"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO 13a SEMANA VIERNES

Mateo 9,9-13.

Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. 
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. 
Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?". 
Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". 

MORTIFICACIONES HABITUALES

— Las mortificaciones nacen del amor y a su vez lo alimentan.
— Mortificaciones para ayudar y hacer más grata la vida a los demás
— Otras mortificaciones. El espíritu de mortificación.
I. Nos relata San Mateo en el Evangelio de la Misa1 que, después de responder a la llamada de Jesús, preparó una comida en su propia casa, a la que asistieron el resto de los discípulos y muchos publicanos y pecadores, quizá sus amigos de siempre. Los fariseos, al ver esto, decían: ¿Por qué vuestro Maestro come con los publicanos y los pecadores?Jesús oyó estas palabras y Él mismo les contestó diciéndoles que no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y a continuación hace suyas unas palabras del profeta Oseas2: más quiero misericordia que sacrificio. No rechaza el Señor los sacrificios que se le ofrecen; insiste, sin embargo, en que estos han de ir acompañados del amor que nace de un corazón bueno, pues la caridad ha de informar toda la actividad del cristiano y, de modo particular, el culto a Dios3.
Aquellos fariseos, fieles cumplidores de la Ley, no acompañaban sus sacrificios del olor suave de la caridad para con el prójimo y del amor a Dios; en otro lugar dirá el Señor, con palabras del Profeta Isaías: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. En aquella comida en casa de Mateo manifiestan con su pregunta que les falta comprensión hacia los demás invitados y que no se esfuerzan por acercarlos a Dios y a la Ley, de la que ellos se muestran tan fieles cumplidores; juzgan con una visión estrecha y falta de amor. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yahvé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas.
»—Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo»4.
Nuestro amor a Dios se expresa en los actos de culto, pero también se manifiesta en todas las acciones del día, en las pequeñas mortificaciones que impregnan lo que hacemos, y que llevan hasta el Señor nuestro deseo de abnegación y de agradarle en todo.
Si faltara esta honda disposición, la materialidad de repetir unos mismos actos carecería de valor, porque le faltaría su más íntimo sentido: los pequeños sacrificios que procuramos ofrecer cada día al Señor, nacen del amor y alimentan a su vez este mismo amor.
El espíritu de mortificación, tal como lo quiere el Señor, no es algo negativo ni inhumano5; no es una actitud de rechazo ante lo bueno y lo noble que puede haber en el uso y goce de los bienes de la tierra; es manifestación de señorío sobrenatural sobre el cuerpo y sobre las cosas creadas, sobre los bienes, las relaciones humanas, el trabajo...; la mortificación, voluntaria o aquella otra que viene sin haberla buscado, no es la simple privación, sino manifestación de amor, pues «padecer necesidad es algo que puede ocurrirle a cualquiera, pero saber padecerla es propio de las almas grandes»6, de las almas que han amado mucho.
La mortificación no es simple moderación, mantener a raya los sentidos y el desequilibrio que producen el desorden y el exceso, sino abnegación verdadera, dar cabida a la vida sobrenatural en nuestra alma, adelanto de aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros7.
II. Prefiero la misericordia al sacrificio... Por eso, un campo principal de nuestras mortificaciones ha de ser el que se refiere a las relaciones y al trato con los demás, donde ejercitamos continuamente una actitud misericordiosa, como la del Señor con las gentes que encontraba a su paso. El aprecio por quienes cada día tratamos en la familia, en nuestro quehacer profesional, en la calle, empuja y ordena nuestra mortificación. Nos lleva a hacerles más grato su paso por la tierra, de modo particular a aquellos que más sufren física o moralmente, a prestarles pequeños servicios, a privarnos de alguna comodidad en beneficio de ellos.
Esta mortificación nos impulsará a superar un estado de ánimo poco optimista que necesariamente influye en los demás, a sonreír también cuando tenemos dificultades, a evitar todo aquello –aun pequeño– que puede molestar a quienes tenemos más cerca, a disculpar, a perdonar... Así morimos, además, al amor propio, tan íntimamente arraigado en nuestro ser, aprendemos a ser humildes. Esta disposición habitual que nos lleva a ser causa de alegría para los demás, solo puede ser fruto de un hondo espíritu de mortificación, pues «despreciar la comida y la bebida y la cama blanda, a muchos puede no costarles gran trabajo... Pero soportar una injuria, sufrir un daño o una palabra molesta... no es negocio de muchos, sino de pocos»8.
Junto a estas mortificaciones que hacen referencia a la caridad, quiere el Señor que sepamos encontrarle en aquello que Él permite y que de alguna manera contraría nuestros gustos y planes o el propio interés. Son las mortificaciones pasivas, que hallamos a veces en una grave enfermedad, en problemas familiares que no parecen tener fácil arreglo, en un importante revés profesional...; pero más frecuentemente, cada día, tropezamos con pequeñas contrariedades e imprevistos que se atraviesan en el trabajo, en la vida familiar, en los planes que teníamos para esa jornada... Son ocasiones para decirle al Señor que le amamos, precisamente a través de aquello que en un primer momento nos resistimos a admitir. La contrariedad –pequeña o grande– aceptada con amor, ofreciendo al Señor aquel contratiempo, produce paz y gozo en medio del dolor; cuando no se acepta, el alma queda desentonada y triste, o con una íntima rebeldía que la aleja de los demás y de Dios.
Otro campo de mortificaciones en las que mostramos el amor al Señor está en el cumplimiento ejemplar de nuestro deber: trabajar con intensidad, no aplazar los deberes ingratos, combatir la pereza mental, cuidar las cosas pequeñas, el orden, la puntualidad, facilitar su labor a quien está en el mismo quehacer, ofrecer el cansancio que todo trabajo hecho con intensidad lleva consigo...
Mientras trabajamos, en el trato con los demás..., en toda ocasión, manifestamos, a través de ese vencimiento pequeño, que amamos al Señor sobre todas las cosas y, más aún, por encima de nosotros mismos. Con estas mortificaciones nos elevamos hasta Él; sin ellas, quedamos a ras de tierra. Esos pequeños sacrificios ofrecidos a lo largo del día disponen al alma para la oración y la llenan de alegría.
III. Sacrificio con amor nos pide el Señor. La mortificación no está en la zona fronteriza en la que es inminente el peligro de caer en el pecado; se encuentra en pleno campo de la generosidad, porque es saberse privar de lo que sería posible no privarse sin ofender a Dios. El alma mortificada no es la que no ofende, sino la que ama; vivir así, con una mortificación habitual, parece necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la fuerza de Dios9, recordaba San Pablo a los primeros cristianos de Corinto.
El amor al Señor nos mueve a controlar la imaginación y la memoria, alejando pensamientos y recuerdos inútiles; a sujetar la sensibilidad, la tendencia a «pasarlo bien» como primera razón de la vida. La mortificación nos lleva a vencer la pereza al levantarnos, a no dejar la vista y los demás sentidos desparramados, sin control alguno, a ser sobrios en la bebida, a comer con templanza, a evitar caprichos...; también mortificaciones corporales, con el oportuno consejo recibido en la dirección espiritual o en la Confesión.
En ocasiones nos fijaremos en algunas mortificaciones con preferencia a otras, dando siempre especial importancia a las que se refieren al mejor cumplimiento de nuestros deberes para con Dios, a las que ayudan a vivir con esmero la caridad y el cumplimiento del propio deber. Incluso puede ser útil el tomar nota de algunas, revisarlas a lo largo del día y pedirle ayuda a nuestro Ángel Custodio para que salgan adelante. Tener en cuenta la tendencia de todo hombre, de toda mujer, al olvido y a la dejadez, nos ayudará a poner los medios necesarios para no dejarlas incumplidas, a un lado. Esas pequeñas renuncias a lo largo del día, previstas y buscadas muchas de ellas, acercan a Cristo y constituyen un arma poderosa para ir adquiriendo, primero en un campo y después en otro, el hábito de la mortificación; son una industria humana difícilmente sustituible, dada la natural tendencia a resistir y a olvidarnos de la Cruz.
Para el alma mortificada se hace realidad la promesa de Jesús: quien pierda su vida por amor mío, la encontrará10; así le encontramos a Él en medio del mundo, en nuestros quehaceres y a través de ellos. «Dijo el amigo a su Amado que le diese la paga del tiempo que le había servido. Tomó el Amado en cuenta los pensamientos, deseos, llantos, peligros y trabajos que por su amor había padecido el amigo, y añadió el Amado a la cuenta la eterna bienaventuranza, y se dio a Sí mismo en paga a su amigo»11.

6 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO 13a SEMANA JUEVES

 San Mateo 9, 1-8
En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:«¡Animo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados – entonces dice al paralítico -: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se puso en pie, y se fue a su casa.Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

EL VALOR INFINITO DE LA MISA

— Valor infinito de la Misa.
— Adoración y acción de gracias.
— Expiación y propiciación por nuestros pecados
I. Leemos en el libro del Génesis1 cómo Dios quiso probar la fe de Abrahán. Le había sido prometido que su descendencia sería como las estrellas del cielo. El Patriarca ve el paso del tiempo hasta llegar a una edad muy avanzada; y su mujer era estéril. Pero él siguió creyendo en la palabra de Dios.
Yahvé le había anunciado que tendría un hijo, y Abrahán lo creyó contra toda esperanza; cuando al fin vino al mundo lo llamó Isaac, y cuando, ya mayor, constituía el premio a su confianza, Dios, señor de la vida y de la muerte, le mandó que lo sacrificara: Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en uno de los montes que Yo te indicaré. Pero en el momento en que iba a sacrificar al hijo amado, el Ángel del Señor le detuvo. Y oyó el Patriarca estas palabras llenas de bendiciones sobreabundantes: Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo serán bendecidos en tu descendencia, porque me has obedecido.
Los Padres de la Iglesia han visto en el sacrificio de Isaac un anuncio del sacrificio de Jesús. Isaac, el único hijo de Abrahán, el amado, cargado con la leña hacia el monte donde va a ser sacrificado, es figura de Cristo, el Unigénito del Padre, el Amado, que camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario, donde se ofrece como sacrificio de valor infinito por todos los hombres.
En la Misa, después de la Consagración, el Canon Romano celebra la memoria de esta oblación de Abrahán, la entrega de su hijo. Él es nuestro «padre en la fe». Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda, decimos a Dios Padre: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec...2.
La obediencia de Abrahán es la máxima expresión de su fe sin condiciones a Dios. Por eso, recobró de nuevo a Isaac y, después de haberlo ofrecido, lo recibió como un símbolo. Pensaba, en efecto, que Dios es poderoso para resucitar de entre los muertos; por eso lo recobró y fue como una imagen de lo venidero3.
Orígenes señala que el sacrificio de Isaac nos hace comprender mejor el misterio de la Redención. «El hecho de que Isaac llevara la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó su cruz a cuestas. Pero, al mismo tiempo, llevar la leña para el holocausto es tarea del sacerdote. Luego Isaac fue a la vez víctima y sacerdote (...). Cristo es al mismo tiempo Víctima y Sumo Sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima a su Padre; según la carne, Él mismo es ofrecido sobre el altar de la Cruz»4. Por eso, cada Misa tiene un valor infinito, inmenso, que nosotros no podemos comprender del todo: «alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los santos, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y todo lo que hagan hasta el fin de los siglos»5.
II. Aunque todos los actos de Cristo fueron redentores, existe, sin embargo, en su vida un acontecimiento singular que destaca sobre todos, y al que todos se dirigen: el momento en que la obediencia y el amor del Hijo ofrecieron al Padre un sacrificio sin medida, a causa de la dignidad de la Ofrenda y por el Sacerdote que la ofrecía. Y es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente ofrecida y sacramentalmente inmolada.
En la Santa Misa, los frutos que miran inmediatamente a Dios, como la adoración y la acción de gracias, se producen siempre en su plenitud infinita, sin depender de nuestra atención, ni del fervor del sacerdote. En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, porque es Cristo mismo quien la ofrece y el que se ofrece. Por eso, es imposible adorar mejor a Dios, reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas y sobre todos los hombres. Es la realización más acabada del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás6.
Es imposible dar a Dios una reparación más perfecta por las faltas diariamente cometidas que ofreciendo y participando con devoción del Santo Sacrificio del Altar7. Es imposible agradecerle mejor los bienes recibidos que a través de la Santa Misa: Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?... ¿Cómo retribuiré a Dios por todos los beneficios que ha tenido conmigo? Elevaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor8. Qué gran oportunidad para agradecer a Dios tantos bienes como recibimos..., pues a veces es posible que nos olvidemos de dar gracias a Dios por sus dones, tantos y tantos; puede sucedernos como a los leprosos curados por Jesús...
«La adoración, la reparación y la acción de gracias son efectos infalibles del sacrificio de la Misa que miran al mismo Dios»9, ya que es el mismo el que ofrece y se ofrece. ¡Qué honor tan grande el de los sacerdotes, al prestarle a Cristo la voz y las manos en el sacrificio eucarístico! ¡Qué grandeza la de los fieles de poder participar en tan gran Misterio!
«Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida.
»—Y duélete, por tus negligencias pasadas»10.
III. En el monte Moria no fue sacrificado Isaac, el hijo único y amado de Abrahán; en el Calvario, Jesús padeció y murió por todos nosotros, pro peccatis, a causa de nuestros pecados. Este fruto de expiación y de propiciación alcanza también a las almas de quienes nos precedieron y que se purifican en el Purgatorio, esperando el traje de bodas11 para entrar en el Cielo.
El sacrificio eucarístico realiza, por sí mismo y por su propia virtud, el perdón de los pecados; «pero lo opera de una manera mediata...Por ejemplo, una persona que pida a Dios sin asistir al sacrificio la gracia de mudar de vida y de confesarse, la obtendrá solo en virtud de su fervor y de sus instancias...; pero si oye Misa con este fin es seguro que obtendrá este favor eficazmente con tal de que no oponga obstáculos a ello»12.
Jesucristo, al ofrecerse al Padre, pide por todos. Él vive para interceder por nosotros13. ¿Qué mejor momento encontraríamos que este de la Santa Misa para acercarnos a pedir lo que tanto necesitamos?
Cada Misa es ofrecida por la Iglesia entera, que suplica a su vez por todo el mundo. «Cada vez que se celebra una Misa es la sangre de la Cruz la que se derrama como lluvia sobre el mundo»14. Junto a la Iglesia, pedimos de modo particular por el Papa, el obispo diocesano, el propio prelado y todos los demás que, «fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica»15. Junto a este fruto general de la Misa, hay también un fruto especial, de diverso modo, para quienes participan en el Santo Sacrificio: quienes han procurado que se celebre; para el sacerdote hay un fruto especialísimo irrenunciable, puesto que depende de su voluntad meritoria el que se diga la Misa; participan de este fruto especial los acólitos, los cantores... y todo el pueblo santo que esté presente en el Sacrificio, cada uno según sus disposiciones: todos los circunstantes, cuya fe y entrega bien conoces... Por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen este sacrificio de alabanza a ti, eterno Dios, vivo y verdadero16.
Además de los frutos de alabanza y de adoración a Dios, también produce la Santa Misa, de modo infinito e ilimitados en sí mismos, los frutos de remisión de nuestros pecados y de impetración de todo aquello que necesitamos, pero son finitos y limitados según nuestras disposiciones. Por eso es tan importante la preparación del alma con la que nos acercamos a participar de este único Sacrificio, y los momentos de recogimiento ya acabada la acción sagrada. «¿Estáis allí –pregunta el Santo Cura de Ars– con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?»17.
Pidamos a Nuestra Señora que la celebración o la participación del sacrificio eucarístico sea para nosotros la fuente donde se sacian y se aumentan nuestros deseos de Dios.

5 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO 13a SEMANA MIERCOLES

Mateo 8,28-34.

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. 
Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?" 
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. 
Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara". 
El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron. 
Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. 
Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio. 

LA OPORTUNIDAD PERDIDA

— El Señor se presenta, en ocasiones, de manera distinta a como nosotros le esperábamos.
— Desprendimiento para ver a Jesús y para hacer su voluntad cuando no coincide con la nuestra.
— Mirar con fe las circunstancias humanamente desfavorables, y descubrir en ellas al Señor.
I. Llegó Jesús a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos, en tierra de gentiles1; quizá busca un sitio retirado para descansar con sus discípulos. Allí curó el Señor a dos endemoniados que le salieron al encuentro. Cerca del lugar había una piara de cerdos; los demonios le rogaron que, si los expulsaba de estos hombres atormentados, los enviara a la piara. Y el Señor se lo permitió. Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad contaron todo, en particular lo de los endemoniados. Ante esto, toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región.
Le rogaron que se alejara de aquel lugar. Fue la gran oportunidad perdida por estas gentes; tuvieron a Dios mismo entre ellos, y no supieron verlo. Quizá nunca más pasó por aquellas tierras. ¡Lo tuvieron tan cerca!, ¡y le rogaron que se alejara! ¡A Aquel que llevaba consigo todos los bienes! ¡Qué poco hospitalario es a veces el mundo para con su Señor! Con frecuencia, para muchos, son los bienes materiales lo que cuenta, y no es raro ver cómo se intenta construir una sociedad en la que el Señor no está presente, no le dejan sitio, «como si Dios no mereciera ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre»2. El que da sentido a todo es excluido. El Señor ilumina el dolor, la alegría, la vida, la muerte, el trabajo... Y sin Él nada vale la pena. «Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia, hasta el ateísmo»3. En el fondo de muchas actitudes que rechazan o excluyen la verdad sobrenatural se encuentra un radical materialismo práctico, el aprecio a los bienes materiales por encima de todo, que impide ver la acción del Señor en lo que nos rodea.
Nosotros decimos a Jesús que queremos ponerle en la cima de todas las tareas humanas, a través de un trabajo profesional hecho a conciencia; que queremos que entre de lleno en nuestra vida, en la familia, que dé sentido a lo que somos y a lo que poseemos: a nuestra inteligencia, a nuestro corazón, a la amistad, a los amores limpios de cada uno según su peculiar vocación. Le decimos que queremos estar vigilantes, como el centinela, para darle entrada en el alma, también cuando se presente de una manera distinta a como le esperábamos.
II. Aquellos gentiles, a pesar del milagro relatado por los porqueros y de ver libres y sanos a los dos endemoniados, no quisieron recibir a Jesús. ¡Cómo se hubieran llenado de bienes sus casas y, sobre todo, sus almas!; pero estaban ciegos para los bienes espirituales. Como ocurre hoy a tantos; muchos tienen sus proyectos para ser felices, y demasiado a menudo miran a Dios simplemente como alguien que les ayudará a llevarlos a cabo. «El estado verdadero de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios»4.
Algunos cristianos, por estar excesivamente apegados a sus ideas y caprichos, le dicen a Jesús que se retire de su vida, precisamente cuando más cerca estaba y cuando más le necesitaban: al llegar la enfermedad, la contradicción..., cuando se han perdido unos bienes materiales que probablemente era necesario perder para recibir al Bien supremo, que llega, en bastantes ocasiones, por caminos distintos a los que ellos deseaban. Quizá le esperaban en el triunfo, y se presenta en la ruina o en el fracaso; no en el fracaso producido por la desidia, por no haber puesto los medios o el estudio necesario, que debe llevar en todo caso a un acto de contrición y a recomenzar con un propósito firme, sino al fracaso que llega cuando, a nuestro entender, se habían puesto todos los medios humanos y sobrenaturales para salir a flote. Él llega en ocasiones por caminos diferentes a aquellos por los que le estábamos esperando. ¡Cuántas veces la lógica de Dios no coincide con la lógica de los hombres! Es el momento de abrazarse a su santa voluntad: «¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!»5. ¡Cuántas veces, ante la contradicción que no esperábamos, hemos hecho nuestra esta oración, de mil modos repetida!
Se ha dicho que «el plan de Dios es de una pieza». Quizá la conversión de aquellos gentiles habría comenzado por la pérdida de estos cerdos, por el desprendimiento que esto suponía; quizá habrían sido los primeros gentiles en recibir el Bautismo después de la dispersión producida con motivo de la primera persecución en Judea. Al final de la vida, a veces mucho antes, veremos cómo encajan esas piezas que parecían sueltas y sin sentido: todas las cosas concurren para el bien de los que aman a Dios6.
Para descubrir la voluntad del Señor en todos los acontecimientos de la vida, también en los menos gratos, en los que nos han ocasionado perjuicios y molestias, para seguir de cerca a Cristo en toda circunstancia, «hemos de estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos.
»Me refiero también (...) a esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello solo si a Ti te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa»7.
Es necesario purificar el corazón de amores desordenados (con frecuencia el amor desordenado de uno mismo, el excesivo apagamiento a los bienes que posee o a los que desearía tener, a las propias ideas y opiniones, a los proyectos que uno se ha hecho acerca de su propia felicidad...) para confiar más en nuestro Padre Dios. Entonces podremos ver con claridad y podremos interpretar acertadamente los acontecimientos, descubriendo siempre a Jesús en ellos.
III. Si no hubiera tenido lugar aquella hecatombe de los cerdos, los porqueros probablemente no habrían bajado al pueblo y sus habitantes no se habrían enterado de que Jesús estaba allí, tan cerca. Si la mujer que encontró al Maestro en Cafarnaún no hubiera estado tantos años enferma y malgastado sus bienes en médicos, no se hubiera quizá acercado al Maestro para tocar la orla de su vestido y no habría oído nunca aquellas palabras consoladoras de Jesús, las más importantes de su vida, que bien valían todos los sufrimientos y los gastos inútiles... Lo que a nosotros nos parece un mal, quizá no lo es tanto; solo el pecado es un mal absoluto, y de él –con amor, con humildad y contrición– se puede sacar el sabrosísimo fruto de un encuentro nuevo con Cristo8, en el que el alma sale rejuvenecida.
Detrás de esos males aparentes (enfermedad, cansancio, dolor, ruina...) encontramos siempre a Jesús que nos sonríe y nos da la mano para sobrellevar esa situación y crecer por dentro. ¡Cómo daría gracias aquel leproso por el mal terrible de su enfermedad, pues fue lo que le llevó a Cristo! Los males de esta vida son una continua llamada a nuestro corazón, que nos dice: ¡el Maestro está aquí y te llama!9. Pero si estamos más apegados a nuestros proyectos, a la salud, a la vida... que a la voluntad de Dios –a veces misteriosa e incomprensible al principio para nosotros–, solo veremos en la desgracia la pérdida de un bien que, siendo relativo y parcial, quizá nosotros hemos convertido en absoluto y definitivo. ¡Qué error tan grande si no supiéramos ver en esos momentos a Jesús que nos visita!
Con una lógica distinta a la nuestra, el Señor va disponiendo los acontecimientos para que, con dolor unas veces y con gusto otras, nos vayamos desprendiendo de todo para que Él llene nuestra existencia entera. Muchas veces hemos de pensar en la acción íntima de Dios en nosotros, pues Él dispone hasta la más pequeña circunstancia para que seamos felices, para facilitar el desprendimiento de nosotros mismos, de nuestros proyectos..., para que seamos santos. A los ojos de Dios «una sola alma tiene más valor que todo el universo, y las maravillas que Dios opera en lo secreto de nuestras vidas son, con mucho, más extraordinarias que todos los esplendores del cosmos material»10. Si estos gentiles hubieran comprendido quién estaba delante de ellos, si hubieran captado el prodigio obrado en aquellos dos hombres que fueron redimidos del demonio, ¿qué hubiera importado la desgracia económica, si por ella habían conocido a Jesús? Habrían dado gracias por ella, invitarían a Jesús y habrían organizado una buena fiesta porque el Maestro estaba con ellos y porque habían recuperado a dos hombres de los suyos.
Si miramos con fe las pequeñas o las grandes desgracias de la vida, terminaremos siempre dando gracias por ellas: por aquella enfermedad, por la humillación que sufrimos por parte de quien menos la esperábamos, por el hambre, por la sed, por la pérdida de un empleo... ¡Gracias, Señor –le diremos en la intimidad del corazón–, porque Te has presentado, aunque haya sido por donde menos te esperaba! Pidámosle a la Virgen, ¡que tanto supo de contradicciones, de zozobras y de dolor!, que nos enseñe a no perder esas oportunidades de encontrar a Jesús en medio de esas circunstancias humanamente más desfavorables.

4 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO 13a SEMANA MARTES

Mateo 8,23-27.

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. 
De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. 
Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: "¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!". 
El les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?". Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. 
Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".