"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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10 de octubre de 2021

Mirar a los demás, mirar a Cristo, ser mirados

 



Evangelio (Mc 10, 17-30)


En aquel tiempo, cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó:


-Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?


Jesús le dijo:


-¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio”, no defraudarás a nadie”, honra a tu padre y a tu madre”.


-Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia -respondió él.


Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo:


-Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.


Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.


Jesús, mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos:


-¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!


Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo:


-Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.


Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros:


-Entonces, ¿quién puede salvarse?


Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo:


-Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.


Comenzó Pedro a decirle:


-Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.


Jesús respondió:


-En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna.


Comentario


El pasaje del Evangelio que nos presenta la liturgia de este domingo es de una altísima carga dramática. Nos topamos, en pocos versículos, con la desesperada búsqueda de felicidad que compartimos todos los seres humanos, esa sed de sentido que anida en cada corazón y que anhelamos por todos los medios satisfacer.


La urgencia de esa necesidad la podemos notar en el primer gesto del joven rico: vino a Jesús corriendo. Sabía que estaba delante de una oportunidad única de resolver sus más profundas inquietudes y por eso no quiere dejar pasar ese tren. Una carrera en la que nos vemos reflejados todos. Después, se arrodilló delante del Señor, añadiendo a esa prisa de su llegada ese gesto propio de los que suplican.


Sin embargo, aunque ese joven sea un reflejo en el que todos podemos vernos proyectados, esta vez podemos fijarnos más concretamente en la actitud de Jesús, para que sea su imagen la que ilumine esa búsqueda de la que venimos hablando. En concreto, llama la atención y remueve el corazón leer esa expresión escueta pero llena de contenido que nos ofrece san Marcos: Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él.


Por desgracia, muchas personas siguen pensando que hace falta correr detrás de la felicidad hasta alcanzarla, y no se dan cuenta de que no hace falta perseguirla: la felicidad ha venido hasta nosotros, es ella la que corre detrás de cada uno y simplemente espera que nos giremos y nos dejemos abrazar por ella. Porque la felicidad se encarnó y se hizo Hombre: “La felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret”[1].


Dios nos ama tanto que a veces nos cuesta creerlo. Pero los gestos de Cristo en este pasaje evangélico no dejan lugar a dudas: son los gestos de un enamorado.


El Señor no tiene prisa con nosotros: tiene tiempo de fijar su mirada. Nosotros, en cambio, tantas veces, tratamos a Jesús con prisa, porque estamos demasiado ocupados buscando la felicidad allí donde no se encuentra.


El Señor se deleita en nosotros: hasta el punto de que los testigos oculares de esta escena reconocen en su mirada que quedó prendado de ese joven anhelante de un sentido para su vida. El testimonio de la Sagrada Escritura y de los santos es unánime en ese sentido: las delicias del Señor son estar entre los hijos de los hombres, nos dice el libro de los Proverbios[2]; y san Josemaría no duda en afirmar que la Trinidad se ha enamorado del hombre[3].


Sabemos que el desenlace de este pasaje es triste. El joven se fue tan rápido como vino, tan pronto el Señor le dijo lo mismo que nos dice a nosotros: “Dame, hijo mío, tu corazón”[4]. La felicidad ha venido a buscarnos: depende de nosotros darnos cuenta de que “es muy poco lo que se me pide, para lo mucho que se me da”[5]. De aceptar la llamada de Jesús, hasta el fondo y sin miedo, dependerá que nuestra vida sea feliz y eterna como la de los santos, o pase al olvido como este joven del que no quedó registrado ni siquiera el nombre.


PARA TU ORACION PERSONAL


Mirar a los demás, mirar a Cristo, ser mirados... En este artículo se explica que contemplar -contemplar sobre todo a Dios- significa saber ver, tener ojos limpios que hagan más bella la vida.


La vida cristiana es un constante buscar a Jesús y seguirle, sabiendo que quien le ha visto, ha visto al Padre[1]; y es también dejarse mirar por Él. El Señor se ha quedado en su Iglesia, y espera que le miremos. En la liturgia eucarística se alzan el pan y el vino consagrados para que Le miren los fieles. Cada día procuramos encontrarle en el Santísimo Sacramento, realmente presente, con su Carne y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad[2]; y en las páginas del Evangelio, que relatan su paso entre los hombres.


¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría –«Magnificat anima mea Dominum!» –y su alma glorifica al Señor, desde que lo lleva dentro de sí y a su lado. ¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo[3].


La mirada de Dios


«Si buscamos el principio de esta mirada, es necesario volver atrás al libro del Génesis, a aquel instante en que, tras la creación del hombre varón y mujer Dios vio que era muy bueno. Esta primera mirada del Creador se refleja en la mirada de Cristo»[4].


El Verbo encarnado nos contempla con ojos y rostro humanos. En la mirada de Jesucristo encontramos la fuente de nuestra alegría, el amor incondicional, la paz de sabernos queridos. Más todavía: en sus ojos vemos nuestra imagen auténtica, conocemos nuestra verdadera identidad. Somos fruto del amor de Dios, existimos porque Dios nos ama, y estamos destinados a verle un día cara a cara, viviendo su misma vida. Quiere hacernos totalmente suyos, hasta el punto de ser uno con el Hijo, como el Hijo es uno con el Padre[5].


«¡Deseo que experimentéis una mirada así! –decía Juan Pablo II en 1985– ¡Deseo que experimentéis la verdad de que Cristo os mira con amor! (...). Se puede también decir que en esta “mirada amorosa” de Cristo está contenida casi como en resumen y síntesis toda la Buena Nueva»[6].


Jesús mira a cada uno y a la humanidad entera; se compadece de las multitudes, pero no las contempla como masa anónima; de todos pide amor, en singular. Fija sus ojos en el joven rico, inquieto ante la entrega; en Pedro, después de la traición; en la anciana pobre y generosa que deposita su limosna en el templo, pensando que nadie la ve. Jesús reposa su mirada en cada uno de nosotros.


La mirada de Cristo invita a la entrega, porque Él se da totalmente y nos quiere junto a sí; nos enseña a levantar los ojos hacia cosas grandes, libres de ataduras terrenas: una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme[7], pide al joven rico.


Si nos atrevemos a mirar al Redentor, sentiremos el dolor por nuestros pecados y la necesidad de conversión, penitencia y apostolado. Cuando Pedro, después de haberle negado, se encontró con la mirada del Señor, cayó en la cuenta de lo que había hecho: y salió afuera y lloró amargamente[8]. Aquel dolor se convirtió después en audacia de apóstol, en decisión de no ocultar más el Nombre de Jesucristo, y en gozo, hasta con las dificultades en el apostolado: salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre[9].


Sus ojos devuelven la paz y la confianza, aunque nos dirijamos a Él tímidamente, como aquella mujer enferma que quiso sólo tocar su manto: Jesús se volvió y mirándola le dijo: –Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer[10].


Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Con estas palabras empezaba San Josemaría sus ratos diarios de oración. Para la oración, es importante mirarle y saber que nos mira. En el cielo lo contemplaremos eternamente y sin sombras; pero también podemos descubrirlo en esta tierra, en la vida ordinaria: en el trabajo, en el hogar, en los demás, especialmente en quienes sufren. Para alimentar esa claridad, repetimos con fe, delante del Sagrario: creo firmemente que me ves siempre. Y cuando nos sentimos ciegos, incapaces de verle a nuestro lado, le pedimos con humildad: ut videam!, ¡haz que vea, Señor!


La mirada de Santa María


«La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable (...). Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo (...). Su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cfr. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la “parturienta”, ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cfr. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cfr. Hch 1, 14)»[11].


En la vida se suceden alegrías y penas, esperanzas y desilusiones, gozos y amarguras; el Señor espera que le busquemos en cada circunstancia exterior o interior. Aprendamos de María a mirarle con mirada interrogadora, dolorida, ardorosa o radiante; siempre llena de confianza. Aprendamos de Ella, sirviéndonos también de las imágenes de la Virgen que acompañan nuestra vida. La costumbre de buscar y de mirar esas imágenes, y el amor con que lo hagamos, prepararán el encuentro con el Hijo, fruto bendito de su vientre. Busquemos el rostro de Jesús, guiados por su Madre: rostro de niño en Belén, lacerado en el Calvario, glorioso después de la Resurrección. Esa búsqueda es en realidad la búsqueda del rostro de Dios, que lleva a orientar la existencia entera al encuentro con Jesús.


«Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de San Pablo: “Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Co 3, 18)»[12]. El cristiano tiene la apasionante misión de reflejar a Cristo para mostrar la mirada que Dios dirige a cada persona, como han hecho los santos. Al adorar al Señor en la Sagrada Eucaristía, por ejemplo durante las bendiciones con el Santísimo, vemos al que hemos traspasado, lleno de sangre y de heridas, y descubrimos el misterio del amor de Dios, el verdadero rostro de Dios[13].


Mirar al prójimo


La mirada no es solamente un acto físico; es una acción humana, que expresa las disposiciones del corazón. San Josemaría animaba a contemplar a los demás con las pupilas dilatadas por el amor, porque saber mirar es saber amar. Ciertamente hay miradas de amor y de indiferencia; miradas que muestran apertura y disponibilidad para comprender, acoger y servir; y miradas posesivas, cegadas por el egoísmo. Nosotros queremos mirar con ojos limpios, animados por la predicación del Maestro: bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios[14].


Intentamos ejercitar las virtudes, conscientes de que hemos de luchar para santificar todos los aspectos de nuestra existencia, también la vista y los demás sentidos. Los ojos no son solamente una ventana por la que vemos el mundo y por donde entran imágenes, sino un cauce por el que expresamos las disposiciones, por donde salen nuestros deseos. La caridad, la compasión, la limpieza de corazón, la pobreza de espíritu y la disponibilidad para servir se desbordan a través de los ojos.


El afán apostólico comienza por descubrir las necesidades de los demás: la indefensión, las ataduras que ahogan la libertad, la confusión... Nos pondremos en el lugar del prójimo si estamos dispuestos a hacernos prójimo nosotros mismos[15]: a olvidar otros intereses menos nobles, a salir del torbellino de las preocupaciones personales para, como el buen samaritano, detenernos, gastar tiempo, e interesarnos por los problemas y preocupaciones de los demás. Es necesario abrir bien los ojos para adivinar y colmar la indigencia espiritual de quienes nos rodean.


El afán apostólico del cristiano lleva a no volver el rostro ante los problemas y las necesidades de todos hombres: la mirada de apóstol afirma el valor de cada hombre, considerado en sí mismo y no en la medida que satisface el propio interés. La verdad moral, como verdad del valor irrepetible de la persona, hecha a imagen de Dios, está cargada de exigencias para la libertad[16].


A su vez, el deseo impuro, el afán de poseer o la curiosidad morbosa, que crecen si no educamos positivamente la mirada, terminan por cegar el corazón. Guardamos la vista para Dios y para los demás. Rechazamos las imágenes que nos separan de Él porque alimentan al hombre viejo, de mirada triste y de corazón egoísta.


Aprender a mirar


Educar la mirada es una lucha importante, que influye en la apertura y la calidad de nuestro mundo interior. Se trata de descubrir a Dios en todo, y de huir de lo que pueda apartar de Él.


Aprender a mirar es, pues, un ejercicio de contemplación: si nos acostumbramos a contemplar lo más alto y hermoso, la mirada sentirá repulsa hacia lo bajo y sucio. Quien contempla asiduamente al Señor, en la Eucaristía y en las páginas del Evangelio, aprende a descubrirle también en los demás, detrás de las bellezas de la naturaleza o de las obras de arte. Disfruta más de lo bueno y adquiere sensibilidad para rechazar lo que enturbia.


Al mismo tiempo, como la vida en esta tierra es una lucha, estamos siempre expuestos a volver al barro. Aprender a mirar es también aprender a no mirar. No conviene mirar lo que no es lícito desear[17].


Las ofensas a Dios se presentan de diferentes modos ante nuestros ojos: algunas veces nos repugnan humanamente, y nos sale sincero y natural el rechazo, por ejemplo ante cosas violentas; otras veces el mal toma la forma de tentación, y se presenta con el atractivo de la carne, el egoísmo o el lujo.


En cualquier caso, siempre se puede convertir la actitud defensiva en actitud constructiva, con el valor redentor de los actos de desagravio. Desagraviar supone que veamos esas realidades en cuanto ofensa a Dios. No sólo como algo desagradable, que nos molesta; ni sólo como una tentación, que rechazamos; sino sobre todo en cuanto que ofenden a Dios.

Cuando Jesús dice que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón[18], deja claro que el desorden en la mirada no consiste sobre todo en el mal uso de un sentido externo, sino que se mueve en un nivel más hondo: ese deseo muestra una visión equivocada de la persona, que deja de ser vista como digna de respeto, como hija de Dios. La mirada que dirijo sobre el otro decide sobre mi humanidad[19].


Si miramos a los demás con ojos limpios, con respeto, descubriremos en ellos nuestra propia dignidad de hijos de Dios, nos sentiremos siempre hijos de Dios Padre. Si, por el contrario, la vista se enturbia, también se deforma nuestra imagen interior. «Así como puedo aceptar o reducir al otro a cosa para usar o destruir, del mismo modo debo aceptar las consecuencias del propio modo de mirar, consecuencias que repercuten en mí»[20] La mirada es decisiva; tal como uno mira se siente mirado, porque tal como uno ama se siente amado.


San Josemaría nos ha enseñado a dirigir el corazón –con una jaculatoria, un beso, una inclinación de cabeza o un golpe de vista– a las cruces, y a no dejar de saludar, al menos con una mirada, a las imágenes de Nuestra Señora. Pequeños gestos que nos ayudan a vivir como contemplativos, con la esperanza de ver un día el rostro de Dios, cara a cara.


Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara (1 Co 13, 12). Sí, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Sal 41, 3)[21].


Estas palabras de San Josemaría describen el anhelo profundo del cristiano, que se mueve todavía entre sombras, y anhela de todo corazón la claridad de la luz de Dios, motivo de su esperanza.



4 de octubre de 2021

Implicarse en la santidad de los demás



Evangelio (Lc 10,25-37)

En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:

—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?

Él le contestó:

—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?

Y éste le respondió:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.

Y le dijo:

—Has respondido bien: haz esto y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:

—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

Él le dijo:

—El que tuvo misericordia con él.

—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.


Comentario


Nos cuenta Lucas que un doctor de la Ley –un “jurista”, dice el texto– dirigiéndose a Jesús como Maestro, le pregunta: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. En realidad, lo que quería este doctor, dice Lucas, era tentar a Jesús. Pero, ¿quería realmente un consejo del Maestro? Jesús, en vez de responder, le devuelve la pregunta, y el experto recita la “letra” de memoria, sacada del texto griego de Deuteronomio (6,5) y de Levítico (19,18). Pero, nuevo, el doctor pegunta: “según tú, ¿a quién debo llamar prójimo?”. Y Jesús responde con una parábola.


El Maestro habla interpela al mismo tiempo. También a nosotros: “y tú, ¿qué crees que deberías hacer para conseguir la vida eterna?, ¿qué relación crees que hay entre amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a un mismo?, ¿a quién consideras prójimo? Jesús recurre a la parábola para empujarnos a ir más allá de una letra, para penetrar en su espíritu". La Ley hacía distinciones y regulaba según eso las relaciones humanas. Jesús nos dice que en el nivel de la persona no hay distinciones: todos son nuestro prójimo, aunque tengan otra fe, aunque sean de otra raza, aunque hablen otro idioma, aunque tengan sus carencias y cometan errores.


Si amamos de verdad a Dios, participaremos de su Amor por todos, porque veremos a las personas como Dios las ve: todas llamadas a ser hijos suyos en Cristo. Y si nos amamos verdaderamente a nosotros mismos, esto es, dando gracias por los dones recibidos y siendo conscientes de carencias y defectos que debemos mejorar, entenderemos cómo es el amor que se nos pide: dar gracias por los dones de los demás y ser comprensivos, lentos a la ira y ricos en misericordia, con sus carencias y defectos, intentando ayudarnos mutuamente para mejorar en el día a día. Eso supone implicarse realmente en la santidad de los demás. Y eso es amor: querer para el otro el don más grande que existe y hacer lo que esté en nuestra mano para que todos lo alcancemos.


PARA TU RATO DE ORACION

Ser santos es “dar lo mejor de uno mismo” a los demás y, al mismo tiempo, darse cuenta “de que al final siempre es Dios quien lo hace todo”.

El Papa Francisco en su reciente viaje a  Cuba recordó que la ternura y el cariño son revolucionarios y que la fe es un estímulo que ayuda a salir de sí mismos y a tender puentes con el prójimo.

Ofrecemos algunas consideraciones de san Josemaría para meditar sobre la caridad.Cariño, lealtad, comprensión

Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo enseña Jesucristo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.

Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, -el buen olor de Cristo- el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!

Quiero hablar de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? El bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.

Es Cristo que pasa, 36

Piensa en los demás

Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás

Es Cristo que pasa, 18

No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.

Es Cristo que pasa, 145

Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

—¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!

Camino, 440

Que nadie nos sea indiferente

Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

Es Cristo que pasa, 145

Con obras y de verdad

Si no te veo practicar la bendita fraternidad, que de continuo te predico, te recordaré aquellas palabras entrañables de San Juan: "Filioli mei, non diligamus verbo neque lingua, sed opere et veritate" —Hijitos míos, no amemos con la palabra o con la lengua, sino con obras y de verdad.

Camino, 461

Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida.

Surco, 63

Cuando te cueste prestar un favor, un servicio a una persona, piensa que es hija de Dios, recuerda que el Señor nos mandó amarnos los unos a los otros.

—Más aún: ahonda cotidianamente en este precepto evangélico; no te quedes en la superficie. Saca las consecuencias —bien fácil resulta—, y acomoda tu conducta de cada instante a esos requerimientos.

Surco, 727


El cardenal Ratzinger, en un artículo publicado en el Osservatore Romano el día de la canonización de san Josemaría, el 6 de octubre de 2002, señaló que existe una idea equivocada de lo que es la santidad: “Sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud heroica, casi inevitablemente se nos mete un concepto erróneo de santidad: `No es para mí´, podemos pensar, porque no me siento capaz de alcanzar las virtudes heroicas: es un ideal demasiado alto”. La santidad se convertiría entonces en algo reservado a algunas personas especiales, no a personas normales como nosotros. “Pero se trata de una concepción equivocada de la santidad, una percepción errónea que ha sido corregida –y este me parece el punto clave– por el propio Josemaría Escrivá”.


El esfuerzo gimnástico por la perfección


Sin embargo, sabemos que la santidad normal y ordinaria no es exclusiva de san Josemaría: hay muchos otros testimonios de santidad alcanzable –“la santidad de la puerta de al lado”, la denominó el Papa Francisco en Gaudete et exsultate–. En efecto, existe una concepción muy peligrosa de lo que es la santidad: la santidad concebida como un esfuerzo gimnástico por hacer todo a la perfección. Esta no es la experiencia de los santos, ni es la experiencia de los apóstoles. Su llamada no se explica porque fueran buenos o porque en ese momento estuvieran dando lo mejor de sí. El santo no es el que hace todo bien, sino el que deja que la voluntad de Dios actúe en su vida. ¿Por qué? Porque confía en Él.


EL SANTO NO ES EL QUE HACE TODO BIEN, SINO EL QUE DEJA QUE LA VOLUNTAD DE DIOS ACTÚE EN SU VIDA

Por eso, el error debe corregirse en primer lugar a nivel terminológico, porque se habla de santidad en la vida cotidiana, de santificación del trabajo, de una llamada a la santidad dirigida a todos... Pero “las palabras son importantes”, y si no se entienden las palabras tenemos un problema. No podemos dar por supuesto que atribuimos su verdadero significado a términos como bienaventurado, manso, santidad, pecado, reconciliación, eucaristía... En concreto, la “santificación” puede entenderse equivocadamente como una especie de perfección ética o incluso estética, propia de una persona infalible (“porque he aprendido y ya no me equivoco”).


El Señor no se sube a nuestra barca porque hayamos pasado la noche triunfando y pescando con éxito. En realidad, a veces lo hará en los momentos de fracaso: “Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero por tu palabra echaré las redes” (Lc 5, 5). Y Pedro lanza las redes de nuevo, en contra de su experiencia, porque el pescador sabe que se pesca de noche. Pero aun sabiendo esto, confía más en Dios que en su propia experiencia. Este es el gran acto de confianza de Pedro, gracias al cual “se llevaron una enorme cantidad de peces, hasta el punto de que las redes casi se rompían. Tuvieron que llamar a los compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas hasta casi hundirse” (Mt 5,6-7).


Si uno se fía de Dios, suceden cosas que uno no espera. Santificar el trabajo, santificarse en la vida diaria, no significa que Dios nos recompensa porque lo hacemos todo bien y no nos equivocamos nunca. Aunque no lo pensemos así, en el fondo, cuando cometemos un acto malo, por orgullo, envidia o celos, con frecuencia nos viene a la cabeza pensar: “Ahora el Señor me castiga porque he hecho algo mal”. Esta es una concepción no evangélica, no cristiana de la santidad. De igual manera, la santificación de la vida familiar no equivale a que el orden siempre reinará en casa. Una madre o un padre con hijos pequeños o adolescentes puede tener la tentación de pensar: “Si santificara mi vida diaria, mis hijos siempre irían bien peinados, con las manos limpias, los dientes blancos como en los anuncios de pasta de dientes…”. No, santificación no es una perfección externa de la vida diaria, o de la vida social o familiar. Significa más bien tratar de poner buena cara, incluso cuando el desorden parece prevalecer; significa sonreír pese a que todo en la jornada vaya mal o nuestro entorno sea caótico y muestre su imperfección de modo evidente.


Los santos, como nosotros


En la exhortación Gaudete et exsultate, el Papa Francisco recuerda que “para ser santos, no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosos” (Gaudete et exsultate, n. 14). La santidad no es para personas especiales. “Muchas veces nos sentimos tentados -dice el Papa- a pensar que la santidad está reservada a aquellos que tienen la posibilidad de distanciarse de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración”. Por supuesto, no hay santidad sin oración, pero corremos el riesgo de pensar (quizá después de leer la biografía de un santo o el resumen de dos líneas de su voz en Wikipedia) que los santos son personas que tuvieron frecuentes “arrebatos místicos”...


Los santos, por el contrario, fueron como cada uno de nosotros. No escaparon a las ocupaciones ordinarias, no lograron ser santos escapando de la presión de las mil y un preocupaciones y ocupaciones que nos afectan a todos. Es gracias a ellas que acudieron a la misericordia del Señor.

SI UNO SE FÍA DE DIOS, SUCEDEN COSAS QUE UNO NO ESPERA

Por eso, la santidad es tratar de estar en la realidad amando a los demás, considerando las personas y las situaciones como un don, viendo la presencia de Dios en la propia existencia diaria. La santidad no se alcanza “a pesar” de la realidad en la que nos encontramos, sino precisamente a través de la realidad, que consiste sobre todo en la familia y el trabajo. Luego, pueden existir situaciones extraordinarias, pero antes de nada está la situación en la que nos encontramos.

Lavar cada uno las propias redes


La santidad también significa lavar las redes cuando parece que se pierde el tiempo, porque la pesca no ha servido para nada. Las redes son las herramientas de trabajo para los apóstoles; para cada uno de nosotros son las cosas que usamos habitualmente. Lavarlas supone mantenerlas en orden, es decir, tratar de hacer las cosas con puntualidad y sentido común, fomentando una actitud sonriente mientras se vive una vida normal. Y si a mí me parece que todo ha ido mal, intento seguir poniendo buena cara. Santidad no significa que todo ha ido bien y que he conseguido sonreír; significa que lo he intentado y que, después de una noche entera en la que no he pescado nada, al día siguiente lo intentaré de nuevo con paciencia.


Luchar por la santidad significa también ayudarse mutuamente entre una barca y otra. Quizá en el momento de la pesca nos demos cuenta que tal vez fue decisivo lavar las redes para que no se rompieran: ese detalle de cuidado de las cosas pequeñas ha hecho que resistan. Y ha sido necesaria entonces la ayuda de otra barca. Luchar por la santidad es tratar de ayudar en las necesidades del otro sin pensar que ahora “tiene que arreglárselas solo; tiene su propio barco, yo tengo el mío”.


Lavar las redes e ir hacia la otra barca significa cultivar las virtudes y las cualidades relacionales que ayudan a llevarse bien con los demás, porque no hay santidad encerrada en una torre de marfil, en un edificio donde todo es preciso y no hay contratiempos. En la convivencia ordinaria, aporta hablar con sentido positivo, más aún cuando se trata de personas, para reconocer las cosas buenas que han hecho. En general, hablar bien de los demás, mostrar estima, ayuda a crear ese buen ambiente que san Pablo recomienda: “Competid en la estima hacia los demás” (Rm 12, 10). Esto significa que se tiene que notar ese amor; no se puede querer a una persona sin manifestar ese cariño con palabras o gestos.


En el mensaje que el Señor ha confiado a san Josemaría hay también otro aspecto esencial. La santidad en la vida diaria no es solo una llamada a la vida individual de una persona: hay algo más. La llamada específica es una vocación personal, una especie de “ignición del bautismo”, que nos hace descubrir que la normalidad de la propia vida es una llamada y al mismo tiempo una misión. Es preciso sentirse enviado, con la misión de llevar luz y afecto allí donde cada uno desarrolla su propia vida. No porque sea mejor, sino porque he sido llamado. No se trata de una elección hecha en virtud de una supuesta superioridad, sino una misión para la que el Señor, en su sorprendente imaginación y bondad, nos elige y nos envía por medio del bautismo.


Atreverse a más, sin ser héroes


Cuando se da cuenta de lo que ha pasado, es decir, de que Jesús se ha metido en su barca después de un fracaso y de que entonces, paradójica y milagrosamente, la pesca ha sido un éxito, Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús diciendo: “Señor, aléjate de mí porque soy un pecador” (Lc 5, 8). Pedro tiene miedo. Se trata de un sentimiento normal cuando uno percibe que Dios le llama. Si este encuentro fuera una cuestión académica, histórica, si fuera objeto de un estudio sobre otra época u otras personas, no tendría miedo. Pedro, por otro lado, tiene miedo de cómo se puede transformar toda su vida. Tiene miedo porque se siente llamado personalmente a involucrarse, a tratar de dar lo mejor de sí mismo, aquí y ahora.

ES PRECISO SENTIRSE ENVIADO, CON LA MISIÓN DE LLEVAR LUZ Y AFECTO ALLÍ DONDE CADA UNO DESARROLLA SU PROPIA VIDA

Recuerdo que en un encuentro con jóvenes, el Papa san Juan Pablo II escuchó a un grupo cantando “Se puede dar más”, una canción que había ganado el festival de San Remo. Inmediatamente después, improvisó un comentario sobre la canción y dijo que había un verso muy profundo: “Pueden atreverse a más sin ser héroes. Hay quienes piensan que para atreverse a algo hay que mostrar ya una virtud heroica. Pero no todo es heroico, lo que cuenta es el valor y siempre podemos atrevernos a más sin ser héroes” (Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes del UNIV, 19 de abril de 1987). Se puede dar más sin que esto nos convierta en personas diferentes, diversos de quien el Señor quiere que seamos. “Tú, Señor –podríamos decirle–, me pides que sea lo que soy, pero siendo la mejor versión de mí mismo”. Es como cuando nos hacen una foto y sonreímos. No es que la sonrisa sea falsa, sino que al sonreír estamos dando lo mejor que llevamos dentro. Es la mueca la que no es auténtica. La sonrisa siempre es auténtica aunque suponga un esfuerzo, y el Señor nos pide una santidad sonriente. Toda persona que nos ama, si lo pensamos bien, nos imagina sonrientes, porque es nuestro verdadero rostro.


El cardenal Luciani, unas semanas antes de convertirse en Juan Pablo I, escribió que Josemaría Escrivá de Balaguer (que en aquel momento ni siquiera había sido beatificado) había enseñado a convertir el trabajo en una “sonrisa diaria”. Muchas veces la santidad consiste en sonreír a los propios límites, a los del cónyuge, del colega, de los amigos… en definitiva, en sonreír a la realidad, porque nos sabemos mirados con cariño por nuestro Padre Dios. No tenemos que ser héroes pero, al mismo tiempo –diría san Juan Pablo II– sí que podemos hacer más.


ES CONSOLADOR SABER QUE LOS TRES APÓSTOLES MÁS CERCANOS A CRISTO, CUANDO FUERON LLAMADOS, SINTIERON MIEDO

Jesús comprende muy bien nuestro miedo y el de Simón Pedro y dice: “No tengas miedo”. Poco antes puede leerse en el Evangelio de Lucas un detalle muy bonito sobre el estado de ánimo del apóstol: “el asombro lo había invadido a él y a todos los que estaban con él por la pesca que habían hecho” (Lc 5, 9), incluso a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo y compañeros de Simón. Es consolador saber que los tres apóstoles más cercanos a Cristo, cuando fueron llamados, sintieron miedo, “se llenaron de asombro”, tal vez pensando: “No puede ser, no soy un profeta, no soy un santo”. Jesús dice a Simón: “No tengas miedo. De ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es decir, a partir de ahora no solo tendrás un trabajo, sino que ayudarás a otros a través de tu vida, tu trabajo, tu presencia. Pero debemos entender bien este “de ahora en adelante”, que no significa de una vez por todas; significa más bien que cada vez que tengamos miedo, el Señor nos dirá: “No tengas miedo, a partir de ahora... vuelve a empezar”.


La fiesta litúrgica de san Josemaría es el 26 de junio. Unas semanas antes de su muerte (a finales de marzo de 1975), san Josemaría celebró el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal e hizo una reflexión espontánea e improvisada sobre su vida: “He querido –decía– hacer la suma de estos cincuenta años, y me ha salido una carcajada. Me he reído de mí mismo, y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque es Él quien lo ha hecho todo”.


Esta es la santidad a la que estamos llamados. No es la de los que dicen “a partir de ahora mi trabajo, mis relaciones, mis hijos serán como yo digo”, sino la de los que se dan cuenta de que al final siempre es Dios quien lo hace todo. Al contemplar la llamada de los apóstoles en el Evangelio, es bueno recordar que Pedro, Santiago y Juan cometerán después muchos errores, pero que Jesús continuará llamándolos. La llamada a la santidad es diaria, no es de una vez por todas, sino que se renueva cada día. Fuera de Nuestra Señora, no hay santo que en la tierra no haya tenido experiencia del pecado, y el Señor no se aleja de sus hijos por esta razón, no se aleja de nuestra casa porque nos equivoquemos, sino que sube cada día a nuestra barca. A nosotros nos corresponde acogerlo, confiando en la promesa de una vida llena de frutos, de una vida hermosa.


Y vale la pena tratar de responder cada día, como la Virgen: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).


5 de septiembre de 2021

Una vida en diálogo con los demás



 Evangelio (Mc 7,31-37)


En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.


Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effeta” (esto es, “Ábrete”) Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.


Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”


Comentario


En el Evangelio de hoy, meditamos sobre la mirada misericordiosa de Jesús y sobre su influencia en nuestra propia vida.


La primera lectura del domingo es del libro de Isaías. En el texto se dice “Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Viene en persona y os salva… entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán… porque han brotado aguas en el desierto (Is 35, 4-7).


Estas palabras de la Escritura se cumplen en plenitud con Jesús. Él es quien cumple lo anunciado, de Él hablaron los profetas, es Él quien hace oír a los sordos y ver a los ciegos.


En nuestra vida, Jesús también hace milagros. Muchas veces, no serán milagros exteriores sino interiores. Hoy día, sigue actuando en el interior de cada persona. Algunos ejemplos: nos hace tomar conciencia de nuestra vida como un don de Dios; nos hace percibir la grandeza de sabernos perdonados por Dios de nuestros pecados; nos entrega una gracia para darnos cuenta de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Dios está siempre actuando en las personas.


Meditemos un momento sobre cómo Jesús acude en ayuda de las personas necesitadas. Esto lo perciben los que están a su alrededor cuando exclaman asombrados “todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.


Jesús siempre mira con misericordia al que lo necesita. Jesús mira con amor a toda persona que sufre: el que no entiende una circunstancia de su vida, el que sufre por algo que le parece una injusticia, el que se siente desolado por el devenir de su vida, etc… A las personas que sufren, la respuesta de Dios es una mirada misericordiosa. Nos dice “Effeta”, es decir “Ábrete”. Ábrete al amor de Dios, ábrete a su perdón, ábrete a su acción amorosa.


A san Josemaría le gustaba considerar como todas las maravillas del mundo no son nada si se comparan con el amor de Dios: "¿No seremos nosotros capaces de removernos ante ese inmenso amor de Dios?”


Dios realiza grandes cosas en nuestra vida. Los que son curados en el pasaje del Evangelio que desoyen la petición de Dios de no difundirlo se dan perfecta cuenta de esto. En cambio nosotros podemos no darnos cuenta de las grandes maravillas del amor de Dios en nuestra vida.


Procuremos imitar esta actitud misericordiosa de Jesús, esta actitud para ayudar a todas las personas necesitadas. El Papa Francisco lo denomina “la cultura del encuentro”. Salir al encuentro de las necesidades de los demás, escuchar al que lo necesita, acompañar al que está solo.


El principal obstáculo es nuestro propio egoísmo, mirarnos a nosotros mismos y no percibir las necesidades de los demás. Por eso, no debemos excluir a nadie, no debemos juzgar a nadie. Que no tengamos prejuicios sobre los demás, porque se perjudica y se excluye al prójimo.


Pidamos al Señor tener su mirada misericordiosa para poder ayudar siempre a las personas necesitadas que tenemos a nuestro alrededor.


PARA TU RATO DE ORACION 


Saber escuchar y estar abierto a las opiniones de los otros, son condiciones indispensables para vivir la caridad. Sólo así el diálogo mutuo será ocasión ordinaria de acercarse a la Verdad.


“El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación. El fruto muestra cómo se cultivó un árbol; así, la palabra, los pensamientos del corazón humano”[1]. Una nota esencial de la madurez personal es la capacidad de diálogo, una actitud de apertura hacia los demás que se manifiesta en la cordialidad del trato y en un sincero deseo de aprender de cada persona.


“Conocer a otras personas, otras culturas, nos hace siempre mucho bien, nos hace crecer (…). El diálogo es muy importante para la propia madurez, porque en la confrontación con otra persona, en la confrontación con las demás culturas, incluso en la confrontación con las demás religiones, uno crece: crece, madura. Cierto, existe un peligro: si en el diálogo uno se cierra y se enfada, puede pelear; es el peligro de pelear, y esto no está bien porque nosotros dialogamos para encontrarnos, no para pelear. Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear? La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: ‘¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?’. Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar”[2].


La Sagrada Escritura cubre de elogios a quienes saben escuchar, y desdeña en cambio la actitud de quienes no prestan atención a los demás. “Oído que escucha reprensión saludable, habita en medio de sabios”[3], dice el libro de los Proverbios; y el apóstol Santiago aconseja “que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira”[4] En ocasiones, los hagiógrafos recurren incluso a una fina ironía: “hablar a quien no escucha, como despertar a alguien de un sueño profundo”[5].


Un problema frecuente para escuchar es que, mientras otro habla, recordamos algo que tiene que ver con lo que nos cuenta, y estamos pendientes de decir “la nuestra” en cuanto haya una pausa. Se producen entonces conversaciones quizá animadas, en las que unos a otros se quitan la palabra, pero en las que se escucha poco.


Otras veces, el problema es que la conversación no surge de modo espontáneo, y hay que poner empeño en buscarla, con inteligencia. En esos casos, hay que evitar la presunción, es decir, la tendencia a mostrar a cada momento nuestra agudeza o nuestros conocimientos; por el contrario, conviene mostrarse abiertos y receptivos, deseosos de aprender de los demás, de modo que ampliemos cada día nuestro abanico de intereses. De este modo escucharemos con atención cosas que quizá inicialmente no nos interesan demasiado, sin que eso implique hipocresía por nuestra parte: se trata muchas veces de un esfuerzo sincero por sobreponerse al propio criterio, y por agradar y aprender.


Saber conversar requiere conjugar la audacia con la prudencia, el interés con la discreción, el riesgo con la oportunidad. Es preciso no caer en la ligereza, estar dispuesto a rectificar unas palabras precipitadas o inoportunas que quizá se nos han escapado, o una afirmación un poco rotunda que tendríamos que haber ponderado mejor. En todo caso, las buenas conversaciones dejan siempre poso: vienen después de nuevo a la memoria las ideas, los argumentos expuestos por unos y otros, surgen nuevas intuiciones, y nace la ilusión de continuar ese intercambio.


Apertura a los demás


Es llamativo comprobar cómo el espíritu de algunas personas envejece prematuramente, y en cambio otras permanecen jóvenes y animosas hasta el final de sus días. Hay que pensar que todos tenemos dentro muchos recursos aún sin usar: talentos que no hemos aprovechado, fuerzas que nunca hemos puesto a prueba. Y, por muy ocupados o cansados que estemos, no podemos dejar de avanzar, de aprender y de ser receptivos a las ideas de los demás.


Conviene que salgamos de nosotros mismos; que nos abramos a Dios y, por Él, a los demás. Superaremos entonces ese egocentrismo que a veces nos lleva a acomodar la realidad a la estrechez de nuestros intereses o a nuestra particular visión de las cosas, y estaremos más en guardia ante ciertas deficiencias que crean distancias con las personas y que, por tanto, entrañan inmadurez: expresarnos con una rotundidad que muchas veces no se corresponde con nuestro conocimiento de las cosas; manifestar nuestras opiniones con un tono de censura hacia los demás; servirnos de soluciones prefabricadas o de consejos repetitivos y manidos; irritarnos cuando alguien no piensa como nosotros, aunque luego nos digamos a favor de la diversidad y de tolerancia; llenarnos de celos cuando alguien sobresale a nuestro alrededor; exigir a otros un nivel de perfección que les sobrepasa, y que tal vez nosotros mismos no alcanzamos; pedir sinceridad y franqueza, cuando en cambio quizás nos resistimos a las correcciones.


Madurez y sentido crítico


Cuando miramos a los demás con afecto, muchas veces advertiremos que podemos ayudarles con un consejo de amigo; les diremos con confianza lo que otros quizá también han visto pero no han tenido la lealtad de comentarles. Solo ese fundamento, la caridad, hace que la corrección o la crítica sea verdaderamente útil y constructiva: “cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas”[6].


La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está en cierta manera ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos. Cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al tiempo, lo importante y liberador que es, entonces es más fácil observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y es capaz también de escucharlas con buena disposición.


Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de grandeza espiritual y de profunda sabiduría: “Quien ama la instrucción, ama el saber, y quien odia la corrección es un estúpido”[7]. Sin embargo, aceptar lo que nos dicen los demás no supone vivir siempre pendientes de la crítica en nuestra vida profesional o social, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica. A veces, el que hace bien las cosas puede ser bastante criticado: lo censuran quizá los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación[8]; o los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; o a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos. No faltan casos así, en los que hay que hacerse “perdonar” por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos. En esos casos, como nos aconsejaba nuestro Padre, “hemos de saber callar, rezar, trabajar, sonreír... y esperar. No deis importancia a esas insensateces: quered de veras a todas esas almas. Caritas mea cum omnibus vobis in Christo Iesu!”[9]


La responsabilidad de dar ejemplo


La madurez aúna la apertura a los demás con la fidelidad al propio camino y a los propios principios, incluso cuando apenas se encuentra eco o aceptación en el propio entorno. Es cierto que la indiferencia que percibimos a nuestro alrededor puede indicarnos que también nosotros tenemos quizá algo que cambiar, o al menos que explicar o presentar mejor. Pero hay algunas cosas que no deben cambiar nunca en nosotros, pase lo que pase, nos escuchen o no, nos alaben o nos insulten, lo agradezcan o lo rechacen, lo aprueben o lo reprueben: “ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido”[10].


No es infrecuente que una persona se sienta sola y sin apoyo en algunos de sus mejores empeños. La tentación de desistir puede ser muy fuerte. Le podrá parecer entonces que su ejemplo o su testimonio no sirven para mucho, pero no es así: una cerilla quizá no ilumina toda la habitación, pero todos en la habitación pueden verla. Tal vez hay muchas personas que se sienten incapaces de imitar ese ejemplo, pero saben que quieren seguirlo en la medida en que puedan, y ese testimonio tira de ellos para arriba.


Todos recordamos cómo nos ha ayudado a mejorar el buen ejemplo de tantas personas Y, sin embargo, es probable que muchos de ellos sepan muy poco acerca de su efecto real sobre nosotros. Es grande la responsabilidad que tenemos de influir positivamente en los demás. “No puedes destrozar, con tu desidia o con tu mal ejemplo, las almas de tus hermanos los hombres”[11]. Debemos hablar, aconsejar, exhortar, animar, pero sobre todo procurar que nuestras palabras estén avaladas por nuestras obras, por el testimonio de nuestra propia vida. Es imposible lograrlo siempre, e incluso la mayoría de las veces, pero hemos de querer ser una ayuda para todos, y saber pedir perdón de corazón si hemos dado mal ejemplo.


Una lucha de toda la vida


La apertura a los demás va muy unida a nuestro avance en una tarea que nos ocupará toda la vida: reconocer el rostro de la soberbia y luchar por ser más humilde. La soberbia se cuela por los resquicios más sorprendentes de nuestra relación con los demás. Si se nos mostrara de frente, su aspecto nos resultaría repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es ocultar su rostro, disfrazarse. La soberbia suele esconderse dentro de otra actitud aparentemente positiva, a la que contamina sutilmente. Después, cuando se hace fuerte, crecen sus manifestaciones más simples y primarias, propias de la personalidad inmadura: la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno mismo, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, las actitudes prepotentes o engreídas, junto al decaimiento profundo al percibir la propia debilidad.


La soberbia unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que toma apariencia de rigor. Otras, se oculta detrás de un apasionado afán de hacer justicia o de defender la verdad, cuando en el fondo late sobre todo un sentimiento de revancha, o una ortodoxia altiva que avasalla: un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo. Se trata de actitudes que, en lugar de servir a la verdad, se sirven de ella -de una sombra de ella- para alimentar el deseo de quedar por encima de los demás.


Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con las argucias de la soberbia. Pero podemos detectarla mejor, y no dejar que nos gane terreno. Habrá ocasiones en que nos engañará, porque tiende a atrincherarnos: nos hace reticentes a que los demás nos hagan ver nuestros defectos. Pero si nosotros no vemos su rostro, oculto de diversas maneras, quizá los demás sí lo habrán podido ver. Si somos capaces de escuchar la advertencia fraterna, la crítica constructiva, nos será mucho más fácil desenmascararla. Hace falta ser humilde para aceptar la ayuda de los demás. Y hace falta también ser humilde para ayudar a los demás sin humillar.


La madurez se cifra, en fin, en “el “sano prejuicio psicológico” de pensar habitualmente en los demás”[12]. La personalidad que Dios quiere para nosotros –y a la que todos aspiramos, aunque a veces busquemos en otra parte- es la de quien ha llegado a tener “un corazón que ama, un corazón que sufre, un corazón que se alegra con los demás”[13].

8 de enero de 2018

SANTO EN MEDIO DEL MUNDO

— El Señor llama a los discípulos en medio de su trabajo. 
— La santificación del trabajo. El ejemplo de Cristo.
— Trabajo y oración.
I. Después del Bautismo, con el que inaugura su ministerio público, Jesús busca a aquellos a quienes hará partícipes de su misión salvífica. Y los encuentra en su trabajo profesional. Son hombres habituados al esfuerzo, recios, sencillos de costumbres. Al pasar junto al mar de Galilea -se lee en el Evangelio de la Misa1-, vio a Simón y a Andrés, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y cambia la vida de estos hombres.
Los Apóstoles fueron generosos ante la llamada de Dios. Estos cuatro discípulos –Pedro, Andrés, Juan y Santiago– conocían ya al Señor2, pero es este el momento preciso en el que, respondiendo a la llamada divina, deciden seguirle del todo, sin condiciones, sin cálculos, sin reservas. Así la siguen hoy muchos en medio del mundo, con entrega total en un celibato apostólico. Desde ahora, Cristo será el centro de sus vidas, y ejercerá en sus almas una indescriptible atracción. Jesucristo los busca en medio de su tarea ordinaria, como hizo Dios con los Magos –según hemos contemplado hace pocos días–: por aquello que les podía ser más familiar, el brillo de una estrella; como llamó el Ángel a los pastores de Belén, mientras cumplen con su deber de guardar el ganado, para que fueran a adorar al Niño Dios y acompañaran aquella noche a María y a José...
En medio de nuestro trabajo, de nuestros quehaceres, nos invita Jesús a seguirle, para ponerle en el centro de la propia existencia, para servirle en la tarea de evangelizar el mundo. «Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos»3. Nos elige y nos deja –a la mayor parte de los cristianos, los laicos– allí donde estamos: en la familia, en el mismo trabajo, en la asociación cultural o deportiva a la que pertenecemos... para que en ese lugar y en ese ambiente le amemos y le demos a conocer a través de los vínculos familiares, o de las relaciones de trabajo, de amistad...
Desde el momento en que nos decidimos a poner a Cristo como centro de nuestra vida, todo cuanto hacemos queda afectado por esa decisión. Debemos preguntarnos si somos consecuentes ante lo que significa que el trabajo se convierta en el lugar para crecer en esa amistad con Jesucristo, mediante el desarrollo de las virtudes humanas y de las sobrenaturales.
II. El Señor nos busca y nos envía a nuestro ambiente y a nuestra profesión. Pero quiere que ese trabajo sea ya diferente. «Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña –la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana– pela patatas. Aparentemente –piensas– su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia!
»—Es verdad: antes “solo” pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas»4.
Para santificarnos con los quehaceres del hogar, con las gasas y las pinzas del hospital (¡con esa sonrisa habitual ante los enfermos!), en la oficina, en la cátedra, conduciendo un tractor o delante de las mulas, limpiando la casa o pelando patatas..., nuestro trabajo debe asemejarse al de Cristo, a quien hemos contemplado en el taller de José hace unos días, y al trabajo de los apóstoles, a quienes hoy, en el Evangelio de la Misa, vemos pescando. Debemos fijar nuestra atención en el Hijo de Dios hecho Hombre mientras trabaja, y preguntarnos muchas veces: ¿qué haría Jesús en mi lugar?, ¿cómo realizaría mi tarea? El Evangelio nos dice que todo lo hizo bien5, con perfección humana, sin chapuzas; y eso significa hacer el trabajo con espíritu de servicio a sus vecinos, con orden, con serenidad, con intensidad; entregaría los encargos en el plazo convenido, remataría su trabajo artesano con amor, pensando en la alegría de los clientes al recibir un trabajo sencillo, pero perfecto; se fatigaría... También realizó Jesús su quehacer con plena eficacia sobrenatural, pues a la vez, con ese mismo trabajo, estaba realizando la redención de la humanidad, unido a su Padre con amor y por amor, unido a los hombres también por amor a ellos6, y lo que se hace por amor, compromete.
Ningún cristiano puede pensar que, aunque su trabajo sea aparentemente de poca importancia –o así lo juzguen con ligereza algunos, con sus comentarios superficiales–, puede realizarlo de cualquier modo, con dejadez, sin cuidado y sin perfección. Ese trabajo lo ve Dios y tiene una importancia que nosotros no podemos sospechar. «Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. —No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en Él y menos en ti»7.
III. Para un cristiano que vive cara a Dios, el trabajo debe ser oración –pues sería una gran pena que «solo» pele patatas, en vez de santificarse mientras las pela bien–, una forma de estar a lo largo del día con el Señor, y una gran oportunidad de ejercitarse en las virtudes, sin las cuales no podría alcanzar la santidad a la que ha sido llamado; es, a la vez, un eficaz medio de apostolado.
Oración es conversar con el Señor, elevar el alma y el corazón hasta Él para alabarle, darle gracias, desagraviarle, pedirle nuevas ayudas. Esto se puede llevar a cabo por medio de pensamientos, de palabras, de afectos: es la llamada oración mental y la oración vocal; pero también se puede hacer por medio de acciones capaces de transmitir a Dios lo mucho que queremos amarle y lo mucho que lo necesitamos. Así pues, oración es también todo trabajo bien acabado y realizado con visión sobrenatural8, es decir, con la conciencia de estar colaborando con Dios en la perfección de las cosas creadas y de estar impregnando todas ellas con el amor de Cristo, completando así su obra redentora, cumplida no solo en el Calvario, sino también en el taller de Nazaret.
El cristiano que está unido a Cristo por la gracia convierte sus obras rectas en oración; por eso es tan importante la devoción del ofrecimiento de obras por las mañanas, al levantarnos, en la que, con pocas palabras, le decimos al Señor que toda la jornada es para Él; renovarlo luego algunas veces durante el día, y principalmente en la Santa Misa, es de gran importancia para la vida interior. Pero el valor de esta oración que es el trabajo del cristiano dependerá del amor que se ponga al realizarlo, de la rectitud de intención, del ejercicio de la caridad, del esfuerzo para acabarlo con competencia profesional. Cuanto más actualicemos la intención de convertirlo en instrumento de redención, mejor lo realizaremos humanamente, y más ayuda estaremos prestando a toda la Iglesia. Por la naturaleza de algunos trabajos, que exijan una gran concentración de la atención, no será fácil tener la mente con frecuencia en Dios; pero, si nos hemos acostumbrado a tratarle, buscándole de modo esforzado, Él estará como «una música de fondo» de todo lo que hacemos. Desempeñando así nuestras tareas, trabajo y vida interior no se interrumpirán, «como el latir del corazón no interrumpe la atención a nuestras actividades de cualquier tipo que sean»9. Por el contrario, trabajo y oración se complementan, como se enlazan con armonía las voces y los instrumentos. El trabajo no solo no entorpece la vida de oración, sino que se convierte en su vehículo. Se cumple entonces lo que le pedimos en esa hermosa oración10 al Señor: Actiones nostras, quaesumus, Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur: que todo nuestro día, nuestra oración y nuestro trabajo, tomen su fuerza y empiecen siempre en Ti, Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Ti llegue a su fin11.
Si Jesucristo, a quien hemos constituido en centro de nuestra existencia, está en el trasfondo de todo lo que realizamos, nos resultará cada vez más natural aprovechar las pausas que hay en toda labor para que esa «música de fondo» se transforme en auténtica canción. Al cambiar de actividad, al permanecer con el coche parado ante la luz roja de un semáforo, al acabar un tema de estudio, mientras se consigue una comunicación telefónica, al colocar las herramientas en su sitio..., vendrá esa jaculatoria, esa mirada a una imagen de Nuestra Señora o al Crucifijo, una petición sin palabras al Ángel Custodio, que nos reconfortan por dentro y nos ayudan a seguir en nuestro quehacer.
Como el amor sabe encontrar recursos, es ingenioso, sabremos poner algunas «industrias humanas», algunos recordatorios, que nos ayuden a no olvidarnos de que a través de lo humano hemos de ir a Dios. «Pon en tu mesa de trabajo, en la habitación, en tu cartera..., una imagen de Nuestra Señora, y dirígele la mirada al comenzar tu tarea, mientras la realizas y al terminarla. Ella te alcanzará –¡te lo aseguro!– la fuerza para hacer, de tu ocupación, un diálogo amoroso con Dios»12.