"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de diciembre de 2025

ACEPTAR NUESTRA VULNERABILIDAD

 




Evangelio (Mt 3,1-12)

En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo:

—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:

Voz del que clama en el desierto:

«Preparad el camino del Señor,

haced rectas sus sendas».

Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.

Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo:

—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a venir? Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, y no os justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.

»Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio quemará la paja con un fuego que no se apaga.


PARA TU RATO DE ORACION


«LA CONMEMORACIÓN ANUAL del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza»[1]. Y al considerar la esperanza, podemos caer en el error de pensar que se trata de algo orientado exclusivamente hacia el futuro; parecería que, de frente a una adversidad de cualquier tipo, recurrir a esta virtud consistiría en rechazar el pasado, cerrar los ojos al presente y soñar con un futuro mejor.


Sin embargo, no es casualidad que este tiempo litúrgico de esperanza se sitúe entre la memoria de la primera venida de Jesucristo en Belén y la expectativa de su retorno glorioso al final de los tiempos. Es decir, el Adviento nos recuerda, al mismo tiempo, el pasado y el futuro. «Nuestra esperanza no carece de fundamento, sino que se apoya en un acontecimiento que se sitúa en la historia y, al mismo tiempo, supera la historia: el acontecimiento constituido por Jesús de Nazaret»[2].


San Mateo nos presenta a Juan Bautista como el precursor de Cristo. Él anuncia la llegada inminente de quien había sido esperado durante tanto tiempo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos». Pero ese Mesías no se hará presente con una demostración de fuerza, como muchos imaginaban: lo hará naciendo en un pesebre. Dios no se ha quedado como un ser lejano, difícil de conocer, que entiende poco de nuestros problemas y con quien es casi imposible relacionarnos. El creador ha entrado en nuestra historia como uno más y se ha hecho muy cercano: esta es la raíz de nuestra esperanza.


«TODO cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15,1-9). Puede suceder que no siempre sepamos conservar esa esperanza. La experiencia de nuestras propias flaquezas puede hacernos pensar que Dios acabará perdiendo la paciencia con nosotros. Sin embargo, al Señor le emociona ver que sentimos necesidad de él, también cuando nos acercamos a él con un «corazón contrito y humillado» (Sal 51,17). Pues, como escribe también san Pablo, donde «se multiplicó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). San Josemaría veía con optimismo la experiencia de las propias debilidades: pensaba que, mientras más evidentes podían ser, más profundos podrían ser los cimientos de la propia vida espiritual[3].


Por eso, la virtud de la esperanza se nutre de dos actitudes que podrían parecer antagónicas. Por un lado, toma fuerza del agradecimiento hacia todo lo que el Señor ha querido regalarnos. Una esperanza afianzada en el gran amor que Dios nos tiene, en la obra que hace con nosotros, puede sostenernos en tiempos difíciles. Sin embargo, nuestra esperanza también se fortalece cuando contemplamos nuestra propia biografía con una mirada reconciliadora: «Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones»[4]. Dios nunca nos pide cosas imposibles; solo quiere que le dejemos entrar hasta lo más profundo de nuestra alma, también de nuestro pasado. Entonces, podrá dirigir nuestros pasos futuros hacia el encuentro con Cristo que viene.


LA ICONOGRAFÍA ANTIGUA representaba la esperanza como un ancla. De ahí que, en muchas embarcaciones, el ancla más pesada y más importante reciba el nombre de esta virtud teologal. Esperar en Dios nos sostiene en los momentos de tormenta. Pero la imagen del ancla no debería hacernos pensar en un inmovilismo vital, como si la solución para nuestros problemas consistiera en quedarnos paralizados. Jesucristo viene a renovar todas las cosas (cfr. Ap 25,1), por lo que anclarse en él es estar dispuesto a zarpar hacia océanos inimaginados.


«Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (Is 11,4). La esperanza conjuga una aceptación realista de nuestra vulnerabilidad, con la apertura hacia los dones que Dios nos regala cada día. Sin negar nuestra personalidad ni nuestro pasado, queremos revestirnos poco a poco de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13,14). Así, la llegada de Jesús en la Navidad no será un evento meramente exterior, sino que alcanzaremos una mayor intimidad con ese Dios que ha querido hacerse Niño para caber en nuestros corazones.


San Josemaría consideraba a la esperanza como un «suave don de Dios (...) que colma nuestras almas de alegría»[5]. Anclar nuestra vida en el pasado de nuestra salvación, y en el futuro de la segunda venida de Jesús, dota al presente de una divina suavidad; cada momento de nuestra vida se transforma en un encuentro con Jesús que vino y que vendrá. María, esperanza nuestra, supo abrir su propia historia al futuro de Dios y por eso fue tan feliz en cada momento de su paso por la tierra.

6 de diciembre de 2025

SAN NICOLAS

 


Evangelio (Mt 9,35-38; 10,1.6-8)


Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: — La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.


PARA TU RATO DE ORACIÓN


El 6 de diciembre se celebra la fiesta de san Nicolás de Bari. San Josemaría le encomendó la resolución de las dificultades económicas. La historia está relatada en “Los intercesores del Opus Dei” y firmada por José Miguel 

La relación de san Josemaría con san Nicolás de Bari (Patara, 255 – Myra, 335) es antigua. Con anterioridad al nombramiento como intercesor, que llevó a cabo el 6 de diciembre de 1934, consta que ya había acudido, en diversas ocasiones, a rezar a la madrileña iglesia de El Salvador y San Nicolás, para «darle un sablazo». 


San Josemaría acudía para encomendar a san Nicolás los apuros económicos familiares que se habían agudizado desde que, en 1931, dejara el Patronato de Enfermos. 


Pocos años después, y en el contexto de las dificultades económicas surgidas en torno a la puesta en marcha de la Academia-Residencia DYA, el fundador le nombraría intercesor y, en ese mismo momento, estableció que, en todos los centros del Opus Dei, se colocara una imagen del santo.


Los títulos que el obispo de Myra presentaba a los ojos de Josemaría Escrivá para acudir a su intercesión coincidían con los de la imagen del santo en la tradición popular católica.


Apoyándose en la secular fama que tenía de abogado para las causas difíciles, especialmente en ámbito material, san Josemaría lo consideraba «el santo de las dificultades económicas y el santo de casar a las incasables». En esos primeros años, Escrivá se refería a san Nicolás de Bari con títulos diversos: «administrador», «patrono», «abogado» e «intercesor».


En 1954, en el contexto de las dificultades económicas surgidas con ocasión de la puesta en marcha de la sede central del Opus Dei en Roma, tuvo lugar la primera peregrinación de san Josemaría a la tumba del santo obispo en la capital de la Apulia. 


En ese mismo año, al hacerse cargo la constructora Castelli de la gestión de las obras, se produjo una mejora de las circunstancias en las que se desarrollaron esos trabajos. También en 1954 quedó terminado el oratorio dedicado a san Nicolás en esos edificios.


¿Quién fue san Nicolás de Bari?

San Nicolás, también conocido como San Nicolás de Mira o San Nicolás de Bari (en Occidente, por el lugar donde fueron trasladados sus restos) fue un obispo que vivió en el siglo IV. Más de dos mil templos están dedicados a él en todo el mundo.


Nació en Patara, en la región de Licia (actualmente dentro del territorio de Turquía) en una familia adinerada y desde niño se destacó por su carácter piadoso y generoso. Sus padres, fervorosos cristianos, lo educaron en la fe. Después de la muerte de sus padres, Nicolás heredó una gran fortuna que puso al servicio de los necesitados, según la hagiografía escrita por San Metodio, arzobispo de Constantinopla.


Durante su época como obispo, y en su afán por erradicar los cultos paganos, ordenó demoler el templo de Artemisa en Mira; el templo más grande y famoso de Licia, así como otros varios edificios paganos.​ Por un decreto del emperador Licinio contra los cristianos fue encarcelado y su barba quemada, siendo liberado por el emperador Constantino.


Participó en el Concilio de Nicea, condenando las doctrinas de Arrio, quien se negaba a admitir el dogma de la divinidad de Cristo. Para combatir los errores, utilizaba una dulzura exquisita, logrando grandes y sinceras conversiones, a pesar de su discreto talento especulativo y orador que tanto gusta a los orientales. Sin embargo, cuando se trataba de proteger a los más débiles de los poderosos, San Nicolás, a pesar de su avanzada edad, actuaba con gran arrojo y vigor.


San Nicolás de Bari murió el 6 de diciembre del año 343 en Mira, pero sus restos descansan en la ciudad portuaria italiana de Bari, pues allí fueron a dar después de que fueran sacados de Turquía tras la conquista musulmana. Tras su muerte se convirtió en el primer santo no mártir en gozar de una especial devoción en Oriente y Occidente. Multitud de relatos milagrosos aparecieron sobre él, desfigurando, a veces, su eminente carácter práctico y sencillo.

EN ESTE LINK ENCONTRARAS 

¿Cómo pueden tener tus hijos una relación sana con las cosas materiales?

¿Cómo nos relacionamos con nuestras pertenencias? Y, mucho más importante: ¿cómo le enseñamos a nuestros hijos a relacionarse con las cosas materiales en un mundo hiperconsumista? En Catholic Link desgranan el documental «Stuff» y las claves educativas que ofrecen siete familias de diferentes países.

https://opusdei.org/es/article/documental-educacion-hijos-consumismo/










5 de diciembre de 2025

MADRE DE MISERICORDIA

 



Evangelio (Mt 9,27-31)


Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos:


— ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo:


— ¿Creéis que puedo hacer eso?


— Sí, Señor - le respondieron.


Entonces les tocó los ojos diciendo:


— Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.


Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente:


— Mirad que nadie lo sepa.


Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca.



PARA TU RATO DE ORACIÓN



«BIENAVENTURADOS los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Una particularidad de esta bienaventuranza es su reciprocidad. Es decir, que aquello que damos a los demás a su vez se nos concederá a nosotros como un don de Dios. Y también sucede al revés: la misericordia divina que recibimos es la que nos impulsa a ser misericordiosos con otros. Esto es lo que observamos en la vida de María Inmaculada. En la escena de las bodas de Caná, por ejemplo, vemos cómo María se conmueve y alcanza la bendición de su Hijo en favor de los allí presentes.


Los invitados a la fiesta se encuentran celebrando a los novios. María, al mismo tiempo, está atenta al conjunto. Nota que falta algo y concluye: no hay vino. «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, solo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios»[1].


María se da cuenta del problema y su corazón le mueve a buscar una solución. Ella sabe que el corazón de su Hijo es aún más rico en misericordia, y que no se desinteresa de los problemas de los demás. Por eso se dirige a él: «No tienen vino» (Jn 2,3). Y no dice más. Ella misma ha experimentado en su propia vida que no hacen falta grandes discursos para mover el corazón misericordioso de su Hijo. Basta presentarse necesitado y, sin dejarnos de la mano, él hace el resto. «María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede –más bien “tiene el derecho de”– hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres»[2]. Eso mismo hace ella en esta Novena si abandonamos en sus manos nuestras preocupaciones.


LA RESPUESTA de Jesús a las palabras de María podría parecer que refleja cierta indiferencia: «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Es normal que esta forma de dirigirse a su Madre nos desconcierte. «Quisiéramos objetar: ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la carne y la sangre, tu cuerpo; y no solo tu cuerpo: con su “sí”, que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre; con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de Israel»[3].


La tradición ha visto en estas palabras un paralelismo con la escena en el Calvario. Ambos momentos están marcados por la presencia de María. En Caná intercede cuando todavía no ha llegado «la hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando se cumple ese momento, «Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para los que no saben lo que hacen (cfr. Lc 23,34), María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia divina»[4].


En Caná, Jesús responde con esa aparente frialdad porque el regalo que tenía pensado era mucho mayor que el vino: su misma Madre, a través de la cual concedería su gracia con abundancia. El corazón de la Inmaculada, atento a las necesidades de esos esposos, estaba llamado a acoger a todos los hombres, para reunirlos en el amor infinito e incondicional que Dios nos tiene. Ella nos recuerda que su Hijo no ha venido a «llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,13). Por eso «ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo: su misericordia para nosotros es redención»[5].


MARÍA no se contenta con la respuesta de su Hijo. Por eso se acerca a los sirvientes y les dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Jesús entonces ya no se resiste y obra el milagro. Les hace llenar de agua las tinajas y cuando el maestresala prueba su contenido se maravilla: «Todos sirven primero el mejor vino –le dice al esposo–, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2,10).


La fiesta debió de seguir con normalidad. Durante la celebración, la mayoría de los presentes quizá no fueron conscientes del milagro que acababa de ocurrir. Ciertamente, disfrutarían del vino, pero sin saber su procedencia. Por eso, cuando más tarde Jesús invita a la gente a ser misericordiosos para recibir misericordia, nos está animando a conceder a los demás los dones más altos que conservamos en nuestro corazón, sin esperar a comprobar sus buenos méritos, pues así hace Dios con nosotros. Podemos incluso ofrecer nuestro amor cuando hemos sido injuriados, pues vivimos del don de Dios: «Cada uno debe recordar que necesita perdonar, que necesita perdón y que necesita paciencia; este es el secreto de la misericordia: perdonando se es perdonado»[6]. Dios nos precede perdonándonos a nosotros para que podamos ser misericordiosos con los demás.


En esta bienaventuranza Jesús quiere que reconozcamos esta realidad: hemos recibido más de lo que podemos dar. De algún modo, todos estamos «en deuda» con alguien. En primer lugar, con Dios, pero también con tantas otras personas que nos han dado mucho: padres, hermanos, amigos… Por eso necesitamos la misericordia, porque en muchas de esas relaciones nunca vamos a llegar a devolver lo mucho y bueno que hemos recibido. En este camino de preparación para la fiesta de la Inmaculada, María nos muestra que «solo seremos de verdad bienaventurados, felices, cuando entremos en la lógica divina del don, del amor gratuito; si descubrimos que Dios nos ha amado infinitamente para hacernos capaces de amar como él, sin medida»[7].



4 de diciembre de 2025

HAMBRE Y SED DE DIOS

 


No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.


PARA TU RATO DE ORACION


«BIENAVENTURADOS los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Cuando Jesús pronunció esta bienaventuranza no se refería tanto a la necesidad física, sino a una más profunda. Tampoco se refería solamente a una adecuada distribución de bienes. Aquella necesidad es, más bien, la misma que describe el salmista cuando dice: «Tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti, por ti mi carne desfallece, en tierra desierta y seca, sin agua» (Sal 63,2). Se trata de un hambre que el alimento normal no puede saciar. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[1], comentaba san Agustín.


Santa María Inmaculada experimentó esta misma necesidad cuando volvía de celebrar la Pascua en Jerusalén. En mitad del viaje se dio cuenta de que Jesús no iba en la caravana de regreso. Ella y José «hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén» (Lc 2,44-45). Es de suponer la preocupación con que los dos vivieron la ausencia del Niño; una angustia que también podemos hacer nuestra cuando perdemos al único que puede saciar nuestros anhelos más profundos. «¿Dónde está Jesús? –Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. –Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. –José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo»[2].


En todos los hombres y mujeres hay un deseo de plenitud que es signo de la presencia de Dios en el alma. Es un hambre que nos indica quiénes somos y a dónde queremos ir. Por eso, no es algo que simplemente se satisface en el momento, sino que está llamado a dirigir toda nuestra vida. «Un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para apaciguarlo, casi obsesionados. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, no, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros»[3]. En esta escena, María sintió más que nunca la sed de su Hijo, pues había perdido momentáneamente a aquel que daba sentido a su vida.


«AL CABO de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lc 2,46-47). María ve saciada su sed de Jesús. Sin embargo, a la alegría por haber recuperado a su Hijo, se une también la sorpresa. ¿Qué hacía aquel Niño enseñando a los sabios de Israel?


Jesús estaba, a su vez, saciando el hambre de Dios que tenían aquellas personas. Él había sido enviado precisamente para atender esa necesidad. Y, al contemplar a esos ancianos, vivió algo parecido a lo que diría más tarde antes de la multiplicación de los panes: «Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer» (Mt 15,32). El Señor comprende nuestros sufrimientos y, como en aquella ocasión, quiere que sus discípulos superen la indiferencia y se pongan manos a la obra: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). «Queremos el bien –señalaba san Josemaría–, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda»[4].


Podemos suponer que, de algún modo, Jesús desarrolló una particular mirada de compasión gracias a su Madre. Son muchos los momentos en los que vemos a María atenta a las necesidades de los demás: intuye que su prima Isabel agradecería sus cuidados, advierte que falta el vino en Caná, acompaña a los apóstoles en los primeros pasos de la Iglesia… Y también hoy sigue ayudando a todos sus hijos a colmar el hambre y la sed de Dios.


MARÍA y José se maravillaron al encontrar a su Hijo en esa situación en el Templo. Su madre se acercó y le dijo: «¿Por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Pero la respuesta de Jesús, que son las primeras palabras que la Escritura recoge de él, puede resultar desconcertante: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).


Jesús habla en varias ocasiones de cuál es su alimento. Así ocurre, por ejemplo, cuando encuentra a la samaritana. Su sed, en realidad, no era tanto de agua, sino de hablarle a esa mujer sobre el reino de Dios. Por eso, cuando los apóstoles le insisten en que coma, él dice que tiene un alimento que ellos no conocen: «Hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Y la voluntad del Padre es, como vemos cuando enseña a los ancianos en el Templo, anunciar a todos la salvación: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt 4,4). Esta es «la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta»[5].


El evangelista hace notar que María y José no entendieron estas palabras de Jesús. Y señala, al mismo tiempo, que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón inmaculado (cfr. Lc 2,51). Ella anticipa, en su propia vida, lo que su Hijo señalará como característica esencial de sus discípulos: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). María también hará suyo ese alimento con el que saciará su hambre y su sed de Dios.

3 de diciembre de 2025

Bienaventurados los que lloran

 


Evangelio (Mt 15,29-37)


En aquel tiempo, Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí.


Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies, y él los curó.


De tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.


Jesús llamó a sus discípulos y dijo:


— Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino.


Pero le decían los discípulos: — ¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para alimentar a tan gran muchedumbre?


Jesús les dijo:


— ¿Cuántos panes tenéis?


— Siete y unos pocos pececillos — respondieron ellos.


Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.


Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.


PARA TU RATO DE ORACION


SEGURAMENTE, parte de la vida de la Sagrada Familia, como en toda familia, fue consolar a Jesús cuando lo necesitaba, especialmente siendo un niño pequeño. Por eso, cuando el Señor dijo «bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4), puede haber sucedido que vinieran a su mente recuerdos de su madre. Ella le había acompañado en tantos momentos; un consuelo que ahora también ofrece a todos sus hijos. En este cuarto día de la Novena a la Inmaculada, podemos contemplar esa escena en la que María quiso, de alguna manera, pedir perdón por los pecados de todos los hombres: la presentación del Niño y su propia purificación en el Templo.


María y José llegan a Jerusalén con el niño Jesús en brazos. Han pasado cuarenta días desde su nacimiento y se acercan al Templo para cumplir con el rito de la presentación del primogénito y la purificación de la madre. En realidad, ella no necesitaba realizar este rito, pues no tenía ningún pecado que limpiar: ella era la Inmaculada. Pero lo hace para acompañarnos a nosotros, para que aprendamos a llorar nuestras culpas, y así, desde ese dolor, unirnos a la entrega de su hijo. La Sagrada Familia no va al Templo simplemente para cumplir lo establecido; acude para pedir perdón por los pecados de toda la humanidad, para implorar la misericordia y el consuelo que este mundo necesita. La Virgen María no se conforma con no ofender a Dios; quiere que todos los hombres y mujeres –todos sus hijos e hijas– descubramos la felicidad del amor divino y no caigamos en el engaño y el dolor del pecado.


«No pidas a Jesús perdón tan solo de tus culpas –decía san Josemaría–: no le ames con tu corazón solamente… Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán..., ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido»[1]. María nos puede ayudar a mirar nuestro corazón herido –y el de los demás– y a dejarnos traspasar por el dolor del pecado. Ella nos ofrecerá el consuelo necesario para que las lágrimas no se transformen en tristeza, sino en deseos de reparar y de recomenzar cuantas veces sea necesario.


EN EL TEMPLO se encontraba un anciano llamado Simeón. Él tuvo la oportunidad de sostener entre sus brazos al niño y de ver en él «la consolación de Israel» (Lc 2,25). Efectivamente, «en toda la vida de Cristo, la predicación del Reino fue un ministerio de consolación: anuncio de un alegre mensaje a los pobres, proclamación de libertad a los oprimidos, de curación a los enfermos, de gracia y de salvación a todos»[2]. Pero para abrirnos a ese consuelo es necesario antes admitir nuestra fragilidad. A veces puede ser más sencillo esconder la debilidad, vivir como si no existiera. Ante el miedo a mostrarnos vulnerables, quizás preferimos no llorar, y esta actitud nos puede llevar a no afrontar los problemas, a rechazar la ayuda que el Señor y los demás podrían ofrecernos.


La Virgen María nos enseña a llorar, a reconocer nuestro pecado para acoger el consuelo de Dios. No es un llanto cualquiera, sino aquel que se duele por el daño que hemos hecho o el bien que hemos dejado de hacer. «Este es el llanto por no haber amado, que brota porque la vida de los demás importa. Aquí se llora porque no se corresponde al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; este es el significado del pecado. Estos dicen: “He herido a la persona que amo”, y les duele hasta las lágrimas. ¡Bendito sea Dios si estas lágrimas vienen!»[3]. Podemos pedir a María Inmaculada que nos dé el mismo llanto suyo, el de san Pedro en la Pasión, y el de tantos santos y santas, que les llevó a reconocer su debilidad y a querer a Jesús con un amor renovado.


SIMEÓN, después de bendecir a los padres de Jesús, se dirigió a María y le dijo: «Mira, este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35). Santa María, madre de todos en la Iglesia, nos lleva a compartir el sufrimiento ajeno; a dejarnos atravesar el alma por los dolores que puedan afrontar los demás. Así es como nos convertimos en consuelo de Dios, ya que él mismo se derrama en nuestros corazones para que se desborde a nuestro alrededor.


El Señor se apoya en los hombres y mujeres para mostrar su compasión. Cuando Jerusalén se encontraba destruida, Dios mandó a sus profetas con el siguiente mensaje: «Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–. Hablad al corazón de Jerusalén y gritadle que se ha cumplido su servidumbre, y ha sido expiada su culpa; que ha recibido de mano del Señor el doble por todos sus pecados» (Is 40,1-2). E, incluso, se compara a una madre: «Como alguien a quien su madre consuela, así yo os consolaré, y en Jerusalén seréis consolados» (Is 66,13).


El mayor consuelo que podemos ofrecer a los demás, como hicieron los profetas, es recordar que Dios nos perdona siempre. Él «no nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 103,10), canta el salmista. Así es cómo la tristeza, aun en medio del dolor, se transforma en gozo, por la esperanza del perdón. Esto es lo que le ocurrió a María Inmaculada en el Calvario, cuando se cumplió la profecía de Simeón. Estaba atravesada de dolor al ver a su Hijo en la cruz y, con él, todas las ofensas del mundo entero. Pero, al mismo tiempo, su presencia llenó de consuelo a Juan y las demás mujeres –a nosotros también–, al invitar a dirigir nuestra mirada a la resurrección. Por eso serán bienaventurados los que lloran, porque María les consolará recordando la victoria de su Hijo sobre el pecado y la muerte.




1 de diciembre de 2025

Tierra de los mansos.



Evangelio (Lc 10,21-24)


En aquella hora Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:


— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.


Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:


— Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron


PARA TU RATO DE ORACION

tierra de los mansos.


«BIENAVENTURADOS los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,4). Los Reyes Magos vieron cumplida esta bienaventuranza en Belén, muchos años antes del día en que la pronunciara Cristo. Es probable que, al llegar al portal, se sorprendieran al ver el ambiente que rodeaba a quien pretendían adorar. Quizá imaginaban encontrar a otros grandes monarcas de la época, impacientes por conocer a aquel salvador esperado desde hacía tantos años. En cambio, lo único que contemplan es a un niño recostado en un pesebre junto a sus padres. Solamente unos pastores se han acercado a ofrecer los pocos dones que tenían. Este era el cortejo que acompañaba al Mesías.


Los magos habían dejado atrás muchas cosas, al menos por un tiempo, para recorrer el camino que les llevaba hasta Cristo: comodidades, bienes terrenos, proyectos personales… Ahora se dan cuenta de que para descubrir al Niño Rey tienen que desprenderse también de algo mucho más profundo: su modo de entender el ejercicio del poder y de la realeza. Buscaban a alguien poderoso, y encuentran a un pequeño indefenso. Comprenden que aquel rey en el pesebre no se impone con la fuerza, sino con la mansedumbre. No domina, sino que asume la fragilidad de la naturaleza humana para acercarnos hacia él.


«No son los violentos los que heredan la tierra, al final corresponde a los mansos: ellos tienen la gran promesa, y así nosotros debemos estar seguros de la promesa de Dios, de que la mansedumbre es más fuerte que la violencia»[1]. Aquella escena en el portal probablemente cambió los esquemas que regían la vida de los magos. Quién sabe si desde entonces ejercerían su realeza de otro modo, a partir de lo que vieron en Belén. Quizás se quedarían también maravillados por la actitud de la Virgen María. «Si alguien se merece ser importante, tendría que ser ella», podrían haber concluido. Y en cambio verían la familiaridad de la Madre con el hijo. Ella, precisamente por su mansedumbre, acogió con fe la promesa divina y se dejó transformar por Dios. Le podemos pedir que, en este tercer día de la Novena por su Inmaculada Concepción, nos consiga de Dios esa misma actitud mansa y humilde.


CUANDO Herodes se enteró de que los magos buscaban a un rey de los judíos, «se inquietó, y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3). Tenía miedo de que aquel a quien buscaban esos misteriosos personajes fuese un competidor para él y para su descendencia. El peligro que suponía para su reino era alto, y decidió que ese niño no podía seguir viviendo. De ahí que, bajo la apariencia de interés por adorarle, pidiese a los magos que le indicaran su paradero en cuanto lo averiguasen. Pero cuando se enteró de que regresaron por otro camino, «se irritó mucho y mandó matar a todos los niños que había en Belén» (Mt 2,16).


Herodes, además del miedo por perder su poder, se deja llevar por la ira. Cree que es con la violencia como se asegurará la posesión de su reino. Y aunque este gesto pudo ser visto como una manifestación de su dominio temporal, en realidad perdió algo mucho más importante: la paz, la confianza que podía tener su gente. «Un momento de ira puede destruir muchas cosas; se pierde el control y no se valora lo que es realmente importante, y se puede arruinar la relación con un hermano, a veces sin remedio. Por la ira, tantos hermanos no se hablan, se alejan uno del otro. Es lo contrario de la mansedumbre. La mansedumbre reúne, la ira separa»[2].


La mansedumbre contempla las dificultades en su justo contexto, nos ayuda a no pretender que las personas o las circunstancias se ajusten siempre a lo que nosotros esperamos. La mansedumbre no ansía dominar a los demás, sino facilitar el camino de aquel corazón hacia Dios. De este modo, si algo de otra persona puede molestar en algún momento, esta virtud ayuda a priorizar la relación, sabiendo que la unidad está por encima de las diferencias. Esto no quiere decir, sin embargo, que la mansedumbre lleve a la desgana, es decir, a vivir con indiferencia lo que sucede a nuestro alrededor. De hecho, a veces su nota característica será, como decía san Josemaría, la rebeldía: «No me da la gana protestar por todo sin dar una solución positiva, no me da la gana llenar de desorden la vida. ¡Me rebelo contra todo eso! Quiero ser hijo de Dios, tratar a Dios, portarme como un hombre que sabe que tiene un destino eterno y además pasar por la vida haciendo el bien que pueda, comprendiendo, disculpando, perdonando, conviviendo... ¡esta es mi rebeldía!»[3].


EN CUANTO José supo por el ángel que buscaban a Jesús para matarlo, «tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto» (Mt 2,14). Esta situación parece contradecir la bienaventuranza que proclamaría más tarde el Señor sobre quiénes serán los herederos de la tierra. Esta vez, los mansos se han visto obligados a dejar su lugar, mientras que la ira de Herodes se ha extendido en todo su territorio. A primera vista parece que ha vencido el más fuerte, el que se quiere imponer por la violencia.


Pero la bienaventuranza no se refiere tanto a un lugar físico, sino a algo mucho más valioso. «El manso es aquel que “hereda” el más sublime de los territorios. No es un cobarde, un “perezoso” que se encuentra una moral cómoda para no meterse en problemas. ¡Nada de eso! Es una persona que ha recibido una herencia y no quiere dispersarla. El manso no es una persona complaciente, sino el discípulo de Cristo que ha aprendido a defender otra tierra bien distinta. Defiende su paz, defiende su relación con Dios, defiende sus dones»[4]. Como dice el salmista: «Señor, tú eres el lote de mi heredad y de mi copa: tú sostienes mi parte. Me ha tocado en suerte un lote hermoso; me agrada mi heredad» (Sal 16,5-6). Este es el territorio que, a fin de cuentas, llegará a poseer el manso: Dios mismo.


La Virgen María supo vivir ese momento de peligro con mansedumbre porque confiaba en el Señor. Lógicamente, experimentaría cansancio e incertidumbre, pero acogió esas dificultades con serenidad, sin perder la paz: sabía que nada escapaba del plan de Dios. Seguramente Jesús pudo ser testigo de esa mansedumbre de su madre en muchas circunstancias ordinarias. Por eso, cuando más adelante diría «soy manso y humilde de corazón», podemos suponer que, en parte, lo habría aprendido de María. Eso fue lo que atrajo «la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra»[5].



CRECER EN LA AMISTAD CON JESUS


EVANGELIO San Mateo 8, 5-11

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:

«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».


Le contestó:

«Voy yo a curarlo».


Pero el centurión le replicó:

«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace».


Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:

«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».


PARA TU RATO DE ORACIÓN


COMIENZA el ciclo litúrgico y recorreremos nuevamente los misterios de la vida de Cristo, sus gozos, sus dolores y su gloria. Empezaremos estos días con la expectación de su Nacimiento, pasaremos después por su Vida, Muerte, Resurrección y Ascensión, hasta que llegaremos finalmente a Pentecostés, momento en que nos envía su Espíritu Santo para así acompañarnos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


Sabemos que esta repetición anual de los misterios es mucho más que un recuerdo piadoso: «No es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni la simple conmemoración de una edad pretérita: es más bien Cristo mismo que vive en su Iglesia»[1]. Cada tiempo litúrgico de la Iglesia nos inserta personalmente en un momento o aspecto concreto de la vida del mismo Jesús que pisó las calles de Galilea. Porque «Iesus Christus heri et hodie, Ipse et in saecula» (Hb 13,8): Jesucristo continúa vivo en la tierra y nosotros podemos conocerlo y amarlo; incluso más: podemos vivir en Él.


En estos días de Adviento, en concreto, vivimos realmente la expectación del Mesías. «Ya está a punto de llegar su hora, sus días no tardarán»[2], repite la Iglesia. Una vez más, Jesús viene a nuestro mundo, se hace presente en nuestras vidas. Viene con el deseo de caminar junto a nosotros por los senderos de la Historia. Él quiere que le hagamos partícipe de nuestras alegrías, que le confiemos nuestras penas; desea poder consolarnos y darnos la fuerza necesaria para llevar adelante la misión de cada día. Podemos agradecerle este aspecto de su vida que viviremos estos días: que Dios se haya hecho hombre para que nosotros podamos ser hijos de Dios y para contar con su compañía.


ALGUNAS PERSONAS que estuvieron con Jesús cuando Él pasó haciendo el bien por nuestro mundo nos pueden enseñar cómo tratar al Maestro. «Al entrar [Jesús] en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: –Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,5-6). La liturgia de hoy nos ofrece este episodio de la vida del Señor para nuestra consideración. Aquel buen hombre, un gentil, sufre por la enfermedad de un criado a quien estima de verdad. Ante la amarga impotencia de no ser capaz de ayudarlo, reacciona en manera sabia y humilde, llena de fe: va en busca de Jesús y con sinceridad le expone su tristeza. No es necesario que pida nada, le basta con contarle su situación, con abrir su alma.


Nosotros también tenemos nuestras dificultades y tristezas; tenemos también amigos que queremos que sean curados y queremos nosotros mismos sentir cerca la mano del Señor. Por eso reaccionamos confiadamente, como lo hizo este centurión, y acudimos a Jesús. Es bueno recordar cuánto le necesitamos y cómo desea ardientemente ayudarnos. Es muy consolador saber que, en cualquier momento, podemos dirigirnos a Él con total sencillez: Jesús, tengo unas cuantas cosas que no sé cómo resolver y que me quitan la paz. Tengo fe, pero reconozco que a veces me falta confiar más en ti; todavía tengo que aprender a poner más plenamente mi vida en tus manos.


Hoy queremos imitar al centurión del evangelio y abrir al Señor nuestro corazón. Permaneciendo en silencio, en diálogo con Jesús, le presentamos nuestra vida y nuestras necesidades. Y nos quedamos tranquilos, sabiendo que ahora él también se ocupa de ellas.


«SEÑOR, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». ¡Cómo nos conmueve siempre volver a contemplar la fe del centurión! Una fe que dejó admirado a Jesús mismo, quien la alabó: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mt 8,6). Una fe grande y, a la vez, humilde y sencilla, expresada en unas palabras que la liturgia pone cada día en nuestros labios antes de recibir la sagrada Comunión.


Nosotros podemos acercarnos diariamente a Jesús en la Eucaristía, y nos gustaría hacerlo con la misma confianza en el poder del Señor y con la misma humildad que observamos en este personaje del evangelio. «No comprendo –decía san Josemaría– cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón»[3].


En la Eucaristía y en la intimidad del corazón podemos alimentar nuestra amistad con Jesús. Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos con su gracia, alegrarnos con su presencia y darnos a conocer su amor por nosotros. Aunque a veces no podamos acercarnos físicamente a Jesús Sacramentado, siempre podemos encontrarnos con Dios al recogernos en el silencio de nuestro corazón, como lo hizo tantas veces nuestra Madre, santa María (cfr. Lc 2,19). En el umbral de este año litúrgico que comienza, podemos pedirle a Ella su compañía para adentrarnos en cada momento de la vida de su Hijo.