"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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20 de diciembre de 2021

¡ FIAT ! Hágase tu voluntad

 



Evangelio (Lc 1,26-38)

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

—Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:

—No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. María le dijo al ángel:

—¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

—He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Y el ángel se retiró de su presencia.


Comentario

La Escritura testimonia el caso de mujeres que conciben y dan a luz por encima de las expectativas humanas. A veces son anuncios del Señor o de un mensajero suyo; otras, las propias mujeres lo piden a Dios. Sara, siendo estéril, dio a luz a Isaac (cf. Génesis 21,3); él mismo imploró a Dios que su mujer Rebeca, también estéril, concibiese; y dio a luz a Esaú y Jacob (cf. Génesis 25,21). También Raquel, la mujer de Jacob, era estéril, hasta que Dios la hizo fecunda (cf. Génesis 30,22-23). Ana, después de rezar mucho, concibió y dio a luz a Samuel (cf. 1 Samuel 1,20). A la mujer de Manóaj el ángel del Señor le anunció que iba a tener un hijo; y dio a luz a Sansón (cf. Jueces 13,24). Y a Zacarías el ángel le anunció que el Señor había escuchado su oración, de modo que su mujer, estéril y ya anciana, iba a concebir y dar a luz a Juan el precursor del Mesías (cf. Lucas 1,13).

Dios es el autor de la vida, es fiel a sus promesas y no deja de escuchar la súplicas de sus hijos. De ese modo ha ido preparando a su pueblo para acoger el cumplimiento definitivo de todas las profecías. Y así, otra hija suya, de nombre María, virgen, ya desposada con José, la predilecta del Señor, sin mancha de pecado desde su concepción, fue la escogida desde toda la eternidad para que en su seno el Unigénito del Padre, por obra del Espíritu Santo, se encarnase. Prodigio admirable de Dios. La doncella de Nazaret acogió libremente la llamada a ser la Madre virginal del Mesías. Y se puso al servicio del Señor. La liturgia de la Iglesia nos ayuda a contemplar con asombro la grandeza de este misterio: “Porque la Virgen escuchó con fe, del mensajero celeste, que iba a nacer entre los hombres y en favor de los hombres, por la fuerza del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, aquel a quien llevó con amor en sus purísimas entrañas (...)”[1].

Al acercarse la Navidad, queremos también nosotros acoger este anuncio, por el que hemos sido hechos hijos de Dios. Y unirnos, con nuestra vida, al servicio incondicional de María a la obra de la redención “en favor de los hombres”. Un servicio alegre y abnegado que contribuirá a que muchos descubran también su llamada. San Josemaría contempló con gran fecundidad el “hágase” de María: “¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya –"fiat"– nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. –¡Bendita seas!”[2].

[1] Prefacio de la Solemnidad de la Anunciación.

[2] San Josemaría, Camino, n. 512.


PARA TU ORACION PERSONAL 


EL ARCÁNGEL san Gabriel ha de cumplir una misión delicada. Ha llegado la hora. Dios ha puesto su mirada en una doncella de Nazaret para llevar a plenitud la historia apasionante de la salvación de sus hijos. El mensajero saluda a la llena de gracia y la creación entera contiene la respiración. «Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1,29). Muchas representaciones artísticas han imaginado a nuestra Madre leyendo la Sagrada Escritura cuando recibió el saludo del ángel; y es esta actitud de meditación la que probablemente le permite a santa María permanecer en ese diálogo constante con Dios, en esa permanente consideración de las cosas, que es la vida de oración.


En contraste con María, cuántas veces nos cuesta a nosotros percibir las invitaciones divinas. Algunas veces podemos incluso pensar que Dios nos quiere quitar algo, que nos pide renunciar a la alegría en esta tierra para cumplir su voluntad. Sin embargo, la realidad no puede ser más distinta: Dios es quien más desea que seamos felices, que estemos llenos de gozo, que compartamos con él su alegría infinita; ha llegado hasta la cruz con ese único objetivo. Y solo nuestra libertad es capaz de detener su iniciativa. «¡No tengáis miedo de Cristo! –decía Benedicto XVI en el inicio de su ministerio petrino–. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[1].


La Iglesia nos muestra en el evangelio de la Misa hoy la vocación de nuestra Madre, santa María, cuyo relato se parece mucho al de nuestra vida. Toda llamada es una vocación a la alegría. De hecho, «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[2]. Cuando el Señor pide algo en realidad nos está ofreciendo un don: es Dios quien ilumina nuestro camino, lo llena de sentido y le da su mayor proyección.


«NO TEMAS, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Estas palabras del ángel nos muestran cómo mira el creador a su más bella criatura: María es, de alguna manera, el sueño de Dios, su consuelo, su esperanza. A nosotros nos resulta difícil pensar que Dios pueda contemplarnos de esa forma. Por supuesto, sabemos que el Señor es misericordioso y que nos regala y nos devuelve la gracia cuantas veces sea necesario. Sin embargo, que halle gracia en nosotros, hacerle disfrutar como lo hace María, nos puede parecer que es algo inalcanzable.


Sin embargo, «la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad. La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.


Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber “encontrado gracia ante Dios” significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo»[3].


DELANTE DE Dios hallan gracia las almas sencillas, las que se dejan querer y elevar hasta la santidad más grande. Nada hay que deleite tanto a un padre como ver brillar a sus hijos. «Hágase en mí según tu palabra». Muchos años antes de que María pronunciara esas palabras, en el momento de establecer su alianza con el pueblo elegido, Israel se comprometió a cumplir su parte: «Haremos todo lo que nos ha dicho el Señor» (Ex 24,3). María e Israel utilizan el mismo verbo. Israel, sin embargo, pone el acento en su acción, mientras que María lo hace en la fuerza de Dios. Los resultados de una y otra respuesta saltan a la vista porque es muy diferente hacer que dejar hacer. Aunque parece que lo segundo es más sencillo, sabemos bien que con frecuencia sucede al revés. Preferimos, equivocadamente, tener las cosas bajo nuestro control; lo que escapa a nuestra vigilancia y a nuestras previsiones con frecuencia nos inquieta.


Adviento es un tiempo de alegría, de gozo, de paz. Sabemos que no van a desaparecer las dificultades pero estamos salvados cuando aprendemos a decir que sí a la acción de Dios. «María nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil (...). Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo “sí” a su voluntad»[4].


Decir que sí es pedir a Dios que se cumpla su voluntad, pedir la gracia de no ser obstáculo para sus planes, de no estorbar la acción del Espíritu Santo. No es fácil abrir espacio en nuestro corazón para tanto amor. El desafío es darse cuenta de que «lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»[5]. Podemos agradecer a Jesús y a su Madre bendita por nuestro camino de santidad; una vida sembrada de una felicidad cotidiana, muy normal pero, a la vez, divina.


[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.


[2] San Josemaría, Forja, n. 1005.


[3] Francisco, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.


[4] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.


[5] Francisco, Homilía, 24-XII-2014.

21 de octubre de 2021

«He venido a traer fuego»



Evangelio (Lc 12,49-53)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división.


Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.


Comentario


Jesús se dirige a sus discípulos desvelándoles los deseos más profundos de su corazón: sus ansias incontenibles de dar la vida por amor a todos los hombres, amor que está simbolizado en la imagen del fuego. Jesús es luz del mundo (cf. Juan 8,12), y es también fuego y calor. Dios se presentó bajo la imagen de una zarza que ardía sin consumirse ante la admiración de Moisés (cf. Éxodo 3,2-3), manifestando así sus ansias de liberar a su pueblo de la opresión del poder del faraón. Moisés fue portador de ese fuego divino, fuego que siguió ardiendo a lo largo de toda la historia de la salvación, hasta el momento culminante en que Jesús, en el Calvario, recibió “un bautismo”, aquel que tanto ansiaba recibir, cuando murió en la Cruz, para liberar a todos de la opresión del pecado.


Cincuenta días después de aquella nueva pascua que tuvo lugar en el monte Calvario, durante la fiesta de Pentecostés, vino el Espíritu Santo sobre los discípulos bajo la forma de lenguas de fuego. Los apóstoles, llenos del Espíritu de Dios, anunciaron a Jesús, y aquel día fueron bautizados unas tres mil almas (cf. Hechos de los Apostóles, 2). Era un nuevo bautismo, por el que aquellos peregrinos y todos los cristianos hemos recibido el fruto de la redención que nos ganó Jesús en la Cruz.


Pero Jesús sabía que ese fuego de amor salvífico iba a encontrar obstáculos, provocando división incluso dentro de una misma familia. Ya el anciano Simeón, ante Jesús niño, después de proclamarlo como salvador de todos los pueblos, anunció a María que sería también “signo de contradicción” (Lucas 2,34). Pero esa división no prevalecerá: el fuego y la luz son más intensos que el frío y las tinieblas. Los cristianos, por el bautismo, somos portadores de ese mismo fuego de Jesucristo, apóstoles, por vocación divina. Como nos dice san Josemaría: “Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (San Josemaría, Camino, n. 1.)


PARA TU ORACION PERSONAL 

«He venido a traer fuego»: san Josemaría y los jóvenes

“Encender el fuego de Cristo… Esto sí, esto lo siento yo: para esto, tengo vocación”. 

Hace cinco años, la noche del sábado 27 de julio, se congregaron casi tres millones de personas en Copacabana. A través de las pantallas gigantes distribuidas a lo largo de la playa, se veía al papa Francisco indicando con el dedo a cada uno de sus oyentes: A vos, a vos, a vos…[1] Todos llamados a ser santos. También los jóvenes. Aquellos días se estaba llevando a cabo la Jornada Mundial de la Juventud, pero esta inquietud del Papa ha sido algo constante: apenas se presenta la oportunidad, les anima a arriesgarse y a dejar entrar a Jesús en su corazón, a ir contracorriente, a soñar sin miedo; a dejar el sofá, la comodidad que puede ofrecer una pantalla o las falsas ilusiones de felicidad; a ponerse los zapatos y ser callejeros de la fe[2].

Ya en uno de sus primeros documentos señalaba que los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual[3]. La juventud siempre porta consigo cosas nuevas. Y, con ello, esperanza. Estas palabras –novedad, esperanza– traen a la mente algunos detalles de las actividades de san Josemaría cuando era un joven sacerdote. No llegaba siquiera a los treinta años, pero ya había recibido una luz de Dios que le impulsaba a hacer el Opus Dei. No tenía nada. Solo un fuego que le quemaba interiormente, que buscaba expandirse en quienes le rodeaban. Y tenía también la convicción de que para ello no le faltaría la ayuda de Dios. Ignem veni mittere in terram (Lc. 12, 49), repetía continuamente durante aquellos años: He venido a traer fuego[4].

El color de la esperanza

Los años treinta eran tiempos difíciles en Madrid. Eran tiempos de persecución religiosa. No era infrecuente el insulto en la calle a los sacerdotes ni los intentos por eliminar cualquier manifestación pública del catolicismo. San Josemaría veía que, entonces, una de sus prioridades era encender la luz de Cristo en gente joven; en personas que pudieran ser el futuro de la Iglesia y también de la institución que Dios le había llamado a fundar. Estaba dando vueltas a cómo organizar un grupo con universitarios, bajo qué nombre reunirse, qué tipo de asociación se podría formar. De manera simbólica, se le venía una imagen a la mente: una cruz verde. Lo explicaba don Álvaro al leer los apuntes de nuestro Padre de aquella época: Cruz, porque se le ocurrió el día de la Santa Cruz, y también porque pensaba en la cruz de San Pedro; y verde, el color de la esperanza, porque la juventud es la esperanza de la Iglesia, de la Obra[5].

DECIDIÓ PEDIR AYUDA A NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA

No existía todavía ningún grupo de jóvenes, estaba solo la ilusión de mover a mucha gente para que se dejase encontrar por Jesús, pero san Josemaría ya rezaba por ellos. Y desde el principio decidió pedir ayuda para esta tarea a la Virgen María, bajo una advocación concreta: la de Nuestra Señora de la Esperanza[6].


Transcurrieron cerca de seis meses, hasta que el sábado 21 de enero de 1933 tuvieron una primera reunión, en un asilo en el que san Josemaría habitualmente enseñaba el catecismo y confesaba a niños abandonados. Ese día acudieron solo tres universitarios, pero en ellos nuestro Padre vio el germen de los tantos miles de jóvenes que hoy acuden a los medios de formación cristiana que ofrece el Opus Dei en todo el mundo. Aquel año lectivo, hasta que finalizó en mayo, se reunieron casi todos los miércoles. El grupo creció hasta girar alrededor de nueve asistentes. Su último encuentro fue el 17 de mayo[7]. Ese día –con la idea de que mantuvieran su trato con Dios también durante el verano– san Josemaría regaló, a cada uno, una estampa de Cristo crucificado, apoyado sobre la bola del mundo; el compromiso era que rezaran todos los días lo que el joven sacerdote había dejado escrito al reverso. Lo cuenta él mismo: Al despedir a los de San Rafael, les regalé una estampa del Amor Misericordioso, en la que escribí las siguientes invocaciones que los muchachos se comprometieron a recitar cada día: Santa María, Esperanza nuestra, Asiento de la sabiduría, ruega por nosotros. San Rafael, ruega por nosotros. San Juan, ruega por nosotros[8].

Láminas y caminatas

Dos días antes, el 15 de mayo de 1933, un pequeño grupo de niños, a quienes nuestro Padre preparó los meses previos, había recibido la primera Comunión[9]. Nunca, desde sus años de seminarista en Zaragoza, había abandonado la tarea de comunicar la doctrina cristiana a los más pequeños: en barrios pobres, en escuelas, en instituciones religiosas e incluso –como este caso– en casas particulares. Y animaba a todos los jóvenes que conocía –incluso durante tiempos políticamente complicados– a que hicieran lo mismo, ya que transmitir lo esencial de la fe cristiana siempre ha requerido un esfuerzo tanto por comprenderla cada vez mejor, como por conocer a fondo la situación de las otras personas. Por ejemplo, a la casa de los Sevilla González, san Josemaría procuraba llevar láminas que explicasen el sentido de los mandamientos o el origen de los sacramentos, contaba relatos sobre la vida de Jesús, echaba mano de sucesos de su propia vida, etc[10]. No se limitaba a la exposición sistemática de un conjunto de ideas, sino que partía de los intereses y dudas de quienes le escuchaban.


Lo mismo cuentan quienes habían sido sus alumnos en la Academia Cicuéndez durante aquellos primeros años que vivió san Josemaría en Madrid. Allí, para ganar algo de dinero, impartía clases de derecho canónico y de derecho romano durante las tardes. Asistían alrededor de diez personas por curso. Al terminar la jornada, el joven sacerdote se quedaba, a propósito, más tiempo en el aula, lo que daba lugar a que se generasen animadas tertulias con sus alumnos[11]. Cada uno iba exponiendo sus incertidumbres, no solo sobre lo aprendido en clase, sino sobre la vida en general. Algunos recuerdan que, mientras caía la tarde, frecuentemente acompañaban a san Josemaría hasta su casa, en largas caminatas en las que los jóvenes eran quienes escogían el tema de conversación.

"Santa María, esperanza nuestra, asiento de la Sabiduría, ruega por nosotros. San Rafael, ruega por nosotros. San Juan, ruega por nosotros. Mayo de 1933.

¡Esto sí!

El 2 de diciembre de 1931, san Josemaría hace una anotación en sus apuntes personales con referencia a aquellas clases que impartía. Concluye que, aunque tiene que hacerlo por necesidad económica, no se siente satisfecho solo con dar las lecciones. Siente la necesidad de mirar más allá: de ser santo mientras las imparte. Y, sobre todo, siente el impulso de invitar a los demás para que también lo sean. Nuestro padre tenía veintinueve años. Sus alumnos, unos pocos menos. Dice así: Enseñar de todo: desde derecho hasta… ¡álgebra!, porque, si no, no se come… Esto, que ha sido, a veces, la realidad de mi vida: no lo siento yo: no tengo para esto vocación. Ahora: enseñar una, dos… tres ramas del Derecho a jóvenes que quieren aprender, y a quienes se puede encender, de paso, el fuego de Cristo… Esto sí: esto lo siento yo: para esto, tengo vocación[12].


San Josemaría, aquel entonces, tenía solo sueños. Incluso, cuando tenía poco más de veinte años, algunos que veían sus ilusiones grandes le llamaban el soñador[13]. Pero tuvo la fuerza de ponerse a disposición del Señor para llevarlos a cabo. Lo mismo a lo que el papa Francisco invitaba a unos 70 mil jóvenes italianos el pasado mes de agosto. La cita era en el Coliseo Romano, hasta donde habían llegado desde muchas diócesis, dos meses antes del Sínodo sobre los jóvenes. Decía: Este es el trabajo que ustedes deben hacer: transformar los sueños de hoy en la realidad del futuro; para esto deben tener coraje[14]. Terminaba diciendo: Los sueños de los jóvenes son los más importantes de todos. Un joven que no sabe soñar es un joven anestesiado; no podrá entender la fuerza de la vida. Los sueños te despiertan, te llevan más allá, son las estrellas más luminosas, aquellas que indican un camino distinto para la humanidad.




14 de mayo de 2021

SAN MATIAS APOSTOL


Evangelio (Jn 16,20-23
)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque ha llegado su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del sufrimiento por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo. Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada.


Comentario

Jesús encarece a sus discípulos para que no se vengan abajo al experimentar la tristeza y el desprecio, pruebas por las que hay que pasar para llegar al gozo final. El mismo Pedro, que se acobardó por ser reconocido como discípulo del Maestro y luego lloró amargamente su pecado (cf. Lucas 22,54-62), alabará la actitud valiente de los primeros cristianos: “Por eso os alegráis, aunque ahora, durante algún tiempo, tengáis que estar afligidos por diversas pruebas” (1 Pedro 1,6).

La mujer que va a dar a luz asume su sufrimiento pues sabe que es camino para una nueva vida. Es bien expresiva esta imagen y tiene la fuerza de evocar momentos destacados de la historia de la salvación. Ya Dios había dicho a la primera mujer después del primer pecado: “Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos” (Génesis 3,16). Pero también Dios, en aquel trágico momento, dijo al instigador del pecado: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo” (Génesis 3,15). Y en la plenitud de los tiempos vino Jesús, nacido de mujer (cf. Ga 4,4). María, Madre y Virgen, lo dio a luz sin dolor. Pasado el tiempo, al pie de la Cruz, le llegó a María “su hora”: experimentó el dolor de ser Madre, haciendo suyo el dolor del Hijo. Pasó a ser así medianera de la Redención. No hubo dolor como su dolor (cf. Lamentaciones 1,12), pues estuvo colmado por un amor capaz de cooperar en dar a luz para la vida cristiana a millones y millones de hombres y mujeres de todas las razas, de todos los tiempos.

Llenos de fe, también nosotros nos sabemos mirados por Cristo resucitado, y renacidos por medio del Bautismo, vivimos la vida de los hijos de Dios. Podemos experimentar las pruebas del dolor y la aflicción, pero no queremos que nada ni nadie nos robe la alegría, como a menudo nos ha recordado el Papa Francisco. Vienen al caso las palabras con las que encabezaba su primera Exhortación apostólica: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” [1].


[1]. Francisco, Evangelii gaudium, n. 1.

PARA TU RATO DE ORACION PERSONAL

- Toda vocación es un don gratuito.

- San Matías conocía la vida de Jesús.

- Dios cuenta con todos en su plan de salvación.


CUENTAN LOS Hechos de los Apóstoles que, en los días posteriores a la resurrección del Señor, san Pedro se juntó con los discípulos para elegir al sustituto de Judas (cfr. Hch 1,15-26). Se reunieron unas ciento veinte personas. Quizá era el núcleo de los que habían permanecido con el Señor después del sermón del Pan de vida, incluyendo a aquellos setenta y dos que había mandado a predicar tiempo atrás. Lo que más sorprende es el modo de llamar a Matías para que fuese uno de los Doce. Tras una oración para rogar a Dios que se haga su voluntad, echan a suertes entre dos candidatos… y nace un nuevo apóstol.


Seguir de cerca al Señor como lo hicieron los apóstoles posee un cierto aire de fortuna. La pregunta que nos podemos hacer es: ¿por qué he sido el elegido si hay muchas más personas que podían encargarse de esta tarea? Sin embargo, nuestra actitud frente a los dones divinos es la de maravillarnos y sentirnos afortunados. El Señor obra de manera inusual paranuestros parámetros. Matías está bien dispuesto, conoce al Señor desde hace tiempo, pero quién sabe si hasta ese instante se había planteado algo similar. Ante la necesidad de disponer de nuevos apóstoles, gracias a la oración y a la suerte divina, descubre que Jesucristo tiene una misión concreta para él. En el fondo de su corazón Matías escucharía de algún modo la voz de Dios.



«Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta –decía san Josemaría–, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva –sin darnos cuenta– a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[1] y eso es lo que muy posiblemente experimentó Matías aquel día.


«NOSOTROS hemos recibido este don como destino: la amistad del Señor. Esta es nuestra vocación: vivir siendo amigos del Señor, al igual que los apóstoles. Todos los cristianos hemos recibido este don: la apertura, el acceso al corazón de Jesús, a la amistad de Jesús. Hemos recibido en suerte el don de tu amistad. Nuestro destino es ser amigos tuyos. Es un don que el Señor conserva siempre»[2]. Y para ser amigos de Jesús necesitamos conocerlo. En el momento de la elección del nuevo apóstol, el único requisito que debía cumplir era el de conocer de cerca la vida de Cristo, «desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión» (Hch 1,22).


«No puedo dejar de confiaros algo –decía san Josemaría–, que constituye para mí motivo de pena y de estímulo para la acción: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no barruntan todavía la profundidad de la dicha que nos espera en los cielos, y que van por la tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la auténtica felicidad»[3]. Toda felicidad aquí en la tierra es un chispazo divino que apunta hacia Cristo. Solo en él descansa nuestra búsqueda. Solo en nuestra amistad con Jesús, hecha de palabras y de momentos compartidos, encontramos la paz que no nos deja. Por eso deseamos conocerlo cada vez mejor, en los evangelios, en la Eucaristía, en la oración personal y en las personas que nos rodean.


A nosotros, que no hemos vivido aquellos años en los que Jesús pisó nuestra tierra, puede servirnos el ejemplo de san Pablo, que tampoco conoció a Cristo bajo ese aspecto. «San Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús»[4]. En nuestro empeño por conocer con la mayor profundidad posible a Cristo, podemos pedir la intercesión del apóstol Matías. Él podrá ayudarnos a que las acciones y palabras del Señor que él conoció, desde que fue bautizado por Juan hasta su resurrección, sean una realidad viva también para nosotros.


EN LA ESCENA de la vocación de Matías hay otro aspecto que también llama la atención y que se prolongará a lo largo de la historia. Es el hecho de que «la primera vocación tuvo lugar cuando la Iglesia estaba unida y rezaba. Cuando la Iglesia permanece unida y reza, no necesita preocuparse mucho por la propaganda, ya que puede estar segura de la respuesta del Señor»[5]. Esto nos da paz. La Iglesia la ha instituido el Señor y es él quien la saca adelante; nada ni nadie podrá contra ella. Seguirá llamando a nuevos apóstoles incluso en medio de cualquier circunstancia, entre jóvenes y ancianos, entre hombres y mujeres. Permanecer unidos en la oración y en el cariño fraterno es, en definitiva, seguir pendientes de Dios y confiar plenamente en su misericordia. No faltarán personas dispuestas a seguir a Cristo y a permanecer con él para ser testigos de la paz y de la alegría que surgen de la Resurrección.


El alborozo por ese nuevo apóstol fue enorme: en toda la asamblea y en el corazón del mismo Matías. Sin embargo, José, llamado Bernabé, el otro discípulo que intervino en el sorteo, quedó a las puertas de esa predilección, así como al resto de aquellos ciento veinte que se habían reunido (cfr. Hch 1,23-26). José era un fiel discípulo y el hecho de no ser llamado a formar parte de los Doce no significa que valiese menos o que no fuese buen cristiano. Dios llama a quien quiere, cada uno tiene su camino de felicidad trazado por Dios, y lo propio del hombre es ponerse en sus manos. Tanto Matías como José son afortunados porque fundan su vida en la seguridad de que el Señor está siempre a su lado. Y responder que sí a las inspiraciones de Dios, aceptarlas con gratitud, es fuente de paz. Lo que cuenta es la santidad de cada uno en sus circunstancias y con su modo de ser, allí donde está.


Matías, como antes lo habían hecho los otros apóstoles, se puso inmediatamente manos a la obra. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Solo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida»[6]. El mar inmenso de este mundo cuenta con que los cristianos, en compañía de la Santísima Virgen, Stella Maris, estrella del mar, surcaremos sus aguas para llevar a todos la alegría de Cristo.


[1] San Josemaría, Cartas 3, n. 9


[2] Francisco, Homilía, 14-V-2018.


[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 163.


[4] Benedicto XVI, Audiencia general, 8-X-2008.


[5] Benedicto XVI, Homilía en una primera Misa, 1973. Recogida en Enseñar y aprender el amor de Dios.


[6] Francisco, homilía del domingo de la Palabra de Dios, 26-I-2020.

25 de marzo de 2021

LA VOCACION DE SANTA MARIA

— El ejemplo de Nuestra Señora.

— Corresponder a la propia vocación.

— El sí que nos pide el Señor.



I. Al entrar al mundo dijo el Señor: Vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad1.


La Anunciación y Encarnación del Hijo de Dios es el hecho más maravilloso y extraordinario, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres y el más trascendental de la historia de la humanidad: ¡Dios se hace hombre y para siempre! Y sin embargo este acontecimiento tuvo lugar en un pueblo pequeño de un país prácticamente desconocido en su tiempo. En Nazareth, «el que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana... para restaurarla»2.


San Lucas nos narra con suma sencillez este supremo acontecimiento: En el sexto mes fue enviado un ángel a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María3. La piedad popular ha representado desde antiguo a Santa María recogida en oración cuando recibe la embajada del ángel: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Nuestra Madre quedó turbada ante estas palabras, pero con una turbación que no la deja paralizada. Ella conocía bien la Escritura por la instrucción que todo judío recibía desde los primeros años y, sobre todo, por la claridad y penetración que le daban su fe incomparable, su profundo amor y los dones del Espíritu Santo. Por eso entendió el mensaje de aquel enviado de Dios. Su alma está completamente abierta a lo que Dios le va a pedir. El ángel se apresura a tranquilizarla y le descubre el designio del Señor sobre ella, su vocación: has hallado gracia delante de Dios –le dice–: concebirás en tu seno y darás a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.


«El mensajero saluda, en efecto, a María como llena de gracia: la llama así como si este fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil, Miryam (María), sino con este nombre nuevo: llena de gracia. ¿Qué significa este nombre? ¿Por qué el arcángel llama así a la Virgen de Nazareth?


»En el lenguaje de la Biblia, gracia significa un don especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cfr. 1 Jn 4, 8)»4. María es llamada llena de gracia porque este nombre designa su verdadero ser. Cuando Dios cambia un nombre a alguien o le da un sobrenombre, le destina a algo nuevo o le descubre su verdadera misión en la historia de la salvación. María es llamada llena de gracia, agraciadísima, en razón de su Maternidad divina.


El anuncio del ángel descubre a María su propio quehacer en el mundo, la clave de toda su existencia. La Anunciación fue para Ella una iluminación perfectísima que alcanzó su vida entera y la hizo plenamente consciente de su papel excepcional en la historia de la humanidad. «María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento»5.


Cada día –en el Ángelus–, muchos cristianos en todo el mundo recordamos a Nuestra Madre este momento inefable para Ella y para toda la humanidad; también cuando contemplamos el primer misterio de gozo del Santo Rosario. Procuremos meternos en esa escena y contemplar a Santa María que abraza con amorosa piedad la santa voluntad de Dios. «Cómo enamora la escena de la Anunciación. –María –¡cuántas veces lo hemos meditado! está recogida en oración..., pone sus cinco sentidos y todas sus potencias al habla con Dios. En la oración conoce la Voluntad divina; y con la oración la hace vida de su vida: ¡no olvides el ejemplo de la Virgen!»6.


II. Aquí estoy para hacer tu voluntad7.


La Trinidad Santísima había trazado un plan para Nuestra Señora, un destino único y absolutamente excepcional: ser Madre del Dios encarnado. Pero Dios pide a María su libre aceptación. No dudó Ella de las palabras del ángel, como había hecho Zacarías; manifiesta, sin embargo, la incompatibilidad entre su decisión de vivir siempre la virginidad, que el mismo Dios había puesto en su corazón, y la concepción de un hijo. Es entonces cuando el ángel le anuncia en términos claros y sublimes que iba a ser madre sin perder su virginidad: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios.


María escucha y pondera en su corazón estas palabras. Ninguna resistencia en su inteligencia y su corazón: todo está abierto a la voluntad divina, sin restricción ni limitación alguna. Este abandono en Dios es lo que hace al alma de María ser buena tierra capaz de recibir la semilla divina8. Ecce ancilla Domini... he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Nuestra Señora acepta con inmensa alegría no tener otra voluntad y otro querer que el de su Amo y Señor, que desde aquel momento es también Hijo suyo, hecho hombre en sus purísimas entrañas. Se entrega sin limitación alguna, sin poner condiciones, con júbilo y libremente. «Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús y, al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres»9.


La vocación de Santa María es el ejemplo perfecto de toda vocación. Entendemos la vida nuestra y los acontecimientos que la rodean a la luz de la propia llamada. Es en el empeño por llevar a cabo ese designio divino donde encontramos el camino del Cielo y la propia plenitud humana y sobrenatural.


La vocación no es tanto la elección que nosotros hacemos, como aquella que Dios ha hecho de nosotros a través de mil circunstancias que es necesario saber interpretar con fe y con un corazón limpio y recto. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros10. «Toda vocación, toda existencia, es por sí misma una gracia que encierra en sí otras muchas. Una gracia, esto es, un don, algo que se nos da, que se nos regala sin derecho alguno de nuestra parte, sin mérito propio que lo motive o -menos aún justifique. No es preciso que la vocación, el llamamiento a cumplir el designio de Dios, la misión asignada, sea grande o brillante: basta que Dios haya querido utilizarnos, servirse de nosotros, basta el hecho de que confíe en nuestra colaboración. Es esto ya, en sí mismo, tan inaudito, tan grandioso, que toda una vida dedicada al agradecimiento no bastaría para corresponder»11.


Hoy le será muy grato a Dios que le demos gracias por las incontables luces que han ido señalando el itinerario de nuestra llamada, y que lo hagamos a través de su Madre Santísima que tan fidelísimamente correspondió a lo que el Señor quiso de Ella.


III. Ne timeas...


«No temas. Aquí radica el elemento constitutivo de la vocación. El hombre, de hecho, teme. Teme no solamente ser llamado al sacerdocio, sino también ser llamado a la vida, a sus obligaciones, a una profesión, al matrimonio. Este temor muestra un sentido de responsabilidad inmadura. Hay que superar el temor para acceder a una responsabilidad madura: hay que aceptar la llamada, escucharla, asumirla, ponderarla según nuestras luces, y responder: sí, sí. No temas, no temas, pues has hallado la gracia, no temas a la vida, no temas tu maternidad, no temas tu matrimonio, no temas tu sacerdocio, pues has hallado la gracia. Esta certidumbre, esta conciencia nos ayuda de igual forma que ayudó a María. En efecto, “la tierra y el paraíso esperan tu sí, oh Virgen Purísima”. Son palabras de San Bernardo, famosas y hermosísimas palabras. Espera tu sí, María. Espera tu sí, madre que vas a tener un hijo; espera tu sí, hombre que debes asumir una responsabilidad personal, familiar y social...


»Esta es la respuesta de María, la respuesta de una madre, la respuesta de un joven: un sí para toda la vida»12, que nos compromete gozosamente.


La respuesta de María –fiat– es aún más definitiva que un simple sí. Es la entrega total de la voluntad a lo que el Señor quería de Ella en aquel momento y a lo largo de toda su vida. Este fiat tendrá su culminación en el Calvario cuando, junto a la Cruz, se ofrezca juntamente con su Hijo.


El sí que nos pide el Señor, a cada uno en su propio camino, se prolonga a lo largo de toda la vida, en acontecimientos pequeños unas veces, mayores otras, en las sucesivas llamadas, de las cuales unas son preparación para las siguientes. El sí a Jesús nos lleva a no pensar demasiado en nosotros mismos y a estar atentos, con el corazón vigilante, hacia donde viene la voz del Señor que nos señala el camino que Él traza a los suyos. En esta correspondencia amorosa se van entrelazando, en perfecta armonía, la propia libertad y la voluntad divina,


Pidamos hoy a Nuestra Señora el deseo sincero y grande de conocer con más hondura la propia vocación, y luz para corresponder a las sucesivas llamadas que el Señor nos hace. Pidámosle que sepamos darle una respuesta pronta y firme en cada circunstancia, pues solo la vocación es lo que llena una vida y le da sentido.


19 de marzo de 2021

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ*


 — Las promesas se realizan en Jesús a través de José.

— Fidelidad del Santo Patriarca a la misión recibida de Dios.

— Nuestra fidelidad.


I. Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia1.


Esta familia de la que se habla en la Antífona de entrada de la Misa es la Sagrada Familia de Nazareth, el tesoro de Dios en la tierra, que encomendó a San José, «el servidor fiel y prudente», que entregó su vida con alegría y sin medida para sacarla adelante. La familia del Señor es también, por ampliación, la Iglesia, que reconoce a San José como su protector y patrono.


La Primera lectura evoca las antiguas promesas en las que se anuncia, de generación en generación, la llegada de un Rey fuerte y justo, un Pastor bueno que conducirá al rebaño hacia verdes praderas2, un Redentor que nos salvará3. En esta lectura de hoy se comunica a David, por medio del profeta Natán, que de su descendencia llegará el Mesías, quien tendrá un reinado eterno. Por José, es Jesús hijo de David. En Él se han cumplido las promesas hechas desde Abrahán4.


«Con la Encarnación las “promesas” y las “figuras” del Antiguo Testamento se hacen “realidad”: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidas por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel (...) que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia»5.


El Evangelio de la Misa tiene especial interés en recalcar que José está entroncado en la casa de David, depositaria de las promesas hechas a los patriarcas: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo6. Es el Patriarca del Nuevo Testamento.


Fue José un hombre sencillo que Dios cubrió de gracias y de dones para que cumpliera una misión singular y entrañable en los planes salvíficos. Vivió entre gozos inenarrables, al tener junto a él a Jesús y a María, y también entre incertidumbres y sufrimientos: perplejidad ante el misterio obrado en María, que él todavía no conoce; la pobreza extrema de Belén; la profecía de Simeón en el Templo sobre los sufrimientos del Salvador; la angustiosa huida a Egipto; la vida apenas sin recursos en un país extraño; la vuelta de Egipto y los temores ante Arquelao... Fue siempre fidelísimo a la voluntad de Dios, dejando a un lado planes y razones meramente humanas.


El centro de su vida fueron Jesús y María, y el cumplimiento de la misión que Dios le había confiado. «La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.


»Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es -a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar (...) la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras»7.


Le pedimos especialmente hoy al Santo Patriarca el deseo eficaz de cumplir la voluntad de Dios en todo, en una entrega alegre, sin condiciones, que sirva a muchos para que encuentren el camino que conduce al Cielo.


II. Siervo bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor8. Estas palabras de la Antífona de comunión de la Misa las oiría un día San José por el cumplimiento amoroso y alegre de su misión en la tierra. Son palabras dichosísimas que un día también el Señor nos dirá a nosotros si hemos sido fieles a la vocación recibida, aunque hayamos tenido que recomenzar muchas veces, con humildad y sencillez de corazón. En otra oración de la Misa del día se repite la palabra fidelidad aplicada a San José: Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José...9, rezamos en la oración colecta. Parece como si el Señor quisiera hoy recordarnos la fidelidad a nuestros compromisos para con Él y para con los demás, la fidelidad a la vocación recibida de Dios, a la llamada que cada cristiano ha recibido, su quehacer en el mundo según el querer de Dios.


Nuestra vida no tiene otro sentido que ser fieles al Señor, en cualquier edad y circunstancia en la que nos encontremos. De eso depende, lo sabemos bien, nuestra felicidad en esta vida y, en buena parte, la felicidad de quienes nos rodean. San José pasó por situaciones bien diferentes y no todas fueron humanamente gratas, pero el Santo Patriarca fue firme como la roca y contó siempre con la ayuda de Dios. Nada desvió a José del camino que se le había señalado; fue el hombre al que Dios, fiándose de Él, puso al frente de su familia aquí en la tierra. «¿Qué otra cosa fue su vida sino una entera dedicación al servicio para el que había sido llamado? Esposo de la Virgen María, padre legal de Jesús (...), consumió su vida con la atención puesta en ellos, entregado al cumplimiento de la misión para la que había sido llamado. Y como un hombre entregado es un hombre que ya no se pertenece, él dejó de preocuparse de sí mismo desde el momento en que, ilustrado por el ángel en aquel primer sueño, aceptó plenamente el designio de Dios sobre él, y al recibir a María su esposa comenzó a vivir para aquellos que habían sido puestos bajo su custodia. El Señor le confió su familia y José no le defraudó; Dios se apoyó en él, y él se mantuvo firme en toda clase de circunstancias»10. Dios, para muchas cosas grandes, se apoya en nosotros... No le defraudemos.


Le decimos hoy al Señor que queremos ser fieles, entregados a nuestro quehacer divino y humano en la tierra, como lo fue San José, sabiendo que de ello depende el sentido de nuestra vida toda. Examinemos despacio en qué podríamos ser más fieles: compromisos para con Dios, con quienes quizá tenemos a nuestro cargo, en el apostolado, en la tarea profesional...


III. Concédenos, Señor, que podamos servirte... con un corazón puro como San José, que se entregó para servir a tu Hijo...11.


Mientras preparábamos la Solemnidad de hoy considerando la devoción de los siete domingos de San José, meditábamos el principio enunciado por Santo Tomás, que se aplica a la elección de San José, y a toda vocación: «A los que Dios elige para algo los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello»12. La fidelidad de Dios se muestra en las ayudas que otorga siempre, en cualquier situación de edad, trabajo, salud, etc., en que nos encontremos, para que cumplamos fielmente nuestra misión en la tierra. San José correspondió delicada y prontamente a las innumerables gracias que recibió de parte de Dios.


Nosotros debemos meditar muchas veces que el Señor no nos fallará jamás; Él espera siempre nuestra correspondencia firme: en la juventud, en la madurez, y cuando ya no sea mucho el tiempo que nos separe de Dios; cuando parece que todo acompaña para ser leales y en aquellos momentos en los que pudiera dar la impresión de que todo invita a romper los compromisos contraídos.


El no sentir a Dios alguna vez –o por largos períodos–, el no sentirse atraído a dedicar a Dios el mejor rato del día, puede deberse, quizá, a que se tiene el alma llena de uno mismo y de todo lo que pasa a nuestro alrededor. En estos momentos la fidelidad a Dios es fidelidad al recogimiento interior, al empeño por salir de ese estado, a la vida de oración, a esa oración en la que el alma se queda sola, desnuda ante Dios y le pide, o le mira...


Dios espera de todos nosotros una actitud despierta, amorosa, llena de iniciativas. ¡El corazón del Santo Patriarca estuvo siempre lleno de alegría, incluso en los momentos más difíciles! Hemos de lograr que nuestro quehacer divino en la tierra, nuestro caminar hacia Dios sea siempre nuevo, como nuevo y original es siempre el amor, pues, como señala el poeta: Nadie fue ayer // ni va hoy // ni irá mañana // hacia Dios // por este mismo camino // que yo voy. // Para cada hombre guarda // un rayo nuevo de luz el sol // y un camino virgen // Dios. Siempre eternamente nuevo.


Hoy pedimos a San José esa juventud interior que da siempre la entrega verdadera, la renovación desde sus mismos cimientos de estos firmes compromisos que adquirimos un día. Le pedimos también por tantos que esperan de nosotros esa alegría interior, consecuencia de la entrega, que les arrastre hasta Jesús, a quien encontrarán siempre muy cerca de María.


(Se interrumpe en cierto modo la práctica cuaresmal para celebrar la Solemnidad de San José, esposo de María. Él, junto con Nuestra Señora, cuidó de Jesús Niño, y no hay en el Cielo, excepto su Esposa, santo más grande. De igual forma que fue cabeza de la Sagrada Familia y cuidó de ella aquí en la tierra, así ejerce ahora su patrocinio sobre la Iglesia universal.)

* Esta festividad, que ya existía en numerosos lugares, se fijó en esta fecha durante el siglo xv y luego se extendió a toda la Iglesia como fiesta de precepto en 1621. El Papa Pío IX lo nombró, en 1847, Patrono de la Iglesia universal. La paternidad de San José alcanza no solo a Jesús -de quien hizo las veces de padre- sino a la misma Iglesia, que continúa en la tierra la misión salvadora de Cristo. Así lo reconoció el Papa Juan XXIII al incorporar su nombre al Canon Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se hace presente en el altar- veneremos la memoria del que gozó de su presencia física en la tierra.

6 de enero de 2021

EPIFANIA DEL SEÑOR*

     



        No hace mucho, he admirado un relieve en mármol, que representa la escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese relieve, había otros: cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios —la tradición dice que eran reyes— se postran ante un Niño, después de preguntar en Jerusalén: ¿dónde está el nacido rey de los judíos?


    Yo también, urgido por esa pregunta, contemplo ahora a Jesús, reclinado en un pesebre, en un lugar que es sitio adecuado sólo para las bestias. ¿Dónde está, Señor, tu realeza: la diadema, la espada, el cetro? Le pertenecen, y no los quiere; reina envuelto en pañales. Es un Rey inerme, que se nos muestra indefenso: es un niño pequeño. ¿Cómo no recordar aquellas palabras del Apóstol: se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo?


    Nuestro Señor se encarnó, para manifestarnos la voluntad del Padre. Y he aquí que, ya en la cuna, nos instruye. Jesucristo nos busca —con una vocación, que es vocación a la santidad— para consumar, con El, la Redención. Considerad su primera enseñanza: hemos de corredimir no persiguiendo el triunfo sobre nuestros prójimos, sino sobre nosotros mismos. Como Cristo, necesitamos anonadarnos, sentirnos servidores de los demás, para llevarlos a Dios.


    ¿Dónde está el Rey? ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo.

    A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo.


El camino de la fe


La meta no es fácil: identificarnos con Cristo. Pero tampoco es difícil, si vivimos como el Señor nos ha enseñado: si acudimos diariamente a su Palabra, si empapamos nuestra vida con la realidad sacramental —la Eucaristía— que El nos ha dado por alimento, porque el camino del cristiano es andador, como recuerda una antigua canción de mi tierra. Dios nos ha llamado clara e inequívocamente. Como los Reyes Magos, hemos descubierto una estrella, luz y rumbo, en el cielo del alma.


Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de tomarnos a Dios en serio. Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a contar en voz alta el proceso íntimo de su vocación sobrenatural, los demás juzgaríamos que todo aquello era divino. Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento de que también es necesaria —y no sólo posible— la santidad en medio de las tareas profesionales, sociales...


Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre... Tú eres mío. Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios.


Un camino de fe es un camino de sacrificio. La vocación cristiana no nos saca de nuestro sitio, pero exige que abandonemos todo lo que estorba al querer de Dios. La luz que se enciende es sólo el principio; hemos de seguirla, si deseamos que esa claridad sea estrella, y luego sol. Mientras los Magos estaban en Persia —escribe San Juan Crisóstomo— no veían sino una estrella; pero cuando abandonaron su patria, vieron al mismo sol de justicia. Se puede decir que no hubieran continuado viendo la estrella, si hubiesen permanecido en su país. Démonos prisa, pues, también nosotros; y aunque todos nos lo impidan, corramos a la casa de ese Niño.


Firmeza en la vocación


Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Al oír esto, el Rey Herodes se turbó y, con él, toda Jerusalén. Todavía hoy se repite esta escena. Ante la grandeza de Dios, ante la decisión, seriamente humana y profundamente cristiana, de vivir de modo coherente con la propia fe, no faltan personas que se extrañan, y aun se escandalizan, desconcertadas. Se diría que no conciben otra realidad que la que cabe en sus limitados horizontes terrenos. Ante los hechos de generosidad, que perciben en la conducta de otros que han oído la llamada del Señor, sonríen con displicencia, se asustan o —en casos que parecen verdaderamente patológicos— concentran todo su esfuerzo en impedir la santa determinación que una conciencia ha tomado con la más plena libertad.


Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo. La vida sobrenatural de cada alma es algo secundario, para los que discurren de esa manera; piensan que merece prestársele atención, pero sólo después que estén satisfechas las pequeñas comodidades y los egoísmos humanos. Si así fuera, ¿qué quedaría del cristianismo? Las palabras de Jesús, amorosas y a la vez exigentes, ¿son sólo para oírlas, o para oírlas y ponerlas en práctica? El dijo: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles. Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios.


Considerad el caso de Herodes: era un potente de la tierra, y tiene la oportunidad de servirse de la colaboración de los sabios: reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Su poder y su ciencia no le llevan a reconocer a Dios. Para su corazón empedernido, poder y ciencia son instrumentos de maldad: el deseo inútil de aniquilar a Dios, el desprecio por la vida de un puñado de niños inocentes.


Sigamos leyendo el santo Evangelio: ellos contestaron: en Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel. No podemos pasar por alto estos detalles de misericordia divina: quien iba a redimir al mundo, nace en una aldea perdida. Y es que Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos: la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo.


La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a El, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle. La paternal bondad de Dios nos sale al encuentro. Nuestro Señor no sólo es justo, es mucho más: misericordioso. No espera que vayamos a El; se anticipa, con muestras inequívocas de paternal cariño.


Buen pastor, buen guía


Si la vocación es lo primero, si la estrella luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no es lógico dudar cuando, en alguna ocasión, se nos oculta. Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece. Conocemos ya el resplandor divino de nuestra vocación, estamos persuadidos de su carácter definitivo, pero quizá el polvo que levantamos al andar —nuestras miserias— forma una nube opaca, que impide el paso de la luz.


¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios.


Permitidme un consejo: si alguna vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario que viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. Mirad que la palabra divina no es vana; y la insistencia de Cristo —¿no veis con qué cariño habla de pastores y de ovejas, del redil y del rebaño?— es una demostración práctica de la necesidad de un buen guía para nuestra alma.


Si no hubiese pastores malos, escribe San Agustín, El no habría precisado, hablando del bueno. ¿Quién es el mercenario? El que ve el lobo y huye. El que busca su gloria, no la gloria de Cristo; el que no se atreve a reprobar con libertad de espíritu a los pecadores. El lobo coge una oveja por el cuello, el diablo induce a un fiel a cometer adulterio. Y tú, callas, no repruebas. Tú eres mercenario; has visto venir al lobo y has huido. Quizá él diga: no; estoy aquí, no he huido. No, respondo, has huido porque te has callado; y has callado, porque has tenido miedo.


La santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre —como se demuestra también hoy— por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos. Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo.


Si vuestra conciencia os reprueba por alguna falta —aunque no os parezca grave—, si dudáis, acudid al Sacramento de la Penitencia. Id al sacerdote que os atiende, al que sabe exigir de vosotros fe recia, finura de alma, verdadera fortaleza cristiana. En la Iglesia existe la más plena libertad para confesarse con cualquier sacerdote, que tenga las legítimas licencias; pero un cristiano de vida clara acudirá —¡libremente!— a aquel que conoce como buen pastor, que puede ayudarle a levantar la vista, para volver a ver en lo alto la estrella del Señor.


Oro, incienso y mirra


Videntes autem stellam gavisi sunt gaudio magno valde, dice el texto latino con admirable reiteración: al descubrir nuevamente la estrella, se gozaron con un gozo muy grande. ¿Por qué tanta alegría? Porque, los que no dudaron nunca, reciben del Señor la prueba de que la estrella no había desaparecido: dejaron de contemplarla sensiblemente, pero la habían conservado siempre en el alma. Así es la vocación del cristiano: si no se pierde la fe, si se mantiene la esperanza en Jesucristo que estará con nosotros hasta la consumación de los siglos, la estrella reaparece. Y, al comprobar una vez más la realidad de la vocación, nace una mayor alegría, que aumenta en nosotros la fe, la esperanza y el amor.


Entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y, arrodillados, le adoraron. Nos arrodillamos también nosotros delante de Jesús, del Dios escondido en la humanidad: le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina llamada, que no nos apartaremos nunca de El; que quitaremos de nuestro camino todo lo que sea un estorbo para la fidelidad; que deseamos sinceramente ser dóciles a sus inspiraciones. Tú, en tu alma, y también yo —porque hago una oración íntima, con hondos gritos silenciosos— estamos contando al Niño que anhelamos ser tan buenos cumplidores como aquellos siervos de la parábola, para que también a nosotros pueda contestarnos: alégrate, siervo bueno y fiel.


Y abriendo sus tesoros le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Detengámonos un poco para entender este pasaje del Santo Evangelio. ¿Cómo es posible que nosotros, que nada somos y nada valemos, hagamos ofrendas a Dios? Dice la Escritura: toda dádiva y todo don perfecto de arriba viene. El hombre no acierta ni siquiera a descubrir enteramente la profundidad y la belleza de los regalos del Señor: ¡Si tú conocieras el don de Dios!, responde Jesús a la mujer samaritana. Jesucristo nos ha enseñado a esperarlo todo del Padre, a buscar, antes que nada, el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura, y bien sabe El qué es lo que necesitamos.


En la economía de la salvación, Nuestro Padre cuida de cada alma con delicadeza amorosa: cada uno ha recibido de Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra. Parecería inútil, por tanto, afanarse por presentar al Señor algo de lo que El tuviera necesidad; desde nuestra situación de deudores que no tienen con qué pagar, nuestro dones se asemejarían a los de la Antigua Ley, que Dios ya no acepta: Tú no has querido, ni han sido de tu agrado, los sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, cosas todas que ofrecen según la Ley.


Pero el Señor sabe que dar es propio de enamorados, y El mismo nos señala lo que desea de nosotros. No le importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón. ¿Veis? No se satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras, repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y sólo de ahí, arrancan todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor.


Démosle, por tanto, oro: el oro fino del espíritu de desprendimiento del dinero y de los medios materiales. No olvidemos que son cosas buenas, que vienen de Dios. Pero el Señor ha dispuesto que los utilicemos, sin dejar en ellos el corazón, haciéndolos rendir en provecho de la humanidad.


Los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí, reclinado en un pesebre; es Cristo y en El se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón.


Ofrecemos incienso: los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar una vida noble, de la que se desprenda el bonus odor Christi, el perfume de Cristo. Impregnar nuestras palabras y acciones en el bonus odor, es sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano.


Así nos lo enseña Jesucristo. La Humanidad esperaba desde hacía siglos la venida del Salvador; los profetas lo habían anunciado de mil formas; y hasta en los últimos rincones de la tierra —aunque estuviese perdida, por el pecado y por la ignorancia, gran parte de la Revelación de Dios a los hombres— se conservaba el deseo de Dios, el ansia de ser redimidos.


Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión, no aparece un genio filosófico, como Platón o Sócrates; no se instala en la tierra un conquistador poderoso, como Alejandro. Nace un Infante en Belén. Es el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que lo sepamos acoger en nuestros brazos.


Nos damos cuenta ahora, una vez más, de que éste es el cristianismo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.


Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!


No se trata de un ideal lejano. El cristiano no es un Tartarín de Tarascón, empeñado en cazar leones donde no puede encontrarlos: en los pasillos de su casa. Quiero hablar siempre de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? El buen olor del incienso es el resultado de una brasa, que quema sin ostentación una multitud de granos; el bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.


Y, con los Reyes Magos, ofrecemos también mirra, el sacrificio que no debe faltar en la vida cristiana. La mirra nos trae al recuerdo la Pasión del Señor: en la Cruz le dan a beber mirra mezclada con vino, y con mirra ungieron su cuerpo para la sepultura. Pero no penséis que, reflexionar sobre la necesidad del sacrificio y de la mortificación, signifique añadir una nota de tristeza a esta fiesta alegre que celebramos hoy.


Mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio. La mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no puede ser ni un verdugo ni un miserable; es un hombre que sabe amar con obras, que prueba su amor en la piedra de toque del dolor.


Pero he de decir, otra vez, que esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día.


Sancta Maria, Stella Orientis


Termino, repitiendo unas palabras del Evangelio de hoy: entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre. Nuestra Señora no se separa de su Hijo. Los Reyes Magos no son recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos prepare el camino que lleva al amor pleno: Cor Mariæ dulcissimum, iter para tutum! Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar a Cristo.


Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María, Estrella del mar, Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos. Nuestro celo por las almas no debe conocer fronteras, que nadie está excluido del amor de Cristo. Los Reyes Magos fueron las primicias de los gentiles; pero, consumada la Redención, ya no hay judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra —no existe discriminación de ningún tipo—, porque todos sois uno en Cristo Jesús.


Los cristianos no podemos ser exclusivistas, ni separar o clasificar las almas; vendrán muchos de Oriente y de Occidente; en el corazón de Cristo caben todos. Sus brazos —lo admiramos de nuevo en el pesebre— son los de un Niño: pero son los mismos que se extenderán en la Cruz, atrayendo a todos los hombres.


Y un último pensamiento para ese varón justo, Nuestro Padre y Señor San José, que, en la escena de la Epifanía, ha pasado, como suele, inadvertido. Yo lo adivino recogido en contemplación, protegiendo con amor al Hijo de Dios que, hecho hombre, le ha sido confiado a sus cuidados paternales. Con la maravillosa delicadeza del que no vive para sí mismo, el Santo Patriarca se prodiga en un servicio tan silencioso como eficaz.


Hemos hablado hoy de vida de oración y de afán apostólico. ¿Qué mejor maestro que San José? Si queréis un consejo que repito incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Ioseph, acudid a San José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos y divinos de acercarnos a Jesús. Y pronto os atreveréis, como él hizo, a llevar en brazos, a besar, a vestir, a cuidar a este Niño Dios que nos ha nacido. Con el homenaje de su veneración, los Magos ofrecieron a Jesús oro, incienso y mirra; José le dio, por entero, su corazón joven y enamorado.


*La Solemnidad de la Epifanía, llamada también en la antigüedad Teofanía o fiesta de la Iluminación, nació en los primeros siglos del Cristianismo, en Oriente, y llegó a ser universal ya en el siglo iv. Desde sus orígenes se celebró el 6 de enero.