"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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2 de febrero de 2022

PRESENTACION DE JESUS EN EL TEMPLO (La Candelaria)

 



Evangelio (Lc 2, 22-40)


« Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.


Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:


— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo

irse en paz,

según tu palabra:

porque mis ojos han visto tu salvación,

la que has preparado

ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel.


Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.


Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:


— Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción — y a tu misma alma la traspasará una espada — , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.


Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.


Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.


La fiesta del encuentro.

Simeón era un hombre esperanzado.

Impulsados por el Espíritu Santo.


PASADOS CUARENTA DÍAS del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia viaja al Templo de Jerusalén con el fin de cumplir dos prescripciones de la Ley: la presentación del primogénito (cfr. Ex 13,2.12-13) y la purificación de la madre (cfr. Lv 12,2-8). Ambos misterios –tratándose del hijo de Dios y de la Inmaculada– están unidos en la fiesta de hoy.


La presentación del primer hijo, por un lado, hacía memoria de la salvación de los primogénitos hebreos en Egipto. Según la ley de Moisés, el varón primogénito era propiedad de Dios y debía ser «consagrado al Señor» (Lc 2,23), así que esta ceremonia era considerada una especie de «rescate». Por otro lado, la purificación de la madre se realizaba cuarenta días después del parto. Hasta ese momento la mujer no podía acercarse a los lugares sagrados, ya que al dar a luz quedaba marcada por una cierta impureza. En la ceremonia de purificación se ofrecía un doble sacrificio: un cordero y una tórtola o pichón; pero si la mujer era pobre, podía ofrecer dos tórtolas o dos pichones. «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella –¡la Inmaculada!– se somete a la Ley como si estuviera inmunda»1. El evangelista precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cfr. Lc 2,24).


«De pronto entrará en el santuario el Señor» (Ml 3,1), dice el profeta Malaquías. Se trata de un momento único y hermoso: el Hijo de Dios entra en su propio Templo. Por eso canta el salmo 23: «¡Puertas, alzad los dinteles! ¡Elevaos, puertas eternas! Va entrar el Rey de la Gloria. ¿Quién es este Rey de la Gloria? El Señor, fuerte y valeroso» (Sal 23, 7-10). Sin embargo, el «Dios fuerte» no quiso entrar en el Templo al son de trompetas, sino como un niño más, en medio de un ir y venir constante de personas, entre peregrinos, devotos, sacerdotes y levitas; nadie era consciente de lo que a su lado estaba sucediendo. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, tendrán en sus brazos al «Rey de la Gloria». Por eso, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo «es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús»2.


SIMEÓN era un «hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor» (Lc 2,25-26). Simeón estaba siempre preparado para el encuentro con Dios porque, como las vírgenes sensatas de la parábola, llevaba la alcuza llena de aceite. Es un anciano que gozaba de la permanente juventud que otorga la esperanza. Movido por el Espíritu, subió al Templo a rezar. Al ver a la familia que venía de Belén, y al posar su mirada en el niño, se dio cuenta de que no era uno de los muchos que cada día se presentaban en el Templo. En ese bebé que cogió en sus brazos se cumplían todas las profecías: era el esperado, el primogénito de una nueva humanidad, el consagrado del Padre.


«Simeón no se había dejado desgastar por el paso del tiempo. Era un hombre ya cargado de años, y sin embargo la llama de su corazón seguía ardiendo. En su larga vida habrá sido a veces herido, decepcionado; sin embargo, no perdió la esperanza. Con paciencia, conservó la promesa, sin dejarse consumir por la amargura del tiempo pasado o por esa resignada melancolía que surge cuando se llega al ocaso de la vida. La esperanza de la espera se tradujo en él en la paciencia cotidiana de quien, a pesar de todo, permaneció vigilante, hasta que por fin “sus ojos vieron la salvación” (cfr. Lc 2,30)»3.


Con el auxilio del Espíritu Santo, Simeón llamó al niño «luz» de todos los pueblos (cfr. Lc 2,29-35). La liturgia de hoy se inicia con una procesión de candelas, con la que se significa que Cristo es la luz que viene al mundo para iluminar a unos hombres que, sin Dios, tropiezan. La palabra de Dios, decía san Josemaría, es «luz y esperanza en los corazones»4. Allí probablemente estaba parte del secreto de Simeón para mantener viva aquella juventud: en su apertura sincera, siempre con mirada nueva, a lo que Dios le dice.


DESPUÉS de Simeón, la familia de Belén se encuentra con Ana, una profetisa de edad avanzada que acudía cada día al Templo, «sirviendo con ayunos y oraciones noche y día» (Lc 2,37). Esta anciana viuda, después de encontrarse con el Niño, alababa a Dios y le hablaba de él «a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38). Ambos ancianos profetizan que Jesús es el Mesías esperado, y sospechan que su muerte y resurrección salvará a todas las naciones.


En la escena palpita la presencia del Espíritu Santo, que mueve «los pasos y el corazón de quienes lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y Ana, expresiones de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos estrechar su salvación»5. En Simeón y en Ana descubrimos a dos personas dóciles a las mociones divinas. El Espíritu Santo era el motor de sus vidas, «estaba en ellos», les guiaba, les empujaba, hablaba en sus corazones. Son un icono de santidad, porque escuchan y anuncian la Palabra de Dios, buscando decididamente el rostro de Cristo.


«En el templo, Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos a su encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza»6. Podemos imaginar cómo habrán admirado Simeón y Ana a la Virgen María, quien había llevado aquella esperanza en su seno. Ella puede interceder para que en nuestra vida nunca falte el aliento del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.


24 de enero de 2022

El pecado contra el Espíritu Santo.


 


Evangelio (Mc 3, 22-30)


En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.


Comentario


En el Evangelio de hoy meditamos sobre nuestra propia actitud de corazón. Los escribas han visto los grandes milagros de Jesús y han escuchado sus enseñanzas. Aun así, le acusan de hacer esos prodigios por el poder de Satanás. Su actitud es ponerse por encima del Señor. No sabemos el motivo de su rechazo, pero podemos intuirlo: el mensaje de Jesús no es el que esperan, prefieren seguir amarrados a su propia doctrina, intenciones o planes. Y eso les lleva a rechazar a Dios.


Tú y yo, en ocasiones, también podemos actuar como los escribas. Quizá no con un rechazo frontal, pero si negando sus enseñanzas en nuestro interior. Puede ocurrirnos que pensemos que una enseñanza de la Iglesia es muy dura y prefiramos seguir amarrados a nuestras propias opiniones, o que no queramos hacer algo que Dios nos pide y prefiramos aferrarnos a una solución que nos es más agradable, pero que no es la que Dios quiere.


El camino del cristiano es de seguimiento de Cristo. En ocasiones el camino es arduo, pero en él está la felicidad. Hacer lo que Dios quiere de mí, unirme a Su voluntad y aceptarla, aunque cueste, este es el camino del amor.


Estamos en el octavario para la unidad de los cristianos. Para lograr la unidad de los cristianos, es preciso primero que nosotros estemos muy unidos a la raíz, a Jesús. Y el medio para conseguirlo es a través de la oración, momento en que conocemos la voluntad de Dios para mí.


Por eso, una actitud que debemos fomentar frecuentemente es la de perdonarnos a nosotros mismos, por nuestros pecados personales. El que no reconoce que ha pecado, no se perdona a sí mismo y sigue amarrado a sus propias convicciones, que no son las de Dios. El papa Francisco, en una audiencia del 27 de agosto de 2014 dijo: “Dios, sin embargo, quiere que crezcamos en nuestra capacidad de acogernos, de perdonarnos, de querernos, para parecernos cada vez más a Él que es comunión y amor”.


No podemos salvarnos por nosotros mismos, necesitamos la gracia de Dios. Si rechazamos la ayuda de Dios, el amor infinito que Dios nos tiene, no podremos alcanzar la santidad. Porque la salvación no es un premio merecido a la lucha de una vida, es más bien un don inmerecido que Dios da a aquellos que buscan amarle. Si uno rechaza la ayuda del Espíritu Santo, rechaza este don de Dios que es su propia salvación.


San Josemaría repetía con frecuencia una jaculatoria “Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”, para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo Espíritu. Busquemos estar siempre muy unidos a Dios a través de la oración. Un camino para conseguir esta unidad es ser siempre muy fieles y rezar diariamente por el Papa y por la Iglesia.


PARA TU ORACION PERSONAL 


El pecado contra el Espíritu Santo.

La lucha es respuesta al amor.

La santidad es siempre recomenzar.

«EN VERDAD os digo que todo se les perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno» (Mc 3,28-29). Son palabras fuertes de Jesús, que siempre impresionan. Algunos escribas lo habían acusado de obrar por el poder de Satanás. Y el Señor, tras hacer ver lo absurdo de esa calumnia, pronuncia aquellas palabras: unas palabras «impresionantes y desconcertantes» sobre el «no-perdón»1 que merecerá quien peque contra el Espíritu Santo.


Para santo Tomás de Aquino, el pecado contra el Espíritu Santo no se puede perdonar porque «excluye aquellos elementos gracias a los cuales se da la remisión de los pecados»2; no es Dios quien se niega a perdonar, sino que el hombre da la espalda a su poder misericordioso. Este pecado consiste en «el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz»3. Dios, como buen Padre, no se cansa de ofrecer su salvación. Y el Espíritu Santo siempre busca limpiarnos la mirada sobre nuestras faltas, para llevarnos a la penitencia y distribuir los frutos de la Redención. Pero el hombre puede cerrarse a esa oferta, puede negarse a la conversión, puede hacer su conciencia impermeable y reivindicar un pretendido derecho a perseverar en el mal. Es lo que la Sagrada Escritura suele llamar “dureza de corazón” (cf. Sal 81,13; Jer 7,24; Mc 3,5).


Podemos pedir al Señor un corazón sensible ante el bien y el mal, con el convencimiento de que el pecado está presente en nuestra vida. El Espíritu Santo, si somos dóciles a los toques de su gracia, nos ayudará a reconocernos siempre necesitados del perdón de Dios, a asombrarnos de su poder, suscitando en nosotros una continua conversión.


«SE OPONDRÁN a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo, un afán loco, no de libertad santa, sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento –más solapadamente, conforme pasan los años–, la soberbia; y después toda una reata de malas inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas. No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad. Es una lucha constante»4.


Siempre tendremos cierta inclinación al mal, fruto del pecado. Su aspecto y el relieve posiblemente irá mutando con el tiempo, pero siempre estará ahí, poniendo a prueba nuestra salud espiritual. Por eso, necesitamos estar vigilantes, fomentando el espíritu de examen y dispuestos a luchar animosamente para ser buenos hijos de nuestro Padre Dios. «Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante»5. Así hablaba san Josemaría el primer día del año 1972, como señalando las coordenadas en que se desenvolvería su vida interior durante ese año: luchar, porque es lo que nos corresponde en la tierra hasta el final, hasta nuestro premio y descanso en el cielo. Pero luchar siempre por amor: «Lucha es sinónimo de Amor»6. La lucha es una afirmación alegre que se desarrolla en un clima optimista, confiado y sereno, sin sombra de crispación o tristeza. La lucha, enfocada como hijos de Dios, trae siempre paz, ya que no es otra cosa que la respuesta libre del hombre a un Dios que lo quiere con locura.


SI EL PECADO contra el Espíritu Santo consiste en una cerrazón radical del alma a la acción salvadora de Dios, la santidad, al contrario, es una «permanente apertura a Dios y una lucha por hacer crecer el don que nos ofrece en beneficio nuestro y de los demás»7. Cuando entendemos que la santidad es una «relación de amor con Dios que se hace vida, pero que está siempre en crecimiento, siempre amenazada, siempre empezando»8, entonces podremos buscarla realmente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en la familia, en las relaciones de amistad, etc.


El clima de nuestra santidad es el de la misericordia de Dios. Queremos ser buenos hijos y comportarnos como tales. La perfección que nos interesa no es la de quien pretende imaginariamente lograr hacer todo bien y no tener defectos, sino la de quien desea vivir más metido en la lógica del amor de Dios. «La misericordia es el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada día para llevar al mundo la buena nueva»9.


Nuestra Madre nos guía en este camino. Ella «es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: Dios te salve, María…»10.


19 de noviembre de 2021

SOMOS TEMPLOS DEL ESPIRITU SANTO

 


Evangelio
(Lc 19, 45-48)


En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».


Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.


Comentario


En el Evangelio de ayer veíamos cómo el Señor se emocionaba al contemplar la ciudad de Jerusalén, hasta el punto de llorar por ella. San Lucas nos narra cómo después de entrar en la ciudad, se dirigió hasta el Templo, entró y se puso a echar a los mercaderes y cambistas.


Lo que hacían los vendedores y cambistas no era algo malo en sí mismo. Los peregrinos llegaban a Jerusalén desde todo el mundo y necesitaban comprar los corderos o las parejas de tórtolas o palomas que se necesitaban para el sacrificio.


Además, la moneda para hacer la contribución al Templo o pagar el rescate por los hijos primogénitos debía hacerse en moneda judía. Por tanto, era necesario que hubiese vendedores de animales y cambistas en algún lugar, pero mejor el lugar para ello no era en el interior del Templo.


Los mercaderes, ansiosos por colocar su puesto en un lugar mejor o ampliar el negocio, habían ido ocupando otros lugares, hasta el punto de que habían traspasado las puertas del Templo.


Ellos, que debían servir a la alabanza y acción de gracias del pueblo de Israel, estaban sirviéndose del Templo para su propio provecho, dejando la alabanza y la acción de gracias en un segundo plano.


En esta escena podemos vernos cada uno de nosotros. Jesús quiere entrar en el Templo de nuestro corazón, de nuestra alma, de nuestra vida -somos hijos de Dios, templos del Espíritu Santo-, como entró en el Templo de Jerusalén. Viene con la misma ilusión, la misma emoción, el mismo empeño: hacer de nuestra vida una casa de oración, un lugar donde vivir en intimidad con nosotros.


El problema es que a veces, a pesar de tanta gracia, nos acostumbramos, perdemos la capacidad de asombro. Podemos perder el sentido de nuestra vida y dejamos a Dios en un rincón.


Acabamos dando más importancia a nuestro trabajo, a nuestro descanso, a nuestras diversiones, a nuestro modo de ver la vida que a Dios. Todo eso son cosas buenas en sí mismas, pero si nos descuidamos, si no hacemos de nuestra alma una casa de oración, Dios acaba en un segundo plano.


PARA TU RATO DE ORACION


La raíz de la eficacia sobrenatural, lo sabemos bien, se robustece con una intensa y profunda vida interior, fruto de la acción del Espíritu Santo en las almas. Por eso, ¡qué importante es que acudamos cada día con más intimidad a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad!


Hacemos nuestra la tradición del rezo en la Iglesia del Trisagio Angélico, con el buen deseo de unirnos a la alabanza y a la acción de gracias que la humanidad entera tiene el deber de dirigir a nuestro Dios, tres veces Santo, que nos ha creado y redimido, y que está empeñado en llevar a término la tarea de nuestra santificación. Esforcémonos en aprovechar con mucha intensidad estos días; empeñémonos con todas nuestras fuerzas en convertir las veinticuatro horas de la jornada en un canto de gloria a la Trinidad Beatísima. Repitamos a menudo, con la boca o con el corazón, las palabras de la liturgia: Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua! (Misal Romano, Ordinario de la Misa); Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.


La meditación del misterio de la Santísima Trinidad debería ser alimento habitual de las almas cristianas. San Agustín afirma que «éste es nuestro gozo cumplido y no hay otro mayor: gozar de la Trinidad de Dios, a cuya imagen hemos sido hechos» (Sobre la Trinidad, I, 18). Como expone gráficamente la Sagrada Escritura, los que procuran conducirse en sus pensamientos y acciones según Dios, son como un árbol plantado al borde de las aguas, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas (Sal 1, 3). Con una referencia clara y constante al Dios Uno y Trino, fin último de nuestra vida, todo lo que cumplamos en la tierra —por poco importante que aparezca a los ojos humanos— adquiere un gran valor. Al Señor le interesa todo lo nuestro, nos sigue con la infinita delicadeza de su Amor y de su Misericordia.


San Josemaría, especialmente durante los últimos años de su vida terrena, aludía con mucha frecuencia a este punto de la fe cristiana. «Si estamos en gracia —decía, por ejemplo, en 1972—, el Espíritu Santo está en medio de nuestra alma, dando carácter sobrenatural a todas nuestras acciones. Y, con el Espíritu Santo, están el Padre y el Hijo: la Trinidad Beatísima, que es un solo Dios. Somos templo de la Trinidad, y podemos hablar con Dios sencillamente, sin hacer ninguna rareza, poniéndonos sobre nosotros mismos, pisándonos a nosotros mismos, como se pisa la uva en el lagar, porque no somos nada. Nos metemos allí, en el fondo de nuestra alma, para contarle lo que nos pasa: pidiendo, adorando, desagraviando, amando» (Apuntes de la predicación oral, 12-X-1972).


Acudamos con íntima y fuerte devoción a la Santísima Trinidad en los próximos días. Esta disposición nos ayudará también a prepararnos para saborear con fruto sabroso las otras grandes solemnidades litúrgicas de este mes: la del Corpus Christi y la del Sagrado Corazón de Jesús. Crecer en piedad eucarística significa ahondar en el misterio de la Santísima Trinidad, pues —como recuerda el Papa en su reciente exhortación apostólica sobre la Sagrada Eucaristía— «la primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor trinitario (...). En la Eucaristía, Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 7).


¡Cómo se pasmaba San Josemaría, diariamente, al contemplar la presencia y la acción de Dios Trino en los textos de la Misa! Nos lo escribió en una de sus homilías, y nos señaló que «esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía (...). La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar» (Es Cristo que pasa, n. 85). Amaba detenerse, de modo especial, en la actuación del Gran Desconocido, anhelando que dejara de serlo para los cristianos. Animaba a todos a dirigirse más y con mayor continuidad a cada Persona divina, distinguiéndolas sin separarlas, porque «toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora» (Ibid., n. 86).


Benedicto XVI nos insiste en que «es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo (...) en la profundización de los divinos misterios» (Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 12). Y puntualiza el Santo Padre: «Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que "toda la comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo". El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y del vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles "en un solo cuerpo", haciendo de ellos una ofrenda espiritual agradable al Padre» (Ibid., n. 13).


¿Cómo podemos apropiarnos de esa Vida divina que desciende del cielo a la tierra en la Santa Misa, y que se nos entrega a cada uno en la Comunión sacramental? Preparándonos lo mejor posible para recibir al Señor y cuidando con esmero la acción de gracias después de la Misa. Pensad que, en esos pocos minutos en los que Jesucristo se encuentra sacramentalmente presente dentro de nosotros, se realiza la unión más íntima que cabe imaginar entre el Creador y la criatura. Y esa unión se prolonga luego durante la jornada, gracias a la acción del Espíritu Santo. ¿Son tus genuflexiones un acto de rendida adoración? ¿Salen de tu alma actos de fe, de esperanza, de caridad? Pidamos como Dimas, el buen ladrón, que Jesús se acuerde de nosotros y que nosotros le tengamos muy presente. La Eucaristía es manifestación de la infinita misericordia de Dios; no sólo no nos rechaza, sino que, al entregársenos como alimento, nos identifica con Él: deseemos que sea éste nuestro vivir.


«Cuando hayáis comulgado, y el corazón se os vaya a dar gracias a Dios —enseñaba San Josemaría—, considerad que habéis recibido la Humanidad Santísima de Jesucristo —su Cuerpo, su Sangre, su Alma— y su Divinidad; y, con Jesucristo, toda la Trinidad, porque el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son inseparables. Pensad que, al destruirse las especies sacramentales, desaparece la presencia real, pero queda en nuestras almas y en nuestros cuerpos —que son su templo (cfr. 1 Cor 3, 16)— Dios Espíritu Santo.


»Ya veis: no sólo pasa Dios, sino que permanece en nosotros. Por decirlo de alguna manera, está en el centro de nuestra alma en gracia, dando sentido sobrenatural a nuestras acciones, mientras no nos opongamos y lo echemos de allí por el pecado. Dios está escondido en vosotros y en mí, en cada uno» (Apuntes de la predicación oral, 8-XII-1971).


Estos consejos de nuestro Padre nos ayudarán a prepararnos para su fiesta, el próximo día 26. Pedid su intercesión para que cada una, cada uno, demos un decidido paso adelante en nuestra vida espiritual, que se resume en conocer, tratar y amar a la Trinidad en la tierra, para gozar luego de Dios por toda la eternidad.


En otro orden de cosas, como sabéis, el 14 de este mes cumpliré, si Dios quiere, setenta y cinco años. El mejor regalo que podéis ofrecerme es una oración más intensa. Pedid al Señor que me perdone por las veces que no le he dado el amor que Él esperaba, que siga enviándome su gracia, que trate con mayor intimidad a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, y a Santa María, Madre nuestra.


Grande ha sido mi alegría la semana pasada, en la ordenación presbiteral de treinta y ocho diáconos de la Prelatura. Ahora hemos de apoyarles aún más, para que sean santos sacerdotes de Jesucristo. He tenido muy presentes a los tres primeros sacerdotes, y les he rogado que, como respondieron ellos, así queramos —todas y todos— dar mayor consistencia al contenido de nuestra alma sacerdotal; es decir, mayor trato con el Maestro, más afán de almas y una perseverancia que nada haga desfallecer (cfr. Camino, n. 934).


Seguid rezando por mis intenciones; por la Iglesia y por el Romano Pontífice, por la santidad de los sacerdotes y de todos los fieles, por la extensión de la Iglesia en el mundo entero.


Resumen de una carta del prelado Javier Echeverria 

23 de mayo de 2021

PENTECOSTES

 


Evangelio (Jn. 20, 19-23)


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Comentario


Ha llegado Pentecostés: la fiesta por excelencia del Espíritu Santo. Hoy, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, la Persona Divina que lleva a cabo su tarea santificadora de manera silenciosa y discreta, irrumpe con toda la fuerza de su poder para recordarnos que es Él el que hace la Iglesia.


La escena que nos presenta el evangelio de san Juan no deja de ser paradójica. Nos encontramos en el anochecer del Domingo de Resurrección. Por las narraciones de los cuatro evangelistas, sabemos que aquel día fue frenético: idas y venidas desde el sepulcro, personas que aseguran haber visto al Señor, los de Emaús que van desolados y vuelven jubilosos, llantos, abrazos, estupor. Y, sobre todo, alegría, mucha alegría. Los testimonios —La Magdalena, Pedro, Cleofás— son suficientes para que los discípulos incrédulos al menos duden de su incredulidad.


Y, sin embargo, a esas personas las encontramos ahora encerradas por miedo.


La historia de la humanidad ha cambiado para siempre: Cristo ha resucitado. No obstante, el cambio que se había de operar en los apóstoles estaba por hacerse: todavía conservaban los rezagos de ese temor que los hizo abandonarlo en el Calvario. Tiemblan ante la idea de correr la misma suerte.


Así, mientras en los corazones de los que ama se entremezclan esos sentimientos, Jesús Resucitado se aparece en medio de ellos.


Para nuestra vida cristiana, es muy importante que nos fijemos con atención en los gestos del Señor. En particular, esta escena es clave para comprender cómo responde Dios frente a nuestros miedos, que muchas veces son el obstáculo que nos impide corresponder a su gracia.


Jesús hace cuatro cosas: les da la paz, les pide que levanten la mirada para que contemplen sus llagas, les da la misión, y con ella, la posibilidad de perdonar los pecados.


Es maravilloso ver cómo el Señor responde frente al temor: con una vocación. La llamada de Dios, que incluye siempre el sentido de misión, es en sí misma la respuesta a nuestras propias debilidades y cobardías.


Jesús no espera que sus apóstoles se conviertan en hombres valientes para después enviarlos. Los envía justamente cuando están asustados: porque su paz y su fuerza no vendrán de las cualidades humanas o de las circunstancias favorables. Vendrán del Espíritu Santo que reciben en ese momento.


La Iglesia se hizo, se hace y se hará por la acción del Paráclito. Nuestra tarea no es otra que dejarnos guiar por Él. Por eso no caben ni las inhibiciones ni la vanagloria.


A partir de entonces, la vida de los apóstoles se resumirá en proclamar por todos los sitios que Jesús es el Señor. Pero como dice san Pablo en la segunda lectura, para poder afirmar eso necesitamos al Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3). No podemos dar un solo paso en la vida espiritual, ni siquiera el más sencillo, sin la asistencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por eso decimos en la secuencia previa a la proclamación del Evangelio en la Misa de hoy: Mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro.


Esta Solemnidad es una ocasión estupenda para pedir con fe una renovación de nuestra vida espiritual y para interceder por los cristianos del mundo entero. Al convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII pedía oraciones para lo que él llamó “un nuevo Pentecostés” en la Iglesia. Esa expresión, nuevo Pentecostés, podría servirnos como un anhelo que diariamente marque el paso de nuestro trato con el Espíritu Santo.


Para eso, podemos acudir a María, protagonista indispensable de lo que celebramos hoy, para que de Ella aprendamos a decir hágase a cada moción del Espíritu Santo. La Virgen también se turbó frente a la presencia y el anuncio del Ángel (cfr. Lucas 1, 29). Sin embargo, no fundamentó su respuesta en la inquietud que sentía: la fundamentó en la seguridad de que era Dios quien la llamaba.


Así se hace la Iglesia, así se han portado los santos, y así espera el Espíritu Santo que vivamos nosotros. Solos no podemos, pero con Él sí.

TEXTO PARA HACER TU RATO DE ORACIÓN:

- El Espíritu Santo da inicio a nuestra misión y la impulsa.

- Con el Paráclito se nos da el perdón.


- La vida y la fuerza de Dios se nos dan en el Espíritu Santo.


EN LA FIESTA de Pentecostés se podría decir que termina la misión de Jesús en la tierra y comienza la nuestra, alentados, impulsados y sostenidos por su mismo Espíritu. Recibimos su misma misión, la que el Padre ha encomendado a su Hijo. «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21). Nos llenamos de agradecimiento por semejante don y deseamos que el fuego que ardía en el corazón de Jesucristo no se extinga, sino que provoque en nosotros el incendio que él ha soñado y querido. Esas pequeñas llamas que han aparecido en las cabezas de los apóstoles, y en nuestras almas, queremos que se propaguen hasta el último rincón de la tierra. Nos ilusiona ser cooperadores de los planes divinos para llenar el mundo del calor que el Salvador vino a regalarnos.


Para esa misión no estamos solos, contamos con una ayuda insuperable. Jesús nos lo había prometido diciendo que no nos dejaría huérfanos y lo ha cumplido (Jn 14,18). «El Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador»[1].


Puede ser que algunas veces sintamos esa orfandad, pero no queremos que nos paralice, sabemos que es parte de la cizaña que el diablo intenta sembrar entre el trigo bueno del amor al que somos llamados. Sentirla y percibirla no significa pactar con ella, sino que puede ser precisamente el estímulo para volver a considerar, con la ayuda del Espíritu Santo, que somos hijos muy queridos. Con san Josemaría queremos introducirnos en esta fuente interminable de gracia: «La gloria, para mí, es el amor, es Jesús, y, con él, el Padre –mi Padre– y el Espíritu Santo –mi Santificador–»[2]. En esa intimidad acompañada de la Trinidad tienen cabida y solución nuestros temores y angustias.


LA PRIMERA vez que echamos a andar solos, quizá desde los brazos de nuestro padre a los de nuestra madre, no sabíamos cómo acabaría todo, ni lo habíamos hecho nunca antes. Tenerlos cerca, delante y detrás, era suficiente. Cuando recibimos el abrazo de ambos como premio a nuestra hazaña, nos dimos cuenta de que arriesgarse era maravilloso. Podemos pedir que el Espíritu sea capaz de inflamar nuestra voluntad para que, de una manera similar, vibremos con los deseos divinos de sembrar el mundo de paz y de alegría. La oración es el lugar privilegiado para escuchar su voz y hacerle caso lanzándonos a esa andadura divina. La oración «es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con él en el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abbà (cf. Rm 8,15; Gal 4,6); y esto no es solo un “modo de decir”, sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de Dios. “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14)»[3].


A veces podemos tener la tentación, tal vez inconsciente, de vivir como si Dios se alejara de nosotros por nuestros pecados o nuestras traiciones. Sin embargo, él nos sorprende una y mil veces con su reacción ante nuestra fragilidad. «Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia»[4].


EL ESPÍRITU Santo quiere llenarnos de fuerza para que podamos disfrutar de la misión que nos encomienda. San Josemaría nos muestra lo dañino que puede ser no tener los cimientos sólidos de esta gracia divina: «El ataque a la fe tira el edificio espiritual. Desconcierta la tentación contra la esperanza. Pero esa malvada seguridad de que Dios no me ama y que no le amo es la que aniquila y, aun fisiológicamente, deja vacío el corazón»[5].


Afortunadamente, la solución está al alcance de todos: «En este día, aprendemos qué hacer cuando necesitamos un cambio verdadero. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Sobre todo cuando estamos hundidos, cuando estamos cansados por el peso de la vida, cuando nuestras debilidades nos oprimen, cuando avanzar es difícil y amar parece imposible. Entonces necesitamos un fuerte “reconstituyente”: es él, la fuerza de Dios; es él que, como profesamos en el “Credo”, “da la vida”. Qué bien nos vendrá asumir cada día este reconstituyente de vida. Decir, cuando despertamos: “Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, ven a mi jornada”»[6].


Santa Teresita de Lisieux relataba el día de su Confirmación: «¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo... (...). Por fin, llegó el momento feliz. No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte Horeb»[7]. Nosotros también queremos tener el oído atento para que el Consolador nos cuente las maravillas a las que nos llama y para las que hemos sido creados.


«“No os dejaré huérfanos”. Hoy, fiesta de Pentecostés, estas palabras de Jesús nos hacen pensar también en la presencia maternal de María en el cenáculo. La Madre de Jesús está en medio de la comunidad de los discípulos, reunida en oración: es memoria viva del Hijo e invocación viva del Espíritu Santo. Es la Madre de la Iglesia. A su intercesión confiamos de manera particular a todos los cristianos, a las familias y las comunidades, que en este momento tienen más necesidad de la fuerza del Espíritu Paráclito, Defensor y Consolador, Espíritu de verdad, de libertad y de paz»[8].


[1] Benedicto XVI, Homilía, 31-V-2009.


[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, nn. 1653-1655.


[3] Francisco, Homilía, 8-VI-2014.


[4] Francisco, Homilía, 4-VI-2017.


[5] San Josemaría, Glosa marginal al Decenario al Espíritu Santo, de Francisca Javiera del Valle.


[6] Francisco, Homilía, 20-V-2018.


[7] Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, cap. IV, 36.


[8] Francisco, Homilía, 15-V-2016.

22 de mayo de 2021

UN AMOR QUE PERDONA Y DA FUERZA

 



Evangelio (Jn 21,20-25)


En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga».


Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.


Comentario


Después de considerar ayer la figura de san Pedro y cómo el Señor le confirmó en la misión de apacentar sus ovejas (cfr. Jn 21,17), en continuidad con este mismo pasaje, la Iglesia nos invita a considerar hoy los últimos versículos del Evangelio de san Juan.


Y es que, ante la pregunta de san Pedro sobre qué será de Juan, Jesús le responde de un modo un tanto enigmático (vv. 21-22). Será el propio discípulo y evangelista quién aportará más luz a esas palabras del Señor, explicando su sentido (v. 23).


Sin embargo, hoy ponemos el foco en los dos últimos versículos del evangelio: en cómo se acude al testimonio de su propio autor, "el discípulo al que Jesús amaba (v.20), como garantía de que lo escrito en el evangelio es verdad.


San Juan escribió su evangelio, inspirado por el Espíritu Santo, para fortalecer nuestra fe en Jesucristo, en lo que hizo y en lo que nos enseñó.


Precisamente, esta profundización en la Persona de Jesucristo, hasta dejarle ser el centro de nuestra vida, es a la que nos invitaba Mons. Fernando Ocáriz en su primera carta pastoral[1], tras ser elegido prelado del Opus Dei. Este trato cada vez más profundo con Jesucristo siempre constituirá una fuente inagotable para la vida interior de las personas de todos los tiempos.


Así lo expresaba el beato Pablo VI: «cuando comienza uno a interesarse por Jesucristo ya no le puede dejar. Siempre queda algo que saber, algo que decir; queda lo más importante. San Juan Evangelista termina su Evangelio precisamente así (Jn 21,25). Es tan grande la riqueza de las cosas que se refieren a Cristo, tanta la profundidad que hemos de explorar y tratar de comprender (…), tanta la luz, la fuerza, la alegría, el anhelo que de Él brotan, tan reales son la experiencia y la vida que de Él nos viene, que parece inconveniente, anticientífico, irreverente, dar por terminada la reflexión que su venida al mundo, su presencia en la historia, en la cultura, y en la hipótesis, por no decir la realidad de su relación vital con nuestra propia conciencia, exigen honestamente de nosotros»[2].


[1] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral 14-II-2017, n. 8.


[2] Beato Pablo VI, Audiencia general, 20-II-1974


TEXTO PARA EL RATO DE ORACION:

- El Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios.

- El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza.

- Dar y recibir el amor de Dios.


«HAY, ADEMÁS, otras muchas cosas que hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir» (Jn 21,25). El amor de Dios no cabe en un libro, ni en una fórmula, ni hay palabras para explicarlo; es inefable, no podemos aferrarlo ni encerrarlo en nuestros esquemas. El amor es uno de los frutos del Espíritu Santo y precisamente a él podemos pedirle, en la víspera de su fiesta, que nos hable de ese amor. El será quien nos recuerde, día tras día, que «la obra de Cristo es obra de amor: amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado»[1]. Amor es un término tan utilizado que nos puede dar la impresión de que a veces ha perdido su fuerza. Sin embargo, el Paráclito sabrá hacer vibrar nuestra alma con el único amor que no conoce traición ni cansancio.


Escribe san Clemente Romano, a finales del siglo primero: «¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia (...). Por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don»[2].


Cuántas veces hemos buscado sucedáneos o hemos pensado que no necesitábamos ese cariño. Cuántas veces, como el hijo pródigo y su hermano, hemos soñado una felicidad lejos de nuestro padre y de nuestro hogar. Conscientes de nuestra fragilidad, podemos acudir al Paráclito para que nos haga pregustar y disfrutar el amor que Dios quiere regalarnos. «El Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10). ¿Cuáles son esas profundidades que nuestro corazón está llamado a gozar? «Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), dijo Jesús. No queremos salir de ese lugar.


«EN ESTO consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Podemos, «antes que nada, pensar en lo que Dios ha hecho y hace por mí, no pretender basar la seguridad en lo que yo he hecho y hago por Dios, porque siempre será poco (lo mío). Lo que haga, en realidad, será –eso mismo– don de Dios»[3]. Podemos caer instintivamente en la tentación de pensar y vivir esa relación como si necesitáramos muy poco de él. Pero el amor de Dios tiene una dinámica muy diferente. «Del Señor procede todo lo bueno y, sin él, no sólo un poco, sino absolutamente nada puedes tú comenzar y perfeccionar»[4]. Por eso, en este aspecto, es todavía más importante la guía de un maestro que nos aconseje. San Josemaría tenía bien claro que quería contar con el Espíritu Santo: «Siento el amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: él me dará fuerzas, él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!»[5].


Podemos hacer este mismo propósito y dejarle fortalecer nuestros corazones. Un lugar privilegiado para disponernos a su acción es el sacramento de la Confesión: «El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Por esa razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[6].


PUEDE SER que muchas veces, en nuestra relación con Dios, nos centremos más en lo que nosotros damos que en lo que recibimos, también de manera inconsciente. Y esa perspectiva nos limita porque, sin querer, nos sitúa enfrente de Dios, no a su lado. Es importante procurar purificar, cada vez más, la imagen de Dios que tenemos en nuestro interior. «Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia (...). El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas»[7].


También nos puede pasar que otras veces nos centremos en lo que recibimos, pero exigiéndolo. «Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar solo el propio beneficio (...). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! (...). Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”»[8].


A María le pedimos que nos enseñe a recibir el cariño divino como ella lo hizo, uniéndonos a unas palabras de san Josemaría: «Tus caídas involuntarias –caídas de niño– hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo»[9].


[1] Benedicto XVI, Homilía, 4-VI-2006.


[2] San Clemente Romano, Carta a los Corintios, capítulos XLIX-L.


[3] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 40.


[4] San Bernardo, In festivitate Pentecostes sermo, 2,6.


[5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 864.


[6] Francisco, Patris corde, n. 2.


[7] Francisco, Homilía, 31-V-2020.


[8] Ibíd.


[9] San Josemaría, Camino, n. 884.

20 de mayo de 2021

EL ESPÍRITU SANTO SIEMPRE NOS RENUEVA.




 Evangelio (Jn 17,20-26)


En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.


Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».


Comentario


El Evangelio que la Iglesia nos invita a considerar hoy forma parte de la oración sacerdotal de Jesús durante la Última Cena. En el fragmento que hemos leído, Cristo pide de nuevo por la unidad entre todos los que creerán en Él a lo largo de la Historia.


Un padre de la Iglesia comentaba a este respecto que «todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo»[1].


El primer fruto de esta unidad de la Iglesia es la fe de todos los bautizados en Cristo y en su misión divina (vv. 21.23).


El Señor concluye esta plegaria pidiendo para que todos le acompañemos en el Cielo y podamos gozar para siempre de su gloria. Para ello, esta vez no emplea el verbo “rogar” si no “querer”, con lo que queda de manifiesto que esta petición es la más importante y que coincide con la voluntad de su Padre: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cfr. 1 Tm 2,4).


A propósito de esta oración de Jesús pidiendo al Padre la unidad de los suyos en el amor, san Josemaría comentaba: "Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo"[2]. Ojalá sepamos nosotros seguir poniendo en práctica el mismo grado de amor con quienes nos rodean.


[1] San Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 11,11.


[2] Amigos de Dios, n. 225.


TEXTO PARA TU RATO DE ORACIÓN:

- La grandeza del don de Dios.

- El Espíritu Santo siempre nos renueva.

- La longanimidad nos saca del miedo.


JESÚS, ANTES de subir a la cruz por amor a cada hombre y cada mujer, quiere elevarnos hasta la altura de su amor. El Señor quiere, de alguna manera, ponernos a su mismo nivel, regalarnos todo lo que tiene, todo lo que ha recibido. Por eso nos ofrece su intimidad con Dios Padre. «Yo les he dado la gloria que Tú me diste» (Jn 17,22), leemos en el evangelio de la Misa de hoy. Jesús quiere que el Padre, de alguna manera, nos mire con el mismo orgullo con que le mira a él. Y para heredar todo este patrimonio es importante comprender, ante todo, «que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios (...). Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don»[1].


Jesús nos regala el Espíritu Santo, el dador de todos los dones, el amor que hay entre Dios Padre y él. Y con él nos da uno de sus frutos: la longanimidad, que es grandeza de ánimo ante las dificultades. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[2], decía san Josemaría. Hemos sido llamados a recibir un amor infinito, pero muchas veces nuestra capacidad no se corresponde con las ansias de dilatarse que han sido regaladas a nuestro corazón. Es posible que, con frecuencia, nos concentremos demasiado en nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, el Espíritu Santo siempre nos empuja a mirar hacia arriba, a contemplar el horizonte, a levantarnos con más fuerza. No son nuestras obras solas las que conquistan la santidad, ni siquiera son lo más importante: es Dios quien hace que nuestra entrega, esa pequeña semilla de mostaza, se multiplique y sirva para dar sombra a tantos.


«CUANDO LA VIDA de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la autoconservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas. Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor. De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”»[3].


La Iglesia camina hacia Pentecostés con la esperanza de alcanzar este don. Quiere llenarse de longanimidad: «No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra...»[4], decimos en la Santa Misa. No queremos distraernos con una visión de corto alcance. Queremos fijar la mirada en lo definitivo, en lo que no pasa, en el amor de Dios por cada uno. San Josemaría nos animaba siempre a tener la mirada puesta en el horizonte: «No contempléis nada sólo con ojos humanos, hijas e hijos míos. No miréis con la nariz pegada al muro, porque entonces no veríais más que un poco de pared, algo de suelo y la punta de vuestros zapatos, que ni siquiera estarán limpios porque se habrán manchado con el polvo del camino. Alzad la cabeza, veréis el cielo, azul o nublado, pero esperando vuestro vuelo. Los obstáculos de la sensualidad, de la soberbia, de la vanidad; en una palabra, de la idiotez humana, no son tan altos que puedan, si nosotros no queremos, cegarnos por completo la vista»[5].


«LES HE DADO a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26), continúa diciendo Jesús en el evangelio de hoy. En algunos momentos llama la atención cómo los apóstoles, elegidos por Cristo desde toda la eternidad, a veces no eran demasiado conscientes de lo que sucedía a su alrededor. Pero, en realidad, así somos también nosotros tantas veces, que nos distraemos en lo más inmediato: «Muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos (...). Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo»[6].


Lo contrario a la longanimidad es el miedo, el apocamiento, las ganas de asegurar todo, de no arriesgar nada. Dejarse vencer por el miedo es lo más fácil pero también intuimos a dónde conduce ese camino. El Espíritu libera nuestros corazones encerrados en el miedo. Transforma nuestra vida, pero lo hace a su estilo: «El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza (...). ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón»[7].


«Proclama mi alma las grandezas del Señor» (Lc 1,46). Le pedimos a nuestra Madre que descubramos como ella la grandeza del Señor y nos dejemos encender por el fuego del Espíritu para incendiar, así, toda la tierra.


[1] Francisco, Homilía, 31-V-2020.


[2] San Josemaría, Camino, n. 755.


[3] Francisco, Homilía, 20-V-2018.


[4] Ordinario de la Misa.


[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 25-VI-1972.


[6] Benedicto XVI, Homilía, 23-V-2010.


[7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

17 de mayo de 2021

PACIENCIA, TRIBULACION. ESPIRITU SANTO



Evangelio (Jn 16, 29-33)


En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús:


—Ahora sí que hablas con claridad y no usas ninguna comparación: ahora vemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te pregunte; por eso creemos que has salido de Dios.



—¿Ahora creéis? —les dijo Jesús—. Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que tengáis paz en mi. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo.


Comentario


Nos encontramos en la última cena y los apóstoles están atentos a cada una de las palabras del Señor, aunque hacen grandes esfuerzos por captar su sentido. Esta comprensión a medias quizá explique la satisfacción que experimentan cuando finalmente creen entender lo que está diciendo Jesús “Ahora sí que hablas con claridad y no usas ninguna comparación” (v. 29).


Las palabras claras que oyen les permiten confiar y creer que Jesús venía de Dios. Pero el Señor quiere apartarlos de una comprensión de la fe superficial y les recuerda que aún no han superado todas las tentaciones: “¿Ahora creéis? —les dijo Jesús—. Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo” (v. 32). Y más adelante repite que en el mundo tendrán luchas y sufrimientos (cf. v. 33).


Las palabras de Jesús señalan una verdad que experimentamos casi a diario. Para conservar nuestra fe pura y fuerte es necesario luchar contra nuestras malas inclinaciones, contra las circunstancias que en ocasiones nos proponen valores distintos a los de Dios, contra las tentaciones del demonio, etc.


Sin embargo, junto con el problema, el evangelio de hoy nos ofrece la solución: Jesús nos recuerda que lo importante en la lucha es saberse acompañados realmente por nuestro Padre Dios. Muchas veces, lo más difícil no es tanto lo que nos toca sufrir sino el hecho de tener que hacerlo solos y con nuestras propias fuerzas.


La Presencia de Dios en nuestros corazones no cambiará siempre las dificultades en sí, sino nuestra actitud ante ellas. El Señor quiere hacerse presente en nuestras vidas para regalarnos una paz que solo Dios sabe dar. Por eso, en los momentos en que sintamos con más fuerza el peso de la tentación pueden servirnos las palabras que el mismo Jesús pronunció: “No estoy solo porque el Padre está conmigo” (v. 32).


TEXTOS PARA HACER TU RATO DE ORACIÓN: 


- Los discípulos reciben el Espíritu Santo.

- Paz en medio de las tribulaciones.

- La paciencia es un fruto del Espíritu Santo.


CUANDO SAN PABLO llegó a Éfeso, «encontró unos discípulos y les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?”» (Hch 19,1-2). Llama la atención que la primera pregunta del apóstol de las gentes sea precisamente sobre el conocimiento acerca de la tercera persona de la Santísima Trinidad; esto manifiesta la prioridad que tenía en la iglesia primitiva y que sigue teniendo ahora. «Contestaron: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. Él les dijo: “Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?”. Respondieron: “El bautismo de Juan”» (vv. 2-3).


San Pablo quería que quienes abrazaban la fe conocieran la profundidad de la vida de Dios; en este caso, les aclara que «“Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús”. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús» (vv. 4-5). En la escena vemos una comunidad que, además del Bautismo, recibió la Confirmación en la fe con el don del Paráclito: «Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres» (vv. 6-7).


En el sacramento de la Confirmación nosotros también recibimos el Espíritu Santo «para comprometernos más plenamente en la batalla que libra la Iglesia contra el pecado (...). Para que podáis trabajar con fe profunda y caridad constante, para ayudar a que el mundo consiga los frutos de la reconciliación y de la paz»[1]. En nuestro camino de preparación para la fiesta de Pentecostés, podemos preguntarnos: «¿Qué sitio ocupa en nuestra vida el Espíritu Santo? ¿Soy capaz de escucharlo? ¿Soy capaz de pedir inspiración antes de tomar una decisión o de decir una palabra o de hacer algo? (...). ¿Pido que me guíe por el camino que debo elegir en mi vida, y también todos los días? ¿Pido que me dé la gracia de distinguir lo bueno de lo menos bueno? (...). Pidamos la gracia de aprender ese lenguaje para escuchar al Espíritu Santo»[2].


EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy se lee el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena. El Señor quiere preparar a sus discípulos para lo que ocurrirá dentro de pocas horas. Después de la alegoría de la vid y los sarmientos, el maestro les promete que enviará al Espíritu Santo. «Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios”. Les contestó Jesús: “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”» (Jn 16,29-32).


«Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser todavía más misioneros y para crecer en esa confianza hacia Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad»[3]. Jesús demuestra a sus discípulos que conoce lo que va a suceder; sabe que padecerá sufrimientos y les asegura que, a pesar de todo, él seguirá ofreciéndose como fundamento para que su fe no decaiga. Cristo confía en el amor del Padre; ese será su consuelo y el de sus discípulos en el futuro: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16,32).


Después de la Resurrección, los apóstoles recordarían estas palabras como un bálsamo, al ver que se había cumplido el resto del discurso. El Señor no había prometido a los discípulos una vida sin inquietudes ni problemas, sino que les anunció con realismo la misión apostólica. Sin embargo, también les dio la clave para superarlas: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). La vida del cristiano en la tierra entraña un esfuerzo constante para luchar con uno mismo y procurar encontrar en Dios el fundamento, abandonar en él nuestra alegría y nuestra paz. «Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz –decía san Josemaría–. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz»[4].


«OS HE HABLADO de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Podemos pedir al Señor que nos conceda y nos aumente la paciencia, fruto del Espíritu Santo que «es el don de entender que las cosas importantes llevan tiempo, que el cambio es orgánico, que hay límites, y que tenemos que trabajar dentro de ellos y mantener al mismo tiempo los ojos en el horizonte, como hizo Jesús»[5]. La paciencia nos ayuda a «soportar la prueba, la dificultad, la tentación y las propias miserias»[6]; nos ayuda a mantener la esperanza en la propia lucha, a pesar de nuestras debilidades. Decía san Josemaría: «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer»[7].


Ante las dificultades externas o las contrariedades que pueden surgir en el trato con los demás, nos servirá el consejo de Jesús: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Si entramos en esa escuela, aprenderemos a «ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos. Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios»[8]. Es verdad que siempre «se presentan ocasiones en las que surge la impaciencia: interrupciones imprevistas en el trabajo, retrasos que hacen esperar, pequeñas o grandes contrariedades del día a día. Pensemos –¡hablemos!– enseguida con el Señor: ¡más paciencia has tenido tú conmigo, Jesús! La impaciencia, además de lo que pueda tener de reacción instintiva, es falta de mortificación interior y, en su raíz, falta de caridad. Al revés, la comprensión, la disculpa, la paz, son efecto del cariño a Dios y a los demás. Ante cualquier movimiento de impaciencia, procuremos sonreír y rezar por quien interrumpe, hace esperar o nos cansa en un momento determinado y ofrecérselo al Señor con alegría (...). Jesús, con tu gracia; Madre mía, con tu ayuda»[9].


[1] San Juan Pablo II, Homilía, 30-V-1982.


[2] Francisco, Homilía, 29-V-2017.


[3] Francisco, Ángelus, 25-VI-2017.


[4] San Josemaría, Camino, n. 308.


[5] Francisco, Soñemos juntos, Simon & Schuster, Nueva York, 2020, p. 45.


[6] San Josemaría, Cartas 2, n. 47.


[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.


[8] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 6-VII-1967.


[9] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, pp. 179-180.