"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de agosto de 2023

SAN PIO X Papa

 



EVANGELIO S JUAN 15 - 27


Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro:


 «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»


El le respondió:

 «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: 

«Apacienta mis corderos.»


Le volvió a decir por segunda vez: 

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»


El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»


Jesús le dijo: 

«Apacienta mis ovejas.»


Le preguntó por tercera vez: 

«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»



PARA TU RATO DE ORACION 


El 21 de agosto se celebra la fiesta de San Pío X. San Josemaría le encomendó lo referente a las relaciones de la Obra con la Santa Sede. 


Hay dos hechos de su vida infantil que vale la pena indicar y se sitúan dentro del discurso que hemos hecho. El primero guarda relación con un premio de buena conducta infantil que el pequeño Josemaría Escrivá recibió el 4 de octubre de 1908: el premio provenía de un concurso realizado con ocasión del cincuentenario de la ordenación sacerdotal de Pío X, para premiar a los niños de mejor conducta en la diócesis de Barbastro, en la que residía entonces con sus padres. En la entrega del premio estuvo presente el obispo administrador diocesano Mons. Isidro Badía y Sarradell y, al terminar, fue enviado un telegrama al Santo Padre en nombre de toda la diócesis manifestando el amor filial de todos sus miembros. Esto motivó una respuesta, también con un telegrama, del cardenal secretario de estado Rafael Merry del Val. Otro suceso importante de aquella época fue el decreto de 1910 por el que el papa permitió que se diera la Primera Comunión a los niños de siete años en adelante, motivo por el cual san Josemaría pudo hacer la suya poco tiempo después, el 23 de abril de 1912. Esa fecha quedó grabada para siempre en su memoria y, a lo largo de su vida, se refirió muchas veces a este decreto de Pío X con agradecimiento y veneración.


En nuestra investigación, no hemos encontrado ningún documento jurídico en el que el fundador del Opus Dei haya dejado constancia de haber nombrado a san Pío X como intercesor del Opus Dei. Para poder determinar la fecha de lo ocurrido, consultamos diversas fuentes, como los testimonios recogidos con ocasión del proceso de beatificación y canonización de san Josemaría Escrivá, los diarios de las estancias romanas del fundador del Opus Dei y, en la medida de lo posible, las notas o referencias formuladas por él mismo. De esa consulta emerge que la decisión de nombrar a san Pío X intercesor de la Obra no responde a un hecho aislado. Los datos que hemos recogido muestran que se explica mejor dentro de la devoción de san Josemaría Escrivá a san Pío X, que se amplía y extiende a lo largo del tiempo, hasta el final de su vida. A continuación, expondremos en orden cronológico los elementos que hemos encontrado.


El primer registro que tenemos de una referencia en la que manifiesta su convencimiento de la santidad de Pío X está en la predicación de san Josemaría Escrivá en mayo de 1937, mientras permanecía recluido en la Legación de Honduras, durante la guerra civil española. En aquella ocasión, el fundador del Opus Dei asoció el lema del pontificado instaurare omnia in Christo a la misión de reconducir la creación a Cristo según la luz que había recibido el día 7 de agosto de 1931: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum. Del mismo año 1937, tenemos otra referencia a Pío X; una breve anécdota ocurrida en Lourdes después de la celebración de la Santa Misa en el santuario, o sea, en una de las últimas etapas del paso de los Pirineos. La situamos, por tanto, en los primeros días de diciembre de aquel año. A la salida de la Cripta de la Basílica del Rosario, san Josemaría se encontró delante de una estatua de Pío X muy bella y allí renovó su amor y fidelidad al papa. «¡Con qué honda satisfacción le besé la mano!», escribió.


Pasada la guerra civil española, encontramos el relato de un testigo: «Un día de aquella primavera o verano de 1940, estaba hablándonos el Padre, en el oratorio de Jenner, de la Sagrada Eucaristía y, de pasada, se refirió a la decisiva influencia que había tenido Pío X en promover la comunión frecuente. Al hacerlo, dijo de una manera tan firme y segura que no dejó en mí lugar a dudas, que Pío X había sido un papa muy santo y que le veríamos pronto en los altares. Esto sucedía bastantes años antes de que se le canonizara». Entre los escritos que se conservan hay una dedicatoria que puso en el libro de Ferruccio de Carli, Pío X y su tiempo, regalado a una hermana de D. Eliodoro Gil el día 6 de enero de 1944.


Podemos concluir que antes de viajar a Roma y de trasladarse definitivamente a vivir en la Ciudad Eterna, el fundador del Opus Dei ya consideraba a Pío X como santo y le tenía una devoción particular, manifestada en su oración y en la difusión de su vida. Entre los aspectos de la vida y obras de este papa más presentes en la mente de san Josemaría, la Eucaristía tiene un lugar destacado, seguida del amor a la Iglesia y del deseo de que el Reino de Cristo sea instaurado en todas las personas. No consta ninguna referencia al modernismo, a la libertad de la Iglesia, a la reforma de la música sacra o a otros asuntos. Si tenemos en cuenta lo dicho antes sobre la devoción a san Pío X en España, se puede concluir que los datos disponibles muestran que la devoción de san Josemaría converge y es coherente, en sus líneas principales, con la que hemos podido comprobar en el país desde las fuentes documentales del proceso de san Pío X.


El siguiente grupo de pruebas documentales se refiere a los primeros años de la vida de san Josemaría Escrivá en Roma, antes de la canonización de Pío X, o sea, entre junio de 1946 y mayo de 1954. Como hemos visto, cuando llegó a la Ciudad Eterna, el piso inferior de la Basílica de San Pedro estaba en profunda remodelación, motivada por el hallazgo de la tumba de san Pedro y de la Necrópolis vaticana, pero el cuerpo de Pío X ya había sido trasladado provisionalmente a un nicho en la pared del lado derecho de la capilla de la Presentación de la misma Basílica, por lo tanto, ya estaba accesible a todos los peregrinos. Con la beatificación, la urna con los restos mortales del papa fue colocada en el altar de Cristo Rey, en la Cripta de los Papas y, el 17 de febrero de 1952, trasladada al altar de la Capilla de la Presentación.


Hay abundante documentación relativa a las frecuentes visitas de san Josemaría Escrivá a la Basílica, y a su costumbre de rezar un Credo delante del altar de la Confesión. En los diarios de los centros de Roma de esos primeros años consta claramente esta devoción de «acudir a rezar un Credo en San Pedro», aunque en términos muy genéricos y variados, por lo que el Símbolo podía ser rezado también en la Plaza —a veces se indica que fue rezado desde el foco de una de las elipses del Colonnato— o dentro de la Basílica. Como en aquella época era posible entrar habitualmente con el coche hasta dentro de la Plaza, consta que alguna vez san Josemaría no llegaba a bajar del automóvil: aprovechaba estar de paso cerca de San Pedro para parar en la misma Plaza y rezar un Credo sin salir del coche. Desde octubre de 1953, esos mismos diarios relatan de vez en cuando que los miembros del Opus Dei que viajaban a Roma eran acompañados por el fundador o por otra persona de la Obra al interior de la Basílica, quedándose algunos minutos dentro para rezar. En fechas posteriores aparece con más claridad el recorrido que san Josemaría Escrivá aconsejaba hacer al entrar en San Pedro: primero, hacer una visita al Santísimo Sacramento; luego, rezar una Salve junto de una de las imágenes de la Virgen; en tercer lugar, rezar un Credo de rodillas delante del altar de la Confesión; y en cuarto lugar, rezar un Padrenuestro junto a la tumba de san Pío X, que estaba en la capilla de la Presentación, para pedir por el papa, por la Iglesia y por alguna intención especial unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede.


Los diarios del centro de Piazza della Città Leonina y, más tarde, del Colegio Romano de la Santa Cruz, relatan que san Josemaría procuraba ir a celebrar la Santa Misa en San Pedro en uno de los días siguientes a sus llegadas a Roma y en uno de los días anteriores a sus salidas de Roma. No disponemos de un registro de los altares en los que pudo celebrar cada una de esas misas, pero consta en el diario que el 31 de agosto de 1946, fecha en la que regresaba a España, san Josemaría fue con el beato Álvaro del Portillo a San Pedro, por la mañana, a rezar. Sabemos por esa fuente que don Álvaro celebró la Santa Misa «en el altar de Pío X» y san Josemaría regresó y celebró la Misa en casa. Sabemos también, de un modo genérico, que san Josemaría celebró en la Basílica de San Pedro en otras fechas y que fue a rezar varias veces junto a la tumba de Pío X antes de su canonización. Por lo que parece, alrededor del día 12 de febrero de 1953, san Josemaría fue varias veces a la Basílica o a la Plaza de San Pedro para rezar. El día 26 de febrero de ese mismo año, el diario recoge que san Josemaría y el beato Álvaro del Portillo fueron al dentista y, de paso, a la Basílica de San Pedro, en donde entraron, ya que el fundador «quería rezar a san Pío X [sic]». El texto del diario parece cometer un error, ya que Pío X era solo beato entonces. Este error vuelve a aparecer en el día siguiente, 27 de febrero:


En octubre de ese mismo año, en la fiesta de Cristo Rey, el fundador del Opus Dei volvió a consagrar la Obra y sus apostolados, esta vez al Sagrado Corazón de Jesús. Sabemos, por último, que al final de ese año, san Josemaría había pedido a todos los miembros del Opus Dei que se prepararan bien para las bodas de plata de la Obra, que se celebrarían el 2 de octubre de 1953.

Finalmente, consta también sin duda que en aquel momento —febrero de 1953— Pío X era solo beato y la aprobación de los milagros para la canonización, como ya hemos visto, es del 17 de enero de 1954, casi un año después. El diario del Colegio Romano lo llama «santo» varias veces, por lo que parece imposible que sea un error. Probablemente el diario refleja un tono oral de conversación con el que se hace referencia a un santo, sin la intención de precisar su situación específica (beato o santo).

El siguiente evento que nos interesa es la canonización de Pío X, registrada oportunamente en el diario, porque en ese día, que era sábado, el horario de la casa cambió para facilitar la asistencia al acto. L’Osservatore Romano y el diario del Colegio Romano refieren la gran afluencia de personas, que llenó la Plaza de San Pedro. L’Osservatore Romano dice que Pío XII celebró la canonización en la Plaza, a causa del gran número de peregrinos, y ofrece también el texto íntegro de su homilía. El diario del Colegio Romano narra las peripecias de varios miembros de la Obra para estar lo más cerca posible del papa durante la ceremonia, relata que vinieron de España varias personas conocidas para la celebración y detalla que san Josemaría pudo ver la canonización en Villa Tevere por la televisión. El día anterior a la canonización, el fundador dijo a los que vivían con él que Pío X era intercesor de la Obra en lo referente a las relaciones con la Santa Sede.

En cuanto a la devoción de san Josemaría Escrivá a este papa, las fuentes que hemos consultado muestran que es cada vez más explícito el recorrido que aconsejaba que hicieran los peregrinos en la Basílica de San Pedro.

Hemos encontrado también alguna referencia a los elogios que el fundador del Opus Dei hacía a este papa cuando hablaba de él a los miembros de la Obra a fines de los años 50 y, por último, hemos encontrado un testimonio explícito de una visita de san Josemaría Escrivá a la tumba de san Pío X en 1962, para pedir por alguna intención. Esta misma oración a san Pío X la pidió a los miembros de la Obra en distintas ocasiones antes del inicio del Concilio Vaticano II, y se recogen en las fuentes que hemos podido consultar.190 Es también de ese tiempo el interés del fundador del Opus Dei en disponer de alguna reliquia de este papa para guardarla en un relicario en el Oratorio de la Santísima Trinidad, en Villa Tevere; consta que en el verano de 1958 ya tenía una.

Además, hay tres referencias de tipo arquitectónico o artístico, todas de la segunda mitad de los años 50, en las que se manifiesta la presencia de san Pío X entre los intercesores del Opus Dei. La primera es el sagrario del oratorio de Pentecostés, situado en la sede central del Opus Dei en Roma, que contiene cuatro pequeñas estatuas de los intercesores. Sabemos que el fundador del Opus Dei dedicó el altar de ese oratorio el lunes, 11 de marzo de 1957, por la noche. Sobre este sagrario hay una referencia en el diario de las obras de Villa Tevere que cuenta que se ha encargado un «coprifilo» para los peldaños del Tabernáculo de ese oratorio el día 12 de enero de aquel año. Se trata de una especie de medallón que cubre las uniones de los aros que ornamentan los tres peldaños de la base circular del sagrario. La principal biografía de san Josemaría recoge que el sagrario del oratorio de Pentecostés llegó a Roma el día 29 de septiembre de 1956, y sabemos que había sido encargado a «Talleres de Arte Granda» dos años antes.

La segunda es el conjunto de cinco relicarios que actualmente está en el oratorio de la Santísima Trinidad, que también se encuentra en los edificios que componen la sede central del Opus Dei en Roma. En el diario de las obras de Villa Tevere del año 1957 aparece por primera vez una alusión a los relicarios por parte de san Josemaría Escrivá: «el Padre le ha dicho a Jesús A. G. [Jesús Álvarez Gazapo] que en el altar del oratorio del Padre [oratorio de la Santísima Trinidad, utilizado por el prelado] haremos unas pruebas para poner unas arquetas, entre los candelabros, que contendrán reliquias de los patronos [sic]: el cura de Ars, santo Tomás Moro, Pío X, etc. Se podrían hacer en plata dorada o en ottone [latón] dorado». La fecha de esta anotación es el 22 de enero de aquel año. La tercera es el retablo del oratorio del Aula, situado también en la sede de la curia prelaticia del Opus Dei en Roma, que tiene sendos relieves de los cuatro intercesores existentes entonces. La fecha de dedicación de ese oratorio es 1959.

Podemos concluir que la devoción de san Josemaría Escrivá a san Pío X era ya muy grande antes de su canonización, le rezaba, visitaba su tumba con frecuencia, difundía su devoción, y había incluso confiado las relaciones de la Obra con la Santa Sede a su intercesión cuando era todavía beato, en la segunda mitad de febrero de 1953. Su canonización fue vivida por el fundador del Opus Dei y por sus miembros con gran alegría. San Josemaría Escrivá recuerda a este papa principalmente por la Eucaristía, pero también por sus virtudes y otras acciones. Su intercesión está muy unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede en el período de 1946-1965, o sea, los años en que se obtuvieron varias aprobaciones pontificias y se hicieron diversos intentos para lograr una solución jurídica más adecuada. Como es sabido, esta quedó aplazada para después del Concilio Vaticano II.



20 de agosto de 2023

Sin Él nada podemos

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


— ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


— Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


— No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


— ¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


— ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante.


PARA TU RATO DE ORACION


La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.


Pero la fama de Jesús había llegado hasta allí, y una mujer sale a su encuentro para pedirle que ayude a su hija: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio” (v. 22). Ella, que no pertenecía al pueblo elegido, lo reconoce como el Hijo de David, el Mesías largamente esperado, y con gran confianza le pide que ayude a su hija.


Observa san Agustín que esta mujer cananea “nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad”[1]. Jesús, al principio, parece que no le hace caso, pero ella “clamaba al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a ejecutar”[2]. Cuando ella insiste, el Maestro le responde que ha venido a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús vino a salvar a todos, como lo señaló claramente en otra ocasión ante sus discípulos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,16), pero su misión redentora debía comenzar por su propio pueblo, los judíos.


La mujer cananea no se da por vencida y continúa importunándolo. En aquel tiempo, los judíos llamaban despectivamente “perros” a los paganos, ya que el perro era un animal impuro. Por eso las palabras con las que Jesús le responde suenan muy duras: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos” (v. 26). Pero la mujer, no se enfada ni se manifiesta dolida por el tono de la respuesta. “Reiteró su petición y, ante lo que parecía un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia”[3].


El papa Francisco observa que “el aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce a gritar: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!’. Y la fe perseverante en Jesús le permite no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo”[4].


La perseverancia de esta mujer inasequible al desánimo es toda una lección de fe viva y operativa. Nos enseña a no desanimarnos ante las dificultades de la vida y a perseverar en la oración, aunque parezca que Dios no nos hace caso. A veces “imaginamos –dice san Josemaría- que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (…) Con la tozudez de la cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: ‘Señor, socórreme’. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor (…). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas”[5].


19 de agosto de 2023

HACERSE COMO NIÑOS

 


Evangelio (Mt 19,13-15)


En aquel tiempo, le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús dijo:

—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.


PARA TU RATO DE ORACION 


Después de haber escuchado ayer la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, contemplamos a unos niños que son presentados a Jesús. Una significativa secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión. El evangelista no indica quiénes llevan a esos niños pero parece indicarlo con el episodio anterior: los padres. Y es que la fama de Jesús crecía: curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar, por lo tanto, a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los protegiera de las enfermedades y del poder del maligno.

Pero los discípulos se creen con la autoridad de evitarlo. Y el Maestro no lo consiente, pues Él es el Camino para llegar al Padre. Así se lo dirá a uno de los discípulos: “Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14,6). Los niños encuentran en Jesús el mejor camino para descubrir su filiación divina. Al mismo tiempo, los adultos –de modo especial, los padres– están llamados a facilitar ese encuentro, de modo que también ellos redescubren esa misma filiación: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).

Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió.

Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad...; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios. Por eso acogemos con humildad la advertencia de San Josemaría: “No olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños” (Camino, n. 872).


Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.

Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió (Mc 9,33-37).

¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a El y al Padre que está en los cielos.

Amigos de Dios, 102

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos?Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos (Mt 18,1-4).

Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.

Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (...) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza.

Es Cristo que pasa, 143

¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín —como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano.




18 de agosto de 2023

Mutua santificación de los esposos

 



Evangelio (Mt 19,3-12)


En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:


—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?


Él respondió:


—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Ellos le replicaron:


—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?


Él les respondió:


—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.


Le dicen los discípulos:


—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.


—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.


En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


PARA TU RATO DE ORACION 

Muy actual nos resulta esta cuestión que unos fariseos plantearon a Jesús. Parece que, al igual que hoy, por entonces, en los tiempos y culturas antiguas, el divorcio estaba a la orden del día, incluso “por cualquier motivo”. Y en un pasado más remoto, debió de ser algo tan difundido, que hasta Moisés, en Israel, tuvo que legislarlo, para ponerle freno, como mal menor. Sin embargo, Jesús, en su respuesta, se remonta no ya al pasado, sino al origen de todo, cuando el mismo Dios estableció la unión indisoluble entre hombre y mujer. El modelo de esta alianza será la fidelidad de Dios con su pueblo. Así lo expresa el profeta: “Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al Señor” (Oseas 2,21-22). La expresión “a no ser por fornicación” no expresa que una infidelidad podría ser causa de divorcio. El término utilizado en griego, la lengua original del texto evangélico, se refiere más bien a una unión ilegítima que no se puede sanar, (por ejemplo, el incesto), y que, por lo tanto, hay que disolverla. No se trataría de una excepción a la indisolubilidad.

El Creador quiere y bendice el matrimonio, para la felicidad de los esposos y de los hijos, y el bien de la entera comunidad humana. Es una vocación divina y, como tal, exige discernimiento, preparación, y una voluntad decidida de buscar el bien del otro y de la familia, de perseverar un día y otro en el amor mutuo. Todo con la ayuda de la gracia divina, para superar las dificultades del camino. Podríamos decir que Jesús “sufre” con cada infidelidad y ruptura: “El Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud (...), siendo ella tu compañera, la esposa comprometida por tu alianza. ¿Es que no hizo una sola cosa de carne y espíritu? Y ¿qué busca esta unidad? Una posteridad concedida por Dios (Malaquías 2,14-16).


El Matrimonio, sacramento de la mutua santificación de los esposos


Cada uno de los sacramentos hace que la santidad de Cristo llegue hasta la humanidad del hombre; es decir, penetra el hombre —el cuerpo y el alma, la feminidad y la masculinidad— con la fuerza de la santidad. (Nada más contrario a una doctrina sacramental auténtica que una concepción maniquea o dualista del cuerpo y del hombre). En el Matrimonio la santificación sacramental alcanza a la humanidad del hombre y de la mujer, precisamente en cuanto esposos, como marido y mujer.

El sacramento —en cuanto tal— es una acción transitoria, que pasa; tiene lugar en un momento determinado, cuando los que se casan, celebran el sacramento por medio del mutuo consentimiento matrimonial (el matrimonio in fieri). Pero hace posible que la alianza iniciada entonces pueda verificarse a lo largo de toda la vida, precisamente en cuanto realidad sagrada y sacramental, porque por el sacramento está insertada en la alianza de Cristo con la Iglesia. Efecto del sacramento es que la vida conyugal —la relación interpersonal propia de marido y mujer, de la que es inseparable la disposición a la paternidad y a la maternidad— esté elevada a una dimensión de santidad real y objetiva. La corporalidad —el lenguaje de la corporalidad— está en la base y raíz de la vocación matrimonial a la santidad, como el ámbito y la materia de su santificación: «Todos los cristianos —enseña en este sentido el Concilio Vaticano II— en cualquier condición de vida, de oficio o circunstancias, y precisamente por medio de todo eso se podrán santificar día a día con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en una servidumbre temporal, la caridad con que Dios amó al mundo»[23].

El matrimonio es fuente y medio original de la santificación de los esposos. Pero lo es —sobre ello interesa llamar la atención ahora— «como sacramento de la mutua santificación»[24]. Lo que quiere decir fundamentalmente que: a) el sacramento del matrimonio concede a cada cónyuge la capacidad necesaria para llevar a su plenitud existencial la vocación a la santidad que ha recibido en el bautismo; y b) a la esencia de esa capacitación pertenece ser, al mismo tiempo e inseparablemente, instrumento y mediador de la santificación del otro cónyuge y de toda la familia. En la tarea de la propia y personal santificación —la santificación se resuelve siempre y en última instancia en el diálogo de la libertad personal y la gracia de Dios— el marido y la mujer han de tener siempre presente su condición de esposos y, por eso, al otro cónyuge y a la familia[25].

La Revelación se sirve de las analogías "marido-mujer" y "cuerpo-cabeza" para expresar el misterio y la naturaleza de la unión de Cristo con la Iglesia. Y estas mismas analogías, por ser signo e imagen de la realidad representada, sirven a su vez, para revelar e iluminar la verdad sobre el matrimonio[26] y también la mutua función santificadora de los cónyuges. «En virtud del pacto de amor conyugal el hombre y la mujer no son ya dos, sino una sola carne (Mt 19,6; cfr. Gn 2,24)[27]. A partir de ese momento, permaneciendo los dos como personas singulares —cada uno de los esposos es en sí una naturaleza completa, individualmente distinta— son en lo conyugal, en cuanto masculinidad y feminidad —modalidad a la que es inherente la condición personal— una única unidad. Ha surgido entre ellos el vínculo conyugal por el que constituyen en lo conyugal una unidad de tal naturaleza que el marido pasa a pertenecer a la mujer, en cuanto esposo, y la mujer al marido, en cuanto esposa. Hasta tal punto que cada uno debe amar al otro cónyuge no sólo como a sí mismo —como a los demás hombres— sino con el amor de sí mismo. Un deber que, por ser derivación y manifestación de la "unidad en la carne", convertida a su vez por el sacramento en «imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor Jesús»[28], abarca todos los niveles —cuerpo, espíritu, afectividad...— y ha de desarrollarse más y mas cada día. En la tarea de reflejar la unión entre Cristo y la Iglesia, de la que participan, los esposos —es obvio— siempre pueden crecer más.

Las mutuas relaciones entre los esposos reflejan la verdad esencial del matrimonio —y consiguientemente los esposos viven su matrimonio de acuerdo con su vocación cristiana— tan sólo si brotan de la común relación con Cristo y adoptan la modalidad del amor nupcial con el que Cristo se donó y ama a la Iglesia. La peculiaridad de su participación en el misterio del amor de Cristo es la razón de que la manera de relacionarse los esposos sea —objetiva y realmente— materia y motivo de santidad; y también, de que la reciprocidad sea componente esencial de esas relaciones[29]. Por el Matrimonio los casados se convierten «como en un sólo sujeto tanto en todo el matrimonio como en la unión en virtud de la cual vienen a ser una sola carne»[30]. Es claro que —como se decía antes— los esposos, después de la unión matrimonial, siguen permaneciendo como sujetos distintos: el cuerpo de la mujer no es el cuerpo del marido, ni el del marido es el de la mujer. Sin embargo ha surgido entre ellos una relación de tal naturaleza que la mujer en tanto vive la condición de esposa en cuanto está unida a su marido y viceversa. De la misma manera que la Iglesia sólo es ella misma en virtud de su unión con Cristo.

Ahora bien, «el amor de Cristo a la Iglesia tiene como finalidad esencialmente su santificación: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella... para santificarla" (Ef 5, 25-26)»[31]. Por eso, dado que el sacramento del matrimonio hace partícipes a los esposos de ese mismo amor de Cristo y los convierte realmente en sus signos y testigos permanentes, el amor y relaciones mutuas de los esposos son en sí santos y santificadores; pero únicamente lo son —desde el punto de vista objetivo— si expresan y reflejan el carácter y condición nupcial. Si esta condición faltara tampoco llevaría a la santidad, porque ni siquiera se podría hablar de amor conyugal auténtico. La santificación del otro cónyuge —el cuidado por su santificación— desde la rectitud y fidelidad a la verdad del matrimonio, es, por tanto, una exigencia interior del mismo amor matrimonial y, consiguientemente, forma parte de la propia y personal santificación.

La tarea de los esposos —en la que se cifra su santificación— consiste en advertir el carácter sagrado y santo de su alianza conyugal —participación del amor esponsal de Cristo por la Iglesia— y modelar el existir de sus vidas sobre la base y como una prolongación de esa realidad participada. Algo que tan sólo es dado hacer con el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y humanas, en un contexto de amor a la Cruz, condición indispensable para el seguimiento de Cristo. La alianza conyugal, en sí misma santa, es entonces santificada subjetivamente por los esposos a la vez que es fuente de su propia santificación. De esta manera, además, sirve para santificar a los demás, porque —entre otras cosas— gracias al testimonio visible de su fidelidad, se convierten ante los otros matrimonios y los demás hombres en signos vivos y visibles del valor santificante y profundamente liberador del matrimonio. El matrimonio es el sacramento que llama de modo explícito a un hombre y una mujer determinados a dar testimonio abierto del amor nupcial y procreador.

Podemos imaginar el hogar de Nazaret: allí, Jesús niño y adolescente, fue testigo del amor delicado de María y José. En su perfecta humanidad, “crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2,52), bajo el amparo del ejemplo de sus padres.





17 de agosto de 2023

EL PERDON

 



Evangelio (Mt 18,21-19,1)

Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:

-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré todo’. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?’ Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano o hermana? ¿Hasta siete veces? Jesús responde a la pregunta de Pedro con palabras de misericordia y perdón que van más allá de la lógica humana.


Pedro se anticipó en cierto modo a la respuesta de Jesús. El número siete no significa un número exacto; simbolizaba para el pueblo judío, en aquella época, la perfección, la abundancia y la plenitud. En otras palabras, Pedro está sugiriendo que debemos perdonar a nuestro hermano siempre, dentro de lo razonable.


La respuesta de Jesús es mucho más generosa: debemos perdonar siempre a nuestro hermano, pero absolutamente siempre, pase lo que pase. La cuidadosa formulación de Pedro se muestra, de hecho, demasiado estrecha. Es una lección sobre el amor y un gran corazón.


Jesús lo explicó con una historia sobre dos siervos. El primero debía una cantidad enorme, 10.000 talentos, que era el salario anual de 10.000 trabajadores. Movido por la misericordia, el señor del primer siervo le perdonó. Por supuesto, el rey es Dios Padre, que nos perdona todo.


Pero ahora Jesús nos dice qué hacer con un hermano necesitado de perdón. Pues el deudor perdonado se encuentra con un compañero de trabajo, que le debía cien denarios, es decir, el salario diario de cien trabajadores. No lo perdona, sino que lo mete en la cárcel. El deudor al que se le habían perdonado 10.000 sueldos anuales no fue capaz de perdonar 100 jornales. Mientras que Dios es compasivo y bondadoso con nosotros, nosotros somos mezquinos y exigentes con los que nos rodean.


Lo que tengo que perdonar a mi hermano es poco comparado con lo que Dios me ha perdonado, es más, si fuéramos conscientes de ello, es poco comparado con lo que Jesús me perdona cada día. Como observa el Rey, “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Y revoca su perdón.


Puede ser difícil perdonar. Aun así, el perdón está en el corazón del Evangelio, es nuestra forma de vida. Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Primero, lo recibimos, luego estamos llamados a hacer posible que otros lo experimenten también. Así, el círculo del amor de Cristo se extiende cada vez más para abarcar a más personas, a más hermanas y hermanos, a más ovejas perdidas, y a otro y otra.


Perdonar así requiere caridad, requiere humildad y oración. Nuestra fe católica es también el evangelio del amor, y sólo la caridad sin límites y sin condiciones puede perdonar.


respuestas globales al daño causado, incluyendo, además de las económicas, otras de distinta naturaleza y alcance[21].


Dentro de estos nuevos cauces surgieron conceptos como reconocimiento, verdad, arrepentimiento, transformación personal, dignificación, recuerdo, curación del dolor, necesidad de liberación de la culpa o del deseo de venganza, del odio, etc., elementos que, desbordando los moldes de la justicia humana, llevaban de la mano al perdón, hasta aquel momento olvidado, cuando no minusvalorado por su significación religiosa[22].


Por esta vía inesperada es por donde reaparece el perdón y su “novedad liberadora”[23]ycurativa que atrae el interés de instituciones, universidades y estudiosos, que lo abordan desde el punto de vista psicológico, antropológico, religioso o sociológico, aportando profundizaciones y proponiéndolo como solución, no sólo para los grandes conflictos, sino también como un recurso al que acudir en nuestras relaciones cotidianas[24].“Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos”[25].


Partiendo de estas realidades y de las nuevas perspectivas presentes en nuestras sociedades, proponemos ahora la figura de san Josemaría como un hombre que sabía perdonar. En su mirada sobre el perdón y en el modo de vivirlo aparecen algunos trazos más acentuados, que servirán de armazón del presente estudio.


En primer lugar resalta una caridad vivida en grado heroico. Después, el mensaje de la llamada universal a la santidad, sobre todo la concatenación entre mentalidad laical, libertad, compresión y perdón, y su repercusión en las relaciones individuales y sociales. En tercer lugar, las contradicciones que padeció durante toda su vida, principalmente en forma de calumnias e incomprensiones. Aquí nos detendremos en algunos aspectos de la homilía “El respeto cristiano a la persona y a su libertad”[26] que, de los textos editados de san Josemaría, es el que trata con un enfoque más amplio y general la cuestión de las incomprensiones e injusticias entre los hombres[27]. A continuación, siguiendo algunos testimonios de quienes le conocieron, analizaremos cada una de las actitudes que adoptaba ante las ofensas.


Fue también un hombre atento a las coordenadas históricas, culturales e intelectuales del siglo XX y se vio además inmerso en la guerra civil española. Desborda el propósito de nuestro estudio analizar la época de esa contienda, y más en general el contexto de su vida en el siglo XX, un siglo de conflictos armados y de violencia. Sí hay que decir, pues refuerza la coherencia de su caridad, que siempre mantuvo la misma actitud de buscar el perdón y la reconciliación entre las personas, sin excepciones al mandamiento de la caridad, por muy extraordinarias que fueran las situaciones[28].



16 de agosto de 2023

LA CORRECCION FRATERNA

 


Evangelio (Mt 18,15-20)


Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que ‘cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos’. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.


PARA TU RATO DE ORACION 


LOS EVANGELIOS nos muestran varios momentos en los que Jesús corrige a alguien. Uno de ellos ocurre cuando «una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Y él, inmediatamente, le hace ver el verdadero motivo por el que su madre merece tal elogio: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,27-28). O bien como en el evangelio de hoy nos invita a corregir a nuestros hermanos "Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano"


Decía san Josemaría que «la corrección fraterna es parte de la mirada de Dios, de su Providencia amorosa»[1]. Jesús, en aquella ocasión, corrige a la mujer porque quiere llevarla a la verdad plena. «La corrección fraterna nace del cariño –señala mons. Fernando Ocáriz–; manifiesta que queremos que los demás sean cada vez más felices»[2]. Por eso, preocuparnos de los demás no es juzgar solamente si han cumplido alguna regla, sino procurar mirarlos como Jesús: la suya es una mirada que no se queda en detalles de poca importancia, sino que llena de esperanza, con horizontes grandes. La corrección de Cristo está movida por el amor personal al otro, por su deseo de que seamos felices, y no por mantener cierto orden externo.


«Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[3]. La corrección fraterna no se ejerce desde lo alto, como quien tiene algo que enseñar; se trata más bien de un salir al encuentro del otro para comprenderlo y acompañarlo en sus deseos de santidad. Con la corrección fraterna, la gente que está a nuestro alrededor no se siente sola en su lucha, sino que sabe que puede contar con nuestro apoyo.


«VOSOTROS, mientras hacéis una corrección fraterna, tenéis que amar los defectos de vuestros hermanos»[4], decía san Josemaría. Un corazón que ama es capaz de pasar por encima de aquello que consideramos un defecto en los demás. Lógicamente, en la medida de nuestras posibilidades, intentaremos ayudarle a superarlo; sin embargo, no siempre será posible, o no se conseguirá de un día para otro. Por eso, aprender a amar también aquellos defectos nos introduce de algún modo en la lógica del amor divino. Jesús abraza nuestras cualidades y nuestras debilidades, no pone condiciones de ningún tipo a su amor.


«La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos de los demás en silencio, en la oración para después encontrar el camino correcto para corregirle»[5]. Esto implica respetar la libertad de cada uno, pues así haremos nuestro amor más parecido a aquel que nos tiene Dios. Ayudar en el camino de santidad de un hermano nuestro o una hermana nuestra es más parecido a una paciente y cálida noche en vela, en la que se espera la acción de Dios, que a una fría supervisión. Quien desea ayudar no se queda atrapado solo en lo externo, sino que mira los sucesos a la luz de ese afán de santidad del otro, quitándose las sandalias porque está en lo más profundo de su alma (cfr. Ex 3,5).


Antes de corregir a quien nos rodea, también puede ser bueno recordar las palabras de Cristo: «Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano» (Mt 7,5). Sin dejar de empeñarnos en ayudar a los demás, quizás la mejor manera de animarles a ser santos es nuestra propia santidad. Percibir en otro el bonus odor Christi, el aroma a Cristo, atrae a una vida de amistad con Dios, además de que facilita el ambiente propicio para corregir o ser corregidos, con confianza de hijos del mismo Padre.


PARA VIVIR la corrección fraterna de manera auténtica y fértil, habitualmente es necesario crear antes un contexto de cercanía e interés real por la vida del otro. Corregir a quien no se conoce no suele ser el mejor camino, además de que con frecuencia puede ser injusto. Es decir, que más allá del aspecto a corregir, es bueno que haya una relación de mutua y verdadera amistad, en donde se ha experimentado un cariño manifestado en diversos modos: detalles de servicio, momentos vividos juntos, preocupaciones compartidas… Y, sencillamente como otra expresión más de esa amistad, nace espontáneamente el deseo de ayudar al otro en su camino a la santidad. Así podremos entrar en su corazón delicadamente, sin invadir su intimidad, tratando siempre de hacernos cargo de su situación.


Este contexto nos llevará también a entender las reacciones de los demás cuando sean corregidos. Hay disposiciones del temperamento que nos hacen muy diferentes unos de otros y que san Josemaría consideraba parte central de ese «numerador diversísimo» en las personas en el Opus Dei y en la Iglesia. Para unos, hasta las más delicadas palabras fácilmente suenan a reproche. Otros, en cambio, si las palabras no son especialmente claras pueden percibir una falta de interés. En cualquier caso, si hay antes esa relación de cercanía y amistad, todos descubrimos en la corrección fraterna un gesto de lealtad.


Decía el fundador del Opus Dei que a un hermano, «no toleramos jamás que se le critique a sus espaldas. Y las cosas desagradables las decimos así, cariñosamente, para que las corrija»[6]. Podemos pedir a María que nos ayude a ver a nuestros hermanos con su misma mirada de madre para poder hablar entre nosotros con cariño, delicadeza y lealtad.



15 de agosto de 2023

SOLEMNIDAD de la Asunción de la Virgen:



 Evangelio (Lc 1,39-56)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:

—Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios

mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; 

por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es 

Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los

 que le temen.


Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos.

Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había

 prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.



María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


PARA TU RATO DE ORACION 

La Asunción de la Virgen


La Iglesia celebra que Cristo se llevó al Cielo a su Madre. Hoy para  este rato de oración  les proponemos una memorable homilía del Papa emérito Benedicto XVI sobre la Asunción de la Virgen y la vida ordinaria.


"La fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor.


María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: "He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.


En el evangelio de hoy hemos escuchado el Magníficat, esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Podemos decir que este canto es un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es.




Quisiera destacar sólo dos puntos de este gran canto. Comienza con la palabra Magníficat: mi alma "engrandece" al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un "competidor" en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.


El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: "Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca".


Este era también el pensamiento del hijo pródigo, el cual no entendió que, precisamente por el hecho de estar en la casa del padre, era "libre". Se marchó a un país lejano, donde malgastó su vida. Al final comprendió que, en vez de ser libre, se había hecho esclavo, precisamente por haberse alejado de su padre; comprendió que sólo volviendo a la casa de su padre podría ser libre de verdad, con toda la belleza de la vida.


Lo mismo sucede en la época moderna. Antes se pensaba y se creía que, apartando a Dios y siendo nosotros autónomos, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a ser realmente libres, para poder hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época.


El hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.


Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada. En la vida pública, es importante que Dios esté presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos; que Dios esté presente en nuestra vida común, porque sólo si Dios está presente tenemos una orientación, un camino común; de lo contrario, los contrastes se hacen inconciliables, pues ya no se reconoce la dignidad común. Engrandezcamos a Dios en la vida pública y en la vida privada. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se hace más grande, más amplio, más rico.




Una segunda reflexión. Esta poesía de María -el Magníficat- es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un "tejido" hecho completamente con "hilos" del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios. Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad. María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.


Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.


Pero pienso también en el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, que hemos publicado recientemente, en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran "templo" de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.


María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.


En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Amén".


Fragmentos de una homilía pronunciada el 15 de agosto de 2005 en Castelgandolfo (Italia).


¿Qué significa la Asunción de la Virgen a los cielos?


La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su cuerpo. Por eso los cristianos afirmamos: "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo". Credo del Pueblo de Dios, 


La Iglesia dirige su mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los santos" aquella a quien venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre: «Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 68). Catecismo de la Iglesia Católica 972-974


Textos de san Josemaría para meditar


La Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición —Monstra te esse Matrem-, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal. Es Cristo que pasa, 


La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima. Amigos de Dios,