"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

17 de diciembre de 2017

LA ALEGRÍA DEL ADVIENTO

— Adviento: tiempo de alegría y de esperanza. 
— La alegría del cristiano. Su fundamento.
— Llevar alegría a los demás. Es imprescindible en toda labor de apostolado.
I. La liturgia de la Misa de este domingo nos trae la recomendación repetida que hace San Pablo a los primeros cristianos de Filipos: Estad siempre alegres en el Señor, de nuevo os lo repito, alegraos1 y a continuación el Apóstol da la razón fundamental de esta alegría profunda: el Señor está cerca.
Es también la alegría del Adviento y la de cada día: Jesús está muy cerca de nosotros. Está cada vez más cerca. Y San Pablo nos da también la clave para entender el origen de nuestras tristezas: nuestro alejamiento de Dios, por nuestros pecados o por la tibieza.
El Señor llega siempre a nosotros en la alegría y no en la aflicción. «Sus misterios son todos misterios de alegría; los misterios dolorosos los hemos provocado nosotros»2.
Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo3, le dice el Ángel a María. Es la proximidad de Dios la causa de la alegría en la Virgen. Y el Bautista, no nacido aún, manifestará su gozo en el seno de Isabel ante la proximidad del Mesías4. Y a los pastores les dirá el Ángel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador...5. La Alegría es tener a Jesús, la tristeza es perderle.
La gente seguía al Señor y los niños se le acercaban (los niños no se acercan a las personas tristes), y todos se alegraban viendo las maravillas que hacía6.
Después de los días de oscuridad que siguieron a la Pasión, Jesús resucitado se aparecerá a sus discípulos en diversas ocasiones. Y el Evangelista irá señalando una y otra vez que los Apóstoles se alegraron viendo al Señor7. Ellos no olvidarán jamás aquellos encuentros en los que sus almas experimentaron un gozo indescriptible.
Alegraos, nos dice hoy San Pablo. Y tenemos motivos suficientes. Es más, poseemos el único motivo: El Señor está cerca. Podemos aproximarnos a Él cuanto queramos. Dentro de pocos días habrá llegado la Navidad, nuestra fiesta, la de los cristianos, y la de la humanidad, que sin saberlo está buscando a Cristo. Llegará la Navidad y Dios nos espera alegres, como los pastores, como los Magos, como José y María.
Nosotros podremos estar alegres si el Señor está verdaderamente presente en nuestra vida, si no lo hemos perdido, si no se han empañado nuestros ojos por la tibieza o la falta de generosidad. Cuando para encontrar la felicidad se ensayan otros caminos fuera del que lleva a Dios, al final solo se halla infelicidad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma o de otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay alegría verdadera. No puede haberla.
Encontrar a Cristo, y volverlo a encontrar, supone una alegría profunda siempre nueva.
II. Exulta, cielo, alégrate, tierra, romped a cantar, montañas, porque vendrá nuestro Señor8. En sus días florecerá la justicia y la paz9.
El cristiano debe ser un hombre esencialmente alegre. Sin embargo, la nuestra no es una alegría cualquiera, es la alegría de Cristo, que trae la justicia y la paz, y solo Él puede darla y conservarla, porque el mundo no posee su secreto.
La alegría del mundo la proporciona lo que enajena..., nace precisamente cuando el hombre logra escapar de sí mismo, cuando mira hacia fuera, cuando logra desviar la mirada del mundo interior, que produce soledad porque es mirar al vacío. El cristiano lleva su gozo en sí mismo, porque encuentra a Dios en su alma en gracia. Esta es la fuente permanente de su alegría.
No nos es difícil imaginar a la Virgen, en estos días de Adviento, radiante de alegría con el Hijo de Dios en su seno.
La alegría del mundo es pobre y pasajera. La alegría del cristiano es profunda y capaz de subsistir en medio de las dificultades. Es compatible con el dolor, con la enfermedad, con los fracasos y las contradicciones. Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar10, ha prometido el Señor. Nada ni nadie nos arrebatará esa paz gozosa, si no nos separamos de su fuente.
Tener la certeza de que Dios es nuestro Padre y quiere lo mejor para nosotros nos lleva a una confianza serena y alegre, también ante la dureza, en ocasiones, de lo inesperado. En esos momentos que un hombre sin fe consideraría como golpes fatales y sin sentido, el cristiano descubre al Señor y, con Él, un bien mucho más alto. «¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»11. «¿Qué te pasa?», nos pregunta. Y le miramos y ya no nos pasa nada. Junto a Él recuperamos la paz y la alegría.
Tendremos dificultades, como las han tenido todos los hombres, pero estas contrariedades –grandes o pequeñas– no nos quitan la alegría. La dificultad es algo ordinario con lo que debemos contar, y nuestra alegría no puede esperar épocas sin contrariedades, sin tentaciones y sin dolor. Es más, sin los obstáculos que encontramos en nuestra vida no habría posibilidad de crecer en las virtudes.
El fundamento de nuestra alegría debe ser firme. No se puede apoyar exclusivamente en cosas pasajeras: noticias agradables, salud, tranquilidad, desahogo económico para sacar la familia adelante, abundancia de medios materiales, etcétera, cosas todas buenas, si no están desligadas de Dios, pero por sí mismas insuficientes para proporcionarnos la verdadera alegría.
El Señor nos pide estar alegres siempre. Cada uno mire cómo edifica, que en cuanto al fundamento, nadie puede tener otro sino el que está puesto, Jesucristo12. Solo Él es capaz de sostenerlo todo en nuestra vida. No hay tristeza que Él no pueda curar: no temas, ten solo fe13, nos dice. Él cuenta con todas las situaciones por las que ha de pasar nuestra vida, y también con aquellas que son resultado de nuestra insensatez y de nuestra falta de santidad. Para todos tiene remedio.
En muchas ocasiones, como en este rato de oración, será necesario que nos dirijamos a Él en un diálogo íntimo y profundo ante el Sagrario; y que abramos nuestra alma en la Confesión, en la dirección espiritual personal. Allí encontraremos la fuente de la alegría, y nuestro agradecimiento se manifestará en mayor fe, en una crecida esperanza, que aleje toda tristeza, y en preocupación por los demás.
Dentro de poco, de muy poco, el que viene llegará. Espera, porque ha de llegar sin retrasarse14, y con Él llega la paz y la alegría; con Jesús encontramos el sentido a nuestra vida.
III. Un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados se han cometido a la sombra de la tristeza! Cuando el alma está alegre se vierte hacia afuera y es estímulo para los demás; la tristeza oscurece el ambiente y hace daño. La tristeza nace del egoísmo de pensar en uno mismo con olvido de los demás, de la indolencia ante el trabajo, de la falta de mortificación, de la búsqueda de compensaciones, del descuido en el trato con Dios.
El olvido de uno mismo, el no andar excesivamente preocupados en las propias cosas es condición imprescindible para poder conocer a Cristo, objeto de nuestra alegría, y para poder servirle. Quien anda excesivamente preocupado de sí mismo difícilmente encontrará el gozo de la apertura hacia Dios y hacia los demás.
Y para alcanzar a Dios y crecer en la virtud debemos estar alegres.
Por otra parte, con el cumplimiento alegre de nuestros deberes podemos hacer mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a Dios. Recomendaba San Pablo a los primeros cristianos: Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo15. Y frecuentemente, para hacer la vida más amable a los demás, basta con esas pequeñas alegrías que, aunque de poco relieve, muestran con claridad que los consideramos y apreciamos: una sonrisa, una palabra cordial, un pequeño elogio, evitar tragedias por cosas de poca importancia que debemos dejar pasar y olvidar. Así contribuimos a hacer más llevadera la vida a las personas que nos rodean. Esa es una de las grandes misiones del cristiano: llevar alegría a un mundo que está triste porque se va alejando de Dios.
En muchas ocasiones el regato lleva a la fuente. Esas muestras de alegría conducirán a quienes nos tratan habitualmente a la fuente de toda alegría verdadera, a Cristo nuestro Señor.
Preparemos la Navidad junto a Santa María. Procuremos también prepararla en nuestro ambiente, fomentando un clima de paz cristiana, y brindemos muchas pequeñas alegrías y muestras de afecto a quienes nos rodean. Los hombres necesitan pruebas de que Cristo ha nacido en Belén, y pocas pruebas hay tan convincentes como la alegría habitual del cristiano, también cuando lleguen el dolor y las contradicciones. La Virgen las tuvo abundantes al llegar a Belén, cansada de tan largo viaje, y al no encontrar lugar digno donde naciera su Hijo; pero esos problemas no le hicieron perder la alegría de que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.

16 de diciembre de 2017

TIEMPO DE ADVIENTO 2a SEMANA SABADO

Mateo 17,10-13.

Al bajar del monte, los discípulos preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?". 
El respondió: "Sí, Elías debe venir a poner en orden todas las cosas; 
pero les aseguro que Elías ya ha venido, y no lo han reconocido, sino que hicieron con él lo que quisieron. Y también harán padecer al Hijo del hombre". 
Los discípulos comprendieron entonces que Jesús se refería a Juan el Bautista. 

EXAMEN DE CONCIENCIA



— Los frutos del examen de conciencia diario.
— El examen, un encuentro anticipado con el Señor.
— Cómo hacerlo. Contrición y propósitos.
I. Mira, llego enseguida –dice el Señor–, y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo1.
En la Ley estaba dispuesto que se cumpliera el mandamiento del diezmo: se debía entregar la décima parte de los cereales, del mosto y del aceite para el sostenimiento del Templo y para el servicio del culto. Los fariseos, rigoristas sin amor, hacían pagar el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas que por sus propiedades aromáticas se cultivaban a veces en los jardines de las casas.
San Mateo recoge unas palabras del Señor de gran dureza, dirigidas a la hipocresía de los fariseos y a su falta de unidad de vida: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la hierbabuena y del eneldo y del comino, y habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. Estas debierais observar, sin omitir aquellas. ¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello2.
En sus vidas podemos ver, por una parte, una minuciosidad agobiante; por otra, una gran laxitud en las cosas verdaderamente importantes: abandonan las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. No supieron entender lo que realmente esperaba el Señor de ellos.
También nosotros, en estos días del Adviento, podemos mejorar el examen de conciencia, para no detenernos en cosas que en el fondo son accidentales, y dejar escapar lo verdaderamente importante. Si nos acostumbramos a un examen de conciencia diario –breve, pero profundo– no caeremos en la hipocresía y en la deformación de los fariseos. Veremos así con claridad los errores que alejan nuestro corazón de Dios y sabremos reaccionar a tiempo.
El examen es como un ojo capaz de ver los íntimos recovecos de nuestro corazón, sus desviaciones y apegamientos. «Por él veo, soy iluminado, evito los peligros, corrijo los defectos y enderezo los caminos. Por medio de él, y sirviéndome de antorcha, registro y veo claro todo mi interior, y de este modo no puedo permanecer en el mal, sino que me veo obligado a practicar la verdad, es decir, a adelantar en la piedad»3.
Si por pereza descuidáramos nuestro examen, es posible que los errores y las inclinaciones echen sus raíces en el alma y no sepamos ver la grandeza a la que hemos sido llamados, sino que, por el contrario, nos quedemos en el eneldo y en el comino, en pequeñeces que nada o poco importan al Señor.
En el examen descubriremos el origen oculto de nuestras faltas evidentes de caridad o de trabajo, la raíz íntima de la tristeza y del malhumor, o de la falta de piedad, que se repiten, quizá con alguna frecuencia, en nuestra vida; y sabremos ponerles remedio. «Examínate: despacio, con valentía. —¿No es cierto que tu mal humor y tu tristeza inmotivados –inmotivados, aparentemente– proceden de tu falta de decisión para romper los lazos sutiles, pero “concretos”, que te tendió –arteramente, con paliativos– tu concupiscencia?»4.
El examen de conciencia diario es una imprescindible ayuda para seguir al Señor con sinceridad de vida.
II. Toda nuestra actividad –familiar, profesional, social– es ocasión de encuentro con Dios. También, a lo largo de nuestro día, tienen lugar muchos encuentros especiales con el Señor: en la Comunión, en este rato de oración..., también en el examen.
El examen diario de conciencia es un repaso a fondo de lo que hemos escrito en la página de cada día irrepetible. Muchas palabras torcidas se pueden enderezar mediante la contrición. Una página de horror puede convertirse en algo bueno, incluso muy bueno, mediante el arrepentimiento y el propósito para comenzar la nueva página en blanco que nos presentará nuestro Ángel Custodio de parte de Dios; página única e irrepetible, como cada día de nuestra vida. «Y estas páginas blancas que empezamos a garabatear cada día –escribe un autor de nuestros tiempos– a mí me gusta encabezarlas con una sola palabra: Serviam!, ¡serviré!, que es un deseo y una esperanza (...).
»Después de este comienzo –deseo y esperanza–, quiero trazar palabras y frases, componer párrafos y llenar la hoja con una escritura clara y nítida. Lo cual no es más que el trabajo, la oración, el apostolado; es decir, toda la actividad de mi jornada.
»Procuro atender mucho a la puntuación, que es el ejercicio de la presencia de Dios. Esas pausas, que son como comas, o como puntos y comas, o como dos puntos, cuando son más largas, representan el silencio del alma y las jaculatorias con las cuales me esfuerzo en dar significado y sentido sobrenatural a todo lo que escribo.
»Me agradan mucho los puntos, y más todavía los puntos y aparte con los cuales me parece que cada vez vuelvo a empezar a escribir: son como esbozos de gestos mediante los cuales rectifico mi intención y digo al Señor que vuelvo a empezar –nunc coepi!–, que vuelvo a empezar con la voluntad recta de servicio y de dedicarle mi vida, momento por momento, minuto por minuto.
»Pongo también mucha atención en los acentos, que son las pequeñas mortificaciones por medio de las cuales mi vida y mi trabajo adquieren un significado verdaderamente cristiano.
»Una palabra no acentuada es una ocasión en la que no supe vivir cristianamente la mortificación que el Señor me enviaba, la que Él me había preparado con amor, la que Él deseaba que yo encontrara y que abrazase a gusto.
»Me esfuerzo porque no haya tachaduras, equivocaciones, o manchas de tinta, ni espacios en blanco, pero... ¡cuántos hay! Son las infidelidades, las imperfecciones, los pecados... y las omisiones.
»Me duele mucho ver que no hay casi ninguna página en donde no haya dejado huella mi torpeza y mi falta de habilidad.
»Pero me consuelo y me tranquilizo pronto, pensando que soy un niño pequeño que todavía no sabe escribir y que tiene necesidad de una falsilla para no torcerse y de un maestro que le lleve la mano para que no escriba tonterías –¡qué buen Maestro es Dios nuestro Señor!–, ¡qué inmensa paciencia tiene conmigo!»5.
III. La finalidad del examen de conciencia es conocernos mejor a nosotros mismos, para que podamos ser más dóciles a las continuas gracias que derrama en nosotros el Espíritu Santo y nos asemejemos cada vez más a Cristo.
Quizá una de las primeras preguntas que pueden darnos abundante luz es: ¿Dónde está mi corazón? ¿Qué es lo que ocupa más espacio en él? ¿Es Cristo? «En el instante mismo en que me pregunto eso tengo la contestación dentro de mí. Esta pregunta me hace dirigir un golpe de vista rápido sobre el centro más íntimo de mí mismo, y enseguida veo el punto saliente; presto el oído al sonido que da mi alma, e inmediatamente recojo la nota dominante. Es un procedimiento intuitivo, instantáneo. Es un golpe de vista, in ictu oculi. Unas veces veré que la disposición que me domina es el ansia del aplauso o el deseo de alabanzas, el temor de una censura; otras veces, es el desabrimiento, nacido de una contrariedad, de una conversación o de un proceder que me ha mortificado, o bien el resentimiento procedente de una reprensión agria y dura; otras veces es la amargura producida por la suspicacia o el malestar mantenido por una antipatía, o tal vez la cobardía inspirada por la sensualidad, o el desaliento causado por una dificultad o un fracaso; otras veces, es la rutina, fruto de la indolencia, o la disipación, fruto de la curiosidad y de la alegría vana, etcétera; o, por el contrario, el amor a Dios, la sed de sacrificio, el fervor encendido por un toque señalado de la gracia, la plena sumisión a la voluntad de Dios, el gozo de la humildad, etcétera. Buena o mala, lo que urge averiguar es cuál será la disposición principal y dominante, porque hay que ver el bien lo mismo que el mal, pues lo que se trata de conocer es el estado del corazón: es preciso que yo vaya directamente a examinar el gran resorte que hace mover todas las piezas del reloj»6.
Podemos preguntarnos, al hacer el examen de nuestra conciencia, si ese día hemos cumplido la voluntad de Dios, lo que Él esperaba de nosotros, o si hemos ido más bien a lo nuestro. Y descender a detalles concretos acerca de nuestro trato con Dios, del cumplimiento de nuestros deberes para con Él en el plan de vida, del trabajo, de nuestras relaciones con los demás. Examinaremos con qué empeño luchamos contra la tendencia a la comodidad o a crearnos necesidades; qué esfuerzo ponemos, por ejemplo, para llevar una vida sobria y templada –también en las relaciones sociales– en la comida y bebida, y en el uso de los bienes de la tierra. Hemos de ver si ese día lo hemos llenado de amor de Dios, o si por desgracia lo hemos dejado vacío para la eternidad –cosa que no va a suceder si nos dejamos ayudar por la gracia–, o en pecado. Es como un pequeño juicio adelantado que nos hacemos a nosotros mismos.
Veremos algunas cosas que merecen ser tenidas en cuenta para la próxima Confesión. Terminaremos siempre nuestro examen con un acto de contrición, porque si no hay dolor, es inútil el examen. Haremos un pequeño propósito, que podemos renovar al iniciarse el nuevo día, en el ofrecimiento de obras, en la oración personal, o en la Santa Misa. Y al acabar, daremos gracias al Señor por todas las cosas buenas con las que hemos cerrado la jornada.

15 de diciembre de 2017

PARA TOMARLO EN NUESTROS BRAZOS

En este Tiempo de Adviento, publicaremos homilías del beato Álvaro sobre la preparación a la Navidad. En esta, exhorta a disponerse para recibir a Jesucristo espiritualmente y sacramentalmente en la Eucaristía.
Dominus prope est![1], ¡el Señor está cerca! Es el grito que la liturgia hace resonar en nuestros oídos, de mil modos diferentes, a lo largo de estas semanas anteriores a la Navidad. Nos invita a preparar la venida espiritual de Cristo a nuestras almas, con más urgencia cuanto más se aproximan los días felices del Nacimiento de Jesús. Y, a la vez, estas palabras traen a mi memoria aquel lucero de que nos hablaba nuestro Padre, que el Señor nos ha puesto en la frente. Hija mía, hijo mío: la llamada que Dios nos ha hecho para ser Opus Dei tiene que resonar en nuestra alma como un aldabonazo constante, más fuerte que cualquier otro lazo de unión, y ha de llevarnos a saber que la huella de Dios en nuestras vidas no se borra nunca[2]. Démosle gracias, procuremos seguirle muy de cerca, y arranquemos con determinación todo lo que nos aparte de Él, aunque parezca un detalle de muy poca entidad.
El Adviento es uno de los tiempos fuertes de la Sagrada Liturgia, con los que nuestra Madre la Iglesia nos mueve a purificarnos de modo especial, por la oración y la penitencia, para acoger la abundante gracia que Dios nos envía, porque Él siempre es fiel. En estos días se nos invita a buscar —diría que con más ahínco— el trato con María y con José en nuestra vida interior; se nos pide una oración más contemplativa, y que afinemos con manifestaciones concretas en el espíritu de mortificación interior. Así, cuando nazca Jesús, seremos menos indignos de tomarlo en nuestros brazos, de estrecharlo contra nuestro pecho, de decirle esas palabras encendidas con las que un corazón enamorado —como el de mis hijas y mis hijos todos, sin excepción— necesita manifestarse.
Me detengo en estas consideraciones para recordaros que no podemos limitarnos a esperar la Navidad, sin poner nada de nuestra parte. Mirad lo que respondió una vez nuestro Padre, a un hijo suyo que le preguntaba cómo vivir mejor el Adviento: «Deseando que el Señor nazca en nosotros, para que vivamos y crezcamos con Él, y lleguemos a ser ipse Christus, el mismo Cristo»[3]. Y concretaba en aquella ocasión: «Que se note en que renazcamos para la comprensión, para el amor, que, en último término, es la única ambición de nuestra vida»[4].
Hijas e hijos míos: si, al meditar estas palabras, comenzáis a seguir el Adviento con más ilusión —con más esfuerzo—, día tras día, aunque sea a contrapelo, aunque os parezca una comedia, cuando el Señor nazca en Navidad encontrará vuestras almas bien dispuestas, con la decisión terminante de ofrecerle esa acogida que le negaron los hombres hace veinte siglos, como también se la niegan ahora; y ocasionaréis a este Padre vuestro una gran alegría.
Pero no es cosa sólo del Adviento: todos los días baja Jesús a nosotros, en la Sagrada Comunión. «Ha llegado el Adviento. ¡Qué buen tiempo —escribe nuestro Padre— para remozar el deseo, la añoranza, las ansias sinceras por la venida de Cristo!, ¡por su venida cotidiana a tu alma en la Eucaristía! —"Ecce veniet!" —¡que está al llegar!, nos anima la Iglesia»[5]. ¿Cómo nos preparamos para recibirle, cada día? ¿Qué detalles de amor cuidamos? ¿Qué limpieza procuramos en nuestros sentidos, qué adornos en nuestra alma? ¿Cómo es tu piedad? ¿Procuras acompañarle en el Sagrario de tu Centro? ¿Pides que crezca a diario la vida eucarística en los fieles de la Prelatura? ¿Conocen los que te tratan tu intimidad con Cristo en la Hostia Santa? No hay mejor momento que el de la Sagrada Comunión, para suplicar a Jesús —realmente presente en la Eucaristía— que nos purifique, que queme nuestras miserias con el cauterio de su Amor; que nos encienda en afanes santos; que cambie el corazón nuestro —tantas veces mezquino y desagradecido— y nos obtenga un corazón nuevo, con el que amar más a la Trinidad Santísima, a la Virgen, a san José, a todas las almas. Y aprovechad esos momentos para renovar vuestro compromiso de amor, pidiendo a este Rey nuestro que nos ayude a vivir cada jornada con nuevo empeño de enamorados.
Os aconsejo que repitáis —¡saboreándolas!— muchas comuniones espirituales. Rezad con frecuencia durante estas semanas —también yo procuro meterlo en mi alma— el veni, Domine Iesu! —¡ven, Señor Jesús!— que la Iglesia repite insistentemente. Decidlo, no sólo como preparación para la Navidad, sino también para la Comunión de cada día. De este modo, nos resultará más fácil descubrir lo que no va en nuestra lucha cotidiana y, con la gracia de Dios y nuestro esfuerzo, lo quitaremos. No me olvidéis que nuestra entrega bien vivida, con fidelidad constante, es la mejor preparación para ese encuentro con Cristo en la Navidad y en la Sagrada Eucaristía.
Veni, Domine, et noli tardare!, ven, Señor, y no tardes. A medida que transcurren las semanas, el grito de la Iglesia —el tuyo y el mío— sube al Cielo más apremiante. Relaxa facinora plebi tuae!, ¡destruye las ataduras —los pecados— de tu pueblo! No podemos limitarnos a implorar el perdón por las miserias nuestras: también hemos de suplicarlo por los pecados de los demás. Jesús, hijas e hijos míos, ha venido al mundo para redimir a toda la humanidad. También ahora desea introducirse en el corazón de todas las personas, sin excepción alguna.
Adviento significa expectación; y cuanto más se avecina el acontecimiento esperado, mayor es el afán por contemplarlo realizado. Nosotros, junto a tantos otros cristianos, deseamos que Dios ponga punto final a la dura prueba que aflige a la Iglesia, ya desde hace muchos años. Anhelamos que este largo adviento llegue finalmente a su término: que las almas se muevan a contrición verdadera; que el Señor se haga presente más intensamente en los miembros de su amada Esposa, la Iglesia Santa. Lo deseamos y lo pedimos con toda el alma: magis quam custodes auroram[6], más que el centinela la aurora, ansiamos que la noche se transforme en pleno día.
¡Qué buen tiempo, hijos, es este Adviento para intensificar nuestra petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por los obispos, por los sacerdotes y por los seglares, por las religiosas y los religiosos, por todo el Pueblo santo de Dios! Y es oración, no sólo la plegaria que sale de los labios o la que formulamos con la mente, sino la vida entera, cuando se gasta en el servicio del Señor. Os lo recuerdo con unas palabras que nuestro Fundador nos dirigía en el comienzo de un nuevo año litúrgico: «Hemos de andar por la vida como apóstoles, con luz de Dios, con sal de Dios. Con naturalidad, pero con tal vida interior, con tal espíritu del Opus Dei, que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras que hay alrededor. Con la sal de nuestra dedicación a Dios, con el fuego que Cristo trajo a la tierra, sembraremos la fe, la esperanza y el amor por todas partes: seremos corredentores, y las tinieblas se cambiarán en día claro»[7].
Seguid pidiendo con fe, bien unidos a mis intenciones y segurísimos de la eficacia infalible de esta oración. El Señor escuchó a nuestro Padre cuando le rogaba —¡sólo Él sabe con qué ardor e intensidad!— por lo que llevaba en su alma, y ha oído —no me cabe la menor duda— las incesantes plegarias que en todos los rincones del mundo se elevaron al Cielo unidas a la intención de su Misa. Pero, hijas e hijos míos, con la fuerza que me viene de haber ocupado su puesto, os insisto: ¡uníos a mi oración!, y hasta me atrevo a pediros que gastéis vuestra vida en este empeño. Sí, lo repito a tu oído: debemos rezar más, porque no conocemos la medida de oración establecida por Dios —en su justísima y admirable Providencia— antes de concedernos los dones que esperamos. Simultáneamente, una cosa es ciertísima: la oración humilde, confiada y perseverante es siempre escuchada. Un fruto de esta plegaria nuestra, más intensa durante el Adviento, es comprender que podemos, que debemos rezar más. ¡No desfallezcamos!
Como la Prelatura es parte integrante de la Iglesia, pediremos también por el Opus Dei, instrumento del que Dios quiere servirse para extender su reinado de paz y de amor entre los hombres. También la Obra vive constantemente su adviento, su expectación gozosa del cumplimiento de la Voluntad de Dios. ¡Son tantos los panoramas apostólicos que el Señor nos pone delante!: comienzo de nuevas labores apostólicas, consolidación —en extensión y en profundidad— de las que ya se realizan en tantos lugares; nuevas metas en nuestro servicio a la Iglesia y a las almas... Y, por encima de todo, el Señor quiere la fidelidad de mis hijos: la lealtad inquebrantable de cada uno a la llamada divina, a sus requerimientos, a esta gracia inefable de la vocación con la que ha querido sellar nuestras vidas para siempre.

14 de diciembre de 2017

COMENZAR Y RECOMENZAR

—  La vida cristiana no es compatible con el aburguesamiento.
— Contar con las derrotas. Recomenzar muchas veces.
— El Señor desea que comencemos de nuevo después de cada fracaso: 
I. En estos días de Adviento se nos presenta la figura de Juan el Bautista como modelo para imitar en muchas virtudes, y como figura dispuesta por Dios para preparar la llegada del Mesías. Con él se cierra el Antiguo Testamento y se llega al umbral del Nuevo.
El Señor nos anuncia en el Evangelio de la Misa de hoy que desde los días de Juan hasta ahora el Reino de los Cielos padece violencia, y quienes se esfuerzan lo conquistan1. Padece violencia la Iglesia por parte de los poderes del mal, y padece violencia el alma de cada hombre, inclinada al mal como consecuencia del pecado original. Será necesario luchar hasta el final de nuestros días para seguir al Señor en esta vida y contemplarle eternamente en el Cielo. La vida del cristiano no es compatible con el aburguesamiento, la comodidad y la tibieza. «Hay quien no es capaz ni siquiera de cambiarse de sitio por Dios. Quisieran sentir gustos y consuelos de Dios sin hacer más esfuerzos que tragar lo que Él les echa en la boca, y gozar lo que les pone en el corazón sin mortificarse ellos en nada; sin dejar sus gustos y veleidades. Pero esperan en vano. Porque mientras ellos no salgan a buscar a Dios, por mucho que le llamen, no le encontrarán»2.
Ahora es un momento especialmente propicio para que examinemos cómo luchamos contra las propias pasiones, los defectos, el pecado, el mal carácter... Esa lucha «es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario.
»Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo –y será lo normal– en las pequeñas pendencias de cada jornada»3.
Esta lucha que nos pide el Señor a lo largo de toda nuestra vida, y especialmente en estos tiempos litúrgicos en que se nos manifiesta de modo más cercano en su Santísima Humanidad, se concretará muchas veces en fortaleza para cumplir delicadamente nuestros actos de piedad con el Señor, sin abandonarlos por cualquier otra cosa que se nos presente, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo de ese día o de ese momento; se concretará en el modo de vivir la caridad, corrigiendo formas destempladas del carácter (del mal carácter), esforzándonos por tener detalles de cordialidad, de buen humor, de delicadeza con los demás; en realizar bien el trabajo, que hemos ofrecido a Dios; en hacer un apostolado eficaz a nuestro alrededor; en poner los medios oportunos para que nuestra formación no se estanque... Ordinariamente será una lucha en lo pequeño. «Oigamos al Señor, que nos dice: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16,10). Que es como si nos recordara: lucha cada instante en esos detalles en apariencia menudos, pero grandes a mis ojos; vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad»4.
Nuestro amor al Señor se expresará en recomenzar muchas veces en este esfuerzo diario para no dejarnos vencer por la comodidad y la pereza, siempre al acecho. «El diablo no duerme, ni es aún la carne muerta, por eso no ceses de prepararte para la batalla. A la diestra y a la siniestra están los enemigos, que nunca descansan»5. No descansemos tampoco nosotros en una lucha alegre y con metas concretas. El Señor está de nuestro lado y ha puesto un Ángel Custodio que nos prestará inestimables ayudas, si acudimos a él.
II. En nuestro andar hacia el Señor no siempre venceremos. Muchas derrotas serán de escaso relieve; otras sí tendrán importancia, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más a Dios. Y comenzaremos de nuevo, con la ayuda del Señor, sin desánimos ni pesimismo, que son fruto de la soberbia, sino con paciencia y humildad para empezar una vez más aunque no veamos fruto alguno.
En muchísimas ocasiones oiremos al Espíritu Santo: Vuelve a empezar..., sé constante, no importa el reciente fracaso, no importan todas las experiencias negativas anteriores juntas..., vuelve a empezar con más humildad, pidiendo más ayuda a tu Señor.
En lo humano, la genialidad es fruto, normalmente, de una prolongada paciencia, de un esfuerzo repetido incesantemente y mejorado sin cesar. «El sabio repite sus cálculos y renueva sus experiencias, modificándolas hasta dar con el objeto de sus investigaciones. El escritor retoca veinte veces su obra. El escultor rompe uno después de otro sus intentos hasta que expresan su creación interior... Todas las creaciones humanas son fruto de una perpetua vuelta a empezar»6. En lo sobrenatural, nuestro amor al Señor no se manifiesta tanto en los éxitos que creemos haber alcanzado como en la capacidad de comenzar de nuevo, de renovar la lucha interior. La mediocridad espiritual, la tibieza, es, por el contrario, el abandono y la dejadez en nuestros propósitos y metas de vida interior. En el camino que conduce a Dios, «dormir es morir»7. El desánimo, que lleva siempre en sí mismo un punto de soberbia y de excesiva confianza en uno mismo, induce al abandono de los propósitos y metas que el Espíritu Santo sugirió un día en la intimidad del corazón.
Con frecuencia, el progreso de la vida interior viene después de fracasos, quizá inesperados, ante los que reaccionamos con humildad y deseos más firmes de seguir al Señor. Se ha dicho con razón que la perseverancia no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre. «Cuando un soldado que está combatiendo recibe alguna herida o retrocede un poco, nadie es tan exigente o tan ignorante de las cosas de la guerra que piense que eso es un crimen. Los únicos que no reciben heridas son los que no combaten; quienes se lanzan con más ardor contra el enemigo son quienes reciben los golpes»8.
Pidámosle a la Virgen la gracia de no abandonar jamás nuestra lucha interior, aunque sea triste y catastrófica nuestra experiencia anterior, y la gracia y la humildad de recomenzar siempre.
Pidámosle también hoy a Nuestra Señora ser constantes en nuestro apostolado, aunque aparentemente no se vea fruto alguno. Un día, quizá cuando ya estemos en su presencia, el Señor nos hará contemplar los frutos de un apostolado que en ocasiones nos parecía estéril, y que fue siempre eficaz. La semilla que se siembra da siempre su fruto: una, cien; otra sesenta; otra, treinta...9. Mucho fruto para una sola semilla.
III. Levantaos, alzad la cabeza. Se acerca vuestra liberación10.
Se nos narra en los Hechos de los Apóstoles que un día Pedro y Juan subían al Templo para orar y se encontraron con un cojo de nacimiento que pedía limosna. Entonces Pedro le dijo: No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: en el nombre de Jesucristo Nazareno levántate y anda11.
En el nombre de Jesucristo... Así hemos de recomenzar nosotros en el apostolado y en nuestra lucha contra todo lo que intenta separarnos de Dios. Esa es nuestra fuerza. No comenzamos de nuevo por un empeño personal, como si tratáramos de afirmar que nosotros podemos sacar adelante las cosas. Nosotros no podemos nada. Precisamente, cuando nos sentimos débiles, la fuerza de Cristo habita en nosotros12. ¡Y es una fuerza poderosa!
Como San Pedro que, después de aquella noche perdida en la que no había pescado nada, echa de nuevo las redes al mar solo porque el Señor se lo manda: Maestro, le dice, toda la noche hemos estado fatigándonos y no hemos cogido nada; pero porque Tú lo dices echaré la red13. A pesar del cansancio, a pesar de que no es hora para pescar, aquellos hombres volverán a tomar las redes, que ya estaban lavando para otro día. Los elementos humanos que hacían aconsejable la pesca han quedado atrás. El motivo de iniciar de nuevo la tarea es la confianza de Pedro en su Señor. Pedro obedece sin más razonamientos.
El fundamento de nuestra esperanza está en que el Señor desea que recomencemos de nuevo cada vez que hemos tenido un fracaso, quizá aparente, en nuestra vida interior o en nuestro apostolado. «Porque Tú me lo dices, Señor, comenzaré de nuevo». Si vivimos así, eliminaremos para siempre en nuestra vida el fantasma del desaliento, que a tantas almas ha sumido en la mediocridad espiritual y en la tristeza.
Recomienza de nuevo... Nos lo dice Jesús con especial intimidad en estos días en que la Navidad se acerca. «Cuando tu corazón caiga, levántalo, humillándote profundamente ante Dios con reconocimiento de tu miseria, sin maravillarte de haber caído, pues no tiene nada de admirable que la enfermedad sea enferma, la debilidad débil, y la miseria mezquina. Sin embargo, detesta con todas tus fuerzas la ofensa que has hecho a Dios y, con valor y confianza en su misericordia, prosigue el camino de la virtud que habías abandonado»14.

12 de diciembre de 2017

MADRE DE LAS AMERICAS

— La aparición de la Virgen a Juan Diego.
— Nuestra Señora precede a todo apostolado y prepara las almas.
— La nueva evangelización. 
I. La devoción a la Virgen de Guadalupe en México tiene su origen en los comienzos de su evangelización, cuando los creyentes eran aún muy pocos. Nuestra Señora se apareció en aquellos primeros años a un indio campesino, Juan Diego, y lo envió al Obispo del lugar para manifestarle el deseo de tener un templo dedicado a Ella en una colina próxima, llamada Tepeyac. Le dijo la Virgen en la primera aparición: «en este santuario le daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación: porque Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres... Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores»1.
El Obispo del lugar, antes de acceder a esta petición, pidió una señal. Y Juan Diego, por encargo de la Señora de los Cielos, fue a cortar un ramo de rosas, en el mes de diciembre, sobre la árida colina, a más de dos mil metros de altura. Habiendo encontrado, con la consiguiente sorpresa, las rosas, las llevó al Obispo. Juan Diego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y cuando cayeron en el suelo «apareció de repente la Amada Imagen de la Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura que ahora se encuentra»2. Esa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en la rústica tilma del indio, tejida con fibras vegetales. Representa a la Virgen como una joven mujer de rostro moreno, rodeada por una luz radiante.
María dijo a Juan Diego, y lo repite a todos los cristianos: «¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás por ventura en mi regazo?». ¿Por qué hemos de temer, si Ella es Madre de Jesús y Madre de los hombres?
Con la aparición de María en el cerro del Tepeyac comenzó en todo el antiguo territorio azteca un movimiento excepcional de conversiones, que se extendió a toda América Centro-Meridional y llegó hasta el lejano archipiélago de Filipinas. «La Virgen de Guadalupe sigue siendo aún hoy el gran signo de la cercanía de Cristo, al invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él, para tener acceso al Padre. Al mismo tiempo, María es la voz que invita a los hombres a la comunión entre ellos...»3. La Virgen ha ido siempre por delante en la evangelización de los pueblos. No se entiende el apostolado sin María. Por eso, cuando el Papa, Vicario de Cristo en la tierra, pide a los fieles la recristianización de Europa y del mundo acudimos a Ella para que «indique a la Iglesia los caminos mejores que hay que recorrer para realizar una nueva evangelización, Le imploramos la gracia de servir a esta causa sublime con renovado espíritu misionero»4. Le suplicamos que nos señale a nosotros el modo de acercar a nuestros amigos a Dios y que Ella misma prepare sus almas para recibir la gracia.
II. «Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas... mira cuán grande es la mies, e intercede junto al Señor para que infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios...»5, que los fieles «caminen por los senderos de una intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas»6. Solo así –con una intensa vida cristiana, con amor y deseos de servir– podremos llevar a cabo esa nueva evangelización en todo el mundo, empezando por los más cercanos. ¡Cuánta mies sin brazos que la recojan!, gentes hambrientas de la verdad que no tienen quienes se la enseñen, personas de todo tipo y condición que desearían acercarse a Dios y no encuentran el camino. Cada uno de nosotros debe ser un indicador claro que señale, con el ejemplo y con la palabra, el camino derecho que, a través de María, termina en Cristo.
De Europa partió la primera llamarada que encendió la fe en el continente americano. ¡Cuántos hombres y mujeres, de razas tan diversas, han encontrado la puerta del Cielo, por la fe heroica y sacrificada de aquellos primeros evangelizadores! La Virgen les fue abriendo camino y, a pesar de las dificultades, con tesón, paciencia y sentido sobrenatural enseñaron por todas partes los misterios más profundos de la fe. «Ahora nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»7. De estos países que fueron profundamente cristianos, algunos dan la impresión de estar en camino de volver al paganismo del que fueron sacados, muchas veces con la sangre del martirio y siempre con la ayuda eficaz de la Virgen. Toda una civilización cimentada sobre ideas cristianas parece encontrarse sin recursos para reaccionar. Y desde estas naciones, de donde salió en otros tiempos la luz de la fe para propalarse por todo el mundo, desgraciadamente «se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo»8.
Los cristianos seguimos siendo fermento en medio del mundo. La fuerza de la levadura no ha perdido su vigor en estos veinte siglos, porque es sobrenatural y es siempre joven, nueva y eficaz. Por eso nosotros no nos quedaremos parados, como si nada pudiéramos hacer o como si las dimensiones del mal pudieran ahogar la pequeña simiente que somos cada uno de los que queremos seguir a Cristo. Si los primeros que llevaron la fe a tantos lugares se hubieran quedado paralizados ante la tarea ingente que se les presentaba, si solo hubieran confiado en sus fuerzas humanas, nada habrían llevado a cabo. El Señor nos alienta continuamente a no quedar rezagados en esta labor, que se presenta «fascinadora desde el punto sobrenatural y humano»9. Pensemos hoy ante Nuestra Señora de Guadalupe, una vez más, qué estamos haciendo a nuestro alrededor: el interés por acercar a Cristo a nuestros familiares y amigos, si aprovechamos todas las ocasiones, sin dejar ninguna, para hablar con valentía de la fe que llevamos en el corazón, si nos tomamos en serio nuestra propia formación, de la que depende la formación de otros, si prestamos nuestro tiempo, siempre escaso, en catequesis o en otras obras buenas, si colaboramos también económicamente en el sostenimiento de alguna tarea que tenga como fin la mejora sobrenatural y humana de las personas. No nos debe detener el pensar que en ocasiones es poco lo que tenemos a nuestro alcance, en medio de un trabajo profesional que llena el día y aún le faltan horas. Dios multiplica ese poco; y, además, muchos pocos cambian un país entero.
III. Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas10. Estas palabras del Señor son actuales en cada época y en todo tiempo, y no excluyen a ningún pueblo o civilización, a ninguna persona. Los Apóstoles recibieron este mandato de Jesucristo, y ahora lo recibimos nosotros. En un mundo que muchas veces se muestra como pagano en sus costumbres y modos de pensar, «se impone a los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»11. Contamos con la asistencia siempre eficaz del Señor: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos12.
Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de la gracia, pero es voluntad del Señor, afirmada en muchos pasajes del Evangelio, que los hombres sean instrumento o vehículo de salvación para los demás hombres. Id, pues, a los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas13. Y comenta San Juan Crisóstomo: «Son caminos también todos los conocimientos humanos, como los de la filosofía, los de la milicia, y otros por el estilo. Dijo, pues: id a la salida de todos los caminos, para que llamen a la fe a todos los hombres, cualquiera que sea su condición»14. Los mismos viajes, de negocios o de descanso, son ocasiones que Dios pone muchas veces a nuestro alcance para dar a conocer a Cristo15. También los lazos familiares, la enfermedad, una visita de cortesía a casa de unos amigos, una felicitación de Navidad, una carta a un periódico... «Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación»16. Nosotros, cada uno, tendríamos que decir con Santa Teresa de Lisieux: «No podré descansar hasta el fin del mundo mientras haya almas que salvar»17. ¿Y cómo vamos a descansar, si además esas almas están en el mismo hogar, en el mismo trabajo, en la misma Facultad, en el vecindario? Hemos de pedir a la Virgen el deseo vivo y eficaz de ser almas valientes, audaces, atrevidas para sembrar el bien, procurando, sin respetos humanos, que no haya rincones de la sociedad en los que no se conozca a Cristo18. Es preciso desterrar el pesimismo de pensar que no se puede hacer nada, como si hubiera una predeterminación hacia el mal. Con la gracia del Señor, seremos como la piedra caída en el lago, que produce una onda, y esta otra más grande19, y no para hasta el fin de los tiempos. El Señor da una eficacia sobrenatural a nuestras palabras y obras que nosotros desconocemos la mayor parte de las veces.
Hoy pedimos a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe que se muestre como Madre compasiva con nosotros, que nos haga anunciadores del Evangelio, que sepamos comprender a todos, participando de sus gozos y esperanzas, de todo lo que inquieta su vida, para que, siendo muy humanos, podamos elevar a nuestros amigos al plano sobrenatural de la fe. «¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud para servir sin reserva a la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos»20.