"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de mayo de 2022

AMAR EN EL PRESENTE

 


Evangelio (Jn 15,9-11)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


—Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.



- Como Cristo nos ha amado.

- Renovar el amor a lo largo del tiempo.

- Amar en el presente.



DURANTE la Última Cena, Jesús confiesa: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Posiblemente los apóstoles no acababan de comprender aquellas palabras, ya que todavía no habían vivido la Pasión del Señor. Les sorprenderá, después, esa donación de Dios hasta la muerte, ese misterio enorme que sobrepasa nuestra capacidad. «Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la cruz, Jesús “me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó por mí. ¿Qué significa todo esto para nosotros? Significa que este es también mi camino»[1].


Como fuimos testigos hace algunas semanas, en el Triduo Pascual «Jesús no solo habló; no solo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega “hasta el extremo”, hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre “para la vida del mundo”. En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más»[2].


La vida cristiana nos lleva a procurar querer y servir a los demás como Cristo lo ha hecho. Entregarse del todo, con decisión y generosidad. Al final, lo único importante será cuánto y cómo hemos amado en el tiempo del que disponemos en este mundo. A la vez, no desconocemos nuestra limitación: sin la ayuda de Dios, no somos capaces de un amor así. Esta tarea de amar como Cristo siempre es nueva «en el sentido de que no lo alcanzamos plenamente; nunca llegamos a amar “como yo os he amado”, cuando quien lo dice es la caridad infinita, el amor mismo»[3]. Necesitamos que Cristo nos encienda y nos dé su propia vida, su capacidad de amar hasta el fin.


EN LA ESCENA que leemos en el evangelio de hoy, sigue el Señor hablando de su llamada, de su predilección por nosotros, nos quiere siempre junto a sí: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor que Dios ha tenido por nosotros es el que fundamenta nuestra vida y nuestra capacidad de amar. Él ha querido nuestro concreto temperamento, nuestro entorno, nuestra libertad, nuestras capacidades y también cuenta con nuestros límites y defectos. Permanecer en ese primer amor es alargar durante toda la vida aquella inquietud de corazón tan propia de los jóvenes, aunque pase el tiempo.


En el caminar de la vida, podemos sentir que el corazón anhela expandir el amor que recibimos y que damos. Quizá lo encontramos en tantas cosas buenas del mundo: la naturaleza, los amigos, la belleza de lo verdadero, etc. El deseo que en esos momentos se abre paso apunta a algo más grande, pues comprobamos que, aunque sean realidades nobles, no son suficientes para colmar nuestros anhelos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es él la belleza que tanto os atrae; es él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»[4].


Decía san Josemaría que «la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud, me siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si permanezco fiel a mi Dios, el amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud»[5].


DESDE QUE EL Señor entró con mayor intensidad en nuestra vida, procuramos seguirlo con el entusiasmo de los apóstoles; ellos, al descubrir el auténtico sentido de sus vidas, se pusieron inmediatamente en camino. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Sólo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida. Como lo hizo con aquellos discípulos que lo escucharon. Por eso necesitamos su Palabra: en medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida»[6].


En cada etapa de la vida, en las nuevas circunstancias en que nos movemos, podemos descubrir manifestaciones distintas de ese mismo amor que dio inicio a nuestra entrega. Es cada vez más maduro, pues sabe con quién camina y por quién se entrega; sabe que vale la pena; en cierto sentido, lleva adelante su misión con una mayor conciencia y libertad. San Josemaría nos recuerda que «la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[7]. Amamos al Señor en el presente, con la juventud del amor primero y fundamental que no pasa, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y aunque pasen los años y cambien nuestras circunstancias, ese amor que contiene nuestro corazónsigue siendo fuente de vida, porque Jesús nos ama de manera nueva cada día.


En ese recorrido, «la experiencia de la debilidad personal propia y ajena, en comparación con la estupenda propuesta que la fe cristiana y el espíritu de la Obra nos presentan, no nos debe producir desánimo. Ante el desencanto que pueda producirnos la desproporción entre el ideal y la pobre realidad de nuestra vida, tengamos la seguridad de que podemos recomenzar cada día con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo»[8] y con la ayuda de nuestra Madre, María.




18 de mayo de 2022

LO PRIMERO ES LO PRIMERO



Evangelio (Jn 15, 1-18)


“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos”.


 - Permanecer cerca de Jesús con la oración.

- Su palabra nos transforma.

- Los frutos de estar unidos a la vid.


DURANTE ESTOS días, entre Pascua y Pentecostés, la liturgia nos presenta muchas palabras que, en su momento, los apóstoles no comprendieron en toda su profundidad, ya que aún no había sido enviado el Paráclito. Nos adentramos, por ejemplo, en la comparación de la vid y los sarmientos: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).


«Jesús es la vid y a través de él, como la savia en el árbol, pasa a los sarmientos el amor mismo de Dios, el Espíritu Santo (...). Los sarmientos no son autosuficientes, sino que dependen totalmente de la vid, en donde encuentran la fuente de su vida. Así es para nosotros cristianos: insertados con el Bautismo en Cristo, hemos recibido gratuitamente el don de la vida nueva, y podemos permanecer en comunión vital con Cristo. Es necesario mantenerse fieles al Bautismo, y crecer en la amistad con el Señor mediante la oración diaria, la escucha y la docilidad a su Palabra, la participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y Reconciliación»[1].


La oración mental, que busca salir del anonimato para construir una relación íntima y personal con Jesús, es imprescindible para alimentarnos de la vid. Cuánto necesitamos esos minutos de silencio, de soledad, de mirar sin prisas a Jesús ya sea en el Sagrario o en el fondo del corazón, en el lugar en el que nos encontremos. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con él nos identifiquemos (…). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo»[2].


«VOSOTROS YA estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15,4). El diálogo personal con Cristo le permite entrar en nuestras circunstancias concretas e iluminar nuestro mundo. «A través de la oración, la Palabra de Dios viene a vivir en nosotros y nosotros vivimos en ella. La Palabra inspira buenos propósitos y sostiene la acción; nos da fuerza, nos da serenidad, y también cuando nos pone en crisis nos da paz. En los días “torcidos” y confusos, asegura al corazón un núcleo de confianza y de amor que lo protege de los ataques del maligno»[3].


Necesitamos que las palabras del Señor nos consuelen, que enciendan en nosotros la convicción de que somos sus sarmientos. Nos ayuda tanto que, en medio de las dificultades, su presencia pueda llenar de seguridad nuestra alma. Y queremos también compartir con Jesús las buenas noticias, elevando la mirada al cielo con una actitud agradecida. «Las dificultades, las contrariedades –decía san Josemaría– desaparecen, en cuanto nos acercamos a Dios en la oración. Vayamos a hablar humilde y francamente con Jesús, teniendo en cuenta que el que trata con sencillez, va confiado, y enseguida se hará la luz, vendrán la paz y la serenidad y la alegría»[4].


«La Palabra de Dios, impregnada del Espíritu Santo, cuando es acogida con un corazón abierto, no deja las cosas como antes, siempre cambia algo. Y esta es la gracia y la fuerza de la Palabra de Dios”[5]. Guardar las palabras de Cristo significa conservarlas en el corazón, hacerlas propias y abrirse para que transformen poco a poco nuestra existencia. En definitiva, nos van podando para generar nueva vida, como dice el Señor: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador (...). Todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto» (Jn 15,1-2).


EL SEÑOR continúa su discurso. Desea que guardemos sus palabras, quiere que de nuestra unión con él surjan tantos frutos. «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos» (Jn 15,7-8). «Permaneciendo unidos a Cristo –dice san Agustín–, ¿qué otra cosa pueden querer sino lo que es conforme a Cristo? (…). Permaneciendo en él y reteniendo en nosotros sus palabras, pediremos cuanto queramos, y todo nos será concedido. Porque si no obtenemos lo que pedimos, es porque no pedimos lo que permanece en él ni lo que se encierra en sus palabras»[6].


Quien permanece unido a la vid, quien pide con seguridad, quien sueña con guardar en el alma cada gesto del Salvador, se transforma en una persona de la que mana la vida de Dios. En la vida interior las cosechas “suceden” de otro modo al natural, porque se miden por el amor. La fe nos lleva más allá de donde hubiéramos pensado, nos lleva a vivir vida divina. ¿Qué mayor fruto podemos desear? Si Dios quiere, quizá veamos que sucede lo mismo en otras personas, en nuevos sarmientos, cuando él quiera. Decía san Josemaría: «Habéis de ser –os repito– colirio y fortaleza para los demás, habéis de tener conciencia de que el Señor ha dicho: sine me, nihil potestis facere –sin mí no podéis hacer nada–. Pero, con él, somos omnipotentes y decimos con el apóstol: omnia possum in eo qui me confortat –todo lo puedo en aquel que me conforta–»[7].


En realidad, todos «los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos: toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como él, actuar como él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres y los que sufren, como hizo él, y amarlos con su corazón y llevar así al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz»[8]. Como santa María, que conservaba las palabras del Señor en su corazón, deseamos que permanezcan también en el nuestro.


[1] Francisco, Regina Coeli, 3-V-2015.


[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299.


[3] Francisco, Audiencia general, 27-I-2021.


[4] San Josemaría, Cartas 2, 54b.


[5] Ibíd.


[6] San Agustín, Comentario al Evangelio de san Juan, 81, 4.


[7] San Josemaría, Cartas 27, n. 17.


[8] Francisco, Regina Coeli, 3-V-2015.

17 de mayo de 2022

LA PAZ ES CONSECUENCIA DE LA LUCHA

 



Evangelio (Jn 14, 27-31a)


“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada, pero el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal y como me ordenó”.


- La paz que viene de Dios.

- Un fruto de la Santa Misa.

- La paz, consecuencia de la lucha.


QUIENES CONOCIERON de cerca al beato Álvaro del Portillo cuentan que encarnaba muy bien aquellas palabras de san Josemaría recogidas en Forja: «Característica evidente de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, es la paz en su alma: tiene “la paz” y da “la paz” a las personas que trata»[1]. Se trata de un deseo de todos los corazones: alcanzar la paz, no vivir en la incertidumbre, estar convencido de que no hay tristezas que no tengan consuelo. Sin embargo, no es fácil hacerlo: siempre hay asuntos que no funcionan, limitaciones con las que hemos de convivir, sucesos que parecen irremediables… Para tener una paz duradera y darla a los demás cuentan nuestros esfuerzos, pero lo más importante es encontrar en Dios su fuente inagotable.


«La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones; nos ofrece una paz artificial, una paz que se reduce a tranquilidad. Es una paz que solo mira las propias cosas, las propias seguridades, a que no falte nada (...). Una tranquilidad que nos hace cerrados, que no ve más allá. El mundo nos enseña la senda de la paz con anestesia; nos anestesia para no ver otra realidad de la vida: la cruz. Por eso san Pablo dice que se debe entrar en el Reino del cielo pasando por muchas tribulaciones. Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación? Por parte nuestra, no (...). Las tribulaciones existen: un dolor, una enfermedad, una muerte… La paz que da Jesús es un regalo: es un don del Espíritu Santo»[2].


En el trato con el Señor es donde encontramos la seguridad del alma que necesitamos para nosotros y para los demás. Solo él tiene la clave. Todos los sueños de felicidad se colman en Cristo. También nosotros anhelamos esa paz que se difunde naturalmente porque transmite el modo más real de ver las cosas: con la mirada de Dios.


NOS REMUEVEN LAS palabras que el Señor dirige a los apóstoles en la Última Cena y que recoge el evangelio de este día: «La paz os dejo, mi paz os doy; no la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). ¿Qué inquietudes nos hacen perder la calma? ¿Qué provoca que nuestro corazón tiemble o flaquee? Solo en el Señor hallaremos reposo, la paz real de saber que el único descanso es ponerse en manos de Dios. «Fomenta, en tu alma y en tu corazón, en tu inteligencia y en tu querer –decía san Josemaría–, el espíritu de confianza y de abandono en la amorosa voluntad del Padre celestial... —De ahí nace la paz interior que ansías»[3].


En cada Santa Misa vivimos esa comunicación de la paz que solo Dios concede. Justo antes de recibir la comunión, tras el Padrenuestro, el sacerdote abre los brazos a toda la humanidad y dice: «La paz del Señor esté con vosotros». La más profunda serenidad de espíritu brota del altar. Todo el bien de la Iglesia, de cada cristiano, de cada hombre, nace de Jesucristo, del Santo Sacrificio del Calvario. Un cristiano que viva unido a la Misa, «que viva unido al Corazón de Jesús, no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino»[4].


Escribía san Josemaría: «Yo tengo pensamientos de paz y no de aflicción, declaró Dios por boca del profeta Jeremías. La liturgia aplica esas palabras a Jesús, porque en él se nos manifiesta con toda claridad que Dios nos quiere de este modo. No viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría»[5].


SANTO TOMÁS de Aquino explica, tomando la lista que ofrece san Pablo sobre los dones y los frutos del Espíritu Santo, que quien «vive en caridad permanece en Dios y Dios en él. De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo. Mas la perfección del gozo es la paz»[6]. Y, a la vez, esta implica que «no seamos perturbados por las cosas exteriores y que nuestros deseos descansen en una sola cosa. Por eso, después de la caridad y del gozo se pone, en tercer lugar, la paz»[7] que nos facilita poner en primer lugar al Señor y apartarnos de lo que nos aparta de él. En la vida interior, la iniciativa depende de él y de su gracia. Al mismo tiempo, con su ayuda, podemos fortalecer nuestra correspondencia, nuestra lucha personal: «Me escribes y copio: “Mi gozo y mi paz. Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz”»[8].


San Josemaría enseñaba que la paz es consecuencia de la guerra, pero no de una guerra cualquiera, sino principalmente de la que se mantiene con uno mismo: desechando el egoísmo, trabajando los propios deseos para que sean más parecidos a los de Jesús, concentrando nuestras fuerzas en extender el bien, etc. En definitiva, luchar para llevar a cabo lo que agrada a Dios, ganando espacio a lo que nos aparta de él. Para tener paz y para darla, en cierto sentido, hay que conquistarla poco a poco. Podría decirse que cuando uno está en guerra con el mundo, no está en paz consigo mismo. «Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados con guerras, porque han olvidado el consejo de luchar por dentro, de acudir al auxilio de Dios, para que él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo»[9].


La Santísima Virgen es Reina de la Paz porque vivió pendiente del Señor, a pesar de los sufrimientos y los avatares desconcertantes de su vida. A ella le pedimos que nos dé tranquilidad y serenidad cuando en nuestra vida se levantan las dificultades personales, familiares y sociales.


[1] San Josemaría, Forja, n. 649.


[2] Francisco, Homilía, 16-V-2017.


[3] San Josemaría, Surco, n. 850.


[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 170.


[5] Ibíd., n. 165.


[6] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I-II, q. 70, a 3.


[7] Ibíd.


[8]San Josemaría, Camino, n. 308.


[9]San Josemaría, Forja, n. 102.

16 de mayo de 2022

Dios ha entrado en la historia.

 



Evangelio (Jn 14,21-26)


El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.


Judas, no el Iscariote, le dijo:


—Señor, ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?


Jesús le respondió:


—Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.



La Iglesia está abierta a todos.

Humildad para que pueda obrar el Señor.

Dios ha entrado en la historia.



PABLO Y BERNABÉ recorren el mundo conocido llevando la novedad que había cambiado su vida radicalmente: el encuentro personal con Cristo. Muchas veces el Señor hace que, además de sus palabras, aquellos discípulos las acompañen con sorprendentes milagros. En Listra, por ejemplo, curan a un cojo de nacimiento. «Este escuchó hablar a Pablo, el cual le miró fijamente y, viendo que tenía fe para ser salvado, dijo con fuerte voz: “¡Ponte de pie! ¡Derecho!”. Él dio un salto y empezó a caminar. La muchedumbre, al ver lo que Pablo había hecho, levantó la voz diciendo en licaónico: “Los dioses han bajado hasta nosotros en forma humana”» (Hch 14,9-11). Tanta admiración suscita lo acontecido, que los habitantes del lugar los toman por divinidades que han bajado a la tierra.


Durante la Pascua revivimos constantemente el empuje de los primeros cristianos: la vibración de sus viajes, sus encuentros y sus discursos. «El libro de los Hechos revela la naturaleza de la Iglesia, que no es una fortaleza, sino una tienda capaz de ampliar su espacio (cfr. Is 54,2) y de dar cabida a todos. La Iglesia o es “en salida” o no es Iglesia, o está en camino, ampliando siempre su espacio para que todos puedan entrar, o no es Iglesia (...). Las iglesias siempre deben tener las puertas abiertas porque son el símbolo de lo que es una iglesia. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (...). De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas»[1].


El encuentro de Pablo y Bernabé con el mundo no judío muestra la catolicidad de la Iglesia. El mensaje de Cristo está destinado a todos, sea cual sea su proveniencia geográfica o cultural. El libro de los Hechos de los apóstoles puede ser un buen manual de instrucciones para continuar con la alegría de evangelizar en medio de nuestras tareas ordinarias.


ES SORPRENDENTE que, en nuestros días, Dios quiera servirse de cada uno de nosotros para llegar a muchas personas. Después de su Ascensión podría haber continuado revelándose directamente a las personas, pero ha preferido hacerlo a través de las relaciones humanas: en medio de la amistad, de la familia, de una comunidad, etc. Y su poder divino no es menor en nuestros días que aquel desplegado en medio de los primeros cristianos.


«El Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios –decía san Josemaría–. Daremos luz a los ciegos. ¿Quién no podría contar mil casos de cómo un ciego casi de nacimiento recobra la vista, recibe todo el esplendor de la luz de Cristo? Y otro era sordo, y otro mudo, que no podían escuchar o articular una palabra como hijos de Dios (…). Milagros como Cristo, milagros como los primeros apóstoles haremos. Quizá en ti mismo, en mí se han operado esos prodigios: quizá éramos ciegos, o sordos, o lisiados, o hedíamos a muerto, y la palabra del Señor nos ha levantado de nuestra postración. Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido»[2].


En esta tarea de llevar la felicidad a los demás, es importante profundizar en la humildad de saber que Dios es quien obra en medio de nosotros. «En la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades, el que realiza el reino de Dios, sino que es Dios quien obra maravillas precisamente a través de nuestra debilidad, de nuestra inadecuación al encargo. Por eso, debemos tener la humildad de no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar en la viña del Señor, con su ayuda»[3].


SAN JUDAS, en el Evangelio de hoy, pregunta a Cristo algo que quizás también nos ha pasado por la mente: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). «¿Por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué solo se manifestó a sus discípulos?»[4].


La respuesta de Cristo es misteriosa. Aparentemente no alude a lo preguntado por su apóstol: habla de guardar su palabra que vivifica, de ser amado por Dios y de que seremos morada del Espíritu Santo. Aunque no tenemos una explicación definitiva de por qué el Señor ha querido hacer las cosas de una determinada manera y no de otra, sí sabemos que sus designios son siempre los más sabios. Y, en su inmensa sabiduría, para revelarse a los hombres ha querido contar con la libertad humana y con todas las consecuencias de querer entrar en la lógica de la historia. «La revelación de Dios en la historia, para entrar en relación de diálogo de amor con el hombre, da un nuevo sentido a todo el camino humano. La historia no es una simple sucesión de siglos, años, días, sino que es el tiempo de una presencia que le da pleno significado y la abre a una sólida esperanza»[5].


Lo cierto es que Dios ha querido contar con cada uno de nosotros. «No sé qué te ocurrirá a ti –escribía san Josemaría–, pero necesito confiarte mi emoción interior, después de leer las palabras del profeta Isaías: “ego vocavi te nomine tuo, meus es tu! –Yo te he llamado, te he traído a mi Iglesia, ¡eres mío!: ¡que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»[6]. Le podemos pedir a santa María que nos llene de un orgullo santo por haber sido llamados por el Señor para extender su anuncio, al igual que Pablo y Bernabé; y que, al mismo tiempo, no nos falte la humildad de saber que es Dios el que obra todo lo bueno en nosotros.





15 de mayo de 2022

PAZ



Evangelio (Jn 13, 31-33a. 34-35)



Cuando salió [Judas del cenáculo], dijo Jesús:

— Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios le glorificará a él en sí mismo; y pronto le glorificará. Hijos, todavía estoy un poco con vosotros. (…) Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.


  • Bienaventurados los pacíficos.
  • Ayudar con el realismo de la oración.
  • Forjar la paz desde la familia.

«AL VER JESÚS a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: (…) Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,1-2.9). En el Evangelio de san Mateo, el Señor, antes de confirmar sus palabras con prodigios, nos enseña con las bienaventuranzas el camino hacia la felicidad en la tierra y en el cielo. La ruta, aunque pueda sorprender, no es otra que ser pobre de espíritu, preocuparse por el dolor de los demás, buscar la justicia, tener un corazón limpio, no devolver mal por mal… Y, también, ser una persona que construye la paz.


San Pablo VI, a mitad de los años setenta, decía que «desafortunadamente, a medida que la trágica experiencia de la última guerra mundial va declinando en la esfera de los recuerdos, tenemos que registrar un recrudecimiento del espíritu contencioso entre las naciones»[1]. San Juan Pablo II, constatando un ambiente similar, a finales de 1989 señaló que «la memoria vigilante del pasado debería conseguir que nuestros contemporáneos estuvieran atentos a los abusos siempre posibles en el uso de la libertad, que la generación de esta época ha conquistado a costa de tantos sacrificios. El frágil equilibrio de la paz –continuaba– podría verse comprometido si en las conciencias se despertaran males como el odio racial, el menosprecio de los extranjeros, la segregación de los enfermos o de los ancianos, la exclusión de los pobres o el recurso a la violencia privada y colectiva»[2]. Y ya hacia nuestros días, el Papa Francisco, teniendo en mente tanto los conflictos en diversas partes del mundo, como la siempre creciente interdependencia entre países, ha afirmado que se podría hablar de una «guerra mundial a pedazos»[3]. En este contexto, ¿cómo hacer vida aquellas palabras de paz que dirigió Jesús a sus discípulos? ¿Cómo podemos ser esas personas pacíficas que buscan alcanzar la bienaventuranza?


«Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz» (Is 52,7), dice el profeta Isaías refiriéndose a Cristo y, en él, a todos quienes queremos seguir su camino. Ante la impotencia y la incomprensión que puede generar la violencia, estamos llamados a ser sembradores de esperanza. «La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana (…). La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible»[4], animaba Benedicto XVI. En su discurso de las bienaventuranzas, Jesús une la paz con la filiación común: «O somos hermanos o todo se derrumba»[5].


«PAZ, VERDAD, unidad, justicia. ¡Qué difícil parece a veces la tarea de superar las barreras, que impiden la convivencia humana! –decía san Josemaría–. Y, sin embargo, los cristianos estamos llamados a realizar ese gran milagro de la fraternidad»[6]. Dios, desde los primeros tiempos, nos ha querido revelar la tristeza que surge de la violencia entre sus hijos. «¿Dónde está tu hermano?» (Gén 4,9), pregunta a Caín en el libro del Génesis; se trata de un interrogante que resuena a lo largo de los siglos, recordándonos la tarea de cuidar de quienes nos acompañan en esta tierra. Ese «milagro de la fraternidad» espera nuestra colaboración, nuestro empeño positivo, ya que todos podemos ayudar de alguna manera. En primer lugar, Dios cuenta con nuestras oraciones; si nos fijamos bien, en la santa Misa rogamos incesantemente por la paz.


Es lógico que, al sabernos hijos de un mismo Padre, nos interesen las cosas que suceden en cualquier lugar del planeta. Vivir la comunión de los santos nos hace experimentar como propio el destino de muchas otras personas. En un mundo interconectado y casi inmediato, es comprensible querer saber siempre lo que ocurre, estar atentos a los medios de comunicación que nos acercan hasta esos lugares. Sin embargo, puede suceder que «la velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio (...). El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos»[7]. En este contexto, a la vez que se impone una responsabilidad personal de aprender a informarse bien y no solo superficialmente, sin hacer violencia a la realidad, también puede ser bueno estar atentos a un posible desorden al querer saberlo todo, a tiempo real, o querer tener la mayor cantidad posible de detalles. El prelado del Opus Dei, refiriéndose a la profesión de la comunicación, señalaba que solo «un comunicador sereno podrá infundir el sentido cristiano en el flujo inevitablemente veloz de la opinión pública»[8]. De manera análoga, solo un consumidor sereno de noticias podrá asimilar la información con un sentido cristiano.


«La comprensión comienza cuando tratamos de ver personas concretas, y no “masas”, en el centro de cada relación comunicativa, aunque esas personas no estén físicamente presentes. No las vemos, pero están ahí, con toda su dignidad, especialmente cuando son más vulnerables»[9]. Este equilibrio para informarnos sobre conflictos lo podemos conseguir si vivimos el realismo que nos otorga una vida de oración y de caridad con los más cercanos; un realismo forjado en el silencio y en la vida concreta, que impulsa nuestro deseo de servir, aquí y ahora, en medio de nuestra familia y de nuestra profesión. La vida contemplativa nos lleva a ocuparnos de lo que verdaderamente podemos cambiar: primero en nosotros mismos y, después, en el ambiente que nos rodea, para llenarlo todo de paz.


«NO DEVOLVÁIS a nadie mal por mal –dice san Pablo a los romanos–: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres» (Rm 12,17-18). Nuestro anhelo por que llegue la paz a tantos lugares del mundo puede ser un buen impulso para hacer lo mismo en nuestro ambiente. Quizás nosotros también vivimos nuestras pequeñas batallas domésticas, o enemistades con personas que vemos día a día. La sabiduría del pueblo judío recogía una máxima que rezaba: «Es honra para un hombre dejarse de litigios, pero cualquier necio se enzarza en ellos» (Prov 20,3), y esto sucede tanto a nivel político como a nivel doméstico. San Juan Pablo II, que ha sido llamado el Papa de la familia, veía que es precisamente en aquel entorno en donde se puede sembrar un futuro de paz para el mundo: «Los pequeños aprenden muy pronto a conocer la vida. Observan e imitan el modo de actuar de los adultos. Aprenden rápidamente el amor y el respeto por los demás, pero asimilan también con prontitud los venenos de la violencia y del odio. La experiencia que han tenido en la familia –continuaba diciendo el santo Papa polaco– condicionará fuertemente las actitudes que asumirán de adultos. Por tanto, si la familia es el primer lugar donde se abren al mundo, la familia debe ser para ellos la primera escuela de paz»[10].


«Tanto la paz, como la guerra, están dentro de nosotros»[11], escribió san Josemaría. «Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia (…). La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón. Desde el seno de la familia, la

14 de mayo de 2022

SAN MATIAS. Vos tenés un plan para tu vocación

 


Evangelio (Jn 15,9-17)


Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 


Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer.


No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.




- Toda vocación es un don gratuito.

- San Matías conocía la vida de Jesús.

- Dios cuenta con todos en su plan de salvación.



CUENTAN LOS Hechos de los Apóstoles que, en los días posteriores a la resurrección del Señor, san Pedro se juntó con los discípulos para elegir al sustituto de Judas (cfr. Hch 1,15-26). Se reunieron unas ciento veinte personas. Quizá era el núcleo de los que habían permanecido con el Señor después del sermón del Pan de vida, incluyendo a aquellos setenta y dos que había mandado a predicar tiempo atrás. Lo que más sorprende es el modo de llamar a Matías para que fuese uno de los Doce. Tras una oración para rogar a Dios que se haga su voluntad, echan a suertes entre dos candidatos… y nace un nuevo apóstol.


Seguir de cerca al Señor como lo hicieron los apóstoles posee un cierto aire de fortuna. La pregunta que nos podemos hacer es: ¿por qué he sido el elegido si hay muchas más personas que podían encargarse de esta tarea? Sin embargo, nuestra actitud frente a los dones divinos es la de maravillarnos y sentirnos afortunados. El Señor obra de manera inusual para nuestros parámetros. Matías está bien dispuesto, conoce al Señor desde hace tiempo, pero quién sabe si hasta ese instante se había planteado algo similar. Ante la necesidad de disponer de nuevos apóstoles, gracias a la oración y a la suerte divina, descubre que Jesucristo tiene una misión concreta para él. En el fondo de su corazón Matías escucharía de algún modo la voz de Dios.



«Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta –decía san Josemaría–, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva –sin darnos cuenta– a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[1] y eso es lo que muy posiblemente experimentó Matías aquel día.


«NOSOTROS hemos recibido este don como destino: la amistad del Señor. Esta es nuestra vocación: vivir siendo amigos del Señor, al igual que los apóstoles. Todos los cristianos hemos recibido este don: la apertura, el acceso al corazón de Jesús, a la amistad de Jesús. Hemos recibido en suerte el don de tu amistad. Nuestro destino es ser amigos tuyos. Es un don que el Señor conserva siempre»[2]. Y para ser amigos de Jesús necesitamos conocerlo. En el momento de la elección del nuevo apóstol, el único requisito que debía cumplir era el de conocer de cerca la vida de Cristo, «desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión» (Hch 1,22).


«No puedo dejar de confiaros algo –decía san Josemaría–, que constituye para mí motivo de pena y de estímulo para la acción: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no barruntan todavía la profundidad de la dicha que nos espera en los cielos, y que van por la tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la auténtica felicidad»[3]. Toda felicidad aquí en la tierra es un chispazo divino que apunta hacia Cristo. Solo en él descansa nuestra búsqueda. Solo en nuestra amistad con Jesús, hecha de palabras y de momentos compartidos, encontramos la paz que no nos deja. Por eso deseamos conocerlo cada vez mejor, en los evangelios, en la Eucaristía, en la oración personal y en las personas que nos rodean.


A nosotros, que no hemos vivido aquellos años en los que Jesús pisó nuestra tierra, puede servirnos el ejemplo de san Pablo, que tampoco conoció a Cristo bajo ese aspecto. «San Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús»[4]. En nuestro empeño por conocer con la mayor profundidad posible a Cristo, podemos pedir la intercesión del apóstol Matías. Él podrá ayudarnos a que las acciones y palabras del Señor que él conoció, desde que fue bautizado por Juan hasta su resurrección, sean una realidad viva también para nosotros.


EN LA ESCENA de la vocación de Matías hay otro aspecto que también llama la atención y que se prolongará a lo largo de la historia. Es el hecho de que «la primera vocación tuvo lugar cuando la Iglesia estaba unida y rezaba. Cuando la Iglesia permanece unida y reza, no necesita preocuparse mucho por la propaganda, ya que puede estar segura de la respuesta del Señor»[5]. Esto nos da paz. La Iglesia la ha instituido el Señor y es él quien la saca adelante; nada ni nadie podrá contra ella. Seguirá llamando a nuevos apóstoles incluso en medio de cualquier circunstancia, entre jóvenes y ancianos, entre hombres y mujeres. Permanecer unidos en la oración y en el cariño fraterno es, en definitiva, seguir pendientes de Dios y confiar plenamente en su misericordia. No faltarán personas dispuestas a seguir a Cristo y a permanecer con él para ser testigos de la paz y de la alegría que surgen de la Resurrección.


El alborozo por ese nuevo apóstol fue enorme: en toda la asamblea y en el corazón del mismo Matías. Sin embargo, José, llamado Bernabé, el otro discípulo que intervino en el sorteo, quedó a las puertas de esa predilección, así como al resto de aquellos ciento veinte que se habían reunido (cfr. Hch 1,23-26). José era un fiel discípulo y el hecho de no ser llamado a formar parte de los Doce no significa que valiese menos o que no fuese buen cristiano. Dios llama a quien quiere, cada uno tiene su camino de felicidad trazado por Dios, y lo propio del hombre es ponerse en sus manos. Tanto Matías como José son afortunados porque fundan su vida en la seguridad de que el Señor está siempre a su lado. Y responder que sí a las inspiraciones de Dios, aceptarlas con gratitud, es fuente de paz. Lo que cuenta es la santidad de cada uno en sus circunstancias y con su modo de ser, allí donde está.


Matías, como antes lo habían hecho los otros apóstoles, se puso inmediatamente manos a la obra. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Solo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida»[6]. El mar inmenso de este mundo cuenta con que los cristianos, en compañía de la Santísima Virgen, Stella Maris, estrella del mar, surcaremos sus aguas para llevar a todos la alegría de Cristo.

13 de mayo de 2022

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE FATIMA

 



Evangelio (Lc 11, 27-28)


Mientras Él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:


–Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.


Pero él replicó:


–Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.



Meditación 


- Un impulso al santo rosario.

- La paz es fruto de la oración y reparación por los pecados.

- El corazón de María triunfa frente al pecado.



EL SIGLO XX ha quedado grabado en la historia de la piedad mariana por las apariciones de Nuestra Señora en Fátima. Corría el año 1917 y el dolor de la guerra cubría buena parte del mundo. Mientras varios países se enfrentaban con obstinación, mientras se intentaba arreglar los problemas con la fuerza de la violencia, en Portugal la Virgen revelaba a unos niños el camino para la paz verdadera. La oración que la Iglesia nos propone para la Misa de hoy resume el mensaje de Fátima: «Oh Dios, que a la Madre de tu Hijo la hiciste también Madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y la plegaria por la salvación del mundo, podamos promover cada día con mayor eficacia el reino de Cristo»[1]. Nuestra Señora transmitió a los tres pastorcillos la necesidad que tenemos los cristianos de tener una vida de oración y de penitencia para acoger la paz de su hijo. El mensaje de Fátima es como un eco de aquellas palabras de Jesús al inicio de su predicación: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).


Jacinta, Francisco y Lucía, desde que encontraron a la Virgen, comenzaron a rezar el rosario diariamente y a ofrecer sacrificios a Dios. La fidelidad de estos tres pequeños a la petición materna de María ha abierto un camino de esperanza para muchas personas en todo el mundo. Desde Fátima, la devoción al santo rosario ha ganado un nuevo impulso. Hoy son muchas las personas que acuden a esta oración añadiendo la plegaria que la madre de Cristo enseñó a los pastorcillos: «Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia». ¡Cuánto consuelo encontramos los cristianos en el rezo del santo rosario! A él acuden madres y padres de familia que piden insistentemente por la conversión de sus hijos, trabajadores que enfrentan un panorama económico incierto, jóvenes que quieren dedicar sus energías a vivir y compartir la alegría del Evangelio… Es una oración que cambia la historia de muchas personas y puede cambiar también la nuestra.


SIGUIENDO LAS palabras de la Virgen de Fátima, queremos aprender a perseverar en la oración y en la reparación por los pecados. El evangelio nos recuerda cómo Jesús insistía en «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1) y san Pablo, por su parte, pide a los cristianos que sean «alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración» (Rm 12,12). La paz surge en un corazón que tiene la audacia de creer en la fuerza de la oración y se apoya confiadamente en los brazos de Dios.


El Señor mira complacido nuestra oración. Sus manos sostienen la historia de la humanidad, en la que se encuentran también nuestra historia personal y la de quienes nos rodean. El libro del Apocalipsis usa la imagen del perfume del incienso para hablar de la oración de los cristianos: «Y ascendió el humo de los perfumes, con las oraciones de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios» (Ap 8,4). Atendiendo a nuestro clamor constante, el Señor actúa en la historia para llevarla a su plenitud. Por eso queremos aprender a ser perseverantes en la oración. María quiere enseñar a los hombres a confiar en su hijo, incluso cuando a veces pueda parecer que no nos escucha. En las bodas de Caná, da la impresión de que Jesús no estaba pensando en realizar el milagro, pero la Virgen insiste: nuestra Madre, no ve en las palabras de su hijo una llamada a la inacción, sino una invitación a ser audaz. Por eso se lanza a decir a los sirvientes: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Y consigue el milagro.


«María, Maestra de oración. –Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra. –Aprende»[2]. Este consejo de san Josemaría nos puede ayudar a alcanzar muchos dones de parte del Señor con nuestra oración.


LA ADVOCACIÓN de la Virgen de Fátima está unida a la devoción al Corazón Inmaculado de María. «“Mi Corazón Inmaculado triunfará”. ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este “sí” Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre»[3].


Las apariciones de la Virgen en Fátima hablan del peligro que corre la humanidad si abandona la oración. Nuestra Señora, sin embargo, no quiere que caigamos en una visión pesimista de la historia. Su corazón triunfa: imitando la constancia de su diálogo con Dios podemos evitar el pecado, que es el peor de los males. Ahí encontramos «la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad solo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva»[4].


Nuestra oración, sencilla y confiada, nos compromete con la historia; no es la ingenuidad de quien no se da cuenta de los problemas, ni la indiferencia de quien solo piensa en tranquilizar su conciencia. Las letanías del rosario, por ejemplo, nos unen con las personas que sufren: los enfermos, los pecadores, los migrantes, etc. Al rezar por ellos nos sentimos, con la ayuda de Dios, responsables de llevarles consuelo. Podemos dirigirnos a la Virgen de Fátima como lo hacía el beato Álvaro del Portillo: «Queremos meternos en tu Corazón Inmaculado. Así viviremos la alegría y la paz de los hijos de Dios. Que todo lo que te dé pena, nos duela a nosotros. Y, bien metidos en tu corazón amabilísimo, tú nos meterás en el de tu hijo»[5].