"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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20 de enero de 2022

BUSCA EL ROSTRO DE JESÚS


 

Evangelio (Mc 3,7-12)


Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:


—¡Tú eres el Hijo de Dios!


Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy nos dibuja el amplio mapa de la creciente influencia de Jesús: los límites marcados por Galilea al norte y Judea al sur se ven desbordados, y las noticias de su predicación y su poder sanador se extienden ya más al norte (Tiro y Sidón), más al sur (Idumea) e incluso más allá del Jordán. El evangelio no tiene fronteras, nada puede encadenarlo. Y es que los corazones de aquellas personas, nuestros corazones, están esperando como agua de mayo ese evangelio, esa poderosa palabra de esperanza, portadora de plenitud de vida.


Somos los nosotros los que, testigos de las bondades de Dios obradas a través de Cristo, servimos de portavoces del evangelio cuando lo pregonamos con la palabra y las obras. Pero pregonamos con convicción lo que ha llegado al fondo de nuestro corazón y nos ha transformado. De ahí la necesidad de un encuentro personal con Jesús. Una cosa es leer o escuchar, y otra experimentar que Cristo se hace solidario con nosotros. Los evangelios hablan del deseo de tocar a Jesús y nos dicen que él obra milagros tocando a los que va a sanar. El sentido del tacto es, desde cierto punto de vista, el que nos pone en contacto más inmediato con la persona que tenemos delante. De ahí la importancia de una caricia o de un abrazo, expresión de un querer compartir la situación del otro, sus dolores y sus alegrías. ¡Qué importantes son esas manifestaciones de ternura!


Jesús no rehúye nunca a las multitudes. Hace todo lo posible para que puedan escucharle los más posibles y lo mejor posible. Pero, al mismo tiempo, y especialmente en el Evangelio según Marcos, ordena a los demonios y espíritus impuros que ha expulsado que no le descubran. ¿Por qué? Porque hasta que no pase la pasión, la cruz y la resurrección, la comprensión de su figura y mensaje es incompleta y equivocada. Si queremos ser emisarios de Cristo es necesario que conozcamos bien a Aquel de quien queremos hablar: su identidad, su misión y cómo la lleva a cabo, llevando sobre sus espaldas el peso de nuestras faltas, de nuestras enfermedades, para poder sanarnos.


PARA TU ORACION PERSONAL


La llamada de Dios es universal.

Todos buscamos el rostro de Jesús.

Descubrir su presencia alrededor nuestro.

EN DIVERSAS ocasiones Jesús lleva a sus apóstoles a lugares apartados para descansar con ellos. La predicación del Evangelio es un trabajo extenuante. Muchas veces no tienen tiempo ni para comer. Sin embargo, algunas veces esos intentos de retirarse en busca de tranquilidad no daban buen resultado, porque quienes buscaban a Jesús lograban descubrirlos. Así lo refleja san Marcos: «Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón» (Mc 3,7-8). Es tal el entusiasmo de las gentes, que Jesús tiene que protegerse para no ser aplastado: «Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío» (Mc 3,9). La fama del Señor había traspasado fronteras: no son únicamente galileos, paisanos suyos, los que le escuchan con gusto, sino que son gentes de todas las comarcas, incluso de lugares más lejanos como Tiro o Sidón. Este recorrido que hace la Escritura por los lugares de procedencia de la muchedumbre es signo y preludio de la universalidad del Evangelio: la llamada de Dios no es para unos pocos, de cierto origen geográfico, pertenencia cultural o poseedores de algún bagaje intelectual concreto. La llamada es para la humanidad entera.


La alegría de llevar el Evangelio ha empujado a muchos santos a cruzar el planeta de un extremo a otro. San Josemaría soñaba con llevar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra. La evangelización era para él un «mar sin orillas», una tarea que no tiene límites. A este respecto le gustaba utilizar el mapa del mundo como motivo decorativo, porque le ayudaba a rezar por la expansión de la fe tanto geográficamente como para encender a más gente en el lugar propio. «La universalidad de la Iglesia proviene de la universalidad del único plan divino de salvación del mundo. Este carácter universal aparece claramente el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inunda de su presencia a la primera comunidad cristiana, para que el Evangelio se extienda a todas las naciones y haga crecer en todos los pueblos el único Pueblo de Dios. Así, ya desde sus comienzos, la Iglesia abraza a todo el universo. Los apóstoles dan testimonio de Cristo dirigiéndose a los hombres de toda la tierra, todos los comprenden como si hablaran en su lengua materna»1.


EN ESTOS primeros meses acompañando a Jesús, los apóstoles pudieron tocar con sus manos el fruto de su trabajo apostólico, vieron numerosas curaciones y conversiones. Todos ellos participan con gozo del entusiasmo que suscita Cristo a su alrededor. Sin embargo, más adelante el Señor les anuncia que no será siempre así, ya que también experimentarán la prueba de las contradicciones: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles (…): esto os sucederá para dar testimonio (…). Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (Lc 21,12-17). Con el tiempo se cumplieron estas palabras, y sus apóstoles experimentaron en propia carne el sabor del fracaso, al menos aparente; asistieron con dolor al abandono de muchos discípulos e incluso a la traición. Todos tuvieron que aprender a superar las dificultades que entrañaba la predicación del nombre de Jesús. Dios nos llama a «una maravillosa entrega llena de gozo, aunque vengan contradicciones, que a ninguna criatura faltan»2. Tanto en los momentos de gozo como en los de dolor, el discípulo no puede olvidar que está con Cristo, y que esto es lo verdaderamente decisivo.


Todos los hombres y mujeres, consciente o inconscientemente, buscamos el rostro de Jesús. Esta certeza nos mueve a no detenernos cuando arrecien los obstáculos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad», exclamaba san Juan Pablo II a una multitud de jóvenes que había llegado a Roma desde todas las partes del mundo. «Es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»3. Encontrar a Jesús es un regalo más grande que cualquier obstáculo del camino.


«COMO había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo» (Mc 3,10). La gente, que ha venido de los cuatro puntos cardinales, se agolpa en torno al Señor y quieren tocarlo. Esta es una imagen de lo que queremos hacer los cristianos sobre todo al recibir los sacramentos, pero también al pasar un tiempo de oración delante del sagrario, o simplemente al besar un crucifijo. Buscamos ese contacto con Cristo también cuando cuidamos de los enfermos, de las personas necesitadas o de los ancianos: tocando sus «llagas, acariciándolas, es posible adorar al Dios vivo en medio de nosotros»4.


Jesús es el camino para nuestra salvación. Su humanidad atrae nuestros corazones porque sabemos que no cansa ni decepciona. Es verdad que en el amor radica nuestra felicidad, pero incluso en las relaciones humanas más profundas podemos encontrar «una cierta medida de desilusión»5, porque nadie nos puede dar lo que nos ofrece Dios en su Hijo. «Solo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano»6.


Para continuar atrayendo a muchos a Cristo, necesitamos acércanos a él en los sacramentos, en la oración y en las demás personas, para recibir allí la vida sobrenatural. Encontrar siempre a Jesús nos dará energía y consuelo en nuestro apostolado. «Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado (…) depende de su unión vital con Cristo»7. Al descubrir a Cristo en lo que nos rodea nos llenaremos de fecundidad apostólica, quizás distinta a la que imaginábamos. María es testigo feliz de la marea de personas que corren detrás de su Hijo, buscando luz y salvación. Con el aliento de quien es Reina de los apóstoles iremos al encuentro con Cristo para, después, poder compartirlo con los demás.




3 de enero de 2022

JESUS




 Evangelio (Lc 2, 21-24)


“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor <<todo varón primogénito será consagrado al Señor>> y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor <<un par de tórtolas o dos pichones>>”


Comentario


Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. La celebración de esta fiesta se remonta al siglo XIV, cuando San Bernardino de Siena, misionero franciscano, comenzó a divulgar el culto al nombre de Jesús. Lo hacía enseñando una tablilla en la que mostraba la Eucaristía con rayos saliendo de ella y con el monograma “IHS” que significa “Iesus Hominum Salvator”, es decir, “Jesús Salvador de los hombres”.


El Evangelio de hoy nos muestra que, según la ley de Moisés (Ex 13, 11-16), ocho días después del nacimiento del hijo primogénito, los padres debían ir al Templo para circuncidarlo. Y transcurridos cuarenta días del nacimiento, volvían al templo para presentarlo y para la purificación de la madre.


Es sorprendente considerar como Jesús, nuestro redentor, es quien parece ser redimido en este Evangelio. Y como María, que es toda pura, se presenta en el Templo para ser purificada. Este Evangelio nos habla de la humildad de Dios y de la Santísima Virgen.


Esta es una de las enseñanzas que podemos sacar del Evangelio, Jesús y María cumplen lo que Dios quiere, pero ellos, no lo necesitan, y aun así lo hacen con gusto. Cuántas veces, a ti y a mí, nos cuesta cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Muchas veces podemos rebelarnos ante las dificultades del día a día, ante los imprevistos de cada jornada. Tantas veces le decimos no a Dios. Y ponemos nuestra voluntad por delante de la voluntad de Dios. Jesús y María nos enseñan cuál es la verdadera humildad: cumplir la voluntad de Dios con alegría. San Josemaría decía que “la oración es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo” (Surco, 259) Esto es lo que nos enseña la Sagrada Familia, vale la pena cumplir la voluntad de Dios, porque ese es el camino de nuestra felicidad.


El Evangelio también nos muestra el gran valor que tienen los sacrificios a los ojos de Dios. El historiador judío Flavio Josefo escribió como, solamente en la Pascua del año 70 d.C, los sacerdotes del Templo ofrecieron 256.500 corderos en el altar. Los sacrificios y ofrendas en el Antiguo Testamento no fueron concebidas para salvar, sino para enseñar (cf. Ga 3,24). Al dar a Dios estos sacrificios, cada persona del pueblo de Israel aprendía a ofrecerse a sí misma libremente a Dios y a deleitarse en su voluntad. Este es el verdadero sentido del sacrificio, ponernos a disposición de los planes de Dios. Los cristianos tenemos la inmensa dicha de que además podemos participar del sacrificio de Cristo en la Santa Misa. Este sacrificio sí que es salvador.


Sacrificio proviene del latín “sacrum” “facere”, es decir, “hacer sagradas las cosas”, o también honrarlas o entregarlas. José y María, ofrecen un par de tórtolas y dos pichones. Ofrecen un sacrificio a Dios, le honran, se entregan a Él, sabiendo que de Él nos viene la salvación. Tal y como dice el Papa Francisco “La salvación está en el nombre de Jesús. Debemos dar testimonio de esto: Él es el único salvador”.


Jesús es nuestro salvador, esto es lo que celebramos en esta fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. Eso implica que nos sepamos mirados amorosamente por Dios a todas horas. Es una mirada mutua. Cuando miramos al niño en el portal de Belén, en ese mismo momento, Dios nos está mirando amorosamente a nosotros. Acudamos a María para que sepamos honrar el nombre de Jesús en cada momento de nuestro día.


PARA TU ORACION PERSONAL 


LA IMPOSICIÓN del nombre tenía mucha importancia en las culturas semitas ya que subrayaba la misión para la que una persona era llamada. En Israel se imponía el nombre durante la circuncisión, el momento en que el niño era incorporado a la descendencia de Abrahán. Así sucedió con Jesús, a los ocho días de su nacimiento (cfr. Lc 2,21). Dios le comunica a José, por medio del ángel, el nombre que debía poner al hijo de María: «Dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Hoy celebramos precisamente la fiesta dedicada al Santísimo Nombre del Señor. La antífona de la Misa resume bien el sentido de la celebración, cuando nos invita a adorar con reverencia al Niño que en estos días contemplamos recostado en un pesebre: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”»[1].


A algunas personas especialmente destacadas en la historia de la salvación Dios les cambia el nombre como símbolo del cometido que les confía. Así sucedió, por ejemplo, con Abram, que pasó a ser llamado Abraham, porque sería padre de una multitud de pueblos; Jacob recibió el nombre de Israel, porque había luchado con Dios y había vencido; y a Simón, Jesucristo mismo le llamará Cefas –Pedro–, porque será la roca sobre la que se edificará la Iglesia. En el caso de Jesús, Dios mismo interviene para que el nombre del Verbo Encarnado significase exactamente la misión redentora que venía a realizar: «Yahvé salva».


San Bernardino de Siena impulsó en su época la devoción al nombre de Jesús y, como fruto de su empeño, se lo añadió a las palabras de santa Isabel que repetimos en el avemaría. «El gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios», afirmaba el santo italiano. La fe «consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna»[2]. De ahí que recemos en la Oración colecta de la Misa de hoy: «Oh, Dios, que cimentaste en la encarnación de tu Verbo la salvación del género humano, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro nombre que el de tu Unigénito».


«TU NOMBRE es como óleo derramado» (Ct 1,3), dice el Cantar de los Cantares refiriéndose al Esposo. El nombre de Jesús es, efectivamente, como un aroma que esparce su perfume por toda la casa. Continuando con esta comparación, san Bernardo de Claraval observa que el óleo posee tres cualidades que se pueden aplicar al nombre de Jesús: así como el aceite «es luz, comida y medicina», también el dulcísimo nombre de Jesús «brilla cuando es predicado, alimenta cuando es comido, unge y mitiga los males cuando es invocado»[3].


En primer lugar, Jesús es luz que resplandece en medio de las tinieblas, brillo que deseamos que reluzca en nuestro comportamiento. Para recibir esa luz de Cristo, hemos de abrir los ojos del alma y limpiarlos con el colirio de los sacramentos. «Ut videam, ut videamus, ut videant!», nos invitaba a repetir san Josemaría: que con nuestra mirada limpia hagamos limpias las vidas de muchos otros. En segundo lugar, Jesús es también alimento del alma. Al pronunciar su nombre, nuestro corazón se llena de gozo. «El leer me fastidia, si no leo el nombre de Jesús –continúa san Bernardo–. El hablar me disgusta, si no habla de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón»[4].


En último lugar, su precioso nombre es medicina para nuestra debilidad. «Nada hay más propio para detener el ímpetu de la ira, abatir la hinchazón del orgullo, curar las llagas de la envidia, contener los ataques de la lujuria, apagar el fuego de la concupiscencia, calmar la sed de la avaricia y desterrar todos los apetitos desordenados»[5]. Con ocasión de esta fiesta, podemos pedir al Espíritu Santo que derrame este óleo santo en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras obras. Así, nos uniremos al salmista que en la liturgia de hoy aclama: «Señor, Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,1).


«EN VERDAD, en verdad os digo: si pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). De esta manera alentaba el Señor a sus apóstoles en la víspera de su pasión. Fiados en la palabra misma del Señor, podemos invocar frecuentemente su santo nombre. Como decía santa Teresa: «Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón»[6].


San Josemaría, a su vez, nos enseñó una jaculatoria estupenda: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus!»: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús. Si la repetimos con frecuencia nos pasmaremos de sus efectos, sobre todo cuando nos sintamos tristes, preocupados o cansados. «Yo le llamo Jesús, sin miedo, a solas», nos decía. «Aquí, junto al Sagrario, no me da vergüenza invocarle por su nombre. Hijo mío, dile tú también que le amas, que le amarás siempre. ¡Cada vez más!»[7]. Es misión nuestra –misión de cristianos corrientes– difundir la fragancia de este nombre a nuestro alrededor.


«Este nombre ha de ser publicado para que brille, no debe quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido»[8], continuaba san Bernardino. El sacerdocio real –sello divino del Bautismo y la Confirmación– «nos capacita para llevar el nombre de Cristo a todos los ambientes donde trabajan y viven los hombres. Pero no me olvidéis que el apostolado, para que sea verdaderamente eficaz, ha de fundamentarse en una unión profunda, habitual, diaria, con Jesucristo Señor Nuestro»[9]. ¡Con qué acento y ternura resonaría el nombre de Jesús en labios de su Madre y de san José! Les suplicamos con confianza que nos recuerden su nombre bendito para tenerlo permanentemente en nuestro corazón.


15 de diciembre de 2021

Al encuentro de Jesús



Evangelio (Lc 7,19-23)


Y Juan llamó a dos de ellos, y los envió al Señor a preguntarle:


—¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?


Cuando aquellos hombres se presentaron ante él le dijeron:


—Juan el Bautista nos ha enviado a ti a preguntarte: «¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?».


En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades, de dolencias y de malos espíritus y dio la vista a muchos ciegos. Y les respondió:


—Id y anunciadle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí.


Comentario


Los discípulos de Juan el Bautista entraron en contacto con Jesús en unas circunstancias críticas para ellos. Su maestro, después de una predicación que había sacudido al pueblo de Israel, había sido encarcelado. Podría parecer en ese momento que su misión había llegado al fracaso.


En esa situación de desánimo, Juan no se quedó inactivo. Continuó con su misión de señalar la presencia del Ungido de Dios, pero en esta ocasión de una manera más sutil. De ahí que pida a sus discípulos que vayan y le pregunten directamente a Jesús si es en Él en quien deben de poner sus esperanzas: «¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?».


El Evangelio apunta que justo en ese momento el Señor realizó muchas curaciones y prodigios. Así, aquellos dos tuvieron una experiencia en primera persona de quién es Cristo y podrían decir que habían visto y oído las maravillas que obra.


A Jesús no se le conoce plenamente por referencias de terceros. No basta con leer algo sobre Él o admirarse ante las bellas palabras que alguien más dice. Conocerlo es tener un encuentro en primera persona con Él, a través de la oración y de los sacramentos, especialmente la Eucaristía. Entonces nos damos cuenta de que nos cambia la vida y de que vale la pena poner en Él nuestras esperanzas.


PARA TU RATO DE ORACION 


«Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo “ardía” su corazón (cfr. Lc 24, 32) mientras él les hablaba explicando las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y “se les abrieron los ojos” (cfr. Ibid. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. “Quédate con nosotros”, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el “pan partido”, ante el cual se habían abierto sus ojos» [2] .


Así comienza la carta que Juan Pablo II escribió con motivo del Año de la Eucaristía. La escena de los discípulos de Emaús es de gran actualidad: Dios que se hace el encontradizo para acompañar al hombre en el camino de la vida; siempre acude a confortarlo y, en el momento malo, devuelve a los corazones la alegría y la esperanza perdidas.


Una vez logrado su propósito, el Señor desaparece y deja solos a aquellos dos discípulos de Emaús; pero es una soledad aparente, para quien mira únicamente con los ojos del cuerpo. En realidad, se ha quedado, para todos y para siempre, en la Eucaristía; de tal manera que la escena de Emaús se repite una y otra vez en nuestras vidas, siempre que lo necesitemos.


Jesús se ha quedado en la Eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestras perplejidades, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su Amor [3] .


¡Qué fácil resulta acercarse al Sagrario cuando contemplamos la maravilla de un Dios que se ha hecho hombre, que se ha quedado con nosotros! Vamos a su encuentro para abrir nuestro corazón y ser confortados como los discípulos de Emaús. Entonces, cuando acudimos al Señor con esta confianza, la Eucaristía pasa a ser una necesidad; se sitúa como centro y raíz de nuestra vida interior, y –consecuencia inseparable– como alma de nuestro apostolado.


¿ACASO NO ARDÍA NUESTRO CORAZÓN?


La fecundidad del apostolado depende de nuestra unión con Cristo. Nosotros solos no podemos hacer nada: sine me nihil potestis facere [4] . Cada uno conoce su poquedad y experimenta con frecuencia las propias miserias. Además, alguna vez podrán darse situaciones concretas en las que, debido al cansancio de la intensa jornada de trabajo o a las dificultades que encontramos en la labor apostólica, perdamos de vista la grandeza de nuestra vocación de cristianos y se apague en nosotros la llama que nos inflama para el apostolado.


En la Eucaristía encontramos la fuerza que nos sostiene porque le encontramos a Él. Es un encuentro personal en el que Jesús se dona y nos concede su eficacia. Cada vez que acudimos necesitados a rezar delante del Sagrario, Cristo, al igual que hizo con los discípulos de Emaús, da sentido a nuestra vida, nos devuelve la visión sobrenatural, nos conforta en nuestras dificultades y nos llena de ansias de apostolado. Omnia possum in eo qui me confortat [5] , con el Señor lo podemos todo quia tu es Deus fortitudo mea [6] . En este Sacramento, queda patente que la sangre de Cristo redime y a la vez alimenta y deleita. Es sangre que lava todos los pecados (cfr. Mt 26, 28) y vuelve pura el alma (cfr. Ap 7, 14). Sangre que engendra mujeres y hombres de cuerpo casto y de corazón limpio (cfr. Zac 9, 17). Sangre que embriaga, que emborracha con el Espíritu Santo y que desata las lenguas para cantar y narrar las magnalia Dei (Hch 2, 11), las maravillas de Dios [7] .


La unión con Cristo nos embriaga con el Espíritu Santo, nos llena el corazón – ¿no es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? [8] – y nos lanza a proclamar las grandezas del Señor, a comunicar a los demás nuestra alegría, con el celo del mismo Cristo. “Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?” —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida [9] .


El cristiano puede recibir la buena semilla siguiendo los numerosos actos de piedad que forman parte de la tradición de la Iglesia: la Santa Misa, la oración delante del Tabernáculo –siempre que sea posible–, la visita al Santísimo, la meditación frecuente del canto Adoro te devote , las comuniones espirituales, la alegría de descubrir Sagrarios cuando vamos por la calle... Todo esto es un verdadero encuentro con Cristo del que salimos renovados para la lucha interior y el apostolado.


La unión con Cristo alcanza su culmen cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión. En ese momento nos encontramos con Él de manera más plena, más íntima, nos va haciendo cada vez más ipse Christus . Aprovechemos para hablar con Él de nuestros amigos, y pedirle que les remueva. San Josemaría nos lo dejó grabado: ¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. —Y amor únicamente con amor se paga. —¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos? [10]


Esta realidad es compatible con situaciones en las que no recibimos consuelo sensible en el trato con Dios, o pasamos por un periodo de mayor sequedad en la vida interior. Es entonces el momento de encontrarnos con el Señor en la Cruz, elemento imprescindible del apostolado. Para convertirnos realmente en almas de Eucaristía y almas de oración, no cabe prescindir de la unión habitual con la Cruz, también mediante la mortificación buscada o aceptada [11] .


LLEVAR AL ENCUENTRO DE LA EUCARISTIA


«Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, “se levantaron al momento” (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio» [12] .


Proceder así es la reacción lógica de quien ha descubierto un bien –en este caso, el Bien– del que se pueden beneficiar las personas queridas. Debemos conseguir “contagiar” –en nuestra labor apostólica– a cuantos más mejor, para que también miren y frecuenten esa amistad inigualable [13] .Hacer apostolado es poner a los hombres delante de Cristo: llevarlos al encuentro del Maestro, como llevó Andrés a Pedro o Felipe a Natanael [14] . Para esto, hemos de acercar a nuestros amigos a los lugares por donde pasa Jesús ; provocar el encuentro en el camino para que sean curados como el ciego de nacimiento, confortados como los discípulos de Emaús o llamados como Mateo.


Se llena nuestro corazón de alegría cuando realizamos un profundo apostolado de la Confesión y de la Eucaristía con las personas que tenemos a nuestro alrededor. Cuando hay amistad resulta fácil hablar de Dios a nuestros amigos. Se abren nuestros ojos como lo de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha —anochece—, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo [15] .


PROMOVER LA CULTURA DE LA EUCARISTÍA


El primer encuentro con Jesús para muchas personas será nuestro propio ejemplo, nuestra vida que busca la identificación con Cristo, y seremos instrumentos para llevarles al Maestro. El ejemplo de una vida cristiana coherente arrastra, por eso no hemos de tener miedo a mostrarnos como cristianos y actuar como tales en medio del mundo. Es una de las propuestas que Juan Pablo II realizó en numerosas ocasiones: «los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La “cultura de la Eucaristía” promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia» [16] .


Testimoniar nuestra fe exteriormente es un derecho como ciudadanos y un deber como cristianos; es una conducta acorde a la dignidad de la persona y una respuesta al ansia que todos los hombres tienen en su corazón de conocer la verdad. Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti [17] . Llevar a los hombres frente a la Verdad es el mayor bien que les podemos hacer, un bien que libera, que nunca es intolerante: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres [18] . Nuestro testimonio de almas de Eucaristía dará la luz que permita a otros acercarse a la Luz. Cuando, al llegar a aquella aldea, Jesús hace ademán de seguir adelante, los dos discípulos le detienen, y casi le fuerzan a quedarse con ellos. Le reconocen luego al partir el pan: El Señor, exclaman, ha estado con nosotros. (... ) Cada cristiano debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro [19] .


LA LLAMADA, FRUTO DEL ENCUENTRO


Ante la triste ignorancia que hay, incluso entre muchos católicos, pensemos, hijas e hijos míos, en la importancia de explicar a las personas qué es la Santa Misa y cuánto vale, con qué disposiciones se puede y se debe recibir al Señor en la comunión, qué necesidad nos apremia de ir a visitarle en los sagrarios, cómo se manifiestan el valor y el sentido de la urbanidad de la piedad . Ahí se nos abre un campo inagotable y fecundísimo para el apostolado personal [20] .


Si nuestra vida es de verdad eucarística, si toda nuestra jornada gira en torno al Santo Sacrificio y al Sagrario, nos saldrá como algo natural dar doctrina a las personas que tenemos alrededor y llevarlas al encuentro de Cristo en la Eucaristía. Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios [21] . La persona que se acerca a la Eucaristía, encuentra personalmente a Cristo y se pone en situación de poder oír su llamada, la misma que recibieron los primeros doce y tantos otros personajes que, como narra el Evangelio, se cruzaron con Jesús en su camino: ven y sígueme .



15 de julio de 2021

LAS HUELLAS A SEGUIR




 Evangelio (Mt 11,28-30)


Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


Comentario


La Sagrada Escritura habla a menudo de la vida en términos de peregrinación: caminamos, personalmente y como pueblo, hacia un descanso del que no podemos disfrutar aquí plenamente. Sin embargo, quien nos procurará ese descanso, Cristo, camina con nosotros; es más, camina “en nosotros”, y por eso el descanso ya es posible mientras peregrinamos, aunque no lo podamos experimentar en plenitud. La clave está en darnos cuenta de la presencia de Jesús en nuestros corazones y en ponernos en sus manos: en caminar en diálogo con él, compartiendo con él todos nuestros deseos y afanes.


Poco antes de las palabras que leemos en el evangelio de la misa de hoy, Jesús ha hablado de la necesidad de buenos pastores que vayan a trabajar a la abundante mies (Mt 9,35-38); ha elegido a los Doce Apóstoles y les ha dado instrucciones para la misión (Mt 10,1-42); ha hablado de la actitud de aquellos a los que se predica el evangelio (Mt 11,1-24); y ha entonado una preciosa acción de gracias al Padre por haber querido revelar cosas tan grandes a los pequeños (Mt 11,25-27). No solo produce cansancio y agobio el normal peregrinar de la vida, sino que a eso hemos de añadir el producido por la misión. Aunque, de hecho, toda nuestra vida cristiana es misión: no son dos cosas que se puedan separar.


El cansancio y el agobio también pueden venir por la falta de escucha de aquellos a los que hemos sido enviados. Cristo nos ayuda a dar sentido a ese cansancio (cfr. Col 1,24). Y a realizar la misión de llevar el evangelio y hacerlo vida propia con rectitud de intención. No hablamos de Dios tan solo a los que sabemos que van a responder. Dios, al enviar a Jeremías y Ezequiel, les dijo que muchos no los escucharán, pero que nadie podría ya decir que no había habido un profeta entre ellos (Jr 7,27; Ez 2,5).


Cristo nos dejó con su vida unas huellas para seguir (1P 2,21) y, al hacerlo, ha dado sentido a nuestros cansancios: él caminó y camina entre nosotros, con su corazón manso y humilde, como buen pastor que no se cansa de buscar y cuidar a sus ovejas. Con su corazón, el peso de la vida, sin dejar de ser peso, se lleva de otra forma. Así lo expresaba San Pablo: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18).


TEXTO PARA TU RATO DE ORACION


Para seguir las huellas de Cristo, el apóstol de hoy no viene a reformar nada, ni mucho menos a desentenderse de la realidad histórica que le rodea... —Le basta actuar como los primeros cristianos, vivificando el ambiente.


Para seguir las huellas de Cristo, el apóstol de hoy no viene a reformar nada, ni mucho menos a desentenderse de la realidad histórica que le rodea... —Le basta actuar como los primeros cristianos, vivificando el ambiente


Surco, 320


Para seguir a Cristo, para servir a la Iglesia, para ayudar a los demás hombres a reconocer su destino eterno, no es indispensable abandonar el mundo o alejarse de él, ni tampoco hace falta dedicarse a una actividad eclesiástica; la condición necesaria y suficiente es la de cumplir la misión que Dios ha encomendado a cada uno, en el lugar y en el ambiente queridos por su Providencia.


Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 60


Se vive de modo tan precipitado, que la caridad cristiana ha pasado a constituir un fenómeno raro, en este mundo nuestro; aunque —al menos de nombre— se predica a Cristo...


—Te lo concedo. Pero, ¿qué haces tú que, como católico, has de identificarte con El y seguir sus huellas?: porque nos ha indicado que hemos de ir a enseñar su doctrina a todas las gentes, ¡a todas!, y en todos los tiempos.


Surco, 728


Me dices que sí, que estás firmemente decidido a seguir a Cristo.


—¡Pues has de ir al paso de Dios; no al tuyo!


Forja, 531


Seguir a Cristo no significa refugiarse en el templo, encogiéndose de hombros ante el desarrollo de la sociedad, ante los aciertos o las aberraciones de los hombres y de los pueblos. La fe cristiana, al contrario, nos lleva a ver el mundo como creación del Señor, a apreciar, por tanto, todo lo noble y todo lo bello, a reconocer la dignidad de cada persona, hecha a imagen de Dios, y a admirar ese don especialísimo de la libertad, por la que somos dueños de nuestros propios actos y podemos —con la gracia del Cielo— construir nuestro destino eterno.


Es Cristo que pasa, 99


Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”. Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera? 


Camino, 382


¿Cómo podremos superar esos inconvenientes? ¿Cómo lograremos fortalecernos en aquella decisión, que comienza a parecernos muy pesada? Inspirándonos en el modelo que nos muestra la Virgen Santísima, nuestra Madre: una ruta muy amplia, que necesariamente pasa a través de Jesús.


En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos.


Ruego al Señor que nos decidamos a alimentar en nuestras almas la única ambición noble, la única que merece la pena: ir junto a Jesucristo, como fueron su Madre Bendita y el Santo Patriarca, con ansia, con abnegación, sin descuidar nada. Participaremos en la dicha de la divina amistad -en un recogimiento interior, compatible con nuestros deberes profesionales y con los de ciudadano-, y le agradeceremos la delicadeza y la claridad con que Él nos enseña a cumplir la Voluntad del Padre Nuestro que habita en los cielos.


Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo. Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo.

 (Amigos de Dios, nn. 299-303)

25 de mayo de 2021

RENUNCIAR PARA SER FELIZ


 Evangelio (Mc 10, 28-31)


Comenzó Pedro a decirle:

—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús respondió:

—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.


Comentario


El evangelio de hoy comienza con unas palabras de Pedro a Jesús: “ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Dijo esto porque unos momentos antes el Señor les advertía sobre lo difícil que es entrar en el Reino de Dios (cf. v. 24), especialmente para los que no estaban dispuestos a renunciar a sus pertenencias para seguirlo en el camino.


Hacía ya bastante tiempo que Pedro y los otros discípulos seguían al Señor en sus distintos viajes, y habían experimentado en carne propia la alegría y los sacrificios que esto comportaba. Al escuchar las duras palabras de Jesús, el futuro pastor de la iglesia se llenó de dudas y quizá de inquietud. Él y los demás, a diferencia del señor rico, sí habían renunciado a sus cosas por seguir al Maestro.


Ante esto, Jesús lo tranquiliza y le recuerda que si bien el camino del discípulo exige estar dispuesto a cargar con la cruz de cada día, se trata en realidad de renunciar a todo aquello que no esté de acuerdo con la nueva familia a la que ahora pertenecen, compuesta por muchos más hermanos, hermanas, madres e hijos (v. 30).


Jesús invita a Pedro a pensar que el camino emprendido es enteramente positivo y que los distintos sacrificios que se nos exigen a lo largo de la vida no son arbitrarios ni tienen como objetivo la negación sin más, sino que con ellos nos preparamos para poder ser dignos miembros de la familia divina.


Hoy se nos recuerda que todos estamos llamados a esta comunión de amor. Por eso, cuando nos parezca que en nuestra vida cristiana cuentan más las renuncias que las satisfacciones, podemos recordar las promesas del Señor, y pedirle que nos ayude a caer en la cuenta de que el ciento por uno se experimenta cuando compartimos alegremente la vida con las personas que tenemos alrededor, sabiéndonos parte de esta gran familia, la familia de Dios.


TEXTO PARA TU ORACION PERSONAL

A todos nos suele gustar que las películas tengan un final feliz. Que el protagonista, después de un sinfín de aventuras y dificultades, consiga aquello que tanto le ha costado. Y el espectador, que ha sido testigo de sus avatares, participa de su alegría.


Dios no solo tiene previsto para nosotros un final feliz: quiere que además seamos felices durante todo el camino. El Señor desea que con su gracia acojamos un estilo de vida que se centre en lo verdaderamente importante: la presencia de Cristo en cada uno de nosotros. Esto es precisamente lo que Jesús nos invitó a valorar en el sermón de la montaña (cfr. Mt 5, 1-12).


Unos espectadores boquiabiertos


Jesús se sentó en la ladera de un monte, donde lo podían ver mejor todos aquellos que le seguían. Se había corrido la voz de que un hombre joven removía los corazones y muchos no quisieron perderse la ocasión. Algunos tuvieron la suerte de situarse a pocos metros de él. Otros, en cambio, se tuvieron que conformar con verle de lejos. Todos se mantenían expectantes por oír las primeras palabras de la boca del Maestro. «¿No os conmueve contemplar a Jesús, rodeado siempre por las gentes, que se precipitaban para tocar sus vestidos, que le seguían oprimiéndole sin cesar, hasta el punto de no dejarle ni siquiera tiempo de comer?»[1] .


Consciente de toda esa atención, el Señor comenzó a hablar: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra». Y así continuó, refiriéndose a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los perseguidos…


La cara de sorpresa de todos los presentes debió de ser algo para enmarcar. Acostumbrados a entender la prosperidad humana como signo del amor de Dios, se quedan perplejos ante la afirmación de que quien sufre la pobreza o la injusticia debe ser considerado bienaventurado. Los esquemas con los que juzgaban lo que sucedía en sus propias vidas quedan rotos, y en cambio ven abrirse ante sus ojos un panorama que no hubieran podido imaginar y que todavía no alcanzan a comprender.


Pero… ¿son los contemporáneos de Jesús los únicos que ven alterados sus principios de valoración de lo que debería ser deseable? Quizá nosotros no identificamos la prosperidad con el favor de Dios, pero algo de esa mentalidad pervive todavía. Cuando algo nos va mal podemos pensar que Dios nos ha abandonado, o quizá en algún caso incluso concluimos que él manda a alguien un determinado castigo. O tal vez nos sentimos contentos con Dios porque las cosas nos van bien. Al leer las bienaventuranzas, podemos hacer nuestra la sorpresa de los oyentes y quedarnos boquiabiertos ante lo que Jesús nos dice. «Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos. Es necesario confiar en Él y dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»[2].


Preparación para lo eterno


El Señor conoce bien la novedad de lo que está diciendo. Sabe que sus declaraciones van a remover hondamente los fundamentos de quienes le siguen e incluso escandalizarán a algunos. Pero quiere hacerles –y hacernos– pensar. «Yo quiero entender lo que dice el Evangelio. Y me parece que, a menudo, en lugar de largas reflexiones, sería mejor decir (…): este Evangelio no nos gusta, somos contrarios a lo que dice el Señor. ¿Pero qué quiere decir? Si yo digo sinceramente que a primera vista no estoy de acuerdo, ya he puesto atención: se ve que yo quisiera, como hombre de hoy, entender lo que dice el Señor. Así podemos entrar de lleno en el núcleo de la Palabra»[3]. Si deseamos profundizar en lo que el Señor nos quiere decir, hemos de cuestionar nuestra vida a raíz de su mensaje y dejarnos sorprender.


Jesús ve las caras de asombro, oye los murmullos de quienes se preguntan si lo que acaban de oír puede ser verdad… Ciertamente, sus palabras suenan muy bonitas, pero quizá parecen excesivamente idealistas. Podríamos pensar: ¿Cómo pueden ser deseables la pobreza, la calumnia o la persecución? Lo que está diciendo no va conmigo, es más bien para personas especiales, no para mí. Esta es una simple declaración de ideales nobles, pero con poca aplicación práctica. El Señor experimenta una vez más nuestra resistencia a elevar la mirada y a recibir lo grandioso, la tendencia a reducir todo a lo meramente práctico y controlable.


Las bienaventuranzas pueden iluminar la vida de todo cristiano, porque son un reflejo del caminar terreno del Señor. Él desea vivir en nosotros, inspirar todas nuestras acciones, quiere que seamos “otro Cristo”. Para entenderlo y aceptarlo necesitamos fiarnos de Jesucristo.


Naturalmente, lo que está diciendo el Señor es toda una novedad. Quienes le escuchan advierten que él no es como los fariseos, que se limitan a dictar lo que está permitido hacer en día de sábado o en otras circunstancias. Lo que están oyendo es todo un programa sobre una vida nueva, sobre la felicidad; un programa sorprendente, que parece contradecir toda idea previa sobre aquello que nos la puede proporcionar.


Quizás, meditando más tarde sobre esto, los apóstoles y otros de los discípulos del Señor se fueron dando cuenta de que las palabras de Jesús desvelaban una idea de felicidad más profunda de la que ellos tenían hasta entonces. Con sus afirmaciones paradójicas, Jesús les proponía una felicidad contra la que nada pueden la pobreza, la injusticia, la persecución… Una felicidad que no depende del poder o de los honores. ¿Quién no desearía una felicidad así?


Nosotros, como ellos, tenemos la experiencia de que algunas de estas cosas (carencias, dolores, calumnias, injusticias) nos hacen sentirnos mal, incluso quizá tienden a quitarnos las ganas de ser buenos; y otras (mansedumbre, paz, misericordia, limpieza de corazón), aunque resulten atractivas, puede parecer que requieren un esfuerzo notable, que nos asusta. Pero no se nos escapa que el poder, el dominio sobre los demás, los placeres, las riquezas o los honores aportan una complacencia muy pasajera y siempre insuficiente: si confundiéramos con la felicidad la satisfacción inmediata que aportan, acabaríamos encontrándonos más bien vacíos, incluso si alcanzásemos nuestros objetivos.


Por supuesto, la propuesta de Jesús no es que acumulemos todo el sufrimiento posible en esta tierra, como si el dolor por sí mismo fuera un pasaporte para gozar después en el cielo. Él nos quiere felices también aquí abajo. Simplemente desea que no esperemos la felicidad de lo efímero, de lo que pasa, sino que nos preparemos para encontrarla en lo verdaderamente sólido, en lo que es eterno, en lo único capaz de satisfacer la sed de infinito que hay en nosotros. En definitiva, nos invita a fomentar la actitud de quien confía en él, de quien vive con la convicción de que es mucho más valioso estar con Dios que experimentar ciertas satisfacciones fugaces. Desea, en última instancia, que aquí abajo aprendamos a vivir de lo que por su misericordia esperamos gozar por toda la eternidad. Si, con la gracia de Dios, somos capaces de ver su amor de en toda situación: en la pobreza y en la riqueza, en el honor y en la calumnia, en la salud y en la enfermedad, en la paz y en la persecución, nos estamos preparando para el cielo (Cfr. Filip 4, 11-13).


«La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, ¡no! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace del sentirse aceptados, comprendidos, amados y del aceptar, del comprender y del amar; y esto no por un momento, sino porque el otro, la otra, es una persona»[4].


La felicidad indestructible


Estas enseñanzas se les quedaron muy grabadas a los apóstoles y a los discípulos más cercanos. Por eso, años después, inspirados por el Espíritu Santo, las consignaron en los Evangelios. También ellos se sorprenderían al escucharlas, pero ya entonces tenían confianza –quizá aún incipiente– en Jesucristo; una confianza que se iría desarrollando más adelante. Cuando nosotros tenemos esa actitud, cuando verdaderamente creemos que Dios quiere que seamos felices y sabe qué es lo que nos ayudará a conseguirlo, ya no despreciamos estos consejos como incomprensibles, o sorprendentes o difíciles. Más bien pedimos ayuda al Señor para entender mejor lo que significan y lo que me sugieren para mi vida de hoy.


«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos». El Señor sabe lo fácil que es dejarse llevar por la impresión de que cuanto más tienes más feliz eres. Él conoce que necesitamos bienes materiales, pero quiere que nuestra felicidad no dependa de eso. Desea que tomemos distancia de las cosas, para que no nos descentren de lo importante: la presencia de Dios y su amor en nuestra vida.


También cuando afirma: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» nos invita a identificar nuestra mirada con la suya y a formar una interioridad que nos ayude a dirigir nuestros pensamientos y afectos al Señor. Si, en cambio, pensásemos en esa limpieza como un peso, nos limitaríamos a combatir tentaciones e impulsos desordenados; pero una lucha así acaba haciendo sufrir. Por eso, nos ilumina el consejo del Señor: ¡deja que transforme tu mirada! ¡apunta a lo más alto, a lo grandioso!, porque ahí descubrirás una felicidad más sólida y duradera.


«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados». Jesús nos impulsa a desear la santidad, pero también a que aprovechemos las ocasiones en que la justicia parece faltar, para apoyarnos en Dios y no en la seguridad de que las cosas sean como deberían ser.


A simple vista, puede parecer que el hambre de justicia tiene poca relación con la vida de la mayoría de los oyentes, o con la nuestra, que tal vez no sufrimos grandes injusticias. Pero quizá podemos pensar que Jesús también se refiere aquí a esas injusticias de andar por casa. A todo aquello que, cuando sucede, nos hace pensar: esto no debería ser así. El mal tiempo que arruina un plan que nos ilusionaba, un dolor de cabeza, una avería inoportuna, un cambio de planes, una corrección que recibimos en un momento que nos parece menos favorable, un trabajo que por la negligencia de un colega nos toca a nosotros enfrentar, la actitud de alguien que parece no tenernos en cuenta… Esa hambre de justicia, esa experiencia de que la vida no nos trata como pensamos merecer, es una ocasión para anclarnos en lo realmente importante. Por supuesto, las contrariedades nos afectarán siempre, pero si nos fiamos de esta enseñanza de Jesucristo, llegará el momento en que no tendrán fuerza para quitarnos la alegría, porque habremos aprendido a estar centrados en él y a comprender que esas dificultades no nos roban necesariamente los dones más importantes que tenemos, habremos aprendido a vivir en el amor de Dios, que nunca nos va a faltar.


La sorpresa de los oyentes –la nuestra– se cambia entonces en alegría y en el deseo de aprovechar toda circunstancia para permanecer cada vez más en el amor de Dios y a verle en lo que la vida nos ofrece: “El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él”[5].

4 de abril de 2021

PASCUA: RESURRECCION EL EJE DE NUESTRA FE


— La Resurrección del Señor, fundamento de nuestra fe. 

— La luz de Cristo, llamada al apostolado.

— Vivir la Pascua muy cerca de la Virgen.


I. En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad.


«Al caer la tarde del sábado, María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. —Muy de mañana, al otro día, llegan al sepulcro, salido ya el sol (Mc 16, 1-2). Y entrando, se quedan consternadas porque no hallan el cuerpo del Señor. —Un mancebo, cubierto de vestidura blanca, les dice: No temáis: sé que buscáis a Jesús Nazareno: non est hic, surrexit enim sicut dixit, —no está aquí, porque ha resucitado, según predijo (Mt 28, 5).


»¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte».


La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido3. Además, en la Resurrección de Cristo se apoya nuestra futura resurrección. Porque Dios, rico en misericordia, movido del gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por el pecado, nos dio vida juntamente con Cristo... y nos resucitó con Él4. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría.


La Resurrección del Señor es una realidad central de la fe católica, y como tal fue predicada desde los comienzos del Cristianismo. La importancia de este milagro es tan grande, que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús5. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive! La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor.


Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las huellas de los clavos y de la lanza... Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas6, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad.


Jesucristo vive. Y esto nos colma de alegría el corazón. «Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (...): en Él, lo encontramos todo; fuera de Él, nuestra vida queda vacía»7.


«Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho!


»Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual. —Y (...) has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido –por más niño– he puesto mis labios sobre su costado abierto»8.


II. Dice bellamente San León Magno9 que Jesús se apresuró a resucitar cuanto antes porque tenía prisa en consolar a su Madre y a los discípulos: estuvo en el sepulcro el tiempo estrictamente necesario para cumplir los tres días profetizados. Resucitó al tercer día, pero lo antes que pudo, al amanecer, cuando aún estaba oscuro10, anticipando el amanecer con su propia luz.


El mundo había quedado a oscuras. Solo la Virgen María era un faro en medio de tantas tinieblas. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la luz11, había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la historia, para cada sociedad, para cada hombre.


Ayer noche, mientras participábamos –si nos fue posible– en la liturgia de la Vigilia pascual, vimos cómo al principio reinaba en el templo una oscuridad total, imagen de las tinieblas en las que se debate la humanidad sin Cristo, sin la revelación de Dios. En un instante el celebrante proclamó la conmovedora y feliz noticia: La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu12. Y de la luz del cirio pascual, que simboliza a Cristo, todos los fieles recibieron la luz: el templo quedó iluminado con la luz del cirio pascual y de todos los fieles. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas.


La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar la luz a otros. Para eso hemos de estar unidos a Cristo. «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.


»Nuestra misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»13.


III. La Virgen, que estuvo acompañada por las santas mujeres en las horas tremendas de la crucifixión de su Hijo, no acompañó a estas en el piadoso intento de terminar de embalsamar el Cuerpo muerto de Jesús. María Magdalena y las demás mujeres que le habían seguido desde Galilea han olvidado las palabras del Señor acerca de su Resurrección al tercer día. La Virgen Santísima sabe que resucitará. En un clima de oración, que nosotros no podemos describir, Ella espera a su Hijo glorificado.


«Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección»14. Una tradición antiquísima de la Iglesia nos transmite que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre. En primer término, porque Ella es la primera y principal corredentora del género humano, en perfecta unión con su Hijo. A solas, puesto que esta aparición tenía una razón de ser muy diferente de las demás apariciones a las mujeres y a los discípulos. A estos había que reconfortarlos y ganarlos definitivamente para la fe. La Virgen, que ya había sido constituida Madre del género humano reconciliado con Dios, no dejó en ningún momento de estar en perfecta unión con la Trinidad Beatísima. Toda la esperanza en la Resurrección de Jesús que quedaba sobre la tierra se había cobijado en su corazón.


No sabemos de qué manera tuvo lugar la aparición de Jesús a su Madre. A María Magdalena se le apareció de forma que ella no le reconoció en un primer momento. A los dos discípulos de Emaús se les unió como un hombre que iba de viaje. A los Apóstoles reunidos en el Cenáculo se les apareció con las puertas cerradas... A su Madre, en una intimidad que podemos imaginar, se le mostró en tal forma que Ella conociera, en todo caso, su estado glorioso y que ya no continuaría la misma vida de antes sobre la tierra15. La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría. «No sale tan hermoso el lucero de la mañana –dice fray Luis de Granada–, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor; al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos; al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro; al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja; abrázale y pídele que no se le vaya; entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir; ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar»16. Nosotros nos unimos a esta inmensa alegría.


Se cuenta que Santo Tomás de Aquino, cada año en esta fiesta, aconsejaba a sus oyentes que no dejaran de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo17. Es lo que hacemos nosotros, comenzando hoy a rezar el Regina Coeli, que ocupará el lugar del Ángelus durante el tiempo Pascual: Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya!, porque Aquel a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado, según predijo... Y le pedimos que nosotros resucitemos en íntima unión con Jesucristo. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

20 de marzo de 2021

DAR A CONOCER LA DOCTRINA DE JESUCRISTO

 

— La enseñanza de Jesús. 

— Imitar al Señor. Ejemplaridad. 

—Contar con las situaciones difíciles.


I. Este verdaderamente es el profeta que había de venir... Jamás ha hablado nadie así1. El Señor habla con gran sencillez de las cosas más profundas, y lo hace de modo atrayente y sugestivo. Sus palabras eran comprendidas tanto por un doctor de la ley como por los pescadores de Galilea.


La palabra de Jesús es grata y oportuna. Insistía con frecuencia en la misma doctrina, pero buscaba las comparaciones más adecuadas a quienes le oían: el grano de trigo que debe morir para dar fruto, la alegría de encontrar unas monedas perdidas, el hallazgo de un tesoro escondido... Y con imágenes y parábolas ha mostrado de modo insuperable la soberanía de Dios Creador y, a la vez, su condición de Padre, que trata amorosamente a cada uno de sus hijos. Nadie como Él ha proclamado la verdad fundamental del hombre, su libertad y su dignidad sobrenatural, por la gracia de la filiación divina.


Las multitudes le buscaban para oírle, y muchas veces era necesario despedirlas para que se marcharan. Cristo tiene palabras de vida eterna2, y nos ha dejado el encargo de transmitirlas a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos.


También hoy las gentes están sedientas de las palabras de Jesús, las únicas que pueden dar paz a las almas, las únicas que enseñan el camino del Cielo. Y todos los cristianos participamos de esta misión de dar a conocer a Cristo. «Todos los fieles, desde el Papa al último bautizado, participan de la misma vocación, de la misma fe, del mismo Espíritu, de la misma gracia... Todos participan activa y corresponsablemente –dentro de la necesaria pluralidad de ministerios– en la única misión de Cristo y de la Iglesia»3.


Es mucha la urgencia de dar a conocer la doctrina de Cristo, porque la ignorancia es un poderoso enemigo de Dios en el mundo y es «causa y como raíz de todos los males que envenenan a los pueblos»4. Esta urgencia es aún mayor en los países de Occidente, como ha señalado repetidas veces el Papa Juan Pablo II: «Nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregración de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»5.


Cada cristiano debe ser testimonio de buena doctrina, testigo –no solo con el ejemplo: también con la palabra– del mensaje evangélico. Y debemos aprovechar cualquier oportunidad que se nos presente –sabiendo también provocar, con prudencia, esas ocasiones– con nuestros familiares, amigos, compañeros de profesión, vecinos; con aquellas personas que tratamos, aunque sea por poco tiempo, con ocasión de un viaje, de un congreso, de unas compras, de unas ventas...


Para quien desea recorrer el camino hacia la santidad, su vida no puede ser como una gran avenida de ocasiones perdidas, pues quiere el Señor que nuestras palabras se hagan eco de sus enseñanzas para mover los corazones. «Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que puede haber personas que no quieran volver sus ojos a la luz del Señor. Pero mucho más fuerte, y abundante, y generosa, es la gracia que Jesucristo quiere derramar sobre la tierra, sirviéndose –ahora como antes y como siempre– de la colaboración de los apóstoles que Él mismo ha elegido para que lleven su luz por todas partes»6.


II. Al poner por obra esta reevangelización, este apostolado de la doctrina, tendremos que insistir con frecuencia en las mismas ideas, y nos esforzaremos en presentar las enseñanzas del Señor en forma atrayente (¡nada hay más atrayente!). El Señor espera a las multitudes que también hoy andan como ovejas sin pastor7, sin guías y sin dirección, confundidas entre tantas ideologías caducas. Ningún cristiano debe quedar pasivo –inhibirse– en esta tarea, la única verdaderamente importante en el mundo. No caben las excusas: no valgo, no sirvo, no tengo tiempo... La vocación cristiana es vocación al apostolado, y Dios da la gracia para poder corresponder.


¿Somos verdaderamente un foco de luz, en medio de tanta oscuridad, o estamos aún atenazados por la pereza o los respetos humanos? Nos ayudará a ser más apostólicos y vencer los obstáculos el considerar en la presencia del Señor que las personas que se han cruzado en el camino de nuestra vida tenían derecho a que les ayudásemos a conocer mejor a Jesús. ¿Hemos cumplido con ese deber de cristianos? Ojalá no puedan reprocharnos –en esta vida o en la otra– que los hayamos privado de esa ayuda: hominem non habeo8, no he tenido quien me diera un poco de luz entre tanta oscuridad.


La palabra de Dios es viva y eficaz, penetrante como espada de dos filos9, llega hasta lo más hondo del alma, a la fuente de la vida y de las costumbres de los hombres.


Cierto día –narra el Evangelio de la Misa de hoy– los judíos enviaron a los guardias del Templo para prender a Jesús. Cuando regresaron, y ante la pregunta de sus jefes: ¿Cómo no lo habéis traído?, los guardias respondieron: Jamás nadie ha hablado así10. Es de suponer que aquellos sencillos servidores estuvieron un rato entre la gente, esperando el momento oportuno para prender al Señor, pero se quedaron maravillados de la doctrina de Jesús. ¡Cuántos cambiarían la actitud si nosotros lográramos dar a conocer la figura de Cristo, la verdadera imagen que profesa nuestra Madre la Iglesia! ¡Qué ignorancia tan grande, después de veinte siglos, la de nuestro mundo e incluso la de muchos cristianos!


San Lucas dice de Nuestro Señor que comenzó a hacer y a enseñar11. El Concilio Vaticano II enseña que la Revelación se llevó a cabo gestis verbisque, con obras y palabras intrínsecamente ligadas12. Las obras de Jesús son obras de Dios hechas en nombre propio. Y la gente sencilla hacía comentarios: Hemos visto cosas increíbles13.


Los cristianos debemos mostrar, con la ayuda de la gracia, lo que significa seguir de verdad a Jesús. «Quien tiene la misión de decir cosas grandes (y todos los cristianos tenemos esa dulce obligación de hablar de seguir a Cristo), está igualmente obligado a practicarlas», decía San Gregorio Magno14. Nuestros amigos, parientes, colegas de trabajo y conocidos nos han de ver leales, sinceros, alegres, optimistas, buenos profesionales, recios, afables, valientes... A la vez que con sencillez y naturalidad mostramos nuestra fe en Cristo. «Se necesitan –dice Juan Pablo II– heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evagelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy»15.


III. «Algunos no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos comprensibles»16. De muchas maneras podemos dar a conocer amablemente la figura y las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia: con una conversación en la familia, participando en una catequesis, manteniendo con claridad, caridad y firmeza el dogma cristiano en una conversación, alabando un buen libro o un buen artículo... En ocasiones, con el silencio que los demás valoran, o escribiendo una carta sencilla dando las gracias a los medios de comunicación social por un trabajo acertado... Siempre hace bien a alguien, quizá de un modo que nunca pudimos sospechar. En cualquier caso, cada uno debemos preguntarnos en este rato de oración: «¿cómo puedo ser más eficaz, mejor instrumento?, ¿qué rémoras estoy poniendo a la gracia?, ¿a qué ambientes, a qué personas podría llegar, si fuera menos cómodo –¡más enamorado de Dios!– y tuviera más espíritu de sacrificio?»17.


Hemos de tener en cuenta que muchas veces tendremos que ir contra corriente, como han ido tantos buenos cristianos a lo largo de los siglos. Con la ayuda del Señor, seremos fuertes para no dejarnos arrastrar por errores en boga o costumbres permisivas y libertinas, que contradicen la ley moral natural y la cristiana. Y también entonces hablaremos de Dios a nuestros hermanos los hombres, sin perder una sola oportunidad: «Veo todas las incidencias de la vida –las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de la historia– como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos (Cfr. Lc 9, 55).


»Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio»18.


Siempre, y de modo especial en las situaciones más difíciles, el Espíritu Santo nos iluminará, y sabremos qué decir y cómo nos hemos de comportar19.