"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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1 de marzo de 2021

LA LUZ DEL ALMA

 — La conciencia ilumina toda la vida. Se puede deformar y endurecer.

— La conciencia bien formada. Doctrina y vida. Ejemplaridad.

— Ser luz para los demás. Responsabilidad.


I. Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones1, nos repite la liturgia todos los días de este tiempo litúrgico. Y cada día, de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.


«Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad»2. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás.


Antorcha de tu cuerpo son tus ojos3, dice el Señor. Antorcha del alma es la conciencia, y si está bien formada, ilumina el camino, el camino que termina en Dios, y el hombre puede avanzar por él. Aunque tropiece y caiga, puede levantarse y seguir adelante. Quien ha dejado que su sensibilidad interior se «duerma» o «muera» para las cosas de Dios, se queda sin señales y desorientado. Es la mayor desgracia que le puede ocurrir a un alma en esta vida. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal -anuncia el profeta Isaías-, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!4.


Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas5. Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.


Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.


La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión –no quieren creer6– y no pone la causa en una dificultad involuntaria: esta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina7. Las pasiones y la falta de sinceridad con uno mismo pueden llegar a forzar el entendimiento, para pensar de otra forma más acorde con un tono de vida o con unos defectos y malos hábitos que no se quieren abandonar. No hay entonces buena voluntad, el corazón se endurece y se adormece la conciencia, porque ya no señala la dirección verdadera, la que lleva a Dios; es como una brújula rota que desorienta a la propia persona, y frecuentemente a otras muchas. «El hombre que tiene el corazón endurecido y la conciencia deformada, aunque pueda tener la plenitud de las fuerzas y de las capacidades físicas, es un enfermo espiritual y es preciso hacer cualquier cosa para devolverle la salud del alma»8.


La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia, y para que examinemos si somos radicalmente sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con aquellas personas que en su nombre tienen la misión de aconsejarnos.


II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, de la propia subjetividad, sino de Jesucristo. Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas9. Su luz esclarece nuestras conciencias; más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: vosotros sois la luz del mundo10. Nos pone el Señor en el mundo a todos los cristianos para que señalemos con la luz de Cristo el camino a los demás. Lo haremos con nuestra palabra y, particularmente, a través de nuestro comportamiento en los deberes profesionales, familiares y sociales. Por esto, debemos conocer muy bien los límites de nuestras actuaciones con arreglo a la honradez humana y a la moral de Cristo; ser conscientes del bien que podemos realizar, y hacerlo; tener clara conciencia de aquello que en la profesión no puede hacer un hombre de bien y un buen cristiano, y evitarlo; si hemos cometido un error, pedir perdón, corregirlo, y reparar si hubiese lugar a ello. La madre de familia que tiene como tarea santificadora su hogar, deberá preguntarse en su oración si es ejemplar en sus deberes para con Dios, si vive la sobriedad, si domina su malhumor, si dedica el tiempo necesario a los hijos y a la casa... El empresario debe considerar con frecuencia si pone todos los medios necesarios para conocer la doctrina social de la Iglesia, y si se empeña en llevarla a la práctica en sus negocios, en el mundo de su empresa, si paga los salarios justos...


La vida cristiana se enriquece al poner en práctica, en los asuntos diarios, las enseñanzas que el Señor nos hace llegar a través de su Iglesia. La doctrina cobra así toda su fuerza. Doctrina y vida son realidades de una conciencia bien formada. Cuando por ignorancia más o menos culpable se desconoce la doctrina o cuando, conociendo esta, no se lleva a la práctica, se hace imposible llevar una vida cristiana y avanzar en el camino de la santidad.


Todos tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales de la formación de la conciencia. En ocasiones, ante situaciones menos claras que se presentan en nuestra profesión deberemos considerarlas delante de Dios, y cuando sea necesario recabar el consejo oportuno de aquellas personas que pueden esclarecer nuestra conciencia, y luego llevar a la práctica las decisiones que hayamos tomado, con responsabilidad personal. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta responsabilidad.


En el examen general y particular de conciencia aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, llamando a nuestros errores, flaquezas y faltas de generosidad por su nombre, sin enmascararlos con falsas justificaciones o tópicos del ambiente. La conciencia que no quiere reconocer sus faltas deja al hombre a merced de su propio capricho.


III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte... o llevan a un precipicio. Debemos tener el máximo interés en formar bien nuestra conciencia, pues es la luz que nos hace distinguir el bien del mal, la que nos lleva a pedir perdón y recuperar la senda del bien si la hubiésemos perdido. La Iglesia nos proporciona los medios, pero no nos exime del esfuerzo de aprovecharlos con responsabilidad.


En nuestra oración de hoy podemos preguntarnos: ¿Dedico a mi formación espiritual el tiempo necesario, o me dejo absorber con frecuencia por las demás cosas que llenan el día? ¿Tengo un plan de lecturas, visto en la dirección espiritual, que me ayude a progresar en mi formación espiritual de acuerdo con mi edad y cultura? ¿Soy fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sabiendo que en él encuentro la luz de la verdad ante opiniones contradictorias en materia de fe, de enseñanzas sociales, etcétera, con las que frecuentemente me encuentro? ¿Procuro conocerlo y darlo a conocer? ¿Lo acato con docilidad y piedad? ¿Rectifico frecuentemente la intención ofreciendo las obras a Dios, teniendo en cuenta que los hombres tendemos a buscar el aplauso, la vanidad, la alabanza en lo que hacemos, y que por ahí entra muchas veces la deformación en la conciencia?


Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Debemos formarnos «de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —“bueno, ¿qué hay que hacer?”»11. Los hijos, los parientes, los colegas, los amigos se fijan en nuestro comportamiento y hemos de llevarlos a Dios. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego12 no basta saber como de oídas, por referencias; para llevar a nuestros parientes y amigos a Dios no basta un conocimiento vago y superficial del camino; es necesario andarlo... Esto es: tener trato con el Señor, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, tener una lucha concreta contra nuestros defectos. En una palabra: ir por delante en la lucha interior y en el ejemplo. Ser ejemplares en la profesión, en la familia... «Quien tiene la misión de decir cosas grandes –dice San Gregorio Magno–, está obligado igualmente a practicarlas»13. Y solo si las practica será eficaz lo que diga.


Jesucristo, cuando quiso enseñar a los discípulos cómo habían de practicar el espíritu de servicio unos con otros, se ciñó él mismo una toalla y les lavó los pies14. Eso debemos hacer nosotros: dar a conocer a Cristo siendo ejemplares en los quehaceres diarios, convertir en vida la doctrina del Señor.


9 de marzo de 2020

LA CONCIENCIA, LUZ DEL ALMA


— La conciencia ilumina toda la vida. 
— La conciencia bien formada. 
— Ser luz para los demás. Responsabilidad.

I. Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones1, nos repite la liturgia todos los días de este tiempo litúrgico. Y cada día, de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.

«Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad»2. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás.

Antorcha de tu cuerpo son tus ojos3, dice el Señor. Antorcha del alma es la conciencia, y si está bien formada, ilumina el camino, el camino que termina en Dios, y el hombre puede avanzar por él. Aunque tropiece y caiga, puede levantarse y seguir adelante. Quien ha dejado que su sensibilidad interior se «duerma» o «muera» para las cosas de Dios, se queda sin señales y desorientado. Es la mayor desgracia que le puede ocurrir a un alma en esta vida. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal -anuncia el profeta Isaías-, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!4.

Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas5. Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.

Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.

La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión –no quieren creer6– y no pone la causa en una dificultad involuntaria: esta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina7. Las pasiones y la falta de sinceridad con uno mismo pueden llegar a forzar el entendimiento, para pensar de otra forma más acorde con un tono de vida o con unos defectos y malos hábitos que no se quieren abandonar. No hay entonces buena voluntad, el corazón se endurece y se adormece la conciencia, porque ya no señala la dirección verdadera, la que lleva a Dios; es como una brújula rota que desorienta a la propia persona, y frecuentemente a otras muchas. «El hombre que tiene el corazón endurecido y la conciencia deformada, aunque pueda tener la plenitud de las fuerzas y de las capacidades físicas, es un enfermo espiritual y es preciso hacer cualquier cosa para devolverle la salud del alma»8.

La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia, y para que examinemos si somos radicalmente sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con aquellas personas que en su nombre tienen la misión de aconsejarnos.

II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, de la propia subjetividad, sino de Jesucristo. Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas9. Su luz esclarece nuestras conciencias; más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: vosotros sois la luz del mundo10. Nos pone el Señor en el mundo a todos los cristianos para que señalemos con la luz de Cristo el camino a los demás. Lo haremos con nuestra palabra y, particularmente, a través de nuestro comportamiento en los deberes profesionales, familiares y sociales. Por esto, debemos conocer muy bien los límites de nuestras actuaciones con arreglo a la honradez humana y a la moral de Cristo; ser conscientes del bien que podemos realizar, y hacerlo; tener clara conciencia de aquello que en la profesión no puede hacer un hombre de bien y un buen cristiano, y evitarlo; si hemos cometido un error, pedir perdón, corregirlo, y reparar si hubiese lugar a ello. La madre de familia que tiene como tarea santificadora su hogar, deberá preguntarse en su oración si es ejemplar en sus deberes para con Dios, si vive la sobriedad, si domina su malhumor, si dedica el tiempo necesario a los hijos y a la casa... El empresario debe considerar con frecuencia si pone todos los medios necesarios para conocer la doctrina social de la Iglesia, y si se empeña en llevarla a la práctica en sus negocios, en el mundo de su empresa, si paga los salarios justos...

La vida cristiana se enriquece al poner en práctica, en los asuntos diarios, las enseñanzas que el Señor nos hace llegar a través de su Iglesia. La doctrina cobra así toda su fuerza. Doctrina y vida son realidades de una conciencia bien formada. Cuando por ignorancia más o menos culpable se desconoce la doctrina o cuando, conociendo esta, no se lleva a la práctica, se hace imposible llevar una vida cristiana y avanzar en el camino de la santidad.

Todos tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales de la formación de la conciencia. En ocasiones, ante situaciones menos claras que se presentan en nuestra profesión deberemos considerarlas delante de Dios, y cuando sea necesario recabar el consejo oportuno de aquellas personas que pueden esclarecer nuestra conciencia, y luego llevar a la práctica las decisiones que hayamos tomado, con responsabilidad personal. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta responsabilidad.

En el examen general y particular de conciencia aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, llamando a nuestros errores, flaquezas y faltas de generosidad por su nombre, sin enmascararlos con falsas justificaciones o tópicos del ambiente. La conciencia que no quiere reconocer sus faltas deja al hombre a merced de su propio capricho.

III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte... o llevan a un precipicio. Debemos tener el máximo interés en formar bien nuestra conciencia, pues es la luz que nos hace distinguir el bien del mal, la que nos lleva a pedir perdón y recuperar la senda del bien si la hubiésemos perdido. La Iglesia nos proporciona los medios, pero no nos exime del esfuerzo de aprovecharlos con responsabilidad.

En nuestra oración de hoy podemos preguntarnos: ¿Dedico a mi formación espiritual el tiempo necesario, o me dejo absorber con frecuencia por las demás cosas que llenan el día? ¿Tengo un plan de lecturas, visto en la dirección espiritual, que me ayude a progresar en mi formación espiritual de acuerdo con mi edad y cultura? ¿Soy fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sabiendo que en él encuentro la luz de la verdad ante opiniones contradictorias en materia de fe, de enseñanzas sociales, etcétera, con las que frecuentemente me encuentro? ¿Procuro conocerlo y darlo a conocer? ¿Lo acato con docilidad y piedad? ¿Rectifico frecuentemente la intención ofreciendo las obras a Dios, teniendo en cuenta que los hombres tendemos a buscar el aplauso, la vanidad, la alabanza en lo que hacemos, y que por ahí entra muchas veces la deformación en la conciencia?

Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Debemos formarnos «de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —“bueno, ¿qué hay que hacer?”»11. Los hijos, los parientes, los colegas, los amigos se fijan en nuestro comportamiento y hemos de llevarlos a Dios. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego12 no basta saber como de oídas, por referencias; para llevar a nuestros parientes y amigos a Dios no basta un conocimiento vago y superficial del camino; es necesario andarlo... Esto es: tener trato con el Señor, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, tener una lucha concreta contra nuestros defectos. En una palabra: ir por delante en la lucha interior y en el ejemplo. Ser ejemplares en la profesión, en la familia... «Quien tiene la misión de decir cosas grandes –dice San Gregorio Magno–, está obligado igualmente a practicarlas»13. Y solo si las practica será eficaz lo que diga.

Jesucristo, cuando quiso enseñar a los discípulos cómo habían de practicar el espíritu de servicio unos con otros, se ciñó él mismo una toalla y les lavó los pies14. Eso debemos hacer nosotros: dar a conocer a Cristo siendo ejemplares en los quehaceres diarios, convertir en vida la doctrina del Señor.

24 de octubre de 2018

MUCHO LE PEDIRÁN

— Responsabilidad por las gracias recibidas.
— Responsabilidad en el trabajo. Prestigio profesional.
— Responsabilidad en el apostolado.
I. Después de haber hablado Jesús sobre la necesidad de estar vigilantes, Pedro le preguntó si se refería a ellos, a los más íntimos, o a todos1. Y el Señor volvió a insistir en lo imprevisible del momento en que Dios nos llamará para rendir cuentas de la herencia que dejó en nuestras manos: puede venir en la segunda vigilia o en la tercera..., a cualquier hora. Por otro lado, respondiendo a Pedro, señala que su enseñanza se dirige a todos, pero Dios pedirá cuentas a cada uno según sus circunstancias personales y las gracias que recibió. Todos tenemos que cumplir una misión aquí en la tierra, y de ella hemos de responder al final de la vida. Seremos juzgados según los frutos, abundantes o escasos, que hayamos dado. San Pablo lo recordará más tarde a los cristianos de los primeros tiempos: Es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas obras que haya hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo2.
El Señor termina sus palabras con esta consideración: A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán. ¿Cuánto nos ha encomendado a nosotros? ¿Cuántas gracias, destinadas a otros, ha querido que pasen por nuestras manos? ¿Cuántos dependen de mi correspondencia personal a las gracias que recibo?... Este pasaje del Evangelio, que leemos en la Misa, es una fuerte llamada a la responsabilidad, pues a todos se nos ha dado mucho. «Cada hombre y cada mujer –señala un literato– es como un soldado que Dios coloca para custodiar una parte de la fortaleza del Universo. Unos están en las murallas y otros en el interior del castillo, pero todos han de ser fieles a su puesto de centinela y no abandonarlo nunca, o de lo contrario el castillo quedaría expuesto a los asaltos del infierno».
El hombre, la mujer responsable no se deja anular por un falso sentimiento de poquedad. Sabe que Dios es Dios, y él, en cambio, un montón de flaquezas, pero esto no lo retrae de su misión en la tierra, que, con la ayuda de la gracia, se convierte en una bendición de Dios: la fecundidad de la familia, que se prolonga más allá de lo que los padres pueden divisar con su mirada; la paternidad y la maternidad espiritual, que se cumple de una manera del todo particular en aquellos que recibieron de Dios una llamada a una entrega total, indiviso corde, y que tiene una inmensa trascendencia para toda la Iglesia y para la humanidad..., y todos, en la plena realización de su propia vocación en medio de sus quehaceres diarios. «Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este otro... y otro, y otro... Cada vaz más ancho.
»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»3.
II. La responsabilidad –poder dar una respuesta a Dios– es signo de la dignidad humana: solo la persona libre puede ser responsable, eligiendo en cada momento, entre múltiples posibilidades, la que es más conforme con el querer divino y, por tanto, con su propia perfección4.
La responsabilidad en una persona que vive en medio del mundo ha de referirse, en buena parte, a su trabajo profesional, con el que da gloria a Dios, sirve a la sociedad, consigue los medios necesarios para el sostenimiento de la propia familia y realiza su apostolado personal. Contaba Juan Pablo I en una catequesis, durante su corto pontificado, lo que le sucedió a un hombre de prestigio, profesor de la Universidad de Bolonia. Una tarde le llamó el ministro de Educación y, después de hablar con él, le invitó a quedarse un día más en Roma. El profesor le contestó: «No puedo, tengo mañana clase en la Universidad, y los alumnos me esperan». El ministro le contestó: «Le dispenso yo». Y el profesor: «Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso»5. Era sin duda un hombre responsable, que no se limitaba a cumplir y a dar el menor número posible de clases. Era de aquellos, comentaba el Pontífice, que podían decir: «Para enseñar el latín a John, no basta conocer el latín, sino que es necesario conocer y amar a John». Y también: «tanto vale la lección cuanto la preparación». Probablemente era un hombre que amaba mucho su trabajo, ¡Cuántas veces tendremos que decir también nosotros «yo no me dispenso»..., aunque nos dispensen las circunstancias!
El sentido de responsabilidad llevará al cristiano a labrarse un prestigio profesional sólido si está aún estudiando o formándose en su oficio, a conservarlo si se encuentra en el pleno ejercicio de la profesión, y a cumplir y a excederse en esas tareas. Esto vale igualmente para la madre de familia, para el catedrático, para el oficinista o para el dependiente. «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional –consecuencia de la pereza– anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito –así lo quiere Dios– el ascendiente del prestigio profesional, para atraer y ayudar a los demás”.
»—No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas –y apartas a otros– de los planes divinos!»6.
III. A todo el que se le ha dado mucho... Pensemos en las incontables gracias que hemos recibido a lo largo de la vida, larga o corta, aquellas que conocimos palpablemente, y esa infinidad de dones que nos son desconocidos. Todos aquellos bienes que habíamos de repartir a manos llenas: alegría, cordialidad, ayudas pequeñas pero constantes... Meditemos hoy si nuestra vida es una verdadera respuesta a lo que Dios espera de nosotros.
En la parábola que leemos en este pasaje del Evangelio, el Señor habla de un siervo irresponsable que tenía como justificación de su mala administración una idea falsa: Mi amo tarda en venir. El Señor ha llegado ya y está todos los días entre nosotros. Es a Él a quien en cada jornada dirigimos nuestra mirada para comportarnos como el hijo delante de su Padre, como el amigo delante del Amigo. Y cuando, dentro de un tiempo no muy largo, al fin de la vida, le demos cuenta de la administración que hicimos de sus bienes, se llenará nuestro corazón de alegría al ver esa fila interminable de personas que, con la gracia y nuestro empeño, se acercaron a Él. Comprenderemos que nuestras acciones fueron como «la piedra caída en el lago», con una resonancia inmensa a nuestro alrededor; y esto gracias a la fidelidad diaria a nuestros deberes, quizá no muy brillantes externamente, a la oración y al sencillo pero firme y constante apostolado con los amigos, con los parientes, con aquellos que pasaron cerca de nuestra vida.
De hecho, el mismo Jesús anunció a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: el que cree en Mí, también él hará las obras que Yo hago, y las hará mayores que estas porque Yo voy al Padre7. San Agustín comenta así estas palabras del Señor: «No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo»8. ¡Tantas maravillas lleva a cabo a través de nuestra pequeñez cuando le dejamos! Las obras mayores«consisten esencialmente en dar a los hombres la vida divina, la fuerza del Espíritu y, por lo tanto, en su adopción como hijos de Dios (...). De hecho, Jesús dice: porque Yo voy al Padre. La marcha de Jesús no interrumpe su actividad de salvación del mundo, sino que asegura su crecimiento y expansión; no significa la separación de los suyos, sino su presencia en ellos, real aunque invisible. La unidad con Él, resucitado, es lo que les hace capaces de hacer obras mayores, de reunir a los hombres con el Padre y entre ellos (...). De nosotros depende que Jesús vuelva a pasar por la tierra para cumplir su obra: Él obra a través de nosotros, si le dejamos hacer a Él.
»También para venir por vez primera a la tierra, Dios pidió consentimiento a María, una de nosotros. María creyó: dio su adhesión total a los planes del Padre. Y ¿qué obra dio como fruto su fe? Por su “sí” el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14) en Ella y se hizo posible la salvación de la humanidad»9. A Nuestra Señora también le pedimos nosotros que nos ayude a cumplir todo aquello que su Hijo nos ha encomendado: un apostolado eficaz en el ambiente en el que nos encontramos.

13 de marzo de 2017

LA CONCIENCIA ES LA GUIA

— La conciencia ilumina toda la vida. Se puede deformar y endurecer.
— La conciencia bien formada. Doctrina y vida. Ejemplaridad.
— Ser luz para los demás. Responsabilidad.
I. Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones1, nos repite la liturgia todos los días de este tiempo litúrgico. Y cada día, de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.
«Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad»2. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás.
Antorcha de tu cuerpo son tus ojos3, dice el Señor. Antorcha del alma es la conciencia, y si está bien formada, ilumina el camino, el camino que termina en Dios, y el hombre puede avanzar por él. Aunque tropiece y caiga, puede levantarse y seguir adelante. Quien ha dejado que su sensibilidad interior se «duerma» o «muera» para las cosas de Dios, se queda sin señales y desorientado. Es la mayor desgracia que le puede ocurrir a un alma en esta vida. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal -anuncia el profeta Isaías-, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!4.
Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas5. Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.
Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.
La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión –no quieren creer6– y no pone la causa en una dificultad involuntaria: esta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina7. Las pasiones y la falta de sinceridad con uno mismo pueden llegar a forzar el entendimiento, para pensar de otra forma más acorde con un tono de vida o con unos defectos y malos hábitos que no se quieren abandonar. No hay entonces buena voluntad, el corazón se endurece y se adormece la conciencia, porque ya no señala la dirección verdadera, la que lleva a Dios; es como una brújula rota que desorienta a la propia persona, y frecuentemente a otras muchas. «El hombre que tiene el corazón endurecido y la conciencia deformada, aunque pueda tener la plenitud de las fuerzas y de las capacidades físicas, es un enfermo espiritual y es preciso hacer cualquier cosa para devolverle la salud del alma»8.
La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia, y para que examinemos si somos radicalmente sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con aquellas personas que en su nombre tienen la misión de aconsejarnos.
II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, de la propia subjetividad, sino de Jesucristo. Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas9. Su luz esclarece nuestras conciencias; más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: vosotros sois la luz del mundo10. Nos pone el Señor en el mundo a todos los cristianos para que señalemos con la luz de Cristo el camino a los demás. Lo haremos con nuestra palabra y, particularmente, a través de nuestro comportamiento en los deberes profesionales, familiares y sociales. Por esto, debemos conocer muy bien los límites de nuestras actuaciones con arreglo a la honradez humana y a la moral de Cristo; ser conscientes del bien que podemos realizar, y hacerlo; tener clara conciencia de aquello que en la profesión no puede hacer un hombre de bien y un buen cristiano, y evitarlo; si hemos cometido un error, pedir perdón, corregirlo, y reparar si hubiese lugar a ello. La madre de familia que tiene como tarea santificadora su hogar, deberá preguntarse en su oración si es ejemplar en sus deberes para con Dios, si vive la sobriedad, si domina su malhumor, si dedica el tiempo necesario a los hijos y a la casa... El empresario debe considerar con frecuencia si pone todos los medios necesarios para conocer la doctrina social de la Iglesia, y si se empeña en llevarla a la práctica en sus negocios, en el mundo de su empresa, si paga los salarios justos...
La vida cristiana se enriquece al poner en práctica, en los asuntos diarios, las enseñanzas que el Señor nos hace llegar a través de su Iglesia. La doctrina cobra así toda su fuerza. Doctrina y vida son realidades de una conciencia bien formada. Cuando por ignorancia más o menos culpable se desconoce la doctrina o cuando, conociendo esta, no se lleva a la práctica, se hace imposible llevar una vida cristiana y avanzar en el camino de la santidad.
Todos tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales de la formación de la conciencia. En ocasiones, ante situaciones menos claras que se presentan en nuestra profesión deberemos considerarlas delante de Dios, y cuando sea necesario recabar el consejo oportuno de aquellas personas que pueden esclarecer nuestra conciencia, y luego llevar a la práctica las decisiones que hayamos tomado, con responsabilidad personal. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta responsabilidad.
En el examen general y particular de conciencia aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, llamando a nuestros errores, flaquezas y faltas de generosidad por su nombre, sin enmascararlos con falsas justificaciones o tópicos del ambiente. La conciencia que no quiere reconocer sus faltas deja al hombre a merced de su propio capricho.
III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte... o llevan a un precipicio. Debemos tener el máximo interés en formar bien nuestra conciencia, pues es la luz que nos hace distinguir el bien del mal, la que nos lleva a pedir perdón y recuperar la senda del bien si la hubiésemos perdido. La Iglesia nos proporciona los medios, pero no nos exime del esfuerzo de aprovecharlos con responsabilidad.
En nuestra oración de hoy podemos preguntarnos: ¿Dedico a mi formación espiritual el tiempo necesario, o me dejo absorber con frecuencia por las demás cosas que llenan el día? ¿Tengo un plan de lecturas, visto en la dirección espiritual, que me ayude a progresar en mi formación espiritual de acuerdo con mi edad y cultura? ¿Soy fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sabiendo que en él encuentro la luz de la verdad ante opiniones contradictorias en materia de fe, de enseñanzas sociales, etcétera, con las que frecuentemente me encuentro? ¿Procuro conocerlo y darlo a conocer? ¿Lo acato con docilidad y piedad? ¿Rectifico frecuentemente la intención ofreciendo las obras a Dios, teniendo en cuenta que los hombres tendemos a buscar el aplauso, la vanidad, la alabanza en lo que hacemos, y que por ahí entra muchas veces la deformación en la conciencia?
Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Debemos formarnos «de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —“bueno, ¿qué hay que hacer?”»11. Los hijos, los parientes, los colegas, los amigos se fijan en nuestro comportamiento y hemos de llevarlos a Dios. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego12 no basta saber como de oídas, por referencias; para llevar a nuestros parientes y amigos a Dios no basta un conocimiento vago y superficial del camino; es necesario andarlo... Esto es: tener trato con el Señor, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, tener una lucha concreta contra nuestros defectos. En una palabra: ir por delante en la lucha interior y en el ejemplo. Ser ejemplares en la profesión, en la familia... «Quien tiene la misión de decir cosas grandes –dice San Gregorio Magno–, está obligado igualmente a practicarlas»13. Y solo si las practica será eficaz lo que diga.
Jesucristo, cuando quiso enseñar a los discípulos cómo habían de practicar el espíritu de servicio unos con otros, se ciñó él mismo una toalla y les lavó los pies14. Eso debemos hacer nosotros: dar a conocer a Cristo siendo ejemplares en los quehaceres diarios, convertir en vida la doctrina del Señor.

21 de octubre de 2015

SE NOS PEDIRAN CUENTAS

— Responsabilidad por las gracias recibidas.
— Responsabilidad en el trabajo. Prestigio profesional.
— Responsabilidad en el apostolado.
I. Después de haber hablado Jesús sobre la necesidad de estar vigilantes, Pedro le preguntó si se refería a ellos, a los más íntimos, o a todos1. Y el Señor volvió a insistir en lo imprevisible del momento en que Dios nos llamará para rendir cuentas de la herencia que dejó en nuestras manos: puede venir en la segunda vigilia o en la tercera..., a cualquier hora. Por otro lado, respondiendo a Pedro, señala que su enseñanza se dirige a todos, pero Dios pedirá cuentas a cada uno según sus circunstancias personales y las gracias que recibió. Todos tenemos que cumplir una misión aquí en la tierra, y de ella hemos de responder al final de la vida. Seremos juzgados según los frutos, abundantes o escasos, que hayamos dado. San Pablo lo recordará más tarde a los cristianos de los primeros tiempos: Es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas obras que haya hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo2.
El Señor termina sus palabras con esta consideración: A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán. ¿Cuánto nos ha encomendado a nosotros? ¿Cuántas gracias, destinadas a otros, ha querido que pasen por nuestras manos? ¿Cuántos dependen de mi correspondencia personal a las gracias que recibo?... Este pasaje del Evangelio, que leemos en la Misa, es una fuerte llamada a la responsabilidad, pues a todos se nos ha dado mucho. «Cada hombre y cada mujer –señala un literato– es como un soldado que Dios coloca para custodiar una parte de la fortaleza del Universo. Unos están en las murallas y otros en el interior del castillo, pero todos han de ser fieles a su puesto de centinela y no abandonarlo nunca, o de lo contrario el castillo quedaría expuesto a los asaltos del infierno».
El hombre, la mujer responsable no se deja anular por un falso sentimiento de poquedad. Sabe que Dios es Dios, y él, en cambio, un montón de flaquezas, pero esto no lo retrae de su misión en la tierra, que, con la ayuda de la gracia, se convierte en una bendición de Dios: la fecundidad de la familia, que se prolonga más allá de lo que los padres pueden divisar con su mirada; la paternidad y la maternidad espiritual, que se cumple de una manera del todo particular en aquellos que recibieron de Dios una llamada a una entrega total, indiviso corde, y que tiene una inmensa trascendencia para toda la Iglesia y para la humanidad..., y todos, en la plena realización de su propia vocación en medio de sus quehaceres diarios. «Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este otro... y otro, y otro... Cada vaz más ancho.
»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»3.
II. La responsabilidad –poder dar una respuesta a Dios– es signo de la dignidad humana: solo la persona libre puede ser responsable, eligiendo en cada momento, entre múltiples posibilidades, la que es más conforme con el querer divino y, por tanto, con su propia perfección4.
La responsabilidad en una persona que vive en medio del mundo ha de referirse, en buena parte, a su trabajo profesional, con el que da gloria a Dios, sirve a la sociedad, consigue los medios necesarios para el sostenimiento de la propia familia y realiza su apostolado personal. Contaba Juan Pablo I en una catequesis, durante su corto pontificado, lo que le sucedió a un hombre de prestigio, profesor de la Universidad de Bolonia. Una tarde le llamó el ministro de Educación y, después de hablar con él, le invitó a quedarse un día más en Roma. El profesor le contestó: «No puedo, tengo mañana clase en la Universidad, y los alumnos me esperan». El ministro le contestó: «Le dispenso yo». Y el profesor: «Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso»5. Era sin duda un hombre responsable, que no se limitaba a cumplir y a dar el menor número posible de clases. Era de aquellos, comentaba el Pontífice, que podían decir: «Para enseñar el latín a John, no basta conocer el latín, sino que es necesario conocer y amar a John». Y también: «tanto vale la lección cuanto la preparación». Probablemente era un hombre que amaba mucho su trabajo, ¡Cuántas veces tendremos que decir también nosotros «yo no me dispenso»..., aunque nos dispensen las circunstancias!
El sentido de responsabilidad llevará al cristiano a labrarse un prestigio profesional sólido si está aún estudiando o formándose en su oficio, a conservarlo si se encuentra en el pleno ejercicio de la profesión, y a cumplir y a excederse en esas tareas. Esto vale igualmente para la madre de familia, para el catedrático, para el oficinista o para el dependiente. «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional –consecuencia de la pereza– anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito –así lo quiere Dios– el ascendiente del prestigio profesional, para atraer y ayudar a los demás”.
»—No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas –y apartas a otros– de los planes divinos!»6.
III. A todo el que se le ha dado mucho... Pensemos en las incontables gracias que hemos recibido a lo largo de la vida, larga o corta, aquellas que conocimos palpablemente, y esa infinidad de dones que nos son desconocidos. Todos aquellos bienes que habíamos de repartir a manos llenas: alegría, cordialidad, ayudas pequeñas pero constantes... Meditemos hoy si nuestra vida es una verdadera respuesta a lo que Dios espera de nosotros.
En la parábola que leemos en este pasaje del Evangelio, el Señor habla de un siervo irresponsable que tenía como justificación de su mala administración una idea falsa: Mi amo tarda en venir. El Señor ha llegado ya y está todos los días entre nosotros. Es a Él a quien en cada jornada dirigimos nuestra mirada para comportarnos como el hijo delante de su Padre, como el amigo delante del Amigo. Y cuando, dentro de un tiempo no muy largo, al fin de la vida, le demos cuenta de la administración que hicimos de sus bienes, se llenará nuestro corazón de alegría al ver esa fila interminable de personas que, con la gracia y nuestro empeño, se acercaron a Él. Comprenderemos que nuestras acciones fueron como «la piedra caída en el lago», con una resonancia inmensa a nuestro alrededor; y esto gracias a la fidelidad diaria a nuestros deberes, quizá no muy brillantes externamente, a la oración y al sencillo pero firme y constante apostolado con los amigos, con los parientes, con aquellos que pasaron cerca de nuestra vida.
De hecho, el mismo Jesús anunció a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: el que cree en Mí, también él hará las obras que Yo hago, y las hará mayores que estas porque Yo voy al Padre7. San Agustín comenta así estas palabras del Señor: «No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo»8. ¡Tantas maravillas lleva a cabo a través de nuestra pequeñez cuando le dejamos! Las obras mayores «consisten esencialmente en dar a los hombres la vida divina, la fuerza del Espíritu y, por lo tanto, en su adopción como hijos de Dios (...). De hecho, Jesús dice: porque Yo voy al Padre. La marcha de Jesús no interrumpe su actividad de salvación del mundo, sino que asegura su crecimiento y expansión; no significa la separación de los suyos, sino su presencia en ellos, real aunque invisible. La unidad con Él, resucitado, es lo que les hace capaces de hacer obras mayores, de reunir a los hombres con el Padre y entre ellos (...). De nosotros depende que Jesús vuelva a pasar por la tierra para cumplir su obra: Él obra a través de nosotros, si le dejamos hacer a Él.
»También para venir por vez primera a la tierra, Dios pidió consentimiento a María, una de nosotros. María creyó: dio su adhesión total a los planes del Padre. Y ¿qué obra dio como fruto su fe? Por su “sí” el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14) en Ella y se hizo posible la salvación de la humanidad»9. A Nuestra Señora también le pedimos nosotros que nos ayude a cumplir todo aquello que su Hijo nos ha encomendado: un apostolado eficaz en el ambiente en el que nos encontramos.

20 de junio de 2015

Omnia in bonum!

— Amar la voluntad de Dios. Dios tiene los mejores proyectos posibles para cada hombre. Serenidad ante las contradicciones.
— Abandono en Dios y responsabilidad.
— Omnia in bonum. Para quienes aman a Dios, todo ocurre para su bien.
I. Todo, aun lo más pequeño del universo, existe porque Dios lo sostiene en su ser. Él es quien cubre el cielo de nubes, el que prepara la lluvia para la tierra. Quien hace brotar hierbas de los montes para pasto de los que sirven al hombre; quien da el alimento al ganado y a los polluelos del cuervo que claman1. La creación entera es obra de Dios, que además cuida amorosamente de todas las criaturas, empezando por mantenerlas constantemente en la existencia. «Este “mantener” es, en cierto sentido, un continuo crear(conservatio est continua creatio)»2. Este cuidado y providencia se extiende muy particularmente al hombre, objeto de su predilección.
Jesucristo nos da a conocer constantemente que Dios es nuestro Padre, que quiere lo mejor para sus hijos. Lo que podríamos imaginar, para nosotros mismos y para aquellos a quienes más queremos, se queda muy lejos de los planes divinos. Él sabe muy bien lo que necesitamos, y su mirada alcanza esta vida y la eternidad; la nuestra es corta y muy deficiente. Es lógico que la felicidad, y la santidad, consistan esencialmente en conocer, amar y realizar la voluntad de Dios, que se nos manifiesta de formas diversas, pero con la suficiente claridad, a lo largo de la vida. En el Evangelio de la Misa, el Señor nos hace una recomendación para que se llenen de paz nuestros días: no andéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta3. Es una invitación a vivir con alegre esperanza el quehacer diario. Es lógico que encontremos sufrimientos, preocupaciones, trabajos, pero debemos llevarlos como hijos de Dios, sin agobios inútiles, sin la sobrecarga de la rebeldía o de la tristeza, porque sabemos que el Señor permite esos sucesos, esta enfermedad, aquello que parece un desastre, para purificarnos, para convertirnos en corredentores. Los padecimientos, la contradicción, deben servirnos para purificarnos, para crecer en las virtudes y para amar más a Dios. «¿No has oído de labios del Maestro la parábola de la vid y los sarmientos? —Consuélate: te exige, porque eres sarmiento que da fruto... Y te poda, “ut fructum plus afferas” —para que des más fruto.
»¡Claro!: duele ese cortar, ese arrancar. Pero, luego, ¡qué lozanía en los frutos, qué madurez en las obras!»4. No nos desconcertemos con los planes divinos; Él sabe bien lo que hace o permite.
Examinemos hoy si llevamos con paz la contradicción y el dolor y el fracaso; si nos quejamos, o si dejamos paso, aunque sea por poco tiempo, a la tristeza o a la rebeldía. Veamos junto al Señor si los quebrantos –físicos o morales– nos acercan verdaderamente a nuestro Padre Dios, si nos hacen más humildes. No andéis agobiados por la vida..., nos dice hoy de nuevo el Señor en este rato de oración.
II. Con frecuencia los hombres no sabemos lo que es bueno para nosotros; «y lo que hace aún peor la confusión es que creemos saberlo. Nosotros tenemos nuestros propios planes para nuestra felicidad, y demasiado a menudo miramos a Dios simplemente como alguien que nos ayudará a realizarlos. El verdadero estado de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene Sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que Le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios»5. Tener la certeza práctica de estas verdades, vivirlas en el acontecer diario, lleva a un abandono sereno, incluso ante la dureza de aquello que no comprendemos y que nos causa dolor y preocupación. Nada se derrumba si estamos amparados en el sentido de nuestra filiación divina: pues si a una hierba que hoy está en el campo, y mañana se echa al fuego en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más a vosotros...?6.
A veces nos ocurre –dice Santo Tomás– lo que al profano en medicina que ve al médico recetar a un enfermo agua y a otro vino, según le sugiere su ciencia: al no saber medicina, piensa que el médico receta estos remedios al azar. «Así pasa con respecto a Dios. Él, con conocimiento de causa y según su providencia, dispone las cosas que necesitan los hombres: aflige a unos que quizá son buenos, y deja vivir en prosperidad a otros que son malos»7. Nunca podemos olvidar que Dios nos quiere felices aquí, pero nos quiere aún más felices con Él para siempre en el Cielo.
La santidad consiste en el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, que se manifiesta en los deberes de cada día, en las propias circunstancias, contando con los incidentes de toda vida normal y abandonándonos en Dios con total confianza. Pero este abandono ha de ser activo y responsable, poniendo los medios que cada situación requiera: acudir al médico cuando estamos enfermos, hacer todas las gestiones necesarias para conseguir ese empleo que tanto necesitamos y por el que hemos rezado a Dios, trabajar esforzadamente para salir adelante, estudiar las horas necesarias y con hondura para aprobar esa asignatura difícil... El abandono en Dios ha de ir íntimamente unido a la responsabilidad, que lleva a poner los oportunos remedios humanos, pues en muchas ocasiones lo que se disfraza con excusas («mala suerte», ambiente adverso, etc.) es mediocridad oculta, pereza, imprudencia por no haber previsto todas las posibilidades y no haber puesto los medios precisos que la situación requería. Un trabajo hecho a conciencia, con orden, acabado, santificado, lo mismo que el apostolado constante y sacrificado, da sus frutos con el tiempo. Y si esos frutos tardan en llegar es señal de que Dios los dará por caminos insospechados para nosotros y que quiere que nos santifiquemos en esas circunstancias.
III. El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos, o permitidos para nuestro bien, por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos8.
Dice San Pablo que todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios9. El que ama a Dios con obras sabe que, pase lo que pase, todo será para bien, si no deja de amar. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno, para que el trabajo acabado y hecho con rectitud de intención dé frutos de santidad y de apostolado. Y, una vez que ha puesto los medios a su alcance, se abandona en Dios y descansa en su providencia amorosa. «Fíjate bien –escribe San Bernardo– que no dice que las cosas sirvan para el capricho, sino que cooperan al bien. No al capricho, sino a la utilidad; no al placer, sino a la salvación; no a nuestro deseo, sino a nuestro provecho. En este sentido, cooperan siempre las cosas a nuestro bien, aun incluyendo la misma muerte, aun el mismo pecado (...). ¿Acaso no cooperan los pecados al bien de aquel que con ellos se vuelve más humilde, más fervoroso, más solícito, más precavido, más prudente?»10. Después de poner los medios a nuestro alcance, o ante acontecimientos en los que nada podemos hacer, diremos en la intimidad de nuestro corazón: Omnia in bonum, todo es para bien.
Con esta convicción, fruto de la filiación divina, viviremos llenos de optimismo y de esperanza y superaremos así muchas dificultades: «Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.
»Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.
»Omnia in bonum!; Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!»11.
Omnia in bonum! ¡Todo es para bien! Todo lo podemos convertir en algo agradable a Dios, y en bien del alma. Esta expresión de San Pablo puede servirnos para repetirla a modo de jaculatoria, como una pequeña oración, que nos dará paz en momentos difíciles.
La Santísima Virgen, Nuestra Madre, nos enseñará a vivir confiadamente en las manos de Dios, si a Ella acudimos frecuentemente cada día. En el Corazón Dulcísimo de María –cuya fiesta celebramos en este mes de junio– encontramos siempre paz, consuelo y alegría.

2 de marzo de 2015

EXISTE UNA LUZ INTERIOR QUE NOS DICE LA VERDAD

— La conciencia ilumina toda la vida. Se puede deformar y endurecer.
— La conciencia bien formada. Doctrina y vida. Ejemplaridad.
— Ser luz para los demás. Responsabilidad.

I. Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones1, nos repite la liturgia todos los días de este tiempo litúrgico. Y cada día, de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.
«Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad»2. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás.
Antorcha de tu cuerpo son tus ojos3, dice el Señor. Antorcha del alma es la conciencia, y si está bien formada, ilumina el camino, el camino que termina en Dios, y el hombre puede avanzar por él. Aunque tropiece y caiga, puede levantarse y seguir adelante. Quien ha dejado que su sensibilidad interior se «duerma» o «muera» para las cosas de Dios, se queda sin señales y desorientado. Es la mayor desgracia que le puede ocurrir a un alma en esta vida. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal -anuncia el profeta Isaías-, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!4.
Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas5. Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.
Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.
La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión –no quieren creer6– y no pone la causa en una dificultad involuntaria: esta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina7. Las pasiones y la falta de sinceridad con uno mismo pueden llegar a forzar el entendimiento, para pensar de otra forma más acorde con un tono de vida o con unos defectos y malos hábitos que no se quieren abandonar. No hay entonces buena voluntad, el corazón se endurece y se adormece la conciencia, porque ya no señala la dirección verdadera, la que lleva a Dios; es como una brújula rota que desorienta a la propia persona, y frecuentemente a otras muchas. «El hombre que tiene el corazón endurecido y la conciencia deformada, aunque pueda tener la plenitud de las fuerzas y de las capacidades físicas, es un enfermo espiritual y es preciso hacer cualquier cosa para devolverle la salud del alma»8.
La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia, y para que examinemos si somos radicalmente sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con aquellas personas que en su nombre tienen la misión de aconsejarnos.
II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, de la propia subjetividad, sino de Jesucristo. Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas9. Su luz esclarece nuestras conciencias; más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: vosotros sois la luz del mundo10. Nos pone el Señor en el mundo a todos los cristianos para que señalemos con la luz de Cristo el camino a los demás. Lo haremos con nuestra palabra y, particularmente, a través de nuestro comportamiento en los deberes profesionales, familiares y sociales. Por esto, debemos conocer muy bien los límites de nuestras actuaciones con arreglo a la honradez humana y a la moral de Cristo; ser conscientes del bien que podemos realizar, y hacerlo; tener clara conciencia de aquello que en la profesión no puede hacer un hombre de bien y un buen cristiano, y evitarlo; si hemos cometido un error, pedir perdón, corregirlo, y reparar si hubiese lugar a ello. La madre de familia que tiene como tarea santificadora su hogar, deberá preguntarse en su oración si es ejemplar en sus deberes para con Dios, si vive la sobriedad, si domina su malhumor, si dedica el tiempo necesario a los hijos y a la casa... El empresario debe considerar con frecuencia si pone todos los medios necesarios para conocer la doctrina social de la Iglesia, y si se empeña en llevarla a la práctica en sus negocios, en el mundo de su empresa, si paga los salarios justos...
La vida cristiana se enriquece al poner en práctica, en los asuntos diarios, las enseñanzas que el Señor nos hace llegar a través de su Iglesia. La doctrina cobra así toda su fuerza. Doctrina y vida son realidades de una conciencia bien formada. Cuando por ignorancia más o menos culpable se desconoce la doctrina o cuando, conociendo esta, no se lleva a la práctica, se hace imposible llevar una vida cristiana y avanzar en el camino de la santidad.
Todos tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales de la formación de la conciencia. En ocasiones, ante situaciones menos claras que se presentan en nuestra profesión deberemos considerarlas delante de Dios, y cuando sea necesario recabar el consejo oportuno de aquellas personas que pueden esclarecer nuestra conciencia, y luego llevar a la práctica las decisiones que hayamos tomado, con responsabilidad personal. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta responsabilidad.
En el examen general y particular de conciencia aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, llamando a nuestros errores, flaquezas y faltas de generosidad por su nombre, sin enmascararlos con falsas justificaciones o tópicos del ambiente. La conciencia que no quiere reconocer sus faltas deja al hombre a merced de su propio capricho.
III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte... o llevan a un precipicio. Debemos tener el máximo interés en formar bien nuestra conciencia, pues es la luz que nos hace distinguir el bien del mal, la que nos lleva a pedir perdón y recuperar la senda del bien si la hubiésemos perdido. La Iglesia nos proporciona los medios, pero no nos exime del esfuerzo de aprovecharlos con responsabilidad.
En nuestra oración de hoy podemos preguntarnos: ¿Dedico a mi formación espiritual el tiempo necesario, o me dejo absorber con frecuencia por las demás cosas que llenan el día? ¿Tengo un plan de lecturas, visto en la dirección espiritual, que me ayude a progresar en mi formación espiritual de acuerdo con mi edad y cultura? ¿Soy fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sabiendo que en él encuentro la luz de la verdad ante opiniones contradictorias en materia de fe, de enseñanzas sociales, etcétera, con las que frecuentemente me encuentro? ¿Procuro conocerlo y darlo a conocer? ¿Lo acato con docilidad y piedad? ¿Rectifico frecuentemente la intención ofreciendo las obras a Dios, teniendo en cuenta que los hombres tendemos a buscar el aplauso, la vanidad, la alabanza en lo que hacemos, y que por ahí entra muchas veces la deformación en la conciencia?
Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Debemos formarnos «de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —“bueno, ¿qué hay que hacer?”»11. Los hijos, los parientes, los colegas, los amigos se fijan en nuestro comportamiento y hemos de llevarlos a Dios. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego12 no basta saber como de oídas, por referencias; para llevar a nuestros parientes y amigos a Dios no basta un conocimiento vago y superficial del camino; es necesario andarlo... Esto es: tener trato con el Señor, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, tener una lucha concreta contra nuestros defectos. En una palabra: ir por delante en la lucha interior y en el ejemplo. Ser ejemplares en la profesión, en la familia... «Quien tiene la misión de decir cosas grandes –dice San Gregorio Magno–, está obligado igualmente a practicarlas»13. Y solo si las practica será eficaz lo que diga.
Jesucristo, cuando quiso enseñar a los discípulos cómo habían de practicar el espíritu de servicio unos con otros, se ciñó él mismo una toalla y les lavó los pies14. Eso debemos hacer nosotros: dar a conocer a Cristo siendo ejemplares en los quehaceres diarios, convertir en vida la doctrina del Señor.