"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

3 de octubre de 2016

CAMINAR HACIA CRISTO

En este artículo contemplamos el pasaje del Evangelio en que Jesús camina sobre las aguas. Metiéndonos en la escena –como si fuéramos un personaje más– comprenderemos que junto a Él se superan las dificultades, inseguridades y temores.

Varios miles de personas habían escuchado la predicación de Jesucristo y se habían saciado de los panes y los peces que Él les había proporcionado, con tal abundancia que incluso había sobrado una buena cantidad[1]. Es de suponer que el asombro se había apoderado de los apóstoles.

Con el asombro, les embargaba también la alegría. Una vez más habían experimentado la cercanía del Señor. Puede parecer que esta nueva experiencia no debería tener mayor importancia para quienes estaban ya habituados a convivir con Jesucristo. Pero qué pronto olvidamos los momentos en los que hemos palpado la presencia de Dios a nuestro lado; y por eso, cómo nos volvemos a sorprender y alegrar cuando la percibimos de nuevo.

Cuántas veces notamos con claridad que Dios está junto a nosotros, que no nos ha abandonado en un momento importante, y nos llenamos de una alegría y de una seguridad que no se deben sólo al buen resultado de lo que nos interesaba, sino también -y principalmente- a la conciencia de que vivimos con el Señor.

Y cuántas veces, sin embargo, lo perdemos de vista y dejamos que nos atenace el miedo de que otro asunto importante no tenga tan buen fin; como si Dios se pudiese olvidar de nosotros, o como si la cruz fuese señal de que Él se ha alejado.

Dificultades

Después de despedir a la muchedumbre, Jesús pidió a los Apóstoles que pasaran a la otra orilla del lago mientras Él dedicaba un tiempo a la oración[2]. Para ellos, expertos como eran, la travesía no presentaba una particular dificultad. Y aunque así fuera, después de lo que acababan de vivir, ¿qué obstáculo podría parecerles insuperable?

Poco a poco la barca se fue apartando de tierra, y llegó un momento en que su progreso se hizo muy lento. Cuando cayó la noche, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario[3]: no podían volver atrás, pero tampoco parecía que avanzasen; tenían la impresión de que las olas y el viento -las dificultades- habían tomado el mando y ellos podían sólo tratar de mantenerse a flote.

Se asustaron. ¡Qué lejano resultaba ahora el milagro que habían contemplado pocas horas antes! Si al menos estuviese el Señor con ellos..., pero se había quedado en tierra. Se había quedado, sí, pero no les había dejado solos, no les había olvidado: aunque ellos no lo supiesen, desde el monte contemplaba su dificultad, su esfuerzo y su fatiga[4].

Es fácil que en los inicios de la vida interior se experimente con cierta claridad el propio progreso: a los ojos de quien comienza a adentrarse en el mar, la orilla se aleja rápidamente. Pasa el tiempo y, aunque se siga luchando y avanzando, no se advierte de modo tan patente. Se sienten más las olas y el viento, la orilla parece haberse quedado fija en un mismo punto. Es el momento de la fe. Es el momento de fomentar la conciencia de que el Señor no se ha desentendido de nosotros. Es el momento de recordar que las dificultades -el viento y las olas- forman inevitablemente parte de la vida, de esa existencia que hemos de santificar y a la que nos enfrentamos sabiéndonos muy acompañados de Jesucristo.

La experiencia de la cercanía de Dios y del poder de su gracia, no nos ahorra la tarea de enfrentar las dificultades. No podemos pretender que lo sensible de esa experiencia sea permanente; no podemos pretender que, puesto que estamos cerca de Dios, los problemas no nos pesen. Ni tampoco hemos de caer en el error de verlos como una manifestación de que el Señor se ha apartado de nosotros, aunque sea sólo un poco y por un tiempo breve.

Las dificultades son precisamente la ocasión de mostrar hasta qué punto amamos a Dios, hasta qué punto somos buenos, con la aceptación serena de los inconvenientes que no hemos podido o no hemos sabido superar.

Inquietudes

Pedro y los demás llevaban tiempo peleando con el viento y las aguas, y con su propia angustia interior, cuando el Señor acudió en su ayuda[5]. Podía haberlo hecho de muchas maneras: podía haber cancelado enseguida la dificultad o presentarse en la barca sin que le vieran llegar; pero tenía otras enseñanzas que transmitirles. Se les acercó caminando sobre el mar.

Era de noche y no resultaba fácil reconocerle. El hecho era de por sí sobrecogedor, pero además ellos estaban ya asustados, y el miedo roba a quien lo sufre la serenidad y claridad de juicio sobre los acontecimientos que de algún modo le afectan. En estas circunstancias, es comprensible su reacción: comenzaron a gritar.

El Señor les tranquilizó: tened confianza, soy yo, no tengáis miedo [6]. No calmó en ese momento el viento y las olas, pero les dio una luz para que su corazón no naufragase: sé que estáis atravesando dificultades, pero no temáis, seguid peleando, confiad en que Yo no os he olvidado y sigo estando cerca.

Pedro tuvo una reacción impulsiva: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas [7]. Entre los Apóstoles es casi siempre Pedro quien se lanza, para bien o para mal: es él quien recibe las reprimendas más fuertes del Señor [8] y es también él quien le confiesa con una audacia que acaba arrastrando a los demás en momentos difíciles [9]. Pero su iniciativa de ahora resulta sorprendente incluso en un carácter impulsivo: Simón se encontraría en el apuro de tener que bajar de la barca y apoyarse en una superficie agitada, incontrolada, imposible de dominar y de prever.

A la voz de su Maestro, sacó un pie por la borda, luego el otro y se puso a caminar hacia el Señor: quería acercarse a Cristo y estaba dispuesto a cualquier cosa para lograrlo.

Ojalá los propósitos de mayor generosidad que formulamos ante el Señor en momentos de inquietud, no se queden en palabras. Ojalá nuestra confianza en Dios sea más fuerte que la indecisión o el temor a ponerlos en práctica. Ojalá seamos capaces de sacar nuestros pies por la borda, aunque suponga apoyarlos en una base aparentemente nada apta para sostenernos, y caminemos hacia Cristo. Porque para ir hacia Dios hay que arriesgar, hay que perder el miedo a las inquietudes, hay que estar dispuesto a jugarse la vida.

Caminando sobre las aguas, Pedro sentía las olas y el viento más que los demás; su vida dependía de la fe más que la vida de los otros, precisamente porque había bajado de la barca y marchaba hacia Jesucristo. ¿No es ésta la arriesgada situación del cristiano? ¿No estamos también nosotros tratando de caminar hacia el Señor en unas circunstancias -externas, pero también interiores- que en buena parte escapan a nuestro control?

Estamos más expuestos a las olas que quienes, temiendo enfrentarse con la inmensidad de lo sobrenatural, prefieren la pobre y aparente seguridad que les ofrece el ámbito pequeño de su barca. ¿Es, entonces, extraño que a veces notemos que el suelo se mueve, que tengamos alguna inquietud? Son precisamente esos, momentos para tomar conciencia una vez más de que vivimos de fe; no de una fe que calma las olas, que elimina la inquietud de caminar sobre ellas; sino más bien, de una fe que en esa inquietud nos da una luz, y que da un sentido a esas olas.

Por la fe, [los israelitas] cruzaron el Mar Rojo como si fuera tierra seca, mientras que los egipcios que lo intentaron fueron tragados por las aguas [10]. Sin fe, las dificultades de la vida nos tragan, nos abruman, nos hundimos en ellas. Con la fe no las evitamos, pero tenemos más recursos, sabemos que Dios las puede volver a nuestro favor: al pueblo elegido le resultaría pesado y aterrador caminar por el fondo del mar, con el peligro, además, de que sus enemigos los alcanzasen; pero a través de esa dificultad y esa inquietud lograron su salvación. Al final se comprueba que la inquietud de caminar hacia Dios proporciona una base más firme para edificar la propia vida, que la aparente seguridad que ofrece la barca.

Inseguridades

Pedro había dado ya unos cuantos pasos cuando, al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó. Comenzó a hundirse y pidió ayuda al Señor. Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [11].

Hombre de poca fe. Quien lee el Evangelio se queda sorprendido ante estas palabras. Incluso es posible que se sienta abrumado y se pregunte: si el Señor recrimina por su falta de fe a quien venciendo su miedo ha bajado de la barca y ha comenzado a caminar hacia Él, ¿qué podría decir de mí?; ¿me queda alguna esperanza de que un día Cristo vea en mí un hombre o una mujer de fe? Pero si sigue meditando le surgirán también otros interrogantes: ¿es que Jesús esperaba que Pedro caminase sobre el mar con toda tranquilidad, como lo hubiera hecho sobre tierra firme en un día apacible y soleado? ¿Significan acaso las palabras del Señor que hemos de ser impasibles o indiferentes ante los problemas? No, porque el mismo Jesucristo se angustió en el huerto ante algo objetivamente temible.

La lucha por vivir de fe no tiene como meta sentirse seguro ante las dificultades; no es el intento de que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, que no nos duela lo doloroso, o que no nos preocupe lo preocupante. Es más bien el empeño por no olvidar que Dios nunca nos deja y aprovechar esas circunstancias difíciles para acercarnos aún más a Él. Verdaderamente, la vida, de por sí estrecha e insegura, a veces se vuelve difícil. Pero eso contribuirá a hacerte más sobrenatural, a que veas la mano de Dios: y así serás más humano y comprensivo con los que te rodean [12].

Es lógico que Pedro sintiera inquietud, y es lógico que la sintiera desde sus primeros pasos, porque lo que estaba haciendo superaba sus capacidades humanas, tanto si había viento y olas como si no los había: no es más fácil caminar sobre el agua sin viento y olas que con ellos. ¿Dónde estuvo, entonces, la falta de fe de Pedro? Quizá no tanto en la inseguridad que sintió, como en dudar de Cristo. Hasta ese instante su mirada estaba en Él; se sentía inseguro, por supuesto, pero no reparaba demasiado en ello porque lo crucial, lo que requería su atención, eran sus pasos hacia el Maestro. De repente fue consciente de su inseguridad y no se fió de Jesús. La inseguridad natural, razonable, degeneró en miedo.

Temores

El miedo atenaza y hace reales problemas que inicialmente estaban sólo en la imaginación. Algunas cosas nos suceden porque tenemos miedo de que nos sucedan: miedo a tener una tentación, miedo a ponernos nerviosos, miedo a quedar mal, miedo a no conseguir explicar algo con la suficiente firmeza, miedo a no saber enfocar un problema...

¿Cómo luchar? Procuremos aceptar esa inseguridad, porque sólo así evitaremos que se convierta en objeto de nuestra atención. No nos debe importar cómo nos sentimos mientras lo hacemos. Podremos así caminar hacia Jesucristo entre las olas y el viento, sin angustiarnos por la dificultad que eso supone.

San Juan escribe en una de sus epístolas que en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, (...) y el que teme no es perfecto en el amor [13]. A san Josemaría le gustaba resumirlo así: el que tiene miedo, no sabe querer [14]. El amor y el miedo pertenecen a órdenes diversos, que se excluyen. Sólo pueden convivir cuando el amor no es perfecto.

El miedo es un sentimiento de inquietud ante la posibilidad de perder algo que se tiene o se anhela poseer en el futuro. Ahora bien, la inseguridad forma parte de la condición humana, del hecho de que no tenemos un dominio perfecto ni siquiera sobre nosotros mismos. Por eso no podemos excluir del todo la inseguridad en esta vida. De otro modo, la esperanza no existiría como virtud, porque donde hay certeza absoluta no cabe la esperanza [15].

El orden del amor ha de excluir, por tanto, el temor, pero no forzosamente la inseguridad. Vivir en el orden del amor supone, pues, que la inseguridad no degenere en miedo, supone aceptarla, asumirla integrándola dentro de una visión más amplia, dentro de la confianza en Dios, sin pretender ilusoriamente excluirla del todo. No podemos aspirar a una seguridad total. La inseguridad que podemos sentir ante nuestras pocas fuerzas es ocasión de fomentar el abandono en Dios.

De este modo, la fe no se ve como un peso, sino como una luz, como algo que señala un camino, que enseña a aprovechar la propia miseria para abrir el alma a Dios. El cristiano no espera de Dios que le haga sentirse seguro en sí mismo; espera que la confianza en Él le ayude a ver más allá de su inseguridad. Si nuestra mirada no se detiene en la propia limitación sino que, sin rechazarla, la transciende, podemos realmente excluir el temor y vivir en el orden del amor.

Un hombre o mujer de fe experimenta la inquietud, la duda, se pone nervioso, siente vergüenza, teme quedar mal, se ve incapaz... Pero acepta esos sentimientos sin atribuirles más importancia de la que tienen, sin permitir que absorban su mirada y le paralicen; no se rebela contra ellos, no los ve como una prueba de su falta de fe, ni deja que le desanime el hecho de sentirlos; y sigue adelante aunque descubra puntos de doctrina que ha de entender mejor, o aunque se sienta superado o fuera de sitio... o aunque le tiemble la voz. Ha aprendido a no dar especial atención a esas inquietudes. Ha aprendido a caminar hacia Cristo entre las olas. Y si la fuerza del viento o del mar le impidiese verle, se sabe niño. ¿Has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos -No estás solo: María está junto a ti [16].

Con Ella, el alma ha aprendido a fiarse de Dios.


J. Diéguez

2 de octubre de 2016

27a SEMANA DOMINGO / MISA DE LOS SANTOS ANGELES CUSTODIOS

Mateo     18, 1-5. 10


Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Carta del Prelado (octubre de 2016)

"Se presenta de continuo el tiempo de abrirse en abanico para servir a más personas, también a quienes no tienen experiencia de la vida cristiana, o no tienen fe", dice el Prelado en su carta, con ocasión del 2 de octubre, un nuevo año en la historia del Opus Dei.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Mañana celebramos, con la Iglesia y en la Iglesia, la conmemoración litúrgica de los Santos Ángeles Custodios, solemnidad en la Prelatura porque —en esa fecha de 1928— la Trinidad sembró en el alma y en el corazón de nuestro Fundador una semilla destinada a fructificar en millares y millares de gentes de toda lengua y nación. En repetidas ocasiones, san Josemaría comentó que siempre resonaban en su alma las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que hacían muy actual —hasta su tránsito al Cielo— el deber de hacer el Opus Dei con la fuerza del año 1928, y luego de 1930. Pido al Señor que cunda en nuestra conducta esa misma responsabilidad, porque cada una y cada uno es la continuidad.
Una vez más se ha cumplido la parábola de la pequeña simiente: y hemos de llenarnos de agradecimiento a Nuestro Señor. Ha pasado el tiempo y el Señor nos ha confirmado en la fe, concediéndonos tanto y más de lo que veíamos entonces. Ante esta realidad maravillosa en todo el mundo —realidad que es como un ejército en orden de batalla para la paz, para el bien, para la alegría, para la gloria de Dios—; ante esta labor divina de hombres y de mujeres en tan diferentes situaciones, de seglares y de sacerdotes, con una expansión encantadora que necesariamente encontrará puntos de aflicción, porque siempre estamos comenzando; tenemos que bajar la cabeza, amorosamente, dirigirnos a Dios y darle gracias. Y dirigirnos también a nuestra Madre del Cielo, que ha estado presente, desde el primer momento, en todo el camino de la Obra[1].
Las consideraciones de san Josemaría todavía golpean en mi alma. Me acuerdo como si fuese ayer de estas palabras pronunciadas como una oración llena de amor a Jesucristo presente en la Eucaristía, en el oratorio de la sede central de la Obra dedicado a Pentecostés. Nos sirven también ahora, al comenzar este nuevo año del Opus Dei, y así colmarnos nuevamente de esperanza, porque el Señor, que promovió la Obra, continúa manteniéndola activa y fecunda con el transcurso de los años, con tu respuesta y la mía.
Como san Josemaría en aquel aniversario de 1962, también hoy nos asombramos ante lo que vemos ya realizado en esta partecica de la Iglesia: la Obra. Es Él quien pone el incremento, haciendo realidad una vez más —como ha sucedido con frecuencia en la historia de la Iglesia— la parábola del grano de mostaza: la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo acuden a anidar en sus ramas[2].
Lo mismo que en 1928, ahora y siempre resulta evidente la desproporción entre los medios y los frutos que Dios suscita. Su poder salvífico no ha disminuido, pero espera de cada una y de cada uno de nosotros, así como de las personas que se cobijan a la sombra de este árbol frondoso, una correspondencia generosa, la mayor de la que seamos capaces, con su ayuda.
Nace en nuestra alma la alabanza y el agradecimiento a Dios. ¡Gracias, Señor! Porque esta hornada de pan maravillosa está difundiendo ya el buen olor de Cristo (2 Cor 2, 15) en el mundo entero: gracias por estos miles de almas que están glorificando a Dios en toda la tierra. Porque todos son tuyos[3].
Gratitud completa a Dios que, a pesar de las variadas dificultades, jamás nos abandona. ¡Siempre está con nosotros! Por eso, cuando se presentan, hemos de sonreír en medio de la dureza de algunas circunstancias, repitiendo al Señor: gratias tibi, Deus, gratias tibi![4]. San Josemaría, en el fondo de su alma, escuchó un día: si Deus nobiscum, quis contra nos?[5]; si Dios está con nosotros, ni el ambiente secularizado e incluso agresivo, ni la falta de medios materiales o de salud, ni la precariedad del empleo en muchos lugares, ni las complicaciones familiares o externas al hogar, ¡nada!, han de hacer mella en nosotros.
Estos tiempos no se presentan peores a los anteriores. Lo advertía san Agustín: «¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos»[6].
El 2 de octubre resulta también muy adecuado para ver si individualmente nos conducimos como el instrumento que Dios espera que seamos. Asimilemos en nuestra alma la oración personal de san Josemaría en la fecha que conmemoramos: cuando me desperté esta mañana, pensé que querríais que os dijera unas palabras y debí ponerme colorado, porque me sentí abochornado. Entonces, yendo mi corazón a Dios, viendo que queda tanto por hacer, y pensando también en vosotros, estaba persuadido de que yo no daba todo lo que debo a la Obra. Él, sí; Dios, sí[7].
A pesar de la buena voluntad, que gracias a Dios no nos falta, supliquemos perdón por las faltas concretas de correspondencia ante los dones divinos: es decir, nuestra poca generosidad en ocasiones, nuestros errores personales que pueden desedificar a quienes se hallan cerca. Hagámoslo con una contrición alegre, que no nos ha de quitar la paz. Porque así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso[8].
El Papa insiste en que todos los cristianos hemos de iluminar con la fe las situaciones y personas con las que nos encontramos en nuestra senda; sintámonos llamados —en este nuevo año de la Obra— a «anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras», porque «la alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie»[9]. Son el eco de unas palabras de Cristo, que ardían en el alma de nuestro Fundador desde que comenzó a notar los barruntos de la llamada divina, diez o doce años antes de 1928. Ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12, 49); he venido a poner fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: ecce ego quia vocasti me!(1 Sam 3, 8), aquí estoy, porque me has llamado. ¿Se lo volvemos a decir ahora, todos, a nuestro Dios?[10].
El 2 de octubre constituye una llamada que resuena en cada uno de nosotros con el convencimiento de la misión que el Señor nos ha encargado: estamos en el mundo para hacer la Obra como parte de la misión de la Iglesia. Por eso, nos sabemos —allí donde estamos— en la primera línea de la evangelización.
Se presenta de continuo el tiempo de abrirse en abanico para servir a más personas, también a quienes no tienen experiencia de la vida cristiana, o no tienen fe, o habitualmente no la ponen en práctica. Nos esperan, y esperan que les transmitamos nuestro gozo de haber encontrado a Jesucristo.
Cultivemos una profunda y real conciencia de ser anunciadores de la alegría del Evangelio en el propio ambiente y en todo momento; mujeres y hombres capaces de entablar amistad con todos —serviciales, llenos de disponibilidad, de amabilidad, de generosidad—, que no se limitan a unas meras gestiones apostólicas, sino que tratan de comportarse como apóstoles en todo tiempo y circunstancia. Y esto, hijos míos, presenta muchas manifestaciones concretas: tomarse muy en serio las implicaciones prácticas de la santificación del trabajo (justicia, caridad, humildad, interés por los demás, tono positivo, etc.); conducirnos como personas que unen, que colaboran, capaces de aprender lo bueno que cada uno puede aportar a la sociedad.
Lograremos mantener vivo este sentido de misión si cultivamos una profunda piedad y si fundamos nuestra acción en los medios sobrenaturales, en la contemplación de Cristo. Transmitir el mensaje evangélico es un bien que humaniza y ofrece respuesta a los deseos de felicidad de todos, cristianos y no cristianos. A veces será oportuno advertirles con cariño de algún aspecto en su comportamiento externo, en el que mejorar: ¡la corrección fraterna que recomienda Jesucristo en el Evangelio! Os hablé por extenso de este punto en la carta que escribí al comienzo del Año jubilar; por eso no me detengo más en este tema. Sólo deseo mencionaros que, siguiendo el buen criterio de nuestro Fundador, hemos de ejercitar esta obra de misericordia con prudencia, con serenidad, con humildad, conscientes de que todos precisamos de este auxilio tan humano y tan sobrenatural.
Termino pidiendo, como siempre, oraciones por el Santo Padre; en concreto, por el viaje a Georgia y a Azerbaiyán que está realizando en estos momentos, y por el que le llevará a Suecia a final de mes. Los dos se sitúan en el marco de la acción ecuménica del Papa, tras los pasos de sus predecesores.
Muy unidos a mis intenciones, rezad también por los 31 fieles de la Prelatura a quienes ordenaré diáconos el próximo día 29, y por todos los ministros sagrados de la Iglesia.
Con serenidad, y todavía con pena honda, os invito a recordar a las hijas mías que han fallecido en México por el accidente de tráfico. La pena se mantiene porque formamos una familia unida; la serenidad proviene también de la reacción unánime de plegarias que ha habido en todo el mundo. Roguemos al Señor que les conceda un Cielo muy grande, a la medida de la Misericordia divina.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de octubre de 2016.

1 de octubre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 26a SEMANA SABADO

Lucas 10,17-24.

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron llenos de gozo y dijeron a Jesús: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre". 
El les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. 
Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. 
No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo". 
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. 
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". 
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! 
¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!". 



HOY ES SABADO DIA DE LA VIRGEN

La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El... y tú. 
Camino, 506
¡Qué deuda la tuya con tu Padre–Dios! –Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios... 
-Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes?  
Forja, 11
Procura dar gracias a Jesús en la Eucaristía, cantando loores a Nuestra Señora, a la Virgen pura, la sin mancilla, la que trajo al mundo al Señor. 
–Y, con audacia de niño, atrévete a decir a Jesús: mi lindo Amor, ¡bendita sea la Madre que te trajo al mundo! De seguro que le agradas, y pondrá en tu alma más amor aún.  
Forja, 70
No estás solo. –Ni tú ni yo podemos encontrarnos solos. Y menos, si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará.  
Forja, 249
La Virgen. ¿Quién puede ser mejor Maestra de amor a Dios que esta Reina, que esta Señora, que esta Madre, que tiene la relación más íntima con la Trinidad: Hija de Dios Padre, Madre de
Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, y que es a la vez Madre nuestra? 
–Acude personalmente a su intercesión.
Forja, 555
* Ponte en coloquio con Santa María, y confíale: ¡oh, Señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar... muy alto, ¡muy alto! 
No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del Cielo..., ¡no basta!  
Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. –Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo... 
Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! –Señora, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios.
–Confía, que Ella te escucha.  
Forja, 994
Agradezcamos, finalmente, todo lo que Dios Nuestro Señor nos concede, por el hecho maravilloso de que se nos entregue El mismo. ¡Que venga a nuestro pecho el Verbo  ncarnado!... ¡Que se encierre, en nuestra pequeñez, el que ha creado cielos y tierra!... La
Virgen María fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo. Si la acción de la gracia ha de ser proporcional a la diferencia entre el don y los méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua? No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle gracias No seamos mezquinos. Amor con amor se paga.

El amor a María en «Camino»
«La verdadera devoción no consiste en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG, n. 67). La Constitución Dogmática Lumen Gentium,rubricada por Pablo VI, recordaba con estas palabras la verdadera devoción mariana. El capítulo VIII de esta Constitución, dedicado a «la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia», ofrece un resumen doctrinal de las verdades de fe sobre la Virgen y de los fundamentos del culto a la Madre de Dios.


Muchos años antes Camino, de Mons. Escrivá de Balaguer, trataba, en el capítulo dedicado a la Virgen y en otros puntos dedicados a la Madre de Dios, de algunos aspectos de la devoción a María que décadas más tarde reafirmaría la doctrina conciliar. Puede decirse que lo que el Concilio enseña en el plano doctrinal, Camino lo presentaba como una invitación práctica al amor a la Madre de Dios: un amor que se manifiesta como súplica, como culto, como imitación de Santa María.

Mons. Escrivá de Balaguer alentaba en Camino a ese encuentro personal con Jesús y con su Madre; y fruto de ese encuentro es un cambio de vida, un compromiso mayor en la fe, un seguimiento más fiel del Evangelio. No se limita por tanto a enumerar las verdades de fe sobre Santa María: no es ése su objetivo. Cada punto, cada consideración, desea provocar, apoyándose en cada una de esas verdades, un deseo eficaz en el alma de rendir homenaje a la Madre de Dios, un afán de petición, de alegría, de seguir sus pasos —humildes, discretos, decididos— tras su Hijo Jesús. En una palabra: llevan a amar —amando todas sus prerrogativas y virtudes— a la que es Señora nuestra y Madre, Hija y Esposa de Dios.


Elementos de la verdadera devoción a María
El Concilio enumera tres rasgos fundamentales de la verdadera devoción a María, que encontramos también en Camino, como fruto de la recta doctrina y de la experiencia personal en el amor a María del autor. Son:


a) el reconocimiento de su excelencia como Madre de Dios;

b) el amor filial hacia la que es Madre nuestra;

c) la imitación de sus virtudes.

No son elementos que puedan darse por separado: se encuentran mutuamente implicados y se exigen unos a otros. De ellos se derivan y en ellos están implícitos algunos aspectos que la propia Constitución desarrolla y aclara: la búsqueda de su intercesión, la súplica a la que es Madre, precisamente porque lo es; el deseo de honrarla con alegría y agradecimiento por estar por encima de toda criatura; el cuidado de las manifestaciones de culto —expresión de confianza y amor— recomendadas por la Santa Madre Iglesia a lo largo de los siglos, la confianza en su condición de Medianera de todas las gracias y de intercesora universal de las necesidades de sus hijos.

Camino, en sus puntos dedicados a la Virgen, esboza también esos elementos. Además, por su tono vibrante y su estilo incisivo y directo, la intimidad con Santa María se comunica a todos los lectores.


Excelencia de María, como Madre de Dios

«... Está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso Hija predilecta de Dios Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las criaturas, celestiales y terrenas.»


Así expone la Const. Lumen Gentium, en su número 53, el fundamento de la excelsa dignidad de María. Y así la expresa Camino en el punto 496: «¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!»

Al comparar ambos textos se observa que con el mismo contenido se alcanzan objetivos distintos, aunque complementarios: en el primero, la enunciación doctrinal de la maternidad divina y la consiguiente excelencia de María frente a todo lo creado; en el segundo, el contenido de esta verdad se convierte en un modo de honrarla, en un motivo de alegría y en una ocasión de permanente sorpresa para quien está hablando con tanta intimidad con la Madre, Hija y Esposa de Dios. La expresión doctrinal de una gran verdad queda transformada en oración, fuente de alegría e intimidad personal, homenaje emocionado y recuerdo afectuoso y agradecido de las grandes verdades que hacen a María ser quien es.

Inmediatamente después, el documento conciliar recuerda que la Santísima Virgen «... está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de salvación; y no sólo eso, "sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo), ... por haber cooperado con su amor a que nacieran en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza" (San Agustín, De S. virginitate 6: PL 40.3999). Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad y a quien la Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como a madre amantísima, con afecto de piedad filial» (LG, n. 53).

En Camino se recuerda esta dulce y espléndida realidad al comienzo de uno de sus puntos (n. 497): «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos— (...)». Una vez más se convierte en oración, en palabras dirigidas a Ella, un contenido doctrinal bien preciso, de paso que se dejan a la ponderación personal los muchos títulospor los que se la llama madre. Esas palabras —Madre mía— se hacen espontáneamente expresión de asombro, gratitud o alegría, de súplica, de confianza y, sobre todo, de amor.


Consecuencias de la maternidad espiritual de María
La mayoría de las consideraciones de Caminosobre la Santísima Virgen son consecuencias derivadas de esta maternidad, verdad que está en el origen de las demás y que a todas abraza y justifica. Consecuencias que, en resumen, son: desde María, su condición de medianera, de intercesora; desde los hijos, la incesante petición, la confianza, la intimidad y el trato, la gratitud, los distintos modos de expresión de nuestra filiación; y, por último, para Madre e hijos, el amor que, en los hijos, antes o después se ha de manifestar en el limpio empeño no sólo de tratarla, sino de imitarla, de darle la alegría de parecerse a Ella, que enseña —desde su condición de criatura— cómo imitar a Jesús, único Modelo.


En ningún momento pretende Camino una exposición sistemática ni de las verdades en torno a Santa María ni de las consecuencias ascéticas que, para la vida cristiana, se derivan de ella. Las consideraciones nacen de la pluma de su autor sin un orden aparente, pero, como en los buenos cuadros, el resultado es un fiel retrato, un estupendo paisaje de la relación de la Madre con sus hijos. El autor de Camino buscaba siempre, en su predicación, afianzar la piedad doctrinal, fundar sólidamente el trato filial con Dios Padre y con María Santísima en la verdad, en el conocimiento reflexivo de la Palabra revelada y en un consecuente sentido del deber. A la vez, su exposición de las verdades de fe urgía la práctica de la vida cristiana y la firme y fervorosa adhesión del cristiano a Dios Padre, a Jesucristo, al Espíritu Santo y a Santa María, como resultado del vigoroso y gratificante encuentro con la Verdad y con sus exigencias.

Los puntos de Camino que hablan de María y facilitan el diálogo con Ella, fundados en esa recta doctrina, están transidos de la poderosa energía que los hace aptos para fomentar el trato con la Madre, la firme decisión de imitarla, el deseo nunca del todo cumplido de aprender a quererla.


María, Medianera
La doctrina del Concilio resume la consoladora verdad de la intervención maternal de María en nuestras vidas de la siguiente manera: «... Asunta a los Cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta ser conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora...» (LG,n. 62).


Esta misma verdad queda brevemente resumida enCamino: «A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María» (n. 495).

Otros puntos que luego irán saliendo consideran distintas consecuencias de esta mediación maternal de María: espíritu de plegaria, confianza e insistencia en la petición, búsqueda de refugio ante el peligro y de fortaleza en la lucha, obtención de gracia, etc. Pero esta breve frase nos muestra a María como medianera y como camino que conduce y reconduce a Cristo, pues como Madre consigue gracias en favor nuestro para recorrer el camino que va hacia Dios y para volver a hacerlo si nos paramos o nos caemos, con esa paciencia tan específicamente maternal ante la torpeza del hijo pequeño; y junto con las gracias que para nosotros pide, su sola presencia es un permanente estímulo para contar con Ella, para que sea a Ella a quien se tiende la súplica, la mirada y las manos a la hora de iniciar o continuar el camino. Mediación, pues, para pedir y recibir de su Hijo Jesús las gracias, y mediación para recibir y atender nuestras peticiones y para animarnos a ser constantes en ellas. Medianera porque con Ella se va hacia Cristo, porque con Ella se vuelve a ir, si se interrumpió la marcha; medianera, también, porque, por María y a través de Ella, nos viene la gracia de Jesucristo, Hijo de Dios y de sus entrañas. Estar unido a María es medio seguro de llegar: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494).


Dos gestos filiales
En el texto conciliar antes citado se recogían dos manifestaciones que la Iglesia espera implantar en el corazón de sus hijos, en razón de la maternidad medianera de Santa María: la ilimitada confianza en su intercesión («... con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna») y, como una consecuencia, el espíritu filial de plegaria («... la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora. Socorro...»).


A lo largo de Camino quedan uno y otro rasgo abundantemente recogidos, de diversas formas y por distintos motivos. «Confía. —Vuelve. —Invoca a la Señora y serás fiel» (n. 514).

«Si se tambalea tu edificio espiritual, si todo te parece estar en el aire..., apóyate en la confianza filial en Jesús y en María, piedra firme y segura sobre la que debiste edificar desde el principio» (n. 721).

«Estás lleno de miserias. —Cada día las ves más claras. —Pero ,no te asusten. —El sabe bien que no puedes dar más fruto. Tus caídas involuntarias —caídas de niño— hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa (...)» (n. 884).

«No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

En estos puntos, Camino quiere despertar la confianza filial en María. Una confianza que va más allá de la mera seguridad en que María escucha nuestras súplicas, incluso en que las atiende. Es una confianza más honda, más sobrenatural y más comprometedora: es la confianza en que Ella está con todos sus hijos a la hora de hacer de la vida una imagen fiel de la de Cristo, y que vale la pena esta batalla —con victorias y derrotas— contra sí mismo. Lleva a confiar en la Maternidad espiritual de María, que atiende, en primer lugar, las necesidades de sus hijos de cara a la santidad.

Esa confianza, recuerda Camino, se hará tanto mayor cuanto más intensamente se reconozca y acepte la propia pequeñez. Esta infancia espiritual, tan abiertamente querida y predicada por Mons. Escrivá de Balaguer, tiene como uno de sus más firmes puntos de apoyo, el cultivo de esta relación de confianza filial y de trato con María. Y es que así como resulta difícil seguir siendo o hacerse niño en la soledad o en un distanciamiento despegado de la madre, su proximidad y trato mantienen y acrecientan ese sentido de pequeñez del niño chico que, sin embargo, no echa en falta nada de lo que es propio de la edad adulta, pues lo obtiene con más facilidad, con más prontitud, a través de la madre, por un solo motivo: porque él, al ser tan pequeño, nunca podría conseguirlo con sus solas fuerzas.

La consecuencia más inmediata y la reacción más espontánea del buen cristiano es acudir en demanda de ayuda, en petición constante de gracia a la Madre, María. Esa petición no interesada ni egoísta irá acompañada del otro gesto, la confianza, propia de los hijos. Es una súplica de gracia, de perdón, de santidad, de fuerza para imitar a Cristo, de alegría a la hora de servirle. «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498).

«La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza» (n. 504).

«Antes, solo, no podías... —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

«¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: "consolatrix afflictorum, auxilium christianorum..., Spes nostra, Regina apostolorum"?» (n. 515).

«Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (n. 711).

Y de paso que enseña a pedir —como piden los niños, lo que piden los santos—, Camino honra a la Virgen con hermosos nombres con que la Iglesia y su liturgia llaman a María, y que son otros tantos motivos para la confianza y la petición; Madre, Virgen Santa, Señora, Consoladora, Auxilio, Esperanza... Esos nombre subrayan lo que hay en María de fuerza, de protección, de seguridad gozosa, optimista, de cara al único empeño propio del hijo de Dios: ser santo y sembrar santidad.


Amor de Madre y amor filial
El amor de la Madre a los hijos y de los hijos a la Madre es la expresión y el fruto más connatural de las relaciones materno-filiales. Saber que Santa María nos quiere con amor intenso de Madre y que la medida de ese amor es, en cierto modo, su propio Hijo, que por amor a nosotros se entregó en la Cruz, crea en el cristiano un deseo de gratitud y de seguridad, al sentirse en el regazo de un amor tan grande. A la vez, mueve al cristiano a la correspondencia y a devolver amor por amor, agradecido de poderla querer y de que haya hecho tan fácil este prodigio: querer como hijos a quien es Madre de Dios. Es, como se recordará, el segundo elemento que, con palabras del último Concilio, recordábamos como constitutivo del verdadero culto a Santa María: «Amor filial hacia la que es madre nuestra».


Camino nos habla del amor maternal de la Virgen y nos lleva junto a Ella, al pie de la Cruz. En el Calvario, en honor del Padre, en desagravio por nuestros pecados, por amor a sus hijos pequeños, libremente y en medio de su inmenso dolor, entrega a su Hijo, y se une a su sacrificio, haciendo, además, suyos todos los dolores de Cristo. «La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El... y tú» (n. 506).

En tan breves líneas, Camino invita a la contemplación de la libertad del gesto de María; de su corazón generoso de Madre; del dolor por su Hijo en la Cruz que la hace Corredentora. Ninguna imposición o necesidad la obliga a estar allí, sufriendo por encima de todo sufrimiento. El motivo que la impulsa a elegir libremente el sufrimiento junto a su Hijo es el amor al Hijo y a los otros hijos. Y es por esa misteriosa «preferencia» por los más necesitados, por lo que acepta entregar a la muerte al primogénito, para que nazcan a la gracia todos los demás: «... dos hijos, frente a frente: El... y tú».

Sin decirlo expresamente, Camino está proclamando de modo elocuente que María nos ama, con amor de Madre, por encima de toda medida. Su dolor por la muerte de Jesús es la declaración de amor a cada uno de sus demás hijos.

Un amor materno que se afina e intensifica más, si cabe, por ir dirigido a hijos necesitados, llenos de limitaciones. Un amor salvador; tan propio de toda madre hacia sus hijos torpes. Todo parece indicar que Dios, a la hora de manifestarnos su amor, lo hizo con expresiones fáciles de entender por los hombres: la Humanidad Santísima de Cristo, en su Nacimiento, Vida, Pasión y Muerte, y el Corazón amoroso de una Madre que se alegra y sufre de continuo junto a Jesús por nosotros: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516).

Y como respuesta al amor de María por sus hijos, el amor de éstos a su Madre. Camino lo presenta como viento que ahuyenta indiferencias y tibiezas: «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492).

O como fortaleza que hace llevadero el sacrificio, y es motivo de alegría al compartir la Cruz. El amor a Santa María facilita la respuesta positiva a la invitación de Cristo a cada cristiano a ser corredentor y a sacar adelante la tarea que la voluntad de Dios ha encomendado a cada uno. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497).

O como criterio de catolicidad, como signo y garantía de buen espíritu, de pertenencia a la familia sobrenatural que forman Dios y los hombres con María como Madre: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. —Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (n. 505).

En estos puntos que invitan a amar a María,Camino está lejos de promover un amor sensiblero —caricatura del verdadero amor—; un refugio para blandos de corazón que buscasen en él un cómodo consuelo, una huida ante las dificultades, una excusa para recostarse mientras se dan en el mundo tantas batallas. Por el contrario, el amor que suscita Camino, sin perder un ápice de la ternura propia de amor de hijo, es amor fuerte, respuesta adecuada al que Ella nos ofreció desde la Cruz, amor de hijo que tiende a expresarse, sobre todo, en el enérgico cumplimiento de la voluntad de Dios, en la fidelidad a sus planes. Es un amor que encierra el elemento más propio del auténtico amor: el olvido de uno mismo, el deseo de hacer lo que quiere aquel a quien se ama, la alegría de alegrar... Ese amor tiende a llevar el corazón al amor de Dios, a Cristo. No es absorbente ni excluyente: es el amor que facilita el tránsito al amor a Cristo, a su Cruz, a su Voluntad.

Una realidad tan bella como María, con esa verdad tan enriquecedora para la vida humana que es su maternidad sobrenatural, es propuesta por Camino—no podía ser menos— como uno de los motivos de gratitud más queridos al corazón del hombre: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. (...) Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. (...) Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (n. 268).

Si es cierto que todo lo bueno es motivo de gratitud, el mayor grado de bondad suscita un mayor agradecimiento. Al mencionar, entre otros motivos para dar gracias a Dios, la presencia de una Madre —¡y qué Madre!— en la economía de la salvación,Camino sugiere una de las mayores razones de gratitud, pues es uno de los mayores dones gratuitamente recibidos.


Culto, prácticas de piedad y devociones
Por ser el hombre carne y espíritu necesita expresar visiblemente sus sentimientos, acogerse a formas concretas, tangibles, que manifiesten su indigencia, su alegría, su respeto, o su amor. Esta necesidad se ha hecho sentir a lo largo de toda la historia y en los campos más diversos. También en sus relaciones con Dios. Atendiendo a este modo de ser del hombre, el Señor, por ejemplo, instituye los sacramentos —realidades sensibles que expresan y producen otras invisibles—. La Iglesia va acuñando, recomendando y consagrando modos concretos de manifestar la piedad de los fieles tanto para expresarla como para excitarla. Así se originan diversas formas de culto. Las devociones, en íntima conexión con la liturgia, buscan mover a los hombres a la piedad y dar cauce a su necesidad de expresarse como criaturas libres y a la vez dependientes del Creador, a cuyo Amor corresponden de modo acorde a su naturaleza.


El documento conciliar (LG, n. 67) anima a los fieles a practicar de modo especial las devociones marianas: «El Santo Concilio enseña... a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad elculto a la Santísima Virgen...; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos.»

Muchas son las manifestaciones de piedad mariana expresamente recogidas y recomendadas porCamino. Por su profunda raigambre entre el pueblo fiel, y por haber sido aprobadas y profusamente difundidas por el Magisterio de la Iglesia, señalaremos tres:

a) Las imágenes piadosas de Santa María, como instrumento sensible para avivar el amor a la Madre y realidad visible que recuerda la necesidad de ser fiel: «Emplea esas santas "industrias humanas" que te aconsejé para no perder la presencia de Dios: jaculatorias, actos de Amor y desagravio, comuniones espirituales, "miradas" a la imagen de Nuestra Señora...» (n. 272). «Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre» (n. 501).

b) El escapulario del Carmen, realidad visible que recuerda plásticamente la protección maternal de María sobre sus hijos: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas—tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (n. 500).

c) El rezo del Santo Rosario: aunque Mons. Escrivá de Balaguer dedicó expresamente todo un libro —Santo Rosario— a fomentar esta devoción, ayudando con su lectura a rezarlo bien, no excluye de Camino la alusión expresa a la práctica de piedad tan extendida y tan unánimemente recomendada por los Papas, como medio de expresión de amor a la Madre de Dios, de contemplación y acercamiento a Jesús y de petición humilde: «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (n. 558).

Pero además la lectura detenida de Camino nos permite encontrar otros modos tradicionales de tratar a Santa María: jaculatorias, novenas, el sábado, etc. Por ejemplo, en el punto 574 leemos: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón..., con espíritu de oración y de penitencia.»


Imitación de María. Su vocación y la nuestra
El tercer elemento que señala el Concilio Vaticano II como esencial en un verdadero culto a la Santísima Virgen es el de «la imitación de virtudes».


En la vida sobrenatural se da una progresiva semejanza con María en la medida en que, como Ella, el cristiano, por su esfuerzo personal y fiel a la gracia, se acerca más y más al cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa semejanza es el resultado de la identificación —paulatina e incompleta en los fieles corrientes, plena en Santa María— con Cristo, de la participación en su modo de ser y de obrar, y en sus méritos.

Sin embargo, de ordinario no le ha sido propuesta al cristiano la imitación de su Madre. María merecía ser admirada, honrada, querida, cantada. Sobre todo, para solicitar de Ella —uno, varios, muchos o todos sus hijos— gracias y dones, desde los más inmediatos y sencillos a los más trascendentales y decisivos.

En este sentido, reviste al menos una cierta novedad la explícita y subrayada llamada a la imitación de María como elemento constitutivo del verdadero y adecuado culto que, como Madre de Dios y Madre de los hombres, se le debe.

Al leer Camino sorprende gratamente que se muestre la imitación a María como algo que fluye espontáneamente de las relaciones materno-filiales entre Ella y los hombres, en cuanto que Ella es la criatura humana que se nos presenta como paradigma de la completa fidelidad y colaboración a los planes de Dios, y en cuanto que ha ejercido su plenitud de santidad con tanta sencillez y discreción que resulta amable y dichoso el pretender seguirla y parecerse a Ella.

Camino no aspira a ofrecer un cuadro completo de las virtudes de María. Va entresacando, al hilo de breves frases o escenas del Evangelio, modos de comportamiento y actitudes de la Virgen, reacciones de nuestra Madre que se proponen al lector como modos de ser y actuar que deben ser incorporados a la propia vida. Santa María se nos propone como ejemplo por la perfección de sus respuestas al amor de Dios.