"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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29 de septiembre de 2021

SAN MIGUEL SAN GABRIEL Y SAN RAFAEL ARCANGELES



Evangelio (Jn 1, 47-51)

Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:

—Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.

Le contestó Natanael:

—¿De qué me conoces?

Respondió Jesús y le dijo:

—Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

Respondió Natanael:

—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.

Y añadió:

—En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


Comentario

Leemos en el pasaje propuesto por la Iglesia para esta fiesta de los Arcángeles Rafael, Miguel y Gabriel el encuentro de Jesús con Natanael, que san Juan sitúa al comienzo de su Evangelio.


Son los primeros momentos de la misión de Jesús, que poco a poco se va dando a conocer y aprovecha la circunstancia de la pregunta de Natanael -que se asombra de que le conozca- para decirle: “en verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.


Jesús se va dando a conocer cómo Mesías y describe cuál es la misión de los ángeles, que forman parte de la historia de la salvación para llevar adelante misiones concretas dadas por Dios.


San Josemaría, desde el inicio de la fundación de la Obra en el año 1928 -día de los ángeles custodios-, sintió que necesitaba mucha ayuda del cielo para llevar adelante la misión que Dios le había confiado: transmitir el mensaje de que se puede ser santo por medio del trabajo y de la vida ordinaria. Parte de esa ayuda le llegó de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Ocurrió además de una forma providencial: haciendo un curso de retiro en octubre de 1932 en Segovia, junto a la tumba de san Juan de la Cruz. Fue allí, orando, donde Dios le hizo ver que debía poner bajo la protección de los tres arcángeles la tarea apostólica que llevaba entre manos.


El Señor se iba haciendo el encontradizo con san Josemaría y le mostraba el camino. ¿Qué debió sentir en aquellos momentos de encuentro intensísimo con el querer de Dios?


Tuvo que sentir como un trallazo al escuchar las palabras del Señor: “aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez”.


Por un lado, Natanael se sorprendería. Por otro lado, este encuentro nos habla del tipo de personas que quiere Jesús cerca. Personas conscientes de sus pecados pero sinceras. Así lo dijo Jesús en otra ocasión: “Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37)


Tanto se sorprende Natanel que le pregunta: ¿De qué me conoces?


Y Jesús le dijo: “antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”.


Quizá podemos pensar que a la sombra de la higuera, Natanael verdadero israelita, pensaba en su proyecto de futuro, qué haría con su vida, qué querría Dios de él, etc. Meditaría a lo mejor pidiendo la luz al Espíritu Santo e inspiraciones de su ángel custodio, que le ayudaría a adentrarse en esos pensamientos para responder con generosidad a Dios.


Eso nos lo hace pensar la respuesta que Natanael da a Jesús: “Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.


Y Jesús le dice: “cosas mayores verás”.


Eso es lo que sucede a las personas que saben poner su confianza en el Señor, que ven cosas mayores. Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad. Una de las cosas que ven con muchas frecuencia es la paz que tienen en su vida.


Contamos para ello con la ayuda de los arcángeles, cuya fiesta celebramos hoy y con la ayuda de los ángeles custodios que saben mucho de la tarea de encender corazones fríos y de ayudar a tomar decisiones generosas cara a Dios y a los demás.


PARA TU ORACION PERSONAL


El 29 de septiembre celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Recordamos la historia de cómo san Josemaría los escogió como patronos del Opus Dei.

El jueves, 6 de octubre de 1932, haciendo oración en la capilla de San Juan de la Cruz, durante su retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, tuvo la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles; S. Miguel, S. Gabriel y S. Rafael; S. Pedro, S. Pablo y S. Juan. Desde aquel momento los consideró Patronos de los diferentes campos apostólicos que componen el Opus Dei.

Bajo el patrocinio de San Rafael estaría la labor de formación cristiana de la juventud; de ella saldrían vocaciones para la Obra, que colocaría bajo la advocación de San Miguel, al objeto de formarlos espiritual y humanamente. En cuanto a los padres y madres de familia que participasen en las tareas apostólicas, o formasen parte de la Obra, tendrían por patrono a San Gabriel.


Dos días más tarde, el sábado, escribe: — Recé las preces de la Obra de Dios, invocando a los Santos Arcángeles nuestros Patronos: San Miguel, S. Gabriel, S. Rafael... Y ¡qué seguridad tengo de que esta triple llamada, a señores tan altos en el reino de los cielos, ha de ser —es— agradabilísima al Trino y Uno, y ha de apresurar la hora de la Obra!


En otra catalina del 8 de mayo de 1931, fiesta de la "aparición de S. Miguel", se lee: — He encomendado la Obra a San Miguel, el gran batallador, y pienso que me ha oído.


UN POCO DE HISTORIA


Aún se conserva el inmueble de la calle Martínez Campos, 4, donde vivió la familia Escrivá, y la casa -el número 33 de la cercana calle de Luchana- en cuyo primer piso se instaló, en diciembre de 1933, la Academia DYA, la primera «obra corporativa» del Opus Dei.


Bajo esta denominación se comprenden las labores cuya orientación cristiana garantiza el Opus Dei como tal, como corporación; son labores a las que han dado vida los miembros de la Obra, que también las dirigen y atienden en lo espiritual: universidades, colegios, talleres para aprendices, residencias de estudiantes, centros de formación para campesinos y trabajadores, clubes juveniles y tantas cosas más.


Existe hoy una variedad muy diversificada de actividades apostólicas florecientes en docenas de países; todas ellas tratan de ayudar a preparar y a capacitar a personas en todas las condiciones para que conviertan el lugar que ocupan y su entorno en «terra firma Christi», en tierra firme de una fe vivida, a la que puedan inmigrar cada vez más «colonos».


La Academia DYA

Los principios de estas labores corporativas han quedado definitivamente fijados desde el establecimiento de la Academia DYA; definitivamente, decimos, porque esos principios expresan el espíritu del Opus Dei (52): no se trata de iniciativas eclesiásticas, sino seculares, de carácter civil, cuya estructura es totalmente laical; para las personas que las dirigen, ésa es su tarea profesional normal.


La abreviatura DYA tiene un doble significado: las tres letras significan «Derecho y Arquitectura», y se refieren a las materias a las que se dedicaba mayor atención en las clases de la Academia. Pero también se pueden interpretar como «Dios y audacia», y entonces expresan un lema que el Fundador había formulado ya en 1928 y que iba a caracterizar toda su vida.


La Academia ofrecía clases especializadas en las materias indicadas, y seminarios y charlas sobre doctrina católica. Junto a la formación cristiana y apostólica de los miembros de la Obra, que seguían siendo muy pocos, se daba formación y atención religiosa a muchos jóvenes que no pertenecían a la Obra, pero que eran amigos, se sentían atraídos por ella y tenían gran confianza en don Josemaría.


La puesta en marcha y el mantenimiento de la Academia, a pesar de funcionar en un marco muy modesto, traía consigo considerables dificultades materiales y económicas.


Y poco ha cambiado, desde entonces hasta nuestros días, en lo que se refiere a esas dificultades (la palabra es un simple eufemismo para descubrir los apuros económicos que a veces cobraban tintes dramáticos). Don Josemaría era y siguió siendo pobre, en el sentido más exacto de la palabra, y el Opus Dei, igual.


El hecho de que se procure que los centros de la Obra estén cuidados e instalados con gusto, no es consecuencia de la riqueza, sino de la pobreza personal de sus miembros, que se esfuerzan por dar a su familia espiritual lo que está al alcance de sus posibilidades. De este modo logran un ambiente familiar y confortable en las diversas sedes donde se realiza la labor apostólica. Ese ambiente es fruto del trabajo esforzado de los miembros del Opus Dei, de su sacrificio y sus privaciones personales.


En ese esfuerzo colaboran, con generosidad ejemplar, muchos amigos, y en ocasiones no falta la ayuda de algún mecenas o bienhechor, como suelen designarse habitualmente en la tradición cristiana. La familia del Fundador vendió todo lo que le quedaba (y no era mucho, unas cuantas tierras) y puso el importe de la venta a disposición de la Obra para colaborar así en la instalación de los primeros centros.


Los problemas económicos nunca han dejado de existir, y seguirán existiendo siempre, porque en todos los lugares en los que comienza su labor el Opus Dei se empieza prácticamente desde cero, también en lo económico; la Obra no cuenta con patrimonio propio y no amontona capital alguno.


De acuerdo con su carácter laical y secular, cada miembro, con responsabilidad personal y por cuenta propia, tiene que reunir los medios, con su labor profesional, buscando y aprovechando las posibilidades locales y regionales. El «pedir limosna» forma parte de cualquier labor apostólica cristiana, y no sólo en el Opus Dei. Es una escuela de humildad y no se refiere tan sólo al dinero. El Fundador pidió siempre «la limosna de la oración».


Hay millones de personas hambrientas o enfermas que piden, hoy como al comienzo de la humanidad; son incontables los que, de forma más o menos abierta, están pidiendo la limosna de un poco de caridad. Quien nunca ha pedido no ha seguido las huellas de Cristo; a quien nunca se le ha pedido, no ha encontrado a Cristo.


Cualquier cosa grande que viene al mundo como un ideal lleno de pureza y, sobre todo, cualquier cosa de Dios, encuentra de inmediato incomprensión, ceguera y malicia (y tiene que encontrarlas, porque Cristo mismo no tuvo otras experiencias).


Tampoco el Fundador y su fundación quedaron dispensados de estos sufrimientos. Desde el principio o, por lo menos, desde el día en que se colocó la primera placa con el nombre de la primera labor del Opus Dei, se produjo en algunos sectores rechazo e incomprensión, actitudes que fueron creciendo a la par que la Obra, aunque, en último término, mucho más lentamente que ésta.


La labor de San Rafael

En 1933, sin embargo, y hasta la explosión de la Guerra Civil, no hubo que inquietarse por ello, pues eran otras las preocupaciones. La más importante consistía en encontrar gente joven.


Por supuesto que, desde el principio, el Opus Dei estuvo abierto a personas de todas las edades; ahora bien, para poder cumplir esa misión universal que venía a realizar hacía falta un buen núcleo de miembros jóvenes, sanos en cuerpo y alma y con la vida por delante, dispuestos a poner esa vida al servicio de la Obra de Dios para ser, como le gustaba decir al Fundador, «apóstoles de apóstoles», sillares en los cimientos.


«Cuando el cristiano -escribía en 1933- comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse todo para todos, para salvarlos a todos» (I Cor IX, 22) (53). Y un poco antes había escrito que, «al querernos en su Obra, también nos ha dado un modo apostólico de trabajar, que nos mueve a la comprensión, a la disculpa, a la caridad delicada con todas las almas» (54).


Es un ideal para el que muchas personas están dispuestas naturalmente, pero que se va perdiendo a lo largo de la vida si no se refuerza día tras día. En aquella época había que encenderlo progresivamente en las almas de aquellos jóvenes.


El profesor Jiménez Vargas me contó que el Padre vio pronto, con toda claridad, que Dios quería que comenzara con los jóvenes, como primer paso en el desarrollo de la Obra. Había que empezar con la labor que pondría bajo el patrocinio de San Rafael (54 a).


Después vendrían los casados, las madres y los padres de familia, labor que se encomendaría a San Gabriel. (Ya hemos dicho que la estructura, el soporte del Opus Dei, debían ser los miembros que se comprometían a vivir el celibato, cuya disponibilidad total estaría confiada a la protección especial del Arcángel San Miguel).


Dicho con otras palabras: la «obra de San Rafael» abarcaría toda la labor con la juventud, esa fase en el desarrollo y crecimiento de cada persona previa a una integración plena en la vida profesional y a la importante opción personal -siempre por amor a Cristo- entre el matrimonio y el celibato. A la «obra de San Miguel» o a la «obra de San Gabriel» pertenecerían justamente los que ya habían realizado esa opción.


Más adelante, los miembros del Opus Dei que viven el celibato se denominarían Numerarios o Agregados, y aquellos otros que tienen previsto casarse y fundar una familia, o que ya lo han hecho, se llamarían Supernumerarios. Pero en los años treinta, de los que estamos ahora hablando, no existía aún esta nomenclatura.


Incluso desde un punto de vista meramente pragmático y organizativo se comprende enseguida que lo primero que necesitaba el Opus Dei para poder crecer y extenderse era un núcleo de miembros Numerarios que sacara adelante e impulsara el apostolado, sobre todo entre los jóvenes, en estrecho contacto con el Fundador. Entre éstos deberían salir más vocaciones para la «obra de San Miguel».


Los que querían casarse o ya lo habían hecho, así como los sacerdotes seculares que sentían en su alma la llamada al Opus Dei, permanecerían en estrecho contacto humano y espiritual con el Fundador, vinculados a la pequeña familia de la Obra, pero, de momento, no podrían integrarse todavía en ella. Era necesario, en primer lugar, que el Opus Dei encontrara un lugar jurídico adecuado dentro de la Iglesia Católica: es decir, que la autoridad eclesiástica reconociera su estructura interna.


La «labor de San Rafael»: empeño apostólico por entusiasmar a la juventud en un seguimiento laical de Cristo, hasta la entrega plena en los afanes de la vida cotidiana. Era eso lo que venía enseñando desde 1928. Algo que en 1934 ya «estaba claro» para aquel pequeño grupo que ayudaba al Fundador, un grupo fiel, maduro para el sacrificio por Cristo cualquiera que fuera.


Así fue posible abrir la Academia DYA y, un año después, en el otoño de 1934, la primera Residencia de estudiantes del Opus Dei. Es evidente, sin embargo, que el apostolado entre la juventud y el apostolado entre los adultos están entrelazados y concatenados entre sí, como lo están las diversas edades.


Donde los padres encuentran a Cristo también lo encontrarán sus hijos. Donde le siguen profesores, maestros, jefes, también lo seguirán sus alumnos, discípulos y colaboradores. Y donde los niños y los jóvenes se acercan a Cristo y se ponen a su servicio, arrastrarán también a sus padres, educadores y amigos mayores.


«Os he hecho considerar -decía el Fundador en 1960- que en nuestra tarea apostólica no se puede hacer como en un laboratorio: sacar una fibra, y decir: ¡ésta es la obra de San Rafael!... No; tiene que ser un solo tejido. Si hay obra de San Rafael, hay obra de San Gabriel y hay todo tipo de vocaciones para nuestra Familia y, por tanto, hay obra de San Miguel y obras corporativas » (55).


Sin restar validez en absoluto a esta afirmación fundamental, ya entonces y muchas veces más en años sucesivos, Mons. Escrivá de Balaguer destacó también la importancia excepcional de la labor de la Obra «entre la juventud», por utilizar una expresión moderna.


Una de las leyes vitales de cualquier asociación que quiera influir sobre el mundo es que no puede existir sin que tenga siempre sangre joven. La vocación al Opus Dei, por ser cosa de Dios, no conoce fronteras de edad; el Señor, si quiere, puede llamar también a una persona de ochenta años para servirle en su viña; pero no hay que olvidar que, normalmente, una persona joven que comienza su andadura en la vida se deja encontrar, «contratar» y enviar a trabajar en la viña con más facilidad que un jubilado cargado de años; y, además, por muy maravilloso que sea que una persona pueda trabajar para el Señor la última hora o media hora de su vida, antes de que el sol se ponga para él, el Reino de Dios necesita sobre todo aquellas personas que desde el amanecer aguantan el peso y el calor de todo el día...


En cierta ocasión, el Fundador se preguntaba si no vendrían al Opus Dei muchas vocaciones al margen de la «labor de San Rafael», y se contestó: «Sí, hijos míos. Las habrá siempre. Pero el caudal más numeroso debe venir de ahí. Ése es el camino y no hay otro» (56).


A comienzos de los años setenta, en cierta ocasión, estaba hablando en Roma de los primeros años. Cuando alguien planteó la cuestión de cómo se puede iniciar un apostolado así, le replicó: «¿Y cómo se comienza esta labor? ¡Como se puede! ¿Y dónde se comienza? ¡Donde se puede! Hijos míos, estamos cansados de hacer la obra de San Rafael en casas de amigos, en hoteles, en dos habitaciones que se alquilan..., de cualquier forma. ¡Pero se hace! Es para nosotros tan imprescindible como respirar (...) ¿Cómo creéis que comencé yo? Comencé en casa de mi madre con tres chicos, hace ya cuarenta años ...» (57).


Las cinco columnas de la labor de San Rafael


Mons. Escrivá de Balaguer dejó establecidos, hasta en los menores detalles, el espíritu y la práctica de este apostolado con la juventud; un apostolado que se fundamenta (por lo menos así me parece) en cinco columnas: la catequesis, que afianza y profundiza (y a veces incluso facilita por vez primera) los conocimientos de la religión; la vida de piedad, que no es otra cosa que el trato personal con Jesucristo en la oración, en los Sacramentos, en la devoción eucarística, en la lucha ascética; el enseñar a santificar el estudio y el trabajo; el servicio a los pobres y enfermos como muestra práctica de caridad y como obra de misericordia, y, finalmente, el trato alegre, amistoso, familiar, que ayuda a trabajar, a compartir, a festejar y a estar siempre de buen humor.


Estos puntos son intocables. «No está en nuestras manos -escribía el Fundador ya en 1934- ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera» (58). Alienta de un modo y otro, constantemente: ¡No perdáis los ánimos! ¡Dad la clase de formación o la meditación prevista aun cuando venga una sola persona en vez de las ocho o nueve que se esperaban!


Recordando el comienzo de la labor de San Rafael en 1935, comentaría más tarde que, en aquella ocasión, «al dar la bendición con el Santísimo, no vio solamente tres muchachos, sino tres mil, trescientos mil, tres millones...; blancos, negros, cobrizos, amarillos, de todas las lenguas y de todas las latitudes» (59).


Nunca faltarán dificultades de diversos tipos, ataques de fuera, preocupaciones materiales, fallos personales, decepciones. Nunca faltará la Cruz, no puede ni debe faltar. Pero el que las dificultades, al final, supongan una victoria o una derrota, lo deciden tan sólo la vida interior del alma y la medida de la santidad de cada uno y de todos.



23 de febrero de 2021

ANGELES CUSTODIOS

— Existencia de los ángeles custodios. 

— Ayudas que pueden prestarnos.

— Amistad y devoción a los ángeles custodios.



I. San Mateo termina la narración de las tentaciones de Nuestro Señor con este versículo: Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían1.


«Contemplemos un poco esta intervención de los ángeles en la vida de Jesús, porque así entenderemos mejor su papel –la misión angélica– en toda vida humana. La tradición cristiana describe a los Ángeles Custodios como a unos grandes amigos, puestos por Dios al lado de cada hombre, para que le acompañen en sus caminos. Y por eso nos invita a tratarlos, a acudir a ellos.


»La Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: hemos de llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas»2.


«La Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino»3. A ellos les está encomendada la tutela de los hombres. ¿Por ventura –se lee en la Epístola a los Hebreos– no son todos ellos unos espíritus que hacen el oficio de servidores o ministros en favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud?4.


Es doctrina común que todos y cada uno de los hombres, bautizados o no, tienen su Ángel Custodio. Su misión comienza en el momento de la concepción del hombre y se prolonga hasta el momento de su muerte. San Juan Crisóstomo afirma que todos los ángeles custodios concurrirán al juicio universal para «dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de cada hombre»5.


En los Hechos de los Apóstoles encontramos numerosos pasajes en que se manifiesta la intervención de estos santos ángeles, y también la confianza con que eran tratados por los primeros cristianos6.


Esta veneración y confianza en los ángeles por parte de nuestros primeros hermanos en la fe, se pone especialmente de relieve en la liberación de San Pedro de la cárcel: Un ángel del Señor se presentó en el calabozo de Pedro, que quedó iluminado; y golpeando a Pedro en el costado, le despertó diciendo: «Levántate pronto»; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: «Cíñete y cálzate las sandalias». Hízolo así. Y agregó: «Envuélvete en tu manto y sígueme»7.


Y Pedro, libre ya, se encaminó a casa de María, madre de Marcos, donde muchos estaban congregados en oración.


Golpeó la puerta del vestíbulo y salió una sierva llamada Rode, que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, sin abrir la puerta, corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos dijeron: «Estás loca». Insistía ella en que era así: y entonces dijeron: «será su ángel»8. Este relato nos muestra el gran cariño que sentían por Pedro y la naturalidad de la fe en los ángeles custodios que tenían los primeros fieles. «Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.


»—¿Y tú?»9.


Nosotros hemos de tratarles también con naturalidad y confianza, y nos asombraremos muchas veces del auxilio que nos prestan, para vencer en las luchas contra el maligno. «Estamos bien ayudados por los ángeles buenos, mensajeros del amor de Dios, a los cuales, enseñados por la tradición de la Iglesia, dirigimos nuestra oración: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, ilumíname, custódiame, rígeme y gobiérname, ya que he sido confiado a tu piedad celeste. Amén”»10.


II. «... Y los ángeles vinieron y le servían». Los ángeles custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar su fin sobrenatural. Yo mandaré a un ángel delante de ti -dice el Señor a Moisés- para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto11. Y el Catecismo Romano comenta: «Porque así como los padres, cuando los hijos precisan viajar por caminos malos y peligrosos, hacen que les acompañen personas que les cuiden y defiendan de los peligros, de igual manera nuestro celestial Padre, en este viaje que emprendemos para la celeste Patria, a cada uno de nosotros nos da ángeles para que, fortificados con su poder y auxilio, nos libremos de los lazos furtivamente preparados por nuestros enemigos y rechacemos las terribles acometidas que nos hacen; y para que con tales guías sigamos por el camino recto, sin que ningún error interpuesto por el enemigo sea capaz de separarnos del camino que conduce al cielo»12.


Misión de los ángeles custodios, por tanto, es auxiliar al hombre contra todas las tentaciones y peligros, y traer a su corazón buenas inspiraciones. Son nuestros intercesores, nuestros custodios, y nos prestan su ayuda cuando los invocamos. «Los Santos interceden por los hombres, mientras los Ángeles Custodios no solo ruegan por los hombres, sino que actúan alrededor de ellos. Si por parte de los bienaventurados se da una intercesión, por parte de los ángeles hay una intercesión y una intervención directa: son al mismo tiempo abogados de los hombres cerca de Dios y ministros de Dios cerca de los hombres»13.


El Ángel Custodio nos puede prestar también ayudas materiales, si son convenientes para nuestro fin sobrenatural o para el de los demás. No tengamos reparos en pedirle su favor en las pequeñas cosas materiales que necesitamos cada día: encontrar aparcamiento para el coche, no perder el autobús, ayuda en un examen que hemos estudiado, etc. Especialmente pueden colaborar con nosotros en el apostolado, en la lucha contra las tentaciones y contra el demonio, y en la oración. «Los ángeles, además de llevar a Dios nuestras noticias, traen los auxilios de Dios a nuestras almas y las apacientan como buenos pastores, con comunicaciones dulces e inspiraciones divinas. Los ángeles nos defienden de los lobos, que son los demonios, y nos amparan»14.


Al Ángel Custodio hemos de tratarle como a un entrañable amigo. Él está siempre en vela, constantemente dispuesto a prestarnos su concurso, si se lo pedimos. Es una gran pena cuando, por olvido, por tibieza o por ignorancia, no nos sentimos acompañados por tan fiel compañero, o no le pedimos ayuda en tantas ocasiones en que la necesitamos. Nunca estamos solos en la tentación o en la dificultad, nuestro Ángel nos asiste; estará a nuestro lado hasta el mismo momento en que abandonemos este mundo.


Al final de la vida, el Ángel Custodio nos acompañará ante el tribunal de Dios, como manifiesta la liturgia de la Iglesia en las oraciones para la recomendación del alma en el momento de la muerte.


III. «Ten confianza con tu Ángel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo –lo es– y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día»15.


Para que el Ángel Custodio nos preste su ayuda es necesario darle a conocer, de alguna manera, nuestras intenciones y nuestros deseos. A pesar de la gran perfección de su naturaleza, los ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita, de modo que no pueden leer el interior de las conciencias. Basta con que le hablemos mentalmente para que nos entienda, e incluso para que llegue a deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos capaces de expresar. Por eso es tan importante tener un trato de amistad con el Ángel de la Guarda.


Además de nuestra amistad, al Ángel Custodio le debemos veneración, como a quien está siempre en la presencia de Dios, contemplándole cara a cara, y, a la vez, junto a nosotros.


La devoción a nuestro Ángel Custodio será una eficaz ayuda en nuestras relaciones con Dios en el trabajo, en el trato con las personas que nos rodean, en los pequeños y en los grandes conflictos que se pueden presentar a lo largo de nuestros días. En este tiempo de Cuaresma podemos tener especialmente presente, y nos debe conmover, la escena en el Huerto de Getsemaní, en que la Humanidad Santísima del Señor es confortada por un Ángel del Cielo.


«Hay que saber tratar a los Ángeles. Acudir a ellos ahora, decir a tu Ángel Custodio que estas aguas sobrenaturales de la Cuaresma no han resbalado sobre tu alma, sino que han penetrado hasta lo hondo, porque tienes el corazón contrito. Pídeles que lleven al Señor esa buena voluntad, que la gracia ha hecho germinar de nuestra miseria, como un lirio nacido en el estercolero. Sancti Angeli, Custodes nostri: defendite nos in proelio, ut non pereamus in tremendo iudicio. Santos Ángeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en el tremendo juicio»16. A la Virgen, Regina Angelorum, le rogamos que nos enseñe a tratar a los Ángeles, particularmente en esta Cuaresma.

14 de octubre de 2020

LA TENTACION Y EL MAL

— Jesucristo quiso ser tentado.

— Qué es la tentación. Bienes que puede producir.

— Medios para vencer.


I. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, rogamos al Señor en la última petición del Padrenuestro.


Después de haber pedido a Dios que nos perdone los pecados, le suplicamos enseguida que nos dé las gracias necesarias para no volver a ofenderle y que no permita que seamos vencidos en las pruebas que vamos a padecer, pues «en el mundo la vida misma es una prueba (...). Pidamos, pues, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guíe con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial. Y líbranos del mal. ¿De qué mal? Del diablo, de quien procede todo mal»1. El diablo, que existe, que no deja de rondar alrededor de cada criatura para sembrar la inquietud, la ineficacia, la separación de Dios. «Hay épocas –hacía notar el Papa Juan Pablo II– en las que la existencia del mal entre los hombres se hace singularmente evidente en el mundo. Aparece entonces con más claridad cómo los poderes de las tinieblas, que actúan en el hombre y a través de él, son mayores que el mismo hombre. Lo cercan, lo asaltan desde fuera.


»Se tiene la impresión de que el hombre actual no quiere ver ese problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la existencia de esos “dominadores de este mundo tenebroso”, esos “astutos ataques del diablo” de los que habla la Carta a los Efesios. Con todo, hay épocas históricas en las que esa verdad de la Revelación y de la fe cristiana, que tanto cuesta aceptar, se expresa con gran fuerza y se percibe de forma casi palpable»2.


Jesús, nuestro Modelo, quiso ser tentado para enseñarnos a vencer y para que nos llenemos de ánimo y de confianza en todas las pruebas. No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas; antes, fue tentado en todo a semejanza de nosotros, fuera del pecado3. Seremos tentados de una forma u otra a lo largo de la vida. Quizá más cuanto mayor sea nuestro deseo de seguir a Cristo de cerca. La gracia que hemos recibido en el Bautismo y ha aumentado por nuestra correspondencia se verá amenazada hasta el último momento en que dejemos este mundo. Hemos de estar alerta, con la vigilia del soldado en el campamento. Y hemos de tener siempre presente que nunca seremos tentados más allá de nuestras fuerzas4. Podemos vencer en toda circunstancia si huimos de las ocasiones y pedimos los auxilios oportunos. Y «si alguno aduce la excusa de que la debilidad de la naturaleza le impide amar a Dios, se le debe enseñar que Él, que requiere nuestro amor, ha derramado en nuestros corazones la virtud de la caridad por medio del Espíritu Santo (Rom 5, 5); y nuestro Padre celestial da este buen espíritu a quienes se lo piden (cfr. Lc 9, 13); y así, con razón le suplicaba San Agustín: Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Y ya que está a nuestra disposición el auxilio divino (...), no hay por qué asustarse por la dificultad de la obra; porque nada es difícil para el que ama»5.


La tentación en sí misma no es mala; es más, es una ocasión de mostrar al Señor que le amamos, que le preferimos a cualquier otra cosa, y medio para crecer en las virtudes y en la gracia santificante. Bienaventurado el varón -enseña la Escritura- que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman6. Pero, aunque la prueba en sí misma no es un mal, sería una presunción desearla o provocarla de alguna manera. Y en sentido contrario, sería un gran error temerla excesivamente, como si no confiáramos en las gracias que el Señor nos tiene preparadas para vencer, si acudimos a Él en nuestra debilidad. «No te turbes si al considerar las maravillas del mundo sobrenatural sientes la otra voz –íntima, insinuante– del hombre viejo.


»Es “el cuerpo de muerte” que clama por sus fueros perdidos... Te basta la gracia: sé fiel y vencerás»7.


II. Tentar –enseña Santo Tomás– no es otra cosa que tantear, poner a prueba. Tentar al hombre es poner a prueba su virtud8. La tentación es todo aquello –bueno o malo en sí mismo– que en un momento dado tiende a separarnos del cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios. Podemos padecer tentaciones que vienen de la propia naturaleza, herida por el pecado original e inclinada al pecado: nacemos con el desorden de la concupiscencia y de los sentidos. El demonio incita al mal, aprovechando esa debilidad y prometiendo una felicidad que él no tiene ni puede dar. Estad alerta y velad, advierte San Pedro, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y buscando a quien devorar9. Solo «quien confía en Dios no teme al demonio»10.


Junto al diablo están aliados el mundo y nuestras propias pasiones, que nos acompañarán siempre. El mundo, en este sentido, está constituido por todo aquello que aleja de Dios: las criaturas que parecen vivir exclusivamente para su amor propio, su vanidad y su sensualidad; los que tienen los ojos puestos solo en las cosas de la tierra: el dinero y un desordenado deseo de bienestar material, que se considera en la práctica como lo único que realmente vale la pena. Para ellos, son locura y algo propio de siglos atrás el necesario desprendimiento de las cosas de la tierra, la amable austeridad cristiana, la castidad... La mortificación voluntaria, sin la cual no se puede ir adelante en el seguimiento de Cristo, es mirada como necedad. Están incapacitados para entender las cosas de Dios, y querrían inculcar a los demás sus principios, un sentido de la vida en el que Dios no tiene lugar o bien ocupa un puesto muy alejado y secundario. Con palabras, y sobre todo con su ejemplo, se empeñan en llevar a otros por el camino ancho por el que ellos corren. A veces intentan desalentar al que quiere ser consecuente con los principios cristianos, y se burlan de su vida y de sus ideas.


Dios permite que seamos tentados porque persigue un bien superior. En su Providencia ha dispuesto que también de las pruebas saquemos provecho. A veces son un medio insustituible para acercarnos filialmente a Él.


La tentación es, frecuentemente, como una bengala que ilumina las profundidades del alma. En la tentación y en la dificultad podemos ver nuestra capacidad real de generosidad, de espíritu de sacrificio, de rectitud de intención..., y también la envidia oculta, la avaricia enmascarada bajo la fachada de falsas necesidades, la sensualidad, la soberbia..., la capacidad de mal que hay en cada uno. En esos momentos podemos crecer en el propio conocimiento y, como consecuencia, en la humildad. Nos hace ver lo débiles que somos y lo cerca que estaríamos del pecado si el Señor no nos ayudara. Es más fácil entonces pedir auxilio y amparo. ¡Cuántas veces hemos de rezar, conscientes de lo que decimos, a nuestro Padre Dios: no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal! Las pruebas nos enseñan a disculpar con más facilidad los defectos de los demás y a darnos cuenta de que, al fin y al cabo, es una mota de polvo lo que llevan en el ojo, en comparación con la viga que hemos visto en el nuestro. Por eso, nos ayudan a vivir mejor la caridad, a comprender más y a estar dispuestos a rezar y a prestar la cooperación y el socorro que están a nuestro alcance.


La tentación impulsa a crecer en las virtudes. Rechazar una duda contra la fe despierta un acto de fe; cortar una incipiente murmuración es crecer en el respeto a los demás; apartar con prontitud un mal pensamiento contra la castidad es ganar en finura en el trato con el Señor. Una época especialmente difícil en tentaciones, que se puede presentar en cualquier edad y momento de la vida interior, será una ocasión excelente para aumentar la devoción a la Virgen, para crecer en humildad, para ser más dóciles y sinceros en la dirección espiritual... No debemos asustarnos ni desanimarnos. Nada nos separa de Dios si la voluntad no lo permite. Nadie peca si no quiere. Ese tiempo difícil, si el Señor lo permitiera, es época de adelantar mucho en la vida interior y de purificar el corazón.


La tentación puede ser una fuente inagotable de gracias y de méritos para la vida eterna. Porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probara11. Con estas palabras consoló el Ángel a Tobías en medio de su prueba. También han servido a muchos cristianos a la hora de sus tribulaciones.


III. Para vencer, hemos de pedir ayuda a Nuestro Señor, que está siempre de nuestra parte en la pelea. Él lo puede todo: Confiad, Yo he vencido al mundo12. Y, junto a Cristo, nosotros podemos decir: Omnia possum in eo qui me confortat. Todo lo puedo en Aquel que me confortará13. Dominus illuminatio mea et salus mea, ¿quem timebo? El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?14.


Contamos en las tentaciones con el auxilio poderoso de los Ángeles Custodios, puestos por nuestro Padre Dios para que nos protejan siempre que lo necesitemos: Te enviará a sus ángeles para que no tropieces en piedra alguna15. A ellos acudiremos con mucha frecuencia, pidiéndoles ayuda, pero de modo especial en las tentaciones. El Ángel Custodio es un formidable amigo, presto a ayudarnos en los momentos de mayor peligro y necesidad.


Estamos alerta contra las tentaciones cuando cuidamos la oración personal, que evita la tibieza, y no dejamos la mortificación, que nos mantiene despiertos en las cosas de Dios. Somos fuertes cuando huimos de las ocasiones de pecar, por pequeñas que parezcan, pues sabemos que quien ama el peligro perecerá en él16; cuando tenemos el día lleno de trabajo intenso, evitando la ociosidad y la pereza. Además, debemos tener en cuenta que es más fácil resistir al principio, cuando la tentación se insinúa, que si permitimos que vaya tomando cuerpo, «pues entonces no dejamos pasar al enemigo de la puerta del alma. Por esto se suele decir: “resiste a los principios; tarde viene el remedio cuando la llaga es vieja”»17. Aunque, incluso cuando «la llaga es vieja», se puede, con humildad, encontrar el remedio oportuno.


Combatimos eficazmente las tentaciones manifestándolas con toda sinceridad en la dirección espiritual, pues mostrarlas es ya casi vencerlas. Y si acudimos a la Virgen, Nuestra Señora, siempre saldremos vencedores, aun de las pruebas en que nos sentíamos más perdidos.


29 de septiembre de 2019

FESTIVIDAD DE LOS TRES ARCANGELES



El 29 de septiembre celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Recordamos la historia de cómo San Josemaría los escogió como patronos.

San Gabriel Arcángel

El arcángel Gabriel casi siempre es representado en su papel de mensajero por haber sido el portador de la noticia de la Encarnación (Lucas 1, 26-38). Su imagen representa pureza y la anuncia por medio de su vestimenta blanca y un lirio o varios lirios en las manos.
¿Por qué San Josemaría empezó a encomendarse a su protección?

El jueves, 6 de octubre de 1932, haciendo oración en la capilla de San Juan de la Cruz, durante su retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, san Josemaría tuvo la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles; S. Miguel, S. Gabriel y S. Rafael; S. Pedro, S. Pablo y S. Juan. Desde aquel momento los consideró Patronos de los diferentes campos apostólicos que componen el Opus Dei.

Bajo el patrocinio de San Gabriel estaría la labor realizada con los padres y madres de familia que participasen en las tareas apostólicas, o formasen parte de la Obra.
En camino hace esta consideración:

Considerad ahora el momento sublime en el que el Arcángel San Gabriel anuncia a Santa María el designio del Altísimo. Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios.

En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad. Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre, que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama: como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Ya lo había anunciado a los suyos, en una de esas conversaciones en las que volcaba su Corazón, con el fin de que los que le aman conozcan que El es el Camino —no hay otro— para acercarse al Padre: por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla.

San Miguel Arcángel

Al arcángel san Miguel se le considera el jefe de los ángeles de Dios, al liderar la defensa de Dios ante la rebeldía de Satanás. Por esa razón, en el arte se le representa como un ángel con armadura de general romano y con espada.
Pasaje del Evangelio que representa a S. Miguel:
"Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero" (Apocalipsis 12,7-9)

¿Por qué se encomendó a San Miguel?
Al igual que a los otros Arcángeles, san Josemaría tuvo la moción interior de invocarle el 6 de octubre de 1932. A san Miguel se le encomienda la formación de los miembros del Opus Dei que han acogido una vocación al celibato en medio del mundo.
El arcángel Miguel es el más conocido de los arcángeles. Es también el más invocado, al que más se le reza y al que más personas le piden ayuda. Esto se debe a su papel como guerrero espiritual.

Las cuatro labores del arcángel Miguel
El arcángel Miguel es, ante todo, el enemigo de Satanás. También es el ángel de la muerte ya que se dice que le ofrece a las almas la oportunidad de redimirse antes de morir.

Su tercera labor es la de pesar las almas en una balanza perfecta en el día del Juicio Final. Es también el guardián de la Iglesia universal.

El arcángel Miguel en las escrituras
El nombre del arcángel Miguel significa "Quién como Dios". En las escrituras de las religiones abrahámicas, el arcángel Miguel es conocido como el líder de los ejércitos de ángeles. Es el "Jefe de los Ejércitos de Dios" en las religiones judía, islámica y cristiana. Según 1 Tesalonicenses 4, 16, tocará la trompeta el día del arrebatamiento. Su nombre se menciona tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento de la Biblia.

Atributos del arcángel Miguel
Debido estas referencias religiosas, al arcángel Miguel se le representa con armadura de guerrero o de soldado centurión. La imagen más frecuente lo muestra como el conquistador de Satanás, con el talón sobre la cabeza del ángel caído. Casi siempre lleva una espada o una lanza, pero puede también llevar una balanza, llaves o cadenas en las manos, además de un manto.

Los atributos del arcángel Miguel se refieren a su papel de justiciero, protector de los inocentes y juez de la maldad.

Simbolismo del arcángel Miguel
La imagen del arcángel Miguel se basa literalmente en los versos bí­blicos. El libro de Josué lo menciona como "Capitán de los Ejércitos del Señor" (Josué 5:13-15).

Sin embargo, tiene también otro nivel de significado que refleja la condición y necesidad humanas. Cada atributo del arcángel Miguel posee un simbolismo esencial para comprender su papel en la vida del ser humano:

La imagen de un guerrero representa la defensa contra las fuerzas del mal y la oscuridad que asechan al ser humano, como la ignorancia, la inconsciencia y la esclavitud a los apegos materiales y emocionales.

Su título "Príncipe de la Luz" representa la iluminación del camino del ser humano para liberarlo de la oscuridad del miedo.

Su coraza significa la fuerza de voluntad para enfrentarse a los desafíos de la vida. Representa también la fe y la seguridad en el bien.

El casco significa invisibilidad, invulnerabilidad y potencia. Protege los pensamientos de la negatividad.

El escudo representa el universo. Es la protección que le dice a su adversario que no puede vencer al amor.

La espada representa la luz que da la fuerza espiritual. Con esta fuerza se establecen la paz y la justicia divinas. La espada también significa el arma de la verdad. Con ella se rompe el velo que crea la ignorancia.

La balanza significa la justicia, el equilibrio y el orden. En la balanza cuelgan las acciones buenas y malas, equilibradas por el amor y la bondad que redimen el alma humana.

Cuando lleva llaves, éstas representan el poder para abrir la puerta de los cielos a las almas que por medio de sus acciones, pensamientos y sentimientos se han ganado la entrada.

Las cadenas representan su poder para romper las ataduras que esclavizan al ser humano mediante los vicios y apegos.

El manto representa protección y el poder de habitar el espacio donde conviven los seres positivos y los negativos. Con él protege a los seres humanos de las vibraciones negativas de los seres malignos.

Tanto a nivel literal como simbólico, el arcángel Miguel representa la justicia y la lucha por el bien. Su papel en las escrituras bíblicas lo destaca como el capitán de los ejércitos de Dios, que son las fuerzas del bien en el universo. Su significado implica protección, seguridad, poder, superación de obstáculos y la destrucción del miedo y la duda.

Por eso, el arcángel Miguel inspira al ser humano a vestirse con los símbolos de su armadura.

Oración del Papa León XIII a San Miguel arcángel

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén."

Arcángel San Rafael

Al arcángel san Rafael se le representa con un atuendo de caminante o peregrino, con bastón y cantimplora, y el pez del que se obtuvo la hiel para curar la ceguera del padre de Tobías, recordando la escena de la Biblia en donde se narra ese suceso (Tobías 12; 6 - 15). Por eso su nombre significa "el que cura o sana".

¿Por qué San Josemaría le tenía tanta devoción?

También a san Rafael lo invocó san Josemaría -junto con los otros arcángeles- el 6 de octubre de 1932, mientras hacía oración durante un retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia. Desde aquel día le consideró Patrón del Opus Dei.
A su patrocinio se encomienda en el Opus Dei  la labor de formación cristiana de la juventud.

¿Te ríes porque te digo que tienes "vocación matrimonial"? -Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías. (Camino, 27)

Me dices que tienes en tu pecho fuego y agua, frío y calor, pasioncillas y Dios...: una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo. Tranquilízate: mientras quieras luchar no hay dos velas encendidas en tu pecho, sino una, la del Arcángel. (Camino, 724)

¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica -te dije, bromista.

Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más. (Camino, 360)

La Virgen Santa María, Maestra de entrega sin límites. –¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella, afirma Jesucristo: "¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése –ésa– es mi madre!..."
Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza –fuerza de amor y de liberación– su respuesta de generosidad ejemplar: «ecce ancilla Domini!» –he aquí la esclava del Señor. (Surco, 33).

29 de septiembre de 2017

VAN DELANTE DE ÉL

— La figura de este Arcángel en la Sagrada Escritura.
— La vocación personal.
— Ayudar a otros a encontrar su camino.
I. Hoy es la festividad de los Santos arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, anteriormente en esta fecha se celebraba el Arcángel Gábriel. Pero en este rato de oración nos centraremos en San Rafael. Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para Ti1.
El Arcángel San Rafael se nos da a conocer principalmente por la historia de Tobías, «tan significativa por el hecho de confiar a los ángeles los hijos pequeños de Dios, siempre necesitados de custodia, cuidado y protección»2. Narra la Sagrada Escritura que cuando Tobías, joven aún, se disponía a emprender un largo viaje, fue en busca de uno que le acompañara y se encontró con Rafael, que era un ángel3. No supo Tobías al principio quién era su compañero, pero a lo largo del camino tuvo ocasión de experimentar repetidamente su protección. Le condujo felizmente hasta su pariente Ragüel, con cuya hija Sara casó, después de librarla de un mal espíritu. También curó a Tobías padre de su ceguera. Por eso se le venera como patrono de los caminantes y enfermos4.
Al regreso del viaje, el Arcángel descubrió su identidad: Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada ante la majestad del Santo5.
La vida es un largo viaje que acaba en Dios. Para recorrerlo necesitamos ayuda, protección y consejo, pues son muchas las posibilidades de extraviarnos, o de entretenernos innecesariamente en el camino, perdiendo un tiempo precioso. Dios ha señalado a cada uno el sendero –la vocación personal– que conduce hasta Él. Importa mucho no equivocar la ruta, pues de lo que se trata es de conocer y seguir la Voluntad de Dios. Por eso, San Rafael, aunque a él nos podemos encomendar todos, es especial guía de aquellos que aún han de conocer lo que Dios espera de ellos. Para unos, el sendero que conduce hasta Dios será el matrimonio camino de santidad, cooperando con Dios para traer hijos al mundo, educándolos, sacrificándose por ellos para que sean buenos hijos de Dios. «¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? Pues la tienes: así, vocación.
»Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías»6.
Sobre otros, Dios tiene unos planes llenos de una particular predilección. «¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica te dije, bromista.
»Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía Más»7; por si Él te pide todo, en una entrega sin reservas.
II. ...Le daré también una piedrecita blanca, y escrito en la piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe8. San Juan hace mención aquí a la costumbre de mostrar una piedra, sellada de forma adecuada, como contraseña o billete de entrada para poder participar en una fiesta o banquete. Expresa la vocación única y personal y las particulares relaciones con Dios que esa gracia lleva consigo.
Dios nos llama a cada uno para que, de modo voluntario, participemos en su proyecto divino de salvación. Él es siempre el que llama, el que sabe verdaderamente cuáles son los planes mejores: No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros9. Ocurre algo parecido a lo que hace un director de cine que busca los actores para el guión de su película. «Está sentado frente a su mesa de trabajo, sobre la cual yacen desplegadas docenas de fotografías facilitadas por los agentes cinematográficos. Al cabo de un rato, escoge una de ellas, la contempla detenidamente y dice a su secretaria: “Sí, este es el tipo de mujer que necesito. Llámela y cítela aquí mañana” (...).
»A través de este ejemplo -imperfecto, desde luego- podemos hacernos una idea de la razón de ser de nuestra existencia. Allá, en lo más profundo de la eternidad -hablando a lo humano-, Dios proyectó el Universo entero y escogió a los protagonistas -todos- del gran argumento que habría de desarrollarse hasta el fin de los tiempos. Ante su divina mente fueron desfilando las fotografías de las almas -ilimitadas en número- que Él podía crear. Cuando se topó con tu imagen, se detuvo y dijo: “Esta es un alma que me mueve a amarla... La necesito para que desarrolle un papel único, personal, y, luego, goce de mi presencia durante toda la eternidad...”»10. Dios se detuvo con amor, interesado, nos llamó a la vida, y luego a la entrega, al cumplimiento fiel de sus planes, donde alcanzaríamos la plenitud, la felicidad. «En efecto -señala el Papa Juan Pablo II-, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que a sus ovejas las llama por su nombre (Jn 10, 3)»11.
La vocación es ese proyecto divino sobre nuestras vidas que se presenta como un camino a recorrer, al final del cual está Dios esperándonos. Importa mucho acertar con esta senda, con este papel que Dios quiere que representemos en su obra de salvación. «Al escoger, al decidir, “lo que quiere Dios” se antepone siempre a “lo que quiero yo”, a lo que me gusta o lo que me apetece. Esto no significa que la voluntad de Dios y la mía tengan que estar siempre en conflicto. A menudo, hacer su Voluntad es algo sumamente atractivo. Otras veces, nuestra voluntad no corresponde exactamente a lo que Él mismo quiere. Pero el conflicto puede surgir, y debemos estar dispuestos a rectificar siempre que seamos conscientes de que nuestra voluntad y la Suya van por distinto camino. Será una prueba infalible de que amamos a Dios, la mejor manera de corresponder a su amor»12.
Pidamos hoy al Santo Arcángel Rafael que nos guíe para que entre las muchas decisiones que hemos de tomar en la vida sepamos buscar siempre la Voluntad de nuestro Padre Dios. Pidamos también por nuestros amigos, especialmente por los más jóvenes, para que sepan acertar en su caminar hasta el Señor; procuremos, como hizo el Arcángel, acompañarles de modo discreto y sencillo, como un buen amigo, en los momentos más difíciles: que nunca les falten nuestro consejo y la firmeza de nuestra amistad, sin olvidar que la tarea más divina es cooperar con Dios en la salvación de otras almas.
III. Ayudar a otros en su camino hacia el Señor es uno de los más nobles cometidos de nuestra existencia. Nosotros queremos ir derechamente hacia el Señor, y en el camino encontramos con frecuencia a otros que vacilan, que dudan o que desconocen la ruta. Dios nos da luz para otros: Vosotros sois la luz del mundo13, ha dicho el Maestro a todos los que le siguen. Más luz, cuanto más cerca estemos de Él. Los cristianos, cuando nos mantenemos cerca del Señor, cuando nuestra amistad con Él es verdadera, somos «portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.
»-El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»14. ¡Qué alegría haber sido la ocasión para que un amigo haya encontrado su vocación, o para que alguien que vacilaba se reafirme en sus pasos!
Muchas veces sucede lo que leemos en el Libro de Tobías: fue a buscar a alguien que le acompañara. Nuestros amigos nos han de encontrar siempre dispuestos a recorrer con ellos el camino que lleva a Dios. La amistad será el instrumento ordinario del que se servirá Dios para que muchos se acerquen a Él, o para que descubran su llamada a seguir a Cristo más de cerca. Por eso se manifiestan tan importantes esas virtudes que son el soporte del trato amistoso con los demás: la ejemplaridad, la alegría, la cordialidad, el optimismo, la comprensión, el desinterés...
La Sagrada Escritura califica la amistad como un tesoro: Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable15. Eso mismo han de poder decir muchos de cada uno de nosotros: que hemos sido para ellos ese amigo fiel de valor incalculable, ante todo porque nuestra amistad sirvió siempre para que se acercaran más a Dios y, en muchos casos, para que descubrieran y siguieran su propio camino, aquel al que el Señor les llamó desde la eternidad.
Cor Mariae dulcissimum iter para tutum. Corazón dulcísimo de María prepárales... prepáranos un camino seguro.