"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de julio de 2024

TOCAR LA PROPIA DEBILIDAD

 



Evangelio (Mc 6,1-6)


Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:


—¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?


Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:


—No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra, entre sus parientes y en su casa.


Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad



PARA TU RATO DE ORACION 



«A TI levanto mis ojos, a ti que estás sentado en los cielos» (Sal 123,1). Estas palabras del salmista nos recuerdan una verdad esencial: necesitamos levantar la mirada hacia Dios. Tenemos experiencia de que las miradas horizontales, meramente terrenas, resultan insuficientes para dar razón de quiénes somos, de cuáles son nuestros anhelos más profundos, de cuál es el sentido de la vida. Por el contrario, las miradas verticales, hacia Dios, nos recuerdan que nuestro origen y nuestro destino son divinos y no meramente terrenos. Nuestro anhelo de trascendencia, nuestra nostalgia de Dios, responde a una realidad profunda que nada creado puede satisfacer.


Sin embargo, reconocer esta necesidad de levantar la mirada al Señor no siempre resulta sencillo. En algunos momentos nos puede costar mantener los ojos en alto y también los brazos para la lucha y para la oración, como Moisés pedía la intercesión de Dios en el desierto mientras los israelitas trataban de vencer a los amalecitas (cfr. Ex 17,11-13). Con frecuencia sentimos cercana la tentación de dejarse llevar por el atractivo de realidades que no son malas en sí mismas, pero que pueden llegar a ocupar el puesto de Dios y nublar nuestra mirada: el placer, el honor, la riqueza, el poder… Cuando dirigimos nuestro corazón exclusivamente sobre esto, y pretendemos saciar así nuestra sed de Dios, sabemos que tarde o temprano llega la frustración, pues en verdad estamos hechos para algo más valioso. Entonces se presentan ante nosotros dos caminos: o seguir persiguiendo con más insistencia esos anhelos terrenos –lo cual nos volverá a dejar insatisfechos, pues como bienes finitos que son solo pueden ofrecer un bienestar limitado–, o bien situar de nuevo el amor del Señor al centro de nuestra vida, como único bien eterno y realmente necesario y desde el que todo alcanza su verdadera medida.


El Antiguo Testamento nos muestra que, en muchas ocasiones, el pueblo de Israel se olvidó de Dios y adoptó una mirada horizontal. Por eso el Señor suscitó numerosos profetas que recordaran a los israelitas su vocación originaria. Uno de ellos fue Ezequiel, a quien el Señor dijo: «Te envío a los hijos de Israel, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres han estado ofendiéndome hasta hoy. Te envío a hijos de semblante impenetrable y de corazón duro. Les dirás: “Esto dice el Señor Dios”. Ellos, te escuchen o no te escuchen, porque son una casa rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos» (Ez 2,3-5). Los cristianos, con nuestro testimonio, podemos recordar que el hombre está llamado para algo más que descansar, comer, beber y pasarlo bien (cfr. Lc 12,19). Miramos hacia lo alto como respuesta a una llamada divina que nos hará felices en la tierra y en el cielo.


«DESEAR significa mantener vivo el fuego que arde dentro de nosotros y que nos impulsa a buscar más allá de lo inmediato, más allá de lo visible. Es acoger la vida como un misterio que nos supera, como una hendidura siempre abierta que invita a mirar más allá, porque la vida no está “toda aquí”, está también “más allá”»[1]. En nosotros hay un fuego que nace de una una soledad originaria que nos impulsa a buscar a Dios como el único que puede apagar ese fuego, curar nuestras heridas y saciar nuestra sed de compañía. Como san Pablo, nosotros también percibimos nuestras limitaciones, y procuramos pedir con insistencia que nos sea apartado el aguijón de nuestra carne: ese que evita con su presencia que nos llenemos de soberbia (cfr. 2Co 12,7-8).


A la vez, mientras rezamos para entender nuestras heridas desde las llagas abiertas de Jesús en la cruz, recordamos la esperanzadora respuesta del Señor a san Pablo: «Te basta mi gracia porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza» (2Co 12,9). Reconocemos así que las debilidades personales no tienen la última palabra: están ahí para acoger la gracia divina, para recordar que somos fuertes en el Señor con una fortaleza que no es nuestra. Los errores pasados tienden a encerrarnos en la horizontalidad, a creer que nuestra vida jamás podrá despegar. La gracia, en cambio, nos proyecta hacia el futuro, nos eleva, haciéndonos ver que con la ayuda divina somos más que nuestra historia.


Por eso, reconocer las propias heridas, y abandonarlas en las manos de Dios, lleva a la alegría. «Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas –escribe san Pablo–, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12,9-10). Tocar la propia debilidad, lejos de resultar algo humillante contra lo que uno se rebela, puede convertirse en fuente de alegría porque ayuda a percibir la acción de la gracia divina en la propia vida. Y esto nos impulsará a luchar con esperanza, sabiendo que no contamos solo con nuestras fuerzas. «Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de él. Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano»[2].


«DIOS ensalza en lo mismo que humilla. Si el alma se deja llevar, si obedece, si acepta la purificación con entereza, si vive de la fe, verá con una luz insospechada, ante la que después pensará asombrado que antes ha sido ciego de nacimiento»[3]. Si el alma actúa así, con fe y sentido sobrenatural ante las cosas que inicialmente humillan, tendrá luz y verá. No le pasará como a los habitantes de Nazaret, que ante la predicación de Jesucristo se escandalizaron y no lo reconocieron como Mesías a pesar de tenerlo ante sus ojos. «¿De dónde sabe este estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos?» (Mc 6,2-3).


A veces podemos pensar que Dios y los demás nos tienen aprecio solo porque conocen la versión buena de nosotros mismos. Creemos entonces que si descubrieran nuestros defectos o nuestras inseguridades su juicio cambiaría por completo. Por eso quizá camuflamos todo lo que nos pueda humillar, con las tensiones internas que eso conlleva, y confiamos en la propia capacidad para resolver nuestros problemas. Ese planteamiento, además de resultar agotador a largo plazo, nos impide acoger la ayuda que el Señor y las personas que nos importan pueden brindarnos. Y, al mismo tiempo, puede reflejar una cierta dificultad para comprender las debilidades de otras personas. «El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad»[4].


Cuando vivimos nuestra relación con Dios y con los demás sin máscaras podemos mostrar que el amor divino no entiende de condiciones. «No ha de asustarte que vean tus defectos personales, los tuyos y los míos –predicaba san Josemaría–; yo tengo el prurito de publicarlos, contando mi lucha personal, mi afán de rectificar en este o en aquel punto de mi pelea para ser leal al Señor. El esfuerzo para desterrar y vencer esas miserias será ya un modo de indicar los senderos divinos»[5]. La Virgen María, como buena madre, sabe bien cómo somos. Ella nos podrá ayudar a mirar con ternura y comprensión nuestros errores y los de los demás.

6 de julio de 2024

SINCERIDAD


Evangelio (Mt 9, 14-17) 


Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:


—¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?


Jesús les respondió:


—¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.


»Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido y se produce un desgarrón peor. Ni se echa vino nuevo en odres viejos; porque entonces los odres revientan, y el vino se derrama, y los odres se pierden. El vino nuevo lo echan en odres nuevos y así los dos se conservan.



 PARA TU RATO DE ORACIÓN



 DURANTE su paso por la tierra, Jesús conoció a mucha gente sencilla que le decía con sinceridad lo que llevaba en su corazón. Sin embargo, también se encontró con otros que no manifestaban el mismo amor por la verdad; quizá realizaban obras buenas, pero sus intenciones no siempre eran las más rectas. Por eso, en una ocasión el Señor exclamó: «Nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse» (Mt 10,26).

Cristo sabe perfectamente cómo somos. Para él no hay un maquillaje que disimule nuestros defectos o ensalce nuestras virtudes: él quiere que nuestro trato con él esté marcado por la sinceridad. Así es como el salmista, modelo de oración para nosotros los cristianos, se dirige a Dios: «Tú me examinas y me conoces. Tú sabes cuándo me siento y me levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, tú lo adviertes; todas mis sendas te son familiares» (Sal 139,1-4).

Todas nuestras luchas y nuestros esfuerzos le resultan familiares al Señor. Incluso en nuestros tropiezos podemos conservar la paz, porque el Señor conoce las intenciones más profundas de nuestro corazón. Por eso, san Josemaría procuraba ponernos en guardia frente a la posibilidad de tener miedo de mirarnos tal como somos delante de Dios: «¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!»[1]. Nada nos da más paz que esta cercanía de Dios, a quien no se le escapa ni nuestra más pequeña intención de amor.


La SINCERIDAD en el trato con Dios nos lleva a conocernos en profundidad, a saber cómo es nuestra personalidad y nuestro modo de ser, con sus posibilidades para servir a los demás y sus limitaciones. «Has entendido en qué consiste la sinceridad –apuntaba san Josemaría– cuando me escribes: “estoy tratando de acostumbrarme a llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, a no buscar apelativos para lo que no existe”»[2].

Escribe el apóstol san Juan que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). En efecto, es difícil encontrar a alguien que afirme no tener defectos y que asegure que no se equivoca nunca. «Pero aquí hay una cosa que nos puede engañar: diciendo “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, como algo habitual o social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado»[3]. Cuando se nos mete esta velada rutina, puede resultar más complicado admitir las faltas puntuales y mostrarnos necesitados. Pero san Juan añade que precisamente en ese reconocimiento sincero encontramos el perdón y la ayuda de Dios para purificarnos (cfr. 1 Jn 1,9).

La sinceridad lleva a la concreción. El pecado no es algo abstracto, sino una realidad que tiene manifestaciones específicas en el día a día. En nuestro diálogo con Dios podemos dar nombre a las actitudes que nos alejan de él y de los demás, y en muchas ocasiones esto se podrá traducir en propósitos que alimentarán nuestra lucha por la santidad. Podemos pedir al Señor la sabiduría de lo concreto, para que sepamos ser sinceros con nosotros mismos y así amar cada día mejor a Dios y a quienes nos rodean.


A LA HORA de conocernos a nosotros mismos, podemos encontrar cierta dificultad por la falta de perspectiva. La sabiduría popular expresa esta realidad con un refrán: «El médico mal se cura a sí mismo». Por el pecado, o simplemente por falta de distancia suficiente, a veces los juicios sobre nosotros mismos no son del todo certeros: nos falta el espacio para valorar con calma y serenidad cómo recorrer determinadas etapas de la vida. Por eso, Dios pone a nuestro lado personas que pueden iluminar ciertas partes del camino. Cuando hablamos de nuestra vida con alguien que se ha ganado nuestra confianza, se establece «una de las formas de comunicación más hermosas e íntimas. (...) Esto permite descubrir cosas desconocidas hasta ese momento, pequeñas y sencillas, pero, como dice el Evangelio, es precisamente de las cosas pequeñas que nacen las cosas grandes»[4].

En la dirección espiritual encontramos el acompañamiento de una persona que, a veces con su sola presencia, y otras con la sabiduría de su experiencia, nos puede ayudar a conocer mejor a Dios y a nosotros mismos. San Josemaría daba un pequeño consejo para esas conversaciones: «Al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. ¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[5].

La ayuda de la dirección espiritual no siempre se traducirá en sugerencias concretas para abordar un problema. En ocasiones encontraremos luz con el mero hecho de ser sinceros, de poner palabras a una preocupación y de reconocer con humildad que necesitamos ayuda. Anotaba también san Josemaría, tras la experiencia de varios años de acompañar y de ser acompañado espiritualmente: «Abriste sinceramente el corazón a tu Director, hablando en la presencia de Dios..., y fue estupendo comprobar cómo tú solo ibas encontrando respuesta adecuada a tus intentos de evasión»[6]. Podemos pedir a María que nos alcance de Dios esa sinceridad con Dios, con nosotros mismos y con los demás, que nos haga almas cada vez más sencillas.



5 de julio de 2024

LA AVENTURA DE SEGUIR A DIOS

 



Evangelio (Mt 9, 9-13)


Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo:


—Sígueme.


Él se levantó y le siguió.


Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: —¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?


Pero él lo oyó y dijo:


—No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.



PARA TU RATO DE ORACION 


MATEO DESCRIBE así su propia reacción ante la llamada del Maestro: «Se levantó y le siguió» (Mt 9,9). A partir de aquel momento, su vida será totalmente distinta a la que antes llevaba. Lo encuentra mientras está sentado recaudando impuestos. Quizá su propósito era principalmente el de disfrutar de las riquezas que ganaba. Con Jesús, sin embargo, las prioridades de su vida serán distintas. Cierto es que hasta ese momento no gozaba de gran fama entre sus paisanos, pero el dinero y la estima de las autoridades romanas compensaba el rechazo de muchas personas de su pueblo. Sin embargo, ante la mirada y las palabras de Jesús, Mateo decide abandonar esas seguridades y lanzarse a la aventura de seguir al Mesías.


«Él se levantó». Uno no se levanta ante cualquiera. Es un gesto que manifiesta el reconocimiento hacia una persona importante; significa interrumpir lo que uno tenía entre manos para dedicarle toda la atención. Cuando una persona está de pie significa que está alerta, en condiciones de partir hacia acá o hacia allá. Mateo se muestra dispuesto a hacer lo que sea por Jesús porque, gracias a Dios y a sus disposiciones personales, su escala de valores ha cambiado: lo más importante ya no son las riquezas o vivir de una manera acomodada, sino dedicar todas sus energías a Cristo.


Probablemente san Mateo era consciente de los riesgos que entrañaba esta decisión. Pero también deja atrás la actitud de quien se afana por hacer cálculos. La vida de todo discípulo consiste en abrirse a una aventura divina, muchas veces llena de sorpresas e incertidumbres. Seguir a Jesús es caminar pendiente de sus huellas, sin siempre saber exactamente hacia dónde le van a llevar, pero consciente de que la felicidad que él nos puede conseguir es mucho mayor que nuestras propias predicciones. «Es necesario confiar en él y dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»1.


LA RESPUESTA que san Mateo dio a Jesús no se centra en sí mismo. No se pone a pensar si está preparado o no, o si más adelante estará en mejores condiciones para tomar una decisión. Quizás estaba, de una manera misteriosa, esperando una llamada como la que le dirige el Maestro. Y para descubrirla en todo su brillo tuvo que mirarle y escucharle atentamente a él, más que a sí mismo. Siempre puede aparecer la tentación de dejar de seguir a Jesús y sentarse a calcular los gastos y beneficios, especialmente cuando las cosas se hacen más costosas, y puede parecer que no vale la pena el esfuerzo.


Esto es lo que le ocurrió a Pedro cuando caminó sobre las aguas. Mientras mantenía la mirada fija en Jesús era capaz de mantenerse en pie y avanzar. Pero en cuanto prestó atención a su fragilidad y a la fuerza del viento, entró en su corazón el miedo y la inseguridad, que casi terminan por hundirle. Ante su grito –«¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30)–, «Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”» (Mt 14,31).


Seguir una vocación tiene algo de caminar sobre las aguas; de ir más allá de nuestras propias capacidades, confiados en que es el Señor quien hace las cosas y quien lleva las cuentas. En este camino, como es lógico, es indispensable el acompañamiento espiritual de quien nos puede aconsejar o ayudar siempre en el discernimiento, y no solo en las primeras etapas del descubrimiento de una llamada. «Sirve a tu Dios con rectitud –escribe san Josemaría–, séle fiel... y no te preocupes de nada: porque es una gran verdad que “si buscas el reino de Dios y su justicia, él te dará lo demás –lo material, los medios– por añadidura”»2.


PARA CELEBRAR la respuesta a la llamada de Jesús, san Mateo decide preparar una comida en su casa. Allí están presentes algunos publicanos como él y otros que, a ojos del pueblo, también eran considerados pecadores públicos. De ahí que los fariseos, al ver al Señor comiendo con los amigos de Mateo, preguntaran a los discípulos: «¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» (Mt 9,11). Pero Cristo, al oír estas palabras, respondió: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: “Misericordia quiero y no sacrificios”; porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 12-13).


«Lo primero de todo que debemos hacer es reconocer esto: ninguno de nosotros, ninguno de los que estamos aquí, puede decir: “Yo no soy pecador”. Los fariseos sí que lo decían, y Jesús los condena»3. Aceptarnos como somos, con nuestras virtudes y defectos, nos atrae hacia el Señor. Él no viene junto a nosotros porque hayamos hecho las cosas bien, sino porque somos pecadores que necesitamos su misericordia. El primer paso para acoger al Señor es reconocer la necesidad que tenemos de él. De este modo, nos enfrentaremos a nuestras miserias personales de la mano de Cristo, sabiendo que la experiencia del pecado no nos hará dudar de nuestra misión. «El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza –dice san Josemaría–, y nos impulsa a luchar, a combatir contra nuestros defectos, aun sabiendo que no obtendremos jamás del todo la victoria durante el caminar terreno. La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día»4.


María es madre de misericordia. Ella nos puede ayudar a reconocer nuestros pecados con una mirada materna que no condena. Y también nos alcanzará de su hijo la gracia para luchar con esperanza, sabiendo que Jesús se manifiesta a nosotros «en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro»5.

4 de julio de 2024

Un amigo el mayor tesoro

 



Evangelio (Mt 9, 1-8)


Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.


Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».


Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.


Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.



PARA TU RATO DE ORACION 


«LAS CIRCUNSTANCIAS actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»1, señala el prelado del Opus Dei. San Mateo nos ofrece, precisamente, un relato de auténtica amistad. Un grupo de amigos de un paralítico, movidos por el cariño que le tienen y por su gran fe, se empeñan en llevarle hasta Jesús para que sea curado. Al Maestro le conmueve este gesto. Por eso, no solo va a curar su cuerpo, sino que «viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2).


San Marcos, en su evangelio, nos cuenta también que había tanta gente en el lugar donde se encontraba Jesús que no podían acercarse a él. Pero esta circunstancia no los detuvo. Con determinación y audacia decidieron subir a lo alto de la casa y descolgaron la camilla con el paralítico, abriendo un boquete en el techo, justo delante de donde estaba Jesús. Podemos imaginarnos la sorpresa de la multitud. Asistirían atónitos al desprendimiento de materiales de la techumbre y al descenso de la camilla. Quizás no todos mirarían con buena cara esta operación, especialmente los dueños de la casa, o quienes habían conseguido entrar gracias a una larga espera. Pero la amistad era más fuerte. Obran con la seguridad y con la libertad de un amor que les mueve a actuar pensando en el bien de ese amigo necesitado, aunque no de la manera en que todos esperaban.


También el paralítico demuestra una gran capacidad de amistad al dejarse ayudar y ponerse en manos de sus amigos. Muy seguro tenía que estar de ellos para prestarse a semejante maniobra. Jesús queda impresionado por la fuerza de esa amistad y por la audacia de su fe. Por eso, a diferencia de otras veces en las que Jesús pide la fe del que va a ser curado, aquí pone el acento en la de los amigos. Esta curación muestra hasta qué punto la verdadera amistad es fuente de bendiciones divinas: «La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura»2.


LA GRACIA puede potenciar mucho la amistad al abrir aquella relación entre amigos al ámbito de la fe, de la esperanza y de la caridad. Estas tres virtudes se ponen de manifiesto en la escena que estamos considerando. «La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en él, al amor que demuestran tener los unos por los otros»3. Jesús curó ayer y sigue curando hoy. Pero la gracia de Cristo «no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo. (…) Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, habrán crecido gracias al gesto de Jesús»4.


«Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios»5, dice san Josemaría. La profunda amistad con Cristo habitualmente se manifiesta con naturalidad, sin darnos cuenta, mediante la alegría y un deseo de servir que se expresa en mil pequeños gestos. «Este modo de transmitir el Evangelio reviste una particular eficacia, también por responder a una realidad antropológica importante: el diálogo interpersonal, en el que se busca transmitir a otro el bien recibido. Este diálogo apostólico surge con naturalidad cuando existe amistad sincera. No se trata de una instrumentalización de la amistad, sino de hacer partícipes a los amigos del gran bien de la fe y de la amistad con Cristo»6.


Porque puede suceder lo contrario, y cuando algo tan valioso como la amistad con un hijo o una hija de Dios es rebajado a un medio para conseguir una meta personal, por más elevada que esta sea, deja siempre un regusto amargo. Jesús admiraba la verdadera amistad porque él mismo la experimentó y la sigue experimentando. Por eso, una característica de la amistad es la gratuidad: uno es amigo de otro no porque puede conseguir algo, sino porque simplemente le quiere; cada uno es feliz con la existencia del otro y no quiere más que su bien.


LA AMISTAD es siempre un regalo. No es algo que se pueda programar o calcular, pero sí se puede fomentar. «Si uno manifiesta noblemente sus sentimientos y es leal, si sabe sacrificarse por los demás, al final ocurre lo que escribía san Juan de la Cruz: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. También podría decirse: donde no hay amistad, pon los sentimientos nobles de la amistad y sacarás amistad»7. También podemos crecer en disposiciones que nos hacen personas más amables y fiables; con nuestra actitud podemos preparar el terreno para crear una relación auténtica con nuestros amigos. «Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse acogidas y ser felices: “Palabras dulces ganan muchos amigos, y el bien hablar multiplica las cortesías” (Eclo 6,5). La lucha por mejorar el propio carácter es condición necesaria para que surjan más fácilmente relaciones de amistad»8.


En la filosofía clásica se considera que no se puede ser feliz sin amigos, y santo Tomás comenta también que sin amigos no se puede alcanzar la plenitud de la felicidad. Un amigo es uno de los mayores tesoros que podemos tener, pero es un tesoro que requiere cuidado. Podemos pensar cómo habrán cuidado la amistad quienes acompañaban al paralítico del relato evangélico. Seguramente no habrá sido siempre fácil y cómodo, pero al final valió la pena porque les llevó cerca de Cristo. No basta solo con compartir momentos en común, sino que requiere hacerse uno con el otro: lo que preocupa o alegra a un amigo es importante, porque es también mío. Podemos acudir a santa María para que nos ayude a tener un corazón que, como el suyo, se haga uno con el de nuestros amigos.




3 de julio de 2024

SANTO TOMÁS APOSTOL


 Evangelio (Juan 20,24-29)


Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:


—¡Hemos visto al Señor!


Pero él les respondió:


—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.


A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:


—La paz esté con vosotros.


Después le dijo a Tomás:


—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.


Respondió Tomás y le dijo:


—¡Señor mío y Dios mío!


Jesús contestó:


—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.


PARA TU RATO DE ORACION 


HOY celebramos la fiesta del apóstol Tomás, que no había estado presente en aquel momento anterior cuando Jesús se aparece a los apóstoles después de haber resucitado.

 Cuando todos, desbordantes de alegría, cuentan que han visto al Señor, Tomás no les cree. Ni la insistencia de los otros diez apóstoles, ni el testimonio de las santas mujeres, ni el relato de lo sucedido a los discípulos de Emaús logran hacerle cambiar de opinión. Es más, reafirma su incredulidad respondiendo: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25).


Podemos imaginar los sentimientos que combatían en el corazón de Tomás. Era un hombre decidido, generoso, que amaba sinceramente al Señor. Por ejemplo, cuando Jesús decide ir a Betania para resucitar a Lázaro, con el peligro de ser capturado y condenado a muerte, Tomás exhorta a los demás apóstoles: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16). O en la última cena, cuando Jesús habla a los discípulos del cielo que les esperará si siguen sus pasos, Tomás manifiesta con sencillez que no está entendiendo: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,4-5).


Tomás era un hombre feliz junto a Jesús, deseaba seguirle y se declaraba dispuesto a compartir su suerte. Sin embargo, no había comprendido del todo la amplitud de su misión. Con la muerte de Cristo, su crisis personal fue profunda. Pero los deseos sinceros de seguir al Señor que siempre había demostrado hicieron posible que su corazón acogiera la luz de la fe. «A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se haya conformado con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor (...). Necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría que son más sólidas que cualquier duda»[1].


OCHO DÍAS DESPUÉS de la primera vez, Jesús vuelve a encontrar a los discípulos. En esta ocasión Tomás está presente. Tras el saludo inicial, el Señor enseguida se dirige a él: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Tomás se llena de estupor, en su corazón se desata una explosión de alegría. Su boca pronuncia «la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento»[2]: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). En esta escena, contemplamos la grandeza de la misericordia de Dios con Tomás y, en él, con cada uno de nosotros. Jesús acude a confortar –y de qué manera– a aquel discípulo que, al no creer, sufría tanto.


Tomás se siente comprendido. La aparición es como un abrazo que lo libera de sus miedos e inseguridades, esos sentimientos que lo habían llevado a refugiarse en la incredulidad. En el fondo de su corazón siempre hubo un rescoldo de esperanza, aunque Tomás había evitado avivarlo por temor a engañarse. Se da cuenta, de golpe, de que Jesús era digno de fe por sus gestos, sus milagros, sus enseñanzas, su increíble amor y misericordia. Hace memoria de su vida junto a Jesucristo y se asombra de haber entendido tan poco.


Tras haber manifestado de forma tan breve como hermosa su fe y su adoración –«Señor mío y Dios mío»–, acepta el cariñoso reproche que le hace Jesús: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29). Es completamente cierto, piensa. Por esto, dedicará el resto de su vida –llegando incluso al martirio– a difundir esa fe que ha brillado más allá de todas sus dudas. Aunque probablemente no faltarían otros momentos de incertidumbre, Tomás ha aprendido a fiarse de Dios y a moverse en el claroscuro de la fe.


«NO VEO LAS LLAGAS como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios»[3]. A nosotros nos corresponde creer sin haber visto, sin haber compartido la vida con Jesús en esta tierra ni haber sido testigos directos de su resurrección. Sin embargo, nuestra fe es la misma que profesaron Tomás y los demás apóstoles; y, como ellos, estamos llamados a evangelizar el mundo entero. Para lograrlo, contamos con la cercanía y la misericordia del Señor. El mismo Cristo que se presentó ante el apóstol incrédulo y que le mostró sus llagas se nos ofrece a nosotros. «No se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»[4].


Jesús ha querido abrir las fuentes de su vida para que podamos participar de ella. Las llagas del Señor fueron, para Tomás y los demás apóstoles, un signo de su amor. Al verlas no se llenaron de dolor, lo que hubiera sido comprensible, sino que se vieron inundados de paz. Esas marcas de Cristo –que él ha deseado mantener– son un sello de su misericordia. Contemplarlas nos permite evitar, por adelantado, las dudas que nos podrían asaltar al mirar nuestra fría respuesta. Esas llagas son la prueba de que el amor de Jesús es firme y plenamente consciente.


«Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado”»[5]. Pidamos a María santísima, «icono perfecto de la fe»[6], que sepamos tocar las llagas de Jesús como lo hizo Tomás.

2 de julio de 2024

ANTE LAS TORMENTAS

 


Evangelio (Mt 8, 23-27)


Se subió después a una barca, y le siguieron sus discípulos. De repente se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Se le acercaron para despertarle diciendo:


—¡Señor, sálvanos, que perecemos!


Jesús les respondió:


—¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe?


Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma. Los hombres se asombraron y dijeron:


—¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?


PARA TU RATO DE ORACIÓN


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8,23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»1. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»2. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt Mc 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mc 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»3. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»4.


1 de julio de 2024

AMOR COMPLETO Y LIBRE

 



Evangelio (Mt 8,18-22)


En aquel tiempo:


Al ver Jesús a la multitud que estaba a su alrededor, ordenó marchar a la otra orilla. Y se le acercó un escriba:


— Maestro, te seguiré adonde vayas — le dijo.


Jesús le contestó:


— Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.


Otro de sus discípulos le dijo:


— Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.


— Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos — le respondió Jesús.



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS acaba de realizar varias curaciones de enfermos y endemoniados. Se cumplía así la profecía de Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Is 53,4). La multitud se encuentra entusiasmada al presenciar semejantes prodigios, pero el Señor considera que por el momento su actividad en aquella tierra ha sido suficiente. Por eso, se dispone a tomar la barca para dirigirse a la orilla opuesta. Sin embargo, antes de que pudiera partir, se acerca un escriba y le dice: «Maestro, te seguiré adonde vayas» (Mt 8,19).


La decisión que había tomado este escriba era definitiva: estaba dispuesto a dejarlo todo con tal de permanecer junto a Jesús. En el poco tiempo transcurrido con él, había descubierto una felicidad nueva. Pero lo que había experimentado era el primer fogonazo, porque conocer a Cristo «es una aventura que lleva toda la vida, porque el amor de Jesús no tiene límites»1. Sin embargo, el escriba sentía que ya no era suficiente haber compartido con Jesús unas pocas horas: quería que toda su existencia girase en torno a él.


La vida de todo cristiano es una constante búsqueda de Jesús. Más todavía: la vida de todas las personas es la constante búsqueda de una felicidad que no podrá ser saciada sino en Dios. En ocasiones experimentamos intensamente su cercanía, y en otras quizás tenemos la impresión de que no nos escucha. Pero esta es la fidelidad que nos pide: la fidelidad de la búsqueda, la fidelidad a ese anhelo de Dios. «Esta lucha del hijo de Dios no va unida a tristes renuncias, a oscuras resignaciones, a privaciones de alegría –escribe san Josemaría–: es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada»2.


LA RESPUESTA del Señor a las intenciones del escriba está envuelta en cierto misterio: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Parecería que esta reacción tiene poco que ver con lo que acaba de escuchar. Sin embargo, estas palabras reflejan el estilo de vida de Jesús y de quien, como el escriba, quiere seguirle. «Él nos aparta del recrearnos sin complicaciones en las cómodas llanuras de la vida, del ir tirando ociosamente en medio de las pequeñas satisfacciones cotidianas»3.


El escriba estaba dispuesto a dejar su existencia tranquila y predecible para seguir a Jesús. Lo mismo habían realizado los apóstoles anteriormente: habían dejado atrás las propias seguridades y se habían lanzado a una aventura impredecible, con la confianza puesta en su cercanía al Señor. «Si estamos en las manos de Cristo –dice san Josemaría–, debemos impregnarnos de su Sangre redentora, dejarnos lanzar a voleo, aceptar nuestra vida tal y como Dios la quiere»4.


La felicidad no es algo que podemos conseguir con nuestro simple empeño individual, mediante esfuerzos y planificaciones personales. La felicidad de Dios nos espera, en gran parte, en las relaciones con las personas que tenemos cerca: esa es la vida «tal y como Dios la quiere». La persona amada, el amigo o el hermano, nos pueden dar aquello que nosotros solos no podemos: sentirnos amados, acogidos, comprendidos en nuestra búsqueda. En aquella aventura «intranquila e impredecible» de quien sigue a Jesucristo, contamos con las personas que Dios ha puesto a nuestro lado. Ellas, y sobre todo Cristo mismo, son el mejor lugar donde siempre podremos «reclinar la cabeza».


DESPUÉS del escriba, se acerca al Señor un discípulo y le dice: «Permíteme ir primero a enterrar a mi padre» (Mt 8,21). Jesús replica: «Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos» (Mt 8,22). «Si Jesús se lo prohibió, no es porque nos mande descuidar el honor debido a quienes nos engendraron –explica san Juan Crisóstomo–, sino para darnos a entender que nada ha de haber en nosotros más necesario que entender en las cosas del cielo, que a ellas nos hemos de entregar con todo fervor»5.


«El Señor –Maestro de Amor– es un amante celoso que pide todo lo nuestro, todo nuestro querer»6. El verdadero amor exige dar y recibir por completo. Es lo que ha hecho Dios con cada uno de nosotros al hacerse hombre, morir, resucitar y al quedarse en la Eucaristía. Seguir esta lógica divina del amor a Dios y a los demás es lo que nos da una felicidad que el mundo no alcanza a dar. «El Señor colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia»7.


No sabemos cuál fue la reacción del discípulo ante las palabras del Maestro; desconocemos si efectivamente se marchó o bien decidió acompañarle. Lo que sí sabemos es que Jesús quiere que le amemos sin reservas, pero con libertad. No obliga ni al escriba ni al discípulo: deja que ellos tomen sus decisiones. Cristo «no se impone dominando: mendiga un poco de amor»8. Podemos pedir a María que sepamos seguir a su hijo con el mismo amor y con la misma libertad que marcó también su vida.