"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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7 de junio de 2020

ESA CORRIENTE TRINITARIA DE AMOR



-       - EL MISTERIO DE LOS MISTERIOS
-       - EL AMOR DE LOS AMORES
-       - MARÍA Y LA TRINIDAD

I.- EL MISTERIO DE LOS MISTERIOS

El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

Los cristianos reconocemos el origen de todo lo que existe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas. Y todo en nuestra vida está marcado por el signo de la Cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según las palabras del propio Jesús (Cfr. Mt 28,19). Pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida? ¿Cómo se traduce en nuestra existencia diaria, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro descanso?

Aunque solo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la Trinidad es nuestro verdadero hogar, hasta qué punto nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), la fe cristiana nos pone ya ahora en camino hacia este Misterio, que contiene la respuesta a todas nuestras preguntas; que nos dice quiénes somos en realidad. El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, transfigura nuestra existencia: lo que, tomado por sí mismo, sería banal o insignificante se ilumina desde dentro. Nos detendremos aquí, de entre los muchos aspectos de la fe en la Trinidad, en dos que están fuertemente entrelazados entre sí: la profundidad del Misterio y el valor divino del amor humano.


Desde las primeras generaciones de cristianos, los teólogos, los santos y quienes han vivido una auténtica e intensa experiencia de Dios tienen una predilección especial por su Misterio, el Misterio de la Trinidad (Mysterium Trinitatis). También en la vida diaria se habla con frecuencia de misterio, aunque en el sentido de una realidad de difícil acceso, como saber quién es el criminal en una novela de intriga, o cuál es la solución de una ecuación o de un problema difícil. En todos estos casos el término se refiere a los límites de nuestra capacidad de conocer. En cambio, cuando se habla de Misterio de Dios, la cuestión ya no nos concierne solamente a nosotros, sino sobre todo a Él mismo y a su infinita profundidad. El Misterio de Dios no es insondable porque sea oscuro sino, al contrario, porque es demasiado luminoso: los ojos de nuestra inteligencia se deslumbran al mirarlo, como sucede cuando uno mira hacia el sol en pleno día.

Una piadosa leyenda medieval, representada también en magníficas obras pictóricas, cuenta que un día san Agustín paseaba por la playa, intentando comprender cómo es posible que Dios sea uno y trino, y encontró un niño que con un pequeño cubo vertía el agua del mar en un agujero excavado en la arena, con intención de meter el mar en el agujero. El gran Padre de la Iglesia intentó hacerle ver lo imposible de su pretensión; el chico le respondió que más absurdo aún era intentar comprender el Misterio de la Trinidad. El Misterio de Dios es como la inmensidad del mar, como la luz cegadora del sol. Ante el «océano del amor infinito», la única respuesta verdaderamente razonable es «sumergirse» confiadamente[1], «bucear en ese mar inmenso»[2].

En una de sus catequesis, san Josemaría lo explicaba con una fórmula verdaderamente eficaz, a propósito de cómo hablar sobre Dios: «Y cuando (…) te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal»[3]. Un Dios totalmente comprensible no sería misterio, sería poca cosa. En cambio, la paradoja cristiana consiste en el hecho de que, aunque la Trinidad infinita no puede ser comprendida por nuestra inteligencia, a la vez habita en nosotros, en nuestro corazón.

La dificultad para comprender el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no se debe a que sea un absurdo, sino a que es un Misterio de Amor: una comunión de Personas. Nuestro Dios es Misterio porque es Amor: todo en Él es Don perfecto y eterno. Y el mundo creado es expresión de ese Amor. A través del mundo, y de las personas que nos rodean, podemos comprender por qué es necesaria la fe para acceder a esta verdad, que incluso los más grandes filósofos no han podido encontrar sin la Revelación. No se trata de creer en lo absurdo, sino de entrar en la dimensión personal, cosa que solo logramos cuando abrimos el corazón. «¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!»[4]

¿Por qué Dios se oculta en su Misterio? En realidad no es que se oculte: incluso entre los seres humanos sucede que la intimidad del alma de otro solo se puede conocer a través de un acto voluntario de revelación de lo que uno tiene en el corazón, como los recuerdos, los sueños, las preocupaciones o los miedos. Aunque desde fuera se pueda intuir algo, para que otro acceda a lo que verdaderamente se encuentra dentro de nosotros es necesaria una “revelación” de nosotros mismos; y es necesario también que quien participa de esa “revelación” logre comprenderla, asimilarla. No nos debe extrañar que el Misterio de Dios nos supere: nuestros ojos deben acostumbrarse poco a poco a su luz. Por eso, si en la vida de cada día es necesario aprender «siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro»[5], ante el Misterio de la Trinidad, la primera actitud a asumir es la de la humildad y el profundo respeto, porque se entra en el espacio de la Libertad y del Don, esa Libertad y Don que son precisamente el origen del Amor, de todo amor.

II- EL AMOR DE LOS AMORES

«No hay más amor que el Amor», anotaba san Josemaría en 1931[6]. La inmersión en la profundidad del Misterio del Dios uno y trino nos lleva a leer el mundo y la historia a su luz, que es la «luz verdadera» (Jn 1,9): como si pasáramos de intentar descifrar un texto en la penumbra a leerlo a pleno sol, y descubriéramos que no estábamos entendiendo prácticamente nada. «Dios es amor» (1 Jn 4,16) porque es una comunión eterna de tres Personas, que se entregan recíprocamente, sin reservas: tres Personas unidas de modo absoluto y eterno por una relación de don total y libre de Sí. El sentido del mundo y de la existencia de cada hombre reposa en esa libertad auténtica, esa «corriente trinitaria de Amor»[7].

El Padre, en efecto, genera al Hijo dándole todo lo que Él mismo es, y no simplemente algo que posee. La primera Persona divina es Padre con todo su ser, Padre sin límites, de modo que el Hijo generado por Él no solo se le parece, sino que es una sola cosa con Él: es Dios mismo en su eternidad y su infinitud. El Hijo, Imagen perfecta del Padre, se entrega de nuevo a Él, es decir, responde al don que recibe dándose Él mismo totalmente al Padre, como este se le ha entregado. Y el Don que el Padre y el Hijo se intercambian eternamente es el Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es el Amor que une a las primeras dos Personas, y es Dios, porque es una sola cosa con ellos. Así, nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, porque es Don perfecto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos.

San Agustín, aunque llegó a darse cuenta de la limitación de nuestros conceptos, lo explicó de un modo que permite asomarse a esta vida íntima de la Trinidad. El amor, escribió en su tratado sobre la Trinidad, implica siempre la presencia de un amante, de un amado y de su amor[8]. Análogamente, para que se pueda hablar de don, debe haber alguien que da, otro que recibe y también aquello mismo que se da: el don, el regalo. Solo con esta tríada hay Amor. Y cuando el Amor o el Don es infinito, y por tanto entra en el espacio del Misterio de Dios, estos tres términos son infinitos y perfectos. De modo que nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor. De este Amor sin límites surge, y hacia él se dirige, «el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno»[9].

Uno de los modos en que los cristianos acompañan el Nombre de la Trinidad es beatissima: felicísima. Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita. El mundo en el que vivimos, y la existencia de cada uno, tiene su origen en ese eterno Don recíproco que es la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El hombre existe, pues, en la medida en que es amado por las tres Personas divinas. Y por eso su valor es infinito. Desde esta luz, «nos parecen admirables tanto el origen como el fin de la creación, que consisten en el amor. Un amor absolutamente desinteresado, porque Dios no tiene ninguna necesidad de nosotros: somos nosotros quienes tenemos necesidad de Él»[10].

Si el mundo surge del desbordamiento del Amor de las tres Personas divinas, el sentido de la vida de quien cree en la Trinidad es el amor. Y por eso todo verdadero amor remite, en su núcleo más íntimo, a la Trinidad, como ha explicado recientemente el Papa Francisco, retomando las enseñanzas de san Juan Pablo II[11]. Así, la importancia fundamental de la familia para la fe cristiana no está ligada solo a la dimensión moral o a consideraciones sociológicas. La misma relación fecunda de los esposos es imagen que guía en el encuentro con el Misterio de la Trinidad: «el Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»[12].

El cristiano, pues, sabe que el primer principio de cualquier cosa no es una unidad abstracta o una idea universal, sino una comunión de Personas: una comunión radiante de felicidad. El fondo de la realidad, lo que es más verdadero, se encuentra en las relaciones interpersonales. Qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí; el sentido de la vida se juega a esa profundidad. La amistad, el servicio de los demás, la fraternidad, el amor en todas sus formas, no son solo palabras bonitas o prácticas positivas sugeridas por un buen corazón. El cultivo cuidadoso de las relaciones interpersonales resulta el acto más realista y eficaz, la mejor inversión posible: porque el fundamento de la realidad es trinitario. El pecado, por contraste, es esencialmente superficial: no ve lo que verdaderamente cuenta, y lleva a inversiones pésimas. El pecado se cierra al otro, lo descarta; supone, en fin, una verdadera miopía existencial, de la que todos necesitamos irnos curando. La revelación de la Trinidad y la fe que se despliega a partir de este Misterio es colirio para nuestros ojos: nos habla de cómo ganar verdaderamente en la vida, y de cómo ganar a todos para la Vida.

La mirada de los santos, que se saben pecadores como todos, se mueve entre el Cielo y la tierra; reconoce que la verdadera realización de sí se encuentra en el amor y en el servicio: ahí se libera el acceso a la realidad más auténtica. Los mismos gestos de afecto, como los abrazos; o los de cortesía, como darse la mano, se hacen eco del amor de la Trinidad, porque significan el deseo o la disponibilidad para ser uno en el otro, como las personas divinas son una en la otra. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Quien ve al Hijo ve al Padre, porque el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: son todo Amor. Así es la vida de la Trinidad, la vida a la que Dios nos llama: la vida misma del Padre es dar su vida al Hijo; la vida misma del Hijo es agradecer la vida al Padre; el Espíritu Santo es Él mismo esa Vida para el Otro.

Surge así otra dimensión de la contemplación del mundo a la luz de la Trinidad: si el principio de todas las cosas es nuestro Dios, entonces en el origen y en el destino de la realidad se encuentra el Amor del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. La Escritura nos lo deja entrever en el aletear del Espíritu de Dios sobre las aguas (cfr. Gn 1,2): el Amor de la Trinidad abraza el universo. Y, de un modo más explícito, retomando el relato de la creación a la luz de la encarnación del Verbo, el prólogo del cuarto Evangelio dice que «todo se hizo por Él» (Jn 1,3): en todo se refleja la Filiación de Cristo, y a Él se ordena todo (cfr. Ef 1,10). Las estrellas lejanas, el mar profundo, las montañas más altas o las flores más bellas, todos hablan del don absoluto que el Padre vierte en la generación del Hijo: todo es icono de esta relación eterna de amor. Toda la creación habla de Cristo, como dice la liturgia, parafraseando a san Pablo: «Ahora se cumple el designio del Padre: hacer de Cristo el corazón del mundo»[13].

De aquí nace la posibilidad de contemplar el mundo y la historia, en sus dimensiones más cotidianas y prosaicas, como lugar de encuentro con Dios, como tarea filial confiada al hombre por el Padre, en Cristo. A la luz de la Trinidad el cristiano se puede reconocer como “socio” de Dios, como heredero en Cristo de todas las cosas, colaborando con Él para llevar todo al Padre, con una profunda gratitud por su don: siendo todo él agradecimiento. Este es el corazón de toda Misa, el acto eucarístico más auténtico, a través del cual la creación vuelve a la relación con su origen, a la Trinidad.

III - MARÍA Y LA TRINIDAD

San Josemaría confiaba en una ocasión: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles»[14]. El amor de los tres de la Sagrada Familia, sus relaciones de don recíproco, le guiaba en la contemplación de la Trinidad beatísima, remontando el río en búsqueda de la fuente, desde los amores hasta el Amor de los amores.

Santa María es quien mejor ha realizado este retorno a Dios, esta restitución en Cristo del mundo a la Trinidad. La existencia de María es trinitaria; está completamente transfigurada de amor: María recibe su ser, y lo entrega de nuevo al Padre en Cristo gracias al Espíritu Santo, que es el Amor mismo y que la ha cubierto con su sombra (Cfr. Lc 1,35). María es criatura, María es una mujer de Palestina, pero todo en Ella está impregnado del Amor que constituye la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Así Ella es Señora de la creación y de la historia: todo se ha confiado a su Corazón inmaculado, porque nadie conoce mejor que ella el mundo, nadie lo transforma mejor que ella, a través de su diálogo íntimo y familiar con cada persona de la Trinidad. Con Ella podemos vivir «en el seno de la Trinidad (…) adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian»[15], que llevan a «hacer de Cristo el corazón del mundo».

20 de mayo de 2019

SOMOS TEMPLOS DE DIOS

— La inhabitación de la Trinidad en el alma. 
— Necesidad del recogimiento interior.
— El trato con el Espíritu Santo.
I. El Evangelio nos muestra con frecuencia la confianza que tenían los Apóstoles con Jesús: le preguntan acerca de lo que no entienden y de aquellas cosas que les resultan oscuras. El Evangelio de la Misa de hoy recoge una de estas preguntas que, sobre todo al final de la vida del Señor, debieron de ser frecuentes.
El Señor les ha dicho: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él. En tiempos del Señor, era creencia común entre los judíos que cuando llegara el Mesías se manifestaría a todo el mundo como Rey y Salvador. Los Apóstoles han entendido las palabras de Jesús como referidas a ellos, a los íntimos, a los que le aman. Judas Tadeo –que ha comprendido bien la enseñanza– le pregunta: Señor, ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?
En el Antiguo Testamento Dios se había manifestado en diversas ocasiones y de diversos modos, y había prometido que habitaría en medio de su pueblo. Pero aquí el Señor se refiere a una presencia muy distinta: es la presencia en cada persona que le ame, que esté en gracia. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él. ¡Es la presencia de la Trinidad en el alma que haya renacido por la gracia! Esta será una de las enseñanzas fundamentales para la vida cristiana, repetida por San Pablo: Porque vosotros sois templos de Dios vivo, dice a los primeros cristianos de Corinto.
San Juan de la Cruz, citando este pasaje, comenta: «¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción (...), tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca».
Debemos aprender a tratar cada vez más y mejor a Dios, que mora en nosotros. Nuestra alma, por esa presencia divina, se convierte en un pequeño cielo. ¡Cuánto bien nos puede hacer esta consideración! En el momento del Bautismo vinieron a nuestra alma las tres Personas de la Beatísima Trinidad con el deseo de permanecer más unidas a nuestra existencia de lo que puede estar el más íntimo de los amigos. Esta presencia, del todo singular, solo se pierde por el pecado mortal; pero los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios: debemos buscarle en nosotros mismos en medio de nuestras ocupaciones, cuando vamos por la calle..., para darle gracias, pedirle ayuda, desagraviarle por los pecados que cada día se cometen.
A veces pensamos que Dios está muy lejos, y está más cercano, más atento a nuestras cosas que el mejor de los amigos. San Agustín, al considerar esta inefable cercanía de Dios, exclamaba: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad.
Pero para hablar con Dios, presente realmente en el alma en gracia, es necesario el recogimiento de los sentidos, que tienden a desparramarse y quedarse apegados a las cosas; sabernos «templos de Dios» y actuar siempre en consecuencia; rodear de amor, de un silencio sonoro, esa presencia íntima de la Trinidad en nuestra alma.
II. La presencia de las tres Personas divinas en el alma en gracia es una presencia viva, abierta a nuestro trato, ordenada al conocimiento y al amor con que podemos corresponder. «¿Por qué andar corriendo por las alturas del firmamento y por los abismos de la tierra en busca de Aquel que mora en nosotros?», se pregunta San Agustín. «Ahora bien –enseña San Gregorio Magno–, mientras nuestra mente estuviere disipada en imágenes carnales, jamás será capaz de contemplar..., porque la ciegan tantos obstáculos cuantos son los pensamientos que la traen y la llevan. Por tanto, el primer escalón –para que el alma llegue a contemplar la naturaleza invisible de Dios– es recogerse en sí misma».
Para lograr este recogimiento, a algunos el Señor les pide que se retiren del mundo, pero Dios quiere que la mayoría de los cristianos (madres de familia, estudiantes, trabajadores...) le encontremos en medio de nuestros quehaceres. Mediante la mortificación habitual durante el día –con la que tan relacionado está el gozo interior– guardamos para Dios los sentidos. Mortificamos la imaginación, librándola de pensamientos inútiles; la memoria, echando a un lado recuerdos que no nos acercan al Señor; la voluntad, cumpliendo con el deber, quizá pequeño, que tenemos encomendado.
El trabajo intenso, si está dirigido a Dios, lejos de impedir nuestro diálogo con Él, lo facilita. Igual sucede con toda la actividad exterior: las relaciones sociales, la vida de familia, los viajes, el descanso... Toda la vida humana, si no está dominada por la frivolidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, expresada en un cierto recogimiento que alcanza su pleno sentido en el trato con Dios. Recogerse es «juntar lo separado», restablecer el orden interior perdido, evitar la dispersión de los sentidos y potencias incluso en cosas en sí buenas o indiferentes, tener como centro a Dios en la intención de lo que hacemos y proyectamos.
Lo contrario del recogimiento interior es la disipación y la frivolidad. Los sentidos y potencias se quedan en cualquier charca del camino, y como consecuencia la persona anda sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia. Sin recogimiento no es posible el trato con Dios.
En la medida en que purificamos nuestro corazón y nuestra mirada, en la medida en que, con la ayuda del Señor, procuramos ese recogimiento, que es riqueza y plenitud interior, nuestra alma ansía el trato con Dios, como el ciervo las fuentes de las aguas. «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo».
III. Aunque la inhabitación en el alma pertenece a las tres Personas de la Trinidad –al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo–, se atribuye de modo singular a la Tercera Persona, a quien la liturgia nos invita a tratar con más intimidad en este tiempo en que nos encaminamos hacia la fiesta de Pentecostés.
El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho, dice el Señor en el Evangelio de hoy. Es una promesa que el Señor hizo en diversas ocasiones, como señalando la enorme trascendencia que tendría para toda la Iglesia, para el mundo, para cada uno de quienes le íbamos a seguir. No se trata de un don pasajero limitado al tiempo en que se reciben los sacramentos o a otro momento determinado, sino de un Don estable, permanente: «en los corazones (de los fieles) habita el Espíritu Santo como en un templo». Es el dulce Huésped del alma, y cuanto más crece el cristiano en obras buenas, cuanto más se purifica, tanto más se complace el Espíritu Santo en habitar en él y en darle nuevas gracias para su santificación y para el apostolado.
El Espíritu Santo está en el alma del cristiano en gracia, para configurarlo con Cristo, para que cada vez se parezca más a Él, para moverlo al cumplimiento de la voluntad de Dios y ayudarle en esa tarea. El Espíritu Santo viene como remedio de nuestra flaqueza, y haciendo suya nuestra causa aboga por nosotros con gemidos inenarrables ante el Padre. Cumple ahora su oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia, porque –comentaba Pablo VI– dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra: «el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando».
Pidamos a la Virgen que nos enseñe a comprender esta dichosísima realidad, pues nuestra vida sería entonces muy distinta. ¿Por qué sentirnos solos, si el Santo Espíritu nos acompaña? ¿Por qué vivir inseguros o angustiados, aunque sea un solo día de nuestra existencia, si el Paráclito está pendiente de nosotros y de nuestras cosas? ¿Por qué ir alocadamente detrás de la felicidad aparente, si no hay mayor gozo que el trato con este dulce Huésped que habita en nosotros? ¡Qué distinto sería nuestro porte en algunas circunstancias, la conversación, si fuéramos conscientes de que somos templos de Dios, templos del Espíritu Santo!
Al terminar nuestra oración, acudamos a la Virgen Nuestra Señora: «Dios te salve, María, templo y sagrario de la Santísima Trinidad, ayúdanos».

11 de junio de 2017

¡Oh Trinidad Beatísima!

— Revelación del misterio trinitario.
— El trato con cada una de las Personas divinas.
— Oración a la Trinidad Beatísima.
I. Tibi laus, Tibi gloria, Tibi gratiarum actio... A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad Beatísima!1.
Después de haber renovado los misterios de la salvación –desde el Nacimiento de Cristo en Belén hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés–, la liturgia nos propone el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios.
Poco a poco, con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad íntima, nos ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de su Ser, y su completa distinción del mundo y su modo de relacionarse con él, como Creador y Señor. Se nos enseña de muchas maneras que Dios, a diferencia del mundo, es increado; que no está limitado a un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene límites (es omnipotente): Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón -nos invita la liturgia- que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro2. Solo Tú, Señor.
El Antiguo Testamento proclama sobre todo la grandeza de Yahvé, único Dios, Creador y Señor de todo el Universo. Pero también se revela como el pastor que busca a su rebaño, que cuida a los suyos con mimo y ternura, que perdona y olvida las frecuentes infidelidades del pueblo elegido... A la vez, se va manifestando la paternidad de Dios Padre, la Encarnación de Dios Hijo, que es anunciada por los Profetas, y la acción del Espíritu Santo, que lo vivifica todo.
Pero es Cristo quien nos revela la intimidad del misterio trinitario y la llamada a participar en él. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo3. Él nos reveló también la existencia del Espíritu Santo junto con el Padre y lo envió a la Iglesia para que la santificara hasta el fin de los tiempos; y nos reveló la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas4.
El misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada vez más a Cristo. Así crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Esto nos hace ser templos vivos de la Santísima Trinidad.
Por ser el misterio central de la vida de la Iglesia, la Trinidad Beatísima es continuamente invocada en toda la liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu fuimos bautizados, y en su nombre se nos perdonan los pecados; al comenzar y al terminar muchas oraciones, nos dirigimos al Padre, por mediación de Jesucristo, en unidad del Espíritu Santo. Muchas veces a lo largo del día repetimos los cristianos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
«-¡Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.
»-¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.
»-¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.
»Piénsalo bien. -Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo»5.
II. La vida divina –a cuya participación hemos sido llamados– es fecundísima. Eternamente el Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo no es algo que aconteció en un momento determinado, dejando como fruto estable las Tres Divinas Personas: esas procedencias (los teólogos las llaman «procesiones») son eternas.
En el caso de las generaciones humanas, un padre engendra a un hijo, pero ese padre y ese hijo permanecen después del mismo acto de engendrar, incluso aunque muera uno de los dos. El hombre que es padre no solo es «padre»: antes y después de engendrar es «hombre». La esencia, sin embargo, de Dios Padre está en que todo su ser consiste en dar la vida al Hijo. Eso es lo que lo determina como Persona divina, distinta de las demás. En la vida natural, el hijo que es engendrado tiene otra realidad. Pero la esencia del Unigénito de Dios es precisamente ser Hijo6. Y es a través de Él, haciéndonos semejantes a Él, por un impulso constante del Espíritu Santo, como nosotros alcanzamos y crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido no un Espíritu de esclavitud para recaer en el temor; sino un Espíritu de adopción, que nos hace gritar: Abba! (¡Padre!). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo7.
La paternidad y la filiación humanas son algo que acontece a las personas, pero no expresan todo su ser. En Dios, la Paternidad, la Filiación y la Espiración constituyen todo el Ser del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo8.
Desde que el hombre es llamado a participar de la misma vida divina por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces, inspiraciones para ir más deprisa por ese camino que lleva a Dios, para estar cada vez en una «órbita» más cercana al Señor. «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!
»Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»9.
III. La Trinidad Santa habita en nuestra alma como en un templo. Y San Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado10. Y ahí, en la intimidad del alma, nos hemos de acostumbrar a tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. «Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco»11, le decimos en la intimidad de nuestra alma.
«¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima! Sacad de mi pobre ser el máximo rendimiento para vuestra gloria y haced de mí lo que queráis en el tiempo y en la eternidad. Que ya no ponga jamás el menor obstáculo voluntario a vuestra acción transformadora (...). Segundo por segundo, con intención siempre actual, quisiera ofreceros todo cuanto soy y tengo; y que mi pobre vida fuera en unión íntima con el Verbo Encarnado un sacrificio incesante de alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima (...).
»¡Oh, Dios mío, cómo quisiera glorificaros! ¡Oh, si a cambio de mi completa inmolación, o de cualquier otra condición, estuviera en mi mano incendiar el corazón de todas vuestras criaturas y la Creación entera en las llamas de vuestro amor, qué de corazón quisiera hacerlo! Que al menos mi pobre corazón os pertenezca por entero, que nada me reserve para mí ni para las criaturas, ni uno solo de sus latidos. Que ame inmensamente a todos mis hermanos, pero únicamente con Vos, por Vos y para Vos (...). Quisiera, sobre todo, amaros con el corazón de San José, con el Corazón Inmaculado de María, con el Corazón adorable de Jesús. Quisiera, finalmente, hundirme en ese Océano infinito, en ese Abismo de fuego que consume al Padre y al Hijo en la unidad del Espíritu Santo y amaros con vuestro mismo infinito amor (...).
»¡Padre Eterno, Principio y Fin de todas las cosas! Por el Corazón Inmaculado de María os ofrezco a Jesús, vuestro Verbo Encarnado, y por Él, con Él y en Él, quiero repetiros sin cesar este grito arrancado de lo más hondo de mi alma: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo, para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos (Jn 17, 1).
»¡Oh, Jesús, que habéis dicho: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo (Mt 11, 27)!: “¡Mostradnos al Padre y esto nos basta!” (Jn 14, 8).
»Y Vos, ¡oh, Espíritu de Amor!, enseñadnos todas las cosas (Jn 14, 26) y formad con María en nosotros a Jesús (Gal 4, 19), hasta que seamos consumados en la unidad (Jn 17, 23) en el seno del Padre (Jn 1, 18). Amén»12.

22 de mayo de 2016

LA ESENCIA DE DIOS

— Revelación del misterio trinitario.
— El trato con cada una de las Personas divinas.
— Oración a la Trinidad Beatísima.
I. Tibi laus, Tibi gloria, Tibi gratiarum actio... A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad Beatísima!1.
Después de haber renovado los misterios de la salvación –desde el Nacimiento de Cristo en Belén hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés–, la liturgia nos propone el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios.
Poco a poco, con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad íntima, nos ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de su Ser, y su completa distinción del mundo y su modo de relacionarse con él, como Creador y Señor. Se nos enseña de muchas maneras que Dios, a diferencia del mundo, esincreado; que no está limitado a un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene límites (es omnipotente): Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón -nos invita la liturgia- que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro2. Solo Tú, Señor.
El Antiguo Testamento proclama sobre todo la grandeza de Yahvé, único Dios, Creador y Señor de todo el Universo. Pero también se revela como el pastor que busca a su rebaño, que cuida a los suyos con mimo y ternura, que perdona y olvida las frecuentes infidelidades del pueblo elegido... A la vez, se va manifestando la paternidad de Dios Padre, la Encarnación de Dios Hijo, que es anunciada por los Profetas, y la acción del Espíritu Santo, que lo vivifica todo.
Pero es Cristo quien nos revela la intimidad del misterio trinitario y la llamada a participar en él. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo3. Él nos reveló también la existencia del Espíritu Santo junto con el Padre y lo envió a la Iglesia para que la santificara hasta el fin de los tiempos; y nos reveló la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas4.
El misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada vez más a Cristo. Así crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Esto nos hace ser templos vivos de la Santísima Trinidad.
Por ser el misterio central de la vida de la Iglesia, la Trinidad Beatísima es continuamente invocada en toda la liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu fuimos bautizados, y en su nombre se nos perdonan los pecados; al comenzar y al terminar muchas oraciones, nos dirigimos al Padre, por mediación de Jesucristo, en unidad del Espíritu Santo. Muchas veces a lo largo del día repetimos los cristianos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
«-¡Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.
»-¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.
»-¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.
»Piénsalo bien. -Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo»5.
II. La vida divina –a cuya participación hemos sido llamados– es fecundísima. Eternamente el Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo no es algo que aconteció en un momento determinado, dejando como fruto estable las Tres Divinas Personas: esas procedencias (los teólogos las llaman «procesiones») son eternas.
En el caso de las generaciones humanas, un padre engendra a un hijo, pero ese padre y ese hijo permanecen después del mismo acto de engendrar, incluso aunque muera uno de los dos. El hombre que es padre no solo es «padre»: antes y después de engendrar es «hombre». La esencia, sin embargo, de Dios Padre está en que todo su ser consiste en dar la vida al Hijo. Eso es lo que lo determina como Persona divina, distinta de las demás. En la vida natural, el hijo que es engendrado tiene otra realidad. Pero la esencia del Unigénito de Dios es precisamente ser Hijo6. Y es a través de Él, haciéndonos semejantes a Él, por un impulso constante del Espíritu Santo, como nosotros alcanzamos y crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido no un Espíritu de esclavitud para recaer en el temor; sino un Espíritu de adopción, que nos hace gritar: Abba! (¡Padre!). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo7.
La paternidad y la filiación humanas son algo que acontece a las personas, pero no expresan todo su ser. En Dios, la Paternidad, la Filiación y la Espiración constituyen todo el Ser del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo8.
Desde que el hombre es llamado a participar de la misma vida divina por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces, inspiraciones para ir más deprisa por ese camino que lleva a Dios, para estar cada vez en una «órbita» más cercana al Señor. «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!
»Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas(Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»9.
III. La Trinidad Santa habita en nuestra alma como en un templo. Y San Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado10. Y ahí, en la intimidad del alma, nos hemos de acostumbrar a tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. «Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco»11, le decimos en la intimidad de nuestra alma.
«¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima! Sacad de mi pobre ser el máximo rendimiento para vuestra gloria y haced de mí lo que queráis en el tiempo y en la eternidad. Que ya no ponga jamás el menor obstáculo voluntario a vuestra acción transformadora (...). Segundo por segundo, con intención siempre actual, quisiera ofreceros todo cuanto soy y tengo; y que mi pobre vida fuera en unión íntima con el Verbo Encarnado un sacrificio incesante de alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima (...).
»¡Oh, Dios mío, cómo quisiera glorificaros! ¡Oh, si a cambio de mi completa inmolación, o de cualquier otra condición, estuviera en mi mano incendiar el corazón de todas vuestras criaturas y la Creación entera en las llamas de vuestro amor, qué de corazón quisiera hacerlo! Que al menos mi pobre corazón os pertenezca por entero, que nada me reserve para mí ni para las criaturas, ni uno solo de sus latidos. Que ame inmensamente a todos mis hermanos, pero únicamente con Vos, por Vos y para Vos (...). Quisiera, sobre todo, amaros con el corazón de San José, con el Corazón Inmaculado de María, con el Corazón adorable de Jesús. Quisiera, finalmente, hundirme en ese Océano infinito, en ese Abismo de fuego que consume al Padre y al Hijo en la unidad del Espíritu Santo y amaros con vuestro mismo infinito amor (...).
»¡Padre Eterno, Principio y Fin de todas las cosas! Por el Corazón Inmaculado de María os ofrezco a Jesús, vuestro Verbo Encarnado, y por Él, con Él y en Él, quiero repetiros sin cesar este grito arrancado de lo más hondo de mi alma: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo, para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos (Jn 17, 1).
»¡Oh, Jesús, que habéis dicho: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo (Mt 11, 27)!: “¡Mostradnos al Padre y esto nos basta!” (Jn14, 8).
»Y Vos, ¡oh, Espíritu de Amor!, enseñadnos todas las cosas (Jn 14, 26) y formad con María en nosotros a Jesús (Gal 4, 19), hasta que seamos consumados en la unidad (Jn 17, 23) en el seno del Padre(Jn 1, 18). Amén»12.

4 de mayo de 2015

SOMOS TEMPLOS DE DIOS

— La inhabitación de la Trinidad en el alma. Buscar a Dios en nosotros mismos.
— Necesidad del recogimiento interior para tratar a Dios. Mortificación.
— El trato con el Espíritu Santo.
I. El Evangelio nos muestra con frecuencia la confianza que tenían los Apóstoles con Jesús: le preguntan acerca de lo que no entienden y de aquellas cosas que les resultan oscuras. El Evangelio de la Misa de hoy recoge una de estas preguntas que, sobre todo al final de la vida del Señor, debieron de ser frecuentes.
El Señor les ha dicho: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él1. En tiempos del Señor, era creencia común entre los judíos que cuando llegara el Mesías se manifestaría a todo el mundo como Rey y Salvador2. Los Apóstoles han entendido las palabras de Jesús como referidas a ellos, a los íntimos, a los que le aman. Judas Tadeo –que ha comprendido bien la enseñanza– le pregunta: Señor, ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?
En el Antiguo Testamento Dios se había manifestado en diversas ocasiones y de diversos modos, y había prometido que habitaría en medio de su pueblo3. Pero aquí el Señor se refiere a una presencia muy distinta: es la presencia en cada persona que le ame, que esté en gracia. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él4. ¡Es la presencia de la Trinidad en el alma que haya renacido por la gracia! Esta será una de las enseñanzas fundamentales para la vida cristiana, repetida por San Pablo: Porque vosotros sois templos de Dios vivo5, dice a los primeros cristianos de Corinto.
San Juan de la Cruz, citando este pasaje, comenta: «¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción (...), tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca»6.
Debemos aprender a tratar cada vez más y mejor a Dios, que mora en nosotros. Nuestra alma, por esa presencia divina, se convierte en un pequeño cielo. ¡Cuánto bien nos puede hacer esta consideración! En el momento del Bautismo vinieron a nuestra alma las tres Personas de la Beatísima Trinidad con el deseo de permanecer más unidas a nuestra existencia de lo que puede estar el más íntimo de los amigos. Esta presencia, del todo singular, solo se pierde por el pecado mortal; pero los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios: debemos buscarle en nosotros mismos en medio de nuestras ocupaciones, cuando vamos por la calle..., para darle gracias, pedirle ayuda, desagraviarle por los pecados que cada día se cometen.
A veces pensamos que Dios está muy lejos, y está más cercano, más atento a nuestras cosas que el mejor de los amigos. San Agustín, al considerar esta inefable cercanía de Dios, exclamaba: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad»7.
Pero para hablar con Dios, presente realmente en el alma en gracia, es necesario el recogimiento de los sentidos, que tienden a desparramarse y quedarse apegados a las cosas; sabernos «templos de Dios» y actuar siempre en consecuencia; rodear de amor, de un silencio sonoro, esa presencia íntima de la Trinidad en nuestra alma.
II. La presencia de las tres Personas divinas en el alma en gracia es una presencia viva, abierta a nuestro trato, ordenada al conocimiento y al amor con que podemos corresponder. «¿Por qué andar corriendo por las alturas del firmamento y por los abismos de la tierra en busca de Aquel que mora en nosotros?»8, se pregunta San Agustín. «Ahora bien –enseña San Gregorio Magno–, mientras nuestra mente estuviere disipada en imágenes carnales, jamás será capaz de contemplar..., porque la ciegan tantos obstáculos cuantos son los pensamientos que la traen y la llevan. Por tanto, el primer escalón –para que el alma llegue a contemplar la naturaleza invisible de Dios– es recogerse en sí misma»9.
Para lograr este recogimiento, a algunos el Señor les pide que se retiren del mundo, pero Dios quiere que la mayoría de los cristianos (madres de familia, estudiantes, trabajadores...) le encontremos en medio de nuestros quehaceres. Mediante la mortificación habitual durante el día –con la que tan relacionado está el gozo interior– guardamos para Dios los sentidos. Mortificamos la imaginación, librándola de pensamientos inútiles; la memoria, echando a un lado recuerdos que no nos acercan al Señor; la voluntad, cumpliendo con el deber, quizá pequeño, que tenemos encomendado.
El trabajo intenso, si está dirigido a Dios, lejos de impedir nuestro diálogo con Él, lo facilita. Igual sucede con toda la actividad exterior: las relaciones sociales, la vida de familia, los viajes, el descanso... Toda la vida humana, si no está dominada por la frivolidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, expresada en un cierto recogimiento que alcanza su pleno sentido en el trato con Dios. Recogerse es «juntar lo separado», restablecer el orden interior perdido, evitar la dispersión de los sentidos y potencias incluso en cosas en sí buenas o indiferentes, tener como centro a Dios en la intención de lo que hacemos y proyectamos.
Lo contrario del recogimiento interior es la disipación y la frivolidad. Los sentidos y potencias se quedan en cualquier charca del camino, y como consecuencia la persona anda sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia10. Sin recogimiento no es posible el trato con Dios.
En la medida en que purificamos nuestro corazón y nuestra mirada, en la medida en que, con la ayuda del Señor, procuramos ese recogimiento, que es riqueza y plenitud interior, nuestra alma ansía el trato con Dios, como el ciervo las fuentes de las aguas11. «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo»12.
III. Aunque la inhabitación en el alma pertenece a las tres Personas de la Trinidad –al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo–, se atribuye de modo singular a la Tercera Persona, a quien la liturgia nos invita a tratar con más intimidad en este tiempo en que nos encaminamos hacia la fiesta de Pentecostés.
El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho, dice el Señor en el Evangelio de hoy13. Es una promesa que el Señor hizo en diversas ocasiones14, como señalando la enorme trascendencia que tendría para toda la Iglesia, para el mundo, para cada uno de quienes le íbamos a seguir. No se trata de un don pasajero limitado al tiempo en que se reciben los sacramentos o a otro momento determinado, sino de un Don estable, permanente: «en los corazones (de los fieles) habita el Espíritu Santo como en un templo»15. Es el dulce Huésped del alma16, y cuanto más crece el cristiano en obras buenas, cuanto más se purifica, tanto más se complace el Espíritu Santo en habitar en él y en darle nuevas gracias para su santificación y para el apostolado.
El Espíritu Santo está en el alma del cristiano en gracia, para configurarlo con Cristo, para que cada vez se parezca más a Él, para moverlo al cumplimiento de la voluntad de Dios y ayudarle en esa tarea. El Espíritu Santo viene como remedio de nuestra flaqueza17, y haciendo suya nuestra causa aboga por nosotros con gemidos inenarrables18ante el Padre. Cumple ahora su oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia, porque –comentaba Pablo VI– dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra: «el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando»19.
Pidamos a la Virgen que nos enseñe a comprender esta dichosísima realidad, pues nuestra vida sería entonces muy distinta. ¿Por qué sentirnos solos, si el Santo Espíritu nos acompaña? ¿Por qué vivir inseguros o angustiados, aunque sea un solo día de nuestra existencia, si el Paráclito está pendiente de nosotros y de nuestras cosas? ¿Por qué ir alocadamente detrás de la felicidad aparente, si no hay mayor gozo que el trato con este dulce Huésped que habita en nosotros? ¡Qué distinto sería nuestro porte en algunas circunstancias, la conversación, si fuéramos conscientes de que somos templos de Dios, templos del Espíritu Santo!
Al terminar nuestra oración, acudamos a la Virgen Nuestra Señora: «Dios te salve, María, templo y sagrario de la Santísima Trinidad, ayúdanos».

11 de enero de 2015

"Este es mi Hijo el amado"

— Manifestación del misterio trinitario en el Bautismo de Cristo.

— Nuestra filiación divina en Cristo por el sacramento del Bautismo.

— Proyección del Bautismo en la vida diaria.

I. Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu Santo se posó sobre Él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto1.



Hace aún pocos días celebrábamos la Epifanía, la manifestación del Señor a los gentiles, representados en aquellos hombres sabios que llegaron a Jerusalén preguntando por el nacido rey de los judíos. Ya había tenido lugar una primera revelación a los pastores, que, en la misma noche de la Navidad, se dirigen al lugar donde ha nacido el Niño, a quien le llevan sus presentes. También la fiesta de hoy es una epifanía, una manifestación de la divinidad de Cristo señalada por la voz de Dios Padre, venida del Cielo, y por la presencia del Espíritu Santo en forma de paloma, que significa la Paz y el Amor. Los Padres de la Iglesia suelen señalar una tercera manifestación de la divinidad de Jesús. Esta tendrá lugar en Caná de Galilea, donde, a través de su primer milagro, Jesús manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él2.



En la Primera lectura de la Misa3, Isaías anuncia la figura del Mesías: He aquí mi siervo... mi elegido, en quien se complace mi alma. Sobre Él he puesto mi Espíritu... La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará... Yo, el Señor, te he llamado... para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas. Esta descripción profética tiene su plena realización en el Bautismo del Señor. Entonces descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, sobre Él, y se oyó una voz que venía del cielo: Tú eres el Hijo mío, el amado, en Ti me he complacido4. Las tres divinas Personas de la Trinidad intervienen en esta gran epifanía a orillas del Jordán: el Padre hace oír su voz, dando testimonio del Hijo, Jesús es bautizado por Juan, el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre Él. La expresión de Isaías mi siervo es sustituida ahora por mi Hijo amado, que indica la Persona y la naturaleza divina de Cristo.



Con el Bautismo de Jesús se inicia de modo solemne su misión salvadora. A la vez, el Espíritu Santo comenzaba por medio del Mesías su acción en las almas, que durará hasta el fin de los tiempos.



La liturgia propia de este domingo es especialmente apta para que recordemos con alegría nuestro Bautismo y sus consecuencias en nuestra vida. Cuando San Agustín menciona en susConfesiones el día en que recibió este sacramento, lo recuerda con profundo gozo: «rebosante de dulzura extraordinaria, aquellos días no me saciaba de considerar la profundidad de su designio para la salvación del género humano»5. Con ese gozo hemos de recordar hoy que hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.



El misterio del Bautismo de Jesús nos adentra en el misterio inefable de cada uno de nosotros, pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia6. Hemos sido bautizados no solo en agua, como hacía el Precursor, sino en el Espíritu Santo, que nos comunica la vida de Dios. Demos gracias hoy al Señor por aquel día memorable en el que fuimos incorporados a la vida de Cristo y destinados con Él a la vida eterna. Alegrémonos de haber sido quizá bautizados a los pocos días de haber nacido, como es costumbre inmemorial en la Iglesia, en el caso de neófitos hijos de padres cristianos.



II. Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, para entrar en comunión con la Trinidad Beatísima. En cierto modo se han abierto para cada uno de nosotros los cielos, a fin de que entremos en la casa de Dios y conozcamos la filiación divina. «Si tuvieses piedad verdadera –enseña San Cirilo de Jerusalén–, también descenderá sobre ti el Espíritu Santo y oirás la voz del Padre desde lo alto que dice: este no es el Hijo mío, pero ahora después del Bautismo ha sido hecho Mío»7. La filiación divina ha sido uno de los grandes dones que recibimos aquel día en que fuimos bautizados. San Pablo nos habla de esta filiación y, dirigiéndose a cada bautizado, no duda en pronunciar estas dichosísimas palabras:Ya no eres esclavo sino hijo: y si hijo, también heredero8.



En el rito de este sacramento se indica que la configuración con Cristo tiene lugar mediante una regeneración espiritual, como enseñaba Jesús a Nicodemo: quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios9. «El Bautismo cristiano es, en efecto, un misterio de muerte y de resurrección: la inmersión en el agua bautismal simboliza y actualiza la sepultura de Jesús en la tierra y la muerte del hombre viejo, mientras que la emersión significa la resurrección de Cristo y el nacimiento del hombre nuevo»10. Este nuevo nacimiento es el fundamento de la filiación divina. Y así, por este sacramento, «los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos Abba! ¡Padre! (Rom8, 15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre»11. Esta filiación lleva consigo la aniquilación de todo pecado del alma y la infusión de la gracia.



Por el Bautismo se perdonan el pecado original y todos los pecados personales, y la pena eterna y temporal debida por los pecados. El ser configurados con Cristo resucitado, simbolizado en la emersión del agua bautismal, indica que la gracia divina, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo se han asentado en el alma del bautizado, la cual se ha constituido en morada de la Santísima Trinidad, Al cristiano se le abren las puertas del Cielo, y se alegran los ángeles y los santos. En la naturaleza humana permanecen aquellas consecuencias del pecado original que, si bien proceden de él, no son en sí mismas pecado, pero inclinan a él; el hombre bautizado sigue sujeto a la posibilidad de errar, a la concupiscencia y a la muerte, consecuencias todas ellas del pecado original. Sin embargo, el Bautismo ha sembrado ya en el cuerpo humano la semilla de una renovación y resurrección gloriosas. ¡Qué diferencia tan enorme entre la persona que iba, o llevaban, camino de la iglesia para recibir este sacramento, y la que vuelve ya bautizada! El cristiano «sale del Bautismo resplandeciente como el sol y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero con Cristo»12.



Demos muchas gracias al Señor por tanto bien, que querríamos comprender hoy en toda su grandeza. Por último, te pedimos... Señor, humildemente que escuchemos con fe la palabra de tu Hijo para que podamos llamarnos y ser, en verdad, hijos tuyos13. Es nuestro mayor deseo y nuestra más grande aspiración.



III. En la Segunda lectura, San Pedro recuerda aquel comienzo mesiánico de Jesús, que estaba en la mente de muchos de los que le escuchaban y del que algunos de ellos habían sido testigos oculares.Conocéis -les dice el Apóstol- lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque todo comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazareth, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo...14.



Pertransivit benefaciendo..., pasó haciendo el bien... Este puede ser un resumen de la vida de Cristo aquí en la tierra. Ese debe ser el resumen de la vida de cada bautizado, pues toda su vida se desenvuelve bajo el influjo del Espíritu Santo: cuando trabaja, en el descanso, cuando sonríe o presta uno de los innumerables servicios que conlleva la vida familiar o profesional...



En la fiesta de hoy se nos invita a tomar renovada conciencia de los compromisos adquiridos por nuestros padres o padrinos, en nuestro nombre, el día de nuestro Bautismo; a reafirmar nuestra ferviente adhesión a Cristo y la voluntad de luchar por estar cada día más cerca de Él; y a separarnos de todo pecado, incluso venial, ya que al recibir este sacramento fuimos llamados a la santidad, a participar de la misma vida divina.



Es precisamente este Bautismo el que «nos hace “fideles” –fieles, palabra que, como aquella otra, “sancti” –santos, empleaban los primeros seguidores de Jesús para designarse entre sí, y que aún hoy se usa: se habla de los “fieles” de la Iglesia»15. Seremos fieles en la medida en que nuestra vida -¡tantas veces lo hemos meditado! esté edificada sobre el cimiento firme y seguro de la oración. San Lucas nos ha dejado escrito en su Evangelio que Jesús, después de haber sido bautizado, estaba en oración16. Y comenta Santo Tomás de Aquino: en esta oración, el Señor nos enseña que «después del Bautismo le es necesaria al hombre la asidua oración para lograr la entrada en el Cielo; pues, si bien por el Bautismo se perdonan los pecados, queda sin embargo la inclinación al pecado que interiormente nos combate, y quedan también el demonio y la carne que exteriormente nos impugnan»17.



Junto al agradecimiento y la alegría por tantos bienes como nos han llegado en este sacramento, renovemos hoy nuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia, que, en muchas ocasiones, se traducirá en la fidelidad a nuestra oración diaria.