"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

25 de octubre de 2026

CORAZON SIN BARRERAS


Evangelio (Mt 22,34-40)


Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:

— Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le respondió:

— Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas


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LOS FARISEOS están especialmente contentos. Jesús había hecho callar a los que se habían convertido en buena medida en sus rivales, los saduceos. Pero ahora es su turno para poner a prueba al maestro de Nazaret y sorprenderlo en alguna afirmación que complicase su autoridad. Por eso, uno de los fariseos, sabiendo que no es sencillo distinguir entre los centenares de preceptos el sentido principal de la ley de Dios, le pregunta a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» (Mt 22,36). Detrás del tono aparentemente amable, se escondía la trampa en la que deseaba que el Señor cayera.

Jesús comienza su respuesta de manera convencional. El principal mandamiento consiste en el amor a Dios, le dice. En esa afirmación no podía contenerse nada nuevo, nada extraño para un judío piadoso. Inmediatamente después, sin embargo, pronuncia con naturalidad una afirmación más impactante: «El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Mt 22,39). El acento de la frase recae en esa pequeña palabra, pero que en la boca de Jesús está llena de significado: «semejante».

En un primer momento es probable que el fariseo pensara que aquella afirmación era algo exagerada. ¿Cómo va a ser semejante en importancia amar a Dios y a los demás hombres? No obstante, en esa verdad se esconde un cambio de paradigma profundo: Dios se ha hecho hombre, y con su encarnación, su sacrificio en la cruz y su resurrección, nos ha elevado a la condición de hijos suyos. Por eso, si queremos realmente amar a Dios, tendremos que esforzarnos también por aprender a querer a cada uno de sus hijos. De ahí que «mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos de ser discípulos como Jesús nos pide»[1]. En cambio, sabemos que el amor a Cristo y a los demás están tan unidos que, «en un acto cualquiera de fraternidad, la cabeza y el corazón no pueden distinguir en muchas ocasiones si se trata de servicio a Dios o de servicio a los hermanos: porque, en el segundo caso, lo que hacemos es servir a Dios dos veces»[2].


CUANDO intentamos vivir como discípulos de Cristo, la relación entre el amor a Dios y a los demás se manifiesta de forma natural en nuestra manera de comportarnos. Esto es en lo que insiste san Pablo en la segunda lectura de la Misa de hoy: «Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien» (1Tes 1,5). El deseo de dar buen ejemplo no ha de ser nunca la expresión del intento de diferenciarnos de los demás, quizá buscando la admiración o la complacencia. Por el contrario, el testimonio auténtico ha de ser, al mismo tiempo, caridad viva, interés activo por todos los que nos rodean: así nuestro comportamiento será manifestación verdadera del amor de Dios hacia cada persona. «La fraternidad bien vivida –escribe el prelado del Opus Dei– es un apostolado inmediato: tantas personas verán el cariño que nos tenemos y podrán exclamar, como lo hicieron con los primeros cristianos, “mirad cómo se aman”; se sentirán atraídos por ese amor cristiano»[3].

San Josemaría, al explicar lo que supone el testimonio cristiano, aclaraba: «Cuando te hablo del “buen ejemplo”, quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor»[4]. No tendría sentido que los demás hablaran bien de nosotros, pero tratándonos con distancia, como si fuésemos modelos fríos e inalcanzables. Precisamente porque a través de nuestro amor se hace presente la cercanía de Dios, nuestro principal testimonio consiste en regalarle al mundo esa paz y ese amor que hemos recibido del Señor.

En una ocasión, el fundador del Opus Dei se preguntaba: ¿Cómo daremos a conocer a Jesús? Y contestaba: «Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina»[5].


AL ESCUCHAR la primera lectura de la Misa de hoy, tomada del libro del Éxodo, nos damos cuenta de que amar a los demás puede ser exigente. El autor sagrado detalla una lista de personas especialmente vulnerables y que en la sociedad pueden sufrir de un trato injusto o llevar una vida más compleja: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos» (Ex 22,20-21). En el fondo, es una invitación del Señor a preguntarnos en todo momento por las personas más necesitadas de nuestro entorno, y no solamente por aquellas con las que quizá tengamos más afinidad. Lógicamente, esto no significa que descuidemos las relaciones con los que nos resulta más fácil entablar amistad; es más, el cariño que tenemos con ellos será el impulso para llegar también a todos los que nos rodean, de modo que en nuestro corazón no haya distinciones. Así era como vivía Jesús: todos los que se acercaban a él se podían sentir amados en una manera especial, única, aunque el Señor no estuviera más que un breve tiempo con ellos.

Ese amor al prójimo «está hecho de cercanía, de escucha, de compartir, de cuidado del otro. Y muchas veces nosotros descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas…»[6]. Precisamente cuando nos resulta especialmente difícil amar a una persona determinada, quizá porque no sentimos una sintonía espontánea hacia ella, podemos buscar nuestro refugio en Dios y decir con el salmista: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza» (Sal 17,2). La seguridad de Cristo nos ofrece un amor incondicional que, a su vez, nos permite lanzarnos a transmitir ese amor sin barreras a los demás. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Nuestro amor a Dios –caridad sobrenatural– es correspondencia a ese amor divino por todos y cada uno de nosotros, que el mismo Señor nos pone como modelo y horizonte de nuestro amor a los demás»[7]. Podemos pedir a la Virgen María la gracia de descubrir que hemos sido creados para amar, porque hemos recibido gratuitamente el infinito amor del Señor.


[1] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[2] San Josemaría, Instrucción, mayo 1935 – septiembre 1950, n. 75.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023, n. 16.

[4] San Josemaría, Forja, n. 560.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.

[6] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023,



24 de octubre de 2026

CON LAS DEBILIDADES PACIENCIA

 Evangelio (Lc 13,1-9)

Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:

— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

Les decía esta parábola:

— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás



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EN UNA OCASIÓN, Jesús contó la parábola de un hombre que tenía una viña. Resulta que fue varias veces «a buscar en ella fruto» (Lc 13,6), pero jamás lo encontró. Después de tres años así, llegó a la conclusión de que no valía la pena seguir ocupándose de ella. Por eso le pidió al viñador que la cortara. ¿Qué sentido tenía que ocupara el terreno de la finca si no producía nada? Sin embargo, el viñador le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás» (Lc 13,8-9). Como la viña, a veces puede parecer que algunas personas no dan fruto. Procuramos ayudarlas a que maduren, estimulándolas a abandonar ciertos hábitos o defectos, adquirir las virtudes o seguir unas buenas prácticas. Pero a pesar de nuestro empeño, tal vez comprobamos que el otro no reacciona al ritmo que nos gustaría. Entonces nuestra primera reacción quizá se asemeja a la del hombre de la parábola: no tiene sentido seguir intentándolo.

En esos momentos, podemos recordar que uno de los primeros rasgos que san Pablo enumera de la caridad es la paciencia (cfr. 1Co 13,4). Cuando no vemos esos frutos que esperábamos podemos amar de una manera auténtica. De hecho, se asemeja al amor que Dios nos tiene y que otras personas –en especial nuestros padres y educadores– han tenido con nosotros. Saber que el Señor y los demás nos dirigen una mirada paciente nos impulsa «a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[1]. No se madura de un día para otro. Se trata de un proceso que dura años y que necesita, para desarrollarse, del amor paciente del viñador. «La gracia actúa, de ordinario, como la naturaleza: por grados. –No podemos propiamente adelantarnos a la acción de la gracia: pero, en lo que de nosotros depende, hemos de preparar el terreno y cooperar, cuando Dios nos la concede. (...) La gracia, normalmente, sigue sus horas, y no gusta de violencias. Fomenta tus santas impaciencias…, pero no me pierdas la paciencia»[2].


LA VIRTUD de la paciencia también se refiere a la manera en que nos miramos a nosotros mismos. Puede haber épocas en las que nos impacientemos porque nuestra lucha resulte estéril. Aunque intentamos crecer en una virtud o procuramos arrancar un vicio, puede suceder que percibamos que nuestros esfuerzos no producen ningún fruto visible. De nuevo puede ser de ayuda considerar que el Señor nos mira como el viñador de la parábola. «Dios, ante nuestra infidelidad, se muestra “lento a la cólera” (cfr. Ex 34,6; cfr. Nm 14,18): en lugar de desatar su cólera ante el mal y el pecado del hombre, se revela más grande, dispuesto cada vez a recomenzar con infinita paciencia»[3].

Las propias debilidades, cuando se reconocen con humildad y se lucha sinceramente por arrancarlas, pueden ser como el abono que hace crecer a las plantas. Efectivamente, no resultan muy agradables, y nos pueden dar la impresión de que no hay ningún fruto en la viña de nuestra vida. Pero si continuamos trabajando el terreno pacientemente, confiando en que la gracia de Dios acompaña nuestro esfuerzo, tarde o temprano crecerán brotes verdes. Ciertamente, esto no significa que llegará un momento en que desaparecerán todas nuestras fragilidades. Pero junto al abono presente en la viña, abundarán también los árboles llenos de frutos.

«En las batallas del alma –comentaba san Josemaría–, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer. Basta que los empleemos, como os comentaba antes, con la resolución de comenzar y recomenzar en cada momento, si fuera preciso»[4].


EL RITMO de vida que a veces se lleva en el día a día no siempre es propicio para la virtud de la paciencia. Lo que años atrás implicaba grandes cantidades de tiempo –comunicaciones, desplazamientos, trabajos…– se puede conseguir ahora de forma casi inmediata. Por eso, quizá puede suceder que apliquemos la misma lógica ante algo que nos contraría: buscamos algo que acabe rápidamente con ese sufrimiento. «Necesitamos la paciencia como la “vitamina esencial” para salir adelante, pero instintivamente nos impacientamos y respondemos al mal con el mal: es difícil mantener la calma, controlar nuestros instintos, refrenar las malas respuestas, aplacar las peleas y los conflictos en la familia, en el trabajo, en la comunidad cristiana»[5]. La impaciencia a veces nos lleva a hacer lo que realmente no deseamos, como por ejemplo tratar de forma incorrecta a alguien o caer en un vicio, pensando que esa es la mejor manera de acabar con un problema. Después, sin embargo, recuperamos la perspectiva y nos damos cuenta de que las circunstancias nos empujaron con fuerza a obrar de esa manera.

La paciencia es un rasgo de la personalidad madura y libre: permite superar las frustraciones y mirar el futuro con esperanza. Pero es, sobre todo, un fruto del Espíritu Santo (cfr. Ga 5,22) que él nos concede si se lo pedimos. Y es, además, la respuesta que dio Jesús ante los sufrimientos de la Pasión. «Con docilidad y mansedumbre acepta ser abofeteado y condenado injustamente; ante Pilato no recrimina; soporta los insultos, los salivazos y la flagelación a manos de los soldados; carga con el peso de la cruz; perdona a quienes lo clavan al madero; y en la cruz no responde a las provocaciones, sino que ofrece misericordia»[6]. El Señor acogió el dolor con una paciencia «que es fruto de un amor más grande»[7]. La Virgen María tampoco huyó de la cruz. Podemos pedirle que nos ayude a acoger con paciencia las luchas de cada día, sabiendo que esta virtud «es mejor que la fuerza de un héroe» (Pr 16,32).


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 78.

[2] San Josemaría, Surco, n. 668.

[3] Francisco, Audiencia, 27-III-2024.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.

[5] Francisco, Audiencia, 27-III-2024.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.




23 de octubre de 2026

La verdad os hará libres

 


Evangelio (Lc 12,54-59)

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:

— Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: «Va a llover», y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: «Viene bochorno», y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?

»Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo


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HOY EN DÍA disponemos de muchos instrumentos para predecir las condiciones meteorológicas. Los contemporáneos de Jesús no contaban con esa tecnología, pero a partir de determinados signos podían intuir lo que iba a ocurrir. De hecho, esta sabiduría quedaba reflejada en refranes o canciones que pronosticaban el clima si se daban ciertas circunstancias. Jesús se refiere a ese conocimiento popular cuando se dirigió a las multitudes invitándoles a creer en él: «Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: “Va a llover”, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: “Viene bochorno”, y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo?» (Lc 5,54-56).

Cristo se lamenta porque los signos que ha mostrado –los milagros, su vida y su doctrina– deberían ser suficientes para confesarle como Mesías. El Señor estaba pasando muy cerca de cada uno, pero muchos no se daban cuenta. También hoy Dios pasa por nuestra vida en la belleza y en la fatiga de lo cotidiano, en momentos de alegría y en otros en los que experimentamos el dolor. Y es precisamente en esas circunstancias donde podemos descubrir que Dios está cerca de nosotros y le importan nuestras preocupaciones. Tanto entonces como ahora, mantener el corazón sensible y abierto a la providencia –que madura en la oración personal– sigue siendo la puerta para descubrir la acción de Dios en favor nuestro. «Con esta búsqueda del Señor –comentaba san Josemaría–, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque Nuestro Señor nos hace ver –con su ejemplo– que ese es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones!»[1].


«¿POR QUÉ no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?», pregunta el Señor a quienes le escuchaban. El juicio que realizamos sobre las cosas más importantes de nuestra vida no solo atañe a la inteligencia, como si fuera exclusivamente algo teórico, sino que requiere la adhesión de nuestra voluntad. En efecto, el Espíritu Santo nos ilumina para poder comprender lo que sucede dentro de nosotros y en el mundo que nos rodea. Él nos ayuda a distinguir con mayor claridad cuáles son las verdaderas motivaciones que mueven nuestra conducta.

Discernir la verdad de nuestra vida no siempre es fácil. Sin embargo, solo a partir de este proceso podemos gozar de una profunda libertad interior: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32). No serán las circunstancias externas las que nos impulsen a actuar de un modo, ni tampoco unos motivos más o menos nobles. El motor de nuestro obrar será principalmente el amor, el convencimiento de que esa decisión es lo mejor para nosotros mismos y para nuestro entorno.

El discernimiento «requiere que me conozca a mí mismo, que sepa lo que es bueno para mí aquí y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios quiere también que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor solo puede vivirse en libertad»[2]. El Señor no quiere que nos limitemos a hacer cosas buenas externas, sino que desea que las hagamos también con el corazón. Porque «la verdadera libertad de espíritu –señala el prelado del Opus Dei– es esta capacidad y actitud habitual de obrar por amor, especialmente en el empeño de seguir lo que, en cada circunstancia, Dios le pide a cada uno»[3].


«CUANDO VAYAS con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el aguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo» (Lc 12,58-59). Con esta imagen, el Señor nos enseña que, aunque un hombre viva en el error, todavía está a tiempo para rectificar. Cuanto antes lo haga, mejor, pues se encuentra de camino hacia el juicio que llegará cuando acabe su existencia terrena: «Que se apresure, pues –comenta un padre de la Iglesia–, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta, pasan de la muerte a la vida, y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa»[4].

Todos tenemos cosas que rectificar. De algunas somos muy conscientes, y pedimos ayuda al Señor para aceptarlas con serenidad y luchar con paciencia y confianza filial, sin desalentarnos. Otras, en cambio, pueden pasar más desapercibidas. El espíritu de examen nos ayuda a «conseguir esa limpieza de corazón, que nos llevará a ver a Dios en todo»[5]. De este modo, podemos aprender a distinguir en nuestro día a día entre el bien y el mal, «entre lo que procede de Dios y lo que proviene de nuestras propias pasiones o del diablo»[6].

El examen de conciencia diario es «leer en el libro de nuestro corazón qué ha sucedido durante la jornada»[7]. Por lo general, bastan unos pocos minutos al final del día, aunque habrá ocasiones en las que dediquemos más tiempo: antes de confesarnos, en un retiro espiritual, cuando ha ocurrido algo especialmente importante... «En cualquier caso, siempre es conveniente invocar al Espíritu Santo, para que nos conceda su luz, y terminar con un acto de dolor y algún propósito concreto para la jornada siguiente. De este modo, enderezaremos el rumbo de nuestra conducta, y borraremos con actos de contrición las manchas que podamos haber estampado en el libro de nuestra vida»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude en nuestra lucha diaria por hacer que su Hijo sea el centro de nuestra vida.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 247.

[2] Francisco, Audiencia, 31-VIII-2022.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 5.

[4] San Fulgencio de Ruspe, De remissione peccatorum, 12,4.

[5] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 8-XII-1976, n.8.

[6] Ibíd.

[7] Francisco, Audiencia, 30-XI-2022.

[8] Javier Echevarría, Carta pastoral, 1-I-2016.

22 de octubre de 2026

EL FUEGO QUE CAMBIA NUESTRA VIDA

 

Evangelio (Lc 12,49-53)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división.

Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.



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MIENTRAS va de camino a Jerusalén, el Señor revela a sus discípulos algunos de los anhelos más profundos que lleva en su corazón: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,49-50). El fuego, en este contexto, es el del amor divino, que desea comunicar a todas las almas para purificarlas y para encenderlas; con su bautismo se refiere Jesús a la cruz, donde iba a hacer patente ese ardiente amor por nosotros.

Estas palabras del Señor se grabaron intensamente en el alma de san Josemaría desde su juventud, incluso antes de que Dios le hiciera ver el Opus Dei: «Antes de saber lo que el Señor quería de mí –pero sabiendo que quería algo–, muchas veces expansionaba el corazón y decía a gritos aquel ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12,49). Y contestaba, también cantando: Ecce ego quia vocasti me! (1 Sam 3,5ss). Mi hermano, entonces muy pequeño (...), se aprendió aquellas palabras sin saber lo que significaban, y de cuando en cuando venía a cantarlas, ¡muy mal cantadas!, a mi lado. Tenía que echarle: ¡vete, vete! Pero me daba mucha alegría oírselas, porque para mí eran un acicate: que lo sean también para vosotros; que no estéis nunca apagados; que os sepáis portadores de fuego divino, de luz divina, de calor de cielo, de amor de Dios, en todos los ambientes de la tierra»[1].

Jesús vino al mundo a traer la buena noticia de la salvación. Con esas palabras, «nos está diciendo que el Evangelio es como un fuego, porque es un mensaje que, cuando irrumpe en la historia, quema los viejos equilibrios de la vida, nos desafía a salir del individualismo, nos desafía a superar el egoísmo, nos desafía a pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la vida nueva del Resucitado»[2]. La palabra de Jesús no deja indiferente, sino que enciende en cada uno la inquietud de ponerse en camino para escuchar la llamada del Señor y las necesidades de los demás. Por eso es como el fuego, porque «mientras nos calienta con el amor de Dios, quiere quemar nuestros egoísmos, iluminar los lados oscuros de la vida (...), consumir los falsos ídolos que nos hacen esclavos»[3].


LAS IMÁGENES del fuego y del bautismo hacen también referencia al día de Pentecostés. El fuego que ardía en el corazón de Cristo es el mismo fuego del Espíritu Santo: es él quien nos hace llegar la gracia divina. El fuego es imagen de la caridad, el amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Secundando dócilmente esta acción divina podemos aspirar a la santidad, enraizada en las circunstancias reales y concretas en que vivimos; una santidad, por tanto, «que asume, eleva y lleva a la perfección la personalidad de cada uno, sin destruirla»[4].

«Estamos acostumbrados a pensar que el amor proceda esencialmente de nuestro cumplimiento, de nuestro talento, de nuestra religiosidad. En cambio, el Espíritu nos recuerda que, sin el amor en el centro, todo lo demás es vano. Y que este amor no nace tanto de nuestras capacidades, este amor es un don suyo. Él nos enseña a amar y tenemos que pedir este don»[5]. Si nos dejamos guiar por el Paráclito, él podrá purificar nuestro corazón, de manera que podamos experimentar el gozo de la libertad, pues «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2Co 3,17). «El Espíritu Santo da la posibilidad de ser, no meros observantes de la ley, sino libres, fervientes y fieles realizadores del designio de Dios»[6].

En este sentido, san Pablo escribió a los Romanos: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 14-15). El Señor quiere que nuestra relación con él no sea la de un siervo con su amo, sino la de un hijo con su padre. Por eso, todas las acciones de nuestro día a día pueden ser un gesto de amor, también aquellas que requieren mayor sacrificio. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Se puede hacer con alegría –y no de mala gana– lo que cuesta, lo que no gusta, si se hace por y con amor y, por tanto, libremente»[7]. El Espíritu Santo nos podrá ayudar a que nuestras obras sean manifestación del amor que mueve nuestra vida.


EL FUEGO del amor de Dios fue encendido en nuestra alma por el bautismo, cuando el Espíritu Santo empezó a inhabitar en nosotros. Pero un fuego puede mantenerse intenso, o bien menguar hasta reducirse a una brasa bajo la ceniza, o incluso apagarse del todo. Los cristianos estamos llamados a mantener encendida la llama de la fe y del amor en nuestro corazón, y un buen modo de hacerlo es transmitirla a otros: dar luz y calor cada día, a quienes nos rodean, con nuestro testimonio, nuestra comprensión y nuestra amistad.

«La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Esas personas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía»[8].

Podemos pensar en aquellas personas que, a lo largo de nuestra vida, nos han ofrecido esa luz del Señor. Con su auténtico cariño por nosotros y su profunda alegría quizá encendieron en nuestra alma el deseo de cultivar una mayor intimidad con Dios. Además de tener hacia ellas un sentimiento de gratitud, nos pueden impulsar a reflejar también esa luz a aquellos que nos rodean. Como hijos de Dios, somos «portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. –El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[9]. Podemos pedir a la Virgen María que tengamos el mismo afán de su Hijo por extender el fuego de su amor por toda la tierra.


[1] San Josemaría, Tertulia, 12-II-1975.

[2] Francisco, Ángelus, 14-VIII-2021.

[3] Ibid.

[4] San Juan Pablo II, Audiencia, 10-IV-1991.

[5] Francisco, Homilía, 5-VI-2022.

[6] San Juan Pablo II, Audiencia, 10-IV-1991.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018.

[8] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 49.

[9] San Josemaría, Forja, n. 1.

21 de octubre de 2026

LA GRACIA PARA AFRONTAR LA LUCHA

 Evangelio (Lc 12, 39-48)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre».

Y le preguntó Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?»

El Señor respondió: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán



PARA TU RATO DE ORACION 



EN SU CARTA a los Romanos, san Pablo quiso prevenir a los cristianos sobre la realidad del pecado y les animó a ponerse por entero al servicio del Señor: «Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos para la injusticia; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos para la justicia» (Rm 6,12-13).

San Pablo, como muchos santos, es bien consciente de lo mucho que el pecado nos promete y de lo poquísimo que cumple; de lo mucho que quita y de lo poco que ofrece; de la ilusión que suscita y de la amargura que deja. El pecado da al hombre una soberanía solo aparente y nos hace desconfiar de la soberanía de Dios, hasta el punto de que su presencia se difumina en el horizonte de la propia existencia. «Dos amores han dado origen a dos ciudades –escribe san Agustín–: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor»[1]. En ocasiones la tentación subraya los aparentes beneficios inmediatos del pecado, que pueden resultar apetecibles. Sin embargo, la tentación siempre nos esconde lo que el pecado nos va a quitar, el bien que nos perdemos, la ciudad que abandonamos, las relaciones que dañamos.

En la medida en que tomamos posición a lo largo de nuestra vida, en el ámbito social y profesional, nos vamos convirtiendo en aquello que elegimos, nos vamos identificando con el objeto de nuestras determinaciones y desarrollamos una inclinación hacia los bienes, reales o aparentes, que perseguimos. Si escogemos el pecado, poco a poco nos inclinamos hacia esa ciudad de los hombres. Si optamos por el bien, aunque a veces pueda costar, nuestro corazón irá adquiriendo una connaturalidad hacia lo bueno, un gusto por la ciudad de Dios. De este modo, adquirimos una mirada «que nos permite ver las realidades terrenas con una nueva luz espiritual, la libertad para amar a Dios y a los hermanos con un corazón puro y vivir en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Cristo»[2].


DURANTE su predicación, Jesús recuerda a la gente que elegir bien, formar un corazón inclinado a sus mandamientos, es algo posible y necesario. Y para ilustrar lo que quiere compartir con sus oyentes, acude a una parábola. Les habla de un administrador a quien su amo dejó a cargo de la hacienda. Ese servidor, sabiendo que su amo estaba lejos y que tardaría en llegar, se comportó de un modo egoísta y cruel. Cuando el señor llegó, lo sorprendió en ese estado y le sancionó severamente. Quizá ese siervo pensó que podía permitirse el lujo de vivir a costa de su señor. Tal vez se convenció de que él tenía el control, de que sabía calcular la llegada del amo y sería capaz de tapar sus malas obras y presentarse como alguien respetable. Pero la parábola deja entrever que esa es una falsa seguridad.

Orientar nuestro corazón hacia el bien no es algo que se consigue de un día para otro. El Señor, como al criado, nos concede un espacio de tiempo para que, con su gracia y con nuestra libertad, queramos dirigir nuestros afanes e ilusiones hacia él, porque eso es lo que nos hará de verdad felices. Y esto se traduce en consecuencias concretas en nuestro día a día que, si se viven con autenticidad, nos hacen descubrir la felicidad que proviene de vivir junto a Dios. «Si, por ejemplo, un joven desea convertirse en médico, tendrá que emprender un recorrido de estudios y de trabajo que ocupará algunos años de su vida, como consecuencia tendrá que poner límites, decir algún “no”, en primer lugar, a otros estudios, pero también a posibles entretenimientos o distracciones, especialmente en los momentos de estudio más intenso. Pero el deseo de dar una dirección a su vida y de alcanzar esa meta –llegar a ser médico era el ejemplo– le consiente superar estas dificultades. El deseo te hace fuerte, valiente, te hace ir adelante siempre»[3]. Por eso, san Josemaría solía emplear la imagen del combate para hablar de la santidad: un camino donde hallaremos pruebas pero también la paz. «Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio, de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos»[4].


UN MEDIO que Dios nos ha dado para orientar nuestro corazón hacia él es el de la Confesión. Cuando acudimos a este sacramento es Jesús quien nos alienta y quien nos anima. «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 123,7-8). Y en ese nombre nos perdona los pecados el sacerdote. Para quienes se han confesado después de mucho tiempo, se trata de un instante que no deja indiferente. Pero quienes acuden con frecuencia, quizá pueden pensar que sus confesiones son un poco rutinarias. En este sentido, san Josemaría recordaba que «el Señor instituyó el sacramento de la Penitencia no solo para perdonar los pecados, sino para darnos fortaleza y para que tuviéramos ocasión de recibir una orientación y una ayuda espiritual»[5]. Es decir, que aunque a nosotros nos parezca una confesión rutinaria, Dios nos está dando su gracia para afrontar esas luchas que componen nuestro día y para liberarnos del pecado: «Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero –¡nos quiere Cristo!– hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida»[6].

En cada Confesión nos encontramos con el padre de la parábola que está esperándonos y que desea ardientemente que regresemos a casa. «Con demasiada frecuencia pensamos que la Confesión consiste en presentarnos a Dios cabizbajos. Pero, para empezar, no somos nosotros los que volvemos al Señor; es él quien viene a visitarnos, a colmarnos con su gracia, a llenarnos de su alegría. Confesarse es dar al Padre la alegría de volver a levantarnos. En el centro de lo que experimentaremos no están nuestros pecados, están, pero no están en el centro; sino su perdón: este es el centro»[7]. Por eso san Josemaría animaba a sus hijos a amar este sacramento: «A mí, me da tanta alegría acudir a este medio de la gracia, porque sé que el Señor me perdona y me llena de fortaleza. Y estoy persuadido de que, con la práctica piadosa de la Confesión sacramental, se aprende a tener más dolor y, por tanto, más amor»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a experimentar la alegría de recibir al Señor en nuestra casa cada vez que nos acercamos al sacramento de la Confesión.


[1]San Agustín, De civitate Dei, 14, 28.

[2]Francisco, Homilía, 15-VIII-2014.

[3] Francisco, Audiencia, 12-X-2022.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 75.

[5] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 8-X-1972, citado en Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría (III), E. Burkhart – J. López, p. 498.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 38.

[7]Francisco, Homilía, 25-III-2022.

[8] San Josemaría, A solas con Dios, n. 259.

20 de octubre de 2026

PONER AMOR EN LA RUTINA



 Evangelio (Lc 12, 35-38)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos»


PARA TU RATO DE ORACION 


EN UNA OCASIÓN, Jesús dirigió esta advertencia a sus discípulos: «Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas» (Lc 12,35). Las amplias vestiduras que solían usar los judíos se ceñían a la cintura a la hora de viajar o realizar ciertos trabajos. Las palabras de Jesús, por tanto, son una invitación a estar disponible para realizar una tarea o a prepararse para trasladarse a otro sitio. En este mismo sentido, tenían las lámparas encendidas quienes esperaban la llegada de alguna visita, o se mantenían vigilantes y atentos por algún motivo importante.

Con estos ejemplos, sacados del día a día, el Señor exhortaba a sus discípulos a la vigilancia. Por un lado, se refiere a la disposición de los cristianos que esperan la venida final de Jesús. Por otro, también se puede entender «como la actitud ordinaria que hay que tener en la conducta de vida, de forma que nuestras buenas decisiones, realizadas a veces después de un arduo discernimiento, puedan proseguir de forma perseverante y coherente y dar fruto»[1]. Se trata, por tanto, de una vigilancia que nos lleva a custodiar el regalo de la vocación que Dios nos ha dado, de manera que nuestras acciones y sentimientos sean acordes con ella.

Por el contrario, un alma dormida es aquella que no se deja interpelar por lo que le rodea y confía en su capacidad de control. Esta somnolencia nos puede hacer caer «en la autocomplacencia de la propia existencia satisfecha. Pero esta falta de sensibilidad de las almas, esta falta de vigilancia, (...) otorga un poder en el mundo al maligno»[2]. Jesús no llama a los apóstoles a estar tranquilos o a conformarse con el bien que realizan; les invita, más bien, a velar en todo momento para que sus corazones no se aparten de él. Y esta vigilancia les llevará a ser humildes, pues no pondrán su seguridad en la propia complacencia, sino principalmente en Dios, que es el primero que vela por cada uno de nosotros.


JESÚS compara esa vigilancia con la actitud de los criados que esperan la llegada de su señor. Ellos saben que tarde o temprano llegará y que aquel encuentro les cambiará su existencia, pues ya no serán tratados como siervos sino como iguales: «Les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá» (Lc 12,37). Cristo conoce que «nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar»[3]. Jesús es ese señor por el que los cristianos estamos velando y que a su llegada nos ofrecerá una vida mucho más grande de lo que podemos imaginar.

En el día a día podemos poner nuestras esperanzas en realidades que nos llenan de ilusión: un plan familiar, un rato de deporte con amigos, la celebración de una fiesta, etc. En este sentido, el prelado del Opus Dei señala: «Esperar el encuentro diario con Jesús en el sagrario: esto será señal de amor verdadero». Y añade que también podemos unir aquellas esperanzas más cotidianas con la Eucaristía: «Hacer del sagrario el centro, el punto de convergencia de nuestras esperanzas, será un camino seguro para crecer en amor a Cristo»[4]. Solo Jesús puede saciar nuestros anhelos de felicidad más profundos. Mientras esperamos su llegada podemos empezar a disfrutar de esa alegría en las realidades del día a día, cuando las saboreamos unidos a él.


«ME GUSTA hablar de camino –predicaba en una ocasión san Josemaría–, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!»[5]. Efectivamente, a veces la monotonía nos puede impedir darnos cuenta de lo que tenemos entre manos. Como cada día hacemos prácticamente lo mismo, es fácil acostumbrarse y no percibir que la realidad –el trabajo, las relaciones familiares o de amistad, etc.– es mucho más grande de lo que parece a simple vista: son momentos en los que Dios nos espera.

San Pablo finaliza así su carta a los Corintios: «Vigilad, estad firmes en la fe, sed fuertes, tened ánimo; todas vuestras obras hacedlas en la caridad» (1 Cor 16,13). La vigilancia nos lleva a poner amor en todo lo que hacemos. De este modo, cada día podrá ser distinto, pues será expresión de un amor renovado, que se expresa de una manera única en esa jornada y que tiene un valor de eternidad. «Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás –precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano– las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a superar la rutina convirtiendo todo lo que hacemos en un acto de amor a su Hijo.


[1] Francisco, Audiencia, 14-XII-2022.

[2] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, Ediciones Encuentro, p. 181, 2011.

[3] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 31.

[4] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, “El centro de las esperanzas”, Ediciones Palabra, p. 235.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 313.

[6] San Josemaría, Ibíd., n. 68.


19 de octubre de 2026

SI YO FUERA RICO

 


Evangelio (Lc 12, 13-21)

En aquel tiempo, le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».

Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.

Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.

Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.

Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios»


PARA TU RATO DE ORACION 


EL MODO de ser de Jesús, cálido y cercano, hace que quienes le rodean puedan entrar rápidamente en confianza con él. Es fácil acercarse al Maestro y plantearle, sin muchos rodeos, cualquier dificultad. Muchos llegan al Señor con grandes interrogantes; otros, en cambio, le plantean problemas más cotidianos con el fin de obtener orientación o consuelo. En todo caso, el Hijo de Dios atiende cada súplica con el deseo de dar luz a esa persona necesitada.

San Lucas nos habla de una petición que alguien dirigió al Señor de modo directo y confiado: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo» (Lc 12,13). Desde un punto de vista humano puede ser comprensible el ruego de este hombre. No conocemos los pormenores de la disputa, ni quién de los implicados llevaba más razón; el caso es que esa persona se halla en una situación complicada, que le agobia, y busca en Dios una solución. Y Jesús responde: «¿Quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros?» (Lc 12,14).

Con su respuesta, el Señor no busca desentenderse de nuestras preocupaciones. Más bien nos señala dónde está el origen de la resolución de los problemas y cómo establecer en nuestros hogares –contando con nuestra libertad– el reino de Dios. Jesús viene a liberarnos de nuestros pecados y a darnos su gracia; y, al mismo tiempo, parece dejar en nuestras manos la orientación de muchos aspectos de nuestra vida, como vemos en otras ocasiones –«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Lc 20,25)–. De este modo, nos muestra que «la oración no es un calmante para aliviar las ansiedades de la vida; o, de todos modos, una oración de este tipo no es seguramente cristiana. Más bien la oración responsabiliza a cada uno de nosotros»[1].


JESÚS aprovecha el ruego que le dirige esta persona para invitar a quienes le escuchan a vivir desprendidos de los bienes materiales: «Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee» (Lc 12,15). Y a continuación el Señor narra una parábola protagonizada por un terrateniente acaudalado, poseedor de tierras que le proporcionaron grandes cosechas. Este propietario toma la decisión de poner al resguardo todo el grano cosechado en nuevos graneros, para vivir luego cómodamente. Sin embargo, Dios le hace ver a ese hombre que esa misma noche dejará este mundo, y le hace considerar la insensatez de haberse preocupado demasiado por los bienes de aquí abajo, desatendiendo en cambio los bienes que valen la pena. El destino de aquella persona habría sido bien distinto si hubiera recordado que todos esos medios eran en verdad ocasión de amar a Dios. «Honra al Señor con tu hacienda y con las primicias de todas tus ganancias. Así se llenarán tus graneros de abundancia y tus lagares rebosarán de mosto» (Pr 3, 9-10).

El Señor no censura la posesión de riquezas, ni la prudente preocupación por las situaciones terrenas. Pero Jesús desea que nuestro corazón no quede aprisionado en esos bienes, pues solo pueden darnos una alegría relativa y superficial. Así lo hacía notar san Josemaría: «Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo –he sido testigo de verdaderas tragedias– pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento»[2]. En cambio, el desprendimiento nos permite alzar la mirada y tomar distancia de lo que nos parece indispensable. De este modo, podemos ver, por encima de todo, los dones que el Señor nos tiene preparados: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; sentid las cosas de arriba, no las de la tierra» (Col 3,1-2).


EL DESPRENDIMIENTO crea en nosotros la capacidad de descubrir los bienes que valen la pena. Esto fue lo que supo apreciar Abraham, y que san Pablo hizo notar en su Carta a los Romanos: «Ante la promesa de Dios no titubeó con incredulidad, sino que fue fortalecido por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que él es poderoso para cumplir lo que había prometido» (Rm 4, 20-21). No hay nada más inmaterial y menos inmediato que una promesa. Pero esto fue lo que Dios le dio a Abraham. No le proporcionó en el mismo momento una tierra o una descendencia, ni tampoco una gran fuente de riquezas, sino una promesa. El patrimonio de Abraham es casi netamente inmaterial y, al mismo tiempo, no cabe pensar en ninguna riqueza mayor: además de que el Señor cuidó a Abraham a lo largo de su vida y se hizo muy cercano a su familia, a la vuelta de los siglos esa tierra y esa descendencia serán una realidad que superará con creces cualquier posibilidad de la imaginación.

El desprendimiento nos brinda la posibilidad de percibir esos bienes inmateriales con los que Dios quiere hacernos verdaderamente ricos, como hizo con Abraham y como ha hecho con tantos santos. Son dones que no hace falta esperar al cielo para disfrutarlos, sino que con frecuencia podemos ya degustarlos tanto en el hoy de nuestra vida como a la vuelta de los meses o años: la cercanía que nos ofrece Dios en los sacramentos, el amor que nos brinda nuestra familia y nuestros amigos, la alegría que experimentamos cuando servimos a los demás, la satisfacción que sentimos por un trabajo bien hecho que hemos santificado… En todo podemos descubrir la discreta manera de bendecirnos que suele tener la providencia de Dios. «Querría grabar a fuego en vuestras mentes –comentaba san Josemaría– que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y él proveerá. Creedme que solo así nos conduciremos como señores de la Creación»[3]. La Virgen María, que puso su felicidad en la promesa de que sería Madre de Dios, nos podrá ayudar a descubrir las verdaderas riquezas que el Señor nos tiene preparadas.


[1] Francisco, Audiencia, 21-X-2020.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 118.

[3] Ibíd., n. 116