"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

17 de noviembre de 2025

DOMINA UT VIDEAM señora que vea


 EVANGELIO Lucas 18, 35-43


En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!" Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!"


Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?" Él le contestó: "Señor, que vea". Jesús le dijo: "Recobra la vista; tu fe te ha curado".


Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.


PARA TU RATO ORACION


En su camino hacia Jerusalén, donde se va a cumplir nuestra salvación, Jesús pasa por una aldea llamada Jericó. Y allí, al lado del camino estaba sentado un ciego de quien conocemos el nombre, Bartimeo. Este hombre llevaba todo el día pidiendo limosna a los que pasaban. Y lo mismo hace con el Señor, le pide piedad a gritos: “¡Ten piedad de mí!”.


Jesús no sólo le oye gritar, sino que conoce perfectamente su situación y sus necesidades más profundas. Sin embargo inicialmente no le hace caso, quiere que Bartimeo venza el respeto humano de los que le invitan a callar, quiere que grite con más fuerza. Y eso es lo que ocurre. Entonces Jesús se para y le llama a través de los mismos que le reprendían, que ahora tienen palabras de aliento: “¡Ánimo!, levántate, te llama”.


En otras ocasiones el Maestro había curado enseguida el mal del enfermo que se le presentaba delante. Esta vez, en cambio, le pregunta directamente a él como si hubiera duda de lo que quería: “¿Qué quieres que te haga?”.


Lo mismo pasa en nuestra oración: no basta con pedir una vez, hay que gritar, hay que perseverar en la súplica. Tenemos que conseguir ponernos delante de Dios aunque nuestros ojos sean ciegos a su cercanía. Y Dios nos pide lo mismo: “¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que te haga?”.


El ciego tiene un deseo evidente: ver. Y esto es lo que todos necesitamos: ver, ver mejor, tener visión sobrenatural en nuestra vida, aprender de Dios a mirar el mundo con sus ojos.


Delante de la súplica de Bartimeo el Señor no le manda ver, sino ir, andar. Le devuelve la vista para andar, para seguirle por el camino. Los ratos de oración en nuestros días, en medio de todas las actividades que sacamos adelante, son un tesoro de gran valor, como el encuentro de Bartimeo con Jesús que pasa. Se trata de pararse, llamarle y volver a ver, para seguirle más de cerca.


San Josemaría repitió muchas veces esas palabras en su juventud: Domine, ut videam! Señor que vea!, antes de recibir de Dios la inspiración del Opus Dei. Y así recomendaba a todos el rezo constante de esa jaculatoria:


“Ponte cada día delante del Señor y, como aquel hombre necesitado del Evangelio, dile despacio, con todo el afán de tu corazón: Domine, ut videam! —¡Señor, que vea!; que vea lo que Tú esperas de mí y luche para serte fiel.” (Forja 318)


Perseveremos en el combate de la oración , sin descuidar o rebajar nunca, por ningún motivo, esos ratos de charla con nuestro Padre Dios; dialoguemos con Jesucristo, nuestro Hermano mayor, que nos enseña a tratar a su Padre celestial; demos entrada al Paráclito, que desea inflamar nuestros corazones en el amor de Dios. Pongamos como intercesora a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, que es Maestra de oración; y recurramos a san José, a los ángeles y a los santos, especialmente a san Josemaría, que con su doctrina y su ejemplo nos ha mostrado el modo de ser contemplativos en medio del mundo.

Tornemos a las palabras con las que nuestro Padre describía lo que sucedió en su alma el 2 de octubre de 1928. Después de haber anotado que cayó de rodillas, adorando a Dios ante el designio divino que en aquel momento se le descubría, añade que su alma se llenó de un profundo sentimiento de gratitud: « Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles » [12] .

Para quien sabe que de Dios le viene todo lo bueno, y que nada de valor posee por sí mismo, el agradecimiento se muestra como el reverso de la adoración: componen inseparablemente las dos caras de una moneda. Por eso nuestro Padre quiso que la fecha del 2 de octubre, así como la del 14 de febrero —aniversario de otras decisivas intervenciones del Señor en la historia de la Obra— fuesen días de honda y constante acción de gracias en el Opus Dei. ¿Sabéis cómo mostraba su gratitud?: con abundantes actos de desagravio.

Elevemos, pues, nuestro corazón al Señor llenos de gratitud para manifestar esos sentimientos, que nos recuerda que es posible llegar a la verdadera santidad, , recorriendo con fidelidad, un día y otro, esta senda que se abre paso entre las circunstancias normales de la vida cotidiana.

Ciertamente, este empeño requiere una pelea constante contra todo lo que nos pueda apartar del amor de Dios; una lucha que recupera vigor y energías en los momentos dedicados al trato personal con el Señor. La pelea nocturna de Jacob « se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios (...). La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso (...). Por esto el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismos a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios »

SAN Josemaría al ir de visita a la basílica del Pilar cuando estaba en el seminario de Zaragoza tendría, frecuentemente, que guardar cola con los demás fieles, antes de besar el trozo de la columna al descubierto, desgastado por los labios de generaciones y generaciones de cristianos. Allí, en la Santa Capilla de la Virgen de el Pilar, repetía sus insistentes jaculatorias: Domine, ut sit!, ¡que sea eso que Tú quieres, que yo no sé qué es! Y a la Santísima Virgen: Domina, ut videam, ... ut sit! Señora que vea... que sea.


 





16 de noviembre de 2025

¿CUAL ES EL FUNDAMENTODE NUESTRA SEGURIDAD?


 Evangelio (Lc 21, 5-19)

Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:

— Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.

Le preguntaron:

— Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?

Él dijo:

— Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.

Entonces les decía:

— Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.


PARA TU RATO DE ORACION



JESÚS se encuentra en el Templo. Después de contemplar la belleza de sus adornos, se dirige a sus discípulos y les habla del tiempo de la persecución y de la destrucción del Templo. Y en medio de este discurso, el Señor intercala una serie de recomendaciones para afrontar esos acontecimientos. «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles. (...) Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender» (Lc 21, 12-14).

Este consejo puede resultar un poco extraño. ¿Qué sentido tiene no preparar una defensa ante una persecución injusta? En realidad, quizá Jesús quiere que no demos tanta importancia a lo que somos capaces de hacer, sino a lo que él puede obrar en nosotros, sobre todo en momentos de dificultades. «Yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios» (Lc 21,15), dice a continuación. Nos pone delante de nuestros límites para que sea él quien luzca en nuestra vida. Son palabras que pueden encender aún más nuestra fe y nuestra esperanza porque nos recuerdan que no estamos solos.

Esto es algo que san Josemaría experimentó en su propia vida. En una ocasión paseaba por Londres. Al contemplar el ritmo frenético de la gente, el poderío material y financiero, se sintió tan desconcertado e incapaz que pensó: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada». E inmediatamente tuvo la respuesta: «¡Tú, no!; ¡Yo, sí! Tú, ciertamente, no podrás; pero Yo sí que puedo»[1]. Tan grabada tenía esa convicción en su alma que en Camino dejó escrito: «Sientes una fe gigante... –El que te da esa fe, te dará los medios»[2].

SABER que Dios está siempre a nuestro lado nos lleva a vivir de manera serena y optimista. Esto no quiere decir, sin embargo, que nuestras acciones sean indiferentes, que sea lo mismo tomar una decisión u otra. Cristo, para extender su reinado en los corazones, cuenta con lo que hacemos y con lo que somos capaces de hacer. El Evangelio, de hecho, pone ejemplos de personas que colaboraron con Jesús a través de gestos concretos: llenar las tinajas de agua, abrir un agujero en un techo, presentar los panes y los peces, dar de beber al desconocido que tiene sed… Son detalles que estaban al alcance de cualquiera, pero que, al ponerlos por obra, tuvieron un resultado inimaginable: el mejor vino, la curación de un paralítico, abundancia de comida o un cambio de vida.

Jesús seguramente se conmueve al ver nuestros esfuerzos por ser santos. «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas»[3]. Él no nos va a poner delante de una tarea que no seamos capaces de realizar; nos invita a colaborar con las cosas ordinarias de nuestra vida, que nos pueden parecer pequeñas, pero en sus manos adquieren otra dimensión. Él supera nuestros límites de una manera que no podemos imaginar. «Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse un milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don»[4].

ANTE los acontecimientos que anuncia el Señor, de persecuciones y dificultades, podemos sentir que «nuestra fe es pobre y nuestro camino puede ser perturbado, bloqueado por fuerzas adversas»[5]. En esas situaciones nos puede ayudar recordar que nuestra esperanza está fundada en «algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros»[6]: el triunfo de Jesús sobre la muerte y el mal.

Desde los comienzos de la Iglesia, los cristianos han atravesado distintas dificultades. Nosotros, como ellos, podemos superar cualquier obstáculo porque, como reza el sacerdote muchas veces en la santa Misa, «Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal»[7]. Él está verdaderamente presente en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida. El Señor hace una promesa a todos aquellos que colaboran en su misión, aunque muchas veces la alegría se mezcle con el cansancio: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).

Aceptar las dificultades con la convicción de quien se sabe siempre en manos de Dios nos llevará a vivir con mayor serenidad. «Pediste al Señor que te dejara sufrir un poco por él –escribe san Josemaría–. Pero luego, cuando llega el padecimiento en forma tan humana, tan normal –dificultades y problemas familiares..., o esas mil pequeñeces de la vida ordinaria–, te cuesta trabajo ver a Cristo detrás de eso. –Abre con docilidad tus manos a esos clavos..., y tu dolor se convertirá en gozo»[8]. Podemos pedir a María que sepamos vivir las contradicciones de cada día con la seguridad de que su Hijo nos acompaña en todo momento.

15 de noviembre de 2025

SI PIDES DIOS SIEMPRE TE DA

 



Evangelio (Lc 18,1-8)


Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo:


—Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: «Hazme justicia ante mi adversario». Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme».


Concluyó el Señor:


—Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?



PARA TU RATO DE ORACION 



AUNQUE MUCHAS VECES parezca difícil compaginar la idea de un Dios absolutamente perfecto, que conoce todo, con su disposición a dejarse conmover por nosotros, Jesús es claro en el Evangelio de hoy. Sí: Dios cuenta con nuestras oraciones. Cristo mismo relata «una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo: Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme”. Concluyó el Señor: Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar?» (Lc 18,1-7).


La parábola nos presenta, con vivos colores, a un juez desalmado y a una viuda perseverante. La conclusión se saca por contraste: si hasta un personaje como ese juez, aunque sea a regañadientes, cede ante la porfiada insistencia de la viuda, ¿cómo no será eficaz nuestra oración perseverante, si quien nos escucha es nuestro Padre Dios, que nos ama infinitamente y desea más que nosotros mismos nuestro bien?


Cuando se descubre el amor de Dios, «se comprende que toda necesidad puede convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cfr. Jn 14,13). Con esta seguridad, Santiago (cfr. St 1,5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cfr. Ef 5,20; Flp 4,6-7; Col 3,16-17; 1 Ts 5,17-18)»[1]. Con la oración reconocemos el poder, la bondad y la misericordia de Dios. Y el primer fruto de la oración es que nos une más al Señor, que nos ayuda a aceptar su voluntad hasta identificarnos con ella, aunque no siempre la comprendamos del todo.


LA VIDA DE san Josemaría, como la de otros muchos santos, es un ejemplo de perseverancia en la oración. «Yo soy muy tozudo, soy aragonés –decía en una ocasión con buen humor, recordando un rasgo que se suele atribuir a los de su tierra–: y eso, llevado a lo sobrenatural, no tiene importancia; al contrario, es bueno, porque hay que insistir en la vida interior»[2]. Y con gran frecuencia, ante las necesidades y urgencias que aparecían continuamente en la vida de la Iglesia y de la Obra, animaba a sus hijas e hijos a rezar con fe y sin desanimarse: «¡No hay más remedio que perseverar! ¡Pedid, pedid, pedid! ¿No veis lo que hago yo? Trato de practicar este espíritu. Y cuando quiero una cosa, hago rezar a todos mis hijos, y les digo que ofrezcan la Comunión, y el Rosario, y tantas mortificaciones y tantas jaculatorias, ¡miles! Y Dios nuestro Señor, si perseveramos con perseverancia personal, nos dará todos los medios necesarios para ser más eficaces y extender su Reino en el mundo»[3].


«La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo. Algunos, por prejuicios espiritualistas, creen que la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar. Al contrario, la realidad es que la oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias y sus sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2 M 15,14)»[4].


«CUANDO VENGA el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). El colofón que Jesús da al relato de la parábola sobre la necesidad de orar siempre, pone de manifiesto el estrecho vínculo que existe entre fe y oración. «Creamos, pues, para poder orar –decía san Agustín– y oremos para que la fe, que es el principio de la oración, no nos falte. La fe difunde la oración, y la oración, al difundirse obtiene, a su vez, la firmeza de la fe»[5].


Tanto en nuestra vida personal como en el caminar de la Iglesia por la historia humana, podemos tener la seguridad de que «la lámpara de la fe estará siempre encendida sobre la tierra mientras esté el aceite de la oración»[6]. Los aparentes éxitos o fracasos individuales o colectivos tienen una importancia muy relativa porque la esencia del Evangelio es otra: «El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas»[7].


Hemos de rezar siempre, dirigirnos al Señor «como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre: lleno de confianza. Dile: ¡Señor, que eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia, sé que Tú me escuchas! Por eso me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos ajadas por el polvo del camino»[8]. María es maestra de oración porque tenía siempre en mente a su hijo. «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. Y cómo logra»[9].


14 de noviembre de 2025

AQUÍ ESTA TU TESORO

 



Evangelio (Lc 17,20-25)


En aquel tiempo, interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: — El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: «Mirad, está aquí», o «está allí»; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros. 

Y les dijo a los discípulos: — Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirá: «Mirad, está aquí», o «Mirad, está allí». No vayáis ni corráis detrás. Porque, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación.


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNAS VECES escuchamos a Jesús utilizar un lenguaje profético, lleno de símbolos y comparaciones. Lo hace hoy, por ejemplo, al hablarnos de su última venida y animarnos a vivir en consecuencia. Nos recuerda, primero, dos episodios del Antiguo Testamento: el diluvio universal en tiempos de Noé y el castigo a Sodoma tras la huida apresurada de Lot. El mensaje que quiere transmitir Jesús es claro: Dios llegará de forma repentina. Y nos dice que, tristemente, encontrará a muchos desprevenidos, ocupados o distraídos en los asuntos terrenos, sin mirar también a los eternos.


Al hacernos pensar en el fin de los tiempos, que quizá percibimos como un evento lejano, Jesús nos invita a reflexionar sobre el presente: también nosotros, quizás, estamos ocupados en mil cosas cada día; tal vez nuestras jornadas se repiten con cierta monotonía, sin dejarnos espacio para mirar hacia el cielo. Por eso, nos viene muy bien este recordatorio que el Evangelio presenta sin medias tintas: acuérdate de que eres mortal, y de que la muerte es cierta pero también incierta, imprevisible; aprovecha los días para hacer el bien, recordando que después llegará la verdadera vida, la eternidad.


Mirar el cielo nos ayuda a sintonizar nuestra vida con el proyecto de Dios, con la verdad más profunda de nuestra condición humana. Saber que la vida no termina con la muerte nos llena de esperanza. El mismo Dios que se ha hecho cercano en la tierra, nos espera también ardientemente en el cielo, nos ha preparado una morada. Allí nos aguarda –utilizando palabras de san Josemaría– «todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia… Y sin empalago: te saciará sin saciar»[1].


«¡VISIÓN SOBRENATURAL! ¡Calma! ¡Paz! Mira así las cosas, las personas y los sucesos... con ojos de eternidad.Entonces, cualquier muro que te cierre el paso –aunque, humanamente hablando, sea imponente–, en cuanto alces los ojos de veras al cielo, ¡qué poca cosa es!»[2]. Tener visión sobrenatural significa poner en la ecuación de nuestra vida el factor de la vida eterna, el cielo que Dios ha preparado para nosotros cuando concluirán nuestros días en la tierra. Esta perspectiva de fe, amplia y profunda, redimensiona los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra familia, en la Iglesia, en el mundo…


Considerar la realidad con visión sobrenatural –que significa verla más con los ojos de Dios, es decir, como realmente es– nos introduce en la sabiduría de Dios y por tanto nos ayuda a descubrir el sentido positivo de las renuncias que a veces hemos de hacer. «El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará» (Lc 17,33), dice el Señor en el Evangelio. En la vida cristiana, con frecuencia es necesario perder para ganar, morir para dar fruto, desprenderse de lo que impide seguir de cerca a Cristo para purificarse y que el alma pueda volar cada vez más alto. Mirando a Jesús nos damos cuenta de que vale la pena luchar con alegría y con esfuerzo, sabiéndonos poca cosa, pero conscientes también de que «todo es bueno para los que aman a Dios: en esta tierra se puede arreglar todo menos la muerte: y para nosotros la muerte es Vida»[3].


LA FE EN LA VIDA eterna nos revela el auténtico valor del tiempo presente. El Señor, en su amor, nos puso en la tierra, y al final volveremos a él. Nuestros años están contados: son un don de Dios en el cual también nos ha regalado la libertad para utilizarlos como nos parezca mejor. Por eso el tiempo es un valioso tesoro que Dios deja en nuestras manos. Podemos malgastarlo o, por el contrario, hacer un buen uso de él, y vivir «cada instante con vibración de eternidad»[4].


Podemos concentrar el uso del tiempo en nosotros mismos: salud, prestigio, trabajo, bienestar, estatus… O podemos buscar frutos de eternidad a través del servicio. El afán de servir lleva a poner nuestro tiempo a disposición del Señor, a no preocuparnos con ansia por el futuro, a sentirnos colaboradores de Dios para edificar su reino en los corazones. Por medio del servicio, nuestro tiempo supera sus límites y se transforma en el «para siempre» de la eternidad.


«Entiendo muy bien aquella exclamación que san Pablo escribe a los de Corinto –dice san Josemaría–: tempus breve est! ¡Qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! (...). Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar»[5]. En María, que tiene el tesoro más grande en el cielo, podemos mirar el mejor ejemplo de servicio a Jesús y a todas las personas que se cruzan en nuestro camino.



13 de noviembre de 2025

Dios se construye sin espectáculo

 



Evangelio (Lc 17,20-25)


En aquel tiempo, interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: — El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: «Mirad, está aquí», o «está allí»; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros. 


Y les dijo a los discípulos: — Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirá: «Mirad, está aquí», o «Mirad, está allí». No vayáis ni corráis detrás. Porque, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy, algunos fariseos preguntan a Jesús cuándo llegará el reino de Dios. Tienen la idea de que la llegada del Mesías estaría acompañada de manifestaciones prodigiosas y de un castigo para quienes se le oponen. La respuesta de Cristo, sin duda, los desconcertó por completo: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: “Mirad, está aquí”, o “está allí”; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lc 17,20-21).

El Señor, que nació en el silencio de Belén y vivió durante treinta años como un habitante más de Palestina, instaura su reino en la tierra con la misma discreción que caracterizó su existencia terrena. «Lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón»[1], dice san Josemaría; es allí donde la apertura a Dios instaura un nuevo orden, una nueva paz.

Pensar en el reino de Dios es, en primer lugar, considerar cómo sabemos encontrar al Señor en nuestra vida ordinaria: en la familia, el trabajo, las pequeñas cosas de cada día; cómo entendemos que la redención nos alcanza no por estrategias humanas externas, sino en lo más íntimo de nuestra vida. «Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra –sigue san Josemaría–, no ofrece un programa político, sino que dice: “ haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos”; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva, y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino. Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero, lo único verdaderamente necesario»[2].


«YO SOY LA VID, vosotros los sarmientos –dice el Señor–; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5). Estas palabras que hoy recita la Iglesia antes del Evangelio nos sirven para seguir meditando en la instauración del Reino de Dios en nuestra alma y, desde ella, en el mundo que nos rodea. Permanecer unidos a la vid, que es Cristo, en todo momento y en toda ocasión, cada día, cada hora, cuando es fácil y cuando es más arduo: tenemos aquí un ideal apasionante y fecundo.

¿Cómo reina el Señor en mi trabajo?, podemos preguntarnos, examinando la actividad que ocupa la mayor parte de nuestro tiempo; la actividad que transforma el mundo y que, como enseñaba san Josemaría, es la materia de nuestra santidad. Y quizá nos damos cuenta de tantas cosas que podemos mejorar en la realización del propio trabajo: concentración, buen humor, pensar en los demás… También puede suceder que trabajemos mucho y bien, pero no por amor a Dios y como expresión de servicio a las otras personas, sino pensando casi exclusivamente en nosotros mismos.

Un modo concreto de saber hasta qué punto reina el Señor en nosotros es examinar cómo cuidamos nuestro plan de vida espiritual, el tiempo que dedicamos a la Santa Misa, la oración mental o vocal, la lectura de la Biblia y de algún libro espiritual… Si lo primero en nuestra existencia cotidiana es el Señor y los deseos de colaborar en la redención del mundo, estos tiempos gozarán de una real y efectiva prioridad, pues nos ayudarán a ser levadura en medio de la masa, sal en el mundo. Como es obvio, a veces podrán surgir imprevistos, y no habrá otro remedio que cambiar de planes; pero nuestras prácticas de piedad no quedarán habitualmente en el olvido a la mínima que se presenten contratiempos. El Reino de Dios llega a nosotros y a quienes nos rodean solo si estamos habitualmente unidos a la verdadera vid.


OTRO ÁMBITO en donde el Reino de Dios se construye sin espectáculo es el de la relación con los demás y, especialmente, en la propia familia. En el hogar, podemos practicar continuamente las virtudes de la convivencia: buen humor, no darse demasiada importancia a uno mismo, cordialidad, empatía, escucha; paciencia, mansedumbre, delicadeza… Si buscamos decididamente la santidad de la vida cotidiana en el hogar, pidiendo al Espíritu Santo que nos ayude a permanecer en su amor, sabremos llevar después esa caridad cristiana a nuestras relaciones profesionales y sociales; también a aquellas personas que se hallen en especial necesidad: solas, abandonadas, descartadas u obligadas a dejar su tierra.

En efecto, el modo en que Dios ha deseado concedernos sus dones se lleva a cabo de un modo sorprendentemente humano: a través de las relaciones de unos con otros. En cierto sentido, este es el motivo por el que vivimos juntos y por el que deseamos servirnos mutuamente. San Josemaría nos animaba a dejar que Cristo reine en nuestra alma para, de esa manera, como él y con él, ser servidores de todos: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»[3].

Pidamos a nuestra Madre del cielo que sepamos ser dóciles al Espíritu Santo, para que instaure el Reino de Dios en nuestro corazón y nos convierta en servidores de todos los hombres.



12 de noviembre de 2025

Tu fe te ha salvado


 Evangelio (Lc 17, 11-19)


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los fines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:


–¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!


Al verlos, les dijo:


–Id y presentaos a los sacerdotes.


Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y este era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:


–¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?


Y le dijo:


–Levántate y vete; tu fe te ha salvado


PARA TU RATO DE ORACION 


«¡JESÚS, MAESTRO, ten piedad de nosotros!». Es el grito de unos leprosos que, quizá habiendo superado varios obstáculos, consiguen llegar hasta el Señor. En la antigüedad era una gran desventura ser leproso. Primero, sufrían mucho físicamente; tanto, que el nombre que los judíos daban a esta enfermedad significa literalmente «golpe de látigo». Pero, por si eso fuera poco, a los padecimientos corporales se añadía el dolor moral: esta enfermedad suscitaba terror, pues se pensaba que era muy contagiosa, y por eso había una minuciosa reglamentación para diagnosticarla y apartar de la sociedad a quien la hubiese contraído. También estaban previstas una serie de condiciones para certificar la curación, trámite que correspondía a los sacerdotes. Además, se achacaba la enfermedad a los pecados que habría cometido quien la padecía.

Así podremos comprender mejor hasta qué punto sufrían y estaban desconsolados los diez leprosos que Jesús encontró por el camino. Vivían en las afueras de un pueblo. Parientes, amigos, y otras personas compasivas les llevarían a diario alimentos. Probablemente a través de ellos habían oído hablar de Jesús: un rabino –maestro– que predicaba con autoridad y que hacía milagros. Cuando el Señor se acercaba al pueblo, alguien les avisaría de su presencia y acudieron a saludarlo a distancia, con la esperanza de que pudiera curarlos. «A lo lejos se pararon –comenta un santo medieval–, porque en aquellas condiciones no osaban acercarse. Igual nos pasa a nosotros: nos mantenemos a distancia cuando nos obstinamos en el pecado. Para sanar, para ser curados de la lepra de nuestros pecados, gritemos a voz en cuello y digamos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Pero gritemos no con la boca, sino con el corazón. El grito del corazón es más agudo. El clamor del corazón penetra los cielos y se eleva más sublime ante el trono de Dios»[1].


LOS LEPROSOS CLAMAN para que Jesús los cure. El Señor les dice que vayan a presentarse a los sacerdotes, que eran los indicados por la ley para constatar una posible curación. Así, cuando se ponen en marcha, obedeciendo al Maestro, están dando una prueba de fe. Y, mientras van de camino, se dan cuenta de que efectivamente están sanos. Sin embargo, solo uno de ellos, un samaritano, regresa buscando a Jesús: «Al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a prostrarse a sus pies dándole gracias» (Lc 17,15-16). El Señor se lamenta de que los otros nueve no hayan regresado a dar gloria a Dios, de que no hayan querido agradecer su curación. Dice al samaritano: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (Lc 17,19).

Contemplando el Evangelio de hoy, podemos distinguir «dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el “corazón”, y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la “salvación”. Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre “salud” y “salvación”, nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva. Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión: “Tu fe te ha salvado”. Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento»[2]. No sabemos qué pasó con los demás leprosos. Sabemos, ciertamente, que quedaron curados de su enfermedad física. Pero el Evangelio nos muestra a Jesús constatando la curación espiritual solamente del samaritano, quien aparentemente estaba más alejado de la fe del pueblo elegido.

«Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: “gracias”!»[3].


«DAD GRACIAS en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (Ts 5,18). La antífona de la misa de hoy, tomada de las enseñanzas de san Pablo, nos invita a manifestar frecuentemente nuestra gratitud al Señor. Ciertamente, cada día, cuando nos despertamos, podemos agradecer incluso las cosas que nos parecen más descontadas, pero que echaríamos tanto de menos si se nos privase de ellas: respirar, sentir, ver, caminar; la belleza de la naturaleza, la luz y el calor del sol, tener una familia, poder amar y ser amados… Los cristianos, además, agradecemos al Señor las maravillas de su gracia, todo lo que inmerecidamente hemos recibido y seguimos recibiendo cada día para avanzar por el camino de la santidad.

«Sea cual sea tu edad –escribía san Francisco de Sales–, no hace mucho que estás en el mundo. Dios te ha sacado de la nada, te ha hecho nacer y eres lo que eres por pura bondad suya. Te ha hecho el ser más principal del mundo visible, llamado a compartir su eternidad y capaz de unirse a él. No te ha traído al mundo porque tuviese necesidad de ti, sino únicamente para manifestar su bondad. Nos ha dado inteligencia para que podamos conocerle, memoria para que nos acordemos de él, y voluntad para amarle. La imaginación para que nos representemos sus beneficios, los ojos para admirar las maravillas de la creación, la lengua para alabarle… Te ha hecho a imagen suya (…). Piensa en todo lo que Dios te ha dado en el ámbito del espíritu, del cuerpo, del alma: te ha dado la salud, el bienestar, los buenos amigos… Te alimenta con sus Sacramentos, te ilumina con sus luces, te ha perdonado tantas veces»[4].

«¡Qué bonito es lo que decimos cada día en las Preces! –decía san Josemaría–. Podéis emplearlo como jaculatoria: gratias tibi, Deus, gratias tibi! Porque, si damos las gracias, Dios nos entregará más; pero si nuestra soberbia se apropia de lo que no es nuestro, nos cerraremos para recibir la ayuda del Señor»[5]. Acudamos a María quien, justamente por su humildad, por agradecer todo como don de Dios, recibió regalos que no podía siquiera imaginar.



11 de noviembre de 2025

LA UNICA AMBICION

 



Evangelio (Lc 17, 7-10)


Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: «Entra enseguida y siéntate a la mesa»? Por el contrario, ¿no le dirá más bien: «Prepárame la cena y disponte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú»? ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? 


Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer».


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNAS de las imágenes que emplea Jesús pueden llamar la atención. Por ejemplo, cuando habla de un criado que vuelve de trabajar en el campo y, en lugar de defender su derecho a descansar, afirma que su amo tiene razón cuando le dice: «Prepárame la cena y disponte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú» (Lc 17,8). Podría parecer que está reforzando la postura tiránica de aquel señor. Sin embargo, lo que Cristo pretende mostrar a sus discípulos con esta parábola es la actitud con la que han de cumplir con sus obligaciones, ya sean con Dios o con los demás: no han de buscar el premio o el reconocimiento, sino redescubrir el valor del servicio humilde y corriente. «Igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”» (Lc 17,10).


Algunas personas de aquella época construían su relación con Dios a partir de una lógica de la retribución. Si uno tenía una vida próspera, se consideraba que era dichoso a los ojos del Señor, que le habría brindado esa riqueza en reconocimiento de sus buenas obras. Por eso, a veces el principal motivo por el que se cumplía la Ley era precisamente para ganarse el favor divino y recibir algún beneficio. «Ante Dios no debemos presentarnos nunca como quien cree haber prestado un servicio y por ello merece una gran recompensa. Esta es una falsa concepción que puede nacer en todos, incluso en las personas que trabajan mucho al servicio del Señor, en la Iglesia. En cambio, debemos ser conscientes de que, en realidad, no hacemos nunca bastante por Dios»[1]. Jesús, con la imagen del criado, nos invita a no olvidar quiénes somos y cuál es el verdadero motivo por el que vale la pena trabajar: para dar la vida por el Señor y por los demás. «Olvídate de ti mismo… –escribía san Josemaría– Que tu ambición sea la de no vivir más que para tus hermanos, para las almas, para la Iglesia; en una palabra, para Dios»[2].


PROBABLEMENTE en más de una ocasión nos hayamos visto reflejados en el siervo de esta parábola. Después de una intensa jornada laboral, nos acercamos a casa con el deseo de encontrar un poco de paz. Sin embargo, nada más llegar comprobamos que hay otro tipo de trabajos que requieren nuestro esfuerzo y nuestra atención: cuidar de los hijos, realizar algunas tareas domésticas, ayudar a un pariente que nos busca… Y como además tenemos todo el peso del día, quizá nos resulte más difícil acoger con alegría esas ocasiones de servir a las personas que nos rodean.


El ejemplo de Jesús nos puede ayudar a ver nuestra vida como un acto de servicio constante a los demás. Él Evangelio nos muestra muchos momentos en los que el Señor retrasa su esperado descanso para atender a las personas que le buscaban. Y uno de los últimos gestos que realizó antes de su Pasión fue el de lavar los pies a quienes más amó durante su paso por la tierra. Este fue el testamento que les dejó antes de su muerte: una acción más propia de un esclavo que de un Maestro.


Cuando abrazamos esas oportunidades de servir, en lugar de rechazarlas o afrontarlas con resignación, podemos experimentar la alegría de vivir como Jesús. «Nuestra fidelidad al Señor depende de nuestra disponibilidad a servir. Y esto cuesta, lo sabemos, porque “sabe a cruz”. Pero a medida que crecemos en el cuidado y la disponibilidad hacia los demás, nos volvemos más libres por dentro, más parecidos a Jesús. Cuanto más servimos, más sentimos la presencia de Dios. Sobre todo cuando servimos a los que no tienen nada que devolvernos, los pobres, abrazando sus dificultades y necesidades con la tierna compasión: y ahí descubrimos que a su vez somos amados y abrazados por Dios»[3].


ADEMÁS de ofrecer muchas ocasiones de servir, cada jornada nos presenta diferentes modos de descansar. A veces quizá podemos pensar que solo ciertas situaciones extraordinarias nos ayudarán a recuperar las fuerzas: un plan de varios días con la familia o los amigos, el final de un tiempo de intenso trabajo, el periodo de vacaciones… Aunque es verdad que todas esas circunstancias son importantes y necesarias, también es cierto que necesitamos de momentos más cotidianos para desconectar en el día a día. De lo contrario, podemos correr el peligro de apreciar poco la vida corriente y poner nuestra ilusión solamente en experiencias muy emocionantes o intensas.


Uno puede cansarse innecesariamente a fuerza de no detenerse, de querer resolver todo de inmediato, de agobiarse con las tareas pendientes. Saber buscar el descanso en lo ordinario, en el día a día, nos lleva a vivir esas ocupaciones con serenidad: no es un modo de evasión, sino una ayuda para reenfocar la realidad. De este modo, un conflicto que quizá nos superaba –ya sea laboral, familiar o espiritual– adquiere otra perspectiva cuando hemos practicado una afición que nos gusta, dormido las horas que necesitábamos o pasado un rato divertido con familiares o amigos.


San Josemaría también animaba a recuperar las fuerzas paladeando una de las realidades más consoladoras de la vida cristiana: «Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre –¡tu Padre!– lleno de ternura, de infinito amor. –Llámale Padre muchas veces, y dile –a solas– que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[4]. Al igual que a veces nos basta contemplar el mar o un bonito paisaje para volver renovados, en la conversación íntima con el Señor encontramos un reposo que nos ayuda a dar sentido a lo que hacemos. Es posible que la Virgen María descansara así con frecuencia: simplemente mirando a su Hijo durmiendo o jugando con otros niños. Ella nos podrá ayudar a vivir un descanso que nos haga redescubrir la alegría de servir a Dios y nuestros hermanos.