"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de enero de 2023

EL PLAN DIVINO PARA VOS

 



Evangelio (Mt 4,12-17.23-25)


Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:


Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí


en el camino del mar,


al otro lado del Jordán,


la Galilea de los gentiles,


el pueblo que yacía en tinieblas


ha visto una gran luz;


para los que yacían en región


y sombra de muerte


una luz ha amanecido.


Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:


—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.


Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.


Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.


PARA TU ORACION


UN ÁNGEL del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). Apenas los Magos han emprendido su viaje de regreso, los sicarios que trabajan para Herodes se disponen a buscar al nacido, Rey de los judíos, para darle muerte. Pero Dios se les adelanta, advierte a José del peligro y le manda huir a Egipto. La indicación es clara: señala lo que hay que hacer y la razón que aconseja la huida. Lo demás, el cómo y los medios, los deja a la prudencia de san José. Y Dios, por último, le advierte también que debe permanecer atento a la voz del ángel, que le avisará cuándo poner fin a la permanencia en aquel país, para él extraño.


Puede parecer llamativo que Dios hable en sueños a san José, ya que se trata de un momento en el que aparentemente no se puede decir ni responder nada. Durante el sueño el hombre se encuentra indefenso, impotente. Podemos recordar que es también en esos momentos cuando Adán recibe a su esposa: se levanta para descubrir la novedad de tener una compañía y una misión. En la experiencia humana del sueño, el hombre muchas veces proyecta sus hazañas más hermosas. En cierto sentido, parece que José debe callar, pero en realidadmientras duerme es invitado a abrirse al más grande sueño: a formar parte de los planes de Dios.


Cuando despierta, san José no desea esperar hasta el día siguiente: «Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto» (Mt 2,14). No debieron de escasear las dificultades. Tenían que abandonar la casa de Belén, procurada quizá con grandes sacrificios. Además lo largo del viaje impedía llevar consigo cosas muy necesarias y la prisa hacía imposible vender las que sobraban. La persecución contra el niño ni siquiera había comenzado pero san José cree firmemente al ángel y se pone en camino. Siervo fiel y prudente, el Patriarca escucha la voz de Dios sin buscar otras posibilidades aparentemente más viables. Existían razones para juzgar poco acertada la indicación del ángel: ¿acaso no podía la omnipotencia de Dios salvar de otro modo al niño?, ¿por qué habrían de llevarlo hasta un pueblo extranjero en donde no conocían a nadie? Sin embargo, José confía en la palabra de Dios.


NO DEBIÓ de ser cómodo el viaje de la Sagrada Familia hasta Egipto: varias jornadas de andadura por senderos inhóspitos a lomos de un borriquillo, con el temor de ser alcanzados en la fuga; con cansancio y sed, con un futuro incierto, y dudas para las cuales no habían respuestas. Emociona verlos escapar plenamente confiados en los planes de Dios. San Agustín nos recuerda que el Señor «conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, rebajar, aumentar, disminuir y cuándo lo ha de hacer»[1]. Como vemos en san José, es en el día a día el lugar donde podemos reconocer la voz de Dios; en nuestros encuentros diarios con él a través de nuestros momentos de oración; en los sucesos de la jornada y en las personas con las que nos relacionamos; también en las contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro caminar. Pensar en la actitud de san José y en su disposición de colaborar con los planes de Dios nos puede ayudar a que aumente nuestra ilusión por escuchar a Dios.


Si a cada una de las inspiraciones que el Señor nos dirige respondemos: «¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!»[2], entonces también nosotros nos llenaremos de la misma confianza que tenía san José. Así, «como el barro en manos del alfarero» (Jr 18, 6), nos ponemos en manos de Dios para que transforme nuestro corazón y para emprender esa gran obra divina que él proyecta con nosotros.


DESPUÉS de algún tiempo viviendo en Egipto, un ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño» (Mt 2,20). Había llegado el momento de dejar aquella tierra que les había ofrecido cobijo para retornar a la que Dios había elegido como morada del Mesías. Como no podía ser de otra manera, José «se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel» (Mt 2,21). Así se cumplió «lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo» (Mt 2,15).


José pone a su servicio la inteligencia, la voluntad y el corazón, con sentido de responsabilidad y con protagonismo. Por eso, «al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá» (Mt 2,22), donde peligraba la vida del niño. «Ha aprendido a moverse dentro del plan divino –dice san Josemaría– y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea (...). Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea–, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres»[3].


A veces el Señor también nos sugiere en sueños, nos habla en voz baja y nos deja espacio para que aprendamos a movernos con soltura dentro de sus planes. Ante sus inspiraciones podemos poner en juego todos nuestros talentos. Dios no se impone, sino que «nos pide una obediencia inteligente, y hemos de sentir la responsabilidad de ayudar a los demás con las luces de nuestro entendimiento»[4]. Pidamos a san José y a santa María que nos enseñen a disponer el corazón para captar esas llamadas y responder con una docilidad pronta e inteligente.

6 de enero de 2023

EPIFANIA

 



Evangelio (Mt 2,1-12)


Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:


— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.


Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.


— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:


Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.


Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:


— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.


Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.


PARA TU ORACION


«Somos para la masa, hijos míos, para la multitud. No hay alma a la que no queramos amar y ayudar, haciéndonos todo para todos: “omnibus omnia factus sum” (1Cor 9,22). No podemos vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres»[6]. Nosotros también hemos visto la estrella y el Señor desea llegar a todas las almas, a través de cada uno, para ofrecer su consuelo y su salvación.


EN EL PREFACIO de la Misa de hoy, rezaremos: «En Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación». Nosotros deseamos colaborar en la tarea de la Redención; san Juan Pablo II nos hacía notar que «una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos»[7]. Vivimos seguros en la esperanza de que ese Niño es la verdadera luz del mundo, una luz que brilla en la humildad. Y, de cierta manera, queremos parecernos a la estrella de los Magos para así mostrar el camino que conduce hasta Dios.


«¿Dónde está el Rey? –se preguntaba san Josemaría en la Epifanía de 1956–. ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo»[8].


En este día grande miramos con cariño a Belén, para aprender de aquellos hombres de Oriente postrados ante el Niño. Tomando por modelo a los Magos, le decimos a Jesús que, con su ayuda, no pondremos obstáculos a su querer redentor. Le suplicamos a María que nos enseñe a ser luz para nuestros familiares y amigos. También le pedimos humildad para que Cristo viva en nuestros corazones e, identificados con Él, atraer a muchos hacia su amor redentor.


5 de enero de 2023

AMAR DE VERDAD Y CON OBRAS

 



Evangelio (Jn 1,43-51)


En aquel tiempo, determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús:


— Sígueme.


Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo:


— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.


Entonces le dijo Natanael: — ¿De Nazaret puede salir algo bueno?


— Ven y verás — le respondió Felipe.


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.


Le contestó Natanael: — ¿De qué me conoces?


Respondió Jesús y le dijo: — Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael: — Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


— ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.


Y añadió:


— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


PARA TU ORACION 


MAÑANA celebraremos la Epifanía. Los Magos de Oriente hacen un largo viaje buscando al Niño. Al encontrarle en Belén «le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes» (Mt 2,11). Los Magos entregan a María y José unos regalos que están cargados de significado. La Tradición ha interpretado que el oro simboliza la realeza del recién nacido, el incienso su divinidad y la mirra su muerte redentora: Rey, Dios y Salvador. Este Niño, encarnación del Creador, viene a morir por nosotros.


Desde la cuna está ya incoada la cruz. En cierto sentido se puede atisbar esa relación comparando unas palabras de san Lucas al inicio y al final de su evangelio. Ante el nacimiento, señala: «Y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» (Lc 2,7); y, en el momento de la muerte, escribe: «Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía» (Lc 23,53). El cuerpo de Jesús es recostado dos veces: en el pesebre y en el sepulcro. También en la primera carta de san Juan que estamos leyendo estos días en la Misa se expresa, de manera distinta, el mismo misterio: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). Esta afirmación tiene la fuerza del testigo directo: Juan estuvo en el Gólgota, vio cómo el Maestro se abrazaba a la cruz, palpó de primera mano su amor hasta el último suspiro. Juan sabe que el amor de Cristo no son solo palabras.


«También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos», añade, a continuación (1Jn, 3,16). Estas palabras de la liturgia de hoy señalan el camino que los discípulos de Jesús hemos de seguir. Nos confiaba san Josemaría: «¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el mandatum novum! –“¡Que os améis los unos a los otros!”–. Me pondría de rodillas, sin hacer comedia –me lo grita el corazón–, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. –Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera»[1].


«HIJOS MÍOS, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad» (1 Jn 3,18), dice san Juan en su carta. «El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo (...). El modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cfr. 1Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cfr. 1Jn 3,16). Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados»[2].


Movidos por la fuerza del amor de Jesús, los primeros discípulos salen inmediatamente a contar a sus amigos y familiares el encuentro que han tenido. Así vemos a Andrés que, después de pasar un día en el Jordán en su compañía, llevó a su hermano Simón hasta donde estaba Cristo (cfr. Jn 1,42). El evangelio de hoy, por su parte, nos narra el encuentro de Felipe con Jesús y su reacción inmediata al tropezarse con su amigo Natanael. Felipe «le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45). Ante la indiferencia de Natanael, que considera Nazaret un pueblo insignificante, que no estaba ni siquiera citado en la Escritura, «Felipe le contestó: ven y verás» (Jn 1,43-51).


Llevar a las personas hacia su encuentro personal con Jesús es quizá la manifestación más grande de amor. Felipe no se puede contener después de haber escuchado de labios del Maestro la llamada: «Sígueme» (Jn 1,43). El fuego de su corazón le pide que hable, que anime, que comparta esa alegría que le llena. Necesita contarle a Natanael que –sin saber muy bien cómo, ni por qué motivo– le ha tocado inesperadamente el mayor de los regalos.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba recordar que el Señor hace las cosas «antes, más y mejor» de lo que nosotros pensamos. Su bondad infinita supera nuestras expectativas y nuestros sueños. Sus discípulos partimos de esta seguridad a la hora de dar testimonio de nuestra fe. No hacemos una labor nuestra: las almas son suyas, nosotros sencillamente trabajamos para su viña. Felipe habla con su amigo porque está convencido de que Jesús no defrauda a nadie y esta es también nuestra certeza. Sabemos bien que es Jesús quien atrae a las almas, es la experiencia de la vida con el Señor la que transforma la vida. Del mismo modo que nos ha sucedido a nosotros, confiamos en que las personas que amamos también serán ganadas por Él. Esa es la esperanza que nos impulsa al apostolado.


Los discípulos «desde aquel día se transformaron en “testimonios” tan apresados por el amor (cf. Flp 3,12) hacia su Maestro y por la belleza seductora de su mensaje que se hallaron dispuestos a afrontar incluso la muerte, con tal de no traicionar el compromiso con Él (...). Cristo no sólo continúa dirigiendo a algunos la invitación al don total de sí con una palabra personal y secreta, que despierta ecos profundos en el corazón, sino que sale también al encuentro de todos los hombres, de cada uno de vosotros, para plantearle personalmente la pregunta que dirigió al joven ciego: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” (Jn 9,35). A quien responde afirmativamente, Él da el encargo de hacerse testigo en el mundo de esta elección»[3].


Desde su cátedra de Belén, Dios Niño nos abre los ojos con una lección de entrega completa a los demás, haciéndose así de pequeño para atraer a todos. María es testigo de ese amor divino; lo tiene, de hecho, en sus manos.

4 de enero de 2023

CONTEMPLATIVOS EN MEDIO DEL MUNDO

 



Evangelio (Jn 1,35-42)

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)».


PARA TU ORACION


EN LA LITURGIA de la Palabra leemos, durante estos primeros días del nuevo año, la primera carta del apóstol Juan, escrita en Éfeso a la vuelta de su destierro en Patmos. El tema central de la carta, sobre el que san Juan vuelve una y otra vez, es la comunión del cristiano con Dios, que se da a través de la fe en Jesucristo y la caridad fraterna.


«Dios es amor», dice varias veces el apóstol a lo largo de la carta. También señala que Dios es fuente de todo lo que existe y que el cristiano es constituido hijo de Dios por el amor. Somos sus hijos realmente y no en sentido figurado o poético (cfr. 1Jn 3,1). Y a raíz de esta filiación, podemos ser llamados propiamente nacidos de Dios. Así lo leemos hoy en la primera lectura: «Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios» (1Jn 3,9-10).


«Nos sabemos hijos de Dios, hijos muy queridos de Dios», decía san Josemaría en la Nochebuena de 1967. «Esta noche el Señor, por su Madre, nos mandará tantas gracias nuevas: para que aumentemos en el amor y en la filiación divina (...). Mirad, hijos míos, mirad qué agradecimiento debemos rendir a ese Hermano nuestro, que nos hizo hijos del Padre. ¿Habéis visto a esos hermanitos vuestros, a esas pequeñas criaturas, hijas de vuestros parientes, que necesitan de todo y de todos? Así es el Niño Jesús. Es bueno considerarle así, inerme. Siendo el todopoderoso, siendo Dios, se ha hecho Niño desvalido, desamparado, necesitado de nuestro amor. Pero en aquella fría soledad, con su Madre y San José, lo que Jesús quiere, lo que le dará calor, es nuestro corazón. Por lo tanto ¡arranca del corazón todo lo que estorbe! Tú y yo, hijo mío, vamos a ver todo aquello que estorba en nuestro corazón... ¡Fuera! Pero de verdad. Lo repite San Juan en el capítulo primero: Quotquot autem receperunt eum dedit eis potestatem filios Dei fieri (Jn 1,12). Nos ha dado la potestad de ser hijos de Dios. Ha querido Dios que seamos hijos suyos»[1].


DOS PESCADORES de Cafarnaún, Juan y Andrés, seguían a Juan Bautista, al que consideraban un gran profeta. Un día pasó Jesús a su lado y el Bautista afirmó: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1,36). Sus discípulos, «al oírle hablar así, siguieron a Jesús» (Jn 1,37). A partir de ese encuentro, nada volverá a ser como antes. «Llenos de curiosidad, decidieron seguirle a distancia, casi tímidos y sin saber qué hacer, hasta que Él mismo, volviéndose, preguntó: “¿Qué buscáis?”, suscitando aquel diálogo que dio inicio a la aventura»[2]. Juan y Andrés siguieron a Jesús, le hicieron preguntas, «vieron dónde vivía y se quedaron con Él» (Jn 1,39): aquel día se convirtieron en apóstoles para siempre.


«Es Jesús quien toma la iniciativa. Cuando Él está en medio, la pregunta siempre se da la vuelta: de interrogantes se pasa a ser interrogados, de “buscadores” nos descubrimos “encontrados”; es Él, de hecho, quien desde siempre nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10). Ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con “el que Vive”. Los cristianos no son discípulos de un sistema filosófico: son los hombres y las mujeres que han hecho, en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo (cfr. 1Jn 1,1-4)»[3].


Los dos amigos, Juan y Andrés, no sabían con claridad quién era realmente Jesús. Necesitarán tiempo –años de convivencia y de escucha– para comprender el misterio del Hijo de Dios. Sin miedo, también nosotros atravesamos el umbral de su casa para hablar con el Maestro cara a cara, para escuchar y meditar su Palabra, para abrir nuestro corazón como se hace con un amigo. En el silencio de la oración aprendemos a conocer al Señor. La misma pregunta de los discípulos, insistente y audaz –«Maestro, ¿dónde vives?»– surge también en nuestra alma. «Aprended a escuchar de nuevo, en el silencio de la oración, la respuesta de Jesús: “Venid y veréis”»[4].


«HAGAMOS, por tanto, una oración de hijos y una oración continua –alentaba san Josemaría durante una Navidad–. “Oro coram te, hodie, nocte et die” (Ne 1,6); oro delante de ti noche y día. ¿No me lo habéis oído decir tantas veces: que somos contemplativos, de noche y de día, incluso durmiendo; que el sueño forma parte de la oración? Lo dijo el Señor: “Oportet semper orare, et non deficere” (Lc 18,1). Hemos de orar siempre, siempre. Hemos de sentir la necesidad de acudir a Dios, después de cada éxito y de cada fracaso en la vida interior. Especialmente en estos casos, volvamos con humildad, a decir al Señor: ¡a pesar de todo, soy hijo tuyo! Hagamos el papel del hijo pródigo. Como dice en otra parte la Escritura: orando siempre, no con largas oraciones vocales (cfr. Mt 6,7), sino con oración mental sin ruido de palabras, sin gesto externo. ¿Dónde oramos? “In angulis platearum…” (Mt 6,5). Cuando andamos por medio de las calles y de las plazas, debemos estar orando constantemente»[5].


Aquel día, san Josemaría sugería elevar acciones de gracias por la Navidad y alentaba a quienes le escuchaban a soñar en la oración, a pensar en grande, a pedir que se hiciera la voluntad de Dios en tantas almas. «¿Y cómo vamos a orar? Orar con acción de gracias. Demos gracias a Dios Padre, demos gracias a Jesús, que se hizo niño por nuestros pecados; que se abandonó, sufriendo en Belén y en la Cruz con los brazos abiertos, extendidos, con gesto de Sacerdote Eterno (...). Y también la petición. ¿Qué hemos de pedir? ¿Qué pide un niño a su padre? Papá..., ¡la luna!: cosas absurdas. Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7). ¿Qué no podemos pedir a Dios? A nuestros padres les hemos pedido todo. Pedid la luna y os la dará; pedidle sin miedo todo lo que queráis. Él siempre os lo dará, de una manera o de otra. Pedid con confianza»[6].


En la casa donde vive Jesús encontramos también la presencia dulce de María. A ella le pedimos que sepamos vivir como hijos nacidos de Dios e ir al encuentro de Jesús para habitar en su casa.

3 de enero de 2023

SANTISIMO NOMBRE DE JESUS


 

Evangelio (Lc 2, 21-24)

“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor <<todo varón primogénito será consagrado al Señor>> y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor <<un par de tórtolas o dos pichones”


PARA TU ORACION 


Textos del fundador del Opus Dei para meditar con ocasión de la fiesta del Nombre de Jesús.

Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quieres.


Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido. Amigos de Dios, 262


¡Poder de tu nombre, Señor! —Encabecé mi carta, como suelo: "Jesús te me guarde". —Y me escriben: "El ¡Jesús te me guarde! de su carta ya me ha servido para librarme de una buena. Que Él les guarde también a todos". Camino, 312


Aquella mañana —para superar la sombra de pesimismo que te asaltaba— también insististe, como haces a diario..., pero te "metiste" más con tu Ángel. Le echaste piropos y le dijiste que te enseñara a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él... Y te quedaste tranquilo. Forja, 271


Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración "Jesús, te amo", oyó esta respuesta del cielo: "Obras son amores y no buenas razones". Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche. Camino, 933


Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo. Camino, 271


Siempre nos acompaña


Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que —sin darse cuenta— han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche.


Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque entre las cosas hermosas, honestas, no ignoramos cuál es la primera: poseer siempre a Dios.


Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha —anochece—, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra. Amigos de Dios, 314


Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía. Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Es Cristo que pasa, 151


No dejes la Visita al Santísimo. —Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano. Camino, 554


Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada, que renuncia a manifestar su poder y su majestad, para presentarse en forma de esclavo. Hablando a lo humano, podríamos decir que Dios se excede, pues no se limita a lo que sería esencial o imprescindible para salvarnos, sino que va más allá. La única norma o medida que nos permite comprender de algún modo esa manera de obrar de Dios es darnos cuenta de que carece de medida: ver que nace de una locura de amor, que le lleva a tomar nuestra carne y a cargar con el peso de nuestros pecados. Es Cristo que pasa, 144

PARA MEDITAR

LA IMPOSICIÓN del nombre tenía mucha importancia en las culturas semitas ya que subrayaba la misión para la que una persona era llamada. En Israel se imponía el nombre durante la circuncisión, el momento en que el niño era incorporado a la descendencia de Abrahán. Así sucedió con Jesús, a los ocho días de su nacimiento (cfr. Lc 2,21). Dios le comunica a José, por medio del ángel, el nombre que debía poner al hijo de María: «Dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Hoy celebramos precisamente la fiesta dedicada al Santísimo Nombre del Señor. La antífona de la Misa resume bien el sentido de la celebración, cuando nos invita a adorar con reverencia al Niño que en estos días contemplamos recostado en un pesebre: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”»[1].

A algunas personas especialmente destacadas en la historia de la salvación Dios les cambia el nombre como símbolo del cometido que les confía. Así sucedió, por ejemplo, con Abram, que pasó a ser llamado Abraham, porque sería padre de una multitud de pueblos; Jacob recibió el nombre de Israel, porque había luchado con Dios y había vencido; y a Simón, Jesucristo mismo le llamará Cefas –Pedro–, porque será la roca sobre la que se edificará la Iglesia. En el caso de Jesús, Dios mismo interviene para que el nombre del Verbo Encarnado significase exactamente la misión redentora que venía a realizar: «Yahvé salva».

San Bernardino de Siena impulsó en su época la devoción al nombre de Jesús y, como fruto de su empeño, se lo añadió a las palabras de santa Isabel que repetimos en el avemaría. «El gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios», afirmaba el santo italiano. La fe «consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna»[2]. De ahí que recemos en la Oración colecta de la Misa de hoy: «Oh, Dios, que cimentaste en la encarnación de tu Verbo la salvación del género humano, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro nombre que el de tu Unigénito».


«TU NOMBRE es como óleo derramado» (Ct 1,3), dice el Cantar de los Cantares refiriéndose al Esposo. El nombre de Jesús es, efectivamente, como un aroma que esparce su perfume por toda la casa. Continuando con esta comparación, san Bernardo de Claraval observa que el óleo posee tres cualidades que se pueden aplicar al nombre de Jesús: así como el aceite «es luz, comida y medicina», también el dulcísimo nombre de Jesús «brilla cuando es predicado, alimenta cuando es comido, unge y mitiga los males cuando es invocado»[3].

En primer lugar, Jesús es luz que resplandece en medio de las tinieblas, brillo que deseamos que reluzca en nuestro comportamiento. Para recibir esa luz de Cristo, hemos de abrir los ojos del alma y limpiarlos con el colirio de los sacramentos. «Ut videam, ut videamus, ut videant!», nos invitaba a repetir san Josemaría: que con nuestra mirada limpia hagamos limpias las vidas de muchos otros. En segundo lugar, Jesús es también alimento del alma. Al pronunciar su nombre, nuestro corazón se llena de gozo. «El leer me fastidia, si no leo el nombre de Jesús –continúa san Bernardo–. El hablar me disgusta, si no habla de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón»[4].

En último lugar, su precioso nombre es medicina para nuestra debilidad. «Nada hay más propio para detener el ímpetu de la ira, abatir la hinchazón del orgullo, curar las llagas de la envidia, contener los ataques de la lujuria, apagar el fuego de la concupiscencia, calmar la sed de la avaricia y desterrar todos los apetitos desordenados»[5]. Con ocasión de esta fiesta, podemos pedir al Espíritu Santo que derrame este óleo santo en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras obras. Así, nos uniremos al salmista que en la liturgia de hoy aclama: «Señor, Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,1).


«EN VERDAD, en verdad os digo: si pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). De esta manera alentaba el Señor a sus apóstoles en la víspera de su pasión. Fiados en la palabra misma del Señor, podemos invocar frecuentemente su santo nombre. Como decía santa Teresa: «Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón»[6].

San Josemaría, a su vez, nos enseñó una jaculatoria estupenda: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus!»: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús. Si la repetimos con frecuencia nos pasmaremos de sus efectos, sobre todo cuando nos sintamos tristes, preocupados o cansados. «Yo le llamo Jesús, sin miedo, a solas», nos decía. «Aquí, junto al Sagrario, no me da vergüenza invocarle por su nombre. Hijo mío, dile tú también que le amas, que le amarás siempre. ¡Cada vez más!»[7]. Es misión nuestra –misión de cristianos corrientes– difundir la fragancia de este nombre a nuestro alrededor.

«Este nombre ha de ser publicado para que brille, no debe quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido»[8], continuaba san Bernardino. El sacerdocio real –sello divino del Bautismo y la Confirmación– «nos capacita para llevar el nombre de Cristo a todos los ambientes donde trabajan y viven los hombres. Pero no me olvidéis que el apostolado, para que sea verdaderamente eficaz, ha de fundamentarse en una unión profunda, habitual, diaria, con Jesucristo Señor Nuestro»[9]. ¡Con qué acento y ternura resonaría el nombre de Jesús en labios de su Madre y de san José! Les suplicamos con confianza que nos recuerden su nombre bendito para tenerlo permanentemente en nuestro corazón.



2 de enero de 2023

Él siempre nos está esperando

 



Evangelio (Jn 1,19-28)


Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró:


— Yo no soy el Cristo.


Y le preguntaron:


— ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?


Y dijo:


— No lo soy.


— ¿Eres tú el Profeta?


— No - respondió.


Por último le dijeron:


— ¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?


Contestó:


— Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.


Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron:


— ¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?


Juan les respondió:


— Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.


Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.


PARA TU ORACION


HEMOS COMENZADO un nuevo año. Jesucristo es el Señor del tiempo, de la historia, y queremos que sea también el centro de nuestras vidas. Se abre una nueva etapa para amar, para servir, para recorrer el camino en su presencia. Nos ilusiona que también este año «todo gire cada vez más en torno a su Persona»[1]. La venida del Mesías «es el acontecimiento cualitativamente más importante de toda la historia, a la que confiere su sentido último y pleno»[2]. Él llena nuestras jornadas y la entera existencia del cristiano. En estos primeros días aprovechamos para confiar a su divina Providencia las ilusiones y esperanzas que tenemos depositadas en el año que iniciamos.


La centralidad de Jesucristo viene formulada por el mismo Jesús, en el evangelio de san Juan, con la expresión «permaneced en mí». El discípulo amado está presente en el cenáculo, junto al Señor, y allí escuchó esa expresión de sus labios: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). El más joven de los apóstoles escribe su evangelio en último lugar: ha tenido más tiempo para reflexionar y madurar el misterio de Cristo. Y después de muchos años, el eco de estas palabras aún le sigue conmoviendo. Por eso encontramos la misma expresión en la primera de sus cartas, que leemos hoy en la liturgia de la Palabra: «Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (1 Jn 2,24). Es lo que sucede entre la vid y los sarmientos: estos reciben de ella toda su vida, sin ella pierden poco a poco la fuerza.


Permanecer, «esa palabra tan querida por el Señor que la repetirá muchas veces… Si permaneces en el Señor, en la Palabra del Señor, en la vida del Señor, serás un discípulo»[3]. Jesús quiere unir su vida con la nuestra; más aún, fusionarla. Permanecer en Él es vivir por él, con él y en él. Decía san Ambrosio: «Recoge el agua de Cristo (...). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (...); y una vez lleno, regarás a los demás»[4].


PARA EL CRISTIANO, «vivir es Cristo. Y si, a veces, por debilidad, cansancio, o por tantas circunstancias de la vida, perdemos de vista esta realidad, Él siempre nos está esperando»[5]. San Josemaría expresaba esta necesidad de unión con Cristo con estas palabras: «Seguir a Cristo –venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19)– es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con Él, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con Él, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20)»[6].


Durante los días de Navidad, al contemplar al Niño recostado en un pobre pesebre, rodeado por el cariño de María, José, y por el calor de unos pocos animales, le mostramos nuestros deseos de amor y de unión con él. Si volvemos los ojos hacia él, tan pequeño y al mismo tiempo Rey del universo, nos sentiremos dulcemente impulsados a perseverar con firmeza durante este nuevo año, durante toda la vida, en la tarea de identificarnos con él: «Amemos a Cristo, busquemos siempre su proximidad, y parecerá fácil todo lo difícil»[7].


Durante una Navidad, san Josemaría le mostraba al Señor sus deseos de unión y de amor: «¡Oh, Jesús –le diré– quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo (...). Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda... que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz»[8].


JUAN BAUTISTA aparece de nuevo en el evangelio de hoy, como sucedió durante el Adviento. Las autoridades del Templo envían a la otra orilla del Jordán sacerdotes y levitas para interrogarlo: «¿Tú quién eres?» (Jn 1,19). Le importunan con muchas preguntas, con la intención de acorralarlo: ¿eres el Mesías, eres Elías, eres un profeta? «¿Qué dices de ti mismo?» (Jn 1,22). Las respuestas del Bautista nos hablan de alguien que tiene la voluntad de Dios como horizonte de la propia vida. «Yo soy la voz que grita en el desierto» (Jn 1,23). Mi única misión –viene a decirles– es preparar a Israel para que reciba de corazón al Redentor.


Permanecer en Jesucristo es estar en comunión con él: que Jesús esté presente en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestro corazón, en nuestras obras. La prueba más evidente de permanecer en Jesucristo es guardar sus palabras y sus mandamientos; él mismo nos ha dicho que quien lo hace «permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). Le pedimos al Señor el don de que cada uno de nosotros y todos los cristianos respiremos con el Evangelio. «Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar –al hilo de unas palabras de san Josemaría– nuestro examen personal: ¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la boca. Tú –lo pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo–, tú, que por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se repita de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un hijo de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera puedas empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas, nobles, divinas y humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de Cristo, en tu vida ordinaria en medio del mundo?»[9].


Nos alegramos con la Virgen María, feliz al tener en sus brazos al Salvador, fruto de su fidelísima escucha a la Voluntad de Dios. Por ella «el Verbo se ha hecho carne y habitó entre nosotros»[10]. Le pedimos que no nos «falte la fe, ni la valentía, ni la audacia para cumplir la voluntad de nuestro Jesús»[11].

1 de enero de 2023

COMENZAR EL AÑO CON MARIA



 Evangelio (Lc 2,16-21)


Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño.


Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.


Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.


Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.


PARA TU ORACION


EL EVANGELIO de la fiesta de hoy relata cómo los pastores acuden presurosos a encontrar al Niño y reconocen en él lo que les habían anunciado los ángeles. El texto está lleno de expresiones de admiración, asombro y sorpresa: maravillarse, glorificar, alabar, ponderar... La Navidad provoca en nosotros estos mismos sentimientos. Queremos aprovechar todo lo que sucede en el portal para disfrutar del amor de Dios que se quiere derramar en nuestros corazones. Hoy lo hacemos de la mano de la Madre de Dios, que es también nuestra madre.


«Virgen, Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos»[1]. La salvación del mundo ha comenzado. El Rey del universo ha elegido a María para hacerla su madre. Este misterio no cabe fácilmente en nuestras cabezas, ni en nuestros pobres esquemas: Dios ha querido contar con el sí de una mujer, de una adolescente. La Virgen no se pregunta por qué había sido elegida precisamente ella, le basta saber que Dios está detrás, que es su voluntad. Y san Josemaría convierte este hecho en oración suya: «Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñame –enséñanos a todos– a tratar a tu Hijo!»[2].


María contagia a su alrededor, en los belenes de ayer y de hoy, esta actitud de admiración. Todo lo que ve le lleva a dar gracias. No se detiene nunca para fijarse en ella, en los problemas, en las dificultades. Disfruta de la visita de los pastores, del cariño de su esposo, de la noche estrellada que ha contemplado este misterio. Y a su alrededor todos viven esta atmósfera de alegría. María es la mejor muestra de lo que hace Dios en los hombres y en las mujeres que se dejan querer.


«OH, DIOS, que por la maternidad virginal de santa María entregaste a los hombres los bienes de la salvación eterna, concédenos experimentar la intercesión de aquella por quien hemos merecido recibir al autor de la vida»[3]. Así reza la Oración Colecta de la Misa de hoy. Y podemos preguntarnos: ¿qué significa para mí que María sea Madre de Dios? ¿Cómo lo experimento personalmente? Papa Francisco decía que «la Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María»[4]. Nuestra relación con Dios toma ejemplo de la vida de oración que tuvo María. Y ella está muy dispuesta a ayudarnos, pues «la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra»[5].


Nos podemos preguntar, llenos de estupor, cómo es posible que se nos ofrezca una santidad como la de quien fue Madre de Dios: «¿Cómo podemos amar a Dios con toda nuestra mente si apenas podemos encontrarlo con nuestra capacidad intelectual? ¿Cómo amarlo con todo nuestro corazón y nuestra alma si este corazón consigue sólo vislumbrarlo de lejos y siente tantas cosas contradictorias en el mundo que nos oscurecen su rostro? Él ya no está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad. Dios se ha hecho don por nosotros. Se ha dado a sí mismo. Navidad se ha convertido en la fiesta de los regalos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo»[6]. Si acogemos ese don, si dejamos que el Señor nos regale su vida, seremos también nosotros don para los demás. Nos convertiremos, entonces, en regalo para Dios y para quienes nos rodean.


LOS ÁNGELES cantan a voces esta maravilla. Se asombran ellos mismos de que una mujer haya dado a luz al Hijo de Dios. No salen de su sorpresa y cantan el primer villancico de la historia: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace» (Lc 2,14). Entonan este canto de júbilo y se deleitan mirando a María, al Niño y a Dios Padre embelesado. Nuestras almas se serenan en el portal y descubrimos allí lo que llena de complacencia a Dios, lo que le enamora, lo que le entusiasma. Hemos venido corriendo, pero vamos recuperando el aliento. El suave canto de los ángeles es como una canción de cuna para dormir a Jesús y para acogernos a nosotros.


Nuestra experiencia nos ha demostrado muchas veces que no somos capaces de cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios. Sin embargo, con la ayuda de la Virgen sí que podemos guardar su Palabra y ponderarla en nuestro corazón. Eso está a nuestro alcance. Así podemos estar seguros de que se cumplirá todo lo que nos ha dicho el Señor, su Palabra se puede encarnar en nuestras vidas, su sangre correrá por nuestras venas. Así lo aseguraba san Bernardo: «Toda la Trinidad gloriosa, y la misma persona del Hijo recibe de ella la sustancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor»[7].


Nosotros queremos calentarnos en esta noche fría dentro del portal. Nos gustaría que la oscuridad y la humedad no entraran en nuestra alma. Deseamos recibir a Jesús con la misma pureza, humildad y devoción con que lo hizo nuestra Madre; acoger su Palabra con la misma gracia y con igual alegría para derramarla, como ella, por el mundo entero.