"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

14 de julio de 2023

DIOS ACTÚA CON SENCILLEZ

 


EVANGELIO (Mt 10,16-23)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!

Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.

Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS CONOCÍA profundamente a los apóstoles. Había pasado con ellos largas horas hablando, caminando y rezando. Era consciente de las ilusiones y de los miedos que ocupaban sus corazones. Aunque alguno quisiera aparentar ante él un modo de ser que no correspondía con su personalidad, Jesús sabía cuáles eran las virtudes y los defectos de cada uno. Quizá por eso, cuando les envió a predicar, les animó a llevar a cabo su misión huyendo de estrategias complejas y de deseos de figurar. Para llevar a Jesús a los corazones de los demás, debían ser «sencillos como las palomas» (Mt 10,16).


Sin embargo, a veces puede suceder que nuestra misma relación con Dios sea un poco compleja. Creemos que no terminamos de descubrir lo que él quiere de nosotros, o bien nos sentimos un poco apagados cuando tratamos de hablar con él. A pesar de que intentamos pensar en los sucesos de la jornada o discernir los sentimientos que invaden nuestro corazón, parece que no logramos sintonizar con el Señor. Desearíamos entonces que la oración fuese más simple, y nuestros razonamientos más directos. Anhelamos poseer esa sencillez que es capaz de iluminar la mente y de aligerar el alma.


En todos los casos, conviene recordar que la complicación no viene de Dios. Desde que el diablo tentó a Adan y Eva, sigue tratando de hacernos tener una lectura desfigurada de la realidad: juega con nuestros miedos para angustiarnos con el futuro, o para que imaginemos intenciones rebuscadas en las palabras y en las acciones de los demás. Esta es su trampa, y nos hace más difícil percibir dónde está el bien. Pero Jesús nos ha mostrado que la vida cristiana es mucho más sencilla de lo que a veces nos imaginamos. Pensamos que es necesario hacer razonamientos complicados para descubrir su voluntad, cuando en realidad se presenta en las cosas ordinarias de la vida. «Él actúa siempre en la sencillez: en la sencillez de la casa de Nazaret, en la sencillez del trabajo cotidiano, en la sencillez de la oración»[1].


TRATAR DE entrar en la mirada de Dios a través de la oración, nos ayudará a ver el mundo, y a nosotros mismos, con ojos cada vez más sencillos. Sabernos mirados por él nos da seguridad: entendemos que Dios nos quiere en nuestra verdad, en el bien del que somos capaces aquí y ahora, y que todo lo demás tiene una importancia relativa. Al margen de esa mirada, en cambio, sentimos la necesidad de esconder nuestra fragilidad o de aparentar algo que no somos. Quien se refugia en esa mirada de amor, quien encuentra en Dios su fundamento, goza de la serenidad de los sencillos, porque no depende de las muchas circunstancias que, a fin de cuentas, escapan a su control, o que ya no podemos cambiar. «Somos de la verdad –dice san Juan– y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón» (1 Jn 3,19).


San Josemaría resumía en dos palabras los motivos que tiene un cristiano para hacer oración: «conocerle y conocerte»[2]. En efecto, nuestros ratos de conversación con Dios son el momento adecuado para ganar esa visión serena de los problemas y de nosotros mismos, para que el ovillo de nuestros pensamientos se pueda deshacer con la gracia divina. En este camino, también nos ayudarán las orientaciones que podamos recibir en el acompañamiento espiritual o en los medios de formación. Confiar en alguien que nos conoce puede servirnos para descomplicar la realidad y para restar importancia a esa voz interior que muchas veces se empeña en retorcer nuestros pensamientos.


San Josemaría señalaba que un rasgo de la formación cristiana que se ofrece en el Opus Dei es precisamente la sencillez: «Nuestra ascética tiene la sencillez del evangelio. La complicaríamos si fuéramos complicados, si dejáramos el corazón oscuro»[3]. Toda la ayuda externa que recibimos nos lleva, generalmente, a aceptarnos tal como nos ha hecho Dios. Así comprendemos el bien concreto que podemos hacer hoy y ahora, sin pensar que necesitamos una realidad diferente para ser santos.


LA DIFICULTAD para ser sencillo y abandonarse en las manos de Dios puede tener varias causas relacionadas con nuestro modo de ser: el perfeccionismo, que lleva a la frustración por no lograr los objetivos propuestos y a la parálisis por el miedo a equivocarse; el sentimentalismo, que se guía principalmente por la primera y superficial resonancia que algo genera en nuestro interior; el voluntarismo, que reflexiona poco y encuentra satisfacción en un simple cumplimiento… Además, el ritmo de trabajo no siempre facilita la situación: al poder hacer más cosas cada día, las decisiones que tenemos que tomar aumentan; las prioridades no siempre se presentan con una claridad neta; la competitividad social a veces introduce ambiciones que acaban pesando en el alma… Desearíamos vivir una vida sencilla, pero parece que la realidad es demasiado complicada para permitírnoslo.


Ante este panorama, san Josemaría nos invita a ocuparnos del presente, que es el tiempo oportuno de nuestra santidad. Al fin y al cabo, el ahora es el único tiempo en el que podemos recibir la gracia de Dios: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[4]. En efecto, el pasado o el futuro pueden acabar convirtiéndose en pesos que nos impiden discernir claramente la voluntad del Señor. Él mismo nos dice: «No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,33).


Concentrarnos en una tarea, sin detenernos excesivamente a valorar qué pensarán los demás o qué efectos tendrá en nuestra vida, nos ayudará a enfocar la voluntad y a sacar mayor partido de los propios talentos. Sin duda, es también necesario sopesar los acontecimientos vividos y planificar el futuro, pero eso no debe impedir que, de la mano de Dios, nos concentremos en amar aquí y ahora, porque el amor solo lo podemos dar y recibir en este instante. La Virgen María, que se abandonó con sencillez a los planes de Dios, nos podrá ayudar a vivir cada momento como el instante preciso para amar a Dios y a los demás.

13 de julio de 2023

LA LOGICA DE LA AMISTAD

 


Evangelio (Mt 10,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.


Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA de las características que marcó la vida de los apóstoles fue experimentar la entrega generosa de Jesús a cada persona, sin exigir nada a cambio. «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8), les había dicho. Se sentían afortunados por haber compartido tanto tiempo con Jesús y por haber acogido la llamada a difundir su Evangelio por todo el mundo. No era algo merecido, ni algo que se hubiesen ganado a base de esfuerzo: fue, sencillamente, un don gratuito que Dios les había regalado.


También la vida de los primeros cristianos estuvo caracterizada por esa gratuidad. Tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) que les llevaba a estar pendientes los unos de los otros. No dudaban en poner a disposición sus propias posesiones para velar por las necesidades de la Iglesia y de los más pobres. Todos deseaban colaborar con quien lo necesitase, porque ahora todos eran apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose al servicio de quienes organizaban esa primera evangelización, como los compañeros de viaje de san Pablo.


Esta misma imagen se dibuja también en la Iglesia de hoy. Laicos, sacerdotes y religiosos que viven para recordarnos, con su testimonio o con los sacramentos, que Dios vive entre los hombres. Enfermos y ancianos que, en nombre de todos, unen sus molestias y limitaciones al sufrimiento del Señor. Hombres y mujeres que, con su generosidad, contribuyen a cuidar de los más necesitados. Padres y madres de familia que hacen de su hogar una escuela de amor, como el de la Sagrada Familia, para mejorar a toda la sociedad. Cada uno, desde su sitio, trata de encarnar la misión para la que Dios le ha llamado, y desea comunicar gratuitamente el don que ha recibido sin merecerlo.


LA LÓGICA DE la gratuidad que vivió Cristo se encuentra presente en cualquier relación de amistad. Difícilmente podría ser considerada amiga una persona que lleva cuenta de todo lo que ha hecho por alguien, para poder exigir a cambio una contraprestación. Forjar una buena amistad conlleva «mucho tiempo de hablar, de estar juntos, de conocerse»[1], sin preocuparse demasiado por lo que uno da o recibe. Por eso es todo lo contrario al egoísmo, busca siempre en primer lugar el bien del otro, es sensible a sus necesidades. «Un propósito firme en la amistad –apuntaba san Josemaría–: que en mi pensamiento, en mi palabra, en mis obras respecto a mi prójimo –sea quien sea–, no me conduzca como hasta ahora: es decir, que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia»[2].


Es propio de la amistad dar al otro lo mejor que tenemos, eso es lo que a un buen amigo o a una buena amiga le ilusiona naturalmente. Alguien que ha experimentado el contacto auténtico con Cristo sabe que el don más precioso que tiene es precisamente ese, el de haber conocido a Jesús. Por eso, el apostolado no es algo forzado, sino espontáneo, manifestación del afecto que tenemos hacia la otra persona, siendo conscientes de su situación concreta. Por eso «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[3]. Podemos preguntarnos: ¿cómo cuido a mis amigos? ¿Son mis amistades verdaderos espacios en los que doy y recibo el amor de Cristo a través de los demás? ¿Es mi experiencia de Dios lo más valioso que puedo compartir con las personas que más quiero?


LOS APÓSTOLES no se conformaron con anunciar el Evangelio a los más cercanos. Habían recibido de Jesús el mandato de difundirlo por todo el mundo, pero podemos suponer que incluso antes ya sentían esta necesidad. Un mensaje tan crucial para la propia vida, un evento que cambiaba el sentido de la existencia, no podía limitarse a los territorios próximos a Israel.


San Pablo, durante sus viajes, experimentaba cómo su corazón se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la sinagoga. Pero no era suficiente, y en cuanto pudo fue también al ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19).


También alrededor de nosotros encontramos a muchas personas que tienen sed de un Dios a quien no conocen. Todos, de una manera más o menos velada, buscamos a Dios, llevamos dentro esa nostalgia de nuestro Padre del cielo. Con el testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio podemos manifestar a Cristo a través del ejercicio de nuestras propias tareas[4]. En este sentido, san Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[5]: en la fábrica, en el laboratorio, en el taller, en la propia casa, en las pequeñas y grandes ciudades… En todos esos lugares podemos mostrar el rostro del Señor mediante la amistad sincera. La Virgen María nos ayudará a tener el mismo deseo de los apóstoles por hacer llegar el Evangelio a todas las personas que nos rodean.

12 de julio de 2023

Apertura y la sinceridad en la oración

 


EVANGELIO Mt 10, 1-7


En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.


Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.


A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: "No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos".



PARA TU RATO DE ORACION 


ENTRE los doce apóstoles elegidos por Jesús encontramos personas con todo tipo de historias. Cada uno tenía su pasado, su entorno particular y su propia manera de ser. Algunos eran más impulsivos o entusiastas; otros, en cambio, eran más introvertidos o reflexivos. Unos provenían de entornos que interpretaban la Ley de un modo más estricto, mientras otros quizá no la conocían con mucha profundidad antes de encontrarse con Jesús. En cualquier caso, todos recibieron la misma misión: anunciar la llegada del Reino de Dios. Y para ello, el Señor les dio potestad para expulsar demonios y curar enfermedades (cfr. Mt 10,1-7) y les fue formando progresivamente.


La mayoría de los apóstoles no tenían una especial preparación intelectual para llevar a cabo esta misión. Por lo general, los evangelios nos muestran que eran hombres sencillos. A veces no entendían los ejemplos y las parábolas más simples que ponía el Señor; otras veces se enzarzaban en discusiones superficiales. No obstante, tenían clara una cosa: habían sido elegidos por Cristo. Ser apóstol no es cuestión de tener unas condiciones excepcionales, sino de acoger la llamada de Jesús, de abrirse a su don y contribuir a hacerlo fructificar en la propia vida.


Los Doce habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera. Por eso, sentían la necesidad de extender ese fuego a todos sus contemporáneos. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[1]. Y esto sucede porque tienen una característica natural que atrae al ser humano de cualquier época: la santidad se expande por atracción. Conscientes de la belleza del don recibido, podemos exclamar con el salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9).


SAN JOSEMARÍA, a la hora de considerar la misión de un apóstol, solía destacar la importancia de no perder de vista el sentido final por el que trabaja: «No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[2]. Esa seguridad de que se trabaja por algo mucho más grande de lo que podemos percibir a simple vista ilumina las posibles dificultades que podemos encontrar. Dios no va a mandar nunca algo que no redunde en nuestro bien; algo que, aunque pueda estar compuesto por luces y sombras a lo largo del camino, no redunde al final en nuestra felicidad.


Cualquier proyecto humano grande está compuesto de pequeñas tareas que, en muchas ocasiones, conllevan sacrificios. Ante una dificultad, podemos tener la impresión de que el esfuerzo no vale la pena y, entonces, perdemos la ilusión. Si levantamos la mirada, nos daremos cuenta de que nuestra misión es mucho más grande y esperanzadora que aquel trabajo concreto que nos cuesta. Porque ser apóstol no es cuestión de realizar con mayor o menor perfección un encargo concreto, sino una realidad que constituye nuestra más profunda identidad. Habrá momentos de oscuridad, pero la estrella que marca el norte seguirá brillando siempre: la vida del apóstol tiene en todo momento un porqué, una luz que le orienta. Allá donde se encuentre, no solo realizará «cosas buenas», sino que, con su propio testimonio, estará difundiendo el Evangelio de Cristo.


DURANTE sus años junto a Jesús, los apóstoles se habían ilusionado al ver los milagros que realizaban y las conversiones que habían propiciado. Sin embargo, el entusiasmo inicial daría paso más tarde a la duda, cuando vieron que el Señor iba a ser condenado a muerte. Incluso después, cuando ya sabían que Cristo había resucitado, seguían sin salir de casa por miedo a los judíos. No sería hasta la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés cuando recibieron un nuevo don que daría fuerza a su misión.


El impulso del Paráclito fue lo que les llevó a superar sus miedos para lanzarse a servir a los demás. Esa primera evangelización no consistió en una estrategia humana infalible, sino en «la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[3]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu»; de ahí que «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[4].


También nosotros, en nuestra misión apostólica, quizás podemos notar cómo el entusiasmo sensible inicial va desapareciendo poco a poco. Esto no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido. Atravesaremos momentos en los que tenemos el deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a los demás, y también experimentaremos otros en los que estamos un poco más fríos. En cualquier caso, si estamos dispuestos a que el Espíritu Santo nos transforme, poco a poco nos dará un corazón como el de Cristo, y la misión apostólica se convertirá en el centro de nuestra existencia. Podemos pedir a María que, como ella, sepamos escuchar las inspiraciones que el Paráclito nos dirige cada día.

11 de julio de 2023

DESPRENDIMIENTO


 Evangelio Mateo 19:27-29


Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: 


«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?


Jesús les dijo:


Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.«Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.



PARA TU RATO DE ORACION 


Se lee en el Evangelio de Lucas: "A otro le dijo: Sígueme. Pero éste contestó: Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. Y Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios".


Tomamos de la homilía de san Josemaría 'Desprendimiento', publicada en 'Amigos de Dios', algunos textos para meditar sobre esta virtud.


Se puede decir que nuestro Señor, cara a la misión recibida del Padre, vive al día, tal y como aconsejaba en una de las enseñanzas más sugestivas que salieron de su boca divina: no os inquietéis, en orden a vuestra vida, sobre lo que comeréis; ni en orden a vuestro cuerpo, sobre qué vestiréis. Importa más la vida que la comida, y el cuerpo que el vestido. Fijaos en los cuervos: no siembran, ni siegan, no tienen despensa, ni granero; y, sin embargo, Dios los alimenta. Pues, ¡cuánto más valéis vosotros!... Mirad cómo crecen los lirios: no trabajan, ni hilan; y, no obstante, os aseguro que ni Salomón, con toda su magnificencia, estuvo jamás vestido como una de estas flores. Pues, si a una hierba que hoy crece en el campo y mañana se echa al fuego, Dios así la viste, ¿cuánto más hará con vosotros, hombres de poquísima fe?.


Señores de la Creación


Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros —¡con fe recia!— de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural.


Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá.


Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación, y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán.


"Mi experiencia personal"


(117) Permitidme que, una vez más, os manifieste una partecica de mi experiencia personal. Os abro mi alma, en la presencia de Dios, con la persuasión más absoluta de que no soy modelo de nada, de que soy un pingajo, un pobre instrumento —sordo e inepto— que el Señor ha utilizado para que se compruebe, con más evidencia, que El escribe perfectamente con la pata de una mesa.


Por tanto, al hablaros de mí, no se me pasa por la cabeza, ¡ni de lejos!, el pensamiento de que en mi actuación haya un poco de mérito mío; y mucho menos pretendo imponeros que caminéis por donde el Señor me ha llevado a mí, ya que puede muy bien suceder que no os pida el Maestro a vosotros lo que tanto me ha ayudado a trabajar sin impedimento en esta Obra de Dios, a la que he dedicado mi entera existencia.


Os aseguro —lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos— que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest, que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.


Desde los comienzos del Opus Dei, en 1928, aparte de que no contaba con ningún recurso humano, nunca he manejado personalmente ni un céntimo; ni tampoco he intervenido directamente en las lógicas cuestiones económicas, que se plantean al realizar cualquier tarea en la que participan criaturas —hombres de carne y hueso, no ángeles—, que precisan de instrumentos materiales para desarrollar con eficacia su labor.


El Opus Dei ha necesitado y pienso que necesitará siempre —hasta el fin de los tiempos— la colaboración generosa de muchos, para sostener las obras apostólicas: de una parte, porque esas actividades jamás son rentables; de otra, porque, aunque aumente el número de los que cooperan y el trabajo de mis hijos, si hay amor de Dios, el apostolado se ensancha y las demandas se multiplican.


Por eso, en más de una ocasión, he hecho reír a mis hijos, pues mientras les impulsaba con fortaleza a que respondiesen fielmente a la gracia de Dios, les animaba a encararse descaradamente con el Señor, pidiéndole más gracia y el dinero, contante y sonante, que nos urgía.


Obreros, menestrales, universitarios...


En los primeros años, carecíamos hasta de lo más indispensable. Atraídos por el fuego de Dios, venían a mi alrededor obreros, menestrales, universitarios..., que ignoraban la estrechez y la indigencia en que nos encontrábamos, porque siempre en el Opus Dei, con el auxilio del Cielo, hemos procurado trabajar de manera que el sacrificio y la oración fueran abundantes y escondidos.


Al volver ahora la mirada a aquella época, brota del corazón una acción de gracias rendida: ¡qué seguridad había en nuestras almas! Sabíamos que, buscando el reino de Dios y su justicia, lo demás se nos concedería por añadidura. Y os puedo asegurar que ninguna iniciativa apostólica ha dejado de llevarse a cabo por falta de recursos materiales: en el momento preciso, de una forma o de otra, nuestro Padre Dios con su Providencia ordinaria nos facilitaba lo que era menester, para que viéramos que El es siempre buen pagador.


(118) Si queréis actuar a toda hora como señores de vosotros mismos, os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares..., emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea profesional, a vuestro país, a la humanidad entera.


Mirad que lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son sólo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo: no queráis amontonar tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen y donde los ladrones los desentierran y roban; atesorad en cambio bienes en el cielo, donde no hay orín, ni la polilla los consume, ni tampoco ladrones que los descubran y los roben. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.


Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de esos mismos bienes que quizá se han logrado a base de esfuerzos y renuncias sin cuento.


Donde Dios no cabe


Pero, sobre todo, os recomiendo que no olvidéis jamás que Dios no cabe, no habita en un corazón enfangado por un amor sin orden, tosco, vano. Ninguno puede servir a dos señores, porque tendría aversión a uno y amor al otro, o si se sujeta al primero, despreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. Anclemos, pues, el corazón en el amor capaz de hacernos felices... Deseemos los tesoros del cielo.


(119) No te estoy llevando hacia una dejación en el cumplimiento de tus deberes o en la exigencia de tus derechos. Al contrario, para cada uno de nosotros, de ordinario, una retirada en ese frente equivale a desertar cobardemente de la pelea para ser santos, a la que Dios nos ha llamado.


Por eso, con seguridad de conciencia, has de poner empeño —especialmente en tu trabajo— para que ni a ti ni a los tuyos os falte lo conveniente para vivir con cristiana dignidad. Si en algún momento experimentas en tu carne el peso de la indigencia, no te entristezcas ni te rebeles; pero, insisto, procura emplear todos los recursos nobles para superar esa situación, porque obrar de otra forma sería tentar a Dios.


Y mientras luchas, acuérdate además de que omnia in bonum!, todo —también la escasez, la pobreza— coopera al bien de los que aman al Señor; acostúmbrate, ya desde ahora, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quisieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la incomprensión, la deshonra...


Aliviar las cargas de los demás


(120) Somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea.


Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos


10 de julio de 2023

PERSEVERANCIA EN LA ORACION

 



Evangelio (Mt 9, 18-26)


Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó, se postró ante él y le dijo:

—Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá.

Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos.

En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: «Con sólo tocar su manto me curaré». Jesús se volvió y mirándola le dijo:

—Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.

Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer.

Después de esto, al llegar Jesús a la casa de aquel personaje, en cuanto vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada, dijo:

—Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme.

Pero se reían de él. Y, cuando echaron de allí a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Y esta noticia corrió por toda aquella comarca.



PARA TU RATO DE ORACION 



JAIRO es un hombre importante en la ciudad. La gente le tiene respeto y cariño. Hoy, sin embargo, es quizá el día más triste de su vida: acaba de ver morir a su hija. Ella padecía desde hace algún tiempo una enfermedad que, pese a todos los tratamientos aplicados, no había podido sanar. El desenlace, para muchos, era más que previsible. Mientras llega la gente a su casa para dar el último adiós a la pequeña, Jairo se da cuenta de que todavía no está todo perdido. Ha oído hablar de un hombre que realiza milagros: seguramente él puede hacer algo. Así pues, con decisión, sale en su busca. Al dar con él, se postra y, con tono suplicante, le dice: «Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18).


Hay un abismo de pena y otro de esperanza en la frase breve y contundente de aquel magistrado. La tremenda noticia inicial –«mi hija acaba de morir»– va seguida de un ruego que, en realidad, parece casi un mandato: «Ven, pon la mano sobre ella». Se trata de una súplica apremiante que nace de la fe, de la confianza en la omnipotencia de Jesús. Por eso cierra su petición con una certeza: «Y vivirá». Estos tres acordes de la oración de Jairo pueden ser también un modelo para la nuestra. Aquel hombre desafió el sentido común cuando interpeló al Señor, y lo hizo porque estaba convencido de que el milagro era posible.


«Todas las cosas tienen su tiempo –comentaba en una ocasión san Josemaría–. El Señor conoce perfectamente nuestras necesidades, pero quiere que le pidamos con aquella insistencia de los personajes del Evangelio»[1]. Jesús se debió de emocionar al oír esa súplica llena de fe de Jairo. Por eso se levantó y, junto a sus discípulos, se dirigió a la casa de aquel hombre. No sabemos bien hasta qué punto el Señor es sensible ante nuestros problemas y ante las peticiones que le presentamos; sí podemos tener la certeza de que los conoce mejor que nosotros mismos. Sin embargo, ha querido dejarnos participar de sus obras mediante nuestra oración de petición, además de que pedir a Dios aumenta nuestra fe, nos introduce poco a poco en el misterio de la voluntad divina.


MIENTRAS Jesús se dirigía a la casa de Jairo, se acercó discretamente una mujer enferma. San Mateo precisa que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. En ese tiempo, ella también ha empleado todo su dinero para encontrar una cura, sin resultado alguno. Al contemplar la escena, parece razonable pensar que haya acudido muchas veces a Dios, pidiendo una solución. En esta ocasión, intuyó que Jesús podía concederle aquello que tanto deseaba y, «acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto me curaré”» (Mt 9,20-21).


El Señor, al notar la fuerza que había salido de él, «se volvió y mirándola le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”» (Mt 9,22). Aquella mujer, al contrario de Jairo, no se había atrevido a presentar su petición. Quizá la enfermedad que sufría le provocaba vergüenza, y no se sentía con fuerzas para explicar ante todos los allí presentes el mal que padecía. En cambio, realizó un gesto que, humanamente, no parecía tener mucho sentido, pero que manifestaba una fe audaz: tocar el manto de Jesús. Y lo que todos los tratamientos de la época no habían podido resolver, lo hizo un atrevido y discreto acto de fe.


«De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a él»[2]. ¿Cuáles son mis enfermedades interiores, aquellas que, como la hemorroísa, quizá no me atrevo siquiera a pensar o a exteriorizar? ¿Creo que Dios tiene la fuerza suficiente para curarme, si es que eso es lo mejor para mí? La hija de Jairo y esta mujer son una muestra más de que el Señor no ha venido para los justos, sino para los pecadores (cfr. Lc 5,32).


CUANDO Jesús llegó a la casa de Jairo, «vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada». Dirigiéndose a todos los presentes, les dijo: «Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme». El evangelista recoge cuál fue la reacción de la muchedumbre: «Se reían de él» (Mt 9,23-24). Probablemente Jairo se habrá sentido desanimado al escuchar aquellas carcajadas. En su interior quizá en un primer momento pensaría que, efectivamente, la situación no tenía mucho sentido: su hija había muerto y no había nada que hacer. Pero rápidamente volvería a renovar su fe y a perseverar en su petición. Decidió secundar las palabras del Maestro: echó de allí a todos los invitados, hizo entrar a Jesús en la habitación de su hija y él, tomándola de la mano, obró el milagro: «La niña se levantó» (Mt 9,25).


En ocasiones, cuando hacemos una petición al Señor, podemos experimentar, como Jairo, momentos de desesperanza. Vemos que nuestra súplica no tiene frutos inmediatos y que, incluso, otras personas no se toman en serio nuestra fe. Pero Dios cuenta muchas veces con la perseverante confianza en nuestros ruegos porque sabe mejor que nosotros cuánto nos fortalece ese empeño, cómo se purifica nuestro corazón en esa esperanza. De hecho, muchas veces ese será el verdadero milagro, quizá menos vistoso pero más profundo. De ahí que una característica de la oración sea la tenacidad. «Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera»[3].


Tanto Jairo como la mujer enferma nos muestran el camino hacia el corazón del Señor: una insistente y humilde oración de petición. El hombre lo hace de forma explícita y clara; la mujer, de un modo discreto pero atrevido. Los dos conquistan a Jesús con el reconocimiento de su necesidad, su audacia y su fe. La Virgen María nos podrá ayudar a presentar así nuestras súplicas a su Hijo.



9 de julio de 2023

EL DESCANSO NECESARIO

 


Evangelio (Mt 11,25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.



PARA TU RATO DE ORACION 



EN UNA OCASIÓN, Jesús dirigió estas palabras a sus discípulos mientras oraba: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Es normal que con frecuencia busquemos modos de reparar el cansancio de la vida cotidiana. En estos momentos, el Señor se presenta como garantía para recuperar las fuerzas y serenar el espíritu. Un rato de oración silenciosa con él nos puede ayudar a apreciar con una perspectiva distinta lo que hemos vivido en la jornada: a la luz de los ojos de Dios, que es un Padre misericordioso, podemos ver de una manera diferente cada uno de esos sucesos. Por eso la oración tiene algo de refugio: junto al sagrario muchas veces se reducen las tensiones, se desvanecen los enfados, reconquistamos la calma y alejamos las nubes que quizá empañan nuestra alegría.


«Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31), les dijo el Señor a los apóstoles en otro momento, y lo mismo nos dice a nosotros. Hoy, con el ritmo agitado de cada jornada llena de trabajo, con un entorno muchas veces lleno de ruido, esa desconexión quizá se plantea como un ideal bonito, pero prácticamente irrealizable. Quisiéramos sustraernos de tantos estímulos que reclaman nuestra atención para centrarnos en lo esencial, pero nos damos cuenta de que no es tan sencillo.


El Papa ha dado algunos consejos muy concretos para facilitar ese clima de recogimiento: «Aprendamos a detenernos, a apagar el teléfono móvil, a contemplar la naturaleza, a regenerarnos en el diálogo con Dios»[1]. Del mismo modo que el descanso físico ayuda al cuerpo a recuperarse, un fenómeno análogo se produce en nuestro corazón y en nuestra alma cuando reservamos un tiempo tranquilo para Dios, sin prisas. Él nos ayudará a recuperar la alegría y la serenidad –si las hubiésemos perdido– y nos dará las fuerzas para luchar en las pequeñas o grandes batallas de cada día.


SAN JOSEMARÍA, en una meditación que dirigió a unos hijos suyos en Roma, hablaba de la fuente de nuestra fortaleza. Conforme pasan los años, es normal que sintamos más el cansancio después de una jornada de trabajo, o bien nos pesa con mayor intensidad algún defecto recurrente, propio o ajeno. Además, la aparición de una enfermedad puede quitarnos las fuerzas físicas e, incluso, debilitarnos interiormente. En esos momentos, el fundador del Opus Dei animaba a buscar refugio en el trato constante con Cristo. «Descubriréis qué fácil resulta entonces la lucha –decía–, veréis cómo todo, todo, todo, hasta aquello que parecía debilidad, se convierte en fortaleza»[2].


Esta actitud nos permite vivir esas contrariedades de un modo distinto. Jesús, por lo general, no hace desaparecer los problemas por arte de magia, como si bastase acudir a él para tener una vida sin sobresaltos. Al buscar cobijo en su corazón, no necesariamente cambian los sucesos externos, pero aprendemos a tener una perspectiva divina de todo lo que nos sucede. Incluso aquello que nos contraría y que no terminamos de entender tiene un sentido que solo podemos descubrir si confiamos en Dios. «Solo entonces podremos contemplar las cosas con su mirada, porque él ve más allá de la tormenta. A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar»[3].


EL SEÑOR cuenta con nosotros para ayudar a descansar a las personas que nos rodean. Más aún, será él mismo quien ofrezca consuelo y aliento a través de nuestra humanidad, unida a la suya. Probablemente también nosotros hayamos encontrado ese descanso en la presencia de un amigo que, como Jesús, ha sabido escucharnos y nos ha reconfortado con sus palabras y con sus gestos. Es una manifestación de ese deseo de ser ipse Christus –el mismo Cristo– que late en la vida interior del cristiano.


En ocasiones, hacer descansar a otros puede suponer compartir el peso de sus preocupaciones e inquietudes, hacer propia la carga que les cansa o les agobia. Esto implica, a veces, ir un poco más allá de nuestros esquemas y ajustar de modo distinto los planes que teníamos pensado hacer. Una actividad pasa entonces a un segundo plano para ayudar a esa persona que nos busca. De este modo, nuestro corazón se va asemejando más al de Jesús, que «tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Is 53,4), que estuvo dispuesto a sufrir serenamente por nosotros hasta límites insospechados.


Cuando hemos recibido el consuelo de Cristo, sentimos el impulso de convertirnos en descanso para nuestros hermanos. Ver que Jesús ha cargado con nuestro peso nos alienta a hacer lo mismo con los demás. La Virgen María nos ayudará a encontrar el descanso en su Hijo y a darlo a quienes nos rodean. Ella, como madre, reconoce enseguida cuándo estamos cansados o agobiados y nos dice: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»[4].

8 de julio de 2023

Descubrir y gozar de los bienes de Dios.




 Evangelio (Mt 9, 14-17) 

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:

—¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?

Jesús les respondió:

—¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.

»Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido y se produce un desgarrón peor. Ni se echa vino nuevo en odres viejos; porque entonces los odres revientan, y el vino se derrama, y los odres se pierden. El vino nuevo lo echan en odres nuevos y así los dos se conservan.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS NO ERA un maestro convencional. Llamaba la atención de sus contemporáneos por la libertad con que actuaba y por la autoridad con que enseñaba. Los maestros de Israel de la época, por su parte, eran meticulosos con los preceptos que vivía el pueblo de Israel, hasta el punto de enseñar una casuística que no siempre distinguía lo esencial de lo accidental. Aquello algunas veces se convertía en una compleja guía externa que había que aprender y seguir. Pero las enseñanzas de Jesús tienen un tono distinto: también continuador de la tradición recibida por el pueblo de Israel, sus acciones no se limitaban solamente a cumplir preceptos externos, ni lo enseñaba así a sus discípulos, sino que buscaba suscitar la conversión desde el interior de la persona.


Esto provocó, por ejemplo, que varios se sorprendieran al notar que ni él ni sus discípulos ayunaban en ciertas ocasiones. Cristo responde a sus interlocutores con una imagen de la época: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?» (Lc 9,15). En las bodas de entonces, los íntimos del esposo tenían la tarea de fomentar el tono de alegría de la fiesta. Incluso la ley dispensaba a los amigos del esposo de diversas obligaciones legales, si estas no favorecían el ambiente alegre de la fiesta de bodas. Con esta comparación, Jesús alude a su persona como al esposo, y a sus discípulos como a los amigos del esposo. Él ha traído la alegría de la salvación al mundo.


Dios quiere nuestra felicidad, y no nos manda nada que nos desvíe de aquella meta. Es verdad que, precisamente porque se trata de un objetivo ambicioso, muchas veces costará esfuerzos; otras veces no comprenderemos sus caminos, que pueden también contar con el sufrimiento. Pero los preceptos de Dios nos guían hacia una vida libre y feliz. «Un filósofo decía: “No comprendo cómo se puede creer hoy, porque aquellos que dicen que creen tienen cara de funeral. No dan testimonio de la alegría de la resurrección de Jesucristo”. Es verdad que hay muchos cristianos con cara de tristeza… ¡Pero Cristo ha resucitado! ¡Cristo te ama! ¿Y tú no tienes alegría? Pensemos un poco en esto y preguntémonos: ¿Yo estoy alegre porque el Señor está cerca de mí, porque el Señor me ama, porque el Señor me ha redimido?»1.


ESTA IMAGEN nupcial es también, en boca de Jesús, ocasión para un anuncio profético de su muerte: «Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán» (Lc 9,15). El esposo arrebatado en la cruz, que llenará de luto los corazones de sus discípulos, es la expresión más cumplida de cualquier ayuno. Tanto en el ayuno como en la cruz, hay luto y privación; pero ambos están impregnados por la alegría de cumplir la voluntad de Dios y por la esperanza de una vida nueva. Por eso el ayuno no es solamente privación, no termina en sí mismo, sino que está orientado a alimentarse de la voluntad del Padre. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34), dijo también Jesús. Esta privación, este movimiento inicial de renuncia a uno mismo, impide que el corazón se quede pegado a las comodidades personales y nos ayuda a tener despierta la sensibilidad espiritual; así podremos descubrir y gozar de los bienes de Dios.


En otro momento, Jesús invita a la gente a dar limosna, a rezar y a ayunar sin que lo sepan las demás personas, sino solamente de cara al Padre del cielo. Esto también sorprendía a algunos de los oyentes de la época, pues en muchos casos realizaban precisamente esas buenas obras para ganarse la consideración de los demás. Pero Jesús nos recuerda que el valor de las acciones no depende de cómo son vistas por ojos ajenos. En muchas ocasiones, Dios será el único que aprecia una oración, un sacrificio o un gesto de generosidad. Y esto será suficiente. «Tu sonrisa –escribe san Josemaría– puede ser a veces, para ti, la mejor mortificación y aun la mejor penitencia: ese alter alterius onera portate (Gál 6,2), aquel llevar las cargas de los demás, procurando que tu ayuda pase inadvertida, sin que te alaben, sin que nadie la vea, y así no pierda el mérito delante de Dios»2. De este modo, pasando oculto, como la sal, el cristiano condimenta todos los ambientes, logrando que «todo sea sobrenaturalmente amable y sabroso»3.


«TAMPOCO se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan» (Mt 9,17). El odre era una bolsa de cuero. Una vez curtida la bolsa, se aplicaba una costura alrededor del cuero dejando solamente un orificio en la parte del cuello, por donde era vertido el líquido para su preservación. El vino nuevo se vertía en el odre y se dejaba reposar. Conforme el vino iba fermentando, la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas. Pero si el odre era viejo, se ponía duro y perdía elasticidad. Así que si se vertía vino nuevo en un odre endurecido, al fermentar el vino podía reventar el odre, perdiéndose tanto el odre como el vino.


Jesús trae siempre el vino nuevo. Ese vino nuevo es el Espíritu Santo, es la buena noticia de la redención. Y la señal más clara de la presencia del Espíritu Santo en la persona es la alegría. No es casual que Jesús haya querido comenzar su vida pública convirtiendo el agua en un vino exquisito, en el contexto de un banquete de bodas. Cristo ha venido a llenarnos de una vida que alegra el corazón, como el vino alegra un banquete. Pero ese vino nuevo necesita verterse en los odres nuevos que son nuestros corazones. Por eso Jesús prepara los corazones de sus discípulos para que puedan contener la fuerza y la novedad de su vida divina.


Las enseñanzas de ciertos escribas y fariseos de Israel, con sus casuísticas y su vigilancia meramente externa, hacen las veces de odres viejos. La vida nueva del cristiano tiene un principio interior que va más allá. Para llenarse del vino nuevo, el corazón ha de aprender a escuchar y ser dócil al Espíritu Santo, que es fuente de continua renovación. Por eso, podemos pedir a la Virgen que nos dé un corazón como el suyo, capaz de abrirse al vino nuevo que es la vida de Dios en nosotros.