"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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13 de diciembre de 2021

El amor a la verdad es característica de los discípulos de Cristo.


 


Evangelio (Mt 21,23-27)

Llegó al Templo, y mientras estaba enseñando se le acercaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo, y le preguntaron:

—¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?

Jesús les respondió:

—También yo os voy a hacer una pregunta; si me la contestáis, entonces yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?

Ellos deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo, nos replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” Si decimos que de los hombres, tememos a la gente; pues todos tienen a Juan por profeta». Y respondieron a Jesús:

—No lo sabemos.

Entonces él les dijo:

—Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.


Comentario

La entrada de Jesús en Jerusalén y el modo en que se desenvolvía en el Templo había generado una gran inquietud entre los que entonces eran los jefes del pueblo de Israel. Jesús había expulsado del Templo a los mercantes, hacía milagros llamativos y predicaba con fuerza el Evangelio. Los jefes quieren que Jesús justifique su actuación, y por eso le preguntan de dónde saca su potestad, con qué autoridad se atreve a poner en duda el modo en que ellos enseñaban la fe de Israel.

Podría dar la impresión de que, con su pregunta sobre el bautismo de Juan, el Señor está evadiendo de un modo astuto la situación comprometida. Pero Jesús no está escapando a la pregunta, sino que señala la condición para comprenderlo a Él. Reconocer el bautismo de Juan es reconocer que había llegado un tiempo de gracia, de purificación de la mirada y de apertura a la acción salvadora de Dios. La gente humilde era capaz de admitir esa novedad y alegrarse con ella, mientras que los jefes del pueblo se empeñaban en no ver.

En Adviento, la Iglesia nos invita a reconocer la presencia del Señor en nuestras vidas. El Evangelio de hoy nos recuerda que Dios no actúa con violencia, no se impone: para Él, sus triunfos consisten en conquistar un poco de ese amor que libremente le podemos dar. Cuando le damos ese amor que nos pide –por ejemplo cuidando mejor nuestra oración diaria– entonces estamos en mejores condiciones de comprender cómo se hace presente en nuestra vida: su paz nos inunda, y somos capaces de compartirla con quienes nos rodean.


PARA TU ORACION PERSONAL 


LOS PROFETAS anunciaron al Mesías y, gracias a sus palabras, el pueblo de Israel esperaba y deseaba intensamente su llegada: «¡Naciones! Escuchad la palabra del Señor. Anunciadla en las islas remotas»[1]. En muchas ocasiones, sin embargo, vemos que el pueblo pasó por alto los mensajes proféticos y, al no aceptarlos, se le hizo difícil evitar su propia ruina. Es significativa en este sentido la historia de Balaam, un vidente pagano al que un rey enemigo de Israel le exige que maldiga al pueblo de Dios. Lleno del Espíritu del Señor, Balaam no hace caso de la presión real y bendice por tres veces al pueblo de la elección: «¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel!» (Nm 24,5). El final de Balaam es trágico, pues morirá a manos de los mismos israelitas.

En su profecía, Balaam simboliza el advenimiento del Mesías como una estrella que saldrá de Israel: «De Jacob viene en camino una estrella» (Nm 24,17). El Salvador que desciende será como «una gran luz sobre la tierra»[2]. Pasados los siglos, precisamente la luz de una estrella dirigirá el paso de los Magos que descubren en ella un mensaje de salvación. La estrella les lleva hacia «una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido que da vagidos en el silencio del mundo»[3]. Aunque todos vieron la estrella, no todos comprendieron su sentido. En la oración colecta de hoy pedimos audazmente: Señor, «con la luz de tu Hijo que viene a visitarnos ilumina las tinieblas de nuestro corazón»[4]; danos la claridad necesaria para descubrir la importancia de todos estos acontecimientos en la vida personal, íntima, de cada uno.

Se dice en el libro de los Números que Balaam es un «hombre de ojos penetrantes» porque «escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo» (Nm 24,15-17). En la meditación sosegada de la palabra revelada encontramos luz para nuestro caminar diario. «Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). En la Escritura aprendemos también a leer nuestra propia vida. «En ese Texto Santo –nos alentaba san Josemaría–, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida (...). Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo»[5].


MIENTRAS JESÚS, en una de sus frecuentes visitas al templo, enseña a los peregrinos que se han acercado a escucharle, se presentan las autoridades –los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, es decir, los miembros laicos del Sanedrín– con la intención de probar al Señor. Están molestos con él, entre otros motivos, porque goza de una autoridad ante el pueblo que no le ha sido concedida por los poderes establecidos. «¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?» (Mt 21,23). No preguntan movidos por una curiosidad honesta, simplemente les disgusta la predicación del Maestro y se rebelan porque las multitudes le siguen con entusiasmo.

Como se ve en otras ocasiones, también ahora Jesús conoce la intención de sus corazones. Se comportan con doblez, con fingimiento, no son claros. Le hacen una pregunta ambigua, cuando en realidad lo que buscan es que Jesús diga de una vez por todas si es el Mesías. Ellos, en cualquier caso, no están dispuestos a reconocerlo y obran con una astucia mala. No nos sorprende que el Maestro les deje sin contestación, porque «Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[6].

Dios se hace presente en los corazones que le buscan con honestidad. «Al que es íntegro en el camino le mostraré la salvación de Dios» (Sal 50,23). A Jesús le conmueve el niño que se acerca con sencillez, el leproso que enseña sus llagas, el ciego que grita sin miedo al qué dirán o el publicano que escala un árbol para verle mejor. Es decir, los corazones que no se esconden detrás de la falsedad. «El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva»[7].


«¿QUIEN TE ha dado tal potestad?», le preguntan. El Maestro responde con otra interrogante: «También yo os voy a hacer una pregunta, si me la contestáis también yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,24-25). Con estas palabras, Jesús pone a las autoridades delante de la verdad y, al mismo tiempo, elogia a Juan. Aunque el pueblo había acudido multitudinariamente al Jordán para ser bautizado, las autoridades no escucharon su mensaje de conversión y penitencia. Los jefes del pueblo no saben qué responder a Jesús porque carecen de una disposición abierta a la verdad. En realidad, solo buscan la aprobación del pueblo. Sopesan las dificultades que les puede acarrear decir una cosa u otra –era del cielo... era de los hombres...– y no encuentran una salida que les libre del compromiso: «No lo sabemos» (Mt 21,27).

El encuentro con la verdad requiere una actitud de apertura y aceptación. La verdad cristiana se la encuentra solo si se ama gratuitamente. Con su valentía y humildad, el Bautista fue un testigo audaz de la verdad. Una actitud coherente puede que no nos lleve a un camino fácil. Sin embargo, la verdad es amable de por sí y tiene una enorme fuerza de atracción. Para mostrar el «esplendor de la verdad»[8] conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, permanentemente y con honestidad, para así poder conocerla y contemplarla. Si se ama realmente la verdad, si esta se adentra en nuestro interior para cambiarnos, es más fácil expresarla con don de lenguas y hacerla visible. Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea de los cristianos.

Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 4,6). Por eso, la pasión por buscarla y transmitirla es una gustosa tarea para nosotros. «Ya hace muchos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –quasi lucernae lucentes in caliginoso loco»[9]. En compañía de santa María y de san José caminamos hacia Belén. A su lado podemos aprender esa rectitud de corazón con que ambos buscaban a Dios en las pequeñas y grandes verdades de su mundo ordinario.


[1] Antífona de entrada, lunes de la III semana de Adviento (Jr 31,10).

[2] Cfr. Aleluya, 25 de diciembre, Misa del día.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2008.

[4] Oración colecta, lunes de la III semana de Adviento.

[5] San Josemaría, Forja, n. 754.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 181.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 141.

[8] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 1.

[9] San Josemaría, Surco, n. 318.

11 de noviembre de 2021

LA VERDAD

 



Evangelio (Lc 17,20-25)


En aquel tiempo, interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: — El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: «Mirad, está aquí», o «está allí»; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros. Y les dijo a los discípulos: — Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirá: «Mirad, está aquí», o «Mirad, está allí». No vayáis ni corráis detrás. Porque, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación.


Comentario


Los fariseos pensaban que el reino de Dios se manifestaría de un modo grandioso. Sin embargo el hijo de Dios, desde su nacimiento en Belén, nos da testimonio de que la Redención que va a llevar a cabo seguirá otros derroteros bien distintos a los que ellos se imaginaban.


El reino de Dios ha llegado con tanta sencillez y normalidad que muchos no pueden creer que esté presente ya en medio de ellos. Les resulta demasiado escandaloso que la Verdad más profunda irrumpa de una forma tan sencilla y discreta.


Jesús nos enseña que la fe es un don que Dios concede a los sencillos de corazón: a aquellas personas que saben encontrarle en medio de las ocupaciones ordinarias y en las personas con que se relacionan. Basta que tengan el corazón abierto para acoger y joven para querer aprender lo que Él nos enseña.


Dios nos habla a través del Espíritu. Y lo hace cuando quiere y donde quiere. Así lo expresaba santa Teresita: «El Doctor de los doctores enseña sin grandes discursos. Nunca le oí hablar, pero sé que está en mí. En todos los instantes me guía y me inspira; pero precisamente en el momento oportuno es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces. Regularmente no brillan a mis ojos en las horas de oración, sino en medio de las ocupaciones del día»[1].


A nosotros nos corresponde poner deseos y atención para escucharle; en definitiva, dejarle el timón de nuestra alma y luchar por seguir sus inspiraciones en cada momento.


PARA TU ORACION PERSONAL 

El mundo necesita “testigos apasionados y coherentes de la verdad”. En una época en la que el relativismo ha convencido a muchos de que es imposible conocer la verdad, la pasión por buscarla y transmitirla se ha convertido en una gustosa tarea para los cristianos.

«Amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado» [1].


Estas palabras de Juan Pablo II se refieren a Santo Tomás de Aquino, y constituyen un elogio significativo de un gran santo, a la vez que muestran cuánto la Iglesia valora el don de la inteligencia.


Según Juan Pablo II, tomando una expresión de Pablo VI, «con razón se puede llamar al Aquinate “el apóstol de la verdad”. Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer» [2].


Alabar la finura filosófica y teológica de un santo supone también encomiar una determinada actitud ante la verdad: el amor, la pasión, su búsqueda, apertura y reconocimiento.


Parte de la misión de la Iglesia consiste en encender y expandir en el ánimo de los cristianos y de todos los hombres el impulso y la tensión hacia la verdad. Ésta ha sido una mira constante del magisterio de Juan Pablo II –ejemplos claros son las encíclicas Fides et ratio o Veritatis splendor– y es también la actitud de Benedicto XVI cuando, ya desde los primeros días de su pontificado, anima a todos los hombres a que no se dejen vencer por la mentalidad relativista, que no es otra cosa que un modo de renunciar a la indagación sobre las verdades que dan sentido a la vida, con la consiguiente restricción del horizonte vital.


El relativismo, al que se ha referido hace algunos años el ahora Papa Benedicto XVI como «el problema central de la fe cristiana» [3] es una postura ante la vida, que fácilmente toma cuerpo de oficio en la cultura, impregnando las relaciones sociales entre los hombres. No es tanto un sistema filosófico o un organismo doctrinal, sino un estilo de pensar en el que se evita hablar en términos de verdadero o falso, pues no se reconoce una instancia de validez objetiva acerca de juicios que se refieran a realidades que trasciendan lo que cada uno puede ver y tocar: Dios, el alma, incluso la más íntima meta del amor.




Esta actitud, además, comporta un modo de hacer que manifiesta una perplejidad de fondo ante la realidad: como no puedo conocer nada de forma definitiva, tampoco puedo tomar decisiones que entrañen una entrega indiscutible y para siempre. Todo puede cambiar, todo es provisional.


En el fondo, según esta postura, es tan imperfecto y tan relativo lo que podemos conocer y afirmar sobre las realidades divinas y las que se refieren al sentido de la vida y del mundo, que nuestras palabras no tienen ningún contenido de verdad.


En esta perspectiva, cualquier intento de escapar al método de cálculo y control de las ciencias experimentales, única fuente autorizada de saber, resulta ilusorio, o es simplemente declarado como una vuelta al conocimiento precientífico, o una reinstauración de antiguas mitologías.


Verdad y libertad




El relativismo trata, pues, de imponer una postura existencial: si no puedo llegar a ninguna conclusión cierta, al menos tratemos de establecer un camino –un método– que me permita alcanzar la mayor cantidad de felicidad posible en este pobre mundo nuestro; una felicidad que, por la misma dinámica de los hechos –contingentes y finitos–, será fragmentaria y limitada.


Lógicamente, en este contexto, lo más importante es evadir el problema de la verdad: cualquier opinión tiene carta de ciudadanía en nuestra cultura con tal de que no se presente con pretensiones de universalidad, como una explicación –tendencialmente– completa sobre Dios y el mundo.


Así, las verdades religiosas quedan a merced de la preferencia del momento o del gusto, reducidas a cuestiones opinables –para algunos quizá privilegiadas, dentro del supermercado de creencias y presunciones que se cocinan y despachan en el piélago de lo sobrenatural– y carentes de racionalidad, precisamente porque no se pueden validar según los criterios de la ciencia experimental.


De este modo, el relativismo se convierte en la justificación vital, no teórica, para conducir una existencia vivible en un mundo privado de espesor. ¿Qué mejor garantía para que todos los hombres puedan mantener una convivencia pacífica, que un mundo sin verdad?


En muchas de nuestras sociedades, una idea débil de razón se ha alzado como presupuesto necesario de la democracia y de la cohabitación: en una sociedad multicultural, multiétnica y multireligiosa defender la existencia de verdades conduce al conflicto y a la violencia, pues quienes estén convencidos de tales verdades son sospechosos de querer imponer –de modo fundamentalista, dicen– algo que no pasa de mera opinión.




Pero, curiosamente, sucede al contrario. La falta de sensibilidad hacia la verdad, hacia la búsqueda de respuestas sobre la realidad de las cosas y el sentido de la propia vida, lleva consigo la deformación, cuando no la corrupción, de la idea y de la experiencia de la libertad.


No puede extrañar que la consolidación social y legal de los modos de vida congruentes con el relativismo se fundamente siempre en un presunto “derecho de conquista” por parte de la libertad.


Ciertamente, la libertad política ha sido una de las grandes conquistas de la edad moderna. Y, sin embargo, la libertad en el hombre no es un absoluto; todo lo contrario: se halla ligada, en primer lugar, a la naturaleza humana.


Si se la desconecta de la razón y de la totalidad del hombre, de modo que sea concebida como un “poder desear todo” y “poder poner en práctica todo lo que se desea”, al final resulta que «el propio deseo es la única norma de nuestras acciones» [4].


Todos percibimos que no nos movemos simplemente por las ganas. La misma realidad ya es orientadora y nos sugiere motivos de actuación. Nadie compra un bote de mermelada sólo por el diseño del tarro; una buena ama de casa antes pregunta, se informa, lee las características que anuncia... y después elige. Y en esa elección –el ejemplo es banal, pero indicativo– se dan razones: el porcentaje de fruta, su calidad, la procedencia, si se trata de agricultura “biológica”, si se añade azúcar o no, etc. La libertad no es una potencia irrestricta, tiene sus límites: está ligada al bien integral del hombre, es decir, a su verdad.


Parece más bien que, debajo de la acusación de fundamentalismo que se hace a muchos cristianos que quieren ser coherentes con su fe, se disimula el auténtico fundamentalismo: el de la debilidad de las convicciones; mucho más peligroso por ocultarse bajo la máscara de la tolerancia.




En todo caso, argumentando en positivo, habría que aclarar que esa acusación mezcla dos planos: el de las convicciones personales acerca de la verdad, y el de su realización en el campo político.


Estar persuadido de la verdad no implica necesariamente tratar de imponerla a los demás. Por tanto, ante la inculpación de despotismo –más o menos implícita– dirigida a todo el que defiende el valor de la verdad como un bien al que la persona no puede renunciar, hay que decir que éste no es producido por el reconocimiento de verdades universales y absolutas, sino por la falta de respeto a la libertad.


La estima de las ideas contrarias, y sobre todo de las personas que las pronuncian, no nace de la debilidad de las propias creencias, ni de estar dispuesto a poner en duda cualquier convicción; ocurre más bien lo contrario: para que exista una auténtica actitud de respeto hacia todos, son necesarias algunas verdades universalmente aceptadas, “no negociables”, empezando por el reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, presupuesto para respetar su libertad.


Cuanto más fuertemente convencidos estamos de esa verdad –que a los cristianos nos parece tan obvia, al comprender que todos los hombres son hijos del mismo Padre–, más posible será que se garantice el respeto a todos, incluidos quienes no comparten ese principio.


De hecho, si no se admite la universalidad de los derechos humanos ni la validez objetiva que los sustenta –la dignidad de cada persona–, tampoco serán exigibles para todos los ciudadanos, ni se podrá limitar por tanto la arbitrariedad en el ejercicio del poder, con lo que la propia democracia quedará indefensa ante sus propios abusos.


El problema del relativismo se encuentra en la entraña del mismo hombre, que, por más que aspire gozar de una autonomía sin vínculos ni límites, deseará siempre conocer el sentido de su vida, anhelo que se da en estrecha correspondencia con la pregunta sobre Dios y la salvación.


El Señor proclamó que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios [5]; el deseo natural de saber y el hambre de la palabra divina son inextinguibles, y nadie podrá hacerlos desaparecer de la vida humana: así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado [6].


Hacer amable la verdad


La verdad es amable de por sí y, sin embargo, a veces la podemos defender de manera un tanto antipática. Es cierto que algunas verdades incomodan a quienes las escuchan, y que una vida coherente no es un camino fácil para nadie; pero esto no quita que la verdad tenga de por sí una fuerza de atracción que hemos de procurar no esconder.


Para mostrar el esplendor de la verdad conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, conocerla y contemplarla, también con el estudio y con la formación. Si se ama realmente la verdad es más fácil expresarla con don de lenguas, y hacerla visible con la vida.


Parte del servicio a la verdad consiste en hacerse cargo de las distintas situaciones, con el fin de encontrar los cauces apropiados para transmitir su atractivo e invitar a los demás a buscarla.


Es más fácil, a veces, emplear un tono negativo que tratar de conocer a los interlocutores para buscar el mejor modo de explicar las cosas; pero, ciertamente, es mucho menos eficaz.


Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea muy apropiada para los cristianos, porque sabemos que amor y verdad se identifican. La encíclica del Santo Padre es ya una respuesta al reto que él mismo planteó en los días previos a su elección, y en otros escritos anteriores, en los que –como dijimos– ha caracterizado el relativismo como “el problema central para la fe”.




Si el relativismo es una actitud que rehúye el encuentro con la verdad por miedo a perder la libertad y la felicidad, ¿no será la caridad la que pueda reconciliar verdad, libertad y felicidad? «La verdad y el amor son idénticos. Esta proposición –comprendida en toda su profundidad– es la suprema garantía de la tolerancia; de una relación con la verdad cuya única arma es ella misma y que, por serlo, es el amor» [7].


El Santo Padre, en los puntos iniciales de su primera encíclica, plantea un interrogante que describe la actitud un tanto defensiva de muchas personas ante la verdad, en este caso ante algunas verdades morales afirmadas por la Iglesia: «la Iglesia –se preguntan–, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en noso­tros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?» [8].


Hacer amable la verdad consiste precisamente en mostrar que se encuentra mayor felicidad viviendo en la verdad que tratando de esquivarla. Cuando te lances al apostolado, convéncete de que se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente: la Verdad es inseparable de la auténtica alegría [9].


Hacer amable la verdad es una buena definición del apostolado, en el que se unen amor y verdad. Una verdad cruda y sin caridad se hará antipática e incluso inalcanzable, porque las verdades decisivas para la existencia «no se logran sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma» [10].




Los cristianos servimos a la verdad sobre todo cuando la acompañamos y la envolvemos con la caridad de Cristo, con la santidad de vida, que supone, entre otras cosas, saber acoger a todos.


San Josemaría amaba la verdad y la libertad; por eso enseñaba que la verdad no se impone, sino que se ofrece: ¿Te sientes depositario del bien y de la verdad absoluta y, por tanto, investido de un título personal o de un derecho a desarraigar el mal a toda costa? –Por ese camino no arreglarás nada: ¡sólo por Amor y con amor!, recordando que el Amor te ha perdonado y te perdona tanto [11].


El ambiente en el que se aprende a amar la verdad no es un ambiente de enfrentamiento; de vencedores y vencidos. La amistad, la alegría, el cariño y la actitud de servicio convencen, mueven, iluminan, preparan el espíritu para romper los muros del relativismo que cierran la inteligencia a la consideración de la verdad. «La mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor» [12]. El ambiente que devuelve la confianza en encontrar la verdad, y que prepara para recibirla y amarla, es el de la coherencia de vida.


También entre personas que no han conocido a Cristo, no han faltado testigos apasionados y coherentes de la verdad. Pensemos en los testimonios que han llegado de Sócrates, uno de los grandes buscadores de la verdad, que Juan Pablo II cita en la encíclica Fides et ratio: sus palabras, pero sobre todo su actitud de coherencia hasta la muerte, han marcado el pensamiento filosófico desde hace más de dos mil años [13].


Con mucha más razón pueden los cristianos testimoniar la Verdad no sólo con la inteligencia, cultivada con la lectura, el estudio y la reflexión; sino también a través de las virtudes que reflejan a Cristo, verdad hecha vida.


El ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –«quasi lucernæ lucentes in caliginoso loco» [14].


Cristo nos ha enseñado la Verdad sobre Dios muriendo en la Cruz. Los santos han hecho creíble que Dios es amor, entregando la vida por amor a Dios y a los demás. La Iglesia no cesa de empeñarse en esta tarea de iluminar al mundo y sacarlo de las tinieblas de una vida sin verdad y sin sentido.


15 de octubre de 2021

Ver la verdad y amarla

 


Evangelio (Lc 11,47-54)


»¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo». Sí, os lo aseguro: se le pedirán cuentas a esta generación.


»¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría! Vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido.


Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con furia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, acechándole para cazarle en alguna palabra.


Comentario


“¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría!”


Jesús con dolor y con claridad echa en cara a los fariseos el tremendo mal que estaban haciendo. En vez de ayudar al pueblo a que reconocieran en Jesús al Mesías, es todo lo contrario. En vez de abrir la puerta y dejar entrar, la cierran. Se colocan en el lugar de Dios como administradores de su sabiduría.


La actitud de Jesús es todo lo contrario: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).


Jesús ofrece la salvación a todos y lo que nos pide es fe y humildad. Ver la verdad y amarla.


Caminar con el Señor significa también ser humildes. Porque como contaba santa Teresa: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”[1].


La humildad es necesaria para caminar con el Señor. La soberbia cierra sobre sí mismo, se piensa que está en la posesión de la verdad. La humildad, por el contrario, abre el corazón a la verdad al reconocer que no lo sabemos todo. Caminar en la verdad significa tener por delante amplios horizontes. La humildad lleva también a saberse instrumentos en las manos de Dios para ayudar a los demás en el camino de la fe.


Esto es lo que nos dice Jesús con estas palabras: “vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido”. Jesús se quiere servir de nosotros, de nuestra vida, de nuestro ejemplo para facilitar a los demás el encuentro con él.


Me acordaba de algo que leí hace unos meses, en el fallecimiento de un buen cristiano. Contaban que tenía encima de su mesa de trabajo estas palabras de san Josemaría: “éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”[2].


Una buena manera de no apoderarse de la llave de la sabiduría sino de ser buenos conductores de la gracia de Dios es luchar para que los demás puedan descubrir a Cristo en nuestra actuación.


UN RATO DE ORACION 


Comprometidos con Dios, con la verdad y la justicia

"¡Comprometido! ¡Cómo me gusta esta palabra! —Los hijos de Dios nos obligamos —libremente— a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que Él domine, de modo soberano y completo, en nuestras vidas".


Comprometidos con Dios


¡Comprometido! ¡Cómo me gusta esta palabra! —Los hijos de Dios nos obligamos —libremente— a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que Él domine, de modo soberano y completo, en nuestras vidas.


Forja, 855


Me confiabas que Dios, a ratos, te llena de luz; en otros, no.


Te recordé, con firmeza, que el Señor es siempre infinitamente bueno. Por eso, para seguir adelante, te bastan esos tiempos luminosos; aunque los otros también te aprovechan, para hacerte más fiel.


Surco, 341


Cada día te vas “chiflando” más... —Se nota en esa seguridad y en ese aplomo formidable, que te da el saberte trabajando por Cristo.


—Ya lo ha proclamado la Escritura Santa: «vir fidelis, multum laudabitur» —el varón fiel, de todos merece alabanzas.


Surco, 786


Ser fiel a Dios exige lucha. Y lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre —hombre viejo y hombre de Dios—, detalle a detalle, sin claudicar.


Surco, 126


Dios me ama... Y el Apóstol Juan escribe: "amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero". —Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?"...


—Es la hora de responder: "¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!", añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más, auméntame el amor!


Forja, 497


Comprometidos con la verdad y la justicia


Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida.


Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana.


Forja, 718


LOS CRISTIANOS TENEMOS UN EMPEÑO DE AMOR, QUE HEMOS ACEPTADO LIBREMENTE, ANTE LA LLAMADA DE LA GRACIA DIVINA: UNA OBLIGACIÓN QUE NOS ANIMA A PELEAR CON TENACIDAD

No es fácil mantener durante largo tiempo un temple de honradez ante las situaciones que parecen comprometer la propia seguridad. Fijaos en la limpia faceta de la veracidad: ¿será cierto que ha caído en desuso? ¿Ha triunfado definitivamente la conducta de compromiso, el dorar la píldora y montar la piedra? Se teme a la verdad. Por eso se acude a un expediente mezquino: afirmar que nadie vive y dice la verdad, que todos recurren a la simulación y a la mentira.


Por fortuna no es así. Existen muchas personas —cristianos y no cristianos— decididas a sacrificar su honra y su fama por la verdad, que no se agitan en un salto continuo para buscar el sol que más calienta. Son los mismos que, porque aman la sinceridad, saben rectificar cuando descubren que se han equivocado. No rectifica el que empieza mintiendo, el que ha convertido la verdad sólo en una palabra sonora para encubrir sus claudicaciones.


Amigos de Dios, 82


¿No existe un acuerdo tácito en que los bienes reales son: el dinero que todo lo compra, el poderío temporal, la astucia para quedar siempre arriba, la sabiduría humana que se autodefine adulta, que piensa haber superado lo sacro?


No soy, ni he sido nunca pesimista, porque la fe me dice que Cristo ha vencido definitivamente y nos ha dado, como prenda de su conquista, un mandato, que es también un compromiso: luchar. Los cristianos tenemos un empeño de amor, que hemos aceptado libremente, ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a pelear con tenacidad, porque sabemos que somos tan frágiles como los demás hombres. Pero a la vez no podemos olvidar que, si ponemos los medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el consuelo de Dios.


Es Cristo que pasa, 74


Sirve a tu Dios con rectitud, séle fiel... y no te preocupes de nada: porque es una gran verdad que "si buscas el reino de Dios y su justicia, Él te dará lo demás —lo material, los medios— por añadidura."


Camino, 472


Decididos a seguir a Cristo


Si el Señor te ha llamado “amigo”, has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador.


Surco, 629


No podemos escondernos en el anonimato; la vida interior, si no es un encuentro personal con Dios, no existirá. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta ascética, equivale a firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque me has llamado.


Es Cristo que pasa, 174


Ego sum via, veritas et vita, Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.


Amigos de Dios, 127


AGRADECE AL SEÑOR LA CONTINUA DELICADEZA, PATERNAL Y MATERNAL, CON QUE TE TRATA. TÚ, QUE SIEMPRE SOÑASTE CON GRANDES AVENTURAS, TE HAS COMPROMETIDO EN UNA EMPRESA ESTUPENDA..., QUE TE LLEVA A LA SANTIDAD

Con el espíritu de Dios, la castidad no resulta un peso molesto y humillante. Es una afirmación gozosa: el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne, ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la Voluntad del Señor. Para ser castos —y no simplemente continentes u honestos—, hemos de someter las pasiones a la razón, pero por un motivo alto, por un impulso de Amor.


Comparo esta virtud a unas alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas —también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes— pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor.


Amigos de Dios, 177


Propósito: ser fiel —heroicamente fiel y sin excusas— al horario, en la vida ordinaria y en la extraordinaria.


Forja, 421


Esfuérzate para responder, en cada instante, a lo que te pide Dios: ten voluntad de amarle con obras. —Con obras pequeñas, pero sin dejar ni una.


Forja, 82


Agradece al Señor la continua delicadeza, paternal y maternal, con que te trata. Tú, que siempre soñaste con grandes aventuras, te has comprometido en una empresa estupenda..., que te lleva a la santidad. Insisto: agradéceselo a Dios, con una vida de apostolado.


Surco, 184

29 de mayo de 2021

SENCILLEZ Y VERDAD

 


Evangelio (Mc 11,27-33)


En aquel tiempo. Llegaron de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron:


— ¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado tal potestad para hacerlas?


Jesús les contestó:


— Os voy a hacer una pregunta. Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas: el bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.


Y deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo, replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” Pero ¿vamos a decir que de los hombres?» Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta. Y respondieron a Jesús:


— No lo sabemos.


Entonces Jesús les dijo:



— Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.


Coemntario


La purificación del Templo dejó atónitos a los jefes religiosos del pueblo. Fue una especie de restauración del culto, como la que tuvo lugar en tiempo de los Macabeos; por entonces fue una celebración muy solemne: “lo celebraron durante ocho días con alegría” (2 Macabeos 10,6), porque habían sido derrotados los enemigos del pueblo de Dios que profanaron su Templo. Pero ahora la profanación venía de dentro del pueblo: las autoridades permitieron que la Casa de Dios dejase de ser casa de oración para ser casa de negocios. Hacía falta una potestad superior, la de Jesús, para restablecer el orden en aquel lugar santo.


Nos sorprende también a nosotros este diálogo. Jesús, ante la pregunta desconfiada, responde con otra pregunta con la que invita al interlocutor al examen de conciencia. Así suele hacer el Maestro cuando encuentra una actitud hostil a sus acciones y enseñanzas. Quien había escuchado al Bautista y había aceptado su predicación, estaba bien dispuesto para acoger a Jesús como Maestro. Pero aquellos jefes no acogieron con humildad el ministerio de Juan. No reconocen la verdad de aquellas palabras proféticas, aplicadas al precursor: “Es como fuego de fundidor, como lejía de lavanderos. Se pondrá a fundir y a purificar la plata; purificará a los hijos de Leví, los acrisolará como oro y plata: así podrán ofrecer al Señor una oblación en justicia” (Malaquías 3,2-3). Como no aceptaban la purificación de sus corazones, no entendieron la purificación del Templo.


Necesitamos hacer un esfuerzo interior para entender a Jesús en todos sus gestos y palabras. Aquellos hombres no fueron sencillos como palomas; por eso Jesús se mostró sagaz como una serpiente (cf. Mateo 10,16), y los dejó sin palabras. No pudo haber diálogo sincero. La sinceridad es necesaria para el entendimiento con las personas, en primer lugar, con Dios. Una virtud que acaba convirtiéndose en sencillez. Lo vemos en la Virgen María, en el diálogo con el arcángel, que concluyó con un sencillo y entregado “hágase en mí según tu palabra”. Se la pedimos a Ella para poder hablar con Dios, y conociéndole más cada día, nos conozcamos mejor a nosotros mismos. Así, conscientes de que somos también templos de Dios (cf. 1 Corintios 3,16-17), desearemos la purificación de nuestros pecados.


TEXTO PARA TU RATO DE ORACION:


«Amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado» [1].


Estas palabras de Juan Pablo II se refieren a Santo Tomás de Aquino, y constituyen un elogio significativo de un gran santo, a la vez que muestran cuánto la Iglesia valora el don de la inteligencia.


Según Juan Pablo II, tomando una expresión de Pablo VI, «con razón se puede llamar al Aquinate “el apóstol de la verdad”. Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer» [2].


Alabar la finura filosófica y teológica de un santo supone también encomiar una determinada actitud ante la verdad: el amor, la pasión, su búsqueda, apertura y reconocimiento.


Parte de la misión de la Iglesia consiste en encender y expandir en el ánimo de los cristianos y de todos los hombres el impulso y la tensión hacia la verdad. Ésta ha sido una mira constante del magisterio de Juan Pablo II –ejemplos claros son las encíclicas Fides et ratio o Veritatis splendor– y es también la actitud de Benedicto XVI cuando, ya desde los primeros días de su pontificado, anima a todos los hombres a que no se dejen vencer por la mentalidad relativista, que no es otra cosa que un modo de renunciar a la indagación sobre las verdades que dan sentido a la vida, con la consiguiente restricción del horizonte vital.


El relativismo, al que se ha referido hace algunos años el ahora Papa Benedicto XVI como «el problema central de la fe cristiana» [3] es una postura ante la vida, que fácilmente toma cuerpo de oficio en la cultura, impregnando las relaciones sociales entre los hombres. No es tanto un sistema filosófico o un organismo doctrinal, sino un estilo de pensar en el que se evita hablar en términos de verdadero o falso, pues no se reconoce una instancia de validez objetiva acerca de juicios que se refieran a realidades que trasciendan lo que cada uno puede ver y tocar: Dios, el alma, incluso la más íntima meta del amor.



Esta actitud, además, comporta un modo de hacer que manifiesta una perplejidad de fondo ante la realidad: como no puedo conocer nada de forma definitiva, tampoco puedo tomar decisiones que entrañen una entrega indiscutible y para siempre. Todo puede cambiar, todo es provisional.


En el fondo, según esta postura, es tan imperfecto y tan relativo lo que podemos conocer y afirmar sobre las realidades divinas y las que se refieren al sentido de la vida y del mundo, que nuestras palabras no tienen ningún contenido de verdad.


En esta perspectiva, cualquier intento de escapar al método de cálculo y control de las ciencias experimentales, única fuente autorizada de saber, resulta ilusorio, o es simplemente declarado como una vuelta al conocimiento precientífico, o una reinstauración de antiguas mitologías.


Verdad y libertad



El relativismo trata, pues, de imponer una postura existencial: si no puedo llegar a ninguna conclusión cierta, al menos tratemos de establecer un camino –un método– que me permita alcanzar la mayor cantidad de felicidad posible en este pobre mundo nuestro; una felicidad que, por la misma dinámica de los hechos –contingentes y finitos–, será fragmentaria y limitada.


Lógicamente, en este contexto, lo más importante es evadir el problema de la verdad: cualquier opinión tiene carta de ciudadanía en nuestra cultura con tal de que no se presente con pretensiones de universalidad, como una explicación –tendencialmente– completa sobre Dios y el mundo.


Así, las verdades religiosas quedan a merced de la preferencia del momento o del gusto, reducidas a cuestiones opinables –para algunos quizá privilegiadas, dentro del supermercado de creencias y presunciones que se cocinan y despachan en el piélago de lo sobrenatural– y carentes de racionalidad, precisamente porque no se pueden validar según los criterios de la ciencia experimental.


De este modo, el relativismo se convierte en la justificación vital, no teórica, para conducir una existencia vivible en un mundo privado de espesor. ¿Qué mejor garantía para que todos los hombres puedan mantener una convivencia pacífica, que un mundo sin verdad?


En muchas de nuestras sociedades, una idea débil de razón se ha alzado como presupuesto necesario de la democracia y de la cohabitación: en una sociedad multicultural, multiétnica y multireligiosa defender la existencia de verdades conduce al conflicto y a la violencia, pues quienes estén convencidos de tales verdades son sospechosos de querer imponer –de modo fundamentalista, dicen– algo que no pasa de mera opinión.



Pero, curiosamente, sucede al contrario. La falta de sensibilidad hacia la verdad, hacia la búsqueda de respuestas sobre la realidad de las cosas y el sentido de la propia vida, lleva consigo la deformación, cuando no la corrupción, de la idea y de la experiencia de la libertad.


No puede extrañar que la consolidación social y legal de los modos de vida congruentes con el relativismo se fundamente siempre en un presunto “derecho de conquista” por parte de la libertad.


Ciertamente, la libertad política ha sido una de las grandes conquistas de la edad moderna. Y, sin embargo, la libertad en el hombre no es un absoluto; todo lo contrario: se halla ligada, en primer lugar, a la naturaleza humana.


Si se la desconecta de la razón y de la totalidad del hombre, de modo que sea concebida como un “poder desear todo” y “poder poner en práctica todo lo que se desea”, al final resulta que «el propio deseo es la única norma de nuestras acciones» [4].


Todos percibimos que no nos movemos simplemente por las ganas. La misma realidad ya es orientadora y nos sugiere motivos de actuación. Nadie compra un bote de mermelada sólo por el diseño del tarro; una buena ama de casa antes pregunta, se informa, lee las características que anuncia... y después elige. Y en esa elección –el ejemplo es banal, pero indicativo– se dan razones: el porcentaje de fruta, su calidad, la procedencia, si se trata de agricultura “biológica”, si se añade azúcar o no, etc. La libertad no es una potencia irrestricta, tiene sus límites: está ligada al bien integral del hombre, es decir, a su verdad.


Parece más bien que, debajo de la acusación de fundamentalismo que se hace a muchos cristianos que quieren ser coherentes con su fe, se disimula el auténtico fundamentalismo: el de la debilidad de las convicciones; mucho más peligroso por ocultarse bajo la máscara de la tolerancia.



En todo caso, argumentando en positivo, habría que aclarar que esa acusación mezcla dos planos: el de las convicciones personales acerca de la verdad, y el de su realización en el campo político.


Estar persuadido de la verdad no implica necesariamente tratar de imponerla a los demás. Por tanto, ante la inculpación de despotismo –más o menos implícita– dirigida a todo el que defiende el valor de la verdad como un bien al que la persona no puede renunciar, hay que decir que éste no es producido por el reconocimiento de verdades universales y absolutas, sino por la falta de respeto a la libertad.


La estima de las ideas contrarias, y sobre todo de las personas que las pronuncian, no nace de la debilidad de las propias creencias, ni de estar dispuesto a poner en duda cualquier convicción; ocurre más bien lo contrario: para que exista una auténtica actitud de respeto hacia todos, son necesarias algunas verdades universalmente aceptadas, “no negociables”, empezando por el reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, presupuesto para respetar su libertad.


Cuanto más fuertemente convencidos estamos de esa verdad –que a los cristianos nos parece tan obvia, al comprender que todos los hombres son hijos del mismo Padre–, más posible será que se garantice el respeto a todos, incluidos quienes no comparten ese principio.


De hecho, si no se admite la universalidad de los derechos humanos ni la validez objetiva que los sustenta –la dignidad de cada persona–, tampoco serán exigibles para todos los ciudadanos, ni se podrá limitar por tanto la arbitrariedad en el ejercicio del poder, con lo que la propia democracia quedará indefensa ante sus propios abusos.


El problema del relativismo se encuentra en la entraña del mismo hombre, que, por más que aspire gozar de una autonomía sin vínculos ni límites, deseará siempre conocer el sentido de su vida, anhelo que se da en estrecha correspondencia con la pregunta sobre Dios y la salvación.


El Señor proclamó que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios [5]; el deseo natural de saber y el hambre de la palabra divina son inextinguibles, y nadie podrá hacerlos desaparecer de la vida humana: así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado [6].


Hacer amable la verdad


La verdad es amable de por sí y, sin embargo, a veces la podemos defender de manera un tanto antipática. Es cierto que algunas verdades incomodan a quienes las escuchan, y que una vida coherente no es un camino fácil para nadie; pero esto no quita que la verdad tenga de por sí una fuerza de atracción que hemos de procurar no esconder.


Para mostrar el esplendor de la verdad conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, conocerla y contemplarla, también con el estudio y con la formación. Si se ama realmente la verdad es más fácil expresarla con don de lenguas, y hacerla visible con la vida.


Parte del servicio a la verdad consiste en hacerse cargo de las distintas situaciones, con el fin de encontrar los cauces apropiados para transmitir su atractivo e invitar a los demás a buscarla.


Es más fácil, a veces, emplear un tono negativo que tratar de conocer a los interlocutores para buscar el mejor modo de explicar las cosas; pero, ciertamente, es mucho menos eficaz.


Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea muy apropiada para los cristianos, porque sabemos que amor y verdad se identifican. La encíclica del Santo Padre es ya una respuesta al reto que él mismo planteó en los días previos a su elección, y en otros escritos anteriores, en los que –como dijimos– ha caracterizado el relativismo como “el problema central para la fe”.



Si el relativismo es una actitud que rehúye el encuentro con la verdad por miedo a perder la libertad y la felicidad, ¿no será la caridad la que pueda reconciliar verdad, libertad y felicidad? «La verdad y el amor son idénticos. Esta proposición –comprendida en toda su profundidad– es la suprema garantía de la tolerancia; de una relación con la verdad cuya única arma es ella misma y que, por serlo, es el amor» [7].


El Santo Padre, en los puntos iniciales de su primera encíclica, plantea un interrogante que describe la actitud un tanto defensiva de muchas personas ante la verdad, en este caso ante algunas verdades morales afirmadas por la Iglesia: «la Iglesia –se preguntan–, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en noso­tros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?» [8].


Hacer amable la verdad consiste precisamente en mostrar que se encuentra mayor felicidad viviendo en la verdad que tratando de esquivarla. Cuando te lances al apostolado, convéncete de que se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente: la Verdad es inseparable de la auténtica alegría [9].


Hacer amable la verdad es una buena definición del apostolado, en el que se unen amor y verdad. Una verdad cruda y sin caridad se hará antipática e incluso inalcanzable, porque las verdades decisivas para la existencia «no se logran sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma» [10].



Los cristianos servimos a la verdad sobre todo cuando la acompañamos y la envolvemos con la caridad de Cristo, con la santidad de vida, que supone, entre otras cosas, saber acoger a todos.


San Josemaría amaba la verdad y la libertad; por eso enseñaba que la verdad no se impone, sino que se ofrece: ¿Te sientes depositario del bien y de la verdad absoluta y, por tanto, investido de un título personal o de un derecho a desarraigar el mal a toda costa? –Por ese camino no arreglarás nada: ¡sólo por Amor y con amor!, recordando que el Amor te ha perdonado y te perdona tanto [11].


El ambiente en el que se aprende a amar la verdad no es un ambiente de enfrentamiento; de vencedores y vencidos. La amistad, la alegría, el cariño y la actitud de servicio convencen, mueven, iluminan, preparan el espíritu para romper los muros del relativismo que cierran la inteligencia a la consideración de la verdad. «La mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor» [12]. El ambiente que devuelve la confianza en encontrar la verdad, y que prepara para recibirla y amarla, es el de la coherencia de vida.


También entre personas que no han conocido a Cristo, no han faltado testigos apasionados y coherentes de la verdad. Pensemos en los testimonios que han llegado de Sócrates, uno de los grandes buscadores de la verdad, que Juan Pablo II cita en la encíclica Fides et ratio: sus palabras, pero sobre todo su actitud de coherencia hasta la muerte, han marcado el pensamiento filosófico desde hace más de dos mil años [13].


Con mucha más razón pueden los cristianos testimoniar la Verdad no sólo con la inteligencia, cultivada con la lectura, el estudio y la reflexión; sino también a través de las virtudes que reflejan a Cristo, verdad hecha vida.


El ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –«quasi lucernæ lucentes in caliginoso loco» [14].


Cristo nos ha enseñado la Verdad sobre Dios muriendo en la Cruz. Los santos han hecho creíble que Dios es amor, entregando la vida por amor a Dios y a los demás. La Iglesia no cesa de empeñarse en esta tarea de iluminar al mundo y sacarlo de las tinieblas de una vida sin verdad y sin sentido.

29 de abril de 2021

SANTA CATALINA DE SIENA*


 — Amor a la Iglesia y al Papa, «el dulce Cristo en la tierra».

— Santa Catalina ofreció su vida por la Iglesia.

— Afán de dar a conocer con claridad la verdad.


I. Sin una instrucción particular (aprendió a escribir siendo ya muy mayor) y con una corta existencia, Santa Catalina pasó por la vida, llena de frutos, «como si tuviese prisa de llegar al eterno tabernáculo de la Santísima Trinidad»1. Para nosotros es modelo de amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, a quien llamaba «el dulce Cristo en la tierra»2, y de claridad y valentía para hacerse oír por todos.


Los Papas residían entonces en Avignon, con múltiples dificultades para la Iglesia universal, mientras que Roma, centro de la Cristiandad, se volvía poco a poco una gran ruina. El Señor hizo entender a la Santa la necesidad de que los Papas volvieran a la sede romana para iniciar la deseada y necesaria reforma. Incansablemente oró, hizo penitencia, escribió al Papa, a los Cardenales, a los príncipes cristianos...


A la vez, Santa Catalina proclamó por todas partes la obediencia y amor al Romano Pontífice, de quien escribe: «Quien no obedezca a Cristo en la tierra, el cual está en el lugar de Cristo en el Cielo, no participa del fruto de la Sangre del Hijo de Dios»3.


Con enorme vigor dirigió apremiantes exhortaciones a Cardenales, Obispos y sacerdotes para la reforma de la Iglesia y la pureza de las costumbres, y no omitió graves reproches, aunque siempre con humildad y respeto a su dignidad, pues son «ministros de la sangre de Cristo»4. Es principalmente a los pastores de la Iglesia a los que dirige una y otra vez llamadas fuertes, convencida de que de su conversión y ejemplaridad dependía la salud espiritual de su rebaño.


Nosotros pedimos hoy a la Santa de Siena alegrarnos con las alegrías de nuestra Madre la Iglesia, sufrir con sus dolores. Y podemos preguntarnos cómo es nuestra oración diaria por los pastores que la rigen, cómo ofrecemos, diariamente, alguna mortificación, horas de trabajo, contrariedades llevadas con serenidad..., que ayuden al Santo Padre en esa inmensa carga que Dios ha puesto sobre sus hombros. Pidamos también hoy a Santa Catalina que nunca le falten buenos colaboradores al «dulce Cristo en la tierra».


«Para tantos momentos de la historia, que el diablo se encarga de repetir, me parecía una consideración muy acertada aquella que me escribías sobre lealtad: “llevo todo el día en el corazón, en la cabeza y en los labios una jaculatoria: ¡Roma!”»5. Esta sola palabra podrá ayudarnos a mantener la presencia de Dios durante el día y expresar nuestra unidad con el Romano Pontífice y nuestra petición por él. Quizá nos pueda servir hoy para aumentar nuestro amor a la Iglesia.


II. Santa Catalina fue profundamente femenina, sumamente sensible6. A la vez, fue extraordinariamente enérgica, como lo son aquellas mujeres que aman el sacrificio y permanecen cerca de la Cruz de Cristo, y no permitía debilidades en el servicio de Dios. Estaba convencida de que, tratándose de uno mismo y de la salvación de las almas que Cristo rescató con su Sangre, era improcedente una excesiva indulgencia, adoptar por comodidad o cobardía una débil filantropía, y por eso gritaba: «¡Basta ya de ungüento! ¡Que con tanto ungüento se están pudriendo los miembros de la Esposa de Cristo!».


Fue siempre fundamentalmente optimista, y no se desanimaba si, a pesar de haber puesto los medios, no salían los asuntos a la medida de sus deseos. Durante toda su vida fue una mujer profunda, delicada. Sus discípulos recordaron siempre su abierta sonrisa y su mirada franca; iba siempre limpia, amaba las flores y solía cantar mientras caminaba. Cuando un personaje de la época, impulsado por un amigo, acude a conocerla, esperaba encontrar a una persona de mirada esquinada y sonrisa ambigua. Su sorpresa fue grande al encontrarse con una mujer joven, de mirada clara y sonrisa cordial, que le acogió «como a un hermano que volviera de un largo viaje».


Poco tiempo después de su llegada a Roma murió el Papa. Y con la elección del sucesor se inicia el cisma que tantas desgarraduras y tanto dolor habría de producir en la Iglesia. Santa Catalina hablará y escribirá a Cardenales y reyes, a príncipes y Obispos... Todo inútil. Exhausta y llena de una inmensa pena, se ofrece a Dios como víctima por la Iglesia. Un día del mes de enero, rezando ante la tumba de San Pedro, sintió sobre sus hombros el peso inmenso de la Iglesia, como ha ocurrido en ocasiones a otros santos. Pero el tormento duró pocos meses: el 29 de abril, hacia el mediodía, Dios la llamaba a su gloria. Desde el lecho de muerte, dirigió al Señor esta conmovedora plegaria: «¡Oh Dios eterno!, recibe el sacrificio de mi vida en beneficio de este Cuerpo Místico de la Santa Iglesia. No tengo otra cosa que dar, sino lo que me has dado a mí»7. Unos días antes había comunicado a su confesor: «Os aseguro que, si muero, la única causa de mi muerte es el celo y el amor a la Iglesia, que me abrasa y me consume...». Pidamos nosotros hoy a Santa Catalina ese amor ardiente por nuestra Madre la Iglesia, que es característica de quienes están cerca de Cristo.


Nuestros días son también de prueba y de dolor para el Cuerpo Místico de Cristo, por eso «hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (cfr. Is 58, l), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles»8. Ofrezcamos nuestra vida diaria, con sus mil pequeñas incidencias, por el Cuerpo Místico de Cristo. El Señor nos bendecirá y Santa María –Mater Ecclesiae– derramará su gracia sobre nosotros con particular generosidad.


III. Santa Catalina nos enseña a hablar con claridad y valentía cuando los asuntos de que se trate afecten a la Iglesia, al Romano Pontífice o a las almas. En muchos casos tendremos la obligación grave de aclarar la verdad, y podemos aprender de Santa Catalina, que nunca retrocedía ante lo fundamental, porque tenía puesta su confianza en Dios.


En la Primera lectura de la Misa, enseña el Apóstol Juan: Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin ninguna oscuridad9. Ahí tenía su origen la fuerza de los primeros cristianos y la de los santos de todos los tiempos: no enseñaban una verdad propia, sino el mensaje de Cristo que nos ha sido transmitido de generación en generación. Es el vigor de una Verdad que está por encima de las modas, de la mentalidad de una época concreta. Nosotros debemos aprender cada vez más a hablar de las cosas de Dios con naturalidad y sencillez, pero a la vez con la seguridad que Cristo ha puesto en nuestra alma. Ante la campaña de silencio organizada sistemáticamente –tantas veces denunciada por los Romanos Pontífices– para oscurecer la verdad, silenciar los sufrimientos que los católicos padecen a causa de su fe, o las obras rectas y buenas, que a veces apenas tienen ningún eco en los grandes medios de difusión, nosotros, cada uno en su ambiente, hemos de servir de altavoz a la verdad. Algunos Papas han calificado esta actitud de conspiración del silencio10 ante las obras buenas, literarias, científicas, religiosas, de promoción social, de buenos católicos o de las instituciones que las promueven. Por el hecho mismo de ser católicos, muchos medios de difusión callan o los dejan en la penumbra.


Nosotros podemos hacer mucho bien en este apostolado de opinión pública. A veces llegaremos solo a los vecinos o a los amigos que visitamos o nos visitan, o mediante una carta a los medios de comunicación o una llamada a un programa de radio que pide opiniones sobre un tema controvertido y que quizá tiene un fondo doctrinal que debe ser aclarado, respondiendo con criterio a una encuesta pública, aconsejando un buen libro... Debemos rechazar la tentación de desaliento, de que quizá «podemos poco». Un inmenso río que lleva un caudal enorme está alimentado de pequeños regueros que, a su vez, se han formado quizá gota a gota. Que no falte la nuestra. Así comenzaron los primeros cristianos en la difusión de la Verdad.


Pidamos hoy a Santa Catalina que nos transmita su amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, y que tengamos el afán santo de dar a conocer la doctrina de Jesucristo en todos los ambientes, con todos los medios a nuestro alcance, con imaginación, con amor, con sentido optimista y positivo, sin dejar a un lado una sola oportunidad. Y, con palabras de la Santa, rogamos a Nuestra Señora: «A Ti recurro, María, te ofrezco mi súplica por la dulce Esposa de Cristo y por su Vicario en la tierra, a fin de que le sea concedida la luz para regir con discernimiento y prudencia la Santa Iglesia»11.


* Nació en Siena en el año 1347. Ingresó muy joven en la Tercera Orden de Santo Domingo, sobresaliendo por su espíritu de oración y de penitencia. Llevada de su amor a Dios, a la Iglesia y al Romano Pontífice, trabajó incansablemente por la paz y unidad en la Iglesia en los tiempos difíciles del destierro de Avignon. Se trasladó a esta ciudad y pidió al Papa Gregorio XI que regresara cuanto antes a Roma, donde el Vicario de Cristo en la tierra debía gobernar la Iglesia. «Si muero, sabed que muero de pasión por la Iglesia», declaró unos días antes de su muerte, ocurrida el 30 de abril de 1380.


Escribió innumerables cartas de las que se conservan alrededor de cuatrocientas, algunas oraciones y «elevaciones» y un solo libro, El Diálogo, que recoge las conversaciones íntimas de la Santa con el Señor. Fue canonizada por Pío II y su culto se extendió pronto por toda Europa. Santa Teresa dijo de ella que, después de Dios, debía a Santa Catalina, muy singularmente, el progreso de su alma. Pío IX la nombró segunda Patrona de Italia y Pablo VI la declaró Doctora de la Iglesia.