"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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18 de noviembre de 2021

Pedro al timón, Dios en la barca: unión con el Papa

 



Evangelio (Mt 14, 22-33)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


— ¡Es un fantasma! -y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


— Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


— Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven, le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


— ¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


— Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


— Verdaderamente eres Hijo de Dios.


Comentario


En su vida sobre la tierra, Jesús siempre encontraba tiempo para rezar, incluso cuando los planes parecían complicarse. En la escena que contemplamos hoy se ve como, con divina astucia, manda a los discípulos que se suban a la barca y le precedan, mientras él despide a la muchedumbre. Pero su verdadero propósito era estar a solas con su Padre.


Lo que sigue en aquella noche es una clase de fe que tiene como protagonista a Pedro.


Los discípulos estaban luchando con el viento contrario y un mar agitado. Es lo que ocurre cuando nos alejamos del Señor y nos encontramos sacudidos por las olas de la incertidumbre y del desaliento.


Es algo que Dios había previsto para volver a encontrarnos: “No tengáis miedo, Yo soy”, dice utilizando el nombre que Dios había revelado a Moisés en el monte Sinaí (Ex 3,14). En este momento Pedro, con su gran fe, toma la iniciativa loca de ir hacia el Maestro: “Manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.


Lo había aprendido de Él: “En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido” (Mc 11,23). Lo que aquí pide Pedro no es que un monte se eche al mar, sino volver a Jesús en un momento de dificultad. Y así, delante de los ojos asombrados de sus compañeros, empieza su paseo sobre las aguas.


¡Qué alegría la de Jesús al ver este acto de fe profunda del príncipe de los apóstoles! Los actos de fe son una de las cosas que vuelven loco a Jesús: “¡Qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).


Pero faltaba algo a esta demostración de fe y Pedro empieza a hundirse... hasta que grita: “¡Señor, sálvame!”.


La verdadera fe no es fruto de nuestra fuerza, sino algo que viene de la mano de Dios, si le suplicamos y nos abandonamos en Él. Y “al instante Jesús alargó la mano” y le sujetó” diciéndole “hombre de poca fe”. El tono de estas palabras no sería de decepción sino de ánimo: “Pedro, he admirado tu acto de gran fe, pero no olvides que sin mí nada puedes”. Y enseguida se calmó el viento.


Hoy es un buen día para agradecer a Dios el fundamento de fe que nos ha dado en Pedro, para dirigir, a través del Papa, la barca de la Iglesia.


PARA TU ORACION PERSONAL


Termina una jornada agotadora para Jesús. Tanta gente ha venido a escucharlo, que tuvo que hablar desde la barca de uno de sus discípulos. Les relató varias parábolas: el sembrador, la lámpara encendida, el grano de mostaza… Una vez despedida la multitud, parten hacia la orilla oriental del lago de Tiberíades, quizá a bordo de la misma embarcación. Sopla una brisa suave. No es el mejor momento para descansar, pero Jesús encuentra un cabezal en la popa y se deja vencer por el sueño. Tiene plena confianza en las manos expertas de sus apóstoles para atravesar las aguas.


Al poco tiempo, el mar se desata: la brisa se transforma poco a poco en viento fuerte y asistimos al relato de una nueva parábola, hecha esta vez no con palabras, sino en vivo y en directo. Los evangelios nos hablan de una gran tempestad que amenaza con hundir la barca (cfr. Mc 4,37). Por la situación geográfica de esa zona, no es algo infrecuente: el lago está bordeado por montañas en el norte y se encuentra en una depresión de doscientos metros bajo el nivel del mar. Suele ocurrir cuando cae la tarde y el viento golpea enfurecido desde el oeste, agitando las aguas.


A bordo, no en la orilla


Muchos padres de la Iglesia han visto en la barca sacudida por las olas y el viento una imagen de la Iglesia. «El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los apóstoles»[1]. En su última audiencia general, a la vuelta de casi ocho años como sucesor de Pedro, Benedicto XVI confesaba haber pasado, junto a los días de sol y de brisa suave, también otros momentos con vientos tempestuosos. «Pero siempre supe –continuaba– que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido»[2].


Esta certeza, que forma parte del claroscuro de la fe, nos impulsa a no mirar la tempestad desde la orilla, como si fuera algo ajeno a nosotros. No se trata de un crucero en el que una parte de la tripulación solo se dedica a mirar: somos pescadores, compañeros de faena de Pedro y de los apóstoles. Somos responsables de ayudar a quienes vienen a bordo, cada uno desde nuestro lugar, también sosteniendo al Papa que nos guía.


Apenas dos semanas después de aquella última audiencia de su predecesor, al terminar sus primeras palabras el día que fue elegido, el Papa Francisco nos recordó que necesita de nosotros, cosa que desde entonces suele hacer con frecuencia: «Ahora quisiera darles la bendición, pero primero, les pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. Les pido la oración del pueblo que pide la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí»[3]. Así nos enseñó también a hacer san Josemaría; desde muy pronto, tenía la ilusión de que todas las personas del Opus Dei y quienes, de un modo u otro, se acercan al calor de esta familia, pudieran rezar diariamente por el Papa, pidiendo concretamente a Dios: que lo cuide, lo anime, lo haga feliz y que le dé fuerza en las tempestades[4].


El amor al Papa, un don que se recibe


Al atardecer del 23 de junio de 1946, san Josemaría había llegado a Roma después de varias peripecias, entre las que se contaba otra tempestad marina, esta vez en el Mediterráneo. El piso que sus hijos habían alquilado contaba con una pequeña terraza que se asomaba a Piazza Città Leonina. Desde allí se podían divisar las ventanas de las habitaciones del Papa Pío XII. El fundador del Opus Dei pasó la noche en vela, rezando por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Años más tarde, contaba que algún eclesiástico se burló de ese gesto filial, tal vez por considerarlo ingenuo o inútil: «Se rieron de mí. En un primer momento, esa murmuración me hizo sufrir; después ha hecho surgir en mi corazón un amor al Romano Pontífice menos español –que es un amor, que brota del entusiasmo–, pero mucho más firme, porque nace de la reflexión: más teológico y, por tanto, más profundo»[5].


El amor al Santo Padre, «fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles»[6], va madurando poco a poco, a lo largo de los años. Al inicio seguramente se alimenta de un entusiasmo humano que, con el tiempo, se va tornando «más teológico», más consciente de sus razones, de su importancia y de su carácter sobrenatural, difícil de explicar solo con parámetros humanos.


San Josemaría vivió bajo la guía de diversos Papas. Cuando era pequeño, san Pío X gobernaba la Iglesia y a él debe la gracia de haber recibido tan temprano su primera comunión. Después, decidió hacerse sacerdote cuando el Papa era Benedicto XV. El Opus Dei nació bajo el pontificado de Pío XI y recibió la aprobación definitiva de manos del venerable Pío XII, que fue el primer Papa con quien san Josemaría se encontró personalmente. San Juan XXIII lo recibió varias veces, mostrándole un cariño paternal, y de san Pablo VI fueron «las primeras palabras de cariño y afecto»[7] que encontró al llegar a Roma. El fundador del Opus Dei recogió en Camino algo que Dios le había regalado desde su juventud y que sería un hilo conductor durante todos estos pontificados: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón»[8].


Aquellas palabras nos sugieren que el amor al Romano Pontífice es algo que no controlamos necesariamente con nuestra fuerza de voluntad, con una convicción puramente teórica o con una natural simpatía. Con esta breve oración san Josemaría agradece este amor como un don de Dios, como algo recibido gratuitamente. Así se explica mejor lo que aprendió de su primera noche romana: a querer al Papa con un amor recibido de Dios, que no está a merced de las tempestades, que no depende de una mayor o menor afinidad. La misma mañana del día de su fallecimiento, el fundador del Opus Dei pidió que una persona cercana a Pablo VI le trasmitiera el siguiente mensaje: «Desde hace años, ofrezco la santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea»[9].


San Josemaría, santa Catalina, san Ireneo…


En la sede central del Opus Dei, en Roma, una pequeña arca de plata guarda una reliquia de santa Catalina de Siena. Sobre un esmalte de la urna, puede leerse, en latín: «Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice». La santa del siglo XIV había escrito en una de sus cartas, refiriéndose al Papa: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del cielo, sea reverencia, sea vituperio»[10]. También pedía en otra: «Humildemente quiero que pongamos la cabeza en el regazo de Cristo en el cielo con afecto y amor, y de Cristo en la tierra, que hace sus veces, por reverencia a la sangre de Cristo, de la que él tiene las llaves»[11].


Esta convicción sobre la figura del Romano Pontífice –rodeado, en aquel siglo, de complicadas tormentas– permitía a santa Catalina hacerse cargo de la inmensa responsabilidad que pesa sobre los hombros de los Papas, y la llevaba a cultivar una intensa oración de intercesión por ellos. San Josemaría, lector de los escritos de la santa de Siena, decía también: «Mil veces me cortaría la lengua con los dientes y la escupiría lejos, antes de pronunciar la menor murmuración de quien más amo en la tierra, después del Señor y de Santa María: il dolce Cristo in terra, como suelo decir, repitiendo las palabras de santa Catalina»[12]. Esta actitud es todo lo contrario a hablar negativamente en público sobre el Papa o a menoscabar la confianza en él, tampoco en casos en los que no se comparta algún criterio personal concreto. Si esto último llegase a suceder, es debido al menos un «asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad»[13] a sus enseñanzas.


Los testimonios de esta unión con el Papa en las vidas de los santos son tan numerosos como los mismos santos. Por mencionar tan solo uno más, podemos pensar que mil años antes, en los albores del cristianismo, san Ireneo sentía la urgencia de rogar por la unidad con quien estaba al mando de la Iglesia de Roma. Ya en aquellos primeros momentos estaba claro que solamente «en ella, todos los que se encuentran, en todas partes, han conservado la tradición apostólica» [14].


Podríamos decir, en fin, que la barca de la Iglesia tiene un sistema de orientación con tres fuentes: primero Cristo que, aunque a veces duerma, está presente en cada parte y en cada tripulante; después, María, como estrella que permanece iluminándonos, aunque las olas sean grandes; y, después, Pedro, al mando del timón por mandato del mismo Jesús. «Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?»[15].


Orar en medio de olas y vientos


Al meditar sobre esta tempestad en el lago de Tiberíades, san Agustín exhortaba a la confianza en quien de verdad gobierna no solo la barca, sino el mundo entero: «Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo, ¿y tú estás sordo? El viento amaina, ¿y tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón»[16].


Nada escapa de los planes providentes de Dios: tampoco los vientos ni las olas. «“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga»[17]. Pero para que esa convicción eche raíces en nosotros es necesario entrar en su lógica a través de una vida contemplativa, de una vida de oración que se abra a las acciones de Dios, muchas veces sorprendentes para nosotros. Tendremos que desprendernos de la tentación de querer tomar el timón en nuestras manos. «El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros –decía san Josemaría– una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo»[18].


Hasta el sueño de Jesús en la barca es redentor. Esa aparente inactividad es su modo habitual de actuar: él apela a nuestra libertad; nos implica en la misión maravillosa de llevar a los hombres el amor infinito de su Padre. Su corazón está siempre atento, «no dormita, no se duerme el guardián de Israel» (Sal 121,4). Aunque a veces no comprendamos sus tiempos o sus modos –su paciencia–, podremos siempre acabar diciendo de él que, «a la vez que calmó la tempestad de las aguas, calmó también la tempestad de las almas»[19].


9 de noviembre de 2021

LA IGLESIA QUE FUNDO CRISTO


9 de noviembre: dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán

Evangelio (Jn 2,13-22) 


Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas:


—Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.


Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.


Entonces los judíos replicaron:


—¿Qué signo nos das para hacer esto?


Jesús respondió:


—Destruid este Templo y en tres días lo levantaré.


Los judíos contestaron:


—¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?


Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús.


Comentario


Poco antes de la Pascua, Jesús sube a Jerusalén y realiza un gesto acompañado de unas palabras cuyo sentido no se comprenderá del todo hasta su resurrección.


Para entender el contexto, conviene recordar el profundo significado del Templo y del aniversario de su Dedicación para los judíos.


En esta fiesta, los judíos conmemoraban la consagración del Templo realizada por los Macabeos, en el año 164 a.C., después de que hubiera sido profanado tres años antes por Antíoco IV Epifanes.


La fiesta se llamaba también “de las luces” en referencia al candelabro de siete brazos que, siempre encendido, simbolizaba la Presencia de Dios, que todo lo ve y que es luz del mundo, en medio del Pueblo. Donde estaba esa luz, se disipaba la oscuridad del paganismo y la idolatría.


En este contexto, Nuestro Señor purifica y “consagra de nuevo” el Templo, la casa de su Padre, por la que su celo le consumía.


Tanto aquellos hombres como nosotros estamos sometidos a la tentación de hacer de la vida religiosa y del templo un “mercado”, un negocio, esto es, usar a Dios para el propio interés. Y esto es, en el fondo, una profanación del Templo.


Pero en la casa de Dios solo puede haber un Señor, solo Dios puede ser el que dé razón de todo lo demás, y nunca una excusa para otro fin. Por tanto, con la expulsión de los mercaderes y los cambistas, Jesús nos invita a purificar nuestras intenciones, de modo que nuestra búsqueda de Dios sea lo más pura y desinteresada posible. Amor verdadero.


Pero templo de Dios no es solo el edificio de piedras, sino que es, en último término, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Ella es casa de Dios en sentido estricto. En ella mora, iluminándola y vivificándola.


Jesús nos anima a mirarla con esos ojos y a mantenerla, en lo que dependa de nosotros, sin mancha ni arruga. Cada uno de nosotros ha de sentirse responsable de eso con su propia vida. Los bautizados, en cuanto piedras vivas, conformamos el rostro visible de la santidad de la Iglesia ante los hombres, rostro que está llamado a atraer a los de fuera y dar luz y consuelo a los de dentro.


PARA TU ORACION PERSONAL

EN LOS COMIENZOS del cristianismo, la celebración de la Eucaristía tenía lugar en casas privadas que algunas familias cristianas –habitualmente las que contaban con mayores medios económicos y, por tanto, con viviendas más amplias– ponían a disposición de la comunidad. Eran las primitivas iglesias domésticas o domus ecclesiae. En Roma, el primer templo cristiano que se edificó fue la basílica Lateranense, en los terrenos hasta entonces ocupados por un cuartel de la guardia privada del emperador. El Papa Silvestre la consagró en el año 318. Al principio, recibió el nombre de Basílica del Salvador, pero en época medieval se dedicó también a san Juan Bautista y san Juan Evangelista. Durante bastantes siglos, hasta el periodo de Aviñón, allí estuvo la cátedra papal, por lo que esta basílica mereció el título de cunctarum mater et caput ecclesiarum, madre y cabeza de todas las iglesias, que aún puede leerse en una inscripción junto a la entrada.

Hoy conmemoramos la dedicación de esta basílica. Es una ocasión para reforzar nuestra comunión con la sede de Pedro y también para profundizar en el significado que tienen en la vida cristiana los edificios sagrados, los espacios dedicados exclusivamente al culto. Uno de los prefacios que pueden rezarse en la Misa de hoy resume el sentido de esta celebración cuando da gracias a Dios con estas palabras: «Porque generosamente te dignas habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templo del Espíritu Santo, resplandeciente por la santidad de vida. Con tu acción constante, santificas a la Iglesia, esposa de Cristo, representada en edificios visibles, para colocarla en el cielo para gloria tuya, como madre gozosa por la multitud de tus hijos»[1]. Las iglesias visibles son símbolo de la Iglesia invisible, formada por todos los bautizados como «piedras vivas y elegidas»[2]. Por eso, en una fiesta como la de hoy, pedimos al Señor que, con su ayuda, sepamos edificar la Iglesia y así alcancemos la morada definitiva en la Jerusalén del cielo[3].

«LOS VERDADEROS ADORADORES adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), respondió Jesús a la mujer samaritana que planteaba cuál era el lugar adecuado para el culto divino. Cristo señala que, más allá del lugar material, lo más importante es que Dios vive en el corazón de cada hombre (cfr. Jn 14,23), y también asegura su presencia cada vez que dos o tres se reúnan en su nombre (cfr. Mt 18,20). Como después enseñará san Pablo en el Areópago, «el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por hombre, ni es servido por manos humanas como si necesitara de algo el que da a todos la vida, el aliento y todas las cosas» (Hch 17,24-25).

Poner en primer lugar la trascendencia de Dios y la importancia de la interioridad en nuestro trato con él, no contradice, sin embargo, el hecho de que los hombres necesitemos lugares donde la cercanía del Señor hacia nosotros se manifieste de modo más patente. Y a esto se añade la realidad de que no nos salvamos individualmente, sino como Iglesia, como pueblo de Dios. No por casualidad, la palabra iglesia, en su origen griego, significa asamblea o reunión. Efectivamente, en la iglesia, grande o pequeña, nos reunimos con otros fieles cristianos y Cristo se hace presente entre nosotros, especialmente en la Eucaristía. «Mi casa será llamada casa de oración» (Mt 21,13). Hemos leído estás palabras de Jesús en el evangelio de la Misa. Nos pueden servir para considerar cómo es nuestra actitud cuando entramos en una iglesia, capilla u oratorio. ¿Nos sentimos realmente en la casa de Dios y dirigimos enseguida nuestra mirada al sagrario, donde se custodia la Eucaristía? ¿Somos capaces de instaurar un silencio interior que nos permita orar? ¿Buscamos adorarle y agradecerle su cercanía, su paciencia, haber querido mantener una familiaridad a la vez tan humana como asombrosa?

SAN FRANCISCO DE ASÍS rogaba encarecidamente a los custodios de su orden –quienes guiaban la comunidad de cada lugar– que suplicasen con toda humildad a los clérigos «que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo (…). Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos»[4]. El cuidado de los edificios y de los objetos relacionados con el culto surge de la fe, del amor y de la gratitud hacia un Dios que se ha hecho tan cercano. Junto con la razón, también nuestros sentidos y nuestros sentimientos nos ayudan a llegar a Dios.

El fundador del Opus Dei explicaba, con un ejemplo gráfico, que el amor humano era la explicación para ofrecer al culto los objetos más hermosos al alcance de la mano: «Cuando un hombre a la mujer amada le regale, como muestra de afecto, un saco de cemento y tres barras de hierro –os tengo dicho–, haremos nosotros lo mismo con el Señor Nuestro, que está en los cielos y en nuestros Tabernáculos»[5]. También solía comentar que comprendía con facilidad cualquier clase de falta debida a la flaqueza, pero que le era más difícil entender el descuido negligente: «Pienso –decía– que a las personas que ponen amor en todo lo que se refiere al culto, que hacen que las iglesias estén digna y decorosamente conservadas y limpias, los altares resplandecientes, los ornamentos sagrados pulcros y cuidados, Dios las mirará con especial cariño, y les pasará más fácilmente por alto sus flaquezas, porque demuestran en esos detalles que creen y aman»[6].

Seguramente María llenó de delicadezas y atenciones a Jesús en Belén, en Nazaret, y a lo largo de toda su vida. Hoy, día de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, podemos pedir a nuestra madre un poco de ese amor suyo.

Apartado doctrinal

¿Qué es la Iglesia? ¿Dónde está? Aturdidos y desorientados, muchos cristianos no hallan respuestas seguras a estas cuestiones. "Una serie de hechos y de dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la Iglesia", son palabras actuales de san Josemaría, en su homilía 'Lealtad a la Iglesia'. Su meditación puede satisfacer esas preguntas sobre la Iglesia fundada por Cristo.


Conmueve esta insistencia de Dios, San Josemaria, empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase, siempre. También ahora: en estos momentos, en los que voces confusas surcan la Iglesia; son tiempos de extravío, porque tantas almas no dan con buenos pastores, otros Cristos, que los guíen al Amor del Señor; y encuentran en cambio ladrones y salteadores que vienen para robar, matar y destruir (Ioh X, 8 y 10).

No temamos. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, habrá de ser indefectiblemente el camino y el ovil del Buen Pastor, el fundamento robusto y la vía abierta a todos los hombres.

Lelatad a la Iglesia, 18

Hechos y dificultades

Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos -y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez- han quedado superadas y han de ser substituidas por otras nuevas. Una serie de hechos y de dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la Iglesia. Unos sostienen: la Iglesia está aquí, en el afán por acomodarse a lo que llaman tiempos modernos Otros gritan: la Iglesia no es más que el ansia de solidaridad de los hombres; debemos cambiarla de acuerdo con las circunstancias actuales.

La misma Iglesia que fundó Cristo

Se equivocan. La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos.

Lealtad a la Iglesia, 19

Compuesta por criaturas con miserias

Gens sancta pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: omnes homines terra et cinis (Ecclo XVII, 31), todos somos polvo y ceniza.

Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo atraviesan.

Prueba de virtud

El Divino Redentor dispuso que la comunidad, por Él fundada, fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales, para perpetuar en este mundo la obra de la Redención... Si en la Iglesia se descubre algo que arguya la debilidad de nuestra condición humana, no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo Místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores, y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana (PÍO XII, enc. Mystici Corporis 29-VI-1943).

¿Son compatibles la santidad y los defectos?

Esa es la realidad de la Iglesia ahora, aquí. Por eso, resulta compatible la santidad de la Esposa de Cristo con la existencia en su seno de personas con defectos. Cristo no excluyó a los pecadores de la sociedad por El fundada. Si, por tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no por eso debe disminuir nuestro amor a la Iglesia; al contrario, ha de aumentar nuestra compasión hacia sus miembros (PÍO XII, enc. Mystici Corporis 29-VI-1943).

Lealtad a la Iglesia, 23

Debilidad y fidelidad, los cimientos de la Iglesia

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad -pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo. Leamos otra vez el texto conocido, que es siempre nuevo y actual: a mí se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la tierra; id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt XXVIII, 18-20).

Lealtad a la Iglesia, 29

La predicación de Jesús se dirigía en primer lugar a Israel, como él mismo lo dijo a quienes le seguían: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Desde el comienzo de su actividad invitaba a todos a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Pero esa llamada a la conversión personal no se concibe en un contexto individualista, sino que mira continuamente a reunir a la humanidad dispersada para constituir el Pueblo de Dios que había venido a salvar.

Una señal evidente de que Jesús tenía la intención de reunir al pueblo de la Alianza, abierto a la humanidad entera, en cumplimiento de las promesas hechas a su pueblo, es la institución de los doce apóstoles, entre los que sitúa a Pedro a la cabeza: «Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó» (Mt 10,1-4; cfr. Mc 3,13-16; Lc 6,12-16). El número doce hace referencia a las doce tribus de Israel y manifiesta el significado de esta iniciativa de congregar el pueblo santo de Dios, la ekkesía Theou: ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cfr. Ap 21,12-14).

Una nueva señal de esa intención de Jesús es que en la última cena les confió el poder de celebrar la Eucaristía que instituyó en aquel momento. De este modo, trasmitió a toda la Iglesia, en la persona de aquellos Doce que hacen cabeza en ella, la responsabilidad de ser signo e instrumento de la reunión comenzada por Él y que debía darse en los últimos tiempos. En efecto, su entrega en la cruz, anticipada sacramentalmente en esa cena, y actualizada cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, crea una comunidad unida en la comunión con Él mismo, llamada a ser signo e instrumento de la tarea por Él iniciada. La Iglesia nace, pues, de la donación total de Cristo por nuestra salvación, anticipada en la institución de la Eucaristía y consumada en la cruz.

Los doce apóstoles son el signo más evidente de la voluntad de Jesús sobre la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia.

Los apóstoles eran conscientes, porque así lo habían recibido de Jesús, de que su misión habría de perpetuarse. Por eso se preocuparon de encontrar sucesores con el fin de que la misión que les había sido confiada continuase tras su muerte, como lo testimonia el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dejaron una comunidad estructurada a través del ministerio apostólico, bajo la guía de los pastores legítimos, que la edifican y la sostienen en la comunión con Cristo y el Espíritu Santo en la que todos los hombres están llamados a experimentar la salvación ofrecida por el Padre.

En las cartas de San Pablo se concibe, por tanto, a los miembros de la Iglesia como «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Ef 2,19-20).

No es posible encontrar a Jesús si se prescinde de la realidad que Él creó y en la que se comunica. Entre Jesús y su Iglesia hay una continuidad profunda, inseparable y misteriosa, en virtud de la cual Cristo se hace presente hoy en su pueblo.


Benedicto XVI, Audiencias generales de los miércoles 15, 22 y 29 de marzo de 2006.

28 de octubre de 2021

APOSTOLES Simón y Judas Tadeo

 


Evangelio (Lc 6, 12-19)


“En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y de entre ellos eligió a doce, a los que denominó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Santiago y a Juan, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago de Alfeo, a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor”.


Comentario


Al igualque en otras ocasiones, el evangelio de hoy nos muestra la conducta del Señor antes de algún acontecimiento importante: se retira a orar. En este caso pasa la noche en oración. “Cuando se hizo de día” reunió a los discípulos y, de entre ellos, eligió a los doce apóstoles. Ellos serán los testigos de las obras de Jesús y los que le darán continuidad.


El día de hoy celebramos a dos de esos doce elegidos: a Simón y Judas Tadeo (sólo Lucas lo llama Judas de Santiago, a diferencia de Mateo y Marcos que lo llaman Tadeo). Es notable la diferencia que se hace entre los discípulos y el grupo de los doce, de los Apóstoles. Será sobre ellos, sobre esas doce columnas, sobre las que el Señor articulará y construirá su Iglesia.


El Señor elige a los Apóstoles y les da el poder de continuar con la obra de la salvación, y los envía, como recuerda el Concilio Vaticano II, «a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo»[1].


La fiesta y el evangelio del día de hoy nos puede servir para aumentar nuestro amor a la Iglesia de Cristo, que es apostólica porque ha sido fundada sobre los doce apóstoles; quienes, desde el comienzo, instituyeron a sus sucesores –los obispos–.


PARA TU ORACION PERSONAL


Queridos hermanos y hermanas:En el Credo decimos que la Iglesia es «apostólica», expresando así el profundo vínculo que tiene con los Doce Apóstoles, a los que Jesús llamó para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. «Apóstol» es una palabra griega que significa «mandado», «enviado». Y aplicada a la Iglesia, puede tener tres significados. En primer lugar, la Iglesia es apostólica porque está edificada sobre el cimiento de los Apóstoles, sobre su testimonio y sobre la autoridad que Cristo mismo les ha dado.En segundo lugar, la Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles», conserva el precioso tesoro de la Sagrada Escritura, los Sacramentos que nos permiten ser fieles a Cristo y participar de su misma vida. Y, en tercer lugar, la Iglesia es apostólica porque en ella pervive el mandato misionero que el Señor confió a sus Apóstoles. La Iglesia continúa en la historia la tarea de llevar el Evangelio a todo el mundo. 

PAPA FRANCISCO


Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor (Lc 6, 12-16) .


“A mí me anima considerar un precedente narrado, paso a paso, en las páginas del Evangelio: la vocación de los primeros doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.


Aquellos primeros apóstoles –a los que tengo gran devoción y cariño– eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día, bregando de noche, para poder lograr el sustento.


Pero la posición social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam [i], Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan [ii].


Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quién sería el mayor, cuando –según su mentalidad– Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo [iii].


Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice [iv]. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo [v]. Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres [vi] (…).


Aquellos hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el entusiasmo: vamos y muramos con El [vii]. Pero a la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte [viii].


Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia (cfr. Gal II, 9.). Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (Mt IV, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios.


Algo semejante ha sucedido con nosotros”.

San Josemaría


1. ¿Qué es la Iglesia?


La palabra "Iglesia" significa "convocación”. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Éxodo, 19). Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de la tierra.


En el lenguaje cristiano, la palabra "Iglesia" designa no sólo la asamblea litúrgica, sino también la comunidad local o toda la comunidad universal de los creyentes. La Iglesia es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo. Catecismo de la Iglesia Católica 751-752


Textos de san Josemaría para meditar


Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria. Es Cristo que pasa, 131


Personas de diversas naciones, de distintas razas, de muy diferentes ambientes y profesiones... Al hablarles de Dios, palpas el valor humano y sobrenatural de tu vocación de apóstol. Es como si revivieras, en su realidad total, el milagro de la primera predicación de los discípulos del Señor: frases dichas en lengua extraña, mostrando un camino nuevo, han sido oídas por cada uno en el fondo de su corazón, en su propia lengua. Y por tu cabeza pasa, tomando nueva vida, la escena de que “partos, medos y elamitas...” se han acercado felices a Dios. Surco, 186


2. ¿Por qué nació la Iglesia?


Dios Padre creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina a la cual llama a todos los hombres a través de su Hijo Jesucristo: "Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia".


Esta "familia de Dios" se constituye y se realiza gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según las disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia ha sido "prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (Lumen Gentium, 2). Catecismo de la Iglesia Católica, 759


Textos de san Josemaría para meditar


Amemos al Señor, Nuestro Dios; amemos a su Iglesia escribe San Agustín. A Él como un Padre; a Ella, como a una madre. (…) ¿De qué sirve no ofender al Padre si Él vengará a la Madre, a quien ofendéis? (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 88, 2, 14; PL 37, 1140). Y San Cipriano había declarado brevemente: no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre (S. Cipriano, o.c.; PL 4, 502). Amar a la Iglesia, 13


Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísimamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo —y de nosotros con Él— a la voluntad del Padre celestial que le envió. Conversaciones, 1


La Iglesia es de Dios, y pretende un solo fin: la salvación de las almas. Acerquémonos al Señor, hablemos con Él en la oración cara a cara, pidámosle perdón por nuestras miserias personales y reparemos por nuestros pecados y por los de los demás hombres, que quizá -en este clima de confusión- no aciertan a advertir con cuánta gravedad están ofendiendo a Dios. Amar a la Iglesia, 17


3. ¿Pero quién fundó la Iglesia?


Corresponde al Hijo, Jesucristo, realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su "misión". "El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras". Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio".


"Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo". Acoger la palabra de Jesús es acoger "el Reino". Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (Lumen Gentium, 3)


Textos de san Josemaría para meditar


Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios. Es Cristo que pasa, 34


Hazte cada día más "romano", ama esa condición bendita, que adorna a los hijos de la única y verdadera Iglesia, puesto que así lo ha querido Jesucristo. Forja, 586


Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré". Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad. Es Cristo que pasa, 102


4. ¿Cómo continúa la misión de Cristo a lo largo de la historia?


El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza; puesto que representan a las doce tribus de Israel, ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén. Los Doce y los otros discípulos participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica, 763-765


Como se narra en los Hechos de los Apóstoles, los doce apóstoles son el signo más evidente de la voluntad de Jesús sobre la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia.


Los apóstoles eran conscientes, porque así lo habían recibido de Jesús, de que su misión habría de perpetuarse. Por eso se preocuparon de encontrar sucesores con el fin de que la misión que les había sido confiada continuase tras su muerte, como lo testimonia el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dejaron una comunidad estructurada a través del ministerio apostólico, bajo la guía de los pastores legítimos, que la edifican y la sostienen en la comunión con Cristo y el Espíritu Santo en la que todos los hombres están llamados a experimentar la salvación ofrecida por el Padre.


Textos de san Josemaría para meditar


Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos -y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez- han quedado superadas y han de ser substituidas por otras nuevas. (…)


La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia (Santo Tomás, S. Th. III, q.64, a.2 ad 3).


La Iglesia ha de ser reconocida por aquellas cuatro notas, que se expresan en la confesión de fe de uno de los primeros Concilios, como las rezamos en el Credo de la Misa: Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica (Símbolo constantinopolitano). Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas, signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en estas otras se oiga pronunciar también el nombre de Cristo. Amar a la Iglesia, 19


5. ¿Quiénes forman parte de la Iglesia?


En las cartas de San Pablo se concibe a los miembros de la Iglesia como «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Efesios 2,19-20).


"Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo" (Código Derecho Canónico, can. 204, 1; cf. Lumen Gentium, 31).


"Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo" (Código Derecho Canónico can. 208; cf. Lumen Gentium, 32). Catecismo de la Iglesia Católica 871-872


Textos de san Josemaría para meditar


La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres. (...) Es necesario volver a dar toda su importancia al hecho de haber recibido el santo Bautismo, es decir, de haber sido injertado, mediante ese sacramento, en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... El ser cristiano, el haber recibido el Bautismo, no debe ser considerado como indiferente o sin valor, sino que debe marcar profunda y dichosamente la conciencia de todo bautizado. Conversaciones, 58


Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común. Es Cristo que pasa, 139


6. ¿Hace falta pertenecer a la Iglesia para salvarse?


Cristo es Él mismo el Misterio de la salvación. La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también "los santos Misterios"). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene, por tanto, y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico, la Iglesia es llamada "sacramento":


"La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano "(Lumen Gentium 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.


Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo para la “redención universal" (Lumen Gentium 9). Así, Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre" (Gaudium et spes 45, 1). Dicho de otro modo, la Iglesia "es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad". Catecismo de la Iglesia Católica, 749; 774-776


Textos de san Josemaría para meditar


En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia. Amar a la Iglesia, 32


La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres -ni solos, ni en comunidad- darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios. Amar a la Iglesia, 12


Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo atraviesan. Amar a la Iglesia, 23


7. ¿Cuál es la identidad de los cristianos, del Pueblo de Dios?


El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:


— Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1 P 2, 9).


— Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.


— Este pueblo tiene por Cabeza a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".


— "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo" (Lumen Gentium 9).


— "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf.Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).


— Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano".


— "Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección". Catecismo de la Iglesia Católica, 782


Textos de san Josemaría para meditar

Al traerte a la Iglesia, el Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. —No lo olvides. Forja, 264


Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto. ¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.

—¿Te acuerdas de la vid y de los sarmientos? ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ¡Qué racimos generosos! ¡Y qué esterilidad la del sarmiento separado, que se seca y pierde la vida! Forja, 932


Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una —la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. —Te hablo muy seriamente: que por ti no se lesione esta unidad santa. ¡Llévalo a tu oración! Forja, 632


8. ¿Cuál es la misión de la Iglesia?


La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; Ad gentes 2,5-6).


Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (Lumen Gentium 4). "La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios.


La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo" (Lumen Gentium 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín, De civitate Dei 18, 51; cf. Lumen Gentium 8). Catecismo de la Iglesia Católica, 767-769


Textos de san Josemaría para meditar

¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido. Camino, 521


Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. —Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado! Forja, 638


Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas. Es Cristo que pasa, 145


Universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado; traducción en obras y de verdad, por nuestra parte, del gran empeño de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Amigos de Dios, 230


9. ¿Qué características tiene la Iglesia?


La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.


La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "inmaculada, aunque compuesta de pecadores. En los santos brilla su santidad; en María, la Iglesia es ya la enteramente santa.


La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera" (Ad Gentes 2).


La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles del Cordero (Ap 21, 14); es indestructible (cf. Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.


"La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica [...] subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad " (Lumen Gentium 8). Catecismo de la Iglesia Católica, 866-870


Textos de san Josemaría para meditar

Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos. Amar la Iglesia, 33


Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe. Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice.Amar a la Iglesia, 20


Al reconocernos parte de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe, descubrimos con mayor hondura la fraternidad que nos une a la humanidad entera: porque la Iglesia ha sido enviada por Cristo a todas las gentes y a todos los pueblos. Es Cristo que pasa, 139