"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de marzo de 2025

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ



 Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


PARA TU RATO DE ORACION 


LAS BIOGRAFÍAS de los grandes personajes suelen estar forjadas por hechos extraordinarios y discursos importantes. Además, muchas veces se insertan en un contexto de crisis existencial o social, en donde su aporte resulta visiblemente importante. De ahí que la figura serena y fuerte de san José, habiendo suscitado tanta devoción a lo largo de los siglos, nos resulte sorprendente: los evangelios no nos transmiten ninguna de sus palabras y su actuación en general fue sencilla, sin muchos dramatismos. A nuestros ojos se nos muestra incluso como un personaje discreto. Sin embargo, «san José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación»[1]. Aunque en su vida no se observan acciones exteriores portentosas, hay una vida interior llena de actividad. En él vemos a un hombre que supo responder a los desafíos desde el silencio de la oración y que, por eso, pudo realizar sus obras con la libertad que emana del verdadero amor.

«Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” –ocultas por el silencio– un clima de profunda contemplación»[2]. San Juan Pablo II nos revela así el secreto que se esconde detrás de las obras del santo Patriarca: toda su vida era verdadera oración. San José estaba atento a la voz de Dios que se esconde detrás de todos los sucesos y de todas las personas; eso le permitió escucharle incluso en las tenues imágenes de los sueños. La Sagrada Escritura nos dice que, mientras dormía, descubrió aquella vocación que llenaría de contenido todos los días de su vida: cuidar a Jesús y a María. Un ángel lo visitó de noche para revelarle el plan de Dios y colmar así su deseo de ser feliz haciendo la voluntad de Yahvé (cfr. Mt 1,20). Ni siquiera en esos momentos podemos escuchar la respuesta de José al mensaje angélico; simplemente constatamos que, desde entonces, todas sus acciones son la mejor respuesta a los requerimientos divinos.

Entre la vida interior de san José y sus manifestaciones exteriores ya no vemos ninguna fisura porque transforma su propia vida en un camino de oración. Solo un alma profundamente contemplativa como la suya consigue convertir el sueño de Dios en el suyo propio. San Josemaría predicaba continuamente la hondura que supone unir, de esta manera, lo divino con lo humano: «Acostumbraos a buscar la intimidad de Cristo con su Madre y con su Padre, el Patriarca Santo, que entonces tendréis lo que Él quiere que tengamos: una vida contemplativa. Porque estaremos, simultáneamente, en la tierra y en el Cielo, tratando las cosas humanas de manera divina»[3].


DESDE EL NACIMIENTO de Jesús en Belén, en medio de la pobreza, el santo Patriarca no se habrá cansado nunca de contemplar el rostro de Dios hecho niño. Es fácil imaginar su mirada, llena de cariño, puesta en Jesús durante la primera noche que pasó en esta tierra. Con el pasar de los años recordaría constantemente ese primer sueño divino que le había abierto un horizonte insospechado a su existencia: poder llevar a María y al Niño a su casa. Sin embargo, la oración de José se iría configurando con el tiempo, al ritmo de la vida de Jesús y de los acontecimientos ordinarios. «Para San José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación»[4]. Su vida contemplativa no era nunca una excusa para la pasividad. Todo lo contrario: la precaria tranquilidad de Belén es interrumpida por un nuevo sueño: Dios lo invita a exiliarse con su familia a Egipto. Y precisamente porque su oración es el fuego que lo mueve, se pone en camino de inmediato. De san José aprendemos que toda verdadera renovación, que todo nuevo impulso, nace de una contemplación de Jesús que nos lleva al diálogo con Dios.

La vida de la Sagrada Familia, ya de vuelta en Nazaret, puede describirse así: «El Hijo de Dios está escondido para los hombres y solo María y José custodian su misterio y lo viven cada día: el Verbo encarnado crece como hombre a la sombra de sus padres, pero, al mismo tiempo, estos permanecen a su vez escondidos en Cristo, en su misterio, viviendo su vocación»[5]. A ojos de la gente del pueblo, nada extraordinario sucedía en aquella santa casa que, de alguna manera, es para nosotros también una cátedra de oración en la vida ordinaria. También nosotros podemos vivir en la vida escondida de Cristo. La vida de José y de María se desarrolla en un constante diálogo con Jesús: ellos viven para ver crecer al Señor, pero son ellos los que van creciendo a los ojos de Dios. Ellos cuidan a Jesús en una humilde casa de Nazaret mientras Dios los protege en la gran mansión de su amor.

«Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Co 3,3). Nuestra vida de oración nos lleva, como a san José, a refugiarnos siempre en el Señor. El Santo Patriarca pudo soportar la humillación del pesebre, la crudeza del exilio y la aparente monotonía de una vida corriente, porque supo poner su corazón en Jesús: el lugar donde toda situación se torna habitable. Nunca vio su vocación como un conjunto de cosas por cumplir, sino como el regalo inmerecido de poder vivir en todo momento junto al Hijo de Dios.


EL SILENCIO DE san José ante las mociones divinas nos puede servir para adentrarnos en la libertad con que el Patriarca se movía dentro de los planes de Dios. En un primer momento podría parecernos que esa sencillez encierra una vida sin ideales propios o tal vez una respuesta demasiado mecánica. Sin embargo, al contemplarla más de cerca, nos damos cuenta de que se trata, más bien, de una vida colmada por la libertad del amor. La verdadera oración, cuando es un diálogo abierto con Dios, nos va regalando la posibilidad de mirar el mundo, de alguna manera, desde su posición. Entonces nuestra vida adquiere una dimensión distinta, insospechada, como la de san José, que «supo poner fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea–, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres»[6].

«La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida»[7]. La oración nos hace verdaderamente libres porque nos permite adentrarnos en la lógica de la entrega, en una lógica que nos vuelve más ligeros y nos permite dar el peso adecuado a cada cosa. Cuando entablamos un diálogo constante con Dios, nuestras vidas ya no están supeditadas necesariamente a nuestros gustos o cansancios, aunque estos no dejen de existir. Tampoco nuestras miserias nos preocupan demasiado, porque sabemos que él acude en nuestra ayuda para curarnos y para convertirlas en fuente de vida, como fueron las manos llagadas y el costado abierto de Cristo.

Pero esto no significa que la vida de oración de san José no haya conocido dificultades. Sabemos que en una ocasión, de vuelta de Jerusalén, se perdió Jesús adolescente (cfr. Lc 2,45). Podemos imaginar con qué angustia lo buscaría. Por su cabeza pasarían tantos recuerdos entrañables con una distinta tonalidad. Quizá se le escaparía alguna lágrima. Sin embargo, durante los tres días que duró su incertidumbre, no había dejado de perseverar interiormente «fijos los ojos en Jesús» (Hb 12,2). Su búsqueda exterior, otra vez, era el reflejo de su constante búsqueda interior. El santo Patriarca no comprendió la respuesta que le dio Jesús cuando por fin lo encontró en el templo, pero su vida ya se encontraba de tal modo en las manos de Dios, que incluso entonces se dejó guiar por él. Ahí radica la grandeza de la personalidad de san José y que le pedimos en el día de su fiesta: confiar plenamente en Dios. Y Dios nunca defrauda, porque sus sueños para nosotros, aunque a veces nos superan, son siempre buenos.

18 de marzo de 2025

HUMILDAD Y RECTITUD DE INTENCION

 



Evangelio (Mt 23,1-12)


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:


— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.


Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.


Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.


Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.


No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.


Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.


El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.


PARA TU RATO DE ORACION 



«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.

La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.

Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»1.


JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»2.

Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.

Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»3. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»4. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.


FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»5, comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»6.

La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»7. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).

«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»8. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.

17 de marzo de 2025

ABRIRSE A LA MISERICORDIA

 


Evangelio (Lc 6,36-38)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.


PARA TU RATO DE ORACION 



COMENZAMOS la segunda semana de Cuaresma escuchando la oración penitencial del profeta Daniel: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidades y hemos delinquido, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos» (Dan 9,5). A pesar de que el pueblo de Israel no obedecía a la voz del Señor, Dios se mantuvo fiel a sus promesas. Por eso el profeta continúa su súplica lleno de esperanza: «Mi Señor, Dios grande y temible, que guarda la alianza y la misericordia con los que le aman (...), es compasivo y perdona» (Dan 9,4.9).

La llamada a la conversión, que se hace tan viva durante la Cuaresma, nace del corazón misericordioso del Señor. No es el grito de un Dios que pretende ajustar cuentas ante el pecado del hombre, sino más bien el amor de un Padre que acaricia nuestra debilidad, para sanarla y devolvernos a la vida. «Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo»1.

Dirigirse al Señor y admitir el propio pecado, como hizo el profeta Daniel, es el primer paso para renovarnos interiormente y abrirnos a la misericordia divina. Dios es fiel y sabe esperar. Fiados de su misericordia le mostraremos nuestras heridas y nos dejaremos cuidar por él. Con sencillez, y con un cierto descaro de hijos, nos atrevemos a decirle, con palabras del salmo: «Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados» (Salmo 78).


EXPERIMENTAR el amor de Dios nos lleva a tratar con esa misma misericordia a las personas que nos rodean. «Como ama el Padre, así aman los hijos»2. Para quien se siente entendido y querido es más fácil comprender y querer a los demás.

Las palabras del Señor que se proclaman hoy en el Evangelio nos animan a tener un corazón grande, con sentimientos y reacciones parecidas a las suyas: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará» (Lc 6,36-38). El camino que Jesús nos propone lleva consigo indicaciones muy concretas para nuestra vida diaria: «Sed misericordiosos…, no juzguéis…, no condenéis…, perdonad…, dad». Es un programa escalonado que tiene como modelo a Dios mismo. La meta es «entrar en sintonía con este Corazón rico en misericordia, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad»3.

La conciencia viva de nuestros pecados, y de lo necesitados que estamos de la paciencia de Dios, abre el camino interior para la compasión con nuestros hermanos. No podemos olvidar que el Señor pone nuestro perdón a los demás como condición para que también a nosotros se nos perdone: «Con la misma medida con que midáis se os medirá» (Lc 6,38).


«LA PALABRA de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros (...). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente»4. Cuando alcanzamos esta sabiduría sobrenatural, aprendemos a ver a Cristo en cada persona. Este hecho nos cambia la vida. Por un lado, en los demás descubrimos la presencia de Dios: le vemos a él en cada persona con la que nos cruzamos o de la que oímos hablar; de algún modo Dios nos cuida a través de quienes tenemos cerca.

Por otro lado, nuestra manera de mirar, de pensar, de hablar o de actuar, estará encauzada y embellecida por la caridad. San Josemaría vivió y enseñó a vivir una caridad que en alguna ocasión sintetizaba en cinco verbos: «Rezar, callar, comprender, disculpar... y sonreír»5. En el fondo, se trata de la misma actitud que tiene una madre con su hijo. Su mirada materna le lleva a amarle siempre, a encontrar cuando es posible una excusa ante su comportamiento y a sostenerle con su ayuda ante los pasos a veces vacilantes.

«Hermano –escribía un Padre de la Iglesia–, te recomiendo esto: que la compasión prevalezca siempre en tu balanza, hasta que sientas en ti la compasión que Dios siente por el mundo»6. Le pedimos a María, Madre de misericordia, el don de confiar siempre en el amor que el Señor tiene con nosotros. Así, nos resultará más sencillo disculpar los errores, así como querer y ayudar a los demás tal como son.

16 de marzo de 2025

TRANSFIGURACION



 Evangelio (Lc 9,28b-36)

En aquellos días Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús:

—Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías —pero no sabía lo que decía.

Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:

—Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle.

Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.


PARA TU RATO DE ORACION 


SEIS días después de anunciar a los discípulos su muerte y su resurrección, el Señor tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, «y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17,1-2). Antes de la Pasión, «Jesús manifiesta su gloria a los apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios»[1]. El evento de la Transfiguración es, por tanto, un mensaje de esperanza para los momentos de la cruz. Los sufrimientos, las pequeñas y grandes contrariedades del día a día, son la puerta que nos llevan a acompañar al Señor en su gloria: «¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación!»[2].

La vida es un camino hacia el cielo. Y el Señor enseñó a los apóstoles que, en ese camino, el sufrimiento no es solo una parada inevitable, un peaje amargo que es necesario pagar contra la propia voluntad, sino que Jesús mismo cargó con la cruz, la llevó por amor sobre sus hombros. Él se entregó porque quiso. Nos muestra así que el auténtico mal no es tanto experimentar una contrariedad, sino pensar que tenemos que atravesarlo solos, o pretender vivir como si la cruz no existiera. «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?»[3]. La esperanza de contemplar a Jesús en su gloria, como hicieron los apóstoles en la Transfiguración, nos llenará de fortaleza para poder ver el reflejo de su rostro en las dificultades de cada día.


PEDRO, al contemplar la gloria de la Transfiguración, dirigió a Jesús unas emocionadas palabras: «Qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). El apóstol había experimentado un anticipo del paraíso, una felicidad que iba mucho más allá de sus propias expectativas y vivencias. Por eso, quizás como habría hecho cualquiera de nosotros, quiso que ese momento durase para siempre, que no se esfumara con la misma velocidad con que había venido, o con la rapidez con que desaparecían tantas otras alegrías. Pero Cristo no lo permitió. Él no le había hecho partícipe de la gloria del cielo para que escapara de la realidad, sino para que tuviera una guía ante los días oscuros de la Pasión. «La belleza de Jesús no aparta a los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas»[4].

También nosotros podemos experimentar en la tierra algunos anticipos del paraíso, momentos en los que sentimos con especial fuerza la presencia de Jesús, sobre todo en personas que amamos. En nuestra vida de piedad podemos también atravesar etapas de mayor disfrute afectivo. En el amor matrimonial, en la familia, en la amistad sincera o en la ilusión por mejorar nuestro mundo, podemos empezar a degustar parte del ciento por uno que Dios nos ha prometido. Y es normal que, como Pedro, queramos que esas circunstancias se mantengan así siempre o duren lo máximo posible. Sin embargo, el Señor permite estos anticipos del cielo no para retenerlos cueste lo que cueste, sino para impulsarnos. El recuerdo de esos momentos nos dará luz para los días de oscuridad y nos guiará a una felicidad mucho más duradera que la de la Transfiguración: la gloria de la vida eterna. «Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar»[5].


ALGUNAS de las manifestaciones más importantes de Dios han tenido lugar en lo alto del monte. Así se puede observar en episodios como la alianza que estableció con Abraham en el monte Moria o la entrega a Moises de las tablas de la Ley en el Sinaí. La misma muerte de Jesús ocurrió también en otro monte, el Calvario. Y en la Transfiguración, el evangelista hace notar que los apóstoles tuvieron que subir a lo alto del Tabor (cfr. Mt 17,1). Esta ascensión nos invita a «reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios»[6].

En los tiempos de descanso tenemos una ocasión para desconectar del ritmo del día a día y escuchar la voz de Jesús. Con el cuerpo y el espíritu renovados, podemos profundizar en nuestra relación con Dios y los demás: hacer la oración con más calma y serenidad, leer el Evangelio, pasar más tiempo con nuestra familia y nuestros amigos… Después podremos bajar del monte «cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos»[7].

San Josemaría consideraba que el verdadero descanso no es evasión, ni tiempo dedicado exclusivamente al ocio, sino separación de la realidad cotidiana para «acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir esos momentos de descanso –ya sean prolongados durante un periodo o bien breves en el día a día– con el deseo de contemplar a Jesús como hicieron los apóstoles en la Transfiguración.

15 de marzo de 2025

AMAR A LOS ENEMIGOS

 



Evangelio (Mateo 5, 43-48)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.

Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos?

Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?

Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«AMAD a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan» (Mt 5,44); estas indicaciones de Cristo se cuentan entre las más sorprendentes de su predicación. Quizás muchas veces contrastan con nuestras reacciones más inmediatas. Nos damos cuenta de que no son palabras que solicitan una reacción superficial, como si se nos pidiera simplemente ceder ante quien nos hace mal; es mucho más: debemos amar y rezar.

«Las palabras de Jesús son claras (...). Y esto no es una opción, es un mandato (...). Él sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos así como somos, sino para transformarnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro (...). Este mandato, de responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una nueva cultura en el mundo: la cultura de la misericordia (...). Es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos»1.

Para lograrlo, pondremos toda nuestra esperanza en la gracia. «Quiero observar tus decretos, nunca me abandones» (Sal 119,8), pedimos con el salmo. Esa ayuda de Dios no solo actúa en nuestra voluntad, sino también en la inteligencia y en el corazón. «Creo que no tengo enemigos –escribía san Josemaría, en una época de persecuciones–. Me he encontrado, en mi vida, con personas que me han hecho daño, positivo daño. No creo que sean enemigos: soy muy poco para tenerlos. Sin embargo, desde ahora, ellos y ellas quedan incluidos en la categoría de mis bienhechores, para encomendarles a diario al Señor»2.


«¿QUÉ RAZÓN TIENES para no amar? –se pregunta san Juan Crisóstomo–. ¿Que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿Que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero, si amas por Cristo, esas son razones que te han de mover a amar más aún. Porque lo que destruye las amistades del mundo, eso es lo que afianza la caridad de Cristo. ¿Cómo? Primero, porque ese ingrato es para ti causa de un premio mayor. Segundo, porque ese precisamente necesita de más ayuda y de más intenso cuidado»3. Qué gris sería el mundo si todas las personas fuesen iguales, y si todos nos resultasen igual de agradables. La realidad no es esa, y Jesús nos pide que amemos, recemos y sirvamos a todos. Pensar lo contrario, nos trae a la mente las palabras de Caín, encendidas de envidia y odio: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Si volvemos la mirada a Cristo, resuena en nuestra alma su amor hacia todos los hombres: «Que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,45). «Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo –creo que todos nosotros tenemos alguno– uno que nos ha hecho mal o que nos quiere hacer mal o que intenta hacer el mal. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo»4. Sin embargo, no hace falta pensar en lugares lejanos, en campos de batalla o enemigos poderosos. Quizá en nuestro mismo hogar tenemos que luchar por comprender, perdonar y no guardar rencor a un hermano, una hija o nuestro cónyuge. Cuántas veces hemos comprobado cómo la gracia hace posible lo que antes no habíamos ni siquiera imaginado.


«LOS HOMBRES sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás –escribe san Agustín–. No buscan lo que hay que corregir, sino en que pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás»5. Emprender la tarea de amar a los enemigos trae como consecuencia que, al mismo tiempo, aprendemos a poner el foco en nuestra debilidad, en nuestras faltas, en todo aquello de nuestra vida que todavía debe identificarse con Cristo. Esta actitud está impregnada de un realismo mucho más práctico, porque lo que sí podemos cambiar, ayudados por Dios, es lo que tenemos en nuestro corazón. Abandonamos un campo de batalla de fantasía –la vida de los demás– para llenar de bien el mundo a partir de una lucha mucho más cercana. Dejamos a Dios que cambie el curso de la historia, mientras nosotros rectificamos el rumbo que tenemos entre manos.

«Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21)6». No se trata de no corregir cuando la circunstancia lo amerite. Tampoco se trata de ser ingenuos, sino todo lo contrario: se trata de adquirir la sabiduría de Dios. El amor maduro, generoso y discreto, es capaz de olvidarse de los agravios, no tiene en cuenta las faltas de aprecio, se arma de valor e imita a Cristo al pie de la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). A la Virgen María, reina de la paz, le podemos pedir que nos enseñe a amar a todos sus hijos, a rezar por los que quizá nos han hecho daño, y que nos ayude a traer el campo de batalla hacia nuestra propia alma.

14 de marzo de 2025

JUCIO CRITICO TEMERARIO E INUTIL

 



Evangelio (Mt 5, 20-26)

Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás , y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LOS CENTINELAS esperan a la aurora, pero tú Israel, espera en el Señor; pues en el Señor está la misericordia, en él la Redención abundante» (Sal 131,7-8). Los cristianos esperamos en un Dios que es perdón y misericordia, queremos mirar el mundo junto a él. Así también se podría definir la lucha por la santidad: esa progresiva identificación de nuestra mirada con la suya. Esa tarea parte de la purificación de nuestro corazón, a lo que la Cuaresma nos invita incesantemente. Pero sabemos que no se trata de un proceso automático. A veces nos puede parecer que estamos demasiado inclinados al juicio temerario, a mirar las cosas solo desde nuestro punto de vista, sin ser conscientes del daño que hacemos a los demás y que nos hace a nosotros mismos. Jesús relaciona estas rencillas y enemistades con el quinto mandamiento, aquel que manda no matar (cfr. Mt 5,21-24).

«¿Quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente»1. El Reino de Dios está entre nosotros, y solo el Señor ocupará el lugar de juez. ¿Por qué caemos con tanta frecuencia en los juicios críticos? «¡Qué fácil es criticar a los otros! (...). El Espíritu Santo, además de donarnos la mansedumbre, nos invita a la solidaridad, a llevar los pesos de los otros. ¡Cuántos pesos están presentes en la vida de una persona: la enfermedad, la falta de trabajo, la soledad, el dolor…! ¡Y cuántas otras pruebas que requieren la cercanía y el amor de los hermanos!»2.


NO ES FÁCIL desactivar el mecanismo interior que nos lleva a la crítica; pero el Espíritu Santo puede darnos luz para descubrir lo que sucede en nuestro corazón cuando surgen esas emociones negativas. «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura»3. Una conciencia profunda del perdón, de no haber hecho méritos para merecer tanta bondad de Dios, nos llevará a considerar de la misma manera a los demás, con una mirada benevolente. Algunas veces, juzgar a los otros puede ser síntoma de creernos merecedores de la gracia, consecuencia de creer en un Dios que no ama, sino que paga.

Un camino para no caer en el juicio crítico es pensar siempre lo mejor posible de los demás. Santo Tomás de Aquino señalaba que «puede suceder que quien interpreta en el mejor sentido se engañe más frecuentemente; pero es mejor que alguien se engañe muchas veces teniendo buen concepto de un hombre malo que el que se engaña raras veces pensando mal de un hombre bueno, pues en este caso se hace injuria a otro, lo que no ocurre en el primero»4. Es mejor equivocarse, pensando bien, que injuriar por pensar mal. «Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»5. «Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos –recomendaba san Josemaría–; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios. Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación»6.


«SI LLEVAS cuenta de las culpas, Señor, Señor mío, ¿quién podrá quedar en pie?» (Sal 130, 3), nos preguntamos con el salmista. Por eso, nos consuela pensar cuánto nos ha perdonado Dios a cada uno, considerar su amor totalmente gratuito para nosotros, a pesar de nuestras traiciones. Sin embargo, paradójicamente a veces la envidia nos lleva a entristecernos por los bienes ajenos, fundamentalmente por el amor o la honra que reciben. Si fuéramos plenamente conscientes de cómo es la estima de Dios por cada uno de nosotros, no cabría en nuestro corazón esta desviación.

El santo cura de Ars decía que «si tuviésemos la dicha de estar libres del orgullo y de la envidia, nunca juzgaríamos a nadie, sino que nos contentaríamos con llorar nuestras miserias espirituales, orar por los pobres pecadores, y nada más, bien persuadidos de que Dios no nos pedirá cuenta de los actos de los demás, sino sólo de los nuestros»7. Sin embargo, mientras no aprendamos a alegrarnos con los bienes de los demás, con su brillo por encima del nuestro, la envidia nos acompañará a lo largo de nuestra carrera en la tierra. Para nuestra fortuna, Jesús aceptará un juicio injusto que herirá su honra para que nosotros seamos librados de cualquier condena; para vernos librados de la misma necesidad de juzgar y de juzgarnos.

«La Trinidad Beatísima ha coronado a nuestra Madre. —Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Otro motivo para que digamos a Santa María que nos enseñe a hablar siempre en la presencia del Señor»8.



13 de marzo de 2025

PEDIR Y SE OS DARÁ

 



Evangelio (Mt 7, 7-12)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


“Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá.


Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.


¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra?


¿O si le pide un pez le da una serpiente?


Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?


Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas”.



PARA TU RATO DE ORACION



«AYÚDAME, que soy huérfana, y pon en mi boca una palabra apropiada» (Est 4,17). Con estas palabras, la reina Ester suplicaba al Señor que protegiera al pueblo judío de la destrucción. Había leído muchas veces lo que Dios había hecho en los tiempos antiguos con sus antepasados, y estaba convencida de que el poder de su brazo no se había hecho más pequeño. Con esa misma fe clama el salmista: «Daré gracias a tu Nombre por tu misericordia y tu fidelidad, porque has engrandecido tu promesa» (Sal 138,2). Generación tras generación, hemos aprendido que la oración lo puede todo, porque nos conforma interiormente al querer de Dios, y para él nada es imposible.

San Josemaría planteó un día, a varias de sus primeras hijas en el Opus Dei, un panorama apostólico muy extenso. «Ante esto –les dijo– se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante»1. No es fácil ver las cosas como las ve Dios. Sin embargo, este es uno de los principales frutos del Espíritu Santo, el don de sabiduría, que se cultiva especialmente en la oración: «Debemos despertar a Cristo en nuestro corazón y solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque Él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»2. La sabiduría que nos da la oración nos ayuda a confiar en el Señor. Incluso para rezar podemos pedir ayuda, como la reina Ester, para que Dios ponga en nuestra boca la palabra apropiada.


¿DE DÓNDE se pueden sacar las fuerzas necesarias para llevar a cabo una misión que excede nuestra imaginación y nuestras capacidades? El impulso solo podemos encontrarlo en la oración. A una hija suya que se marchaba a Irlanda para desarrollar allí la labor apostólica del Opus Dei, san Josemaría le decía: «Cuando te pido una cosa, hija mía, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles... ¡y han ido saliendo!»3.

Ante la envergadura de lo que Dios pide, cabe desanimarse y no hacerlo, o, al contrario, responder con una petición todavía más audaz: «¿Qué pide un niño a su padre? Papá..., ¡la luna!: cosas absurdas. Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7). ¿Qué no podemos pedir a Dios? A nuestros padres les hemos pedido todo. Pedid la luna y os la dará; pedidle sin miedo todo lo que queráis. Él siempre os lo dará, de una manera o de otra. Pedid con confianza»4. La única exigencia divina, tal como nos lo muestra el Evangelio, es que pidamos: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Y, por si fueran a pasar desapercibidas las intenciones que tiene Dios de concedernos tantos dones, Jesús pone dos ejemplos cercanos: «¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente?» (Mt 7,9-10).

Una de las prácticas que la Iglesia recomienda en Cuaresma es, precisamente, la oración. Podemos preguntarnos si nuestra oración está llena de tanta confianza, que incluso pedimos cosas que parecen imposibles. Sin embargo, trataremos de que nuestra oración siempre incluya la aceptación de la voluntad divina, porque nadie como Dios sabe lo que nos conviene.


«NECESITAMOS —¡todos!— rezar, cumplir piadosamente las normas de nuestro plan de vida, para que haya una continua oración, un conjunto de corazones que se elevan al Cielo, ofreciendo también nuestras miserias personales, y dejando al Señor que actúe sin que se interpongan como obstáculos esas miserias»5. Jesús, en el Evangelio, no deja de insistir en que confiemos en su generosidad, como quien siente que pedimos poco: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?» (Mt 7,11).

«Nuestra oración con mucha frecuencia es petición de ayuda en las necesidades. Y es incluso normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, tenemos necesidad de los demás, tenemos necesidad de Dios. De este modo, es normal para nosotros pedir algo a Dios, buscar su ayuda. Debemos tener presente que la oración que el Señor nos enseñó, el “Padrenuestro”, es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestro corazón»6.

La Virgen es la omnipotencia suplicante. En Caná, como en muchas otras ocasiones, María alcanzó de su Hijo lo que consideraba que era bueno para sus discípulos. Tenemos una madre que pedirá lo mejor para nosotros y, si le dejamos, logrará de su hijo las gracias que necesitamos para llenar el mundo de su alegría.