"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

31 de enero de 2026

DIFICULTADES

 


Evangelio (Mc 4, 35-41)


Aquel día, llegada la tarde, les dice:


— Crucemos a la otra orilla.


Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen:


— Maestro, ¿no te importa que perezcamos?


Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar:


— ¡Calla, enmudece!


Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo:


— ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?


Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros:


— ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?



PARA TU RATO DE ORACION 



EL LAGO DE GENESARET, con sus 165 kilómetros cuadrados de superficie y 43 metros de profundidad, es un lago más bien modesto. Sin embargo, pese a sus reducidas dimensiones, era rico en peces y en sus aguas se desataban violentas tempestades, como sigue ocurriendo hoy en día. Se encuentra en una hondonada de terreno, rodeado de montañas, entre las que se abren paso el valle del Jordán y la llanura de Esdrelón. Por esos pasillos naturales llegan fuertes ráfagas de viento que confluyen en el lago provocando olas furiosas, suficientes incluso para volcar una embarcación pequeña.


Una de esas tempestades llegó al lago mientras Jesús y sus discípulos estaban atravesándolo. Era el atardecer. Había terminado una jornada intensa de predicación a una gran multitud de personas. Era tanta la gente, que el Señor tuvo que subir a una barca y apartarse un poco de la orilla para que pudieran verle y oírle. En esa misma barca iba después Jesús, cansado: «Estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal» (Mc 4,38). Es la única vez que los evangelios nos lo presentan dormido. «Cada uno de esos gestos humanos es un gesto de Dios. En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente. Cristo es Dios hecho hombre, hombre perfecto, hombre entero. Y, en lo humano, nos da a conocer la divinidad»[1]. Es conmovedor contemplarlo así: agotado, después de un día de trabajo en el que se ha entregado completamente, hasta quedarse sin energías y necesitar de un profundo sueño para recuperarlas.


«El cansancio de Jesús, signo de su verdadera humanidad, se puede ver como un preludio de su pasión, con la que realizó la obra de nuestra redención»[2]. Se nos muestra como perfecto hombre, igual a nosotros en todo excepto en el pecado. Y entendemos más fácilmente que, con su gracia, también nosotros podemos encarnar su vida, aunque a veces nos cueste, aunque nos cansemos, aunque se note el peso del trabajo cotidiano realizado por amor.


ESTALLA LA TORMENTA. Las olas se encrespan. Se escucha con claridad el crujir de la madera de la barca. Los discípulos, expertos pescadores, están tensos. Su experiencia les dice que aquella tormenta es peligrosa. Se maravillan de que, en esa situación crítica, Jesús siga dormido. Lo despiertan con una frase en la que, bajo la apariencia de reproche, hay mucha confianza: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). El Señor se pone en pie, increpa al viento, y dice al mar: «–¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: –¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?» (Mc 4,39-40).


Asombrados, los discípulos se llenan otra vez de temor, aunque ahora es un temor distinto: la grandeza del mar deja paso a la grandeza del misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. «El gesto solemne de calmar el mar tempestuoso es claramente un signo del señorío de Cristo sobre las potencias negativas e induce a pensar en su divinidad: “¿Quién es este –se preguntan asombrados y atemorizados los discípulos–, que hasta el viento y las aguas le obedecen?” (Mc 4, 41). Su fe aún no es firme; se está formando; es una mezcla de miedo y confianza; por el contrario, el abandono confiado de Jesús al Padre es total y puro. Por eso, por este poder del amor, puede dormir durante la tempestad, totalmente seguro en los brazos de Dios»[3].


También nuestra fe se está todavía formando, está siempre creciendo. Muchas veces nos asustamos, tenemos miedo, estamos inseguros ante pequeñas o grandes tormentas: tentaciones, contrariedades, desilusiones con nosotros mismos, fracasos… Es el momento de invocar a Jesús para que nos ayude a afrontar esas situaciones con paz y abandono. Como aconsejaba san Agustín: «Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón. De todos modos, aunque seamos hombres, no desesperemos si el viento arrastra los afectos de nuestra alma. Despertemos a Cristo: nuestra singladura será tranquila y arribaremos a buen puerto»[4].


EN LA PLAZA de San Pedro completamente vacía, bajo la lluvia, ante un crucifijo y una imagen de la Virgen, en marzo de 2020 el Papa Francisco presidió una vigilia de oración durante un momento difícil para toda la humanidad, en plena pandemia. Eligió comentar precisamente el pasaje del evangelio que estamos meditando. Sus palabras también pueden servirnos para afrontar otros momentos de dificultad que pueden aparecer en nuestra vida.


«“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti (…). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás (…). “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere»[5].


«Cuando llega el padecimiento en forma tan humana, tan normal —dificultades y problemas familiares... o esas mil pequeñeces de la vida ordinaria—, te cuesta trabajo ver a Cristo detrás de eso. —Abre con docilidad tus manos a esos clavos... y tu dolor se convertirá en gozo»[6]. Por intercesión de santa María, «estrella del mar», pidamos al Señor que aumente nuestra fe, que nos libere de nuestros miedos y nos llene de esperanza.




30 de enero de 2026

LO QUE SIEMBRAS CRECE

 



Evangelio (Mc 4, 26-34)


Y decía:


— El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.


Y decía:


— ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.


Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos.


PARA TU RATO DE ORACION 


PARA ILUSTRAR cómo es y cómo se desarrolla el Reino de Dios, Jesús recurre de nuevo a comparaciones con aspectos de la vida agrícola, muy familiares para sus oyentes: «Viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga» (Mc 4,26-29). El evangelio de la Misa de hoy recoge dos parábolas: la que acabamos de leer, sobre el crecimiento de la semilla de trigo; y la sucesiva, sobre el pequeño grano de mostaza que llega a ser un arbusto frondoso, en el que pueden anidar las aves del cielo.


«En la primera parábola la atención se centra en el hecho de que la semilla, echada en la tierra, se arraiga y desarrolla por sí misma, independientemente de que el campesino duerma o vele. Él confía en el poder interior de la semilla misma y en la fertilidad del terreno. En el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios (...). Esta Palabra, si es acogida, da ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar, de un modo que no conocemos. Todo esto nos hace comprender que es siempre Dios quien hace crecer su Reino. Por esto rezamos mucho “venga a nosotros tu Reino”. Es él quien lo hace crecer; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se regocija por la acción creadora divina, y espera con paciencia sus frutos»[1].


«Cuando te abandones de verdad en el Señor –decía san Josemaría– , aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[2].


EN LA SEGUNDA PARÁBOLA, Jesús usa la imagen del grano de mostaza para describir el Reino de Dios: «Cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra» (Mc 4,31-32). En la lectura que hace san Juan Crisóstomo de este pasaje, el grano de mostaza es Cristo que, con su encarnación, se hizo pequeño y humilde para ser servidor de todos; padeció clavado en la cruz, murió por nosotros, y con su resurrección creció hasta el cielo, como un árbol que nos cobija y nos dona la inmortalidad[3].


Siendo infinitamente grande, Cristo se hizo pequeño, aparentemente irrelevante. Por eso, para entrar en la dinámica del Reino de Dios, es necesario ser pobres de espíritu, de manera que Cristo pueda vivir en nosotros; una pobreza de espíritu que nos lleva a «no actuar para ser importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que fermenta toda la masa del mundo y de la historia»[4].


Y el mensaje de esta segunda parábola refuerza el de la anterior: «El reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura (...). La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios»[5].


«CON MUCHAS PARÁBOLAS semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos» (Mc 4,33-34). Así concluye san Marcos su relato. El evangelista diferencia entre el pueblo que escuchaba las enseñanzas de Jesús por primera vez o de modo ocasional, y los discípulos que seguían habitualmente al Señor. Con estos, Jesús pasa largos ratos a solas explicándoles con mayor profundidad sus enseñanzas. Aquellos discípulos habrían comenzado siendo uno más del pueblo: un día, alguien les habló de Jesús y se acercaron a escucharlo movidos, quizá, por la curiosidad. Pero después de uno o más contactos con él, empezaron a ser discípulos.


Algo similar sucede con cada uno de nosotros. Cuando nos encontramos con Jesús en las páginas del evangelio, enseguida queremos saber más, nos interesa ahondar en el significado de su vida y sus palabras. Intuimos que en Cristo «moran todos los tesoros y sabiduría escondidos»[6], y deseamos enriquecernos con ellos. «Es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con él en la oración»[7]. Y con toda naturalidad, aunque a veces también requiera esfuerzo, buscamos la compañía asidua de nuestro Señor. Entonces entendemos mejor a María, que «guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). Podemos pedir a nuestra Madre que también nosotros sepamos acoger la Palabra de Dios y profundizar en su significado, para que dé un fruto abundante



29 de enero de 2026

COMUNICAR TU LUZ

 


Evangelio (Mc 4, 21-25)

Y les decía: — ¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo de un celemín o debajo de la cama? ¿No se pone sobre un candelero? Pues no hay cosa escondida que no vaya a saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.

Y les decía: — Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más. Porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.


PARA TU RATO DE ORACION


JESÚS HABLA el lenguaje de quienes le escuchan, un lenguaje empapado de vida ordinaria. Pregunta, por ejemplo: «¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo de un celemín o debajo de la cama? ¿No se pone sobre un candelero?» (Mc 4,21). Muchos de sus oyentes tendrían en casa un celemín, que era un pequeño cubo de madera con forma rectangular y capacidad para unos nueve litros. En este recipiente se vertía sobre todo el trigo o la harina; era indispensable para hacer pequeños negocios, así como para calcular los diezmos prescritos por la ley. Por su parte, las lámparas de uso doméstico solían ser de terracota o de bronce, con formas variadas, aunque la más corriente era una base circular con un agujero en el centro, por donde se echaba el aceite. Finalmente, los candeleros eran a menudo un simple nicho en la pared. Según algunos arqueólogos, los hebreos acostumbraban a dejar una lámpara encendida en sus casas, probablemente para mantener alejados a los merodeadores.

Cada cristiano ha recibido la luz de Cristo, que vino al mundo para disipar las tinieblas del mal y de la muerte. Por gracia y misericordia del Señor, hemos acogido esa luz en nuestros corazones y, como hijos de Dios, estamos llamados a ser «portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas»[1]. Es un gran don y una tarea inmensa. En cierto sentido, «de nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[2]. «Un discípulo y una comunidad cristiana son luz en el mundo cuando encaminan a los demás hacia Dios, ayudando a cada uno a experimentar su bondad y misericordia. El discípulo de Jesús es luz cuando sabe vivir su fe fuera de los espacios estrechos (...). Hacer luz. Pero no mi luz, sino la luz de Jesús: somos instrumentos para que la luz de Jesús llegue a todos»[3].


QUERRÍAMOS PONER al Señor en un lugar muy alto para que su luz alcance a todos. Pero, ¿cómo llevar a la práctica esta exhortación evangélica? San Josemaría explicaba que, para la inmensa mayoría de los cristianos, difundir la luz de Cristo no consiste en dejar las ocupaciones normales y dedicarse solamente a predicar la Palabra de Dios; tampoco consiste simplemente en dedicar algunos tiempos diarios o semanales a las prácticas de piedad o a las actividades apostólicas. El fundador del Opus Dei proponía un camino más ambicioso: ser santos y apóstoles en el ejercicio de la propia profesión u oficio.

«Tú y yo somos cristianos –escribía–, pero a la vez, y sin solución de continuidad, ciudadanos y trabajadores, con unas obligaciones claras que hemos de cumplir de un modo ejemplar, si de veras queremos santificarnos (…). El trabajo profesional –sea el que sea– se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío –un buen cristiano–, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que –inmersos en las realidades temporales– estamos decididos a tratar a Dios»[4].

Es muy alentador saber que nuestro trabajo, realizado por amor a Dios y con espíritu de servicio a los demás, nos convierte en personas que transmiten la luz divina a los demás. «Si observas la composición de un aparato eléctrico, encontrarás un ensamblaje de hilos grandes y pequeños, nuevos y gastados, caros y baratos. Si la corriente eléctrica no pasa a través de todo ello, no habrá luz. Estos hilos somos tú y yo. Dios es la corriente. Tenemos poder para dejar pasar la corriente a través de nosotros, dejarnos utilizar por Dios, dejar que se produzca luz en el mundo o bien rehusar ser instrumentos y dejar que las tinieblas se extiendan»[5].


«NO HAY COSA escondida que no vaya a saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público» (Mc 4,22), sigue diciendo el Señor. Son palabras con valor escatológico, pero también nos ayudan a considerar el reflejo que, en nuestra vida diaria, manifiesta la luz que Cristo ha encendido en nuestro interior. Cuando un cristiano procura mantener vivo su diálogo con Dios, su amor a las almas le impulsa a hablar, a compartir, a comunicar con naturalidad lo que ha significado en su vida el encuentro con Jesús. Esto sucede a menudo sin ningún esfuerzo especial. Pero quizá, en otras ocasiones, será necesario considerar la grandeza de lo que está en juego para vencer la propia timidez.

«Proponer la verdad de Cristo y de su reino, más que un derecho es un deber del evangelizador –decía san Pablo VI–. Y es, a la vez, un derecho de sus hermanos recibir a través de él, el anuncio de la Buena Nueva de la salvación. Esta salvación viene realizada por Dios en quien él lo desea, y por caminos extraordinarios que sólo él conoce. En realidad, si su Hijo ha venido al mundo ha sido precisamente para revelarnos, mediante su palabra y su vida, los caminos ordinarios de la salvación. Y él nos ha ordenado transmitir a los demás, con su misma autoridad, esta revelación. No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que san Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio–, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?»[6].

Pidamos a nuestra Madre del cielo la humildad necesaria para abrir con sencillez nuestra alma a Jesús; y que, a través de aquel encuentro, muchos de quienes nos rodean puedan llegar a recibir con naturalidad la luz de Dios.

28 de enero de 2026

BUSCAR

 


Evangelio (Mc 4,1-20)


En aquel tiempo, Jesús comenzó de nuevo a enseñar al lado del mar. Y se reunió en torno a él una muchedumbre tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar, mientras toda la muchedumbre permanecía en tierra, en la orilla. Les explicaba con parábolas muchas cosas, y les decía en su enseñanza:


— Escuchad: salió el sembrador a sembrar. Y ocurrió que, al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, por no ser hondo el suelo; pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto. Y otra cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto: crecía y se desarrollaba; y producía el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.


Y decía:


— El que tenga oídos para oír, que oiga.


Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas.


Y les decía:


— A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera todo se les anuncia con parábolas, de modo que los que miran miren y no vean, y los que oyen oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.


Y les dice:


— ¿No entendéis esta parábola? ¿Y cómo podréis entender las demás parábolas? El que siembra, siembra la palabra. Los que están junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que, cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría, pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Hay otros que reciben la semilla entre espinos: son aquellos que han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril. Y los que han recibido la semilla sobre la tierra buena son aquellos que oyen la palabra, la reciben y dan fruto: el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.


PARA TU RATO DE ORACION 



ES TAN grande la multitud que ha comenzado a seguir a Jesús, que se ve obligado a usar de su creatividad para que sus palabras puedan llegar a los oídos de todos. Decide entonces subirse a una barca y hablar desde ahí a la muchedumbre. Entre muchas otras parábolas, se detiene especialmente a describir las condiciones para que las semillas consigan dar fruto. Se trata de una imagen con la que el Señor quiere hacernos reflexionar sobre nuestra disposición a recibir su mensaje y que, por lo tanto, apela a la sinceridad con nosotros mismos.


«Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos» (Mc 4,15). La enseñanza de Cristo se dirige a toda la persona. Es decir, no solo se refiere a ciertos aspectos de la vida, sino que interpela todo nuestro ser y, por tanto, requiere también una adhesión plena, pues lo que busca es nuestra felicidad en la tierra y en el cielo. Hoy en día, al recibir tantas noticias y estímulos, quizá podemos comportarnos como caminantes curiosos. Escuchamos distintas informaciones sin tiempo para valorarlas con pausa y sin discernir demasiado aquello que permitimos que entre en nuestro corazón. De este modo, tal vez podamos hallar dificultad para percibir con claridad lo que puede ser relevante para nuestra vida y lo que responde solamente a cierto interés superficial.


La semilla de la Palabra «está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre»[1]. Jesús nos invita a dejar que su Palabra toque nuestra cabeza y nuestro corazón. Así es como podrá arraigar y crecer, y será más difícil que el demonio se la lleve. «La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo»[2].


«HAY otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra, enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una persecución por la palabra, enseguida sucumben» (Mc 4,16-17). La alegría es una señal de que lo escuchado encuentra resonancia en el propio corazón. Toda noticia buena va acompañada de cierto gozo. Sin embargo, Jesús nos invita a reflexionar sobre la profundidad de nuestra felicidad. En este mundo, todo lo que vale la pena cuesta, y muchas veces en el sacrificio se muestran las prioridades profundas de nuestro corazón.


Esto no quiere decir que la vida cristiana consista en acumular sufrimiento en la tierra para poder disfrutar después en la eternidad. «La felicidad del cielo –escribió san Josemaría– es para los que saben ser felices en la tierra»[3]. La propuesta de Jesús se encamina más bien a desear aquellos ideales que dan un rumbo a nuestra vida y que nos llenan por completo, y a manifestar esos anhelos en nuestra conducta. Él sabe que hay algunas alegrías más fáciles de lograr, pero que son más superficiales, y otras que requieren un mayor esfuerzo interior porque son más profundas. Una sonrisa cuando se está de mal humor cuesta, por lo general, mucho más que el disfrute de un plato favorito, pero puede proporcionar una felicidad más perdurable porque el bien que buscamos es mucho más ambicioso: que las circunstancias externas o internas no nos impidan ser sembradores de paz y de alegría.


Al final, como decía el fundador del Opus Dei, la verdadera felicidad no depende tanto de acumular vivencias intensas o placeres inmediatos, sino de la disposición interior de sentirse siempre acompañado por Dios: «Estás pasando unos días de alborozo, henchida el alma de sol y de color. Y, cosa extraña, ¡los motivos de tu gozo son los mismos que otras veces te desanimaban! Es lo de siempre: todo depende del punto de mira. –“Laetetur cor quaerentium Dominum!” –cuando se busca al Señor, el corazón rebosa siempre de alegría»[4].


«HAY otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril» (Mc 4,18-19). A veces la semilla de la palabra divina puede ir perdiendo espacio en nuestro interior debido a las preocupaciones del día a día. Desde luego, Jesús no pretende que nos desentendamos de ellas. Posiblemente nuestra vida, como tantas otras personas, la enfocamos con el deseo de seguir a Dios en medio del mundo, y es lógico que los asuntos familiares y laborales ocupen un espacio importante de nuestro tiempo y de nuestra cabeza.


Esas ocupaciones conforman buena parte del camino a la santidad. Por eso el Señor desea que esas realidades no se queden al margen de nuestra vida cristiana, sino que sepamos vivirlas con él. «Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo»[5]. El mensaje de Cristo no es un tema más de nuestra existencia, sino el horizonte desde el cual se comprenden y cobran sentido todos los demás aspectos de nuestra biografía. La semilla puede crecer cuando encuentra buen terreno e incluso si encuentra algunas zarzas en su desarrollo; si buscamos en todo momento la unión con el Señor, poco a poco encontraremos el modo de vivir conforme a su voluntad.


La parábola del sembrador, pronunciada por Jesús desde una barca, puede ayudarnos a hacer examen sobre la sinceridad interior con la que dejamos que Cristo reine en nuestros corazones. Sin duda, tenemos el deseo, como la Virgen, de ser contados entre aquellos en los que la palabra de Dios da un fruto que perdura y que regala felicidad a todos los que los rodean. «Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno» (Mc 4,20).



27 de enero de 2026

GUÍA PARA UNA VIDA FELIZ

 


Evangelio (Mc 3,31-35)


Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, enviaron a llamarlo. Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre, y le dicen:


—Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera.


Y, en respuesta, les dice:


—¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?


Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice:


—Éstos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA GRAN muchedumbre se encuentra junto a Jesús. Su vida pública apenas ha comenzado y ya ha despertado todo tipo de pasiones. Muchos lo escuchan atentos, emocionados por las curaciones que realiza. Otros, sin embargo, ya están planeando cómo acabar con él, pues se ha presentado como el Hijo de Dios y ha declarado que el hombre es más importante que el sábado. Es tan numeroso el gentío que lo rodea que ni siquiera su Madre y sus discípulos pueden acercarse a él. En cuanto varios advierten a Jesús que le están buscando, responde: «¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?». Y acto seguido concluye: «Estos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,33-35).

Con la pregunta que plantea Jesús puede parecer que muestra cierta indiferencia, como si no supiera quiénes son su madre y sus hermanos. Sin embargo, con lo que añade a continuación, deja entrever el fundamento del parentesco que tiene con ellos. No son solo aquellos que le siguen de cerca o con los que tiene más confianza, sino que la familiaridad con Jesús la pueden tener todos aquellos que buscan hacer la voluntad de Dios. Sus discípulos son aquellos que han puesto todas sus expectativas e ilusiones en el Señor, de forma que sus vidas giren en torno a lo qué él quiere. Aunque tendrán que ir purificando su modo de comprender y de seguir al Maestro, reconocen que, junto a él, encontrarán la voluntad divina para cada uno, y que ese caminar juntos se ha de convertir en la referencia de toda su existencia. Esta es la llave para abrir la puerta de la santidad: vivir según la voluntad de Dios[1]. Como afirmará Cristo en otra ocasión: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21).


SON muchos los momentos en los que Jesús afirma que su prioridad es cumplir lo que su Padre espera de él. Incluso cuando es un niño y permanece en Jerusalén responde así cuando María y José lo encuentran en el Templo: «¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Más adelante dirá también que su alimento es hacer la voluntad del que le ha enviado (cfr. Jn 4,34). Este fue el deseo que guió toda su existencia.

La persona que quiere imitar a Cristo puede encontrarse con que no siempre sabe qué es lo que Dios espera de él. Y aunque lo descubra, puede también sentir la contrariedad. En este sentido, resulta consolador saber que también Jesús experimentó en Getsemaní la tensión entre sus propias fuerzas y lo que le pedía su Padre: «Si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26,39). Sabía que era difícil llevar a cabo aquello por lo que había venido al mundo. Pero el deseo de hacer la voluntad de su Padre era más grande que ese peso.

El amor a la voluntad de su Padre dio a Jesús un juicio adecuado sobre el valor de las realidades terrenas: «Mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30). Este criterio es el que nos permite llevar una vida feliz, pues Dios es el primero que desea nuestro bien en la tierra y en el cielo. Nadie mejor que él sabe cómo construir esa felicidad, que muchas veces puede ir unida al sacrificio y al dolor. Amar su voluntad no es cuestión de someterse a unas condiciones en vista de un premio futuro, sino de confiar en la bondad de los planes de Dios, también para nosotros: su deseo es compartir su felicidad con nosotros, aunque en la tierra no sea plena. Como escribe san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16).


CON FRECUENCIA san Josemaría hablaba sobre la obediencia inteligente: «Dios no nos impone una obediencia ciega». En efecto, esta virtud no consiste en poner por obra sin más lo que otro ha pedido, sino que previamente pone en juego sus capacidades para llevar adelante ese propósito. Precisamente en el huerto de los Olivos Jesús está valorando cómo actuar ante aquello que su Padre le está pidiendo. Al reconducir su voluntad humana al  pleno a Dios, «nos dice que el ser humano solo alcanza su verdadera altura, solo llega a ser divino, conformando su propia voluntad a la voluntad divina»[2].

Es normal que a veces no sepamos cuál es la voluntad de Dios. Por eso buscamos la ayuda de la dirección espiritual, de alguien que pueda darnos un consejo. Al mismo tiempo, no siempre será fácil reconocer el sentido de aquello que nos proponen cuando choca con lo que pensábamos. Efectivamente, esa persona no es infalible, y nadie puede transmitir, sin más, la voluntad de Dios. Pero también sabemos que nosotros mismos no somos infalibles y podemos engañarnos. Y aunque un consejo no siempre se identifique necesariamente con lo que Dios quiere, el Señor cuenta con nuestra disponibilidad para secundarlo, por amor. Esto mismo es lo que el profeta Samuel transmitió a Saúl cuando le desobedeció: «¿Se complace el Señor en holocaustos y sacrificios o más bien en quien escucha la voz del Señor?» (1S 22). De este modo aclaraba «la jerarquía de valores: es más importante tener un corazón dócil y obedecer que hacer sacrificios, ayunos, penitencias»[3].

Después de encontrar a Jesús en el Templo, san Lucas hace notar que ni María ni José comprendieron lo que había ocurrido. Sin embargo, señala que «su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). Es decir, consideraba lo que le ocurría para tratar de descubrir por qué el Señor lo permitía. Efectivamente, hay realidades que solamente llegaremos a entender completamente con el paso del tiempo. Y María, con su obediencia, supo fiarse de la voluntad de Dios.




26 de enero de 2026

SANTOS TIMOTEO Y TITO

 



Evangelio (Lc 10,1-9)


Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:


- La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”.



PARA TU RATO DE ORACION 



EN EL NUEVO TESTAMENTO se menciona a más de sesenta colaboradores de san Pablo. El Apóstol actuaba acompañado por otros fieles a quienes solía dejar a cargo de las comunidades que iban naciendo. Entre esos colaboradores destacan los santos Timoteo y Tito, cuya memoria recordamos el día siguiente a la fiesta de la conversión de san Pablo.


Timoteo, desde su primera juventud, fue un colaborador fiel de san Pablo: lo acompañó por toda Asia Menor, compartieron prisión al menos una vez y fue enviado a distintas misiones. Es patente que el Apóstol siempre pudo sentir su proximidad, aunque a veces estuvieran lejos físicamente. San Pablo correspondía a este apoyo rezando por él y por su familia, a la que conocía bien: «Continuamente te tengo presente en mis oraciones, noche y día. Al acordarme de tus lágrimas ansío verte para llenarme de gozo. Guardo recuerdo de tu fe sincera, que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice» (2 Tm 1,3-5). Así le escribe, probablemente desde Roma, durante su segundo cautiverio que culminaría con el martirio.


Tito también fue un colaborador fiel del Apóstol. Se conserva al menos una carta que recibió de san Pablo y es parte de las llamadas «epístolas pastorales», porque en ellas se ofrecen orientaciones y normas para la buena marcha de las nacientes comunidades cristianas. «Verdadero hijo en la fe que nos es común», dice de Tito, al comienzo de esa carta. Tras darle algunas orientaciones, concluye san Pablo: «Que aprendan también los nuestros a que se les reconozca por sus buenas obras» (Tt 3,14). Es un buen consejo también para nosotros, que deseamos ser apóstoles como Timoteo y Tito: nuestra preocupación sincera por todos será el mejor anuncio del Evangelio.


EN LA SEGUNDA CARTA que escribió a Timoteo, san Pablo agradece la perseverancia de su colaborador y lo insta a permanecer firme, en los siguientes términos: «Desde niño conoces la Sagrada Escritura, que puede darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena» (2 Tim 3,15-17).


Para asimilar bien ese alimento, de manera que nos llene de sabiduría, es preciso fomentar en nuestro corazón una actitud de escucha, de asombro, de diálogo íntimo siempre renovado. «Todos podemos mejorar un poco en este aspecto: convertirnos todos en mejores oyentes de la Palabra de Dios, para ser menos ricos de nuestras palabras y más ricos de sus palabras. Pienso en el sacerdote, que tiene la tarea de predicar. ¿Cómo puede predicar si antes no ha abierto su corazón, no ha escuchado, en el silencio, la Palabra de Dios? (...) Pienso en el papá y en la mamá, que son los primeros educadores: ¿cómo pueden educar si su conciencia no está iluminada por la Palabra de Dios, si su modo de pensar y de obrar no está guiado por ella? (...) Y pienso en todos los educadores: si su corazón no está caldeado por la Palabra, ¿cómo pueden caldear el corazón de los demás, de los niños, los jóvenes, los adultos? No es suficiente leer la Sagrada Escritura, es necesario escuchar a Jesús que habla en ella»[1].


De 1933 data un documento escrito a mano por san Josemaría. Se trata de unas cuartillas en las que había copiado 112 textos del Nuevo Testamento, precedidos por el siguiente título: «Palabras del Nuevo Testamento, repetidas veces meditadas»[2]. Si acudimos con asiduidad a la Palabra de Dios, también nosotros tendremos nuestros pasajes destacados, aquellos que guardamos de manera especial en nuestra alma, que nos han dado luz y nos han confirmado en la fe.


JESÚS ELIGE setenta y dos discípulos y los envía de dos en dos, diciéndoles: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2-3). El mensaje es claro: van enviados por el Señor y, aunque el trabajo sea inmenso, es él mismo quien se encargará de fructificar lo que le parezca. Por eso, san Pablo alienta a Timoteo a poner su esperanza en Dios: «Nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por su designio y por la gracia que nos fue concedida por medio de Cristo Jesús desde la eternidad» (2 Tm 1,8-9). San Josemaría señalaba que «la fe es un requisito imprescindible en el apostolado, que muchas veces se manifiesta en la constancia para hablar de Dios, aunque tarden en venir los frutos»[3].


«La mies es abundante también hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, dan las espaldas a Dios y consideran que la fe es algo del pasado, existe el anhelo de que finalmente se establezcan la justicia, el amor, la paz, de que se superen la pobreza y el sufrimiento, de que los hombres encuentren la alegría. Todo este anhelo está presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso donde se lo niega (...). Al mismo tiempo, el Señor nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes enviemos obreros a su mies; que no es una cuestión de gestión, de nuestra propia capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede enviar solo Dios mismo. Pero los quiere enviar a través de la puerta de nuestra oración»[4]. María, reina de los apóstoles, acompañó a muchos de los primeros cristianos en este gozoso empeño y, de la misma manera, nos sigue acompañando a nosotros.




25 de enero de 2026

JESUS ILUMINA NUESTRA VIDA

 


Evangelio (Mt 4,12-23)

Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí

en el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles,

el pueblo que yacía en tinieblas

ha visto una gran luz;

para los que yacían en región

y sombra de muerte

una luz ha amanecido.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:

— Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:

— Seguidme y os haré pescadores de hombres.

Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia 


PARA TU RATO DE ORACION 


EL PROFETA Isaías habla de un pueblo que caminaba en tinieblas y que llegó a ver «una gran luz» (Is 9,1). Sus habitantes, acostumbrados a morar entre sombras, se llenan de gozo, pues la oscuridad que los envuelve se disipa. Esta profecía anuncia lo que supone la llegada de Jesús al mundo: él es esa «gran luz» que da sentido a la vida de los hombres y que libera de la oscuridad del pecado.


La razón de nuestra alegría no es otra que sabernos salvados por Cristo. «El Señor es mi luz y mi salvación –exclama el salmista–: ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). Él nos ofrece una paz que no depende de las circunstancias externas o de nuestro estado de ánimo, sino de algo mucho más seguro: la certeza de que Dios se ha hecho hombre, nos ha salvado de nuestros pecados y está siempre con nosotros. Por eso podemos repetir también con el salmista: «El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?» (Sal 27,1). El cristiano no teme a nada, pues sabe que Jesús siempre le acompaña. «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rm 8,31).


Ciertamente, todas las personas atravesamos situaciones difíciles. Algunas serán más ordinarias –una incomprensión, un cambio de planes, un dolor físico–, y otras más extraordinarias –una enfermedad grave, la pérdida de empleo, un problema familiar–. Pretender que todo esto no nos afecte puede resultar ingenuo. Al mismo tiempo, esas circunstancias nos llevan precisamente a anclarnos en lo que es importante para nosotros: Jesús, que nos ofrece consuelo y sentido. «El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él»[1].


SAN PABLO había oído hablar de las divisiones producidas en la comunidad cristiana de Corinto. Al parecer, se habían formado diversos grupos alrededor de personajes importantes que les llevaba a decir: «“Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, Yo, de Cefas”». El apóstol acaba su enumeración con una expresión que podría ser interpretada como irónica: «Yo, de Cristo» (1 Co 1,12). Es como si dijera: Vosotros sois de todos ellos, pero yo soy de Jesús. De este modo, san Pablo ponía de manifiesto lo absurdo que resultaban estos grupos, pues lo único que cuenta es pertenecer al Señor.


Es normal que en las relaciones con los demás experimentemos que unos y otros somos muy distintos. A veces podemos llegar a creer que esas diferencias son insalvables, que no hay modo de conciliar ese carácter o modo de pensar con el nuestro. Y aunque allí pueda existir algo de verdad, en realidad es mucho más decisivo lo que nos une que lo que nos separa. Sabernos hermanos en Cristo nos llevará a relativizar lo que nos distancia de los demás y a valorar ese común origen, buscando –con paciencia y esperanza– los modos posibles de ir ganando en conocimiento y comprensión mutua. Así, podríamos decir con el apóstol: Nosotros, a pesar de ser distintos o de pensar de manera diversa, somos de Jesús.


A veces basta escoger un buen punto de vista para valorar de manera diferente y mejor las acciones de los demás, hasta acercarnos un poco más al modo de ver de Dios. En este sentido, san Josemaría procuraba mirar a las personas con los ojos con los que lo haría su propia madre. Esta experiencia le llevó a escribir aquel punto de Camino: «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2].


CUANDO Jesús se enteró de que Juan había sido encarcelado, se fue a vivir a Galilea. El evangelista señala que se cumplía así la profecía de Isaías sobre el pueblo que vivía en tinieblas, pero veía «una gran luz» (Is 9,1). Cristo comenzaría entonces a predicar y a llamar a sus primeros discípulos: «Vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”» (Mt 4,18-19).


Jesús llama a la conversión a los habitantes de Galilea porque ya han recibido la luz. «Convertíos –les dice–, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mt 4,17). Este es el fundamento de esa invitación: el Señor les ha llamado. A veces puede parecer imposible «abandonar el camino del pecado porque el compromiso de conversión se centra solo en uno mismo y en las propias fuerzas, y no en Cristo y su Espíritu»[3]. Acoger esa llamada implica, ante todo, confiar en su palabra, dejarse curar por Dios y abrirnos a su compañía. De este modo, él actuará en nuestros buenos deseos y en nuestros esfuerzos por seguirle.


Los primeros discípulos supieron reconocer en Jesús esa gran luz que iluminaba sus vidas. Ese encuentro transformó su futuro. Por eso, «al momento dejaron las redes y le siguieron» (Mt 4,22). Aquello que había sido parte esencial de su día a día –la pesca– queda entonces integrado y supeditado a los planes que el Maestro les confiere. Ciertamente, el Señor no pide a todos los hombres que dejen las redes de esa manera. Sin embargo, toda vocación «es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[4]. Podemos pedir a María que sepamos acoger la luz de su Hijo para que nuestra vida pueda iluminar a las personas que nos rodean.



24 de enero de 2026

SANTA MARIA DE LA PAZ

 


Evangelio (Mc 3,20-21)


Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Se enteraron sus parientes y fueron a llevárselo porque decían que había perdido el juicio.


PARA TU RATO DE ORACION 


El 24 de enero celebramos la fiesta de Santa María de la Paz. Descubre la imagen de la Virgen y descárgala para llevarla contigo a donde quieras. 

https://opusdei.media/santa-maria-de-la-paz 

MEDIANTE la constitución apostólica Ut sit, por la que el Opus Dei quedó erigido en prelatura personal, el Romano Pontífice erigió asimismo como iglesia prelaticia el hasta entonces oratorio de Santa María de la Paz. La ceremonia de dedicación fue oficiada por el beato Álvaro del Portillo, el 2 de mayo de 1986.


«El Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombre», dice san Esteban en su defensa frente al sumo sacerdote, mientras relata toda la historia de la salvación. Y continúa, tomando palabras del profeta Oseas: «Mi trono es el cielo y la tierra el escabel de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis a Mí?, dice el Señor, ¿o cuál será el sitio de mi descanso? ¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?» (Hch 7,48-50). Pese a estas palabras, Dios permitió a los hombres, ya en tiempos del rey Salomón, que le construyesen una casa: el Templo de Jerusalén. Allí la Iglesia ha siempre visto una imagen de la humanidad santísima de Cristo, el verdadero templo en el que habita corporalmente la plenitud de la divinidad (cfr. Col 2,9). Y el Templo de Jerusalén también fue un anticipo y un símbolo de los templos cristianos, que son lugar de oración y de encuentro con Dios, porque en el corazón de cada uno de ellos –el sagrario– la Iglesia custodia precisamente a Jesús en la Santísima Eucaristía.


«Un templo es la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre»[1]. Cada iglesia, y entre ellas la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, es un centro espiritual en el que el Señor, bajo las especies sacramentales custodiadas en una capilla cercana, «día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad (cfr. Jn 1,14)»[2]. «Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo –dice san Josemaría–. Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna»[3].


ADEMÁS de custodiar el cuerpo de Cristo, verdadero templo de la divinidad, las iglesias visibles, construidas por manos humanas, son a su vez símbolo de la Iglesia invisible, formada por todos los bautizados como «piedras vivas y elegidas»[4]. El Señor nos ha constituido como piedras vivas de la Iglesia, «formadas en la fe, robustecidas con la esperanza y unidas por la caridad»[5].


Por esto, en nuestra existencia cotidiana necesitamos unirnos a Cristo, suprema «piedra angular», «desechada por los hombres pero escogida y preciosa delante de Dios» (1 P 2,6.4). «Uniéndonos a esta piedra –escribe san Agustín–, encontramos la paz; reposando sobre ella, conseguimos firmeza. Ella es, al mismo tiempo, cimiento, porque nos sostiene, y piedra angular, porque nos une. Ella es la piedra sobre la que el hombre prudente, al edificar su casa sobre ella, se mantiene totalmente seguro frente a todas las tentaciones de este mundo: ni los torrentes de lluvia la hacen caer, ni los ríos desbordados la derrumban, ni la fuerza de los vientos la sacuden»[6].


Si el templo cristiano es signo de los fieles unidos en torno a la piedra angular que es Cristo, en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz están simbolizados especialmente los fieles del Opus Dei y quienes se acercan a sus apostolados, llamados a compartir «el deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado, procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía, pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas»[7]. «Hemos sido elegidos por Dios –señaló el beato Álvaro en la homilía de aquel día– sin ningún mérito de nuestra parte, para ser un linaje escogido, un sacerdocio real, un pueblo santo, para anunciar las maravillas de Dios, que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable»[8].


LA IGLESIA ES CATÓLICA porque ha sido enviada por Jesús a todas las personas de la tierra. El Concilio Vaticano II describe el mandato del Señor con estas palabras: «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos»[9].


El beato Álvaro, en aquella homilía durante la dedicación de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, concluyó diciendo: «Nuestro Señor se servirá de nosotros, como piedras vivas, para construir día tras día su Iglesia en medio de la sociedad de los hombres (...). A pesar de nuestra pequeñez, por bondad de Dios, seremos fortaleza para los demás, apoyándonos siempre en la piedra angular, que es Cristo Jesús, y en la piedra fuerte también –cimiento para la Iglesia—, que es Pedro, el Romano Pontífice»[10]. Para un cristiano ser fiel al Señor es ser fiel a la Iglesia, y por eso, buen hijo del Papa. San Josemaría, desde 1928, quiso que el Opus Dei fuera muy romano y estuviese estrechamente unido a la Sede de Pedro, con el mismo deseo de llevar el calor de Cristo a todos los rincones de la tierra.


Podemos poner nuestros deseos de servir a la Iglesia bajo la intercesión de Santa María de la Paz. Y le podemos pedir también el don de la paz para nuestras almas y para el mundo entero: «Acoge, oh Madre, nuestra súplica (…). Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz»[11].





23 de enero de 2026

TODOS LOS CRISTIANOS SOMOS APÓSTOLES

Evangelio 

Marcos,13-19


Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba. Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con potestad de expulsar demonios: a Simón, a quien le dio el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno»; a Andrés, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago el de Alfeo, a Tadeo, a Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, el que le entregó.



PARA TU RATO DE ORACION 



EL LIBRO de los Hechos de los Apóstoles, después de narrar la venida del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos que estaban reunidos en Jerusalén, deja constancia de una característica que compartían los primeros cristianos: «Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles» (Hch 2,42). Consideramos hoy en nuestra oración la última propiedad de la Iglesia: su apostolicidad.


San Josemaría nos hace notar que «la predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos fervorosos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. "No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la conceda"» (Jn 15,16).


A través de dos mil años de historia, en la Iglesia se conserva la sucesión apostólica. Los obispos –declara el Concilio de Trento– han sucedido en el lugar de los Apóstoles y están puestos, como dice el mismo Apóstol (Pablo), por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Hch 20,28)» [1]. También san Pablo, escribiendo a los de Éfeso, un pueblo que adoraba a dioses que se fabrican con las manos, les recuerda que al haber sido bautizados en nombre de Cristo se transformaron en «conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles» (Ef 2,19).


Nosotros, al igual que los primeros cristianos, nos apoyamos en este mismo fundamento. A través de la sucesión apostólica se mantiene en el tiempo la seguridad de seguir trabajando por Dios, a la escucha del envío del mismo Jesucristo: «Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19). Además, esa es la manera de conservar y transmitir con seguridad las palabras oídas a los mismos apóstoles: «Ten por norma las palabras sanas que me escuchaste» (2Tim 1,13). Podemos agradecer hoy al Señor la apostolicidad de la Iglesia y rogar para que todos los cristianos nos lleguemos a reunir –en virtud de su origen divino– en el solo pueblo de Dios.


«SIEMPRE que leemos los Hechos de los Apóstoles –señalaba san Josemaría–, nos emocionan la audacia, la confianza en su misión y la sacrificada alegría de los discípulos de Cristo. No piden multitudes. Aunque las multitudes vengan, ellos se dirigen a cada alma en concreto, a cada hombre, uno a uno: Felipe, al etíope (cfr. Hch 8,26-40); Pedro, al centurión Cornelio (cfr. Hch 10,1-48); Pablo, a Sergio Paulo (cfr. Hch 13,6-12)» [2]. Para comprender la apostolicidad de la Iglesia es necesario participar de ese fervor de los primeros discípulos, que trabajaban con la conciencia de haber descubierto en Cristo lo más importante de su vida. San Pablo lo llega a decir con palabras que prenden fuego: «Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8).


El Papa Francisco subraya que «ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón» [3]. Cada cristiano, en el lugar en el que está, es la presencia de la misma Iglesia que quiere difundir su alegría y su luz en el mundo. Participar en la transmisión del Evangelio nos une a esa tarea de los primeros tiempos; nos hace experimentar la apostolicidad de la Iglesia, que se fundamenta en las palabras y en la vida de Jesucristo.


San Josemaría advierte que los apóstoles mantuvieron siempre ese afán misionero porque «habían aprendido del Maestro. Recordad aquella parábola de los obreros que esperaban trabajo, en medio de la plaza de la aldea. Cuando el dueño de la viña fue, ya bien entrado el día, descubrió aún que había peones mano sobre mano: "¿Cómo estáis aquí ociosos toda la jornada? Porque nadie nos ha contratado" (Mt 20,6-7), respondieron. No ha de suceder esto en la vida del cristiano; no debe encontrarse a su alrededor quien pueda asegurar que no ha oído hablar de Cristo, porque ninguno se lo ha anunciado» [4]. El apostolado para un cristiano no es una tarea circunscrita a un tiempo acotado, ni una actividad reservada solo para determinadas situaciones: un cristiano siempre es apóstol [5].


ESTE SENTIDO de misión, que nace del bautismo, fue también una característica de la labor de almas que san Josemaría impulsó desde el principio. Por eso afirmaba, con una verdad avalada por muchos años, que «la Obra ama con predilección el apostolado ad fidem (...) y dirige sus afanes ad gentes», es decir, a todos a quienes todavía no ha llegado el consuelo de Cristo. «Sabéis bien —nos decía en otro momento— la apertura de visión, la caridad que hemos mostrado siempre con los que no comparten nuestra fe, con quienes no están dentro de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica, Romana. Desde el principio hemos tenido a estas almas como amigas, y tantas veces como cooperadoras en nuestra labor apostólica» [6].


El modelo para abrirnos a todas las personas siempre ha sido la vida de los primeros cristianos. Partiendo desde Jerusalén se diseminaron por todas las culturas, naciones y lenguas conocidas, siguiendo el mandato que Jesucristo había dado a sus discípulos: «Id y haced discípulos» (Mt 28,19). De esta manera, con el pasar de los siglos, «muchas almas han llegado a la plenitud de la fe –decía san Josemaría–, por este suavísimo camino de la caridad. Agradecédselo a Dios, y pedidle fortaleza y humildad para que nunca estorbéis la acción de la gracia, para ser siempre buenos instrumentos suyos. Os repito: no juzguéis temerariamente jamás, sed buenos amigos de todos, respetad la libertad de los demás y la libertad de la gracia; y, al mismo tiempo, confesad vuestra fe con las obras y con las palabras» [7].


Con nuestra sincera amistad abierta a todos, «no existen tiempos compartidos que no sean apostólicos: todo es amistad y todo es apostolado, indistintamente» [8]. Confiando en la intercesión de los apóstoles queremos, como los primeros cristianos, perseverar en su doctrina y en sus anhelos de llevar la amistad de Cristo a quienes nos rodean. Le pedimos a María, Reina de los apóstoles, que nos ayude a agradecer y valorar, siempre de un modo nuevo, la apostolicidad de la Iglesia. Y, al mismo tiempo, que encienda nuestros corazones con el fuego de Cristo: «Fac ut ardeat cor meum in amando Christum Deum» [9].

22 de enero de 2026

EN LA IGLESIA CABE TODO EL MUNDO

 


Evangelio 

Marcos 3,7-12


Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:


—¡Tú eres el Hijo de Dios!


Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de la misa de hoy nos dibuja el amplio mapa de la creciente influencia de Jesús: los límites marcados por Galilea al norte y Judea al sur se ven desbordados, y las noticias de su predicación y su poder sanador se extienden ya más al norte (Tiro y Sidón), más al sur (Idumea) e incluso más allá del Jordán. El evangelio no tiene fronteras, nada puede encadenarlo. Y es que los corazones de aquellas personas, nuestros corazones, están esperando como agua de mayo ese evangelio, esa poderosa palabra de esperanza, portadora de plenitud de vida.


Somos nosotros los que, testigos de las bondades de Dios obradas a través de Cristo, servimos de portavoces del evangelio cuando lo pregonamos con la palabra y las obras. Pero pregonamos con convicción lo que ha llegado al fondo de nuestro corazón y nos ha transformado. De ahí la necesidad de un encuentro personal con Jesús. Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús y nos dicen que él obra milagros tocando a los que va a sanar. El sentido del tacto es, desde cierto punto de vista, el que nos pone en contacto más inmediato con la persona que tenemos delante. De ahí la importancia de una caricia o de un abrazo, expresión de un querer compartir la situación del otro, sus dolores y sus alegrías. ¡Qué importantes son esas manifestaciones de ternura!


Jesús no rehúye nunca a las multitudes. Hace todo lo posible para que puedan escucharle los más posibles y lo mejor posible. Pero, al mismo tiempo, y especialmente en el Evangelio según Marcos, ordena a los demonios y espíritus impuros que ha expulsado que no le descubran. ¿Por qué? Porque hasta que no pase la pasión, la cruz y la resurrección, la comprensión de su figura y mensaje es incompleta y equivocada. Si queremos ser emisarios de Cristo es necesario que conozcamos bien a Aquel de quien queremos hablar: su identidad, su misión y cómo la lleva a cabo, llevando sobre sus espaldas el peso de nuestras faltas, de nuestras enfermedades, para poder sanarnos.


SAN JOSEMARÍA tenía una especial devoción por el rezo del Credo, en el que paladeaba su pertenencia a la Iglesia y, por tanto, su relación con Dios. Cuando llegaba ese momento en la santa Misa, o al visitar la basílica de San Pedro, lo repetía con un particular recogimiento, lo que hace pensar en el carácter autobiográfico de aquel punto de Camino: «Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!... —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica...» [1]. En este quinto día del octavario meditaremos el carácter católico y universal de la Iglesia.


Jesús resucitado, cuando está a punto de culminar su paso por la tierra, reúne a los once antes de la Ascensión a los cielos y les dice: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,16-20). Efectivamente, diez días después, al recibir el don del Espíritu Santo en Pentecostés, los apóstoles salen a las calles de Jerusalén, y más tarde a todos los caminos de la tierra, para anunciar el evangelio del Señor. Aquel día se escucharon en la ciudad de David las lenguas «de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Hch 2,5).


La Iglesia es católica porque ha sido enviada por Nuestro Señor a todas las personas de la tierra; «la meta última de los enviados de Jesús es universal» [2]. El Concilio Vaticano II describe el mandato del Señor con estas palabras: «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos» .



SAN PABLO es considerado el apóstol de las gentes porque propagaba la fe entre personas muy diversas, sin excluir a nadie. Él mismo resume así su experiencia evangelizadora: «Siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar los más que pueda. (...) Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1Co 9,19-23). En medio de las grandes persecuciones que afectaron la vida de la Iglesia en sus inicios, los cristianos aprovecharon la obligada dispersión para difundir la fe por todas las regiones vecinas, conscientes de la catolicidad del Evangelio. Como afirma el Papa Francisco, gracias al viento de la persecución «los discípulos fueron más allá con la semilla de la palabra y sembraron la palabra de Dios» [11]. De la misma manera, como hicieron los primeros cristianos, san Josemaría nos impulsaba a no dejarnos vencer por nuestra comodidad e ir al paso de las personas que nos rodean: «El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos —con su trato— la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. (…) No puede el cristiano separarse de los demás» [12].


Para extender la Iglesia por todos los ambientes es importante profundizar en los fundamentos de nuestra fe. Así aprenderemos a comunicarla en su integridad y, al mismo tiempo, sabremos llevarla a cada una de las personas teniendo en cuenta su propia manera de ser y su cultura. «Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad, cuando advierte la urgencia de anunciar la Buena Nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que —como enseña el Apóstol— ha de hacerse "todo para todos, para salvarlos a todos"» [13]. Acabamos nuestra oración acudiendo a Santa María, que mira a todos como hijos, para que nos ayude a dar a conocer a Jesucristo por todos los ambientes en que nos encontremos. Le pedimos que nos enseñe a aprovechar las ocasiones que nos brindan el trabajo y las relaciones sociales y familiares para dejar la alegría de Dios en muchos corazones.









21 de enero de 2026

LA IGLESIA ES SANTA


Evangelio 

Marcos 3,1-6


De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca:


— Ponte de pie en medio.


Y les dice:


— ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela?


Ellos permanecían callados. Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre:


— Extiende la mano.


La extendió, y su mano quedó curada.


Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.



PARA TU RATO DE ORACION 

«¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te fundó el Hijo de Dios, Santo; eres Santa porque así los dispuso el Padre, fuente de toda santidad; eres Santa porque te asiste el Espíritu Santo, que mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que habitarán en la Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna» San Josemaría.


LA IGLESIA ha sido querida y fundada por Cristo, cumpliendo así la voluntad de su Padre. Además, está asistida continuamente por el Espíritu Santo. En definitiva, se trata de una obra constante de la Trinidad Santísima. Sobre esta realidad –su origen trinitario– se fundamenta la segunda nota de la Iglesia, que consideraremos en este cuarto día del octavario por la unidad de los cristianos: su santidad. El Papa Francisco señala que la confianza en la santidad de la Iglesia «es una característica que ha estado presente desde los inicios en la conciencia de los primeros cristianos, quienes se llamaban sencillamente los santos (cfr. Hch 9,13.32.41; Rm 8,27; 1Co 6,1), porque tenían la certeza de que es la acción de Dios, el Espíritu Santo quien santifica a la Iglesia» [1].


Efectivamente, la Iglesia es santa porque procede de Dios, que es santo. La Iglesia es santa porque santo es Jesucristo nuestro Señor, que por medio de su sacrificio en la cruz «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla» (Ef 5,25-26). Es santa porque está guiada por el Espíritu Santo, fuente inagotable de su santidad, que fue enviado «el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia» [2]. También decimos que es santa porque su fin es la gloria de Dios y busca la verdadera felicidad de los hombres. Y por último, la Iglesia es santa porque los medios que emplea para lograr su fin también lo son: la Palabra de Dios y los Sacramentos.


Toda esta alentadora realidad de la Iglesia no nos oculta, sin embargo, que a pesar de su origen trinitario y de sus medios salvíficos, su santidad visible puede quedar oscurecida por los pecados de sus hijos. Nos hacía notar también san Josemaría que la Sagrada Escritura «aplica a los cristianos el título de gens sancta (1P 2,9), pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia» [3]. Considerar la belleza del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, y de todas las razones por las que es santa, nos puede impulsar a renovar nuestros deseos por manifestar, en nuestra vida, esa luz de su santidad de origen, de medios y de fines.


ES NECESARIA una mirada de fe ante el misterio de la Iglesia. «Demostraría poca madurez –señalaba san Josemaría refiriéndose a esta esencial visión sobrenatural– el que, ante la presencia de defectos y de miserias, en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia —por alto que esté colocado en virtud de su función—, sintiese disminuida su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada ni por Pedro, ni por Juan, ni por Pablo; está gobernada por el Espíritu Santo, y el Señor ha prometido que permanecerá a su lado todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28,20)» [4].


No es extraño, sin embargo, que las personas con anhelos de acercarse a la Iglesia se fijen en sus miembros, ya que son quienes están llamados a encarnar el mensaje de alegría que se nos ha confiado. Es cierto que muchas veces los mismos católicos no hemos sabido reflejar la santidad de nuestra Madre la Iglesia y hemos «velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios» [5]. Nuestra fe en la santidad de la Iglesia nos lleva a pedirla con mayor insistencia al Señor para cada uno de nosotros, reconociéndonos profundamente necesitados de su ayuda. Como señalaba Benedicto XVI durante un encuentro ecuménico: nuestra santidad de vida debe ser el corazón del encuentro y del movimiento ecuménico [6].


En este sentido, los defectos de los miembros de la Iglesia –nuestras propias faltas y pecados– fomentan nuestros deseos de conversión personal, y nos llevan a reparar y a rezar con mayor insistencia. Todo ello sin perder de vista que la santidad de la Iglesia se encuentra, principalmente, en el mismo Cristo. «La Iglesia católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene del Espíritu, las debilidades, las mediocridades, los pecados y a veces las traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir lo que Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia» [7]. Por eso, con una firme confianza en los designios de Dios, san Josemaría nos recordaba que «nuestra Madre es Santa, porque ha nacido pura y continuará sin mácula por la eternidad. Si en ocasiones no sabemos descubrir su rostro hermoso, limpiémonos nosotros los ojos; si notamos que su voz no nos agrada, quitemos de nuestros oídos la dureza que nos impide oír, en su tono, los silbidos del Pastor amoroso» [8].


ES FUENTE de esperanza saber que «a lo largo de toda la historia, también en la actualidad, ha habido tantos católicos que se han santificado efectivamente: jóvenes y viejos, solteros y casados, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres. Pero sucede que la santidad personal de tantos fieles –antes y ahora– no es algo aparatoso. Con frecuencia no reconocemos a la gente común, corriente y santa, que trabaja y convive en medio de nosotros» [9]. La santidad es el rostro más bello de la Iglesia y resplandece, discretamente, en muchas personas que nos rodean: en quienes se esfuerzan por servir y hacer la vida más agradable a los demás; en quienes trabajan infatigablemente por llevar lo imprescindible a sus casas; en quienes dan un importante testimonio de fe al sobrellevar con paz muchas dificultades, la enfermedad o la vejez. Todos estos esfuerzos, aunque permanecen invisibles, son verdadera fuerza de la Iglesia, también para impulsar su unidad.


Al mismo tiempo, muchos cristianos ya han sido beatificados o canonizados, y nos sirven de estímulo a quienes todavía estamos en camino. Al formar parte todos juntos de la misma Iglesia, miembros de un mismo Cuerpo, esa muchedumbre de santos nos protege, nos sostiene y nos conduce [10]. Entre ellos se encuentran muchos que, por inspiración divina, se empeñaron de distintos modos en impulsar la unidad entre todos los cristianos: san John Henry Newman que, antes de su conversión, fue anglicano; santa Elizabeth Hesselblad de Suecia que, perteneciente a una familia luterana, refundó la orden de las brigidinas; san Josafat, ucraniano, que murió buscando la unidad de los cristianos en tierras eslavas; la beata María Sagheddu, que ofreció su vida a Dios por la unidad de los cristianos muriendo a los veinticinco años cerca de Roma; san Juan Pablo II, que fue un infatigable luchador por el ecumenismo durante su pontificado; y tantos mártires católicos y no católicos que han testimoniado juntos su fe, como sucedió en Uganda con el catequista Carlos Lwanga y sus compañeros. El descubrimiento de ejemplos de santidad también entre nuestros hermanos separados será un inestimable impulso en la búsqueda de la unidad.


El Concilio Vaticano II, precisamente en su Constitución dogmática sobre la Iglesia, señala que sus miembros, al sentirse llamados a promover la unidad, «luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos» [11]. Amar a María, Mater Ecclesiae, nos encaminará a amar más a la Iglesia. Ella nos enseñará a sentirnos responsables de la santidad de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, camino imprescindible para alcanzar la unidad entre todos los cristianos.