"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de marzo de 2022

PARA SIEMPRE

 



Evangelio (Mt 25,31-46)


Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda.


Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.


Entonces le responderán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos?, o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?”


Y el Rey, en respuesta, les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.


Entonces dirá a los que estén a la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.


Entonces le replicarán también ellos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?”


Entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna”.




Renunciar al pecado es una ganancia.

Para ver a Cristo en los demás.

El cielo para quien recibe todo de Dios.




«LOS PRECEPTOS del Señor son rectos, alegran el corazón –canta el salmista­­–; los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos» (Sal 19,9). Alegría para el corazón y luz para nuestros ojos: esos son los frutos que el Señor nos tiene preparados si nos abrimos, durante esta Cuaresma, a su conversión. Dios nos quiere felices y nos lo recuerda el primer punto del Catecismo de la Iglesia Católica: «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada»1.


Queremos pedirle luz para no quedarnos simplemente en la superficie de las cosas, de las personas, de nuestras tareas. Convertirnos significa mirar de una forma nueva lo que ya hemos visto muchas veces. El Espíritu Santo es quien puede limpiar nuestros ojos y purificar nuestro corazón para querer mejor a Dios y a los demás. La mentira del enemigo consiste en hacernos sospechar que Dios nos pide solo renuncia. Sin embargo, renunciar al pecado es siempre una ganancia, un beneficio sin cuento. «El sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así (...) se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»2.


«La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor (...). La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu»3.


«TUVE HAMBRE y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis» (Mt 25,35). Jesús dice a los discípulos que aquella es la conducta de quien, al final, será contado entre los bienaventurados. San Pablo, a su vez, escribe a los efesios: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). Dios ha dicho claramente que nos espera en cada persona con la que nos encontramos; saberlo es ya suficiente motivo de agradecimiento. Si nos abrimos a su gracia, aprenderemos a descubrir el rastro de la imagen divina en cada alma, especialmente en quienes tienen alguna necesidad. Saber que a ese compañero, a esa amiga o a ese familiar, el Señor no solamente lo ama, sino que incluso está presente en ellos, es un estímulo para buscar allí el rostro de Jesucristo. Quienes nos rodean son para nosotros un don de Dios.


Por si fuera poco, Jesucristo nos ha prometido que él mismo amará a los hombres a través de nosotros: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios nos impulsa a llevar cariño, comprensión y paz allá donde nos encontremos. En este empeño, una sonrisa puede ser ya un buen inicio; muchas veces aquel gesto cambia el día a quien lo recibe. «No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes»4, escribe san Josemaría. Para ser difusores de paz y de alegría a nuestro alrededor, deberemos primero llevarlas dentro de nosotros. En ese sentido, es importante ser muy sinceros con Dios, con nosotros mismos, y con quienes nos ayudan. «No tengamos miedo de ser sinceros, de decir la verdad, de escuchar la verdad, de conformarnos con la verdad. Así podremos amar (...). La hipocresía tiene miedo de la verdad. Se prefiere fingir en vez de ser uno mismo»5. Para alimentar al hambriento, dar de beber al sediento y acoger al peregrino, es importante, antes, pacificar nuestro interior; vivir con una serenidad que nos permita ver a Cristo en los demás.


«VENID, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). En cierto sentido, «el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón»6. Cabe el riesgo de plantearnos este camino como una lucha esforzada por lograr que Dios nos ame; sin darnos cuenta de que, en realidad, su amor es eterno y anterior a nosotros mismos. De este modo, se comprende mejor que «el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo (...). Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, (...) es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo»7.


En las antípodas de esta actitud, están las reclamaciones de los dos hijos de la parábola del padre misericordioso. El pequeño exige: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, reprocha: «Nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29). Ambos calculan lo que creen merecer, pero se equivocan. El pequeño, al volver arrepentido, ni siquiera termina su frase cuando dice su padre: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,21-22). Al mayor se le promete todavía más: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Entonces, aprenden a recibir, y pueden ir al cielo para recibir por toda la eternidad el amor infinito de Dios. En el anhelo por dejar obrar a Dios en nuestra alma, podemos unirnos a la oración de san Josemaría: «Señor, sí, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, seremos fieles, seremos humildes, y no nos olvidaremos nunca de que tenemos los pies de barro, y de que todo lo que en nosotros brilla es tuyo, es gracia, es esa divinización que nos das porque quieres, porque eres bueno»8.


1 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.

2 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84.

3 Francisco, Mensaje, 18-X-2016.

4 San Josemaría, Surco, n. 57.

5 Francisco, Audiencia, 25-VIII-2021.

6 Francisco, Audiencia, 11-XII-2013.

7 Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, p. 259.

8 San Josemaría, Cartas 2, n. 62.

6 de marzo de 2022

NUESTRAS DEBILIDADES

 



Evangelio (Lc 4,1-13)


Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. Entonces le dijo el diablo:


— Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.


Y Jesús le respondió:


— Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.


Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo:


— Te daré toda esta potestad y su gloria, porque me ha sido entregada y la doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.


Y Jesús le respondió:


— Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.


Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo:


— Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo desde aquí, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.


Y Jesús le respondió:


— Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.


Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.




Jesús nos acompaña en nuestras debilidades.

Las tentaciones buscan debilitar nuestra filiación divina.

El demonio quiere hacernos desconfiar de Dios.




CADA AÑO, en el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone meditar las tentaciones que padeció Jesús. Quizás la primera vez que escuchamos este relato nos sorprendió que el mismo Dios hecho hombre fuera probado de esa forma. Jesús lo acepta, entre otras razones, para que también cuando nosotros sentimos la tentación podamos estar seguros de su compañía y comprensión. Así le ocurrió, por ejemplo, a santa Catalina de Siena. Después de una noche en que había sufrido mucho, preguntó: «Señor mío, ¿en dónde estabas cuando mi corazón se veía atribulado con tantas tentaciones?». Y escuchó: «Estaba en tu corazón mismo»1.


Jesús lucha dentro de nosotros, con nosotros y por nosotros. «Con él estaré en la tribulación, lo libraré y lo glorificaré» (Sal 91,15), dice Dios en palabras del salmista. ¡Qué paz nos da saber que podemos vivir nuestras dificultades junto a Jesús! «Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú –escribe san Agustín–, porque Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria»2.


A veces, al pensar en nuestra debilidad, nos podemos llenar de tristeza. Sin embargo, Cristo, que era perfecto Dios y perfecto hombre, también quiso padecer tentaciones; quiso atravesar ese umbral para acompañarnos. «El Señor es nuestro modelo; y que por eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros –con Él– de la victoria. Si sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada (Sal 6,3 y 4). Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío (Is 43,1)»3.


«SI ERES Hijo de Dios» (Lc 4,3): así tienta el diablo a Jesús, en dos ocasiones. Con las mismas palabras le insultaron quienes lo llevaron a la cruz. Esas tentaciones tienen que ver con la filiación divina, quieren hacerla tambalear, ponerla en duda. El demonio ataca donde más daño puede hacer, cuestiona lo más profundo. Obviamente, algunas tentaciones nos invitan a la pereza, a la ira, a la comodidad… Pero detrás de esos enredos es cuestionada nuestra condición de hijos de Dios. «Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso»4.


«O el infierno o la huida, no hay término medio»5, decía también el santo cura de Ars. El remedio, por lo tanto, es volver una y otra vez a nuestra condición de hijos. Nuestro consuelo es la confianza en lo que puede hacer Dios que, como buen Padre, quiere lo mejor para nosotros. A los ojos de un hijo, las dificultades no son más que momentos en los que queda claro quién es su padre. Ciertamente, podrán ser momentos menos agradables, pero el hijo sabe que se trata de algo pasajero, está seguro de que llegará la paz. En efecto, las tentaciones pueden ayudarnos a recordar que necesitamos a Dios, que no somos autosuficientes, y que necesitamos clamar para que el Señor nos libere del mal. De este modo, para quien acude a la ayuda de Dios, «las tentaciones y estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su Majestad el que pelea por ella»6.


«COMO GENERAL competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar»7. Sin embargo, seguros de que Dios es más fuerte, en este tiempo de Cuaresma podemos fijarnos en sus manifestaciones de amor por nosotros, que nos ha dejado en la persona de su Hijo. Nos gustaría percibir hasta el gesto más insignificante de Cristo que camina hacia Jerusalén para dar su vida por los hombres. El tentador, por su parte, intenta mentirnos y hacernos sospechar de su bondad. Así lo hizo con nuestros primeros padres y así lo hizo con el nuevo Adán. «Desconfía de Dios» –nos susurra–. «Si fuera de verdad tu Padre no pasarías hambre, no tendrías problemas, no estarías en la cruz».


El demonio tentó al Señor diciendo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan» (Lc 4,3). Y precisamente Jesús se ha convertido en pan para que nunca nos falte el alimento que da vida. El demonio tentó al Señor diciendo: «Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo desde aquí» (Lc 4,10). Y Dios no ha querido evitar la muerte de su Hijo para salvarnos a nosotros. En realidad, en cada tentación el demonio busca persuadirnos con la estafa más grande de la historia: convencernos de que Dios no nos quiere, de que Dios nos está engañando.


A María podemos pedir, con palabras de san Josemaría, la valentía de sabernos hijos en medio de la debilidad, porque queremos disfrutar del amor de Dios. «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»8.


1 Santa Catalina de Siena, El Diálogo, Parte II, cap. III.

2 San Agustín, Comentario sobre el Salmo 60.

3 San Josemaría, Cartas 2, n. 20.

4 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 38.

5 Santo cura de Ars, Sermón sobre la perseverancia.

6 Santa Teresa, Libro de las Fundaciones, 11, 7.

7 Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padrenuestro.

8 San Josemaría, Camino, n. 516.

5 de marzo de 2022

Amara a Dios y al prójimo.

 




Evangelio (Lc 5,27-32)


En aquel tiempo, Después de esto, salió y vio a un publicano, llamado Leví, sentado al telonio, y le dijo:


— Sígueme.


Y, dejadas todas las cosas, se levantó y le siguió. Y Leví preparó en su casa un gran banquete para él. Había un gran número de publicanos y de otros que le acompañaban a la mesa. Y los fariseos y sus escribas empezaron a murmurar y a decir a los discípulos de Jesús:


— ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?


Y respondiendo Jesús les dijo:


— No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia.






La limosna que surge de un corazón puro.

San Mateo dejó todo y entregó su vida.

Amara a Dios y al prójimo.





LAS JORNADAS posteriores al miércoles de ceniza han traído a nuestra consideración el valor principal de la oración y, junto con esta, el ayuno y la limosna como prácticas que manifiestan nuestro deseo de conversión a Dios. El profeta Isaías exclama que solo una disposición interior recta, origen de todo sacrificio, genera un verdadero cambio, visible a través de las obras de misericordia en favor de los demás: «Si apartas de en medio de ti el yugo, el señalar con el dedo, y la maledicencia, y ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias el alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía» (Is 58,9-10).


Por eso podemos pedir a Dios una pureza interior que nos permita ofrecer a los demás la ayuda que requieren y no la que nosotros deseamos prestar: «Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad» (Sal 85). En una ocasión, se lamentaba san Josemaría: «Produce lástima comprobar cómo algunos entienden la limosna: unas perras gordas o algo de ropa vieja. Parece que no han leído el Evangelio»1. La verdadera limosna surge de la donación interior, de un acto de amor hacia otro. Todos precisan de nuestra limosna: en nuestra familia, las personas con quienes trabajamos, quienes reciben un servicio a través de nuestra ocupación, etc.


«¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don»2.


AL LEER EN el Evangelio la historia de la vocación de san Mateo, recordamos algo que llamó mucho la atención de los fariseos y de los escribas. El trabajo que desempeñaba el futuro apóstol suponía priorizar el pequeño poder personal que le confería Roma, por encima de las tradiciones de su pueblo; podía suponer cierto apego hacia los bienes materiales, por encima de la Ley de Dios. Pero Mateo vio algo diferente en Jesús, algo que le llevó a dejarlo todo por seguir sus pasos. Por eso abandonó el estilo de vida por el que había optado, la seguridad y el bienestar que le daba su posición, su plan personal de progreso, etc. Y esa decisión le puso tan contento que «ofreció en su honor un banquete» (Lc 5,29).


No parece que Jesús haya buscado a los apóstoles entre los maestros de la Ley, ni siquiera entre los fieles más observantes; al contrario, se acerca a la mesa de quien es considerado por la sociedad judía del momento como un pecador. Aquí se manifiesta una vez más el misterio de la misericordia de Dios. «Los evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia»3.


Como Mateo, nosotros también estamos llamados a «vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia (...). Cuando nosotros nos sentimos necesitados de perdón y de consolación, aprendemos a ser misericordiosos con los demás»4. Muchos de los que rodeaban a Mateo cumplían rigurosamente la ley, pero no se sentían necesitados de Dios, lo que endurecía su corazón para entregarse en una verdadera limosna. El futuro apóstol, al contrario, dejó todos sus bienes para seguir a Jesús, entregando toda su vida como limosna para quienes le rodeaban.


EL TEXTO EN el que san Mateo describe su propia vocación, pone en boca de Jesús unas palabras referidas a los fariseos: «Id y aprended lo que significa: “Misericordia quiero y no sacrificios”» (Mt 9,13, cfr. Os 6,6). Aunque para muchos puede haber pasado desapercibida aquella referencia al profeta Oseas, la rectitud del obrar de Cristo era imposible de no ver: pasó haciendo el bien, atendiendo las necesidades de los demás, curando a los enfermos, etc. La atención de Jesús a quienes le rodeaban es una «síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos»5.


Una manera de ofrecer limosna durante esta Cuaresma puede ser revisar el amor con que realizamos nuestras obras. Los preceptos del pueblo de Israel tenían la finalidad de encontrar el amor de Dios en tantos detalles de la jornada, pero esa buena intención muchas veces acabó convirtiéndose en el cumplimiento de actos que no alcanzaban su verdadero sentido. Esta Cuaresma puede ser una ocasión de acrecentar el deseo de que Cristo ocupe el centro de nuestra vida. San Josemaría apuntaba en este sentido: «Hemos de decidirnos a seguirlo de verdad: que el Señor pueda servirse de nosotros para que, metidos en todas las encrucijadas del mundo –estando nosotros metidos en Dios–, seamos sal, levadura, luz. Tú, en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para fermentar. Pero no me olvides que no creamos nosotros esa luz: únicamente la reflejamos»6. Si presentamos a María nuestras intenciones más profundas, aquellas que quieren convertir nuestro corazón a Dios, ella intercederá antes Dios para que las podamos llevar a cabo.


1 San Josemaría, Surco, n. 26.

2 Benedicto XVI, Mensaje, 30-X-2007.

3 Benedicto XVI, Audiencia, 30-VIII-2016.

4 Francisco, Audiencia, 14-IX-2016.

5 Benedicto XVI, Ángelus, 8-VI-2008.

6 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 250.




4 de marzo de 2022

Por qué el AYUNO?




 Evangelio (Mt 9, 14-15)


Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:


- ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?


Jesús les respondió:


- ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.





Recordar el paso de Dios por nuestra vida.

El ayuno es manifestación de un deseo interior.

Jesús indica el sentido del ayuno.




«ESCUCHA, SEÑOR, y ten piedad de mí» (Sal 30,11). Con estas palabras de la Antífona de entrada comienza la Misa de hoy. El clamor del salmista por ser escuchado refleja la naturaleza del hombre que acude a Dios para pedir su asistencia. «Señor, Dios mío –continúa diciendo–, clamé a ti y tú me sanaste. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir (...). Si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría» (Sal 30,3-4.6). El salmista describe una experiencia común: Dios que viene en nuestra ayuda cuando le invocamos con humildad. Este tiempo de Cuaresma puede ser una ocasión propicia para traer a nuestra memoria las veces que hemos percibido aquella asistencia de nuestro Señor. Si «hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16), recordar aquellos momentos en los que ha acudido a nuestra ayuda será fuerza para el presente y para el futuro.


Una de las tareas del Espíritu Santo, que Jesús nos revela, es precisamente la de ayudarnos a recordar las misericordias de Dios, sostener la fragilidad de nuestra memoria: «Os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu Santo es como la memoria, nos despierta: “Acuérdate de eso, acuérdate de lo otro”. Nos mantiene despiertos en las cosas del Señor y también nos hace recordar nuestra vida: “Piensa en aquel momento, piensa en cuándo encontraste al Señor, piensa en cuándo lo dejaste” (...). Es una buena manera de orar; mirando al Señor, decirle: “Soy el mismo. He andado mucho, he cometido muchos errores, pero soy el mismo y tú me amas”. La memoria del camino de la vida; el Espíritu Santo nos guía en esta memoria»1. Hace dos días, al imponernos la ceniza, el sacerdote quizás nos recordó nuestro origen y nuestro fin, que venimos del polvo y que a él volveremos. Recordar el paso de Dios por nuestra vida puede ser un buen impulso de conversión para esta Cuaresma que comienza.


EN LA TRADICIÓN JUDÍA se vivía la costumbre del ayuno como una forma de penitencia. El profeta Isaías, sin embargo, hace notar que de poco sirve un ayuno vivido simplemente como una manifestación externa, pero sin piedad, sin auténtico deseo de llevar nuestra mirada hacia Dios. Dice el profeta que el ayuno querido por el Señor, fruto de una conversión interior, es más bien este: «Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7). El verdadero ayuno es el que nos lleva a amar más a Dios y a los demás, saliendo de nosotros mismos; es oración de los sentidos que fructifica a nuestro alrededor. «El ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego –dice san Pedro Crisólogo–; lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno»2.


«El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón, lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento»3. Las costumbres de abstinencia que la Iglesia recomienda, deben ser manifestaciones de una actitud interior; esto último es, en realidad, lo más importante. San Josemaría enseñaba que toda privación debe ser «manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios»4. Experimentar el hambre con el ayuno nos recuerda que solo Dios es el verdadero alimento y que de él provienen todos los bienes: «Danos hoy nuestro pan de cada día», pedimos en el Padrenuestro. El ayuno externo debe ser manifestación de nuestro deseo interno por saciarnos de Dios, por convertirnos nuevamente a él.


LOS DISCÍPULOS de Juan Bautista preguntan a Jesús por qué ellos ayunan a menudo, como también lo hacen los fariseos, mientras sus discípulos no lo hacen. Es una pregunta oportuna, de algo que seguramente llamaría la atención de los judíos. «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? –responde Jesús–. Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán» (Mt 9,15). El Señor aprovecha la ocasión para indicarnos el sentido del ayuno y de la penitencia: unirnos más a Dios. Por eso, si Dios mismo está con ellos, esa práctica pierde relevancia, a sus discípulos les conviene saciarse de su presencia. Por eso añade: cuando no esté con ellos, entonces ayunarán, entonces necesitarán esa práctica para aprender a centrar la atención en Dios.


Tantas veces experimentamos nuestra lejanía de Dios, y es normal, pues estamos en camino hacia la morada de nuestro Padre. Cristo ha venido a la tierra precisamente para llamar a los pecadores. Por eso la Iglesia nos recuerda la conveniencia del ayuno, de aquella oración del cuerpo que nos ayuda a mirar hacia lo alto, que es lo único importante. La consideración de nuestra situación de debilidad nos hará decir con el salmo que san Josemaría recitaba cada noche: «Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito, y mi pecado está de continuo ante mí» (Sal 50,4-5). A santa María podemos pedirle muchas veces al día que ruegue por nosotros, pecadores, especialmente en este tiempo propicio de conversión que nos ha preparado la Iglesia.


1 Francisco, Homilía, 11-V-2020.

2 San Pedro Crisólogo, Sermón 43.

3 Francisco, Mensaje, 11-XI-2020.

4 San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

3 de marzo de 2022

EL DON DE LA CONVERSION

 



Evangelio (Lc 9, 22-25)


Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.


Y les decía a todos:


- Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.


Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde?




Una oportunidad para convertirnos.

La conversión es un don que podemos pedir a Dios.

Tomar la cruz de cada día.




LA IGLESIA, para el primer día de Cuaresma después del Miércoles de ceniza, nos propone meditar el primer salmo de la Sagrada Escritura. Allí se nos muestran dos imágenes que representan dos posibles caminos para nuestra vida. Al escucharlo, parece como si estuviéramos de frente a una bifurcación: por un lado, está el camino de quien se deja justificar por Dios, que es como un árbol «que da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas» (Sal 1,3); por otro, está el de quienes no escuchan al Señor, que «son como polvo que dispersa el viento» (Sal 1,4). En cierta manera, son dos situaciones vitales que dependen de cuánto abramos nuestra alma a Dios: o permanecemos arraigados en la realidad, dando los frutos de santidad que el Señor nos quiera enviar, o estamos a la deriva, llevados por el viento de pequeños gozos efímeros, que soplan hacia un lado y después hacia otro.


¿Cuál de los dos caminos elegimos? «Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es un camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años»1. Dios nos regala unas semanas para pensar con detenimiento en nuestro camino y pedir el don de nuestra conversión.


Estamos llamados a la vida; es lo que Moisés recuerda al pueblo elegido cuando está de frente a la tierra prometida: «Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te ordeno hoy, amando al Señor, tu Dios, marchando por sus caminos y guardando sus mandamientos, leyes y normas, entonces vivirás» (Dt 30,15-16). Nuestra conversión no es una ciega negación a nosotros mismos; al contrario, es una respuesta al deseo de plenitud que está grabado en el fondo de nuestros corazones. «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre»2.


¿QUÉ PODEMOS HACER para alcanzar en esta Cuaresma la alta meta de nuestra conversión? Lo que la Iglesia nos sugiere, en la oración colecta de la Misa, es primero pedir este don al Señor: «Te pedimos, Señor, que inspires, sostengas y acompañes nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin»3. Se trata de una oración que, por deseo de san Josemaría, la recitan todos los días los fieles del Opus Dei. Reconocemos que para emprender este camino de transformación necesitamos que sea Dios mismo el que nos inspire, sostenga y acompañe. Nuestra conversión será, sobre todo, un regalo del Señor que acogemos con humildad y agradecimiento.


En el Antiguo Testamento, fue Dios el que tomó la iniciativa para llamar a su pueblo de Egipto y hacerlo caminar hacia la tierra prometida. Él los fue sosteniendo durante esa peregrinación, renovando sus fuerzas cuando su ánimo vacilaba. Lo mismo hace el Señor ahora con nosotros. «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Fil 2,13). ¡Cuánta esperanza nos dan estas palabras de san Pablo! Pero pedir este don al Señor no significa quedarnos de brazos cruzados. Podemos manifestar nuestra apertura a su gracia de muchas maneras; por ejemplo con acciones concretas de penitencia o, sobre todo, con oración. «Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana que se reza antes de cualquier actividad y dice así: “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga en ti su inicio y su fin”. Cada paso de nuestra vida, cada acción, también de la Iglesia, se debe hacer ante Dios, a la luz de su Palabra»4.


«SI ALGUNO quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga» (Lc 9,23). Jesús dirige estas palabras a la multitud de sus discípulos, entre los que nos encontramos también nosotros. Para gozar de la alegría de la resurrección del Señor, hemos de descubrir y abrazar nuestra cruz de cada día. Las prácticas penitenciales del tiempo de Cuaresma tienen este sentido: morir a cuanto de pecado hay en nosotros mismos, para poder seguir más de cerca a Jesús.


El Señor comparó su pasión al cambio que el grano de trigo sufre cuando es plantado en la tierra: parece que la semilla se pierde, pero en realidad está convirtiéndose en una espiga llena de fruto (cfr. Jn 12,24). La cruz no nos habla de sufrimiento sin sentido, sino de transformación: nos anuncia la llegada de una nueva vida. Cuando el Señor nos invita a abrazar la cruz de cada día, implícitamente nos está prometiendo que cada día puede ser la oportunidad de una pequeña transformación, de una nueva conversión.


San Josemaría nos animaba a mirar con optimismo aquellas luchas diarias. «¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios»5. Hay tantas oportunidades de transformación como pequeñas cimas que nos encontramos cada día. En este camino que comenzamos, podemos encontrar ayuda en nuestra Madre, recordando tantas conversiones que han sido fruto de la devoción mariana.


1 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

2 Francisco, Gaudete et exsultate, n. 1.

3 Misal Romano, Oración colecta del jueves después del miércoles de ceniza.

4 Benedicto XVI, Audiencia, 25-IV-2012.

5 San Josemaría, Surco, n. 17.

2 de marzo de 2022

MIERCOLES DE CENIZA



Evangelio
(Mt 6,1-6.16-18)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.



La Cuaresma es un tiempo de conversión.
Oración, limosna y ayuno.
Un constante volver a la casa del Padre.



«TE COMPADECES de todos, Señor, y no aborreces nada de lo que hiciste; pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan, y los perdonas, porque tú eres nuestro Dios»1. Estas palabras del libro de la Sabiduría, que resuenan al inicio de la Misa, son el pórtico de entrada al tiempo de Cuaresma.

Durante la celebración litúrgica, nos acercaremos al sacerdote y nos inclinaremos para recibir la imposición de la ceniza. Recordaremos la invitación de Jesús: «Convertíos y creed en el Evangelio»; o la advertencia inspirada en el libro del Génesis: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». Se trata de un gesto fuerte, que nos hace pensar en lo frágil que es nuestra vida. Sin embargo, detrás de este rito podemos descubrir la ternura de Dios que nos busca. San Josemaría comentaba: «La liturgia de la Cuaresma cobra a veces acentos trágicos, consecuencia de la meditación de lo que significa para el hombre apartarse de Dios. Pero esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»2.

Hay momentos de nuestra existencia en los que notamos nuestra fragilidad: dificultades en la familia o en el trabajo, problemas de salud, sucesos inesperados; sobre todo, cuando experimentamos el pecado dentro de nosotros mismos. Todo esto nos puede hacer pensar que somos «polvo y ceniza». Sin embargo, la fe cristiana nos da la convicción de que es mayor la misericordia de Dios. En medio de nuestras limitaciones, siempre podremos cantar con el Salmo: «La tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,5). La paciencia de Dios es tan grande que, precisamente cuando nos apartamos de él, pone en nosotros la nostalgia de su amor. La Cuaresma es un buen momento para dejar que esa nostalgia se transforme en conversión, en una vuelta a la casa del Padre para experimentar nuevamente su ternura.

A PESAR DE QUE vivimos rodeados de la misericordia del Señor, a veces podemos olvidar esta realidad. Sin embargo, Jesús en el Evangelio nos recuerda que Dios nos mira continuamente. Cuando nos explica cómo dar limosna, cómo rezar, cómo ayunar, el Señor insiste en que no vale la pena hacerlo para que nos vean los demás; entonces, dejamos de lado al Señor y se tuercen nuestras buenas acciones. Dios, en cambio, ve «en lo secreto» (Mt 6,4), escucha la intimidad de nuestro corazón. El tiempo de Cuaresma es un buen momento para dejar de vivir volcados hacia afuera y, al contrario, cultivar un clima interior capaz de acoger la realidad de una manera nueva, más sobrenatural.

«Maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente. No se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida»3.

Un camino de oración, limosna y ayuno, adecuado a nuestras circunstancias personales, nos llevará a levantar la mirada durante estos días. «El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios (...). El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es solo mío (...). El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre»4.

«MIRAMOS AL HIJO PRÓDIGO y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar»5.

Reconocer que la misericordia del Señor llena la tierra, que él es un Padre que nos espera constantemente, no nos lleva a la pasividad. Al contrario, ese amor pone en marcha nuestra iniciativa para hallar los caminos por los que correr la senda de vuelta hacia Dios. Y un camino privilegiado es el sacramento de la Reconciliación: «Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso»6. Ahí encontramos el rostro paterno de Dios, que nos anima y nos quiere como hijos suyos.

«La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»7. En esta Cuaresma, que es camino de vuelta y mayor cercanía a la casa del Padre, adivinamos la presencia de santa María que nos acompaña. Podemos poner en sus manos ese deseo de convertirnos interiormente para celebrar la Pascua de su Hijo.

1 Antífona de entrada, Misa de miércoles de ceniza.
2 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 66.
3 San Juan Pablo II, Audiencia, 14-III-1979.
4 Francisco, Mensaje, 6-II-2018.
5 Francisco, Homilía, 17-II-2021.
6 Ibíd.
7 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

1 de marzo de 2022

DIOS NO SE DEJA GANAR EN GENEROSIDAD

 



Evangelio (Mc 10, 28-31)


Comenzó Pedro a decirle:


—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.


Jesús respondió:


—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.





Jesús llama al desprendimiento.

Dejarlo «todo» incluye también aspectos interiores.

Dios no se deja ganar en generosidad.




EL DESENLACE del encuentro con el joven rico quizás dejó tocado el ánimo de los apóstoles. Pero aquel suceso da ocasión a Jesús para exponer el sentido y el valor del desprendimiento. Cristo necesita discípulos ligeros de equipaje para que sean movidos por el Espíritu Santo, discípulos con el corazón dispuesto a dejarse llenar por él; porque, como dice santa Teresa de Calcuta, «ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón que ya está lleno»1. La misión apostólica reclama una delicada libertad de corazón.


«En verdad os digo –empezó diciendo Jesús– que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna» (Mc 10,29-30). Los apóstoles quedaron pensativos al escuchar al Maestro. Han visto, durante el tiempo que llevan con él, lo que supone la pobreza del Señor, que no tiene ni siquiera un lugar «donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Son testigos de que Dios «siendo rico se hizo pobre» (2 Co 8,9).


«La riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura (...). Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo»2.


«EL SANTO es precisamente aquel hombre, aquella mujer que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirlo»3. Podríamos pensar que para Pedro y para varios de los apóstoles, ese «todo» al que han renunciado no eran demasiadas cosas: una barca vieja, una casa sencilla, y poco más. Sin embargo, comenta san Gregorio Magno, «ha dejado mucho el que ha abandonado todo, lo mismo si es poca cosa»4. Además, lo hicieron con prontitud. No se sentaron a calcular los pros y los contras, porque no era lo importante.


Pero, en realidad, dejarlo «todo» supone sobre todo reorientar lo más interior, los propios sentimientos, la voluntad, las decisiones sobre el futuro, los planes e ideas. Eso es lo que verdaderamente cuenta, lo que constituye la verdadera ligereza para caminar con Dios; y eso es lo que hicieron aquellos primeros discípulos. «Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo»5.


Dejarlo todo supone aceptar la invitación de Jesús para llenarnos cada vez más de su vida divina. «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres»6. Ese abandono no es una negación de nuestras características personales o de nuestros buenos anhelos: es, más bien, llenarnos de Dios, permitir que él toque con su Evangelio cada aspecto de nuestra vida.


EL PREMIO QUE ofrece Cristo a la entrega de los apóstoles –cien veces más y la vida eterna– supera absolutamente lo que ellos podían imaginar. Así lo había anunciado el libro de la Sabiduría: «El Señor dio a los santos la recompensa de sus trabajos, guiándolos por un camino de maravilla, y fue para ellos sombra en el día y luz de estrellas en la noche» (Sab 10,17).


«Este “cien veces más” está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se reencuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: “Hay más dicha en dar que en recibir” (cf. Hch 20, 35) (...). Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa»7.


«Si somos nosotros un poquito generosos –decía san Josemaría–, el Señor nos gana siempre: nos da mucho más de lo que nosotros le damos. Siempre salimos ganando; es una carta que se puede jugar bien»8. Y acudía a la intercesión de santa María: «Pido a la Madre de Dios que nos sepa sonreír, que nos quiera sonreír, y nos sonreirá. Y, además, multiplicará en la tierra vuestra generosidad con el mil por uno. No sólo el ciento por uno: ¡el mil por uno!»9.