"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de mayo de 2016

SEGUIR LOS PASOS DE LOS APOSTOLES


— La llamada de estos Apóstoles.
— Jesús estuvo siempre cerca de sus discípulos, y está ahora junto a nosotros.
— Difundir el mismo mensaje que predicaron los Apóstoles. 
I. Entre aquellos galileos que tuvieron la inmensa dicha de ser elegidos por Jesús para formar parte de sus más íntimos se encuentran Felipe, hijo de Alfeo, y Santiago el Menor.
Santiago nació en Caná de Galilea, cerca de Nazareth, y era pariente del Señor. No nos narra el Evangelio el momento en que Jesús le llamó. La Sagrada Escritura pone de relieve que Santiago ocupaba un puesto preeminente en la Iglesia de Jerusalén1.
Santiago tuvo el privilegio de que el Señor se le apareciera a él personalmente, como leemos en la Primera lectura de la Misa2.
Felipe era natural de Betsaida, la patria de Pedro y de Andrés3; se trataba de una pequeña ciudad próxima al lago de Genesaret. Muy probablemente Felipe era ya amigo de estos dos hermanos. Un día, en la ribera del Jordán, Felipe encontró a Jesús que, en compañía de sus primeros discípulos, se encaminaba hacia Galilea. El Maestro le dijo:Sígueme4. Era el término que Jesús utilizaba para llamar a sus discípulos, de modo parecido al que los rabinos empleaban con sus seguidores. Felipe le siguió enseguida. Y pronto dio a conocer a Cristo, que acaba de convertirse en el centro de su vida, a sus amigos. Encontró Felipe a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazareth, el hijo de José5. Y ante las dudas que manifiesta Natanael, Felipe le da el mayor argumento: Ven y verás. Y fue hasta Cristo y se quedó con Él para siempre.
Jesús nunca defrauda. El apostolado consistirá siempre en poner delante del Señor a nuestros parientes, amigos y conocidos, despejar el camino, quitar los obstáculos para que vean a Jesús, que nos llamó a nosotros y que sabe penetrar en el alma de quienes se le acercan, como ocurrió con Natanael, quien llegaría a ser también uno de los Doce, a pesar de la aparente incredulidad primera y de la falta de disposiciones para aceptar el mensaje de su amigo: ¿Acaso de Nazareth puede salir algo bueno?, había contestado ante la invitación de Felipe. Cuántas veces hemos dicho también nosotros a los que hemos querido acercar a Dios: ¡Ven y verás! Y ninguno que se acercó a Jesús quedó defraudado.
Hoy, Felipe y Santiago son nuestros intercesores ante Jesús. Les encomendamos especialmente el apostolado que estamos llevando a cabo con nuestros amigos y parientes.
II. En el Evangelio de la Misa6 leemos cómo Jesús enseña a sus discípulos, durante la Última Cena, que en el Cielo tienen un lugar preparado para ellos, para que estén por toda la eternidad con Él y que ya conocen el camino... La conversación se prolonga con preguntas de los discípulos y respuestas del Maestro. Es entonces cuando interviene Felipe, con una petición que a todos podría parecer insólita: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Y Jesús, con un reproche cariñoso, le contesta: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¡Cuántas veces, quizá, tendría que hacernos Jesús el mismo reproche que a Felipe! ¡Tantas veces como he estado junto a ti y no te has dado cuenta! Y nos podría enumerar el Señor una ocasión y otra, circunstancias difíciles en las que quizá nos encontramos solos y no estuvimos serenos porque nos faltó el sentido de nuestra filiación divina, la cercanía de Dios. ¡Cuánto bien nos hace hoy la respuesta de Jesús a este Apóstol!, porque en él estamos representados también nosotros.
Jesús revela al Padre; la Humanidad Santísima de Cristo es el camino para conocer y tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Es la contemplación de Jesús el camino ordinario para llegar a la Trinidad Beatísima. En Cristo tenemos la suprema revelación de Dios a los hombres. «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su Muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna»7. Él llena por completo nuestra vida. «Él es suficiente para ti –afirma San Agustín–; fuera de Él, ninguna cosa lo es. Bien lo sabía Felipe cuando le decía: Señor, muéstranos al Padre y nos basta»8. ¿Vivimos nosotros con esta convicción?
III. Leemos en la Primera lectura de la Misa de estos dos Apóstoles las palabras de San Pablo a los primeros cristianos de Corinto: Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas...9. Pablo recibió de los Apóstoles un mensaje divino que a su vez él transmite. Fue herencia también de Felipe y de Santiago, que dieron su vida en testimonio de esta verdad. Ellos, como el Apóstol de las gentes, saben bien cuál debe ser el núcleo de su predicación: Jesucristo, Camino hacia el Padre. Es la Buena Nueva que se transmite de generación en generación: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra10, leemos en el Salmo responsorial. Nosotros no tenemos cosas nuevas que dar a conocer. Es la misma Buena Nueva: que Cristo murió por nuestros pecados..., que resucitó...; que vive a nuestro lado..., que nos ama como nunca nadie será capaz de hacerlo..., que nos ha destinado a una eternidad felicísima junto a Él..., a quien veremos cara a cara.
Este es nuestro apostolado: proclamar a todos los vientos y de todas las formas posibles la misma doctrina que predicaban los Apóstoles: que Cristo vive y que solo Él puede calmar las ansias de la inteligencia y del corazón humano, que solo junto a Cristo se puede ser feliz, que Él revela al Padre... Los Apóstoles, como nosotros, encontraron dificultades y obstáculos en la extensión del reino de Cristo; y si hubieran esperado ocasiones oportunas, no nos habría llegado probablemente ese mensaje que da sentido a nuestra existencia. Es posible que ante la falta de medios y ante la resistencia de la gentes, los Apóstoles, y especialmente Felipe, recordaran aquel día en que se encontraron con el gran compromiso de dar de comer a una multitud, sin tener alimentos ni modo de adquirirlos11. Jesús vio a aquella gran muchedumbre que venía hacia Él y dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coman estos? Y Felipe hizo cálculos y contestó al Maestro:Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno coma un poco. Ha hecho las cuentas, y los medios que poseen están muy lejos de cubrir las necesidades.
Jesús se siente conmovido y se llena de misericordia una vez más ante aquella multitud tan necesitada de comprensión y de alivio. Pero, además, quiere que sus discípulos no olviden que Él siempre estará a su lado. Yo estaré con vosotros siempre12, les dirá al final de su vida aquí en la tierra. Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Dios es el sumando indispensable con el que hemos de contar para que salgan las cuentas. En nuestro apostolado personal con amigos, parientes, conocidos, clientes..., hemos de contar con los doscientos denarios, los medios humanos, siempre insuficientes, y no debemos olvidar que Jesús está siempre presente con su poder y su misericordia. Ahora también está a nuestro lado. Cuanto mayores sean la necesidad en el apostolado y las dificultades personales, mayor ayuda nos prestará Jesús. No dejemos de acudir a Él.
La Virgen, nuestra Madre, por su poderosa intercesión ante Dios, nos facilita siempre el camino.
1 Gal 1, 18-19; Hech 12, 17; Hech 21, 15-18; Gal 2, 9. — 2 2 Cor 15, 7. — 3 Jn 1, 44. — 4 Jn 1, 43. — 5 Jn 1, 45. — 6 Jn 14, 6-14. — 7 Conc. Vat. II. Const. Dei Verbum, 4. — 8 San Agustín, Sermón 334, 4. — 9 1 Cor 15, 3-5. — 10 Salmo responsorial. Sal 18, 3. — 11 Cfr. Jn 6, 4 ss. — 12 Cfr. Mt 28, 20.


2 de mayo de 2016

PASCUA 6a SEMANA LUNES

San Juan 15,26–16,4a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
«Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto, para que no tambaleéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.»

UNA ROMERIA SINGULAR

Ermita de Sonsoles Avila (España)
“Viene ahora a mi memoria una romería que hice en 1935 a una ermita de la Virgen, en tierra castellana: a Sonsoles.

No era una romería tal como se entiende habitualmente. No era ruidosa ni masiva: íbamos tres personas. Respeto y amo esas otras manifestaciones públicas de piedad, pero personalmente prefiero intentar ofrecer a María el mismo cariño y el mismo entusiasmo, con visitas personales, o en pequeños grupos, con sabor de intimidad.

En aquella romería a Sonsoles conocí el origen de esta advocación de la Virgen. Un detalle sin mucha importancia, pero que es una manifestación filial de la gente de aquella tierra. La imagen de Nuestra Señora que se venera en aquel lugar, estuvo escondida durante algún tiempo, en la época de las luchas entre cristianos y musulmanes en España. Al cabo de algunos años, la estatua fue encontrada por unos pastores que —según cuenta la tradición—, al verla comentaron: ¡Qué ojos tan hermosos! ¡Son soles!” (Es Cristo que pasa, 139).

En 1935, la devoción a la Santísima Virgen tenía un lugar de primer orden en el plan de vida espiritual que San Josemaría Escrivá bosquejó para los miembros del Opus Dei. Preveía el rezo diario (...) del Rosario, del Ángelus y otras prácticas de devoción mariana. Escrivá sintió, además, la necesidad de manifestar de un modo concreto la devoción a la Virgen durante el mes de mayo, que la Iglesia tradicionalmente le ha dedicado. Encontró la solución a raíz de un suceso en la vida del Opus Dei.

Fernández Vallespín contó a Escrivá que durante el verano de 1933 un ataque de reumatismo estuvo a punto de impedirle terminar el proyecto de fin de carrera de Arquitectura. Si no lo entregaba a tiempo, perdería el año académico. Había rezado a Nuestra Señora y le había prometido que, si lograba completar el proyecto satisfactoriamente, haría una romería al Santuario de Sonsoles, situado a las afueras de Ávila. Había conseguido presentarlo antes de pedir la admisión al Opus Dei, pero todavía no había cumplido su promesa. Escrivá se ofreció a acompañarle, no en una romería pública, sino en un grupo de tres formado por ellos dos y Barredo.

El 2 de mayo de 1935 tomaron el tren de Madrid a Avila y a continuación anduvieron los cuatro kilómetros hasta el santuario. Rezaron cinco misterios del Rosario durante el camino. El santuario se veía a lo lejos, en lo alto de una pequeña colina. En un momento dado, sin embargo, lo perdieron de vista unos instantes. Escrivá convirtió este episodio en una parábola de la vida espiritual: “Así hace Dios con nosotros muchas veces. Nos muestra claro el fin, y nos lo da a contemplar, para afirmarnos en el camino de su amabilísima Voluntad. Y, cuando ya estamos cerca de Él, nos deja en tinieblas, abandonándonos aparentemente. Es la hora de la tentación: dudas, luchas, oscuridad, cansancio, deseos de tumbarse a lo largo... Pero, no: adelante. La hora de la tentación es también la hora de la Fe y del abandono filial en el Padre-Dios. !Fuera dudas, vacilaciones e indecisiones! He visto el camino, lo emprendí y lo sigo”.

En el santuario rezaron otros cinco misterios del Rosario, y los cinco últimos en el trayecto de vuelta a la estación del tren. El camino les llevó por campos de trigo maduros. Escrivá cogió unas pocas espigas de trigo: “Vino entonces a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió al grupo de sus discípulos: ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse (lo IV, 35). Pensé una vez más que el Señor quería meter en nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo”.

Al regresar de Sonsoles, Escrivá estableció la costumbre de que todos los años los fieles del Opus Dei honrarían a la Virgen de esta manera en el mes de mayo: con una romería sencilla y penitente, hecha en un pequeño grupo, con el fin de ayudar a todos a tener más devoción a Santa María.

En el libro ‘El Fundador del Opus Dei’, el historiador Andrés Vázquez de Prada relata el viaje que San Josemaría, acompañado por dos estudiantes, realizó a Ávila para honrar a la Virgen en su ermita de Nuestra Señora de Sonsoles. Actualmente, en esa ermita, una placa recuerda la primera romería del fundador del Opus Dei.

“Cuando se acercaba el final de curso y contaba en Ferraz con un buen plantel de gente joven, del que esperaba vocaciones y residentes para el próximo año, don Josemaría (...) quería agradecer a Nuestra Señora, de una manera especial, los favores que de ella habían recibido ese curso. Iría acompañado de Ricardo y de José María G. Barredo a Sonsoles el dos de mayo”.

Así lo señalaba en sus escritos el Fundador del Opus Dei: Decidida la marcha a Sonsoles, quise celebrar la Santa Misa en DYA antes de emprender el camino de Ávila. En la Misa, al hacer el memento, con empeño muy particular —más que mío— pedí a nuestro Jesús que aumentara en nosotros —en la Obra— el Amor a María, y que este Amor se tradujese en hechos.

Ya en el tren, sin querer, anduve pensando en lo mismo: la Señora está contenta, sin duda, del cariño nuestro, cristalizado en costumbres virilmente marianas: su imagen, siempre con los nuestros; el saludo filial, al entrar y salir del cuarto; los pobres de la Virgen; la colecta de los sábados; omnes... ad Jesum per Mariam; Cristo, María, el Papa... Pero, en el mes de mayo, hacía falta algo más. Entonces, entreví la "Romería de Mayo", como costumbre que se ha de implantar —que se ha implantado— en la Obra”.

Sin entrar en el recinto amurallado [de Ávila], se encaminaron directamente hacia la ermita. Desde lejos veían el santuario en lo alto de la ladera. Rezaron un rosario a la subida; otro, dentro, ante la imagen de la Virgen, en medio de ex-votos y ofrendas; y la tercera parte, de vuelta a la estación de Ávila. De las incidencias de la romería sacó tema el sacerdote para hacer a los suyos consideraciones sobre la perseverancia:

Desde Ávila —cuenta san Josemaría—, veníamos contemplando el Santuario, y —es natural—, al llegar a la falda del monte desapareció de nuestra vista la Casa de María. Comentamos: así hace Dios con nosotros muchas veces. Nos muestra claro el fin, y nos le da a contemplar, para afirmarnos en el camino de su amabilísima Voluntad. Y, cuando ya estamos cerca de El, nos deja en tinieblas, abandonándonos aparentemente. Es la hora de la tentación: dudas, luchas, oscuridad, cansancio, deseos de tumbarse a lo largo... Pero, no: adelante. La hora de la tentación es también la hora de la Fe y del abandono filial en el Padre-Dios. ¡Fuera dudas, vacilaciones e indecisiones! He visto el camino, lo emprendí y lo sigo. Cuesta arriba, ¡hala, hala!, ahogándome por el esfuerzo: pero sin detenerme a recoger las flores, que, a derecha e izquierda, me brindan un momento de descanso y el encanto de su aroma y de su color... y de su posesión: sé muy bien, por experiencias amargas, que es cosa de un instante tomarlas y agostarse: y no hay, en ellas para mí, ni colores, ni aromas, ni paz.

En recuerdo de esa romería, don Josemaría guardaba en una pequeña arqueta un puñado de espigas como símbolo y esperanza de la fecundidad apostólica en el mes de mayo.

Del regreso de la romería a Sonsoles refiere don Josemaría en su relación una pequeña anécdota, y la cierra con los puntos de meditación de aquella tarde.

[...] al volver, mientras rezábamos ¡en latín! el Santo Rosario, voló, atravesando el camino, una abubilla. Me distraje, y —grité— ¡una abubilla! Nada más: seguimos nuestro rezo; yo, un poco avergonzado. ¡Cuántas veces los pájaros de una ilusión mundana quieren distraernos de tus apostolados! Con tu gracia, no más, Señor.

Y el último detalle: los puntos de meditación que consideramos a la vuelta, en el tren.

1/ Cómo Dios nuestro Padre pudo, con más razón, escoger a cualquiera otros, para su Obra; y no, a nosotros.

2/ Cómo debemos corresponder al Amor Misericordioso de Jesús, al escogernos para su Obra. (Más o menos, era esto).

3/ Ver qué hermoso es el apostolado de la Obra, y qué grande la empresa dentro de pocos años —ahora mismo— si correspondemos.


1 de mayo de 2016

PASCUA 6a SEMANA DOMINGO

Juan 14,23-29.

Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.
El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman !
Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Signo del amor de Dios


No hay amor sincero a Dios allí donde no se cumplen sus mandamientos. Esta es también la condición para que el Espíritu del Señor more en nosotros: "El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él". Estamos invitados a vivir inmersos en la claridad de la gloria de Dios un día, y ya ahora sostenidos por la fuerza de su presencia dentro de nosotros.


"Dios nos ha dado, enseña S. Cirilo de Jerusalén, un gran protector... Él no se cansa de buscar a cuantos son dignos de Él, y derrama sobre ellos sus dones". El Espíritu Santo que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo "será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho", dice el Señor. El nos hablará silenciosa y respetuosamente al corazón despertando nuestra conciencia adormecida, clarificando la inteligencia y robusteciendo la voluntad para transitar por la senda auténtica, la que conduce a la paz verdadera, no "la del mundo", la mundana, sanchopancesca y perecedera.

Si fuéramos más sensibles a esta callada y amorosa presencia del Espíritu Santo en nosotros, nos sentiríamos más seguros y fuertes, más generosos, más pacientes y serviciales, más alegres, más libres, porque "donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Co 3,17). "¿Por qué sentirnos solos, si el Espíritu Santo nos acompaña? ¿Porqué sentirnos inseguros o angustiados, si el Paráclito está pendiente de nosotros y de nuestras cosas?" (F. F. Carvajal).

Quien se sabe protegido por esta misteriosa Presencia irá poco a poco beneficiándose de sus frutos: "caridad, alegría, paz, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gal 5,22-23). ¡No estamos solos! "Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12,13). Entramos así en comunión con la Iglesia de todos los tiempos y lugares, beneficiándonos de los méritos ganados por tantos hermanos nuestros y éndonos obligados, como miembros de un misma familia.

SE VIENE EL MES DE MAYO


Signo del amor de Dios


La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre.

De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María.

Es Cristo que pasa, 142

¿Cómo se comportan un hijo con su madre?
¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas.

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad.
Es Cristo que pasa, 142

Manifestar el amor a María
Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario recordar aquí ahora. No tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano —crecer en vida sobrenatural es algo muy distinto del mero ir amontonando devociones—, pero debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.

Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos.
Es Cristo que pasa, 142

María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.
—Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”.
Camino, 499

¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.
Santo Rosario, Introducción

30 de abril de 2016

PASCUA 5a SEMANA SABADO


Juan 15,18-21.


Jesús dijo a sus discípulos: 
«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. 
Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. 
Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.»