"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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17 de noviembre de 2020

FIDELIDAD

 

— Ejemplaridad del anciano Eleazar.

— Obstáculos para la fidelidad.

— Lealtad a la palabra a los compromisos adquiridos.


I. En tiempos del rey Antíoco se desató una fortísima persecución contra Israel. El Templo fue profanado y en él se introdujo el culto a los dioses griegos en lugar de Yahvé. Se prohibió celebrar el sábado, y cada mes los judíos eran obligados a celebrar el natalicio del rey, participando en los sacrificios que se inmolaban con este motivo y comiendo sus carnes.


Eleazar, un anciano venerable de noventa años, se mantuvo fiel a la fe de sus padres y prefirió la muerte a tomar parte en estos sacrificios. Antiguos amigos le propusieron traer alimentos permitidos para simular delante de los demás que había comido de las carnes sacrificadas, según el mandato del rey. Haciendo esto –le decían–, se libraría de la muerte. Pero Eleazar se mantuvo fiel a la vida ejemplar que había llevado desde niño, considerando que era indigno de su ancianidad disimular, no fuera que luego pudiesen decir los jóvenes que, a sus noventa años, se había paganizado con los extranjeros. Mi simulación por amor de esta corta y perecedera vida -dijo- los induciría a error, y echaría sobre mi vejez la afrenta y el oprobio; y aunque al presente lograra librarme de los castigos humanos, de las manos del Omnipotente no escaparé ni en la vida ni en la muerte.


Eleazar se encaminó al suplicio y, estando a punto de morir, exclamó: El Señor Santísimo ve bien que, pudiendo librarme de la muerte, doy mi cuerpo al tormento; pero mi alma lo sufre gozosa en el temor de Dios. El autor sagrado recoge la ejemplaridad de su muerte, no solo para los jóvenes, sino para toda la nación. Este relato1 nos recuerda también a nosotros la fidelidad sin fisuras a los compromisos contraídos en la fe, para ser leales al Señor también cuando quizá nos sería más fácil ceder por la presión de un ambiente pagano hostil, o por una circunstancia difícil que hayamos de atravesar.


San Juan Crisóstomo llama a Eleazar «protomártir del Antiguo Testamento»2. Su actitud gozosa en el martirio es como un preludio de aquella alegría que Jesús preconizará de los que serían perseguidos por su nombre3. Es el gozo que el Señor nos hace experimentar cuando, por ser fieles a la fe y a la propia vocación, padecemos alguna contrariedad.


II. A los primeros cristianos se les designaba frecuentemente con el apelativo de fieles4. Este término nace en momentos de dificultades externas, de persecuciones, de calumnias y de la presión de un ambiente pagano que trataba de imponer su manera de pensar y de vivir, muy opuesta a la doctrina del Maestro. Ser fieles era mantenerse firmes ante estos obstáculos externos. Sé fiel hasta la muerte -se lee en el Apocalipsis- y Yo te daré la corona de la vida5. Esto se pide a los cristianos de todas las épocas: Sé fiel hasta la muerte. Ya antes advierte el Apóstol: No temas por lo que vas a padecer: el diablo va a encarcelar a algunos de vosotros, para que seáis tentados; y sufriréis tribulación por diez días. Eso es la vida: diez días, un poco de tiempo. ¿Y no vamos a permanecer fieles sí tuviéramos que sufrir alguna contradicción, muchas veces pequeña, alguna discriminación por ser cristianos que no se avergüenzan de serlo? ¿Nos vamos a avergonzar de nuestra fe, que tiene consecuencias prácticas en el modo de actuar, en las que muchos quizá no estén de acuerdo? «Es fácil –recordaba el Papa Juan Pablo II– ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida»6.


A veces los obstáculos no llegan de fuera, sino de dentro. La soberbia es el principal obstáculo de la fidelidad, y junto a ella la tibieza, que hace perder la alegría en el seguimiento de Cristo, idealizando otras posibilidades que están al margen del camino que nos lleva a Dios. Otras veces surge la oscuridad del alma, consecuencia de la desgana y falta de lucha, o porque Dios la permite para purificar el alma. Sea cual fuere la causa de estas tinieblas, la fidelidad muchas veces estará en la humildad de ser dóciles a la dirección espiritual, en mantener una oración viva con el Señor, en permanecer en ese trato diario con Él, que nos llevará como de la mano hasta la luz. «Se quedaron muy grabadas en mi cabeza de niño –cuenta San Josemaría Escrivá– aquellas señales que, en las montañas de mi tierra, colocaban a los bordes de los caminos; me llamaron la atención unos palos altos, ordinariamente pintados de rojo. Me explicaron entonces que, cuando cae la nieve, y cubre senderos, sementeras y pastos, bosques, peñas y barrancos, esas estacas sobresalen como un punto de referencia seguro, para que todo el mundo sepa siempre por dónde va la ruta.


»En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter. Esas posturas delatan egoísmo, comodidad, y desde luego no se compaginan con el amor.


»Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas piadosas sólidas –nada sentimentales–, bien arraigadas y ajustadas a las circunstancias propias de cada uno, serán como esos palos pintados de rojo, que continúan marcándonos el rumbo, hasta que el Señor decida que brille de nuevo el sol, se derritan los hielos, y el corazón vuelva a vibrar, encendido con un fuego que en realidad no estuvo apagado nunca: fue solo rescoldo oculto por la ceniza de una temporada de prueba, o de menos empeño, o de escaso sacrificio»7.


III. La lealtad de Eleazar a la fe de sus mayores sirvió además para que otros muchos del pueblo escogido permanecieran firmes en sus creencias y costumbres. Nunca queda aislada la fidelidad de un hombre, de una mujer. Son muchos los que, quizá sin saberlo expresamente, se apoyan en ella. Una de las grandes alegrías que el Señor nos hará gustar será el poder contemplar a todos aquellos que permanecieron firmes en su fe y en su vocación porque se apoyaron en nuestra sólida coherencia.


La virtud humana que corresponde a la fidelidad es la lealtad, esencial para toda convivencia. Sin un clima de lealtad, las relaciones y vínculos entre los hombres degenerarían a lo sumo en una mera coexistencia, con su cortejo inseparable de inseguridad y desconfianza. La vida propiamente social no sería posible si no se diera «aquella observancia de los pactos sin la que no es posible una tranquila convivencia entre los pueblos»8: un clima de confianza mutua, de honradez, de lealtad. No es infrecuente que en la sociedad, en la empresa, en los negocios... parezca perdida esta virtud tan esencial. La mentira, la manipulación de la verdad, es un arma más que algunos utilizan como si fuera normal en los medios de la opinión pública, en la política, en los negocios... Muchas veces se echa de menos la honradez para cumplir la palabra dada y los compromisos libremente adquiridos. Es más, en ocasiones se comenta la infidelidad matrimonial, como si los compromisos adquiridos delante de Dios y delante de los hombres tuvieran poco valor. Otros, con el fin de aumentar su disponibilidad económica, o para satisfacer su ansia desordenada de placeres, de figurar en la vida social, incumplen sus deberes religiosos, familiares, sociales o profesionales traicionando los compromisos más nobles y santos.


En estos momentos urge que los cristianos –luz del mundo y sal de la tierra– procuremos ser ejemplo de fidelidad y de lealtad a los compromisos contraídos. San Agustín recordaba a los cristianos de su tiempo: «El marido debe ser fiel a la mujer, y la mujer al marido, y ambos a Dios. Los que habéis prometido continencia, cumplid lo prometido, puesto que no se os exigiría si no lo hubieseis prometido (...). Guardaos de hacer trampas en vuestros negocios. Guardaos de la mentira y del perjurio»9. Son palabras que conservan plena actualidad.


Perseverando, con la ayuda del Señor, en lo poco de cada día, lograremos oír al final de nuestra vida, con gozosísima dicha, aquellas palabras del Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor10

13 de junio de 2020

EL VALOR DE LA PALABRA

— El Señor realza el valor de la palabra dada.
— Amor a la verdad en toda ocasión y circunstancia.
— Fidelidad y lealtad a nuestros compromisos.

I. En tiempos de Jesús, la práctica del juramento había caído en el abuso por su frecuencia, por la ligereza con que se hacía, y por la casuística que se había originado para legitimizar su incumplimiento. Jesús sale al paso de esta costumbre, y con la fórmula pero yo os digo, que emplea con frecuencia para señalar la autoridad divina de sus palabras, prohíbe poner a Dios por testigo, no solo de cosas falsas, sino también de aquellos asuntos en los que la palabra del hombre debe bastar. Así lo recoge San Mateo en el Evangelio de la Misa1: A vosotros os debe bastar decir sí o no. El Señor quiere realzar y devolver su valor y fuerza a la palabra del hombre de bien que se siente comprometido por lo que dice.

Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias. Es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. El Profeta Jeremías ya había señalado que el juramento grato a Dios debía ser realizado en verdad, en juicio y en justicia2; es decir, la afirmación ha de ser verdadera, formulada con prudencia –ni ligera ni temerariamente– y referida a una cosa o necesidad justa y buena.

Si no lo exige la necesidad, nuestra palabra de cristianos y de hombres honrados debe bastar, porque nos han de conocer como personas que buscan en todo la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y toda fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente adquiridos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.

En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra para dar toda la consistencia necesaria a lo que afirmamos o prometemos; pero la fuerza de la palabra empeñada ha de ganarse día a día, siendo veraces en lo pequeño, rectificando con valentía cuando nos hemos equivocado, cumpliendo nuestros compromisos. ¿Nos conocen así en el lugar donde trabajamos, en la familia, aquellos que nos tratan? ¿Saben que procuramos no mentir jamás, ni siquiera por diversión, o por conseguir un bien, o por evitar un mal mayor?

II. En las enseñanzas de Cristo, la hipocresía y la falsedad son vicios muy combatidos3, mientras que la veracidad es una de las virtudes más gratas a Nuestro Señor: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez4, dirá de Natanael cuando se le acerca acompañado de Felipe. Jesucristo mismo es la Verdad5; por el contrario, el demonio es el padre de la mentira6. Quienes sigan al Maestro han de ser hombres honrados y sinceros que huyen siempre del engaño y basan sus relaciones –humanas y divinas– en la veracidad.

La verdad se transmite a través del testimonio del ejemplo y de la palabra: Cristo es el testigo del Padre7; los Apóstoles8, los primeros cristianos, nosotros ahora, somos testigos de Cristo delante de un mundo que necesita testimonios vivos. Y ¿cómo creerían nuestros amigos y colegas en la doctrina que queremos transmitirles, si nuestra propia vida no estuviera basada en un gran amor a la verdad? Los cristianos debemos poder decir, como Jesucristo, que hemos venido al mundo para atestiguar sobre la verdad9, en un momento en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta más para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios; o simplemente por cobardía, por falta de virtudes humanas. El mismo Jesús señaló el amor a la verdad como una cualidad necesaria en sus discípulos, que lleva consigo la paz del alma, porque la verdad os hará libres10.

Hemos de ser ejemplares, estando dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. No nos sentimos tranquilos cuando hay por medio una mentira. Debemos amar la verdad y poner empeño en encontrarla, pues en ocasiones está tan oscurecida por el pecado, las pasiones, la soberbia, el materialismo..., que de no amarla no sería posible reconocerla. ¡Es tan fácil aceptar la mentira cuando llega –disimulada o con claridad– en ayuda del falso prestigio, de mayores ganancias en la profesión...!; pero ante la tentación, tantas veces disfrazada con variados argumentos, hemos de recordar, clara, diáfana, la doctrina de Jesús: sea vuestra palabra: «Sí, sí»; «No, no»11.

Ser veraces es un deber de justicia, una obligación de caridad y de respeto al prójimo. Y esta misma consideración por quienes nos escuchan nos llevará en ocasiones a no manifestar, indiscretamente, nuestros conocimientos y opiniones, sino de acuerdo con la formación, edad, etc., de los oyentes. El amor a la verdad que nos han confiado nos llevará a mantener firmes otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional, el derecho a la intimidad, etc., pidiendo, si es preciso, consejo sobre el modo de actuar en casos difíciles para defender una determinada verdad ante quien quiere acceder a ella injustamente.

III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un cristiano, un verdadero discípulo de Jesucristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra; alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles, para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida por el Bautismo12. Pero también fiel es la persona que inspira confianza, de la que nos podemos fiar, aquella cuyo comportamiento corresponde a la confianza puesta en ella o a lo que exigen de ella el amor, la amistad, el deber, y que es fiel a una promesa, a la palabra dada...13. En la Sagrada Escritura el calificativo fiel es atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él, de modo eminente, es digno de confianza: es siempre fiel a sus promesas, no nos falla jamás. Fiel es Dios –dice San Pablo a los Corintios–, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas...14.

Es fiel quien es leal a su palabra. Es leal el que cumple sus compromisos: con Dios y con los hombres. Pero la sociedad muestra con frecuencia duda y relativismo, ambiente de infidelidad; muchas gentes, de todas las edades, parecen ignorar la cabal obligación de ser fieles a la palabra dada, de llevar adelante los compromisos que se adquirieron con total libertad, de mantener una conducta coherente con las decisiones que han tomado ante Dios o ante los hombres: en la vida religiosa y en la vida civil. Podrán presentarse dificultades, pero en cualquier caso la fe y la doctrina de la Iglesia, el ejemplo de los santos, nos enseñan que es posible vivir las virtudes: a quien hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia.

Hemos de estar firmemente persuadidos, y ayudar a los demás a estarlo, de que se pueden vivir las virtudes con todas sus exigencias, pues se ha extendido ampliamente una idea –a veces un sentimiento difuso– de que las virtudes, los compromisos, son una especie de «ideales», unas metas a las que hay que tender, pero que son inalcanzables. Pidamos fervientemente al Señor que no nos inficcionemos nunca de ese error.

El cristiano, ejercitándose en la lealtad, no cederá cuando las exigencias morales sean o parezcan más fuertes. Hemos de pedir a Dios esa rectitud de conciencia: quien cede, teóricamente «desearía» vivir las virtudes, «desearía» no pecar, pero considera que si la tentación es fuerte o las dificultades grandes, está poco menos que justificado ceder. Esto puede ocurrir ante los compromisos en el trabajo, frente a la necesidad de rechazar con energía un clima de sensualidad, al ser necesarios unos medios costosos para sacar adelante la educación de los hijos, o el propio matrimonio, o el camino vocacional. Recordemos hoy en nuestra oración aquella advertencia de Jesús: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca15. La roca es Cristo, que nos brinda siempre su fortaleza.

Fieles a Cristo: esta es la mayor alabanza que nos pueden hacer; que Jesucristo pueda contar con nosotros sin limitaciones de circunstancias o de futuro, y que nuestros amigos sepan que no les fallaremos, que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como en cimiento firme, en los pactos que hemos suscrito, en la palabra empeñada de modo libre y responsable. «Cuando viajáis de noche en ferrocarril, ¿no habéis pensado nunca de pronto que la vida de varios centenares de personas está en manos de un maquinista, de un guardagujas que, sin cuidarse del frío y del cansancio, están en su puesto? La vida de todo un país, la vida del mundo, dependen de la fidelidad de los hombres en el cumplimiento de su deber profesional, de su función social, de que cumplan fielmente sus contratos, que sostengan la palabra dada»16, sin necesidad de poner a Dios por testigo, como hombres cabales.

A vosotros os debe bastar decir sí o no. Hombres de palabra, leales en el cumplimiento de los pequeños deberes diarios, sin mentiras ni engaños en el ejercicio de nuestra profesión, sencillos y prudentes, huyendo de lo que no es claro: honradez sin fisuras, diáfana. Si vivimos esta lealtad en lo humano, con la ayuda de la gracia seremos leales con Cristo, que en definitiva es lo que importa, pues quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho17; no podríamos construir la integridad de nuestra fidelidad a Cristo sobre una lealtad que se cuarteara cada día en las relaciones humanas.

Qué alegría recibimos cuando en medio de una dificultad llega un amigo y nos dice: «¡Puedes contar conmigo!». También agradará al Señor que le digamos hoy en nuestra oración, con la sencillez de quien conoce su debilidad: Señor, ¡puedes contar conmigo! Nos puede servir también como una jaculatoria que repitamos a lo largo del día.

Pidamos a María Santísima, Virgo fidelis, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.

19 de noviembre de 2019

LA FIDELIDAD DE ELEAZAR

— Ejemplaridad del anciano Eleazar.
— Obstáculos para la fidelidad.
— Lealtad a la palabra dada y a los compromisos adquiridos.

I. En tiempos del rey Antíoco se desató una fortísima persecución contra Israel. El Templo fue profanado y en él se introdujo el culto a los dioses griegos en lugar de Yahvé. Se prohibió celebrar el sábado, y cada mes los judíos eran obligados a celebrar el natalicio del rey, participando en los sacrificios que se inmolaban con este motivo y comiendo sus carnes.

Eleazar, un anciano venerable de noventa años, se mantuvo fiel a la fe de sus padres y prefirió la muerte a tomar parte en estos sacrificios. Antiguos amigos le propusieron traer alimentos permitidos para simular delante de los demás que había comido de las carnes sacrificadas, según el mandato del rey. Haciendo esto –le decían–, se libraría de la muerte. Pero Eleazar se mantuvo fiel a la vida ejemplar que había llevado desde niño, considerando que era indigno de su ancianidad disimular, no fuera que luego pudiesen decir los jóvenes que, a sus noventa años, se había paganizado con los extranjeros. Mi simulación por amor de esta corta y perecedera vida -dijo- los induciría a error, y echaría sobre mi vejez la afrenta y el oprobio; y aunque al presente lograra librarme de los castigos humanos, de las manos del Omnipotente no escaparé ni en la vida ni en la muerte.

Eleazar se encaminó al suplicio y, estando a punto de morir, exclamó: El Señor Santísimo ve bien que, pudiendo librarme de la muerte, doy mi cuerpo al tormento; pero mi alma lo sufre gozosa en el temor de Dios. El autor sagrado recoge la ejemplaridad de su muerte, no solo para los jóvenes, sino para toda la nación. Este relato1 nos recuerda también a nosotros la fidelidad sin fisuras a los compromisos contraídos en la fe, para ser leales al Señor también cuando quizá nos sería más fácil ceder por la presión de un ambiente pagano hostil, o por una circunstancia difícil que hayamos de atravesar.

San Juan Crisóstomo llama a Eleazar «protomártir del Antiguo Testamento»2. Su actitud gozosa en el martirio es como un preludio de aquella alegría que Jesús preconizará de los que serían perseguidos por su nombre3. Es el gozo que el Señor nos hace experimentar cuando, por ser fieles a la fe y a la propia vocación, padecemos alguna contrariedad.

II. A los primeros cristianos se les designaba frecuentemente con el apelativo de fieles4. Este término nace en momentos de dificultades externas, de persecuciones, de calumnias y de la presión de un ambiente pagano que trataba de imponer su manera de pensar y de vivir, muy opuesta a la doctrina del Maestro. Ser fieles era mantenerse firmes ante estos obstáculos externos. Sé fiel hasta la muerte -se lee en el Apocalipsis- y Yo te daré la corona de la vida5. Esto se pide a los cristianos de todas las épocas: Sé fiel hasta la muerte. Ya antes advierte el Apóstol: No temas por lo que vas a padecer: el diablo va a encarcelar a algunos de vosotros, para que seáis tentados; y sufriréis tribulación por diez días. Eso es la vida: diez días, un poco de tiempo. ¿Y no vamos a permanecer fieles sí tuviéramos que sufrir alguna contradicción, muchas veces pequeña, alguna discriminación por ser cristianos que no se avergüenzan de serlo? ¿Nos vamos a avergonzar de nuestra fe, que tiene consecuencias prácticas en el modo de actuar, en las que muchos quizá no estén de acuerdo? «Es fácil –recordaba el Papa Juan Pablo II– ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida»6.

A veces los obstáculos no llegan de fuera, sino de dentro. La soberbia es el principal obstáculo de la fidelidad, y junto a ella la tibieza, que hace perder la alegría en el seguimiento de Cristo, idealizando otras posibilidades que están al margen del camino que nos lleva a Dios. Otras veces surge la oscuridad del alma, consecuencia de la desgana y falta de lucha, o porque Dios la permite para purificar el alma. Sea cual fuere la causa de estas tinieblas, la fidelidad muchas veces estará en la humildad de ser dóciles a la dirección espiritual, en mantener una oración viva con el Señor, en permanecer en ese trato diario con Él, que nos llevará como de la mano hasta la luz. «Se quedaron muy grabadas en mi cabeza de niño –cuenta San Josemaría Escrivá– aquellas señales que, en las montañas de mi tierra, colocaban a los bordes de los caminos; me llamaron la atención unos palos altos, ordinariamente pintados de rojo. Me explicaron entonces que, cuando cae la nieve, y cubre senderos, sementeras y pastos, bosques, peñas y barrancos, esas estacas sobresalen como un punto de referencia seguro, para que todo el mundo sepa siempre por dónde va la ruta.

»En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter. Esas posturas delatan egoísmo, comodidad, y desde luego no se compaginan con el amor.

»Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas piadosas sólidas –nada sentimentales–, bien arraigadas y ajustadas a las circunstancias propias de cada uno, serán como esos palos pintados de rojo, que continúan marcándonos el rumbo, hasta que el Señor decida que brille de nuevo el sol, se derritan los hielos, y el corazón vuelva a vibrar, encendido con un fuego que en realidad no estuvo apagado nunca: fue solo rescoldo oculto por la ceniza de una temporada de prueba, o de menos empeño, o de escaso sacrificio»7.

III. La lealtad de Eleazar a la fe de sus mayores sirvió además para que otros muchos del pueblo escogido permanecieran firmes en sus creencias y costumbres. Nunca queda aislada la fidelidad de un hombre, de una mujer. Son muchos los que, quizá sin saberlo expresamente, se apoyan en ella. Una de las grandes alegrías que el Señor nos hará gustar será el poder contemplar a todos aquellos que permanecieron firmes en su fe y en su vocación porque se apoyaron en nuestra sólida coherencia.

La virtud humana que corresponde a la fidelidad es la lealtad, esencial para toda convivencia. Sin un clima de lealtad, las relaciones y vínculos entre los hombres degenerarían a lo sumo en una mera coexistencia, con su cortejo inseparable de inseguridad y desconfianza. La vida propiamente social no sería posible si no se diera «aquella observancia de los pactos sin la que no es posible una tranquila convivencia entre los pueblos»8: un clima de confianza mutua, de honradez, de lealtad. No es infrecuente que en la sociedad, en la empresa, en los negocios... parezca perdida esta virtud tan esencial. La mentira, la manipulación de la verdad, es un arma más que algunos utilizan como si fuera normal en los medios de la opinión pública, en la política, en los negocios... Muchas veces se echa de menos la honradez para cumplir la palabra dada y los compromisos libremente adquiridos. Es más, en ocasiones se comenta la infidelidad matrimonial, como si los compromisos adquiridos delante de Dios y delante de los hombres tuvieran poco valor. Otros, con el fin de aumentar su disponibilidad económica, o para satisfacer su ansia desordenada de placeres, de figurar en la vida social, incumplen sus deberes religiosos, familiares, sociales o profesionales traicionando los compromisos más nobles y santos.

En estos momentos urge que los cristianos –luz del mundo y sal de la tierra– procuremos ser ejemplo de fidelidad y de lealtad a los compromisos contraídos. San Agustín recordaba a los cristianos de su tiempo: «El marido debe ser fiel a la mujer, y la mujer al marido, y ambos a Dios. Los que habéis prometido continencia, cumplid lo prometido, puesto que no se os exigiría si no lo hubieseis prometido (...). Guardaos de hacer trampas en vuestros negocios. Guardaos de la mentira y del perjurio»9. Son palabras que conservan plena actualidad.

Perseverando, con la ayuda del Señor, en lo poco de cada día, lograremos oír al final de nuestra vida, con gozosísima dicha, aquellas palabras del Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor10.

15 de junio de 2019

EL VALOR DE LA PALABRA

— El Señor realza el valor de la palabra dada. 
— Amor a la verdad en toda ocasión y circunstancia.
— Fidelidad y lealtad a nuestros compromisos.
I. En tiempos de Jesús, la práctica del juramento había caído en el abuso por su frecuencia, por la ligereza con que se hacía, y por la casuística que se había originado para legitimizar su incumplimiento. Jesús sale al paso de esta costumbre, y con la fórmula pero yo os digo, que emplea con frecuencia para señalar la autoridad divina de sus palabras, prohíbe poner a Dios por testigo, no solo de cosas falsas, sino también de aquellos asuntos en los que la palabra del hombre debe bastar. Así lo recoge San Mateo en el Evangelio de la Misa: A vosotros os debe bastar decir sí o no. El Señor quiere realzar y devolver su valor y fuerza a la palabra del hombre de bien que se siente comprometido por lo que dice.
Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias. Es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. El Profeta Jeremías ya había señalado que el juramento grato a Dios debía ser realizado en verdad, en juicio y en justicia; es decir, la afirmación ha de ser verdadera, formulada con prudencia –ni ligera ni temerariamente– y referida a una cosa o necesidad justa y buena.
Si no lo exige la necesidad, nuestra palabra de cristianos y de hombres honrados debe bastar, porque nos han de conocer como personas que buscan en todo la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y toda fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente adquiridos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.
En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra para dar toda la consistencia necesaria a lo que afirmamos o prometemos; pero la fuerza de la palabra empeñada ha de ganarse día a día, siendo veraces en lo pequeño, rectificando con valentía cuando nos hemos equivocado, cumpliendo nuestros compromisos. ¿Nos conocen así en el lugar donde trabajamos, en la familia, aquellos que nos tratan? ¿Saben que procuramos no mentir jamás, ni siquiera por diversión, o por conseguir un bien, o por evitar un mal mayor?
II. En las enseñanzas de Cristo, la hipocresía y la falsedad son vicios muy combatidos, mientras que la veracidad es una de las virtudes más gratas a Nuestro Señor: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez, dirá de Natanael cuando se le acerca acompañado de Felipe. Jesucristo mismo es la Verdad; por el contrario, el demonio es el padre de la mentira. Quienes sigan al Maestro han de ser hombres honrados y sinceros que huyen siempre del engaño y basan sus relaciones –humanas y divinas– en la veracidad.
La verdad se transmite a través del testimonio del ejemplo y de la palabra: Cristo es el testigo del Padre; los Apóstoles, los primeros cristianos, nosotros ahora, somos testigos de Cristo delante de un mundo que necesita testimonios vivos. Y ¿cómo creerían nuestros amigos y colegas en la doctrina que queremos transmitirles, si nuestra propia vida no estuviera basada en un gran amor a la verdad? Los cristianos debemos poder decir, como Jesucristo, que hemos venido al mundo para atestiguar sobre la verdad, en un momento en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta más para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios; o simplemente por cobardía, por falta de virtudes humanas. El mismo Jesús señaló el amor a la verdad como una cualidad necesaria en sus discípulos, que lleva consigo la paz del alma, porque la verdad os hará libres.
Hemos de ser ejemplares, estando dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. No nos sentimos tranquilos cuando hay por medio una mentira. Debemos amar la verdad y poner empeño en encontrarla, pues en ocasiones está tan oscurecida por el pecado, las pasiones, la soberbia, el materialismo..., que de no amarla no sería posible reconocerla. ¡Es tan fácil aceptar la mentira cuando llega –disimulada o con claridad– en ayuda del falso prestigio, de mayores ganancias en la profesión...!; pero ante la tentación, tantas veces disfrazada con variados argumentos, hemos de recordar, clara, diáfana, la doctrina de Jesús: sea vuestra palabra: «Sí, sí»; «No, no».
Ser veraces es un deber de justicia, una obligación de caridad y de respeto al prójimo. Y esta misma consideración por quienes nos escuchan nos llevará en ocasiones a no manifestar, indiscretamente, nuestros conocimientos y opiniones, sino de acuerdo con la formación, edad, etc., de los oyentes. El amor a la verdad que nos han confiado nos llevará a mantener firmes otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional, el derecho a la intimidad, etc., pidiendo, si es preciso, consejo sobre el modo de actuar en casos difíciles para defender una determinada verdad ante quien quiere acceder a ella injustamente.
III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un cristiano, un verdadero discípulo de Jesucristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra;alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles, para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida por el Bautismo. Pero también fiel es la persona que inspira confianza, de la que nos podemos fiar, aquella cuyo comportamiento corresponde a la confianza puesta en ella o a lo que exigen de ella el amor, la amistad, el deber, y que es fiel a una promesa, a la palabra dada.... En la Sagrada Escritura el calificativo fieles atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él, de modo eminente, es digno de confianza: es siempre fiel a sus promesas, no nos falla jamás. Fiel es Dios –dice San Pablo a los Corintios–, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas....
Es fiel quien es leal a su palabra. Es leal el que cumple sus compromisos: con Dios y con los hombres. Pero la sociedad muestra con frecuencia duda y relativismo, ambiente de infidelidad; muchas gentes, de todas las edades, parecen ignorar la cabal obligación de ser fieles a la palabra dada, de llevar adelante los compromisos que se adquirieron con total libertad, de mantener una conducta coherente con las decisiones que han tomado ante Dios o ante los hombres: en la vida religiosa y en la vida civil. Podrán presentarse dificultades, pero en cualquier caso la fe y la doctrina de la Iglesia, el ejemplo de los santos, nos enseñan que es posible vivir las virtudes: a quien hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia.
Hemos de estar firmemente persuadidos, y ayudar a los demás a estarlo, de que se pueden vivir las virtudes con todas sus exigencias, pues se ha extendido ampliamente una idea –a veces un sentimiento difuso– de que las virtudes, los compromisos, son una especie de «ideales», unas metas a las que hay que tender, pero que son inalcanzables. Pidamos fervientemente al Señor que no nos inficcionemos nunca de ese error.
El cristiano, ejercitándose en la lealtad, no cederá cuando las exigencias morales sean o parezcan más fuertes. Hemos de pedir a Dios esa rectitud de conciencia: quien cede, teóricamente «desearía» vivir las virtudes, «desearía» no pecar, pero considera que si la tentación es fuerte o las dificultades grandes, está poco menos que justificado ceder. Esto puede ocurrir ante los compromisos en el trabajo, frente a la necesidad de rechazar con energía un clima de sensualidad, al ser necesarios unos medios costosos para sacar adelante la educación de los hijos, o el propio matrimonio, o el camino vocacional. Recordemos hoy en nuestra oración aquella advertencia de Jesús: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. La roca es Cristo, que nos brinda siempre su fortaleza.
Fieles a Cristo: esta es la mayor alabanza que nos pueden hacer; que Jesucristo pueda contar con nosotros sin limitaciones de circunstancias o de futuro, y que nuestros amigos sepan que no les fallaremos, que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como en cimiento firme, en los pactos que hemos suscrito, en la palabra empeñada de modo libre y responsable. «Cuando viajáis de noche en ferrocarril, ¿no habéis pensado nunca de pronto que la vida de varios centenares de personas está en manos de un maquinista, de un guardagujas que, sin cuidarse del frío y del cansancio, están en su puesto? La vida de todo un país, la vida del mundo, dependen de la fidelidad de los hombres en el cumplimiento de su deber profesional, de su función social, de que cumplan fielmente sus contratos, que sostengan la palabra dada», sin necesidad de poner a Dios por testigo, como hombres cabales.
A vosotros os debe bastar decir sí o no. Hombres de palabra, leales en el cumplimiento de los pequeños deberes diarios, sin mentiras ni engaños en el ejercicio de nuestra profesión, sencillos y prudentes, huyendo de lo que no es claro: honradez sin fisuras, diáfana. Si vivimos esta lealtad en lo humano, con la ayuda de la gracia seremos leales con Cristo, que en definitiva es lo que importa, pues quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho; no podríamos construir la integridad de nuestra fidelidad a Cristo sobre una lealtad que se cuarteara cada día en las relaciones humanas.
Qué alegría recibimos cuando en medio de una dificultad llega un amigo y nos dice: «¡Puedes contar conmigo!». También agradará al Señor que le digamos hoy en nuestra oración, con la sencillez de quien conoce su debilidad: Señor, ¡puedes contar conmigo! Nos puede servir también como una jaculatoria que repitamos a lo largo del día.
Pidamos a María Santísima, Virgo fidelis, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.