"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

22 de enero de 2026

EN LA IGLESIA CABE TODO EL MUNDO

 


Evangelio 

Marcos 3,7-12


Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:


—¡Tú eres el Hijo de Dios!


Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de la misa de hoy nos dibuja el amplio mapa de la creciente influencia de Jesús: los límites marcados por Galilea al norte y Judea al sur se ven desbordados, y las noticias de su predicación y su poder sanador se extienden ya más al norte (Tiro y Sidón), más al sur (Idumea) e incluso más allá del Jordán. El evangelio no tiene fronteras, nada puede encadenarlo. Y es que los corazones de aquellas personas, nuestros corazones, están esperando como agua de mayo ese evangelio, esa poderosa palabra de esperanza, portadora de plenitud de vida.


Somos nosotros los que, testigos de las bondades de Dios obradas a través de Cristo, servimos de portavoces del evangelio cuando lo pregonamos con la palabra y las obras. Pero pregonamos con convicción lo que ha llegado al fondo de nuestro corazón y nos ha transformado. De ahí la necesidad de un encuentro personal con Jesús. Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús y nos dicen que él obra milagros tocando a los que va a sanar. El sentido del tacto es, desde cierto punto de vista, el que nos pone en contacto más inmediato con la persona que tenemos delante. De ahí la importancia de una caricia o de un abrazo, expresión de un querer compartir la situación del otro, sus dolores y sus alegrías. ¡Qué importantes son esas manifestaciones de ternura!


Jesús no rehúye nunca a las multitudes. Hace todo lo posible para que puedan escucharle los más posibles y lo mejor posible. Pero, al mismo tiempo, y especialmente en el Evangelio según Marcos, ordena a los demonios y espíritus impuros que ha expulsado que no le descubran. ¿Por qué? Porque hasta que no pase la pasión, la cruz y la resurrección, la comprensión de su figura y mensaje es incompleta y equivocada. Si queremos ser emisarios de Cristo es necesario que conozcamos bien a Aquel de quien queremos hablar: su identidad, su misión y cómo la lleva a cabo, llevando sobre sus espaldas el peso de nuestras faltas, de nuestras enfermedades, para poder sanarnos.


SAN JOSEMARÍA tenía una especial devoción por el rezo del Credo, en el que paladeaba su pertenencia a la Iglesia y, por tanto, su relación con Dios. Cuando llegaba ese momento en la santa Misa, o al visitar la basílica de San Pedro, lo repetía con un particular recogimiento, lo que hace pensar en el carácter autobiográfico de aquel punto de Camino: «Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!... —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica...» [1]. En este quinto día del octavario meditaremos el carácter católico y universal de la Iglesia.


Jesús resucitado, cuando está a punto de culminar su paso por la tierra, reúne a los once antes de la Ascensión a los cielos y les dice: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,16-20). Efectivamente, diez días después, al recibir el don del Espíritu Santo en Pentecostés, los apóstoles salen a las calles de Jerusalén, y más tarde a todos los caminos de la tierra, para anunciar el evangelio del Señor. Aquel día se escucharon en la ciudad de David las lenguas «de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Hch 2,5).


La Iglesia es católica porque ha sido enviada por Nuestro Señor a todas las personas de la tierra; «la meta última de los enviados de Jesús es universal» [2]. El Concilio Vaticano II describe el mandato del Señor con estas palabras: «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos» .



SAN PABLO es considerado el apóstol de las gentes porque propagaba la fe entre personas muy diversas, sin excluir a nadie. Él mismo resume así su experiencia evangelizadora: «Siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar los más que pueda. (...) Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1Co 9,19-23). En medio de las grandes persecuciones que afectaron la vida de la Iglesia en sus inicios, los cristianos aprovecharon la obligada dispersión para difundir la fe por todas las regiones vecinas, conscientes de la catolicidad del Evangelio. Como afirma el Papa Francisco, gracias al viento de la persecución «los discípulos fueron más allá con la semilla de la palabra y sembraron la palabra de Dios» [11]. De la misma manera, como hicieron los primeros cristianos, san Josemaría nos impulsaba a no dejarnos vencer por nuestra comodidad e ir al paso de las personas que nos rodean: «El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos —con su trato— la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. (…) No puede el cristiano separarse de los demás» [12].


Para extender la Iglesia por todos los ambientes es importante profundizar en los fundamentos de nuestra fe. Así aprenderemos a comunicarla en su integridad y, al mismo tiempo, sabremos llevarla a cada una de las personas teniendo en cuenta su propia manera de ser y su cultura. «Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad, cuando advierte la urgencia de anunciar la Buena Nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que —como enseña el Apóstol— ha de hacerse "todo para todos, para salvarlos a todos"» [13]. Acabamos nuestra oración acudiendo a Santa María, que mira a todos como hijos, para que nos ayude a dar a conocer a Jesucristo por todos los ambientes en que nos encontremos. Le pedimos que nos enseñe a aprovechar las ocasiones que nos brindan el trabajo y las relaciones sociales y familiares para dejar la alegría de Dios en muchos corazones.