"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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6 de diciembre de 2016

CARTA DEL PRELADO DICIEMBRE 2016

Queridísimos: 
¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos! Después de la clausura del Año de la misericordia, con alcance mundial, comenzamos el Adviento y un nuevo año litúrgico. La Iglesia nos anima a acelerar nuestra marcha hacia el Señor. Una recomendación siempre actual, pero que, en preparación de la Navidad, cobra si cabe mayor urgencia.
Todos tenemos grabadas en el alma unas palabras que, en las próximas semanas, lo llenan todo: veni, Domine, et noli tardare[1]; ven, Señor, no tardes. Se nos invita a poner la mirada en Cristo, recordando su nacimiento terreno en Belén y esperando —también con alegría y paz— su gloriosa llegada al final de los tiempos. Si faltara este empeño, quizá las ocupaciones del día a día, el monótono repetirse de jornadas casi siempre iguales, conviertan nuestro caminar cotidiano en una existencia gris, sin relieve, aminorando la expectativa del encuentro con el Salvador.
De ahí ese estupendo grito de la Iglesia: ¡ven, Señor Jesús! Como explicaba san Bernardo, entre el primero y el último Adviento discurre un adventus medius, una llegada intermedia de Cristo, que ocupa todo el arco de nuestra existencia. «Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo»[2].
Al prepararnos para la inminente conmemoración del nacimiento de Jesús en Belén, estas semanas nos mueven a percibir cómo Dios se avecina en cada instante a nosotros, nos espera en los sacramentos —especialmente en los de la Penitencia y la Eucaristía—, e igualmente en la oración, en las obras de misericordia. «Despierta. Recuerda que Dios viene. No ayer, no mañana, sino hoy, ahora. El único verdadero Dios, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene»[3].
Cada jornada de esta espera nos sitúa intensamente junto a María y a José, también con Simeón, Ana, y con todos los justos de la antigua Alianza que ansiaban la venida del Mesías. Adentrémonos en las hambres del Señor —porque son sus delicias estar con los hijos de loshombres[4]—, que se manifiestan en la historia de la salvación. ¿Cómo nos esforzamos por corresponder? Volvamos con mayor continuidad nuestros ojos a la Virgen y al santo Patriarca: meditemos cómo aguardaban, con un afán mayor en cada jornada, el nacimiento del Hijo de Dios. Es lógico considerar que, durante los meses que precedieron a ese celestial acontecimiento, sus conversaciones girarían alrededor de Jesús. Cobran gran actualidad las palabras de nuestro Padre: acompaña con gozo a Jo y a Santa María... y escucharástradiciones de la Casa de David: Oirás hablar de Isabel y de Zacarías, te enternecerásante el amor purísimo de Jo, y latirá fuertemente tu corazón cada vez que nombren alNiño que nacerá en Belén...[5]. Os sugiero que afinemos con más afecto en el rezo del Ángelus.
En esta época nuestra, tan compleja como apasionante, existe el riesgo de que el ajetreo del ambiente nos empuje, casi sin darnos cuenta, al atolondramiento: a hacernos perder el enfoque de que el Señor se halla muy cerca. Jesús se nos da del todo, y nada más normal que nos pida mucho. No entender esta realidad significa no entender o no adentrarse en el Amor de Dios.
Pero no imaginemos situaciones anormales o extraordinarias. El Señor espera que nos es- meremos en la realización de los deberes ordinarios propios de un cristiano. Por eso os pro- pongo que estas semanas —que en tantos países se caracterizan por un crescendo de preparativos externos para la Navidad—, supongan en vuestro caminar un crescendo de recogimiento en el trato con Dios y en el servicio generoso y alegre a los demás. En medio de las prisas, de las compras —o de las estrecheces económicas, quizá ligadas a cierta falta de seguridad social—, de guerras o catástrofes naturales, hemos de sabernos contemplados por Dios. Así encontraremos la paz del corazón. Dirijamos nuestra mirada a Cristo que llega, como el Papa comentaba unas semanas atrás, citando una conocida frase de san Agustín: «“Tengo miedo de que el Señor pase” y no le reconozca; que el Señor pase delante de mí en una de estas personas pequeñas, necesitadas, y yo no me dé cuenta de que es Jesús »[6].
En particular, cuidemos mejor los detalles de piedad que tornan más íntimo y cálido el trato con Dios, y preparan a Jesús Niño una posada acogedora: por ejemplo, santiguarnos con pausa, sabiéndonos acogidos por la Trinidad y salvados por la Cruz; recogernos, con naturalidad pero con devoción, a la hora de bendecir la mesa o de dar gracias a Dios por los alimentos; mostrar, en las genuflexiones ante el Belén perenne del sagrario[7], la firmeza de una fe concreta y actual; acompañar una limosna con una sonrisa; saludar con cariño a nuestra Madre en sus imágenes, preparando en estos primeros días de diciembre la solemnidad de su Inmaculada Concepción... En la aridez de ciertas jornadas, la Virgen nos hará encontrar flores colmadas de buen aroma, del bonus odor Christi[8], como se narra en las apariciones de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego, que conmemoramos el día 12.
A partir del 17 de diciembre, la espera de Jesús se vuelve santamente impaciente: el que ha de venir, llegará sin tardanza, y ya no habrá temor en nuestra tierra, porque Él es nuestroSalvador[9]. «Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios»[10].
Cuando el trato con Dios adquiere este sabor sereno y dichoso tan propio del portal de Belén, brota a nuestro alrededor, como fruto maduro, también un ambiente familiar más intenso y rebosante de gozo, tan unido a estas fechas. Por eso la Iglesia nos empuja a disponer mejor el corazón durante el Adviento, y nos anima a olvidar reclamos de poca monta, ruido que nos despista, superficialidad de lo inmediato... Quizá nos ocupamos de muchas cuestiones, y nos falta sosiego en el trato con Dios. Si logramos mantener esa calma en la relación con el Señor, la ofreceremos también a los demás: la convivencia más estrecha en los días de Navidad nos apartará de discusiones, enfados, impaciencias o ligerezas, y gustaremos de descansar y rezar juntos, de alimentar buenos ratos en familia, de limar prejuicios o rencorcillos que quizá quedaron en el alma.
No os preocupe si, a pesar de nuestra buena voluntad, algunas veces nos asaltan las distracciones en las prácticas de piedad. Pero luchemos para adquirir la necesaria fortaleza sobrenatural y humana para rechazarlas. Renovemos con perseverancia nuestro afán por construir dentro de nosotros un belén viviente donde acoger a Jesús, a base de ratos de oración ante el Nacimiento, aunque en ocasiones nos dé la impresión de estar con la cabeza en las nubes. Pensad entonces que san Josemaría no se desanimaba al verse así en algunos momentos suyos ante el Señor. En 1931 anotaba: conozco un borrico de tan mala condiciónque, si hubiera estado en Belén junto al buey, en lugar de adorar, sumiso, al Creador, sehubiera comido la paja del pesebre[11]. Por eso, me llena de gozo que se difunda, en muchos países, la costumbre cristiana de instalar un Nacimiento en las casas.
No dejéis de acordaros en estos días de la gente sola o que pasa necesidades, y a quienes podemos ayudar de un modo u otro, conscientes de que los primeros beneficiados somos nosotros mismos. Procurad contagiar esta solicitud tan cristiana a parientes, amigos, vecinos, colegas: qué detalle tan cristiano, entre tantos, el de algunos fieles de la Obra que durante algunas noches van a ofrecer algo de comer y de beber a personas sin hogar, y también a quienes se ocupan de vigilar el descanso de los ciudadanos.
Antes de poner fin a estas líneas, deseo agradecer de nuevo al Santo Padre el cariño que me manifestó en la audiencia del pasado 7 de noviembre, y la bendición que impartió a los fieles y apostolados de la Prelatura. Continuad rezando por su persona y sus intenciones, con la firme esperanza de que Jesucristo, en la Navidad próxima, derrame con abundancia sus dones sobre la Iglesia, el Romano Pontífice y el mundo entero.
Y recurramos muy filialmente a la Virgen durante los días de la novena a la Inmaculada. Sintamos el orgullo santo de ser hijos de tan buena Madre, que con su hacer —como apuntaba san Josemaría— nos coloca frente a frente con Jesús. Este trato nos impulsará también a aumentar con gozo nuestra cercanía a las enfermas y a los enfermos. No dejéis de meditar el cariño y la proximidad paterna con que nuestro Fundador nos acompañó ya en las primeras Navidades de la historia de la Obra: a solas con Dios, con María y José; y con cada uno y cada una de sus hijas y de sus hijos que vendríamos al Opus Dei.
Con todo cariño, os bendice, os pide más oraciones, más fidelidad,
Roma, 1 de diciembre de 2016.
+ Javier

5 de noviembre de 2016

Carta del Prelado (noviembre de 2016)

Queridísimos: ¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ha pasado ya casi un año desde que el Santo Padre abría la Puerta Santa, primero en el corazón de África y después en la basílica de San Pedro. Mientras se acerca el final de este Año jubilar, que concluirá en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de este mes, acuden a nuestra memoria los eventos que han tenido lugar en todo el mundo; los más importantes, sin duda, han sucedido en la intimidad de cada uno con el Señor. Sólo Dios conoce cuántas personas han vuelto a reconciliarse con Él, quizá después de muchos años de alejamiento o de tibieza.
A lo largo de estos meses, hemos procurado redescubrir el misterio del Amor de Dios, que se esconde en el seno de la Iglesia. Verdaderamente, la misericordia divina llena toda la tierra, como las aguas cubren la inmensa extensión de los océanos; y la hemos repasado en la Sagrada Escritura —en los profetas y en los salmos, sobre todo en el Evangelio—, en la liturgia, en la piedad popular... La hemos advertido también en nuestra vida: basta una ojeada a la propia existencia para redescubrir, maravillados, la cercanía con que el Señor nos ha tratado y nos trata, desde que nos incorporó a la Iglesia mediante el bautismo, y aun antes.
Jesucristo nos ha dejado una clara enseñanza en el capítulo 15 del evangelio de san Lucas. Ahí se recogen tres parábolas suyas sobre la misericordia divina:la de la oveja perdida, la de la dracma que se había extraviado y la del hijo pródigo. Y comenta san Ambrosio: «¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso no representan a Dios Padre, a Cristo y a la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno, porque es Pastor, no cesa de sostenerte; la otra, como Madre, te acoge, sin cesar te busca; y entonces el Padre vuelve a vestirte. El primero, por obra de su misericordia; la segunda, cuidándote; y el tercero, reconciliándote con Él»[1].
Estos meses nos han ayudado a revitalizar nuestro amor a Dios y a los demás, precisamente allí donde pudiera haberse quedado un poco debilitado. Quizá descubramos que son aún muchos los pliegues del alma en los que nos falta esa faceta; y esto no debe extrañarnos, porque la llamada a ser "misericordiosos como el Padre" es una invitación para toda la vida.
La clausura del Año santo no supone, pues, un punto de arribo para pasar a otra cosa, sino un punto de partida para andar con ilusión renovada por el camino de nuestro progresar cristiano. Desde el bautismo, todos los cristianos poseemos el sacerdocio común, que nos conduce a ejercer la misericordia con un hondo sentido de la filiación divina. San Josemaría insistió en que hay que ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio desinteresado[2]. Es éste el mensaje del Papa, pocas semanas antes de clausurar este año de especiales gracias. «No basta con adquirir experiencia de la misericordia de Dios en la propia vida; es necesario que cualquiera que la recibe se convierta también en signo e instrumento para los demás. La misericordia, además, no está reservada sólo para momentos particulares, sino que abraza toda nuestra experiencia cotidiana»[3].
Por eso me pregunto, y os animo a preguntaros: ¿Qué ha quedado en nosotros a la vuelta del Año santo? ¿Nos hemos empapado más de la convicción de que Dios nos mira como un Padre lleno de ternura, de infinito amor[4]? En la convivencia diaria, en la vida familiar, en el trabajo profesional, en el apostolado, en las visitas a los pobres y en la ayuda a los que sufren, ¿se halla más presente ese Amor de Dios, manifestado en Cristo? ¿Mantenemos despierta la esperanza de que, a pesar de nuestros errores, el Señor desea que nos comportemos como mejores transmisores de su misericordia? Muy oportuno resulta que, como nuestra Madre la Virgen, meditemos estas cosas y las ponderemos en nuestro corazón.
Para seguir adelante, cada vez con paso más decidido, en esta dirección por la que el Espíritu Santo impulsa a la Iglesia, me atrevo a sugeriros dos líneas que, en cierto modo, resumen el camino recorrido durante estos meses, y que pueden ayudarnos a mantener encendidas en nuestras almas las luces de este Año santo: acogernos personalmente a la misericordia de Dios, y así acoger a los demás: vivir inclinados hacia ellos.
En primer lugar, acogernos a la misericordia de Dios: de esto depende todo. Cuando nos percatamos de que Dios mueve las circunstancias y tareas, impulsándonos hacia Él, la piedad y el afán apostólico crecen. Nos refugiamos más fácilmente en las manos de Jesucristo, con deportividad en la pelea interior, con deseos renovados de acercarle muchas almas, con una alegría que nada ni nadie debe perturbar.
El Amor de Dios se nos muestra exigente y sereno a la vez. Exigente, porque Jesucristo cargó sobre sus hombros la Cruz y quiere que le sigamos por ese camino, para colaborar con Él a que los frutos de la redención lleguen a todo el mundo; sereno, porque Jesús no desconoce nuestras limitaciones, y nos orienta mejor que la más comprensiva de las madres. No somos nosotros quienes cambiaremos el mundo con nuestro esfuerzo: eso lo cumplirá Dios, capaz de transformar los corazones de piedra en corazones de carne.
El Señor no exige que no nos equivoquemos nunca, sino que nos levantemos siempre, sin quedarnos amarrados a nuestros errores; que caminemos por esta tierra con serenidad y confianza de hijos. Meditemos con frecuencia esas tiernas palabras de san Juan: en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo[5]. La paz interior no pertenece a quien piensa que todo lo cumple bien, ni a quien se despreocupa de amar: surge en la criatura que siempre, incluso cuando cae, vuelve a las manos de Dios. Jesucristo no ha venido a buscar a los sanos sino a los enfermos[6], y se contenta con un amor que se renueva cada jornada, a pesar de los tropiezos de los hombres, porque acuden a los sacramentos como a la fuente inagotable de perdón.
La misericordia nos urge también a acoger a los demás, a inclinarnos hacia ellos; somos capaces de transmitirla si la hemos recibido de Dios. Así, «tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano se dispone a tener compasión de los infelices y a rezar por los otros pecadores. Se vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos»[7]. Sólo la comprensión magnánima de Dios «es capaz de recuperar el bien perdido, de pagar con el bien el mal cometido y de generar nuevas fuerzas de justicia y de santidad»[8].
No faltan ocasiones en las que el peso del trabajo o de las dificultades podrían anestesiar un poco el corazón, como las espinas que ahogan la buena semilla. Dios nos pone el corazón en carne viva, para que nos inclinemos a los demás, no sólo ante los problemas o las tragedias, sino también en la multitud de pequeñas cosas diarias, que requieren un corazón atento, que quita relevancia a lo que realmente no la tiene, y que se esfuerza por darla a lo que verdaderamente importa, pero que quizá pasa inadvertido. Dios no nos convoca sólo a convivir con los demás, sino a vivir para los demás. Nos reclama una caridad afectuosa, que sepa acoger a todos con una sincera sonrisa[9].
Por eso acudamos siempre a la oración, especialmente cuando pensemos que una situación o una persona nos supera, para confiar entonces al Señor los obstáculos que encontramos en nuestro caminar. Roguémosle que nos ayude a superarlos, a no concederles demasiada importancia. Pidámosle que nos conceda un amor a la medida del suyo, por intercesión de Santa María, Mater misericordiæ
En su viaje apostólico a Polonia, el Papa hablaba del Evangelio como el «libro vivo de la misericordia de Dios». Este libro, decía, «todavía tiene al final páginas en blanco: es un libro abierto, que estamos llamados a escribir con el mismo estilo, es decir, realizando obras de misericordia»[10]. Y concluía: «cada uno de nosotros guarda en el corazón una página personalísima del libro de la misericordia de Dios»[11]. Llenemos con ilusión las páginas que Dios nos ha confiado a cada uno, sin desanimarnos por los borrones y manchas que nuestra torpe escritura haya causado. Por la clemencia de Dios, el Espíritu se hace presente en nuestras miserias, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte[12]; nos fortalecemos con la gracia de Cristo y así podemos transmitir lo que hemos recibido.
En este servicio atento a los demás, no olvidemos —particularmente el día 2, y durante todo el mes — esa obra de misericordia discreta y tan agradable a los ojos de Dios: la oración por los difuntos. Suplico al Señor, para cada uno y cada una, la gracia de practicar la Comunión de los santos con todos: con los necesitados de nuestros sufragios, con los que gozan ya de la bienaventuranza celestial, y con los que aún peregrinamos aquí abajo, comenzando por el Papa y sus colaboradores, hasta abarcar en nuestra plegaria a todos los hombres y mujeres, especialmente a los más indigentes de esa unión.
No puedo terminar sin agradecer a Dios la reciente ordenación de diáconos de la Prelatura: pidamos por ellos y por los ministros sagrados del mundo entero. Al mismo tiempo, renuevo mi gratitud por los frutos del viaje pastoral que hice dos semanas atrás a la nueva circunscripción de Finlandia y Estonia. Recemos por la Iglesia en esos países y en los demás del norte de Europa. Me gustaría contaros con detalle la ilusión de san Josemaría —y también del queridísimo don Álvaro— por la implantación de la Obra en esas tierras. Os invito a que lo consideréis en los ratos de oración ante el Sagrario. Y que se alce nuestra gratitud más sincera al Cielo, por el aniversario de la erección de la Obra en Prelatura personal.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

2 de octubre de 2016

Carta del Prelado (octubre de 2016)

"Se presenta de continuo el tiempo de abrirse en abanico para servir a más personas, también a quienes no tienen experiencia de la vida cristiana, o no tienen fe", dice el Prelado en su carta, con ocasión del 2 de octubre, un nuevo año en la historia del Opus Dei.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Mañana celebramos, con la Iglesia y en la Iglesia, la conmemoración litúrgica de los Santos Ángeles Custodios, solemnidad en la Prelatura porque —en esa fecha de 1928— la Trinidad sembró en el alma y en el corazón de nuestro Fundador una semilla destinada a fructificar en millares y millares de gentes de toda lengua y nación. En repetidas ocasiones, san Josemaría comentó que siempre resonaban en su alma las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que hacían muy actual —hasta su tránsito al Cielo— el deber de hacer el Opus Dei con la fuerza del año 1928, y luego de 1930. Pido al Señor que cunda en nuestra conducta esa misma responsabilidad, porque cada una y cada uno es la continuidad.
Una vez más se ha cumplido la parábola de la pequeña simiente: y hemos de llenarnos de agradecimiento a Nuestro Señor. Ha pasado el tiempo y el Señor nos ha confirmado en la fe, concediéndonos tanto y más de lo que veíamos entonces. Ante esta realidad maravillosa en todo el mundo —realidad que es como un ejército en orden de batalla para la paz, para el bien, para la alegría, para la gloria de Dios—; ante esta labor divina de hombres y de mujeres en tan diferentes situaciones, de seglares y de sacerdotes, con una expansión encantadora que necesariamente encontrará puntos de aflicción, porque siempre estamos comenzando; tenemos que bajar la cabeza, amorosamente, dirigirnos a Dios y darle gracias. Y dirigirnos también a nuestra Madre del Cielo, que ha estado presente, desde el primer momento, en todo el camino de la Obra[1].
Las consideraciones de san Josemaría todavía golpean en mi alma. Me acuerdo como si fuese ayer de estas palabras pronunciadas como una oración llena de amor a Jesucristo presente en la Eucaristía, en el oratorio de la sede central de la Obra dedicado a Pentecostés. Nos sirven también ahora, al comenzar este nuevo año del Opus Dei, y así colmarnos nuevamente de esperanza, porque el Señor, que promovió la Obra, continúa manteniéndola activa y fecunda con el transcurso de los años, con tu respuesta y la mía.
Como san Josemaría en aquel aniversario de 1962, también hoy nos asombramos ante lo que vemos ya realizado en esta partecica de la Iglesia: la Obra. Es Él quien pone el incremento, haciendo realidad una vez más —como ha sucedido con frecuencia en la historia de la Iglesia— la parábola del grano de mostaza: la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo acuden a anidar en sus ramas[2].
Lo mismo que en 1928, ahora y siempre resulta evidente la desproporción entre los medios y los frutos que Dios suscita. Su poder salvífico no ha disminuido, pero espera de cada una y de cada uno de nosotros, así como de las personas que se cobijan a la sombra de este árbol frondoso, una correspondencia generosa, la mayor de la que seamos capaces, con su ayuda.
Nace en nuestra alma la alabanza y el agradecimiento a Dios. ¡Gracias, Señor! Porque esta hornada de pan maravillosa está difundiendo ya el buen olor de Cristo (2 Cor 2, 15) en el mundo entero: gracias por estos miles de almas que están glorificando a Dios en toda la tierra. Porque todos son tuyos[3].
Gratitud completa a Dios que, a pesar de las variadas dificultades, jamás nos abandona. ¡Siempre está con nosotros! Por eso, cuando se presentan, hemos de sonreír en medio de la dureza de algunas circunstancias, repitiendo al Señor: gratias tibi, Deus, gratias tibi![4]. San Josemaría, en el fondo de su alma, escuchó un día: si Deus nobiscum, quis contra nos?[5]; si Dios está con nosotros, ni el ambiente secularizado e incluso agresivo, ni la falta de medios materiales o de salud, ni la precariedad del empleo en muchos lugares, ni las complicaciones familiares o externas al hogar, ¡nada!, han de hacer mella en nosotros.
Estos tiempos no se presentan peores a los anteriores. Lo advertía san Agustín: «¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos»[6].
El 2 de octubre resulta también muy adecuado para ver si individualmente nos conducimos como el instrumento que Dios espera que seamos. Asimilemos en nuestra alma la oración personal de san Josemaría en la fecha que conmemoramos: cuando me desperté esta mañana, pensé que querríais que os dijera unas palabras y debí ponerme colorado, porque me sentí abochornado. Entonces, yendo mi corazón a Dios, viendo que queda tanto por hacer, y pensando también en vosotros, estaba persuadido de que yo no daba todo lo que debo a la Obra. Él, sí; Dios, sí[7].
A pesar de la buena voluntad, que gracias a Dios no nos falta, supliquemos perdón por las faltas concretas de correspondencia ante los dones divinos: es decir, nuestra poca generosidad en ocasiones, nuestros errores personales que pueden desedificar a quienes se hallan cerca. Hagámoslo con una contrición alegre, que no nos ha de quitar la paz. Porque así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso[8].
El Papa insiste en que todos los cristianos hemos de iluminar con la fe las situaciones y personas con las que nos encontramos en nuestra senda; sintámonos llamados —en este nuevo año de la Obra— a «anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras», porque «la alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie»[9]. Son el eco de unas palabras de Cristo, que ardían en el alma de nuestro Fundador desde que comenzó a notar los barruntos de la llamada divina, diez o doce años antes de 1928. Ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12, 49); he venido a poner fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: ecce ego quia vocasti me!(1 Sam 3, 8), aquí estoy, porque me has llamado. ¿Se lo volvemos a decir ahora, todos, a nuestro Dios?[10].
El 2 de octubre constituye una llamada que resuena en cada uno de nosotros con el convencimiento de la misión que el Señor nos ha encargado: estamos en el mundo para hacer la Obra como parte de la misión de la Iglesia. Por eso, nos sabemos —allí donde estamos— en la primera línea de la evangelización.
Se presenta de continuo el tiempo de abrirse en abanico para servir a más personas, también a quienes no tienen experiencia de la vida cristiana, o no tienen fe, o habitualmente no la ponen en práctica. Nos esperan, y esperan que les transmitamos nuestro gozo de haber encontrado a Jesucristo.
Cultivemos una profunda y real conciencia de ser anunciadores de la alegría del Evangelio en el propio ambiente y en todo momento; mujeres y hombres capaces de entablar amistad con todos —serviciales, llenos de disponibilidad, de amabilidad, de generosidad—, que no se limitan a unas meras gestiones apostólicas, sino que tratan de comportarse como apóstoles en todo tiempo y circunstancia. Y esto, hijos míos, presenta muchas manifestaciones concretas: tomarse muy en serio las implicaciones prácticas de la santificación del trabajo (justicia, caridad, humildad, interés por los demás, tono positivo, etc.); conducirnos como personas que unen, que colaboran, capaces de aprender lo bueno que cada uno puede aportar a la sociedad.
Lograremos mantener vivo este sentido de misión si cultivamos una profunda piedad y si fundamos nuestra acción en los medios sobrenaturales, en la contemplación de Cristo. Transmitir el mensaje evangélico es un bien que humaniza y ofrece respuesta a los deseos de felicidad de todos, cristianos y no cristianos. A veces será oportuno advertirles con cariño de algún aspecto en su comportamiento externo, en el que mejorar: ¡la corrección fraterna que recomienda Jesucristo en el Evangelio! Os hablé por extenso de este punto en la carta que escribí al comienzo del Año jubilar; por eso no me detengo más en este tema. Sólo deseo mencionaros que, siguiendo el buen criterio de nuestro Fundador, hemos de ejercitar esta obra de misericordia con prudencia, con serenidad, con humildad, conscientes de que todos precisamos de este auxilio tan humano y tan sobrenatural.
Termino pidiendo, como siempre, oraciones por el Santo Padre; en concreto, por el viaje a Georgia y a Azerbaiyán que está realizando en estos momentos, y por el que le llevará a Suecia a final de mes. Los dos se sitúan en el marco de la acción ecuménica del Papa, tras los pasos de sus predecesores.
Muy unidos a mis intenciones, rezad también por los 31 fieles de la Prelatura a quienes ordenaré diáconos el próximo día 29, y por todos los ministros sagrados de la Iglesia.
Con serenidad, y todavía con pena honda, os invito a recordar a las hijas mías que han fallecido en México por el accidente de tráfico. La pena se mantiene porque formamos una familia unida; la serenidad proviene también de la reacción unánime de plegarias que ha habido en todo el mundo. Roguemos al Señor que les conceda un Cielo muy grande, a la medida de la Misericordia divina.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de octubre de 2016.

4 de julio de 2016

CARTA DEL PRELADO DEL OPUS DEI JULIO 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
A lo largo de estos meses, nos estamos esforzando por situar en primer plano la práctica de las obras de misericordia. Consideremos hoy una a la que Jesucristo se refiere expresamente al trazar el programa del caminar cristiano, las bienaventuranzas. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados[1].
Se trata de una obra de misericordia que, como el perdón de las ofensas, nos permite parecernos más a Dios, imitarle. Ya en el Antiguo Testamento, el Señor había anunciado: como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré[2]. Y Jesús, en la última cena, manifiesta esa consolación del modo más perfecto posible, pues promete el envío del Espíritu Santo, la Persona divina a la que se atribuye —por ser el Amor subsistente— la misión de consolar a los cristianos en sus penas y, en general, de fortalecer a los afligidos para superar toda clase de males.
Hijos míos, contemplando la situación del mundo, nos damos cuenta de que muchas personas lloran, sufren. Los dramas que ocasionan las guerras provocan grandes tragedias, que no nos pueden dejar indiferentes; la emergencia de los inmigrantes o las situaciones de injusticia que claman al cielo causan muchas lágrimas. Pienso, en particular, en los que están sufriendo por defender su fe, incluso poniendo en riesgo sus vidas.
Al leer vuestras cartas, o en las conversaciones que mantengo con vosotras o con vosotros, comparto de todo corazón vuestras alegrías y también vuestras penas y dolores. ¡Cuántas familias padecen un sufrimiento grande, porque alguno de sus miembros vive alejado del Señor, o ven sufrir a un enfermo y se sienten impotentes para aliviarle el dolor! Somos personas que estamos en medio del mundo, y es lógico que los dramas contemporáneos —el flagelo de la droga, la crisis de la unión familiar, el hielo producido por el individualismo, la crisis económica— nos toquen muy de cerca.
Comprobar esta realidad no nos ha de llevar a la tristeza. Contamos con la seguridad de que —si permanecemos junto al Corazón de Jesús— seremos consolados, y no sólo en la vida eterna. Ya aquí en esta tierra el Señor nos ofrece el consuelo de su cercanía. Como un padre amoroso, no nos deja nunca a solas. Como enseñó siempre san Josemaría, la raíz de la alegría sobrenatural de los cristianos brota de la conciencia de nuestra filiación divina. A mí me causa un consuelo inmenso la seguridad, tan propia de los hijos de Dios, de que nunca estamos solos, porque Él siempre está con nosotros. ¿No os conmueve esta ternura de la Trinidad Beatísima, que no abandona jamás a sus criaturas?[3].
Fijémonos que, entre las razones de la conversión del mundo pagano, en los primeros tiempos del cristianismo, se habla del ejemplo de aquellos predecesores nuestros, los primeros fieles bautizados, que no perdían la alegría sobrenatural ante las penalidades y persecuciones que sufrieron por amor a Jesucristo. En el libro de los Hechos se apunta expresamente cómo los Apóstoles, después de haber sido azotados por predicar el Evangelio, salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre[4].
También ahora el gozo sobrenatural y humano de los seguidores de Cristo, aun en medio de las mayores contradicciones, ha de ser como un imán capaz de atraer a quienes se encuentran inmersos en la tristeza o en la desesperación, porque no conocen cuánto les ama Dios. «El cristiano vive en la alegría y en el asombro gracias a la Resurrección de Jesucristo. Como vemos en la Primera Carta de San Pedro (1, 3-9), aunque seamos afligidos por las pruebas, nunca se nos quitará la alegría de lo que Dios ha hecho en nosotros (...). El carnet de identidad del cristiano es la alegría: la alegría del evangelio, la alegría de haber sido elegidos por Jesús, salvados por Jesús, regenerados por Jesús; la alegría por la esperanza de que Jesús nos espera, la alegría que — incluso en las cruces y en los sufrimientos de esta vida — se expresa de otro modo, que es paz con la seguridad de que Jesús nos acompaña, está con nosotros. El cristiano hace crecer esa alegría con la confianza en Dios».[5].
En este contexto de fe y de esperanza teologales, se entiende la seguridad con que nuestro Padre podía afirmar que la alegría es un bien cristiano, que poseemos mientras luchamos, porque es consecuencia de la paz[6], además de que tiene sus raíces en forma de Cruz[7].
Un cristiano que se sabe hijo de Dios no se debería dejar apabullar por la tristeza. Podrá sufrir en el cuerpo y en el alma, pero incluso entonces la conciencia de su filiación divina, suscitada en él por la acción del Espíritu Santo, le prestará nuevas energías para ir adelante, semper in lætitia! Como aconsejaba san Josemaría, mientras luchemos con tenacidad, progresamos en el camino y nos santificamos. No hay ningún santo que no haya tenido que luchar duramente. Nuestros defectos no deben llevarnos a la tristeza y al decaimiento. Porque la tristeza puede nacer de la soberbia o del cansancio: pero en los dos casos, el que acude al Buen Pastor y habla con claridad, encuentra el oportuno remedio. ¡Siempre hay solución, aunque se hubiese cometido un error gravísimo![8].
El recurso seguro para evitar la tristeza o salir de su tenaza, consiste en abrir el corazón con Jesús ante el Sagrario, y a quien —como instrumento suyo— orienta al alma entre los vericuetos de la vida espiritual. Tengamos siempre presente, poniéndolo en práctica, el consejo que daba san Josemaría:levantad el corazón a Dios, cuando llegue el momento duro de la jornada, cuando quiera meterse en nuestra alma la tristeza, cuando sintamos el peso de este laborar de la vida, diciendo: miserere mei Domine, quoniam ad te clamavi tota die: lætifica animam servi tui, quoniam ad te Domine animam meam levavi (Sal 85, 3-4); Señor, ten misericordia de mí, porque te he invocado todo el día: alegra a tu siervo, porque a ti, Señor, he levantado mi alma[9].
¡Qué hermosa labor realizan los cristianos al consolar a quienes se encuentran afligidos por una contrariedad, grande o pequeña, que les roba la paz! Además de rezar por ellos, es preciso fomentar una acogida cariñosa, pues muchas almas sólo buscan a alguien que escuche con paciencia sus penas. ¡Cuántas caras tristes encontramos en nuestro caminar terreno, porque nadie les ha enseñado a abandonarse en el Señor, y con qué consolación fraterna debemos acogerlos! «Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños (...). Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos»[10].
Así se condujo el Maestro durante su paso entre los hombres. Movido por su misericordia, se detuvo en el camino para consolar a la viuda de Naín, que lloraba la muerte de su único hijo; de igual modo se comportó con Marta y con María, en Betania, afligidas por la muerte de su hermano Lázaro. También lloró por la suerte que iba a correr la ciudad de Jerusalén[11]. Al comenzar su pasión, ya en el Huerto de los Olivos, sufrió hasta el punto de sudar sangre, y permitió que un ángel —una criatura— le consolase (cfr.Lc 22, 39-46). ¿Puede darse mayor muestra de humanidad que admitir el consuelo, ese refuerzo que otro nos presta para levantar nuestra languidez, nuestra debilidad, nuestro descorazonamiento?[12].
Siguiendo los pasos del Maestro, consolemos a quienes lo necesiten. Es algo que está en las entrañas del espíritu cristiano. Así se dirigía san Francisco al Señor, en una oración también repetida por muchas generaciones: «Señor, hazme instrumento de tu paz. Donde hay odio, siembre yo amor; donde haya injuria, perdón; donde haya duda, fe; donde haya tristeza, alegría; donde haya desaliento, esperanza; donde haya oscuridad, tu luz»[13].
El 22 de este mes recordamos a María Magdalena. Pocos días atrás, el Papa ha elevado su memoria litúrgica a la categoría de fiesta. Sus lágrimas de arrepentimiento borraron todos los errores de su vida pasada, y le permitieron luego unirse al Señor en su Pasión y en su Resurrección como ninguna otra de la santas mujeres, a excepción, claro está, de la Santísima Virgen. Recurramos a la Madre de Dios y Madre nuestra en todas nuestras necesidades; Ella es Consoladora de los afligidos, Refugio de los pecadores, Auxilio de los cristianos, y no cesa de cuidarnos¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha[14].
Sigamos rezando por el Papa y sus intenciones. Acompañémosle espiritualmente en el viaje apostólico a Polonia con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Cracovia.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Aix-en-Provence, 1 de julio de 2016.

5 de junio de 2016

Carta del Prelado (junio de 2016)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Han transcurrido dos semanas desde la Ascensión de Jesucristo al Cielo y resuenan todavía en nosotros sus últimas palabras en la tierra: id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura[1]. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo, que el Señor envió a los Apóstoles en el Cenáculo y que sigue animando a la Iglesia, como en una nueva Pentecostés[2]. Había prometido: el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho[3]. Y cumplió su promesa. Nos toca a nosotros, que somos discípulos suyos, llevar por todo el mundo, con nuestra palabra y nuestro ejemplo, el mensaje de salvación que ha confiado a los cristianos.
Éste, y no otro, es el fin de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una. Para eso el Padre envió al Hijo, y Yo os envío también a vosotros (Jn20, 21). De ahí el mandato de dar a conocer la doctrina y de bautizar, para que en el alma habite, por la gracia, la Trinidad Beatísima[4]. El mandato de Cristo encontró en el corazón de nuestro Padre, por la bondad divina, una acogida pronta y alegre. Y nuestro Fundador nos ha transmitido, con garbo, ese empuje apostólico que no conoce fronteras.
San Josemaría nos enseñó siempre que, entre las pasiones dominantes que han de dirigir nuestra conducta, figura la de difundir las enseñanzas de Jesucristo. La actividad principal del Opus Dei —afirmaba— consiste en dar a sus miembros, y a las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Les hace conocer la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les proporciona un espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de todos los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo[5].
Esta pasión dominante tiene especial actualidad en este Jubileo extraordinario de la misericordia, pues «cuando, en el ocaso de la vida, se nos pregunte si hemos dado de comer al hambriento y de beber al sediento, también se nos preguntará si hemos ayudado a las personas a salir de sus dudas, si nos hemos comprometido a acoger a los pecadores, amonestándolos o corrigiéndolos, si hemos sido capaces de luchar contra la ignorancia, especialmente la relativa a la fe cristiana y a la vida buena»[6].
Hay muchos modos de comunicar el contenido de la fe. San Josemaría insistía en el apostolado personal, de tú a tú, mediante una conversación amistosa que no pretende dar lecciones a nadie, sino manifestar sencillamente lo que nos llena el alma y es fuente de perenne alegría.
En otras ocasiones os he recordado aquel consejo de nuestro Padre: antes de hablar a las almas de Dios, hablad mucho a Dios de las almas[7]. El trato personal con Jesucristo en la oración es la fuente de la que se nutre nuestro entusiasmo por comunicar a todos la belleza de la fe, por dar luz donde los hombres viven a oscuras. Es la cercanía a Dios la que permite iluminar el mundo. Por eso decía nuestro Padre que, cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios[8].
San Josemaría nos ha transmitido una visión positiva del mundo, de las tareas humanas nobles. Por eso nuestra actitud, más que defensiva, ha de serpropositiva. El cristiano no tiene miedo a la verdad, a acometer las preguntas difíciles que le plantea el ambiente o la sociedad. Sabe que, aunque él mismo no tenga siempre todas las respuestas, el Evangelio posee la capacidad de iluminar los dilemas y problemas más difíciles. Este amor a la verdad hace que el cristiano transmita su fe como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes. Si Cristo nos ha hecho felices, es normal que esa misma alegría se transmita en nuestra actitud. De hecho, «la fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo»[9].
Pregúntate, pues, hija mía, hijo mío: ¿estoy contento de que Dios me haya llamado a darle a conocer a los demás? ¿Es mi apostolado una siembra de paz y de alegría[10]? ¿Tengo iniciativa en mi formación doctrinal, para dar más profundidad y vibración a mi vida interior?
San Josemaría nos enseñó a dar doctrina de manera que todos entiendan el mensaje del Evangelio, independientemente de su nivel cultural o de su formación religiosa. Lo llamaba don de lenguas, por analogía con lo que sucedió cuando el Paráclito descendió visiblemente sobre la Iglesia. En los Apóstoles y en los primeros discípulos se manifestó en forma de lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas[11].
El Fundador del Opus Dei explicaba que el don de lenguas, que pedía a Dios para todos, consiste en saberse adaptar a la capacidad de los oyentes (...). Hay que proporcionar doctrina con prudencia, con la suficiente picardía para que el que la reciba la pueda digerir. Hay que dar doctrina a todo el mundo, pero sin atragantar a la gente; en dosis razonables, según la capacidad de asimilación de cada uno. También esto es parte del don de lenguas. Como lo es igualmente el saberse renovar: saber decir lo mismo cada día con gracia nueva[12].
El don de lenguas es una gracia del Espíritu Santo, que cuenta también con nuestra iniciativa. El estudio y el repaso de la teología, realizado con responsabilidad e ilusión apostólica, nos permite saborear las verdades de la fe y descubrir modos de presentarlas en todo su atractivo. Y el diálogo con nuestros amigos y colegas, en un clima de apertura a sus preguntas, nos permitirá salir al encuentro de sus inquietudes. «Para esto es fundamental escuchar (...), ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común.
»Escuchar nunca es fácil. A veces es más cómodo fingir ser sordos. Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro (...). Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo»[13].
Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer, pues «las ideas no se imponen, sino que se proponen»[14]. Dialogar lleva a mostrar mejor una Verdad que ilumina decisivamente nuestras vidas. Toda la vida de Jesús no es más que un maravilloso diálogo, hijos míos, una estupenda conversación con los hombres[15]. Si aprendemos a vivir así, ayudaremos y nos ayudarán en nuestra vida cotidiana y humilde, a que el Evangelio sea, para todos, luz del mundo[16].
Me ilusiona recordaros que el día 23, en las vísperas de la fiesta de san Josemaría —solemnidad en la Prelatura—, se cumplen setenta años de la llegada de nuestro Padre a Roma. Acuden a mi memoria los recuerdos —se los oí contar muchas veces— de sus primeros días en la Ciudad Eterna: la intensidad de su oración por el Papa, ya en la primera noche de estancia en la Urbe; la ilusión con que recibió un autógrafo de Pío XII, a las pocas fechas de su llegada; la fe con que acudió a una audiencia con el Santo Padre, el 16 de julio... Y las veces que, en esas primeras semanas, iba a rezar a la Plaza de San Pedro, tan cercana al pequeño apartamento de Città Leonina, donde habitaba.
Me imagino bien la fe y el amor con que rezaría, en aquellas semanas, la jaculatoria con la que —desde el comienzo de la Obra— resumía los anhelos de su alma: Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam!; todos, con Pedro, a Jesús por María. Os invito a repetirla a menudo, uniéndoos a mi oración por el Papa Francisco, por sus colaboradores, por la Iglesia entera. Especialmente en este mes de junio, que se cierra con la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia y patronos de la Obra.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de junio de 2016.