"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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24 de abril de 2022

La misericordia de Dios aviva nuestra fe



Domingo de la Divina Misericordia

 Evangelio (Jn 20,19-31)


Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:


—La paz esté con vosotros.


Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les repitió:


—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.


Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:


—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.


Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:


—¡Hemos visto al Señor!


Pero él les respondió:


—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.


A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:


—La paz esté con vosotros.


Después le dijo a Tomás:


—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.


Respondió Tomás y le dijo:


—¡Señor mío y Dios mío!


Jesús contestó:


—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.


Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


- Tomás quiere tocar las llagas de Jesús.


- La misericordia de Dios aviva nuestra fe.


- Las llagas del Resucitado nos introducen en su amor.


EL EVANGELIO de la Misa de hoy, después de relatar la primera aparición del Señor a los discípulos, se centra en la figura del apóstol Tomás, quien no había estado presente en aquel momento anterior. Cuando todos, desbordantes de alegría, cuentan que han visto al Señor, Tomás no les cree. Ni la insistencia de los otros diez apóstoles, ni el testimonio de las santas mujeres, ni el relato de lo sucedido a los discípulos de Emaús logran hacerle cambiar de opinión. Es más, reafirma su incredulidad respondiendo: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25).


Podemos imaginar los sentimientos que combatían en el corazón de Tomás. Era un hombre decidido, generoso, que amaba sinceramente al Señor. Por ejemplo, cuando Jesús decide ir a Betania para resucitar a Lázaro, con el peligro de ser capturado y condenado a muerte, Tomás exhorta a los demás apóstoles: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16). O en la última cena, cuando Jesús habla a los discípulos del cielo que les esperará si siguen sus pasos, Tomás manifiesta con sencillez que no está entendiendo: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,4-5).


Tomás era un hombre feliz junto a Jesús, deseaba seguirle y se declaraba dispuesto a compartir su suerte. Sin embargo, no había comprendido del todo la amplitud de su misión. Con la muerte de Cristo, su crisis personal fue profunda. Pero los deseos sinceros de seguir al Señor que siempre había demostrado hicieron posible que su corazón acogiera la luz de la fe. «A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se haya conformado con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor (...). Necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría que son más sólidas que cualquier duda»[1].


OCHO DÍAS DESPUÉS de la primera vez, Jesús vuelve a encontrar a los discípulos. En esta ocasión Tomás está presente. Tras el saludo inicial, el Señor enseguida se dirige a él: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Tomás se llena de estupor, en su corazón se desata una explosión de alegría. Su boca pronuncia «la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento»[2]: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). En este domingo de la Divina Misericordia contemplamos la grandeza de la misericordia de Dios con Tomás y, en él, con cada uno de nosotros. Jesús acude a confortar –y de qué manera– a aquel discípulo que, al no creer, sufría tanto.


Tomás se siente comprendido. La aparición es como un abrazo que lo libera de sus miedos e inseguridades, esos sentimientos que lo habían llevado a refugiarse en la incredulidad. En el fondo de su corazón siempre hubo un rescoldo de esperanza, aunque Tomás había evitado avivarlo por temor a engañarse. Se da cuenta, de golpe, de que Jesús era digno de fe por sus gestos, sus milagros, sus enseñanzas, su increíble amor y misericordia. Hace memoria de su vida junto a Jesucristo y se asombra de haber entendido tan poco.


Tras haber manifestado de forma tan breve como hermosa su fe y su adoración –«Señor mío y Dios mío»–, acepta el cariñoso reproche que le hace Jesús: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29). Es completamente cierto, piensa. Por esto, dedicará el resto de su vida –llegando incluso al martirio– a difundir esa fe que ha brillado más allá de todas sus dudas. Aunque probablemente no faltarían otros momentos de incertidumbre, Tomás ha aprendido a fiarse de Dios y a moverse en el claroscuro de la fe.


«NO VEO LAS LLAGAS como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios»[3]. A nosotros nos corresponde creer sin haber visto, sin haber compartido la vida con Jesús en esta tierra ni haber sido testigos directos de su resurrección. Sin embargo, nuestra fe es la misma que profesaron Tomás y los demás apóstoles; y, como ellos, estamos llamados a evangelizar el mundo entero. Para lograrlo, contamos con la cercanía y la misericordia del Señor. El mismo Cristo que se presentó ante el apóstol incrédulo y que le mostró sus llagas se nos ofrece a nosotros. «No se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»[4].


Jesús ha querido abrir las fuentes de su vida para que podamos participar de ella. Las llagas del Señor fueron, para Tomás y los demás apóstoles, un signo de su amor. Al verlas no se llenaron de dolor, lo que hubiera sido comprensible, sino que se vieron inundados de paz. Esas marcas de Cristo –que él ha deseado mantener– son un sello de su misericordia. Contemplarlas nos permite evitar, por adelantado, las dudas que nos podrían asaltar al mirar nuestra fría respuesta. Esas llagas son la prueba de que el amor de Jesús es firme y plenamente consciente.


«Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado”»[5]. Pidamos a María santísima, «icono perfecto de la fe»[6], que sepamos tocar las llagas de Jesús como lo hizo Tomás.


[1] Francisco, Homilía, 8-IV-2018.


[2] Benedicto XVI, Audiencia, 27-IX-2006.


[3] Himno eucarístico Adoro Te devote


[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 179.


[5] Francisco, Homilía, 27-IV-2014.


[6] Francisco, Lumen fidei, n. 58.

15 de febrero de 2022

LA MIRADA DEL PADRE DIOS


 


Evangelio (Mc 8,14-21)


En aquel tiempo:


Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo:


— Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.


Y ellos comentaban unos con otros que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice:


— ¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil?


— Doce — le respondieron.


— Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?


— Siete — le contestaron.


Y les decía:


— ¿Todavía no comprendéis?


  • Guardarse de la levadura que acusa a los otros.
  • Ojos y oídos de misericordia.
  • La mirada de la filiación divina.


LOS DISCÍPULOS suben a la barca con Cristo y queda atrás la incomprensión de los fariseos. El Señor quizás se ha embarcado con un poco de pena, por la dificultad que entraña muchas veces tocar el corazón del hombre. Y, tal vez, mientras se acomoda en el cabezal, entre redes y telas que usaría para protegerse de eventuales lloviznas, mira la orilla: muchas personas que ha venido a salvar, no han querido abrirle su alma.


«El hombre es un ser relacional. Si se trastoca la primera y fundamental relación del hombre –la relación con Dios– entonces ya no queda nada más que pueda estar verdaderamente en orden. De esta prioridad se trata el mensaje y el obrar de Jesús. Él quiere en primer lugar llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal»1. Nuestra tarea es eminentemente espiritual; se dirige a colaborar con la gracia en sanar lo más profundo del alma –primero la nuestra– para, después, poder ofrecer la misma medicina santa a quienes nos rodean. De ahí que Cristo llame la atención sobre la actitud de los fariseos y de Herodes. «Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), les dirá a sus apóstoles, una vez se alejan de la orilla.


Aquellos se fijaban solamente en lo exterior, en el cumplimiento de los preceptos, y entonces se habían acostumbrado a acusar a los demás. Pero «primero hay que quitar la viga del propio ojo, acusarse a sí mismo (...). Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo, y luego, si es necesario, decir a quien se deba decir las cosas de los demás, no es cristiano; entonces, no entra en esa obra tan bonita de reconciliación, pacificación, ternura, bondad, perdón, magnanimidad y misericordia que nos trajo Jesucristo (...). Ahorremos los comentarios sobre los demás y hagamos comentarios sobre nosotros mismos: ese es el primer paso en el camino de la magnanimidad»2.


JESÚS MIRA con cariño a aquellos hombres que él mismo ha elegido. Tras haberles puesto en guardia frente a la levadura de los fariseos, les pregunta: «¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis?» (Mc 8,17). Y ellos quizás se encogen de hombros, como respondiendo que no, que no alcanzan a seguir el hilo. Cristo añade: «¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís?» (Mc 8,18).


El Señor establece una conexión entre el corazón, de un lado, y la auténtica capacidad de mirar y de escuchar, por otro lado. Cuando se endurece el corazón, todo se ve con ojos humanos, se escucha solamente lo que uno quiere oír; y, al final, se pierde el horizonte sobrenatural de la gracia. Puede suceder que estemos con Cristo en su barca, en su mundo, y que de igual manera nos invada el desánimo porque pensamos que nos faltan cosas o que todo debería ser diferente. Entonces, podemos contemplar la mirada y la escucha de Jesús, podemos considerar cómo su corazón estaba siempre abierto al diálogo con su Padre y a sentirse interpelado por quienes le rodeaban.


«¡Visión sobrenatural! ¡Calma! ¡Paz! –recomendaba san Josemaría–. Mira así las cosas, las personas y los sucesos..., con ojos de eternidad»3. Cuando nos asalte la tentación de convertirnos nosotros mismos en jueces de lo que nos rodea, podemos recordar que «estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida»4. Entonces desarrollaremos, poco a poco, una manera misericordiosa de mirar y de escuchar, cada vez más semejante a la de Cristo.


DURANTE la vida, con frecuencia experimentaremos nuestras limitaciones, incluso en los momentos de mayor cercanía con el Señor. «Estemos siempre serenos –escribía san Josemaría–. Si somos piadosos y sinceros, no habrá penas duraderas y desaparecerán del todo esas otras que a veces nos inventamos, porque no lo son objetivamente. Viviremos con alegría, con paz, en los brazos de la Madre de Dios, como hijos pequeños suyos, que eso somos. De cuando en cuando, cada uno tiene en su mundo interior un conflicto menudo, que la soberbia se encarga de hacer grande, para darle importancia, para arrancarnos la paz. No hagáis caso de esas pequeñeces. Decid: soy un pecador, que ama a Jesucristo»5.


El Señor previene muchas veces a sus discípulos para que no caigan en aquella visión solamente humana, desprovista de la verdadera magnitud que alcanza su misión salvadora. «Si nos ponemos ante Dios la perspectiva cambia. No podemos más que asombrarnos de que seamos para Él, a pesar de todas nuestras debilidades y nuestros pecados, hijos amados desde siempre y para siempre»6. La filiación divina «colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador»7.


Los discípulos se preocupan porque no tienen pan en la barca, pero Jesús les recuerda que están junto a él, y que los multiplica cuando quiere. Le podemos pedir a nuestra Madre afinar cada vez mejor nuestra mirada para ser cada vez más sobrenaturales, para tener ojos y oídos de hijo.


1 Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Planeta, Barcelona 2012, p. 50.

2 Francisco, Homilía, 11-IX-2015.

3 San Josemaría, Forja, n. 996.

4 Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.

5 San Josemaría, Cartas 2, n. 15.

6 Francisco, Discurso, 6-XII-2021.

7 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 65.

11 de enero de 2022

LA MISERICORDIA DE DIOS TODO LO PUEDE



 Evangelio (Mc 1, 21-28)


Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.


Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: -¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!


Y Jesús le conminó: -¡Cállate, y sal de él!


Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: -¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea.


Comentario


Jesús se encuentra en Cafarnaúm predicando y realizando milagros. Vemos aquí que el mensaje que ha venido a traer se presenta con una fuerza sorprendente, tanto que el Señor se convierte rápidamente en una personalidad famosa, dejando estupefactos a quienes lo ven y oyen.


En esta ocasión, le traen un endemoniado que reconociendo inmediatamente que Jesús es el Santo de Dios, recibe como respuesta unas palabras tajantes del Señor: Calla y sal de él. A lo largo del evangelio de san Marcos volveremos a encontrarnos con que Jesús quiere que se guarde el “secreto” sobre su verdadera identidad (cf. Mc 1, 25.34.44; 3,12; 5,43; 7, 24.36; 8, 26.30; 9,9).


¿Cuál era la intención de Jesús al imponer este silencio? Podemos entenderlo si consideramos que el diablo desde el primer momento intenta desviar a Jesús hacia la lógica humana de obtener el éxito a través de la fuerza y del espectáculo, mientras que el Señor sabe que el sufrimiento y la humillación de la cruz son parte fundamental de su misión.


Jesús no se deja vencer por la tentación del camino fácil. Sabe que si quiere vencer al diablo es preciso no distraerse con las flores del camino e ir directamente al encuentro de las tinieblas del sufrimiento y de la muerte, para mostrarnos que aún en esas circunstancias adversas la luz de Dios continúa presente y no nos abandona.


Hoy día el demonio sigue actuando del mismo modo e intenta por todos los medios distraernos de la vocación a la que el Señor nos ha llamado. Una vez más, Jesús nos enseña que no se debe dialogar con la tentación sino cortar con un decidido ¡cállate! cuando sea necesario.


La gracia de Dios obra en nosotros.

Jesús es más fuerte que nuestras debilidades.

Admirarnos por los dones de Dios y compartirlos.

«¿QUÉ TENEMOS que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos?» (Mc 1,24). Un hombre poseído por un espíritu impuro recibe con estas palabras a Jesús. Quizá sin expresarlo tan crudamente, alguna vez hemos sentido la tentación de pensar que Dios nos ha complicado la vida. Tal vez en momentos de contradicción ha surgido en nosotros algún sentimiento de queja o autocompasión. Nos inquieta que el bien no se imponga de forma más fácil, rápida y eficaz, en nuestras vidas. A veces no alcanzamos a ver que todo lo que Dios nos pide es, en realidad, un don que nos ofrece.


Pero no queremos que esos razonamientos oscurezcan nuestra profunda convicción de que Dios nos quiere felices y que, por eso, nos ha hecho libres. «No os maravilléis de que no podáis saltar, de que no podáis vencer: ¡si lo nuestro es la derrota! La victoria es de la gracia de Dios»1. Por Cristo, con Cristo y en Cristo recorremos confiadamente este camino hacia la casa del Padre. Contrariamente a lo que expresa ese demonio, sabemos que Jesús, la segunda persona de la Trinidad, es más íntimo a nosotros que nosotros mismos.


No nos preocupan las dificultades externas ni las personales porque sabemos que, si las ponemos en manos de Cristo, actuará a través de ellas. ¡Cuántas veces hemos palpado la eficacia de la gracia! «Tampoco os podéis maravillar entonces –dice san Josemaría–: es que sois Cristo, y Cristo hace estas cosas por vuestro medio, como las hizo a través de los primeros discípulos. Esto es bueno, hijas e hijos míos, porque nos fundamenta en la humildad, nos quita la posibilidad de la soberbia, y nos ayuda a tener buena doctrina. El conocimiento de esas maravillas que Dios obra por vuestra labor os hace eficaces, fomenta vuestra lealtad y, por tanto, fortifica vuestra perseverancia»2.


JESÚS manda callar al espíritu impuro y le ordena salir inmediatamente de aquel hombre. El demonio tiene que ceder ante la fuerza y el poder de la gracia. «El Evangelio no puede ser negociado. No se puede llegar a acuerdos: la fe en Jesús no es una mercancía a negociar: es salvación, es encuentro, es redención. No se vende a bajo costo»3. Dudar de la fuerza de Cristo es sucumbir. Confiar más en el poder de nuestra debilidad que en la gracia es cerrar el corazón a su acción.


«Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen» (Mc 1,27). ¿Por qué sorprende tanto que el pecado retroceda ante la presencia de Jesús? ¿Por qué a veces damos tanta importancia a nuestros defectos, por muy arraigados que estén? Basta una palabra de Jesús y serán cosa del pasado, una y otra vez. Quizá entonces descubriremos el papel que tienen esas miserias en nuestra vida: nos ayudan a agrandar el corazón para que la gracia habite en él.


En el sacramento de la confesión se cumple este milagro continuamente. El mal se repliega ante la potestad del Hijo de Dios. A través de este sacramento entra en el mundo una corriente que renueva el aire enrarecido por el pecado. Cada vez que nos confesamos, el demonio comprueba de nuevo que no tiene nada que hacer, se produce una victoria del bien sobre el mal. En ese tribunal de misericordia Jesús reafirma su compromiso con nosotros.


QUEREMOS hacernos testigos de este amor y llevarlo hasta nuestros amigos, nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo. En muchos casos quizá no han tenido la misma suerte que nosotros. Esa cercanía con la bondad de Dios, esa naturalidad con la que la tocamos a diario, podría llevarnos al acostumbramiento. A nuestro ángel de la guarda le pedimos que nos llene siempre de asombro ante los prodigios de la gracia. El evangelio de hoy habla de la estupefacción de los habitantes de Cafarnaún ante la potestad de Jesús. Ojalá también nosotros seamos capaces de admirarnos día tras día por sus dones inmerecidos y constantes.


Qué mejor forma de valorarlos que compartirlos con los demás. En esa misión de evangelización, el apóstol nunca olvida que lo que transmite no es propio; eso le libera del miedo a fracasar, a importunar, a no acertar. Sabe que Dios cuenta con él para hacer felices a los demás y se lanza a anunciar esta buena noticia. Así les ha pasado a los apóstoles y a muchos cristianos que nos han transmitido la fe. «Cuando se trata del Evangelio y de la misión de evangelizar, Pablo se entusiasma, sale fuera de sí. Parece que no ve otra cosa que esta misión que el Señor le ha encomendado. Todo en él está dedicado a este anuncio, y no posee otro interés que no sea el Evangelio. Es el amor de Pablo, el interés de Pablo, el trabajo de Pablo: anunciar»4.


A la Virgen, Reina de los apóstoles, pedimos que nos haga buenos testigos de la fuerza de su Hijo. Le pedimos que nos recuerde, día tras día, que Dios es igual de poderoso (cfr. Is 59,1) y que su misericordia es capaz de borrar cualquier rastro de pecado y tristeza.

3 de diciembre de 2021

GRACIA Y MSERICORDIA DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA



 Evangelio (Mt 9,27-31)


Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos:


— ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo:


— ¿Creéis que puedo hacer eso?


— Sí, Señor - le respondieron.


Entonces les tocó los ojos diciendo:


— Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.


Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente:


— Mirad que nadie lo sepa.


Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca.


Comentario


Entre los milagros que más hizo el Señor en su vida pública hay uno que le gustaba especialmente: devolver la vista a los ciegos. La vista es el sentido que hoy se considera más importante, quizá porque tenemos la idea de que el conocimiento pasa sobre todo a través de los ojos, en ocasiones, hasta en la fe: “hay que ver para creer”.


En el evangelio de hoy Jesús nos enseña justo lo contrario: “hay que creer para ver”. Al salir de la casa de Jairo, donde ha resucitado a la hija de doce años, se le acercan dos ciegos que empiezan a gritarle para que tenga misericordia de ellos. El Señor parece no hacerles caso y le siguen durante todo el recorrido hasta llegar a la casa donde residía. Como en otras ocasiones, Jesús deja que los que quieren ser curados insistan en su petición. En el caso de los dos ciegos esto tiene el inconveniente de que, no pudiendo ver el camino, le resultaría costoso seguir los pasos de Jesús y de sus discípulos.


A veces Dios quiere que le sigamos a oscuras, cuando en algunos momentos de la vida parece apagarse nuestra fe o el deseo de ser fieles a su voluntad flaquea. Es la hora de la confianza, del recogimiento para escuchar con más atención a Cristo, que pasa a nuestro lado.


Llegado a su destino, el Maestro se deja alcanzar por los dos ciegos y les dirige una pregunta, que parece casi una afirmación: ¿Creéis que puedo hacer eso? Sé que tenéis fe, me lo habéis demostrado siguiéndome hasta aquí, pero necesito escucharlo de vuestros labios. “Sí, Señor”, creemos que lo puedes todo. Y “se les abrieron los ojos”, pudieron ver su vida con la luz de Dios.


Jesús insiste con que no se lo cuenten a nadie, para que generaciones enteras de cristianos, como tú y yo, lo puedan experimentar en su propia vida.


PATA TU RATO DE ORACION


JESÚS predica y cura a los enfermos en los alrededores del lago de Tiberíades. Su fama se ha difundido por toda la región. La gente habla y se hace preguntas sobre Él. Muchos le consideran ya el Mesías prometido. En ese momento, mientras salía de una localidad, «le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: –¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27). Seguramente los ciegos se guiaron por el rumor de la muchedumbre que acompañaba al Señor. Es muy posible que la multitud les haya abierto paso o incluso que alguna persona los haya llevado hasta quien buscaban. Así, cuando el Señor llegó a su destino, pudieron acercarse a Él y exponerle su petición. «Jesús les dijo: –¿Creéis que puedo hacer esto? –Sí, Señor –le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: –Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe» (Mt 9,28).

Como los ciegos del evangelio, nos sentimos también necesitados. Ellos sufrían una dura limitación física; nosotros, en el recogimiento de nuestra oración, nos damos cuenta de que también experimentamos tantas limitaciones materiales y espirituales. Existen muchas cosas que quisiéramos ver más claro. A veces parece que todo se vuelve borroso. Quizá, como a los dos ciegos que siguieron a Jesús, nos vienen ganas de gritar en nuestro corazón pidiendo su ayuda. Queremos abrirnos paso entre la muchedumbre hasta llegar a Él. Entonces imploraremos por nuestra curación desde lo más íntimo de nuestra alma, convencidos de su misericordia. Y saber que somos escuchados por Jesús nos llena de esperanza.

Jesucristo vino al mundo para salvarnos. Él «está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la santidad, ese encendernos más»[1]. Jesucristo, si se lo pedimos, puede traer también luz a nuestros ojos.


«AHORA, que se acerca el tiempo de la salvación –señala san Josemaría–, consuela escuchar de los labios de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia (Ti 3,5).

Si recorréis las Escrituras Santas –continúa–, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra (Sal 33,5), se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem (Eclo 18,12); nos rodea (Sal 32,10), nos antecede (Sal 59,11), se multiplica para ayudarnos (Sal 34,8), y continuamente ha sido confirmada (Sal 107,2). Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia (Sal. 24,7): una misericordia suave (Sal 109,21), hermosa como nube de lluvia (Eclo 35,26)»[2].

Si conocemos cada vez mejor cómo es Dios, tendremos motivos suficientes para sentirnos seguros junto a Él. Nos conforta saber que ha venido por nosotros y que sus predilectos fueron siempre los enfermos y aquellos con corazón grande, aunque sus miserias fueran muchas. Nos lo recuerda las palabras del profeta Isaías que leemos en la primera lectura de la Misa de hoy: «Aquel día los sordos oirán las palabras del libro, y, desde la oscuridad y las tinieblas, los ciegos verán. Los humildes aumentarán su alegría en el Señor, y los más pobres exultarán en el Santo de Israel» (Is 29, 17-20).

«¡Qué seguridad nos produce esa actitud del Señor! “Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso” (Ex 22,27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno” (Hb 4,16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si –por nuestra culpa y nuestra debilidad– caemos, el Señor nos socorre y nos levanta»[3].


JESÚS sana a los ciegos tocando sus ojos. Con frecuencia los evangelistas describen al Señor acercando su mano a los enfermos. Se trata de un signo gráfico que muestra su poder divino que somete al mal. Dios abraza y redime todas las situaciones humanas: incluso las más duras y desesperadas, incluso las que pueden parecer muy lejanas. «La misericordia de nuestro Señor se manifiesta sobre todo cuando Él se inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia, es más, Él mismo es la misericordia»[4].

Dejémonos tocar por Dios y vivamos nuestra vida cristiana con actitud de hijo en una atmósfera de confianza. Tenemos la seguridad inquebrantable de que el Señor «nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos»[5].

Entonces nos damos cuenta de que la vida, en el fondo, es un continuo diálogo entre nuestra debilidad y la misericordia divina parecido al que mantuvieron aquellos dos ciegos con Jesús. La pregunta que les dirige el Señor es un recordatorio de que lo más importante es la confianza en Él. Entonces surge la respuesta firme: ¡nos fiamos!

Era tan inmensa la alegría de los ciegos después de su curación que no pudieron callar semejante acontecimiento. También nosotros, al comprobar las maravillas que Jesús obra en nuestras almas, queremos anunciar la bondad de nuestro Dios que viene a salvarnos. Al considerar, durante este rato de oración, el don de su misericordia, permanecemos con el alma encendida en acción de gracias. Hacemos extensivo nuestro agradecimiento a santa María, por quien vino al mundo nuestro Salvador.


[1] San Josemaría, Notas de una meditación, 2-III-1952

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 7.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 7.

[4] Francisco, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, 15-VIII-2015.

[5] Francisco, Homilía, 7-IV-2013.

23 de octubre de 2021

RICO EN MISERICORDIA

 



Evangelio (Lc 13,1-9)


Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:


— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.


Les decía esta parábola:


— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás».


Comentario


La invitación de Jesús a la conversión personal sigue siendo apremiante. Los interlocutores de Jesús pensaban que la causa de algunas desgracias e injusticias eran los pecados de esas mismas víctimas. Hasta sus mismos discípulos manifestaron esta misma mentalidad cuando vieron al ciego de nacimiento: “Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?” (Juan 9,2). Se hacían a sí mismos jueces inapelables de las conciencias ajenas. Jesús, sin embargo, les reprocha esa actitud, pues no examinan su propia vida, desconocen el estado de su alma, de modo que no se convierten.


La conversión es volverse a Dios, y con su luz, reconocer el propio pecado, y emprender una vida nueva, según las palabras del Salmo: “Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad; según tu inmensa compasión borra mi delito. (...) Yo reconozco mi delito, y mi pecado está de continuo ante mí” (Salmo 51,3.5). “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, recordaba el Papa Francisco al convocar el jubileo extraordinario de la misericordia[1].


La parábola de Jesús nos habla de la paciencia de Dios. El dueño de la higuera plantada en la viña lleva tres años esperando a que ese árbol dé fruto, y está dispuesto a esperar un cuarto año, pues el viñador le ha prometido que hará todo lo posible para que la siguiente cosecha no vuelva a ser infructuosa. Ciertamente, “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia” (Salmo 103,8). Pero esa paciencia divina no puede ser excusa para retrasar la conversión, para dejar de acudir una vez y otra a las fuentes de la gracia divina: los sacramentos, la savia divina que empapa y vivifica nuestra alma, y nos convierte en personas que dan fruto.


PARA TU RATO DE ORACION:


¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.


¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!


Camino, 309


Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo.


Camino, 711


Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el Dulce e Inmaculado Corazón de María, para que te lo purifique de tanta escoria, y te lleve al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús.


Surco, 830


Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?...


"Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome", reconocías.


—Consuélate: El no te negará ni su Amor ni su Misericordia, si le buscas.


Forja, 897


En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia.


Es Cristo que pasa, 75


El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a El, precisamente porque conoce nuestra debilidad.


Es Cristo que pasa, 75


Si consideramos las cosas despacio, veremos que un Dios Creador es admirable; un Dios, que viene hasta la Cruz para redimirnos, es una maravilla; ¡pero un Dios que perdona, un Dios que nos purifica, que nos limpia, es algo espléndido! ¿Cabe algo más paternal? ¿Vosotros guardáis rencor a vuestros hijos? ¿Verdad que no? Así Dios Nuestro Señor, en cuanto le pedimos perdón, nos perdona del todo. ¡Es estupendo!


Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.


Forja, 192


De entre los diálogos de Dios con Moisés que recoge el libro del Éxodo, hay una escena rodeada de misterio en la que este pide al Señor que le muestre su rostro. «Podrás ver mi espalda», responde el Señor, «pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33,23). Llegada la plenitud de los tiempos, Felipe hace esa misma petición a Jesús, en una de esas conversaciones llenas de confianza que los apóstoles tenían con el Maestro: «Señor, muéstranos al Padre» (Jn 14,8). Y la respuesta del Dios encarnado no se hace esperar: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9).


Jesucristo revela al Padre: cuando meditamos los Evangelios es posible descubrir los rasgos de Dios -entre ellos, y de modo eminente, su misericordia- plasmados en la sencillez de las palabras y de la vida de Jesús. La misericordia divina, que Dios había ido mostrando a lo largo de la historia del pueblo elegido, resplandece en el Verbo encarnado. En Él, «rostro de la misericordia del Padre»[1], se realiza de lleno aquella tierna plegaria que el Señor había enseñado a Moisés, para que los sacerdotes bendijeran a los hijos de Israel: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia, el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). En Jesús, Dios hace brillar definitivamente su rostro sobre nosotros, y nos concede la paz que el mundo no puede dar[2].


El Dios que busca y escucha


La misericordia de Dios se deja entrever desde las primeras páginas del Génesis. Tras su pecado, Adán y Eva se esconden entre los árboles del jardín, porque sienten su desnudez, y ya no se atreven a mirar a Dios a los ojos. Pero el Señor sale enseguida a su encuentro: «si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: “Adán, ¿dónde estás?”, lo busca»[3]. El Señor les anuncia ya entonces el futuro triunfo sobre el linaje de la serpiente, e incluso les hace unos vestidos de pieles como manifestación de que, a pesar de su pecado, su amor hacia ellos no se ha extinguido[4]. Dios cierra a sus espaldas la puerta del paraíso[5], pero abre en el horizonte la puerta de la misericordia: «Dios encerró a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rm 11,32).


En el libro del Éxodo, el Señor actúa con decisión para liberar a los israelitas oprimidos. Sus palabras a Moisés desde la zarza ardiente se proyectan, como las del Génesis, en los siglos: «He observado la opresión de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor por la dureza de sus opresores, y he comprendido sus sufrimientos. He bajado para librarlos del poder de Egipto» (Ex 3,7-8). ¡Qué ejemplo para nosotros, a veces lentos en escuchar y en poner por obra lo que los demás necesitan de nosotros! Dios es un Padre bueno, que ve la tribulación de sus hijos, e interviene para darles la libertad. Una vez pasado el mar Rojo, en el marco solemne del Sinaí, el Señor se manifiesta a Moisés como «Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad y verdad» (Ex 34,6) [6].


Un amor “visceral”


El Salmo 86 repite casi al pie de la letra esas palabras del Éxodo: «Deus miserator (rajum) et misericors (janún), patiens et multae misericordiae (jésed)et veritatis (émet)» (Sal 86[85],15). En su traducción de la Biblia al latín, san Jerónimo optó por traducir tres conceptos hebreos con tres términos casi sinónimos, derivados de la palabra “misericordia”. Realmente, estos conceptos están entrelazados, pero cada uno de ellos aporta unos matices que conviene desmenuzar si queremos apreciar la realidad de la misericordia de Dios, que no se agota en una sola palabra.


El adjetivo rajum (miserator), deriva de réjem, que significa “vientre, entrañas, seno materno” y se usa en la Biblia para hablar del nacimiento de una criatura[7]. Rajum describe los sentimientos de una madre por el ser que es literalmente carne de su carne. «¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!» (Is 49,15). Dios «se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa solo de amar, proteger, ayudar, lista para donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término. Un amor, por lo tanto, que se puede definir en sentido bueno “visceral”»[8]. Un amor que sufre especialmente los olvidos, desprecios o abandonos de sus hijos –«Pueblo mío, ¿qué te he hecho Yo, o en qué te he molestado?» (Mi 6,3)–, pero que a la vez está siempre dispuesto a perdonarlos y a pasar por encima de esa frialdad, «porque no guarda su ira para siempre, y se complace en la misericordia» (Mi 7,18); un amor que se compadece por la situación lastimosa en la que puedan encontrarse los hijos con el correr de los años –«Yo te sanaré, te curaré tus heridas» (Jr 30,17)–, y que no ceja en su deseo de recuperarlos si se han alejado; un amor solícito para proteger a sus hijos si están siendo acosados o perseguidos: «no te asustes, Israel, porque yo te salvaré de la tierra lejana; y a tu descendencia del país de su destierro. Jacob volverá y descansará, estará tranquilo, y nadie lo hará temblar» (Jr 46,27); una acogida cordial y emocionada, receptiva al más mínimo detalle de cariño: «Venid. Comprad, sin dinero y sin nada a cambio, vino y leche» (Is 55,1). Es un amor que nos enseña a preocuparnos por los demás, a sufrir con sus sufrimientos y a alegrarnos con sus alegrías; a estar realmente cercanos a quienes nos rodean, con nuestra oración, nuestro interés, visitando a los enfermos… en definitiva, dando nuestro tiempo.



También se califica a Dios de janún (misericors). Este adjetivo, que se podría traducir por “compasivo” se deriva de la palabra jen, que significa “gracia, favor”: algo que se otorga por pura benevolencia, que va más allá de la estricta justicia. Expresa la actitud de Dios que se refleja en uno de los mandamientos del código de la Alianza: «si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de que el sol se ponga, porque es su única ropa y con ella abriga su piel; si no, ¿con qué va a dormir? En caso contrario clamará a mí, y yo le escucharé porque soy compasivo (janún)» (Ex 22,25-26). Se trata de un mandato inspirado por la compasión hacia el pobre, que no ha podido pagar lo que en justicia debería: Dios no tolera verle sufriendo, y en esa compasión –que Dios sabe inspirar a los suyos– se abre camino la verdadera justicia: «Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6). Quien conoce de verdad a Dios sabe reconocer al hermano que sufre. ¡Cuántas oportunidades de servir a los demás descubriremos si le pedimos al Señor esta mirada compasiva! El año jubilar es una buena ocasión para que, junto con otros, hagamos alguna obra de misericordia corporal en el lugar en que nos encontramos.


El Dios fiel, que sabe esperar


Este salmo dice también que el Señor es un Dios de mucha misericordia, multae misericordiae (jésed), utilizando en este caso una palabra del vocabulario familiar, que se podría traducir literalmente por “piedad”. Se refiere, sobre todo, a la bondad propia de las relaciones de los padres con los hijos, de estos con sus padres, o de los esposos entre sí. Por eso, cuando Jacob, ya muy anciano, está a punto de morir, llama a su hijo José y le pide: «jura que actuarás conmigo con piedad (jésed) y fidelidad; no me entierres en Egipto» (Gn 47,29). Esto es, le pide que se porte como corresponde a un hijo bueno y cumpla ese último deseo de su padre. Decir que Dios abunda en jésed es lo mismo que afirmar que Dios nos mira siempre como hijos: sus dones y su vocación son irrevocables[9]. «De este Dios misericordioso se dice también que es lento a la ira, literalmente, “largo en su respiración”, es decir, con la respiración amplia de la paciencia y de la capacidad de soportar. Dios sabe esperar, sus tiempos no son los tiempos impacientes de los hombres; Él es como un sabio agricultor que sabe esperar, deja tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña (cf. Mt 13,24-30)»[10].


Por último, se afirma que la misericordia del Señor está presidida por la abundancia de verdad: et veritatis (émet). En efecto, la misericordia no es una comedia que disimula las ofensas y las heridas como si no hubieran existido: las heridas no se vendan «sin antes curarlas y medicarlas»[11], porque se infectarían. El Señor «es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma»[12]. Dejar que nos cure significa reconocernos pecadores, enseñarle las heridas con la disposición de poner los medios oportunos para curarlas. «¡Enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica»[13]. Y entonces, el Señor promete que «aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve» (Is 1,18).


Una relación estable y serena con Dios y con los demás solo se puede construir sobre la verdad. La verdadera felicidad –escribe san Agustín, pensando en nuestra vida en la tierra y en la que nos espera en el cielo– es el gozo de la verdad, gaudium de veritate[14]. Vivir en la verdad es mucho más que “saber” algunas cosas. De ahí que el término hebreo émet signifique tanto “verdad” como “fidelidad”: la persona sincera es fiel, y quien desea ser fiel ama la verdad. «Una “lealtad” sin límites: he aquí la última palabra de la revelación de Dios a Moisés. La fidelidad de Dios nunca falla, porque el Señor es el guardián que, como dice el Salmo, no se duerme sino que vigila continuamente sobre nosotros para llevarnos a la vida: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel (…). El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tu entradas y salidas ahora y por siempre (Sal 121,3-4.7-8)”»[15].


En síntesis, en el Antiguo Testamento la misericordia divina es la acogida materna y entrañable que el Señor ofrece a quien se encuentra necesitado y reconoce la verdad de su situación –sus debilidades, errores, pecados o infidelidades–. Dios no solo lo libera de aquello que carga sobre él y lo oprime, sino que lo sana y restaura en la dignidad de hijo.


El rostro de la misericordia del Padre


«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida…» (1 Jn 1,1). Con la misma fuerza con la que fueron escritas, llegan hasta nosotros estas palabras vibrantes del apóstol al que Jesús amaba. En Jesús vio y tocó el amor de Dios, y podemos hacerlo todos los cristianos, «para que nuestra alegría sea completa» (1 Jn 1,4). Jesucristo «es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios»[16]. Por eso, San Josemaría nos invitaba a no cansarnos de saborear «aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros humanos y divinos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos»[17].


Cristo es el buen samaritano[18], que no pasa de largo ante quienes padecen cualquier necesidad, espiritual o material, sino que se conmueve y pone remedio a la desgracia. «Dios se mezcla en nuestras miserias, se acerca a nuestras heridas y las cura con sus manos; y para tener manos se hizo hombre. Es un trabajo de Jesús, personal: un hombre cometió el pecado, un hombre viene a curarle»[19]. Toda la vida del Señor está llena de gestos de misericordia: perdona los pecados al paralítico que descuelgan en su camilla desde el techo de la casa en la que estaba[20], resucita y entrega vivo a su madre al hijo único de la viuda de Naín[21], alimenta milagrosamente a las multitudes que lo siguen, para que no desfallezcan[22]. «Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de sus interlocutores y respondía a sus necesidades más reales»[23].


Este amor incondicional del Señor llega a su máxima expresión en su Pasión. Ahí todo es perdón a los hombres, paciencia ante nuestros pecados, palabras sin ningún regusto de amargura. Clavado al madero, se conmueve ante la confesión sincera de un ladrón –«nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho»– que inmediatamente le pide: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,41-42). Se trata de una “instantánea” perfecta de la misericordia: Jesús acoge la petición de aquel hombre necesitado de cariño, que reconoce con sencillez el mal en su vida; lo perdona, y le abre la puerta de entrada al cielo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). La respuesta misma del Señor nos muestra que había estado esperando ese momento, como lo espera para cada uno de nosotros una vez, muchas veces. «Jesús acogía con bondad a los pecadores. Si pensamos en modo humano, el pecador sería un enemigo de Jesús, un enemigo de Dios, pero Él se acercaba a ellos con bondad, los amaba y les cambiaba su corazón»[24].


Al pie de la cruz estaba la Santísima Virgen. Confiados en su intercesión, nos podemos dirigir a Dios con San Josemaría que, siguiendo una inspiración divina, rezaba: «Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae ut misericordiam consequamur»[25], vayamos confiadamente al trono de la gloria para obtener misericordia.


30 de junio de 2021

MISERICORDIA DE DIOS

 


Evangelio (Mt 8,28-34)


En aquel tiempo:

Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. Y en esto, se pusieron a gritar diciendo:


— ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?


Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios le suplicaban:


— Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.


Les respondió:


— Id.



Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. Así que toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región.


Comentario


Hemos llegado, con Jesús a bordo, a la otra orilla del mar de Galilea y le acompañamos hasta Gadara, tierra de gentiles. También allí el Señor quiere llevar la Buena Nueva, pues “Él no hace acepción de personas” (Siracida 35,13). Bien unidos a Él podemos ser testigos de las situaciones más impactantes: dos endemoniados furiosos ante la presencia inesperada de Jesús. Los demonios no conocen que Dios es Amor (1 Juan 4,16), ni saben que el Corazón de Jesús encarna ese Amor por toda la humanidad; pero sí reconocen en ese Hombre un exorcista implacable: muchos demonios ya se han sometido a Él. Y rabian de envidia cuando le ven defender a los hombres del poder maligno y vencer. No entra en sus planes que Jesús pueda recorrer kilómetros, atravesar mares y llegar “antes del tiempo” para expulsarlos.


La escena se nos muestra escalofriante: los hombres son liberados y en su lugar una piara de cerdos serán los nuevos poseídos. Eran animales considerados impuros en las leyes judías. Pero el hombre está llamado a la pureza, a la santidad; su cuerpo no es un lugar digno de los demonios. Por eso Jesús ejerce todo su poder para liberar a esos hombres. Por ellos, por cada hombre, por cada mujer, Él dará su vida en la Cruz, rescatándonos del pecado y del poder del maligno. De su Corazón abierto manarán la sangre y el agua que purificarán el mundo.


Junto a la maravilla de ver libres a esos hombres, queda la pena del rechazo a Jesús por parte de los habitantes de Gadara. Para ellos, el exorcismo es también un duro reproche, pues no les importaba el terrible tormento de aquellos dos conciudadanos suyos. Vivían a sus espaldas, con una impureza mayor que la de aquellos animales. Si en algún momento de nuestra vida, ante el sufrimiento ajeno, tenemos la tentación de mirar a otra parte, acudamos al Sagrado Corazón de Jesús: de ahí manan, “tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño”[1]. Y seremos capaces de hacernos cargo de las heridas de este mundo, de ser misericordiosos como el Padre celestial (cf. Lucas 6,36).


PARA MEDITAR EN TU RATO DE ORACION


¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.3


Superabundancia de caridad


La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 114


A todos los que estamos dispuestos a abrirle los oídos del alma, Jesucristo enseña en el sermón de la Montaña el mandato divino de la caridad. Y, al terminar, como resumen explica: amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperanza de recibir nada a cambio, y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque El es bueno aun con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, así como también vuestro Padre es misericordioso.


La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso. Así glosa la caridad San Pablo en su canto a esa virtud: la caridad es sufrida, bienhechora; la caridad no tiene envidia, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se huelga de la injusticia, se complace en la verdad; a todo se acomoda, cree en todo, todo lo espera y lo soporta todo.


Amigos de Dios, 232


Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás: se compadece de la viuda de Naím, llora por la muerte de Lázaro, se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer, se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad:desembarcando vio Jesús una gran muchedumbre, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a instruirlos en muchas cosas.


Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesidades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María.


Es Cristo que pasa, 146.


Un amor que no decae


Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía”. Papa Francisco, homilía 7-4-2013


Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra, se extiende a todos sus hijos,super omnem carnem; nos rodea, nos antecede, se multiplica para ayudarnos, y continuamente ha sido confirmada. Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia: una misericordia suave, hermosa como nube de lluvia.


Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím. ¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el que podía ayudarle en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve ante el dolor humano.


Es Cristo que pasa, 7


Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él.


Es Cristo que pasa, 84


Dios no se cansa de perdonar


Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.3


Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo. Camino, 711


Dale vueltas, en tu cabeza y en tu alma: Señor, ¡cuántas veces, caído, me levantaste y, perdonado, me abrazaste contra tu Corazón!


Dale vueltas..., y no te separes de El nunca jamás


Forja, 173


Cuanto más grande seas, humíllate más y hallarás gracia ante el Señor. Si somos humildes, Dios no nos abandonará nunca. El humilla la altivez del soberbio, pero salva a los humildes. El libera al inocente, que por la pureza de sus manos será rescatado. La infinita misericordia del Señor no tarda en acudir en socorro del que lo llama desde la humildad. Y entonces actúa como quien es: como Dios Omnipotente. Aunque haya muchos peligros, aunque el alma parezca acosada, aunque se encuentre cercada por todas partes por los enemigos de su salvación, no perecerá. Y esto no es sólo tradición de otros tiempos: sigue sucediendo ahora.


Amigos de Dios, 104


¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no podrá oírte? No es así, porque tiene entrañas de misericordia. Si, a pesar de esta maravillosa verdad, percibes tu miseria, muéstrate como el publicano: ¡Señor, aquí estoy, tú verás! Y observad lo que nos cuenta San Mateo, cuando a Jesús le ponen delante a un paralítico. Aquel enfermo no comenta nada: sólo está allí, en la presencia de Dios. Y Cristo, removido por esa contrición, por ese dolor del que sabe que nada merece, no tarda en reaccionar con su misericordia habitual: ten confianza, que perdonados te son tus pecados.


Amigos de Dios, 253