). Cuando hubieron cumplido sus órdenes, Jezabel «dijo a Ajab: “Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto”» (1 Re 21, 15).


Llama la atención el carácter de esta mujer que mandó eliminar a los profetas de Israel, hizo temer y puso en fuga al mismo Elías, arrastró a su marido y a todo el pueblo al culto de Baal. Jezabel se mueve con precisión y sangre fría entre los entresijos de la ley, teje una limpia estratagema que le permite perpetrar aquel crimen sin manchar sus manos ni las de su marido. Pero esta injusticia nos enseña que ni su astucia es prudencia, ni su determinación es fortaleza, ni su autodominio es templanza. Cerrada a la verdad de Dios, Jezabel se desentiende de la justicia, y pone sus cualidades al servicio de sus propios caprichos, causando la infelicidad propia y la de quienes la rodean.


Esta prudencia que se desentiende de Dios suele ser conocida como la «prudencia de la carne». Al contrario, «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios. La templanza del prudente no es insensibilidad ni misantropía; su justicia no es dureza; su paciencia no es servilismo»3.


ANTE UNA conducta como la de Ajab y Jezabel con Nabot, podemos experimentar indignación y desear que se haga justicia. Por eso, nos pueden sorprender las palabras de Jesús en el Evangelio: «No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado» (Mt 5, 39-40.42).


No es necesario suavizar las palabras del Señor. En efecto, Jesús nos anima a vivir con una libertad inmensa, propia de quien tiene en Dios su tesoro, y con él, posee todo. Una persona así está dispuesta a ceder cualquier cosa por el bien de los demás. Y esto no es incompatible con la justicia, esa virtud que se caracteriza, precisamente, por procurar el bien del otro. Nada más lejos de la justicia que esa caricatura que la pinta como una virtud egoísta, preocupada solo por proteger y reivindicar lo propio. La primera palabra de la justicia no es mío, sino tuyo. Santo Tomás de Aquino asegura que es la virtud que nos abre al prójimo y nos hace descubrir en él a una persona, empujándonos a procurar su bien activamente4.


Nabot era justo porque amaba la ley de Dios, fuente de la más elevada justicia, y la heredad de sus padres, que debía conservar para sus hijos; y las defendió del capricho ilegítimo de un rey. Al final, aunque no parezca a primera vista, salió ganando, «porque es mejor padecer por hacer el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3,13-17). Así exhortaba repetidas veces el apóstol Pedro a los primeros cristianos, poniéndoles siempre como modelo a Jesús, que dio su vida por nosotros. En la muerte de Cristo cobran su pleno sentido la muerte de Nabot y toda injusticia. Santa María, que se formó en la mejor tradición del pueblo de Israel, nos ayudará a tener un corazón sabio, que encuentre en la adhesión a Dios su delicia, y se desborde con los demás en obras de justicia llenas de caridad.

16 de junio de 2024

DAR FRUTO




Evangelio (Mc 4, 26-34)


En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:


El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.


Y decía: ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.


Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos.


 PARA TU RATO DE ORACION 


«ESCÚCHAME, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación»[1]. Estas peticiones de socorro, que se atribuyen al rey David (Sal 26,7.9), son el pórtico de la liturgia de hoy. Llenos de confianza elevamos un canto al Señor en este domingo para que atienda nuestras necesidades y nos acompañe en las dificultades que puedan surgir en nuestro caminar diario. Como señalaba Santa Teresa de Lisieux, nuestra oración es «un impulso del corazón (...), un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra, es algo grande, algo sobrenatural»[2] que nos dilata el alma y nos une a Jesús.

El Evangelio de este domingo nos propone dos breves parábolas: la de la semilla que germina y crece sola, y la del grano de mostaza (cfr. Mc 4,26-34). Son imágenes familiares tomadas del mundo rural, comprensibles para todos sus seguidores. «El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra. Es como un grano de mostaza» (Mc 26.31). Tomando como ejemplo el modo en que crece la semilla, Jesús quiere explicar que no es posible juzgar la acción misteriosa de Dios por la pequeñez de sus primeros pasos. Aunque el Reino parezca algo discreto en los comienzos, en realidad contiene una enorme fuerza que se irá desplegando con el paso del tiempo.

A simple vista la semilla es muy pequeña. A veces, incluso, apenas es posible percibirla. Su valor parece casi insignificante. Sin embargo, una vez enterrada la semilla crece y crece, sin que nadie pueda pararla, dando un fruto que llega sin saberse muy bien cómo, superando las expectativas que el agricultor hubiera podido tener. La acción de Dios en el mundo y en la historia no suele ser espectacular ni trae consigo generalmente resultados inmediatos. De hecho, en ocasiones viene envuelta en aparentes fracasos. Pero en esa semilla, pequeña y discreta, se esconde ya la promesa de lo que está por venir. Cuando vemos que los frutos tardan en llegar, que nuestros deseos de conversión no siempre son eficaces, podemos mirar al Señor para depositar en él toda nuestra seguridad. Es cierto que a simple vista las cosas mejoran más lentamente de lo que deseamos, y que podemos sentirnos solos y sin medios humanos. Jesús nos recuerda que los comienzos son pequeños, porque la semilla primero tiene que crecer para adentro, en el seno de la tierra. Después, cuando Dios quiera, llegará el momento de recoger sus frutos, pues sus ritmos no son necesariamente como los nuestros.


LA PRIMERA parábola centra nuestra atención en la dinámica de la siembra. La semilla que se echa en la tierra brota tanto si el agricultor duerme como si está despierto, y crece por sí misma. En la siembra, el labrador confía en que su trabajo no será infructuoso; conoce el poder que tiene la semilla cuando recibe el agua necesaria para su desarrollo. Él no tiene más que esconder bien la pequeña simiente en el suelo y regarla cada cierto tiempo. Le sostiene también en su labor la confianza de la bondad de esa tierra que abraza la semilla que él ha depositado. «Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga» (Mc 4,28).

«Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles»[3]. Colaborar en la siembra de la palabra divina en el corazón de los demás se parece mucho al trabajo del campo. El fruto no se percibe inmediatamente, y quizá incluso no lleguemos a verlo con nuestros propios ojos. Pero tenemos la seguridad de que la semilla está creciendo de un modo que supera nuestras expectativas. «No olvidemos nunca, cuando anunciamos la Palabra, que también donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá de nuestros esfuerzos»[4].

Nuestro optimismo y nuestro compromiso se fundan en esta sólida confianza. Se lo escuchamos decir al apóstol Pablo cuando escribe a los cristianos de Corinto: no lo dudéis, «es Dios el que hace crecer» (1Co 3,7), nosotros somos simples «colaboradores» suyos (cfr. 1Cor 3,6-9). Nos da tranquilidad saber que el fruto no depende de lo que sepamos hacer con nuestras escasas fuerzas. En realidad, Dios se contenta con que hagamos lo que buenamente podamos. En esta línea, san Josemaría animaba a poner todos los medios humanos como si no existieran los sobrenaturales y, al revés, a poner todos los medios sobrenaturales como si no hubiera medios humanos al alcance de nuestras manos[5]. «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios»[6]. La obra de Dios en la historia es fecunda, porque él es el Señor del Reino. Muchas veces lo que nos toca a nosotros es trabajar esperando pacientemente los frutos. La victoria del Señor es segura.


EL PEQUEÑO grano de mostaza, cuenta la segunda parábola, «una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra» (Mc 4,32). Una realidad tan pequeña se convierte con el paso de los días y de los meses en algo difícil de imaginar. Ese grano, que está lleno de vida, al partirse es capaz de romper el terreno y salir a la luz del sol y crecer hasta convertirse en árbol, alcanzando hasta tres metros de altura. «Solamente cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza»[7

Como sucedía en la primera parábola, aquí también brilla el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. Quizá es algo que también experimentamos en nuestra propia vida. Sabemos que el Señor nos ha llamado para cosas grandes, pero tal vez sentimos que no estamos a la altura. En realidad, Cristo no nos ha llamado por nuestros méritos, sino porque le ha dado la gana. Él no espera de nosotros que hagamos cosas extraordinarias, sino que tengamos la humildad de dejarle crecer en nuestra vida y confiar cada día en su oferta incondicional de amor. «La debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante»[8].


No importa demasiado nuestra pequeñez. Nuestra fragilidad no es un obstáculo insalvable a la acción de la gracia. Dios hace crecer todo lo grande con la sobreabundancia de sus dones. «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. –Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero..., por tu prestigio social, otro cero..., y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo... Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!»[9]. La Virgen María acogió como «tierra buena» la semilla de la palabra divina. Podemos pedirle que fortalezca en nosotros esta confianza ante la evidente «desproporción entre los medios y los frutos que Dios suscita. Su poder salvífico no ha disminuido, pero espera de cada una y de cada uno de nosotros, así como de las personas que se cobijan a la sombra de este árbol frondoso, una correspondencia generosa, la mayor de la que seamos capaces, con su ayuda»[10].


15 de junio de 2024

SINCERIDAD DE VIDA

 


Evangelio (Mt 5, 33-37)


También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN EL SERMÓN de la montaña, que se proclama en la liturgia de estos días, san Mateo presenta el poder de Jesús sobre la Ley que Israel había recibido de Dios. El Señor confirma su valor perenne, y a la vez declara la necesidad de vivirla con un nuevo espíritu. El amor es ahora el centro de todos los preceptos. «Hay a la vez continuidad y superación: la Ley se transforma y se profundiza como Ley del amor, la única que refleja el rostro paterno de Dios»[1]. Pasa de ser una ley exterior a convertirse en una ley «interior del hombre, en el que actúa el Espíritu Santo: es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón»[2].


El segundo mandamiento que Moisés recibió de Dios y entregó al pueblo «prescribe respetar el nombre del Señor»[3]. A él se refiere Jesús en el sermón de la montaña: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano (...). Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello» (Mt 5,33-36). En la sociedad judía recurrían frecuentemente al juramento, en ocasiones en falso (cfr. Mt 23,16-22); sin embargo, como el nombre divino era sagrado e impronunciable, lo eludían refiriéndose a otras realidades.


Jesús enseña que todo juramento compromete el nombre del Señor, que es santo. Por eso el hombre no puede usarlo de cualquier manera. «La presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia»[4]. El Señor nos ha confiado su nombre a los que creemos en él, revelándonos así su misterio personal. «El don del nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad (...). Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa. No lo empleará en sus propias palabras, sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo»[5]. Su nombre, predicaba san Agustín, «es grande allí donde se pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su majestad. El nombre de Dios es santo allí donde se le nombra con veneración y temor de ofenderle»[6].


JURAR es tomar a Dios por testigo de algo, invocando su veracidad como garantía de que lo que se dice es cierto. Jesús rechaza tajantemente la exigencia del juramento para asegurar la verdad de la propia palabra. La verdad debe brillar por sí sola. Ciertamente, la palabra humana es frágil y débil, pero solamente es posible establecer relaciones humanas sanas y nobles cuando confiamos que nuestras palabras sean un reflejo de la verdad. «La convivencia humana no sería posible si los unos no se fían de los otros como de personas que en su trato mutuo dicen la verdad»[7]. La razón de esta confianza está fundada en el amor. «Estamos llamados a instaurar entre nosotros, en nuestras familias, en nuestras comunidades, un clima de transparencia y de confianza recíproca (...). Y esto es posible con la gracia del Espíritu Santo, que nos permite hacer todo con amor, y así cumplir plenamente la voluntad de Dios»[8].


Esta manera de vivir de cara a la verdad, dispuestos a sacrificarnos por ella, deja en nuestro interior un surco de armonía y paz. «Solo la humildad puede encontrar la verdad y la verdad a su vez es el fundamento del amor»[9]. Por el contrario, «vivir de comunicaciones que no son auténticas es grave, porque impide las relaciones y, por lo tanto, el amor. Donde hay mentira no hay amor. (...) ​​Cuando hablamos de comunicaciones entre las personas no solo entendemos las palabras, sino también los gestos, las actitudes, incluso los silencios y las ausencias. Una persona habla con todo lo que es y lo que hace. Todos nosotros vivimos comunicando y estamos continuamente en equilibrio entre la verdad y la mentira»[10].


La vocación cristiana es un camino de identificación con Cristo. Él es el la Verdad (Jn 14,6), que vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). En consecuencia, el amor a la verdad es connatural con el vivir cristiano, es la ley fundamental del hablar y del obrar de sus discípulos: «Que vuestro modo de hablar sea: Sí, sí; no, no»​​ (Mt 5,37). Todo lo que es verdad viene de Dios, «lo que exceda de esto, viene del Maligno» (Mt 5,37). El amor a la verdad está presente necesariamente en el camino que conduce a Dios. Esto nos llevará a esforzarnos por conocerla y transmitirla en las intenciones, palabras y acciones. Ser sinceros es servir a la verdad, obrar la verdad es estar en comunión con el Señor.


CUANDO le preguntaban a san Josemaría por la virtud que más le gustaba, respondía inmediatamente: la sinceridad. «Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no» es el lema del primer colegio nacido por su aliento directo. «El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras», predicaba en una ocasión. «Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu (...); y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días»[11].


Algunas veces podemos sentir miedo ante la verdad, nos sobresaltan los compromisos y exigencias que lleva en su interior. Podemos pedir al Señor la gracia de actuar siempre con transparencia y sencillez, sin disimulos ni complicaciones. Sabemos que la verdad, si no es entera –al menos en lo que está de nuestra parte–, no es verdad. Comportándonos de esta manera, con honestidad, seremos creíbles, sin necesidad de añadir expresiones exageradas para tener crédito ante los demás.


María escuchó en silencio las palabras del ángel, preguntó lo que no entendía y respondió con generosidad, sin excusas. Con su fiat la Verdad salvadora se encarnó en su seno. En ella se ha realizado la alianza definitiva entre la verdad y el amor. Podemos acudir a su intercesión maternal para que sus hijos aprendamos a vivir la verdad en el amor, y abramos así el camino a la Verdad más grande.

14 de junio de 2024

Limpios de corazón



 Evangelio (Mt 5, 27-32)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno. 


Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio”.



PARA TU RATO DE ORACION 


EL SERMÓN DE LA MONTAÑA es el primero de los cinco grandes discursos en los que san Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. El pórtico de este discurso es la proclamación de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-11): en ellas «nos da los nuevos mandamientos, que no son normas sino que señalan el camino de la felicidad que él nos propone»1. Al hacerlas vida de nuestra vida, quienes seguimos a Cristo nos podemos convertir, con su ayuda, en sal de la tierra y luz del mundo.


Con las Bienaventuranzas como telón de fondo, el Señor interpreta los principales preceptos de la ley. Quiere extraer todo su contenido mediante una serie de antítesis entre los mandamientos antiguos y su nueva manera de proponerlos: «Habéis oído que se dijo… pero yo os digo». Su manera de expresarse –«yo os digo»– creaba gran impresión entre la gente porque equivalía a reivindicar para sí mismo la autoridad de Dios. A lo dicho por Moisés, Jesús añade la novedad, lo lleva a la plenitud.


El Señor no anula los mandamientos de la ley, sino que los interioriza, los ilumina de tal modo que puedan verdaderamente conformar nuestro corazón al de Dios. Para sus discípulos, «las palabras de Jesús, amorosas y a la vez exigentes»2, son un programa de santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). «Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas»3, ciertamente más elevadas que las de Moisés, llega hasta las últimas consecuencias. Para Jesús, cada mandamiento adquiere pleno significado como una exigencia del amor, y todos se unen en el más grande de todos: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo (cfr. Mt 22,36-40). El amor es exigente y allí está su belleza.


«HABÉIS OÍDO que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón» (Mt 5,27). Comentando este versículo, advertía san Gregorio Magno: «Debemos, pues, vigilarnos, porque no debe verse aquello que no es lícito desear»4. Los preceptos del Señor no son arbitrarios; al contrario, responden a los deseos del corazón del hombre ya que, al conocernos íntimamente, Dios nos manda lo que es verdadero camino de felicidad. Previamente, al inicio del discurso, el Maestro había asegurado que serán bienaventurados aquellos que sean verdaderamente «limpios de corazón» (Mt 5,8).


Con esta bienaventuranza el Señor nos invita a identificar nuestra mirada con la suya; a formar una interioridad que lleve a dirigir nuestros afectos y pensamientos a él. Limitar la pureza de corazón solamente a combatir tentaciones e impulsos desordenados podría llevar a concebirla como un peso. Nos hace perder de vista que, en realidad, la vida con Dios nos llena de un «Amor que sacia sin saciar»5 nuestros deseos más profundos. Cuando el rey David suplica «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 51[50],12), está pidiendo la capacidad de gustar y disfrutar con lo verdaderamente valioso, y no solamente con lo efímero.


«No basta detenerse “en la superficie” de las acciones humanas, es necesario penetrar precisamente en el interior»6. En la lucha contra el pecado, el Señor va a la raíz, apunta al corazón, porque es donde se fragua la bondad o maldad de nuestros actos. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro –sugiere san Josemaría–. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor»7.


«SI TU OJO derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5,29). Las palabras del Señor, con imágenes que impactan, nos exhortan «a no pactar con el mal (...). Jesús es radical en esto, exigente, pero por nuestro bien, como un buen médico. Cada corte, cada poda, es para crecer mejor y llevar fruto en el amor. Preguntémonos entonces: ¿Qué hay en mí que contrasta con el Evangelio? ¿Qué quiere Jesús, en concreto, que corte en mi vida?»8.


«No tengas la cobardía de ser valiente, ¡huye!»9, aconseja san Josemaría. Para seguirle en el camino, algunas veces necesitaremos huir de las ocasiones que nos alejan del amor, y prescindir de lo que nos estorba. Hemos adquirido un tesoro escondido por el que estamos dispuestos a vender todo lo demás, aun cosas que sabemos que son buenas. «La fidelidad se manifiesta especialmente cuando supone esfuerzo y sufrimiento»10, y exige, a veces, renuncias. Decía san Agustín: «En aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos»11.


María vivió los momentos de gozo y de dolor con el mismo amor. Podemos pedirle que interceda por nosotros para que también afrontemos todas esas situaciones sabiendo que todo lo que Dios nos pide es para tenernos más cerca de él.

13 de junio de 2024

POR EL PERDON AL AMOR

 



Evangelio (Mt 5, 20-26)


Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.


Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.


Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.



PARA TU RATO DE ORACION 



«SI AL LLEVAR tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). La Eucaristía, el sacramento del altar, tiene el poder de transformar nuestras relaciones con los demás; Jesús nos pide que amemos como él, y se queda bajo las formas de pan y de vino para que ese amor sea posible. La nueva alianza sellada con la sangre de Cristo nos puede hacer capaces de reconciliarnos con aquellos de quienes nos hemos alejado.


«Este cariño que os tengo, hijos, no es caridad oficial, seca –decía san Josemaría–; es caridad verdadera y cariño humano sensible porque sois mi tesoro»1. Hay en estas palabras un eco de aquellas de san Pablo: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). «Cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida»2.


Por el contrario, mantener rencillas con otras personas nos aleja también de Dios, no damos espacio para que nos inunde su paz. Podemos pedir al Señor la disposición de los santos para reconocer la imagen divina en nuestros hermanos y, así, unirnos cada vez más a Dios en la santa Misa.


«TODO EL que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio» (Mt 5,22). El Señor nos muestra la fuente de casi todos los conflictos: nuestra poca capacidad para comprender las debilidades propias y ajenas. Detrás de un juicio demasiado severo con los demás, no es raro encontrarnos con errores personales no descubiertos del todo. «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad»3.


El Catecismo de la Iglesia nos recomienda un camino seguro: «Interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones del prójimo»4. El pecado, al ser un alejamiento de Dios y de los demás, lleva una pena en sí mismo. Con sus palabras, Jesús nos pone delante de las consecuencias intrínsecas de la incomprensión hacia los demás: nosotros mismos quedamos atrapados por los juicios que hacemos.


Muy diferente es la mirada divina que queremos desarrollar nosotros también. Con la ayuda de la Eucaristía, podemos alcanzar el perdón nuestro y de los demás. Jesús asume los errores de todos, nuestras faltas y pecados. Cuando ayudamos a los demás en lugar de juzgarlos, somos receptores de la caridad infinita que se aplicará a sus heridas, del ungüento divino que es capaz de curar cualquier dolor y sufrimiento.


«PUESTOS en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido»5. Es imposible que no encontremos fragilidad en nuestra vida. Sin embargo, esas heridas pueden ser un momento de gracia si aprendemos a descubrir cómo es la reacción divina ante ese dolor y ese sufrimiento: «Siguiendo el ejemplo del Señor, comprended a vuestros hermanos con un corazón muy grande, que de nada se asuste, y queredlos de verdad. Yo os quiero como os quieren vuestras madres (...). Al ser muy humanos, sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado bueno de las cosas»6.


«La lengua ha de ser también transformada, purificada. La lengua da sonido a la música que suena en el corazón»7. Si no hemos logrado hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús, no es extraño que, al final del día, acumulemos algunos juicios críticos hacia los demás. Por eso, el mejor lugar para albergar a quienes nos rodean no es solo nuestra cabeza, sino también en el corazón; es en la oración y en el examen de conciencia donde podemos pedir a Dios que transforme cualquier crítica o queja, en deseos de comprender y querer a nuestros hermanos tal como ellos son, y no como nos gustaría que fuesen.


Una madre es incapaz de pensar mal de un hijo suyo, siempre encuentra una excusa que lo justifica. María tiene esa misma actitud con cada uno de nosotros. Podemos acudir a ella para que nos ayude a tener esa mirada con las personas que están cerca de nosotros.



12 de junio de 2024

Ni ojo vio, ni oído oyó

 



Evangelio (Mt 5, 17-19)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. 

Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 


A JESÚS le acusaron varias veces de querer destruir la religión de Moisés y de Abraham. El Señor proclama, al contrario, que no ha venido a abolir lo anterior, sino a descubrirnos su significado pleno, a mostrarnos su alcance más profundo (cfr. Mt 5,17). Cristo descubre a sus contemporáneos –y nos lo descubre también a nosotros– la posibilidad de encontrar en los preceptos divinos un camino de auténtica libertad interior. Dios se ha revelado y nos ha dado a su Hijo para hacernos más libres. «Para esta libertad Cristo nos ha liberado –dirá san Pablo–. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).


A la luz de la nueva enseñanza de Jesús, «cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo». «Hasta la más pequeña letra o trazo» (Mt 5,18) de la doctrina de la Iglesia, ya sea en materia dogmática, moral, litúrgica, etc., tiene como objetivo impulsarnos a amar al verdadero Dios y, por él, a las personas que nos rodean. Y el amor, también con sus normales dificultades, se da solamente en un ámbito de libertad.


Por eso Jesús puede decir que su alimento es hacer la voluntad del Padre. No se resigna a esa Voluntad, como quien quisiera hacer otra cosa, sino que la desea ardientemente, quiere identificar todas sus inclinaciones con ella, porque allí encuentra su libertad. Cristo llega incluso a dar gracias a su Padre antes de realizar el acto más grande de entrega, cuando, en la víspera de su pasión, da la vida libremente en la Eucaristía. En Dios encontramos la libertad más profunda que nos ayuda a amar más y mejor a quienes nos rodean.


«VAMOS A PENSAR lo que será el Cielo –proponía san Josemaría–. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros?». También santo Tomás de Aquino nos invitaba a ilusionarnos con el cielo como «la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello –continuaba explicando el santo– es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre».


A la vez, pensar en el cielo nos ayuda a comprender mejor la tierra, a dar el peso adecuado a las situaciones y problemas. «Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez».


La lucha por ser cada vez más libres en esta tierra, más llenos de Dios y menos de nuestros pequeños egoísmos, es precisamente el camino hacia el cielo. «Para caminar hacia la santidad es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan (...). Cuando volvemos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad (...). Como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad». Es en esta tierra en donde nos podemos preparar, con la ayuda de la gracia, a lo que después podremos vivir en el cielo: escoger siempre a Dios, libres de toda atadura o confusión.


«EL QUE QUEBRANTE uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande» (Mt 5,19). ¿Qué relación pueden tener los preceptos más pequeños con el Reino de los Cielos? Jesús relaciona la lucha por la santidad con la capacidad de amar y ser amados en lo cotidiano. El cielo, en definitiva, es una cuestión de cuánto le dejamos a Dios ser nuestro Padre amoroso en cada momento del día, de cuánto nos sabemos acompañados hasta en las cosas más pequeñas. Cumple esos pequeños mandamientos quien se levanta una y otra vez, quien no se cansa de luchar en lo mismo, quien es sincero consigo mismo y con Dios para reconocerse necesitado. Cumple esos pequeños mandamientos quien, sabiendo dar prioridad a lo que es más importante, se da cuenta de que al amor no se le escapa nada.


«Alguno puede tal vez imaginar que en la vida ordinaria hay poco que ofrecer a Dios: pequeñeces, naderías. Un niño pequeño, queriendo agradar a su padre, le ofrece lo que tiene: un soldadito de plomo descabezado, un carrete sin hilo, unas piedrecitas, dos botones: todo lo que tiene de valor en sus bolsillos, sus tesoros. Y el padre no considera la puerilidad del regalo: lo agradece y estrecha al hijo contra su corazón, con inmensa ternura. Obremos así con Dios, que esas niñerías —esas pequeñeces— se hacen cosas grandes, porque es grande el amor: eso es lo nuestro, hacer heroicos por Amor los pequeños detalles de cada día, de cada instante». María siempre dice que sí a todo lo que su hijo le pide porque sabe que, así, Dios le regala su alegría y su felicidad. Podemos pedirle a nuestra Madre que crezca en nosotros la sabiduría para ver con esos mismos ojos la voluntad de Dios.