"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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18 de noviembre de 2021

Pedro al timón, Dios en la barca: unión con el Papa

 



Evangelio (Mt 14, 22-33)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


— ¡Es un fantasma! -y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


— Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


— Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven, le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


— ¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


— Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


— Verdaderamente eres Hijo de Dios.


Comentario


En su vida sobre la tierra, Jesús siempre encontraba tiempo para rezar, incluso cuando los planes parecían complicarse. En la escena que contemplamos hoy se ve como, con divina astucia, manda a los discípulos que se suban a la barca y le precedan, mientras él despide a la muchedumbre. Pero su verdadero propósito era estar a solas con su Padre.


Lo que sigue en aquella noche es una clase de fe que tiene como protagonista a Pedro.


Los discípulos estaban luchando con el viento contrario y un mar agitado. Es lo que ocurre cuando nos alejamos del Señor y nos encontramos sacudidos por las olas de la incertidumbre y del desaliento.


Es algo que Dios había previsto para volver a encontrarnos: “No tengáis miedo, Yo soy”, dice utilizando el nombre que Dios había revelado a Moisés en el monte Sinaí (Ex 3,14). En este momento Pedro, con su gran fe, toma la iniciativa loca de ir hacia el Maestro: “Manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.


Lo había aprendido de Él: “En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido” (Mc 11,23). Lo que aquí pide Pedro no es que un monte se eche al mar, sino volver a Jesús en un momento de dificultad. Y así, delante de los ojos asombrados de sus compañeros, empieza su paseo sobre las aguas.


¡Qué alegría la de Jesús al ver este acto de fe profunda del príncipe de los apóstoles! Los actos de fe son una de las cosas que vuelven loco a Jesús: “¡Qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).


Pero faltaba algo a esta demostración de fe y Pedro empieza a hundirse... hasta que grita: “¡Señor, sálvame!”.


La verdadera fe no es fruto de nuestra fuerza, sino algo que viene de la mano de Dios, si le suplicamos y nos abandonamos en Él. Y “al instante Jesús alargó la mano” y le sujetó” diciéndole “hombre de poca fe”. El tono de estas palabras no sería de decepción sino de ánimo: “Pedro, he admirado tu acto de gran fe, pero no olvides que sin mí nada puedes”. Y enseguida se calmó el viento.


Hoy es un buen día para agradecer a Dios el fundamento de fe que nos ha dado en Pedro, para dirigir, a través del Papa, la barca de la Iglesia.


PARA TU ORACION PERSONAL


Termina una jornada agotadora para Jesús. Tanta gente ha venido a escucharlo, que tuvo que hablar desde la barca de uno de sus discípulos. Les relató varias parábolas: el sembrador, la lámpara encendida, el grano de mostaza… Una vez despedida la multitud, parten hacia la orilla oriental del lago de Tiberíades, quizá a bordo de la misma embarcación. Sopla una brisa suave. No es el mejor momento para descansar, pero Jesús encuentra un cabezal en la popa y se deja vencer por el sueño. Tiene plena confianza en las manos expertas de sus apóstoles para atravesar las aguas.


Al poco tiempo, el mar se desata: la brisa se transforma poco a poco en viento fuerte y asistimos al relato de una nueva parábola, hecha esta vez no con palabras, sino en vivo y en directo. Los evangelios nos hablan de una gran tempestad que amenaza con hundir la barca (cfr. Mc 4,37). Por la situación geográfica de esa zona, no es algo infrecuente: el lago está bordeado por montañas en el norte y se encuentra en una depresión de doscientos metros bajo el nivel del mar. Suele ocurrir cuando cae la tarde y el viento golpea enfurecido desde el oeste, agitando las aguas.


A bordo, no en la orilla


Muchos padres de la Iglesia han visto en la barca sacudida por las olas y el viento una imagen de la Iglesia. «El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los apóstoles»[1]. En su última audiencia general, a la vuelta de casi ocho años como sucesor de Pedro, Benedicto XVI confesaba haber pasado, junto a los días de sol y de brisa suave, también otros momentos con vientos tempestuosos. «Pero siempre supe –continuaba– que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido»[2].


Esta certeza, que forma parte del claroscuro de la fe, nos impulsa a no mirar la tempestad desde la orilla, como si fuera algo ajeno a nosotros. No se trata de un crucero en el que una parte de la tripulación solo se dedica a mirar: somos pescadores, compañeros de faena de Pedro y de los apóstoles. Somos responsables de ayudar a quienes vienen a bordo, cada uno desde nuestro lugar, también sosteniendo al Papa que nos guía.


Apenas dos semanas después de aquella última audiencia de su predecesor, al terminar sus primeras palabras el día que fue elegido, el Papa Francisco nos recordó que necesita de nosotros, cosa que desde entonces suele hacer con frecuencia: «Ahora quisiera darles la bendición, pero primero, les pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. Les pido la oración del pueblo que pide la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí»[3]. Así nos enseñó también a hacer san Josemaría; desde muy pronto, tenía la ilusión de que todas las personas del Opus Dei y quienes, de un modo u otro, se acercan al calor de esta familia, pudieran rezar diariamente por el Papa, pidiendo concretamente a Dios: que lo cuide, lo anime, lo haga feliz y que le dé fuerza en las tempestades[4].


El amor al Papa, un don que se recibe


Al atardecer del 23 de junio de 1946, san Josemaría había llegado a Roma después de varias peripecias, entre las que se contaba otra tempestad marina, esta vez en el Mediterráneo. El piso que sus hijos habían alquilado contaba con una pequeña terraza que se asomaba a Piazza Città Leonina. Desde allí se podían divisar las ventanas de las habitaciones del Papa Pío XII. El fundador del Opus Dei pasó la noche en vela, rezando por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Años más tarde, contaba que algún eclesiástico se burló de ese gesto filial, tal vez por considerarlo ingenuo o inútil: «Se rieron de mí. En un primer momento, esa murmuración me hizo sufrir; después ha hecho surgir en mi corazón un amor al Romano Pontífice menos español –que es un amor, que brota del entusiasmo–, pero mucho más firme, porque nace de la reflexión: más teológico y, por tanto, más profundo»[5].


El amor al Santo Padre, «fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles»[6], va madurando poco a poco, a lo largo de los años. Al inicio seguramente se alimenta de un entusiasmo humano que, con el tiempo, se va tornando «más teológico», más consciente de sus razones, de su importancia y de su carácter sobrenatural, difícil de explicar solo con parámetros humanos.


San Josemaría vivió bajo la guía de diversos Papas. Cuando era pequeño, san Pío X gobernaba la Iglesia y a él debe la gracia de haber recibido tan temprano su primera comunión. Después, decidió hacerse sacerdote cuando el Papa era Benedicto XV. El Opus Dei nació bajo el pontificado de Pío XI y recibió la aprobación definitiva de manos del venerable Pío XII, que fue el primer Papa con quien san Josemaría se encontró personalmente. San Juan XXIII lo recibió varias veces, mostrándole un cariño paternal, y de san Pablo VI fueron «las primeras palabras de cariño y afecto»[7] que encontró al llegar a Roma. El fundador del Opus Dei recogió en Camino algo que Dios le había regalado desde su juventud y que sería un hilo conductor durante todos estos pontificados: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón»[8].


Aquellas palabras nos sugieren que el amor al Romano Pontífice es algo que no controlamos necesariamente con nuestra fuerza de voluntad, con una convicción puramente teórica o con una natural simpatía. Con esta breve oración san Josemaría agradece este amor como un don de Dios, como algo recibido gratuitamente. Así se explica mejor lo que aprendió de su primera noche romana: a querer al Papa con un amor recibido de Dios, que no está a merced de las tempestades, que no depende de una mayor o menor afinidad. La misma mañana del día de su fallecimiento, el fundador del Opus Dei pidió que una persona cercana a Pablo VI le trasmitiera el siguiente mensaje: «Desde hace años, ofrezco la santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea»[9].


San Josemaría, santa Catalina, san Ireneo…


En la sede central del Opus Dei, en Roma, una pequeña arca de plata guarda una reliquia de santa Catalina de Siena. Sobre un esmalte de la urna, puede leerse, en latín: «Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice». La santa del siglo XIV había escrito en una de sus cartas, refiriéndose al Papa: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del cielo, sea reverencia, sea vituperio»[10]. También pedía en otra: «Humildemente quiero que pongamos la cabeza en el regazo de Cristo en el cielo con afecto y amor, y de Cristo en la tierra, que hace sus veces, por reverencia a la sangre de Cristo, de la que él tiene las llaves»[11].


Esta convicción sobre la figura del Romano Pontífice –rodeado, en aquel siglo, de complicadas tormentas– permitía a santa Catalina hacerse cargo de la inmensa responsabilidad que pesa sobre los hombros de los Papas, y la llevaba a cultivar una intensa oración de intercesión por ellos. San Josemaría, lector de los escritos de la santa de Siena, decía también: «Mil veces me cortaría la lengua con los dientes y la escupiría lejos, antes de pronunciar la menor murmuración de quien más amo en la tierra, después del Señor y de Santa María: il dolce Cristo in terra, como suelo decir, repitiendo las palabras de santa Catalina»[12]. Esta actitud es todo lo contrario a hablar negativamente en público sobre el Papa o a menoscabar la confianza en él, tampoco en casos en los que no se comparta algún criterio personal concreto. Si esto último llegase a suceder, es debido al menos un «asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad»[13] a sus enseñanzas.


Los testimonios de esta unión con el Papa en las vidas de los santos son tan numerosos como los mismos santos. Por mencionar tan solo uno más, podemos pensar que mil años antes, en los albores del cristianismo, san Ireneo sentía la urgencia de rogar por la unidad con quien estaba al mando de la Iglesia de Roma. Ya en aquellos primeros momentos estaba claro que solamente «en ella, todos los que se encuentran, en todas partes, han conservado la tradición apostólica» [14].


Podríamos decir, en fin, que la barca de la Iglesia tiene un sistema de orientación con tres fuentes: primero Cristo que, aunque a veces duerma, está presente en cada parte y en cada tripulante; después, María, como estrella que permanece iluminándonos, aunque las olas sean grandes; y, después, Pedro, al mando del timón por mandato del mismo Jesús. «Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?»[15].


Orar en medio de olas y vientos


Al meditar sobre esta tempestad en el lago de Tiberíades, san Agustín exhortaba a la confianza en quien de verdad gobierna no solo la barca, sino el mundo entero: «Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo, ¿y tú estás sordo? El viento amaina, ¿y tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón»[16].


Nada escapa de los planes providentes de Dios: tampoco los vientos ni las olas. «“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga»[17]. Pero para que esa convicción eche raíces en nosotros es necesario entrar en su lógica a través de una vida contemplativa, de una vida de oración que se abra a las acciones de Dios, muchas veces sorprendentes para nosotros. Tendremos que desprendernos de la tentación de querer tomar el timón en nuestras manos. «El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros –decía san Josemaría– una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo»[18].


Hasta el sueño de Jesús en la barca es redentor. Esa aparente inactividad es su modo habitual de actuar: él apela a nuestra libertad; nos implica en la misión maravillosa de llevar a los hombres el amor infinito de su Padre. Su corazón está siempre atento, «no dormita, no se duerme el guardián de Israel» (Sal 121,4). Aunque a veces no comprendamos sus tiempos o sus modos –su paciencia–, podremos siempre acabar diciendo de él que, «a la vez que calmó la tempestad de las aguas, calmó también la tempestad de las almas»[19].


29 de junio de 2021

San Pedro y San Pablo


 

Evangelio (Mt 16,13-19)


Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:


—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?


Ellos respondieron:


—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.


Él les dijo:


—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?


Respondió Simón Pedro:


—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.


Jesús le respondió:


—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.


Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.


Comentario


Durante una de sus largas caminatas con los discípulos, Jesús les interrogó sobre la opinión pública acerca de su Persona. Después de ofrecer varias tentativas de respuesta, el Maestro les pregunta con gran pedagogía qué piensan ellos. Pedro se deja llevar entonces por el ímpetu amoroso y responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). Esta confesión sobre la identidad del Maestro reveló designios divinos sobre la identidad y misión de Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” y “te daré las llaves del Reino de los cielos…” (vv. 18-19).


En el mundo antiguo, era muy común aprovechar la dureza y estabilidad de la roca madre para levantar sobre ella el resto de un muro, de una fortaleza, conectando así la obra natural con la arquitectónica. Y las ciudades antiguas estaban rodeadas de murallas y puertas de acceso, que se podían abrir y cerrar con llaves. Tener las llaves de una ciudad era ostentar el poder de decidir quién podía entrar o salir y cuándo. Por eso, el símbolo de la rendición de un enclave o plaza fuerte solía ser la entrega de sus llaves.


Lleno de asombro, Pedro escucharía al Mesías anunciando con solemnidad que él sería como esa roca madre, sobre la que Jesús alzaría su Iglesia; y que tendría el poder sobre las llaves del Reino, para decretar su acceso o vetarlo, influyendo así en el destino de la tierra como en el del mismo Cielo.


Este episodio y el lugar en el que sucedió quedaron grabados en la memoria de los apóstoles y consignado en los evangelios. Por voluntad del Señor, Pedro sería el líder de los doce y de la Iglesia, factor de unidad y eficacia para todos. Y los apóstoles, incluso los que habían conocido a Jesús antes que Pedro, los que quizá podrían reflejar mejor disposición o virtud a ojos humanos, asumieron con veneración y respeto esta voluntad del Maestro, como asumieron todas sus demás disposiciones y mandatos.


Más tarde, cuando Pedro negó a Jesús durante la pasión, comprobó que su liderazgo y eficacia eran prestados. Pero después de la Resurrección, esa posición de Pedro sería innegable y admitida por los cristianos, que rezaban juntos por Pedro (cfr. Hch 12). Por eso los cristianos tenemos el amoroso deber de rezar mucho por el Papa, sucesor de Pedro, y respetar su tarea al cuidado de la Iglesia como los apóstoles respetaron la primacía de Simón A este respecto, comentaba san Josemaría: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice-Cristo en la tierra, para el Papa. —Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre”[1].


Cuenta el libro de los Hechos, que Dios eligió también como Apóstol a un joven fariseo de la tribu de Benjamín: Saulo de Tarso, perseguidor de cristianos. Gracias a la oración de Esteban (cfr. Hch 7,58ss.) y a la fina caridad de Bernabé (cfr. Hch 9,23), Pablo sería admitido en la Iglesia. Pablo era alguien que no conoció en vida a Jesús y que lo odió en sus seguidores. Pero también los apóstoles supieron reconocer humildemente en Saulo los designios sorprendentes de Dios y lo aceptaron como apóstol, igual que ellos, porque también él vio al resucitado y fue enviado a anunciarlo a todas las gentes.


La vida de estos dos grandes apóstoles nos enseña que, a pesar de las limitaciones propias y ajenas, Dios sabe realizar sus designios de amor; su gracia actúa siempre en los corazones. Lo que Dios pide para que haya fruto es la actitud de la Iglesia naciente: perseverar todos juntos en la oración, con María, la Madre de Jesús (cfr. Hch 1,12).



¡Animo! Tú... puedes. -¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde..., con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz? (Camino, 483)


Le dice Pedro: ¡Señor!, ¿Tú lavarme a mí los pies? Respondió Jesús: lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Insiste Pedro: jamás me lavarás Tú los pies a mí. Replicó Jesús: si yo no te lavare, no tendrás parte conmigo. Se rinde Simón Pedro: Señor, no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza.

Ante la llamada a un entregamiento total, completo, sin vacilaciones, muchas veces oponemos una falsa modestia, como la de Pedro... ¡Ojalá fuéramos también hombres de corazón, como el Apóstol!: Pedro no permite a nadie amar más que él a Jesús. Ese amor lleva a reaccionar así: ¡aquí estoy!, ¡lávame manos, cabeza, pies!, ¡purifícame del todo!, que yo quiero entregarme a Ti sin reservas. (Surco, 266)

"Carga sobre mí la solicitud por todas las iglesias", escribía San Pablo; y este suspiro del Apóstol recuerda a todos los cristianos –¡también a ti!– la responsabilidad de poner a los pies de la Esposa de Jesucristo, de la Iglesia Santa, lo que somos y lo que podemos, amándola fidelísimamente, aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida. (Forja, 584)

¿Quién era Pablo de Tarso? San Pablo sufrió persecuciones y conoció su propia debilidad mientras predicaba la fe en el Resucitado. A cambio, no quiso otra cosa que la misericordia de Cristo.


Opus Dei - ¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?San Pablo. Plaza del Vaticano.

En la tarde del 28 de junio de 2008, durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros, el Papa Benedicto XVI proclamó oficialmente la apertura del Año Paulino, que se prolongó hasta el 29 de junio de 2009, fiesta de estos dos Apóstoles.


La Ciudad Eterna, la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo (1), puede considerarse verdaderamente privilegiada, porque ha sido tantorum principum purpurata pretioso sanguine, bañada con la sangre de los Príncipes de los Apóstoles (2).


Durante este periodo se conmemoraron los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las Gentes. Para fijar esta fecha, los estudios sobre la cronología paulina tienen en cuenta los datos que proporcionan sus escritos: en la Carta a los Gálatas afirma que, tras su conversión, encontró a Pedro en Jerusalén, tres años después de su fuga de Damasco (3), donde el rey de los nabateos, Aretas IV, ejercía un cierto poder (4). Esto permite datar la huida hacia el año 37 y su conversión hacia el 34-35.


Por otro lado, en los Hechos de los Apóstoles, al narrar el martirio de Esteban se califica a Saulo como “joven”, poco antes de su vocación (5). Aunque sea éste un dato genérico, de modo aproximado permite situar su nacimiento hacia el año 8.


El Año Paulino quiso promover una reflexión más profunda sobre la herencia teológica y espiritual que San Pablo ha dejado a la Iglesia, por medio de su vasta obra de evangelización. Como signos externos que nos invitan a meditar la fe y la verdad de la mano del Apóstol, el Papa encendió la “Llama Paulina”, en un brasero colocado en el pórtico de la Basílica de San Pablo en Roma y abrió también, en este mismo templo, la “Puerta Paulina”, que atravesó el día 28 de junio, acompañado del Patriarca de Constantinopla.



San Pablo, el apóstol de las gentes


¿Quién era Pablo de Tarso? Nació en la capital de la provincia romana de Cilicia, hoy Turquía. Cuando fue capturado en las puertas del Templo de Jerusalén, se dirigió con estas palabras a la multitud que quería matarlo: yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria (6).


Al final de su existencia, en una visión retrospectiva de su vida y de su misión, dirá de sí mismo: he sido constituido predicador, apóstol y maestro (7). Al mismo tempo su figura se abre al futuro, a todos los pueblos y generaciones, porque Pablo no es sólo un personaje del pasado: su mensaje y su vida son siempre actuales, pues contienen la esencia del mensaje cristiano, perenne y actual.


SAN PABLO HA SIDO DENOMINADO EL DECIMOTERCER APÓSTOL PUES, AUNQUE NO FORMABA PARTE DEL GRUPO

Pablo ha sido denominado el decimotercer Apóstol pues, aunque no formaba parte del grupo de los Doce, fue llamado por Jesús resucitado, que se le apareció en el camino de Damasco (8). Es más, al contemplar lo que ha trabajado por Cristo, nada tiene que envidiar a otros: ¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Son descendencia de Abrahán? También yo. ¿Son ministros de Cristo? Pues –delirando hablo– yo más: en fatigas, más; en cárceles, más; en azotes, mucho más. En peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno, tres veces me azotaron con varas, una vez fui lapidado, tres veces naufragué, un día y una noche pasé náufrago en alta mar. En mis repetidos viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, con frecuentes ayunos, con frío y desnudez (9).


Como se ve, no le faltaron dificultades ni tribulaciones, que soportó por amor de Cristo. Sin embargo, todo el esfuerzo y todos los sucesos por los que atravesó, no le llevaron a la vanagloria. Pablo entendió a fondo y experimentó en su persona aquello que también enseñaba nuestro Padre: que nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya. Por eso, San Pablo evoca con temblor su vocación: después de todos se me apareció a mí, que vengo a ser como un abortivo, siendo el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios (1 Cor 15, 8-9) (10). «¿Cómo no admirar un hombre así? –dice Benedicto XVI–. ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla?» (11).


Entre los diversos aspectos que componen la enseñanza teológica de San Pablo se debe señalar, en primer lugar, la figura de Jesucristo. Ciertamente en sus cartas no aparecen los rasgos históricos de Jesús de Nazaret, tal como nos lo presentan los Evangelios. El interés por los numerosos aspectos de la vida terrena de Jesús pasa a un segundo plano, subrayando especialmente el misterio de la pasión y la muerte en la cruz. Al mismo tiempo, se observa que Pablo no fue testigo del caminar terreno de Jesús, sino que lo conoce por la tradición apostólica que lo precede, a la que se refiere explícitamente: os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí (12).


Del mismo modo, se pueden descubrir en el epistolario paulino algunos himnos, profesiones y enunciados de fe, y afirmaciones doctrinales que probablemente se usaban en la liturgia, en la catequesis o en la predicación de la primitiva Iglesia. Jesucristo constituye el centro y el fundamento de su anuncio y de su predicación: en sus escritos el nombre de Cristo aparece 380 veces, superado sólo por el nombre de Dios, mencionado 500 veces. Esto nos hace entender que Jesucristo incidió profundamente en su vida: en Cristo encontramos el culmen de la historia de la Salvación.


Al encuentro con Cristo


Mirando a San Pablo nos podemos preguntar cómo se realiza el encuentro personal con Cristo y qué relación se genera entre Él y el creyente. La respuesta de Pablo se condensa en dos momentos: por una parte se subraya el valor fundamental e insustituible de la fe (13). Así lo escribe a los romanos: el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley (14); la idea aparece más explícita en la Carta a los Gálatas: el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo (15). Es decir, se entra en comunión con Dios por obra exclusiva de la gracia; Él sale a nuestro encuentro y nos acoge con su misericordia, perdonando nuestros pecados y permitiéndonos establecer una relación de amor con Él y con nuestros hermanos (16).


En esta doctrina de la justificación, Pablo refleja el proceso de su propia vocación. Él era un estricto observante de la Ley mosaica, que cumplía hasta en los más mínimos detalles. Pero esto le llevó a sentirse pagado de sí mismo y a buscar la salvación con sus propias fuerzas. Y en esta situación se descubre pecador, en cuanto que persigue a la Iglesia del Hijo de Dios. La conciencia del pecado será entonces el punto de partida para abandonarse a la gracia de Dios que se nos da en Jesucristo.



Ahí comienza el segundo momento, el encuentro con el Señor mismo. La donación infinita de Cristo en la cruz constituye la invitación más vehemente a salir del propio yo, a no vanagloriarse poniendo al mismo tiempo toda la confianza en la muerte salvadora y en la resurrección del Señor: el que se gloría, que se gloríe en el Señor (17). Esta conversión espiritual comporta, por tanto, no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida. Así lo describe el Apóstol mediante la imagen del bautismo: ¿no sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (18).


Pablo –y con él, todo cristiano– contempla al Hijo de Dios no sólo como Aquel que murió por amor nuestro, obteniéndonos la salvación por nuestros pecados –dilexit me et tradidit semetipsum pro me, me amó y se entregó a sí mismo por mí–, sino también como Aquel que se hace presente en su vida: vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus, vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (19). Al Fundador del Opus Dei le gustaba repetir estas palabras del Apóstol, porque veía a Jesucristo muerto y resucitado como la razón de ser de toda la vida del cristiano y de su misión.


Vivir en el espíritu, según San Pablo


Identificarse con Cristo significa vivir en el Espíritu. San Lucas subraya en su segundo libro el papel dinámico y operativo del Espíritu Santo; y comenta San Josemaría: apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro (cfr. Hch 4, 8), quien confirma en su fe a los discípulos (cfr. Hch 4, 31), quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (cfr. Hch 10, 44-47), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (cfr. Hch 13, 2-4). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo (20).


EN SUS ESCRITOS, SAN PABLO PONE DE RELIEVE LA PRESENCIA DE LA TERCERA PERSONA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN LA VIDA DEL CRISTIANO

En sus escritos, Pablo pone de relieve la presencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad en la vida del cristiano. El Espíritu habita en nuestros corazones (21); ha sido enviado por Dios para que nos identifique con el Hijo y podamos exclamar ¡Abbá, Padre! (22). Dejarse conducir por el Espíritu, que nos da la vida en Cristo Jesús, libera de la ley del pecado y de la muerte; lleva a que se manifiesten en la vida del creyente las obras –los frutos– del Espíritu Santo: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley. Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu (23).



El Apóstol nos dice que la oración auténtica sólo existe cuando está presente el Espíritu: asimismo también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (24). Con palabras de Benedicto XVI, es como decir que el Espíritu Santo «es el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar» (25). Pablo nos invita a ser cada vez más sensibles, a estar más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros y a aprender a transformarla en oración.


San Pablo nos invita a ser cada vez más sensibles, a estar más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros y a aprender a transformarla en oración

El primero de los frutos del Espíritu en el alma del cristiano es el amor. En efecto, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (26). Si, por definición, el amor une, el Espíritu es quien genera la comunión en la Iglesia: es la fuerza de cohesión que mantiene unidos los fieles al Padre por Cristo, y atrae a los que todavía no gozan de la plena comunión. El Espíritu Santo guía la Iglesia hacia la unidad.


Hacia la unidad de los cristianos


Éste es otro aspecto, entre los muchos que trata el Apóstol en sus epístolas, que vale la pena tener en cuenta al inicio de este Año Paulino: la unidad de los cristianos. Es motivo de consolación y de estímulo para pedir insistentemente al Señor esta gracia –tan grande como difícil de alcanzar– que el Patriarca ecuménico Bartolomé I, siguiendo las huellas del Vicario de Cristo, también haya convocado para la Iglesia ortodoxa un Año Paulino.


LA ENSEÑANZA DE PABLO NOS RECUERDA QUE LA PLENA COMUNIÓN ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS ENCUENTRA SU FUNDAMENTO EN EL HECHO DE TENER UN SOLO SEÑOR, UNA SOLA FE, UN SOLO BAUTISMO

La enseñanza de Pablo nos recuerda que la plena comunión entre todos los cristianos encuentra su fundamento en el hecho de tener un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (27). Debemos rezar «para que la fe común, el único bautismo para el perdón de los pecados y la obediencia al único Señor y Salvador se manifiesten plenamente en la dimensión comunitaria y eclesial» (28).



San Pablo nos muestra el camino más eficaz hacia la unidad, en unas palabras que también proponía el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ecumenismo: así pues, os ruego yo, el prisionero por el Señor, que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (29).


SAN PABLO NOS MUESTRA EL CAMINO MÁS EFICAZ HACIA LA UNIDAD

El Apóstol se empeñó siempre en conservar esa inmensa gracia de la unidad. A los cristianos de Corinto los invita, ya desde el comienzo de su primera carta, a evitar las divisiones entre ellos (30). Sus exhortaciones y sus llamadas de atención nos pueden servir también hoy. Delante de la humanidad del tercer milenio, cada vez más globalizada y, paradójicamente, más dividida y fragmentada por la cultura hedonista y relativista, que pone en duda la existencia misma de la verdad (31), la oración del Señor –ut omnes unum sint, que todos sean uno (32)– es para nosotros la mejor promesa de unión con Dios y de unidad entre los hombres.

22 de febrero de 2021

CATEDRA DE SAN PEDRO

 


— Sentido de la fiesta.

— San Pedro en Roma.

— Amor y veneración al Romano Pontífice.


I. El Señor dice a Simón Pedro: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos1.


La voz cátedra significa materialmente la silla desde donde enseña el maestro, en este caso el Obispo, pero ya los Santos Padres la utilizaban como símbolo de la autoridad que tenían los Obispos, y especialmente la sede de Pedro, la de Roma. San Cipriano, en el siglo iii, decía: «Se da a Pedro el primado para mostrar que es una la Iglesia de Cristo y una la Cátedra», es decir, el magisterio y el gobierno. Y para recalcar aún más la unidad, añadía: «Dios es uno, uno el Señor, una la Iglesia y una la Cátedra fundada por Cristo»2.


Como símbolo de que Pedro había establecido su sede en Roma, el pueblo romano tenía un gran aprecio a una verdadera cátedra de madera, en la que, según una tradición inmemorial, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles. San Dámaso, en el siglo iv, la trasladó al baptisterio del Vaticano, construido por él. Durante muchos siglos estuvo bien visible y fue muy venerada por los peregrinos de toda la Cristiandad llegados a Roma. Al levantarse la actual Basílica de San Pedro, se creyó conveniente guardar como una reliquia la venerada cátedra. Al fondo del ábside se encuentra, a manera de imagen principal, la llamada «gloria de Bernini», un gran relicario en el que se conserva la silla del Apóstol cubierta de bronce y oro, sobre la que el Espíritu Santo irradia su asistencia.


Entre las fiestas que se encuentran en los calendarios anteriores al siglo iv, las primeras de la Iglesia, se cuenta la de hoy, con el título de Natale Petri de Cathedra, es decir, el día de la institución del Pontificado de Pedro. Con esta fiesta se quiso realzar y señalar el episcopado del Príncipe de los Apóstoles, su potestad jerárquica y magisterio en la urbe de Roma y en todo el orbe. Era costumbre antigua conmemorar la consagración de los Obispos y la toma de posesión de sus respectivas sedes. Pero estas conmemoraciones se extendían solo a la propia diócesis. Solo a la de Pedro se le dio el nombre de Cátedra, y fue la única que se celebró, desde los primeros siglos, en toda la Cristiandad. San Agustín, en un sermón para la fiesta del día, señala: «La festividad que hoy celebramos recibió de nuestros antepasados el nombre de Cátedra, con el que se recuerda que al primero de los Apóstoles le fue entregada hoy la Cátedra del episcopado»3. A nosotros nos recuerda, una vez más, la obediencia y el amor al que hace las veces de Cristo en la tierra.


II. Sabemos por la tradición de la Iglesia4 que Pedro residió durante algún tiempo en Antioquía, la ciudad donde los discípulos empezaron a llamarse cristianos5. Allí predicó el Evangelio, y volvió después a Jerusalén, donde se desató una sangrienta persecución: el rey Herodes, después de haber hecho degollar a Santiago, viendo que esto complacía a los judíos, determinó también prender a Pedro6. Liberado por el ministerio de un ángel, abandonó Palestina y se retiró a otro lugar7. Los Hechos de los Apóstoles no nos dicen a dónde marchó, pero por la tradición sabemos que se dirigió a la Ciudad Eterna. San Jerónimo afirma que Pedro llegó a Roma en el año segundo del principado de Claudio -que corresponde al año 43 después de Cristo y permaneció allí por espacio de veinticinco años, hasta su muerte8. Algunos suponen un doble viaje a Roma: uno, después de marcharse de Jerusalén; habría regresado a Palestina hacia el año 49, fecha del Concilio de Jerusalén, y poco después habría vuelto, realizando luego algunos viajes misioneros.


San Pedro llegó a esta ciudad, centro del mundo en aquel tiempo, «para que la luz de la verdad, revelada para la salvación de todas las naciones, se derramase más eficazmente desde la misma cabeza por todo el cuerpo del mundo -afirma San León Magno Pues, ¿de qué raza no había entonces hombres en aquella ciudad? ¿O qué pueblos podían ignorar lo que Roma enseñase? Este era el lugar apropiado para refutar las teorías de la falsa filosofía, para deshacer las necedades de la sabiduría terrena, para destruir la impiedad de los sacrificios; allí con suma diligencia se había ido reuniendo todo cuanto habían inventado los diferentes errores»9.


El pescador de Galilea se convirtió así en fundamento y roca de la Iglesia, y estableció su sede en la Ciudad Eterna. Desde allí predicó a su Maestro, como lo había hecho en Judea y en Samaria, en Galilea y en Antioquía. Desde esta cátedra de Roma gobernó a toda la Iglesia, adoctrinó a todos los cristianos y derramó su sangre confirmando su predicación, a ejemplo de su Maestro.


La tumba del Príncipe de los Apóstoles, situada debajo del altar de la Confesión de la Basílica vaticana –según afirma de manera unánime la tradición, ratificada por los hallazgos arqueológicos–, da a entender, también de un modo material y visible, que Simón Pedro es, por expresa voluntad divina, la roca fuerte, segura e inconmovible que soporta el edificio de la Iglesia entera a través de los siglos. En su magisterio y en el de sus sucesores resuena infalible la voz de Cristo y, por eso, está cimentada firmemente nuestra fe.


III. El Evangelio de la Misa recoge las palabras de Jesús en Cesarea de Filipo, en las que promete a Pedro y a sus sucesores el Primado de la Iglesia: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo10. Y exclama San Agustín: «Bendito sea Dios, que ordenó exaltar al Apóstol Pedro sobre la Iglesia. Es digno honrar a este fundamento, por medio del cual es posible escalar el Cielo»11.


Desde Roma, unas veces a través de escritos, otras personalmente o por enviados suyos, consuela, reprende o fortalece en la fe a los cristianos que crecen ya por todas las regiones del Imperio Romano. En la Primera lectura de la Misa se dirige con cierta solemnidad a los pastores de diversas Iglesias locales del Asia Menor, exhortándolos a cuidar amorosamente de quienes les están encomendados: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia12. Estas exhortaciones nos recuerdan las de Jesús hablando del Buen Pastor13 y las que le dirigió después de su Resurrección: Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas14.


Esta es la misión encomendada por el Señor a Pedro y a sus sucesores: dirigir y cuidar de los demás pastores que rigen la grey del Señor, confirmar en la fe al Pueblo de Dios, velar por la pureza de la doctrina y de las costumbres, interpretar –con la asistencia del Espíritu Santo– las verdades contenidas en el depósito de la Revelación. Por lo cual -escribe en su segunda Carta- no cesaré jamás de recordaros estas cosas, por más que las sepáis y estéis firmes en la verdad que ya poseéis. Pues considero que es mi deber –mientras permanezca en esta tienda– estimularos con mis exhortaciones, pues sé que pronto tendré que abandonarla, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. Y procuraré que aun después de mi partida podáis recordar estas cosas en todo momento15.


La fiesta de hoy nos ofrece una oportunidad más para manifestar nuestra filial adhesión a las enseñanzas del Santo Padre, a su magisterio, y para examinar el interés que ponemos en conocerlas y llevarlas a la práctica.


El amor al Papa es señal de nuestro amor a Cristo. Y este amor y veneración se han de poner de manifiesto en la petición diaria por su persona y por sus intenciones: Dominus conservet eum et vivificet eum et beatum faciat eum in terra... El Señor lo conserve y lo vivifique y le haga feliz en la tierra, y no permita que caiga en manos de sus enemigos. Este amor se ha de señalar aún más en determinados momentos: cuando realiza un viaje apostólico, en la enfermedad, cuando arrecian los ataques de los enemigos de la Iglesia, cuando por cualquier circunstancia nos encontramos más próximos a su persona... «Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro»16.

22 de febrero de 2020

CATEDRA DE SAN PEDRO

— Sentido de la fiesta.
— San Pedro en Roma.
— Amor y veneración al Romano Pontífice.

I. El Señor dice a Simón Pedro: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos1.

La voz cátedra significa materialmente la silla desde donde enseña el maestro, en este caso el Obispo, pero ya los Santos Padres la utilizaban como símbolo de la autoridad que tenían los Obispos, y especialmente la sede de Pedro, la de Roma. San Cipriano, en el siglo iii, decía: «Se da a Pedro el primado para mostrar que es una la Iglesia de Cristo y una la Cátedra», es decir, el magisterio y el gobierno. Y para recalcar aún más la unidad, añadía: «Dios es uno, uno el Señor, una la Iglesia y una la Cátedra fundada por Cristo»2.

Como símbolo de que Pedro había establecido su sede en Roma, el pueblo romano tenía un gran aprecio a una verdadera cátedra de madera, en la que, según una tradición inmemorial, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles. San Dámaso, en el siglo iv, la trasladó al baptisterio del Vaticano, construido por él. Durante muchos siglos estuvo bien visible y fue muy venerada por los peregrinos de toda la Cristiandad llegados a Roma. Al levantarse la actual Basílica de San Pedro, se creyó conveniente guardar como una reliquia la venerada cátedra. Al fondo del ábside se encuentra, a manera de imagen principal, la llamada «gloria de Bernini», un gran relicario en el que se conserva la silla del Apóstol cubierta de bronce y oro, sobre la que el Espíritu Santo irradia su asistencia.

Entre las fiestas que se encuentran en los calendarios anteriores al siglo iv, las primeras de la Iglesia, se cuenta la de hoy, con el título de Natale Petri de Cathedra, es decir, el día de la institución del Pontificado de Pedro. Con esta fiesta se quiso realzar y señalar el episcopado del Príncipe de los Apóstoles, su potestad jerárquica y magisterio en la urbe de Roma y en todo el orbe. Era costumbre antigua conmemorar la consagración de los Obispos y la toma de posesión de sus respectivas sedes. Pero estas conmemoraciones se extendían solo a la propia diócesis. Solo a la de Pedro se le dio el nombre de Cátedra, y fue la única que se celebró, desde los primeros siglos, en toda la Cristiandad. San Agustín, en un sermón para la fiesta del día, señala: «La festividad que hoy celebramos recibió de nuestros antepasados el nombre de Cátedra, con el que se recuerda que al primero de los Apóstoles le fue entregada hoy la Cátedra del episcopado»3. A nosotros nos recuerda, una vez más, la obediencia y el amor al que hace las veces de Cristo en la tierra.

II. Sabemos por la tradición de la Iglesia4 que Pedro residió durante algún tiempo en Antioquía, la ciudad donde los discípulos empezaron a llamarse cristianos5. Allí predicó el Evangelio, y volvió después a Jerusalén, donde se desató una sangrienta persecución: el rey Herodes, después de haber hecho degollar a Santiago, viendo que esto complacía a los judíos, determinó también prender a Pedro6. Liberado por el ministerio de un ángel, abandonó Palestina y se retiró a otro lugar7. Los Hechos de los Apóstoles no nos dicen a dónde marchó, pero por la tradición sabemos que se dirigió a la Ciudad Eterna. San Jerónimo afirma que Pedro llegó a Roma en el año segundo del principado de Claudio -que corresponde al año 43 después de Cristo y permaneció allí por espacio de veinticinco años, hasta su muerte8. Algunos suponen un doble viaje a Roma: uno, después de marcharse de Jerusalén; habría regresado a Palestina hacia el año 49, fecha del Concilio de Jerusalén, y poco después habría vuelto, realizando luego algunos viajes misioneros.

San Pedro llegó a esta ciudad, centro del mundo en aquel tiempo, «para que la luz de la verdad, revelada para la salvación de todas las naciones, se derramase más eficazmente desde la misma cabeza por todo el cuerpo del mundo -afirma San León Magno Pues, ¿de qué raza no había entonces hombres en aquella ciudad? ¿O qué pueblos podían ignorar lo que Roma enseñase? Este era el lugar apropiado para refutar las teorías de la falsa filosofía, para deshacer las necedades de la sabiduría terrena, para destruir la impiedad de los sacrificios; allí con suma diligencia se había ido reuniendo todo cuanto habían inventado los diferentes errores»9.

El pescador de Galilea se convirtió así en fundamento y roca de la Iglesia, y estableció su sede en la Ciudad Eterna. Desde allí predicó a su Maestro, como lo había hecho en Judea y en Samaria, en Galilea y en Antioquía. Desde esta cátedra de Roma gobernó a toda la Iglesia, adoctrinó a todos los cristianos y derramó su sangre confirmando su predicación, a ejemplo de su Maestro.

La tumba del Príncipe de los Apóstoles, situada debajo del altar de la Confesión de la Basílica vaticana –según afirma de manera unánime la tradición, ratificada por los hallazgos arqueológicos–, da a entender, también de un modo material y visible, que Simón Pedro es, por expresa voluntad divina, la roca fuerte, segura e inconmovible que soporta el edificio de la Iglesia entera a través de los siglos. En su magisterio y en el de sus sucesores resuena infalible la voz de Cristo y, por eso, está cimentada firmemente nuestra fe.

III. El Evangelio de la Misa recoge las palabras de Jesús en Cesarea de Filipo, en las que promete a Pedro y a sus sucesores el Primado de la Iglesia: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo10. Y exclama San Agustín: «Bendito sea Dios, que ordenó exaltar al Apóstol Pedro sobre la Iglesia. Es digno honrar a este fundamento, por medio del cual es posible escalar el Cielo»11.

Desde Roma, unas veces a través de escritos, otras personalmente o por enviados suyos, consuela, reprende o fortalece en la fe a los cristianos que crecen ya por todas las regiones del Imperio Romano. En la Primera lectura de la Misa se dirige con cierta solemnidad a los pastores de diversas Iglesias locales del Asia Menor, exhortándolos a cuidar amorosamente de quienes les están encomendados: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia12. Estas exhortaciones nos recuerdan las de Jesús hablando del Buen Pastor13 y las que le dirigió después de su Resurrección: Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas14.

Esta es la misión encomendada por el Señor a Pedro y a sus sucesores: dirigir y cuidar de los demás pastores que rigen la grey del Señor, confirmar en la fe al Pueblo de Dios, velar por la pureza de la doctrina y de las costumbres, interpretar –con la asistencia del Espíritu Santo– las verdades contenidas en el depósito de la Revelación. Por lo cual -escribe en su segunda Carta- no cesaré jamás de recordaros estas cosas, por más que las sepáis y estéis firmes en la verdad que ya poseéis. Pues considero que es mi deber –mientras permanezca en esta tienda– estimularos con mis exhortaciones, pues sé que pronto tendré que abandonarla, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. Y procuraré que aun después de mi partida podáis recordar estas cosas en todo momento15.

La fiesta de hoy nos ofrece una oportunidad más para manifestar nuestra filial adhesión a las enseñanzas del Santo Padre, a su magisterio, y para examinar el interés que ponemos en conocerlas y llevarlas a la práctica.

El amor al Papa es señal de nuestro amor a Cristo. Y este amor y veneración se han de poner de manifiesto en la petición diaria por su persona y por sus intenciones: Dominus conservet eum et vivificet eum et beatum faciat eum in terra... El Señor lo conserve y lo vivifique y le haga feliz en la tierra, y no permita que caiga en manos de sus enemigos. Este amor se ha de señalar aún más en determinados momentos: cuando realiza un viaje apostólico, en la enfermedad, cuando arrecian los ataques de los enemigos de la Iglesia, cuando por cualquier circunstancia nos encontramos más próximos a su persona... «Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro»16.

* Se celebraba esta fiesta, ya antes del siglo iv, para señalar que Pedro había establecido su sede en Roma. Se encuentra en los calendarios más antiguos bajo el título de Natale Petri de Cathedra, y con la indicación de que se celebrara el 22 de febrero. Con la festividad de hoy se quiso expresar, desde los comienzos, la unidad de toda la Iglesia, que tiene su fundamento en Pedro y en sus sucesores en la sede romana.

29 de junio de 2018

LOS PILARES DE LA IGLESIA

— El Señor elige a los suyos.
— Llamada de Dios y vocación apostólica.
— El apostolado, una tarea sacrificada y alegre.
I¿Qué he de hacer, Señor?1, preguntó San Pablo en el momento de su conversión. Le respondió Jesús: Levántate, entra en Damasco y allí se te dirá lo que has de hacer. El perseguidor, transformado por la gracia, recibirá la instrucción cristiana y el Bautismo por medio de un hombre –Ananías–, según las vías ordinarias de la Providencia. Y enseguida, teniendo a Cristo como lo verdaderamente importante de su vida, se dedicará con todas sus fuerzas a dar a conocer la Buena Nueva, sin que le importen los peligros, las tribulaciones y sufrimientos y los aparentes fracasos. Sabe que es el instrumento elegido para llevar el Evangelio a muchas gentes: Aquel que me escogió desde el seno materno y me llamó a su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles...2, leemos en la Segunda lectura de la Misa.
San Agustín afirma que el celo apasionado anterior a su encuentro con Cristo era como una selva impracticable que, siendo un gran obstáculo, era sin embargo el indicio de la fecundidad del suelo. Luego, el Señor sembró allí la semilla del Evangelio y los frutos fueron incontables3. Lo que sucedió con Pablo puede ocurrir con cada hombre, aunque hayan sido muy graves sus faltas. Es la acción misteriosa de la gracia, que no cambia la naturaleza sino que la sana y purifica, y luego la eleva y la perfecciona.
San Pablo está convencido de que Dios contaba con él desde el mismo momento de su concepción, desde el seno materno, repite en diversas ocasiones. En la Sagrada Escritura encontramos cómo Dios elige a sus enviados incluso antes de nacer4; se pone así de manifiesto que la iniciativa es de Dios y antecede a cualquier mérito personal. El Apóstol lo señala expresamente: Nos eligió antes de la constitución del mundo5, declara a los primeros cristianos de Éfeso. Nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio6, concreta aún más a Timoteo.
La vocación es un don divino que Dios ha preparado desde la eternidad. Por eso, cuando el Señor se le manifestó en Damasco, Pablo no pidió consejo «a la carne y a la sangre», no consultó a ningún hombre, porque tenía la seguridad de que Dios mismo le había llamado. No atendió a los consejos de la prudencia carnal, sino que fue plenamente generoso con el Señor. Su entrega fue inmediata, total y sin condiciones. Los Apóstoles, cuando escucharon la invitación de Jesús, también dejaron las redes al instante7 y, relictis omnibus, abandonadas todas las cosas8, se fueron tras el Maestro. Saulo, antiguo perseguidor de los cristianos, sigue ahora al Señor con toda prontitud.
Todos nosotros hemos recibido, de diversos modos, una llamada concreta para servir al Señor. Y a lo largo de la vida nos llegan nuevas invitaciones a seguirle en nuestras propias circunstancias, y es preciso ser generosos con el Señor en cada nuevo encuentro. Hemos de saber preguntar a Jesús en la intimidad de la oración, como San Pablo: ¿qué he de hacer, Señor?, ¿qué quieres que deje por Ti?, ¿en qué deseas que mejore? En este momento de mi vida, ¿qué puedo hacer por Ti?
II. Dios llamó a San Pablo con signos muy extraordinarios, pero el efecto que produjo en él es el mismo que ocasiona la llamada específica que Dios hace a muchos para que le sigan en medio de sus tareas seculares. A todos los cristianos llama el Señor a la santidad y al apostolado; se trata de una vocación exigente, en muchos casos heroica, pues el Señor no quiere seguidores tibios, discípulos de segunda fila. Pero a algunos, permaneciendo en sus propios quehaceres del mundo, Cristo les llama a una particular entrega para extender su reinado entre todos los hombres. Y cada uno, respondiendo a la vocación específica a la que ha sido llamado, si quiere ser discípulo del Maestro, ha de tener un sentido apostólico de la vida que le llevará a no dejar ninguna oportunidad de acercar a otros a Cristo, que es, a la vez, llevarlos a la alegría, a la paz, a la plenitud.
El apostolado fue en Pablo, y lo es en cada cristiano que vive su vocación, parte de su vida o, mejor, su vida misma; el trabajo se convierte en apostolado, en deseos de dar a conocer a Cristo, y lo mismo el dolor o el tiempo de descanso..., y a la vez este celo apostólico es el alimento imprescindible del trato con Jesucristo. Conocer al Señor con intimidad lleva forzosamente a comunicar este hallazgo: es la «señal cierta de tu entregamiento»9. Cuando seguir a Cristo es una realidad, llega «la necesidad de expandirse, de hacer, de dar, de hablar, de transmitir a los demás el propio tesoro, el propio fuego (...). El apostolado se convierte en expansión continua de un alma, en exuberancia de una personalidad poseída de Cristo y animada por su Espíritu; se siente la urgencia de correr, de trabajar, de intentar todo lo posible para la difusión del reino de Dios, para la salvación de los otros, de todos»10¡Ay de mí si no evangelizara!11, exclama el Apóstol.
Cuando llevamos la Buena Nueva a otros estamos cumpliendo el mandato que Cristo nos ha dado: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura12. Además, la vida interior queda enriquecida, como la planta que recibe el agua necesaria en el momento oportuno. San Pablo nos da hoy ejemplo y nos ayuda a hacer examen de ese interés vivo que tenemos para acercar a los demás un poco más a Dios. Identificado con Cristo –el descubrimiento supremo de su vida–, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en redención por muchos13, el Apóstol se hace siervo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos -les dice a los de Corinto- me hice judío, para ganar a los judíos... Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos14.
Hoy nosotros le pedimos un corazón grande como el suyo, para pasar por encima de las pequeñas humillaciones o de los aparentes fracasos que todo apostolado lleva consigo. Y le decimos a Jesús que estamos dispuestos a convivir con todos, a ofrecer a todos la posibilidad de conocer a Cristo, sin tener demasiado en cuenta los sacrificios y molestias que nos pueda acarrear.
III. San Pablo exhorta a Timoteo y a todos nosotros a hablar de Dios opportune et importune15, con ocasión y sin ella; es decir, también cuando las circunstancias sean adversas. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos16. Parece como si el Apóstol estuviera presente en nuestros tiempos. Pero tú -señala a Timoteo, y en él a cada cristiano- sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio17. Los sacerdotes lo harán principalmente con la predicación de la palabra de Dios, con el ejemplo personal, con su caridad, con los consejos en el sacramento de la Penitencia. Los seglares –la inmensa mayoría del Pueblo de Dios–, ordinariamente a través de la amistad, con el consejo amable, con la conversación a solas con el amigo que parece que se aleja del Señor o con el que nunca estuvo cerca de Él... Y esto a la salida de la Facultad o del trabajo, en el mismo lugar donde se pasa el verano... Los padres con los hijos..., aprovechando el mejor momento o creando la ocasión...
Juan Pablo II alentaba a los jóvenes –y todo cristiano que tiene a Cristo permanece siempre joven en su corazón– a un apostolado vivo, directo y alegre: «Sed profundamente amigos de Jesús y llevad a la familia, a la escuela, al barrio, el ejemplo de vuestra vida cristiana, limpia y alegre. Sed siempre jóvenes cristianos, verdaderos testigos de la doctrina de Cristo. Más aún, sed portadores de Cristo en esta sociedad perturbada, hoy más que nunca necesitada de Él. Anunciad a todos con vuestra vida que solo Cristo es la verdadera salvación de la humanidad»18.
Hemos de pedir hoy a San Pablo saber convertir en oportuna cualquier situación que se nos presente. Incluso «quienes viajan por motivo de obras internacionales, de negocios o de descanso, no olviden que son en todas partes heraldos itinerantes de Cristo y que deben portarse como tales con sinceridad»19, con la sinceridad que expresa un alma que ha constituido a Cristo como eje sobre el cual se organizan todos los demás asuntos de su vida. Hasta los niños –¡qué buenos instrumentos del Espíritu Santo pueden ser!– tienen su propia actividad apostólica, según señala el Concilio Vaticano II, pues «según su capacidad, son testigos vivientes de Cristo entre sus compañeros»20.
Es sorprendente, dichosamente sorprendente, la infatigable labor apostólica del Apóstol. Y quien verdaderamente ama a Cristo sentirá la necesidad de darlo a conocer, pues –como dice Santo Tomás de Aquino– lo que admiran mucho los hombres lo divulgan luego, porque de la abundancia del corazón habla la boca21.
Pidamos a Nuestra Señora –Regina Apostolorum– que cada vez comprendamos mejor que el apostolado es una tarea alegre, aunque sea sacrificada, y la gran responsabilidad que tenemos respecto a todos los hombres, y particularmente con los que cada día nos relacionamos.