"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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2 de mayo de 2020

EXAMEN PARTICULAR

— Para ser fieles al Señor, luchar cada día. 
— Fin y materia del examen particular.
— La fidelidad en l lo que parece pequeño.
I. La promesa de la Sagrada Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún causó discusiones y escándalos en muchos de los seguidores del Señor. Ante una verdad tan maravillosa, una buena parte de los discípulos dejaron de seguirle: Desde entonces –relata San Juan en el Evangelio de la Misa– muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con Él.
Ante la maravilla de su entrega a los hombres en la Comunión eucarística, estos responden volviéndole la espalda. No es la muchedumbre, sino discípulos quienes le abandonan. Los Doce permanecen, son fieles a su Maestro y Señor. Ellos acaso tampoco comprendieron mucho aquel día lo que el Señor les promete, pero permanecieron junto a Él. ¿Por qué se quedaron? ¿Por qué fueron leales en aquel momento de deslealtades? Porque les unía a Jesús una honda amistad, porque le trataban diariamente y habían comprendido que Él tenía palabras de vida eterna, porque le amaban profundamente. ¿A dónde vamos a ir?, le dice Pedro cuando el Señor les pregunta si también ellos se marchan: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.
Los cristianos vivimos una época privilegiada para dar testimonio de esta virtud en ocasiones tan poco valorada, la fidelidad. Vemos cómo, con frecuencia, se quiebra la lealtad en el matrimonio, en la palabra empeñada, la fidelidad a la doctrina y a la persona de Cristo. Los Apóstoles nos muestran que esta virtud se fundamenta en el amor; ellos son fieles porque aman a Cristo. Es el amor el que les induce a permanecer en medio de las defecciones. Solo uno de ellos le traicionará, más tarde, porque dejó de amar. Por eso nos aconseja a todos el Papa Juan Pablo II: «Buscad a Jesús esforzándoos en conseguir una fe personal profunda que informe y oriente toda vuestra vida; pero sobre todo que sea vuestro compromiso y vuestro programa amar a Jesús, con un amor sincero, auténtico y personal. Él debe ser vuestro amigo y vuestro apoyo en el camino de la vida. Solo Él tiene palabras de vida eterna». Nadie más que Él.
Mientras estemos en este mundo, la vida del cristiano es una lucha constante entre amar a Cristo y el dejarse llevar por la tibieza, las pasiones o un aburguesamiento que mata todo amor. La fidelidad a Cristo se fragua cada día en la lucha contra todo lo que nos aparta de Él, en el esfuerzo por progresar en las virtudes. Entonces seremos fieles en los momentos buenos, y también en las épocas difíciles, cuando parece que son pocos los que se quedan junto al Señor.
Para mantenernos en una fidelidad firme al Señor es necesario luchar en todo momento, con espíritu alegre, aunque sean pequeñas las batallas. Y una manifestación de estos deseos de acercarnos cada día un poco más a Dios, de amar cada vez más, es el examen particular, que nos ayuda a luchar con eficacia contra los defectos y obstáculos que nos separan de Cristo y de nuestros hermanos los hombres, y nos facilita el modo de adquirir virtudes y hábitos, que limitan nuestras tosquedades en el trato con Jesús.
El examen particular nos concreta las propias metas de la vida interior y nos dispone a alcanzar, con la ayuda de la gracia, una cota determinada y específica de esa montaña de la santidad, o a expulsar a un enemigo, quizá pequeño, pero bien pertrechado, que causa numerosos estragos y retrocesos. «El examen general parece defensa. —El particular, ataque. —El primero es la armadura. El segundo, espada toledana».
Hoy, cuando le decimos al Señor que queremos serle fieles, nos debemos preguntar en su presencia: ¿Son grandes mis deseos de avanzar en el amor? ¿Concreto estos deseos de lucha en un punto específico que pueda ser el blanco de mi examen particular? ¿Soy dócil a las indicaciones que recibo en la dirección espiritual?
II. Mediante el examen general llegamos a conocer las razones últimas de nuestro comportamiento; con el examen particular buscamos los remedios eficaces para combatir determinados defectos o para crecer en las virtudes. Este examen, breve y frecuente a lo largo del día, en los momentos previstos, debe tener un fin muy preciso: «Con el examen particular has de ir derechamente a adquirir una virtud determinada o a arrancar el defecto que te domina». En ocasiones el objetivo de este examen será «derribar al Goliat, esto es, la pasión dominante», aquello que más sobresale como defecto, lo que más daño hace a nuestra amistad con el Señor, a la caridad con quienes nos relacionamos. «Cuando alguno se ve particularmente dominado por un defecto, debe armarse solo contra ese enemigo, y tratar de combatirlo antes que a otros (...), pues mientras no lo hayamos superado echaremos a perder los frutos de la victoria conseguida sobre los demás». Por eso es tan importante que nos conozcamos y que nos demos a conocer en la dirección espiritual, que es donde habitualmente fijaremos el tema de este examen.
Como no todos tenemos los mismos defectos, «se hace necesario que cada uno presente batalla en consideración al tipo de lucha con que se ve acosado».
Puede ser tema de examen particular el aumentar la presencia de Dios en medio del trabajo, en la vida de familia, mientras caminamos por la calle; el estar más atentos para descubrir dónde se encuentra un sagrario y dirigir al Señor un saludo o una jaculatoria, aunque no podamos acercarnos en ese momento; cuidar la puntualidad, comenzando desde por la mañana a la hora de levantarnos, al comenzar la oración, o la Santa Misa...; la paciencia con nosotros mismos, con los defectos de quienes colaboran en un mismo trabajo, o en la familia; suprimir de raíz el hábito de la murmuración y contribuir a que no se murmure en nuestra presencia; la brusquedad en el trato; el desinterés por las necesidades del prójimo; ganar en la virtud de la gratitud, de tal manera que sepamos dar las gracias aun por favores y servicios muy pequeños de la vida corriente; ser más ordenados en la distribución del tiempo, en los libros o instrumentos de trabajo, en las cosas personales, el trato con los Ángeles Custodios... Un examen particular que dejará en el alma una profunda huella, si luchamos, puede ser el amar y vivir mejor la Santa Misa y la Comunión.
Aunque en algunos casos el objetivo del examen particular pueda presentarse en su cara negativa, como resistencia al mal, el mejor modo de combatir será el de practicar la virtud contraria al defecto que tratamos de desarraigar: practicar la humildad para vencer la tendencia a ser el centro de todo o el deseo de recibir siempre elogios y alabanzas; ejercitarse en la serenidad para evitar la precipitación... De este modo se hace más eficaz y atractiva la lucha interior. «El movimiento del alma hacia el bien es más fuerte que el encaminado a apartarse del mal».
Antes de señalar la materia del examen particular debemos pedir luces al Señor para conocer en qué quiere Él que luchemos: Domine, ut videam!, ¡Señor, que vea!, le podemos decir como el ciego de Jericó. Y pedir ayuda en la dirección espiritual.
III. Es tarea personal la manera de concretar este examen. Para unos –por su modo de ser, por su temperamento– será necesario concretarlo mucho y llevar una contabilidad muy estrecha por su tendencia a la vaguedad y a las generalidades; para otros eso podría ser motivo de complicaciones y de crearse problemas donde no debe haberlos. Nos ayudarán en la dirección espiritual si nos esforzamos en darnos a conocer.
No nos debe extrañar si alcanzar con nuestra lucha el objetivo propuesto en el examen particular nos lleva tiempo. Si está bien puesto, lo normal es que se trate de un defecto arraigado, y que sea necesaria una lucha paciente, recomenzando una y otra vez, sin desánimos. En ese empezar de nuevo, con la ayuda del Señor, estamos afianzando bien los cimientos de la humildad. Para mantener despierto el examen particular hace falta fortaleza, constancia y humildad. El amor –que es ingenioso– encontrará cada día la manera de hacer nuevo el mismo punto de lucha, porque en él, más que la propia superación, buscamos amar al Señor, quitar todo obstáculo que entorpezca nuestra amistad con Él y, por tanto, lo que nos separa de los demás. Nos dará ocasión de hacer muchos actos de contrición por las derrotas, y acciones de gracias por las victorias.
La lucha en un examen particular concreto, cada día, es el mejor remedio contra la tibieza y el aburguesamiento. ¡Qué gran cosa si nuestro Ángel Custodio pudiera testificar al final de nuestra vida que luchamos en cada jornada, aunque no todo hayan sido victorias! La fidelidad llena de fortaleza en los momentos difíciles se forja cada día en lo que parece pequeño. «Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por contundente que sea: es esa agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza (...)».
Al terminar nuestra oración le decimos al Señor, como Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Sin Ti nos quedamos sin Camino, sin Verdad y sin Vida.
Es una hermosa jaculatoria para repetir muchas veces, pero especialmente a la hora de la lucha. A Nuestra Señora, Virgo fidelis, le pedimos que nos ayude a ser fieles, luchando cada día por quitar los obstáculos, bien concretos, que nos separan de su Hijo.

2 de marzo de 2018

ABORRECER AL PECADO

— Nuestros pecados y la Redención. El verdadero mal del mundo.

— La Cuaresma nos brinda la oportunidad de aumentar la lucha contra el pecado. 

— La lucha contra el pecado venial deliberado. Sinceridad. Examen. Contrición.

I. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados1.

La liturgia de estos días nos acerca poco a poco al misterio central de la Redención. Nos propone personajes del Antiguo Testamento que son imágenes de Nuestro Señor. Hoy, la Primera lectura de la Misa nos habla de José, que mediante la traición de sus hermanos llegó a ser, providencialmente, el salvador de la familia y de toda aquella región2. Es figura de Cristo Redentor.

José era el hijo predilecto de Jacob, y por encargo de su padre va en busca de sus hermanos. Recorre un largo camino hasta encontrarles: les lleva buenas noticias de su padre y también alimentos. Al principio sus hermanos –que le envidian y le odian por ser el predilecto– pensaron en matarle; más tarde le venden como esclavo, y así es conducido a Egipto. Dios se sirve de esta circunstancia para, años más tarde, darle un alto puesto en aquel país. En tiempos de gran hambre será el salvador de sus hermanos, a quienes no tiene en cuenta su crimen, y la tierra de Egipto donde se asentaron las tribus israelitas por benevolencia de José, se convirtió en cuna del pueblo elegido. Todos los que acuden en demanda de ayuda al faraón son enviados a José: id a José, les decía siempre.

También el Señor vino para traer la luz al mundo, enviado por el Padre: vino a su casa y los suyos no le recibieron3;... les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Este es el heredero. Venid, lo matamos y nos quedamos con la herencia. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron4. Así hicieron con el Señor: lo sacaron fuera de la ciudad y lo crucificaron.

Los pecados de los hombres han sido la causa de la muerte de Jesucristo. Todo pecado está relacionado íntima y misteriosamente con la Pasión de Jesús. Solo reconoceremos la maldad del pecado si, con la ayuda de la gracia, sabemos relacionarlo con el misterio de la Redención. Solo así podremos purificar de verdad el alma y crecer en contrición de nuestras faltas y pecados. La conversión que insistentemente nos pide el Señor, y de modo particular en este tiempo de Cuaresma, mientras nos acercamos a la Semana Santa, debe partir de un rechazo firme de todo pecado y de toda circunstancia que nos ponga en peligro de ofender a Dios. La renovación moral de la que tan necesitado está el mundo, parte de esta convicción profunda: «(...) en la tierra solo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»5. Por el contrario, «la pérdida del sentido del pecado es una forma o un fruto de la negación de Dios (...). Si el pecado es la ruptura de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él, entonces no es solamente negar a Dios, pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria»6. Nosotros no queremos borrar al Señor de nuestra vida, sino que cada vez esté más presente en ella.

«Podemos afirmar muy bien –dice el Santo Cura de Ars– que la Pasión que los judíos hicieron sufrir a Cristo era casi nada, comparada con la que le hacen soportar los cristianos con los ultrajes del pecado mortal (...). ¡Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado!»7. ¡Qué necedades a cambio de tanto bien! Por la misericordia divina, con la ayuda de la gracia, nosotros no le vamos a dejar, y procuraremos que muchos que están lejos se acerquen.

II. El esfuerzo de conversión personal que nos pide el Señor debemos ejercitarlo todos los días de nuestra vida, pero en determinadas épocas y situaciones –como es la Cuaresma– recibimos especiales gracias que debemos aprovechar. Este tiempo litúrgico es una ocasión extraordinaria para afinar en la lucha contra el pecado y para aumentar la vida de la gracia con el ejercicio de las buenas obras.

Para comprender mejor la malicia del pecado debemos contemplar lo que Jesucristo sufrió por los nuestros. En la agonía de Getsemaní le vemos padecer, hasta lo indecible. Él, que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros8, dice San Pablo; cargó con todos nuestros horrores, llegando a derramar sudor de sangre. «Jesús, solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre.

»De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración... Llora por ti... y por mí: le aplasta el peso de los pecados de los hombres»9. Es una escena que debemos recordar muchas veces, cada día, pero muy especialmente cuando las tentaciones arrecien.

El Señor nos ha llamado a la santidad, a amar con obras, y de la postura que se adopte ante el pecado venial deliberado depende el progreso de nuestra vida interior, pues los pecados veniales, cuando no se lucha por evitarlos o no hay suficiente contrición después de cometerlos, producen un gran daño en el alma, volviéndola insensible e indiferente a las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. Debilitan la vida de la gracia, hacen más difícil el ejercicio de las virtudes, y disponen al pecado mortal.

«Muchas almas piadosas –dice un autor de nuestros días– están en una infidelidad casi continua en “pequeñas” cosas; son impacientes, poco caritativas en sus pensamientos, juicios y palabras, falsas en su conversación y en sus actitudes, lentas y relajadas en su piedad, no se dominan a sí mismas y son demasiado frívolas en su lenguaje, tratan con ligereza la buena fama del prójimo. Conocen sus defectos e infidelidades y los acusan quizá en confesión, mas no se arrepienten de ellos con seriedad ni emplean los medios con que podrían prevenirlos. No reflexionan que cada una de estas imperfecciones es como un peso de plomo que las arrastra hacia abajo, no se dan cuenta de que van comenzando a pensar de manera puramente humana y a obrar únicamente por motivos naturales, ni de que resisten habitualmente a las inspiraciones de la gracia y abusan de ella. El alma pierde así el esplendor de su belleza, y Dios va retirándose cada vez más de ella. Poco a poco pierde el alma sus puntos de contacto con Dios: en Él no ve al Padre amoroso y amado a quien se entregaba con filial ternura; algo se ha interpuesto entre los dos»10. Es el camino, ya iniciado, de la tibieza.

En la lucha decidida por desterrar de nuestra vida todo pecado demostraremos nuestro amor al Señor, nuestra correspondencia a la gracia: «¡Qué pena me das mientras no sientas dolor de tus pecados veniales! —Porque, hasta entonces, no habrás comenzado a tener verdadera vida interior»11.

Pidamos hoy a la Virgen que nos conceda aborrecer, no solo el pecado mortal, sino también el pecado venial deliberado.

III. «Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo»12.

También para afrontar decididamente la lucha contra el pecado venial es preciso reconocerlo como tal, como ofensa a Dios que retrasa la unión con Él. Es preciso llamarlo por su nombre, sin excusas, sin disminuir la trascendental importancia que tiene para el alma que verdaderamente quiere ir a Dios. Movimientos de ira, envidia o sensualidad no rechazados con prontitud; deseo de ser el centro en todo, de llamar la atención; no ocuparse más que de uno mismo, de las propias cosas e intereses, perdiendo la capacidad para interesarnos por los demás; prácticas de piedad hechas con rutina, con poca atención y poco amor; juicios hechos con ligereza y poco caritativos sobre los demás..., constituyen pecados veniales y no solamente faltas o imperfecciones.

Debemos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a reconocer con sinceridad nuestras faltas y pecados, a tener una conciencia delicada, que pide perdón y no justifica sus errores. «El que tiene sano el olfato del alma –decía San Agustín–, sentirá cómo hieden los pecados»13.

Los santos han comprendido con entera claridad, a la luz de la fe y del amor, que un solo pecado –sobre todo mortal, pero también los pecados veniales– constituye un desorden mayor que el peor cataclismo que asolara la tierra, «pues el bien de la gracia de un solo hombre es mayor que el bien natural del universo entero»14.

Fomentemos un sincero arrepentimiento de nuestras faltas y pecados, luchemos por quitar toda rutina al acudir al sacramento de la Misericordia divina. «Ten verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean –aconseja San Francisco de Sales–, y haz firme propósito de la enmienda para en adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos»15.

La Virgen Santa María, Refugio de los pecadores, nos ayudará a tener una conciencia delicada para amar a Cristo y a todos los hombres, a ser sinceros con nosotros mismos y en la Confesión, a contar con nuestras flaquezas y a saber arrepentirnos de ellas con prontitud.