"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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15 de mayo de 2021

EL DON DE PIEDAD


Evangelio (Jn 16,23-28
)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he dicho todo esto con comparaciones. Llega la hora en que ya no hablaré con comparaciones, sino que claramente os anunciaré las cosas acerca del Padre. Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, ya que el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre.


Comentario

Varias comparaciones empleó Jesús en su predicación para exhortar a la petición perseverante a Dios: la fe como un grano de mostaza, la parábola de la viuda y el juez injusto, la del amigo inoportuno... Ahora, sin comparaciones, revela que toda petición ha de ir dirigida al Padre en el nombre de Jesús. Sorprendidos se quedarían los discípulos al escuchar “en mi nombre”. Era como decirles: “Yo soy el Nombre de Dios”. En Él tienen al Hijo de Dios, que está en plena comunión con Dios Padre. Así lo enseñaba San Pablo a Timoteo: “Porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2,5).

Los discípulos, sobre todo en el rezo de los Salmos, ya pedían confiadamente a Dios, le alababan y le daban gracias, invocando el nombre del Señor: “Alabaré al Señor por su justicia, y cantaré al Nombre del Señor Altísimo” (Salmos 7,18). “Me alegro, me regocijo en Ti, y canto salmos a tu Nombre, ¡oh Altísimo! (Salmos 9,3). “Que el Señor te escuche el día de la angustia, que te proteja el Nombre del Dios de Jacob. (...) Unos confían en los carros, otros en los caballos; nosotros invocamos el Nombre del Señor, nuestro Dios”. (Salmos 20,2.8). Y habían aprendido de labios del mismo Jesús el mejor modo de orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre”. Ahora descubrían que ese Nombre del Señor es “Jesús”, quien les está hablando, en quien pueden depositar toda su confianza.

Toda nuestra oración ha de tener ese recorrido: al Padre, “por Jesucristo nuestro Señor”, como ya hacemos continuamente en la oración litúrgica. Quizá a menudo notamos que nos falta fe, y hacemos nuestra la petición de los Apóstoles: “Auméntanos la fe” (Lucas 17,5), y crece nuestra unión con Él, hasta rezar cada vez con mayor convicción: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. San Josemaría rezaba a menudo, y dejó escrita con énfasis, esta primordial oración de petición: "Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. –Amén. –Amén" [1].


PARA TU RATO DE ORACION:

- El don de la piedad.

- La oración de petición es confianza en Dios.

- La piedad nos hace mansos de corazón.


EN UN CLIMA de mucha intimidad, Jesús dice a los apóstoles: «El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16,26-28). Lleno de ternura por ellos, Jesús les repite, una y otra vez, que Dios Padre los ama con un amor semejante al suyo. Toda la conversación está empapada de emoción, mientras les descubre los tesoros escondidos en el corazón divino. Es tan profundo el afecto de Cristo –«los amó hasta el fin» (Jn 13,1), dice san Juan– que le duele dejarlos solos, sin el calor de su presencia.


«El Padre mismo os ama». La confianza en el amor de Dios Padre crece en el cristiano con el don de piedad, que el Espíritu Santo regala cuando inhabita en el alma. Es un don que perfecciona la virtud de la piedad, «virtud que se asienta, tiene su fuente y fundamento en la filiación divina, porque nace de ella, de la conciencia de quien vive y saborea su condición de hijo de Dios»[1]. «Por ello, ante todo, el don de piedad suscita en nosotros la gratitud y la alabanza. Es esto, en efecto, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace percibir la presencia del Señor y todo su amor por nosotros, nos caldea el corazón y nos mueve casi naturalmente a la oración y a la celebración»[2].


Paladeamos, entonces, nuestra identidad de hijos amados. La piedad siembra en el corazón la ternura filial, que nos hace necesitar la conversación con Dios. La piedad, dice san Josemaría, llega a «informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos»[3] y se traduce en la confianza alegre de que el amor del Padre nunca nos faltará. Mediante este don, «el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos»[4].


«SI LE PEDÍS al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). Jesús nos alienta a tener tal confianza en Dios, que podamos pedir con la seguridad de que nos escucha. Ser muy pedigüeños es una manifestación de piedad. Aunque podría parecer a primera vista una manifestación de egoísmo, es justo al contrario, pues la oración de petición supone un total abandono en su voluntad poderosa. Al sentirnos hijos sin demasiados recursos propios, ¡qué lógico resulta mirar a Dios y recurrir a él para obtener gracia, ayuda y perdón!


«Pedir, suplicar, esto es muy humano (...). La oración de petición va a la par que la aceptación de nuestro límite y de nuestra creaturalidad. Se puede incluso llegar a no creer en Dios, pero es difícil no creer en la oración: esta sencillamente existe, se presenta a nosotros como un grito, y todos tenemos que lidiar con esta voz interior que quizá puede callar durante mucho tiempo, pero un día se despierta y grita. Sabemos que Dios responderá. No hay orante en el libro de los Salmos que levante su lamento y no sea escuchado. Dios responde siempre, de una manera u otra. La Biblia lo repite infinidad de veces: Dios escucha el grito de quien lo invoca. También nuestras peticiones tartamudeadas, las que quedan en el fondo del corazón, que tenemos vergüenza de expresar, el Padre las escucha y quiere donarnos el Espíritu Santo que anima toda oración y lo transforma todo»[5].


Así, el don de piedad da frescura y naturalidad a la oración, que además de ser una conversación sencilla, tendrá un tono confiado que nos hace «tratar a Dios con ternura de corazón»[6]. El Espíritu Santo suscita en nosotros una oración llena de tonalidades, como la misma vida. En ocasiones, nos quejaremos al Padre: «¿Por qué escondes tu rostro?» (Sal 44,25). Otras veces, le hablaremos de nuestros deseos de santidad: «Oh Dios, tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti» (Sal 63,2); o del anhelo de una unión con él más profunda: «Estando contigo, nada deseo en la tierra» (Sal 73,25). Y siempre reposará nuestra esperanza en su misericordia: «Tú eres mi Dios salvador, y en Ti espero todo el día» (Sal 25,5).


LA PIEDAD verdadera influye en nuestra relación con los demás. Las personas que nos rodean son hijos del mismo Padre, son nuestros hermanos. La ternura con Dios Padre desemboca en ternura también con ellos. En la vida diaria, en la que nos relacionamos con tanta gente, «la ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre»[7]. El Espíritu Santo ensancha nuestro corazón y lo hace capaz de amar a los demás de una manera libre y gratuita. De alguna manera, nuestro corazón recibe el regalo inmerecido de la mansedumbre del corazón de Cristo.


La piedad impulsa a tratar con amabilidad y solicitud a quien está a nuestro lado. Además, «extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón»[8]. La piedad nos hace apacibles, acogedores y pacientes. Estando en paz con Dios extendemos esa paz a todas nuestras relaciones. En las situaciones difíciles, cuando estamos bajo presión, con la ayuda de la piedad aprendemos a reaccionar sin violencia, como vemos que hace Cristo. La «mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás (...). Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir»[9].


«Pidamos al Señor que el don de su Espíritu venza nuestro temor, nuestras inseguridades, también nuestro espíritu inquieto, impaciente, y nos convierta en testigos gozosos de Dios y de su amor, adorando al Señor en verdad, y también en el servicio al prójimo con mansedumbre y con la sonrisa que siempre nos da el Espíritu Santo»[10]. Confiamos esta súplica a la intercesión de María, Vaso insigne de devoción, con las palabras de la Salve: «¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!».


[1] Diccionario de san Josemaría, voz “Piedad”.


[2] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.


[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 146.


[4] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.


[5] Francisco, Audiencia general, 9-XII-2020.


[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 167.


[7] San Juan Pablo II, Ángelus, 28-V-1989.


[8] Ibíd.


[9] Francisco, Ángelus, 1-XI-2020.


[10] Francisco, Audiencia general, 4-VI-2014.


8 de abril de 2021

AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

— Presencia de Jesucristo en nuestros sagrarios.

— La Visita al Santísimo, el Señor nos espera a cada uno.

— Frutos de este acto de piedad.



I. Después de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se aparece a los Once, según nos narra el Evangelio de la Misa1. Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.


Les mostró luego las manos y los pies y comió con ellos. Los Apóstoles tendrán para siempre la seguridad de que su fe en el Resucitado no es efecto de la credulidad, del entusiasmo o de la sugestión, sino de hechos comprobados repetidamente por ellos mismos. Jesús, en sus apariciones, se adapta con admirable condescendencia al estado de ánimo y a las situaciones diferentes de aquellos a quienes se manifiesta. No trata a todos de la misma manera, pero por caminos diversos conduce a todos a la certeza de su Resurrección, que es la piedra angular sobre la que descansa la fe cristiana. Quiere el Señor dar todas las garantías a quienes constituyen aquella Iglesia naciente para que, a través de los siglos, nuestra fe se apoye sobre un sólido fundamento: ¡El Señor en verdad ha resucitado! ¡Jesús vive!


La paz sea con vosotros, dijo el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida. «Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura (Cfr. Cant 2, 14), se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso (Cfr. Cant 2, 14), porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna (S. Gregorio Niseno, In Canticum Canticorum homiliae, V)»2.


A Jesús le tenemos muy cerca. En las naciones cristianas, donde existen tantos sagrarios, apenas nos separamos de Cristo unos kilómetros. Qué difícil es no ver los muros o el campanario de una iglesia, cuando nos encontramos en medio de una populosa ciudad, o viajamos por una carretera, o desde el tren... ¡Allí está Cristo! ¡Es el Señor!3, gritan nuestra fe y nuestro amor. Porque el Señor se encuentra allí con una presencia real y sustancial. Es el mismo que se apareció a sus discípulos y se mostró solícito con todos.


Jesús se quedó en la Sagrada Eucaristía. En este memorable sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Esta presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque, acabada la Santa Misa, queda el Señor en cada una de las formas y partículas consagradas no consumidas4. Es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, el mismo que está a la diestra de Dios Padre.


En el Sagrario nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de cualquier obstáculo.


II. La piedad eucarística, dice Juan Pablo II, «ha de centrarse ante todo en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero tiene una lógica prolongación (...), en la adoración a Cristo en este divino sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales y colectivos, privados y públicos, que habéis practicado durante siglos (...). Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo»5.


Jesús está allí, en el sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o quizá a pocos metros. ¿Cómo no vamos a ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas, pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con fe! ¡Qué bien entendemos esta costumbre secular de las «cotidianas visitas a los divinos sagrarios»!6. Allí el Maestro nos espera desde hace veinte siglos7, y podremos estar junto a Él como María, la hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte8–, en su casa de Betania. «Os diré –son palabras de San Josemaría Escrivá– que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia: es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado»9.


Jesús espera nuestra visita. Es, en cierto modo, la devolución de la que Él nos ha hecho en la Comunión y «es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Señor, allí presente»10. Es continuación de la acción de gracias de la Comunión anterior, y preparación para la siguiente.


Cuando nos encontremos delante del sagrario bien podremos decir con toda verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de fe no cabe otra actitud que la de adoración: Adoro te devote... Te adoro con devoción, Deidad oculta; de respeto y asombro; y, a la vez, de confianza sin límites. «Permaneciendo ante Cristo, el Señor, los fieles disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón pidiendo por sí mismos y por los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre»11.


III. «Comenzaste con tu visita diaria... —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario»12. La Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia... El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. «Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»13.


En la Visita al Santísimo vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado, aunque Él los esperaba. Por eso le alegra mucho más el vernos allí. Rezaremos alguna oración acostumbrada junto a la Comunión espiritual, le pediremos ayudas –espirituales y materiales–, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar de nuevo el mundo, le diremos, quizá, que queremos acercarle un amigo... «¿Qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?»14.


Cuando dejemos el templo, después de esos momentos de oración, habrá crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que en la Comunión. Nos habrá servido, en fin, para aumentar la presencia de Dios en medio del trabajo y de nuestras ocupaciones diarias. Nos será fácil mantener con Él un trato de amistad y de confianza a lo largo del día.


Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así comenta San Juan Crisóstomo estas breves palabras del Evangelio: «Y entró Jesús en el templo. Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su padre, para tributarle allí el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad debes, lo primero, ir a la iglesia»15.


Una vez en la iglesia, podremos localizar fácilmente el sagrario –que es a donde se debe dirigir en primer lugar nuestra atención–, pues deberá estar situado en un lugar «verdaderamente destacado» y «apto para la oración privada». Y en él, la presencia de la Santísima Eucaristía estará indicada por la pequeña lámpara que, como signo de honor al Señor, arderá de continuo junto al tabernáculo16.


Al terminar nuestra oración le pedimos a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a tratar a Jesús realmente presente en el sagrario como Ella le trató en aquellos años de su vida en Nazaret.

22 de marzo de 2021

MIRAR A CRISTO. VIDA DE PIEDAD

— Los enemigos de la gracia. El remedio: mirar a Cristo.

— Tener presente al Señor en la entraña del mundo. 

— Vida de piedad. Jaculatorias.


I. Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí –dice el Señor–.


La Primera lectura de la Misa nos trae un pasaje del Libro de los Números en el que se narra cómo el pueblo de Israel comenzó a murmurar contra el Señor y contra Moisés, porque, aunque habían sido liberados y sacados de Egipto, estaban cansados de caminar hacia la tierra prometida. El Señor, como castigo, envió serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces, el pueblo acudió a Moisés reconociendo su pecado, y Moisés intercedió ante Dios para que les librara de las serpientes. El Señor le dijo: Haz una serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un palo; cuando una serpiente mordía a uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.


Este pasaje del Antiguo Testamento, además de ser un relato histórico, es figura e imagen de lo que había de tener lugar más tarde con la llegada del Hijo de Dios. En la íntima conversación de Jesús con Nicodemo, hace el Señor una referencia directa a ese relato: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él. Cristo en la Cruz es la salvación del género humano, el remedio para nuestros males. Fue voluntariamente al Calvario para que el que crea tenga vida eterna, para atraer todo hacia Él.


Las serpientes y el veneno que atacan en todas las épocas al pueblo de Dios, peregrino hacia la Tierra Prometida, el Cielo, son muy parecidos: egoísmo, sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias... La gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos enemigos de siempre. En todas las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados personales.


Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto –como los israelitas mordidos por las serpientes del desierto– en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo elevado sobre la tierra en la Cruz, si deseamos de verdad llegar a la Tierra Prometida, que está al final de este corto camino que es la vida. Y como no queremos llegar solos, procuraremos que otros muchos miren a Jesús, en quien está la salvación. Mirar a Jesús: poniendo ante nuestros ojos su Humanidad Santísima, contemplándole en los Misterios del Santo Rosario, en el Vía Crucis, en las escenas que nos narra el Evangelio, o en el Sagrario. Solo con una gran piedad seremos fuertes ante el acoso de un mundo que parece querer separarse más y más de Dios, arrastrando consigo a quien no se encuentre en tierra firme y segura.


No podemos apartar la vista del Señor, porque vemos los estragos que cada día hace el enemigo a nuestro alrededor. Y nadie está inmune por sí mismo. Vultum tuum, Domine, requiram: Buscaré tu rostro, Señor, deseo verte4. Debemos buscar la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la presencia de Dios a lo largo de nuestra jornada y en la visita al Santísimo Sacramento. Además el Señor, Jesús, no es solo el remedio ante nuestra debilidad, sino que es también nuestro Amor.


II. El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús espera de nosotros que, además de mirarle y tratarle en los ratos dedicados expresamente a la oración, no nos olvidemos de Él mientras trabajamos, de la misma manera que no nos olvidamos de las personas que queremos ni de las cosas importantes de nuestra vida. Jesucristo es lo más importante de nuestro día. Por eso, cada uno de nosotros debe ser «alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios»5.


Con frecuencia, para tener a Jesús presente durante el día necesitaremos echar mano de esas «“industrias humanas”: jaculatorias, actos de amor y desagravio, comuniones espirituales, “miradas” a la imagen de Nuestra Señora»6, y algunos medios humanos que nos recuerden que ya ha pasado un tiempo (demasiado para el amor) en el que no hemos acudido a Nuestro Señor, a la Virgen, al Ángel Custodio...: siempre son cosas sencillas, pero de una eficacia grande. A todos no ocurre que cuando queremos acordarnos de algo durante el día ponemos los medios para que aquello no se nos olvide. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor, nuestro día se llenará de pequeños recordatorios, de pequeñas ideas que nos llevarán a tenerle presente.


El padre o la madre de familia lleva en el coche una fotografía de la familia para acordarse de ella mientras viaja. ¿Cómo no vamos a llevar una imagen de Nuestra Señora en la cartera o en el bolso, para que al mirarla le digamos: ¡Madre!, ¡Madre mía!? ¿Por qué no tener muy a mano un crucifijo que nos ayude a reparar, a besarlo discretamente, a mirarlo cuando el estudio o el trabajo se haga más costoso?


Esos recordatorios, los recursos para tener presencia de Dios, son innumerables, porque el amor es ingenioso; serán diversos para el médico que va a comenzar una operación, que para la madre de familia que a la misma hora, quizá, comienza a poner en orden la casa. Un día en el Cielo cada uno verá cómo el haber acudido al Ángel Custodio fue una gran ayuda en sus tareas. El conductor de un autobús tendrá sus «industrias humanas» (sabrá muy bien cuándo está más próximo a Jesús porque divisa ya los muros de aquella iglesia), y la costurera, prácticamente en el mismo sitio durante todo el día, tendrá las suyas. Todo hecho con espíritu deportivo y alegre, sin agobios, pero con amor: «Las jaculatorias no entorpecen la labor, como el latir del corazón no estorba el movimiento del cuerpo»7.


Poco a poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño.


III. Muchas veces el Señor se retira a orar, quizá durante horas: por la mañana, muy de madrugada, salió fuera, a un lugar solitario, y allí hacía oración8; pero otras veces se dirigía a su Padre Dios con la oración corta, amorosa, como una jaculatoria: Yo te glorifico Padre, Señor del cielo y de la tierra...9; Padre, gracias te doy porque me has oído...10.


En otros momentos, el Evangelista nos muestra cómo Jesús se conmueve ante las peticiones de los que se le acercan. Son oraciones que también nos pueden servir a nosotros como jaculatorias: el leproso que dice: Señor, si quieres, puedes limpiarme...11; y el ciego de Jericó: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí...12; y el buen ladrón: Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino...13. Jesús, conmovido por estas oraciones llenas de fe, no hace esperar.


En alguna ocasión, estas expresiones nos servirán para pedir perdón, como hizo el publicano que se marchó a su casa justificado: Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador14; o repetiremos con San Pedro, después de las negaciones: Señor, tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo15, a pesar de mis fallos. Otras, nos ayudarán a pedir más fe: Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad16, fortalece mi fe; ¡Señor mío y Dios mío!17, le dice Tomás, cuando Jesús se le aparece resucitado: es un acto formidable de fe y de entrega, que quizá nos enseñaron a repetir en el momento de hacer la genuflexión ante el Sagrario. Existen muchas jaculatorias y oraciones breves que podemos decir desde el fondo de nuestra alma, y que responden a necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando.


En muchos momentos, ni siquiera hace falta pronunciarlas. A veces basta una mirada, o una sola palabra, o un pensamiento un tanto deshilvanado, pero lleno de amor o de desagravio..., una petición que no aflora, pero que el Señor capta enseguida. Para un alma muy unida a Dios, las jaculatorias, los actos de amor, brotan, naturales, casi espontáneos, como un respirar sobrenatural que alimenta su unión con Dios. Y esto en medio de las ocupaciones más absorbentes, porque de todos espera esta vida de oración y de unión con Él.


Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: «Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡Para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase, en esta niñez, impreso el camino de la verdad»18.


Siempre hay ocasión para decir una jaculatoria. La lectura del santo Evangelio, la oración misma, será en muchas ocasiones una fuente de jaculatorias que servirán de cauce para mostrar nuestro amor por Jesús y su Madre Santísima.


Al terminar nuestra oración le decimos, como los discípulos de Emaús: Mane nobiscum, Domine, quoniam advesperascit19. Quédate con nosotros, Señor, porque cuando Tú no estás presente se nos hace de noche. Todo es oscuridad cuando Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, a quien también sabemos dirigir esas jaculatorias y actos de amor: Dios te salve, María... bendita tú entre todas las mujeres.


17 de marzo de 2021

UNIDAD DE VIDA


— Los cristianos, luz del mundo y sal de la tierra.

— Consecuencias en el mundo del pecado original. 

— La vida de piedad y el trabajo. La santidad en medio del mundo.


I. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él1. Vino al mundo para que los hombres tuvieran luz y dejaran de debatirse en las tinieblas2, y, al tener luz, pudieran hacer del mundo un lugar donde todas las cosas sirvieran para dar gloria a Dios y ayudaran al hombre a conseguir su último fin. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron3. Son palabras actuales para una buena parte del mundo, que sigue en la oscuridad más completa, pues fuera de Cristo los hombres no alcanzarán jamás la paz, ni la felicidad, ni la salvación. Fuera de Cristo solo existen las tinieblas y el pecado. Quien rechaza a Cristo se queda sin luz y ya no sabe por dónde va el camino. Queda desorientado en lo más íntimo de su ser.


Durante siglos, muchos hombres separaron su vida (trabajo, estudio, negocios, investigaciones, aficiones...) de la fe; y, como consecuencia de esa separación, las realidades temporales quedaron desvirtuadas, como al margen de la luz de la Revelación. Al faltar esta luz, muchos han llegado a considerar el mundo como fin de sí mismo, sin ninguna referencia a Dios, para lo cual han tergiversado incluso las verdades más elementales y básicas. De modo particular, en los países occidentales es preciso corregir esa separación, «porque son muchas las generaciones que se están perdiendo para Cristo y para la Iglesia en estos años, y porque desgraciadamente desde estos lugares se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo. Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, y por el correspondiente olvido –mejor sería decir miedo, auténtico pavor– de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna..., resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado y su contenido. Habéis contemplado esa pasmosa realidad de que muchos quizá comenzaron por poner a Dios entre paréntesis, en algunos detalles de su vida personal, familiar y profesional; pero, como Dios exige, ama, pide, terminan por arrojarle –como a un intruso– de las leyes civiles y de la vida de los pueblos. Con una soberbia ridícula y presuntuosa, quieren alzar en su puesto a la pobre criatura, perdida su dignidad sobrenatural y su dignidad humana, y reducida –no es exageración: está a la vista en todas partes– al vientre, al sexo, al dinero»4.


El mundo se queda en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo. El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente. «Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! —Medítalo»5. ¿Vivo la unidad de vida en cada momento de mi existencia: trabajo, descanso...?


II. Todas las criaturas fueron puestas al servicio del hombre, dentro del orden establecido por el Creador. Adán, con su soberbia, introdujo el pecado en el mundo, rompiendo la armonía de todo lo creado y del mismo hombre. En adelante, la inteligencia quedó oscurecida y con posibilidad de caer en el error; la voluntad, debilitada; enferma –no corrompida– la libertad para amar el bien con prontitud. El hombre quedó profundamente herido, con dificultad para saber y conseguir su bien verdadero. «Rompió la Alianza con Dios, sacando como consecuencia de ello por una parte la desintegración interior y, por otra, la incapacidad de construir la comunión con los otros»6. El desorden introducido por el pecado llegó más allá del hombre, afectando también a la naturaleza. El mundo es bueno, pues fue hecho por Dios para contribuir a que el hombre alcanzara su último fin. Pero después del pecado original, las cosas materiales, el talento, la técnica, las leyes..., pueden ser desviadas de su ordenación recta y convertirse en males para el hombre, oscureciéndose su fin último, separándole de Dios en vez de acercarle a Él. Nacen así muchos desequilibrios, injusticias, opresiones, que tienen su origen en el pecado. «El pecado del hombre, es decir, su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. Para comprender esto, muchos de nuestros contemporáneos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado»7.


Dios, en su misericordia infinita, se compadeció de este estado en el que había caído la criatura y nos redimió en Jesucristo: nos ha vuelto a su amistad, y lo que es más, nos ha reconciliado con Él hasta el extremo de podernos llamar hijos de Dios y que lo seamos8; nos ha destinado a la vida eterna, a morar con Él para siempre en el Cielo.


Nos toca a los cristianos, principalmente a través de nuestro trabajo convertido en oración, hacer que todas las realidades terrestres se vuelvan medio de salvación, porque solo así servirán verdaderamente al hombre. «Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad. No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse –con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado– de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos»9. ¿Estoy haciendo todo lo que puedo para llevar esto a la práctica? ¿Me doy cuenta de que para esto necesito tener cada vez más una honda unidad de vida?


III. La misión que el Señor nos ha encomendado es la de infundir un sentido cristiano a la sociedad, porque solo entonces las estructuras, las instituciones, las leyes, el descanso, tendrán un espíritu cristiano y estarán verdaderamente al servicio del hombre. «Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría»10.


Las prácticas personales de piedad no han de estar aisladas del resto de nuestros quehaceres, sino que deben ser momentos en los que la referencia continua a Dios se hace más intensa y profunda, de modo que después sea más alto el tono de las actividades diarias. Es claro que buscar la santidad en medio del mundo no consiste simplemente en hacer o en multiplicar las devociones o las prácticas de piedad, sino en la unidad efectiva con el Señor que esos actos promueven y a que están ordenados. Y cuando hay una unión efectiva con el Señor eso influye en toda la actuación de una persona. «Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla (...)»11.


Procuremos vivir así, con Cristo y en Cristo, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos... Eso es la unidad de vida. Entonces, la piedad personal se orienta a la acción, dándole impulso y contenido, hasta convertir al quehacer en un acto más de amor a Dios. Y, a su vez, el trabajo y las tareas de cada día facilitan el trato con Dios y son el campo donde se ejercitan todas las virtudes. Si procuramos trabajar bien y poner en nuestros quehaceres la dimensión trascendente que da el amor de Dios, nuestras tareas servirán para la salvación de los hombres, y haremos un mundo más humano, pues no es posible que se respete al hombre –y mucho menos que se le ame– si se niega a Dios o se le combate, pues el hombre solo es hombre cuando es verdaderamente imagen de Dios. Por el contrario, «la presencia de Satanás en la historia de la humanidad aumenta en la misma medida en que el hombre y la sociedad se alejan de Dios»12.


En esta tarea de santificar las realidades terrenas, los cristianos no estamos solos. Restablecer el orden querido por Dios y conducir a su plenitud el mundo entero es principalmente fruto de la acción del Espíritu Santo, verdadero Señor de la historia: «Non est abbreviata manus Domini, no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena»13.


Le pedimos al Espíritu Santo que remueva las almas de muchas personas –hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sanos y enfermos...– para que sean sal y luz en las realidades terrenas.


6 de septiembre de 2020

REZAR EN FAMILIA

 — La oración en familia es muy grata al Señor.

— Algunas prácticas de piedad en el hogar.

— Una familia que reza unida, se mantiene unida

I. Jesús manifiesta con frecuencia que la salvación y la unión con Dios es, en último extremo, asunto personal: nadie puede sustituirnos en el trato con Dios. Pero Él también ha querido que nos apoyemos unos en otros y nos ayudemos en el caminar hacia la meta definitiva. Esta unión, tan grata al Señor, se ha de poner especialmente de manifiesto entre aquellos que tienen los mismos vínculos de espíritu o de la sangre. Esta unidad, que exige poner en juego tantas virtudes, es tan deseada por el Señor, que ha prometido, como un don especial, concedernos más fácilmente aquello que le pidamos en común. Así lo leemos en el Evangelio de la Misa1: Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.


La Iglesia ha vivido desde siempre la práctica de la oración en común2, que no se opone ni sustituye a la oración personal privada por la que el cristiano se une íntimamente a Cristo. Muy grata al Señor es, de modo particular, la oración que la familia reza en común; es uno de los tesoros que hemos recibido de otras generaciones para sacar abundante fruto y transmitirlo a las siguientes. «Hay prácticas de piedad –pocas, breves y habituales– que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del Rosario todos juntos (...), las oraciones personales al levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas, según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y natural, sin beaterías.


»De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20)»3.


«Esta plegaria –enseña el Papa Juan Pablo II, comentando este pasaje del Evangelio– tiene como contenido “la misma vida de familia” (...): alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muertes de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de petición, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidad de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración»4.


La plegaria en común comunica una particular fortaleza a la familia entera. La primera y principal ayuda que prestamos a los padres, a los hijos, a los hermanos, consiste en rezar con ellos y por ellos. La oración fomenta el sentido sobrenatural, que permite comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y en el seno de la familia, y nos enseña a ver que nada es ajeno a los planes de Dios: en toda ocasión se nos muestra corno un Padre que nos dice que la familia es más suya que nuestra. También en aquellos sucesos que sin estar cerca de Él serían incomprensibles: la muerte de una persona querida, el nacimiento de un hermano minusválido, la enfermedad, la estrechez económica... Junto al Señor, amamos su santa voluntad, y las familias, lejos de separarse, se unen más fuertemente entre sí y con Dios.


II. Si alguno no cuida de los suyos y principalmente de su casa, ha negado la fe y es peor que un infiel5, escribe San Pablo a Timoteo, recordando la obligación que todos tenemos hacia aquellos que el Señor nos ha encomendado. Una de las principales obligaciones de los padres con respecto a sus hijos –también, en ocasiones, de los hermanos mayores con los más pequeños– es la de enseñarles en la infancia los modos prácticos de tratar a Dios. Esta tarea es de tal necesidad que es casi insustituible. Con los años, estas primeras semillas siguen dando sus frutos, quizá hasta la misma hora de la muerte. Para muchos, este ha sido su bagaje espiritual, del que se han servido en la adolescencia y cuando ya han pasado los años de la madurez. «La Sagrada Escritura nos habla de esas familias de los primeros cristianos –la Iglesia doméstica, dice San Pablo (1 Cor 16, 19)–, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida.


»En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir –más que enseñar– esa piedad a los hijos»6.


La familia cristiana ha sabido transmitir, de padres a hijos, oraciones sencillas y breves, fácilmente comprensibles, que forman el primer germen de la piedad: jaculatorias a Jesús, a Nuestra Madre Santa María, a San José, al Ángel de la Guarda... Oraciones de siempre, mil y mil veces repetidas en los hogares cristianos de toda época y condición. Los hijos aprenden pronto estas enseñanzas y oraciones que ven hechas vida en sus padres. Cuando son un poco mayores, han asimilado e incorporado el sentido de la bendición de la mesa, de dar gracias después de haber comido, el ofrecer a la Virgen algo que les cuesta..., saludar con un beso o una mirada a las imágenes de Nuestra Madre, acudir a su Ángel Custodio al entrar o salir de casa...


¡Cuántos niños, ahora hombres y mujeres, recuerdan con emoción la explicación, sencilla pero exacta, que les dio su madre o su hermano mayor de la presencia real de Cristo en el Sagrario! ¡O la primera vez que vieron a su madre pedir por una necesidad urgente, o a su padre hacer con piedad una genuflexión reverente! Rezar en una familia en la que Cristo está presente debe ser natural, porque Él es un personaje más de la casa, al que se ama sobre todas las cosas.


Precisamente cuando el ambiente sea menos favorable para la oración y la piedad, hemos de conservar como un tesoro mayor estas prácticas que hacen más fuerte el mismo amor humano y nos acercan más a nuestro Padre Dios.


III. Ubi caritas et amor, Deus ibi est, «donde hay caridad y amor, allí está Dios»7, canta la Liturgia del Jueves Santo. Cuando los cristianos nos reunimos para orar, entre nosotros se encuentra Cristo, que escucha complacido esa oración fundamentada en la unidad. Así hacían también los Apóstoles: Perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres y con María, la Madre de Jesús8. Era la nueva familia de Cristo.


La plegaria familiar por excelencia es el Santo Rosario. «La familia cristiana –enseña el Papa Juan Pablo II– se encuentra y consolida su identidad en la oración. Esforzaos por hallar cada día un tiempo para dedicarlo juntos a hablar con el Señor y a escuchar su voz. ¡Qué hermoso resulta que en una familia se rece, al atardecer, aunque sea una sola parte del Rosario!


»Una familia que reza unida, se mantiene unida; una familia que ora, es una familia que se salva.


»¡Actuad de manera que vuestras casas sean lugares de fe cristiana y de virtud, mediante la oración rezada todos juntos!»9.


Al comenzar a rezar el Santo Rosario en un hogar, quizá al principio solo lo hagan los padres; después se unirá un hijo, la abuela... Unas veces se podrá rezar durante un viaje en coche, o bien se establecerá una hora de común acuerdo; quizá, en algunos países, antes de cenar o inmediatamente después... El Rosario y el rezo del Ángelus -señalaba en otra ocasión el Pontífice- «deben ser para todo cristiano y aún más para las familias cristianas como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para tomar valor y confianza»10. «¡Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia!»11.


La Iglesia ha querido conceder innumerables gracias e indulgencias cuando se reza el Santo Rosario en familia. Pongamos los medios necesarios para fomentar esta oración tan grata al Señor y a su Madre Santísima, y que es considerada como «una gran plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero»12. Es un buen soporte en el que se apoya la unidad familiar y la mejor ayuda para hacer frente a sus necesidades.

27 de agosto de 2020

SANTA MÓNICA *

 


— Oración por la conversión de su hijo Agustín.

— Transmitir la fe en la familia. Piedad familiar.

— La oración en familia.


I. El Evangelio de la Misa de hoy nos narra la llegada de Jesús a la ciudad de Naín, acompañado de sus discípulos y de una numerosa muchedumbre. Al entrar, se encontró con un cortejo fúnebre que acompañaba a una viuda, cuyo hijo único llevaban a enterrar. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre1. En las almas se obra con frecuencia este milagro: muchos que estaban muertos para Dios vuelven a la Vida.


Durante muchos años, Agustín, hijo de Santa Mónica, estuvo alejado de Dios y muerto a la gracia por el pecado. La Santa, cuya memoria hoy celebramos, fue la madre intachable que con ejemplo, lágrimas y oraciones obtuvo del Señor la resurrección espiritual del que sería uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia. La fidelidad a Dios día a día de Santa Mónica obtuvo también la conversión de su marido Patricio, que era pagano, y ejerció una influencia decisiva en todos aquellos que de alguna manera formaban parte del ámbito familiar. San Agustín resume en estas pocas palabras la vida de su madre: «cuidaba de todos como si realmente fuera madre de todos y servía también a todos como si hubiera sido hija de todos»2.


Santa Mónica estuvo siempre pendiente de la conversión de su hijo: lloró mucho, rogó a Dios insistentemente, y no cesó de pedir a personas buenas y sabias que hablaran con él y trataran de convencerle para que abandonase sus errores. Un día, San Ambrosio, Obispo de Milán, al que había acudido repetidas veces, la despidió con estas palabras que han sido el consuelo de tantos padres y madres a lo largo de los siglos: «¡Vete en paz, mujer!, pues es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas»3. El ejemplo de Santa Mónica quedó grabado de tal modo en el ánimo de San Agustín que años más tarde, quizá recordando a su madre, exhortaba: «procurad con todo cuidado la salvación de los de vuestra casa»4.


La familia es verdaderamente el lugar adecuado para que los hijos reciban, desarrollen, y muchas veces recuperen, la fe. «¡Qué grato es al Señor ver que la familia cristiana es verdaderamente una iglesia doméstica, un lugar de oración, de transmisión de la fe, de aprendizaje a través del ejemplo de los mayores, de actitudes cristianas sólidas, que se conservan a lo largo de toda la vida como el más sagrado legado! Se dijo de Santa Mónica que había sido dos veces madre de Agustín, porque no solo lo dio a luz, sino que lo rescató para la fe católica y la vida cristiana. Así deben ser los padres cristianos: dos veces progenitores de sus hijos, en su vida natural, y en su vida en Cristo y espiritual»5. Y tendrán un doble premio del Señor y una doble alegría en el Cielo.


II. Nunca debe desfallecer la oración por los hijos: es siempre eficaz, aunque a veces, como en la vida de San Agustín, tarden algún tiempo en llegar los frutos. Esta oración por la familia es gratísima al Señor, especialmente cuando va acompañada por una vida que procura ser ejemplar. San Agustín nos dice de su madre que también «se esforzó en ganar a su esposo para Dios, sirviéndose no tanto de palabras como de su propia vida»6; una vida llena de abnegación, de alegría, de firmeza en la fe. Si queremos llevar a Dios a quienes nos rodean, el ejemplo y la alegría han de ir por delante. Las quejas, el malhumor, el celo amargo poco o nada consiguen. La constancia, la paz, la alegría y una humilde y constante oración al Señor, lo consiguen todo.


El Señor se vale de la oración, el ejemplo y la palabra de los padres para forjar el alma de los hijos. Junto a una vida ejemplar, que es una continuada enseñanza, los padres han de enseñar a sus hijos modos prácticos de tratar a Dios, muy especialmente en los primeros años de la infancia, apenas comienzan a balbucear las primeras palabras: oraciones vocales sencillas que se transmiten de generación en generación, fórmulas breves, claramente comprensibles, capaces de poner en sus corazones los primeros gérmenes de lo que llegará a ser una sólida piedad: jaculatorias, palabras de cariño a Jesús, a María y a José, invocaciones al Ángel de la guarda... Poco a poco, con los años, aprenden a saludar con piedad las imágenes del Señor o de la Virgen, a bendecir y dar gracias por la comida, a rezar antes de irse a la cama. Los padres jamás deben olvidar que sus hijos son ante todo hijos de Dios, y que han de enseñarles a comportarse como tales.


En ese clima de alegría, de piedad y de ejercicio de las virtudes humanas, en sus muchas manifestaciones de laboriosidad, sana libertad, buen humor, sobriedad, preocupación eficaz por quienes padecen necesidad... nacerán con facilidad las vocaciones que la Iglesia necesita, y que serán el mayor premio y honor que reciban los padres en este mundo. Por eso el Papa Juan Pablo II exhortaba a los padres a crear una atmósfera humana y sobrenatural en la que pudieran darse esas vocaciones. Y añadía: «Aunque vienen tiempos en los que vosotros, como padres o madres, pensáis que vuestros hijos podrían sucumbir a la fascinación de las expectativas y promesas de este tiempo, no dudéis; ellos se fijarán siempre en vosotros mismos para ver si consideráis a Jesucristo como una limitación o como encuentro de vida, como alegría y fuente de fuerza en la vida cotidiana. Pero sobre todo no dejéis de rezar. Pensad en Santa Mónica, cuyas preocupaciones y súplicas se fortalecían cuando su hijo Agustín, futuro obispo y Santo, caminaba lejos de Cristo y así creía encontrar su libertad. ¡Cuántas Mónicas hay hoy! Nadie podrá agradecer debidamente lo que muchas madres han realizado y siguen realizando en el anonimato con su oración por la Iglesia y por el reino de Dios, y con su sacrificio. ¡Que Dios se lo pague! Si es verdad que la deseada renovación de la Iglesia depende sobre todo del ministerio de los sacerdotes, es indudable que también depende en gran medida de las familias, y especialmente de las mujeres y madres»7. Ellas pueden mucho delante de Dios, y delante del resto de la familia.


III. Si fue tan grata a Dios la oración de una madre, Santa Mónica, ¡cómo será la de la familia entera, rezando por unos mismos fines! «La plegaria familiar escribe el Papa Juan Pablo II- tiene unas características propias. Es una oración “hecha en común”, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos (...). A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor promete su presencia: En verdad os digo que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os la otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt 18, 19 ss.)»8. Los miembros de la familia se unen, entre sí y con Dios, con más fuerza mediante la oración en común.


Esta plegaría tiene como contenido esencial la misma vida de familia: «alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversario de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deberán también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y la responsabilidad de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vivificadas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración»9.


El centro de la familia cristiana debe estar puesto en el Señor. Por eso, cualquier acontecimiento o circunstancia que, con solo una visión humana, sería incomprensible es interpretado como algo permitido por Dios, algo que redundará siempre en bien de todos. Así, la enfermedad o la muerte de una persona querida, el nacimiento de un hermano minusválido o cualquier otra prueba son advertidos con relieve de eternidad y no llevan al desaliento o a la amargura, sino a confiar más en el Señor y a abandonarse del todo en sus brazos. Él es Padre de todos.


En el día de hoy pedimos a Santa Mónica la constancia que ella tuvo en la oración y que ayude a todas las familias a conservar ese tesoro de la piedad familiar, aunque en muchos lugares el ambiente y las costumbres que se van extendiendo no sean favorables. Esta situación, por el contrario, nos ha de llevar a todos a un mayor empeño en que Dios sea realmente el centro de todo hogar, comenzando por el nuestro. Así la vida de familia será un anticipo del Cielo.


* Santa Mónica nació en Tagaste (África) el año 331, de familia cristiana. Muy joven, fue dada en matrimonio a un hombre pagano llamado Patricio, del que tuvo varios hijos, entre ellos Agustín, cuya conversión consiguió de la misericordia divina con muchas lágrimas y oraciones. Es un modelo acabado de madre cristiana. Murió en Ostia (Italia) el año 387.



9 de junio de 2020

LA TIBIEZA SAL DESVIRTUADA

— La tibieza.
— La verdadera piedad.
—  Necesidad de la vida interior.

I. El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra1; realizan en el mundo lo que la sal en los alimentos: los preserva de la corrupción y los hace agradables y sabrosos al paladar. Pero la sal se puede desvirtuar o corromper. Entonces es un estorbo. Es, junto al pecado, lo más triste que le puede ocurrir a un cristiano: estar para dar luz a muchos y ser oscuridad; ser un indicador del camino y estar tirado en el suelo; estar puesto para ser fortaleza de muchos y no tener sino debilidad.

La tibieza es una enfermedad del alma que afecta a la inteligencia y a la voluntad, y deja al cristiano sin fuerza apostólica y con una interioridad triste y empobrecida. Comienza esta enfermedad por una voluntad debilitada, a causa de frecuentes faltas y dejaciones culpables; entonces, la inteligencia no ve con claridad a Cristo en el horizonte de su vida: queda lejano por tanto descuido en detalles de amor. La vida interior va sufriendo un cambio profundo: no tiene ya como centro a Jesucristo; las prácticas de piedad quedan vacías de contenido, sin alma y sin amor. Se hacen por rutina o costumbre, no por amor.

En este estado se pierde la prontitud y la alegría en lo que a Dios se refiere, que son características de un alma enamorada. Un cristiano tibio «está de vuelta», es un «alma cansada» en el empeño por mejorar; Cristo está desdibujado en el horizonte de su vida. El alma ve al Señor, en todo caso, como una figura lejana, inconcreta, de rasgos poco definidos, quizá indiferente; y ya no realiza las afirmaciones de generosidad de otros tiempos: se conforma con menos2.

Santo Tomás señala como característico de este estado «una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan»3. Las normas de piedad y de devoción son más una carga mal soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades.

Son muchos los cristianos sumidos en la tibieza, existe mucha sal desvirtuada. Pensemos hoy en la oración si caminamos nosotros con la firmeza que Jesús nos pide, si cuidamos la oración como el tesoro que permite que la vida interior no se pare, si alimentamos nuestro amor. Pensemos si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo.

II. No se puede confundir el estado del alma tibia con la aridez en los actos de piedad producida a veces por el cansancio o la enfermedad, o por la pérdida del entusiasmo sensible. En estos casos, a pesar de la sequedad, la voluntad está firme en el bien. El alma sabe que se encamina directamente a Cristo, aunque esté pasando por un pedregal en el que no encuentra una sola fuente y las piedras dañan sus piernas. Pero sabe dónde está la cima, y se dirige derechamente allí, a pesar del cansancio y de la sed y del mal terreno que pisa.

En la aridez, aunque el alma no tenga ningún sentimiento y parezca trabajoso el trato con Dios, permanece la verdadera devoción, que Santo Tomás de Aquino define como la «voluntad decidida para entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios»4. Esta «voluntad decidida» se vuelve débil en el estado de tibieza: tengo contra ti –dice el Señor– que has perdido el fervor de la primera caridad5, que has aflojado, que ya no me quieres como antes. La persona que mantiene con empeño la oración aun en época de aridez, de falta de sentimientos, se encuentra quizá como quien saca agua de un pozo, cubo a cubo: una jaculatoria y otra, un acto de desagravio... Es trabajoso y cuesta esfuerzo, pero saca agua. En la tibieza, por el contrario, la imaginación anda suelta, no se rechazan con empeño las distracciones voluntarias y prácticamente se abandona la oración con la excusa de que no se saca fruto de ella. Sin embargo, el verdadero trato con Dios, aun con aridez, si así el Señor lo permite, siempre está lleno de frutos, en cualquier circunstancia, si existe una voluntad recta y decidida de estar con Él.

Hemos de recordar ahora, en la presencia de Dios, que la verdadera piedad no es cuestión de sentimiento, aunque los afectos sensibles son buenos y pueden ser de gran ayuda en la oración, y en toda la vida interior, porque son parte importante de la naturaleza humana, tal como Dios la creó. Pero no deben ocupar el primer lugar en la piedad; no son la parte principal de nuestras relaciones con el Señor. El sentimiento es ayuda y nada más, porque la esencia de la piedad no es el sentimiento, sino la voluntad decidida de servir a Dios, con independencia de los estados del ánimo, ¡tan cambiante!, y de cualquier otra circunstancia. En la piedad no debemos dejarnos llevar por el sentimiento sino por la inteligencia, iluminada y ayudada por la fe. «Guiarme por el sentimiento es dar la dirección de la casa al criado y hacer abdicar al dueño. No es malo el sentimiento, sino la importancia que se le señala...»6.

La tibieza es estéril, la sal desvirtuada no vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente7. Por el contrario, la aridez puede ser señal positiva de que el Señor desea purificar a ese alma.

III. Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Y nos encontramos a tantos amigos, compañeros de profesión, familiares, vecinos..., que parecen ir como ciegos detrás de los bienes materiales, que los alejan del verdadero Bien, Jesucristo. Van como perdidos. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego8 no basta saber de oídas, por referencias; para ayudar a quienes tratamos no basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario andarlo, conocer los obstáculos... Es preciso tener vida interior, trato personal diario con Jesús, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

Los primeros cristianos fueron verdadera sal de la tierra, y preservaron de la corrupción a personas e instituciones, a la sociedad entera. ¿Qué ha ocurrido en muchas naciones para que los cristianos den esa triste impresión de incapacidad para frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la familia, la escuela, las instituciones...? Porque la fe sigue siendo la misma. Y Cristo vive entre nosotros como antes, y su poder sigue siendo infinito, divino. «Solo la tibieza de tantos miles, millones de cristianos, explica que podamos ofrecer al mundo el espectáculo de una cristiandad que consiente en su propio seno que se propale todo tipo de herejías y barbaridades. La tibieza quita la fuerza y la fortaleza de la fe y es amiga, en lo personal y lo colectivo, de las componendas y de los caminos cómodos»9. Existen muchas realidades, en el terreno personal y en el público, que se hacen difíciles de explicar si no tenemos en cuenta que la fe se ha dormido en muchos que tenían que estar bien despiertos, vigilantes y atentos; y el amor se ha apagado en tantos y tantos. En muchos ambientes, lo «normal cristiano» es lo tibio y mediocre. En los primeros cristianos lo «normal» era lo «heroico de cada día» y, cuando se presentaba, el martirio: la entrega de la propia vida en defensa de su fe.

Cuando el amor se enfría y la fe se adormece, la sal se desvirtúa y ya no sirve para nada, es un verdadero estorbo. ¡Qué pena si un cristiano fuera un estorbo! La tibieza es con frecuencia la causa de la ineficacia apostólica, pues entonces lo poco que se realiza se convierte en una tarea sin garbo humano ni sobrenatural, sin espíritu de sacrificio. Una fe apagada y con poco amor ni convence ni encuentra la palabra oportuna que arrastra a los demás a un trato más profundo e íntimo con Cristo.

Pidamos fervientemente al Señor esa fuerza para reaccionar. Seremos sal de la tierra si mantenemos diariamente un trato personal con el Señor, si nos acercamos cada vez con más fe y amor a la Sagrada Eucaristía. El amor ha sido, y es, el motor de la vida de los santos. Es la razón de ser de toda vida entregada a Dios. El amor da alas para superar cualquier obstáculo personal o del ambiente. El amor nos hace inconmovibles ante las contrariedades. La tibieza se detiene ante la más pequeña dificultad (una carta que debemos escribir, una llamada, una visita, una conversación, la carencia de algunos medios...): hace una montaña de un grano de arena. El amor de Dios, por el contrario, hace un grano de arena de una montaña, transforma el alma, le da nuevas luces y le abre horizontes nuevos, la hace capaz de más altos empeños y de capacidades desconocidas. El amor no regatea esfuerzos, ni le falta la alegría al llevarlos a cabo.

Al terminar nuestra meditación, acudamos confiadamente a la Santísima Virgen, modelo perfecto de la correspondencia amorosa a la vocación cristiana, para que aparte eficazmente de nuestra alma toda sombra de tibieza. Y le pedimos también a los Ángeles Custodios que nos hagan ser diligentes en el servicio de Dios.

31 de marzo de 2020

VIDA DE PIEDAD

— Los enemigos de la gracia. 
— Tener presente al Señor. «Industrias humanas».
— Vida de piedad. Jaculatorias.

I. Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí –dice el Señor–La Primera lectura de la Misa nos trae un pasaje del Libro de los Números en el que se narra cómo el pueblo de Israel comenzó a murmurar contra el Señor y contra Moisés, porque, aunque habían sido liberados y sacados de Egipto, estaban cansados de caminar hacia la tierra prometida. El Señor, como castigo, envió serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces, el pueblo acudió a Moisés reconociendo su pecado, y Moisés intercedió ante Dios para que les librara de las serpientes. El Señor le dijo: Haz una serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un palo; cuando una serpiente mordía a uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Este pasaje del Antiguo Testamento, además de ser un relato histórico, es figura e imagen de lo que había de tener lugar más tarde con la llegada del Hijo de Dios. En la íntima conversación de Jesús con Nicodemo, hace el Señor una referencia directa a ese relato: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él3. Cristo en la Cruz es la salvación del género humano, el remedio para nuestros males. Fue voluntariamente al Calvario para que el que crea tenga vida eterna, para atraer todo hacia Él.

Las serpientes y el veneno que atacan en todas las épocas al pueblo de Dios, peregrino hacia la Tierra Prometida, el Cielo, son muy parecidos: egoísmo, sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias... La gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos enemigos de siempre. En todas las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados personales.

Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto –como los israelitas mordidos por las serpientes del desierto– en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo elevado sobre la tierra en la Cruz, si deseamos de verdad llegar a la Tierra Prometida, que está al final de este corto camino que es la vida. Y como no queremos llegar solos, procuraremos que otros muchos miren a Jesús, en quien está la salvación. Mirar a Jesús: poniendo ante nuestros ojos su Humanidad Santísima, contemplándole en los Misterios del Santo Rosario, en el Vía Crucis, en las escenas que nos narra el Evangelio, o en el Sagrario. Solo con una gran piedad seremos fuertes ante el acoso de un mundo que parece querer separarse más y más de Dios, arrastrando consigo a quien no se encuentre en tierra firme y segura.

No podemos apartar la vista del Señor, porque vemos los estragos que cada día hace el enemigo a nuestro alrededor. Y nadie está inmune por sí mismo. Vultum tuum, Domine, requiram: Buscaré tu rostro, Señor, deseo verte4. Debemos buscar la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la presencia de Dios a lo largo de nuestra jornada y en la visita al Santísimo Sacramento. Además el Señor, Jesús, no es solo el remedio ante nuestra debilidad, sino que es también nuestro Amor.

II. El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús espera de nosotros que, además de mirarle y tratarle en los ratos dedicados expresamente a la oración, no nos olvidemos de Él mientras trabajamos, de la misma manera que no nos olvidamos de las personas que queremos ni de las cosas importantes de nuestra vida. Jesucristo es lo más importante de nuestro día. Por eso, cada uno de nosotros debe ser «alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios».

Con frecuencia, para tener a Jesús presente durante el día necesitaremos echar mano de esas «“industrias humanas”: jaculatorias, actos de amor y desagravio, comuniones espirituales, “miradas” a la imagen de Nuestra Señora»6, y algunos medios humanos que nos recuerden que ya ha pasado un tiempo (demasiado para el amor) en el que no hemos acudido a Nuestro Señor, a la Virgen, al Ángel Custodio...: siempre son cosas sencillas, pero de una eficacia grande. A todos no ocurre que cuando queremos acordarnos de algo durante el día ponemos los medios para que aquello no se nos olvide. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor, nuestro día se llenará de pequeños recordatorios, de pequeñas ideas que nos llevarán a tenerle presente.

El padre o la madre de familia lleva en el coche una fotografía de la familia para acordarse de ella mientras viaja. ¿Cómo no vamos a llevar una imagen de Nuestra Señora en la cartera o en el bolso, para que al mirarla le digamos: ¡Madre!, ¡Madre mía!? ¿Por qué no tener muy a mano un crucifijo que nos ayude a reparar, a besarlo discretamente, a mirarlo cuando el estudio o el trabajo se haga más costoso?

Esos recordatorios, los recursos para tener presencia de Dios, son innumerables, porque el amor es ingenioso; serán diversos para el médico que va a comenzar una operación, que para la madre de familia que a la misma hora, quizá, comienza a poner en orden la casa. Un día en el Cielo cada uno verá cómo el haber acudido al Ángel Custodio fue una gran ayuda en sus tareas. El conductor de un autobús tendrá sus «industrias humanas» (sabrá muy bien cuándo está más próximo a Jesús porque divisa ya los muros de aquella iglesia), y la costurera, prácticamente en el mismo sitio durante todo el día, tendrá las suyas. Todo hecho con espíritu deportivo y alegre, sin agobios, pero con amor: «Las jaculatorias no entorpecen la labor, como el latir del corazón no estorba el movimiento del cuerpo»7.

Poco a poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño.

III. Muchas veces el Señor se retira a orar, quizá durante horas: por la mañana, muy de madrugada, salió fuera, a un lugar solitario, y allí hacía oración8; pero otras veces se dirigía a su Padre Dios con la oración corta, amorosa, como una jaculatoria: Yo te glorifico Padre, Señor del cielo y de la tierra...9; Padre, gracias te doy porque me has oído...10.

En otros momentos, el Evangelista nos muestra cómo Jesús se conmueve ante las peticiones de los que se le acercan. Son oraciones que también nos pueden servir a nosotros como jaculatorias: el leproso que dice: Señor, si quieres, puedes limpiarme...11; y el ciego de Jericó: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí...12; y el buen ladrón: Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino...13. Jesús, conmovido por estas oraciones llenas de fe, no hace esperar.

En alguna ocasión, estas expresiones nos servirán para pedir perdón, como hizo el publicano que se marchó a su casa justificado: Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador14; o repetiremos con San Pedro, después de las negaciones: Señor, tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo15, a pesar de mis fallos. Otras, nos ayudarán a pedir más fe: Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad16, fortalece mi fe; ¡Señor mío y Dios mío!17, le dice Tomás, cuando Jesús se le aparece resucitado: es un acto formidable de fe y de entrega, que quizá nos enseñaron a repetir en el momento de hacer la genuflexión ante el Sagrario. Existen muchas jaculatorias y oraciones breves que podemos decir desde el fondo de nuestra alma, y que responden a necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando.

En muchos momentos, ni siquiera hace falta pronunciarlas. A veces basta una mirada, o una sola palabra, o un pensamiento un tanto deshilvanado, pero lleno de amor o de desagravio..., una petición que no aflora, pero que el Señor capta enseguida. Para un alma muy unida a Dios, las jaculatorias, los actos de amor, brotan, naturales, casi espontáneos, como un respirar sobrenatural que alimenta su unión con Dios. Y esto en medio de las ocupaciones más absorbentes, porque de todos espera esta vida de oración y de unión con Él.

Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: «Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡Para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase, en esta niñez, impreso el camino de la verdad»18.

Siempre hay ocasión para decir una jaculatoria. La lectura del santo Evangelio, la oración misma, será en muchas ocasiones una fuente de jaculatorias que servirán de cauce para mostrar nuestro amor por Jesús y su Madre Santísima.

Al terminar nuestra oración le decimos, como los discípulos de Emaús: Mane nobiscum, Domine, quoniam advesperascit19. Quédate con nosotros, Señor, porque cuando Tú no estás presente se nos hace de noche. Todo es oscuridad cuando Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, a quien también sabemos dirigir esas jaculatorias y actos de amor: Dios te salve, María... bendita tú entre todas las mujeres.