"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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16 de febrero de 2022

FELICES EN LA TIERRA Y EN EL CIELO

 



Evangelio (Mc 8, 22-26)


Llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó:


—¿Ves algo?


Y alzando la mirada dijo:


—Veo a hombres como árboles que andan.


Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas.


Y lo envió a su casa diciéndole:


—No entres ni siquiera en la aldea.



  • Dios cuenta con quienes nos rodean.
  • La oración ayuda a mirar la realidad.
  • Felices en la tierra y en el cielo.

JESÚS Y SUS DISCÍPULOS «llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque» (Mc 8,22). Los apóstoles Andrés, Pedro y Felipe eran de ese mismo pueblo de pescadores, situado junto al mar de Galilea. Probablemente conocían a aquel ciego y a quienes lo presentaron al Señor. Lo cierto es que no se trataba de un lugar que hubiera manifestado una gran fe en Jesús; de hecho, más adelante, el Señor se lamentará de la respuesta de Corozaín y de Betsaida, a pesar de haber presenciado tantos milagros.


Quizás también nosotros, a pesar de haber visto o experimentado el obrar divino, y de haber escuchado tanto al Señor, podemos tener por momentos una fe débil. Entonces agradecemos que Dios haya puesto a nuestro lado personas, como los amigos de aquel ciego, que de algún modo nos ponen de frente a Jesús, que nos hablan de él con palabras o con obras. Podemos pensar, por ejemplo, en «los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día (...). Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios»1.


«Un día –no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia–, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio»2. Siempre de maneras distintas, es posible que esa escena se siga repitiendo a lo largo de nuestra vida. En efecto, Dios se hace presente en nuestras relaciones y, si estamos atentos, a través de ellas busca sanar nuestra ceguera y fortalecer nuestra fe.


AQUELLA TARDE, Jesús, «tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: —¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: —Veo a hombres como árboles que andan» (Mc 8,22-24). Refiriéndose a aquellos primeros gestos que realiza el ciego de la mano de el Señor –levantar sus ojos de la tierra y ver, al menos, entre sombras– comenta san Jerónimo: «Hermosamente escribió el evangelista: “levantando los ojos”: el que, mientras era ciego, miraba hacia abajo, miró hacia arriba y fue sanado. Y “veo los hombres como árboles, que caminan” equivale a decir: hasta ahora veo solo la sombra, no veo aún la realidad»3.


Para levantar la mirada y descubrir la auténtica realidad, es preciso entrar en caminos de oración. San Josemaría aconsejaba que, como uno de los primeros actos de servicio que se podía ofrecer a quien acudiese a un centro de la Obra en búsqueda de reavivar su vida espiritual, fuese precisamente ayudarle a orar. «Al principio costará; hay que esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y concreta con nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa –aunque no es cosa de sentimientos–, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo. ¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio con Él? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo? En los ratos dedicados expresamente a ese coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece, la inteligencia –ayudada por la gracia– penetra, de realidades sobrenaturales, las realidades humanas»4.


Entonces, como el ciego del Evangelio, levantaremos más y más la mirada hacia el cielo; y los contornos de la realidad serán menos borrosos. «La oración es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada. Como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios»5.


JESÚS, LLENO de paciencia, «le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas» (Mc 8,25). El premio a la piedad que se ha encendido en el ciego de Betsaida será mayor de lo que podía esperar: lo primero que ve, tras la confusión de los árboles, es la mirada del Hijo de Dios. Quizá en unos breves segundos, quien había sido recién curado tuvo un adelanto de lo que nos sucederá a todos en el cielo, tras una vida entera buscando a Dios: «Será el momento de sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría»6.


El camino cristiano, aunque ciertamente se toma con realismo los sufrimientos y dificultades del presente, es un camino alegre, porque mira las cosas desde la perspectiva de Dios y sabe que cuenta con su constante compañía. San Josemaría nos prevenía ante visiones de la lucha que ponen mayor acento en el sufrimiento que en el consuelo de Dios: «El Señor está en la Cruz, pero no como algunos piensan. Algunos, cuando les sobreviene una contradicción, piensan que Jesucristo decía: estoy aquí padeciendo, ¡padeced vosotros!... ¡No! El decía: Yo padezco para que vosotros seáis dichosos. Nos quiere felices en la eternidad y felices en la tierra»7. A nuestra madre, María, le podemos pedir «una fe fuerte, alegre y misericordiosa, que nos ayude a ser santos, para encontrarnos con Ella, un día, en el Paraíso»8.


13 de enero de 2022

DIOS SABE LO QUE ES MEJOR PARA NOSOTROS

 



Evangelio (Mc 1, 40-45)


Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: -Si quieres, puedes limpiarme.


Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: -Quiero, queda limpio.


Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: -Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que le sirva de testimonio.


Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.


Comentario


Ya casi nadie quiere arrodillarse. Muy pocos pueden vislumbrar que, quizá, ese gesto es el único que nos abre la puerta de la esperanza. Y, mucho menos, que posiblemente sea el acto más decente y estimable que podamos realizar en nuestro breve paso por la tierra. Por eso, en el evangelio de hoy aprendemos de un leproso una maravillosa lección evangélica.


El leproso de Galilea sabe que es leproso, asume su condición de descartado y presenta sus heridas a la mirada de Jesús. Es precisamente la aceptación de su miseria la que le lleva a correr para postrarse de hinojos ante el nazareno que, aunque no lo sabía, es el verbo de Dios encarnado.


Porque arrodillarse también implica reconocer que no estoy solo con mis penalidades. Que hay alguien que puede librarme de mi inmundicia. Que hay alguien a quien puedo confiarle mi nada y mi pobreza. Un hombre, una mujer arrodillados son el mejor icono de la esperanza.


Arrodillarse ante Jesús significa que solamente Él justifica mi existencia. Queremos vivir arrodillados siempre: cada mañana y cada noche, nada más levantarnos y antes de acostarnos. Deseamos arrodillarnos también ante el Cuerpo y Sangre todos los días en la misa, cuando resuenan en el templo las campanillas durante la elevación de las sagradas especies. Y también delante del sacerdote en el sacramento de la Penitencia. Como el leproso queremos decir: Si quieres, puedes limpiarme. Porque deseamos escuchar la voz de Cristo, que dice: Sí, quiero, queda limpio.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Dios sabe lo que es mejor para nosotros.

También en las debilidades encontramos al Señor.

El amor es gratuito, no busca poseer.

A LO LARGO de toda la Sagrada Escritura, Dios nos enseña a orar, nos sugiere palabras y disposiciones. En el Evangelio de hoy vemos a un leproso que se acerca a Jesús y, de rodillas, le ruega: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40). Este modo de pedir ayuda a Dios encierra mucha riqueza. El mismo hecho de rezar ya supone que estamos confiando en que Dios quiere ayudarnos; sin embargo, afirmarlo expresamente supone, además, el reconocimiento de que solo él sabe en realidad lo que es bueno para nosotros. Y por la rapidez de la respuesta de Jesús podemos intuir que esa actitud del leproso le ha conquistado: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41). Aunque apenas han intercambiado cuatro palabras, la comprensión entre Jesús y el leproso ha sido total, Dios ha encontrado la puerta abierta en su corazón.


Cuando no exigimos cosas a Dios, como si nuestros designios fueran más sabios que los suyos, nos hacemos capaces de descubrir con mayor profundidad su amor por nosotros. Además, confiados en sus manos y en su sabiduría, nos sentiremos más seguros, comprenderemos nuestra verdadera dignidad: la de ser amados y deseados por Dios, no por lo que hemos hecho, sino por quienes somos, porque hemos salido de sus manos. «La libertad guiada por el amor es la única que hace libres a los otros y a nosotros mismos; la libertad que sabe escuchar sin imponer, que sabe querer sin forzar, que edifica y no destruye»1. Nadie nos conoce tanto como Jesús, y nadie como él se hace cargo de lo que necesitamos en cada instante. Por eso merece la pena pedir su ayuda con la disposición humilde y totalmente confiada de aquel leproso.


SAN JOSEMARÍA comentaba así las palabras del leproso del Evangelio: «Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»2. Y entonces, escuchamos que el Señor quiere. Nos limpia y nos reviste con su traje, con su anillo, convoca a los músicos y mata el ternero cebado. Nos recuerda nuestra dignidad de hijos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle» (Lc 19,22), dice la Sagrada Escritura.


A pesar de todo, puede suceder que tengamos la tentación de querer curarnos nosotros mismos, de considerarnos ya mayores, adultos, que no deberíamos necesitar de otro que nos limpie. Incluso soñamos con no mancharnos y quizás nos molestamos cuando eso sucede. De esta manera, confundimos la verdadera naturaleza de nuestra correspondencia al amor de Dios. Nos llenamos de autosuficiencia, nuestro peor enemigo. «Es el amor de Cristo que nos ha liberado y también es el amor que nos libera de la peor esclavitud: la del nuestro yo»3.


A veces podemos olvidar que el Señor nos espera pase lo que pase, no solo en las victorias. Quizá, confundidos por el desánimo, desaprovechamos esas oportunidades únicas: «¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo dolor, que siento, de haberlo ofendido ¡tantas veces!? ¿Le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes?»4. Para Dios todo lo nuestro es importante, también nuestras derrotas. Él conoce lo grande y sincero que es nuestro deseo de amarle por encima de todo.


«SUS PALABRAS, “si quieres puedes curarme”, eran el testimonio de una voluntad dispuesta a aceptar lo que Jesús quisiera hacer con él. ¡Pero su fe en Jesús no quedó defraudada! Hermanos y hermanas –exhortaba san Juan Pablo II–: ¡que vuestra fe en Jesús no sea menos firme y constante que la de estos personajes de que nos hablan los Evangelios!»5. Le pedimos a Dios que nos de una fe así, queremos descubrir que todo lo recibimos continuamente de Dios.


«Mi pobre corazón está ansioso de ternura –decía san Josemaría– (...). Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!»6. Anhelamos el cariño de Dios, pero alguna vez puede suceder que tratemos de saciar esas ansias en sendas impuras, en donde se mira a los demás no como hijos de Dios que merecen un amor gratuito. Entonces, podemos buscar solo nuestro propio beneficio y nos quedamos todavía más vacíos.


Pidiendo perdón nos abrimos al verdadero amor incondicional de Dios. «Si quieres, puedes curarme». Ahí está la clave del amor puro. «La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya»7. Pidiendo perdón avanzamos por la senda de la santa pureza, que nos permite disfrutar del amor de Dios por cada uno. La Virgen Inmaculada nos ayuda a querer a todos con esa libertad que nos hará pregustar el amor de Cristo.

2 de enero de 2022

PERMANECER EN MI

 



Evangelio (Jn 1,1-18)


En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.


Él estaba en el principio junto a Dios.


Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.


En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.


Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.


Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.


Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.


No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.


El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.


En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.


Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.


Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.


Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,


gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.


Juan da testimonio de él y clama:


“Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.


Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.


Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.


A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.


Comentario


En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.


“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.


A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).


Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley –señala Benedicto XVI–, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor –hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’–, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”[1].


Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”[2].


En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).


PARA TU ORACION 


HEMOS COMENZADO un nuevo año. Jesucristo es el Señor del tiempo, de la historia, y queremos que sea también el centro de nuestras vidas. Se abre una nueva etapa para amar, para servir, para recorrer el camino en su presencia. Nos ilusiona que también este año «todo gire cada vez más en torno a su Persona»[1]. La venida del Mesías «es el acontecimiento cualitativamente más importante de toda la historia, a la que confiere su sentido último y pleno»[2]. Él llena nuestras jornadas y la entera existencia del cristiano. En estos primeros días aprovechamos para confiar a su divina Providencia las ilusiones y esperanzas que tenemos depositadas en el año que iniciamos.


La centralidad de Jesucristo viene formulada por el mismo Jesús, en el evangelio de san Juan, con la expresión «permaneced en mí». El discípulo amado está presente en el cenáculo, junto al Señor, y allí escuchó esa expresión de sus labios: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). El más joven de los apóstoles escribe su evangelio en último lugar: ha tenido más tiempo para reflexionar y madurar el misterio de Cristo. Y después de muchos años, el eco de estas palabras aún le sigue conmoviendo. Por eso encontramos la misma expresión en la primera de sus cartas, que leemos hoy en la liturgia de la Palabra: «Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (1 Jn 2,24). Es lo que sucede entre la vid y los sarmientos: estos reciben de ella toda su vida, sin ella pierden poco a poco la fuerza.


Permanecer, «esa palabra tan querida por el Señor que la repetirá muchas veces… Si permaneces en el Señor, en la Palabra del Señor, en la vida del Señor, serás un discípulo»[3]. Jesús quiere unir su vida con la nuestra; más aún, fusionarla. Permanecer en Él es vivir por él, con él y en él. Decía san Ambrosio: «Recoge el agua de Cristo (...). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (...); y una vez lleno, regarás a los demás»[4].


PARA EL CRISTIANO, «vivir es Cristo. Y si, a veces, por debilidad, cansancio, o por tantas circunstancias de la vida, perdemos de vista esta realidad, Él siempre nos está esperando»[5]. San Josemaría expresaba esta necesidad de unión con Cristo con estas palabras: «Seguir a Cristo –venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19)– es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con Él, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con Él, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20)»[6].


Durante los días de Navidad, al contemplar al Niño recostado en un pobre pesebre, rodeado por el cariño de María, José, y por el calor de unos pocos animales, le mostramos nuestros deseos de amor y de unión con él. Si volvemos los ojos hacia él, tan pequeño y al mismo tiempo Rey del universo, nos sentiremos dulcemente impulsados a perseverar con firmeza durante este nuevo año, durante toda la vida, en la tarea de identificarnos con él: «Amemos a Cristo, busquemos siempre su proximidad, y parecerá fácil todo lo difícil»[7].


Durante una Navidad, san Josemaría le mostraba al Señor sus deseos de unión y de amor: «¡Oh, Jesús –le diré– quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo (...). Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda... que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz»[8].


JUAN BAUTISTA aparece de nuevo en el evangelio de hoy, como sucedió durante el Adviento. Las autoridades del Templo envían a la otra orilla del Jordán sacerdotes y levitas para interrogarlo: «¿Tú quién eres?» (Jn 1,19). Le importunan con muchas preguntas, con la intención de acorralarlo: ¿eres el Mesías, eres Elías, eres un profeta? «¿Qué dices de ti mismo?» (Jn 1,22). Las respuestas del Bautista nos hablan de alguien que tiene la voluntad de Dios como horizonte de la propia vida. «Yo soy la voz que grita en el desierto» (Jn 1,23). Mi única misión –viene a decirles– es preparar a Israel para que reciba de corazón al Redentor.


Permanecer en Jesucristo es estar en comunión con él: que Jesús esté presente en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestro corazón, en nuestras obras. La prueba más evidente de permanecer en Jesucristo es guardar sus palabras y sus mandamientos; él mismo nos ha dicho que quien lo hace «permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 3,24). Le pedimos al Señor el don de que cada uno de nosotros y todos los cristianos respiremos con el Evangelio. «Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar –al hilo de unas palabras de san Josemaría– nuestro examen personal: ¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la boca. Tú –lo pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo–, tú, que por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se repita de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un hijo de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera puedas empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas, nobles, divinas y humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de Cristo, en tu vida ordinaria en medio del mundo?»[9].


Nos alegramos con la Virgen María, feliz al tener en sus brazos al Salvador, fruto de su fidelísima escucha a la Voluntad de Dios. Por ella «el Verbo se ha hecho carne y habitó entre nosotros»[10]. Le pedimos que no nos «falte la fe, ni la valentía, ni la audacia para cumplir la voluntad de nuestro Jesús»[11].

29 de noviembre de 2021

SEÑOR, no soy digno de que entres en mi casa




 Evangelio (Mt 8,5-11)


En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:


— Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.


Jesús le dijo:


— Yo iré y le curaré.


Pero el centurión le respondió:


— Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.


Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:


— En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.


Comentario


En el Evangelio de hoy se nos presenta a un extranjero como modelo de fe. De hecho, se lleva uno de los mayores elogios de Jesús que se recogen en los evangelios: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (v. 10).


El centurión actúa con sencillez: tiene una dificultad y acude a la persona que piensa que puede ayudarle a solucionarla. Pero para arreglar un problema, en primer lugar, es necesario que lo reconozcamos. Y esto, en algunas ocasiones, no nos resulta sencillo.


A veces será porque vamos demasiado deprisa y no nos damos cuenta. Nos falta tiempo y esto, en ocasiones, se puede traducir en que nos cuesta percibir las dificultades de las personas que nos rodean.


También puede ocurrir que hayamos dejado de rezar o que el tiempo que dediquemos a orar no sea de calidad. De esta manera, el problema se nos hace inabordable y preferimos mirar para otro lado, como si el tiempo, por sí solo, solucionara los problemas.


Es verdad que el centurión nos da una lección de fe en el Señor. Pero es una fe que viene precedida de la caridad. De una mirada que sabe detenerse, sin precipitación y con diligencia, para estar en las cosas de los demás.


Quizá por eso le resulta tan lógico acudir al Señor para pedirle un milagro tan grande. Porque sabe que él no tiene esa capacidad de curarle, pero Jesús sí la tiene.


Los deseos del centurión de cuidar de su soldado y de que esté bien, le llevan a abrir su corazón al Señor. En cierta manera, le muestra él mismo su vulnerabilidad: su incapacidad para curarle él mismo y su absoluta necesidad de un milagro por parte de Dios.


PARA TU ORACION PERSONAL


COMIENZA el ciclo litúrgico y recorreremos nuevamente los misterios de la vida de Cristo, sus gozos, sus dolores y su gloria. Empezaremos estos días con la expectación de su Nacimiento, pasaremos después por su Vida, Muerte, Resurrección y Ascensión, hasta que llegaremos finalmente a Pentecostés, momento en que nos envía su Espíritu Santo para así acompañarnos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Sabemos que esta repetición anual de los misterios es mucho más que un recuerdo piadoso: «No es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni la simple conmemoración de una edad pretérita: es más bien Cristo mismo que vive en su Iglesia»[1]. Cada tiempo litúrgico de la Iglesia nos inserta personalmente en un momento o aspecto concreto de la vida del mismo Jesús que pisó las calles de Galilea. Porque «Iesus Christus heri et hodie, Ipse et in saecula» (Hb 13,8): Jesucristo continúa vivo en la tierra y nosotros podemos conocerlo y amarlo; incluso más: podemos vivir en Él.

En estos días de Adviento, en concreto, vivimos realmente la expectación del Mesías. «Ya está a punto de llegar su hora, sus días no tardarán»[2], repite la Iglesia. Una vez más, Jesús viene a nuestro mundo, se hace presente en nuestras vidas. Viene con el deseo de caminar junto a nosotros por los senderos de la Historia. Él quiere que le hagamos partícipe de nuestras alegrías, que le confiemos nuestras penas; desea poder consolarnos y darnos la fuerza necesaria para llevar adelante la misión de cada día. Podemos agradecerle este aspecto de su vida que viviremos estos días: que Dios se haya hecho hombre para que nosotros podamos ser hijos de Dios y para contar con su compañía.


ALGUNAS PERSONAS que estuvieron con Jesús cuando Él pasó haciendo el bien por nuestro mundo nos pueden enseñar cómo tratar al Maestro. «Al entrar [Jesús] en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: –Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,5-6). La liturgia de hoy nos ofrece este episodio de la vida del Señor para nuestra consideración. Aquel buen hombre, un gentil, sufre por la enfermedad de un criado a quien estima de verdad. Ante la amarga impotencia de no ser capaz de ayudarlo, reacciona en manera sabia y humilde, llena de fe: va en busca de Jesús y con sinceridad le expone su tristeza. No es necesario que pida nada, le basta con contarle su situación, con abrir su alma.

Nosotros también tenemos nuestras dificultades y tristezas; tenemos también amigos que queremos que sean curados y queremos nosotros mismos sentir cerca la mano del Señor. Por eso reaccionamos confiadamente, como lo hizo este centurión, y acudimos a Jesús. Es bueno recordar cuánto le necesitamos y cómo desea ardientemente ayudarnos. Es muy consolador saber que, en cualquier momento, podemos dirigirnos a Él con total sencillez: Jesús, tengo unas cuantas cosas que no sé cómo resolver y que me quitan la paz. Tengo fe, pero reconozco que a veces me falta confiar más en ti; todavía tengo que aprender a poner más plenamente mi vida en tus manos.

Hoy queremos imitar al centurión del evangelio y abrir al Señor nuestro corazón. Permaneciendo en silencio, en diálogo con Jesús, le presentamos nuestra vida y nuestras necesidades. Y nos quedamos tranquilos, sabiendo que ahora él también se ocupa de ellas.


«SEÑOR, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». ¡Cómo nos conmueve siempre volver a contemplar la fe del centurión! Una fe que dejó admirado a Jesús mismo, quien la alabó: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mt 8,6). Una fe grande y, a la vez, humilde y sencilla, expresada en unas palabras que la liturgia pone cada día en nuestros labios antes de recibir la sagrada Comunión.

Nosotros podemos acercarnos diariamente a Jesús en la Eucaristía, y nos gustaría hacerlo con la misma confianza en el poder del Señor y con la misma humildad que observamos en este personaje del evangelio. «No comprendo –decía san Josemaría– cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón»[3].

En la Eucaristía y en la intimidad del corazón podemos alimentar nuestra amistad con Jesús. Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos con su gracia, alegrarnos con su presencia y darnos a conocer su amor por nosotros. Aunque a veces no podamos acercarnos físicamente a Jesús Sacramentado, siempre podemos encontrarnos con Dios al recogernos en el silencio de nuestro corazón, como lo hizo tantas veces nuestra Madre, santa María (cfr. Lc 2,19). En el umbral de este año litúrgico que comienza, podemos pedirle a Ella su compañía para adentrarnos en cada momento de la vida de su Hijo.


[1] Pío XII, encíclica Mediator Dei, n. 205.

[2] Liturgia de las Horas, lunes de la I semana de Adviento, hora nona, lectura breve (cfr. Is 14,1).

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 154.

11 de octubre de 2021

SANTO SIN ORACION IMPOSIBLE SANTIDAD


 Evangelio (Lc 11, 29-32)


Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: —Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.


Comentario


“Esta generación es una generación perversa, buscan una señal”. Lo que les reprocha el Señor no es que pidan un signo. El Antiguo Testamento está llenos de signos que muestran el cuidado de Dios por su pueblo: el paso del mar rojo, las tablas de la ley, el arca de la alianza, etc. Los signos son buenos. Jesús les llama generación perversa porque tienen el corazón endurecido, porque no están dispuestos a escuchar. Porque la soberbia les ciega. Porque no son capaces de reconocerle por medio de los signos que realiza. En concreto del último que ha realizado que es la curación de un endemoniado (cfr. Lucas 11, 14-23).


Por eso les dice que la única señal que se les dará es la señal de Jonás. Jonás fue enviado a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, la ciudad más importante del imperio Asirio. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3, 4). Y los habitantes de Nínive hicieron caso al profeta Jonás: “Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño” (Jonás 3, 5). Tenían un corazón sensible dispuesto a abrirse a Dios, aunque estaban lejos de Él.


Jesús les pide ser escuchado por la autoridad con la que les habla y por los signos que va haciendo cuando va recorriendo las distintas ciudades.


Jesús nos pide que sepamos escuchar, que tengamos un corazón abierto a todo lo que nos viene de Dios. Que sepamos escucharle cuando nos habla a través de su palabra o a través de una lectura o a través de otra persona o a través de una situación por la que atravesemos, etc. En definitiva, que sepamos descubrir cuando se dirige a nosotros para guiarnos en el camino de la vida hacia la santidad.


Contamos con la fuerza poderosa del Espíritu Santo que cuando encuentra un corazón dispuesto se vuelca con sus dones y le conduce por los caminos de Dios.


Nos pide Jesús que nos fiemos de y vivamos de su palabra, como hizo la Virgen. Justo antes de este episodio se lee aquella alabanza preciosa de Jesús a su Madre: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11, 28). Esa fue la actitud de la Virgen durante toda su vida. El Papa Benedicto XVI describió esta actitud de María con palabras muy bellas: “la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual entra y sale con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios: la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya y su palabra nace de la Palabra de Dios”[1].

PARA TU RATO DE ORACION

“¿Santo, sin oración?”

Si no tratas a Cristo en la oración y en el Pan, ¿cómo le vas a dar a conocer? (Camino, 105)

Me has escrito, y te entiendo: "Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)


¿Santo, sin oración?... -No creo en esa santidad. (Camino, 107)


Te diré, plagiando la frase de un autor extranjero, que tu vida de apóstol vale lo que vale tu oración. (Camino, 108)


Deseo que tu comportamiento sea como el de Pedro y el de Juan: que lleves a tu oración, para hablar con Jesús, las necesidades de tus amigos, de tus colegas..., y que luego, con tu ejemplo, puedas decirles: «respice in nos!» –¡miradme! (Forja, 36)


Cuenta el Evangelista San Lucas que Jesús estaba orando...: ¡cómo sería la oración de Jesús!


Contempla despacio esta realidad: los discípulos tratan a Jesucristo y, en esas conversaciones, el Señor les enseña –también con las obras– cómo han de orar, y el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos dirigirnos a Él, como un hijo habla a su Padre. (Forja, 71)


Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor.


–¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás! (Forja, 72)


Orar. En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña cómo podemos relacionarnos con nuestro Padre Dios. Esta experiencia de la oración la han tenido miles de personas a lo largo de los siglos, pero en ocasiones no sabemos cómo dirigirnos a Dios o no tenemos certeza de que nos atienda.


“Para escuchar al Señor, es necesario aprender a contemplarlo, a percibir su presencia constante en nuestra vida; es necesario detenerse a dialogar con Él, dejarle espacio en la oración. Cada uno de nosotros, también vosotros muchachos, muchachas, jóvenes, tan numerosos esta mañana, debería preguntarse: ¿qué espacio dejo al Señor? ¿Me detengo a dialogar con Él? Desde que éramos pequeños, nuestros padres nos acostumbraron a iniciar y a terminar el día con una oración, para educarnos a sentir que la amistad y el amor de Dios nos acompañan. Recordemos más al Señor en nuestras jornadas”. Papa Francisco, audiencia 1 de mayo de 2013.


Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios. Por la creación, Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le ha creado y le busca.

Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Dios es el que toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle, de hablarle, de compartir con Él nuestra vida. La persona que reza, que se dispone a escuchar a Dios y a hablarle, responde a esa iniciativa divina.

Cuando rezamos, es decir, cuando hablamos con Dios, el que ora es todo el hombre. Para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces): Es el corazón el que ora.

El corazón es nuestro centro escondido, sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro con Dios, de la relación entre Dios y cada uno de nosotros personalmente.

La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar y aprender a orar. Aprendemos a hablar con Dios a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los Evangelios y, sobre todo, imitando el ejemplo de Jesús. Catecismo de la Iglesia Católica, nn 2559-2564

Textos de san Josemaría para orar

“Minutos de silencio”. —Dejadlos para los que tienen el corazón seco. Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos. Camino, 115

Que no falten en nuestra jornada unos momentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios, elevando hacia El nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los labios, porque cantan en el corazón. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en gracia. Amigos de Dios, 249

Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: “me falta tiempo” —cuando lo estás perdiendo continuamente—; “esto no es para mí”, “yo tengo el corazón seco”... La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada. Surco, 464

Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada. Amigos de Dios, 238

Hacer Oración es hablar con Dios como conversas con tu mejor amigo. En esta columna te dejaré unos textos unas ideas, para que hables con Él todos los días, para que aprendas a hacer Oración durante unos 15´o media hora.


"Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.


En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!". Camino 91 Pues: “¿Santo, sin oración?... -No creo en esa santidad.” San Josemaría Camino 107


(*) CAMINO


¿CÓMO HACER UN RATO DE ORACIÓN?


Todos los días, si puedes delante del Sagrario o en un lugar tranquilo sin que nadie te moleste, ponte en presencia de Dios y comienza a conversar con Él unos 10, 15 o 30 minutos, siempre un tiempo fijo y a hora fija. “–Tiempo fijo y a hora fija. –Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin mortificación es poco eficaz.” (Surco, 446)


ORACIÓN PASO A PASO:


1° PASO: REALIZA UN ACTO DE PRESENCIA DE DIOS: Se trata de rezar una Oración corta, para ser consciente de que estas delante de Dios. Rézala despacio sabiendo que dices y a quien se lo dices, es la antesala de este rato de oración:


Señor mío y Dios mío


creo firmemente que estás aquí,


que me ves, que me oyes


Te adoro con profunda reverencia.


Te pido perdón de mis pecados,


y gracia para hacer con fruto


este rato de oración.


Madre mía Inmaculada


San José mi padre y Señor.


Ángel de mi guarda,


Interceded por mí.


2° PASO; COMIENZA CON ACTOS DE FE Y CUENTALE AL SEÑOR TUS COSAS DEL DIA: 


Una vez hecha esta introducción, dile a Jesús, abiertamente que crees en Él, en su Amor, Imagínate que están con vos la Trinidad del cielo Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que a tu lado se sienta María y José en nuestra, que tu corazón se vaya hacia lo que nos dice el papa.


Y luego háblale, como si fuera una conversación con tu mejor amigo, de lo que estás haciendo en tu vida, de lo que llevas entre manos… tus trabajo, de tus estudios de tu familia, tus amigos, tus colegas… conversa con Él de tus avatares cotidianos, … habla con Él.. de Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones... Amor y desagravio.


En este momento puedes hacer un poco de examen de cómo van las cosas. Algunas veces no me doy cuenta de tantas cosas buenas que podía -y debía- haber hecho, y que he dejado de hacer por comodidad, por vergüenza, o por falta de presencia de Dios. Ahora delante de Él puedo preguntarme: ¿qué he hecho bien hoy?, ¿qué he hecho mal?, ¿qué cosas podría hacer mejor? ¿Me he comportado como esperabas de mí?.


3° PASO; ECHALE LEÑA AL FUEGO.


Si has hecho todo lo que te he dicho en el segundo punto seguramente llevarás ya unos siete o más minutos charlando con Dios. Quizá cuando pasan diez minutos, notas que tu conversación con Él se hace más torpe, que te cuesta fijar la atención, que ya no sabes que más decirle, que se secan las ideas, y no sabes que más contarle… notas que las llamas de esta hoguera que es la oración, la conversación entre tú y Él se van apagando… ahí es donde puedes empezar a leer los textos que te propongo día a día en esta WEB “Un rato de oración”.


Estos textos serán como ramas, como leña que vas echando a la hoguera de la oración para que no se apague.


¿Cómo hacerlo? Quizá primero puedes leer el evangelio de hoy e intenta descifrar que quiere decirte Jesús.


Pregúntate ¿Qué quieres hacerme ver con este evangelio que acabo de leer?


Luego te dejo los textos escritos por varios autores como San Josemaría, y otros santos de la Iglesia universal así como de autores actuales como Jacques Philippe, Justo Luis Sánchez de Alba, o el padre Francisco Fernández de Carvajal de su Libro "Hablar con Dios" para que las pienses, para que le saques jugo al tema que ellos te propone, para que te enfrentes con estas cuestiones y veas tu comportamiento actual al verte reflejado en este espejo.


Al leer estos textos iras descifrando en tu interior cosas buenas y no tan buenas, y de ahí puedas sacar una conclusión, un propósito de mejora referente al tema que te propone. No quieras cambiar en un momento, ves cambiando pocas cosas.


Es como cuando un comerciante hace balance de caja después de una jornada de trabajo, ve que cosas van bien, que cosas no han funcionado y que debe hacer mañana para que todo esté en orden. Y se marca un objetivo de mejora.


Conversa estas cosas que te nacen en tu corazón, sobre esto que lees, te recomiendo que no solamente leas y hables, cállate estate en silencio… el SILECIO te ayudará a oír, con más calidad que tu música mp3, a Jesús que te dice lo que quiere de ti en estos asuntos.


Cuando lleves así, haciendo “Un rato de oración”, sin darte cuenta ya han pasado estos minutos que te habías fijado y es el momento de decirle a Jesús “hasta luego, nos vemos mañana”. Tu oración siempre con el tiempo que has determinado, “Ni más tiempo por consolación, ni menos por aridez”.


4° PASO: ES EL MOMENTO DE TERMINAR. 


Ponte de rodilla y dile a Jesús estas palabras:


Te doy gracias, Dios mío,


por los buenos propósitos,


afectos e inspiraciones


que me has comunicado en esta meditación


Te pido ayuda para ponerlos por obra.


Madre mía Inmaculada,


San José mi Padre y Señor,


Ángel de mi guarda, interceded por mí.


Acabada esta oración a la calle, a casa, al deporte, a divertirte, al trabajo… con el depósito lleno de Amor de Dios; para llevar la alegría de ser hijo de Dios por todos los caminos divinos de la tierra: en tu universidad en tu oficina o taller, en tu ambiente, en tu profesión, en tu diversión… en todo lo que hagas con tus amigos, con tu familia. Ahí es donde serás Santo pero para eso necesitas la fuerza de “un rato de oración”

¿Cómo rezaba Jesús?

En el Nuevo Testamento el modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.


Jesucristo nos da testimonio de que está en continua comunicación con su Padre y nos invita a hacerlo. En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, como hijos que hablan con su Padre.


La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magnificat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe, por eso nuestra Madre es también modelo de oración, de persona atenta a lo que Dios le quiere decir para responderle.


El Evangelio de san Lucas nos ha transmitido tres parábolas en las que Jesús habla de la oración:


- “El amigo importuno” , que invita a una oración insistente. “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le dará todo lo que necesite”.


- “La viuda importuna”, está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe.


- “El fariseo y el publicano” se refiere a la humildad del corazón que ora: “Oh Dios, ten compasión de mi que soy un pecador”. Catecismo de la Iglesia Católica, 2566-2567; 2613-2622


Textos de san Josemaría para orar


Son tantas las escenas en las que Jesucristo habla con su Padre, que resulta imposible detenernos en todas. Pero pienso que no podemos dejar de considerar las horas, tan intensas, que preceden a su Pasión y Muerte, cuando se prepara para consumar el Sacrificio que nos devolverá al Amor divino. En la intimidad del Cenáculo su Corazón se desborda: se dirige suplicante al Padre, anuncia la venida del Espíritu Santo, anima a los suyos a un continuo fervor de caridad y de fe. Amigos de Dios, 240


Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones. Amigos de Dios, 253

Habla Jesús: “Así os digo yo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Haz oración. ¿En qué negocio humano te pueden dar más seguridades de éxito? Camino, 96

Cómo enamora la escena de la Anunciación. —María —¡cuántas veces lo hemos meditado!— está recogida en oración..., pone sus cinco sentidos y todas sus potencias al habla con Dios. En la oración conoce la Voluntad divina; y con la oración la hace vida de su vida: ¡no olvides el ejemplo de la Virgen! Surco, 481



13 de septiembre de 2021

DESCUBRIR LA VOLUNTAD DE DIOS EN LA ORACION

 



Evangelio (Lc 6, 12-19)


Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.


A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.


Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.


Comentario


Las decisiones importantes no se improvisan de un día para otro. Jesús sabía que esos apóstoles estaban llamados a formar su Iglesia y a difundir el Evangelio por todo el mundo. Por eso se pasa toda la noche en oración, implorando a su Padre Dios que le ayudara a elegir correctamente. Lo mismo haría años después en el huerto de los Olivos, pidiendo fuerzas para cumplir la voluntad de su Padre.


Es en la oración, en ese diálogo cara a cara con Dios, donde también nosotros maduramos las decisiones que marcarán nuestra vida. ¿Qué querrá el Señor de mí? ¿Cómo puedo afrontar esta situación? ¿Qué me estará queriendo decir con esto que me acaba de ocurrir? Las grandes preguntas que podamos plantearnos encuentran su respuesta en esos momentos de intimidad con Jesús.


Sin embargo, el trato con Dios no se limita solamente a hablar con él de esas grandes cuestiones: a un padre le interesan hasta las cosas más pequeñas de su hijo. Por eso, procuramos hablar con el Señor de lo que nos ronda en el corazón y en la cabeza: ilusiones, preocupaciones, alegrías, miedos, dudas…


De este modo, el cristiano convierte todo su día en oración. Sabe dirigirse constantemente a Jesús ante las cosas que le ocurren. Aprende a alegrarse ante una buena noticia junto a él, a sufrir también con él cuando tiene una contrariedad, a consolarle cuando presencia el pecado… Y así, afrontará cada jornada sintiéndose mirados por Dios en cada momento.


PARA TU RATO DE ORACION


Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!" (Camino, 91)


Una oración al Dios de mi vida (Ps XLI, 9.). Si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es un acto que se cumple y luego se abandona. El justo encuentra en la ley de Yavé su complacencia y a acomodarse a esa ley tiende, durante el día y durante la noche (Ps I, 2.). Por la mañana pienso en ti (Cfr. Ps LXII, 7.); y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso (Cfr. Ps CXL, 2.). Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración (Cfr. Dt VI, 6 y 7.).


(...) La vida de oración ha de fundamentarse además en algunos ratos diarios, dedicados exclusivamente al trato con Dios; momentos de coloquio sin ruido de palabras, junto al Sagrario siempre que sea posible, para agradecer al Señor esa espera –¡tan solo!– desde hace veinte siglos. Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente.


Gracias a esos ratos de meditación, a las oraciones vocales, a las jaculatorias, sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones –aun las más pequeñas– se llenarán de eficacia espiritual.


Por eso, cuando un cristiano se mete por este camino del trato ininterrumpido con el Señor –y es un camino para todos, no una senda para privilegiados–, la vida interior crece, segura y firme; y se afianza en el hombre esa lucha, amable y exigente a la vez, por realizar hasta el fondo la voluntad de Dios. (Es Cristo que pasa, 119)


La oración es y será siempre la primera arma para conseguir el don divino de la unión de los cristianos. Hemos procurado utilizarla especialmente en las últimas semanas, con ocasión del octavario por la unidad, que en este año —dedicado a San Pablo— ha tenido especial relevancia. En el Opus Dei, además, como recomendaba San Josemaría, todos los días rezamos pro unitate apostolatus , pidiendo a Dios que los que invocan el nombre de Jesucristo, y lo reconocen como Señor, lleguen cuanto antes a formar un solo rebaño bajo un solo pastor [1] .

Ahora deseo recordaros que, junto con la oración, toda la labor apostólica —también, por tanto, el trabajo en favor de la unidad de los cristianos— ha de ir acompañada por la expiación alegre y generosa, que nos une estrechamente a Jesucristo. No olvidemos que, en la Cruz, Nuestro Señor nos ha redimido de nuestros pecados y nos ha abierto el camino para identificarnos con Él.

Nuestro Padre solía repetir que la mortificación es «la oración de los sentidos» [2] . Hemos de amar a Cristo en la Cruz y compartir con Él nuestras pequeñas y grandes contrariedades —además de la penitencia personal voluntaria—, felices de poder colaborar, como enseña el Apóstol, en el crecimiento del Cuerpo Místico: ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia [3] .

En muchos lugares no se comprende el valor de purificación y corredención que entraña el dolor aceptado y ofrecido en unión con Jesucristo. Resulta actualísima la consideración de San Josemaría en una de la estaciones del Via Crucis : « Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural. ¡Hasta quitan las cruces que plantaron nuestros abuelos en los caminos...!» «En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra : allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección» [4] .

Carta Javier Echevarria