"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

8 de noviembre de 2016

EL PINCEL EN MANOS DEL ARTISTA

— Sin la gracia santificante para nada serviríamos.
— El Señor nunca niega su ayuda.
— Colaboradores de Dios.
I. En el Evangelio de la Misa1 nos sitúa hoy el Señor en la realidad de nuestra vida. Si uno de vosotros –dice Jesús– tuviera un siervo que anda guardando el ganado o en la labranza, no le dirá cuando llegue a casa: entra enseguida y siéntate a la mesa. Por el contrario, primero el siervo servirá a su señor, y él cenará más tarde. Tampoco el siervo, en las condiciones de aquella época, esperaba agradecimiento por su trabajo: ha hecho lo que debía. De la misma manera –prosigue el Señor–, vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer.
Jesús no aprueba la conducta del señor, quizá abusiva y arbitraria, sino que se sirve de una realidad de su tiempo conocida por todos para ilustrar cuál debe ser la actitud de la criatura en relación al Creador. Desde nuestra llegada a este mundo hasta la vida eterna a la que hemos sido destinados, todo procede del Señor como un inmenso regalo. Por tanto, comenta San Ambrosio, «no te creas más de lo que eres porque eres llamado hijo de Dios –debes reconocer, sí, la gracia, pero no debes echar en olvido tu naturaleza–, ni te envanezcas de haber servido con fidelidad, ya que ese era tu deber. El sol realiza su labor, obedece la luna, los ángeles también le sirven»2. ¿No le vamos a servir igualmente nosotros con la inteligencia y la voluntad, con todo nuestro ser?
No debemos olvidar que hemos sido elevados, gratuitamente, sin mérito alguno por nuestra parte, a la dignidad de hijos de Dios, pero por nosotros mismos no solo somos siervos, sino siervos inútiles, incapaces de llevar a cabo lo que nuestro Padre nos ha encargado, si Él no nos da su ayuda. La gracia divina es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para trabajar por Cristo, para ser sus colaboradores, y para hacer obras meritorias. Nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia santificante para nada serviríamos. Somos lo que «el pincel en manos del artista»3. Las obras grandes que Dios quiere realizar con nuestra vida han de atribuirse al Artista, no al pincel. La gloria del cuadro pertenece al pintor; el pincel, si tuviera vida propia, tendría la dicha inmensa de haber colaborado con un maestro tan grande, pero no tendría sentido que se apropiara el mérito.
Si somos humildes –«andar en verdad» es ser conscientes de que somos siervos inútiles– nos sentiremos impulsados a pedir la gracia necesaria para cada obra que realicemos. Otra consecuencia práctica que podemos sacar de esta enseñanza que nos da Jesús es la de rechazar siempre cualquier alabanza que nos hagan –al menos en nuestro corazón– y dirigirla al Señor, pues cualquier cosa buena que haya salido de nuestras manos hemos de atribuirla en primer lugar a Dios, que «puede servirse de una vara para hacer brotar el agua de una roca, o de un poco de barro para devolver la vista a los ciegos»4. Somos el barro que da la vista a los ciegos, la vara que hace brotar una fuente en medio del desierto..., pero es Cristo el verdadero autor de estas maravillas. ¿Qué haría el barro por sí mismo...? Solo manchar.
II. El Señor pone de relieve en la parábola de la vid y los sarmientos5 esta necesidad del influjo divino para producir frutos. Puesto que Cristo «es el origen y la fuente de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo»6. El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada7, afirmó rotundamente el Señor.
San Pablo enseñó que Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito8. Esta acción divina es necesaria para querer y realizar obras buenas; pero ese «querer» y ese «obrar» son del hombre: la gracia no sustituye la tarea de la criatura, sino que la hace posible en el orden sobrenatural. San Agustín compara la necesidad del socorro divino a la de la luz para ver9. Es el ojo el que ve, pero no podría hacerlo si no hubiese luz: la gracia no suprime la libertad, pues somos nosotros quienes queremos y actuamos. Esta incapacidad humana para realizar, por sí misma, obras meritorias no nos debe llevar al desaliento; por el contrario, es una razón más para estar en una continua acción de gracias al Señor, pues Él siempre está pendiente de enviarnos el auxilio necesario.
La liturgia de la Iglesia nos hace pedir constantemente esta ayuda divina, de la que andamos tan radicalmente necesitados. El Señor no la niega nunca, cuando la pedimos con humildad y confianza. San Francisco de Sales ilustra esta maravilla divina con un ejemplo: «Cuando la tierna madre enseña a andar a su hijito, le ayuda y sostiene cuanto es necesario, dejándole dar algunos pasos por los sitios menos peligrosos y más llanos, asiéndole de la mano y sujetándole o tomándole en brazos y llevándole en ellos. De la misma manera Nuestro Señor tiene cuidado continuo de los pasos de sus hijos»10.
Esta solicitud divina, lejos de conducirnos a una actitud pasiva, nos llevará a poner empeño en la lucha ascética, en el apostolado, en lo que tenemos entre manos, como si todo dependiera exclusivamente de nosotros. A la vez, recurriremos al Señor como si todo dependiera de Él. Así hicieron los santos. Nunca quedaron defraudados.
III. San Pablo se vale de la imagen de las tareas agrícolas para ilustrar nuestra condición de instrumentos en la labor apostólica. Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el incremento; de tal modo que ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el incremento, Dios... Porque nosotros somos colaboradores de Dios11. ¡Qué maravilla sentirnos cooperadores de Dios en esta gran obra de la redención! El Señor, en cierto modo, necesita de nosotros. Aunque hemos de tener en cuenta que es Dios, mediante su gracia, el único que puede conseguir que la semilla de la fe arraigue y dé fruto en las almas: el instrumento «podrá ir echando las semillas entre lágrimas, podrá cuidar el campo sin rehuir la fatiga: pero que la semilla germine y llegue a dar los frutos deseados depende solo de Dios y de su auxilio todopoderoso. Hay que insistir en que los hombres no son más que instrumentos, de los que Dios se sirve para la salvación de las almas, y hay que procurar que estos instrumentos se encuentren en buen estado para que Dios pueda utilizarlos»12. El hombre se capacita para grandes obras cuando es humilde; entonces cuida también su unión con Cristo mediante la oración.
Para que el pincel sea un instrumento útil en manos del pintor ha de recoger bien los colores y permitir trazar rasgos gruesos o finos, tonos enérgicos y menos fuertes. Ha de subordinar su propia cualidad al uso que de él quiera hacer el artista, que es quien compone el cuadro, marca las sombras y las luces, los tonos vivos con los más tenues, el que da profundidad y armonía al lienzo hasta formar un conjunto coherente, con fuerza. Además, el pincel ha de tener buena empuñadura y estar unido a la mano del maestro: si no hay unión, si no secunda fielmente el impulso que recibe, no hay arte. Esa es la condición de todo buen instrumento. Nosotros, que queremos serlo en manos del Señor, pero que nos damos cuenta de tantas cosas que no van, le decimos a Jesús en la intimidad de nuestra oración: «“Considero mis miserias, que parecen aumentar, a pesar de tus gracias, sin duda por mi falta de correspondencia. Conozco la ausencia en mí de toda preparación, para la empresa que pides. Y, cuando leo en los periódicos que tantos y tantos hombres de prestigio, de talento y de dinero hablan y escriben y organizan para defender tu reinado..., me miro a mí mismo y me encuentro tan nadie, tan ignorante y tan pobre, en una palabra, tan pequeño..., que me llenaría de confusión y de vergüenza si no supiera que Tú me quieres así. ¡Oh, Jesús! Por otra parte, sabes bien cómo he puesto, de buenísima gana, a tus pies, mi ambición... Fe y Amor: Amar, Creer, Sufrir. En esto sí que quiero ser rico y sabio, pero no más sabio ni más rico que lo que Tú, en tu Misericordia sin límites, hayas dispuesto: porque todo mi prestigio y honor he de ponerlo en cumplir fielmente tu justísima y amabilísima Voluntad”»13.
Nuestra Madre Santa María, fidelísima colaboradora del Espíritu Santo en la tarea de la redención, nos enseñará a ser eficaces instrumentos del Señor. Nuestro Ángel Custodio enderezará nuestra intención y nos recordará que somos siervos inútiles en manos del Señor.

7 de noviembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 32a SEMANA LUNES

Lucas 17,1-6.

Jesús dijo a sus discípulos: "Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! 
Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. 
Por lo tanto, ¡tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. 
Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: 'Me arrepiento', perdónalo". 
Los Apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". 
El respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les obedecería." 

CADA PASO DEBE SER UNA OBRA DE CARIDAD

—  El escándalo.
— Dar buen ejemplo.
— Obligación de reparar ante las ofensas
I. Pocas expresiones tan fuertes del Señor se encuentran como las que leemos en el Evangelio de la Misa de hoy. Dice Jesús: Es imposible que no vengan escándalos; pero ay de aquel por quien vienen. Más le valdría ajustarle una piedra de molino y arrojarle al mar, que escandalizar a uno de esas pequeños. Y termina con esta advertencia: andaos con cuidado1. San Mateo2 sitúa la ocasión en que se pronunciaron estas palabras. Los Apóstoles habían estado hablando entre ellos sobre a quién le correspondería ser el primero en el Reino de los Cielos. Y Jesús, para que les quedara bien grabada la lección, tomó a un niño (quizá le rodeaban varios de ellos) y lo puso en medio de todos, y les hizo ver que si no imitaban a los niños en su sencillez y en su inocencia no podrían entrar en el Reino. Es entonces cuando, teniendo a un niño delante, debió quedar pensativo y serio; contemplaría en aquella figura frágil, pero de inmenso valor, a otros muchos que perderían su inocencia por los escándalos. Parece como si, de pronto, Jesús diera rienda suelta a algo que llevaba en su interior y que deseaba comunicar a sus discípulos. Así se explica mejor esa advertencia dirigida en primer lugar a los que le siguen más de cerca: andaos con cuidado.
Escandalizar es hacer caer, ser causa de tropiezo, de ruina espiritual para otro, con la palabra, con los hechos, con las omisiones3. Y los pequeños son para Jesús los niños, en cuya inocencia se refleja de una manera particular la imagen de Dios. Pero también son esa inmensa muchedumbre, sencilla, menos ilustrada y, por lo mismo, con más facilidad de tropezar en la piedra interpuesta en su camino. Pocos pecados tan grandes como este, pues «tiende a destruir la mayor obra de Dios, que es la Redención, con la pérdida de las almas: da muerte al alma del prójimo quitándole la vida de la gracia, que es más preciosa que la vida del cuerpo, y es causa de una multitud de pecados»4. «¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que el hombre no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»5. No podemos perder jamás de vista el valor inmenso que tiene cada criatura: un valor que se deduce del precio –la muerte de Cristo– pagado por ella. «Cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la Sangre de Cristo»6.
II. San Pablo, a ejemplo de su Maestro, pide a los cristianos que se guarden de todo posible escándalo para las conciencias débiles y poco formadas: Guardaos de que la libertad sea causa de tropiezo para los débiles7. Es mucho lo que influimos en los demás, y esta influencia ha de ser siempre para bien de quien nos ve o nos escucha, en cualquier situación en la que nos encontremos.
El Señor predicó su doctrina, incluso cuando algunos fariseos se escandalizaban8. Se trataba entonces, como también ocurre hoy con frecuencia, de un falso escándalo, consistente en buscar contradicciones o criterios puramente humanos para no aceptar la verdad: a veces encontramos quien se «escandaliza» porque un matrimonio ha sido generoso en el número de hijos, aceptando con alegría los que Dios les ha dado, y por vivir con finura las exigencias de la vocación cristiana... En no pocas ocasiones la conducta del cristiano que quiere vivir en su integridad la doctrina del Señor chocará con un ambiente pagano o frívolo y «escandalizará» a muchos. San Pedro, recordando unas palabras de Isaías, afirma de Él que es para muchos piedra de tropiezo y roca de escándalo9, como ya el anciano Simeón había profetizado a la Santísima Virgen10. No nos debe extrañar si con nuestra vida en alguna ocasión sucede algo parecido. Sin embargo, aquellas ocasiones de suyo indiferentes, pero que pueden producir extrañeza y aun verdadero escándalo en otras personas, por su falta de formación o su manera de pensar, debemos evitarlas por caridad. El Señor nos dio ejemplo cuando mandó a Pedro pagar el tributo del Templo, al que Él no estaba obligado, para no desconcertar a los recaudadores11, pues sabían que Jesús era un israelita ejemplar en todo. No nos faltarán ocasiones de imitar al Maestro. «No dudo de tu rectitud. —Sé que obras en la presencia de Dios. Pero, ¡hay un pero!: tus acciones las presencian o las pueden presenciar hombres que juzguen humanamente... Y es preciso darles buen ejemplo»12.
Especialmente grave es el escándalo que proviene de aquellas personas que gozan de algún género de autoridad o renombre: padres, educadores, gobernantes, escritores, artistas... y quienes tienen a su cargo la formación de otros. «Si la gente simple vive en la tibieza –comenta San Juan de Ávila–, mal hecho es; mas su mal tiene remedio, y no dañan sino a sí mesmos; mas si los enseñadores son tibios, entonces se cumple el ¡ay! del Señor para el mundo, por el grande mal que de esta tibieza les viene; y el ¡ay! que amenaza a los tibios enseñadores, que pegan su tibieza a otros y aun les apagan su fervor»13.
Las palabras del Señor nos recuerdan que hemos de estar atentos a las consecuencias de nuestras palabras. «¿Sabes el daño que puedes ocasionar al tirar lejos una piedra si tienes los ojos vendados?
»—Tampoco sabes el perjuicio que puedes producir, a veces grave, al lanzar frases de murmuración, que te parecen levísimas, porque tienes los ojos vendados por la desaprensión o por el acaloramiento»14. Y siempre hemos de tener cuidado de nuestras acciones para que, por inconsciencia o frivolidad, no hagamos nunca mal a nadie.
El que es ocasión de escándalo tiene obligación, por caridad, y a veces por justicia, de reparar el daño espiritual y aun material ocasionado. El escándalo público pide reparación pública. Y ante la imposibilidad de una reparación adecuada persiste la obligación, siempre posible, de compensar con oración y penitencia. La caridad, movida por la contrición, encuentra siempre el modo adecuado de reparar el daño.
Este pasaje del Evangelio nos puede servir para decir al Señor: ¡Perdón, Señor, si de alguna manera, aun sin darme cuenta, he sido ocasión de tropiezo para alguno! Son los pecados ocultos, de los que también podemos pedir perdón en la Confesión; y para que las palabras del Señor, andaos con cuidado, nos ayuden a estar vigilantes y a ser prudentes.
III. De nosotros deberían decir quienes nos han tratado lo que sus contemporáneos afirmaron del Señor: pasó haciendo el bien15... Nuestra vida ha de estar llena de obras de caridad y de misericordia, a veces tan pequeñas que no causarán mucho ruido: sonreír, alentar, prestar con alegría esos pequeños servicios que lleva consigo la convivencia, disculpar los errores del prójimo para los que casi siempre encontraremos una buena excusa... Es esta una señal ante el mundo, pues por la caridad nos conocerá como discípulos de Cristo16. Es también una referencia para nosotros mismos, pues si examinamos nuestra postura ante los demás, podremos averiguar con prontitud nuestro grado de unión con Dios.
Si lo propio del escándalo es romper y destruir, la caridad compone, une y cura, y ella misma facilita el camino que conduce hasta el Señor. El buen ejemplo será siempre una forma eficaz de contrarrestar el mal que, quizá sin darse cuenta, muchos van sembrando por la vida. Prepara a la vez el terreno para un apostolado fecundo. «No perdamos nunca de vista que el Señor ha prometido su eficacia a los rostros amables, a los modales afables y cordiales, a la palabra clara y persuasiva que dirige y forma sin herir: beati mites quoniam ipsi possidebunt terram, bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. No debemos olvidar nunca que somos hombres que tratamos con otros hombres, aun cuando queramos hacer bien a las almas. No somos ángeles. Y, por tanto, nuestro aspecto, nuestra sonrisa, nuestros modales, son elementos que condicionan la eficacia de nuestro apostolado»17.
Si el escándalo tiende a separar las almas de Dios, la caridad más fina nos empujará a llevarlas a Él, a procurar que muchos encuentren la puerta del Cielo. Santa Teresa decía que «más aprecia (Dios) un alma que por nuestra industria y oración la ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podamos hacer»18. No quedemos nunca indiferentes ante el mal. Ante esa enfermedad moral han de aumentar nuestros deseos de reparación y desagravio al Señor, y reafirmar nuestro afán de apostolado. Cuanto mayor sea el mal, mayores han de ser nuestras ansias de sembrar el bien. No dejemos tampoco de pedir al Señor por quienes son causa de que otros se alejen del bien, y por las almas que pueden resultar dañadas por esas palabras, por ese artículo, por aquel programa de la televisión... El Señor oirá nuestra oración y Santa María nos alcanzará especiales gracias, Cuando al final de la vida nos presentemos ante Él, esos actos de reparación y de desagravio constituirán una buena parte del tesoro que ganamos aquí en la tierra.

6 de noviembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 32a SEMANA DOMINGO Ciclo C


San Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» 
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

QUE SERA DE NUESTRO CUERPO DESPUÉS DE LA MUERTE

— La resurrección de los cuerpos, declarada por Jesús.
— Los cuerpos están destinados a dar gloria a Dios junto con el alma.
— Nuestra filiación divina, iniciada ya en el alma por la gracia, será consumada por la glorificación del cuerpo.
I. La liturgia de la Misa de este domingo propone a nuestra consideración una de las verdades de fe recogidas en el Credo, y que hemos repetido muchas veces: la resurrección de los cuerpos y la existencia de una vida eterna para la que hemos sido creados. La Primera lectura1 nos habla de aquellos siete hermanos que, junto con su madre, prefirieron la muerte antes que traspasar la Ley del Señor. Mientras eran torturados, confesaron con firmeza su fe en una vida más allá de la muerte: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.
Otros lugares del Antiguo Testamento también expresan esta verdad fundamental revelada por Dios. Era una creencia universalmente admitida entre los judíos en tiempos de Jesús, salvo por el partido de los saduceos, que tampoco creían en la inmortalidad del alma, en la existencia de los ángeles y en la acción de la Providencia divina2. En el Evangelio de la Misa3 leemos cómo se acercaron a Jesús con la intención de ponerle en un aprieto. Según la ley del levirato4, si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano estaba obligado a casarse con la viuda para suscitar descendencia. Así –le dicen a Jesús– ocurrió con siete hermanos: Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Les parecía que las consecuencias de esta ley provocaban una situación ridícula a la hora de poder explicar la resurrección de los cuerpos.
Jesús deshace esta cuestión, frívola en el fondo, reafirmando la resurrección y enseñando las propiedades de los cuerpos resucitados, La vida eterna no será igual a esta: allí no tomarán ni mujer ni marido..., pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y, citando la Sagrada Escritura5, pone de manifiesto el grave error de los saduceos, y argumenta: No es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Moisés llamó al Señor Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob, que hacía tiempo que habían muerto. Por tanto, aunque estos justos hayan muerto en cuanto al cuerpo, viven con verdadera vida en Dios, pues sus almas son inmortales, y esperan la resurrección de los cuerpos6. Los saduceos ya no se atrevían a preguntarle más.
Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe «expresa el término y el fin del designio de Dios» sobre el hombre. «Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosísimamente San Pablo (cfr. 1 Cor 15). Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, las promesas del Evangelio, el sentido de la Creación y de la Redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cfr. Heb 11, l)»7. Ante la atracción de las cosas de aquí abajo, que pueden aparecer en ocasiones como las únicas que cuentan, hemos de considerar repetidamente que nuestra alma es inmortal, y que se unirá al propio cuerpo al fin de los tiempos; ambos –el hombre entero: alma y cuerpo– están destinados a una eternidad sin término. Todo lo que llevemos a cabo en este mundo hemos de hacerlo con la mirada puesta en esa vida que nos espera, pues «pertenecemos totalmente a Dios, con alma y cuerpo, con la carne y con los huesos, con los sentidos y con las potencias»8.
II. La muerte, como enseña la Sagrada Escritura, no la hizo Dios; es pena del pecado de Adán9. Cristo mostró con su resurrección el poder sobre la muerte: mortem nostram moriendo destruxit et vita resurgendo reparavit, muriendo destruyó nuestra muerte, y resurgiendo reparó nuestra vida, canta la Iglesia en el Prefacio pascual. Con la resurrección de Cristo la muerte ha perdido su aguijón, su maldad, para tornarse redentora en unión con la Muerte de Cristo. Y en Él y por Él nuestros cuerpos resucitarán al final de los tiempos, para unirse al alma, que, si hemos sido fieles, estará dando gloria a Dios desde el instante mismo de la muerte, si nada tuvo que purificar.
Resucitar significa volver a levantarse aquello que cayó10, la vuelta a la vida de lo que murió, levantarse vivo aquello que sucumbió en el polvo. La Iglesia predicó desde el principio la resurrección de Cristo, fundamento de toda nuestra fe, y la resurrección de nuestros propios cuerpos, de la propia carne, de «esta en que vivimos, subsistimos y nos movemos»11. El alma volverá a unirse al propio cuerpo para el que fue creada. Y precisa el Magisterio de la Iglesia: los hombres «resucitarán con los propios cuerpos que ahora llevan»12. Al meditar que nuestros cuerpos darán también gloria a Dios, comprendemos mejor la dignidad de cada hombre y sus características esenciales e inconfundibles, distintas de cualquier otro ser de la Creación. El hombre no solo posee un alma libre, «bellísima entre las obras de Dios, hecha a imagen y semejanza del Creador, e inmortal porque así lo quiso Dios»13, que le hace superior a los animales, sino un cuerpo que ha de resucitar y que, si se está en gracia, es templo del Espíritu Santo. San Pablo recordaba frecuentemente esta verdad gozosa a los primeros cristianos: ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros?14.
Nuestros cuerpos no son una especie de cárcel que el alma abandona cuando sale de este mundo, no «son lastre, que nos vemos obligados a arrastrar, sino las primicias de eternidad encomendadas a nuestro cuidado»15. El alma y el cuerpo se pertenecen mutuamente de manera natural, y Dios creó el uno para el otro. «Respétalo –nos exhorta San Cirilo de Jerusalén–, ya que tiene la gran suerte de ser templo del Espíritu Santo. No manches tu carne y si te has atrevido a hacerlo, purifícala ahora con la penitencia. Límpiala mientras tienes tiempo»16.
III. La altísima dignidad del hombre se encuentra ya presente en su creación, y con la Encarnación del Verbo, en la que existe como un desposorio del Verbo con la carne humana17, llega a su plena manifestación. Cada hombre «ha sido comprendido en el misterio de la redención, con cada uno ha sido unido Cristo, para siempre, por parte de este misterio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre, y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza de Dios mismo»18.
Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, iniciada ya por la acción de la gracia en el alma, «será consumada por la glorificación del cuerpo (...), de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte»19. Y cita a continuación las palabras de San Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas20. El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre. Hemos de tenerlo sujeto mediante la mortificación porque, a consecuencia del desorden producido por el pecado original, tiende a «hacernos traición»21.
Es de nuevo San Pablo el que nos exhorta: Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo22. Y comenta el Papa Juan Pablo II: «La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto (cfr. 1 Tes 4, 4), aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano»23.
Nuestra Madre Santa María, que fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, nos recordará en toda ocasión que también nuestro cuerpo ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad.

5 de noviembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 31a SEMANA SABADO

Lucas 16,9-15.

Jesús decía a sus discípulos: 
"Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. 
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. 
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? 
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? 
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero". 
Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. 
El les dijo: "Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios." 

Carta del Prelado (noviembre de 2016)

Queridísimos: ¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ha pasado ya casi un año desde que el Santo Padre abría la Puerta Santa, primero en el corazón de África y después en la basílica de San Pedro. Mientras se acerca el final de este Año jubilar, que concluirá en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de este mes, acuden a nuestra memoria los eventos que han tenido lugar en todo el mundo; los más importantes, sin duda, han sucedido en la intimidad de cada uno con el Señor. Sólo Dios conoce cuántas personas han vuelto a reconciliarse con Él, quizá después de muchos años de alejamiento o de tibieza.
A lo largo de estos meses, hemos procurado redescubrir el misterio del Amor de Dios, que se esconde en el seno de la Iglesia. Verdaderamente, la misericordia divina llena toda la tierra, como las aguas cubren la inmensa extensión de los océanos; y la hemos repasado en la Sagrada Escritura —en los profetas y en los salmos, sobre todo en el Evangelio—, en la liturgia, en la piedad popular... La hemos advertido también en nuestra vida: basta una ojeada a la propia existencia para redescubrir, maravillados, la cercanía con que el Señor nos ha tratado y nos trata, desde que nos incorporó a la Iglesia mediante el bautismo, y aun antes.
Jesucristo nos ha dejado una clara enseñanza en el capítulo 15 del evangelio de san Lucas. Ahí se recogen tres parábolas suyas sobre la misericordia divina:la de la oveja perdida, la de la dracma que se había extraviado y la del hijo pródigo. Y comenta san Ambrosio: «¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso no representan a Dios Padre, a Cristo y a la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno, porque es Pastor, no cesa de sostenerte; la otra, como Madre, te acoge, sin cesar te busca; y entonces el Padre vuelve a vestirte. El primero, por obra de su misericordia; la segunda, cuidándote; y el tercero, reconciliándote con Él»[1].
Estos meses nos han ayudado a revitalizar nuestro amor a Dios y a los demás, precisamente allí donde pudiera haberse quedado un poco debilitado. Quizá descubramos que son aún muchos los pliegues del alma en los que nos falta esa faceta; y esto no debe extrañarnos, porque la llamada a ser "misericordiosos como el Padre" es una invitación para toda la vida.
La clausura del Año santo no supone, pues, un punto de arribo para pasar a otra cosa, sino un punto de partida para andar con ilusión renovada por el camino de nuestro progresar cristiano. Desde el bautismo, todos los cristianos poseemos el sacerdocio común, que nos conduce a ejercer la misericordia con un hondo sentido de la filiación divina. San Josemaría insistió en que hay que ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio desinteresado[2]. Es éste el mensaje del Papa, pocas semanas antes de clausurar este año de especiales gracias. «No basta con adquirir experiencia de la misericordia de Dios en la propia vida; es necesario que cualquiera que la recibe se convierta también en signo e instrumento para los demás. La misericordia, además, no está reservada sólo para momentos particulares, sino que abraza toda nuestra experiencia cotidiana»[3].
Por eso me pregunto, y os animo a preguntaros: ¿Qué ha quedado en nosotros a la vuelta del Año santo? ¿Nos hemos empapado más de la convicción de que Dios nos mira como un Padre lleno de ternura, de infinito amor[4]? En la convivencia diaria, en la vida familiar, en el trabajo profesional, en el apostolado, en las visitas a los pobres y en la ayuda a los que sufren, ¿se halla más presente ese Amor de Dios, manifestado en Cristo? ¿Mantenemos despierta la esperanza de que, a pesar de nuestros errores, el Señor desea que nos comportemos como mejores transmisores de su misericordia? Muy oportuno resulta que, como nuestra Madre la Virgen, meditemos estas cosas y las ponderemos en nuestro corazón.
Para seguir adelante, cada vez con paso más decidido, en esta dirección por la que el Espíritu Santo impulsa a la Iglesia, me atrevo a sugeriros dos líneas que, en cierto modo, resumen el camino recorrido durante estos meses, y que pueden ayudarnos a mantener encendidas en nuestras almas las luces de este Año santo: acogernos personalmente a la misericordia de Dios, y así acoger a los demás: vivir inclinados hacia ellos.
En primer lugar, acogernos a la misericordia de Dios: de esto depende todo. Cuando nos percatamos de que Dios mueve las circunstancias y tareas, impulsándonos hacia Él, la piedad y el afán apostólico crecen. Nos refugiamos más fácilmente en las manos de Jesucristo, con deportividad en la pelea interior, con deseos renovados de acercarle muchas almas, con una alegría que nada ni nadie debe perturbar.
El Amor de Dios se nos muestra exigente y sereno a la vez. Exigente, porque Jesucristo cargó sobre sus hombros la Cruz y quiere que le sigamos por ese camino, para colaborar con Él a que los frutos de la redención lleguen a todo el mundo; sereno, porque Jesús no desconoce nuestras limitaciones, y nos orienta mejor que la más comprensiva de las madres. No somos nosotros quienes cambiaremos el mundo con nuestro esfuerzo: eso lo cumplirá Dios, capaz de transformar los corazones de piedra en corazones de carne.
El Señor no exige que no nos equivoquemos nunca, sino que nos levantemos siempre, sin quedarnos amarrados a nuestros errores; que caminemos por esta tierra con serenidad y confianza de hijos. Meditemos con frecuencia esas tiernas palabras de san Juan: en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo[5]. La paz interior no pertenece a quien piensa que todo lo cumple bien, ni a quien se despreocupa de amar: surge en la criatura que siempre, incluso cuando cae, vuelve a las manos de Dios. Jesucristo no ha venido a buscar a los sanos sino a los enfermos[6], y se contenta con un amor que se renueva cada jornada, a pesar de los tropiezos de los hombres, porque acuden a los sacramentos como a la fuente inagotable de perdón.
La misericordia nos urge también a acoger a los demás, a inclinarnos hacia ellos; somos capaces de transmitirla si la hemos recibido de Dios. Así, «tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano se dispone a tener compasión de los infelices y a rezar por los otros pecadores. Se vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos»[7]. Sólo la comprensión magnánima de Dios «es capaz de recuperar el bien perdido, de pagar con el bien el mal cometido y de generar nuevas fuerzas de justicia y de santidad»[8].
No faltan ocasiones en las que el peso del trabajo o de las dificultades podrían anestesiar un poco el corazón, como las espinas que ahogan la buena semilla. Dios nos pone el corazón en carne viva, para que nos inclinemos a los demás, no sólo ante los problemas o las tragedias, sino también en la multitud de pequeñas cosas diarias, que requieren un corazón atento, que quita relevancia a lo que realmente no la tiene, y que se esfuerza por darla a lo que verdaderamente importa, pero que quizá pasa inadvertido. Dios no nos convoca sólo a convivir con los demás, sino a vivir para los demás. Nos reclama una caridad afectuosa, que sepa acoger a todos con una sincera sonrisa[9].
Por eso acudamos siempre a la oración, especialmente cuando pensemos que una situación o una persona nos supera, para confiar entonces al Señor los obstáculos que encontramos en nuestro caminar. Roguémosle que nos ayude a superarlos, a no concederles demasiada importancia. Pidámosle que nos conceda un amor a la medida del suyo, por intercesión de Santa María, Mater misericordiæ
En su viaje apostólico a Polonia, el Papa hablaba del Evangelio como el «libro vivo de la misericordia de Dios». Este libro, decía, «todavía tiene al final páginas en blanco: es un libro abierto, que estamos llamados a escribir con el mismo estilo, es decir, realizando obras de misericordia»[10]. Y concluía: «cada uno de nosotros guarda en el corazón una página personalísima del libro de la misericordia de Dios»[11]. Llenemos con ilusión las páginas que Dios nos ha confiado a cada uno, sin desanimarnos por los borrones y manchas que nuestra torpe escritura haya causado. Por la clemencia de Dios, el Espíritu se hace presente en nuestras miserias, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte[12]; nos fortalecemos con la gracia de Cristo y así podemos transmitir lo que hemos recibido.
En este servicio atento a los demás, no olvidemos —particularmente el día 2, y durante todo el mes — esa obra de misericordia discreta y tan agradable a los ojos de Dios: la oración por los difuntos. Suplico al Señor, para cada uno y cada una, la gracia de practicar la Comunión de los santos con todos: con los necesitados de nuestros sufragios, con los que gozan ya de la bienaventuranza celestial, y con los que aún peregrinamos aquí abajo, comenzando por el Papa y sus colaboradores, hasta abarcar en nuestra plegaria a todos los hombres y mujeres, especialmente a los más indigentes de esa unión.
No puedo terminar sin agradecer a Dios la reciente ordenación de diáconos de la Prelatura: pidamos por ellos y por los ministros sagrados del mundo entero. Al mismo tiempo, renuevo mi gratitud por los frutos del viaje pastoral que hice dos semanas atrás a la nueva circunscripción de Finlandia y Estonia. Recemos por la Iglesia en esos países y en los demás del norte de Europa. Me gustaría contaros con detalle la ilusión de san Josemaría —y también del queridísimo don Álvaro— por la implantación de la Obra en esas tierras. Os invito a que lo consideréis en los ratos de oración ante el Sagrario. Y que se alce nuestra gratitud más sincera al Cielo, por el aniversario de la erección de la Obra en Prelatura personal.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier